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viernes, 14 de octubre de 2016

PALABRAS Y REALIDADES, EN LOS CÓDIGOS NORMALIZADOS PARA LAS BUENAS FORMAS.

Se trata de variadas y correctas fórmulas expresivas, que solemos utilizar en el día a día de nuestra intercomunicación. Hacemos con ellas honor a la cordialidad, a la obligación responsable y, por supuesto, a las buenas costumbres educativas. Sin embargo, a poco que profundicemos en la realidad de su contenido, nos vamos dando cuenta de que sólo son el “vacío” ropaje que ilustra un deseo o intencionalidad que, en muchos de los casos, termina incumpliéndose. Se manifiestan en nuestras respuestas sin excesivo esfuerzo, adornan muy bien la atmósfera relacional, resultan incluso imprescindibles en los códigos para las buenas formas pero después, al llegar el tiempo o momento de hacerlas explícitas, va desapareciendo en las mismas toda aquella noble intencionalidad inicial que hizo aconsejable su fluida aplicación. Podemos citar y comentar numerosos ejemplos. Centrémonos en algunas de las siguientes escenificaciones, que ayudan a entender mejor el sentido de este breve planteamiento.

cilmente aplicados.PRIMER DÍA DE CLASE, en el otoño (ahora, cada vez más cálido) de todas las anualidades. Tanto el profesor, como sus alumnos, acuden al aula con esa mezcla difusa de ilusión y recelo, ante una obligatoria realidad que los va a mantener unidos durante un nuevo período escolar. Es el día de la presentación inicial de un nuevo curso. La mayoría serán alumnos nuevos, para el educador. Probablemente, aquéllos también habrán cambiado de profesor este año. Obviamente, el protagonismo expositivo estará centrado en el docente que, más pronto o tarde, pronunciará una de esas largas y acomodadas frases que nunca suelen faltar en los propósitos iniciales del ejercicio escolar: “Estaré abierto, en todo momento, a las sugerencias, valoraciones y opiniones, que consideréis oportuno hacerme. Las hablaremos y discutiremos y, si es necesario, las aplicaremos a fin de cambiar la marcha de la clase. Incluso al final de cada trimestre, os plantearé alguna encuesta, para que la respondáis de manera anónima, en la que podréis expones vuestras críticas y deseos acerca de aquello que pensáis es necesario modificar”.

Por supuesto que no se suele plantear de la misma forma esta “plausible” frase, con alumnos universitarios o con grupos de bachillerato, ESO o primaria, por razones de edad y formación. Pero haciéndolo de una u otra forma, nos comprometemos a mantener el diálogo y la receptividad para la crítica, con  el propósito de modificar aquello que justificadamente se solicite. Considerando el riesgo siempre inevitable de la generalización, es más que frecuente que estas buenas intenciones iniciales queden finalmente en la mera ornamentación de las palabras. Efectivamente son palabras muy hermosas pero, al paso del tiempo, las vemos sobrevolando los espacios por la ingravidez a que las someten el viento o brisa de la realidad.

¿Le agrada, ciertamente, al profesional educativo, que sus alumnos le manifiesten con sinceridad aquello que verdaderamente piensan sobre aspectos diversos de su trabajo? ¿Cuántas encuestas, bajo el prisma del anonimato, llegan a plantearse a lo largo de todo un curso, a fin de que los alumnos expongan sus criterios u opiniones acerca de la metodología, recursos didácticos, actividades a realizar, modalidades de evaluación o el simple trato personal, aplicado  por parte de su profesor? En la práctica ¿esa disponibilidad y receptividad permanece abierta en todo momento, como se expuso en esas primera jornada de clase, sin duda con la mejor intencionalidad? ¿Apreciamos o nos incomoda, la sinceridad expresada por aquéllos escolares que ocupan los pupitres y las mesas del aula, donde se enseña y aprende bajo nuestra  autoridad responsable?

PROPUESTAS DE REENCUENTROS. Pasemos a otro escenario, en la representatividad real de las palabras. Estamos caminando, en cualquiera de los días, por una de las numerosas arterias que tejen el plano poliédrico de la ciudad. De manera inesperada, nos cruzamos con una antigua, amiga, compañera, vecina o conocida, de los tiempos de aula o del ámbito laboral. Tras los saludos y parabienes correspondientes, en los que destacamos el tema siempre recurrente de la salud, comentamos algunos aspectos de los vínculos que nos relacionan. Ya en la despedida, hacemos explícita nuestra recíproca intención de llamarnos, además de ese propósito para ir a compartir un café, cerveza o incluso quedar para ir a comer juntos, a ese restaurante que alguna vez tuvimos la oportunidad de visitar.
  
Transcurren los días, las semanas e incluso numerosos meses, sin que esa llamada prometida se haga realidad. Esta dejación se realiza tanto por una u otra de las partes. Probablemente ya ni nos acordamos de aquél reencuentro, hasta que un nuevo día saludamos a otro amigo común, conocido también de la antigua compañera. Entre los comentarios al uso, citamos aquel encuentro, del que ha pasado ya un período largo del tiempo. Incluso añadimos esa cita, bastante explícita, acerca de cómo funcionan estas relaciones: “Sí, quedamos en vernos para ir a tomar café y charlar un buen rato, pero ya sabes… son cosas que se dicen y que casi nunca se hacen. Se van dejando pasar. Todo queda en amables palabras”. Otra muestra de tantas y tantas frases formales que salen de nuestras bocas y que tienen la sola virtualidad de las buenas formas para el trato agradable y educado. Una vez más, el viento de su inconsistencia provoca el vuelo difuso de la voluntariedad real de la mismas.

UNA CARTA DE RECLAMACIÓN. Hemos tenido una desafortunada experiencia, con alguna empresa pública o de titularidad privada. Sea la compra de algún objeto, sea la realización de un viaje o una desatención en el trato. Una vez que ya ha pasado, ese evento concreto para nuestro incomodo, nos armamos de razón y enviamos una carta o correo de reclamación, planteando claramente los hechos. Confiamos que, desde el departamento correspondiente para la atención al cliente, sea atendida de manera razonable nuestra exposición y se nos compense de alguna forma por los agravios que estimamos hemos sido objeto. Tras un largo tiempo de espera, al fin recibimos respuesta a nuestra misiva. Para nuestra indignación o desconsuelo, en el contenido de la misma sólo encontramos muy buenas palabras pero que, en modo alguno, compensan los efectos de un trato verdaderamente desconsiderado. A lo más que el remitente llega es a utilizar la palabra “lamentar” la situación que hemos padecido.  Duele añadir esa frase de que pasará el caso al departamento correspondiente, a fin de evitar de que esos hechos vuelvan a repetirse.

Pero lo que más nos enerva es que, en no escasas ocasiones, esa carta respuesta trate de justificar aquello que claramente supone un irrazonable o inadecuado comportamiento por parte de la institución o la empresa en cuestión. Incluso se añaden unas línea finales que ponen de manifiesto la altanería que mueve al autor que ha redactado la respuesta. “Nos sentiremos muy honrados de verle utilizar de nuevo nuestros atentos servicios. No dudamos que así sucederá y estaremos dispuestos a prestarle nuestra más atenta atención”. Después de una banal palabrería de “buenas palabras” que percibimos como insinceras o huecas en su real trasfondo, llega esa ególatra autosuficiencia o híper-autoestima empresarial que nos decide evitar, con rotundidad, un nuevo contacto mercantil con tan desconsiderada plataforma.

LA ENTREVISTA AL LÍDER POLÍTICO. Un veterano “rockero” del periodismo escrito, tras negociar laboriosamente con el jefe de prensa de una afamada agrupación política, consigue una difícil entrevista con el líder nacional del partido. A causa de una tensa situación, que se vive en el seno de la agrupación, motivada por los enfrentamientos protagonizados por dos corrientes de opinión o estrategia, un diálogo a fondo con la jefatura personal del partido puede servir de base para elaborar un “suculento” reportaje de cara al público lector. Este trabajo tiene previsto publicarlo en la próxima edición dominical del diario, que saldrá a la luz no más tarde de cuatro días.
El titular de la columna mediática tiene a su disposición un tiempo límite de veinte minutos, a fin de plantear sus preguntas. Este límite temporal es debido a que el Secretario General del partido ha de acudir a un acto representativo que se desarrollará a unos treinta kilómetros de la capital, durante esa misma tarde. En el transcurso de ese reducido espacio de tiempo, habrá de concretar y fijar muy bien las cuatro cuestiones básicas que articularán la estructura de la deseada entrevista: financiación del partido, casos de supuesta corrupción, relación con los críticos opuestos a la dirección y, finalmente, estrategias ante un previsible adelanto electoral.

Un par de tazas de café separan a los dos protagonistas del encuentro, celebrado en el despacho oficial del líder político, ubicado en la planta sexta de la sede nacional del partido. Llevan doce minutos hablando y el jefe de prensa, que también está presente en la entrevista, ha mirado ya en tres ocasiones el reloj de su muñeca izquierda. Sin duda, se halla un tanto nervioso a causa del acto al que ha de asistir su jefe, al que llegará con retraso como ya el habitual. Pero también su intranquilidad es motivada por los “punzantes” interrogantes de que hace gala el muy avezado “plumilla”, periodista que pertenece a una empresa mediática usualmente crítica con la ideología, liberal conservadora, de las siglas que nuclean a los militantes y simpatizantes de su partido.

Y ya en ese minuto catorce, cansado de escuchar una aburrida letanía de frases hechas y “más falsas que Judas”, el prestigioso periodista pulsa la tecla “stop” de su portátil, deteniendo una grabación “robotizada”, carente de verdad, latidos e interés.

“Tengo que decirle que no me está Vd. respondiendo a casi nada de lo que le planteo. Lo que me está diciendo puede, tal vez, servir para una sesión de mitin con la militancia, donde básicamente no se piensa, sino que se vitorean entre aplausos, henchidos del fanatismo sectario, aquello que se desea escuchar. Pero yo he venido a realizar una entrevista a fondo y, después de treinta y dos años de ejercer el periodismo, no me voy a conformar con la retahíla de esta vacía palabrería, que me resulta desafortunadamente insustancial y hueca de contenido. Para esto no merecía la pena los veinte minutos que ha tenido a bien concederme. No voy a perder más el tiempo, desprestigiando el sentido de una página dominical cuyo valor me he esforzado en adecentar, semana tras semana, durante muchos años”. 

Los dos políticos no daban crédito a la inesperada valentía del veterano profesional del periodismo, que tomó su grabadora y se levantó de su silla, por cierto bastante incómoda, dado el desnivel que sufría en una de sus patas, lo que provocaba un rítmico y acústico balanceo sobre la superficie horizontal del parquet flotante que sustentaba la coqueta habitación presidencial. En la sede del periódico se recibió, dos días después, una carta de protesta, remitida por el servil jefe de prensa, ante la actitud del afamado y aguerrido periodista. El director del diario arrojó dicha misiva al cesto de los papeles.

Sólo son cuatro ejemplos, elegidos al azar, de entre esa vacía y hueca expresividad que solemos aplicar en nuestras relaciones cotidianas. Por supuesto, no son las únicas situaciones en que las palabras sólo suponen el opaco ropaje que envuelve un mensaje que poco dice o cuya intencionalidad es más que dudosa, en cuanto al propósito de hacerla efectiva. Otros modelos podrían ser fácilmente aplicados. En todos ellos también aparece la disyunción o contraste entre la palabra y el contenido,  el deseo y la realidad, la ficción y la verdad.-


José L. Casado Toro (viernes, 14 de Octubre 2016)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 10 de enero de 2014

ANTE EL RETO DE UN NUEVO AÑO QUE COMIENZA.


Numerosas felicitaciones (seguramente, han sido millones) se han intercambiado, por la inercia de la bondad, durante estas recientes fiestas de Navidad, Año Nuevo y Reyes. Cada una de estas positivas misivas han llevado en su contenido mensajes, más o menos ingeniosos o rutinarios, que portaban los mejores deseos, de manera especial para la nueva anualidad que apenas acaba de comenzar. Finalizadas estas cíclicas efemérides ahora, ya con más serenidad en este renovado momento de un enero para los cambios, afrontamos, con dudas y esperanzas, los nuevos meses que nos llegan en el calendario. Pero, al tiempo, también debemos reflexionar, con la racionalidad y experiencia necesaria, sobre estos doce meses que ya se han ido, repletos de avatares, ejemplos y testimonios documentales para la Historia.
 
Echando la mirada al extinto calendario observamos, con paciente pesar, la continuidad de  la imperativa política de recortes económicos, para casi con todo, llevando éstos aparejados el sufrimiento subsiguiente de la ciudadanía; el paro laboral sigue lastrando, con patéticas cifras, el drama familiar y social que habla de carencias insoportables e injustas; el sistema financiero dice haberse saneado y reestructurado, pero con el voraz sacrificio impositivo correspondiente y el rescate de los organismos internacionales; los brotes de corrupción emergen, de acá para allá, en instituciones, grupos políticos y personalidades, arrasando credibilidades y fidelidades ideológicas; parece que el comercio exterior recupera algo de fuerza y ese ya “familiar” dato de la “prima de riesgo” se mantiene, con fortuna, a la baja; los servicios públicos, gestionados por las distintas instituciones, retroceden en sus prestaciones de forma decepcionante, con sus ya conocidos y graves problemas de liquidez, “castigando” de manera especial y lamentable a la sanidad y a la enseñanza pública. Las cargas tributarias o impuestos han continuado con su agobiante escalada, penalizando a los sectores sociales menos favorecidos. Las distintas huelgas, manifestaciones, asambleas y otras modalidades reivindicativas, han ido poniendo de manifiesto la evidente tendencia gubernamental en favor del sector empresarial privado, en perjuicio de la función pública. La programación ideológica conservadora del grupo político que ganó las elecciones, en el 2011, se va imponiendo, con el aval y el rodillo de su mayoría absoluta parlamentaria, de forma rígidamente puntual, en todos los planos de la vida alejándonos, con el mayor desaliento, de las conquistas y avances progresistas conseguidos en décadas. ¿Para qué seguir….. si todo es tan evidente, a pesar de la manipulación descarada por parte de tantos medios y voces afines, militantes en el siempre interesado sectarismo ideológico más ultraconservador? Hablan y hablan de recuperación, aunque siempre….. para el año siguiente. Pero la aritmética de las cifras macroeconómicas son tozudas en mostrar la cruda realidad frente al deseo.

Mientras tanto, la sociedad sigue aturdida, desconcertada, resignada, hastiada y sacrificada frente a tanto descaro e impudicia, cuando se nos quiere convencer de que el mar ya no es azul o de que las plantas han dejado de alegrar esas largas tardes en Primavera. Mal que les pese, el oleaje continúa llegando a las playas y la naturaleza continúa haciendo brotar sonrisas, con el limpio color y aroma que nos saben regalar generosamente las flores.

Ciertamente, los buenos deseos, para la anualidad entrante no han de programarse como inalcanzables utopías o milagros labrados en la creativa literatura de ficción. Han de ser planteamientos sencillos, realizables, basados en la inexcusable lógica y racionalidad del sentido común. No son imposibles o panaceas inalcanzables, sino gestos y voluntades que nos resistimos a no seguir propugnando, a pesar de que la voluntad de quien tiene que llevarlos a cabo se muestra terca o ciega ante lo inaplazable de su realización.

La ciudadanía reclama y exige, a la clase política dirigente, la humildad y grandeza de la negociación, con saludable concertación para el diálogo. Sea la izquierda, el centro o la derecha ideológica, cuando imponen a marcha martillo sus coyunturales mayorías absolutas parlamentarias, demuestran la carencia del más elemental sentido de Estado. Tú impones ahora una ley educativa, laboral o sanitaria, con tu pobre soledad mayoritaria pero no dudes que, cuando yo esté en esa cómoda  situación decisoria, cambiaré toda la estructura educativa, sanitaria o laboral, en concordancia con la línea sectaria que me identifica. Esa es la patética línea política que identifica a los dirigentes de la “cosa pública” en nuestro país. Pacientemente, la sociedad contempla, atónita, aburrida y desalentada, como aquellos que tendrían que dar ejemplo de consensos, armonía y racionalidad, se tiran “los trastos a la cabeza” con prolongadas descalificaciones, zancadillas, engaños y desvergüenzas. No resuelven con inteligencia los problemas y las dificultades. Su gran esfuerzo se centra en establecer tozudamente sus ideas y en despreciar, por sistema, los argumentos alternativos de quien no milita, activa o pasivamente, en la “secta” o grupo que los identifica. Y, cada equis tiempo, aún pretenden que sigamos avalando con nuestro voto sus egos partidistas. Cuando llega ese día, solemne para el ejercicio democrático de la ciudadanía. la inercia popular aún les sigue apoyando, para su regocijo, intereses y desalentadoras aventuras. El sentido de Estado y las promesas en campaña pronto desaparece, para que permanezca impasible el egoísmo de sus ambiciones. Pensemos en una simple posibilidad ¿Y si las urnas se llenasen, durante esa jornada para el limpio ejercicio democrático, de millones de papeletas en blanco? ¿Cómo se les quedaría el rostro, a esos “trileros” de la palabra y la manipulación interesada?

Pasemos a otro deseo, notoriamente más grato, dada la realidad en la que estamos inmersos. Siempre vitaliza y compensa nuestra cita pendiente con el entorno natural. Caminar y pasear por estos paisajes, plenos de luz, color, aromas, silencios y vida, nos permite ir recuperando algo de nuestra mejor identidad con las raíces de la Creación. En los momentos más amargos, en los que casi todo carece de sentido o racionalidad, la naturaleza sabe transmitirnos su sosiego, su belleza y armonía, ya sea recorriendo, observando o disfrutando de todos los elementos biológicos que estructuran y armonizan su limpia existencia. Allí, se respira mejor. Allí, se reflexiona con mayor sensatez. Allí, la competitividad económica que nos degrada en la materialidad desaparece, en concordancia con la generosidad de la pureza espacial compartida. Allí, te sientes más acompañado que en esa soledad bulliciosa de las grandes urbes densificadas. Ese ir y volver a la naturaleza, es uno de los mejores deseos que se pueden recomendar a las personas allegadas en el afecto.

¡Que tengas una buena salud! Otro buen deseo que compartimos con todos nuestros amigos y conocidos. Es evidente que este objetivo ha de mantener su primacía, en el listado jerárquico de nuestros proyectos para la inmediata anualidad. Se argumenta y explica por sí sólo. Una salud degradada, condiciona negativamente a la persona, impidiéndole que pueda desarrollar su existencia en plenitud o, al menos, establemente normalizada. Algunos, con el acierto de la obviedad, mantienen que es lo mejor que debemos desear para nuestros semejantes. También, es obvio, para nosotros mismos. Pero el destino individual es un misterio y, no pocas veces, los mecanismos orgánicos y el propio “fuselaje” entran en deterioro. En este sentido, cada uno debe colaborar para que ese inalienable objetivo de la buena salud se cumpla año tras año. ¿Cómo? Haciendo una vida sana y equilibrada. En lo material, aunque también en lo psíquico o anímico. Hay caminos para ello. Una  alimentación racionalizada, priorizando frutas y verduras, la maravillosa rutina del ejercicio físico, con la programación adecuada y compensada para desarrollar en el día. No, no es imprescindible acudir a grandes gimnasios o estructuras deportivas. ¿Puede haber un mayor placer que el simple hecho de caminar, por entornos rurales o urbanos….. o el desplazarte libremente en el agua, a través la saludable práctica de la natación?

¡Que encuentres pronto ese trabajo! el cual te va a permitir sustentar la autoestima como persona útil para el ejercicio sociedad! Ese precepto, que también es derecho constitucional, se ve mancillado por una sistema que prioriza los intereses macroeconómicos de los poderosos, posponiendo el sufrimiento de los millones de personas que quieren, pero no pueden, trabajar. Carreras, títulos, currículums, destrezas y aprendizajes, se ven bloqueados en su utilidad porque determinados organismos, de naturaleza política y económica, anteponen la ortodoxia egoísta de unas cifras o décimas estadísticas en el déficit, a la inversión necesaria para dinamizar la economía y la oferta laboral. Ese es el dios capitalista. Millones de parados, recortes sociales y, como contrapartida, millones de euros para “sanear” a las entidades financieras. Y en la Historia hay muchos ejemplos de cómo salir de estas crisis cíclicas….. del capitalismo. Si un gobierno detrae poder adquisitivo para sus ciudadanos la maquinaria económica, por el imparable efecto dominó, se contraerá más y más, en perjuicio siempre de los más débiles. ¿Cuántos parados había en España hace dos años y cuántos hay ahora? Resulta admirable la lucha diaria de tantas personas por conservar o encontrar un trabajo. ¡Que encuentres pronto ese ansiado puesto laboral!

Y, por supuesto, aquello que mejor ilumina la trayectoria vital en las personas. Desear la asunción, ejercicio y propagación de valores. En este punto podrían y deberían anotarse un largo listado de preciados objetivos que, hoy día, se ven enmohecidos, aparcados y abandonados para su necesaria e inexcusable puesta en escena. Citemos algunos de los que en este momento se acercan a nuestra conciencia. Lo hacemos sin prelación ordinal alguna, aunque su listado abarcaría el espacio de abundantes líneas e incluso páginas. El esfuerzo, la bondad, el respeto a los demás, el respeto a nosotros mismos, la honradez, la amistad, la verdad, la concordia, la generosidad, la vitalidad, el amor, la modestia, la valentía, la conservación y cuidado del medio ambiente, la educación, la salud, la prudencia, la solidaridad, la sonrisa, la sencillez, el estudio, el trabajo bien hecho, la cooperación, el placer de leer, el equilibrio ecológico, las energías limpias, el cine, el teatro, la actitud responsable, la cultura, saber escuchar, saber decir no, saber decir sí, la racionalidad, el buen ejemplo, la fuerza dinamizadora de la  palabra, la virtud del  silencio, la alegría como insignia, la paz …..

Sin duda, faltan algunos. Pero no resultaría fácil eliminar aquellos que sí aparecen sugeridos en esta relación. En no pocas ocasiones, el estrés que marca y dicta el reloj, los egos dominantes, las opciones materialistas, la competitividad social, eclipsan muchos valores que, sin duda, mejorarían y ennoblecerían nuestro comportamiento en cada uno de los días. En este sentido, mirando al nuevo curso de doce meses en el calendario que nos espera, la más inteligente de las propuestas u objetivos ha de ser conseguir recuperar muchos de todos esos valores que permanecen como borrados o nublados en las prioridades de nuestras respuestas. Frente a una triste etapa, lastrada por los retrocesos y la pesadumbre, el camino de los valores puede hacernos recuperar ese creer y confiar en significados alternativos para unas vivencias sustentadas en los pilares alegres de la esperanza.-


José L. Casado Toro (viernes, 10 enero, 2014)
Profesor



viernes, 6 de septiembre de 2013

EL MAESTRO Y EL ACTOR.


A pesar de que el calendario anual posee, siempre, importantes fechas, sean emblemáticas u ocasionales, para el cambio o renovación en nuestra trayectoria, Septiembre ofrece ese algo especial que nos motiva para reconducir hábitos y comportamientos, en el diario caminar para la existencia. En esta cíclica percepción influye, a no dudar, la esperanzadora vuelta escolar a las aulas. Tanto para aquellos que están en una cronología administrativa, apropiada y específica, para el aprendizaje reglado, como para otros muchos que sienten la necesidad de seguir aprendiendo. Sea en los centros de mayores, en las multivariadas ofertas culturales que la sociedad nos oferta y en la sin par y mimética escuela que proyecta el entorno vital.

Tradicionalmente, este primer artículo de una nueva temporada (ya en el sexto ciclo, de las palabras amigas) ha estado siempre dedicado al trascendente mundo de la educación. Y ello es debido a variadas e importantes razones. Principalmente, por la profesionalidad laboral que ha ejercido el autor. Pero también, por ese ineludible reconocimiento que todo ciudadano debe prestar a los enseñan, educan y aprenden, todo ello en esa piedra o núcleo basal donde una sociedad progresa, racionaliza y se hace fructíferamente mejor. Tanto en conocimientos como, de manera gozosamente especial, en la generación universal de valores.

Todas las actividades y profesiones poseen caracteres, dificultades, incentivos, protocolos y compensaciones, de una heterogénea y multicolor naturaleza. Cada una de ellas tiene, lógicamente, su propia especificidad. Sin embargo hay, en dos de las mismas, ciertas e interesantes similitudes que las aproximan en los preciados servicios que prestan a una sociedad necesitada de su inestimable función. El maestro y el actor. Ambos imparten y difunden la pasión de su creatividad en el aula de la escuela y en aquella otra que denominamos escena. Cada día de la semana tienen a sus “alumnos”, a los que enseñan y de los que, también, aprenden. Unos más estables, como aquéllos que acuden a los colegios, institutos o facultades. Otros, por el contrario, van cambiando, cada tarde o noche, cuando acuden al teatro para reflexionar y disfrutar, compartiendo e interactuando con todos aquellos que intervienen y protagonizan el ejercicio de la interpretación. Al igual que el docente, el actor también aprende de su público. Viendo, percibiendo, imaginando, motivándose, acerca de sus gestos, realidades, sentimientos y, muy importante, de la espontaneidad en sus reacciones.

En una y otra actividad, el público es el centro preferente del esfuerzo que desarrollan ambas profesiones. Alumnos y espectadores nuclean y focalizan el objetivo de todo lo programado. La diestra y cuidadosa preparación, para la mejor puesta en escena, es una premisa inexcusable a fin de conseguir una clase que motive, eduque y fortalezca la integración de conocimientos, destrezas, valores y actitudes, para la optimización formativa de lo humano. Esa preparación también ha de extremarse, con primoroso cuidado, en el arte de la representación. Hay que estudiar bien al personaje. Empatizar, dentro de lo posible, con sus circunstancias y carácter. Aportar, cada uno de los días, algo nuevo que evite las rutina y la desvitalización repetitiva. En esa importantísima programación, ambas profesiones habrán de aplicar el esfuerzo, la ilusión renovada y toda la voluntad plausible, a fin de conseguir la mejor y más fructífera oferta.

Los escolares, al igual que todos aquellos que asisten a un espectáculo escénico, han de quedar al margen de los problemas personales que puntualmente afecten a los maestros y a los actores. Unos y otros, obviamente, son personas que pueden estar sufriendo diversas causas o motivos de incomodidad. En su salud, física y anímica. También, en otros muchos aspectos que afecten a su privacidad. Pero cuando el profesional de la enseñanza entra en el aula de su responsabilidad, ha de apartar esos condicionantes que, como seres humanos, están padeciendo. Los alumnos no tienen por qué soportar la inestabilidad física o anímica de quien les explica o dirige su aprendizaje. No sería justo, desde cualquier punto de vista, que el profesor trasladase al aula los diversos problemas que afectan a su intimidad. De igual forma, el espectador, que ha pagado una entrada en taquilla, quiere reir, llorar o pensar, con el personaje que interpreta el actor. Éste ha de olvidarse, durante esas dos horas de actuación, de los avateres que incidan en su yo personal. Ahora no es él, en su intimidad, sino el personaje que actúa sobre el escenario de ese teatro.

No, no resulta fácil, abstraerse de esa intimidad. En absoluto. Pero cuando estás en clase, observas a esos alumnos que te prestan atención y que desean que su profe les enseñe. Viendo las expresiones de esos niños o jóvenes, su espontaneidad e inocencia, consigues más fácilmente abstraerte de esa problemática personal que te afecta. También el actor, percibe la sonrisa o la preocupación dramática que domina en el rostro de quien le contempla. Esa atención, esa alegría o tensión, le hace sobreponerse a su intimidad personal, con más o menos dificultad. En ambos casos, la experiencia, los recursos y habilidades necesarias, la conciencia ética del deber, facilita el buen ejercicio profesional, al margen de cualquier otro condicionante. Los sentimientos de la privacidad, en la medida de lo posible, tendrán que saber esperar. La baja sustitutoria sería la medida más acertada, cuando la gravedad de caso así lo aconseje.

Los ejemplos a citar en el mundo de la escena, sobre esta premisa, serían numéricamente elevados. Citemos, entre otros datos conocidos,  los 40 grados de fiebre que tenía Gene Kelly (1912-1996) cuando estaba grabando Cantando bajo la lluvia, Singing in the rain (1952). Ese baile junto a Cid Charysse, bajo una intensa lluvia artificial, avala la admirable profesionalidad del actor. Lo mismo cabría decir de Gary Cooper (1901-1961) cuando interpretó su última película, Sombras de Sospecha (1961). Gravemente enfermo, resistió con entereza el dolor, falleciendo a poco de terminar el rodaje. También, Alberto Closas (1921-1994). Apenas podía respirar sobre el escenario, interpretando El canto de los cisnes, en el teatro Alcázar de Madrid. La grave enfermedad que padecía acabó con su vida a los pocos meses. Y así, una larga lista de actores que posponían el sufrimiento ante sus obligaciones en el escenario o ante la cámara. ¿Qué profesor no tiene en su biografía días de asistencia a clase, con fiebre, dolor de muelas, afonía u otros padecimientos físicos y anímicos? Pero también, su conciencia y entereza profesional, les hace posponer ese determinante o condicionante, ante su obligación de plantear una docencia cualitativamente correcta y enriquecedora para sus alumnos.

En el ámbito de las compensaciones, las identidades son también manifiestas. Esa sonrisa de agradecimiento, esa connivencia en las miradas, esa confianza en que el profesor tutor te escucha, te entiende y te ayuda. Esa comprobación, en el día a día, por la que tus alumnos avanzan en conocimientos, en las destrezas o habilidades y en la asunción de valores….. todo ello gratifica en lo humano y compensa, a no dudar, muchas de las incomprensiones administrativas y sociales. Qué mayor premio ha de poseer un maestro que el de ejercer o “actuar” en no pocas ocasiones, como un padre, como un amigo, como un psicólogo, como un investigador, sin descuidar, por supuesto, su cualificación técnica, doctrinal y pedagógica.

En cuanto al intérprete de una obra teatral, también “lee” y percibe, en cada función, las respuestas de su público. No sólo es importante el aplauso de cortesía o reconocimiento sino, de manera especial, esa atención, ese respeto, ese goce (teñido de alegría o tensión) que le es transmitido desde el patio de butacas. Dicen que los actores, algo deslumbrados por los focos multicolores y por su inmersión en los personajes que interpretan, sólo ven siluetas difusas de aquéllos que contemplan el fruto de su trabajo. Pero, al margen de esas palmas finales, hay claves, gestos, sonidos y latidos, que manifiestan la aprobación o desánimo del espectador. Hoy día, cuando una obra finaliza, los actores, bajan al patio de butacas e intercambian saludos y opiniones con aquellos que han sido “alumnos” en el arte del pensar, sentir, disfrutar, asumir y, sobre todo, comunicar.

Estamos ya en septiembre. The autumn season will come soon. La estación meteorológica del otoño pronto llegará. El vigor térmico desciende, las tardes se hacen más cortas y habrá que reestructurar el armario, tanto en la ropa como en el planing diario de nuestras vidas. Se inicia una nueva aventura, en el diseño renovado de cada día. Reanudamos el previsible conflicto entre los nuevos e ilusionados objetivos y la permanencia de las conocidas y más o menos ancladas realidades. Pero todo es como una nueva oportunidad, para encontrar el mejor camino entre los diversos objetivos que percibe y recrea nuestra ilusión. Y, entre todas esas posibilidades que florecen en el jardín de lo humano, tenemos un maestro que enseña y un actor que potencia y escenifica otras muchas vidas. Ambos, hermanados con su público. Heterogéneo e impaciente, complaciente o travieso, sentimental y receptivo. Y, al timbre de la llamada, comienza, una vez más, otra nueva actuación. Intérpretes y profesores van a compartir los latidos del alma y el tesoro infinito de la inteligencia.- 




José L. Casado Toro (viernes, 1 septiembre, 2013)
Profesor


viernes, 4 de enero de 2013

¿OTRO AÑO MÁS, PARA LO IGUAL?


Atrás han ido quedando parabienes y nobles deseos, villancicos y confetis, ingestas más o menos copiosas y compras para los regalos hasta lo posible. Es un interpretado ritual que siempre acompaña al tránsito de anualidad, todo ello en pleno recorrido invernal, durante la fría estacionalidad temporal para nuestras vidas. A pocas horas, tras el surrealista espectáculo de las cabalgatas (sólo justificadas, para las sonrisas, espontáneas e inocentes, de los más pequeños) retomaremos la cruda e inevitable conciencia de la realidad. Es como si visionáramos una cinta continua de despropósitos (en la que todos somos actores) que vincula al depresivo año que finaliza con la no menos inquietante anualidad que ahora comienza, para nuestra desasosegada intranquilidad. Y los sufridos (nunca como ahora, puede tener más verosimilitud este adjetivo) ciudadanos, que no ejercen de políticos o economistas, ahí sumidos en las torpes manos de quienes sí detentan ambas profesiones, para nuestro triste o indignado desconcierto.
 
Han sido doce, doce meses de muy duras medidas. Para casi todos, pero de manera intensamente especial para “los de siempre”, que han llenado las calles y plazas de nuestra geografía de centenares de miles de personas. Ciudadanos que clamaban contra la agresión y el sufrimiento, anímico, económico y laboral, de que estaban siendo objeto. Voces, pancartas, argumentos, palabras y súplicas, incluso con el drama terrible de algunos suicidios, que no logran mover el alma de esos dirigentes que, sin temblarles un músculo de sus rostros, responden con la cruel “esperanza” de su incapacidad. Dicen que, como mínimo, aún nos queda un año más de recesión…. Es decir, otra anualidad, para lo mismo. De impuestos alocados que atenazan el consumo; con la inhumanidad social de los despidos laborales; la entrega programada e interesada del Estado al capital privado; servilismo a las entidades financieras y a las ideologías más conservadoras de una trasnochada derecha; y ese “falderismo” tanto a los dictados de Alemania, como a esos crípticos organismos que hablan de “primas” “rescates” “déficits” y sacrificios, para el dolor de aquéllos que “no han estudiado” para ser, precisamente, políticos o economistas.

¿Pueden estar equivocados tantos cientos de miles de ciudadanos que poblaban las calles, clamando contra semejante iniquidad (maldad, injusticia grande. Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española)? Es evidente que no. Probablemente, muchos de esos indignados contribuyentes han colaborado en sumar los once millones de votos que detentan, de manera absoluta, quienes nos gobiernan. Aparte fanáticos, que abundan en ambos lados del espectro, seguro que lo hicieron con su mejor voluntad y creencia. Sin duda, en el ejercicio admirable de su inalienable libertad. Pero, tras un año, de decisiones, imposiciones, normas y leyes, que no han dejado “títere con cabeza”, los resultados del Ejecutivo gubernamental no están siendo precisamente “positivos”. Todo lo contrario. Aún para aquellos que no somos economistas profesionales ¿existe algún indicador (perdonen la redundancia) económico, macro o micro, que refleje una patente mejoría para la mayoría social? Analicen.  El IVA, 21 % (es, nuestro bolsillo); el paro laboral (es, nuestra familia); las desinversiones (es, nuestro crecimiento); los derechos del trabajador (es, nuestra historia reivindicativa); la sanidad (es, nuestra salud), la educación y la investigación (es, nuestro futuro)…….

Patéticamente, esos “recortes” universales contraen, empobrecen, bloquean, alejan el crecimiento y sumen a la colectividad (especialmente a “los de siempre”, los más débiles) en una insoportable pobreza, material pero también psicológica. Un solo ejemplo. ¿Puede dinamizar el comercio, la inversión, el trabajo, el crecimiento, el progreso, una medida como la que se ha perpetrado, con la impasible frialdad de la arrogancia ministerial, arrebatando miles y miles de pagas navideñas a los funcionarios (y no funcionarios) de este país? La respuesta es tozudamente negativa, para una mínima racionalidad. Pero así es el gobierno de la derecha, con su mayoría absoluta en el Parlamento de España. Cuando se habla “con desenfado” de “reestructurar”, eufemismo que encierra el significado cruel para el despido de siete mil o más trabajadores ¿se han parado a pensar que están jugando con la desgraciada suerte de siete mil o más familias? Esto es el gobierno de la derecha, la de toda la vida, ahora con su mayoría absoluta parlamentaria.

¿Qué futuro aguarda a los jóvenes, a los que se ha cercenado la durísima vía de la oposiciones de las administraciones públicas, a esos obreros puestos de patitas en la calle, con las negras expectativas para encontrar trabajo en el otoño de sus edades, a esos pensionistas amenazados con el copago por los servicios sanitarios? ¿Protestan los empresarios? ¿Protesta la Iglesia Católica? ¿Protestan los dueños de los bancos y las cajas financieras? ¿Protesta la sanidad privada? ¿Protesta la educación privada? ¿Protesta la Sra. Merkel? Entonces ¿quiénes son los que protestan en las calles, en la plazas o en la difícil intimidad de sus hogares? No se engañen. Así es el gobierno de la derecha, con su mayoría absoluta parlamentaria.

No. La izquierda política, tampoco se puede ir de rositas en este desalentador panorama. No han sido unos buenos o eficaces gestores de la “cosa pública”. Es evidente. Si hoy el Gobierno, la mayoría de las comunidades autónomas y los ayuntamientos, están en manos de esa insensible derecha, gran parte de esa responsabilidad corresponde a la ineficacia gestora de la izquierda. Y que cada uno mire al espejo de su conciencia. Y, ahora, su labor de oposición a tan desmedidos zarpazos gubernamentales resulta desacertada. Profundamente desacertada. Una cosa es el sectarismo demoledor, sin ninguna conciencia de Estado, que tuvieron enfrente durante sus recientes ocho años de poder, y otra realidad esa “oposición de ballet” que están llevando a cabo frente a unas decisiones que sólo hacen abrir aún más las heridas sociales para el fracaso. Obviamente, el problema de la izquierda en este país es ya claramente generacional. Y no me refiero sólo a la edad que marcan los DNI. Esta sociedad necesita, como el maná para la ilusión,  progresismo. Mucha ética. Y, por supuesto, grandes toneladas de honradez y eficacia. Estados. Estadistas. ¡Y mira que se lo están poniendo fácil! Pero “El lago de los cisnes” está muy bien escenificarlo en los teatros, pero no en el sublime escenario de la representación ciudadana. Esa izquierda tiene que renovar, drástica  y de manera urgente, sus cuadros dirigentes. Los actuales están ya muy “pasados de tuerca”. La caducidad de esos rostros es para la historia. Pero desde luego. nunca, nunca se habrían atrevido adoptar medidas tan lacerantes para la ciudadanía, como las que hemos estado sufriendo a lo largo de estos últimos doce meses.

¿Este país puede resistir otro año, similar al que acabamos de sufrir? Probablemente, y lo digo con pesadumbre, sí. Ya hemos visto como, en recientes consultas electorales, el voto ha seguido yendo hacia las alforjas de aquéllos que precisamente te están maltratando. ¿Recuerdan, en la Historia, lo de “Vivan las cadenas”?. Pero es que el masoquismo es una categoría humana, bien incardinada, real o subliminal, en nosotros. Así vemos, también con asombro, como una ciudad se moviliza ante una decisión, ciertamente discriminatoria, de la UEFA (Unión Europa Futbol Asociación), para defender algo que está muy alejado de la pureza deportiva. Cuando otras decisiones, más cercanas a tus verdaderos intereses, te están, literalmente, maltratando (iba a escribir “machacando”).

Pero es que somos… así. De todas formas, este tipo de Navidad, sin Navidad, que hemos pasado, no sería agradable tener que experimentarla otro año más. Se ha percibido en las caras, en los gestos aburridos, en las actitudes sonámbulas y en unas sonrisas desvitalizadas, sólo aparentadas para seguir la teatralidad de la inercia. Y pueden estar muy bien las absurdas ingestas (para quienes se las puedan permitir) aun a riesgo de la salud de cada irresponsable de turno. Pero ese alimento, material, sólo debe servir para nutrir, racionalmente, nuestro cuerpo. Sin embargo, el alimento espiritual, en valores es, debe ser, aún más importante y trascendente. Ha de servir para darle un sentido más humanista, ilusionadamente esperanzador y progresista, a nuestra presencia en la vida.-

José L. Casado Toro (viernes 4 Enero, 2013)
Profesor