viernes, 29 de mayo de 2026

UN HOMBRE DE LUTO

Resulta obvio que las costumbres y hábitos de las personas van cambiando a lo largo del tiempo. Y estos cambios afectan a todos los órdenes de la vida. Lo raro sería que no ocurriera así. Una costumbre, arraigada en la memoria de los recuerdos, era la muestra externa de aquellos hombres y mujeres cuando perdían a un familiar, un ser querido que había dejado de existir. En esa circunstancia dolorosa, sus allegados más directos cambiaban su ropaje 

En la sociedad occidental, esa muestra de dolor anímico por la pérdida vital se exteriorizaba vistiendo ropas negras y austeras. Los hombres solían ponerse en la manga de la chaqueta una ancha cinta negra. Otros buscaban ropa de ese color, fueran jerséis, pantalones, faldas, camisas, blusas, calcetines, corbatas, rebecas y por supuesto los zapatos cerrados o sandalias. Era una forma de señalarse ante los demás, manifestando cromáticamente “estoy de luto, sufriendo la muerte de una persona querida”.

 Había normas, no escritas, pero consolidadas por la costumbre, de “guardar el luto” por seis meses, un año o incluso más. La transición hacia la ropa de colores discretos se hacía de manera paulatina, para no llamar la atención del entorno vecinal. Las personas mayores prácticamente mantenían el luto de por vida, dado que iban encadenando fallecimientos, por lo que ya no volvían a vestir los colores del arco iris. A los niños no se les solía poner luto, aunque algunas familias sí lo hacían. Sólo en la ceremonia fúnebre, también se les vestía con el color de la noche. Las personas más modestas carecían, en muchos de los casos, de medios económicos para adquirir ropas negras, por lo que se acudía a la droguería con el objeto de comprar pastillas para teñir en el lavado todo tipo de ropas. O tinta, para teñir los zapatos.

En la actualidad, ya no es frecuente el uso del color negro para manifestar el dolor por la persona querida ausente. El luto prácticamente ha desaparecido. Sólo en el sepelio, algunos asistentes llevan ropa oscura, no llamativa, durante las “pompas fúnebres”. Se aplica más en los pueblos y en las regiones del interior. Una vez oficiadas las exequias, cada uno vuelve a su ropa habitual. Pero hay excepciones. Vayamos pues a la historia de este relato. 

Me encontraba en Roquetas de Mar, Almería, disfrutando de una agradable semana vacacional, gracias al turismo social del Imserso. Aunque hay una parte muy importante del territorio almeriense dedicada al cultivo temprano bajo plástico, la zona de esta localidad más próxima al mar se encuentra poblada por grandes y lujosos hoteles, que generan un importante turismo de sol y playa, con un mar de aguas placenteras y unas amplias playas de varios km. de longitud. La zona hotelera está concentrada en un amplio espacio, Las Marinas, muy bien urbanizada, con jardines, aparcamientos, merenderos, supermercados y tiendas, junto a otros servicios, muy bien valorados por los turistas que acuden para sus vacaciones. El viento de poniente también se sumaba al disfrute gozoso de los muchos viandantes que por allí pasean. 

A media mañana de un día de mayo, caminaba por el largo y bien construido paseo marítimo de la localidad. La brisa, con desigual intensidad, no era molesta, pues la insolación era radiante, sin una sola nube en el cielo. Había que ponerse gafas de cristales teñidos para protegerse de los cálidos rayos solares. Me sentía acompañado por otras muchas personas, la gran mayoría personas jubiladas, por su apariencia de edad, y gozando de los trajes de baños y deportivos. La casualidad quiso que, al pasar junto a uno de los bancos de piedra que jalonan el prolongado paseo, me fijara en un hombre de avanzada edad, con algo de sobrepeso, que sólo él ocupaba el asiento. Me llamó la atención que, a pesar del intenso sol reinante, vistiera absolutamente de negro. Camisa, chaleco, pantalones, zapatos deportivos, todas sus prendas eran del mismo color. 

Pensé que esa persona, que tomaba con sosiego el sol, descansando y mirando a la playa, bastante serio y cabizbajo, podría estar llevando un severo luto. Cruzamos nuestras miradas y percibí que tal vez necesitaba algo de compañía o esa terapia tan beneficiosa como es el intercambio de las palabras. Me acerqué a su banco de piedra y con cuidada delicadeza le comenté que con la intensidad del sol que hacía esa mañana había deducido que su forma de vestir obedecía al luto que mantenía. SIMÓN Torrens Alcaba me sonrió, “agradeciéndome el atrevimiento”. Me pidió con sencillez que me sentara junto a él, pues le sentaba bien todo el afecto humano que le pudiera aportar. Le expliqué con brevedad mi estancia turística y los saludables paseos que me gustaba dar por un lugar tan bello junto al mar y la playa, con esas zonas ajardinadas tan bien cuidadas por el municipio. Comprobé que necesitaba hablar, para romper la incomunicación que probablemente estaba sufriendo. 

“Voy a cumplir los 82, una larga vida ¿verdad? He ganado el sustento trabajando en el campo, principalmente los cultivos bajo plástico. Supongo que conocerás que se trata de un trabajo laborioso, muy esforzado, pero siempre agradecido, al comprobar cómo la tierra bien cuidada produce todo el alimento que tanto necesitamos para vivir y con la ventaja que aquí lo hace en época temprana, en meses muy interesantes para la venta, principalmente hacia Europa.  Aguanté hasta cerca de los 80, pues, aunque las fuerzas fallen, el amor a la agricultura temprana es como un virtuoso “vicio” que te resistes a abandonar. 

Me casé, allá por los años sesenta, con mi inolvidable AMANDA, viviendo en una casita de labriego que construí, ayudado por unos compañeros de trabajo, con la ayuda generosa también de un buen vecino, que tenía un pequeño negocio de polvero y me regalaba muchos materiales y otros me los vendía a un bajo precio. Allí nacieron mis dos hijos, LUCAS y CARMINA, dándoles educación, alimento y vestido, para que en lo básico nada les faltara. Con el paso del tiempo formaron sus propias familias. Hace un año y un mes, mi querida Amanda se nos fue. Perdí a quien más quería. Creo que he sido un buen padre y esposo. No bebo ni fumo, sólo he sabido trabajar la tierra. Mi mujer siempre me ha hecho muy feliz. Le entregué todo el cariño que mi corazón le podía dar. Te aseguro que hubiera querido irme con ella. Pero aquí me he quedado, sufriendo este valle de lágrimas en soledad. 

Entonces, mis dos hijos casi me obligaron a vender nuestra casita de toda la vida. Me decían que no debía estar solo, que ya era muy mayor y que ellos necesitaban el dinero que es correspondiera para sus carencias. Acordaron que una vez vendida la casa me fuera a vivir con ellos, seis meses con cada uno. Tendría una cama y un plato de comida y que me lavarían la ropa. Así que se repartieron el dinero que cobramos por la venta de la casita y sus muebles y yo no vi ni una peseta de lo que sacaron”. 

Resultaba muy interesante cómo la soledad y el desamparo de una persona mayor encontraba alivio en narrar lo que había sido su vida, dentro de la ejemplaridad, sencillez, humildad y laboriosidad en el día a día. 

“Entiendo que la vida con sus hijos no le está resultando fácil, después de la terrible desgracia por la pérdida de su mujer, con la que compartía un gran cariño, que le hacía feliz y realizado, llevando una vida ejemplar, amigo Simón”.

“Tienes razón, buen amigo. Ahora soy un pobre estorbo en dos casas donde mis hijos tienen sus vidas. Lucas, con dos hijos adolescentes y Carmina, con tres hijos más pequeños. Cada mañana, después de desayunar, mi nuera me dice que tiene que limpiar, por lo que debo salir a dar un paseo, ante el silencio complaciente de mi hijo. Me indica que no vuelva hasta la hora de comer o de cenar. Y así, un amanecer tras otro. Cuando el tiempo es bueno, lo sobrellevo, pero cuando sopla el viento y hace frío, me “refugio” en algún merendero amigo, donde su dueño me deja descansar y darme algo de conversación. Apenas tengo dinero, porque mi pensión también se la quedan para los gastos de la casa. 

El luto, que nunca me quitaré, lo llevo como podrás entender en memoria de mi santa Amanda. Vivo anhelando estar pronto junto a ella”. 

Los restantes días en que permanecimos en Roquetas, durante cada mañana solía reunirme con Simón. Me acompañaba al hotel y allí jugábamos al dominó, el parchís, compartiendo alguna cerveza o refresco en el bar. Antes de volver para casa, le regalé una cazadora de algodón, color negro como era su gusto. Nos despedimos con un abrazo de amistad, prometiéndole que volvería a estas tierras “del plástico” para los cultivos, y seguiríamos compartiendo la amistad a través del chat de whatsapp. 

Cuando conducía, de vuelta a casa, me preguntaba, una y otra vez, por qué estas personas tan buenas y sencillas en su proverbial honradez, tienen que sufrir tanto en el recorrido final de su existencia. Hay tantas preguntas, para las que no encontramos respuestas … -

 

 

 

UN HOMBRE DE

LUTO

 

 

       José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 29 mayo 2026      

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viernes, 22 de mayo de 2026

EL EQUÍVOCO DE DOS ELEGANTES CARTERAS


La tía JULIA había estado en una excursión de cuatro días en MARRUECOS. Se trataba de un viaje organizado por la peña recreativa LOS LIMONES, a la que esta señora pertenecía desde unos años antes de acceder a su jubilación. Cuatro días, tres noches, que le había permitido visitar y conocer algunos lugares emblemáticos de Rabat, Tetuán, Tánger y Casablanca. Además de las explicaciones del guía y el consumo de comidas propias del país, la organización del viaje había dejado tiempo libre a los participantes, para que visitasen los populares mercados callejeros o zocos, en donde podían degustar productos típicos, además de comprar esos regalos que siempre gusta traer a los familiares y amigos. 

Doña Julia, antigua oficiala de un importante taller de ropa, pensaba en su hermano don ADEODATOCarabantes, 59, que trabajaba en el Registro de la Propiedad, también en su cuñada. Doña SATURNABenavides, 58, que dedicaba horas a la semana como presidenta del Ropero Parroquial de su feligresía. No se olvidaba de su sobrino SERAFIN, 29, médico de familia, en el ambulatorio del SAS ubicado en el barrio de Humilladero-La Unión, en la capital malagueña. ¿Qué regalos compró para su afecta familia?

Para su cuñada Saturna eligió un precioso chal de seda, de tonalidades azules y áureas, mientras para su hermano y sobrino estuvo viendo unas elegantes carteras de piel de camello, tipo ejecutivo, elaboradas con gran calidad, para llevar en la mano o colgadas del hombro. La gran capacidad de estas carteras hacía posible que estuvieran divididas en varios departamentos, en los que guardar documentos, libros, ficheros e incluso el móvil telefónico y la cámara compacta para fotos. Adquirió dos de estas carteras, de piel color negra, ambas idénticas, consiguiendo una buena rebaja, aplicando hábil “regateo”, con respecto a su elevado precio inicial.  

Cuando Julia regresó de este fascinante viaje, esperó al fin de semana para ir a casa de su hermano y cuñada quienes la habían invitado a una espléndida cena. Todos estaban con la ilusión de escuchar las abundantes anécdotas que la tía Julia estaba habituada a narrar, tras ese inolvidable recorrido por las arenas doradas del gran país marroquí. Había realizado tan elevado número de fotos, que se vio obligada a traerlas en un pendrive que Serafín conectó al televisor, para su mejor visión en la pantalla del gran monitor de 64 pulgadas. La locuacidad de Julia era proverbial, deteniéndose en los más nimios detalles, poniendo a prueba la paciencia de los comensales en la cena. 

A los postres, al fin Julia sacó de una gran bolsa los regalos que había traído, despertando la ilusión de su querida familia. El rico chal de seda y algodón para su cuñada Saturna y las dos grandes y elegantes carteras de piel de camello labrada, para el padre y el hijo. Los felices receptores realizaron grandes elogios de esos magníficos presentes. Serafín y Adeodato parecían dos “hombres niños”, con los zapatos nuevos. ¡Cuánto te habrán costado estos preciosos regalos! ¡Tita, eres muy generosa! Decía el siempre cariñoso Serafín. “Nada, nada, vosotros, mi única y querida familia os merecéis estas “bagatelas” y mucho más”. 

Cada mañana padre e hijo marchaban al trabajo bien “trajeados”, pues un médico y un registrador de la propiedad, pensaban, debían estar bien presentables en sus respectivos puestos laborales. La familia Carabantes-Benavides era un ejemplo de armoniosa clase media acomodada, católicos practicantes y muy apreciados por la vecindad, como personas “bien”, ejemplo de una familia modélica. La meritoria labor que Saturna realizaba, en la acción social a los necesitados, en la parroquia patronal de Santa María de la Victoria, era reconocida y elogiada por la feligresía de la zona. Serafín, médico de familia en el “difícil” (por la elevada densidad de población en este barrio malagueño) ambulatorio de Humilladero-La Unión, se había labrado una muy buena imagen profesional y humana, dada su juventud y vocacional dedicación al enfermo. En cuanto al recto y serio cabeza familiar, don Adeodato, se le consideraba como un excelente funcionario, austero de carácter, pero enormemente eficaz en el cumplimiento de sus obligaciones, opinión sustentada tras más de 25 años de servicio. Era menos sociable que su mujer, pero siempre atento y servicial con el ciudadano que acudía a su sección para resolver o consultar asuntos relativos a la propiedad inmobiliaria. 

Una mañana, como ocurre en la mayoría de las familias, al despertador no se le “escuchó” o no se le quiso atender. Al padre y al hijo se le habían “pegado las sábanas”. Tuvieron que ducharse y vestirse a ritmo legionario. Doña Saturna dormía plácidamente, como en ella era habitual, pues se quedaba despierta muchas noches, para disfrutar con esas series televisivas que enganchan hasta la adicción. La residencia de esta familia estaba situada en la zona de la Victoria. Así que salieron padre e hijo presurosos y sin desayunar, pensando que ya tomarían algo a media mañana. Se subieron al Circular 1 de la EMT, para que los dejaran cerca de sus puestos de trabajo. 

Las prisas suelen ocasionar errores, ocurre en todas las personas. Cuando don Adeodato abrió la cartera de piel negra en su oficina, se encontró con un fonendo, un medidos de pulsaciones, un termómetro electrónico y el móvil telefónico de Serafín. También había una bolsa de cacahuetes tostados a medio tomar, chuchería a la que su hijo era muy aficionado. Se sintió muy mal con la situación, pero ¿qué podía hacer? ¡Habían intercambiado las dos carteras, que eran idénticas, con las prisas para el horario de trabajo!

En el caso de Serafín la situación fue bien diferente. Cuando llegó a su consulta en el ambulatorio, comprobó con una sonrisa el error que habían cometido con los acelerones de esa mañana. Tenía el teléfono de su padre y tres dosieres de folios impresos, relativos a la actividad paterna. No quiso darle más importancia y comenzó a recibir a los pacientes según el listado horario que disponía. Pasado un rato, sonó hasta tres veces seguidas el móvil que estaba dentro de la cartera de su padre. Lo miró por si fuera algún whatsaap urgente. Le produjo extrañeza que los mensajes procedían de una mujer ALICIA. No pudo reprimir la tentación de leer sus contenidos. 

Amplió la foto del chat, que mostraba a una mujer de notable belleza. Muy joven, con el cabello rubio y los ojos azules verdosos. Los contenidos de los tres mensajes eran atrevidamente sensuales. Las respuestas y mensajes previos de su progenitor eran ardientemente amorosos. Ante su sorpresa, no cabía la menor duda: su señor padre, toda rectitud de cara a lo social, mantenía un cálido idilio extramatrimonial con una joven verdaderamente atrayente e irresistible para la febril comicidad de un hombre “veterano” (y feo) de 59 años. Leyó y leyó los mensajes cruzados entre los dos “tortolitos”, mientras los pacientes aguardaban inquietos fuera de la sala de consulta. 

Cuando el doctor Carabantes finalizó el listado de pacientes, tuvo la tentación, realizada, de repasar la cartera de su padre, por si hallaba algún elemento más vinculado a la intensa aventura que mantenía con la joven. En uno de los bolsillos interiores, encontró un sobre que contenía una hoja manuscrita, dedicada “al amor de mi vida, mi pequeña Ali”. El registrador de la propiedad tendría previsto entregar ese sobre en un próximo “encuentro”. Al finalizar la lectura de la misiva, el doctor Carabantes no pudo por menos que pensar: “verdaderamente no conocía a mi padre, un hombre tan serio, tan ordenado, tan estricto, con la rectitud como norma vital, aparecía ahora como un adolescente perdidamente enamorado o prendado de una bella chica que no superaría en mucho los veinte abriles”

Serafín no iba a volver a casa hasta por la noche, pues había quedado para almorzar con unos compañeros médicos. Iba a tener tiempo suficiente para meditar bien la mejor postura a tomar. Durante esa horas posteriores, no dejó de hacerse preguntas. ¿Sería conveniente no darse por enterado y hacer un simple intercambios de carteras? ¿Cómo actuar si su padre espontáneamente le comentaba la realidad de su comportamiento? Esta segunda opción la percibía como más improbable, conociendo la rectitud y severidad de don Adeodato.¿Qué hacer con su madre, la pobre esposa engañada por un esposo infiel, cínico y “viejo verde” que jugaba a la juventud perdida? ¿cómo quedaba la responsabilidad e imagen social y familiar de Saturna? ¿Pero qué había visto una jovencita en la flor de la vida, en un hombre feo, talludo, de piel agrietada y pellejos colgantes, que marchaba con una irresponsabilidad manifiesta camino de la ancianidad? ¿Qué o cuánto le estaría sacando esa chica, al “viejales” del registro de la propiedad?

Cuando esa noche volvió a su domicilio, encontró a sus padres sentados en el salón estar del antiguo pero remozado piso de Compás de la Victoria. Saturna tricotaba, Adeodato leía el ABC y la televisión hablaba en voz baja, sin que ninguno de los presentes le hiciera el menor caso. Entregó la cartera a su padre, haciendo un comentario jocoso y. la vez forzado: “le voy a poner a mi cartera una pegatina artística, para evitar nuevas confusiones”. El adusto registrador de la propiedad no hizo comentario alguno. Tomó su cartera y se retiró al dormitorio, con un breve “buenas noches, voy a descansar”. 

Serafín tomó la bandeja que le había preparado su madre, con una cena fría, sentándose junto a ella en el tresillo. Un filete empanado, con ensalada variada. Piquitos integrales y un vaso de leche. Como postre un pastel de hojaldre con cabello de ángel. Al terminar de cenar, observó que Saturna lo miraba con fijeza, mostrando una maternal sonrisa. 

“No te preocupes, hijo mío. Lo que seguro has descubierto en el día de hoy, por el intercambio de carteras, yo lo he conocido, vivido y sufrido desde hace años. Fue muy duro al principio, pero estabas tú. Quise que vivieras una adolescencia y juventud agradable, con una “familia estable” y que te centraras en los estudios de medicina. Tu padre, como hombre que es, no supo admitir que todos nos marchitamos. Necesitaba de continuo flores más frescas para libar su vicioso y desordenado sexo. Gracias a sus intervenciones en la Bolsa de valores, tiene fondos para pagar sus caprichos y “consumos carnales”. Entre nosotros no queda nada, absolutamente nada de afecto. Solo la apariencia de la misa los domingos, para la falseada imagen social. La interpretamos bien. Yo vivo mi vida con sencillez. El consume su desenfreno y su repugnante cinismo. En realidad, es un pobre y decadente ser, en manos de sus instintos”. 



Había sido un muy duro día, en el que las bambalinas escénicas dejaron al descubierto, para el doctor Carabantes, la imagen de un padre falso y cruel. Mientras dormitaba la llegada del sueño, meditaba una posibilidad que rondaba su cabeza desde hacía tiempo. Buscar un acomodo diferente de ese “hogar” contaminando y falso, en donde había vivido 31 años y convencer a su madre que abandonara esa convivencia con un ser que la humillaba y degradaba. Él se encargaría de facilitarle esa protección, mantenimiento y cariño, para que viviera con sencillez y tranquilidad eso que llaman felicidad, en esta tierra a la que nos han hecho venir. Mañana de nuevo amanecerá. -  

 

EL EQUIVOCO DE DOS

ELEGANTES CARTERAS

 

 

          José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

      Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

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sábado, 16 de mayo de 2026

OTROS MUCHOS AGENTES DECISORES EN NUESTRA EXISTENCIA

Es una obviedad que muchas e importantes decisiones que afectan a nuestras vidas son tomadas por otros, de manera especial aquellas opciones vinculadas a los primeros años de la existencia. Somos procreados y nadie nos pregunta si queremos nacer y protagonizar este tipo de vida. Nacemos hombre o mujer, cambiar de “bando” es complicado. Se nos bautiza o inscribe con un nombre y ya cargamos con él para el futuro de nuestra “estancia”. Asimilamos un idioma, cuando otros se expresan de forma diferente. Nacemos inscritos en una sociedad religiosa, aunque algunos hablen de laicismo, en la que nos aguardan miles de preguntas sin respuestas racionales. Se nos matricula en un determinado colegio, en el que tratan de acomodarnos a un determinado tipo de conducta. Allí se nos dice lo que está bien y lo que está mal. Cuando crecemos vamos conociendo cómo se aplica el bien y el mal, en una sociedad que parece no estar muy cuerda. Y llegan ¿nuestras? opciones. La carrera académica, la primera novia, el primer trabajo, el primer hijo. A poco que analicemos nuestro pasado nos daremos cuenta de si hemos estado realmente condicionados o no para este individual o colectivo caminar por la vida. La naturaleza, los dioses, las circunstancias ponen fin un día y hora, básicamente inesperado, a nuestra existencia, cuando lo más probable es que querríamos haber terminado el recorrido antes o mucho después, o nunca, o de otra forma menos cruel. En definitiva, que nuestra voluntad queda lastrada por otros muchos decisores que en la inmensa mayoría de los casos no conocemos. Somos un mucho “juguete” de ese destino del que sólo conocemos sus siete letras. Hay “afortunados” que resuelven sus interrogantes con las gafas opacas de la fe. Pero la racionalidad es una preciada facultad que poseemos y poco utilizamos, y que nos sumerge, cuando la aplicamos, en una duda sin respuesta, infinita, sin fin. 

 

Durante mi vida laboral en la docencia he tenido la suerte de tratar a numerosos alumnos, de diferente carácter y condición. Alrededor de 5000 en la enseñanza directa. Entre tan elevado número de escolares, en su inmensa mayoría, guardo un cariñoso recuerdo acerca de su comportamiento como personas en formación. Aún hoy mantengo contacto con muchos de ellos, a través del correo electrónico. Eran educandos o escolares de secundaria, 12-18 años, una edad y etapa difícil y trascendente en sus vidas. Lógicamente, entre todos esos alumnos, había caracteres y actitudes especiales, con respecto a la norma media de los escolares en estas edades. Entre esos alumnos “diferentes”, las anécdotas eran frecuentes. Muchas de ellas divertidas. Voy a narrar un breve episodio, que un día su protagonista me contó. Es verosímil y su credibilidad es elevada, conociendo al autor. En su contenido he añadido información, dentro del campo de la ficción, que lo enriquecen y en modo alguno lo desvirtúan. De todas formas, el lector tiene la palabra. 

Resulta que M.J. un alumno de bachillerato, entregado a la lectura de toda naturaleza, con un nivel de reflexión acerca del entorno inmediato o lejano muy superior al del resto de sus compañeros de grupo, que exhibía un humor y sarcasmo característico en las personas notablemente críticas con respecto al mundo en el que viven, muy educado en sus formas y cerebral en sus decisiones y manifestaciones, al final de una clase me contó espontáneamente lo siguiente.

“Una mañana de primavera me desplacé al Palacio Episcopal de Málaga, ubicado en la Plaza del Obispo, frente a la portada barroca de la Catedral. Deseaba realizar una compleja gestión y al entrar por la puerta principal, en el mostrador de atención al público me indicaron que esa entrada estaba sólo reservada para las visitas a las exposiciones que se realizan en sus salas, bajo el patrocinio de Unicaja. Entonces me dirigí a la puerta trasera del Palacio, en la calle Santa María, en donde estaban centralizadas las oficinas de la curia y en cuyos pisos superiores se encuentra una residencia para sacerdotes jubilados. Un largo mostrador que sostenía una ventana acristalada continua poseía una amplia ventanilla para la atención al público. Tras la misma se encontraba un sacerdote de avanzada edad, que vestía una sotana clásica. Observé detrás de la cristalera una habitación amplia que cubría sus paredes con altas estanterías repletas de legajos y carpetas. Varias mesas cubrían el espacio, y en ellas trabajaban dos hombres mayores y una señora, con sus carpetas y ordenadores fijos de mesa.”

M.J. se acercó a la ventanilla y dio los buenos días al cura mayor que atendía al público. “¿Qué deseas joven? ¿Algún asunto de partida de bautismo, confirmación, matrimonio o anulación u otro certificado? No padre, venía a informarme qué tengo que hacer para borrarme”. El rostro del sacerdote mostró una cierta extrañeza, pero haciendo uso de su larga experiencia y con voz paternal indicó: “¿Es que te habías apuntado a la peregrinación mariana que la diócesis va a realizar a Lourdes el mes que viene y por alguna fuerza mayor no vas a poder acompañarnos? “No, padre, no pretendo ir a ninguna peregrinación mariana. Lo que pretendo es borrarme de la iglesia católica y veía a consultar las gestiones tengo que realizar para tal fin”. 

El rostro del sorprendido cura fue cambiando de color a la velocidad de la luz. Fue pasando del blanco, al amarillo estabilizándose en el rojo. El anciano sacerdote parecía haber despertado de su letargo y su temperamento se tornó en un estado de cólera explosiva. “¡Qué me estás diciendo, hijo de Satanás! ¡Te quieres convertir en un desgraciado apóstata! ¡Te vas a condenar al infierno!” El indignado clérigo ya no hablaba, sino que gritaba en su sofoco. Estaba a punto de darle un síncope. 

Las personas que trabajaban en la oficina de la curia auxiliaron de inmediato al sacerdote, con un vaso de agua y aire con una toalla para su mejor oxigenación. Al joven M.J. le indicaron que su petición era muy inusual (no recordaban otro caso similar) y que por lo tanto tenían que consultar con “instancias superiores”. Que volviese en una semana y ya le indicarían el procedimiento a seguir, en cuanto a la documentación pertinente y si persistía en su objetivo de “apostasía”. La señora administrativa le dijo a M.J. “Mira, chico, creo que estás en un momento de crisis existencial. Debes hablar con tus padres y explicarles lo que te está ocurriendo en esta etapa de tu vida. Y en todo caso un buen especialista te podría ayudar con la eficacia médica. Seguro que, después de que estas personas te ayuden, verás el destino con horizontes más esperanzadores. Estás en la flor de la vida y las malas compañías te pueden haber llevado a esta situación de crisis. No desaproveches, con tonterías, esa juventud tan maravillosa que Dios te ha dado”.  


Viendo la tensión que había provocado su pretensión, en la vetusta oficina de la curia, M.J. optó por abandonar el recinto, para evitar males mayores. A lo largo de los años he tenido la oportunidad de conocer algunos elementos en la evolución de este muy aventajado alumno de bachillerato. Pero este relato debe centrarse en esa atípica, valiente, sorprendente e insólita decisión que querer romper administrativa y jurídicamente con una vinculación religiosa que decidieron realizar sus padres, con todo el discutible derecho, en el momento de su nacimiento. Habría que añadir que cuando M.J. acudió a las oficinas de la curia malacitana, para plantear una ruptura tan insólita, por escasas semanas ya había alcanzado la mayoría de edad. Muchos pueden pensar, al leer el contenido de este relato, que en la acción de M.J. influyó ese afán de protagonismo diferencial que asumen aquellos que se sienten dotados de una inteligencia y formación superior o especial con relación a la normalidad de su grupo de edad. También puede pensarse que fue un acto cómico, gamberrada o “pasada”, propia de una juventud alistada en el campo de la contracultura, que rechaza gran parte del mundo o sociedad “establecida” en la que se sienten incómodos para vivir. Conociendo, desde la atalaya escolar y en otras labores sociales posteriores, a esta persona, creo que no fue una espontaneidad o afán de lucimiento, su acción en aquella mañana soleada sobre nuestra bella ciudad acariciada por el mar. -

 

 

OTROS MUCHOS AGENTES DECISORES EN NUESTRA EXISTENCIA

 

 

                José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD

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viernes, 1 de mayo de 2026

LA DUPLICIDAD DE LA IMAGEN, EN LA REALIDAD DE LO HUMANO.


     

Casi siempre, por razones más o menos justificadas, hay personas que nos caen muy bien, mientras que a otras tratamos, en lo posible, de evitarlas. Los ejemplos para citar serían muy numerosos. Una cajera del hipermercado, el vecino que encontramos casualmente en la cabina del ascensor comunal, el conductor de una línea de bus municipal, un compañero de departamento o claustro escolar, uno de los sacerdotes que confiesan en la parroquia, y así un largo etc. Cuando podemos, tratamos de que nos atienda otro dependiente, o nos situamos en otra línea de caja al pagar en el supermercado o también evitamos coincidir con ese vecino que nos resulta incómodo, aunque a veces no nos queda más remedio que “tragar saliva” y “enfrentarnos” a esa persona que no nos cae bien, aplicando las reglas básicas de la educación en las relaciones sociales. Tras este comentario inicial, vayamos con presteza e interés al desarrollo de nuestra historia.

Tenemos la percepción cierta de que hay personas que parecen gozar provocando la intimidación, el recelo o incluso el miedo en su interlocutor. Se llamaba don TANCREDO Abolafio Baltanás. Debería andar por los 50 y era un funcionario del departamento de abastecimiento de agua, en un ayuntamiento importante de una localidad andaluza. Parece que la naturaleza no había sido generosa y la genética había puesto en su rostro cara de “malas pulgas”. Grandes entradas en su canosa cabellera, ojos pequeños y saltones, para los que tenía que usas lentes de lejos y de cerca con notables dioptrías. Cuidaba un bigote prolongado en sus extremos, que hacía recordar al mítico asiático Fu Manchú. Tenía una mella antigua en su dentadura (algunos bromeaban aclarando su origen en un buen y merecido puñetazo que había recibido por su carácter altanero y despreciativo) que ahora disimulaba con un diente cubierto de oro que potenciaba su siniestra apariencia. La escasa longitud de su cuello hacía que elevara sus hombros para tratar de incrementar la corta estatura. Su voz ronca y taciturna potenciaba el clímax de temor o desazón en quienes tenían que resolver alguna cuestión administrativa referente al agua en su ventanilla (corte de suministro sin razón alguna, permisos para contadores individuales, turbiedad del agua que manaba por los grifos, disconformidad con los niveles de consumo marcados por el contador, recibos impagados, etc.)

El gran problema de este desagradable funcionario municipal era la altanería, brusquedad y malos modos que mostraba ante el paciente ciudadano que tenía que acercarse a su ventanilla. Muchos de los asistentes a la oficina de aguas, lo llamaban Tancredo “el tiburón 5” siguiendo el orden de la saga cinematográfica. Resultaba temerario llevarle la contraria, pues entonces enseñaba sus colmillos incisivos (existía la leyenda popular de que se los afilaba). En ocasiones, por necesidades del servicio, el ínclito personaje no estaba detrás de su ventanilla, lo cual se reflejaba en la alegría y tranquilidad de los usuarios que iban a pagar sus recibos o realizar alguna gestión, consulta o reclamación, respecto al consumo de agua en sus contadores. 

Algunos usuarios, conociendo como se las gastaba el personaje, se acercaban a la oficina con humildad y servilismo. “Don Tancredo, es una “alegría” verle. Venía a rogar de su generosidad, con estos recibos que tengo impagados, por mi grave situación de paro y con hijos a los que mantener. El aviso de que me van a cortar el agua nos tiene sin poder dormir. Le ruego por caridad que nos dé un poco más de tiempo para hacer frente al impago que hemos acumulado”. La respuesta que recibía el solicitante era fría y contundente: “déjese de lisonjas, Cercedilla, tiene dos meses impagados. Haga frente a los mismos y no me haga perder el tiempo ¡he dicho!” dando un golpetazo en el tablero de la ventanilla ¡El siguiente!” Así era el sentido caritativo del insensible y severo funcionario de la administración municipal. 

Esta imperativa y desagradable imagen de Tancredo se tornaba como el día y la noche, cuando volvía a su domicilio y se encontraba con su mujer, doña HELIODORA Campillo Alacrán. Esta señora avanzaba hacia el medio siglo de vida, tenía un cuerpo generoso en kilos y trabajaba como matrona del gran Hospital local. Madre de dos hijos, Fermín y César, era una mujer de “armas tomar”. Al igual que hacía en su puesto sanitario, también actuaba en casa con la energía propia del ámbito castrense (sus vecinas solían apodarla como “la coronela”, por su genio y dotes de mando). Era temida por sus “bufidos” acústicos y por esas palabras viradas de imperativos en la gramática española.

Cuando el funcionario de aguas llegaba a su domicilio, todos sus oropeles que lucía en su puesto laboral desaparecían por completo, a modo de encanto o magia. Más bien “necesidad”. Su agrio carácter se transformaba en un corderillo, doblegado a los caprichos y exigencias de su fornida cónyuge. Imponía a su esposo una serie de ordenanzas “innegociables”. Tancredo las aceptaba, a fin de evitar males mayores. Hacer la compra semanal en los sábados. Traer el pan a diario de la panadería. Bajar los residuos en bolsas al contenedor. Hacer “su” cama (dormían separados) y servir la mesa. Limpieza del hogar por zonas, según día de semana. Prioridad de Heliodora, en la visión de los programas televisivos. Se repartían las quincenas, para poner la lavadora, tender la ropa y el necesario paso por la plancha.

Don Tancredo no osaba rechistar o polemizar, porque las veces en que lo había intentado obtenía sin reparos la iracundia de su mujer, escénicamente violenta y agresiva. Gritos, gesticulación, espavientos e incluso manotazos, en la sumisa y temerosa actitud de su pusilánime marido en casa.  ¡Quién lo iba a imaginar! El temido “tiburón 5” de la ventanilla, se convertía en un pelele para los antojos y exigencias de su autoritaria señora, la “coronela” de los servicios hospitalarios de ginecología. 

Los vecinos, que estaban al tanto de la situación, mostraban reacciones contrastadas, como suele ocurrir en la mayoría de los conflictos. Unos u otros se posicionaban en favor del hombre humillado o defendían la autoridad de la muy contundente mujer. Pero todos comentaban, con los chascarrillos correspondientes, la contrastada imagen del vecino del 7º A en su puesto laboral y en la intimidad de su hogar. En las trifulcas más violentas (golpes y salida de algunos enseres por la ventana) alguien reclamaba la presencia de la policía local, temiendo que el enfrentamiento acabase en una tremenda desgracia. Un marido magullado, con chichones y algún que otro cardenal, les habría la puerta, recibiendo el comentario de los agentes, con la guasa propia andaluza “¿Otra vez, don Tancredo? vamos a tener que llevarle a la casa de socorro, para que le curen “las caricias” que ha recibido de su ofendida y respetada señora. Tiene que mostrar más empeño en el diálogo con doña Heliodora”.    

Las apariencias suelen resultar falseadas por la intra-historia de la realidad. La vergonzante humillación y pasividad como persona, que mostraba en su hogar, la “fogaba” compensatoria y cruelmente en su puesto de trabajo, en donde podía sentirse como rey y señor, ante los modestos ciudadanos.  Cobarde en casa y miserable tras la muralla funcionarial de la ventanilla del negociado. Patética figura en el hogar y en la oficina municipal. Pero así son algunas personas, que ofrecen dos imágenes antitéticas, según los escenarios. Con distintas modalidades, son “pobres personajes” con los que nos cruzamos por las calles y plazas de nuestro pequeño mundo. “Figuras” crueles y desgraciadas, que muestran esa esquizofrenia moral en su dúplice carácter. 

Tancredo, al paso del tiempo, tomó residencia en una pequeña buhardilla reformada, cerca de la plaza de la Iglesia. Ahora ejerce como aburrido jubilado, caminando cada mañana y tarde por la vereda del gran río que atraviesa la localidad. Descansando en los recios bancos adosados al paseo, se distrae observando el caminar de las parejas que por allí frecuentan y gozan su idilio juvenil, mientras que los niños pequeños juegan persiguiendo a las palomas que buscan su alimento, alegrando las mañanas y las tardes de una ciudad tranquila, pausada y llena de Historia. Nadie hace esfuerzo por conocerle o saludarle y al alejarse murmuran punzantes comentarios, que ridiculizan su memoria y nublan con acritud la soledad de sus recuerdos. –

 

 

LA DUPLICIDAD DE LA IMAGEN, EN LA REALIDAD DE LO HUMANO


José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 1 mayo 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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