jueves, 29 de junio de 2023

FELIZ ENCUENTRO EN UN ESPERANZADO ATARDECER.

En todas las edades de la existencia el ser humano necesita el calor afectivo de la amistad. Es una realidad de imposible controversia. Por supuesto, este preciado y difícil (en ocasiones) valor exige una lógica ambivalencia: actúa, por su propia naturaleza, en una doble dirección. Es preciso y muy grato recibirlo. Es necesario, también, ofrecerlo a los demás. Siendo importante, imprescindible, en cualquiera de nuestros años, esa necesidad vital se acrecienta, de manera especial, cuando acumulamos muchas hojas del almanaque en nuestras modestas biografías. Durante esos tiempos avanzados de la existencia. nuestros cuerpos manifiestan con mayor intensidad sus debilidades y limitaciones, se agudizan los fallos orgánicos y, además, el ánimo sufre o soporta con mayor agudeza los infortunios y las dificultades cotidianas. En este frágil, sutil y muy humano contexto insertamos la historia de esta semana.

A una organizada residencia para la tercera edad, denominada con el bello nombre de MARAZUL, ubicada en el marinero entorno de la barriada malagueña de El Palo y gozando de una frondosa y agreste naturaleza de arbolado y vegetación mediterránea, hermanada con el bálsamo de hermosas vistas a ese mar plateado y sereno de la bahía, llegaron este año dos nuevos residentes, con apenas mes y medio de separación. ROBERTA Aliaga tiene 79 años, mientras que PAULINO Arance alcanza ya los 82. Una curiosa coincidencia, establecida por el caprichoso y críptico destino, había unido en convivencia a dos personas que celebraban su cumpleaños en la misma fecha: el último día de junio, 30, en el ecuador exacto de cada anualidad. ¿Y qué sabemos de estos dos longevos internos, en el sosegado y acogedor establecimiento?

Paulino había trabajado durante toda su vida laboral como peón agrícola, en las tierras cálidas de la Axarquía, zona de Comares. Se estregaba diariamente a su labor de arar, desbrozar, sembrar y recolectar en las parcelas ajenas, a cambio de un salario con el que poder mantener a su corta familia. Una dura y esforzada actividad sobre la tierra de cultivo, ya fuera a pleno sol, frío, lluvia, viento o sequía. Además, tenía la voluntad de ayudarse económicamente (distrayendo su tiempo libre) manteniendo unas colmenas de abejas en un paraje asilvestrado, no lejos de la casita “autoconstruida” en los años de su juventud, en la que residía desde su matrimonio con Mª Adela, su compañera y esposa a la que siempre amó con fidelidad y absoluta entrega. Por la zona de la pedanía siempre se le conocía con el nombre de Paulino “el mielero” como le gustaba ser llamado, porque esa palabra de “apicultor” le parecía muy seria y poco explicativa. La miel que producían sus panales de abejas la iba vendiendo por algunas tiendas de la zona o llamando de puerta en puerta, transportando en su carrito de madera un par de tinajas metálicas llenas del dulce y nutritivo alimento, venta particular para la que utilizaba para medir las tapaderas metálicas con medio kilo de capacidad. No se cansaba de repetir que su miel era la más buena y saludable de toda la comarca veleña y, por supuesto, la de mejor precio para los afortunados compradores de su sabroso producto. Cuando los vecinos y amigos le pedían miel de castaño, de bosque, de tomillo, de azahar o de naranjo, el buen apicultor sonreía y respondía: “esta miel que ofrezco es universal, lleva todos esos componentes. Por eso, la llamo “miel de mil flores”.

El travieso o caprichoso destino jugó a este ejemplar y cariñoso matrimonio dos desafortunadas desventuras. No pudieron tener hijos, a pesar de que lo ansiaron año tras año, durante esa edad fértil de la mujer para la procreación. Esta dura carencia supieron sobrellevarla y compensarla intercambiando mucho cariño, respeto y recíproca admiración. La vida de Paulino y María Adela fue todo un ejemplo de sencillez, amor, sacrificio y unión “absoluta” entre dos seres que se amaban con el silencio de sus miradas y las muestras y gestos sentimentales de la sinceridad. Celebraron su feliz matrimonio en 1965, cuando Paulino tenía 24 años y Mª Adela dos menos.

Hacía, para la desventura, unos seis meses en que unas “malas fiebres” se había llevado de la vida al único y gran amor de su vida. Ya era octogenario, no tenía parientes muy próximos en la inmediatez física, ya que éstos residían en tierras del norte. Únicamente un sobrino /nieto, Jacobo, que era policía local en la extremeña localidad de Mérida, se encargó, en connivencia con el alcalde y los servicios sociales del pueblo, en realizar las gestiones para buscar a su “tío” un digno acomodo residencial, precisamente en el recomendado centro de Marazul. Era una sensata decisión, ya que este familiar de Comares era una persona bastante mayor, totalmente apoyado en su querida compañera “bendita en el cielo de los ángeles” como su difunto no se cansaba de repetir, con inocentes y desventurados lagrimones que corrían por su curtido rostro. Su estado depresivo y entristecido, entre suspiros y lamentos por la difícil e insoportable soledad, aconsejaba ese traslado con presteza a un centro convivencial de garantías, en donde pudiera ser convenientemente bien atendido.

En cuanto a la otra residente, también notable protagonista de esta emocionante historia, Roberta Aliaga, al igual que el antiguo campesino/apicultor, había estado muy unida sentimentalmente a su marido Facundo, ciudadano que se ganaba la vida trabajando como cobrador del gas ciudad, actividad que le hacía recorrer a diario miles de metros por la planimetría urbana de la ciudad malacitana. Esta sencilla y apacible mujer también ayudaba a las necesidades familiares “echando horas" en una familia de “gente bien” que residían en una casa señorial ubicada en el barrio del Limonar. Eran los señores de Alarcos, propietarios por herencia de numerosas fanegas de tierra en la comarca de Antequera. En este “distinguido” domicilio, Roberta lavaba, tendía y planchaba la ropa, aunque su proverbial laboriosidad le permitía echar algún “cable” en la cocina, tarea que los Sres. agradecían por los exquisitos platos y postres que era capaz de preparar.

Facundo y Roberta sólo tuvieron una hija a la que pusieron el nombre de Remedios, niña y adolescente que a medida que fue creciendo dio abundantes muestras de tener “una cabeza” algo atolondrada y escasamente centrada. Las coincidencias con Paulino también afectaron a la estructura matrimonial. Roberta enviudó o perdió a su marido, quien tenía el mal hábito de “envenenar” los pulmones y el cuerpo fumando casi sin pausa. El cobrador del gas era un obsesivo dependiente del tabaco, siempre de “picadura” barata, como eran los míticos Celtas y Ducados. Cuando fue ingresada en la residencia para mayores hacía unos 8 meses que su marido había fallecido. Su hija pasaba temporadas en el domicilio de sus padres, cuando no estaba “libando con unos u otros amores”. Esta irresponsable mujer, estando ya muy cerca de su medio siglo de vida, aprovechaba esas fases “sin pareja” sabiendo qu,e en casa de sus progenitores y pacientemente, la recibían, a pesar del escaso buen trato que siempre les había deparado.

Roberta, ahora ya con su viudez, sobrevivía con las naturales estrecheces económicas. Había ido sumando años en su organismo, con las naturales limitaciones físicas e incluso mentales que suele provocar el avanzado calendario. Tenía un gran aprecio por su modesto piso “de toda la vida” sito en calle Melgarejo, en el popular y hoy muy degradado barrio malagueño de Lagunillas. Remedios iba y venía a este seguro habitáculo, cuando le convenía, sin aportar prácticamente nada a las carencias de su madre, ahora en estado de viudez. Precisamente ahora se había “encariñado” con un antiguo y vigoroso legionario que, en su momento, había sido expulsado del tercio por turbios asuntos relacionados con el tráfico de estupefacientes en Ceuta. Adrián, así se llamaba la pareja de Remedios, estaba ahora dedicado a trabajar como conductor en la empresa Cabify, de alquiler de vehículos con conductor. La fogosa pareja sentimental decidió instalarse en el piso de doña Roberta, cuya presencia les molestaba para poner en práctica su alegre y desenfrenada vida de “bacanales y desordenadas” fiestas, en sus horas libres de trabajo. Propusieron, mejor impusieron, a doña Roberta que debía ir a una residencia para personas mayores, en donde estaría mejor atendida, en función de sus limitaciones motoras y orgánicas. La llevaron engañada a la institución Marazul y allí la dejaron, a sus 79 años, financiando la estancia con la pensión de viudedad que recibía y una ayuda a la dependencia de los servicios sociales municipales. Se quitaron “literalmente” de en medio a una humilde y sencilla mujer, quedándose con el entrañable piso de su propiedad, tan apreciado vitalmente por la buena señora, dejándola sumida en la mayor tristeza.

Pero Marazul fue el punto de encuentro de dos almas solitarias, con muchos años a sus espaldas, que el travieso destino quiso aportar para, en lo posible, compensar la orfandad de sus desventuras. Roberta y Paulino eran dos sosegados internos residentes, entre los 75 que ocupaban plaza en ese centro para mayores de reconocido prestigio por la eficacia de sus prestaciones. Aunque la estructura de la residencia delimitaba dos zonas, vinculadas para los internos masculinos y femeninos, había importantes espacios comunes para ser compartidos por todos los residentes: el comedor, la sala de la televisión y los juegos, la capilla, la peluquería, las grandes superficies ajardinadas, el salón de actividades teatrales y cinematográficas, el gimnasio y, por supuesto, la enfermería y zona de curas. Obviamente, la zonificación separaba los dormitorios de los hombres y las mujeres, en orden a la privacidad de sus intimidades.

Nuestros dos protagonistas sólo se conocían, al principio de su estancia, “de vista”, al intercambiar los lógicos saludos de los días, las tarde y las buenas noches. Paulino se sentía muy favorecido o agradablemente señalado, ya que Roberta era prácticamente la única residente que al darle un saludo cariñoso cuando se cruzaban, aportando al tiempo una bella y serena sonrisa. En ese estado carencial afectivo, que él soportaba, desde la reciente pérdida de Mª Adela, el que una compañera le regalara esa cálida sonrisa, suponía todo un premio o incentivo anímico que el agradecía en lo más `profundo de su “gastado” corazón. Sentía como si le trasmitiese ánimo, simpatía, serenidad y amistad. A pesar de todos esos puntuales y ocasionales saludos, llevaban conviviendo unas cuantas semanas, pero sin el intercambio previsible de diálogo o afectiva conversación. Paulino sentía la necesidad de romper ese “hielo” silencioso que los separaba, pero le albergaba o condicionaba una cierta timidez con respecto a la respuesta que ella pudiera depararle a su ilusión de establecer un mayor contacto amistoso.

Esa frase que a veces, resulta certera con respecto a que “el saber esperar tiene sus frutos”, en esta ocasión fue plenamente exitosa. Cierta mañana, cuando Paulino paseaba por los jardines, pisó mal unas gravillas sueltas sobre un camino de tierra, resbalando y cayendo bruscamente al terrizo. Quiso la suerte, el azar o el destino, que la primera persona que acudió con presteza a prestarle ayuda fuera precisamente Roberta quien, a pesar de sus limitaciones físicas, sabía cómo tratar de manera adecuada a las personas mayores. Cuando trabajaba en la mansión de los Sres. de Alarcos, ayudaba en sus necesidades a los padres de la Sra. que eran dos personas de avanzada edad. Las palabras de afecto y cariño que aportaba a Paulino, tendido y dolorido en el suelo (enseguida acudieron los cuidadores para levantarlo y comprobar in situ si tenía alguna herida) fueron una primera y sutil terapia que hizo mucho bien al aturdido residente. Esas frases animosas y estimulantes supieron tranquilizar a este ser mayor, que agradecía la atención y el interés que Roberta se estaba tomando con respecto a su persona.

No había sido una caída de consecuencias graves, solo unas leves magulladuras en las rodillas, que fueron curadas con diligencia con un poco de agua oxigenada, mercromina, algodón y esparadrapo, que le aplicó el enfermero de guardia en la sala de curas. Roberta no se separó de Paulino ni un solo instante, quien se sentía aliviado por recibir la ayuda, las palabras de ánimo y sobre todo esas sonrisas angelicales de una compañera a la que admiraba desde hacía tiempo.

Desde aquella tarde de abril, los dos compañeros fueron como “uña y carne”. Paulino al fin supo abandonar esa timidez inicial con respecto a su receptiva y atenta amiga, a la que fue narrando en distintos momentos y días como trabajaba en las tierras de la naturaleza, soportando con paciencia los duros caprichos de la meteorología. Pero sobre todo se detenía, viendo el interés de su atenta interlocutoras Roberta, en detallarle todos los secretos para producir la “mejor miel de toda la Axarquía”, suculento y dulce producto tan bien apreciado en comercios y domicilios particulares. De hecho, el antiguo apicultor propuso a Pietro, encargado de las actividades culturales, ir a visitar a sus antiguas colmenas, que él había vendido cuando falleció Mª Adela. Se ofreció a explicar todos los secretos de la buena miel y la vida de las abejas, a los 24 internos que se animaron a acompañarle en una divertida e instructiva excursión a la añorada localidad de Comares, donde él trabajaba y preparaba y cuidaba de sus preciadas colmenas. Sobra añadir que, entre esos veinticuatro excursionistas, ocupaba un lugar de privilegio en el corazón de Paulino, la especial amiga Roberta.

Así un día tras otro, como providencial terapia afectiva, contra el ingrato pathos de la soledad. El paseo de la mañana. Y el de la tarde. Y esa ilusión por comer juntos, como si fueran los únicos en el gran salón del comedor. Intercambiado las miradas, las sonrisas, esas palabras cariñosas y los frágiles y cansados latidos del alma.  

Se acercaba la fecha de sus cumpleaños. El 30 de junio. Él haría sus primeros 83. Ella iniciaría su octava década. El centro había preparado una agradable fiesta/merienda, en honor de sus dos afectos y longevos residentes. Para alegría de los golosos y homenaje a los protagonistas del día, una blanca y chocolateada gran tarta, coronada con dos juveniles figuritas “tomados de las manos” ocupaba la presidencia del simpático acto. Grata tarde de alegría y parabienes. Por supuesto, con el ilusionado intercambio de regalos. Roberta le había tejido una fina chaqueta de lana de color azul, el preferido de su compañero por aquello del mar en la Caleta, cuando iba con Mª Adela los domingos veraniegos. Y con botones dorados, como un capitán marino, cuando surca los mares y los océanos. Inteligente y laborioso regalo, con el que podría cobijarse durante los días del invierno y en aquellas noches frías y húmedas de la bahía malacitana. Sonriente y feliz, la lucía con orgullo y emoción, como haría un niño con traje nuevo en un luminoso domingo de Ramos. Paulino se había llegado días antes al Corte Inglés, en donde eligió una preciosa esclava de plata y remates de oro, grabada con el nombre de la celebrante y la fecha inolvidable del evento. Ella, con una simpática coquetería ante todos los presentes, “juró” no quitársela de su muñeca, en los días que el destino tenía aún por confiarle.

Aquella noche, durante la cena, Paulino quiso ser valiente y confesarle, mirándola cariñosamente a los ojos, esa petición o pregunta con la que soñaba durante las noches, bajo la mirada atenta de las estrellas:

“Mi querida Roberta ¿Te haría ilusión compartir conmigo el tiempo que dios y el destino nos depare en nuestras vidas?”

Lo hizo temblando de ilusión, emoción y algo de miedo, ante la respuesta que ella pudiera ofrecerle. Roberta tomó sus manos entre las suyas, besándole y después caminaron lentamente hacia los jardines, observando un cielo repleto de blancas sonrisas sobre un manto azulado, gracias a la generosidad de esa luna llena, invitada al cariño de dos seres que irradiaban el amor de la necesidad. Tres semanas más tarde, se celebró una nueva fiesta en el centro, a la que todos los residentes, cuidadores y directivos estaban invitados. En la capilla del centro, el Padre Daniel celebró el entrañable y sencillo enlace matrimonial de Roberta y Paulino. Dos felices octogenarios que, casi al final del camino, supieron encontrar cálidas, esperanzadas cariñosas respuestas a sus sencillas, humildes y ejemplares biografías. -

 

FELIZ ENCUENTRO,

EN UN ESPERANZADO ATARDECER

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 30 junio 2023

                                                                                  Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

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viernes, 23 de junio de 2023

UN DOMINGO FAMILIAR EN LOS 50

En casa de los Cebrián - Carrala, el despertador no se “ponía” el día en que finalizaba la semana. Era domingo, jornada de descanso y fiesta de “guardar” (día de precepto, en el que había que acudir a la parroquia para “oir misa”). Como ocurría durante el resto de la semana, MARIANA era la primera en levantarse de la cama matrimonial, a fin de ir preparando el desayuno y el almuerzo del día. Hoy tocaba cocido, con los ingredientes propios de tan suculenta olla, avíos que había comprado en el Mercado central de Atarazanas, el viernes:  tocino añejo, tocino fresco, hueso de jamón, chorizo, garbanzos (que habían pasado toda la noche en remojo), patatas, apio, puerro, nabo, zanahoria, costilla y un cuarto kilo de ternera, todo ello con el objetivo de hacer un buen caldo y unos apetitosos platos de comida.

Esta madre de familia o ama de casa aprovechó que todos estaban aún durmiendo para asear su cuerpo. Los 44 años que indicaba su DNI hacía posible que aún ofreciera una buena imagen física, aunque soportando un notable sobrepeso en las nalgas, vientre y en las pantorrillas, según ella a consecuencia de los dos embarazos exitosos que había tenido en su matrimonio, además de otro más que había resultado fallido “porque dios así lo quiso ¡bendito sea el Señor!”.

Se trataba de una familia modesta, pero muy decente y religiosa. Al ser domingo, había que ir a misa y quedar bien con dios, por lo que era necesario preparar el cuerpo convenientemente.  Vivían en un piso alquilado, en pleno núcleo antiguo de la ciudad malacitana, vivienda por la que pagaban 100 pesetas mensuales, cuya extensión útil no pasaba de los 45 metros cuadrados y que carecía de cuarto de baño. Sólo tenía un cuarto de aseo, en cuyo interior estaba la tacita del wáter y un lavabo de loza acomodado a un cuerpo de madera con un espejo. Los cuatro integrantes de la familia tenían que lavarse sus cuerpos por partes. Cuando llegaba los meses de verano podían ir a la playa, en la que gozaban del agua dulce que salía de las duchas allí instaladas por el municipio y especialmente cuando acudían a los populares Baños del Carmen.

Su marido, AMBROSIO, 48, fue el segundo en levantarse. El domingo, único día de la semana en el que descansaba del trabajo, podía quedarse un rato más en la cama, mientras que el resto de los días ponía el despertador a las 5 de la mañana, ya que tenía que estar en el obrador de la pastelería y panadería en donde trabajaba, LA BUENA HORNADA, junto a su compañero Nicasio, no más tarde de las seis. A partir de esa temprana hora, tenía que preparar y amasar la harina para cocer el pan. También había que preparar los bizcochos, los merengues, los hojaldres y las posibles tartas encargadas, además de los dulces y pasteles ordinarios. Mantenían el horno (de leña) en plena actividad hasta prácticamente el medio día. Los dulces y los panes cocidos (barras, teleras o pistolas, civiles, bollitos, roscas, piquitos, panes catetos y de molde) eran vendidos en el mostrador del establecimiento (ubicado en la dinámica y popular calle Carretería) por la tercera compañera de trabajo, la muy activa señora Candelaria. El horario de Ambrosio era casi de nueve horas (de seis a doce, continuando después del almuerzo, desde las 15 a las 17 hora o más…). A pesar de esta extensión laboral, la compensación económica por las horas trabajadas fuera de horario no llegaba, ya que don Matías, el dueño de la confitería/panadería, era bastante rácano en la retribución a sus esforzados empleados. Pero eran tiempos en los que había que “aguantar” estas rígidas condiciones laborales con la mejor cara. Responsablemente, tenía que mantener a su familia.

Completaban la familia, SERAFÍN, el hijo primogénito, que alcanzaba los 10 años, dos más que su hermana RAFI. Ninguno repetía el nombre de sus padres, pues éstos habían querido conservar el recuerdo de los abuelos. El “niño” iba al Colegio Sagrado Corazón de Jesús, de calle Martínez, a dos pasos de calle Larios, mientras que la “niña” lo hacía al Colegio de la Goleta, en la zona del barrio del Molinillo. A poco de que dieran las diez de la mañana, al fin se levantaron los dos jóvenes de la casa, cuando su madre descorrió las cortinas del dormitorio que ocupaban, abriendo también las colchas de sus respectivas camas. Lavaron por partes sus cuerpos y tomaron el desayuno que Mariana les puso en la mesa. Había que estar presentables con respecto a la ropa, pues todos irían juntos, como una ejemplar familia, a la misa de 12 en los Mártires, parroquia del barrio centro donde vivían. Ambrosio lo hizo con su traje y chaqueta dominguera de color gris, mientras que su mujer se puso su falsa plisada de color beige, las medias y los zapatos negros de domingo. Cubría su cuerpo con una gruesa rebeca de color gris oscuro, a pesar de que la ciudad gozaba de una cálida atmósfera primaveral, en un mes de mayo reluciente.

Mariana advertía a sus hijos de que iban a ir con antelación a la iglesia, pues había que confesar para poder comulgar y estar bien con dios. El Párroco, D. Benigno solía ponerse en el confesionario sobre las 10 y no salía del austero, recio e impactante cubículo de caoba hasta las 11:30, pues tenía que vestirse con los ornamentos litúrgicos y prepararse para la misa, repasando también la homilía que tenía que platicar desde el altar mayor, con esa voz “atronadora” que al “castrense” clérigo le caracterizaba. Los hijos de la familia Cebrián-Carrala confesaron “llenos de miedo” sus “culpas”, sin dejarse travesura alguna en el “tintero”. El niño arrodillado ante el severo sacerdote, mientras que la niña lo hacía través de la “difuminada” y conveniente celosía, de finas pero severas varillas de madera. Rezaron sus penitencias y ya con el alma limpia se sentaron silenciosos junto a sus padres quienes esperaban respetuosos la salida ceremonial de don Benigno, mientras sonaba música sacra tocada por el organista y sacristán de la parroquia. El templo de los Santos Mártires San Ciriaco y Santa Paula, como casi siempre sucedía en la santa misa dominguera de las 12, se encontraba repleto de feligreses.

D. Benigno se había extendido en la predicación de la homilía, como era usual en este sacerdote de fuerte carácter. Esa autoridad que irradiaba, dentro de su proverbial bondad, la hacía patente, en algunos momentos de la celebración, regañando a los padres que no hacían callar a sus niños o hablaban entre ellos, cuando él estaba explicando el contenido del evangelio del día a través del micrófono. Ya en la calle, sobre las 12:40, como también tenía por costumbre los domingos, Ambrosio se acercó al puesto de periódicos de calle Santa Lucía, para comprar el diario deportivo MARCA, mientras que Serafín eligió el cuadernillo de El Capitán Trueno de esa semana, con los atractivos personajes de Trueno, Sigrid, Crispin y Goliath.  Rafi optó por su revista infantil preferida: Mujercitas.

La mañana estaba pintada, con lúdica generosidad, de sol y alegría. Pasaron por la Plaza de José Antonio (actual Plaza de la Constitución) y bajaron por Larios (con escaso tráfico automovilístico en ese domingo de mayo) hasta llegar a la zona arbolada de la Alameda. Era la hora de tomar un pequeño aperitivo en el bar LA MAR CHICA, en la Plaza de la Marina, ya alegremente “atiborrado” de clientes. Dos cervezas Victoria y unos refrescos para los niños. El platito de gambitas cocidas, con la tapa añadida de las aceitunas aliñadas, fue consumido con entusiasmo por los cuatro miembros de la familia Cebrián - Carrala.

Volvieron a casa sobre las 13:45 para tomar el almuerzo, disfrutando de esa gran olla de cocido, madrileño o andaluz, preparada por las hábiles manos de Mariana, que alegraba los corazones y sosegaba los estómagos. Antes y para el postre, Ambrosio se había llegado a la Buena Hornada, mientras su mujer ponía la mesa, pidiéndole a Candelaria le preparara un papelito con unos merengues y hojaldres rellenos de cabello de ángel. Don Matías tenía establecido que los pasteles que sus empleados se llevaran a casa los pagarían al 50% de su precio, norma que todos acataban sin rechistar.

Tras el familiar y fraternal almuerzo, Ambrosio se echó un ratito en la cama para reposar la comida. Mariana “quitaba” la mesa y “arreglaba” la cocina, mientras los niños se preparaban, sumidos en esa alegría nerviosa para darse prisa, pues tenían que llegar puntuales al cine, cuya primera sesión comenzaba a las 15 horas. Cada dos semanas, si se habían portado bien, tanto en casa como en la escuela, se les permitía disfrutar de su máxima afición. No vivían lejos del Cine Avenida, una popular sala de barrio, en la entrada de Mármoles, en donde siempre “acertaban” con interesantes programas dobles, a tres pesetas la entrada. Aunque la gran sala era fría en invierno y calurosa en verano, nada molestaba. La maravillosa ilusión de ver dos películas, fueran de vaqueros, policías y ladrones, cómicas o religiosas, de aventuras o amores, compensaba esos condicionantes térmicos y las ronchas que provocaban algunas chinches traviesas que también se invitaban a la programación. A las 19 horas, los hermanos Cebrián ya habían gozado de las dos películas. Como tenían permiso hasta las ocho para volver a casa, aún podían repetir unos 30 minutos del primer film. Sus ahorros durante la semana también les había permitido poder comprar algunas chuches, como avellanas, caramelos, saras y chicles “bazooka” sabor fresa, empleando esas “perras gordas” (10 céntimos de peseta) o “perras chicas” (5 céntimos) conseguidas por los mandados, por la ayuda en casa y por la venta, en la carbonería de Julio, de periódicos viejos y cartones. 

Su padre Ambrosio dedicaba la tarde del domingo a seguir releyendo su Marca, pegado a la radio, escuchando el resultado de los partidos de futbol, con la vana ilusión de acertar los 13 o 14 resultados de la quiniela organizada por el PAMDB (Patronato de Apuestas Mutuas, Deportivas y Benéficas). Había premios suculentos en pesetas para los afortunados acertantes. Dicho Patronato amplió, años después, los aciertos a los que pusieran el correcto 1, X, 2 en al menos 12 partidos de la competición futbolera. Unas pesetillas siempre venían bien.

Los resultados de las quinielas eran generalmente “desalentadores”, pero ello no era óbice para que el pastelero volviera a probar suerte la semana próxima. Cuando el C. D. Málaga juagaba en el campo de la Rosaleda, Ambrosio acudía a ver el partido pues era socio de la grada GOL, en el lateral norte del estadio, zona muy popular y densificada, ya que era el lugar más económico al pasar por la taquilla.

Este pastelero/panadero no era muy dado a hacer deporte. Bastante ejercicio hacía con levantarse de la cama diariamente a horas “monacales” y no para hacer las oraciones de los monjes, sino para ir a trabajar al obrador de D. Matías La Buena Hornada. En verano gustaba acudir a la playa los fines de semana y durante las vacaciones, llevando a su familia a tan lúdico espacio. Tenía don Ambrosio una interesante afición, además del espectáculo futbolero. Se trataba del coleccionismo de sellos de correos. A los amigos, compañeros de trabajo y establecimientos del barrio centro, les tenía encargado que le guardasen los sellos ya franqueados “o matados” de la correspondencia que recibieran, gesto que él agradecía regalándoles algunos pasteles de la confitería en donde trabajaba. Esta entretenida, paciente y “culta” afición también la consideraba, en su modesta mentalidad, como la formación de un legado patrimonial que podía dejar a sus dos herederos o a “la Mariana” si él se marchaba antes de la vida.

El ama de casa, esposa y madre, doña Mariana solía dedicar la tarde dominical a diversas y hacendosas tareas, como planchar la ropa atrasada, al tiempo que escuchaba los “discos dedicados” de la música popular española, en un viajo aparato de radio, que les entregó sus padres como regalo matrimonial (nupcias celebradas en 1944). Ambrosio utilizaba su apreciado transistor National, que había comprado a buen precio, en el estraperlo o contrabando barato (tabaco, relojes, transistores) en el núcleo marginal de la calle 7 Revueltas, a muy pocos metros y paralelo de la conocida y señorial Larios. Este núcleo urbano del “menudeo contrabandista” fue erradicado a los pocos años y convertido en una coqueta plaza rectangular, conocida como P. de las Flores.

En ocasiones, Mariana subía al piso 2º A (ellos vivían en el 1º A) para “echar” un ratito con su vecina y amiga Doña Concha, mujer de distraída conversación, a la que agradaba ir contando mil y una historias y experiencias (superaba en once años a Mariana) sin evitar tema alguno. Incluso le contaba los devaneos de infidelidad que su marido Remigio le hacía, con una joven dependienta de una tienda de frutas y verduras, llamada Maruchi León, la “querida” de su esposo. Estos vecinos se acercaban en edad a los sesenta. Él era ferroviario, de talleres y Concha tomaba sus aventuras afectivas con resignación, inteligencia e incluso humor: “Esa niña ya se hartará de un viejo “pitracoso”. Pronto lo pondrá de patitas en la calle. Entonces Remigio volverá a mí, como un avergonzado y humilde corderito, trayendo bajo el brazo y como consuelo un papelito de “isabelas y bollos de aceite”, de la confitería donde trabaja Ambrosio, pasteles que sabe lo mucho que me gustan”.

Cuando los niños volvieron del cine Avenida, muy contentos por haber disfrutados con dos películas de acción, contaban a sus padres los más curiosos detalles de esas historias con las que habían pasado la tarde. Antes de la cena y por “presión” de su madre, los chicos fueron completando “los deberes” que le habían puesto sus maestros, don Miguel y las hermana Regina, respectivamente, tareas tenían que hacer para el fin de semana, a fin de presentarlos el lunes en clase.

A las 21:30 ya estaban los cuatro miembros de la familia reunidos en torno a la mesa. Se escuchaba la “radio de mami” que estaba sintonizada con la emisora Radio Nacional de España, que programaba una emisión de variedades, hasta que sonó la conocida música de viento que daba paso al “parte” de las 10 de la noche, con las noticias más importantes del día. Serafín y Rafi tenían que irse pronto a la cama, al igual que su padre, quien cuidó de poner el despertados a las 5, pues una hora más tarde ya tenían que estar presente en el obrador de don Matías. Como primera acción tenían que encender el horno de leña y comenzar a trabajar la harina, convirtiéndola en saludable y esponjosa masa con la que hacer los primeros panes del día. Antes de acostarse Mariana preparaba a su marido un tazón de café con leche, que gustaba tomar bien migado, como postre de la cena. El ama de casa era la última que también se iba a descansar, pues antes tenía que “quitar” la mesa, arreglar la cocina y poner las lentejas a remojar, guiso que pensaba cocer para el almuerzo del lunes.

Y así, con el dinámico juego de los luceros en el cielo, bajo la atenta observancia de la luna rodeada de su corte de estrellas, finalizaba un domingo más, en la década de los 50, para esta entrañable y modesta familia, sociológicamente integrada en el grupo de las clases medias bajas Eran felices a su modo, pues aceptaban lo poco de que disponían, sin rencores, envidias o frustraciones, asumiendo su rol social ante “lo que “dios les había dado”. Su única e innegociable “ambición” era el que los niños, Serafín y Rafi, estudiaran, para que el “día de mañana” tuvieran un honrado porvenir.

Aquellos años cincuenta dibujaban un mundo (para nuestro asombro actual) sin televisión, ordenadores, aparatos tablets, móviles o Internet. No existían las pizarras electrónicas, sólo los austeros encerados grises y las barras de tizas “inmaculadas”. El principal recurso didáctico de los maestros, profesores y alumnado era la poderosa “magia” imaginativa y el voluntarismo personal ante el juego, ante el aprendizaje. El nacional catolicismo impregnaba e ideologizaba la mayoría de los comportamientos colectivos e individuales, con la impuesta existencia un único partido político, el Movimiento Nacional y un único sindicato “vertical”. Lo mejor y esperanzado del conjunto social era, como siempre, el dinamismo de una infancia, alegre e ilusionada, que hoy la recordamos con entrañable cariño, incalculable nostalgia y mucho amor. -  

 

UN DOMINGO FAMILIAR

EN LOS 50

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 23 junio 2023

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viernes, 16 de junio de 2023

NOEMI Y PAULA.

Todas las personas, durante su prolongada etapa de formación reglada, han tenido relación con numerosos maestros y profesores. Al paso de los años, el nombre completo de esos profesionales de la enseñanza, incluso algunas de sus características físicas o de carácter, se han ido diluyendo o incluso borrando de los sorprendentes archivos de nuestra memoria. Por fortuna, siempre quedan datos, gestos, anécdotas y valores de aquellos lejanos y admirados educadores que, con gran relevancia e influencia, tanto influyeron en nuestro ánimo y actual forma de ser. En este escolarizado contexto se inserta nuestra semanal historia de un viernes de junio, ya muy cerca del cálido solsticio de verano. 

NOEMI y PAULA son dos mujeres malagueñas, pertenecientes a la misma generación e incluso coetáneas. Nacieron el mismo año: 1957. A sus sesenta y cinco cumpleaños, tomaron la trascendente decisión de acceder a la jubilación, de sus respectivos puestos de trabajo. La primera de estas dos afectivas amigas ha prestado servicio, durante casi tres décadas, como enfermera del Hospital Clínico Universitario Virgen de la Victoria de Málaga. Su vida familiar se transformó profundamente cinco años antes de este cambio laboral, pues Celestino y ella decidieron marchar cada uno por su lado en ese caminar por las rutas de la existencia. Lo hicieron de mutuo y cordial acuerdo, sin conflictos, infidelidades o reproches, aplicando una civilizada e inteligente postura ante sus conciencias y corazones. Ella fue quien le dio la “más o menos esperada” noticia a su única hija Andrea: “entiéndelo, querida Andri. Nuestra separación ha sido básicamente por aburrimiento recíproco”.

En cuanto a Paula, la jubilación le ha llegado después de trabajar como empleada en unos famosos almacenes comerciales, durante casi tres décadas y media. Tuvo que afrontar su gran tormenta vital cuando hace ahora seris años enviudó de Cosme, agente comercial, en un desgraciado accidente de carretera, cerca de Lucena, en una tormentosa tarde de otoño. Su único hijo, Raúl, ejerce como miembro de la Policía Nacional, prestando actualmente servicio en la provincia castellana de Ciudad Real.

¿Y cuáles son los elementos que vinculan a estas dos veteranas mujeres? Durante su infancia y adolescencia fueron compañeras y amigas en dos preclaras instituciones formativas: la educación primaria la realizaron en el Colegio religioso de la Presentación, en la sede del núcleo antiguo de la capital malacitana, en la calle Nosquera (edificio actualmente denominado y “okupado” bajo la polémica municipal de la “contracultural” Casa Invisible). La vitalista amistad continuó entre las dos chicas, durante los estudios del bachillerato elemental y superior, cursos que realizaron en el prestigioso e histórico centro público del Instituto Nacional de Bachillerato “Vicente Espinel” en la también muy tradicional calle Gaona, muy cerca de la Iglesia de San Felipe Neri.

Ya en su avanzada juventud, coincidieron una tarde en los grandes almacenes en donde Paula trabajaba. Se abrazaron y quedaron citadas para compartir una grata merienda en el inmediato fin de semana. Desde aquel fausto día para el reencuentro, esa alegre y vitalista amistad, que había arraigado en los años de la escolarización reglada, “tierra fértil” para los afectos vitalicios, se renovó en el día a día, para el enriquecimiento recíproco de las dos mujeres. Desde entonces utilizan con mucha asiduidad el móvil telefónico para la fraternal intercomunicación de tanto necesitan y agradecen. Son también numerosos los fines de semana en los que quedan citadas para salir, tanto al campo como a la ciudad. Compras, meriendas, caminatas por la naturaleza, etc. Esas horas en las que comparten el tiempo y la distracción son muy bien aprovechadas. Incluso por recomendación de Noemi, Paula también se ha inscrito en el Centro Aquiles, ubicado en la zona del Ejido, en el que asisten a clases de gimnasia pilates, dos veces a la semana, a fin de mantener el tono físico corporal, ahora en que la edad exige un adiestramiento continuo para evitar las secuelas lesivas del calendario.  Ambas amigas apetecen disfrutar con el cine, especialmente el de calidad argumental e interpretativas, películas que se suelen exhibir en el Albéniz, ubicado en la céntrica zona monumental y turística de Alcazabilla.

Para las meriendas eligen precisamente esta zona, muy alegre y cosmopolita, por la abundancia de cafeterías, bares y restaurantes, de todas las modalidades y nacionalidades, aunque también les gusta estar sentadas en plena calle Larios, en donde también consumen con agrado los productos que les sirven en la exquisita cafetería Lepanto, muy reconocida por la calidad de sus dulces e infusiones. El diálogo de las dos mujeres es largo, denso, ocurrente y siempre divertido, para el recíproco bienestar de dos veteranas interlocutoras, por cierto, en sumo “parlanchinas”. Los temas de conversación son en sumo variados. hablan de todo, lo habido y por haber. Las modas y los “trapos” de vestir es un tema recurrente y que les apasiona. Los programas de televisión, las revistas del corazón y los múltiples personajes que “controlan” el protagonismo social tampoco se halla ausente de esos fáciles, ágiles y entretenidos diálogos.

Una y otra amiga presumen de ser buenas e imaginativas cocineras, tanto de los platos “de cuchara”, los guisos al horno, como sobre todo los golosos postres, en los que toman liderazgo los bizcochos, las pastas, las magdalenas y también son valientes para entrar en el terreno de la elaboración de exquisitas galletas. Todo ello tiene cabida en sus alegres y desenfadados diálogos, en los que siempre tratan de evitar tres determinados temas que, en su sensata opinión, provocan, roces, discusiones y distanciamiento entre quienes los utilizan: la política, la religión y el fútbol. Ciertamente Noemí es más de centroizquierda, mientras que su “compa” Paula tiene un sentido más “conservador” de la vida. El deporte del balompié las aburre soberanamente y en cuanto a los temas religiosos son vistos como de otra época. Hasta el comienzo de la enseñanza secundaria estuvieron en un colegio de religiosas. Aunque también había profesores laicos, este elemento del ideario religioso las previene a fin de pasar por encima del mismo, eligiendo otras más agradables cuestiones de que hablar. Este posicionamiento no excluye para que en ellas florezca un sentido benefactor hacia lo social, que las impulsa periódicamente a prestar ayuda, material y fraternal, especialmente a los mayores y necesitados. Practican casi mensualmente visitas al centro de acogida de las Hermanitas de los Pobres, gestos solidarios para llevar, a los ancianos allí recogidos, ropa, alimentos, golosinas y algunos billetes que siempre vienen bien para la subsistencia de las abnegadas hermanas. Por supuesto y más importante, también el calor humano de la amistad.

Entre sus temas para la conversación siempre hay uno que, por nostalgia, sentimiento, respeto y admiración, sale a colación una tarde tras otra, normalmente al final de las meriendas: el recuerdo entrañable a los maestros, profesores y religiosas que supieron aplicar su buen hacer enseñándolas y educándolas, en las aulas o clases, como antes se decía. Paula y Noemí reconocen que fueron dos escolares muy traviesas, pícaras y “demasiado” bromistas, con sus pacientes y abnegados maestros. No eran las únicas alumnas díscolas, por supuesto, pues había otras compañeras que las “superaban”, tanto en la institución religiosa como en el instituto.

Recordaban los apelativos o motes que colocaban a sus docentes: don Leopoldo, el “león” o el “Ruffini”, que impartía matemáticas: don Nicanor, el del “tambor” de dibujo; la Srta. Anabel, la “flanchuten”, de francés; la dulce doña Daniela, la “literata”, profesora de Lengua y Literatura; don Marcial, el “probeta”, de Física y Química, al que también llamaban el “caimán” por su peculiar forma de andar;  el santo varón Padre Olegario, el “sotana”, de religión; don Geminiano, el “Trotsky” (por su indudable parecido con el personaje soviético) que “daba Historia y a Mari Cruz, la  “chandal” (nunca la vieron vestir otra prenda. También a Livinia, la “soprano” y a don Eugenio, el de Latín, apodado el “camaleón” ya que cada día iba cambiado de traje…

Entre las diferentes e ingeniosas bromas y “travesuras” que se practicaban en sus clases, estaba la de echar sal, arena o azúcar en el pasillo entre las mesas, por donde caminaban algunos profesores cuando estaban explicando o dando los apuntes de sus materias. También ponían algunos chicles masticados al final de las patas de las sillas del profesor; echaban agua en el paquete de tiza, para dificultar la escritura en la pizarra; alguna “bomba fétida” también fue rota en el desarrollo de alguna clase, con el intenso y aromático olor y la “guasa” subsiguiente que produjo entre el colectivo. Siempre había algún compañero, buen dibujante, que pintaba una caricatura más o menos graciosa de algunos profes y maestros. La variedad de estos “malos” comportamientos daría para escribir muchas páginas.

En cuanto a las técnicas para copiar en los exámenes, el ingenio aplicado entre los alumnos era de lo más variado. Grababan datos e incluso definiciones en los bolígrafos BIC que eran normalmente utilizados; textos también escritos en los muslos de sus respectivas anatomías; otras micro “chuletas” escondidas en las mangas de las camisas o suéter. En aquellos lejanos tiempos no existían los teléfonos móviles, pero incluso por las ventanas se introducían en las aulas muchas respuestas que otros alumnos, situados en el exterior, habían preparado con respecto a las preguntas planteadas por el profesor. Estos comportamientos eran más propios de las clases en el instituto, pues a las monjas les solían tener un mayor “respeto”. Recordaban a las madres Teresa, Encarnación, Soledad, María Jesús, Ángeles etc. religiosas que además de educarlas y enseñarles los diversos contenidos de las materias o asignaturas, actuaban o ejercían como verdaderas “madres” con respecto a las “díscolas” escolares que tenían a su cargo.

Tanto en la infancia, como en la adolescencia, a pesar de esas bromas y traviesos comportamientos, tanto Paula como Noemí reconocían que nunca trataron de “pasarse de la raya” y que, en la mayoría de los casos, además de aceptar el castigo, pedían perdón al profesor del que se habían reído o habían molestado. Cosas de chicas muy jóvenes, en comprensible período de formación. Al ir nombrando y recordando el nombre de todos esos maestros para sus vidas, reconocían con tristeza, afecto y respeto que probablemente la inmensa mayoría de todos esos docentes y educadores ya no se encontrarían con vida, por lógicas razones de la edad impuesta por el calendario. Precisamente una tarde, cuando merendaban en Lepanto, comentaron el proyecto de ir a visitar los dos centros en donde habían cursado la enseñanza primaria y secundaria: el colegio de la Presentación y el instituto (en aquel momento femenino) Vicente Espinel.

Una tarde Paula llegó a la cita de la merienda un tanto nerviosa y azorada. Explicó a Noemí con todo detalle que, desde hacía unos días, un vecino del bloque en el que residía, don Ezequiel Rabaneda, de edad madura, que había enviudado a comienzos del año y que durante su vida activa se había dedicado al artesanal trabajo de la tapicería la estaba “rondando” e insinuándose con manifiesta y molesta insistencia. El septuagenario tapicero vivía en el 4º A y ella lo hacía en el 4º C. Lo conocía, tanto a él como a su mujer lógicamente desde hacía décadas, pues eran casi vecinos de puerta, `pero no se imaginaba que al sufrir el trauma de la viudez había centrado en ella, también viuda, sus afectos y necesidades sentimentales con tanto ímpetu y “pesadez”. Comenzó con “gentiles” regalos, como frutas y bombones. Se hacía el “encontradizo” con ella, siempre que entraba o salía de su piso (posiblemente la estaba vigilando) con una obsesión que le preocupaba. Cuando llegaban los domingos, con casi todo cerrado, el también veterano adulador comenzaba a llamar a su puerta, para pedirle “algo que se había olvidado comprar”, como pan, sal, azúcar, huevos, etc y así poder “echar el ratito” con su vecina Paula. Físicamente, el tapicero no era una gran belleza, sumado a sus años. Un tanto paticorto de cuerpo, alopécico, ojos algo saltones, barrigudo … “una belleza”. En cambio, su carácter era simpático, “guasón” y excesivamente cordial con sus continuas adulaciones, que la abrumaban sobremanera. Ya le había metido por debajo de la puerta dos misivas declarándole su ferviente amor y pidiéndole con “relamidas” palabras relaciones sentimentales. ¡Menuda carga se le había presentado a la sosegada Paula!

Ante esas pretensiones, Ella le había dado “calabazas”, de una forma puntual y directa. Sólo aceptaba su amistad, como buenos vecinos que habían sido en gran parte de sus vidas. Pero el tapicero, erre con erre, seguía insistiendo, hasta tenerla hecha un manojo de nervios. Este había sido el tema de esa tarde de junio, con la dulzura primaveral en la meteorología.

Apenas Paula había terminado de narrar esta aventura vecinal a su íntima amiga Noemi, decidieron dejar la cafetería para dirigirse a la Alameda Principal con la intención de dar un tranquilo paseo, entre puestos de flores y gente transitando por esta alegre y céntrica vía malagueña. Quiso el azar, la suerte o el destino, que se encontraran de frente con un señor muy mayor al que, tras unos segundos de duda, reconocieron sin dificultad. Esta persona caminaba con prudente lentitud, ayudándose de un modesto bastón. El anciano paseante cubría su cabeza con una gorra deportiva, cuya visera le protegía el rostro del sol proveniente del oeste. El cuerpo algo encorvado de esta persona reflejaba el paso indudable de su avanzada edad.

“Perdone, Sr. Buenas tardes. Me atrevo a preguntarle ¿Vd. ha sido profesor de Matemáticas? Es que hemos creído reconocerle, D. Leopoldo. Nosotras, hace ya muchos años, tuvimos un profesor que tenía sus mismos rasgos y al que recordamos con mucho afecto y cariño”.

El sorprendido anciano, que cubría su vista cansada con gruesas lentes, las observó pensativo y de inmediato sonriente.

“Efectivamente, distinguidas señoras. Yo soy Leopoldo Cifuentes. Ejercí de catedrático de Enseñanza Media, en el Instituto Nacional de Bachillerato Vicente Espinel de esta ciudad. Me emociona que dos antiguas y lindas alumnas aún me recuerden, a pesar del tiempo transcurrido y de los cambios lógicos en el cuerpo”

Este veterano profesor, con 91 años de vida, no podía recordar a dos jovencitas de catorce o quince años, antiguas alumnas en sus clases. Pero se mostraba contento y complacido ante dos antiguas alumnas, hoy convertidas en dos elegantes señoras, también jubiladas en sus profesiones, como él. Intercambiando sonrisas, pidieron a una de las vendedoras de flores que les hicieran una foto, posando Noemí y Paula junto a don Leopoldo, cada una cogiéndole afectivamente del brazo. Don Leopoldo, con manifiesta elegancia, tuvo el gentil detalle de comprar dos rosas rojas, que entregó con una emoción difícil de describir a sus dos antiguas alumnas, quienes agradecieron con sendos besos el noble y cariñoso gesto del antiguo Profesor.

Quedaron en llevar las fotos, que pensaban enmarcar convenientemente, a su entrañable profesor, desplazándose a su actual domicilio, una residencia para mayores en el Camino de Antequera, rodeada de jardines y tranquilidad, en la zona noroeste de la ciudad. Don Leopoldo les explicó que prefería estar en esa institución para ancianos, antes que “molestar” y condicionar la vida de sus herederos. “Aunque no lo creáis, aún enseño el juego mágico de los números y las cifras a muchos de mis “jóvenes” compañeros en la actual gran casa de todos”.

Fue hermoso y hondamente sentimental tener la suerte de poder reencontrarse con “míticos” profesores de su adolescencia y primera juventud, que aún daban ese ejemplo maravilloso de estar en la vida, recorriendo, aunque con pasos prudentes, las populosas calles de Málaga. Noemí y Paula recordarían, para siempre, con respeto, cariño, admiración, añoranza y gratitud, a su admirado profesor, en aquella entrañable y afectiva tarde de un 30 de junio, caminando por entre los puestos de flores de la Alameda malacitana. -

 

NOEMI Y PAULA

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 16 junio 2023

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viernes, 9 de junio de 2023

VOY A SALIR. ENSEGUIDA VUELVO


Hay muchas frases en el acerbo cultural popular que, a pesar de su brevedad, resultan inteligentes, útiles e ilustrativas, por la fácil proyección sociológica de su contenido. Una de estas expresiones dice “salió a comprar tabaco y ya nunca más volvió”. Podemos cambiar ese vocablo adictivo por cualquier otro producto de uso cotidiano. En esas nueve palabras se encierra el resumen del fracaso de una relación conyugal, en la que desdichadamente ya no sirven la terapéutica de las palabras ni la aplicación de las mejores intenciones. Esa emblemática frase lleva consigo el suplemento o aditamento de la sorpresa y el asombro ante lo inesperado del hecho. En este contexto temático se inserta el contenido de la historia que, a continuación, vamos a narrar.

IRINA Sidoria, 44 años, auxiliar administrativo en una gestoría que tramitaba todo tipo de documentos, aunque con una cierta especialización para los clientes de procedencia extranjera, llevaba casi un lustro conviviendo en pareja con CLAUDIO Riballa, 39, técnico informático en una cadena nacional de reparaciones rápidas de telefonía y ordenadores. Se habían conocido en una “fiesta a ciegas” promovida por los servicios de acción social del municipio, que tuvo lugar en un popular pabellón deportivo dirigido por la correspondiente concejalía. Previa inscripción, acudieron a este divertido encuentro más de dos centenares de personas. Una de las parejas que se formaron, a partir del difundido encuentro denominado “Dos corazones necesitados” fue precisamente la de esta administrativa y el técnico informático. Después de románticos bailes, tapeo e ingesta de refrescos y cervezas, intercambio de palabras, miradas afectivas y sonrisas, surgió ese “feeling” que atrae y aproxima con éxito emocionante los sentimientos.

Uno y otro personaje eran típicos prototipos de esos seres a los que la suerte, el azar o el acierto electivo, no había querido proporcionarles la estabilidad de poder encontrar a esa otra pareja con la que compartir la ilusionada aventura de la existencia. Ambos estaban en esa órbita cronológica de las cuatro décadas vitales y la vida solitaria les pesaba y desalentaba en el discurrir del día a día. Tal vez influidos por esta necesidad imperiosa, después de varias llamadas telefónicas, que se convirtieron en diarias, con el dulce intercambios de intensas palabras de amor, todo ello unido a unos apasionados encuentros directos en los fines de semana, al estar libres de “ataduras y otros condicionantes” tomaron la valiente decisión de irse a vivir juntos. Lo hicieron utilizando el apartamento alquilado que Claudio tenía (desde hacía ya seis años) en las estribaciones del monte Gibralfaro, con excelentes vistas a la bahía malacitana. Esa feliz unión convivencial se produjo tan sólo dos meses y tres semanas después del lúdico encuentro festivo en los “Corazones necesitados·”.

Esos casi cinco años de convivencia fueron, en general, fructíferos (con las lógicas alzas y bajas relacionales) para dos personas que habían podido dar una estabilidad afectiva y sexual a sus vidas. Uno y otro tenían, como es natural, sus virtudes y defectos arraigados en sus caracteres (no eran ya unos niños), pero con paciencia y tolerancia iban cubriendo esa telaraña existencial llena de normalidad, no exenta de esa “pandemia” invisible de la monótona rutina. Los horarios de ambos “cónyuges” (no habían pasado por la clerecía ni por el Registro Civil, por acuerdo mutuo) determinaba que sólo durante los fines de semana y días festivos pudieran estar juntos con plenitud, para acomodar sus caracteres, proyectos y realidades. Claudio era más sosegado y tranquilo en sus decisiones, mientras que Irina destacaba por el mayor ímpetu de sus respuestas y acciones directas. También, desde el comienzo de su relación, habían decidido, por mutuo acuerdo, postergar para más adelante la posibilidad de tener descendencia, aunque las leyes de la genética les decía que ya no eran unos jóvenes o chiquillos para la procreación. Él caminaba hacia cuarentena, mientras que ella pronto iba a entrar en la cuarta década vital.

Esa rutina existencial la iban sobrellevando como hace la inmensa mayoría de las personas, para enfrentarse y superar el “pathos” anímico de la soledad. Así iban pasando los meses y los días y el importante asunto de la descendencia continuaba latente en la espera de sus horizontes relacionales.

Un sábado por la tarde, gozando de un abril primaveral, ambos se encontraban en el apartamento. Ella completaba, por la urgencia de sus contenidos, unos dossiers que se había traído de la gestoría el viernes, mientras que Claudio trasteaba su portátil navegando por distintas páginas visitadas por miles de internautas. Desde hacía unas semanas, Irina llevaba detectando en su pareja un comportamiento inusual en su carácter.  Cierto nerviosismo, incómodos silencios, miradas perdidas para el infinito, seriedad e incluso tosquedad en las respuestas. En alguna ocasión ella le preguntó abiertamente qué le ocurría, a fin de poder ayudarle en su más que patente desazón. Claudio se limitaba a responderle que todo obedecía al estrés del trabajo, pero que el verano no estaba lejos y que esas vacaciones, muy necesarias, le ayudaría a estabilizar sus frecuentes desánimos.

También percibía que muchas noches Claudio se despertaba o simulaba estar dormido. Una vez que abandonaba la cama, vería como se desplazaba al cuarto de trabajo, pasando incluso horas delante del ordenador. En este ámbito de la informática, también habían acordado desde el primer momento que, a fin de mantener sus respectivas privacidades, cada uno utilizaría sus propias claves que, obviamente, eran secretas, para entrar en los documentos y archivos de su pertenencia. En este estado de cosas, Iris nunca hizo intento de entrar en el disco duro de su compañero. En realidad, él hacía lo mismo con respecto al de su compañera.

Ese sábado de abril, de manera espontánea y con gran diligencia, Claudio se levantó del sillón donde solía recostarse. Acababa de tomarse una infusión en la que había mezclado dos bolsitas: una de Rooibos y otra de tila, relajante que tras despertarse del sueño se había preparado. Tomó su gran mochila que parecía completamente llena de cosas ¿? Comentando a su compañera:

“Voy a llevar unos periféricos, que me traje del trabajo ayer noche, a un centro técnico del Polígono del Guadalhorce. Los tengo que entregar, dentro de media hora, a un especialista informático con el que me he citado por WhatsApp. No tardaré mucho en volver”.

Irina no le dio mayor importante a este desplazamiento de Claudio. Pero fueron transcurriendo los minutos y las horas, y el utilitario que utilizaban no volvía al aparcamiento del bloque. Obviamente, tampoco lo hacía su conductor. Miraba una y otra vez hacia la puerta, para ver si esta se abría y entraba su pareja. Sobre las 21 h. sintiéndose profundamente preocupada, marcó en repetidas ocasiones su número de teléfono, pero una y otra vez no podía conectar. A veces daba comunicando y en otras ocasiones aparecía la indicación de llamada fallida. Un tanto intrigada, comenzó a dar vueltas por la casa y para su sorpresa observó que el portátil de Claudio no estaba sobre su mesa ni en ninguna otra parte. Los numerosos discos duros externos, conteniendo películas y otros archivos, tampoco estaban en la repisa donde solía colocarlos. Por un gesto mecánico, se encaminó de inmediato al gran armario del dormitorio, donde guardaban la ropa. La parte que él se reservaba estaba muy “aligerada” de prendas. Faltaba mucha ropa, Especialmente un gran chaquetón de piel que usaba en invierno con gran aprecio. En cuanto al calzado, también faltaban sus Converse y varios pares de buenos zapatos de marca. De allí se dirigió a su mesa de trabajo y comprobó, cada vez con mayor preocupación, que las cajoneras estaban prácticamente vacías.

Poco a poco, Irina iba tomando conciencia de que “la desaparición” de Claudio no era casual, insólita, sorpresiva o incluso delictiva, sino que su propio compañero la había ido preparando, con suma habilidad y paciencia, Aún así, estuvo telefoneando a algunos hospitales públicos y privados, sin que en ellos tuvieran constancia del ingreso de don Claudio Riballa. Pero cuando estaba dispuesta a contactar con la policía, dado que iban a dar las 22 h. para su sorpresa recibió un mensaje de WhatsApp. El remitente era el “desaparecido” técnico informático. Su breve y “gélido” contenido explicaba básicamente lo que la abrumada destinataria venía sospechando:

 

“Lo siento Irina. Debo seguir mi propio camino.

Una nueva vida para la que ya no cuento contigo.

Gracias por todo. Claudio”.

Sólo 21 escuetas y duras palabras. Fue un mazazo demasiado fuerte, para la estabilidad de una mujer en profundo estado de confusión. No había más explicación. Era obvio que el desleal compañero había estado llevándose, durante los días previos, aquel material que más le interesaba. Lo había hecho calculando los más nimios detalles, para evitar cometer errores que pudieran “delatarle” antes de tiempo. Fundamentalmente, que ella pudiera darse cuenta. A partir del envío de ese mensaje, la línea que sustentaba su teléfono quedaba cortada. No podía, de manera alguna, comunicar con él. Lo más peculiar del caso es que al no estar sustentada administrativamente su convivencia, tanto en lo religioso como en lo civil, no podía denunciarlo por “abandono del hogar”. El alquiler del apartamento lo abonaban a medias. Al menos ella no se veía en la calle, de la noche a la mañana. Lo único cierto es que Claudio había salido “a comprar tabaco” y no pensaba volver.

Aquella noche apenas pudo conciliar el sueño. En la mañana del domingo, hizo un esfuerzo para tomar un frugal desayuno. Entre los pensamientos nocturnos había pensado en los padres de Claudio, a quienes sólo había visto en un par de ocasiones. La relación entre Teófilo y Lorenza con su hijo era prácticamente nula. Su compañero lo justificaba porque desde la avanzada adolescencia los choques fueron más que frecuentes, generalmente por motivos insustanciales y graves. Nunca quiso trabajar en la taberna que su padre tenía arrendada desde hacía muchos años. Un día después de cumplir los 18 el cogió su maleta y comenzó a buscar y desarrollar una vida autónoma. 

Irina, en esa mañana de domingo, cuando las manecillas del reloj superaban las 12 horas, marcó el número del domicilio de sus “suegros”. Teófilo, un rudo ventero, ya jubilado, la escuchó con extrema frialdad. Le vino a decir que “Claudín” había roto con ellos desde hacía mucho tiempo y que, con la mayor franqueza, nada querían saber de él. Prácticamente, casi le colgó la comunicación. La impresión que una vez más confirmó era de que se trataba de una persona algo primaria, ruda y escasamente comunicativa.

En esta difícil tesitura consideró que lo más apropiado era no perder los nervios, tarea algo difícil para ella, por su naturaleza generalmente impulsiva. Debía dejar pasar unos días, con la fatua esperanza de que Claudio recuperara un poco la “racionalidad”. Y, sobre todo, lo que más necesitaba era recibir una explicación convincente acerca de los verdaderos motivos para esa drástica y “secretísima” y no dialogada ruptura. Realmente fue un “finde” muy difícil para la desconsolada administrativa. Sus padres Mauricio y Carmela, ya muy mayores, residían en Ronda (peón agrícola y labores en el hogar). Era hija única. Su mejor relación familiar era con una prima, Lidia, que recientemente había matrimoniado, desplazando su residencia a tierras levantinas por la profesión de su marido, ingeniero agrícola. Con sus compañeros de gestoría mantenía una relación cordial, pero en modo alguno íntima, pues en los últimos cinco años había se había centrado y “encerrado” relacionalmente con el técnico informático, que ahora estaba “missing”. A punto de cumplir los 45, ahora comprendía el error por haber dilapidado unos años preciosos e importantes, desde su vinculación con Claudio. Sobre todo, para haber intentado conseguir una descendencia. Tal vez con un hijo, habría evitado esa “huida” de su compañero. No encontraba mejor palabra para definir la actitud de éste. Lo que más le dolía y descentraba es que con cinco años viviendo junto a una persona, era cada vez más consciente de lo poco que conocía al técnico Riballa.

Durante la siguiente semana aprovechó un hueco laboral para desplazarse a la central informática en donde trabajaba Claudio, empresa en la que ella nunca había estado. Le extrañaba no haber recibido llamada alguna de esta franquicia para preguntar por este miembro de la plantilla o tal vez lo podía encontrar allí, trabajando como si nada hubiera pasado. Cuando entró en DOWNLOAD&UPLOAD percibió una gran actividad en los diferentes despachos y talleres. Fue atendida muy cordialmente por Serafín Alberca, director de la franquicia internacional. Explicó al ejecutivo que llevaba varios días sin saber nada (salvo una breve nota) de su compañero. Mostrando un semblante extrañado, su interlocutor le indicó que Claudio Riballa hacía dos semanas y media que se había despedido de la empresa, alegando su deseo de buscar nuevos horizontes en su actividad profesional.

”Le aseguro que ha sido uno de nuestros mejores técnicos. Por su capacidad de trabajo, iniciativa, y conocimientos técnicos. Además, un excelente miembro en la plantilla, que siempre se ha llevado bien con el resto de sus compañeros. Lamento no poder facilitarle su dirección actual, pues no nos ha dejado datos acerca de donde ha deseado recalar”.

De esta forma Irina Sidoria continuó con su vida. Tenía que seguir el camino, adaptándola a la soledad convivencial. Se “consolaba” considerando de que tenía, al menos y no era poco, la realidad de esas ocho horas de trabajo diarias entre lunes y viernes, para sentirse útil y garantizarse una subsistencia adecuada en lo material. Así, la resignada administrativa, procuraba llenar el tiempo libre de que disponía, al finalizar su jornada laboral y en los fines de semana, con diversas actividades: las compras en el súper, la creatividad culinaria y por supuesto la asistencia una vez a la semana al cine Albéniz, en cuyas pantallas siempre encontraba algo interesante para visionar y distraerse. Algunos domingos acudía a la Estación Municipal de Autobuses, comprando un tícket para un destino no demasiado alejado y no visitado, a fin de conocer otros lugares, caminar y cambiar de “aires” por entornos naturales. Se preparaba su bocadillo o tomaba ese menú “casero” del lugar, en alguna recomendada venta o restaurante con encanto rural.

Sin embargo, la “procesión” iba por dentro de los sentimientos y el ánimo de Irina. No sólo se sentía, de manera especial por las noches, relegada y abandonada, sino que lo más duro de asumir era la carencia de una mínima o convincente explicación por el comportamiento de un desleal compañero con el que, aunque algo frío y distante, había convivido durante un lustro de su tiempo. Ciertamente, no había tenido suerte en el amor. Tal vez su físico tampoco le había ayudado en ese objetivo de encontrar una “media naranja” acomodada a su carácter, que pecaba en ocasiones de impulsivo. Pero Claudio la había aceptado, tal y como era. Ahora todo se había ido al traste de la forma más absurda y extraña. ¿Y por qué? pregunta que en repetidas ocasiones surgía en la mente de su conciencia solitaria. ¡Cómo se puede convivir con una persona durante cinco años y conocerla tan poco!

Las hojas del calendario continuaban con su innegociable y “otoñal” caída. A pesar de intentarlo, entregándose con afán a su trabajo y a ese ocio del fin de semana, esta mujer nunca perdió la esperanza ilusionada de recibir un mensaje, una llamada, una explicación o un poco de luz acerca del único compañero relacional que había pasado por sus sentimientos y su vida. Sin embargo, el destino, la divinidad, el azar o la casualidad, en ocasiones suelen tener momentos de lucidez generosa, para ayudar al que tanto lo necesita.

Había transcurrido ya dos años largos desde la extraña despedida del técnico informático. Irina estaba muy próxima a cumplir sus 47 primaveras. Una tarde nublada y fresca de domingo, a finales de junio, debido a la incomodidad de la meteorología, decidió quedarse en casa y no ir al cine como tenía por costumbre. Se había descargado, desde una página de Internet, una película clásica que parecía interesante, dentro del género de cine negro o de intriga. Se preparó una taza de chocolate caliente y conectó su portátil con el televisor.

Eran las 18:45 y al encender el monitor, apareció en pantalla la cadena de RTVE Noticias de 24 horas. En ese momento ofrecían información acerca de la Fiesta del Orgullo Gay en Madrid, en la que participaban muchos colectivos y personas vinculadas al LGTBI (lesbianas, gais, trans, bisexuales e intersexuales). El reportaje era interesante, ya que mostraba la multicolor y alborozada cabalgata de la gran ceremonia festiva, por las calles del barrio madrileño de Chueca. Las desenfadadas y cromáticas vestimentas de los participantes en la fiesta, sus singulares y expresivos comportamientos y gestos, sus peculiares peinados y otros artísticos aditamentos en la humanidad de sus cuerpos, la alegría patente que se respiraba en esas calles, ahora tomadas por un denso colectivo, muy expresivo y original en su forma de ser y entender la existencia, hizo que Irina aguardara unos minutos, antes de darle al “play” de su portátil, para poner en marcha la película.

En pantalla apareció la imagen de un periodista que entrevistaba a dos integrantes de la populosa marcha festiva, un trans y una joven lesbiana, Pero lo más impactante para Irina fue observar que en un segundo plano, a pocos metros de la pareja entrevistada, había otros muchos participantes de la fiesta y entre ellos reconoció, sin ningún tipo de dudas a Claudio. El sobresalto en su ánimo fue de impacto. A pesar de los dos años y meses transcurridos, el informático apenas había cambiado en su físico. Tal vez con una alopecia más avanzada en sus entrantes, además de haberse rapado ambos laterales de su cabeza, EStaba bastante más delgado. Cubría parte de su cuerpo con un tan espectacular atuendo que ella nunca podría imaginarse verlo con tan espectacular y significativo estilo o look “alternativo”. Tomaba en su mano derecha la de otro compañero de marcha, acompañante de gran belleza y atlética humanidad, viéndoseles sonrientes y cálidamente encariñados. Rápidamente tomó unas fotos con su móvil de la pantalla televisiva. Como ocurre en esta cadena informativa, el reportaje fue emitido en varias ocasiones. Gracias a estas repeticiones, pudo grabar el tan descriptivo y sociológico reportaje que ella contemplaba, plena de asombro, una y otra vez.

Al fin había encontrado esa luz que tanto necesitaba. Con ella podría “alumbrar”, en lo posible, su permanente estado de duda y confusión, a lo largo de tantos meses transcurridos, desde la “huida” o “desaparición” de Claudio aquel infausto sábado de primavera. Para esta perfecta asunción de la comprensión, Irina pudo contar con la profesional y cualificada ayuda del psicólogo que la venía tratando desde hacía meses.

“Debes entender que el comportamiento de estas personas es, en general, bastante complejo y no fácil de entender. incluso para ellos mismos y por muchos de los que sienten heterosexuales. No sabemos desde cuándo Claudio detectó esa bisexualidad que obviamente anida en su cuerpo y conciencia. Tal vez el encuentro con alguna persona especial, tal vez cansado de soportar esa ambivalencia que probablemente le inestabilizaba, quiso evitar esa teatralización que representaba a diario, lo que motivó la drástica ruptura con tu convivencia y optó, con recia valentía, por trazar una nueva línea definida en la dirección de su existencia”.

En la actualidad, un controvertido hombre que salió una tarde de sábado de su domicilio para no volver, CLAUDIO, reside en Madrid, compartiendo su vida con Ismael, un popular y bien parecido actor que actúa en el café teatro La Alondra. Viven en un antiguo pero coqueto ático del tradicional barrio de Chueca. Es propietario, en un local cercano a su domicilio, de un taller de reparaciones y venta electrónicas e informáticas. Su antigua compañera afectiva, IRINA conociendo en parte los motivos de aquella repentina y brusca ruptura afectiva, continúa su vida en Málaga. En esta alegre y moderna localidad, sigue esperando y buscando, con firme actitud y esperanza, una nueva luz que fraternice su sosegada, rutinaria e íntima soledad. –

 

VOY A SALIR

ENSEGUIDA VUELVO

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 09 junio 2023

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