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viernes, 14 de octubre de 2016

PALABRAS Y REALIDADES, EN LOS CÓDIGOS NORMALIZADOS PARA LAS BUENAS FORMAS.

Se trata de variadas y correctas fórmulas expresivas, que solemos utilizar en el día a día de nuestra intercomunicación. Hacemos con ellas honor a la cordialidad, a la obligación responsable y, por supuesto, a las buenas costumbres educativas. Sin embargo, a poco que profundicemos en la realidad de su contenido, nos vamos dando cuenta de que sólo son el “vacío” ropaje que ilustra un deseo o intencionalidad que, en muchos de los casos, termina incumpliéndose. Se manifiestan en nuestras respuestas sin excesivo esfuerzo, adornan muy bien la atmósfera relacional, resultan incluso imprescindibles en los códigos para las buenas formas pero después, al llegar el tiempo o momento de hacerlas explícitas, va desapareciendo en las mismas toda aquella noble intencionalidad inicial que hizo aconsejable su fluida aplicación. Podemos citar y comentar numerosos ejemplos. Centrémonos en algunas de las siguientes escenificaciones, que ayudan a entender mejor el sentido de este breve planteamiento.

cilmente aplicados.PRIMER DÍA DE CLASE, en el otoño (ahora, cada vez más cálido) de todas las anualidades. Tanto el profesor, como sus alumnos, acuden al aula con esa mezcla difusa de ilusión y recelo, ante una obligatoria realidad que los va a mantener unidos durante un nuevo período escolar. Es el día de la presentación inicial de un nuevo curso. La mayoría serán alumnos nuevos, para el educador. Probablemente, aquéllos también habrán cambiado de profesor este año. Obviamente, el protagonismo expositivo estará centrado en el docente que, más pronto o tarde, pronunciará una de esas largas y acomodadas frases que nunca suelen faltar en los propósitos iniciales del ejercicio escolar: “Estaré abierto, en todo momento, a las sugerencias, valoraciones y opiniones, que consideréis oportuno hacerme. Las hablaremos y discutiremos y, si es necesario, las aplicaremos a fin de cambiar la marcha de la clase. Incluso al final de cada trimestre, os plantearé alguna encuesta, para que la respondáis de manera anónima, en la que podréis expones vuestras críticas y deseos acerca de aquello que pensáis es necesario modificar”.

Por supuesto que no se suele plantear de la misma forma esta “plausible” frase, con alumnos universitarios o con grupos de bachillerato, ESO o primaria, por razones de edad y formación. Pero haciéndolo de una u otra forma, nos comprometemos a mantener el diálogo y la receptividad para la crítica, con  el propósito de modificar aquello que justificadamente se solicite. Considerando el riesgo siempre inevitable de la generalización, es más que frecuente que estas buenas intenciones iniciales queden finalmente en la mera ornamentación de las palabras. Efectivamente son palabras muy hermosas pero, al paso del tiempo, las vemos sobrevolando los espacios por la ingravidez a que las someten el viento o brisa de la realidad.

¿Le agrada, ciertamente, al profesional educativo, que sus alumnos le manifiesten con sinceridad aquello que verdaderamente piensan sobre aspectos diversos de su trabajo? ¿Cuántas encuestas, bajo el prisma del anonimato, llegan a plantearse a lo largo de todo un curso, a fin de que los alumnos expongan sus criterios u opiniones acerca de la metodología, recursos didácticos, actividades a realizar, modalidades de evaluación o el simple trato personal, aplicado  por parte de su profesor? En la práctica ¿esa disponibilidad y receptividad permanece abierta en todo momento, como se expuso en esas primera jornada de clase, sin duda con la mejor intencionalidad? ¿Apreciamos o nos incomoda, la sinceridad expresada por aquéllos escolares que ocupan los pupitres y las mesas del aula, donde se enseña y aprende bajo nuestra  autoridad responsable?

PROPUESTAS DE REENCUENTROS. Pasemos a otro escenario, en la representatividad real de las palabras. Estamos caminando, en cualquiera de los días, por una de las numerosas arterias que tejen el plano poliédrico de la ciudad. De manera inesperada, nos cruzamos con una antigua, amiga, compañera, vecina o conocida, de los tiempos de aula o del ámbito laboral. Tras los saludos y parabienes correspondientes, en los que destacamos el tema siempre recurrente de la salud, comentamos algunos aspectos de los vínculos que nos relacionan. Ya en la despedida, hacemos explícita nuestra recíproca intención de llamarnos, además de ese propósito para ir a compartir un café, cerveza o incluso quedar para ir a comer juntos, a ese restaurante que alguna vez tuvimos la oportunidad de visitar.
  
Transcurren los días, las semanas e incluso numerosos meses, sin que esa llamada prometida se haga realidad. Esta dejación se realiza tanto por una u otra de las partes. Probablemente ya ni nos acordamos de aquél reencuentro, hasta que un nuevo día saludamos a otro amigo común, conocido también de la antigua compañera. Entre los comentarios al uso, citamos aquel encuentro, del que ha pasado ya un período largo del tiempo. Incluso añadimos esa cita, bastante explícita, acerca de cómo funcionan estas relaciones: “Sí, quedamos en vernos para ir a tomar café y charlar un buen rato, pero ya sabes… son cosas que se dicen y que casi nunca se hacen. Se van dejando pasar. Todo queda en amables palabras”. Otra muestra de tantas y tantas frases formales que salen de nuestras bocas y que tienen la sola virtualidad de las buenas formas para el trato agradable y educado. Una vez más, el viento de su inconsistencia provoca el vuelo difuso de la voluntariedad real de la mismas.

UNA CARTA DE RECLAMACIÓN. Hemos tenido una desafortunada experiencia, con alguna empresa pública o de titularidad privada. Sea la compra de algún objeto, sea la realización de un viaje o una desatención en el trato. Una vez que ya ha pasado, ese evento concreto para nuestro incomodo, nos armamos de razón y enviamos una carta o correo de reclamación, planteando claramente los hechos. Confiamos que, desde el departamento correspondiente para la atención al cliente, sea atendida de manera razonable nuestra exposición y se nos compense de alguna forma por los agravios que estimamos hemos sido objeto. Tras un largo tiempo de espera, al fin recibimos respuesta a nuestra misiva. Para nuestra indignación o desconsuelo, en el contenido de la misma sólo encontramos muy buenas palabras pero que, en modo alguno, compensan los efectos de un trato verdaderamente desconsiderado. A lo más que el remitente llega es a utilizar la palabra “lamentar” la situación que hemos padecido.  Duele añadir esa frase de que pasará el caso al departamento correspondiente, a fin de evitar de que esos hechos vuelvan a repetirse.

Pero lo que más nos enerva es que, en no escasas ocasiones, esa carta respuesta trate de justificar aquello que claramente supone un irrazonable o inadecuado comportamiento por parte de la institución o la empresa en cuestión. Incluso se añaden unas línea finales que ponen de manifiesto la altanería que mueve al autor que ha redactado la respuesta. “Nos sentiremos muy honrados de verle utilizar de nuevo nuestros atentos servicios. No dudamos que así sucederá y estaremos dispuestos a prestarle nuestra más atenta atención”. Después de una banal palabrería de “buenas palabras” que percibimos como insinceras o huecas en su real trasfondo, llega esa ególatra autosuficiencia o híper-autoestima empresarial que nos decide evitar, con rotundidad, un nuevo contacto mercantil con tan desconsiderada plataforma.

LA ENTREVISTA AL LÍDER POLÍTICO. Un veterano “rockero” del periodismo escrito, tras negociar laboriosamente con el jefe de prensa de una afamada agrupación política, consigue una difícil entrevista con el líder nacional del partido. A causa de una tensa situación, que se vive en el seno de la agrupación, motivada por los enfrentamientos protagonizados por dos corrientes de opinión o estrategia, un diálogo a fondo con la jefatura personal del partido puede servir de base para elaborar un “suculento” reportaje de cara al público lector. Este trabajo tiene previsto publicarlo en la próxima edición dominical del diario, que saldrá a la luz no más tarde de cuatro días.
El titular de la columna mediática tiene a su disposición un tiempo límite de veinte minutos, a fin de plantear sus preguntas. Este límite temporal es debido a que el Secretario General del partido ha de acudir a un acto representativo que se desarrollará a unos treinta kilómetros de la capital, durante esa misma tarde. En el transcurso de ese reducido espacio de tiempo, habrá de concretar y fijar muy bien las cuatro cuestiones básicas que articularán la estructura de la deseada entrevista: financiación del partido, casos de supuesta corrupción, relación con los críticos opuestos a la dirección y, finalmente, estrategias ante un previsible adelanto electoral.

Un par de tazas de café separan a los dos protagonistas del encuentro, celebrado en el despacho oficial del líder político, ubicado en la planta sexta de la sede nacional del partido. Llevan doce minutos hablando y el jefe de prensa, que también está presente en la entrevista, ha mirado ya en tres ocasiones el reloj de su muñeca izquierda. Sin duda, se halla un tanto nervioso a causa del acto al que ha de asistir su jefe, al que llegará con retraso como ya el habitual. Pero también su intranquilidad es motivada por los “punzantes” interrogantes de que hace gala el muy avezado “plumilla”, periodista que pertenece a una empresa mediática usualmente crítica con la ideología, liberal conservadora, de las siglas que nuclean a los militantes y simpatizantes de su partido.

Y ya en ese minuto catorce, cansado de escuchar una aburrida letanía de frases hechas y “más falsas que Judas”, el prestigioso periodista pulsa la tecla “stop” de su portátil, deteniendo una grabación “robotizada”, carente de verdad, latidos e interés.

“Tengo que decirle que no me está Vd. respondiendo a casi nada de lo que le planteo. Lo que me está diciendo puede, tal vez, servir para una sesión de mitin con la militancia, donde básicamente no se piensa, sino que se vitorean entre aplausos, henchidos del fanatismo sectario, aquello que se desea escuchar. Pero yo he venido a realizar una entrevista a fondo y, después de treinta y dos años de ejercer el periodismo, no me voy a conformar con la retahíla de esta vacía palabrería, que me resulta desafortunadamente insustancial y hueca de contenido. Para esto no merecía la pena los veinte minutos que ha tenido a bien concederme. No voy a perder más el tiempo, desprestigiando el sentido de una página dominical cuyo valor me he esforzado en adecentar, semana tras semana, durante muchos años”. 

Los dos políticos no daban crédito a la inesperada valentía del veterano profesional del periodismo, que tomó su grabadora y se levantó de su silla, por cierto bastante incómoda, dado el desnivel que sufría en una de sus patas, lo que provocaba un rítmico y acústico balanceo sobre la superficie horizontal del parquet flotante que sustentaba la coqueta habitación presidencial. En la sede del periódico se recibió, dos días después, una carta de protesta, remitida por el servil jefe de prensa, ante la actitud del afamado y aguerrido periodista. El director del diario arrojó dicha misiva al cesto de los papeles.

Sólo son cuatro ejemplos, elegidos al azar, de entre esa vacía y hueca expresividad que solemos aplicar en nuestras relaciones cotidianas. Por supuesto, no son las únicas situaciones en que las palabras sólo suponen el opaco ropaje que envuelve un mensaje que poco dice o cuya intencionalidad es más que dudosa, en cuanto al propósito de hacerla efectiva. Otros modelos podrían ser fácilmente aplicados. En todos ellos también aparece la disyunción o contraste entre la palabra y el contenido,  el deseo y la realidad, la ficción y la verdad.-


José L. Casado Toro (viernes, 14 de Octubre 2016)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 27 de marzo de 2015

EL USO DE LA EMPATÍA, ALIADA CON LA FUERZA MENTAL DE LA IMAGINACIÓN.



Hay frases que, por una u otra razón, se te quedan ancladas en la memoria y que, por más que el río del tiempo continúe su agitado o más pausado curso, permanecen activas en el acervo (conjunto de bienes morales o culturales acumulados por tradición o herencia, según la Real Academia de la Lengua Española) mágico de nuestros valores. Efectivamente, hay centenares o miles de comentarios, imágenes y realidades que, al paso de los años, se nos van nublando o borrando de la conciencia. Algunas de las mismas reaparecen cuando menos lo esperas, mientras que otras formarán parte de esa historia oculta que se olvida o volatiza ya para siempre.

Una de esas frases emblemáticas fue pronunciada hace ya más de un par de décadas. Un conocido director de cine español, autor de diversas películas en las que primaba lo humanitario, con grandes pinceladas para el humor, comentaba en una entrevista, ante la realidad de su situación médica, que lo peor de la enfermedad que le aquejaba era no poder controlar el dinamismo de su mente, por encima incluso de las propias molestias físicas que esa situación patológica le estaba imponiendo. En mi opinión, su razonamiento era bastante comprensible y certero. Cuando la mente se descontrola y desborda, imaginamos, construimos o suponemos situaciones exageradas que, a pesar de no tener un fundamento real,  nos hacen vivirlas y sufrirlas de una forma tan necia, banal y complicada que, lastimosamente, nos incomodan, entristecen y perjudican. Hay que reiterarlo. Sin tener una presencia concreta o personal, construimos una tragedia de las mismas, magnificando pequeños problemas y haciendo complicado aquello que aún no lo es. Hemos creado un mundo en nuestra mente el cual, con la frialdad de los hechos, sólo tiene existencia en la plataforma onírica o imaginativa de nuestra conciencia. De esta forma sufrimos, innecesaria y absurdamente. Y cabe preguntarse ¿tiene algún sentido sufrir?

Sin embargo podemos y debemos aprovechar o reconducir este poderío incontrolado de la mente encauzándolo, con la prudencia de la experiencia a fin de que nos preste un mejor servicio para recuperar el sosiego, para nuestro mejor bienestar y, sobre todo, para solucionar, en lo posible, los problemas que efectivamente nos están afectando. Para llevar a cabo este ejercicio es necesario que aprendamos y practiquemos previamente el valor de la empatía (identificación mental y afectiva de un sujeto con el estado de ánimo de otro, según la definición de la R.A.E.). Es decir, que tratemos de ponernos, en la medida de lo posible, en la situación que está viviendo, en lo afectivo o en lo psicológico, esa otra persona con la que tratamos, en función de los datos o conocimiento que poseamos de la misma. Es lo que hace el profesional de la psicología o psiquiatría, con su paciente. El médico, cuando escucha la manifestación de tus dolencias. El profesor, cuando dialoga con sus alumnos. El sacerdote, con su feligrés. El político, con el ciudadano. El padre, con sus hijos. Y tú mismo, con el compañero de trabajo. Así, comprenderíamos mejor al interlocutor con el que hablamos, discutimos, nos enfadamos, proyectamos o socializamos. ¡Cuántos fracasos escolares hay por esas aulas de dios, a causa de la de la desacertada falta de empatía aplicada por los gestores de la enseñanza y la educación! entre otros miles de ejemplos que se podrían aportar en este complicado o fácil (según se interprete) contexto.

Y ya, en este camino inteligente de la acomodación mental, para nuestro necesidad o autoayuda, llegamos a una serie de situaciones que, muy probablemente, todos hemos vivido. Citemos un primer caso, como ejemplo. Nos encontramos atrapados en un fuerte atasco de tráfico, sin solución posible para escapar por vías adyacentes. Pasan los minutos y aquel laberinto estático no tiene, por el momento, solución de arreglarse. Apenas nos hemos movido unos centímetros de nuestro lugar y el frío exterior es más que intenso. A nuestros oídos sólo llegan los desacordes acústicos de otros cientos de automovilistas que hacen sonar, sin misericordia posible, sus cláxones y bocinas. Para colmo de males, tenemos prisa por llegar a nuestro destino, en función de una reunión acordada o un interesante espectáculo para el que hemos sacado previamente la entrada. Asumimos y tememos la imposibilidad de llegar a tiempo y los nervios se nos disparan con su intransigencia. ¿Qué hacer, aparte de intentar serenarnos o incrementar nuestra crispación?

Podemos poner algo de música en el autorradio. O tal vez comprobar los mensajes del móvil o intentar realizar alguna llamada, siempre y cuando el vehículo esté completamente parado. Nuestro civismo nos obliga a permanecer atentos a lo que está ocurriendo en esa carretera que intentamos, sin suerte, recorrer. El bloqueo se eterniza y viajamos solos, por lo que no tenemos a nadie con quien conversar, intercambio de palabras que nos haría mucho bien. Es posible que incluso algunas necesidades físicas de nuestro cuerpo (beber, comer, orinar) tensen o impacten en nuestro equilibrio. En este precario estado, lo más desacertado sería perder el control de los nervios. Pero es aquí donde debe actuar el poder o la eficacia de nuestra fuerza mental. Hacemos el esfuerzo de trasladarnos con la imaginación del deseo a otro espacio mucho más grato. Podría ser una naturaleza marítima. Nos imaginamos allí caminando descalzo por la suave arena de la playa, sintiendo el cosquilleo de esa espuma que las olas generan al romper en la orilla. Aunque físicamente no estemos allí, la fuerza de nuestra mente imaginativa nos hace pensar y sentir en ese paradisiaco, o simplemente agradable, lugar. Nos ayuda, a esa asunción imaginativa que llamaríamos empática, la racional convicción de que a más largo o breve tiempo podremos llevar a cabo esa experiencia que ahora, en nuestra mente, nos va a permitir controlar, sosegar y aliviar la crispación en la que estamos sumidos.

Pasemos a otro espacio, en el que probablemente todos nos hemos visto inmersos en más de alguna ocasión. Asistimos a una escenificación cultural de cualquier tipología (concierto, danza, teatro, deporte, etc). La asistencia de publico se ha desbordado, estando el espacio dedicado al espectador amplia o exageradamente densificado. Apenas nos podemos mover, pues nuestra integridad física esta rodeada y “enlatada” por la humanidad física de otros tantos cientos y miles de asistentes a la representación. Algunas personas, con un mayor grado de hipersensibilidad, pueden sentir una sensación de agobio cercano a la claustrofobia. La evacuación o liberación, desde ese aturdido espacio en que nos hallamos, es en sumo complicada, casi imposible, sin provocar no pocas molestias a los demás espectadores ¿Qué hacer, entonces? Aceptamos como inevitable que habrá que esperar a que el espectáculo finalice, a fin de poder “huir” de tan incómoda situación de agobio. Mientras, apelamos a ese profundo ejercicio mental de trasladarnos a otro lugar o espacio que contraste con la asfixiante atmósfera física y psicológica que el contexto actual nos está imponiendo. Nos vemos situados en otro lugar, ahora rodeado de árboles, flores y sonidos que provienen sólo de la brisa o del cimbreo rítmico de las hojas. Ese mar verde, que la vegetación arbórea regala a nuestra vista, compensa nuestra situación actual de la que tratamos de evadirnos con los ojos cerrados. Y mantenemos la ilusión y convicción de que a corto o medio espacio, esa situación onírica que protagonizamos puede llevarse a la realidad, aplicando el firme ejercicio de nuestra voluntad y circunstancia.

Otro ejemplo más. Estamos atendiendo a un cliente, rodeado de otros muchos clientes que también esperan la oportunidad de ser escuchados. Puede ser un centro comercial, en época de rebajas. O una oficina que gestiona asuntos de la Administración. Nuestro interlocutor carece de las necesarias habilidades sociales para el autocontrol y exige, gesticula e, incluso, potencia la acústica de su voz considerando que así fortalece su imagen, neciamente imperativa. El murmullo se torna ensordecedor y las horas de trabajo se nos han ido acumulando a lo largo de una mañana verdaderamente intensa en la actividad gestora o comercial. Nos sentimos obviamente cansados y en ese línea de aguante y autocontrol que no debe abandonarse por el rigor de la profesionalidad.  Hacemos empatía, con el estado que debe estar atravesando ese iracundo o maleducado cliente o ciudadano ante el mostrador. Tratamos de no perder los nervios, nosotros también, e imaginamos que ese nervioso interlocutor puede estar condicionado por diversos problemas que le están afectando en demasía. Una imagen fugaz se acerca a nuestra mente. Y en ella nos vemos disfrutando de un sábado para nuestro ocio en libertad, yendo al cine, paseando por entre las calles o viajando hacia algún punto de la costa. Y es que, para nuestra mejor convicción, lo tenemos planeado y estamos dispuestos a llevarlo a efecto. Alimentando nuestro autocontrol con esa empatía ajena, junto a la propia imaginación, estamos desarmando el injusto proceder de ese otro ser que recibe nuestro sosiego frente a su falta de control. En realidad, estamos aplicando esa ya comentada ley de las compensaciones. Hallamos en nuestra mente, y en la fuerza de la voluntad, esa gratitud que equilibrará la desagradable escena en la que nos hallamos inmersos.

La cita de ejemplos podría continuar. Sin embargo, los modelos elegidos pueden resultar suficientemente útiles a fin de transmitir ese apetecible mensaje que prioriza la comprensión frente a la intransigencia. El autocontrol, frente al desatino. La serenidad, frente a la crispación. La esperanza, frente al desánimo. Es obvio que no va a resultar fácil llevar a cabo ese ejercicio psicológico, en el que nuestra mente actúa como un eficaz protagonista ante la dificultad. Pero aplicándolo, día tras día, veremos que tenemos a nuestra disposición un versátil y poderoso instrumento que ayuda o palía no pocas tensiones internas y externas, las cuales afectan, perjudican y descomponen esa felicidad o sosiego a la que tantos aspiramos y que cada cual asume de una forma o manera diferente. La empatía nos ayudará a interpretar, comprender y soportar las discordancias de un mundo donde prevalecen tantos absurdos y, al tiempo, nuestra imaginación aliviará o compensará ese desasosiego generado desde un entorno próximo o, incluso, desde nuestra más privativa y natural intimidad. -



José L. Casado Toro (viernes, 27 marzo, 2015)
Profesor

viernes, 6 de marzo de 2015

ESPECTADORES INVOLUNTARIOS PARA LA ESCENIFICACIÓN SOCIAL.



No son pocas las ocasiones, en el discurrir de los días, en que somos partícipes involuntarios de conversaciones ajenas o de acciones curiosas que otros se prestan a protagonizar. En la mayoría de los casos, la intervención que hacemos en las mismas se limita al de simple espectador y oyente silencioso de aquello que se narra o sucede en la proximidad. En nuestra retina, oído y conciencia se van mezclando historias, acciones e imágenes que, al margen del previo interés o posicionamiento que le adjudiquemos, nos van generando sorpresa, curiosidad, aprobación o rechazo, en función de la naturaleza que las presida y, también, del estado anímico que tengamos en ese preciso momento.

El marco escénico donde suceden estos hechos resulta de lo más variado e imprevisible. Sin embargo suelen prevalecer determinados espacios, a fuerza de su intensidad repetitiva, que favorecen y dinamizan este compartir imágenes y situaciones que contienen desigual grado de interés, asombro o peculiaridad. Por ejemplo, cuando nos dirigimos a un ambulatorio médico o consulta privada. En las salas de espera, es frecuente la presencia de personas que son incapaces de respetar el silencio de los demás. Hablan y relatan, a veces de una manera compulsiva, sus historiales clínicos o hechos de la vida cotidiana, con todo género de detalles. Por supuesto, aplican una potencia de voz elevada, como si fuese necesario de que el resto de los presentes conozcan el contenido explícito de lo que narran. Otras veces, es en el transporte público donde suceden centenares de microhistorias que protagonizan, con toda la teatralización posible, los usuarios de estas líneas básicas para la movilidad ciudadana. También, cuando nos hallamos en la fila o cola de espera de una taquilla de cine, de teatro o ante la ventanilla de espera de cualquier negociado de la administración. Y no faltan estas escenas en los comercios tradicionales, cuando pacientemente aguardas tu turno, a fin de ser atendido por el activo tendero. En esos y otros lugares (puede ser también cuando te sientas en un banco de los jardines del parque o en alguna de las plazas que pueblan tu ciudad) eres espectador y oyente pasivo de aquello que se está contando o sucediendo. Veamos algunos ejemplos concretos.

Pasaban veinte minutos sobre las diez de la noche. Un autobús, perteneciente a la Empresa Municipal de Transporte en Málaga, circulaba con cierta agilidad en su velocímetro por una importante avenida de la ciudad. A esa hora, en la noche del jueves, no era abundante el tráfico viario, por lo que el conductor aprovechaba la ocasión para reducir el tiempo aplicado a su obligatorio trayecto. En un momento concreto, al aproximarse a una de las paradas establecidas, un hombre mayor hace la señal correspondiente para que el bus se detenga. Era la única persona que esperaba bajo la marquesina de protección. El conductor detiene el voluminoso tráiler (de los denominados articulados o “gusanos” en el argot popular) Abre la puerta y entra este señor que pide no la cierre porque sólo quiere hacer una pregunta. Ante el asombro del trabajador municipal, el peculiar viajero le pregunta acerca del horario del bus en el amanecer del día siguiente. Le responde, con corrección, que esa información debe solicitarla en la cabina que existe en el parque o mediante la página web de Internet. En todo caso había una plaza explicativa en la parada, que respondía perfectamente al interrogante que este señor planteaba. Sin embargo el hombre insistía, una y otra vez, preguntando lo mismo, recibiendo del conductor la lógica y repetida respuesta. La situación duró unos dos o tres minutos.

Los usuarios de este bus contemplábamos atónitos la insólita situación. Al final, el supuesto viajero bajó del bus con cara de no estar muy convencido. Había detenido la marcha de un autobús a fin de hacer una simple pregunta cuya respuesta la tenía perfectamente indicada en los paneles colocados en la parada. Su actitud fue reiterativa y absurda. El respuesta del conductor, un hombre joven, fue en todo momento correcta. Por supuesto, el dudoso comportamiento de este señor (ciertamente, de elevada edad) no provenía de una persona analfabeta. Es el propietario de una conocida tienda de regalos, ubicada en una de las más importantes arterias comerciales de la ciudad.

Tarde de febrero, dedicada en mi caso para la anual revisión bucal. La sala de espera, en la consulta médica, se halla abarrotada con personas de muy contrastada edad. De manera afortunada, la dirección empresarial ha reservado un espacio para niños, con tebeos, comics, y diversos juegos, en uno de los dos grandes salones donde los pacientes aguardan su turno. Hay una televisión encendida, con el volumen muy bajo, a la que casi nadie presta atención. La mayoría están ojeando revistas de muy diferente naturaleza. Otros pacientes juegan con sus móviles y algunos charlan entre ellos. Me siento en una de las sillas que está próxima a un foco de luz, lo que me permite leer uno de los libritos que siempre me acompañan para las horas o ratos de espera. En otro gran sillón, situado a espaldas de mi asiento, escucho como dos mujeres, cercanas ambas a la treintena, mantienen una “intima” conversación. El potente tono de voz que una de ellas utiliza hace que, a poco de haberme sentado en ese lugar, fuera entrando en el contexto de lo que sin duda era un problema de difícil relación matrimonial. Básicamente, éste fue el sentido de un diálogo que, las personas que estábamos situadas a su alrededor, pudimos fácilmente escuchar.

“Tengo una abogada que sabe sacar petróleo de entre las piedras. Ha conseguido que la jueza establezca una pensión de mi ex cuya cuantía ni me la podía imaginar. Me llevo más de la mitad de su sueldo. Para mi mantenimiento y el del niño. Además, él tiene que pagar el alquiler del piso. Esta abogada es una fiera en su oficio. Y ahora te voy a hacer una confidencia que es “secreta”, pero contigo tengo confianza. Eres mi amiga de toda la vida. Me he liado con un funcionario de la administración autonómica, bastante mayor que yo, pero con mucha ganas de juerga. Tiene hijos mayores, pero sin obligaciones económicas con la ex, que rehízo su vida hace ya muchos años. A él también le estoy sacando una buena tajada. Y es que en esta vida tienes que ir con todas las malas pulgas, si quieres pasártelo bien y con pasta”.

Cuando la amiga le advirtió si la convivencia con esta nueva pareja podría dificultar la fuerte asignación que recibía de su antiguo marido, antes de que pudiese responder, la interesada fue llamada por la enfermera para que pasara a la sala de ortodoncia. Cuando la joven caminaba detrás de la profesional sanitaria, su amiga cogió de la mesa central una revista semanal, de las llamadas prensa del corazón. Aunque algunas palabras se perdieron entre el murmullo general de una sala abarrotada, no sólo yo sino alguna otra persona pudo escuchar y ser partícipe anónimo del planteamiento que había realizado la primera mujer, separada o divorciada. Una vez más, no buscamos el conocimiento de la historia. El relato se precipitó sobre nuestros oídos en función de la proximidad física de la persona y de la falta de prudencia de quien precisamente hablaba.

Para qué nos vamos a engañar. Hay situaciones en las que, tras verte introducido involuntariamente en la conversación ajena, consideras que podría ser útil y benefactora tu participación activa dentro de la misma. Dependiendo, por supuesto, del tema o cuestión que se esté planteando. Harías, a la persona que habla, alguna sugerencia que, a buen seguro, le resultaría ilustrativa para su mejor aprendizaje y solución de lo que plantea. Citemos algunos ejemplos, sacados de la inmediata experiencia.

Podríamos aportarle alguna solución a fin de evitar que, tras unas horas de esfuerzo, todo su trabajo ante el ordenador se le haya borrado y perdido, sumiéndole, por su impericia, en una comprensible desesperación nerviosa. O, tal vez, comentándole que no aplique ese adolescente error en comprar unas zapatillas deportivas, que cuestan de 65 euros para arriba, cuando hay otra marca en el mercado (fabricada por una empresa filial) que vende exactamente el mismo producto por apenas 15 o incluso menos. Puede comprobar y constatar que la calidad y conformación del producto es exactamente la misma. ¿No recuerdan las segundas marcas de productos fotográficos, elaboradas por las macroempresas electrónicas y digitales con las que se hacen una artificial o burda competencia? O aconsejándole cambie la opción de película para la que va a sacar su entrada en taquilla, pues lo que va a serle vendido en pantalla no merece, de ninguna manera, los ocho euros que habrá de pagar. No debe perder el tiempo en un material que probablemente, al margen de gustos o aficiones, le va a defraudar. También escuchas, en esa esperas que haces ante el próximo bus, el propósito de una persona para realizar una operación administrativa o comprar un determinado producto. Cuando manifiesta el lugar a donde va a desplazarse, le podrías indicar que existe un lugar más cercano en donde va a encontrar mejor resultado para su compra o gestión.

Ante esas palabras y sonidos que llegan a tu oído, te muestras tentado a intervenir, aportando ayuda, opinión o una mera sugerencia. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones sueles guardar un prudente silencio. Y no es por falta de solidaridad, sino porque te preguntas si tu intervención sería bien recibida o se consideraría una desagradable impertinencia. De todas formas, analizas al autor o autora de las palabras que estás escuchando y tomas la decisión en función de una serie de variables que, en definitiva, te aconsejen guardar un prudente silencio o aportar la buena voluntad de tu conocimiento y experiencia.

Lo que resulta muy difícil de conseguir es cerrar el oído a lo que otra persona está contando en voz alta y a muy escasos centímetros de donde te encuentras. Puedes focalizar o centrar tu imaginación y pensamiento en otros hechos y situaciones. Alejarte discretamente o concentrarte en la lectura de algún texto que tengas a mano. Pero, aún así, la comunicación acaba por llegarte. Hay personas a quienes parece agradar ser escuchadas o sentirse en el centro protagonista de esos pequeños escenarios que los identifican en el marco social. Así se sienten mejor. Una forma muy curiosa de compartir su privacidad.-



José L. Casado Toro (viernes, 6 marzo, 2015)
Profesor

viernes, 7 de febrero de 2014

SONIDOS QUE SOSIEGAN Y ENRIQUECEN NUESTRA COMUNICACIÓN.


Me encontraba almorzando en un céntrico restaurante, sumido en una atmósfera de acústica incómoda y traviesamente ensordecedora. Participaba en una de esas reuniones de hermandad que muchos grupos, organismos y compañeros de trabajo, celebran en determinadas fechas del año, especialmente durante los días navideños. Aunque también suelen llevarse a cabo cuando se acercan las vacaciones estivales o al existir motivos puntuales para homenajear a determinados amigos o compañeros. La presencia de comensales era plásticamente numerosa y de naturaleza contrastada. No sólo era nuestro grupo quien densificaba la ocupación de las mesas, ya que coincidíamos con alguna que otra celebración onomástica o laboral. También había personas individuales y otras parejas que, simplemente, acudían para reponer fuerzas, con todos los incentivos que el menú ofertaba. Decía que el intenso ruido ambiental hacía materialmente imposible entender al compañero de mesa, especialmente aquél que no estuviera sentado junto a tu persona. Ante esta evidencia, muchos de los comensales elevaban cada vez más el tono de voz, a fin de hacerse entender. Ello incrementaba la contaminación acústica que suelen padecer esos animados salones, para la necesaria socialización alimenticia.

En este contexto, fluyen situaciones dignas de una antología para el humor. Generalmente, sueles regalar sonrisas, a diestro y siniestro, tratando de aportar el mejor agrado al resto de los compañeros de mesa. Sean éstas alargadas o redondas, la dirección del local suele integrar en las mismas a diez o más comensales. Los centímetros hábiles para el movimiento de brazos quedan drásticamente reducidos por el exagerado aprovechamiento de asientos en torno a la misma. Obviamente hay personas más participativas que otras. Entonces percibes como te están hablando o preguntando desde enfrente pero a tus oídos no llega, con la claridad necesaria, el contenido del mensaje. Con la mejor voluntad, sueles mover la cabeza de manera compulsivamente afirmativa, respondiendo a la supuesta pregunta o comentario que, desde allí, se te ha planteado. A veces aciertas, con tu mímica expresiva. Pero en otras no eres tan afortunado. Entonces observas que ese interlocutor deja de sonreír, poniendo cara de extrañeza ante ese gesto afirmativo con el que has respondido. Evidentemente no correspondía decir “sí”, sino todo lo contrario. Es una traviesa anécdota en la que, en más de una ocasión, me he visto inmerso como protagonista o espectador. El problema es que no te estabas enterando de la comunicación emitida. El ensordecedor ruido ambiental lo impedía.

Otra situación jocosa que recuerdo fue aquella en la que una señora, de notable protagonismo expresivo, no paraba de hablar, hablar y gesticular. Incluso tenía la rara habilidad para ir vaciando sus platos y continuar con su expresión oral casi continua. En un momento determinado, una de los compañeras de ágape, sentada en un flanco opuesto a su asiento, quiso ser agradable con ella o darle un respiro a su monólogo, preguntándole expresamente por las oposiciones en las que estaba participando su hija. Algunos nos miramos divertidos, especialmente viendo la cara de sorpresa de la parlanchina señora. Desde hacía varios minutos, había estado dando pelos y señales, con todos los detalles posibles, acerca de esas susodichas oposiciones a notaría. Los colores de su interlocutora fueron perceptibles, a pesar del habilidoso maquillaje con que lustraba su vapuleada piel. Una consecuencia más del oír pero no escuchar. Muy posiblemente por el “contaminado” sonido ambiente reinante en la sala.

Pienso que en éste, como en otros muchos casos, una música ambiental bien elegida aliviaría y “educaría” a los comensales de estos salones, a fin de conseguir una estancia más agradable en los mismos. No me refiero a cualquier género o pieza musical. Obviamente todo va a depender del lugar que hayamos elegido para la restauración. Como premisa básica, deberían prevalecer aquellos sonidos gratos para la audición, de forma especial los de naturaleza sólo instrumental. Por supuesto, el volumen acústico habría de ser bajo, sirviendo sólo como acompañamiento a los sonidos emitidos por aquellos que ocupan las mesas del local. Habría que intentarlo, por supuesto. Razonablemente, este modulado sonido ambiente haría más cómoda  y grata la permanencia entre tantas personas. Tal vez facilitaría, al tiempo, que muchos de los asistentes bajasen su tono de voz, pues la música sería un culto competidor para el anárquico estruendo que integran sus voces.

Ese efecto “purificador” de la música, también actuaría de manera positiva en otros ámbitos de la vida. Trasladémonos por ejemplo a la sala de espera de una consulta médica. En estos espacios, de titularidad pública o privada, destinados para mejorar nuestra salud, te sueles encontrar a personas silenciosas o hiperactivamente locuaces. Entre éstas, siempre hay alguna que parece recrearse en explicar sus padecimientos con todo género de detalles. Tratan de ganar la atención y el protagonismo al resto de los pacientes, algunos de los cuales puede sentirse, en lo físico o en lo anímico, profundamente mal. Unos y otros tratamos de ojear las manoseadas revistas puestas a nuestro servicio en los consultorios privados pero, en general, existen en todas esas salas de espera un sentimiento de crispación nerviosa, contenida y controlada por el hábito de las buenas formas sociales. De ahí que una música ambiental, debidamente modulada en su intensidad, aportaría un mucho de sosiego para las personas que se están enfrentando a la enfermedad, en situaciones de mayor o leve gravedad.

En este contexto, dos impresiones obtenidas en visitas recientes a las sedes de cualificados facultativos. Comencemos por la más positiva. En este lugar no había música que enriqueciera y sosegara nuestros sentidos. Pero en cambio sí se había habilitado un pequeño espacio, en un ángulo de la sala, diseñado y dotado con material para los niños. Tebeos, libritos, lápices de colores y folios donde poder dibujar, juegos de inteligencia para estimular los sentidos, la memoria y la imaginación, incluso algunos caramelos….. Con un poco de sonido ambiente, con las notas de un pentagrama motivador, la situación de espera habría sido más llevadera y, por supuesto más grata. Por el contrario, los asistentes a otra consulta tuvimos que sufrir una solución que en origen era positiva pero que, tras su desafortunado diseño, se convirtió en una pequeña o gran tortura  para todos nosotros. La enfermera o “pasanta” había pulsado la tecla del “turn on” para que tuviésemos que soportar uno de esos programa de tarde/noche, centrado en el cotilleo, el glamour, loa gritos e incluso insultos, de los numerosos participantes en el plató. Lo que te niegas a ver en tu domicilio tienes que sufrirlo después, a toda pastilla, antes de que mencionen tu nombre para entrar en consultar y dialogar con el médico. Esa hora y veinte minutos, en la espera, resultó en sumo desagradable. Con un simple “hilo musical” la espera de los pacientes habría sido más tranquila, a fin de sosegar esa tensión nerviosa que te hace hablar y hablar, o escuchar un desafortunado programa televisivo, desestabilizando, todo ello, el equilibrio de las  personas presentes en la sala.

En muchos colegios suele aplicarse esta fácil técnica que facilita la relajación y el sosiego anímico. De forma específica, suena durante los minutos de entrada y salida, con respecto al horario de las clases. También, en ese espacio a media mañana para el recreo. En las salas habilitadas para la recuperación de la convivencia (una forma de hablar del aula de los castigados) esa música relajante templaría bastante la fuerza descontrolada de los nervios en algunos de los alumnos que acuden a la misma, tras haber mantenido algún enfrentamiento irrespetuoso con el profesor titular de la materia. Incluso en un espacio quirúrgico, cuando el facultativo te está interviniendo y sólo se te ha dormido una parte de tu cuerpo, a fin de evitar los riesgos de una anestesia total. Escuchar el trastear del cirujano o las conversaciones que mantienen los médicos y asistentes en el quirófano potencia la tensión propia en la que estás inmerso, cuando están “arreglando” una parte de tu cuerpo. Ese sonido ambiental, con un volumen ineludiblemente bajo, sería positivo para todos. Piénsese, cuando el odontólogo está trabajando en tu boca, para un empaste o un implante dental. Se agradecería un poco de música, a fin de sosegar el espíritu y esa imaginación desbordada que nos hace tan escaso bien.

Abundado en lo ya expuesto, no todo género musical resulta apropiado para el razonable fin que se persigue. Bandas sonoras de bien elegidas películas, piezas de sinfonías clásicas de incuestionable belleza, las tonalidades argumentales de historias románticas o aquellas otras que muestren o faciliten la inmersión en el mundo de la naturaleza, como los sonidos del agua o de algunas aves que pueblen ese limpio y estimulante entorno…… son modalidades idóneas para este ansiado sosiego.

Recordamos, con afecto, cómo en los inicios del cine las películas mudas iban acompañadas por la destreza de un pianista que, con el ritmo del teclado, iba enriqueciendo el mensaje explícito e implícito contenido en la imagen que se nos proyectaba. Sonidos con el ritmo del western, la intriga, el amor, la aventura o el combate. Todas estas modalidades nos traen a la mente el recuerdo de melodías concretas con las que identificamos historias, sentimientos, pasiones y el latir de la vida. Difícilmente podría concebirse una película que careciera de un más o menos afortunado acompañamiento musical. En la construcción de un film, la aportación del sonido, según el género cinematográfico que protagonice la acción, es uno de los elementos más importantes e imprescindibles para atraer la atención y disfrute del espectador.

Nos asombra y estimula la grandeza explicativa y comunicativa que puede llegar a tener una  adecuada acústica sonora. El claxon de un vehículo, el timbre de aquella puerta, unas pisadas en la oscuridad, el oleaje junto a la playa, el llanto de un bebé, las ruedas del tren sobre los raíles sin fin, la solitaria trompeta que reclama algunas monedas en una esquina callejera, el rugir de una lavadora o ese crujir de un plato o vaso roto en el suelo. Son palabras sin letras explícitas, sonidos para el espíritu, sensaciones que nos hablan, deleitan, inquietan o, incluso mejor, emocionan. Contienen latidos cotidianos que nuestros oídos procesan para sentir y comprender el entorno. Todos ellos forman parte de ese pentagrama lírico que nos comunica e integra a la vida.-



José L. Casado Toro (viernes, 7 febrero, 2014)
Profesor