viernes, 10 de julio de 2026

CUANDO EL DESTINO NOS ALCANZA

El género humano puede hacer amistades en los momentos y lugares más diversos e insospechados:  jardines, cursos académicos, esperando al autobús, viajes turísticos, celebraciones de cualquier signo, centros comerciales, clubs de lectura y así un largo etc. Lo importante es la actitud de las personas para “abrir” sus privacidades, compartir el tiempo, las palabras y las ideas, con la mejor y generosa actitud relacional. Obviamente, las circunstancias “ambientales” y la naturaleza de las personas son elementos diferenciales en cualquier tipo de amistad. Vayamos ya a la historia de nuestro relato, que se generó en un ámbito hospitalario. 

En los centros sanitarios públicos, las habitaciones que utilizan los pacientes son mayoritariamente compartidas. Por el contrario, en la sanidad privada es frecuente que a cada enfermo internado se le asigne una habitación individual durante su estancia. Como ocurre en la vida, uno u otro sistema tiene sus ventajas e inconvenientes. Lo que se gana en privacidad e intimidad se pierde en convivencia relacional. El problema de espacio en el centro médico también condiciona cualquier decisión al respecto. 

HOSPITAL UNIVERSITARIO VIRGEN DE LAS NIEVES, en Granada capital, vinculado al Servicio Andaluz de Salud. Séptima y última planta, sección de gerontología. Dos pacientes femeninas, ambas de avanzada edad, comparten la habitación 705. Se han incorporado al centro sanitario el mismo el mismo día, lunes 6 de julio, pero a diferente hora. 

La primera paciente que fue instalada en gran hospital público del SAS, a media mañana, se llama LAURA, 81años. Es natural de Granada. Tiene unos parientes lejanos de los que apenas tiene noticias. Vivía sola, en un pequeño piso de un bloque antiguo de seis viviendas, en el popular barrio del Albaycín. Durante su larga etapa laboral ha trabajado como modista, en un gran taller de ropa que elaboraba y arreglaba prendas de vestir, sirviendo a tiendas de ropa y al gran comercio de El Corte Inglés, de la Carrera de la Virgen. Los motivos de su desplazamiento a los servicios de urgencia del hospital se debían a diversos fallos multiorgánicos. Una vecina se puso en contacto con el 061 que trasladó de inmediato en ambulancia a esta mujer, que llevaba varios días sin salir de su domicilio. Soltera, de estado civil.

A media tarde, la segunda cama hospitalaria fue ocupada por otra mujer, septuagenaria, CECILIA, quien durante su vida laboral había ejercido como maestra de niños de formación primaria. Residente en el barrio del Zaidín, tras jubilarse a los 60, su gran ilusión era disfrutar del amplio tiempo de que iba a disponer. Tampoco había contraído matrimonio. Familiarmente tenía una buena relación con una sobrina, que residía en la cercana localidad de Santa Fe de los RR CC. Pero esta joven, titulada en Historia del Arte, que trabajaba en un taller de restauración de cuadros y obras de arte, a los 42 se enamoró de un noruego especialista en subastas de objetos artísticos. Su traslado a Oslo con la pareja afectiva incrementó la cruda soledad de Cecilia, situación que se agudizaba en estos tiempos de jubilación. Hacía tres años, con 75, en una revisión médica se le descubrió un severo y crítico problema: ELA. Esclerosis lateral amiotrófica. Un principio de acción neurodegenerativa, que paulatinamente iba limitando sus capacidades motrices. Las neuronas enfermas provocaban que el sistema nervioso no pudiera seguir enviando “mensajes” a los músculos voluntarios. La parálisis muscular iba lamentablemente en progreso. 

Las dos señoras, tras la recíproca presentación, se sintieron agraciadas de poder establecer una comunicación inmediata, que paliara esa soledad que venían soportando junto al peso ingrato de sus enfermedades. Para ellas era emocionante poder compartir habitación, pues ambas deseaban expresar y comunicar lo que sentían conociendo la realidad de su compañera enferma. Esa primera noche conciliaron el sueño con la ilusión que el destino había querido depararles, para sobrellevar la estancia en un recinto hospitalario. Pensaban que iban a tener tiempo abundante para irse conociendo, compartiendo lo mucho que tenían que decirse. 

Así fueron pasando los días y las horas, mientras ellas hablaban desde las dos camas. La cortina de separación había sido recogida, pues deseaban y necesitaban verse, a fin de aliviar esos acres momentos de tratamiento y dolor que la naturaleza les enviaba, sin que supieran cómo ni por qué. La amistad y la intimidad entre Laura y Cecilia fue en aumento. Las dos enfermas se esforzaban en no perder la conciencia, a fin de poder verse, intercambiar cualquier chascarrillo, reír, sonreír y a veces, incluso soportar algunas lágrimas traviesas que buscaban los surcos del rostro para acomodar su fluidez. 

Una mañana festiva de julio, después de tomar el desayuno, las dos pacientes se sentían más animadas y comunicativas. Con la ayuda de las enfermeras abandonaron las camas y prefirieron sentarse juntas en dos sillones ortopédicos. Fue Laura quien, mirando serenamente a los ojos de su compañera de cuarto, expresó unas “solemnes” palabras. 

“Qué pena, mi buena amiga, que el destino no nos haya proporcionado la oportunidad de conocernos mucho antes, incluso años, aunque las dos hayamos vivido en esta bella ciudad, llena de jardines y monumentos para la Historia. Yo he asumido la soltería porque no he encontrado a una mujer que me quisiera, para darle todo mi cariño, amor y ayuda sin límites. En estas dos semanas que llevamos internadas, a pesar de nuestra avanzada edad te siento como mi otro yo. Me ilusionaría que el tiempo que nos quede de vida, estuviéramos juntas. Querría estar siempre cerca de ti”. 

Cecilia, al escuchar esta fascinante declaración de amor, rompió a llorar emocionada.

“Querida Laura, he pasado toda mi vida ocultando las verdaderas necesidades de mi sexualidad. ¿Por qué lo hice?  tal vez por miedo, por indecisión, por cobardía. Y hoy me encuentro a un ser verdaderamente bueno y maravilloso que abre su corazón y me dice: yo soy, tú eres, nos necesitamos. Nunca nos separaremos. El tiempo que la vida nos dé, caminaremos juntas por la alegría y nos apoyaremos en nuestras dolencias y adversidades. El destino no logrará distanciarnos por más que se empeñe. Siento este día como uno de los más felices de mi existencia”. 

Entonces juntaron sus manos y las entrelazaron como prueba y propósito de su unión inseparable. 

Otra tarde, cuando trataban de paliar y soportar las consecuencias dolorosas de su de su deterioro orgánico, fue Cecilia, la antigua maestra quien le hizo una pregunta trascendente a su fraternal amor: “Laura ¿qué crees que vendrá después de -este martirio-cuando el fin nos alcance? Tras unos largos y silenciosos segundos, su compañera le dijo: “Cecilia, pienso que entraremos en un sueño muy largo, para no despertar. Ya no sentiremos molestias, dolores, angustias, necesidad de medicinas ni pruebas, “pasaremos” de los engaños, ambiciones o maldades. Habremos dejado de sufrir. Ese sueño en la oscuridad mental nos atrapará y nos desintegraremos plácidamente en la inmensidad espacial. Aquí quedará nuestro cuerpo, que también se convertirá, lentamente o con la velocidad del fuego, en polvo, tierra, para la fertilidad de la naturaleza. 

“Yo también pienso como tú, Laura. Durante unas fases de mi vida, cuando era pequeña o cuando ejercía la profesión (tuve que impartir materias diversas, incluso la religión) creí tener esa fe invisible que, en realidad mi cerebro, una y otra vez, no aceptaba, encargándose de llevarme a la realidad. Cuando hay tantas e importantes preguntas sin respuestas, comprobando y sufriendo las barbaridades que el mundo nos genera, como genocidios, matanzas indiscriminadas, guerras absurdas, catástrofes naturales, enfermedades muy dolorosas que afectan incluso a niños y jóvenes, niños con pocos años que pierden a sus madres, todo ello me ha hecho replantearme mis creencias con respecto a la cultura religiosa con la que se nos ha adoctrinado. La incredulidad sí es convincente y racional para mi persona. Y ese es mi problema: la falta de explicación racional alguna para tener que soportar tanto dolor absurdo e injusto que tenemos aquí en la Tierra. ¡Como puede una divinidad, ese dios todopoderoso y providencial permitir tantas crueldades, durísimas desgracias a diario sobre personas inocentes y honradas! Para mí la muerte es la ansiada liberación de un mundo injusto, absurdo y cruel, en donde la maldad y la violencia física y psicológica reina y avanza sin control e impunidad”.

Las hojas del almanaque continuaban su repetido fluir. Días, horas y minutos. En una fase ya previsiblemente terminal de sus vidas, solicitaron hablar con el director del recinto sanitario, Dr. Fernando Albariza. Cecilia fue la protagonista de una excepcional petición. 

“Doctor, el tiempo se nos acaba. Presentimos cada vez más cerca nuestro destino. Laura y yo hemos encontrado por suerte una intensa amistad y fraternidad vincular, que nos ha faltado en el extenso periplo de nuestro recorrido vital. Nos gustaría emprender el camino hacia la inmensidad cósmica juntas. Hemos decidido unirnos en matrimonio ante de que perdamos el control de nuestras conciencias.”

Un notario del ilustre colegio de Granada certificó la unión matrimonial de las dos señoras, en una sencilla ceremonia a la que asistió el director del Hospital y la jefa de enfermería. El conservatorio superior de música, previo aviso, envió un joven cuarteto de cámara para que interpretara tres piezas clásicas breves como colofón a la entrañable unión de dos mujeres que encontraron el amor al final del camino. La cocina del hospital tuvo el detalle de preparar una preciosa tarta, blanca como la pureza de la nieve y roja como los latidos del corazón. Pacientes con autonomía de desplazamiento y personal del centro sanitarios disfrutaron de una sencilla y grata merienda en honor de dos seres contrayentes en la amistad, la necesidad y el amor: Cecilia y Laura.

Septiembre y la llegada del otoño abrieron el camino para ese ignoto viaje de Laura hacia la inmensidad cósmica, como ella había bien imaginado, libre de cargas y pesares dolorosos, que aquí quedaban en su cuerpo inerte. Quiso el destino que sólo tres días después siguiera el mismo camino Cecilia. Muchos dicen que no fue el ELA el motivo de su despedida terrenal, sino la búsqueda fascinante de su amor postrero por los espacios invisibles para la opacidad humana. Fernando Albariza fue el encargado de entregar al viento, desde la plástica monumental irrepetible del MIRADOR DE SAN NICOLÁS, en el barrio del Albaycin, las cenizas terrenales de dos admirables mujeres CECILIA LAURA vinculadas in aeternum por el amor.  -

 

 

CUANDO EL DESTINO

NOS ALCANZA

 

 

 

 

 

 

          José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 10 julio∫ 2026       

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