viernes, 26 de abril de 2024

EL FIEL CLIENTE DE LA GABARDINA GRIS.

Hay miles de imágenes que desfilan ante nuestros ojos en la sucesión de los días, que encierran historias interesantes para nuestra consideración y valoración reflexiva. En principio, la mayoría de estas escenas destacan por su sencillez, pero a medida que profundizamos en las mismas comprobamos su intensidad dramática y sentimental. Vayamos ya al contenido de nuestra historia.

El escenario nuclear de este relato está situado en la Alameda Principal malacitana, próxima a la intersección con la calle Córdoba. Allí se ubica una muy aceptada y visitada cafetería, denominada SOL Y MAR, casi llena de clientes en muchas de las horas de servicio. Este establecimiento tiene una posición estratégica, pues se halla en pleno centro antiguo de la ciudad. Loa camareros que bien atienden el servicio apenas descansan, portando en sus bandejas las viandas e infusiones demandadas por los visitantes comensales. El trajinar de personas de todas las edades y condición es constante, porque el establecimiento está “a mano” de numerosas oficinas y despachos profesionales de la más variada índole (médicos, abogados, notarios, gestorías, inmobiliarias, librería, hoteles, etc.)

Con la puntualidad de un reloj, alrededor de las cinco de la tarde, llegaba a la cafetería y establecimiento restaurador un hombre mayor septuagenario (72 años a sus espaldas), llamado AMALIO FRESNEDA CAÑIZAL, bien aseado en su limpieza, aunque vistiendo de una forma un tanto modesta. Se resguardaba, fuera cual fuera la temperatura ambiente, con una bien usada gabardina gris, debajo de la cual aparecía un chaleco de punto y unos pantalones de mezclilla marrones, calzando unas raídas zapatillas deportivas de color azul, con gruesa suela blanca. Esa gabardina gris de repetido uso la había recibido en un día de lluvia y mucho frío, cuando cruzaba el puente de Tetuán. Al pasar ante un joven que esperaba el autobús, esta atlética persona tuvo un gesto harto generoso, insólito y solidario “Abuelo, póngase esta gabardina que le protegerá del frío y la lluvia. Vd. la necesita más que yo. Tengo mucha ropa en casa”. Ese joven nunca olvidará el rostro de agradecimiento sincero de aquella persona mayor, a quien estaba ayudando de forma noble y desinteresada.

Una vez dentro de la cafetería, solía elegir una zona esquinera para sentarse, junto a una gran luna de cristal, desde donde podía divisar con facilidad la amplia avenida de los grandes y centenarios árboles, los románticos y cromáticos puestos de flores, más el alegre trajinar de vehículos y peatones, a esa hora clave de la media tarde. Este fiel y silencioso cliente solicitaba cada tarde el mismo servicio: una taza de café con leche, bien caliente, rogando por favor le sirvieran un vasito de agua, cuyos sorbos le aliviaban las frecuentes molestias en su garganta. Allí, bien acomodado y distrayéndose con el dinámico panorama, interior y exterior, iba “consumiendo los minutos” e incluso las horas. No hablaba apenas con nadie e iba tomando sorbos pequeños, tanto de la aromática infusión, como de ese vaso de agua, que gentilmente le habían puesto encima de su mesa.

A eso de las 19, 19:15 horas, tras ese trocito de tarde sentado en su “privilegiada” mesa, hacía una señal al camarero, para abonarle la no golosa consumición y apoyándose en su bastón de madera de pino barnizada, con zapata de goma en su base, tomaba el camino hacia la puerta, saludando educadamente a los camareros con los que se encontraba, conocidos pues no faltaba tarde alguna a su cita con la cafetería. El hecho de su repetida visita diaria, provocaba el gesto amable de los camareros, con el simpático comentario de “ya ha llegado don Amalio” “ve preparando el café con leche de don Amalio” “Déjame el vaso con agua de don Amalio”. Esta familiaridad “cariñosa” ante el fiel cliente, provocaba que los trabajadores en la cafetería añadieran gratuitamente y a motu proprio, un par de galletas junto a la taza de café. Ese gesto era también agradecido por el veterano personaje, con una sonrisa silenciosa y misteriosa que los camareros valoraban en lo que valía.

La presencia repetida de este cliente generaba entre ellos una serie de preguntas. ¿Tendrá familia, este pobre hombre? ¿Con quien vivirá? ¿Tendrá una pensión suficiente para vivir? ¿Por qué vendrá aquí cada tarde? ¿No tendrá amigos con quien salir? Todos estos interrogantes generaba que entre los camareros se cruzaran apuestas acerca de quién era capaz de investigar acerca del silencioso y extraño visitante. Un joven trabajador del local, llamado LUCIO comentaba “es bueno que dejemos en paz a don Amalio. Tendrá lógicamente su vida y hay que respetar su privacidad”. Sin embargo, Lucio no era totalmente sincero con sus palabras. Él también tenía interés en conocer qué había detrás de este conocido cliente, por el que todos hacían cábalas.

Lucio se acercó una tarde a la mesa de Amalio y medio en broma, medio en serio, le preguntó de “sopetón” “Don Amalio, ¿en qué ha trabajado Vd. hasta su jubilación? ¿A qué se dedicaba?” Esa directa y sencilla pregunta fue respondida por el anciano comensal con una rogativa sonrisa. Prefería no hablar y que le dejaran “tranquilo” en su bien elegido rincón. Pero Lucio, gran aficionado a las películas de detectives e intrigas, estaba dispuesto a conocer algo más acerca del misterioso cliente de las 17 h. En este sentido, una tarde en que el camarero libraba en su horario de trabajo, se acercó a la cafetería a la hora en que don Amalio solía abandonar el local. Efectivamente, cuando éste se levantó de su asiento preferido (algunas tardes se encontraba ese sitio ocupado, por lo que tenía que ocupar otro puesto entre las mesas disponibles) y se puso su gabardina gris (la tarde estaba algo fría y húmeda) dio las buenas tardes y con su bastón en la mano diestra “enfiló” el camino de la puerta. Lucio con ropa de calle, se encontraba en las inmediaciones de la cafetería. Cuando vio salir a don Amalio, se dispuso a seguirlo, hasta averiguar cuál era su domicilio. Pensaba el sagaz camarero, “metido” a detective, que era la única forma de averiguar algo de una persona que trataba de no desvelar nada de su pasado, ahora en su vejez.

Siguiéndolo a una prudente distancia y con toda paciencia, pues el veterano cliente caminaba bien despacio y con extrema prudencia, para evitar perder el equilibrio, fue recorriendo el itinerario marcado por don Amalio. Alameda principal, Alameda de Colón, puente de la Misericordia y de allí a calle Cuarteles, llegando hasta la Explanada de la Estación. Desde allí, giró a la izquierda, llegando al monumental e histórico edificio del siglo XIX (1868) de tres plantas, con fachada en ladrillo y piedra, que sirve de sede al ASILO DE LAS HERMANITAS DE LOS POBRES. Tocó en el timbre y le abrieron la puerta lateral, que tras su entrada se cerró de manera automática. ¡Don Amalio, el fiel cliente de la gabardina gris, residía y era atendido en ese centro asistencial para personas mayores necesitadas y sin hogar!

Lucio estuvo durante la noche dándole vueltas a este episodio y comportamiento del cliente fiel de Sol y Mar. Así que, al día siguiente, cuando de nuevo el anciano ocupaba su lugar preferido para el café con leche de media tarde, Lucio le comentó con prudente delicadeza: “don Amalio, ayer noche, cuando pasaba por la zona de la Estación, lo vi entrando en el edificio de las Hermanitas de los Pobres. ¿Reside Vd. allí?”

Amalio bajó la cabeza y al volver a mirar al joven profesional, mostró algunas lágrimas en sus ojos. En ese momento se mostraba dispuesto a contar algo de su vida, precisamente a ese camarero que tan bien lo atendía y al que consideraba el único amigo que realmente tenía. Así que, en las tardes siguientes, Amalio Fresneda fue narrando algunas fases y contenidos de su larga existencia.

Amalio había trabajado como electricista, en una empresa de multiservicios. Vivía con su señora madre, quien al fallecer provocó una profunda soledad en su único hijo. Nunca supo quién era su padre ni, lógicamente, llegó a conocerlo. Esa dura soledad existencial, le llevó a buscar la compañía y, posteriormente, el matrimonio con una señora, CASILDA, mayor que él (42-50 años respectivamente). Esta mujer tenía una gran afición a los gastos desmesurados, en joyas y perfumes. Profunda y “locamente” enamorado de esta compañera, se fue paulatinamente arruinando en su sueldo y ahorros, enfebrecido por el amor que profesaba a esa mujer, en la veía o imaginaba el recuerdo de su madre. Esta desleal compañera, no sólo arruinó a su esposo, quien incluso llegó a hurtar en la empresa donde trabajaba, para atender a sus desmedidos caprichos. Tras descubrirse el robo, fue inmediatamente despedido, aunque el jefe de la empresa le perdonó la denuncia que podría haberle llevado a prisión. Tuvo en cuenta los muchos años en que estuvo trabajando para él, y conocía la peculiar relación de Amalio con una señora que lo había llevado incluso a delinquir. A partir de aquí, en la ruina económica y anímica, perdió su piso y, de inmediato, ella lo abandonó.

El abrumado electricista estuvo vagando en habitaciones de alquiler, residencias que pagaba con algunos trabajos que hacía por su cuenta. Cuando fue perdiendo vigor y fuerza para trabajar, y estando cerca de los 65 años, la señora que le alquilaba la habitación le gestionó una pensión básica “de pobre”, que no le daba para afrontar el alquiler y la alimentación. Esta señora. Doña ADELA, muy fervorosa en sus creencias religiosas, habló con la dirección de las Hermanitas de los Pobres, en donde fue admitido y donde reside en la actualidad. Los 450 euros que le entregan de pensión los entrega a las Hermanas, quienes le facilitan pequeñas cantidades para atender a esos cafés que diariamente le vitalizan y entretienen. Viste con la ropa que le facilitan en el Asilo, donada por la ayuda caritativa de personas anónimas. Entre su ropa, prioriza la entrañable gabardina que mayoritariamente lleva puesta, recordando a ese joven generoso que en un día de lluvia y frio le donó su propio abrigo.

Las personas que lo acompañan en el asilo son muy mayores, en general. Amalio manifiesta que también necesita estar rodeado de personas más jóvenes y vitales, al menos durante un par de horas al día. “Me siento muy bien en la cafetería. Estoy menos solo y con el calor de ánimo de toda la gente que entra y sale del establecimiento. Valoro mucho ese ratito de café con leche y el vasito de agua que me traen los camareros, los cuáles me tratan muy bien y que hacen que me sienta algo feliz. Mi vida no es muy alegre, por eso no me gusta comentarla. Hablar de cosas tristes no es una decisión acertada. Es mucho mejor guardar silencio (aunque los demás no lo entiendan) que recordar esos nubarrones que han pasado por mi existencia”.

Esta triste, entrañable y hermosa historia llegó a oídos del dueño de la cafetería, don Cristián, quien dio orden a sus empleados de que ese café, que a diario tomaba el veterano y apacible cliente, no le fuese cobrado, por gentileza de la casa. Esa positiva decisión, también conocida por la dirección del Asilo, mereció una muy bella respuesta, que llegó de inmediato al generoso propietario del popular establecimiento.

Esta realista imagen, aquí narrada, nos hace tener la percepción de que, a buen seguro, debe estar repetida en numerosos lugares de nuestra geografía, con sus circunstancias concretas de privacidad y oportunidad. Hay miles de personas que viven solos o han tenido la suerte de encontrar acomodo en algún centro residencial para mayores. Muchas de estas personas carecen de patrimonio material, familiar o anímico. Tratar de paliar su acre soledad buscando acomodo en los jardines público, en los bancos de nuestras plazas y arterias viarias, en las bibliotecas públicas, en los templos religiosos que pueblan nuestros municipios, etc. También, en todas esas cafeterías, en donde por apenas un euro pueden solicitar un café, ocupando un asiento durante muchos minutos.

Don Amalio, que guarda la intimidad de su historia en esa memoria cada vez más “vapuleada” por la edad, ha tenido la suerte de tener cariño, habitación, cuidados, alimentación y compañía, en su benéfico centro asistencial. Pero en su bondadoso carácter, destaca agradecido ese “huequecito diario, durante un par de horas, en la cafetería Sol y Mar, del centro malacitano. Allí, rodeado de clientes de todas las edades, encuentra calor, vitalidad y estímulo ambiental, ayudado por comprensivos camareros, a los que considera como amigos, casi como hermanos. Muy especialmente, un joven trabajador llamado Lucio, aficionado a los temas policiacos y de detectives, que trata al anciano cliente como a un padre, cuidando que al cliente de la gabardina gris no le falten algunas galletas y el vaso de agua, junto a esa taza de café con leche que reconforta los cuerpos necesitados. -


 

 EL FIEL CLIENTE

DE LA GABARDINA GRIS

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 26 abril 2024

                                                                                    Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es                                                                                     Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/



 


 

viernes, 19 de abril de 2024

CREATIVIDAD EN TEMPORADA BAJA

Cuando pasamos por algunas localidades turísticas, de sol, playa y chiringuitos, en época de temporada baja, percibimos un duro impacto visual, al ver lo que en otros meses era todo bullicio, playas repletas de bañistas, alegre acústica vacacional de elementos lúdicos, transformado o convertido en un ambiente pleno de letargo, en el que los únicos viandantes que encontramos en nuestra andadura son algunos residentes que allí tienen su hogar. La tónica general es la de calles vacías de peatones, playas “desiertas”, decenas de establecimientos restauradores y de regalos con las persianas bajadas, aunque algunos de sus propietarios tienen el gesto amable de colocar un cartel indicador y esperanzador de CERRADO POR VACACIONES. VOLVEMOS EN MAYO. Es como decir, ¡no desesperen! ¡Cuando llegue el estío veraniego estaremos aquí!

Sin embargo, para nuestra suerte, algún bar o cafetería permanece abierto, “dormitando” para la llegada de meses mejores, en el que toman su café esa masa social de jubilados, con todo el tiempo de la rutina para ellos. Por lo demás, sentimos un vacío “agobiante” en las playas y calles, incluso en la plaza pública del Ayuntamiento, espacio donde se suele instalar la feria veraniega. Incluso podemos tener la suerte de escuchar el lánguido y espiritual toque de campanas de la torre eclesial, que van marcando las horas y la celebración de la misa diaria, para sosiego espiritual de los devotos del lugar. Todas esas puertas cerradas en los establecimientos de ocio y restauración nos entristecen y en nuestra mente se generan imágenes de alegría desbordante y vitalidad comercial, pensando en esos meses veraniegos en lo que todo cambia, todo se transforma para lo vital.

Esta situación, aquí brevemente detallada, la vivió el protagonista de nuestra historia. ADRIANO Vecilla Laserna , 46,  era diplomado en composición narrativa y formaba parte de un grupo literario de guionistas cinematográficos, denominado LUMEN, que preparaba temas argumentales para el trabajo de distintas productoras de cine. Natural de Madrid, Adri estuvo compartiendo convivencia durante siete años con LUCINDA Hernández, cuya profesión era de la actriz de reparto, tanto en cine, teatro y televisión.  La relación que mantenían era un tanto especial, porque ambos deseaban y aplicaban una gran libertad relacional a su “peculiar estado conyugal”: relaciones abiertas, ahora tan de moda entre las personas “modernas e innovadoras”. Desde un principio acordaron un único requisito para mantener esa especial unión y es que las relaciones externas, que uno y otro mantuviesen, las llevarían a cabo de manera sensatamente privada, sin humillar a la respectiva pareja y siempre con personas desconocidas para el otro. La situación al paso de los años había ido formalmente bien, ya que ambos cónyuges fueron espaciando sus salidas innovadoras (como así las solían llamar).

Pero un día de incómodas coincidencias, Adriano “pilló en la cama” a su compañera Lucinda con ¡Camilo! su propio hermano de sangre, el cual estaba casado y con dos niños pequeños. Esta relación “desafortunada” de la actriz, con su propio cuñado puso definitivamente fin a la relación, extraña por lo peculiar, que mantenía con Adriano. A partir de ese día, sus caminos se diversificaron maritalmente, pues ambos comprendieron y aceptaron que “lo suyo” no iba nada bien. Esta ruptura afectó profundamente y de manera psicológica al escritor, no sólo en el ámbito sentimental sino también en sus “fervor creativo”, concretado en una pérdida preocupante de su capacidad imaginativa. Fueron varias las semanas en que las cuartillas iniciadas y ninguna finalizada, dormitaban en la papelera instalada junto a su mesa de trabajo. El maná de las ideas parecía haberse secado, para la suerte de este ahora frustrado escritor. Para colmo, el bullicio, el estrés acústico y ambiental del del mundillo literario y cinematográfico madrileño se le hacía o provocaba una ansiedad irrespirable.

Tras reflexionar acerca de su confusa situación y condicionado por las exigencias creativas del afamado grupo laboral al que pertenecía, Lumen, tomó la acertada decisión (el director Prudencio de la Cava le aconsejó al respecto) de tomarse unas muy necesarias vacaciones, aprovechando las efemérides de la Semana Santa. Entre lo que había más apetecible y cercano, eligió algún punto de la costa almeriense, contratando ocho días de estancia, en el hotel Playasol, ubicado en una zona densificada de instalaciones hoteleras, en la punta geográfica de ROQUETAS DE MAR, localidad en donde había estado hacía unos años, pero en época plenamente estival. Para evitar una larga conducción y pensando que lo más importante era descansar, sustituyó el coche como desplazamiento, tomando un avión hasta Almería, para enlazar con un bus de línea que en pocos minutos lo llevó al destino previsto.

Tras cumplimentar el Checking de entrada y tomar posesión de la habitación, en la planta tercera del establecimiento, con excelentes vistas al agitado (esos días) mar, se dispuso da dar un buen paseo, en esa primera tarde de estancia. Era sábado, previo al domingo de Ramos, sin embargo, el ambiente “social” que se encontró cuando dejó la habitación del hotel fue claramente desalentador. “El alma se le cayó a los pies”. Esa alegría que él recordaba de antiguas estancias en la localidad turística brillaba por su ausencia. Las extensas playas estaban totalmente vacías de bañistas (situación favorecida por el fuerte y continuo viento que reinaba, a veces de levante y a veces soplaba de poniente). El fujo eólico era molesto, pues con su intensidad levantaba la arena de la playa inmediata y hacía materialmente imposible la estancia sobre la arena. Las partículas de arena volaban con gran velocidad, convirtiéndose en micro proyectiles ametralladores contra las epidermis de los inexistentes bañistas o simples paseantes, por el largo y bien adecentando paseo marítimo, a escasos metros del mar.

Tomó conciencia, a los pocos minutos, que la opción playas no era posible, con el muy intenso viento que soplaba. Entonces cambió de dirección hacia el interior de este barrio turístico, para entretenerse con las tiendas, bares y restaurantes que estuviesen abiertos a esa hora de la media tarde.  Para su desaliento, la mayoría de esos establecimientos de comidas, cafeterías o incluso tiendas, permanecían en su mayoría cerrados, con las persianas bajadas. En algún caso, el dueño o rentista había colocado un cartel, indicando de que volverían a comienzos de mayo / junio. La localidad se encontraba en plenos albores de una Semana Santa, fecha propicia para que los hoteles, calles y establecimientos adquieran ese tono alegre de las gentes y turistas que vienen a pasar unos días vacacionales. Pero el ambiente era claramente “desolador”.  Sólo se cruzaba con pequeños grupos familiares de personas mayores, paseando muy lentamente (el viento frio seguía golpeando incómodamente las curtidas epidermis) que sin duda pertenecían a los programas de turismo social del Imserso, personas que se encontraban en la cuarta fase de sus prolongadas existencias. Para colmo, estas personas, de economía mayoritariamente modesta, tenían asegurada la pensión completa en los hoteles donde se hospedaban. Como consecuencia, el consumo en los muy escasos establecimientos que permanecían abiertos era más que reducido.

Con este muy escueto panorama y sin un cine al que acudir, como no fuera tomando el bus que desplazara al usuario a la zona comercial en el centro de Roquetas, a unos cuantos km, Adriano continuó paseando en aquella tarde de sábado, No tenía rumbo fijo ni prisa, pues la cena buffet en el hotel no la abrían hasta las ocho de la tarde. Deambulando por entre calles casi vacías de público, llegó a un bonito parque, en donde se encontró una escultura de piedra blanca, representando a la Virgen, con el niño Jesús en sus brazos, con una serie de bancos de piedra blanca, de forma concéntrica, a modo de iglesia abierta. Era el muy moderno templo al aire libre dedicado a la Virgen de los Vientos. La fuerza eólica del aire no descansaba, en absoluto. En su caminar, divisó una tienda tradicional de regalos, que para su sorpresa ¡estaba abierta!, lo cual era una novedad,

La tienda tenía un gran rótulo indicador bajo el nombre de BAZAR JULIA. Arsenio se dijo a sí mismo: “estas tiendas siempre distraen. Se encuentran tan repletas de objeto para regalar, que puedo echar un buen rato para distraerme mirando. Así me libro también de este viento tan molesto que se ha levantado por toda la localidad. Es lo mejor que puedo hacer”. Penetró en el establecimiento comercial y quedó asombrado, más bien maravillado, de la gran riqueza expositiva, en la que se mezclaban miles y decenas de colores, de todas las tonalidades. Estanterías y expositores albergaban juguetes, piezas diversas, incluso tejidos… Tras el gran mostrador del cobro, permanecía de pie una joven que no pasaría de los treinta y tantos años. Tras unos minutos, supo que llamaba JULIA, como indicaba el rotulo de la fachada. ¿Cómo era Julia?  De contextura delgada, cabello castaño recogido en una bien organizada cola, expresión serena en su rostro, ojos de color azul claro, cubiertos con unas lentes de metal plateado con pocas dioptrías. Camisa, rebeca y ¡falda!, con unas deportivas azules. Arsenio agradeció la sencilla sonrisa que le regaló la propietaria del establecimiento.

“Es que “eres” el primer cliente que ha entrado en la tienda en todo el día. Al menos puedo ya decir que la jornada no ha sido perdida. Ahora no hay un gran turismo y los viajeros de los grupos Imserso sólo entran para elegir algún regalo el día de su vuelta al hogar. Además, con esta fuerte ventolera que tenemos desde hace días, la gente apetece quedarse en casa o en las dependencias de los hoteles que permanecen abiertos. Con que hayas entrado en el bazar, ya me has salvado este aburrido día, aunque lo he aprovechado para leer y ordenar algunos estantes. Con este viento, el polvo entra por cualquier rendija”.

Adriano quedó agradado de la franqueza y limpia familiaridad de la joven Julia. “Te voy a ser sincero. Soy escritor y estoy de vacaciones. Afuera hace mucho viento, un tanto insoportable para pasear. Por supuesto que en la playa no se puede estar, dada la ventolera que levanta verdaderas oleadas de arena. Hay escasos establecimientos abiertos. Necesitaba un poco de distracción. Si me das permiso, voy a ir mirando la cantidad de cosas bonitas que tienes en la tienda. Me distrae mucho mirar observar todos los cachivaches que pueblan las estanterías de tu bien organizado y alegre comercio. Te prometo que cuando termine mi entretenimiento por la tienda, elijo algún regalo, aunque te pediré consejo para no equivocarme en la elección. (Tras unos segundos de silencio) En confianza, estoy pasando una mala racha, familiar y profesional. Me he venido a Roquetas a tratar de recuperar un poco la calma en un ánimo trastocado”.

Julia, sonriendo y captando perfectamente la situación de su interlocutor y cliente, no sólo autorizó que Adriano mirara y “remirara” las decenas de objetos expuestos (veía en este único cliente del día a una persona que lo estaba pasando realmente mal) sino que también ella misma se prestó a acompañarlo y explicarle los incentivos de los regalos expuestos, en loza, cristal, plástico, algodón, y fibra, además de dulces y muchos juegos de mesa, etc. Antes las preguntas que el ya distraído cliente planteaba, la amable “dependienta” le fue explicando la historia de este antiguo bazar, heredado de su abuelo Matías, ya fallecido.

“Mi padre Rubén era marino, Por decirlo de alguna forma, tenía una novia en cada puerto. Yo no he llegado a conocer a mi madre. Nunca he sabido quien pudo ser, Me criaron los abuelos, Matías y la tata Elvira, que fueron quienes “crearon” esta bonita tienda, dedicada a los regalos, pensando en los numerosos turistas que acuden a disfrutar de las amplias playas que tiene la zona. Además de criarme con dulzura, amor, cariño y responsabilidad, legaron en mi persona la propiedad de este establecimiento, pensando en mi futuro. El abuelo ya está en el cielo, mientras que la tata, muy mayor y con deficiencias mentales, en una residencia. Yo quería ser maestra, pero, por respeto a los abuelos, decidí seguir con el negocio, que me da para vivir, sobre todo en épocas vacacionales, especialmente durante el verano. El local es de mi propiedad, pues el abuelo lo compró a buen precio, con lo que no tengo que soportar las cargas de un alquiler.

Paso aquí muchas de las horas del día, aunque durante el verano suelo contratar a alguna amiga, para poder “respirar” un poco y disfrutar de la vida. Me gusta aconsejar a esos clientes que entran sin saber qué tipo de regalo llevar a su vuelta a casa. Las horas “vacías”, como hoy con este fuerte viento, me traigo lectura para pasar el tiempo con lo que escriben los escritores como tú”.

Adriano estaba maravillado de la franqueza, llaneza y dulzura de esta joven comercial. Así fueron transcurriendo los minutos. Tan distraído estaba que no reparó en la hora que era. Había llegado la hora del cierre, las 20:30. “Te voy a comprar el regalo que tú me aconsejes. Seguro que será algo bonito y que me ayudará a recordar esta estupenda tarde que has sabido regalarme”. “Voy a sugerirte esta linda bola de cristal, que simula la nieve cuando cae sobre la tierra, con solo agitarla. Además, tiene un sencillo mecanismo que hace sonar algunas lindas melodías, notas musicales que nos alegran el alma. Te hará ilusión conservarla, como recuerdo de este día, en que tratabas de protegerte del viento, buscando alguna distracción. Esta ilusión solo te costará 9 euros, un estupendo precio”.

Tras abonar su precio, Adriano quiso compensar toda la generosidad y amistad con que había sido tratado. “¿Qué te parece si compartimos una cena y seguimos manteniendo este interesante diálogo que tanto nos agrada? Mi estancia conlleva las comidas en el hotel, pero confieso que prefiero tu linda compañía”. La respuesta afirmativa de Julia no se hizo esperar, lo que entusiasmó a un escritor en horas bajas, que de una forma totalmente inesperada estaba recuperando esa ilusión y confianza perdida.

Los dos amigos, un tanto coquetos, se prepararon para estar “bien presentables” en cuestión de minutos. Adriano, en la habitación de su hotel, situado a no muchos metros del bazar. Julia sólo tuvo que subir una escalera interior, ya que tenía su vivienda en el primer piso del establecimiento comercial. Una vez arreglados con “juvenil” elegancia, se dirigieron por consejo de Julia a un confortable restaurante con amplias cristaleras al mar, desde donde disfrutaron de una amena y suculenta cena. El viento, permanente en la zona, provocaba elevadas olas de gran belleza, cuya brillantez espumosa reflejaba la luz de la luna, a modo de espejo fiel para divertimento de las estrellas. Adriano se sintió inspirado en compartir algunos retazos interesantes de sus 48 años de existencia. Su atenta interlocutora, ocho años más joven, también le narró las luces y sombras de esa sosegada vida que protagonizaba, rodeada de centenares de cromáticos objetos para regalar y motivar las sonrisas, todo ello salpicado de anécdotas curiosas por parte de ambos comensales.

Los siguientes días vacacionales de Adriano, en una Roquetas de Mar durante la temporada baja turística, sirvieron para que la imaginación y creatividad volvieran a tener protagonismo en las muchas horas que pasaba ante el teclado de su portátil, ocupando una de las mesas del gran salón para residentes junto al bar del complejo hotelero. Pero cada tarde, cuando se acercaba la hora del cierre comercial, se acercaba al bazar de Julia, para invitarla a dar románticas caminatas por el largo y bien conservado paseo marítimo de la localidad. Después compartían una agradable cena en algunos de los restaurantes que permanecían abiertos, en esos días de la Semana Santa primaveral. Entre ellos se iba gestando una proximidad ilusionada, de dos almas “solitarias” que se necesitaban con mágica reciprocidad. El destino había querido y acertado, en sus juegos inesperados, que uno y otro valoraran la sencillez y grandeza de la amistad, que se iba tornando en afecto cariñoso, cada vez más intenso y esperanzador, que les llegaba con agraciada oportunidad.

Ambos corazones solitarios sufrieron con intensidad la llegada del día y hora de la despedida. Él tenía que volver a su estrés madrileño profesional, mientras que ella permanecería en su tienda de regalos para los demás. No les resultaba fácil asimilar la pérdida de esa hora de las 20:30 diaria, en la que cada tarde Adriano aparecía por la puerta del bazar, con esa sonrisa de niño enamorado ante una nueva noche de amistad, mientras ella tenía preparada alguna anécdota simpática, con que alegrar el nuevo encuentro diario para pasear, cenar, mirarse y “soñar”.  

Adriano Vecilla volvió a su Madrid, muy recuperado anímica e imaginativamente, para reanudar su trabajo con el grupo de guionistas Lumen, compañeros que lo recibieron con gran satisfacción, pues comprobaron que de nuevo tenían en el equipo a un sagaz, inteligente y prestigioso creador de historias. Se entregó de lleno a su creativa labor, plenamente “transformado” con respecto a esas semanas previas a su marcha vacacional a tierras almerienses. Cada noche solía contactar telefónicamente con su buena amiga Julia, con quien hablaba contándole las aventuras y dificultades del día, confidencias que eran respondidas con afecto y cariño por parte de la propietaria del Bazar de regalos. Al paso de las semanas, esas llamadas fueron espaciándose, fundamentalmente por la tensión competitiva, laboral y creativa, del imaginativo escritor. Julia comprendió con realismo y cierta tristeza que Adri estaba vinculado a un mundo muy diferente al que ella podía ofrecerle, en la modesta sencillez de una localidad turística veraniega, que en la temporada baja quedaba aletargada y adormecida. Todo muy diferente del mundo que rodeaba al famoso guionista en la capital madrileña. Evitó contactar con él, pues deseaba evitar importunarle y condicionarle. Lo recordaba como una preciosa aventura, de ocho días en primavera, que conformaron un paréntesis, pleno de ilusiones, en la “grandeza” rutinaria de una localidad playera

Pero Adri, con problemas depresivos ante el estrés profesional, no era feliz. La eficacia de su trabajo era bien retribuida para su solvencia económica. Pero no se sentía bien. Pasó el verano y a la llegada del otoño sufría la vaciedad de la soledad y la densificación acelerada en lo laboral. Sabía que no se había comportado bien con una mujer que supo darle tranquilidad, confianza, sosiego e ilusión, también amor, cuando más lo necesitaba. Habló con sus compañeros de equipo y les explicó con franqueza su especial situación. Les aseguró que su colaboración sería permanente con ellos, pero que estaba dispuesto a poner distancia con respecto a la vorágine madrileña. Trabajaría con ellos aplicando la modalidad del teletrabajo on-line y cada tres semanas viajaría a la sede de su equipo, dedicando una jornada para analizar con ellos sus proyectos y realizaciones. Cerró su apartamento madrileño, llenó dos maletas con los materiales y enseres básicos y utilizando su coche puso dirección al sureste peninsular. En su ánimo estaba el propósito de enmendar un comportamiento que le avergonzaba. Julia era esa compañera, buena, cariñosa, sencilla y fraternal, que faltaba en su vida. Neciamente la había perdido y cada vez echaba más en falta su ausencia.

Previamente había alquilado un apartamento en Roquetas, no lejos del Bazar Julia. Cuando dejó su equipaje en el coqueto habitáculo, aún sin organizarlo, se dirigió de inmediato a una calle y establecimiento que bien conocía. ¿Cómo le recibiría esa buena persona a la que tanto necesitaba, a la que plenamente amaba? Su nerviosismo era patente, indisimulable, cardio sentimental. Compró un ramillete de flores con románticos aromas, en un “tenderete” callejero. Portando el delicado presente en una de sus manos, entró en el Bazar de Julia. Su joven propietaria atendía a una pareja de personas mayores. Cuando percibió la presencia de Adriano, Julia se quedó como inmovilizada, para sorpresa de los dos veteranos clientes orientales, por sus ojos “gatunos” achinados. Se fundieron, entre lágrimas sinceras, en un cariñoso y largo abrazo. Los dos clientes, como por instinto, iniciaron unos aplausos que se oían desde la calle. Ese doce de septiembre, el sol brillaba con más fuerza “que nunca” sobre la entrañable localidad costera. -  

 

CREATIVIDAD

EN TEMPORADA BAJA

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 19 abril 2024

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viernes, 12 de abril de 2024

EL UNGÜENTO DE LAS MARAVILLAS.

Es una simpática y cariñosa costumbre buscar y comprar algún significativo objeto típico del lugar, para llevarlo como regalo o recuerdo, a la vuelta del viaje que hayamos realizado por necesidad o placer. Este presente o “detalle” lo entregaremos al familiar, amigo o conocido, quien se sentirá feliz y agradecido por habernos acordado de él durante nuestra ausencia. Pero no siempre estamos acertados en la elección del regalo. Pueden ocurrir circunstancias o hechos que compliquen lo que es básicamente un gesto amable y cariñoso. En este contexto se inserta nuestra historia de esta semana.

Aquella mañana, en la que tendría que dejar la habitación del hotel antes de las 12, un profesor universitario de Historia, miembro de la Universidad de Granada, trataba de ordenar bien la maleta que contenía todos los enseres del viaje. Mientras guardaba la ropa, el neceser, los zapatos, etc. cayó en la cuenta de que no había comprado nada, para llevar a su madre como recuerdo de este desplazamiento a Valladolid. Lo había ido dejando para el final y por unas causas u otras, ahora se le echaba el tiempo encima. Como aún no eran las doce, ABRIL Llamas del Saz pensó que aún tenía tiempo para bajar a la zona de recepción del hotel, en la que había visto al pasar una tienda de regalos, como es habitual en casi todas las instalaciones hoteleras. Allí encontraría algo apropiado para llevar a su madre ENCARNACIÓN, sabiendo que le haría mucha ilusión que su hijo se hubiera acordado de ella, en ese viaje de trabajo que le había llevado a tierras castellanas. El profesor Abril participaba en un encuentro – coloquio, sobre “Los interrogantes del mundo actual, en el ámbito de la geopolítica”. Miró una vez más el reloj, cuyas manecillas marcaban las 10:55. Tenía tiempo suficiente, antes de abandonar la habitación con la maleta de viaje.

Efectivamente, entre las dependencias del gran hotel EL PISUERGA, había una tiendecita, denominada CRISOL, situada a unos metros del lateral del mostrador de recepción, bien y densamente repleta de coloridos y vistosos recuerdos o regalos “para llevar”. Se trataba de objetos que, en su gran mayoría, el “agradecido” receptor no va a saber después en dónde colocar o guardarlos en su domicilio. En la mayoría de los casos, la única utilidad que poseían era la de decorar estanterías, que ya suelen estar bien recargadas o repletas de cosas “innecesarias”.  El ya más tranquilo profesor entró en la tienda y quedó, verdaderamente abrumado ante la cantidad de “cosas” de todos los tamaños, colores y usos, que poblaban los estantes y mostradores del atractivo comercio. El olor a plástico se hacía omnipresente, pues era el material básico entre tanto trasto inútil, salvo para regalar …

En aquel momento de la mañana, sólo había unos tres o cuatro clientes, en el interior de la tienda, los cuales miraban, una y otra vez, buscando el objeto o la figurita más apropiada para la persona que lo iba a recibir ese día o en fechas inmediatas. El joven profesor Abril hizo un par de ágiles recorridos, buscando algo apropiado para doña Encarna, su madre, que superaba con generosidad los 60 años. Por fin “descubrió” una zona de “embriagadores” perfumes. Los estuvo repasando e incluso probó, con los dosificadores gratuitos, a echarse unas gotas en las manos, para mejor percibir su aroma, antes de tomar una decisión en cuanto a la posible compra. La verdad es que no le agradaba o nada le decía el aroma de esos muy intensos perfumes, que olían a muebles antiguos o a estancias “dudosas” de cabarets y salas de fiestas y copas. También le venían a su mente los aromas que podrían olerse en los “puti” clubs nocturnos de carretera.

Pasaban los minutos y no encontraba nada apropiado para el regalo que buscaba. Entonces adoptó la decisión más apropiada y sensata: consultar a la dependienta del negocio. Se trataba de una señora entrada en su avanzada cuarentena, que curiosamente tenía una plaquita en su suéter que ponía BENIGNA. Brevemente le expuso su deseo y las características básicas de la persona a quien se lo iba a regalar. La dependiente, muy atenta a lo que le contaba el cliente y sin hacer esfuerzo alguno por articular alguna mínima sonrisa, se mantuvo unos segundos más pensativa y al fin expresó su respuesta.

“Creo que tengo lo que Vd. necesita, para la persona de su señora madre. Le confieso que me quedan muy pocas unidades, porque “me las quitan de las manos” cuando las pongo en exposición. Le explico que es una, yo diría mágica, crema, denominada LA MILAGROSA, que yo elaboro y envaso, siguiendo la receta de mi difunta bisabuela NICOLASA. Era una ejemplar mujer de campo, quien además de cuidar de las ovejas, iba recogiendo matas y flores de la naturaleza, para después trabajarlas en casa, consiguiendo una melaza sorprendente para aliviar los dolores del ano y reducir la expulsión de incómodas flatulencias, a la que era muy propensa. Lo curioso del caso es que su hija, mi abuela HELIODORA un día enfermó de fiebres, saliéndole muchos sarpullidos en el rostro y en la zona glútea. A Nicolasa se le ocurrió untar esta crema, que elaboraba de manera continua, debido a la gran demanda que tenía entre las señoras del pueblo, desapareciendo a los pocos días los sarpullidos de las partes nobles del cuerpo. Yo también la uso para reducir el vello de mi cuerpo, que me afea y entristece. También la uso para reducir la picazón e irritación de las almorranas.

Esta crema o pomada que le ofrezco, siguiendo la fórmula secreta de mis antepasados, le he puesto el nombre de BENIGFAC (por mi nombre y porque hace -face efectos prodigiosos). No la comercializo, aunque han llegado a ofrecerme sumas importantes por la fórmula que es secreta y que desde hace tiempo tengo registrada ante notario. Sólo le diré que la base son productos naturales, una serie de hierbas que crecen por estas tierras castellanas, que son recias y saludables. Trabajo la fórmula en las noches de luna llena, por la influencia que el efecto lunar ejerce sobre la melaza, machacada, filtrada y elaborada. Sólo la ofrezco y vendo a clientes distinguidos, por su presencia, trato y formación. Vd. Sr. Abril, es uno de ellos. Y le ruego que no me insista, pues sólo puedo venderle una cajita de 80 gramos”.

Abril estaba asombrado y divertido con toda esta historia y la personalidad un tanto extraña de la dependienta (tal vez propietaria de la tienda) Benigna. En realidad, él no le había pedido bote alguno de la misteriosa crema, pero dejó seguir el juego, a ver lo que pasaba. La señora entró en la trastienda y sacó de la misma una caja de cartón, de no mucho volumen, que contenía unos frasquitos de cristal llenos de “Milagrosa”, esa crema para los “dolores del ano, los sarpullidos y las incómodas flatulencias”. El precio de cada frasco era elevado: 65 euros. Aceptó comprar uno de esos frascos (después de toda la propaganda que le había hecho la buena señora no se podía negar a la compra). Benigna envolvió la compra, metiendo como regalo en el pequeño paquete una espátula de madera, muy útil y necesaria para extender el mágico ungüento.

Profundamente convencido y asombrado del producto “milagroso” que había adquirido, extraído de las raíces étnicas de la planicie castellana, dio las gracias a la extraña o curiosa dependienta, quien lo saludó con una leve inclinación de cabeza. Durante los más de 20 minutos de diálogo, Benigna fue incapaz de expresar la más leve sonrisa. Antes de salir del pequeño establecimiento observó una gran lámina pintada con la firma de Benigna, cuya temática mostraba un gran gato de color rubio anaranjado intenso, con los ojos achinados de una “sangrienta” tonalidad roja, bajo el cual había un rótulo escrito con las siguientes palabras: “Gato, gato, colorado, maúlla y mueve el rabo, que pronto llegará el pescado”. La experiencia en el Crisol había sido del todo muy instructiva, eficaz y con la inquietud o el clímax de lo misterioso.

Cuando Abril llegó a Granada, ya anochecía. Aun así, fue a visitar a su madre doña Encarna. La buena señora quedó encantada de ver a su hijo, que siempre volvía de sus viajes con algún regalo o presente, detalle y gesto que halagaba y vitalizaba a esta madre casi septuagenaria. Su hijo le explicó o resumió las propiedades “maravillosas” del versátil ungüento.

“Madre, esta crema mágica la ha elaborado una señora que tiene una tienda en el hotel donde me he hospedado. Es una persona que goza de unos conocimientos importantes en herboristería, basados en la tradición familiar. Esta valiosa pomada obra milagros en esas partes íntimas de nuestro organismo, que tantos dolores y molestias nos dan”.

Cenó en casa de su madre y se despidió de ella con el afecto cariñoso de un buen hijo. Al día siguiente tenía que seguir con sus clases en el polígono de Cartuja, impartiendo y explicando las claves identificativas del mundo contemporáneo. Abril vivía sólo, después de la diversificación de caminos que habían acordado, entre la que había sido su compañera durante seis años, LAURA, profesa titular del área de Historia Antigua y Arqueología, y su propia persona, Su expareja se había enamorado perdidamente de un bello y apuesto joven investigador griego, llamado Nicéforo Pretaulus, con el que ansiaba mantener una relación sexual irrefrenable, a fin de tratar de recuperar esa juventud que gradual e inevitablemente veía escapársele. Nicéforo era nueve años menor que ella, que ya avanzaba por la cuarta década existencial. 

Un par de días más tarde, sobre las tres de la madrugada, sonó en el dormitorio el timbre del móvil, sonido que despertó con gran inquietud al somnoliento profesor Abril. Era la voz de doña Encarna, lo que incrementó el sobresalto de su hijo, por la extraña hora para efectuar la llamada.

“¡Ay, hijo mío! Perdona que te llame a estas horas de la madrugada. Pero es que me encuentro muy dolorida y preocupada. Desde hace algún tiempo tengo dos “golondrinos” uno en cada nalga. Me molestaban bastante, especialmente al sentarme, de manera especial en los asientos menos blandos. Pensando en las propiedades milagrosas del ungüento que me trajiste de Valladolid, me di en las dos últimas noches sendas friegas y masajes, con esa crema pegajosa que huele como a vino tinto retestinado. Para mi sorpresa, los efectos han sido bastante negativos. Las dos nalgas se me han puesto profundamente enrojecidas, con picores constantes, como si una culebrina estuviera recorriendo mis posaderas, sin sosiego alguno. Además del intenso picor y dolor, se me han presentado una colitis cuando he masajeado con esta pegajosa crema las almorranas. Desde luego el olor que echa el ungüento es nauseabundo. Voy a dejar de usarlo y mañana pediré cita y ayuda médica”.

En la mañana siguiente, Abril llevó a su madre a los servicios de urgencia del ambulatorio, que la derivaron con presteza al departamento de dermatología del Hospital Clínico Universitario. Allí detectaron en la señora una gran inflamación en gran parte de la zona anal y en los glúteos de sus piernas. Le recetaron unos potentes antiinflamatorios y un adecuado antibiótico. Posteriormente, tras dejarla en su domicilio, Abril llevó el ungüento de las Maravillas al departamento universitario de bioquímica, a fin de que fuera analizado. Al día siguiente le comunicaron que su contenido era una mezcla de hierba mejorana, guindilla picante, azafrán y zumo de enebro. El material aglutinador era grasa de cerdo de pata negra, todo ello regado con vino tinto de Toro.

Afortunadamente con el paso de los días, doña Encarna ha mejorado gracias al tratamiento médico reparador. Abril se ha prometido no volver a pasar, por ahora, por la recia y bella ciudad castellana, porque si se encuentra a la Sra. Benigna no tiene seguridad de controlar ante ella su profunda y justa indignación. También tiene el firme propósito de elegir, en la medida de lo posible, regalos de naturaleza textil o alimenticia, cuando vuelva de futuros viajes profesionales o de placer. La pomada “maravillosa” o milagrosa resultó que era uno de todos esos engaños que diariamente se ciernen sobre nuestros deseos o necesidades. Y no sólo por los 65 euros que confiadamente se prestó a pagar, sino también y sobre todo por los efectos incontrolados que muchos de esos productos generan de manera negativa y con riesgo para nuestra salud.

Semanas después de estos hechos, se animó una a llamar al hotel El Pisuerga, solicitando hablar con el director del establecimiento hotelero. En un par de minutos tenía al otro lado de la línea al señor Valeriano Valenzuela, quien escuchó con atención y paciencia la narración que Abril le ofrecía acerca de su experiencia con la señora de la tienda El Crisol, instalada en las propias dependencias del hotel. El profesional hotelero no tardó en darle una explicativa respuesta.

“Verdaderamente Sr. Abril, lamento profundamente su negativa experiencia con esta tienda de regalos. Especialmente por los desagradables efectos que ha tenido que padecer su señora madre. No es la primera queja que recibimos de las personas que con la mejor intención se han dejado convencer acerca de las propiedades beneficiosas del producto Maravilla. También debo significarle, como paradoja, que otros clientes han agradecido la compra efectuada, porque a ellos si les ha resultado positiva la experiencia, con esa artesana crema. Le confieso que hemos intentado anular la concesión comercial con esta señora, pero tiene firmado un contrato antiguo, que implicaría una elevada indemnización para la sociedad que represento. Ese producto ella no lo tiene expuesto al público, ofertándolo de una manera absolutamente privada. Seguro que a Vd. tampoco le dio factura de la compra. Hay que tener mucho cuidado a la hora de elegir aquellos productos que nos ofrecen, particularmente, para su venta”.

Un día después de esta “frustrante” comunicación telefónica, Abril recibió, por correo electrónico, una invitación del hotel, para ofrecerle una estancia de una noche para dos personas, con desayuno, de coste totalmente gratuito, salvo consumiciones del servicio de habitaciones. –

 

EL UNGÜENTO DE

LAS MARAVILLAS

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 12 abril 2024

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viernes, 5 de abril de 2024

REALIDADES DETRÁS DEL ESPEJO

No es fácil, sino todo lo contrario, conocer bien a las personas. En muchos de los casos, ni ellas mismas llegan a tener una visión correcta o en profundidad de sí mismas, a lo largo de sus más o menos largas existencias. Un familiar, muy mayor, al que llegué a conocer, decía algo así como “Para llegar a conocer bien a alguien, haría falta gastar un gran saco de sal. Y a veces, ni después de ese exagerado consumo”. Las apariencias y los sucesivos comportamientos de las personas que están cerca de nuestras vidas ayudan, no cabe duda, pero el interior de lo humano es tan complejo e intrincado, que desbrozar esa “gran selva” de las intimidades humanas, incluso después de largos años de convivencia, es tarea poco menos de imposible. En este psicológico contexto se inserta nuestra historia semanal, ambientada en los años sesenta del siglo XX.  

SANTOS Arias Diana, 26, era un joven segoviano que, hasta esa edad, no había tenido suerte en los contactos afectivos. Este muchacho, que podía “catalogarse” en lo físico como una persona normal, gozaba de una notable capacidad para el trabajo o esfuerzo en el estudio. Esta constante y ejemplar dedicación a los libros le había permitido ganar plaza en unas oposiciones para administrativo en los juzgados de la región de Castilla y León, siendo destinado a la administración de justicia de la capital leonesa, un muy buen y apetecible destino, dado el excelente número que había conseguido en el listado de opositores aprobados.

Pertenecía a una modesta familia, todos ellos naturales de la provincia segoviana. Su padre FLORENCIO ejercía de transportista, alquilando su vetusta y gran camioneta, para trasladar mercancías de todo género por los municipios del histórico Reino de Castilla y León (Castilla La Vieja), aunque esos desplazamientos superaban en ocasiones los límites de tan monumental y extensa región. Su madre ALFONSA, además de atender a las labores del hogar, trabajaba con manifiesto y laborioso acierto el arte de la costura, atendiendo en su propio domicilio a numerosos encargos, cosiendo prendas tanto femeninas como masculinas. Estos humildes pero responsables progenitores no cabían en gozo, ante sus vecinos y amigos, mostrando su legítimo orgullo por ver a su único hijo convertido en funcionario administrativo de la justicia, un buen hombre de provecho, pero “sin suerte” en las cuestiones de amores. Florencio y Alfonsa tenían la percepción de tener un excelente hijo, aunque era algo tímido en sus relaciones sociales. Su padre, un hombre un tanto primario pero muy buena persona, le repetía en esas ocasiones de la sobremesa, esas sabias pero varoniles palabras: “En este mundo, chico, hay que tener con las personas un poco de más arrojo y echar los genitales “palante”.

Santos encontró, gracias a las amistades y relaciones de su padre, un aceptable acomodo para residir cuando tuvo que incorporarse a su puesto de trabajo en la provincia leonesa: una habitación en un piso compartido, no lejos del “barrio húmedo” de la ciudad. Esa habitación/dormitorio no era muy espaciosa, pero estaba limpia y ordenada, con ventana a un ojo de patio. Cama, mesilla de noche, mesa camilla redonda, que le podía servir como escritorio o para tomar algún alimento. Lógicamente, podía usar el WC colectivo, con plato de ducha, que estaba en el pasillo intercomunicador. No tenía “prohibido entrar en la cocina y hacer uso de los enseres que allí se encontraban, pero doña ANSELMA, tenía su carácter. Esta señora, viuda de guerra, era la casera y propietaria del piso (que le había dejado en herencia su difunto marido, cabo de artillería vinculado al bando Nacional, muerto en campaña en la sangrienta batalla del Ebro) daba diariamente a sus inquilinos un plato de comida al mediodía, además de un plato fiambrero para la cena, todos ellos con postre (generalmente fruta) y un buen vaso de tinto. Habitación y comida a buen precio, al menos soportable dada las carencias y carestía de la época. Además de Santos, estaban alquilados, ocupando los correspondientes dormitorios, una madre soltera, ENGRACIA, junto a su hijo pequeño Serafín, don TOMÁS, un hombre viudo de mediana edad, que trabajaba como dependiente en una mercería cercana a la Plaza de la Catedral. El 4º dormitorio, cuyo balcón daba a la calle, lo ocupaba la propietaria del inmueble, doña Anselma.

¿Cómo era un día cualquiera, en la vida de este tímido, pero tenaz y voluntarioso, joven funcionario en las oficinas de los juzgados de León?

Durante la semana, entre lunes y viernes, su horario laboral era de 8 de la mañana a tres de la tarde, aunque podía disponer de unos minutos para tomar un café o similar a media mañana. Dos sábados al mes tenía que asistir también a su puesto de trabajo, pero sólo de 9 a 14 horas. Pasaba largas horas “encerrado” en su negociado, con las paredes cubiertas hasta el techo de severos estantes de madera, repletos de legajos, con mil y un expedientes, que contenían las causas penales y administrativas correspondientes.

Tenía, como compañero de trabajo a un hombre mayor, paternal y buena persona, que “andaría” por los cincuenta y tantos, llamado don CRISTIÁN, que era un tanto fanático o goloso de las barritas de chocolate con leche y almendras, que solía comprar en el mercado de estraperlo, donde se vendía a un precio más barato que en las tiendas, pero no de tan buena calidad (el chocolate contenía mucha algarroba) como el Nestlé, que compraban los señoritos de la “camisa azul” y la gente bien situada.

Cuando terminaba su jornada laboral, usaba una bien “reparada” bicicleta de tercera o cuarta mano que se había comprado a fin de llegar a tiempo a la casa pensión, antes de que doña Anselma cerrara la cocina. Tomaba con apetito el sabroso potaje leonés que le servía la casera, con un buen “cacho” de pan, que alimentaba hasta los ángeles del cielo. De postre, casi era usual, una manzana, naranja en época de los cítricos o plátano canario.

Tras el almuerzo, se echaba un ratito en la cama, para compensar los madrugones diarios que tenía que afrontar, con ese frio gélido que provenía de los montes de León que, junto al viento del Cantábrico, congelaba los huesos y “hasta el espíritu”.

A las cinco de la tarde ya estaba de pie. Bien abrigado con su bufanda tricotada por su madre y abrigado con un grueso gabán de lana, a cuadros de mezclilla con tonalidades marrones y grises que su padre le había traído de un viaje que hizo a los Pirineos y que lo habían entregado como pago en especie por su servicio de transporte. Entonces comenzaba a pasear, sin rumbo fijo, por las estrechas calles leonesas, acabando su paseo como destino en el rio Bernesga, importante afluente del Esla, que atravesaba la histórica ciudad de norte a sur.

Y así un día tras otro. Todos los días se parecían al de ayer y al de mañana. Carecía de amigos de su edad, ya que vivía en una ciudad que no era la suya natal. Sólo intimaba en la   conversación con don Cristian, en el trabajo (bondadoso y receptivo en la conversación, que no se atrevía a “salir del armario” dado la mentalidad de la época (mediados años 60) y también con su compañero en la pensión, don Tomás, que era una persona más seria y taciturna a consecuencia de su viudez,  Los fines de semana los reservaba para ver alguna película, pasando la mayor parte de la tarde disfrutando de algún programa doble en los cines baratos que más frecuentaba, el CAPITOLIO o el ODEÓN, salas que le cogían más cerca de su pensión para el desplazamiento.

Una mañana reparó en una propaganda de mano, folleto que alguien, con las prisas propias de las gestiones, se había dejado olvidada en la ventanilla en donde él atendía al público. La propaganda hacía alusión al SALÓN MERCEDES, nombre de la propietaria de un salón de baile y alterne, montado para personas de todas las edades. Este salón de encuentro estaba instalado en la Avda. del Generalísimo Franco, aunque desde antiguo se conocía a esta arteria viaria como la Calle Ancha. Era y es una de las calles principales de la capital leonesa, no muy distanciada del Barrio Húmedo. Entonces, ese sábado de noviembre, con un frío que calaba hasta los huesos, decidió posponer o cambiar la tradicional película del fin de semana, por la asistencia a una sesión de baile. El prospecto indicaba que habría personas en la sala, que ayudarían a los clientes que no supieran bailar. En realidad, Santos pretendía, básicamente, hacer algunas amistades que compensaran la soledad tan incómoda que tanto le afectaba. Lo del baile sería una excusa para hacer algo de “ligue” con alguna chica que estuviera bien.

Tras pagar el correspondiente ticket de entrada, entró en el Salón Mercedes (había dos. El del sótano era bastante más umbrío y reservado para la privacidad. La primera impresión que extrajo de lo que veía era un ambiente muy festivo, con música que sonaba algo estridente, piezas musicales que eran intercaladas con otras más románticas, para bailar lento y “pegado”. Había personas de todas las edades, aunque predominaba la gente joven. Estaba un poco desconcertado, pero advirtió que una chica que estaba sentada, esperando a que la sacaran a bailar, se le quedó mirando con notoria fijeza. Entonces Santos, tratando de superar esa timidez que le afectaba desde siempre, se acercó a la muchacha, haciendo el ademán correspondiente de invitarla a bailar. LARA, ese era su nombre, accedió de inmediato, coincidiendo que sonaban dos piezas románticas para bailar pegado.  Comenzaron a intercambiar palabras, frases, comentarios simples, tratando de ir rompiendo el hielo inicial de dos personas que no se conocían hasta ese momento. Tras estos bailes, la invitó a la zona del bar para mantener una conversación algo más relajada.

Era una joven de aspecto normal (a él le pareció bellísima) largo su cabello negro en una melena muy bien cuidada. Vestía falda, botines y no llevaba colgantes encima, ni bisutería ni otro tipo de joyas. Era algo mayor que Santos, pues ya había cumplido los 31. También le comentó que “servía” en casa los señores de Monforte y que tenía libre los sábados por la tarde y el domingo. Así pasaron juntos toda la tarde. A la chica parecía haberle caído bien este joven, con cara de buena persona y un tanto “despistadillo”, tras haber abandonado su hábitat natural segoviano. En las siguientes semanas, el noviazgo entre los dos jóvenes se fue formalizando, para la ilusión “desbordante” de Santos, quien pensaba haber encontrado a una agradable, sencilla y muy humana compañera, con la que combatir mejor esa soledad que hasta ese encuentro con ella le perturbaba. Un fin de semana tras otro, los dos jóvenes enamorados compartían los paseos, el cine, las meriendas y las confidencias para irse conociendo un poco mejor. También durante los días intermedios, a los sábados y domingos, hacían lo posible por verse, cuando ella tenía que ir a comprar o a realizar algún recado que le mandaban los señores de la casa. Santos le acompañaba y así estaba con la persona que en ese momento estaba transformando positivamente su vida.

Lara le comentó que ella era hija de unos labradores del Bierzo, que trabajaban por cuenta ajena en las tierras de unos propietarios que habían hecho mucho dinero con la venta del cereal. Esta vida modesta, en el ambiente rural, la había movido a buscar mejor fortuna en la capital del Reino. Los gastos de las meriendas, el cine, los bailes, etc. todo salía del bolsillo del funcionario judicial, quien cada vez se sentía más animado y “acaramelado” en lo sentimental, con su nueva compañera. Santos vivía como en un sueño feliz, que había reconducido y cambiado la soledad de su vida.

Después de un par de meses, una tarde de domingo Lara le habló de un complejo asunto, totalmente inesperado, que sembró la inquietud en el corazón y equilibrio de Santos. Aquel día su compañera se mostraba inusualmente seria, cuando le planteaba algo que él nunca podía haberse podido imaginar. Básicamente, el turbio proyecto que le proponía consistía en que, conociendo la sirvienta cuando los señores no estaban en casa, su novio entrara en la casa, rompiendo unos cristales de la ventana y robara un importante cuadro de pintura barroca. Los señores, gente con mucho dinero que habían acumulado de su estancia en tierras americanas, eran muy aficionados al coleccionismo de obras de arte, especialmente pinturas. Ese cuadro, de un tamaño más bien pequeño, era una pintura atribuida a Rubens. Lara ya había contactado con un tratante, que se quedaría con la tela, a cambio de un buen montón de miles de pesetas. La entrada de Santos en la mansión debía producirse cuando ella hubiera salido, para hacer la compra en el colmado de la Plaza de la Platería.

Santos no daba crédito a lo que acababa de escuchar. Sin haber procesado totalmente la propuesta de su compañera y con el color del rostro transformado por el impacto de la situación, le preguntó a Lara el porqué de esta “terrible” propuesta, la joven le respondió que sus padres eran personas muy pobres. Y que la madre estaba enferma y también que su padre tenía deudas. Ante esta inesperada situación, el atribulado administrativo sólo acertó a responderle “Déjame que lo piense”.

Ya en casa, estuvo toda la noche dándole vueltas a este turbio asunto que su novia le había propuesto. Se despertó varias veces sobresaltado, pues lo delictivo de la acción era profundamente preocupante. ¡Como era posible que una chica tan buena y sencilla, le hubiera transmitido lo que aquella tarde había tenido que escuchar!

En la mañana del lunes, decidió pedir consejo al bueno de don Cristián. Tras escucharlo, este veterano escribiente judicial le respondió con ese afecto paternal que le caracterizaba.

“Amigo Santos, te voy a hablar como un padre lo haría con su propio hijo.  No te metas en esos negocios sucios. Son delictivos y te pueden llevar a prisión. Cuando la policía investigue, tirará del hilo y lo descubrirá todo. Yo de ti me alejaría de inmediato de esa chica que, a pesar de toda la alegría que te ha aportado hasta este momento, puede llevarte a la destrucción personal. Por lo que tú me has contado, nunca te habrías esperado que te propusiera cometer un delito de robo, con allanamiento de morada. Pero así es la vida. Debes buscar para tu vida otra persona, que no te lleve a la perdición.”

Tras pensarlo durante algunos días, tomó finalmente la decisión de dejar de ver a Lara. Su vida de nuevo daba un giro hacia atrás. Pero la racionalidad y el sentido común le aconsejaban, que el camino que con tanta ilusión había emprendido, lo iba a llevar a la destrucción personal. Lo que más le dolía y le inquietaba era cómo en una persona, como su ya exnovia Lara, tras ese rostro y comportamiento “angelical” podía esconderse una mentalidad tan enrevesada y delictiva. Era, sin duda, un muy duro golpe que sólo el tiempo y la suerte podría ir borrando de su corazón y conciencia. Así que su vida volvió al régimen antiguo de la soledad, con la rutina de sus paseos hasta el río, las películas del fin de semana y a esperar que el destino le deparara otra oportunidad para encontrar una compañera que tuviera un interior normalizado y legal.

En este caso, ese destino “juguetón” se mostró benévolo con la persona del pobre Santos. La habitación que ocupaban Engracia y su pequeño Serafín se quedó libre, pues esta madre soltera había decidido volver a casa de sus padres. La nueva inquilina de la habitación era una joven de 23 años, que tenía por nombre REGINA. Había estudiado magisterio y ahora estaba preparando unas oposiciones para maestra de Educación Primaria. A esta joven tampoco le agradaba la vida rural que sus padres habían sobrellevado a lo largo de sus vidas, por lo que había tomado la opción de preparar las oposiciones para la docencia y al tiempo trabajar como señorita de compañía de una anciana, bastante impedida para la movilidad. Regina no era tan bella como Lara, pero era una joven de aspecto normal y muy cariñosa y divertida. Los dos jóvenes Intimaron y ahora están saliendo juntos y viviendo una hermosa relación, gracias a que ambos son alquilados en casa de la señora Anselma. Los proyectos de estos dos enamorados, Santos y Regina, son formar juntos una familia lo antes posible, en función de las circunstancias económicas que hicieran posible tan esperanzadora unión.  

Apenas un mes después de estos acontecimientos, cuando una mañana Santos llegó al puesto de trabajo, su compañero don Cristián le tenía guardado un ejemplar del Diario de León, correspondiente al día anterior. “Mira en la página de sucesos. Te vas a llevar una gran sorpresa”. La información que el periódico ofrecía puso un nudo emocional en el corazón del asombrado escribiente. El artículo relataba acerca de la caída en manos de la policía de una red delictiva, que se dedicaba a robar objetos valiosos en domicilios pudientes. En la foto del reportaje aparecía el supuesto jefe de estos delitos, un personaje de origen turco llamado Omar L.F. Esta red delictiva se valía de la colaboración de varias mujeres, que se ponían a servir en domicilios de familias “bien”. Santos no ha vuelto a tener información alguna de aquella frágil y receptiva chica, que conoció una tarde de otoño en el Salón Mercedes. -

 

 

 

 REALIDADES

DETRÁS DEL ESPEJO

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 05 abril 2024

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