viernes, 8 de noviembre de 2013

ÁNGELES AZULES, EN EL CAMINO DE LA DEGRADACIÓN.


CINE CLÁSICO, PARA DISFRUTAR Y REFLEXIONAR.

Realizar una valoración crítica, sea de una película, de un material literario o de una obra artística, resulta una gratificante y saludable aventura, para el lector o el espectador. Ese esfuerzo analítico puede ser más o menos afortunado en sus resultados. Sin embargo, la reflexión que nos proporciona resulta de lo más plausible, tanto para sus autores como para todos aquellos con quienes se comparte ese noble esfuerzo de ejercicio intelectual. Y no hay que ser un gran especialista en la modalidad artística, literaria o cinematográfica, objeto de estudio, para conseguir ese enriquecedor objetivo. Cualquier persona, aficionada a estas modalidades de la cultura, puede y debe aventurarse en dicha práctica analítica, a fin de obtener y contrastar conclusiones que sean útiles para nuestro acervo intelectual, sean conceptos, destrezas y, muy especialmente, valores.

Hace pocos días gocé con la grata oportunidad de visionar una película, perteneciente al más puro género clásico. Esa loable filmoteca, que cada uno de los jueves nos proporciona el Cine Albéniz, junto al entorno monumental de la Málaga antigua, proyectaba un mítico film alemán, con más de ochenta años desde su realización. El Ángel Azul (Der blue Engel) fue rodado en 1930, por el prestigioso director Josef Von Sternberg (Viena, 1894 - Hollywood, Los Ángeles, California, 1969) e interpretado, en sus principales papeles, por la no menos mítica Marie Magdalene Dietrich –Marlene- (Berlín, 1901 – París 1992), Emil Jannings (Rorschach, Suiza 1884 – Strobl, Austria 1950) y Kurt Gerron (Berlín 1897 – Auschwitz, Polonia, 1944).

A pesar de ser un film octogenario, en su elevada cronología, no es difícil trasladar la trama argumental que nos regala a cualquier otra época de la vida. Su ilustrativo mensaje sirve de pauta formativa para todos aquellos que podemos caer en el error personal de abandonar la identidad que nos vincula, adentrándonos por los inciertos y tenebrosos caminos de la degradación y la autodestrucción personal. Resumamos, básicamente, el argumento de esta historia, modelada a través de sus 109 minutos de metraje. Se trata de una de las primeras películas sonoras de la cinematografía alemana, con una bella e inolvidable fotografía en blanco y negro, con un gradiente de grises luminosamente expresionista en su conformación “pictórica”.


RESUMEN ARGUMENTAL DE LA HISTORIA.

Un prestigioso, culto y rígido profesor de literatura inglesa, Inmanuel Rath (Jannings), que permanece soltero a sus más de cincuenta años de vida, reprende a sus jóvenes alumnos por dedicar parte del tiempo para estudiar en visitar un afamado cabaret, denominado El Ángel Azul. Allí actúa cada noche la aplaudida, escultural y sensual cantante, Lola-Lola (Dietrich), junto a otros artistas, como el propio director del local Kieper (Gerreon) que ejerce de mago ilusionista. Ellos, junto a otras bailarinas y payasos, divierten a un numeroso público enfervorizado y embriagado, tanto con los atrevidos desnudos que contempla como con el abundante alcohol que sus organismos consumen. Estamos en la Alemania de los años veinte, donde gobierna la República de Weimar antecesora de la llegada al poder del nazismo. Conociendo la actitud desordenada de sus alumnos, una noche el severo y preocupado profesor acude a ese local de variedades, a fin de proteger la salud moral de sus discípulos, a los que espera encontrar y salvar de aquel tugurio decadente para sus jóvenes vidas. Ese decisión le permite conocer a la joven Lola-Lola, enamorándose perdidamente de su cuerpo y atrayente sonrisa. La atracción física, que cultiva cada jornada, le hace descuidar sus obligaciones docentes, ya que se siente dulcemente atrapado por los encantos que cree ver en la sensual artista. Tiene que abandonar su académico oficio intelectual, convirtiéndose en un “perro faldero” de Lola, con la que contrae matrimonio. Además de asistirla en su camerino y giras por todo el país, él mismo cambia la toga profesional por los ropajes lúdicos de un muy veterano payaso que actúa, en el número que presenta el mago ilusionista Kiepper, como un gallo que distrae y hace reír a la clientela cantando el ki-ki-ri-ki. Una noche, la crueldad de su jefe le hace actuar en su propia localidad natal, donde los que fueron sus alumnos y demás autoridades acuden a verle descender a lo más profundo de la decadencia personal y anímica. Humillado y despreciado, de forma constante, por la lujuria y el adulterio de Lola, en esa ultima actuación ante los antiguos convecinos y compañeros de Instituto, huye desorientado y avergonzado, con su modesto atalaje de payaso, por las calles que cimentaron su prestigio y autoridad, ahora irremediablemente perdida. Desesperado y avergonzado, acude a su vieja escuela, falleciendo en el aula donde impartía doctrina intelectual. Plástica y desgarradora imagen, contemplarle agarrado a su escritorio, como un náufrago perdido en el mal de la indigencia, ante un desequilibrio personal y una moralidad desgraciadamente arruinada.


ALGUNOS TRAZOS SIGNIFICATIVOS PARA EL COMENTARIO.

1. Ese contraste del tránsito personal, entre un admirado e ilustrado profesor y un modesto y burlado payaso, resulta patéticamente demoledor. Desalienta comprobar como un ser puede descender a los escalones más degradados del comportamiento social y privado, atrapado en las redes, invisibles, lascivas y sensuales, de una primaria mujer que sólo ofrece la atracción de su anatomía corporal, además de algunas caricias y gestos banales para la materialidad. Definiríamos la incomprensible conversión del profesor Rath con esa difícil pregunta para la respuesta de “cómo puede cambiar tanto una persona, en tan poco tiempo y con tan escasos fundamentos para la modificación”.  Tal vez al alcanzar su medio siglo de existencia, en la privacidad de su intimidad, llega un día la luz de la atracción física y de ese cariño superficial del que se ha carecido durante tanto tiempo. Cree encontrar el afecto físico y humano que el destino se ha mostrado huraño en concederle, a pesar de otros incentivo profesionales y sociales que, en realidad, nunca llegaban a compensar la profunda enfermedad de la soledad. Pero esta luz, a modo de maná salvador para la angustia íntima, le conduce a la deriva de una ciénaga degradada, humillada y desnaturalizada,  ausente del más básico  sentido de la racionalidad. 

2. Entre la Christine, de Testigo de Cargo (1957) y la Lola-Lola, de El Ángel Azul (1930) han pasado casi tres décadas en la vida de esta enigmática y atrayente actriz, llamada Marlene Dietrich. Su imagen, con esa mirada embrujada de mujer calculadora y fría para con los demás, le acompañaría hasta el final de su existencia, superando los noventa años de vida. Sería injusto, desde luego, focalizar en ella toda la responsabilidad por ese hundimiento en la integridad personal del veterano profesor. Es evidente que en esa degradación de la honestidad, padecida por una recta persona, los señuelos físicos de la joven tienen una incidencia especialmente notable. Pero también no es menos cierto que la imaginación, la necesidad y las carencias afectivas del prestigioso intelectual obran de manera muy expeditiva en los absurdos de su respuesta. La maldad o la perversidad no tiene por qué vincularse, obviamente, a un género determinado. El amor, la atracción, el vértigo de la sensualidad compartida es, obviamente, cosa de dos. En el caso de Lola, con respecto a Rath, la importante diferencia de edad y condición entre ambos, condujo a la burla, a la traición, a la humillación y al más deleznable desprecio de ella hacia él..

3. Inmanuel Rath no es un hombre penosamente enviudado. Ni un ser despechado por el adulterio de una innoble esposa. Tampoco una persona abandonada o carente de valores en la procelosa selva de lo social. No es un primario analfabeto o un ser desgraciadamente sumido en la pobreza.  Es, por el contrario, un intelectual de prestigio, temido, respetado y admirado, al tiempo, por sus alumnos. Apreciado por sus compañeros de cátedra. Valorado en el contexto próximo de sus conciudadanos, por el recto ejercicio profesional que ejerce en la admirable tarea formativa de las jóvenes generaciones. Y sin embargo, en la cronología ecuatorial de su vida, encuentra suficientes incentivos como para tirar por la borda un patrimonio de valores que había logrado consolidar al paso de los años. Pero no cae en la cuenta que esos cantos de sirena le alejan, de forma irremediable, de su realidad, de su esquema existencial y de ese destino que, libremente, ha deseado construir. Con la más noble de las intenciones, penetra en ese turbio mundo de  los tugurios cabareteros. Quiere salvar a sus alumnos sin caer en la racionalidad de que, a pesar de todos sus fundamentos categóricos, es una persona débil y necesitada que se siente atrapada en una sutil tela de araña, camino de la autodestrucción. Así son las personas. Así podemos comportamos los seres humanos. Lo tenía casi todo, pero le faltaba lo más importante en el caminar del día a día: una familia. Y, sobre todo, el amor.


PERO TAMBIÉN…….. PUDO SUCEDER ASÍ.
Los sentimientos afloran, cuando más inesperada parece su reconfortante llegada. Ver las lágrimas de su marido, arrinconado en un lateral del escenario, ante las mofas y burlas de los espectadores, provoca la compasión de Lola. Los gritos desgarradores del viejo payado, haciendo un ki ki ri ki, desentonado y patético, le hacen abandonar los brazos de su amante actual, corriendo hacia Inmanuel, al que abraza, sacándole de aquel ambiente de escarnio y humillación. A la mañana siguiente, ambos abandonan El Ángel Azul, y se les ve juntos en una vieja y destartala estación de ferrocarril. Van a iniciar un largo viaje, camino de algún destino de luz y esperanza, con el escaso bagaje material de su modesto equipaje. El vapor de la máquina ferroviaria los envuelve, a modo de espesa neblina, en un andén prácticamente vacío de viajeros, a esa hora temprana de la mañana. La maravillosa escala de grises del rancio celuloide nos permite imaginar cómo, desde el cielo brumoso, se dibujan unos contornos que semejan formas celestiales. No son precisamente azules, sino transparentes siluetas que nos hacen volver a creer en el amor y en la racionalidad. Los títulos de crédito ponen el fin a esta historia que sabe hermanar la frialdad de la  conciencia con el limpio sentimiento del corazón.-



José L. Casado Toro (viernes, 8 noviembre, 2013)
Profesor


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