viernes, 28 de julio de 2023

LA TEATRALIZADA ARROGANCIA DOCTRINAL.

 

En la exposición de cualquier materia o asunto, la claridad, la sencillez, la simplificación, es siempre una muy cualitativa virtud. Sin embargo, para algunos “supuestos” intelectuales, la aplicación de ese inteligente y divulgativo estilo, cuando hablan o escriben, parece que les puede “degradar” y hacerles parecer menos importantes, ante el auditorio que los escucha o ante los lectores que consultan sus libros u otros textos escritos. Estos profesionales del lenguaje críptico o muy difícil de entender para la generalidad social, en modo alguno se esfuerzan en divulgar mejor lo que piensan, exponen o escriben. Se sienten a gusto “poniéndolo difícil”, elevando lo más que pueden el nivel, sin importarles el absoluto la evidencia de que la mayoría social apenas entiende lo que están diciendo. Es una muestra más de esa desacertada arrogancia con la que tratan de envolverse y autoafirmarse. Pero, mientras más elevan el nivel, menos “sabios” parecen y cada vez hay más personas que “pasan” de ellos, como respuesta a su banal o infantil estupidez.

¿Son muchos los que así actúan? Los sociólogos podrían responder a esta pregunta, pero a cada uno de nosotros se nos vienen a la mente nombres de personas famosas, o menos conocidas, a los que sin dificultad podríamos considerar formando parte de este cómico ejército de ridículos pseudo intelectuales. Críticos de cine o de la creatividad literaria, sociólogos, periodistas, políticos, religiosos, escritores, conferenciantes, científicos, profesores … forman parte de este peculiar y ridículo grupo “castrense”.

Antes de exponer nuestra historia semanal, vamos a insertar en este contexto temático una divertida anécdota que, efectivamente, tuvo su desarrollo en el tiempo y lugar de nuestra memoria. La acción se desarrollaba en un Congreso Internacional de investigadores universitarios, vinculados al campo de la biología celular. En tan selecto encuentro, cada ponente exponía el desarrollo de sus investigaciones, estudios y logros, en el ámbito del más elevado nivel científico. Una de las tardes, con el salón de actos totalmente “atiborrado” de profesores y alumnos, uno de los intervinientes, de nacionalidad argentina, que exponía en su ponencia los profundos y complejos estudios desarrollados en la evolución de la célula vegetal, utilizaba un más que generoso tiempo para narrar el esfuerzo dedicado a sus “brillantes” investigaciones.

El Dr. Feliciano Trabala estuvo hablando por espacio superior a los 30 m, ante la impaciencia y los prudentes requerimientos de la mesa congresual que controlaba la muy cualificada sesión de ponencias, que sólo concedía 15 minutos a los sucesivos intervinientes. El investigador y profesor argentino hablaba y hablaba, ante el asombro de buena parte del auditorio, que no lograba “encajar” o asimilar bien lo que el ponente disertaba, cada vez con un mayor nivel de “oscurantismo”. Muchos de los presentes, especialmente los más jóvenes estudiantes y diversos profesores, disimulaban su seguimiento, aunque en realidad no se estaban enterando de mucho. Se decían a sí mismos “debe ser especialmente importante lo que este simpático profesor (no dejaba de sonreír) está diciendo” moviendo al mismo tiempo sus cabezas, como dando a entender que lo estaban siguiendo sin dificultad en su proceloso y complicado camino investigativo.

Cuando ya el presidente de la mesa comprobó que los 15 minutos se habían convertido en casi treinta y que el ponente no atendía sus requerimientos, tomó el micro y a viva voz ejecutiva “rogó” al ponente que finalizara.  Y en ese preciso momento llegó lo más espectacular de la exposición, para esa mayoría “seguidista y borreguil” que asiente hasta cuando hay que decir que no. El argentino comenzó a guardar sus folios en un voluminoso dossier, con el anagrama de la universidad argentina bien estampado en su anverso de piel azul. Cuando terminó de ordenar sus folios, tomó de nuevo el micrófono y ante el estupor del fornido director de mesa quiso añadir unas concluyentes palabras. Todo ello “vendiendo” esa gran sonrisa en su expresión que nunca le había abandonado y en un par de minutos sintetizó lo que a muchos asombró y a la gran mayoría provocó un sin fin de carcajadas.

“En definitiva, respetable y muy atento auditorio. Tengo y debo reconocer que toda esta complicada y densa experiencia, que les acabo de exponer, apelando a su infinita paciencia y tras duros meses de trabajo, con objetiva sinceridad, debo concluir con manifiesta solemnidad y sinceridad de que “no sirve para nada”. Esa es la verdad. Sin embargo, les aseguro que ha sido una muy ”linda y bonita” experiencia”. Les aseguro que ha resultado entrañable y enriquecedor en lo humano, el tiempo que el proceso ha demandado. Tengan Vds. muy buenas tardes”.

Cuando este diáfano mensaje de un sonriente Feliciano llegó al auditorio, un intenso murmullo sobrevoló de inmediato por todo el gran salón de sesiones, murmullo que de inmediato se transformó en una cascada de sonoras y jocosas carcajadas.

 

Teodomiro Permala es un joven universitario de Málaga, que vocacionalmente se ha matriculado en el 1er curso del grado de Historia del Arte, en la facultad de Filosofía y Letras de la UMA. Es hijo único del matrimonio formado por Viriato, prestigioso abogado penalista y Mª Flora, concertista de piano. Desde su más pronta infancia, este aventajado joven ha convivido con el mundo de la cultura, teniendo en su casa una muy completa biblioteca. Efectivamente en su domicilio los espacios están densamente aprovechados para lustrar las estanterías con centenares de volúmenes, de las más variadas disciplinas. En su infancia, cuando la mayoría de los niños y amigos del barrio selecto donde reside leían cuentos y tebeos, Teo ya se atrevía a penetrar en el mundo de los más prestigiosos autores, con libros de centenares de páginas. Cariñosamente, sus familiares le han considerado, desde siempre, como un “ratón de biblioteca” expresión que no le desagradaba, sino que se sentía ennoblecido en su bien merecida autoestima.

Tal vez por influencia genética o del propio ambiente familiar, este joven ha mostrado siempre un intenso espíritu crítico, tanto en sus expresiones orales como escritas. Es de esas personas que no tiene reparos para decir lo que piensa, aunque en ocasiones sus opiniones, directas y contundentes, provocan cierto impacto y pueden resultar inapropiadas en contextos que exigen niveles de prudencia o hábil diplomacia para el trato con sus interlocutores.

¿Y por qué Teo se matriculó en la materia o grado de Historia del arte, siendo consciente de que esa rama disciplinaria no suele tener amplias salidas profesionales para el futuro de quien las cursa y desarrolla? La respuesta a esta natural pregunta es respondida a quien se la plantea de una forma básica, sencilla y convincente: “Porque me gusta”.

El Dr. Arsenio Henares, 45 años, forma parte de su equipo docente, siendo un profesor titular muy valorado, tanto por parte sus compañeros de claustro, como entre el propio colectivo estudiantil. Imparte la atrayente materia titulada: Teoría y praxis del surrealismo en la construcción del hecho artístico. Su fama se ha acrisolado debido a sus numerosas publicaciones, conferencias impartidas y a su propia forma de ser, en la que destaca un fuerte ego interpretativo que atrae y también incomoda, según los tiempos y circunstancias. En los “·corrillos claustrales” se considera que en no mucho tiempo el prestigioso profesor alcanzará la cátedra de su especialidad, para la que tiene contraídos méritos más que suficientes. En definitiva, es uno de esos “mitos” intelectuales, en la consideración del alumnado, con los que se comparte las vivencias en los corrillos o amistades de la facultad. Su carácter aparenta una gran simpatía, aunque algunos consideran que es uno de sus grandes recursos para impactar socialmente y demostrar un día sí y el otro también las cualidades de una mente prodigiosa. Suele ser extremadamente exigente, a la hora de valorar y corregir el trabajo de sus alumnos.

A pesar del buen nivel intelectual y formativo que Teo atesoraba, cuando acudía a las clases del profesor Henares “sufría” compresivamente, pues en la mayoría de las sesiones didácticas tanto él, como una gran mayoría de sus compañeros, “no se enteraban prácticamente de nada” con respecto a lo que este profesor explicaba. Era tal la palabrería y el barroquismo críptico que sustentaba la expresividad del docente, que impedía o era en sumo dificultoso poder seguir la línea argumental del cualificado y “endiosado” profesor. Un sector del alumnado solía seguir el “juego conceptual” que el Dr. Henares desarrollaba, tratando puerilmente de disimular ante el nivel “exotérico” que mostraba el docente del surrealismo artístico. Hacían como que se enteraban de algo, cuando en realidad no integraban casi nada de lo que pacientemente escuchaban. Teodomiro, que era muy suyo también, llevaba esta situación bastante mal. Cuando finalizaban las clases del “mítico” Henares tenía que autocontenerse, aunque su manifiesto enfado era más que patente.

Cuando se reunían en corrillo los compañeros de Teo en el bar de la facultad, de una u otra forma salía siempre a colación el nombre de Arsenio Henares y sus complicadas explicaciones, sólo aptas para espíritus o mentalidades muy selectas. Así que el alumno Permala iba maquinando la idea de ver cómo podía romper la dinámica o coraza conceptual del insigne profesor titular.

Una tarde Teo entró en la cafetería de la facultad, una vez finalizadas sus clases en el día. Pensaba pedir una infusión, pues algo que había tomado en el almuerzo no le había sentado bien. Para su suerte, en una esquina del amplio recinto restaurador observó al Profesor Henares, que estaba sentado repasando unos folios que tenía sobre la mesa, junto a una taza de café. El “discípulo “del arrogante profesor pensó que era una estupenda oportunidad para plantearle lo que desde hacía meses tenía en mente.

¿Cómo era físicamente este “endiosado” o mitificado profesor? Estatura media, más bien bajo, regordete o con tendencia al sobrepeso (probablemente buen y goloso comensal), cabello entrecano, ojos grandes y con un ligero tic en el izquierdo cuando incrementaba su tensión expositiva. Desde hacía semanas se había dejado una pequeña barbita en el mentón, quizá buscando una mayor solemnidad en su rostro de apariencia burlón. Usaba corbata y traje azul, ceremonioso de formas, calzando zapatos marrones oscuros, sin gran puntera, típicamente británicos. Nunca se le veía fumar, aunque si acompañado de alguna copa por delante, no llena de agua, precisamente. En los comentarios de pasillo o de convivencia en cafetería, se le habían adjudicado varios idilios cuyas experiencias habían finalizado con inusitada presteza, pues su mente privilegiada no aceptaba esa común mediocridad que estuviera alejada de su privilegiado nivel. 

Teo lo saludó con nerviosa y educada cordialidad, recibiendo como respuesta una sonrisa forzada a cambio y la mención de su apellido: ¡Hombre, Permala!. ¿en busca de la merienda?

“Buenas tardes, Dr. Henares ¿Podría dedicarme unos breves minutos? Vd. suele repetirnos en clase que agradece conocer el pensamiento de sus alumnos con respecto al trabajo realizado en las aulas. De manera especial, con respecto a los contenidos y metodología aplicada en sus explicaciones. Suele añadir que este conocimiento le ayudaría a corregir o mejorar el proceso didáctico que desarrolla. Y que valora, de manera especial, la sinceridad implícita en lo que le manifestemos”.

“Dice Vd. bien, Permala. Valoro y agradezco sus disponibilidad crítica o valorativa. Vete a la barra por un café o similar y le dices a Epifanio que lo anote en mi cuenta. Tengo el gusto de invitarte. Mientras tanto termino esta corrección y después me presto a escucharte, con la atención que tu persona merece. Confío sea interesante aquello que quieres transmitirme. No me gusta perder el tiempo en naderías”.  

Cuando Teo ya volvía, con su descafeinado de máquina (tenía problemas de sueño en la noche) vio como Henares lo mitraba con puntual fijeza, como diciendo “este chico es valiente. Vamos a ver por donde me sale”.

“Profesor, creo que la sinceridad en un valor básico en nuestras vidas. Le confieso que, a pesar de poseer una buena base intelectual y formativa, es mi creencia, cuando asisto a sus clases, salgo de ellas generalmente desalentado, porque percibo que no asimilo bien sus contenidos. Hay clases en las que no me entero prácticamente de nada.

Obviamente, es un defecto mío, pero en justicia creo que Vd. tiene también algo de responsabilidad en esta incómoda situación. Su lenguaje, sus giros conceptuales, sus contenidos, en suma, los percibo “elevadamente crípticos”, complicados, escénicamente muy difíciles. Coloquialmente puedo expresarlo, no lo tome como un agravio, de la siguiente manera: me parece como si se sintiera a gusto poniendo muy difícil la comprensión para el auditorio. Y me pregunto ¿por qué? ¿para qué? ¿Qué sentido tiene esta tan patente dificultad didáctica y conceptual? No es el caso, no le estoy pidiendo que haga una divulgación excesiva o degradada para el mensaje, pero no me cabe duda de que tiene que darse cuenta de la tribulación y el desánimo que nos embarga, al ver que ni de lejos podemos llegar a su imposible atalaya intelectual.

Por supuesto no creo que lo haga por maldad o divertimento arrogante. Pero muchos de los compañeros lo comentan en la privacidad de nuestras reuniones, aunque otros muchos también traten de disimularlo, para no mostrar nuestra debilidad comprensiva o intelectiva. Yo mismo, que leo y he leído mucho, no me he encontrado a escritores tan difíciles, con el nivel que Vd. atesora. Esto es lo que deseaba transmitirle” (las palpitaciones cardiacas de Teo alcanzaban una acelerada y preocupante velocidad. La mirada del Dr. Henares era bastante seria. El tic del ojo izquierdo no cesaba de manifestarse en su rostro).

“Efectivamente, joven Teodomiro, intento despertar en vosotros la fuerza y la lucha ante la dificultad. Mis mensajes y contenidos no son de naturaleza difícil, pero los envuelvo con un sutil ropaje léxico, que debe motivaros para su adecuada captura e integración intelectiva. Te aconsejaría que te esforzaras en captar las ideas básicas, que suelo repetir con generosidad y en cuando al ornamento barroco/lingüístico pues… olvídate del mismo. Quédate con lo fundamental y te sentirás feliz de poder captar en cada clase un poco de este cualificado estilo docente al que no niego dificultad para aquellos que están en fase generacional de aprendizaje. Desde luego no pienso cambiar este estilo didáctico, pero si estoy dispuesto a la ayuda y a resolver vuestros interrogantes y sugerencias. Permala, cuando necesites hablar, hablamos. Cuando desees mostrar tu desaliento y limitación, te escucharé con atención y solidaridad”.

En ese instante Henares comenzó a guardar los folios, indicando con ejecutiva energía que la conversación había finalizado.

Cuando Teo llegó a su domicilio se echó en la cama, cerró los ojos y repitió mentalmente la respuesta de este gran narcisista de la palabra, el mítico profesor Dr. Arsenio Henares, con su materia Teoría y praxis del surrealismo en el hecho o construcción artística. Y en esas elucubraciones que bullían por su mente, no cesaba de aparecer una palabra que, con temerosa prudencia, había obviado en la “temeraria acción de dialogar con el “gran maestro, el gran dios”: el concepto de “·sadismo” intelectivo.

Como se decía al comienzo de estas líneas, no es un problema baladí, lo que estos “profesionales de la dificultad” plantean en sus clases, en sus artículos, en sus libros, en sus críticas, en sus exposiciones políticas, en sus argumentaciones filosóficas. Parecen como ridículos “trileros” de la expresión, que gozan y se vanaglorian de encubrir sus mensajes con una terminología y construcciones gramaticales que la común mayoría social no puede seguir. Desde luego no son “sabios” si esa es la categoría que persiguen. Son simplemente teatreros de la palabrería. Son realmente seres que en su imperfección se vanaglorian de su errónea estupidez. Todos hemos conocido a muchos de estos “personajes”, a los que hay que hacerles un caso muy relativo o pasar página de la ocre realidad que representan. Esto último es lo que más temen, en su procelosa estructura intelectual y humana. - 

 

LA TEATRALIZADA

ARROGANCIA DOCTRINAL

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 28 julio 2023

                                                                                   Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

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viernes, 21 de julio de 2023

UNA NUEVA Y BELLA RUTA EN EL CAMINO.

 

Hay personas que, en su periplo existencial, deciden un determinado día cambiar drásticamente de rumbo. Obviamente, ese cambio radical en sus vidas no se genera “de la noche a la mañana” y, por supuesto, no resulta fácil. Sin embargo, esa trascendente y muy valiente decisión es adoptada con la esperanzadora y firme convicción de su necesidad y de sus potenciales beneficios. Tampoco puede descartarse que unas veces salga bien esa modificación en nuestras vidas y, en otras oportunidades, los objetivos previstos y bien pensados no sean alcanzados. En este contexto introductorio se inserta la curiosa historia de esta semana.

Tomás Albiñana, 46 años, con un par de relaciones en pareja que no llegaron a fructificar por motivos del ego fundamentalmente, es un intenso y sufrido “urbanitas. Desde su adolescencia, le gustaba todo lo relacionado con el mundo de las finanzas, terreno en el que mostraba una capacidad y gran habilidad comprensiva. Esto le animó a cursar, después del bachillerato, los estudios de CC Empresariales, en la Universidad de Málaga. Su físico ofrecía una imagen agradable, pues ayudaba bien a su cuerpo con la práctica de diversas actividades deportivas. Su currículo le facilitó, con 26 años, el ser contratado en una entidad bancaria, como miembro fijo de plantilla. Fue enviado a una oficina del centro antiguo malacitano, en donde iba a sustituir, temporalmente, a d. Evaristo Cebrián, el cajero titular “de toda la vida”, que accedía a su jubilación. No era ese su puesto preferido, por tener que estar de continúo manejando el dinero y prestando la atención al público, para la que hay que tener dotes de paciencia y “diplomacia”. Pero como se esmeraba en la realización de su función, los diversos directores que pasaron por la sucursal lo fueron manteniendo en el puesto, Durante meses. Durante años. Así fue pasando el tiempo, cumpliendo la treintena y entrando en esa complicada década de los cuarenta, en su calendario vital.

La rutina laboral como cajero bancario le iba, poco a poco, desvitalizando y desanimando. Muchas de las tardes, entre lunes y viernes, sus superiores incluso le indicaban que tendría que hacer horas extraordinarias, por supuesto que retribuidas, aunque esta prolongación de jornada lo iba “minando” no sólo en su resistencia física, sino sobre todo en lo anímico. Cuando llegaba el “finde” semanal, largamente esperado, procuraba recuperar dicho equilibrio, haciendo lo que más le gustaba, a medida de que iba cumpliendo años: practicar el senderismo por los entornos de la naturaleza. Mezclaba esta saludable actividad, eligiendo además alguna película que le pudiera distraer, con la empatía que solía aplicar a las historias que visionaba en pantalla. En esos anhelados findes, también sacaba tiempo para limpiar su cómodo apartamento que había adquirido en la zona universitaria de Teatinos, como inteligente y necesaria inversión. Entre esas actividades caseras, estaba la de “poner” la lavadora y la de guisar comida “de cuchara” tan necesaria para sus gustos, olla cuyo contenido después congelaba para darle variedad a los almuerzos durante el resto de la semana.

Pero sus amigos se iban “matrimoniando” con las subsiguientes obligaciones familiares, impidiendo el lúdico trato que antes solía mantener con ellos. Cuando un nuevo lunes aparecía en su vida, tenía que volver a empezar con la rutina bancaria, desde ese puesto que ya había consolidado y en cuya parte superior destacaba la palabra CAJA. Desde ese pequeño cubículo, la actividad que desarrollaba le “llenaba cada día menos” y le desanimaba más. En el contexto urbano, comenzó a padecer el ruido monocorde (residía en una vía muy transitada de vehículos) de esa contaminación acústica, situación que trataba de compensar (las tardes en que podía) desplazándose a la zona portuaria o playera de la ciudad, practicando ese placer tan sencillo y saludable de caminar descalzo por la arena. De esta forma sentía más directamente el contacto con el medio natural. Desde luego, su vida rutinaria, numérica, financiera y bien “tintada” de urbanismo, le agobiaba y hasta le desvitalizaba. Comenzó a rondarle la cabeza acerca de la posibilidad de aplicar intensos y profundos cambios a su aburrida, en su percepción, existencia.

¿Qué le pedía el cuerpo y su sentimiento anímico? Simple y contundentemente, abandonar la vorágine urbana y encontrarse consigo mismo en un nuevo ambiente que estuviera “repleto de vitalizadora naturaleza”. Precisamente Tomás había disfrutado recientemente, al visionar una película cuyo protagonista era un agricultor y granjero. Esa idea le bullía en sus pensamientos, una noche sí y la otra también, en el seno de sus más cada vez más frecuentes desvelos. Comentó estos proyectos y lúdicas intenciones con algunos amigos quiénes, tras escucharle, respondían con claros signos de incredulidad en la línea de:

“Tomás ¡Tomás! Después de llevar casi 46 años en la “selva” urbana, no te veo ni de granjero, ni trabajando la tierra para el cultivo. Amigo, tú lo que necesitas, y de manera urgente, en buscar y encontrar una compañera que comparta tu vida y te ayude a llevar mejor la rutina que a todos nos embarga, con los dulces y complejos incentivos de una convivencia familiar. Es el orden natural, ley de vida. No, no te veo rodeado gallinas, cerdos, ni plantando lechugas, patatas y tomates. Anda, déjate de delirios naturalistas y vámonos a tomas unas cervezas”.

A pesar de estos planteamientos, más o menos jocosos, que recibía, el aturdido cajero no cesaba en ese su difícil proyecto transformador para su cansina vida. A sus padres (no tenía hermanos) ya jubilados, no quiso exponerles, en principio, estas ideas, pues entendía que la mentalidad de su padre Venancio, funcionario de correos, durante toda su trayectoria laboral, esta forma de pensar, para lo agropecuario, difícilmente la iba a entender. Y como ya le había dado algún “arrechucho” cardiaco, era mejor no provocarle disgusto alguno.

Una mañana de abril, cuando el reloj marcaba la frontera ecuatorial de las 12 (la caja bancaria se cerraba a las 11:30) pidió ser recibido por el director de la sucursal, Herminio Friscaya Veterano hombre de banca, que tenía la “rara” cualidad de saber escuchar y que siempre le había dado muestras de comprensión y humanidad. Tomás le expuso, abierta y sinceramente, su situación anímica, con los correspondientes proyectos de cambio en su andadura personal. El veterano compañero le escuchó con atención, como era proverbial en él. Tras meditar brevemente acerca de lo que había escuchado, le hizo una pequeña broma para destensionar la situación de su interlocutor, a quien veía manifiestamente abrumado. 

“Amigo Tomás, si yo tuviera treinta años menos, igual te acompañaría en esa sana y apasionante aventura, para reencontrarme con la naturaleza. No dudo que lo has pensado mucho y como persona valiente y decidida sé que lo vas a intentar. Tienes mi respeto, estímulo y , por supuesto, esa tan necesaria amistad”.

“Gracias Herminio, no esperaba menos de ti. Te cuento. He visto, a través de una página de Internet, una linda casita de campo, que lleva años abandonada. Sus propietarios, dos hermanos que nos les interesa seguir con esa propiedad rural, que han heredado, tras el fallecimiento de sus progenitores, la ofertan a un precio interesante, razonablemente asumible. Tiene pozo de agua, pues fue “autoconstruida” (hoy legalizada) hace décadas, sobre un manto freático. Goza de conexión eléctrica y se encuentra en el municipio de Villanueva del Trabuco. Lo mejor es que tiene unas parcelas de terreno, con arbolado mal cuidado de frutales y con zonas para plantar cereales, leguminosas, hortalizas … Si le añado animales de granja, es más o menos lo que yo andaba buscando, desde hacía largo tiempo”.

“Te comento algo que te puede interesar. En julio va a quedar una vacante en el puesto temporal que tenemos junto a la oficina de correos, en esa misma localidad. Solo hay que abrir los lunes y jueves, por las mañanas de 10 a 12, y atender a las personas que reclamen una ayuda directa para sus necesidades bancarias. Piénsatelo, pues yo podría gestionar que ese cómodo puesto fuera para ti. Aunque tu sueldo no sería como el que tienes en la actualidad, sino mucho más reducido, pienso que te vendría bien para ir subsistiendo durante los primeros tiempos de la excitante aventura que con tanta ilusión te has propuesto emprender”.

En las semanas siguientes, Tomás gestionó su excedencia temporal, por dos años, en la entidad bancaria, régimen laboral que le fue concedido dada su excelente hoja de servicios desarrollados en casi 20 años de trabajo. Lógicamente, contaba con unos buenos ahorros, que le permitieron pagar gran parte del costo de compra (un 60 %). Para el resto del montante firmó unos pagarés, en plazo también de dos años, que los propietarios de la casa y el terreno circundante aceptaron, pues esos documentos estaban visados notarialmente. Con sensatez y prudencia económica, aceptó esos dos días semanales de control y atención al público, lunes y jueves de diez a doce, en Villanueva del trabuco, con lo que tenía asegurado un ingreso básico, en esos primeros momentos de la experiencia rural particular.

En la concejalía de urbanismo y obras, del municipio trabuqueño le concedieron licencian para efectuar las necesarias reformas en un inmueble muy antiguo, que se encontraba en estado ruinoso. Contactó con unos albañiles del pueblo quienes en tres semanas hicieron un excelente trabajo en el cuarto de baño, cocina, ventanas y pintura. El resto prefirió dejarlo como estaba, pues así conservaba el encanto propio de los años pretéritos. “Bautizó” la nueva vivienda con el nombre simbólico de “Villa Naturaleza”.

Las tres parcelas vinculadas a la nueva vivienda, a donde se trasladó definitivamente a comienzos de septiembre, las fue poco a poco desbrozando, limpiando y con la colaboración de un vecino cercano, fueron preparándolas para ir haciendo las primeras plantaciones de algunos cultivos, con la emoción propia de este cambio radical en su vida. Ahora tendría que esperar para ver si ese esfuerzo fructificaba con las primeras patatas, zanahorias, calabacines, pimientos, tomates, etc. o si las aceitunas, las manzanas, las naranjas o los limones de esos árboles, ahora bien cuidados y con muchos años en sus troncos y ramajes, eran de calidad. Su nueva propiedad no quedaba lejos de la muy famosa Fuente de los 100 caños (en realidad, 101) y del propio nacimiento del rio Guadalhorce, en la esponjosa sierra caliza ubicada el extremo sur oriental de la comarca de Antequera.

Aprovechaba sus obligaciones laborales, durante las dos horas de lunes y jueves, en el puesto bancario situado junto a la estafeta de correos, para hacer las necesarias compras de alimentos, e ir conociendo a esos vecinos que siempre le trataban con esa llana familiaridad que se cultiva en los pueblos, cualidad que en mucho valoraba y apreciaba.

Sus grandes aficiones se reducían a dar largos paseos al atardecer, escuchando y gozando de los silencios de la naturaleza, respirando aire puro y perfumado por las flores e hierbas silvestres. Especialmente le agradaba la percusión de los sonidos del viento, sobre las hojas y verdes ramas del arbolado.

Al fin sus padres fueron a visitarle, quedándose un completo fin de semana en ese tranquilo paraje en el que su hijo había conseguido reunir un remanso de paz y sosiego, sin descuidar el contacto con las gentes del pueblo. Venancio y Eulalia, al principio bastante reticentes con la drástica decisión que su hijo había adoptado, fueron comprendiendo algo muy importante y que justifica las valientes opciones que los humanos adoptan de tarde en tarde: percibían que su hijo era ahora más feliz.  

¿Y cómo llegó Virginia a su vida? 

Una plácida tarde, en el otoño inicial, Tomás estaba reparando unas tejas rotas de la techumbre de su casa. Desde su “nueva vida”, también había cogido afición a la pequeña albañilería. Mientras fijaba con mezcla esas tejas que podían caer al suelo, por efecto del viento o la lluvia, en un momento concreto se sintió observado por alguien. Escuchó unos pasos muy livianos, lo que le hizo volverse en lo alto del tejado. Vio a una niña, que pensó podría tener los cinco o seis años. Rubia de pelo, ojos entre grises y celestes. La chiquilla lo estaba observando, llevando en sus brazos un manoseado peluche, muy castigado por los continuos juegos. Bien podría ser un osito, cuyo color de piel era beige claro. La pequeña lo miraba y le sonreía. Entonces iniciaron un simpático diálogo, para “romper el hielo de las presentaciones.

“¿Cómo te llamas, guapa? Yo me llamo… yo soy Lilita”. Tomás bajó del tejado, entró en la casa y le trajo una chocolatina desde la cocina, “manjar” que Lili tomó de inmediato, sentándose en el zaguán de la entrada a disfrutar de la golosina. Yo me llamo Tomás. ¿Y dónde están tus papás? MI mami, que se llama Virginia, está por ahí cogiendo ramitas del campo, para hacer con ellas después “medecinas”. A Tomás le divertía mucho la inesperada escena, aunque al tiempo le preocupaba, pues deducía que la niña se había perdido y la madre estaría muy preocupada buscándola.

No se equivocaba. Apenas habían transcurrido unos minutos, cuando escuchó una voz a lo lejos, que gritaba el nombre de Lilita. De inmediato respondió a viva voz ¡¡Aquí, señora!! En pocos segundos apareció una joven, de treinta y tantos, delgada, ojos del mismo color que su hija, cabello castaño, portando una gran bolsa que parecía repleta de hierbas. Al ver a la niña, cambió su alterado semblante.

“Discúlpeme, es que mi hija es muy activa y traviesa en el campo y en un descuido la he perdido de vista. Con lo pequeña que es, a sus seis años se desplaza de un lugar a otro con una velocidad que me asombra. Le agradezco que la haya controlado y me haya llamado. Hemos venido desde el pueblo a coger algunas hierbas medicinales, tema en el que soy experta, ya que me enseñó mi madre y también mi abuela. Ya se puede imaginar mi tarea. Voy cogiendo material para mis preparaciones y de pronto pierdo a mi hija. Bueno no le he dicho cuál es mi nombre…”.   

“Lili, que parece una niña muy despierta, ya me ha dicho su nombre. Yo me llamo Tomás y llevo aquí unos meses de cambio de vida, pues me agrada mucho la naturaleza. Dada la hora, ¿qué le parece si preparado un poco de té y merendamos. Para Lili tengo leche y le preparo un Cola Cao”. Virginia sonrió, miró a su hijita quien, con cara pícara le respondió “Venga, mami, que Tomi nos está invitando a merendar”.

Aquel sencillo, alegre y vitalista encuentro fue el punto de origen de una sana y fraternal amistad. Fueron muchas las tardes en que Virginia, una madre soltera, aparecía acompañada de su pequeña hija Lili. Algunos días llevaban un bizcocho casero, o unas magdalenas para bien merendar. Lili, siempre portaba en sus manos el osito “Keko” e iba corriendo al corral que Tomás había construido, para ver y jugar con las gallinas, haciéndolas correr entre gritos y risas. Mientras, los mayores tomaban el té con canela, bien preparado por el satisfecho anfitrión y hablaban de sus cosas. Sin que su nuevo amigo se lo preguntara, Virginia lo puso al corriente acerca del padre genético de Lili: un hombre casado y con hijos, que nunca supo que iba a tener una nueva hija, antes de fallecer víctima de su adicción al tabaco. En ese momento de su vida, la mamá de Lili prestaba servicio como sirvienta en esa familia de ”gente bien”.  Analizando la situación, evitó provocar un escándalo social. Curiosamente, esa familia “vino a mal” y hoy el deterioro econopmico y social de la misma era manifiesto.

“Pero Lili es feliz. Yo la he criado, como todo el amor y la dedicación. Creo que nada le falta. En la actualidad y echando mano de mis conocimientos, trabajo en la herboristería y farmacia principal del pueblo, a muy pocos metros de la Plaza principal. Me consideran experta en plantas medicinales, aunque todo se lo debo a mi madre y abuela, quienes supieron enseñarme lo que habían ido aprendiendo de la riqueza natural. Mi horario laboral es sólo de media jornada, desde las 9:30 hasta las 14 h. Y es que me he propuesto dedicar las tardes y fines de semana a Lili, mi hija a quien tanto amor deparo. He de ser sincera. Para mí, las tardes en que echamos un ratito de amistad, me resultan muy provechosas y felices. Qué suerte haber encontrado a una gran persona, que vive y ama en medio de la más agreste y bella naturaleza”.  

Cuando ya se despedían “hasta mañana, sería lindo que así fuera” Tomás siempre le entregaba algún regalo ecológico de la naturaleza, pensando en la pequeña Lili, producto de su esfuerzo y dedicación hacia aquello que más le confortaba, desde su cambio de vida: la actividad agropecuaria: un cestillo con huevos, lechugas, tomates, manzanas … Lili siempre se despedía, con su atractiva sonrisa, “¿quieres que volvamos mañana, Tomi? ¡Yo si quiero!

Entre Tomás y Virginia había una diferencia cronológica de 10 años. Pero la identidad y atracción afectiva entre el antiguo trabajador bancario y la manceba herborista, iba germinando, sintiéndose felices cuando estaban juntos.  “Mami, para mí Tomi es como si fuera mi papá” .-

 

 

UNA NUEVA Y BELLA RUTA

EN EL CAMINO

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 21 julio 2023

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jueves, 13 de julio de 2023

COLMENAS URBANAS PARA LA INCOMUNICACIÓN

En la mayoría de los barrios que conforman nuestras ciudades se levantan enormes y arrogantes bloques de viviendas, en las que residen numerosos vecinos. Podemos comprobar, sin la mayor dificultad, que estas construcciones, ya sean cuadrangulares o de formato rectangular, contienen en su gigantesco armazón 10, 12, 14 o más plantas, en cada unan de las cuáles suele haber cuatro o incluso más viviendas. La macicez constructiva permite albergar este número de pisos, a los que normalmente hay que sumar un entresuelo dedicado a oficinas, más una planta baja, a nivel de calle, dividida en locales dedicados a una variada gama de actividades comerciales. Puede haber también un “ojo” de patio interior, a fin de permitir que algunas habitaciones tengan la muy necesaria ventana para la aireación. En uno de estos macro edificios se inserta nuestra historia de esta semana.

Nos acercamos descriptivamente a un gran bloque de barrio popular, construcción de los años 60 del siglo pasado, denominado Santa Cecilia. Tiene 15 plantas, más una no muy extensa buhardilla, junto a la habitación que contiene la maquinaria de los dos ascensores de que consta el edificio. Este enorme cuerpo geométrico ha sido también dotado de un no muy amplio patio interior, con el objetivo de la aireación y la luminosidad para las habitaciones interiores de los pisos. Son inmuebles de cuatro, tres y dos dormitorios, lo que determina que haya seis viviendas por planta (letras A, B, C, D, E, F). En total, este gran macizo constructivo tiene 90 viviendas. Haciendo una media aritmética aproximativa, con respecto a número de personas por vivienda, multiplicamos esas 90 propiedades por cuatro, lo que nos da un número alrededor de los 360 residentes. Son inquilinos de todas las edades, profesiones, caracteres físicos, temperamentos, mentalidades e historiales diversos. Existen numerosos municipios, en nuestra provincia y en otras áreas estatales, cuyo número de habitantes censados no llegan a esa cifra o incluso ni a la tercera parte.

Resulta difícil que los propietarios y residentes en esas 90 viviendas se conozcan unos a los otros, como no sea de vista y con lss relaciones propias que se suelen dar entre los vecinos de una misma planta y tal vez con el vecino de arriba o de abajo. Son preguntas que tantas veces quedan sin contestar: ¿Cómo se llaman los inquilinos del 7 D, los del 9 E, los del 14 C o 2º F, etc.? Este problema o realidad de masificación sociológica se agudiza porque, al ser un bloque de notable antigüedad, los cambios de propietarios y residentes han sido, y siguen siendo, bastante frecuentes, por la evolución generacional de esas personas. El conocimiento recíproco de todos esos 360 vecinos es poco menos que imposible. Pero he aquí que, en tan densa “colmena” sólo hay un vecino que es conocido por todos o casi todos los residentes en el bloque. Ese vecino se llama LEANDRO, quien precisamente vive solo. Veamos brevemente la historia de esta peculiaridad. 

La inmensa mayoría de los vecinos que residen en Santa Cecilia pertenecen a familias modestas. La actual junta directiva del bloque, presidida por Américo Lima (7º C) estudió la posibilidad de rentabilizar un interesante espacio que había junto al cuarto de máquinas de los ascensores, en beneficio de la Comunidad de propietarios para los gastos y el mantenimiento de tan inmenso edificio. Se trataba de dos amplios cuartos o trasteros, en el ático del edificio, donde se guardaban herramientas y enseres de uso cotidiano como almacén. Se pensó en habilitar ambos espacios, para reconvertirlos en un pequeño apartamento, con dormitorio, baño y cocina. Esta pequeña buhardilla, con excelentes vistas, podía ser alquilada a una persona quien, además de pagar una determinada cantidad por su uso, se comprometiera a prestar algún servicio para atender necesidades de la comunidad.

El equipo del presidente, secretario y tesorero pusieron por todo el barrio pequeños carteles resumiendo la oferta que la comunidad hacía de esa buhardilla, en la “cúspide” de las 15 plantas. Las llamadas telefónicas fueron numerosas para interesarse por tan original posibilidad. Era tal el número de interesados, en un barrio de sociología de personas modestas, con elevado índice de paro y severos problemas de subsistencia, que el presidente Américo habilitó un buzón en el portal del bloque, a fin de que los interesados introdujeran unas hojas impresas en donde habían anotado unos datos básicos para realizar la posterior selección: nombre del peticionario; edad; profesión o actividad; número de miembros familiares.

La persona o personas que ocupara esa reducida en espacio vivienda, en el ático del edificio, con estupendas vistas a todo el barrio y a la propia Málaga, se comprometía a pagar el reducido alquiler de 90 euros y a prestar determinados servicios a la Comunidad: fregar el portal de entrada al bloque, los lunes, miércoles y viernes (las escaleras y 15 plantas eran limpiadas por una empresa, una vez a la semana); También se encargaría, por las tardes a partir de las cinco, de recoger las bolsas de residuos, para echarlos en los contenedores situados en la acera; finalmente, actuaría de “manitas”, reponiendo las bombillas fundidas ubicadas en los espacios comunes y otros pequeños bricolajes de fácil realización, en esos mismos espacios. El bloque diario de cartas, traídas por el encargado del reparto, eran echadas por éste en los buzones correspondientes de la vecindad, ubicados en un lateral del portal. Otro incentivo para el afortunado elegido para habitar la buhardilla reconvertida en un acogedor estudio, era que sólo pagaría la mistad del coste de la electricidad y el agua que gastara, en sus diarias necesidades.

Para asombro de la junta directiva, el número de solicitudes que se recogieron superaban los dos centenares, en los cinco días que se establecieron de plazo para rellenar y entregar los impresos. Obviamente había mucha gente sin casa propia, incluso en otras barriadas alejadas del edificio Cecilia. La oferta era muy tentadora. Dos tardes necesitaron Américo y sus colaboradores, para ir “desbrozando” tal cúmulo de solicitudes. En principio, fueron descartando aquellas familias que tenían un elevado número de miembros. También aquellos “pretendientes” que tenían una muy elevada edad o más de un niño pequeño. Se priorizaba el dominio de los arreglos eléctricos o de la pequeña albañilería. Lógicamente, la idea de un “manita de multiservicios” era la opción que más se deseaba.

De entre los cinco finalistas, con los que dialogaron durante los minutos necesarios, eligieron finalmente a Leandro Alberca, 54 años, de nacionalidad ecuatoriana. Su estado civil era la de viudez, según manifestaba el corpulento camarero, actividad con la que se ganaba el sustento. Llevaba cinco años residiendo en España y tenía capacidad y conocimientos para realizar trabajos muy diversos, vinculados al pequeño bricolaje. Su dedicación laboral en una cafetería/restaurante del centro malacitano sólo le ocupaba las horas matinales, de 8 a 15 horas, por lo que podía dedicar las tardes a las necesidades del bloque. Durante la entrevista confesó que, en el país de origen, había trabajado en la enseñanza, pero no quiso dar más datos al respecto. Antes de venirse a España, hizo unos cursos de aprendizaje en electricidad y fontanería.

Entre otras razones, le dieron el cargo por su firmeza y seriedad en sus compromisos con la amplia comunidad y porque su talante les convenció plenamente. El centro restaurador en donde trabajaba le hizo un certificado de buena conducta, que él solicitó previamente a sus superiores. Durante las primeras semanas, tanto los componentes de la junta directiva, como los vecinos a quienes trataba, consideraban que era una persona educada, trabajador responsable que dedicaba las horas vespertinas a cumplir sus compromisos con la comunidad. Eso sí, desde el principio observaron que era persona un tanto reservada en lo personal, característica que sus convecinos consideraban un factor muy positivo, a fin de mantener las respectivas privacidades.

Solía levantarse muy temprano y en la cubierta plana del bloque, junto a su estudio o buhardilla, hacía diversos ejercicios físicos, procurando no pisar muy fuerte en el suelo, para evitar malestar a los vecinos que habitaban en la planta 15. Tras el aseo y el desayuno, se dirigía a la cafetería/restaurante Amaragua, en donde iniciaba su trabajo antes incluso de las 8 de la mañana, para servir los desayunos junto a otro compañero. Esa puntualidad era muy valorada por el propietario del negocio, pues había que aprovechar el tirón de aquellos que gustaban desayunar antes de entrar en sus respectivos puestos de trabajo. A esos suculentos servicios restauradores, seguían los también apetitosos aperitivos de media mañana. La popular cafetería, situada en un radio o perímetro urbano donde operaban numerosas oficinas, tanto de la consejerías de la Junta, en el conocido como “Edificio Blanco” como bancarias y administrativas, recibía una abundante clientela, durante todas las horas matinales, pues también facilitaba menús económicos, para aquellos funcionarios, ejecutivos bancarios y profesionales que no deseaban perder mucho tiempo desplazándose a sus domicilios para el almuerzo, pues hacían horario intensivo o tenían obligaciones laborales que cumplir durante parte de la tarde.  

A las quince horas finalizaba su turno laboral, desplazándose a su nuevo domicilio, en donde se preparaba algo para comer. Descansaba un par de horas y no más tarde de las seis bajaba al portal, donde efectuaba una fácil y rápida limpieza, hasta los dos tramos de escaleras que conducían hasta la planta de entresuelo, dedicada a oficinas diversas. Había colocado una hoja en el tablón de anuncios, para que los vecinos del gran bloque anotaran los problemas de luces u notros deterioros que surgieran en cada una de las plantas constructivas. Especialmente durante los fines de semana, aprovechaba para ir reparando y sustituyendo aquellos elementos comunes deteriorados o avisaba al seguro del bloque para que se encargara de su gestión correspondiente. Sacaba tiempo para bajar las bolsas de basura que los vecinos habían dejado en las distintas puertas de las viviendas (un gran número de inquilinos y propietarios bajaban al contenedor municipal sus propias bolsas de residuos).

Aunque muchos de los residentes de la gran vivienda comunitaria desconocían los nombres y donde habitaban los demás vecinos, a Leandro casi todos sabían donde vivía y en qué se ocupaba. Valoraban y aplaudían su disponibilidad para las peticiones que muchos le hacían y no todos ellos empleando las mejores formas para pedirle ayuda para sus peticiones. Pero Leandro, aunque manteniendo las distancias y su seriedad característica, respondía siempre con diligencia, eficacia y amabilidad.

La verdadera historia del servicial Leandro nadie la conocía y él procuraba bien guardarla para su íntima privacidad. Sólo que era de nacionalidad ecuatoriana, aunque el lustro que llevaba residiendo en España le había proporcionado un buen disimulo del “deje” expresivo sud o centroamericano.  Cuando se hablaba con él evidenciaba que era una persona con estudios, en concordancia con esa no definida o concretada tarea de la enseñanza que había manifestado en la entrevista inicial con la junta directiva. Muy silencioso en su comportamiento hogareño, los vecinos de la planta 15ª no escuchaban apenas sonidos que les molestasen desde la buhardilla de Leandro. Probablemente no tenía aparato de televisión, aunque percibían que era un voraz lector, ya que con bastante frecuencia se le veía acudir a la biblioteca pública municipal instalada en el barrio, saliendo de la misma con un libro de préstamo en la mano o guardándolo en una mochila de piel marroquí que solía usar casi de continuo.

Américo, un buen presidente de la comunidad, siempre atento a cualquier detalle que pudiera favorecer la buena convivencia de tantos vecinos, se interesó por conocer un poco más de ese “único inquilino” muy servicial y reservado al que casi todos conocían. Tenía capacidad para la investigación, pues había sido policía local durante su vida laboral. Ahora, a sus 59 “primaveras” estaba jubilado por un problema de espalda que sufrió cuando realizaba un servicio contra la delincuencia. Una cálida tarde de junio, mientras Leandro se ocupaba en fregar el portal del edificio y de cuidar los dos macizos de plantas que había en los laterales del amplio espacio de entrada, se acercó amistosamente al responsable y atento vecino de la buhardilla.

 

“Buenas tardes, amigo Leandro. Desde que estás con nosotros la comunidad funciona bastante mejor. Y eso es a consecuencia de tu positiva dedicación. Desde luego sabes hacer un poquito de casi todo. Precisamente, hace unos días, te escuché dándole un acertado consejo informático para sus hijos, a la señora Dorotea, del 9 F. El mío cada día va más lento y no me atrevo a meterle esos programas limpiadores, pues temo pueda provocarle algún daño, porque son archivos “piratas”. ¿Te puedo dejar el portátil, por si puedes echarle una ojeada?

“Sin problema, Américo. Déjamelo y esta noche veo qué se le puede hacer. Me tendrás que dar alguna clave, para poder entrar en el disco duro. Posiblemente esté contaminado por algunos “troyanos” que siempre están haciendo daño cuando se navega por Internet. Los antivirus se ven desbordados para frenar todo ese ataque “mercenario”.

Al día siguiente, el portátil del presidente estaba “arreglado”.

Ese fue un buen punto de arranque, para acercar en la amistad a dos personas que estaban muy próximos generacionalmente. Leandro no quiso cobrar compensación alguna por este servicio personal que había dejado tan feliz a presidente Américo. Éste insistió en invitarle a unas cervezas, esa misma tarde/noche, a lo que el vecino de la buhardilla accedió también agradecido. Ese encuentro, en la tapería LO GÚENO posibilitó que al fin Leandro se “abriera” un poco en su privacidad, compartiendo algo de su historia con el hábil expolicía local.

Leandro Alberca había iniciado su protagonismo político sindical ya en tiempos juveniles, cuando estuvo cursando en la facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Quito. Siendo ya profesor de esa misma facultad, su ideología izquierdista se fue acentuando y radicalizando. Militó en una agrupación política de extrema izquierda y en el ámbito sindical fue un contundente ariete en la lucha contra las mafias conservadoras del capital. Contrajo matrimonio ya en una edad avanzada, 40, con Octavia, otra activista política de izquierda. Se convirtió en el centro de las amenazas de aquellos grupos a los que atacaba políticamente sin descanso. Su compañera sufrió un terrible y mortal accidente automovilístico, no esclarecido, con la connivencia pasiva en la investigación por parten de la policía “del régimen”. Esa fugaz unión conyugal había durado sólo seis años. Las amenazas contra su persona eran continuas y se sentía viviendo en una atmósfera imposible y altamente peligrosa. Incluso su coche fue tiroteado, pudiendo salir ileso porque el coche volcó y los proyectiles pasaron por encima de su cuerpo. Obviamente “iban a por él”. Tomó la decisión de abandonar su país y venirse a España, un país amigo, con su misma lengua y con una evidente seguridad jurídica y policial. Lo hizo tratando de potenciar el más absoluto de los anonimatos, cerrando su vida e intimidad a todo un pasado convulso. Ansiaba recuperar la tranquilidad y el sosiego, partiendo desde cero, sin importarle el desempeño de cualquier tipo de actividad. El ejercicio de un trabajo como camarero le garantizaba un sueldo mensual para poder vivir con dignidad. Ahora tenia una pequeña vivienda, pero con excelentes vistas a toda la ciudad, por la que abonaba una módica cantidad mensual. Siente que ha recuperado esa tranquilidad física y sobre todo anímica, siempre tan necesaria. Es apreciado por una gran mayoría de los trescientos vecinos, que le conocen como “el bueno y servicial Leandro”, sintiéndose útil para ayudar a esa gran comunidad vecinal que le acoge. 

Sólo Américo, el presidente, conoce básicamente el trasfondo vital de este responsable convecino que, con humildad y fortaleza, quiso salvar su vida de los peligros que le acechaban. Y resulta paradójico. En esta densa comunidad vecinal, en la que hay decenas de residentes que no se conocen por los nombres y números de pisos, el inquilino de la buhardilla centra el aprecio de casi todos. Todos conocen cuál es su habitáculo, su nombre y su generosa y eficaz disponibilidad. -   

 

COLMENAS URBANAS PARA

LA INCOMUNICACIÓN

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 14 julio 2023

                                                                                   Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

                                                                                   Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/
 


 

viernes, 7 de julio de 2023

UN AMOR "A CIEGAS"

En el ámbito mediático destaca, desde hace más de un lustro, un muy popular programa de televisión, denominado FIRST DATES (primeras citas) emitido de lunes a sábados, a las 21 horas, por la cadena 4 Televisión. Básicamente, el contenido de este espacio televisivo consiste en propiciar el encuentro entre dos personas que no se conocen previamente y que desean encontrar el calor y afecto sentimental para formar una feliz pareja. Es una “cita a ciegas”, aunque los organizadores del programa tratan de vincular a dos personas que posean una cierta afinidad, tanto por la edad, imagen física, el carácter, los gustos y los objetivos que presiden sus vidas. Hay parejas que, después de compartir una comida en el restaurante instalado en el plató televisivo y dialogar sin cortapisas, finalizan este primer encuentro con el ánimo de seguir manteniendo esa ilusionada unión con sucesivas citas, ya privadas. Por el contrario, hay otras parejas que manifiestan su convicción de no querer seguir con el vínculo iniciado, alegando cordialmente diversas motivaciones. En este afectivo contexto se inserta la historia de esta semana.

En dos puntos geográficos de nuestro país, la ciudad castellana de Burgos y la ciudad andaluza de Granada, dos personas de mediana edad sopesaban la posibilidad de inscribirse en el programa de First Dates, como activos protagonistas de esos sentimentales encuentros.

EMILIANO Pargo, 46, había manifestado en su inscripción para este espacio que era agente comercial, formando plantilla de una importante oficina de ventas y alquileres inmobiliarios, con sede en la capital burgalesa. Aportaba el dato importante de que estaba dos veces separado de dos mujeres con las que había tenido descendencia, una hija con cada una de ellas. La relación con las madres e hijas no era especialmente cordial. Daba la imagen de ser una persona autosuficiente y con gran autoestima.

La pareja que el equipo del programa adjudicó al agente comercial era una docente universitaria de Granada, profesora de Historia Antigua y Arqueología, natural de la ciudad de la Alhambra. Su nombre era CLARA Montalvo y ya sumaba 43 años. Curiosamente, era también una persona separada de dos parejas, cuyas relaciones estaban muy separadas en el tiempo. Estas vinculaciones afectivas no trajeron el fruto de la descendencia, básicamente porque ella, algo exigente en su forma de ser, nunca vio seguridad de permanencia en ambas uniones.

Con estos escasos “mimbres“ o datos, los programadores decidieron unir a los dos participantes, ciertamente desafortunados en el amor, pensando que había entre ellos elementos favorables y concordantes , a fin de que unieran sus identidades, una vez que se conocieran y dialogaran  en este primer encuentro o cita para el amor. Fueron convocados para la grabación de un programa que se emitiría durante la primera semana de julio. Cuando el director del espacio presentó a los dos participantes, éstos se miraron con puntual atención y una cierta “impertinencia”, ya que aplicaron a esos tensos segundos iniciales del encuentro un intenso “escaneo” recíproco. Con el mismo, pretendían tomar una primera impresión acerca del compañero que tenían por delante.

¿Qué percibió Clara en Emiliano? Una persona de mediana edad, de rostro amable, sonriente, pelo bastante corto ya encanecido, a fin de disimular su progresiva alopecia. Ojos azules, “picarones”, cuerpo con tendencia al sobrepeso y una indisimulable necesidad de comunicar, aplicando una “verborrea” un tanto apabullante. Por momentos parecía estar convenciendo a un “posible cliente” acerca de las excelencias del chalet adosado que estaba pretendiendo venderle. Su forma de vestir era elegante, aunque un tanto “antigua” y desfasada.

Por su parte, el supuesto vendedor de la agencia inmobiliaria veía en Clara a una elegante mujer cuyo cuerpo denotaba una manifiesta delgadez. Cabello negro, ojos aturquesados, labios carnosos y un constante movimiento de manos que simulaba o parecía estar explicando uno de los temas del programa del mundo antiguo, que impartía en las aulas universitarias del Polígono universitario de Cartuja, en la entrañable ciudad de Granada.

La acústica expresiva que uno y otro personaje aportaba los iba ya diferenciando, entre la finura castellana del burgalés y el “deje” granadino de la docente de Historia. Emiliano optó por solicitar al barman una cerveza alemana, mientras que Clara pidió una tónica con limón natural. Tras los primeros compases, bien teatralizados por ambos comensales, mezclando un “brainstorming” de preguntas y respuestas, con el ansia de conocer todo lo posible del interlocutor respectivo, los dos nuevos “amigos” se retaron a manifestar uno de los deseos o aspiraciones que ambos atesoraban en sus respectivas personas. Emiliano comentó de manera “jocosa” que en su caso le haría inmensa ilusión, desde luego un tanto irrealizable, de tener como clientes al mítico cantante española de baladas y canciones de amor Julio Iglesias o a su antigua, elegante, divinal y siempre enigmática esposa Isabel Preysler.

Clara, cada vez más acomodada por la situación, con una sonrisa plena de “añoranza” confesaba una hipotética situación como deseo, en la que se imaginaba explicando en una de las aulas universitarias de Oxford. Siempre había mantenido admiración por el estilo cultural y de vida británico

En la conversación durante la comida en el restaurante del programa, intercambiaron breves comentarios acerca sus frustradas uniones sentimentales, achacándolas a motivaciones de “manual”: el cansancio de repetidos y cansinos diálogos, el ansia de novedad, esas malas rachas que a todos nos afectan, alguna infidelidad, comportamientos inmaduros y por encima de todos ellos, el ego como principio relacional erróneo. En esos interesantes minutos para el conocimiento, tomaban conciencia de que congeniaban bastante bien. De continuo generaban cruces de miradas que contenían una química atractiva y sentimental de difícil descripción. Curiosamente (eran personas adultas) ninguno de los dos llevaba tatuaje alguno grabado en la epidermis de sus cuerpos, como otros muchos participantes en el programa. Por supuesto que hablaron del tema sexual. Emiliano entendía al sexo como el mejor alimento del cuerpo y del alma, mientras que Clara se definía como una persona serena, tal vez algo fría, ante los comportamientos exagerados del sexo. Entendía que existían otros muchos valores que aportaban “color y buena música“ a nuestras vidas.

Su participación en el programa se saldó con el favorable y positivo reconocimiento de que tendrían nuevas citas, a fin de seguir profundizando en el conocimiento respetivo. Abandonaron el plató escénico uniendo sus manos, como dos “niños“ amigos, aparentemente ilusionados ante ese amor que, providencialmente, se acercaba a sus vidas. Felices y contentos, sonaron “las campanitas” de la alegría y la felicidad.

Esa cálida noche de junio (el programa se había grabado en los estudios de Mediaset durante la misma mañana) la pasaron disfrutando de una buena cena en el ambiente cosmopolita madrileño. Por indicación del gerente de hotel donde Emiliano se alojaba, fueron juntos a una venta o mesón muy típico de la capital, denominado El Arlequín. Allí compartieron medio cochinillo asado, verdaderamente suculento, con patatas caramelizadas y frutos del bosque. Para finalizar bien la noche y seguir profundizaron en el diálogo para la aproximación y el conocimiento, decidieron ir a tomar unas copas y a escuchar un poco de música en directo, a la sala El Alambique, no lejos de la Plaza de España.

Desde sus respectivos hoteles, marcharon en la mañana siguiente hacia la estación ferroviaria de Chamartín y Atocha, para tomar los trenes que les conducirían a sus respectivos destinos, en Burgos y Granada, respectivamente. Quedaron en verse en los siguientes fines de semana, a fin de ir aproximando su conocimiento y esperanzadora relación, conseguida en un divertido programa de televisión, emitido diariamente “in prime time” (horario de máxima audiencia).

En el primer “finde”, la profesora se desplazó por tren a Burgos, en donde su ilusionada y enamorada pareja hizo de perfecto cicerone, recorriendo y mostrándole los monumentos y espacios más emblemáticos de la histórica ciudad. Las fotos que se hicieron junto a la imponente catedral de estilo gótico, con la piedra recién limpiada por especialistas, mostraban a dos personas que se querían y necesitaban. Degustaron sabrosos platos típicos castellanos y ambos fueron añadiendo datos acerca de sus respectivas vidas y forma de ser. La relación afectiva parecía ir “viento en popa”. El siguiente fin de semana se reunieron en la apasionada tierra nazarí de Granada. La profesora de Historia le fue enseñando rincones bellísimos de esta siempre preciosa ciudad. El entorno de la Alhambra y los jardines del Generalife cautivaba, el atardecer en el Mirador de San Nicolás subyugaba, la noche de tapas y sones de guitarra por las calles empedradas y empinadas del Albaycin maravillaba. Todo se conjuraba para hacer realidad los ensueños, las luces y sombras y todos esos mágicos sentimientos y anhelos que alegremente los vinculaba.  

Pero después de estas primeras citas, en sus respectivas provincias de origen, algo verdaderamente extraño ocurrió. Clara trataba de contactar con Emiliano, pero el agente comercial no respondía a sus llamadas. Llegó a preocuparse intensamente por si a su nuevo amor podría haberle ocurrido alguna lesiva desgracia. Utilizó varios recursos para comunicar con él: el WhatsApp, el número telefónico e incluso una dirección de correo electrónico que Emiliano le había facilitado y nunca había usado. Pero el agente comercial de inmobiliaria “no daba señales de vida” o presencia. Ella se preguntaba, una y otra vez qué había podido ocurrir o fallar, cuando en su memoria y percepción “todo” había salido bien, por lo que le contrariaba y desalentaba que después de dos frustrados intentos sentimentales, pudiera estropearse o imposibilitarse esta ilusionada y postrera oportunidad para el amor.

La aturdida profesora dejó pasar unos días, para ver si su apuesto y dicharachero compañero, dotado de tantos atractivos, entre los cuales también destacaba una sorprendente locuacidad y expresividad (que bien debía usar, en sus contactos comerciales) respondía de una vez a sus requerimientos y clarificaba de alguna manera su inexplicable silencio. Pero esas respuestas no llegaban, para el desaliento de una mujer que veía de nuevo peligrar ese amor providencial que felizmente había llegado a su existencia.

No eran muchos los datos que ella poseía para tratar de investigar y responder a los porqués de sus dudas. Llegó a escribir a la dirección del programa First dates para recabar más información acerca de Emiliano Pargo, pero la dirección de Mediaset le comunicó, con toda amabilidad, que entre sus normas estaba la de respetar y guardar la intimidad de los participantes en sus espacios televisivos. Contactó con algunas importantes empresas inmobiliarias o de alquiler, en la capital burgalesa, pero en ninguna de ellas tenían noticias de D. Emiliano Pargo. ¡A este hombre parecía que se lo había tragado la tierra! Le daba vueltas a la cabeza, cayendo en la cuenta de que, cuando ella estuvo en Burgos, Emiliano había reservado una habitación en el hostal El Castillo, con histórica decoración medieval, en donde pasaron horas muy felices, pero no la llevó a su domicilio, sin que ella le preguntara la causa de este gesto. Al paso de las semanas y con una cierta amargura, Clara iba llegando a la dura conclusión de que este supuesto profesional de las transacciones inmobiliarias era todo un montaje de una falsa teatralización. Tenía la convicción de que se había burlado profundamente de ella. Con fuerza y tesón, no exento de un comprensible enfado, esta profesora universitaria decidió dejar pasar el tiempo, esa terapia que todo o casi todo lo cura. Así corrieron las hojas del almanaque, por días, semanas y meses. En los momentos de hondo y pesimista sentimiento se juró no volver a creer en el amor.

Casi dos años más tarde de estos eventos, en la vida de Clara la presencia o imagen de Emiliano estaba prácticamente olvidada. Pero las casualidades que nos depara inesperadamente el destino o tal vez ese sol que tanto y bien ilumina las tinieblas de nuestro raciocinio y los anhelos del alma, quisieron reavivar y poner nuevas luces a eso interrogantes que ella se había planteado, en las cálidas o frías tardes de los espacios granadinos. Paseaba una mañana de sábado primaveral por el laberinto antiguo del urbanismo de su ciudad. Se detuvo ante un escaparate de la Plaza de la Trinidad, en donde aún sobrevivía una ilusionante “librería de viejos”, que ofertaba a buen precio ediciones descatalogadas o restos de viejas joyas de la creatividad literaria. Pasó al interior de la Librería El Quijote, con la intención de entretener el tiempo rebuscando algún volumen cuya autoría, título o temática despertara su motivación. Al frente de este culto negocio estaba Simeón Gomá, un entrañable, muy veterano y ceremonioso librero, creador y propietario de la librería. Al no haber otro cliente dentro de la “rancia” estancia, decorada hasta por los más mínimos huecos de pared y mesas expositoras, de centenares y miles de volúmenes, como un puzle cromático de idealizada creatividad, el “viejo” Simeón se acercó a Clara, a quien conocía de otras visitas a la librería con la intención de conocer algo de lo que estaba buscando, a fin de ayudarla a localizarlo.

“Amigo Simeón, me alegra saludarte. Para este ya cálido fin de semana, me apetecería encontrar algún ejemplar que, básicamente, me distrajera y me ayudase a comprender mejor este mundo tan complejo y controvertido en sus personajes y vivencias. No me cabe la menor duda de que me vas a prestar una cualificada ayuda”.

El veterano y sagaz libro no lo pensó dos veces. Le indicó a que lo siguiera hasta una mesa repleta de ejemplares variados, en la que rápidamente echó mano de un volumen de doscientas y pico de páginas, ejemplar que llevaba impreso en su portada un interesante título: UN AMOR A CIEGAS, sobre una bella imagen del entorno de la capital burgalesa, con su imponente catedral de torres góticas señalando el azul celeste sobre la histórica ciudad.

Con una irrefrenable premonición, tomó el ejemplar y un tanto nerviosa buscó al autor de esta aparente novela. Hermes Lafuente. No le sonaba ese nombre de nada. Abrió las páginas del libro y leyó algunos párrafos o títulos de los capítulos. De inmediato buscó en la contraportada algún pequeño resumen que le indicase de qué iba el contenido de la historia narrada. Antes de empezar a leer la síntesis temática, sus ojos, sus latidos cardiacos y su ánimo quedaron sobresaltados, ya que la foto del autor era fácilmente reconocible para ella: ¡Era Emiliano Pargo! Algo más mayor de como ella lo recordaba. Profundamente abrumada, pagó al viejo Simeón los doce euros de ese ejemplar rebajado y tras despedirse del amigo librero, salió a la calle, a que le diera un poco el aire en la cara. Tomó asiento en unos de los bancos de madera de la zona ajardinada de la plaza y leyó la síntesis temática de la novela que tenía en sus manos. En realidad, conocía bastante bien el trasfondo de la síntesis argumental. La historia hablaba acerca de un apasionado y entrañable amor imposible entre dos personas adultas, próximas ya a su medio siglo de vida y con fracasos sentimentales en sus respectivos historiales. 

Iba a tener todo el fin de semana y el tiempo generoso de muchos otros días, para leer con atención y enfadada intensidad las páginas, líneas y “entrelineas” de una posible larga historia en la que ella, sin duda, iba a tener algún protagonismo, posiblemente con nombre supuesto. Al igual que el autor de la trama argumental, Hermes Lafuente, el Emiliano Pargo que había despertado en ella la sublime ilusión del amor. Obviamente este escritor no era el agente comercial de propiedades inmobiliarias que “cómicamente disimulaba”, aunque los vínculos con la ciudad de Burgos eran también obvios. La abrumada y desencantada profesora comprendía que este compañero de la cita a ciegas era realmente un novelista que, tratando de buscar contenidos experienciales, había articulado una burda teatralización afectiva, ayudándose de la opción que ofrecía un conocido programa televisivo. Un incalificable y maquiavélico ardid creativo, perpetrado por un aventurero de las historias y las palabras, al que no le había importado herir sentimientos en un alma no afortunada para la ilusión del amor.

Sin embargo, siempre habrá para Clara Montalvo ese diario amanecer, que le traerá, en sus mágicas y celestes alforjas, el tesoro inmenso y gratificante de la ilusión, para realizar el mejor recorrido por los caminos inesperados de su veterana inocencia. -

 

 

UN AMOR A CIEGAS

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 07 julio 2023

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es  

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/