viernes, 31 de marzo de 2023

LA ÚLTIMA VENTA DEL DÍA.

En la actividad comercial no es improbable que alguna situación peculiar se produzca, de manera especial en lo que se conoce o denominamos pequeño comercio. Nos estamos refiriendo al caso de que, durante un determinado día no festivo y durante el horario de apertura del establecimiento, no entre cliente alguno en la tienda, para mirar, consultar o comprar algún artículo. En una gran área comercial este duro episodio puede parecer casi imposible, pero en el comercio minoritario se puede dar este hecho, ciertamente “desalentador” para el dependiente y, también por supuesto, para el propietario de la entidad. En este contexto va a quedar enmarcado el contenido de nuestra historia o relato semanal.

Como cada día realizaba, entre lunes y sábados y a las diez en punto de la mañana, hora de apertura del establecimiento, Eulalia (Lalia) Garcerán había elevado las persianas metálicas de la tienda de artículos de regalos LA ESTRELLA, introduciendo la llave en el cajetín que articula dicho mecanismo. Esta ya veterana dependiente, 53 años, llevaba trabajando ininterrumpidamente en aquel popular y céntrico comercio de la capital malagueña desde hacía casi una década. Obviamente, a esa hora temprana de la mañana no había clientes esperando la apertura del comercio.

Lalia, que convive con su madre Dorotea en el mismo piso en donde ella nació, permanece soltera, aunque hace años tuvo un pretendiente que era también auxiliar administrativo en una gestoría en donde ambos prestaban servicio. Sin embargo, aquella “formal” relación no cuajó, pues una compañera, de espectaculares atractivos físicos se interpuso entre ellos, “arrebatándole” ese novio que ella tanto apreciaba. Dorotea es viuda de Mario, que trabajaba como obrero estibador portuario. Con la pensión de su madre y los trabajos que ella ha ido desarrollando, ambas mujeres pueden mantener un nivel de vida modesto, aunque suficiente para sus normales necesidades.

Esta dependienta es persona algo tímida, aunque trata de disimularlo, de manera especial, cuando atiende a la clientela que acude a la tienda, en la que buscan algo bonito, de “buen precio” y “aparente” para regalar o para decorar alguno de los rincones de sus hogares. Aunque este comercio pequeño no la obliga a llevar uniforme, ella procura vestirse con la adecuada elegancia, pues los clientes que principalmente acuden son, generalmente, de un estatus social medio/alto. Pero esa elegancia que busca la operaria no va paralela a la modernidad. Como alguna vez le ha insinuado, con un cierto desagrado, la propietaria del establecimiento, Miranda Torralva “Lalia, te vistes un tanto a lo “antiguo” perjudicando ese aire moderno al que nunca debemos renunciar”.

Siguiendo la rutina diaria, hoy un lunes casi primaveral, lo primero que ha hecho esta operaria, tras la apertura de las persianas, ha sido la limpieza del suelo de la tienda, en cuyos estantes, mesas y mostradores se densifican y lucen decenas y decenas de objetos para comprar, ya que se trata de un establecimiento especializado en esos regalos para los cumpleaños, bautizos y , sobre todo, para los enlaces matrimoniales, con esas largas listas de bodas tan propicias para aparentar y quedar bien. Pero lo que Lalia no sospechaba, en ese lunes de marzo (nunca le había ocurrido) es que ese día iba a ser un tanto especial, desde un punto de vista profesional.

Durante el horario de mañana, entre las 10 y las 13:30 no entró persona o cliente alguno en la tienda. Ni tampoco lo hicieron esos habituales repartidores de paquetería y mensajería que traen material encargado por Internet o correo ordinario.  El cartero, con su carrillo de la correspondencia, no tenía ese día correspondencia que entregar en ese número de la calle. Lalia trataba de explicarse esta anormalidad pensando en que, al ser lunes, los posibles clientes estarían ocupados en atender otras necesidades más perentorias, como por ejemplo llenar la despensa con la cesta de la compra. Como era una trabajadora de naturaleza activa, fue cubriendo su amplio tiempo de espera tras el mostrador, realizando diversas actividades, todas necesarias y también para cubrir su entretenimiento. Entre esas acciones, estaba la de limpiar el polvo de los objetos, reordenar algunos espacios y expositores, especialmente en los dos escaparates de la tienda, repasar la lista de pedidos, controlar las facturas y el cuadre de caja y, también, manejar su propio portátil, atendiendo a los mensajes de algunos correos pendientes, etc.

Esa situación tan peculiar durante el horario de mañana, en la que no hubo clientes a los que atender, se repitió durante la tarde. El horario de esta segunda parte de la jornada comenzaba a las 17 horas, tras el necesario descanso para el almuerzo, quedando establecido el cierre del comercio a las 20:30. Las horas vespertinas fueron calcadas de las matinales. Pasaban los minutos sin que por el quicio de la puerta pasara persona alguna, salvo la propia dependienta. Para un comercial, encargado o propietario, resulta siempre un tanto desalentador esta “anormal” ausencia de clientela, aunque por la naturaleza de este negocio puede entenderse que no haya una afluencia masiva de compradores, salvo en fechas muy señaladas. Sin embargo, estaba bastante cerca la fecha del 19 de ese mes, celebración del día del padre, los José y las “Pepitas o Josefinas” y en La Estrella, establecimiento especializado, había todo tipo de regalos apropiado para tan señalada y popular festividad. Entre otros ejemplos, marcos para fotos, ceniceros, carteras y billeteras de piel, atriles de metacrilato, cuberterías, jarrones, maceteros, sillones articulados, cojines, lámparas diversas en formato y material, estuches con estilográficas y bolígrafos de plata, lujosos pastilleros, óleos y acuarelas enmarcadas con especial ornato, mesitas para centro de salón, etc.

Las horas iban pasando y Lalia se sentía un tanto incómoda, soportando una sensación de nerviosismo mezclado o aliado con el aburrimiento. A eso de las siete y pico, llamó Miranda, la propietaria de la tienda, lo que solía hacer cada día para preguntar como estaban siendo las ventas o si había alguna novedad especial. Cotidiana pregunta, a la que Lalia respondió con una escueta frase: “esa es la novedad, la de ausencia absoluta de personal. No me explico cómo no ha entrado nadie en la tienda. Sólo algunas personas que se han parado en la acera, apenas unos segundos, parea mirar los escaparates”.

“Bueno, mujer. No hay que preocuparse. Para el 19 de este mes faltan solo cinco días. Hay muchas Pepas y Pepes en el listín telefónico. A medida que nos acercamos a tan señalada efemérides, es muy probable que la clientela “llene” la tienda. Nuestro comercio tiene un prestigio bien consolidado, tanto en tiempos de mi difunto padre, como en la actualidad. Vamos a tener paciencia, que a buen seguro que puede entrar un cliente en el momento menos pensado y hay que atenderlo muy bien, para que vuelva a la Estrella en otro momento para seguir haciendo sus compras. Los clientes “siempre tienen razón”, no lo olvides como mi padre me repetía un día sí y el otro también”.  

Eran ya las 20:25 de ese “aburrido” lunes. Lalia se dispuso a ordenar los papeles que había estado manejando durante la tarde, cerrando después algunos de los cajones de la mesa escritorio que tenía en una esquina del mostrador principal. Precisamente en ese momento se abrió la puerta de la tienda, entrando una señora mayor que se la veía ataviada con una gran elegancia. Tras identificarse como Clotilde Quincoces explicó que estaba buscando un regalo de boda, que deseaba enviar a unos “señores bien”, amigos íntimos de la familia. Quería hacerles un buen regalo para una hija que se les casaba, habiendo pensado en un juego de té acristalado en buena calidad. Por supuesto, añadía, acompañado de una adecuada bandeja de plata, que hiciera juego con la calidad de los vasos y tetera.

Viendo la hora que marcaba el reloj, muy cerca ya del cierre, Lalia se armó de paciencia. Se sentía feliz porque la “maldición” estúpida de ese raro día al fin se había roto, con la entrada del primer cliente, aunque fuese prácticamente a la hora del cierre. La “imperativa” señora miraba y repasaba los dos juegos de té que Lalia había sacado a la sala de exposición y venta, desde un pequeño almacén posterior o trastienda. Tras numerosos minutos de dudas y más preguntas, la Sra. Clotilde cambió de parecer y sugirió la conveniencia de otro tipo de regalo, argumentando que ninguno de ambos juegos de té que tenía sobre el mostrador le convencían. La señora añadió otra posibilidad:

“¿Y por qué no vemos algunos marcos fotográficos de piel y plata, para colocar en ellos fotos familiares? El novio es doctor en medicina y podría irle muy bien este regalo en su despacho. Repito que son gente bien”

Lalia, sin perder la sonrisa, pero sintiéndose cansada por la hora (ya era las 20:50) pues estaba prolongando su hora laboral más de 20 minutos, puso delante de la Sra. un precioso marco fotográfico, que se acomodaba muy bien a las características que la cliente había planteado. Clotilde lo estuvo observando una y otra vez y no pasó mucho tiempo sin que comenzara a ponerle faltas (que la piel del revestimiento era demasiado oscura y que en su opinión no era de mucha calidad, también discrepaba del formato, porque lo “veía” demasiado grande”, exasperando, lógicamente la paciencia de la solícita pero cansada dependienta.

Cuando a doña Clotilde se le ocurrió comentarle acerca de la posibilidad de un buen y gran jarrón de cerámica vidriada y esmaltada, para ubicarlo en la entrada de la casa, en la que haría función de paragüero o bastonero, Lalia ya no pudo aguantar más, expresando lo siguiente con educada firmeza y convicción.

“Señora, la tienda tiene un horario de cierre a las 20:30. Ya ha pasado de esa hora más de cuarenta minutos. Se lo digo sin acritud, pero comprenda que yo cumplo un horario laboral. Si le parece bien, puede volver mañana martes, en que le atenderé con toda mi dedicación. Abrimos a las 10 en punto y estamos hasta las dos de la tarde”.

En ese momento, Clotilde montó en cólera, manifestando que le parecía una incalificable falta de respeto la postura de la empleada. Que sentía como si se la estuviese echando, exigiendo de inmediato que le mostrase el libro oficial de reclamaciones, para dejar constancia por escrito del hecho que estaba “padeciendo”. Se sentía muy enfadada y afectada. Lalia, tratando de no empeorar la situación, se disculpó, pero la cliente exigía de manera terminante el libro para escribir su reclamación. Finalmente, tuvo que acceder, procediendo la Sra. a rellenar el pliego u hoja oficial. Una vez redactada su motivación, abandonó muy ofendida el local, indicando a viva voz que no volvería a poner los pies en un establecimiento que la traba con tan patente descortesía. Previamente Lalia le había entregado una copia sellada de su escrito, manteniendo un prudente y respetuoso silencio.

Tras cerrar el establecimiento, bajando las persianas protectoras de los escaparates, se dirigió a su domicilio. Se encontraba intensamente cansada y dolida por la insólita situación que había tenido que soportar durante ese día, verdaderamente no muy afortunado. No le era ajeno que esa reclamación/denuncia oficial, aunque la consideraba profundamente injusta, le podía crear severos problemas con Miranda, su jefa y propietaria del negocio. Era la primera reclamación oficial que protagonizaba como agente, durante los nueve años de trabajo en la tienda. Aquella noche apenas pudo conciliar un sueño continuo. No se había atrevido a telefonear a Miranda, pues temía la reprimenda que iba a recibir cuando ésta conociera los hechos. Apenas tenía apetito para cenar. Tuvo que tomarse la infusión relajante que le preparó su madre, quien trataba de consolarla, tras haberle narrado su hija la desagradable escena que había mantenido con esa única y tardía cliente del día. El día 14 de marzo había sido una aciaga jornada, que era mejor olvidar. Los relajantes al fin hicieron su efecto y Lalia pudo ir descansando, pero a intervalos espaciados por el fuerte sofoco.

Paralelamente en el tiempo a esta situación en el domicilio de Lalia, dos personas hablaban por teléfono. Eran dos mujeres, que conservaban una antigua amistad. Escuchemos a una de ellas:

“Según me cuentas, has interpretado perfectamente tu papel. Tus años de actividad teatral te han ayudado, obviamente. Siempre te he considerado una gran artista. Esa reclamación por desconsideración con un cliente no irá a ninguna parte, pero yo la utilizaré para forzar el despido, después de otra trama que tengo entre manos contra esta dependienta. Y no dudes que cuando al fin la fuerce al despido, tendré en cuenta a tu sobrina Benigna, para este puesto de trabajo que va a quedar vacante. Necesito como revulsivo, para “renovar“ y dinamizar la tienda, a una persona mucho más joven y atractiva que esta dependienta “anticuada” que lleva conmigo casi una década. Quiero cambiar el decorado del establecimiento, y no solo los muebles y la estructura, sino también a la persona que suma muchos años detrás del mostrador”.

Lo que ocurrió aquella noche en la conciencia de Clotilde es un críptico misterio, difícilmente inteligible para la reacción de los humanos. A las 10:15 de la mañana del martes, volvió a franquear la puerta de la Estrella, ante la mirada asombrada de Lalia. Se disculpó muy correctamente con la atribulada dependienta. Rompió delante de ella la copia de la reclamación que había escrito en la tarde/noche anterior. Posteriormente le narró con brevedad el trasfondo de su comportamiento, del que manifestaba se sentía bastante avergonzada. Cuando Lalia conoció la perversa acción que estaba desarrollando su jefa, tomó la firme decisión de abandonar, motu proprio, su puesto laboral. Pero semanas después, con su finiquito en mano, tuvo una importante entrevista con el jefe de personal de unos grandes almacenes, que le propuso en principio un contrato semestral de trabajo, para que dirigiera la nueva sección de listas de boda y celebraciones. Valoraba en ella su experiencia, elegancia, delicadeza y responsabilidad ante las exigencias del puesto laboral.

Lalia no tuvo que soportar nunca más la insólita experiencia de un día comercial sin público en su sección.

 

LA ÚLTIMA VENTA

DEL DÍA

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 31 marzo 2023

                                                                                Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

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viernes, 24 de marzo de 2023

LA RECIA MANZANA DE LA AMISTAD

Hay hechos que parecen nimios o de escasa relevancia y sin embargo traen, en las alforjas dictadas por el destino, unas posibilidades o beneficios que, en modo alguno, eran previsibles para el autor que los ha protagonizado. La frecuente, cómica e incómoda experiencia de intentar pelar y cortar una pieza de fruta, utilizando un cuchillo que carece del afilado necesario, está en el origen de la historia que sustenta nuestro relato compartido de esta semana.

A sus 65 años, Cándido Biempica se había convertido en un veterano profesional jubilado de la Compañía Renfe, empresa pública de ferrocarriles para la que había trabajado como revisor durante casi cuatro décadas. Sus principales funciones, realizadas siempre con proverbial y racional diligencia, consistían en controlar los billetes de los viajeros que subían al tren, mantener el orden necesario dentro de los numerosos vagones que constituían los “convoyes”, resolver los problemas de ubicación de los pasajeros y, también muy necesario, atender las variadas preguntas y necesidades planteadas por los usuarios de los distintos trayectos ferroviarios.

Su matrimonio con Fina había sido ejemplar y feliz.  La naturaleza de su trabajo le obligaba a estar ausente del hogar durante muchas jornadas, ya que las necesidades del servicio le hacían tener que desplazarse a líneas y puntos geográficos muy diversos en el organigrama viajero de la compañía de trenes. Pero ese destino que a todos nos contempla quiso ser cruel en esta etapa crucial de su existencia. Un año antes de su jubilación su amada Fina se le fue al mundo de los cielos, debido a inesperadas y graves complicaciones orgánicas. Esta dura situación sumió en un profundo desconsuelo a la buena persona que representaba este responsable factor de la compañía pública de transporte. Desde entonces vive solo, por íntima decisión personal, en el piso familiar que siempre había compartido con su mujer e hijo. A pesar de la insistencia de su único descendiente, Roberto, para que “cerrara” la vivienda y se fuera a vivir con él y su mujer, además de dos hijos pequeños, el funcionario ferroviario se negó repetidas veces a aceptar la generosa propuesta que se le hacía. Pensaba que no debía molestar la convivencia e intimidad de una familia, aunque les uniera la proximidad genética que vinculaba a todos sus miembros. Desde esa luctuosa pérdida familiar, Cándido procura organizar bien su tiempo en este periodo nuevo de la jubilación, a pesar de que son muchas las horas del día en que tiene que afrontar el siempre indeseado trauma de la soledad.

Roberto se esforzaba en sugerir y aconsejar a su padre distintas actividades, con las que ir llenando de manera inteligente este nuevo amplio tiempo libre, dominado por las opciones del ocio. A pesar de que Cándido se había pasado gran parte de su vida “viajando” profesionalmente en los trenes, le sugirió que continuara haciéndolo, pero de una forma organizada para el disfrute y el entretenimiento. Como su estado de salud era aceptablemente bueno, le comentó y animó con los incentivos que podía encontrar en el programa vacacional del Imserso, vinculado al Ministerio de derechos sociales. Fue el propio Roberto quien acudió a la agencia de viajes Nautalia, en Málaga, a fin de que apuntaran a su padre para el interesante programa de viajes. Veía que con esta y otras opciones Cándido se mantendría sana y activamente distraído, en unos momentos en que la amplitud de su tiempo hacía más amargo la ausencia de su esposa y madre Josefina.

Tuvo suerte el jubilado de la Renfe o Adif. A las dos semanas de esas gestiones, Roberto recibió una llamada de la agencia, para informarle que había “huecos” para un viaje vacacional para mayores a la localidad almeriense de Aguadulce, un destino muy atractivo en los albores de la estación primaveral. Sin esperar a la respuesta de su padre, lo inscribió como viajero para disfrutar de una estancia de ocho días, con transporte, pensión completa y un gran organigrama de ocio en un gran hotel con calificación de cuatro estrellas, doce plantas de altitud, piscina climatizada y un divertido programa de entretenimiento y actividades deportivas muy completo para los afortunados residentes en el atractivo complejo turístico.

Apenas en cinco minutos, ya había convencido la inicial testarudez de su progenitor, por lo que éste viajó a los pocos días, junto a otros 52 participantes, desde la estación de Autobuses malacitana, camino de esa popular localidad turística en el oeste almeriense. Ya en el Hotel Indalo, Cándido se fue integrando paulatinamente en los paseos grupales e individuales por un largo y bello paseo marítimo, algunas excursiones opcionales (como la visita al entorno del Cabo de Gata o una interesante visita a un grandioso cultivo bajo plástico) y las bien organizadas actividades recreativas, desarrolladas básicamente por las tardes en el hotel, a partir de las cinco: pequeños ejercicios de mantenimiento físico, aprendizaje de diversos pasos de bailes, tiro con dardos y con arco, juegos competitivos de dominó, parchís y cartas de la baraja, etc. Pero cuando fue a disfrutar su segundo almuerzo en el hotel, fue protagonista de una curiosa experiencia, plena de contrastes y matices, que insospechadamente iba a ser relevante para su vida.

Es preciso aclarar que Cándido y Fina nunca habían sido muy proclives a comer fuera de su casa. Ambos esposos entendían y practicaban que los alimentos caseros eran siempre más beneficiosos para la salud. La disponibilidad salarial de esta familia era limitada (Cándido defendía que era él quien tenía que mantener a su familia, por lo que Fina nunca trabajó fuera del hogar). También disfrutaban ese estar juntos en la paz y tranquilidad de su vivienda, por lo que no eran asiduos para salir del hogar familiar a fin de ir a comer a un restaurante, por muchos incentivos que éste tuviere. Cuando Cándido viajaba, lo que era más que frecuente por su profesión de revisor, Fina siempre le preparaba una fiambrera con todo aquello que sabía gustaba a su amante y fiel marido,

Al entrar en el restaurante del hotel, el ferroviario jubilado se encontró con un espectacular buffet, tanto para los entrantes, como para los guisos calientes y platos principales de carne o pescado, más una extensa mesa repleta de atractivos y variados postres, todos ellos muy golosos para el buen paladar. Aunque era bastante “dulcero”, tras un primer día en que se “atiborró” de pasteles en los postres, al día siguiente su conciencia y responsabilidad le indujo a tomar algo de fruta, de la que generosamente se ofrecía en el buffet. Entonces tomó su plato, se dirigió a la gran mesa de los postres y, además de coger un pequeño pastel de tarta de chocolate (atracción irrefrenable), eligió una bien conformada manzana, color rojo, muy fresca y sin mácula alguna en la brillantez de su piel.

Volvió pausadamente a su mesa, llevando con gozo su plato con los dos postres a modo de “trofeo”. Comenzó con el pastel, del que dio buena cuenta en no más de un breve minuto. Entonces llegó el turno de la voluminosa manzana. Tomó el cuchillo de acero inoxidable, que no había utilizado durante el almuerzo, disponiéndose a pelar la bella y apetitosa fruta. Hizo un par de intentos, pero el brillante cuchillo no “cortaba”. Con discreción, pues su mesa estaba rodeada por la de otros comensales, fue a buscar otro cuchillo que “sirviera” para el pelado frutero. Comprobó para su “desesperación” que ese segundo cuchillo tampoco estaba afilado. De un vistazo pudo observar que el resto de los cubiertos “cortantes” tampoco podían cumplir con el fácil y natural objetivo de pelar una manzana. Los cuchillos puestos a disposición de la clientela sólo eran útiles para “cortar” el queso blando o para untar mantequilla o paté.

Al pobre Cándido se le subían los colores en el rostro, porque era consciente de que las mesas cercanas observaban las cómicas dificultades que estaba encontrando para pelar y comer la manzana. Precisamente, algunos comensales que habían elegido ese fruto se la estaban comiendo a bocados, utilizando sus buenas dentaduras. Él no podía hacer lo mismo. En su caso la situación era algo más compleja, pues tenía algunos implantes y puentes dentales en su boca a los que no era conveniente someter a fuertes ejercicios, pues había que masticar una fruta que ofrecía una cierta dureza. Entonces optó por una solución lógica. Pidió ayuda a un joven camarero que limpiaba y organizaba aquellas mesas en que los comensales ya se habían retirado. Indicó a este personal de servicio si podía facilitarle un cuchillo que “cortara de verdad”. El camarero, tal vez porque no había sido formado en una escuela de hostelería o también porque estuviera un tanto atareado y cansado del denso servicio que tenía que cumplir, le respondió, medio en broma, con una pícara sonrisa: “abuelo, el cajetín de los cubiertos está bien lleno. Busque el cuchillo que más le agrade, porque no hay otros”.

Se sintió un tanto avergonzado con la ingrata respuesta, que desde luego era bastante descortés y había sido pronunciada a viva voz. Aunque lo que más le afectó fue escuchar alguna que otra carcajada, comentarios y risas a sus espaldas. Percibía que muchas miradas estaban centradas en su persona y que estaba haciendo el ridículo delante de tanta gente. Su estado de ánimo decrecía por instantes. Pero en fracción de segundos, su falta de suerte comenzó a cambiar. Una delgada y esbelta mujer, de mediana edad, se aproximó a la mesa que él ocupaba. Con una sonrisa en los labios, le puso en sus manos una pequeña navaja, de las que se fabrican en Suiza y con el escudo de ese emblemático país alpino.

“No se preocupe, amigo, que yo también he tenido ese problema. Lo he resuelto fácilmente. Siempre que viajo, echo en la mochila una pequeña navaja, de esas que sirven para cortar. Compruebe ahora con qué velocidad y perfección puede ahora prepararse la fruta, para disfrutar con la apetitosa manzana. Y olvídese de las bromas de la gente, pues hay algunos que se comportan como niños. ES inexcusable respetar a las personas. La buena educación hay que demostrarla en todo tiempo y lugar”.

También en segundos, los comentarios, las risas y las miradas focalizadas en Cándido cesaron. Algún comensal se sintió señalado, pues las palabras de esta clienta del hotel habían sido perfectamente audibles por la zona. Ya más tranquilo, el veterano trabajador de los trenes tomó la navaja y se dispuso a pelar la pieza de fruta, no sin antes agradecer a la generosa mujer el buen gesto que había tenido con él. ¿Pero quién era esta mujer?

Nela, 52 años, trabajaba como auxiliar de enfermería en el Hospital universitario Virgen de la Victoria, en Málaga. En esos días de primavera, acompañaba a su tía Eloisa, 71 años, durante una semana vacacional desarrollada también por el programa Imserso. Era una persona de trato agradable y generoso. A la altura de sus años, permanecía soltera, pues había tenido hasta tres experiencias relacionales a lo largo de su vida, todas ellas frustradas, según ella por la inmadurez de sus jóvenes pretendientes. Gozaba de un bello cabello castaño oscuro, ojos gises claros, mirada serena y un semblante con esa media sonrisa que no disimulaba una íntima tristeza, ya que vivía sola desde que sus padres fallecieron hacía ya más de una década.

Cándido aprovechó el resto de esa tarde para visitar algunos comercios de la localidad, en los que compró dos artículos, necesarios e ilusionados. En una tienda de regalos, encontró una pequeña y bonita navaja, con el nombre de Aguadulce grabado en el nácar celeste de su empuñadura, “instrumental” que a partir de esa noche siempre llevaba consigo cuando bajaba al restaurante para desayunar, almorzar o cenar. Ya no iba a tener más problemas con esa fruta, cuya piel no era fácil de pelar con los filos escasamente cortantes de los cuchillos que el hotel ponía para el servicio de los comensales. La segunda compra realizada fue una gran caja de bombones, de una marca consolidada en el mercado chocolatero que, en la cena de esa misma noche, entregó a Nela, la cual se sintió muy halagada con tan elegante gesto.

Durante los siguientes días, Nela y Cándido aprovecharon cualquier oportunidad que el programa vacacional ofrecía para entablar muy gratas conversaciones sobre temas diversos, diálogos en los que cada uno de los dos nuevos amigos aportaba datos y vivencias de sus respectivas personas. Así se iban conociendo un poco más, en esa identidad que los aproximaba en la verdadera∫ amistad. En ese momento de sus respectivas vidas, eran dos seres humanos profundamente necesitados de afecto, amistad y ese cariño que nos vitaliza y sosiega.

Cuando llegó la hora de la vuelta a Málaga, se intercambiaron los números telefónicos a fin de poder seguir manteniendo ese fructífero contacto que tan bien habían sabido desarrollar durante el idílico paraje turístico de la provincia almeriense. Lo curioso del caso es que habían viajado, desde la capital malagueña, en el bus que los trajo al destino vacacional sin contactar o conocerse, hasta que, en la cena del segundo día, una fruta que “se resistía a ser pelada” los unió en una proximidad que les satisfacía y vitalizaba. Doña Eloisa comprendió sagazmente este recíproco vínculo que relacionaba a su sobrina con un señor mayor, jubilado, viudo y solitario, pero siempre amable, cordial y afectivo. Efectivamente había entre ellos una notable diferencia de edad, pero esos trece años que marcaban sus respectivos carnés de identidad no impedían el milagro o el mágico capricho del destino para que dos almas solitarias encontrasen esa posibilidad de enriquecer sus vidas en lo fraternal, en la amistad y quizá también … en el amor.

En el discurrir de los meses, Nela tuvo que seguir atendiendo, lógicamente, a sus obligaciones laborales en el gran hospital universitario, mientras que Cándido esperaba esa postrera oportunidad para la ilusión que había encontrado de la forma más inesperada y oportuna, para tener una respuesta a esa sucesión de amaneceres, en el que cada día parece igual que ayer y precursor de un mañana sumido en el ocre nublado de la rutina. De manera especial, eran los fines de semana los días gozosos en los que ambos “enamorados” o necesitados del calor fraternal podían estar juntos, para abandonar los teléfonos y poder intercambiar las palabras, los gestos, las miradas de una manera directa, transparente y cada vez más afectiva.

Nela encontraba en su pareja esa madurez, buen trato y el cariño sosegado, que ofrece una larga experiencia en la trayectoria vital, recorrida en los centenares de vagones viajeros de aquí a cualquier parte. Para Cándido, esa íntima amistad de “horario tardío” suponía rejuvenecimiento, alegría, calor humano y esa confianza que enriquece y motiva para seguir caminando sin desfallecer hacia el mañana que el destino caprichosamente dictamine.

Pero un viernes de otoño, cuando tras prepararse la cena Cándido encendía la televisión para ver una película española que parecía iba a estar bien, recibió una llamada de su íntima Nela. Pensaba que iba a darle las buenas noches, como cada día hacía para desearle lo mejor. Pero esa noche la escuchó y percibió profundamente diferente, nerviosa, tal vez emocionada. Como en la mañana del sábado tenía turno en el hospital, le pedía poder adelantar la hora usual de encuentro de ese día por la tarde (solían reunirse a partir de las 7) ya que tenía que confiarle una emocionante noticia. Quedaron entonces para las cinco, delante de la puerta de la iglesia de Stella Maris, en la Alameda principal. Ella venía del barrio del Cónsul en el bus número ocho. El lo hacía desde la barriada del Palo, en el bus número 11. Al encontrarse se besaron como solían hacer y caminaron pausadamente hacia ese puerto de mar, que tanto les gustaba recorrer cogidos de la mano y respirando la saludable brisa marina con aroma de salitre y color anaranjado por la despedida del sol. Veía a su amiga, compañera, tal vez “novia” o persona fraternal con los ojos muy brillantes, y los latidos acelerados en las palabras y en los gestos.

“Candi, hacía una semana que te lo quería decir, pero … no me atrevía, temiendo que todo volviera a caer en la cruda realidad de lo imposible. Pero esta vez parece que todo puede y va a cambiar. Creo haber encontrado el amor, en un nuevo compañero de trabajo, llamado Acacio, que rompió con su mujer hace medio año, por asuntos de infidelidad. Tras un largo proceso depresivo, quiere rehacer su vida y cree que yo puedo ser esa persona que tanto necesita para estabilizar su existencia. Es un par de años menor que yo, persona trabajadora, buena y de cuerpo bien parecido. Creo que el destino me ha hecho justicia al fin para encontrar esa pareja que tanto me puede estabilizar, a fin de formar una familia. Quiero que tú, mi gran, noble y fiel amigo, sea el primero en saberlo. Pero te aseguro, querido Cándido, que este vínculo afectivo nunca romperá nuestra íntima amistad. Para mi eres y serás como un padre y un guía certero, en estos tiempos convulsos de la duda y la insolidaridad”.

Cándido serenamente sonrió, ayudándose de sus muchos años de experiencia, para disimular los sentimientos frustrados que dominaban su creencia y necesidad. Una suave llovizna había comenzado a caer sobre la ciudad. -

 

 

LA RECIA MANZANA DE

LA AMISTAD

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 24 marzo 2023

                                                                                Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

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viernes, 17 de marzo de 2023

LA DIFÍCIL DECISIÓN DE IRIS

La influencia del entorno ambiental puede ser más importante de lo que parece, en muchas de nuestras respuestas ante la vida. Veamos un fácil ejemplo. Hay abundantes razones que nos estimulan para emprender la aventura viajera. No es cuestión de desgranarlas aquí, una por una. Sin embargo, una de las motivaciones, verdaderamente significativa que encontramos para trasladarnos a otras geografías, siquiera sea por unos días, es precisamente la necesidad imperiosa de “cambiar de ambiente”. Lo hacemos no sólo para vitalizar nuestro cuerpo, sino también para “alimentar” ese estado anímico al que percibimos un tanto degradado, cansado o “aburrido. Podemos viajar lejos o más cerca. Pero también aplicamos esa necesidad de cambio en los paseos, en las visitas o demás actividades que realizamos, en el seno de nuestra propia ciudad. En este contexto introductorio, nace la historia o relato de esta semana.

MODESTO Aliaga, 33 años, graduado en filología hispánica por la UMA, ejerce actualmente como profesor contratado en un centro público de enseñanza secundaria. Aunque es natural del municipio de Casarabonela, en la comarca malacitana de Sierra de las Nieves, desde que comenzó sus estudios universitarios se instaló en Málaga capital, manteniendo desde entonces su residencia en un cómodo apartamento restaurado ubicado en el céntrico barrio de Lagunillas, entorno urbano notoriamente degradado en un número importante de sus antiguas edificaciones. Imparte las clases en un IES de la zona litoral, dedicando la mayoría de las tardes a su gran vocación: la redacción de una ambiciosa narrativa, con la que pretende construir la que, en su momento, pueda ser su primera novela

El profesor/escritor busca, de continuo, elementos de inspiración, para la que aplica esa máxima autoimpuesta de ir cambiando de escenografía de manera periódica. El plácido clima malagueño favorece sus intenciones de escribir en lugares muy diferentes y contrastados de la sociología callejera. Al llegar la primavera el estado del tiempo mejora, por lo que abandona su domicilio tras el pequeño descanso después del almuerzo, desplazándose con su cartera, bloc y numerosos bolígrafos a espacios abiertos y a ser posible en absoluto solitarios, pues necesita el contacto visual y anímico con todos esos seres que van construyendo la intimidad de sus vidas en el discurrir de los días. Ya por la noche quita horas al sueño, tecleando en su ordenador portátil el tejido de su narrativa, para lo que utiliza como base todas esas notas manuscritas durante la tarde, a las que va dando forma y sentido para la “ambición” de su obra.

Algunos fines de semana suele visitar a sus padres, Lázaro y Perpetua, quienes mantienen su vivienda en el bello pueblo que los ha visto nacer. Modesto no tiene pareja en su vida, aunque por su edad, no duda que algún día encontrará a esa compañera o compañero con el que compartir su existencia. Se siente en su naturaleza bisexual, pero es un sentimiento que mantiene inmerso en lo más recóndito de su privacidad: “el destino decidirá” suele responderse, cuando aborda esta importante temática de su personalidad. Tanto en el pueblo donde nació, como cuando sale al campo en el entorno malagueño, le agrada sobremanera pasear por la naturaleza. Sus padres, humildes labradores, se sienten orgullosos de que su único descendiente sea profesor de adolescentes y que entienda mucho de letras, teniendo en cuenta que ellos asumen con sencillez y paciencia el ser prácticamente analfabetos. Han dedicado la mayor parte de sus vidas al esforzado trabajo de la tierra, curtiendo su piel bajo el sol ardiente del estío o soportando el frío en los meses invernales. Todo su ímprobo esfuerzo lo han dedicado, con cariño y responsabilidad, a poder darle a su hijo una buena educación, sintiéndose ahora legítimamente “orgullosos” y felices.

En esos espacios alternantes que Modesto utiliza para ir escribiendo sus notas, apuntes y esquemas, que posteriormente desarrollará y redactará, ha encontrado un estupendo lugar para la observación, concentración y enriquecimiento visual y anímico. Se trata de la Estación Municipal de Autobuses. Allí sentado en uno de sus numerosos bancos, se encuentra cómodo y “enriquecido” dado el cosmopolitismo sociológico del lugar. En realidad, le hubiera agradado hacer lo mismo en la vecina y aneja Estación ferroviaria Málaga, María Zambrano, en el complejo Vialia, pero desde la reforma de este núcleo ferroviario nadie está autorizado pasar a los andenes, salvo el viajero que sea portador de un billete para tomar el tren. Sin embargo, un día solicitó hablar con el jefe de estación, para exponerle su sencillo y explicativo deseo de poder acceder a los andenes viarios, buscando un buen lugar para observar, anotar, pensar e incluso redactar. Razonó con fuerza y convicción ante la primera autoridad ferroviaria, don Raimundo Villada, quien, tras escuchar atenta y pacientemente al vital escritor y profesor, sonrió paternalmente, facilitándole una tarjeta mensual para que la usara cuando lo estimara necesario, conociendo los motivos que aducía el vocacional literato. “Cuando hayas escrito el libro, quiero tener un ejemplar y dedicado” le decía bromeando el comprensivo trabajador de Adif. Raimundo no tenía hijos y había enviudado recientemente. Tal vez por estas circunstancias de la vida, había tomado de inmediato un cariñoso aprecio a esa persona “tan formal” según sus palabras que representaba Modesto, prestándole la ayuda necesaria para que pudiera ir “componiendo” su primera novela. 

De esta sencilla forma, la mayoría de las tardes el joven profesor se desplazaba a los andenes de la estación malacitana. Tras pasar sin problema por el correspondiente control, buscaba un asiento apropiado para la visión, pues dedicaba los minutos necesarios a observar y analizar el comportamiento de los viajeros, en sus llegadas y también en sus partidas, para esos destinos en su mayoría ilusionados. Las imágenes y vivencias que pasaban ante su retina eran enriquecedoras y variadas y, en muchos de los casos, sugestivas. Alegrías y desánimos, prisas y esfuerzos para el transporte de los equipajes, palabras y frases con los contenidos propios del lugar, todo iba transcurriendo ante unos vagones que cumplían su misión de hacer más cortas las distancias, tanto en el tiempo como en la necesidad. Tras las imágenes, el discurrir de las palabras por esas libretas que se iban llenado de vidas e historias para entretener, “viajar” y reflexionar.

Así iban pasando las tardes y en una de ellas, cuando las flores se embellecen aún más con los aromas y colores primaverales, que endulzan el paladar de nuestros sentidos, el profesor escritor fue partícipe de una escena sin palabras, apenas unos susurros con el idioma de las miradas, que estuvo adornada de un profundo, sentimental y bello contenido.

Un tren AVE se disponía a partir, con dirección a la estación madrileña de Atocha, a las 19:30. El número de viajeros era abundante, pues ese día era el domingo de Resurrección. Muchos turistas volvían a la capital de España, tras la finalización de esa corta vacación primaveral de la Semana Santa. Por fortuna, el día había estado agradablemente soleado, aunque a medida que avanzaba la tarde el astro solar se iba despidiendo, cambiando los rayos áureos por ese anaranjado tan peculiar de los cítricos atrasados cuaresmales. Matrimonios, parejas, jóvenes, adultos y veteranos de la edad, sin que faltaran los niños, caminaban presurosos arrastrando o rodando sus maletas hacia los numerosos vagones que ese día conformaban el convoy viajero. Muchos de estos pasajeros del tren iban bien abrigados, pues la temperatura que se iban a encontrar en destino no era la misma que dejaban en la ciudad que tanto habían disfrutado. El móvil indicaba 4 grados C para la hora de llegada a Atocha. Faltaban menos de diez minutos para la salida del convoy, cuando Modesto se fijó en una pareja que permanecían abrazados a la altura del vagón número ocho, como ajenos a todo lo que “latía” a su alrededor.

La chica podría tener unos “veintipocos” años, mientras que el hombre aparentaba doblar la edad de esa compañera que a él fuertemente se abrazaba. En un principio, el escritor pensó que tal vez podría tratarse de un padre con su hija, aunque ese abrazo continuo, manteniéndose inmóviles al paso de los minutos, podría suponer que la relación entre ambos fuera un tanto especial. La joven no disimulaba las lágrimas que corrían por su rostro. Su compañero le acariciaba los rubios cabellos que recogía en una atractiva coleta. Los minutos seguían avanzando, mientras los dos enamorados mantenían su prolongado abrazo, ajenos totalmente al populoso entorno que los rodeaba. El andén número tres se iba quedando vacío de personas, pues los viajeros ya ocupaban los asientos que les correspondía. El tren estaba a punto de partir.  Modesto que estaba sentado en uno de los bancos laterales, separado unos 10 metros de la pareja, vio como el jefe de estación, Raimundo, se aproximó a estos dos viajeros que no subían al tren, para advertirles que iba a dar la salida. Entonces el hombre, de cuerpo delgado y aspecto deportivo, con el cabello ya entrecano, luciendo una pequeña barba, se desligó suavemente de la chica que con fuerza lo abrazaba, la besó en la frente y tomando su maletín que descansaba en el suelo, con ágiles pasos subió a ese vagón número ocho. A los pocos segundos el silbato del jefe ferroviario emitió tres imperativos sonidos, comenzando de inmediato el desplazamiento del convoy, que avanzaba muy lentamente por los raíles que dejaban escapar algunos chirridos al paso de las recias ruedas.

La chica permanecía inmóvil mirando con inmensa tristeza ese tren que se alejaba, camino de su destino en la capital española. Raimundo saludó una vez más a Modesto, como hacía cada tarde, diciéndole:

“Esa joven no ha querido o podido montarse en el tren. Lo curioso del caso es que ha perdido el billete, ya que lo ha tenido que mostrar para entrar en el andén de pasajeros. La dejaré unos minutos más por cortesía, pero pronto tendrá que abandonar este espacio, como está reglamentado”.

El avieso escritor, percibiendo que en esta escena podía haber una interesante historia, rogó a su amigo un poco más de tiempo para la joven entristecida.

“Voy a tratar de animarla, porque me da la impresión de que se halla como en estado de shock. Es la viva imagen de la tristeza y la orfandad. No me cabe duda de que en ese tren que ya ha partido va una persona de especial trascendencia para su vida”.

Dicho lo cual, se aproximó a la chica de los ojos llorosos y con extrema delicadeza le dijo, con voz baja y pausada, unas cálidas palabras para la ayuda: “Señorita. Si necesita ayuda, no dude en pedírmela”. Entonces se acercó el propio Raimundo, persona siempre genial en sus respuestas, ofreciendo a la chica y a su amigo el profesor un inesperado y sugerente regalo:

“Aquí tenéis un par de vales. Adif os invita a que toméis un café u otra infusión, en cualquier cafetería instalada dentro del recinto ferroviario y comercial. Té sentará muy bien esa merienda, pues se te ve con los ánimos muy degradados”.

Minutos después, Modesto e IRIS estaban sentados en una de las cafeterías del complejo. El aturdimiento y confusión de la joven era de preocupante calibre. La cálida infusión pareció por un momento que la revitalizaba. Durante la hora siguiente, ambos “desconocidos” estuvieron dialogando, aunque el profesor tuvo que echar mano de sus habilidades para ir sacando las palabras a una joven que no podía disimular el sufrimiento que le albergaba. Su experiencia en el trato con adolescentes le fue sumamente útil para romper ese muro de silencio que Iris mostraba en su profunda y desolada confusión. Inesperadamente, la chica mostró su necesidad de desahogarse, hablando y explicando su circunstancia a ese convincente “amigo” que se había prestado a ayudarla, con sencilla y fraternal generosidad. ¿Qué misterios había en la historia de Iris Oloria?

RAMIRO Ares Eliarca, profesor titular de la Universidad Complutense madrileña, en el verano del 22 vino invitado para impartir uno de los cursos de verano organizados por la UMA. El “breve” título del muy interesante curso era: Sociología del abandono residencial de los centros urbanos y los nuevos comportamientos familiares en los barrios adyacentes. Las clases iban a tener lugar, durante dos semanas, en el Convento de Santo Domingo de Ronda. Entre los 42 matriculados se encontraba una universitaria del tercer curso de Sociología, la malagueña de 23 años, Iris Oloria.

Cada tarde, cuando las clases terminaban sobre las 19 horas, la organización de los cursos había promovido unos encuentros “convivenciales”, cuyo punto nuclear consistía en que los participantes y profesores cenaran en un restaurante típico de la bella localidad, denominado El Bandolero, muy próximo al famoso Tajo, sobre el río Guadalevín. Esas cenas concertadas, a muy buen precio, permitían la socialización de los participantes con los directores de los cursos. Aunque Ramiro ya había sentido el flechazo del amor de la primera clase, atracción irrefrenable hacia esa alumna rubia con los ojos celestes, que tomaba asiento en la primera fila del aula, que atesoraba el precioso nombre de Iris, en las cenas sucesivas el dinámico profesor buscaba la oportunidad de estar cerca de la juvenil alumna, cuya proximidad le “rejuvenecía” y vitalizaba. La respuesta de Iris en lo sentimental, con respecto a su adulto profesor, fue positiva o afirmativa desde el primer día.

La relación de Ramiro, 42 años, con su mujer Fuensanta, precisamente malagueña, nacida en Coín, profesora de un IES en Alcalá de Henares, se había ido paulatinamente desgradando, “enturbiando”, “enfriando” al paso de los 11 años de matrimonio. Ambos cónyuges tenían caracteres opuestos que, en muchas fases, trataron de compaginar. Él era más dulce, comedido, imaginativo y prudente, con respecto a su mujer, en la que predominaba su fuerte carácter impulsivo, realista, rutinario. A esta difícil conjunción no ayudó la frustrada llegada de la “cigüeña”. Fuensanta pertenecía a una muy acomodada familia coineña o coina, que gozaba de extensas propiedades agrarias en la importante comarca del Valle del Guadalhorce. La mujer de Ramiro, al ser la hija única, se había convertido en una rica heredera. De alguna forma, este factor también pudo influir en el interés del profesor de Geografía Urbana de la Complutense, orensano de nacimiento.

La ilusionada relación afectiva que iniciaron Iris y Ramiro, a pesar de su diferencia generacional, fue un “volcán” romántico entrado en sentimental y espectacular erupción. Ya desde los primeros compases relacionales entre alumna y profesor, éste prometió a su juvenil compañera su “firme” intención de resolver el vínculo que mantenía con su esposa. Tras la finalización del sociológico curso sobre la transformación humana de los centros antiguos, Ramiro aprovechaba los fines de semana para tomar el AVE y trasladarse a la capital de la Costa del sol, a fin de pasar unos “tórridos” encuentros sexuales con esa juventud que amaba, disfrutaba y, por supuesto, necesitaba. Pero, en esta primavera del 23, llegó otro “finde” que Iris revistió con la ilusión de una colegiada hecha mujer. Tenía que hacer una trascendente confesión a su gran amor viajero.  

Se encontraba embarazada. Ramiro iba a ser padre. Al conocer la sorprendente y “feliz” noticia, en ese fin de semana de la interminable despedida en el andén del Málaga, María Zambrano, los sentimientos del adulto profesor se tornaron en ambivalentes. Quería a su joven amor. Alcanzaba el goce de la paternidad. La diferencia de edad, 23 – 43 “ahora” le parecía significativa. Por otra parte, estaba … el dinero previsible de su esposa Fuensanta, que corría el riesgo de no poder compartirlo, si se producía la desvinculación matrimonial. 

En ese día de la despedida, en la estación del complejo Vialia, le había pedido a Iris más tiempo para poder afrontar mejor la compleja situación. Con dureza y desesperación, ella se había dado cuenta de que la imagen idealizada que tenía de su profesor y amante no era la real. En ese andén solitario, tras la fugacidad mecánica y sentimental del convoy de los 20 vagones, se sentía sola, desvalida, confusa y nadando con dificultad extrema en un cenagoso aturdimiento. Sus padres aún no eran conocedores de la complicada situación en la que estaba inmersa su joven hija.  

 

MESES DESPUÉS. Iris es madre de una preciosa niña, a la que ha puesto del nombre de Carol, dándole sus propios apellidos. Ayudada por las personas que la quieren, sigue con sus estudios de sociología, trabajando al tiempo, con horario de media jornada, en una consultoría de opinión, con sede en el Parque Tecnológico de Andalucía, en Málaga. Aunque sus padres le ayudan en el quehacer diario, ha preferido instalarse en un apartamento alquilado a medias con Patricia, su cercana amiga, desde los tiempos de la infancia y adolescencia, que ejerce como diseñadora gráfica. Modesto sigue manteniendo una fraternal amistad con Iris, que se siente protegida por la experiencia y prudencia de ese íntimo amigo, profesor y escritor, al que conoció de manera inesperada en la soledad de un andén de estación, en una tarde de primavera, alegre y dolorosa. Modesto le ha explicado con su amiga y con la mayor naturalidad y confianza su asumida bisexualidad, que ella entiende y respeta. Cuando sacan a pasear a Carol, en algunas tardes de sol, la madre le dice a su pequeña hija, para que se vaya acostumbrando “mira el regalo tan bonito que te ha traído el tito Modesto”. En cuanto a Ramiro Ares, con amplia intermitencia, suele preguntar a Iris por su hija, en conversaciones breves, educadas, pero de fríos sentimientos. Aunque Iris no le ha pedido o exigido nada, pues tiene la convicción de poder sacar adelante al “gran tesoro” de su existencia, el profesor universitario ha asegurado en varias ocasiones que Carol tendrá su ayuda para que pueda hacer una “buena carrera” en sus estudios. Fuensanta sigue sin tener conocimiento de esta aventura sentimental de su marido, con paternidad incluida. Aunque socialmente aparentan tener una relación matrimonial normalizada, en la privacidad del hogar cada uno lleva su vida por donde más les apetece.

Modesto, bastante tiempo después, ha logrado publicar su primera novela, aplicando argumentalmente esta experiencia que comenzó para él en un domingo de Resurrección. El título que ha elegido, con la aquiescencia de Iris, es LA DECISIÓN DE UNA JOVEN MADRE. -  

 

 

 

LA DIFÍCIL DECISIÓN

DE IRIS

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 17 marzo 2023

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viernes, 3 de marzo de 2023

INTRIGA EN UNA GRAN TARDE TEATRAL.

Sábado de marzo, a pocos días del inicio oficial de la primavera meteorológica. EUGENIO LANZAS guardaba cola, desde las 18 horas, para la primera representación de un sorprendente espectáculo teatral. En esta obra titulada MAÑANA ES HOY, escrita por el dramaturgo Carlos Apiello, todos los “actores” que iban a pisar las tablas del escenario eran figuras destacadas de la clase política, pertenecientes (lo cual era un logro verdaderamente insólito) a diferentes agrupaciones partidistas del espectro ideológico español. Esta representación dramática, que estaba programada durante ocho sábados sucesivos en el madrileño teatro Lope de Vega, tenía como fin la recaudación de unos fondos que iban a ser destinados (junto a otras aportaciones) para la fundación de un patronato social, cuyo primer objetivo sería la construcción de un gran centro residencial para políticos jubilados, que superaran los 70 años y que se encontraran en situación extrema en su disponibilidad económica y de salud. La entrada única, en la que no habría localidades numeradas, tenía un costo de 80 euros.

La circunstancia de no haber asientos reservados, al comprar la localidad, obligaba a que los espectadores tuvieran que desplazarse al teatro con una prudente antelación, con respecto a la hora en que se iban a abrir las puertas del “coliseo” teatral, si se pretendía obtener un buen sitio, desde el que poder disfrutar con la interpretación de estos peculiares actores. Eugenio había podido comprar una entrada para ese primer sábado, de los ocho en que la obra iba a estar puesta en cartel. A este fin, se desplazó al este magnífico teatro, situado en el número 57 de la céntrica y siempre populosa Gran Vía de Madrid, con más de una hora de adelanto con respecto al horario anunciado (7 de la tarde) para la apertura de las puertas del magno centro cultural. Según se podía ver en la taquilla, las localidades (el teatro tenía un aforo de 1453 butacas) para este primer espectáculo estaban agotadas desde hacía semanas.

“Qué mayor “placer” poder ver, actuando en el escenario, a muy conocidas figuras del partidismo político hispano, en “buena armonía interpretativa, durante ocho sábados de primavera, con una admirable finalidad: la de ayudar a muchos servidores públicos que en la vejez se encontraran en una situación de precariedad, no sólo física y anímica, sino sobre todo económica.”

Así pensaba este cualificado espectador llamado Eugenio Lanzas. Se había puesto en cola una hora y media antes de iniciarse la representación. Pero ¿quién era este ciudadano que, como otros muchos, acudía con especial interés a este gran espectáculo del arte de Talía?

Eugenio Lanzas, 53 años, es un afamado escritor de novelas, algunas de las cuales han sido “best sellers” en los escaparates de las librerías. Es también un “agresivo” y perspicaz articulista, que publica sus trabajos en un prestigioso periódico de centro izquierda, en su línea editorial, con difusión nacional e incluso internacional. Se encuentra separado de su mujer Nuria, desvinculación matrimonial que se produjo hace unos tres lustros. Nunca ha pensado en volver a pasar por la vicaría o el registro civil, aunque suele ufanarse de mantener relaciones afectivas con distintas parejas, cuidando como regla fundamental que esas uniones temporales no superen el período límite de tres semanas, ya que es un ferviente amante de la variedad relacional. Con Nuria tuvo un hijo, Gregor, que acaba de cumplir los 22, y que también, desde hace años, no quiere saber nada acerca de ese padre famoso que, con su madre, le trajo a la vida. Estudia en la facultad de bellas artes y colabora con una galería de pintura, gracias a la influencia y amistad de su padre, aunque el joven no tiene conocimiento de este hecho. El prolífico escritor reside en un antiguo pero señorial piso del Paseo de la Castellana, 8ª planta, con estupendas vistas a la ciudad y no lejos del gran estadio de fútbol del R. Madrid.  

Llegó a una cola que ya superaba las cien personas, cuando el reloj marcaba las 18 horas. Con inevitable calma y paciencia, se dispuso a esperar a que abrieran las puertas, lo que no ocurriría hasta casi una hora después. Durante esa larga espera, tuvo que ir soportando, como hacían los demás, una serie de vivencias que suelen suceder en estas alargadas filas de espectadores, que se forman ante las taquillas y puertas de cines, teatros y lugares de importantes espectáculos públicos. Había personas que con gran incivismo se querían “colar”, no guardando el turno correspondiente a su lugar de llegada. Lo hacían “pegándose” con muchas sonrisas a ciertos amigos, familiares o simples conocidos. Otros se “hacían el extranjero”, como aparentando que no entendían nada y colocándose donde mejor les parecía, sin respetar tampoco el orden de llegada. Algunos de los que esperaban y que ya conocían bastante del argumento de la representación, no les importaba comentarlo en voz alta, haciendo un incómodo tipo de “spoiler”. Como suele suceder en todas las colas, se fueron acercando a la prolongada fila, con agotadora frecuencia, muchos “pedigüeños” que solicitaban monedas o ayuda para comer. También había que aguantar a los insistentes vendedores ocasionales, que intentaban vender pañuelos de papel, bolígrafos, paquetes de almendras u otras chucherías. Eugenio no se explicaba por qué no se habían numerado las localidades, con lo cual no hubiera sido necesario soportar esta larga espera de pie, a fin de conseguir un buen asiento en el teatro. Así iba transcurriendo la tarde, con la tensión y emoción propia del inédito espectáculo que se iba a poder contemplar. Eugenio tal vez se animaría a escribir un artículo sobre la representación que iba a presenciar, aunque él no era un especialista cualificado en la crítica teatral.

Llevaba unos veinte minutos esperando en su puesto de fila, cuando sonó la música del móvil que llevaba en el bolsillo izquierdo de la gabardina. Al otro lado de la línea hablaba una persona que se identificó como guardia de seguridad en el Hospital Central de la Villa, añadiendo de inmediato su nombre: Roberto Bencina.

“Buenas tardes, Sr. Lanzas. He marcado este número de teléfono, que me ha facilitado un ingresado por accidente de tráfico, llamado Epifanio Redial. Este paciente, que se encuentra aún algo conmocionado por el golpe que ha recibido, ha acertado a darme su nombre y número de móvil, a fin de que me pusiera en contacto con Vd. para transmitirle su deseo de que se traslade, a la mayor premura o urgencia posible, al hospital. Me indica que necesita su ayuda. Dentro de la conmoción que sufre, el accidentado ha podido añadir que es íntimo amigo suyo”.

El asombrado escritor no sabía de qué le estaban hablando y, por supuesto, el nombre de Epifanio Redial no le sonaba de nada, por más memoria que hacía. En su mente se cruzaron de inmediato una serie de factores a considerar. No entendía que su nombre y número de teléfono estuviera en manos de ese supuesto accidentado. Eran ya casi las 18:30, a una hora del comienzo de la obra teatral. Había pagado una entrada de 80 euros, para disfrutar con la interpretación de figuras muy conocidas a distintos partidos políticos, integrados en la Cámara de diputados. Por otra parte, estaba la ayuda humanitaria y cívica que le estaba pidiendo alguien conmocionado por un accidente, persona a quien no conocía. Si acudía al hospital, perdía su puesto en la fila de espera y seguro que no contemplaría esa obra que tanto le interesaba. La situación la veía un tanto kafkiana y proclive a la desconfianza. A pesar de todo, se sintió obligado a responder con inmediatez y cordialidad a su interlocutor.

“Agente Bencina. Le reitero que no sé quién es la persona a quien Vd. alude. Teniendo en cuenta su insistencia, cuando finalice el asunto en el que me encuentro obligado, acudiré sin más dilación al centro hospitalario. Allí quiero aclarar este confuso embrollo. Y ahora me va a disculpar, pero he de poner punto final a la comunicación. Buenas tardes”.

Tras cortar la llamada, el móvil de Eugenio volvió a sonar en un par de ocasiones, desde el número oculto del remitente. Pero ya en ese momento el escritor observó movimiento en las puertas del teatro, como si la apertura fuese inmediata. Así que no atendió las llamadas. Le parecía muy extraño todo aquello y le molestaba que su número y nombre estuviera en manos de un también desconocido agente de seguridad. Pero no iba a permitir de que le “amargaran” la tarde, ni que le impidieran presencial y disfrutar del tanm esperado espectáculo. La cola comenzó a moverse y la tensión emocional se incrementaba en todas esas personas que aguardaban en las puertas del coliseo teatral, Gran Vía 57, sede del Lope de Vega. Las aceras estaban colapsadas de un público expectante. Alguien comentaba que la cola llegaba hasta la Plaza del Callao.  

La representación de la obra fue todo un éxito, a tenor del aplauso prolongado por parte de los más de 1400 asistentes al espectáculo. El objetivo de esta función, que se repetiría durante siete sábados más, merecía todos los plácemes posibles, pues se trataba de ayudar a la clase política desfavorecida con el paso de los años. Eugenio, tras disfrutar con la obra, decidió dedicar uno de sus valorados artículos por los lectores a este magno acontecimiento, siempre desde un punto de vista social. Entendía que los analistas especializados en teatro ya analizarían el contenido y la interpretación técnica de los “actores”.

Abandonó el teatro sobre las 21:45. La Gran Vía madrileña estaba alegremente “colapsada” de personas, que iban y veían en ese sábado de marzo, con ambiente térmico primaveral a esa hora de la noche. Aunque no había cenado, no dudó un momento en llamar a un servicio de taxi, a fin de que lo trasladase de manera urgente al Hospital central de la villa. Esa inesperada llamada del agente de seguridad era lo único que había enturbiado una magnifica tarde. Condicionado por esa extraña llamada, tenía decidido aplicar la coherencia cívica necesaria. Tomó el taxi y en pocos minutos, a pesar de la densidad del tráfico pero, con la habilidad manifiesta del conductor, llegaron con presteza al Gran Hospital Central madrileño.

Se encaminó directamente a la sección de urgencias, en donde pidió hablar con el miembro de la seguridad Roberto Bencina. Fue atendido por un agente de la seguridad privada del hospital, quien al escuchar el nombre que le indicaba Eugenio respondió cortésmente que no conocía a ese compañero y que él mismo había estado prestando servicio desde las 15 horas de manera ininterrumpida. Ante la insistencia del escritor, el agente comunicó con la centralita de su empresa, en la que indicaron con firmeza que ese nombre y apellido no estaba incluido en el listado de plantilla.

Profundamente desconcertado ante la extraña situación, se dirigió a la ventanilla de recepción para pedirle a la empleada si podía informarle acerca de un ingresado con el nombre de Epifanio Redial. La búsqueda en los listados también resultó infructuosa. Se disculpó con las personas que le habían atendido, comentando “Tal vez he sido víctima de una pesada y desagradable broma. Ya me enteraré acerca de quién ha tenido tan desafortunada idea”. El problema es que no podía comunicar con el teléfono desde el que le había llamado el agente de seguridad Roberto Bencina pues, como ya se ha indicado, lo había hecho desde un “número oculto”.

Las manecillas del reloj marcaban las 22:15. Entonces el ahora abrumado escritor pensó en tomar algo para la cena, lo que hizo en un mesón restaurante cercano a su domicilio. Ensalada, media lubina a la plancha con guarnición y un trozo de tarta de moka. Copa de tinto Rioja y un descafeinado con leche. 35 €. Al ir a pagar, tanto la Visa como la MasterCard no respondían en el datáfono que le ofrecía el servicial camarero. Por fortuna, abonó en efectivo gracias a ese par de billetes que siempre llevaba en su cartera para cualquier contingencia. “Cobre 40, por favor”.

Serían las 23 horas cuando salía del ascensor, ya en su domicilio. Se sentía bien despierto, a pesar de haber tomado el descafeinado. Últimamente el estrés del trabajo le había provocado algo de insomnio. Introdujo la llave en la cerradura de su puerta, pero no lograba abrir la puerta blindada. Repitió la operación hasta en tres ocasiones, pero al fin se dio cuenta de que la llave no entrada hasta el final de la cerradura. No se explicaba qué estaba ocurriendo. A pesar de la hora, dada la amistad que tenía con su vecina de planta, doña Engracia, una señora mayor, soltera y funcionaria jubilada del Registro Civil, llamó en el timbre de la señora, buscando alguna ayuda ante los hechos que esa tarde-noche estaba soportando. Se disculpó por la hora. Pero antes de que pudiera hablar, la cordial vecina comenzó a explicarle lo que había ocurrido.

“Perdona Eugenio, pero es que no te había escuchado de llegar. No tienes, en absoluto, por qué disculparte por la hora, estaba leyendo en la salita pequeña, sentada en mi butaca ante la mesa camilla. Te explico: cuando esta tarde se fueron los dos cerrajeros de una empresa llamada La Paz (según observé en sus uniformes) me entregaron este llavero con las tres nuevas llaves y me encargaron que te dijera que el bombín y la nueva cerradura ya estaba colocada. Menos mal que has llamado en mi puerta, pues en caso contrario no habrías podido entrar en tu casa. Eran unos operarios muy serios y estuvieron un buen tiempo trabajando, porque desde mi casa se escuchaban los golpes. En un momento concreto les ofrecí si querían una taza de café, pero me indicaron que tenían que acudir a otro trabajo urgente y que tenían mucha prisa. De todas formas “te tengo que tirar de las orejas”. Otra vez que tengas una reparación, me avisas con antelación, para que yo esté al cuidado de que los operarios hagan bien su trabajo. Ya sabes lo meticulosa que soy para con estos arreglos”.

Eugenio “flipaba” con la información que le transmitía su amable vecina. Estaba viviendo una situación insólita. Él no había llamado a cerrajería alguna, para que le cambiaran la cerradura de la puerta. No podía entender lo que le estaba ocurriendo. Abrió al fin la puerta con las nuevas llaves y junto a doña Engracia entró en su domicilio. En apariencia, todo estaba normal. Pero cuando llegó a su habitación de trabajo, el ánimo se le vino a los pies. Todo estaba revuelto. Las cajoneras permanecían abiertas con un desalentador desorden, las carpetas tiradas por los suelos y, lo que era aún más preocupante, faltaba el ordenador portátil que utilizaba para su trabajo. De inmediato fue a buscar una pequeña libreta en donde tenía anotadas las claves de tarjetas bancarias y páginas webs importantes para su trabajo. Tampoco estaba en su lugar. Se la habrían llevado. Rápidamente llamó a la central de tarjetas, para anularlas. Pero ya era tarde, habían utilizado sus claves para hacer algunas compras por Internet. Los delincuentes no habían perdido el tiempo ni los placeres alimenticios. Mientras trabajaban en la puerta, otros “compañeros” habían pasado por la cocina, en donde se habían organizado una suculenta merienda, a tenor de cómo habían dejado el interior del frigorífico. Doña Engracia, viendo la situación y con hábil diligencia, preparó una taza de tila a fin de tranquilizar al muy abrumado vecino de planta.

Fue la propia vecina quien, con certera racionalidad, le aconsejó que llamase al 091, consejo que de inmediato Eugenio siguió. En pocos minutos dos miembros de la policía nacional se personaron en el domicilio del escritor, tomando notas de la información que Eugenio les iba facilitando. Estaban repasando las habitaciones de la vivienda, cuando llegaron otros dos números de la policía científica, para tomar fotos y las posibles huellas dactilares que hubiesen dejado los delincuentes mientras perpetraban el delito. Desde luego que eran profesionales muy hábiles. Sólo habían dejado alguna huella junto al fregadero, ya que alguno de ellos se habría quitado los guantes durante pocos segundos. Una vez efectuadas las primeras comprobaciones, Eugenio se trasladó a la comisaría del distrito para presentar la correspondiente denuncia. Todo ello alrededor de la 1 de la madrugada.

Eugenio fue atendido por el subinspector Leandro Pita, que tenía sobre la mesa de su despacho hasta tres tazas ya consumidas de café. Ojos taciturnos por el cansancio acumulado y teniendo por delante la dura expectativa de toda una noche de guardia.

“Gusto en conocerle, personalmente, Sr. Lanzas. He leído algo de lo que escribe en el periódico e incluso llevo por la mitad su última novela, la que ya ha sido reeditada. Me la recomendó mi hija, que está haciendo un máster sobre literatura actual. Vamos al asunto. Es evidente que la llamada telefónica que recibió esta tarde y la operación de entrar en su piso, removerlo todo y llevarse algunas carpetas y el propio ordenador están relacionados. Nosotros vamos a emprender el correspondiente trabajo de investigación. Pero Vd. debe ayudarnos en este complicado proceso. Haga un esfuerzo y repase todo aquello que pudiera “interesar” a los ladrones y que debe estar grabado en el disco duro de su ordenador. Son especialistas y pueden puentear, con más facilidad de lo que pensamos, las claves del portátil. Debe haber algo muy especial en su contenido que les interesa sobremanera. Me dice que posee otro disco duro de seguridad, conectado en red desde la mesa que tiene en la redacción del periódico, en donde suele trabajar muchos de los artículos. Esa copia automática que se realiza, cada 48 horas nos puede dar interesantes claves o la explicación ultima de la motivación de esta acción delictiva”.

Durante los próximos días Eugenio estuvo analizando posibles motivaciones para desentrañar esta telaraña de acciones centradas sobre su persona. Él era el escritor “best seller” de la editorial líder a la que estaba adscrito. En el mundo de las publicaciones tenía un escritor rival, Néstor Varada, vinculado, como no podía ser de otra forma, con otra importante editorial. Pero es que además había un “fleco” que no podía ni debía descartar o infravalorar. Estaba escribiendo el guion de una serie de tres capítulos para un rodaje que iba a estar centrado en la azarosa vida de un afamado político, figura señera de un importante grupo político de ámbito nacional. Este personaje también aparecía mucho en las revistas del corazón, por sus “correrías amorosas” con destacadas actrices y otros personajes femeninos de la élite social. Hablando con el gerente de su editorial, llegaron a la conclusión de que alguien de la productora se podía haber “ido de la lengua” acerca de este proyecto en curso o fase de guion. Tal vez, por los tentáculos de una mafia inconcreta se quería conocer con anticipación el contenido de lo que estaba escribiendo el afamado articulista y escritor de novelas sobre el ínclito, polémico y controvertido personaje de la política nacional. También deducía que la llamada a su móvil, cuando guardaba cola ante el Lope de Vega, pretendía tenerle alejado o controlado fuera de su domicilio, para que los ladrones pudieran hacer más cómodamente su delictivo trabajo. Por fortuna, Eugenio tenía una copia del contenido de lo que ya había escrito para ese interesante guion de la serie televisiva

Una nueva e inquietante sorpresa vino a añadirse a este embrollado asunto. Una tarde, de vuelta a su domicilio (en el que, lógicamente, había mandado cambiar de nuevo los bombines de su cerradura) se encontró delante de su puerta una caja de cartón, muy bien embalada. Ya dentro de su domicilio y temiendo algún peligro inconcreto dentro de la misma, llamó al número del subinspector Pita, quien envió de inmediato a unos artificieros para que recogieran el paquete, con medios técnicos adecuados y lo trasladaran a la sección de explosivos. Una vez que se analizó por un escáner especial su contenido, la apertura del paquete confirmó lo que la pantalla había mostrado: era el portátil MAC robado al escritor. No contenía explosivo alguno. El disco duro, vinculado a la placa lógica había sido conveniente y totalmente borrado, aplicando medios de alta sofisticación informática. Era también obvio de que se le intentaba convencer, enviándole estos avisos, para que dejara en paz al famoso y mediático personaje de la política y de las revistas del corazón.

Eugenio siguió, con temeridad y valentía, su “peligrosa” labor narrativa en esa historia que iba a levantar ampollas, cuando fuese rodada y, por supuesto, emitida por una poderosa empresa de difusión televisiva. Cuando ello sucedió, el éxito de la audiencia fue de “alto calibre”. El impacto social mediático había sido verdaderamente demoledor. La información y documentación que el escritor había utilizado estaba muy contrastada en su verosimilitud. El grupo político al que pertenecía el famoso personaje central de la serie procedió a dar de baja a este “militante” nada más emitirse en primer capítulo de la serie.

Una tarde, en el verano que ya finalizaba, mientras Eugenio y el subinspector compartían el dinamismo de la palabra y sendas tazas de café, en el popular establecimiento La Alondra, situado en una esquinera de la Gran Vía, Pita, con una misteriosa sonrisa en su rostro, le transmitió un “sabio y misterioso” consejo a su atento interlocutor:

“Tienes que ir con extremado cuidado, amigo Lanzas. En estos turbios terrenos pantanosos, el golpe puede surgirte de la forma y manera más insospechada. Debo sugerirte, para tu seguridad y tranquilidad, que te dediques preferentemente a la novela de ficción. No te metas en asuntos cenagosos. Te pueden dar muchos disgustos e incluso verte en el riesgo de no tener esa rama necesaria para agarrarte cuando te estés hundiendo en el lodazal que hábilmente organizan determinados y poderosos grupos de presión. Pero no dudes, por un instante, que nosotros aquí estaremos para ayudarte siempre que nos necesites. Ten cuidado, buen amigo, que te he cogido un gran aprecio”.

Eugenio le devolvió al perspicaz funcionario de la seguridad otra sonrisa plena de agradecimiento y afecto.

“Valoro en mucho tu sabio consejo, amigo Leandro. Pero ya me conoces. Aunque otros tengan la fuerza poderosa e irracional de la agresión violenta, yo seguiré mi camino, pues tengo a mi favor otra fuerza, no menos relevante: la que me ofrece mi teclado, aplicando la conciencia, el esfuerzo y la imaginación”. -

 

 

INTRIGA EN

UNA GRAN TARDE TEATRAL

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 03 marzo 2023

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