viernes, 23 de febrero de 2024

EL INSOLIDARIO RECHAZO SOCIAL

Es frecuente, e incluso normal, que haya personas que “nos caen bien”, mientras que otras nos producen el efecto contrario. Pero no siempre tenemos razones concluyentes o bien justificadas para esa aceptación o ese rechazo. En general, suelen ser “nimiedades” o “desencuentros” los que podrían “explicar” esa dúplice y opuesta percepción, positiva o negativa, hacia las personas que comparten nuestra existencia. Pero así somos, bastante complicados, en nuestra forma de ser y actuar.

Cuando te sientes “rechazado” por el entorno social buscamos motivos o cambios en nuestro comportamiento, a fin de borrar “esa posible mala imagen” que lógicamente a nadie le gusta sobrellevar. Pero las soluciones a ese rechazo por parte de algunos o de muchos no son fáciles de encontrar y aplicar. En este curioso contexto se inserta nuestra interesante historia de esta semana.

El personaje nuclear de este relato tenía por nombre HILARIO Cantalapiedra Capitán. 43 “primaveras”. Trabajaba desde hacía unos tres lustros en una funeraria, denominada “La Popular”, compaginando dicha necesaria y social labor con la cobranza personal de los recibos mensuales de El Ocaso, labor ésta que realizaba preferentemente durante las mañanas. Estas dos funciones laborales eran conocidas, lógicamente, por sus convecinos del barrio malacitano de Lagunillas. Y este conocimiento provocaba un cierto “recelo” o incluso rechazo, hacía este honrado trabajador. Entre los chascarrillos populares, muchos le llamaban “el funerario” y las chanzas llegaban hasta la cruda expresión de “el cobrador del infierno”. Realmente, su propio aspecto físico no ayudaba a borrar esos desafortunados apelativos, que tantos convecinos aplicaban. Era un hombre bien delgado, de mirada “penetrante”, con un gran bigote “a lo Rasputín” y una perilla en la barbilla, a lo Trotsky. Además, cuando abría su amplia boca, mostraba dos grandes incisivos, por lo que también era llamado “el vampiro”. Para colmo era usual que vistiera de negro, lo que tensionaba la visual de su tétrica y patética figura. La nula bondad de algunos, lo señalaban como “el enterrador”, cruel apelativo que mucho le dolía, pues entendía dicho vocablo con un sentido notoriamente peyorativo. En estos barrios populares de los cincuenta y sesenta, en el XX,  “todo” llegaba a oídos de todos.

Formaba matrimonio con CASILDA Narcea Rollán, una obesa esposa que trabajaba como dependienta en la panadería /pastelería La Española. Era mujer bastante golosa, por lo que su cuerpo iba progresivamente aumentando, sumando peligrosamente kilos. Cuando alcanzó los 85 kg. comenzaron a llegarle severos problemas de salud (azúcar, riñones, corazón, etc) por lo cual sus doctores le impusieron rígidos regímenes en la dieta, pero su gula incontenible le inducía al incumplimiento de esas normas en la ingesta, a pasar de los regaños de su marido Hilario. Incluso a nivel de barrio era llamada “la bomba”, “la bola”, “el tanque”. Pero la dulcera seguía comiendo incentivada por el apetitoso trabajo que desempeñaba. Así que un infortunado día, su estructura orgánica falló, dejando al pobre Hilario sumido en una triste y profunda soledad. El matrimonio no había gozado de la alegre y vital “visita de la cigüeña”.

Sobrellevando la muy dura desgracia, Hilario mantuvo sus hábitos laborales. Pero la ausencia de su Casilda potenciaba en el funerario esa percepción desalentadora del rechazo social, sin que hubiera realmente motivos para ello, como no fuera el necesario trabajo que desarrollaba. No tenía apenas amigos, por lo que, al terminar su jornada, también durante los fines de semana, la vida se le presentaba un tanto aburrida, desalentada, angustiosa. “Encendía” la radio, leía las páginas del diario Marca o acudía, de tarde en tarde y siempre en domingo, al cine, a fin de echar la tarde con algún programa doble en el Avenida o en el Capitol. Aunque también se desplazaba al Molinillo, a otro cine de barrio, como era del Duque. Carecía de otras aficiones y las “grandes” lecturas le cansaban la vista.

Pero la Providencia quiso cambiar en algo la vida de esta solitaria persona, que tampoco es que hiciera mucho por romper la injusta malla social que lo aislaba en su nublada y ocre privacidad. El origen de esta influencia transformadora iba a estar en una gran “revolución tecnológica” que llegaba a la sociedad española: el gran fenómeno audiovisual que suponía la televisión. En Málaga comenzaron a verse los primeros televisores, con sus emisiones correspondientes, a principios de 1961 (en la capital de España, unos cuatro o cinco años antes). Pero la gran mayoría de las familias humildes carecían de los medios económicos suficientes como para adquirir esos voluminosos aparatos, que emitían en blanco y negro, trayendo el “cine” a casa. Solo emitía una cadena, la nacional y “todopoderosa” Televisión Española, desde sus primeros estudios en el Paseo de la Habana madrileña.

El tener un televisor era “cosa” de ricos. Algunos bares y restaurantes invertían en la adquisición de uno de estos aparatos que generaban la admiración y el entusiasmo de niños, jóvenes y mayores, que contemplaban ¡extasiados” casi todo lo que “manaba” por la pequeña pantalla. Tanto en el barrio donde residía Hilario, como en la mayor parte de la superficie provincial, eran muy pocos, los que podían tener “el cine” en casa. Aquellas también voluminosas radios “de lámparas” (algunos tenían transistores de contrabando, por ejemplo, en calle Siete Revueltas …) seguían siendo las reinas de la distracciones y comunicaciones familiares. Toda la familia estaba atenta al  “parte” de las 22 horas, los capítulos de la novela por las tardes (destacaba la lacrimógena Ama Rosa) los alegres y muy sociológicos programas de discos dedicados (que sustentaban buenos ingresos para las respectivas emisoras del “Movimiento” por la publicidad que acarreaban). Y no podemos olvidar el Carrusel deportivo de los domingos por las tardes, emitido desde radio Madrid de la cadena SER, emisora de titularidad privada. 

El cura párroco del Santuario de Ntra. Sra. de la Victoria, el padre TEODORO tenía la muy aconsejable cualidad pastoral de conocer bien a sus feligreses. Por consiguiente, era consciente de la cerrazón social que muchos convecinos deparaban a la persona de Hilario Cantalapiedra, básicamente por los dos oficios que desempeñaba. Precisamente, en estos duros momentos en los que el cobrador del Ocaso había enviudado, el sacerdote entendía que ese rechazo era poco cristiano y nada fraternal, aunque también consideraba que este convecino tampoco había hecho mucho por integrarse social y afectivamente en el seno de la barriada donde residía. Así que una tarde, este buen párroco, ya con muchos años a sus espaldas y con la jubilación cercana (alcanzaba los 74 años) se llegó a la funeraria La Popular, con la intención de mantener un franco diálogo con su insigne y solitario feligrés.

“Hermano Hilario. Bien conoces que mi vocación y obligación, sustentada en la fe, me lleva a ser el “pastor” de toda la feligresía. No malinterpretes lo de “pastor”. Mi función es la de procurar que entre todos los convecinos reine la bondad, el amor y la mejor camaradería. Por supuesto que no se me oculta que somos personas, con defectos y debilidades. Conozco bien la realidad que te afecta. Sé que, desde hace años, los vecinos no te han abierto sus brazos en amistad como debían. Y todo, porque ejerces un digno y honrado trabajo, fundamental para el buen funcionamiento de la sociedad. Gracias a ti y a tus compañeros de trabajo, cuando llega el momento en que nuestras almas vayan a unirse con el creador, los cuerpos quedarán aquí en la tierra, Y es necesario hacer un buen uso de esos cuerpos que ya no tienen vida. Han de volver a la tierra, de donde partieron para la vida, mientras las almas comparten el reino celestial con el Salvador. Y ese necesario oficio no debe ser motivo, en ningún caso para establecer estúpidas, necias fronteras y recelos entre unos y otros.

Ahora que has enviudado, entiendo y comprendo que te sientas muy solo, precisamente cuando más se necesita el calor y la amistad de los vecinos. Hilario, tendrías que hacer algo, poner algo de tu parte, para conseguir que la vecindad se acercara más a ti y a esa hospitalidad que es tan necesaria para sobrellevar las dificultades de esta vida terrenal. Se me ha ocurrido una idea, que te la vengo a proponer, para ver qué te parece.

Ha llegado la televisión a Málaga. Pero vivimos en un barrio humilde, con mucha pobreza, lo que provoca que la mayoría de las familias no puedan adquirir un televisor para su sana distracción. Tú tienes una casa espaciosa, y sobre todo, con un gran patio, en su parte trasera. Allí, ahora que llega el buen tiempo, podrías poner un aparato de televisión e invitar a los convecinos para que te hicieran una grata compañía, disfrutando de algunos programas, durante las tardes o las noches, aprovechando fundamentalmente los fines de semana. Las obras de teatro que emiten, en el espacio de ESTUDIO 1 son muy distraídas y divertidas, Los programas infantiles, las películas que programa TVE, los concursos y los partidos de futbol que retransmiten, serían momentos muy apropiados para verlos en compañía de quien quisiera acudir a tu domicilio.

Si tienes algunos ahorros (la iglesia te podría también ayudar con la Obra Social) podrías intentar comprar un televisor. En Holanda Radio Luz tengo buenos conocimientos y amistades. Te pondrían un precio asequible e incluso te permitirían pagarlo en cómodos plazos. Me pongo en contacto con el encargado de los aparatos electrónicos, J. Téllez, y todo serían facilidades. Piénsatelo. TE montan la antena en un par de días y ahora que llega el buen tiempo primaveral, sacas el televisor a ese gran patio que tienes en tu casa. Y cuando pongan un programa interesante, abre las puertas de tu vida, para que esos aburridos vecinos te acompañen en la distracción. Ese primer día, yo me acercaría a tu domicilio para acompañaros. Y me acompañarían algunos vecinos. Es una buena oportunidad, Hilario, te lo aseguro”.

Don Teodoro tenía la bendita cualidad de hacer las cosas bien. Estaba convenciendo al cobrador del Ocaso de que aquel gesto podría reportarle muy buenos beneficios sociales. Efectivamente, en el comercio de la calle Granada, los encargados de Holanda Radio (tras la llamada del párroco) dieron las máximas facilidades para la venta de ese aparto Philips que Hilario compró muy ilusionado. Un martes se firmaron las letras y el jueves la antena y el televisor ya estaban debidamente instalados. Ese sábado de marzo retransmitían un Atlético de Madrid-Barcelona, desde el estadio Metropolitano, en la capital de España. El viernes por la mañana, Hilario puso un cartel en la puerta de su casa, cuyo texto decía:

MAÑANA SÁBADO, RETRANSMITEN POR TELEVISIÓN UN INTERESANTE PARTIDO DE LA LIGA DE FUTBOL: ATLÉTICO DE MADRID -BARCELONA. LOS VECINOS QUE LO DESEEN PUEDEN VERLO, VINIENDO AL PATIO DE MI CASA. NO HAY QUE PAGAR NADA.

Hizo lo mismo el domingo, para ofrecer ver la película que ponía TVE, en sesión de noche.

El primero que entró por la puerta de Hilario fue don Teodoro. Venía acompañado de seis feligreses del barrio, a los que se unieron durante el partido hasta nueve más. Y el domingo, para la película de la tarde, acudieron hasta treinta y un vecinos, que bien alegraron el gran patio del vecino que hasta ese momento habían rechazado, de una u otra forma. La alegría para poder disfrutar del televisor que Hilario les ofrecía, con tan divertidos e interesantes programas (como las obras de teatro, los resúmenes de los partidos del domingo, que emitían los lunes a las ocho de la tarde, los programas de variedades y concursos, etc.) se había generalizado por todo el populoso barrio victoriano.

Los “invitados” a la programación no acudían con las manos vacías. Traían bolsas de cacahuetes, pipas de girasol, algunos bizcochos, la muy apreciada tortilla de patatas. Tampoco faltaba la fuente de palomitas de maíz. Agua fresca, en aquellos búcaros de cerámica amarilla, que se agradecía en los días del terral.  Lógicamente, no había en casa del generoso anfitrión los suficientes asientos para tantos visitantes. Así que los ilusionados invitados traían sus propias banquetas, sillas plegables y también cualquier taburete donde poder sentarse. Don Teodoro que asistía a estos eventos (a pesar de que no le gustaba acostarse tarde, pues tenía por costumbre madrugar, para hacer sus oraciones y preparar la misa de las 8:30 de la mañana) llegó a contar un fin de semana hasta 78 visitantes, a ese patio que Hilario ofrecía para ver las emisiones de televisión.

De alguna forma, la actitud de la gente con el vecino “del televisor” fue gradualmente cambiando, aunque siempre había personas testarudas y recelosas, a causa del “oficio” que desempeñaba el vecino Cantalapiedra. Estos “rudos” feligreses no daban su brazo a torcer. Pero la habilidad del padre Teodoro iba dando sus buenos frutos para la mejor armonía social.

Al paso de los meses, el precio de los aparatos de televisión fue bajando y a modo de “hormiguitas” muchas familias iban ahorrando para llevar a su casa a ese gran adelanto “cinematográfico” de la década de los sesenta. Los tejados de las viviendas se fueron, poco a poco, poblando de esas grandes y destartaladas antenas que, a modo de “pararrayos”, traían las imágenes y la distracción a esos hogares que necesitaban un compañero audiovisual para la tradicional, y nunca olvidada, radiodifusión. También los bares, tabernas y restaurantes instalaban grandes monitores televisivos, a fin de atraer clientela, especialmente con la retransmisión de los partidos de fútbol.

El sustituto de don Teodoro, el padre Benigno, decidió instalar también un televisor en el muy amplio salón parroquia, a fin de atraer y controlar a la juventud del barrio de “desordenadas” diversiones para su salud espiritual y física. Todos estos factores fueron restando protagonismo a la opción del patio del vecino Hilario quien, aplicando una cierta inteligencia, fue cambiando su “look facial”, afeitándose el gran bigote que siempre había llevado y también la “intrigante” perilla en la parte inferior de su rostro. El color negro, tradicional de su vestimenta y que tanto imponía a sus convecinos, también fue cambiando por tonos más aclarados y alegres.

Hilario no supo o quiso rehacer su vida familiar o convivencial. Se sentía ya mayor para reiniciar aventuras amorosas, por lo que se prestó, con generoso sentido social, a prestar ayuda al nuevo cura de su parroquia, en el auxilio de las familias más necesitadas o con miembros enfermos. Hacía visitas a estas personas que afrontaban el dolor de la enfermedad, charlando con ellos, jugando algunas partidas de dominó e incluso compartiendo el café con algunos dulces que previamente había comprado en la confitería del Compás. Más adelante, los recibos mensuales familiares, como el del Ocaso, ya se pagaban directamente a través de la cartilla de ahorros bancaria, por lo que no tenía que ir de casa en casa, con esa frase de “el cobrador del Ocaso” que en modo alguno alegraba a quienes la escuchaban.

Cuando le llegó la hora de la jubilación, Hilario Cantalapiedra decidió vender el piso que había heredado de sus padres y en el que siempre había vivido. Con el dinero que consiguió con la transacción, se compró una pequeña y deteriorada casita en medio del campo, por la zona del Puerto de la Torre, alejada de la vorágine urbana. Allí se trasladó, una vez reformada la nueva vivienda, sintiéndose feliz por estar rodeado de pequeñas colinas y valles, denso arbolado y esos sonidos de las aves del campo que tanto sosiegan. Sólo abandona su nuevo habitáculo una vez a la semana, para ir a comprar al súper instalado en el centro de la barriada malacitana. También, de tarde en tarde, visitaba a don Benigno, pasando un buen rato de diálogo con este párroco que, al igual que el padre Teodoro, tanto bien aportaron a su vida.  

Esta sencilla historia debe hacer reflexionar a todos aquellos que aplican actitudes escasamente cristianas, irracionales y en nada fraternales, hacia personas que han de ejercer oficios y funciones, tal vez poco agradables, pero necesarias, para el buen funcionamiento de la estructura social. –

 

EL INSOLIDARIO

RECHAZO SOCIAL

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 23 febrero 2024

                                                                                Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

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viernes, 16 de febrero de 2024

ARCO IRIS, CAMINO DE LA ESPERANZA

La tarde se había cubierto por un cielo densamente plomizo, que hacía adelantarse la noche cuando las manecillas de los relojes apenas marcaban las 17 horas. A lo largo de la jornada fuertes aguaceros intermitentes habían dejado la pequeña carretera, además de amplias zonas de la comarca, fuertemente enfangada, con amplios y profundos charcos que dificultaban o hacían peligrar la muy escasa circulación de vehículos, por ese espacio regional de la Mancha castellana.

Desde hacía bastantes años, un muy útil y vetusto ventorrillo, ubicado en la carretera que comunicaba con la capital conquense, en una amplia zona de páramos “abandonados” en medio de  “la nada”  (la localidad más próxima se encontraba a unos 50 km) atendía principalmente a los rudos camioneros que necesitaban reposar unos buenos ratos, en su trasiego continuo de mercancías, tiempo que aprovechaban para echar al cuerpo ese café caliente que confortaba, esa copa de aguardiente o ese sabroso plato de estofado que hacía recuperar las energías a los esforzados transportistas de la vida.

Ese no muy espacioso ventorrillo de comidas y bebidas para la restauración tenía el sugerente nombre de ARCO IRIS, nombre que hacía alusión a la enseña o cartel indicativo colocado en la zona angular más elevada de una antigua construcción, distribuida en planta baja, donde se ubicaba el comedor y la barra del bar, con un trasero para la cocina y una gran chimenea de piedra, bastante ennegrecida en donde solían arder, casi de continuo, destartalados y viejos troncos de pino y alcornoque, para calentar el espacio en donde predominaba el adobe la piedra y la endurecida madera. Una oscura y empinada escalera permitía acceder a las habitaciones privadas, cubiertas con ese tejado de losetas de pizarra, enmohecida s por el paso del tiempo, la lluvia y por los excrementos de las aves que por ese territorio sobrevolaban (garzas, halcones peregrinos, búhos, cigüeñas, cernícalos, avutardas, azores y buitres leonados).

En la zona dedicada a los comensales había colgado un televisor de los antiguos, cuya imagen aparecía frecuentemente distorsionada por la débil señal que llegaba a esa zona en medio de páramos encadenados. La puerta que había debajo del vetusto aparato daba paso al cuarto de aseo “unisex”, generalmente con escasa limpieza y maloliente, por el descuido incívico de los usuarios y el olvido casi permanente de usar las papeleras.

Aquella fría, húmeda y entristecida tarde, tras el mostrador se encontraba (como todos los días) una señora que aparentaba más edad de la que realmente tenía (43) llamada MAZURKA Alerca, persona de origen rumano, quien durante gran parte de su vida había estado trabajando para el modesto negocio, primero con su padre DIMITROS, el fundador del establecimiento, a finales de los 80. Tras el fallecimiento de este inmigrante, por una cruel pulmonía, su hija había continuado, prácticamente sola, con el servicio de restauración, esperando siempre a ese hombre que se fijara en ella, para la cálida compañía, el disfrute del sexo y tal vez para algo de amor.

Sobre las 19 horas, que marcaba un anticuado reloj de pesas, ya había anochecido. Entonces las gruesas y plúmbeas nubes comenzaron con una estruendosa descarga de chorros impetuosos de agua, más una atronadora percusión de acústicos timbales y centelleantes relámpagos, con intenso aparato eléctrico, incluso de rayos, que cegaba y deslumbraba la visión.  En realidad, durante toda la tarde ningún vehículo había pasado por esa carreterita, completamente enfangada, prácticamente delante del Arco Iris, cuyas luces se tornaban aún más mortecinas, por la acuosa neblina y las obsoletas lámparas utilizadas para la señalización luminosa del local. La soledad del ambiente hacía aún más tenebroso el paisaje, salvajemente natural.

Mazurka dormitaba, reposando su mal peinada cabeza entre sus brazos cruzados sobre la barra del mesón. La única acústica que llegaba procedía de la meteorología celeste, junto al pitido aleatorio de la máquina del café, que continuaba enchufada y presta para el servicio clientelar. A la propietaria y camarera del restaurante le despertó el sobresalto de un brusco y prolongado frenazo, que se escuchó al lado del local, pues la intensidad de la lluvia que caía sin cesar y el suelo enfangado haría bien difícil la maniobra del frenado. Miró a distancia los cristales del ventanal del salón, cubiertos de vaho y añeja suciedad. No se habían limpiado desde hacía tiempo. De inmediato se apagaron las luces de los faros del vehículo que había parado delante de la puerta. A continuación, el típico portazo originado por el cierre del vehículo.

Pensaba la adormilada propietaria del ventorrillo: ¡A qué loco se le ocurriría estar conduciendo en una noche tan desapacible, con esta tormenta de agua y aparato eléctrico, atravesando estos parajes perdidos de la mano de dios! En pocos minutos se abrió la puerta del local, que chirriaba debido al escaso engrase aplicado a los goznes del marco. Atravesó la puerta un hombre con sombrero clásico y enfundado en una gabardina gris, todo empapado de agua que a poco que se movía chorreaba y salpicaba muchas gotas por donde pasaba.

“Buenas noches ¡es un decir! Señora. Por fortuna he podido divisar las luces de su establecimiento, por lo que he decidido parar, ya que es una temeridad seguir conduciendo con el “tormentazo” que tenemos encima, Dada la hora que es (pasan algunos minutos de las 20 h.) ¿podría servirme algo de cena. Mientras me prepara algo, intentaré calentarme un poco y secar algo la vestimenta, acercándome a los troncos incandescentes del fuego en el hogar, que todavía están en ignición”.

¿Y qué le apetecería tomar? Le respondió la ya más despierta e intrigada camarera.

“Me agradaría algo caliente, como un cuenco de sopa. Si tiene, un filete a la plancha con verdura o “papas” fritas, pues ideal. De bebida prefiero agua y después un café bien cargado, por si se me ocurriera seguir el camino, siempre que descampe”.

“Pues lo que tiene más cerca para llegar es Cuenca, la capital, a unos 50 km. Ahora Vd. está en un municipio de poca población llamado Abia de la Obispalía. No se preocupe. Enseguida le preparo el cuenco con sopa de cocido, las patatas fritas con el filete de cordero. Mientras tanto, acérquese al hogar, aunque espere, pues voy a “avivarle el fuego”

 Minutos después, el suculento servicio estaba encima de la mesa. GENEROSO Boeta agradeció en mucho que la “aburrida” camarera se sentara junto a él en la mesa que ocupaba, cubierta con mantel de papel, por cierto, con algunas manchas de grasa. La camarera, pensando en cubrir su aburrimiento de casi todo un día sin personal a quien servir y pensando que aquel único comensal deseaba hablar, pues se le veía taciturno (aparte de bien húmedo) se prestó a darle algo de conversación. Y sobre todo, le interesaba a escuchar aquello que le quisiera contar. Antes de comenzar a comer, el cliente se levantó y llevó la cartera de piel que portaba al entrar y que estaba bien mojada, para dejarla junto al fuego. ¿Qué llevaría en aquella voluminosa cartera de viajante, de color beige y bien “gastada por el uso”? Todo eran preguntas para la “aburrida” ventera.

Efectivamente Generoso necesitaba hablar, en unas circunstancias tan incómodas y difíciles que en su privacidad sufría, con el fin de compartir, expresarse y sobre todo desahogarse. El extraño viajero se veía inconfundiblemente apesadumbrado. Incluso tomaba los apetitosos alimentos como “por necesidad”, pues se alimentaba bien despacio, como por obligación. Sin embargo, elogió con educación el cuenco caliente con la sopa de cocido. En cuanto al filete de cordero y las patatas, apenas consumió medio plato. Trataba de calentarse las manos asiendo entre ella el gran tazón de café caliente, que humeaba cuando se lo trajo. Ambos se acercaron al fuego y entonces fue cuando la expresividad del viajante se hizo más explícita, para compartir algo de su azarosa vida.

“Señora Mazurka, mi nombre es Generoso. Me gano modestamente la vida llevando la representación de una fábrica de navajas y tijeras, con sede en Albacete, la ciudad en la que nací y resido. Con confianza tengo que confesarle que mi vida es un tanto infortunada. La suerte o el destino no ha estado muy de cara para mi persona. Esta representación comercial me da apenas para comer, pues el fijo que tengo es muy reducido. Sólo con los contratos puedo sostener un poco mis necesidades, pero he de viajar mucho, para tratar de firmar contratos de un producto que normalmente compran los restaurantes de carretera y algunas tiendas especializadas para este peculiar pero necesario utensilio.

El tener que pasar tantas horas fuera de casa creo que me está arruinando la vida. En concreto, mi postrero matrimonio. Se lo explico. Siempre he vivido con mi madre viuda, una santa mujer, hasta que el cielo se la llevó, hará unos siete años. Entonces comprendí el valor de una mujer vinculada a tu vida. Por supuesto una mujer que te depare un poco de cariño. Mi madre me lo daba a raudales. Tras la dura perdida que sufrí, mi amigo Fabio, también representante, me indujo a visitar peñas de amigos, algunos fines de semana, allí en Albacete. Se afanó en presentarme señoras de mediana edad (ahora sumo los 52). La cosa es que me “encariñé” con una guapa y morena ecuatoriana, muy simpática y zalamera, llamada MARINMA. Esta chica, mucho más joven que yo, parecía que se divertía bien conmigo. Como estaba en situación irregular aquí en España, hizo todo lo posible por estar siempre muy cerca de mi. Yo la consideraba un angelical alivio contra esa dura enfermedad que es la soledad. Se vino a vivir a casa (antes tenía alquilada una habitación, conviviendo con gente muy diversa y “dudosa”) y me ayudó bastante poniendo un poco de orden en un piso que desde la muerte de “mamá” se había convertido en un incómodo desbarajuste. Marinma también sacaba unos euros trabajando como limpiadora en casas de señores o familias acomodadas. Así que vamos tirando, con lo poco que necesitamos.

Al fin me convenció para que pasáramos por el Registro Civil, a fin de regularizar nuestra convivencia y su irregular situación en España. Pero desde este momento, su actitud hacia mi persona comenzó a cambiar y no de una manera favorable. El gran problema de Marinma y mi persona es la notable diferencia de edad. En este momento alcanzo los 52 mientras que ella solo tiene 33. Su enorme y natural vitalidad, con esas ganas permanentes de pasárselo bien, choca con la realidad de un esposo que para ganarse la vida tiene que estar muchas horas ausente del hogar. Tengo la firme convicción de que mi mujer me está engañando con otra persona. Esta percepción la sostengo a través de pequeños o significativos detalles que sustentan esta tan ingrata sospecha. Lo más grave del caso, Mazurka, es que no me atrevo a “descorrer las cortinas”. ¡Qué sería de mí si tuviera que volver al trago amargo de la soledad, que tanto daño me hace! Y aquí me tiene, harto de trabajar, jugándome la vida por esas carreteras de dios y con una mujer que necesito, pero ella aspira, necesita mucho más que mis modestas perspectivas”.

El ”sufrido” viajante se aferraba a la cálida taza de café, tras narrarle sus desventuras a la ahora muy atenta Mazurka, que lo miraba con una mezcla de  “compasión” y “comprensión”.

“Dada la hora que es y las duras condiciones del tiempo, es una locura que sigas conduciendo, jugándote peligrosamente la vida. Perdona que te tutee, pero con todo lo que me has contado me siento ya un tanto cercana a tu persona y a tus problemas. Te explico que el Arco Iris no alquila habitaciones, porque se trata de un restaurante de carretera y el piso de arriba lo utilizo como dormitorio, cuarto de baño y almacén de mercancías. Pero … teniendo en cuenta la hora (faltaban escasos minutos para las diez de la noche) y el tormentón que tenemos encima, te puedo acomodar unas mantas y convertimos ese buen sofá en un aceptable camastro. Lo acercamos al fuego y así puedes pasar aquí la noche. Pienso que eres un hombre de bien, castigado por un destino que no te es propicio. En la vida son muchas las ocasiones en las que necesitamos esas manos amigas, que nos ayuden para sobrellevar nuestros infortunios. Descansa, hombre de bien. Y mañana, tras el desayuno, si el tiempo lo permite, reinicia ese viaje profesional a la capital provincial, Cuenca, para seguir vendiendo tus navajas y buenas tijeras”.

De esta fraternal manera, Generoso, pleno de agradecimiento hacia la hospitalaria “ventera” una mano amiga en tan críticos momentos, quedó dormido con presteza, descansando su cuerpo y su mente, al calor sereno de un hogar con unos leños incandescentes, que ofrecían una bella plástica térmica. Mazurka, tras cerrar bien la puerta del ventorrillo, dio las buenas noches y se “encerró” de igual forma en su dormitorio, bien templado por la chimenea que pasaba por el muro frontal de su cama. A pesar del acústico tronar de la atmósfera, esa noche dos personas que se acababan de conocer, pudieron descansar con la necesaria placidez física y de conciencia.

A lo largo de la noche, la tempestuosa meteorología fue decayendo en su intensidad, Y al amanecer, aunque la temperatura ambiente marcaba apenas un grado, el cielo aparecía limpio de nubes. Generoso tenía concertada algunas entrevistas a lo largo de esa mañana, en la capital conquense. Se levantó temprano y procedió a realizar un básico aseo, afeitándose para estar bien presentable ante los futuros clientes de su representación. Observó, con satisfacción, que la dueña del Arco Iris le había dejado, encima de la mesa más próxima a su improvisado camastro, un termo con café y leche caliente. Junto al termo, un botellín de agua y un par de apetitosas magdalenas mantecadas, además de una rosácea y aromática manzana. El satisfecho y sorprendido representante dio buena cuenta del tan “cariñoso” desayuno. Lo que más le sorprendió y agradó es que junto al suculento tentempié, había una breve nota que decía:

“Apreciado viajero Generoso. Ten especial cuidado al conducir por los caminos de estas tierras. Pueden estar embarrados, por lo que toda prudencia es poca. Siempre que pases por esta carretera, me agradaría que compartiéramos unos gratos minutos de conversación. Y un pequeño, pero sincero, consejo: no te aferres a esa relación que te hace infeliz. Tienes que pensar también en ti. Que tengas buen viaje y mucha suerte en los negocios y en tus sentimientos. En esta ocasión, invita la casa. Mazurka.”

Esa fraternal, humana y cariñosa nota, fue guardada con esmero por el viajante en su cartera de documentos. Tenía el firme propósito de conservarla durante el resto de su vida. Sentía que debía responder, al afecto hospitalario que había recibido.

“Querida Mazurka. Después de mi madre, te lo aseguro, no ha habido nadie en el mundo que me haya tratado con tanta bondad, como tu generosa persona. No dudes que nunca olvidaré esta vivencia en el Arco Iris y, de manera especial, a la buena persona que lo rige. Seguro que nos volveremos a encontrar. Gracias de corazón. Un beso. Generoso”.

Estos hechos habían tenido lugar un 15 de noviembre. Para sorpresa y alegría de Mazurka, exactamente un mes después, al igual que ocurrió el 15 de enero y de febrero, un mensajero de SEUR llegaba, a eso de las 9 de la mañana, al ventorrillo del Arco iris, con un bello ramo de flores y algún pequeño detalle (bombones, prenda de vestir o alguna bisutería). Y siempre, con la misma dedicatoria: “Con todo el cariño y afecto. Gene”. La receptora de tan elegantes detalles se sentía razonablemente halagada, manteniendo la esperanza de poder reanudad la amistad con el singular viajero de una noche de lluvia y tormenta.

El 15 de marzo, para sorpresa de Mazurka, no llegó el mensajero de Seur con el precioso y tradicional presente floral, que su amigo solía enviar. Pero sobre las 11:30 de esa mañana, cuando en el interior del local había dos camioneros y un matrimonio mayor, todos ellos tomando sus tapas y cafés, se abrió la puerta del Arco Iris apareciendo la figura tan esperada y deseada de Generoso. Traía un sobre en la mano derecha y una amplia sonrisa en el rostro. A Mazurka le dio como un vuelco el corazón. Fue tal su nerviosismo que los dos cafés que llevaba en la bandeja se le cayeron al suelo. Era mucha la emoción que le embargaba. No sabía lo que decir, mientras lo miraba con una gran sonrisa, que mimetizaba la que ofrecía la cara de su interlocutor y amigo.

“Amiga y querida Mazurka. Hace apenas unas 24 horas que el juez de familia me ha concedido la separación de Marinma, petición que había solicitado hacia un par de meses. En esta especial situación, te declaro mi amor. Te necesito y creo que eres la mujer de mi vida., Te pido que unamos nuestras vidas para ser felices y descubrir lo mejor de esas experiencias que, por diversas circunstancias, nos han estados vedadas”.

Al escuchar tan hermosas palabras, Mazurka rompió a llorar “de alegría”. En ese momento, el representante de navajas albaceteño puso en las manos de esta buena mujer una bella sortija de oro, fundiéndose ambos en un cariñoso, fuerte y prolongado abrazo, con los sentimientos vibrantes por la emoción. Los escasos clientes del local, un tanto asombrados, comenzaron a percutir unos aplausos y vítores, dedicados a los dos enamorados.

Al paso de los meses, el ventorrillo de El Arco Iris ha sufrido y “gozado” de unas necesarias reformas. Se ha ampliado y renovado el dormitorio y el cuarto de baño, sacándose una habitación más, en el piso del edificio, para despacho de Generoso. Han contratado a un joven camarero muy servicial, TRINEO, pues Mazurka gusta acompañar a su marido en muchos de los viajes que el representante ha de realizar para cumplir con su tarea de las navajas y las tijeras. Ambas veteranas personas forman un matrimonio modesto, que se siente feliz y realizado. Su origen estuvo en aquella noche tormentosa de otoño que, tal vez, los “dioses” provocaron para encauzar, inesperadamente, la vida de dos solitarias personas que necesitaban la compañía y el amor. Son los designios del destino. Pensemos si el viajante hubiera tomado otra carretera esa noche tormentosa y no hubiera conocido la existencia del ventorrillo de carretera. Por fortuna no ocurrió así y las luces adormiladas y mojadas del Arco Iris señalaron esa lúcida posibilidad, ese “tren” que, en nuestras vidas, siempre azarosa y caprichosa, nunca debemos dejar pasar. -

 

 

ARCO IRIS,

CAMINO DE LA ESPERANZA

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 16 febrero 2024

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viernes, 9 de febrero de 2024

ESAS OTRAS PERSONAS DE NUESTRO ENTORNO

En nuestra diaria vida relacional, ¿qué sabemos de esas otras personas que comparten nuestra convivencia en el transcurso de los meses y los días? ¿Cuál es el trato que deparamos a esos otros conciudadanos, con los que nos cruzamos a diario, en ellos portales de nuestros edificios, en las calles, plazas, jardines, centros de trabajo y establecimientos varios? Es posible que desconozcamos sus nombres y apellidos, además de otros datos básicos de sus vidas (estado civil, descendencia, profesión, etc.) e incluso las dificultades y problemas, de mayor o menos gravedad, que pueden estar pasando en el ámbito de su privacidad.

Este desconocimiento “social” se suele dar más en la vorágine acelerada y densificada de la gran ciudad, mientras que, en los núcleos rurales, más pequeños en espacio y población, suele haber una mayor convivencia e interacción entre los convecinos que habitan la localidad. En este contexto sociológico se inserta el contenido de nuestro relato de esta semana.

Durante muchos años, la familia Arenas Infantes, integrada por don ANSELMO y doña JACINTA, con dos hijos ya emancipados y casados, solía referirse a la operaria que cada mañana, entre lunes a viernes, acudía al domicilio comunitario, a fin de proceder a la limpieza del portal, el ascensor, las escaleras y los descansillos entre plantas, como “la señora de la limpieza” la limpiadora”, aunque ya con el paso del tiempo, se le fue poniendo nombre a esa trabajadora perteneciente a una empresa de multiservicios comunitarios SERVILIMP. Su nombre era LEOCADIA.

Se trataba de una mujer de mediana edad, podría estar entre los 40 y los 50. Su labor era bastante eficaz, pues desde las 11 horas (en la solía llegar al edificio) hasta las 13, 13:30, en que finalizaba su trabajo, dejaba realmente limpio y reluciente el suelo del portal, con losetas del mismo material en las paredes, además de ese único ascensor que utilizaban los vecinos del bloque y los numerosos visitantes a determinadas dependencias del edificio. Dos veces en semana subía las escaleras del inmueble para limpiar la solería e incluso las puertas exteriores de las viviendas, los rellanos de esas escaleras, así como los distintos tramos de barandillas.  Era palpable su buena y esforzada labor que realizaba durante esos cinco días de la semana, entre lunes y viernes, para satisfacción de los generalmente descuidados vecinos en la limpieza comunitaria. Bien es verdad que, en este bloque, situado en la zona del centro antiguo malacitano, estaban instalados diversos servicios externos: una consulta médica de dermatología; un gran bufete de abogados (ocupaba el espacio de dos pisos) y una gran oficina en la entreplanta, dedicada al asesoramiento fiscal y contable, así como a fondos de inversión). Por todo ello, el trasiego diario de personas no residentes en el edificio era constante, durante esos cinco días laborales de la semana.

En este sentido, ese no muy espacioso y único ascensor del bloque, era un habitáculo que cada mañana, antes de la llegada de Leocadia, aparecía bastante carente de la necesaria limpieza (al igual que ocurría en el espacioso portal), por el descuido e incivismo de los residentes y visitantes al inmueble.

Al margen de los visitantes profesionales y pacientes para la clínica dermatológica, los vecinos residentes limitaban su relación con la señora Leocadia (llevaba 7 años trabajando en la limpieza del bloque) con ese frío y limitado “buenos días” “hola Leocadia”, como elementales saludos, aunque pronto llegaban las peticiones y las quejas formuladas, más o menos amables en el trato y en las palabras:

“Ayer alguno de los perros de los vecinos del bloque se hizo pi-pi y sus dueños como si nada. Déjelo limpio, Leo”  “A las flores del parterre le falta bastante agua. Las hojas se ven bastante secas, así que no me las descuide, Leo” “Quiero comentarle que algunos vecinos se están quejando de que a los pasamanos de las barandillas no se les quita el polvo con la frecuencia necesaria. Tómelo como toque de atención”. “Parece que el cielo amenaza lluvia, Leo. Será necesario de que ponga la gran estera hasta los escalones de la escalera y el ascensor, porque después, con las pisadas mojadas y las gotas que escurren los paraguas se pone el portal hecho un verdadero asco” “Leo, algunos vecinos han debido bajar las bosas de basura no bien cerradas y además han estado goteando. El mal olor a pescado y comida rancia es insoportable. Y es que echan los líquidos dentro de las bolsas y éstas están agujereadas”.  “Leo no se olvide de limpiar el parterre de las colillas de tabaco que muchos tiran entre las ramas” etc.

Al margen de estas naturales y simples conversaciones, no había otros temas de conversación o intercambio con la señora de la limpieza, salvo alguna alusión al estado del tiempo, con respecto al frio, el calor o la lluvia. ¿Pero quién era Leocadia? ¿Cuál era su pequeña o gran historia? ¿Y su familia? ¿Cómo era su situación económica? ¿Cuáles serían sus ilusiones y problemas? ¿En qué empleaba su tiempo libre por las tardes? ¿Estaba casada o soltera? ¿Tenía hijos? ¿Dónde residía? ¿Cuáles eran sus aficiones? ¿Soportaba algún padecimiento en su salud? Lo único cierto es que era la trabajadora que hacía la limpieza para el bloque y nada más. La vecindad iba con cierta prisa cuando salían o llegaban al ascensor. Apenas tenían tiempo para detenerse, siquiera fuera unos segundos e intercambiar con esta persona unas palabras de fraternal humanidad. Y ¿para qué…? Leo era, simplemente, la empleada que limpiaba lo que todos ensuciaban. A veces no se escuchaban ni los buenos días, ni las buenas tardes, de aquellos “señores” y “señoras” que pasaban por delante de la afanosa operaria.

Esta misma situación se repetía, de una forma paralela, con Tobías, el barrendero de la calle, con Mauricio, el vigilante de los aparcamientos SARE, con Fabián, el servicial camarero de la cafetería Zigurat, que estaba en los bajos del bloque, e incluso con la cartera del Servicio de Correos Ariana, que cada día traía la correspondencia a los afortunados vecinos que recibían comunicación escrita (aunque fuesen materiales publicitarios).

Pero el destino quiso que un día aciago D. Anselmo se quedara viudo, de una forma triste y prematuramente inesperada. La vida del oficial administrativo de la delegación de Hacienda en Málaga, ya jubilado, vecino del 5º A, se veía enturbiada con esas nubes que traen la muy ingrata soledad, para las vidas de quienes la sufren. Aunque en un principio sus hijos BERTA y JACOBO se prestaron en la ayuda de su padre e incluso le ofrecieron pasara temporadas en sus respectivas viviendas, Anselmo prefirió, desde un principio y con gran firmeza, mantener su autonomía vivencial y privacidad, permaneciendo en su domicilio de siempre. Férrea decisión, aunque para ello tuviera que soportar esas tardes y esas noches, más los largos fines de semana, sin tener a nadie con quien compartir las palabras. Sólo la compañía de esa máquina unidireccional televisiva o la cálida compañía de la radio, siempre generosa para la necesidad acústica y afectiva de los radioyentes. Y así pasaron las semanas y los días.

Una mañana, en los albores de la primavera, Anselmo bajó las escaleras desde su 5ª planta pues, como era molestamente previsible, doña Encarna estaba de “cháchara” con alguna vecina, manteniendo incívicamente la puerta del ascensor abierta. Se disponía a dar su largo paseo matutino, actividad que le vitalizaba en su rutina anímica. Al llegar al portal del inmueble, se topó por sorpresa con Leocadia, que había comenzado su tarea diaria de limpieza. Tras darle los buenos días, tuvo el acierto de detenerse unos minutos, a fin de echar un ratito con la operaria. Le preguntó por su familia, siempre con la necesaria delicadeza y prudencia. Esos minutos de cortesía se ampliaron, pues la limpiadora ya prácticamente había terminado de arreglar el portal y ese martes no tenía que limpiar las escaleras. Como era un día de rasgos e impulsos que suelen ser afortunados, Anselmo se mostró caballeroso, preguntándole se le agradaría compartir un café o refresco, pues la hora (sobre las 11:45) era bastante propicia para echar un tentempié, pues la señora había llegado ese día pocos minutos después de la 9:30.

Leo, un tanto extrañada, pero sumamente contenta, se preguntaba cómo después de varios años, en los que apenas había intercambiado palabra alguna con el vecino del 5ºA, ahora se mostraba tan agradable y caballeroso para el trato. Por supuesto que la asombrada limpiadora aceptó el café, que tomaron en la muy próxima cafetería Zigurat En esos 50 minutos, más o menos, en que estuvieron sentados el uno frente al otro, Anselmo pudo conocer algo de la vida que había detrás de la señora de la limpieza. Esa humilde persona, gran desconocida, que llevaba más de un lustro limpiando la incuria y la dejadez de las personas que habitaban y visitaban el bloque. La gran sorpresa que Leocadia no podía imaginarse era que don Anselmo, ese señor “tan encopetado” del quinto A le sorprendiera con una sorprendente propuesta:

“Leo, quiero plantearle una oferta de ayuda para mi domicilio. Ya conoce la situación reciente de viudedad que padezco. En este sentido le explico una interesante posibilidad de trabajo, a fin de que la estudie y me dé la correspondiente repuesta: ¿podría Vd. venir a mi casa, unos días a la semana, entiendo que por las tardes, para ordenar un poco el piso e incluso para dejarme preparado algunos platos calientes para la comida y la cena? En caso afirmativo, me indica los días y las horas en que podría prestarme este servicio y seguro que llegaríamos a un acuerdo con la compensación económica que yo le entregaría”.

Leocadia Alcira, 42 (aparentaba físicamente más edad) llevaba aproximadamente una década separada de un marido maltratador y dependiente de los estupefacientes. Una asistente social había atendido la petición de ayuda de esta noble mujer, que se veía crudamente explotada, ya que ese brutal compañero sólo pretendía “sacarle” el dinero que honradamente y con mucho esfuerzo ganaba. Un abogado de oficio llevó ágilmente los trámites, con lo que el vínculo matrimonial (en el que no había habido descendencia) quedó roto judicialmente. La vida de Leocadia, ya “liberada, de tan ingrata carga, evolucionó con el desempeño de su honrado trabajo, vinculado a la empresa de multiservicios Servilimp, durante las mañanas. Algunas tardes, esta laboriosa persona, acudía a limpiar, lavar y planchar en algunas casas “bien”, que había ido consiguiendo mediante ese “boca a boca” tan eficaz como medio publicitario. Leo reside en un barrio muy populoso de la zona oeste de Málaga, en un modesto pero ordenado piso, zona de la Carretera de Cádiz, que heredó de sus padres quienes con gran esfuerzo lo adquierieron en los años del desarrollismo, década de los sesenta.

El hogar de don Anselmo, muy desordenado tras el fallecimiento de Jacinta, ha recuperado hoy el orden y la limpieza. Su propietario tiene la comida bien preparada, la ropa limpia y bien planchada. Anselmo trata con respeto y cada vez con mayor afecto a esta mujer, a la que considera un ángel providencial que el destino ha puesto en su vida. Después de unos meses prestándole ayuda, como un gran servicio en casa, le ha sugerido que abandone su trabajo en Servilimp, con el siguiente razonamiento

“Leocadia, con mi buen sueldo de jubilado, nada te ha de faltar. Aquí tienes tu hogar. Deja ese alquiler, por el que cada año te cobran más y vente a esta casa, en donde te vas a sentir respetada y querida. Hay dormitorios de sobra. En realidad, lo que te quiero ofrecer es una muy sincera pregunta: ¿Te agradaría formar pareja conmigo? Te confieso que necesito tu compañía y me vitaliza tu buen corazón y tu admirable simpatía. Me siento muy bien contigo, pues eres muy buena persona, un verdadero ángel para mi vida. En modo alguno te estoy presionando. Piénsatelo bien y no tengas prisa por la respuesta. Me doy cuenta de que cada día que pasa te tengo más cariño y aprecio”.

Al paso de las semanas, Leocadia ya vive de manera permanente en el piso de Anselmo. Y lo que resulta más importante: el afecto y la proximidad cariñosa ha seguido creciendo entre estas dos almas solitarias. Pasean juntos, dialogan con esa franqueza que da la buena amistad y, lo que resulta más importante, es que se prestan ese calor humano que resulta tan beneficioso para el cariño que vitaliza los sentimientos.

Anselmo ha encontrado en la antigua limpiadora, en la que durante años apenas se había fijado, una buena mujer, sencilla, modesta, pero con ese buen ánimo que tanto le vitaliza. Afecto sincero, compañía permanente, cariño hasta en los pequeños detalles y una sincera y franca amistad. Todo ello supone un providencial equilibrio frente a la acritud tenebrosa de la soledad.

Por su parte, Leocadia tiene en Anselmo esa seguridad económica, protección personal, respeto y cariño que todos los humanos apetecen disfrutar. Ella que siempre había sido la señora “o mujer” de la limpieza, a la que muchos ni miraban ni saludaban, ahora goza de un acomodado hogar, como compañera y amante de una persona que la quiere y necesita. Así son los vientos cambiantes de la existencia. A uno ni al otro le afectan los comentarios que la vecindad pueda tener ante la nueva situación. Anselmo le dice con una sosegada sonrisa “ya se acostumbrarán”. Al igual que con sus hijos quienes, paulatinamente, van comprendiendo la necesidad de cariño y amor entre dos personas, con importante diferencia de edad, pero que ahora se necesitan en franca y leal reciprocidad.

El enigmático y travieso destino ha hecho posible que Anselmo haya encontrado, en una persona “desconocida y casi anónima”, esa ayuda y complemento fraternal para una etapa muy importante de su existencia. Unos años difíciles en que la compañía es la mejor terapéutica para transformar el pesimismo en franca alegría, el desánimo en un potente vitalismo y la rutina en una ilusión por compartir los atardeceres y amaneceres, con el descubrimiento inesperado y cromático de un día más en nuestras vidas. –

 

 

ESAS OTRAS PERSONAS

DE NUESTRO ENTORNO

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 09 febrero 2024

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viernes, 2 de febrero de 2024

SOMBRAS ONÍRICAS

No resulta fácil vivir de las letras, sino todo lo contrario. Sólo unos pocos privilegiados, a causa de su calidad expresiva e imaginativa, la oportunidad que concede la suerte y el “capricho” lector, pueden lograr, siempre aplicando mucho esfuerzo y tenacidad, ese anhelado objetivo de ejercer la profesión de escritor. La maquinaria editorial es bastante severa, con los nuevos y “prometedores escritores. A los pocos “artesanos de las palabras” a quienes abre sus puertas, les impone unas normas y condiciones verdaderamente “leoninas”, que muchos aceptan porque carecen de los medios necesarios para poder pagarse la edición de sus obras y porque tienen la vana esperanza de que su segundo o tercer trabajo será compensado con una mayor generosidad económica. Así es la “ambiciosa y escasamente altruista” industria editorial.

La mayoría de estos ilusionados escritores “viven” de una segunda y a veces hasta tercera actividad, que es la que mantiene realmente su subsistencia económica, ubicando el oficio de escribir en un plano paralelo o esperando mejores tiempos. En todo caso, siempre existe el consuelo de poder ir desarrollando esa noble afición, que su capacidad y voluntad les posibilita en el día a día.

HIGINIO Santos Cervilla, 27 años, es un “prometedor” escritor, cuya actual destreza creativa ha ido desarrollando y consolidando desde los lejanos tiempos de su adolescencia y primera juventud, cuando estudiaba en un centro público de enseñanza secundaria, de la capital malacitana. Doña Elisa, su profesora de Historia de la Literatura valoró, desde los primeros ejercicios, la calidad expresiva de su joven alumno para la composición escrita y también oral. A la finalización de sus estudios secundarios, Higinio no tuvo duda alguna para matricularse en dos grados universitarios, tal era su justificada autoestima para el estudio: filología hispánica e inglesa, cuyas materias iba superando con brillantez, aplicando para ello un gran sacrificio en la renuncia a otras actividades propias de su edad.

Descartó en principio, a la finalización de sus licenciaturas, la opción de las oposiciones para la docencia, entregándose de lleno en el apasionado y difícil mundo u oficio de la creatividad literaria.  Todo voluntarioso y con el apoyo generoso de sus padres, con los que convivía, comenzó a redactar la composición de su primera novela, a la que pensaba titular SENDAS ONÍRICAS. Dedicó a este noble y culto empeño casi dos años de su vida, actividad que iba mezclando con algunas horas en las que acudía a la papelería y librería de barrio que poseía el tío Fulgencio, para ayudarle en las horas punta de clientela, ganándose así unos euros para sostener los gastos propios de su juventud. Así, trabajando y aprovechando esas horas nocturnas que tanto le inspiraban, la novela fue ganando en páginas y capítulos a lo largo de los meses y los días.

La novela al fin se completó, cuando Higinio ya alcanzaba los 26. Con el manuscrito fotocopiado bajo el brazo, fue contactando con diversas editoriales, tanto locales como nacionales. Los “portazos”, mezclados con las muy buenas palabras, era la habitual respuesta que iba recibiendo de las empresas dedicadas a la publicación de materiales creativos para la nueva literatura. “Ya le avisaremos…” pero después sólo le llegaba el silencio de sus “teatrales” gestores. Aun así, siempre trataba de evitar el “erróneo” e ineficaz desánimo. Sobre todo, porque tenía la convicción de que su primera obra, era de buena calidad y pensaba que algún día lograría tener un digno acomodo en el negocio de la venta editorial.

Había organizaciones editoriales cuya propuesta a los nuevos valores de la literatura era especialmente exagerada e injusta, ya que se comprometían en leer el manuscrito si el autor previamente renunciaba a todos los derechos, tanto de compensación económica como de las ventas realizadas durante la primera edición. Hasta ese punto llegaba la receptividad o acogida en el mundo de las publicaciones. Pero había que vivir, por lo que Higinio también buscó algunas colaboraciones puntuales en ámbitos tan especiales como una notaría o un bufete de abogados. Allí valoraban su perfecto conocimiento del inglés, por lo que le encargaban trabajos de traducción, tanto directa como indirecta. Esos euros eran siempre bienvenidos, aunque fuesen limitados o escasos. Su padre, Leonardo, trabajaba como auxiliar clínico en un establecimiento sanitario, de titularidad privada.

Continuaba escribiendo nuevas historias, vinculadas a lo que pensaba sería su segunda novela. La primera, a pesar de sus esfuerzos, seguía sin estar publicada. Cierto día, mientras “navegaba” por las autopistas de Internet, descubrió una curiosa y atractiva oferta. Básicamente el anuncio decía: “Se necesita escritor, cuya edad no sobrepase los 50, para colaborar en una determinada publicación”. Esa escueta nota añadía una dirección electrónica, en donde los interesados debían enviar su currículum, con los datos personales, añadiendo los méritos y el listado de las publicaciones realizadas. También se solicitaba una foto del solicitante.

La oferta era en sumo interesante. De inmediato, Higinio preparó su currículum, básicamente académico, añadiendo que tenía una novela escrita, pero no publicada. Adjuntaba el primer capítulo, como muestra ilustrativa del manuscrito. Tras el envío, a la dirección reseñada, esperó unos días, con la ilusión de que su opción tuviese respuesta. Semana y media después, recibió un correo electrónico en el que se le comunicaba su inclusión en un listado previo de candidatos para el puesto. También se le citaba para una entrevista on-line, en una determinada fecha y hora. Cinco días después tuvo lugar ese encuentro informático, por videoconferencia. con una persona llamada Aniceto Laviarca. Dialogaron acerca de temas muy diversos, en un clima de franca cordialidad. El entrevistador pidió que le mostrase el manuscrito de su primera novela, pues ese primer capítulo, que había enviado por Internet, les había agradado mucho, por su calidad gramatical y el interés de su contenido. El interlocutor /examinador se identificó como un abogado que representaba a una persona interesada, en conseguir la colaboración o ayuda de un escritor. “¿Puede enviarme el manuscrito completo? Necesitamos conocer el contenido completo de la obra. Le garantizamos el cuidado y la privacidad de la misma. No tiene por qué preocuparse de un mal uso que vayamos a hacer del manuscrito”.

Higino se mostraba muy ilusionado después de la entrevista, que consideraba había sido interesante y muy cordial, según la actitud del abogado que lo había atendido. Había aceptado enviarle el manuscrito completo de Sendas Oníricas, pues en su fuero interno pensaba que tal vez, la persona o institución con la que contactaba, estaría dispuesto a financiar el coste de la publicación que, en tantas puertas, le habían negado. Por mensajería urgente, envió una copia de la novela, que abarcaba 207 páginas, a una dirección de Madrid, en donde el abogado Aniceto tenía su despacho. Esperó unos días, hasta ver la evolución de los acontecimientos. Por fin, un viernes de ese mes de febrero, recibió una llamada telefónica del abogado, en el que le anunciaba que recibiría dos billetes del tren AVE (ida y vuelta), además de una estancia de una noche en un céntrico hotel de la capital, ubicado en el Paseo de la Castellana, en régimen de pensión completa. Quería mantener una nueva entrevista, pero ya de una forma personal y directa. La fecha del viaje a Madrid sería el próximo miércoles. Aniceto añadió que en esa entrevista se le explicaría el motivo y la función concreta del contrato, además de la retribución correspondiente. Añadía que les había gustado mucho la novela y que ya en Madrid se le devolvería el manuscrito.

Ese miércoles, muy de mañana, el joven y prometedor escritor tomó el AVE de las 7:30 en la estación Málaga María Zambrano con dirección a la estación de la Puerta de Atocha en Madrid. Viajaba pleno expectación e ilusión, haciendo cábalas acerca del trabajo que podrían encomendarle, en función de su profesión de escritor. La entrevista, en esta ocasión con la modalidad presencial, estaba concertada para las 13 h. Puntualmente accedió al bufete o despacho de abogados, dirigidos por ANICETO LAVIARCA, también en el Paseo de la Castellana. Tras los saludos pertinentes, su interlocutor le aclaró que representaba a una persona socialmente muy conocida y de una notable capacidad económica.

“Sr. Higinio Santos. Después de analizar a otros posibles candidatos, nos hemos decidido por su prometedora juventud y la contrastada calidad que sustenta su “moderna” literatura. Como le acabo de anunciar, hace unos minutos, represento a un importante profesional de las finanzas, persona muy conocida en el ámbito social, cuya imagen habrá visto repetidamente en lo que se denomina “la prensa del corazón”, además de en los restantes medios de comunicación, como la televisión y a través de las ondas radiofónicas. Su nombre, ya se lo concreto: es PELAYO SALVATIERRA (en ese momento a Higinio se le alteró la velocidad de su ritmo cardiaco. ¡Quien no conocía a este elegante y maduro personaje, figura señera del mundo financiero y casi siempre con alguna belleza femenina cerca de su persona! Se le consideraba, a nivel popular, como un play-boy del corazón). Una vez que ya conoce a la persona que represento, entenderá la importancia social que se ha ido labrando a lo largo de su vida. Hace años que cumplió el medio siglo de vida. A pesar de todo su poderío, en diversas ocasiones ha manifestado su frustración por no haber podido aún cumplir con una de sus ilusiones que mantiene desde su juventud. Dicha ilusión u objetivo es la de publicar una novela. Así que nuestra propuesta es la siguiente: Vd. se reunirá, en un par de ocasiones con don Pelayo. En cada una de esas citas (con una duración aproximada de una hora) hablarán de los temas que estimen oportunos y que especialmente Vd. propondrá, para estudiar mejor al personaje y las temáticas que él desearía incluir en lo que sería su primera novela.

Con toda la información que haya recabado, será Vd. quien redacte esa novela, que le aseguro llegará a ser “Best seller”, ya que podemos controlar al mundo editorial. Pero su nombre … no aparecerá en parte alguna de la novela, La obra estará firmada por Pelayo Salvatierra, como autor, aunque sea Vd. quien la haya escrito.  A cambio, recibirá una elevada compensación económica por su “abnegado“ servicio: 100. 000 euros, importante cantidad que este personaje se lo puede permitir, para conseguir esa ilusión o “capricho” literario en su biografía. Bajo firma notarial, Vd. se comprometerá a no reclamar autoría alguna del escrito en el futuro. La entrega de esa cantidad será realizada en mano, por personas para Vd. desconocidas y de manera secreta. Tiene 48 horas, sólo 48, para decidir si acepta o no este encargo. En caso negativo, nuestra oferta queda definitivamente anulada. Tenemos algunas opciones para “sustituirle”, decisión que nos entristecería.  También le aclaro que los billetes de tren y la reserva en el hotel han sido negociados con su nombre, ya que poseemos todos los datos necesarios. Nosotros “no hemos intervenido”. Sólo Vd. ha sido el autor de estas compras. Si su respuesta es afirmativa, contactaremos para indicarle el lugar y el día en que tendrá la primera entrevista con don Pelayo. Obviamente recibirá los tickets de tren correspondientes para su cómodo desplazamiento a Madrid”.

Profundamente abrumado y confuso, Higinio volvió a su ciudad de origen, dándole vueltas repetidamente a esa extraña propuesta de ejercer o actuar como un “negro escritor” al servicio de un potentado, adinerado y caprichoso profesional de las finanzas. Quería comprar la autoría de una novela, que no era capaz de escribir. Probablemente, para lucir ante sus “selectas” amistades. Esa noche apenas durmió. Asumía la necesidad de ese “suculento” dinero, que podría emplear en primer lugar para costear la publicación de su primera y posteriores novelas. Pero de inmediato venían a su mente una serie de conceptos de grueso calibre: dignidad, falsedad, corrupción, responsabilidad, vergüenza, honradez, necesidad … ¿Qué hacer? En “menudo” lío se estaba metiendo.

Tras pasar 24 horas verdaderamente controvertidas, en las que se mezclaban en su cabeza, de manera intermitente, todo tipo de razonamientos y criterios, con los ropajes de los valores y los delitos, decidió hablar con su padre, el buen Leonardo, contándoselo todo, sin ocultar detalle alguno.

“Hijo mío. Me he esforzado siempre en educarte, para que seas y te comportes como una persona honrada. Ese gran valor en la vida que nunca se debe perder. Aplica tu buena conciencia a esa decisión que habrás de tomar. Puedes perder el dinero, pero nunca pierdas la dignidad personal”.

En la mañana del segundo día que le habían dado para su decisión, Higinio llamó a un número de teléfono que le habían dado. Al otro lado de la línea reconoció la voz, algo atiplada, de Aniceto.

“Buenos días, Sr. Laviarca. Tras reflexionar serenamente la propuesta que antes de ayer me formuló y aunque me es muy necesaria esa compensación económica que me entregarían por mi colaboración, básicamente para sustentar mi vocación de escritor, con la publicación de mi primer trabajo literario, considero que no debo traicionar o manchar mi conciencia, escribiendo una novela para que otra persona, por muy importante que sea, la firme con su nombre. En consecuencia, declino mi participación en ese triste juego del “negro escritor”. Por supuesto que le aseguro, soy un hombre de palabra, que de mi boca no va a salir palabra alguna, sobre este complicado y difícil asunto. Esta es mi firme postura.”

Tras unos segundos de “crispado” silencio, desde la otra parte de la línea telefónica, Aniceto Laviarca planteó una contraoferta (el plan B que tenía preparado).

“Sr. Santos, vamos a plantear el asunto de otra forma, ya que lógicamente contábamos con la respuesta que acaba de hacernos. Por esa misma cantidad, le “compramos” la autoría de Sendas Oníricas, que de inmediato sería publicada, con la autoría de Pelayo Salvatierra. Incluso, si su respuesta es afirmativa en este preciso momento (no podemos dilatar más tiempo nuestra oferta) estaríamos dispuesto a incrementar la cantidad inicialmente acordada en 50.000 euros más. ¿Qué tiene que respondernos?”

“Esta vez, Sr, Laviarca, no me es necesario meditar muchas horas para atender a su pregunta que me hace. Con firmeza, no exenta de elegancia, le sugiero busque a otra persona que se adapte a sus “maquinaciones” que considero personalmente humillantes y plenas de indignidad. Es obvio que necesitaría ese dinero, o parte del mismo, a fin de poder publicar ese libro cuya autoría Vds. pretenden suplantar. Pero me sentiría muy mal si aceptara vender todo mi esfuerzo y creatividad por “un plato de lentejas”. No me sentiría feliz, ni mi conciencia me dejaría descansar durante la noche o el día. Sentiría en cambio vergüenza y no podría mirarme al espejo, con esos ojos manchados de indignidad. Entiendo que la figura del Sr. Pelayo Salvatierra, con sus finanzas, sus acomodadas amistades y su proyección pública, necesite ese capricho de lucir un valor que no le pertenece y quiere comprar con su “rebosante” cartera. Continúe haciendo el Sr. Salvatierra eso para lo que es un maestro: parasitar en ese especial contexto social en el que se siente tan a gusto. Esa capacidad literaria, de la que carece, se tiene o no se tiene, pero en mundo alguno de puede o debe comprar. Adiós Sr. Pelayo. Adiós Sr. Aniceto. Deben llamar a otra puerta”.

Ocho meses más tarde, Higinio caminaba una mañana hacia la parada del bus municipal. Esa línea 11 que lo iba a trasladar a un prestigioso colegio de titularidad privada, en donde dos días a la semana impartía un cursillo de técnicas para la composición literaria, a los alumnos de 2º de bachillerato. Antes de llegar a la parada correspondiente, en la Alameda principal malacitana, pasó por delante de un puesto de prensa. En los expositores lucían las revistas semanales de la popularmente denominada “prensa del corazón”. En todas ellas se mostraba en portada la foto de Pelayo Salvatierra, con un libro en sus manos. Esa su primera novela llevaba el sorprendente título de CAMINO DE LA VERDAD. El rostro del afamado financiero rebosaba felicidad, no exenta de esas “gotas” de picardía, que traslucían sus, ya algo envejecidos, ojos. Higinio sonrió y a pocos pasos esperó la llegada del bus que le llevaría al colegio de los jesuitas de El Palo.  Cuando viaja en ese trayecto hacia el Este de la ciudad malacitana, pensaba en ese modesto y necesitado “negro” que habría escrito el libro al afamado financiero e irresistible playboy.

El Sr. Salvatierra ya había podido conseguir el capricho anhelado de su “acomodada” vida, tesoro comprado con su abundante capital. Pero Higinio Santos, con su dignidad impoluta, también ha podido, al fin, publicar Sombras Oniricas, con la ayuda del Instituto Municipal de la Cultura. También el virtuoso joven escritor ha logrado volver al mundo universitario. Imparte, en la actualidad, la materia de Historia de la Literatura y técnicas Literarias, en la Facultad de Filosofía y letras, en donde ejerce como profesor ayudante, mientras elabora su tesis doctoral, sobre la vuelta al neorrealismo social en la literatura del siglo XXI.- 

 

 

 

SOMBRAS ONÍRICAS

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 02 febrero 2024

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