viernes, 22 de noviembre de 2013

CONJUGAR TAMBIEN, EN SEGUNDA Y TERCERA PERSONA.


Me encontraba en una sala dedicada a la difusión de actividades culturales, vinculada a un importante complejo comercial de la localidad. La programación de esa tarde iba a estar centrada en la video-proyección de una interesante película, enmarcada en el más puro género clásico: Rain (Lluvia) 1932, dirigida por Lewis Milestone. Como ya es usual en las actividades que este departamento puntualmente desarrolla, en un plausible esfuerzo de propagación sociocultural, fueron dedicados unos breves minutos, previos al visionado, para la correspondiente presentación del film.

En un momento concreto de la explicación, una señora mayor interrumpe a la joven coordinadora del acto. Le manifiesta, a viva voz, su intención de marcharse de la sala ya que, en su opinión, considera que estaba narrando el argumento de la película. En absoluto esa era intención de la presentadora, pues esta cualificada especialista en arte y cinematografía se limitaba a trazar unos rasgos generales de la trama, a fin de hacer más comprensible la estructura conceptual y escénica de la misma. La actitud imperativa de esta ineducada espectadora provocó unos minutos de cierta tensión entre los asistentes al acto, situación que la introductora del acto trató de atajar finalizando de forma acelerada su intervención. De inmediato comenzó la proyección del DVD. Precisamente esa misma impulsiva señora, durante varios momento de la trama y, de forma especial, antes de su finalización, no se recató en hacer comentarios anticipatorios acerca de lo que iba a suceder en pantalla. Incluso no le importó molestar a sus compañeros de asiento más cercanos (entre los que yo me encontraba) explicando a una amiga su propia interpretación sobre aspectos de la historia que estábamos presenciando.

El ejemplo de esta imprudente señora es uno más de los muchos que tenemos que soportar por ese ego que tantas veces, y de manera desacertada, nos domina. Con su insolidaria actitud, impidió que el global de los espectadores pudiéramos conocer el resto del mensaje de la titulada especialista en cinematografía, si así lo considerase oportuna.. Bien es verdad que la presentadora pudo responder a la nerviosa asistente al acto con la necesaria firmeza, aconsejándola que volviese a entrar en la sala cuando ella finalizase de hablar, si así lo considerase oportuno. Debió continuar con su interesante intervención explicativa, para la ilustración del resto de los asistentes. Sin embargo, ahí queda la escena de un “yo” que trata de imponer su voluntad a todo el colectivo en el que, temporalmente, se halla integrado.

Cuando llegué a mi domicilio, tras una frugal cena, me dispuse a ver uno de los escasos programas de televisión que motivan mi tiempo, al margen de los cinematográficos. Se trata de ese interesante espacio social, en la cadena Tele 5, de Mediaset, titulado “Hay una cosa que te quiero decir”. Destaco el valor de su significación mediática ya que, en el desarrollo del mismo, pueden analizarse y valorarse no pocos comportamientos y reacciones entre las personas que acuden al programa. También, por supuesto, distrae. En este caso, la primera de las siete u ocho historias que suelen presentarse durante el tiempo de emisión estaba centrada en una madre que había enviudado hacía ya dieciséis meses. Recientemente había conocido a un hombre, separado desde hacía varias décadas que, a sus setenta y tres años, había aportado ilusión y compañía a esta señora de cincuenta y ocho años (muy bien llevados). A ambos se les veía, a través de sus manifestaciones y gestos, profundamente enamorados. ¿Dónde estaba entonces el problema que nublaba su necesaria felicidad?

La dificultad para esta fructífera convivencia se encontraba en la única hija de la señora protagonista. Esta joven, ya con treinta años, estaba felizmente casada y en estado de buena esperanza para una fecha perceptiblemente próxima. En la actualidad, madre e hija residían a muchos kilómetros de distancia (Burgos-Valencia), durante la mayor parte del año. Pero la hija no aceptaba ver a su madre con otro hombre, pues consideraba que esos dieciséis meses, desde el fallecimiento de su padre, es un escaso tiempo para que aquélla rehiciera la ilusión por la vida. Se negó, con firmeza a ver siquiera la cara de ese buen hombre que tanto estaba ayudando a su madre. Por supuesto, tampoco a intercambiar palabra alguna con el mismo. Con un egoísmo, digno de tratamiento psicológico, pensaba más en sus propias y difícilmente comprensibles razones (según ella, el escaso tiempo desde la viudez de su madre) que en la recuperación de la felicidad de quien la había traído al mundo. En un momento concreto del diálogo manifestó que si ella viviera en la provincia, donde se halla la residencia familiar de su madre, iría todos los días a la tumba donde reposan los restos del que fue su padre. Ese detalle o propósito explica bastante acerca del equilibrio mental de la joven.

Fueron dos imágenes, escenificadas en el corto espacio de unas horas, que ponen, una vez más, de manifiesto la pandemia absorbente del ego que nos domina y aísla. ¡Cuántas son las ocasiones en que tras hablar largamente con tu interlocutor, nos damos cuenta, para nuestro desasosiego, que éste ha monopolizado el yo sobre el tú, de una forma descarada, inelegante y absorbente! Incluso llegas a preguntarte si esos minutos han estado revestidos más con la categoría del monólogo que con la de un equilibrado diálogo. Por supuesto que toda generalización es peligrosamente errónea. Y no se me oculta que nosotros mismos también pecamos de ese defecto. Pero, desde luego, en este erial de valores, en que hoy día nos movemos por la selva existencial, el sentido de la egolatría, en general, tiene una poderosa carta de naturaleza sobre las respuestas solidarias, igualitarias y humildes. No, no es ese el buen camino. Todos, deberíamos estar abiertos y receptivos a otras respuestas más generosas. Al menos, tratando de hallar el tiempo y lugar más apropiado para una inexcusable reflexión.

Y ya, para ir finalizando este grato recorrido comunicativo, por entre la senda de las palabras y las ideas, recuerdo un sencillo ejercicio que solía proponer a muchos de los que fueron mis compañeros de aprendizaje (alumnos), por esas aulas que deben preparar y educar, junto a otros importantes factores, para caminar por la vida. En esas horas para la tutoría, se convive, se aporta y, cómo no, también se aprende. 

“Profe, me veo desorientada, sin fuerzas, sin ganas, para casi nada. Creo que todo lo hago mal. Es la aburrida cantinela que, también, siempre estoy escuchando en casa. Y me entra una depre de ansiedad y tristeza, que me hace muy infeliz, Y tampoco me gusta mi cuerpo. Esa es la verdad. Para colmo, mis padres….”. 

Cuando escuchas estas dura confidencias, procedente de una chica que no ha llegado a los quince años de edad, te replanteas la atmósfera viciada que se respira en algunos ámbitos familiares o sociales. Y no hay un consejo único para estos adolescentes en situación de bloqueo. Cada uno puede estar condicionado por unas circunstancias específicas según el contexto en el que se vive.

“Bueno, para mí tú eres importante. Estoy dispuesto a quedarme aquí, escuchando y dialogando, todo el tiempo que sea necesario. Y, desde luego, la decisión que has tomado pienso que está muy bien. Has actuado con inteligencia y sensatez. Compartiendo los problemas que te afectan. Primero debes hacerlo con las personas más próximas de tu familia. A pesar de esos comentarios, en mi opinión muy desafortunados que, tal vez sin querer, te han tenido que doler. Pero seguro que no faltan compañeras y amigos que, también, van a estar muy cerca de ti. Suelo aconsejar un buen hábito. Que cada una de las noches, antes de irte a descansar, dediques unos minutos a resumir, a escribir, aquello que mejor has hecho durante ese día. Y también, aquello en lo que consideras te has equivocado o que puedes hacerlo mejor. Proponte en ese momento algún objetivo, alguna pequeña meta, para el día siguiente. Encerrarte en ti misma no conduce a ningún sitio. Sobre todo, intenta ayudar a los demás. Especialmente, a los que están más cerca de ti. Hablándoles, sonriéndoles, escuchándoles en sus problemas….. Cuando realices algún bien a los demás, puedo asegúrate que te sentirás algo, mucho mejor. Más feliz. Y mantente ocupada todo el tiempo que puedas. Sentarte, no hacer nada y darle vueltas a la cabeza, no te va a hacer mucho bien. En absoluto. Evita la “pobreza” del egoísmo. Es mucho más inteligente… ser generoso con los demás. Aunque ellos no lo sean contigo, te sentirás más feliz, porque estás haciendo el bien. Te aseguro que no pensaba que ibas a ser tan sincera conmigo. Me has dado una grata sorpresa. Eso es una muestra de que eres valiente. ¿Ves como sí que tienes cualidades y valores?”

Ambos escuchamos el timbre que nos marcaba el final del recreo. Vanesa me confesó, ante mi insistencia, que no había desayunado. Tampoco lo había hecho su amiga Charo, que la estaba esperado en la puerta de la sala de visitas. “Bueno, pues ahora las dos vais a ser invitadas por vuestro tutor a tomar algo en el bar, ya que tenéis que trabajar hasta las tres de la tarde. No os preocupéis por la hora. Cuando hayáis terminado os venís para el aula de clase. Que en pocos minutos os pongo al día de lo que haya explicado a vuestros compas”.

Efectivamente, además del yo existe, en la estructura gramatical, y él. Pero algunos interlocutores, esa segunda y tercera persona la tienen olvidada, aletargada o dormida en el uso de su lenguaje comunicativo. Y, de manera desacertada, no sólo en las atalayas o plataformas de la comunicación. Hablo, específicamente, de esos otros comportamientos presididos por el ego. Pudo suceder. A tenía una amiga B. Cuando ésta le llamaba, a través del móvil, el “monólogo” solía durar largos e interminables minutos. En no pocas ocasiones, A despegaba el oído del auricular. Reposaba algunos segundos prestando atención a otra cosa. Posteriormente, se acercaba de nuevo a su teléfono, comprobando que B continuaba con su exposición, en la que predominaba, de manera absorbente y compulsiva, la primera persona. Es la dura realidad de este tiempo. Por cierto, no es que “pudo suceder”. Efectivamente, esa escena se repitió en más de una ocasión.-



José L. Casado Toro (viernes, 22 noviembre, 2013)
Profesor

viernes, 15 de noviembre de 2013

LOS OTROS CHICOS DE LA CALLE.


A través de esa maravillosa ventana, casi infinita para la comunicación compartida, que es Internet, tuve conocimiento de un inmediato pre-estreno cinematográfico. Éste  iba a tener lugar en uno de los multicines que pueblan el tejido urbano que sustenta nuestras relaciones y vivencias. Ofertaban sólo veinticinco localidades dobles, para una película que se estrenaría en pantalla unos días más tarde. Me desplacé con la suficiente antelación, a fin de ser uno de esos puntuales afortunados que podrían conseguir las entradas de un film propuesto para competir en los próximos premios Oscar de Hollywood. Es cierto que hacer cola en taquilla puede ser molesto pero, sin embargo, no resulta aburrido por todo aquello que se contempla, desde la espera, en ese lugar. A poco que muestres interés por la observación del entorno, disfrutas con imágenes y escenas que no se representan precisamente en las pantallas interiores del establecimiento, sino ante la ventanilla comercial del mismo.

Cubría los minutos de espera, ojeando un pequeño libro para el aprendizaje. En un momento dado, desde el murmullo de una calle lúdicamente abarrotada para el paseo y el consumo de copas, comidas y meriendas, observé a dos adolescentes, uno de ellos guitarra en mano. Trataban, con dificultad, de entonar algunas canciones populares, insertas en el género de la copla, a fin de recaudar, de entre los viandantes y comensales, esas monedas necesarias para el sustento. Poco caso era el que se les hacía desde las numerosas mesas ubicadas en la vía pública, casi todas ellas abarrotadas por un público relajado, conversador y sediento en la placidez de la tarde. Refrescos, “cañas o pintas” bien apetecibles de cerveza, infusiones y alguna que otra materia suculenta para el picoteo de la merienda, acompañaban a todas esas  personas que gozaban de una temperatura cálidamente primaveral. Tras finalizar su breve actuación, los dos chicos pasaron el platillo recaudador, en este caso transformado en un vasito de plástico blanco, prestado desde alguna alacena amiga. La generosidad de los distraídos consumidores fue más bien parca, aunque algunas monedillas sí se dejaron caer en esa peculiar alcancía para el ahorro.

Tanto el “tocaor” como el cantante, apenas superarían los 15-16 años de edad. Muy morenos, de piel y cabello, apenas les escuché hablar entre ellos comprobé su pertenencia a la etnia gitana. Discutían, delante de los carteles anunciadores, acerca de la película que iban a elegir para pasar el resto de la tarde. Al fin se acercaron a la taquilla indicándo a la señorita, que allí se encontraba para vender las entradas, su deseo de ver BAJARÍ (2012), un documental musical sobre flamenco, ambientado en Barcelona, ciudad cuyo nombre en caló (la lengua de los gitanos) es precisamente la que da el título a la película. Preguntaron cuánto costaban las dos localidades. De inmediato vaciaron las monedas que llevaban en el modesto vasito de plástico, muy fraccionadas en su valor, por entre la amplia rendija de la ventanilla. La encargada de los tickets contó, aplicando la necesaria paciencia, las piezas de la numismática aportada. Pronto, el rostro de los críos se pobló con la desilusión de la realidad. El valor de las monedas aportadas no alcanzaba para su objetivo. Sólo tenían 8,30 euros, cuando cada entrada costaba 6,5 €.

Viendo la cara de desilusión que ambos mostraban, saqué de mi monedero los cuatro euros y pico que les faltaban, poniéndolos junto a sus monedas. Ya con las entradas en la mano, el chico de la guitarra y las zapatillas negras, me regaló un “vale, tío”, mientras que el otro, vestido con un atuendo deportivo (en el que destacaban sus deportivas amarillas, intensamente fosforescentes) me miró con cara de extrañeza, sin pronunciar palabra alguna. Rápidamente se dirigieron a ver su película, portando esa guitarra hermanada al vasito recaudador para su arte.

Unos días más tarde, pasaba por esa misma zona monumental de la historia de Málaga, cuando me volví a encontrar con Pali “el Trinqui” y a Seba “el Chupa”, los nombres reales de ambos chicos. Estaban en un lateral de El Pimpi, entonando algunas estrofas amables que hablaban de amores, besos robados y ojos bonitos. Me reconocieron de inmediato. Nada más acercarme, fue Seba, el guitarrista, quien me dedicó el esfuerzo de su trabajo diciendo “y ésta va por el “míster”. Y en unos minutos cantaron o “destrozaron” una canción, de la que me agradó especialmente el detalle de su voluntad. Eran ya sobre las diez, de una noche húmeda pero de temperatura agradable, cuando reparé en su anémica “alcancía”. Apenas habían recaudado unas escasa monedas, casi todas con el valor de los céntimos, tras una tarde de canto. ¿Habéis cenado? les comenté. “No, míster, pero algo caerá, de aquí a la noche”.

Y en un  kebab cercano, de nuevo les invité.  Ambos engulleron, o mejor devoraron (tal era la necesidad de sus estómagos) una comida rápida con la que poder calmar sus hambrientas anatomías. Entre bocado y bocado, me contaron algo del abandono familiar en sus vidas. Son compañeros de clase, en un Instituto al que acuden por las mañanas. Me confiesan que no les gustan los libros, por lo que a veces hacen sus “piardas”, “rabonas” o correrías, por el poliedro anónimo de la ciudad. Quieren dedicarse al cante, pues el abuelo del Seba se ganaba la vida por esos tablaos del flamenco y la copla. Hay días en que apenas toman alimento, pues en sus casas suele predominar el abandono y la ausencia de estabilidad. El Trinqui vive con su madre y tres hermanos. Me dice que no conoce a su padre pero su “mare” limpia por las casas, para sacarlos adelante. Por su parte, los padres del Chupa van de aquí para allá, por los mercadillos ambulantes. Esos puestos, en los que casi todo se vende que, semanalmente, adornan con modestia el latido económico de las barriadas.

“¿Y tú eres misionero, cura o algo así?” me pregunta el Seba.

“No, hombre. Es que durante muchos años he trabajado de maestro en las aulas. Y he conocido a no pocos jóvenes, como vosotros, con sus problemas y realidades del cada día. Hay que saber ayudar a los demás, con lo que cada uno pueda y sepa. Hoy os he invitado a cenar. El otro día pudisteis ir al cine. Bueno, algo es mejor que nada. Pero son vuestros padres, los que tienen que ayudaros y educaros a crecer como personas responsables. Aunque no os guste la obligación del cole, estáis en la edad de formaros, porque mañana no todo va a ser cantar por calles. Cuando dejáis de ir a clase, os estáis haciendo daño. Aunque ahora os cueste trabajo aceptarlo. Por cierto ¿os agradó ese documental de flamenco que visteis en el cine? Muchos de los que allí cantan y bailan no dejaron de ir al Instituto. Incluso han podido ir a otros coles, donde enseñan muy bien ese arte que tanto os gusta. Hoy se ganan la vida en los tablaos y escenarios. Pero cuando eran más jóvenes, asistían a clase a clase. El estudio y la educación les ha ayudado a ser mejores en sus vidas”.

Pasaron algunos meses y no volví a toparme con el Trinqui o el Chupa (como ellos apetecen que se les llame). A veces solía preguntarme si habrían seguido alguno de mis consejos. La verdad es que cuando les hablaba, en el Doner Kebak, parecían estar atentos y respetuosos a mis palabras. Con el paso del tiempo, sus famélicas imágenes se me fueron haciendo cada vez más borrosas y lejanas. Pero la suerte quiso que otra tarde, ya en el nuevo curso escolar, me encontrara, en una de las calles del centro, con Pali, el propietario de la guitarra y, a veces, también cantante. Supo él también reconocerme y con esa franqueza que le caracterizaba, me confesó que había sentado la cabeza. Al fin puso matricularse en un ciclo formativo de iniciación musical. Que le gustaba mucho lo que había aprendido en esos escasos meses de clase, en su nuevo Instituto. “Mister, mi “hermano”  er Chupa va cada día mal. A lo peor. Se ha juntao con gente de mal vivir y seguro que acaba en chirona o “rajao”. Si lo viera en este momento, se iba Vd. asustá de la cara a muerto que se le ha puesto. Se está metiendo “casi de tó”. Me da pena, pero que le puedo yo hacé”. Cuando nos despedíamos supo prometerme que llamaría al número que le facilité. No sólo cuando necesitase ayuda, sino en alguna feliz ocasión cuando estuviera actuando en un escenario con su guitarra.

En estos momentos para el recuerdo, reflexiono especialmente acerca de esos padres que, por muy diversos avatares en la existencia, incumplen o no atienden, de forma debida, la educación de sus hijos, que se pierden, de manera lamentable, en el caos del abandono. Chicos y chicas que contrastan, en la suerte, con esos otros a los que el destino ha querido depararles un camino menos turbado para su existencia. Éstos jóvenes poseen el patrimonio de la abundancia, la seguridad, el cariño y la responsabilidad,  frente a esos otros que malviven en medio de las carencias, la soledad, el abandono y la irresponsabilidad de los mayores, en una orfandad que discrimina su suerte. Amanece cada día igual para todos, pero no son pocos los niños y jóvenes para los que la noche aún les impide ver el sol transparente de la mañana. Seba, el Chupa, no supo distinguir esa luz que sí orientó a Pali, el Trinqui, para un más sensato caminar. 

“Sí, desde luego has hecho muy bien en llamarme. Entre otras necesidades, para eso te dejé el número de mi móvil. No pierdas los nervios. Ahora mismo estoy en una consulta médica. Pero en cuanto finalice, me llego a comisaría para estar junto a ti y ver lo que podemos hacer. Analizaremos juntos la situación. Veremos si le podemos echar un cable al Chupa. Tengo un compañero de trabajo que es abogado. Él nos puede aconsejar el mejor camino que hemos de tomar, a fin de ayudar a tu amigo y hermano. Por lo que me cuentas es muy, muy grave el problemón en que se ha metido. Pero como todavía no es mayor de edad, la cosa irá por la fiscalía de menores. Pali, confieso nunca te había oído llorar, pero ahora hay que ser fuerte. Y tú estás en un terreno limpio. Ejemplar. No te muevas de comisaría, que a poco que pueda voy para allá”.



José L. Casado Toro (viernes, 15 noviembre, 2013)
Profesor

viernes, 8 de noviembre de 2013

ÁNGELES AZULES, EN EL CAMINO DE LA DEGRADACIÓN.


CINE CLÁSICO, PARA DISFRUTAR Y REFLEXIONAR.

Realizar una valoración crítica, sea de una película, de un material literario o de una obra artística, resulta una gratificante y saludable aventura, para el lector o el espectador. Ese esfuerzo analítico puede ser más o menos afortunado en sus resultados. Sin embargo, la reflexión que nos proporciona resulta de lo más plausible, tanto para sus autores como para todos aquellos con quienes se comparte ese noble esfuerzo de ejercicio intelectual. Y no hay que ser un gran especialista en la modalidad artística, literaria o cinematográfica, objeto de estudio, para conseguir ese enriquecedor objetivo. Cualquier persona, aficionada a estas modalidades de la cultura, puede y debe aventurarse en dicha práctica analítica, a fin de obtener y contrastar conclusiones que sean útiles para nuestro acervo intelectual, sean conceptos, destrezas y, muy especialmente, valores.

Hace pocos días gocé con la grata oportunidad de visionar una película, perteneciente al más puro género clásico. Esa loable filmoteca, que cada uno de los jueves nos proporciona el Cine Albéniz, junto al entorno monumental de la Málaga antigua, proyectaba un mítico film alemán, con más de ochenta años desde su realización. El Ángel Azul (Der blue Engel) fue rodado en 1930, por el prestigioso director Josef Von Sternberg (Viena, 1894 - Hollywood, Los Ángeles, California, 1969) e interpretado, en sus principales papeles, por la no menos mítica Marie Magdalene Dietrich –Marlene- (Berlín, 1901 – París 1992), Emil Jannings (Rorschach, Suiza 1884 – Strobl, Austria 1950) y Kurt Gerron (Berlín 1897 – Auschwitz, Polonia, 1944).

A pesar de ser un film octogenario, en su elevada cronología, no es difícil trasladar la trama argumental que nos regala a cualquier otra época de la vida. Su ilustrativo mensaje sirve de pauta formativa para todos aquellos que podemos caer en el error personal de abandonar la identidad que nos vincula, adentrándonos por los inciertos y tenebrosos caminos de la degradación y la autodestrucción personal. Resumamos, básicamente, el argumento de esta historia, modelada a través de sus 109 minutos de metraje. Se trata de una de las primeras películas sonoras de la cinematografía alemana, con una bella e inolvidable fotografía en blanco y negro, con un gradiente de grises luminosamente expresionista en su conformación “pictórica”.


RESUMEN ARGUMENTAL DE LA HISTORIA.

Un prestigioso, culto y rígido profesor de literatura inglesa, Inmanuel Rath (Jannings), que permanece soltero a sus más de cincuenta años de vida, reprende a sus jóvenes alumnos por dedicar parte del tiempo para estudiar en visitar un afamado cabaret, denominado El Ángel Azul. Allí actúa cada noche la aplaudida, escultural y sensual cantante, Lola-Lola (Dietrich), junto a otros artistas, como el propio director del local Kieper (Gerreon) que ejerce de mago ilusionista. Ellos, junto a otras bailarinas y payasos, divierten a un numeroso público enfervorizado y embriagado, tanto con los atrevidos desnudos que contempla como con el abundante alcohol que sus organismos consumen. Estamos en la Alemania de los años veinte, donde gobierna la República de Weimar antecesora de la llegada al poder del nazismo. Conociendo la actitud desordenada de sus alumnos, una noche el severo y preocupado profesor acude a ese local de variedades, a fin de proteger la salud moral de sus discípulos, a los que espera encontrar y salvar de aquel tugurio decadente para sus jóvenes vidas. Ese decisión le permite conocer a la joven Lola-Lola, enamorándose perdidamente de su cuerpo y atrayente sonrisa. La atracción física, que cultiva cada jornada, le hace descuidar sus obligaciones docentes, ya que se siente dulcemente atrapado por los encantos que cree ver en la sensual artista. Tiene que abandonar su académico oficio intelectual, convirtiéndose en un “perro faldero” de Lola, con la que contrae matrimonio. Además de asistirla en su camerino y giras por todo el país, él mismo cambia la toga profesional por los ropajes lúdicos de un muy veterano payaso que actúa, en el número que presenta el mago ilusionista Kiepper, como un gallo que distrae y hace reír a la clientela cantando el ki-ki-ri-ki. Una noche, la crueldad de su jefe le hace actuar en su propia localidad natal, donde los que fueron sus alumnos y demás autoridades acuden a verle descender a lo más profundo de la decadencia personal y anímica. Humillado y despreciado, de forma constante, por la lujuria y el adulterio de Lola, en esa ultima actuación ante los antiguos convecinos y compañeros de Instituto, huye desorientado y avergonzado, con su modesto atalaje de payaso, por las calles que cimentaron su prestigio y autoridad, ahora irremediablemente perdida. Desesperado y avergonzado, acude a su vieja escuela, falleciendo en el aula donde impartía doctrina intelectual. Plástica y desgarradora imagen, contemplarle agarrado a su escritorio, como un náufrago perdido en el mal de la indigencia, ante un desequilibrio personal y una moralidad desgraciadamente arruinada.


ALGUNOS TRAZOS SIGNIFICATIVOS PARA EL COMENTARIO.

1. Ese contraste del tránsito personal, entre un admirado e ilustrado profesor y un modesto y burlado payaso, resulta patéticamente demoledor. Desalienta comprobar como un ser puede descender a los escalones más degradados del comportamiento social y privado, atrapado en las redes, invisibles, lascivas y sensuales, de una primaria mujer que sólo ofrece la atracción de su anatomía corporal, además de algunas caricias y gestos banales para la materialidad. Definiríamos la incomprensible conversión del profesor Rath con esa difícil pregunta para la respuesta de “cómo puede cambiar tanto una persona, en tan poco tiempo y con tan escasos fundamentos para la modificación”.  Tal vez al alcanzar su medio siglo de existencia, en la privacidad de su intimidad, llega un día la luz de la atracción física y de ese cariño superficial del que se ha carecido durante tanto tiempo. Cree encontrar el afecto físico y humano que el destino se ha mostrado huraño en concederle, a pesar de otros incentivo profesionales y sociales que, en realidad, nunca llegaban a compensar la profunda enfermedad de la soledad. Pero esta luz, a modo de maná salvador para la angustia íntima, le conduce a la deriva de una ciénaga degradada, humillada y desnaturalizada,  ausente del más básico  sentido de la racionalidad. 

2. Entre la Christine, de Testigo de Cargo (1957) y la Lola-Lola, de El Ángel Azul (1930) han pasado casi tres décadas en la vida de esta enigmática y atrayente actriz, llamada Marlene Dietrich. Su imagen, con esa mirada embrujada de mujer calculadora y fría para con los demás, le acompañaría hasta el final de su existencia, superando los noventa años de vida. Sería injusto, desde luego, focalizar en ella toda la responsabilidad por ese hundimiento en la integridad personal del veterano profesor. Es evidente que en esa degradación de la honestidad, padecida por una recta persona, los señuelos físicos de la joven tienen una incidencia especialmente notable. Pero también no es menos cierto que la imaginación, la necesidad y las carencias afectivas del prestigioso intelectual obran de manera muy expeditiva en los absurdos de su respuesta. La maldad o la perversidad no tiene por qué vincularse, obviamente, a un género determinado. El amor, la atracción, el vértigo de la sensualidad compartida es, obviamente, cosa de dos. En el caso de Lola, con respecto a Rath, la importante diferencia de edad y condición entre ambos, condujo a la burla, a la traición, a la humillación y al más deleznable desprecio de ella hacia él..

3. Inmanuel Rath no es un hombre penosamente enviudado. Ni un ser despechado por el adulterio de una innoble esposa. Tampoco una persona abandonada o carente de valores en la procelosa selva de lo social. No es un primario analfabeto o un ser desgraciadamente sumido en la pobreza.  Es, por el contrario, un intelectual de prestigio, temido, respetado y admirado, al tiempo, por sus alumnos. Apreciado por sus compañeros de cátedra. Valorado en el contexto próximo de sus conciudadanos, por el recto ejercicio profesional que ejerce en la admirable tarea formativa de las jóvenes generaciones. Y sin embargo, en la cronología ecuatorial de su vida, encuentra suficientes incentivos como para tirar por la borda un patrimonio de valores que había logrado consolidar al paso de los años. Pero no cae en la cuenta que esos cantos de sirena le alejan, de forma irremediable, de su realidad, de su esquema existencial y de ese destino que, libremente, ha deseado construir. Con la más noble de las intenciones, penetra en ese turbio mundo de  los tugurios cabareteros. Quiere salvar a sus alumnos sin caer en la racionalidad de que, a pesar de todos sus fundamentos categóricos, es una persona débil y necesitada que se siente atrapada en una sutil tela de araña, camino de la autodestrucción. Así son las personas. Así podemos comportamos los seres humanos. Lo tenía casi todo, pero le faltaba lo más importante en el caminar del día a día: una familia. Y, sobre todo, el amor.


PERO TAMBIÉN…….. PUDO SUCEDER ASÍ.
Los sentimientos afloran, cuando más inesperada parece su reconfortante llegada. Ver las lágrimas de su marido, arrinconado en un lateral del escenario, ante las mofas y burlas de los espectadores, provoca la compasión de Lola. Los gritos desgarradores del viejo payado, haciendo un ki ki ri ki, desentonado y patético, le hacen abandonar los brazos de su amante actual, corriendo hacia Inmanuel, al que abraza, sacándole de aquel ambiente de escarnio y humillación. A la mañana siguiente, ambos abandonan El Ángel Azul, y se les ve juntos en una vieja y destartala estación de ferrocarril. Van a iniciar un largo viaje, camino de algún destino de luz y esperanza, con el escaso bagaje material de su modesto equipaje. El vapor de la máquina ferroviaria los envuelve, a modo de espesa neblina, en un andén prácticamente vacío de viajeros, a esa hora temprana de la mañana. La maravillosa escala de grises del rancio celuloide nos permite imaginar cómo, desde el cielo brumoso, se dibujan unos contornos que semejan formas celestiales. No son precisamente azules, sino transparentes siluetas que nos hacen volver a creer en el amor y en la racionalidad. Los títulos de crédito ponen el fin a esta historia que sabe hermanar la frialdad de la  conciencia con el limpio sentimiento del corazón.-



José L. Casado Toro (viernes, 8 noviembre, 2013)
Profesor