jueves, 19 de septiembre de 2013

PREMIO LITERARIO DE RELATOS.


Faltan apenas quince minutos para que suenen las campanadas de las siete de la tarde. Tenemos un día luminoso y agradablemente tibio, que va despidiendo a esta Primavera caracterizada por su humedad y frescura. En el departamento de marketing, cuarta planta de un edificio diseñado con la más avanzada vanguardia arquitectónica (metal y cristal, como materiales constructivos básicos) reposan sobre la mesa ovalada cinco gruesas carpetas de folios, grapados en disciplinados cuadernillos. Ya se han incorporado tres de los cuatro miembros del jurado, citados días atrás, a fin de tomar una decisión sobre el concurso de relatos convocado por una prestigiosa marca de automóviles, líder mundial en el sector del transporte. Recibe a estas personas Nazario Cordera, jefe de sección, el cual ha “coordinado” todo el proceso organizativo en una convocatoria que se hizo pública durante el otoño pasado. Nos encontramos en la segunda edición de este concurso, realizado con carácter bianual. Los incentivos para aquellos que desean participar en el mismo son agradablemente suculentos. Existe un primer premio, de doce mil euros, para el relato ganador. También hay establecido otro premio (6.000 euros) para el relato elegido de un segundo participante. Si la calidad literaria lo hace posible, según el criterio del jurado, se concederán tres accésits (sin compensación económica) a otras tantas obras, de entre todas las presentadas. A la sede de este organismo han llegado 632 sobres, con las plicas correspondientes. La extensión de estos relatos no pueden superar los ocho folios de extensión.

Los miembros del jurado han sido propuestos en base a su cualificada relevancia social, en el mundo de las letras. Ferrando Cantillana, un conocido periodista del principal diario local, experto en críticas literarias. Debido a su edad, se halla muy próximo a la jubilación profesional. Manel Lenz, profesor de literatura, ha sido propuesto por el departamento de filología de la Universidad. Vidal Lapiedra, quien dirige con éxito profesional una galería de arte, sita en el centro de la telaraña urbana. Su segunda novela fue publicada hace ya tres años y medio. Completa el equipo, Lena Santacruz, poetisa según ella desde que nació. Ahora, cumplido los ochenta y tres, es una muy veterana gloria en los círculos acomodados de la cultura local. Ha publicado diversos libros de poemas, pero nunca ha sido afortunada con destacados premios literarios. Cada uno de los miembros integrantes del jurado han recibido, a comienzos de la reunión, un sobre conteniendo 300 euros, como detalle o regalo por su docta colaboración y esfuerzo lector. 

Para el primer premio no ha existido debate alguno. Los cuatro analistas coinciden en el título elegido: “Confianza en tu pasado”. Abierta la plica, la autoría del relato corresponde a un afamado personaje de la prensa política, que también dedica su tiempo a la creatividad literaria. Hace una semana, los miembros del jurado habían recibido una llamada telefónica de Nazario, sugiriéndoles que prestaran especial atención a dicho relato. Para el segundo de los premios y los dos accésits, se alcanza también pronto el acuerdo. Se hacen tres sorteos, entre los nombres que cada uno de ellos aporta. En veinte minutos ha finalizado todo este peculiar y “complicado” debate. Se levanta el acta preceptiva de la reunión, con los firma de las cinco personas asistentes a la misma. La empresa concesionaria del premio ha reservado una cena para todos ellos, en un prestigioso restaurante de la sierra. Con este generoso gesto, quiere poner un buen final a la reunión decisoria de este último viernes de mayo. Tras los saludos y afectos, quedan en verse, sobre las 9,30, en ese suntuoso lugar encastrado en medio de la naturaleza, donde les espera una apetecible y suculenta velada gastronómica. Sólo el profesor de literatura y el galerista acudirán a la misma con sus respectivas parejas, masculina en el caso de Vidal. Nazario se excusa ante la imposibilidad de estar presente, pues tiene un hijo que ha sido intervenido precisamente esta tarde de una lesión deportiva. Pero les confiesa que ha hablado personalmente con la gerencia del restaurante, a fin de que la cena les sea lo más gozosa posible.

Con puntualidad británica, las seis personas se hallan sentadas en una espaciosa terraza, de cara a la frondosa naturaleza. Lena y Ferrando han utilizado el taxi, para recorrer esa tortuosa carretera hasta el parador. Las dos parejas restantes han conducido sus respectivos vehículos. Tres amplias bandejas con entrantes ibéricos. Consomé o gazpacho andaluz. Solomillo o lubina, con un acompañamiento digno de un cuatro tenedores. Para el postre, dulces de la zona y tarta helada. Vino, agua, cerveza y refrescos, para la sed. Al final se les sirve café y copas de champán francés. La mayoría de los asistentes son personas que gustan del buen comer y, sobre todo, del mejor beber. Las esbeltas copas del blanco y del tinto se van, una y otra vez, llenando y vaciando, en medio de una conversación que va siendo, al paso de los minutos, cada vez más relajada. Temas, más o menos intrascendentes y actuales, son puestos encima de la mesa, en una conversación fluida y agradable. Pero la densa ingesta, hermanada con el travieso néctar del dios Baco, va derribando los muros y blindajes de las privacidades y las acomodaciones. En un momento afortunado del ágape, es Ferrando quien propone un tiempo para el culto a la sinceridad. Están todos un tanto alegres y mareados con tanta comida y, sobre todo, con tanto alcohol en el organismo.

“A cada uno de nosotros, se nos ha han entregado unos ciento veintitantos relatos. Yo temía que, después de un tiempo prudencial, me fueran llegando los escritos de mis restantes compañeros de jurado. Pero, afortunadamente, esto no ha sucedido. Bastante teníamos con los ciento y pico de historias que nos habían correspondido. Propongo que, en un juego a la sinceridad, digamos cada uno la metodología que en verdad hemos seguido con todas esas páginas escritas para el concurso. Y nada de mentir eh! Sólo vale la verdad”.

La burlona propuesta de Ferrando es aceptada, con el buzón de las sonrisas, por todos los presentes. La atmósfera anímica entre ellos es ya lo suficientemente diáfana como para aventurarse por las sendas inmaculadas de una sinceridad, reveladora, saludable, pero no menos complicada. Y es el autor de la simpática propuesta a quien toca abrir el turno de las intervenciones.

“Para mí, estos meses previos a la jubilación están siendo muy atareados. Y de lo que menos ganas tengo es de leer. Lo que más me apetece es viajar y gozar del placer de la comida. Ya veis que mi talla de cintura posee un generoso diámetro. Total que, viendo el tocho que me habían enviado, llamé a dos becarios que hacen sus prácticas en el periódico. A cada uno de ellos les entregué sesenta relatos, para que me eligieran cuatro títulos. A la mañana siguiente, ya tenía encima de mi mesa un folio con los cuatro títulos escritos. Bueno, en cuanto al primer premio, supongo que vosotros, al igual que yo, habréis recibido la llamada telefónica de Nazario. Y no me preguntéis si los becarios se han leído los cien y pico de relatos en una noche. No lo sé. Pero tampoco es que me importe mucho”.
 
Los restantes integrantes de la mesa esbozan esa carcajada cómplice que llama a la transparencia de todas las conciencias. Comprenden que la cosa va en serio y que, también ellos, deben prestar culto a la verdad en esta temática puesta sobre el tapete. Ahora es Vidal quien interviene.

“Por supuesto, yo también recibí la llamada de Nazario. Estas cosas funcionan así. No vamos ahora a descubrir el mundo. A mi me ha cogido con el montaje de dos exposiciones, prácticamente sin tiempo. Y eso que Fabio está siempre cerca de mí echándome, con cariño, una mano generosa. En realidad no tiene otra cosa que hacer. Una noche, tras vaciar una botella de Jack Daniels, vaso tras vaso, nos fuimos hasta el montículo de los cuardenillos y elegimos, al azar, cuatro de ellos. Entonábamos el The blue cloud y el Amazing Grace, a toda voz y aquello resultó la mar de simpático. Estábamos como una cuba ¿Verdad, querido Fabio?. Pues así resultó “nuestro proceso selectivo”.

Fabio asiente con infantil cara angelical. Por su edad podría ser hijo de este galerista que, en una primera impresión, te hace recordar al Gary Cooper de sus mejores interpretaciones. Nuevas carcajadas y ese movimiento de copas que, otra vez, han sido llenadas por los solícitos y bien adiestrados camareros. Ha continuación, interviene el profesor Lenz.

“Mi caso es un tanto similar al vuestro. He tenido una etapa de asistencia a congresos y de participación en dos tesis doctorales, además de las clases ordinarias. El tiempo es el que hay y no se puede multiplicar. He realizado alguna lectura selectiva por las noches, pero, en realidad, ha sido mi hija, quien estudia primero en Telecomunicación, la responsable de elegir lo cuatro relatos. Es aficionada a la lectura, desde pequeña. Me facilitó un listado de cuatro títulos…. y dos más de reserva. Yo ya daba por supuesto que el primer premio estaba concedido. Incluso se le suele encargar, con antelación, al propio autor, animándole a su participación con la garantía del éxito”.

Nuevo repaso a las copas, con un cierto murmullo que desvela la realidad de estas convocatorias. Todos fijan su mirada en Lena quien asume, con una sonrisa de embriagada satisfacción, las numerosas copas de Rioja que han llegado hasta su paladar. Se le traba bastante la lengua. Utilícese el eufemismo que guste. Está completamente borracha y exultante. Su estriado y surcado semblante nos revela a una persona vuelta ya de todo y, probablemente, también de nada .

“Yo soy poetisa. Me gusta y admiro la prosa, pero no es mi especialidad. Ya que vamos de verdades, yo pongo encima de la mesa la mía. Me acordé de cuando era pequeña. Hace ya tantos años…… En aquella feliz infancia, mis compañeras y yo nos reíamos imaginando al maestro tirando por el aire nuestros trabajos y, según en qué lugar de la habitación caían, así eran calificados. Ahora, en mi madurez, he querido repetir aquella travesura que de niña imaginaba. Así que, la otra tarde, me fui al dormitorio, con el ánimo de hacer volar a los relatos. Y vaya que si volaron. Como tenía la ventana abierta, algunos cayeron en la terracita de un patio. vecino, propiedad de don Facundo. Fueron seis, los que salieron por la ventana. Anoté sus títulos. Precisamente uno de ellos era el que se va a llevar los 12.000 euros ¡Vaya coincidencia! Cuando Nazo me llamó, repasé la lista de los seis y allí estaba el preciado título”.

Pide disculpas, pues ha de acudir con urgencia al lavabo. Teme no llegar a tiempo, para la necesidad orgánica de su vientre. En su torpe desplazamiento, tropieza con la silla de Fabio, impacto que hace desplazar el coqueto peluquín con el que el joven cubre su alopecia.

12:40 de la madrugada. Los vehículos de Manel y Vidal bajan, con la lenta velocidad de la precaución, por las curvas de la sierra, camino de Madrid. La noche está limpia, luciendo en su bóveda, azul oscura, numerosas y brillantes estrellas. Mañana, los titulares culturales de la prensa informarán del resultado de este importante certamen literario. Tres de los afortunados se llevarán una gran alegría. El cuarto ya lo sabía, desde antes de escribir el relato. Otros muchos participantes lo volverán a intentar. En una nueva convocatoria o en otras similares. El alcohol y la buena mesa ha hecho posible que seis personas se sinceren ante la verdad. Pero, como decía el profesor Lenz “….. así funciona esto”.

José L. Casado Toro (viernes, 20 septiembre, 2013)
Profesor

viernes, 13 de septiembre de 2013

DIÁLOGOS EN OTOÑO, PARA UNA NUEVA OPORTUNIDAD.


Son días, o tal vez semanas de transición, para una anhelada y nueva oportunidad. Tras esa “huida hacia delante” que siempre supone el periplo vacacional, nos reencontramos nuestra realidad ineludible, con la que hemos convivido hasta la llegada del estío veraniego. Las carreteras, los aeropuertos, las estaciones de ferrocarril, se ven invadidas de vehículos, equipajes y personas “caminando”, más o menos presurosas o cansinas, hacia el contexto memorizado de su interrumpida identidad. Esta vuelta al hogar, ornada de multicolor y diferencial sentimiento para cada uno de nosotros, va también acompañada por esos cambios en la meteorología que, para algunos, resultan agradables, aunque el espíritu de la mayoría se suele ver embargado por una violácea o malva melancolía que tanto incomoda. Algunos la denominan  el “síndrome post vacacional”, estado que los doctos en psicología explican y afrontan con remedios eficaces para su mejor superación. Pero lo cierto es que los días se van acortando en su luminosidad solar, el fenómeno de la “gota fría” hace de las suyas, en el marco ribereño del Mediterráneo, las hojas de muchos árboles pueblan y tapizan los suelos mojados de paseos y plazoletas y sólo la imagen de los atuendos escolares dibuja trazos de sonrisas entre miles de rostros atrapados, una vez más, en la malla tupida de la rutina para la trillada normalidad. Son esos “días de viejo color” que no se han podido marchar con la bulliciosa  diáspora viajera de julio o agosto, ansiada peregrinación que pone rumbo a los soles, a las marismas o a las creaciones inmensas para la monumentalidad. Ahí siguen, ahí permanecen pues, para ellos, no ha existido esa oportunidad banal que otros muchos han querido crear o interpretar, en el ficticio infantil de su complicada imaginación.

Para casi todos, es la siempre entrañable vuelta al cole, el de los remozados o bien magullados pupitres escolares u aquellos otros que también se ofrecen para la integración del aprendizaje. Y es que además de las aulas, de nuevo dispuestas, remozadas y abiertas, que la Administración, pública o privada, hace posible, la ilusión por asimilar nuevos contenidos y habilidades puede incentivar la compras de apetecibles cursos, ofertados en los kioskos callejeros o  también los que ocupan los escaparates on-line que, con diversas motivaciones, aparecen tras las pantallas del ordenador. Es otra vuelta a esos “fascículos” de toda la vida que se adquieren con el noble deseo de una recuperación de la infancia, ya muy lejana pero siempre apetecible. O en ese Internet sugerente de las tutorías paternales, para todas las horas de cada uno de los días. Después…. la débil constancia en la regularidad, la imprevisible fuerza de esa voluntad no siempre disciplinada para “lo castrense”, las circunstancias  personales y alternativas  de cada uno en la generalidad de los días, impiden que tantos y tantos proyectos culminen en el nivel de los éxitos y sean numerosos los que dormiten, anclados con sopor, en la dulce bahía de los letargos.

Anel y Yamir tienen la suerte de poseer un trabajo estable, dentro de lo que hoy día es posible ante las inestabilidades laborales que nos acosan por doquier. En el Parque o Área Comercial, donde se conocieron hace aproximadamente dos años, ella dedica más de esas horas reglamentarias en una lavandería de servicio rápido, franquicia muy repartida por las principales provincias españolas. Él es un responsable reponedor, en el hiper ubicado en la planta baja del complejo, aunque también se presta a cualquier otro servicio que pueda ser necesario, en el ajetreo mercantil de cada uno de los días. En el ir y venir de sus respectivas funciones, se conocieron e intimaron para algo más que la amistad. Antes de las Navidades pasadas, decidieron unirse en convivencia, compartiendo el pequeño ático que él tenía alquilado en uno de los barrios, sitos por la zona oeste de la ciudad. Sus caracteres son un tanto contrastados, pero complementarios, al tiempo. La hiperactividad nerviosa de Yamir es compensada con la paciente dulzura temperamental de Anel, por lo que su relación se ha mantenido en un positivo equilibrio, a pesar de las opiniones contrarias de algunos compañeros que auguraban un noviazgo con problemas, debido a esa peculiar forma de ser que anímicamente los diferencia.

Antes del verano, en una linda noche estrellada de Primavera, esta mujer confesó a su adormilado compañero que debían plantearse la posibilidad de tener descendencia. Anel, para el otoño, iba a cumplir los treinta y cuatro años. Entre otros motivos consideraba, con inteligente reflexión, que estaba entrando en una edad incómoda o con cierto riesgo para la maternidad. La respuesta que recibió de su compañero fue profundamente decepcionante. Yamir entendía que, dada su inseguridad laboral (ocupaba plaza de contratado eventual) no veía con acierto probar la senda de un embarazo, situación que no mejoraría la estabilidad de que ambos disfrutaban. La discusión en la pareja alcanzó un protagonismo inusual, en relación a las discrepancias que muy ocasionalmente surgían en su convivencia. Fue una señal de esas grietas que surgen entre personas allegadas en el afecto. Y esas primeras grietas fueron ahondando las distancias entre formas de ser y actuar, especialmente profundas en el contraste.

Ciertamente la principal causa para la discrepancia era importante. Sustentar o no con un hijo la convivencia, posee la suficiente trascendencia para poner en cuestión la relación entre un hombre y una mujer. Tal es así que pronto llegaron los silencios, los gestos bruscos, la incomprensión y el distanciamiento entre dos personas, en realidad, muy diferentes. Pero una noche de junio, a la vuelta del trabajo, Yamir sugirió a su compañera que saliesen a cenar. Era un viernes, anterior a una fiesta local, por lo que podrían alargar la velada ya que no tendrían que madrugar para incorporarse a sus puestos de trabajo en el macrocentro de la Alameda. Fueron un par de horas serenas, en las que ambos aparcaron sus rencillas y agravios para lo infantil. Estaban tomando unos helados, como postre, cuando este joven de origen turco (siete años más joven que su compañera)  sacó de su pequeña bandolera unos billetes de avión y una reserva de hotel, en un entorno muy atrayente del norte italiano: Venecia.

Anel se mostró ilusionada con la propuesta. Desconocía de dónde pudo Yamir obtener la cantidad necesaria para sustentar 8 días de vacaciones, a finales de agosto, para viajar a un lugar tan encantador y romántico, como es Venecia. A pesar de sus agobios económicos, él disponía de los billetes para el vuelo y la estancia, en régimen de alojamiento y desayuno. Tal vez sus ahorros o algún préstamo procedente de manos amables y generosas. Era un objetivo atractivo. Sus canales, sus góndolas, sus preciosas y coquetas iglesias, los museos, la atmósfera amable y festiva que embarga ese gran entorno turístico, era una grata e inmejorable posibilidad para acercar los afectos, superando las distancias nubladas para la incomprensión. Incluso la posibilidad de esa descendencia, tan necesaria para sus vidas, podría de nuevo plantearse con el sosiego y la serenidad necesaria que ha de conllevar las grandes decisiones que se adoptan en la vida. Esperó con ansiedad la llegada de esas fechas, en las que ambos podrían dedicar parte de sus vacaciones para estar más cerca y hablar con la franqueza de dos personas que se quieren y necesitan.

Fueron días de acercamiento, disfrute y, en determinados momentos, de gozosa identidad en dos seres que, a pesar de sus problemas, habían cubierto con manto de seda esa jaima sensual de su intimidad. Anel evitó sacar a diálogo ese importante tema que tanto le preocupaba. No quería romper la atmósfera colorista que  se había recuperado para el tiempo de vacaciones y el goce. Las excursiones, las cenas y los paseos entre las luces anaranjadas de los entrañables barrios venecianos, alimentaron la convivencia de dos enamorados que centraron sus pensamientos en sus egos sentimentales recíprocos. Pero una mujer no olvida, ni relega, el ansia mágica de la maternidad para su existencia.

Tras la vuelta de su semana para lo lúdico, cenaban aquella noche en la terracita de su pequeño ático. Anel había preparado un poco de té, infusión que gustaba mucho a Yamir. Armándose de valor, y con el temblor propio, de las grandes confidencias, miró fijamente a los ojos de su compañero, esbozando una mezcla de sonrisa e inseguridad:

“Yamir, he de confesarte un secreto que, desde poco antes de nuestro viaje a Venecia, lo tenía guardado en lo más profundo y hermoso de mi corazón. Estoy algo nerviosa, acerca de lo que tengo que comunicarte. Tengo la sospecha, en realidad ya es una certeza, de que me encuentro embarazada. Será nuestro hijo, será ese niño o niña que unirá nuestro amor y vínculo matrimonial para toda la vida. A pesar de tus prevenciones, yo he querido dar este paso. Te aseguro que no te arrepentirás. Todo lo contrario. Encontrarás esa felicidad que sólo un hijo puede proporcionar”.

Volviendo al principio de esta reflexión, ampliada con la inmediatez del relato, septiembre y el frío colorido otoñal renovaron esos nublados, físicos y anímicos, en éstas como en otras vidas. El atardecer de las lluvias hizo aflorar viejas y ancladas realidades que un verano luminoso había logrado disimular. Anel no volvió a saber más de Yamir. Unos amigos comunes recuperaron sus pertenecías, tras días de abandono y desamor. Esta mujer cría hoy, con encanto de madre, a una preciosa niña que atiende por el nombre de Quía. Es morena, como ese padre que huyó a la débil oscuridad de los amargos silencios.-



José L. Casado Toro (viernes, 13 septiembre, 2013)
Profesor

viernes, 6 de septiembre de 2013

EL MAESTRO Y EL ACTOR.


A pesar de que el calendario anual posee, siempre, importantes fechas, sean emblemáticas u ocasionales, para el cambio o renovación en nuestra trayectoria, Septiembre ofrece ese algo especial que nos motiva para reconducir hábitos y comportamientos, en el diario caminar para la existencia. En esta cíclica percepción influye, a no dudar, la esperanzadora vuelta escolar a las aulas. Tanto para aquellos que están en una cronología administrativa, apropiada y específica, para el aprendizaje reglado, como para otros muchos que sienten la necesidad de seguir aprendiendo. Sea en los centros de mayores, en las multivariadas ofertas culturales que la sociedad nos oferta y en la sin par y mimética escuela que proyecta el entorno vital.

Tradicionalmente, este primer artículo de una nueva temporada (ya en el sexto ciclo, de las palabras amigas) ha estado siempre dedicado al trascendente mundo de la educación. Y ello es debido a variadas e importantes razones. Principalmente, por la profesionalidad laboral que ha ejercido el autor. Pero también, por ese ineludible reconocimiento que todo ciudadano debe prestar a los enseñan, educan y aprenden, todo ello en esa piedra o núcleo basal donde una sociedad progresa, racionaliza y se hace fructíferamente mejor. Tanto en conocimientos como, de manera gozosamente especial, en la generación universal de valores.

Todas las actividades y profesiones poseen caracteres, dificultades, incentivos, protocolos y compensaciones, de una heterogénea y multicolor naturaleza. Cada una de ellas tiene, lógicamente, su propia especificidad. Sin embargo hay, en dos de las mismas, ciertas e interesantes similitudes que las aproximan en los preciados servicios que prestan a una sociedad necesitada de su inestimable función. El maestro y el actor. Ambos imparten y difunden la pasión de su creatividad en el aula de la escuela y en aquella otra que denominamos escena. Cada día de la semana tienen a sus “alumnos”, a los que enseñan y de los que, también, aprenden. Unos más estables, como aquéllos que acuden a los colegios, institutos o facultades. Otros, por el contrario, van cambiando, cada tarde o noche, cuando acuden al teatro para reflexionar y disfrutar, compartiendo e interactuando con todos aquellos que intervienen y protagonizan el ejercicio de la interpretación. Al igual que el docente, el actor también aprende de su público. Viendo, percibiendo, imaginando, motivándose, acerca de sus gestos, realidades, sentimientos y, muy importante, de la espontaneidad en sus reacciones.

En una y otra actividad, el público es el centro preferente del esfuerzo que desarrollan ambas profesiones. Alumnos y espectadores nuclean y focalizan el objetivo de todo lo programado. La diestra y cuidadosa preparación, para la mejor puesta en escena, es una premisa inexcusable a fin de conseguir una clase que motive, eduque y fortalezca la integración de conocimientos, destrezas, valores y actitudes, para la optimización formativa de lo humano. Esa preparación también ha de extremarse, con primoroso cuidado, en el arte de la representación. Hay que estudiar bien al personaje. Empatizar, dentro de lo posible, con sus circunstancias y carácter. Aportar, cada uno de los días, algo nuevo que evite las rutina y la desvitalización repetitiva. En esa importantísima programación, ambas profesiones habrán de aplicar el esfuerzo, la ilusión renovada y toda la voluntad plausible, a fin de conseguir la mejor y más fructífera oferta.

Los escolares, al igual que todos aquellos que asisten a un espectáculo escénico, han de quedar al margen de los problemas personales que puntualmente afecten a los maestros y a los actores. Unos y otros, obviamente, son personas que pueden estar sufriendo diversas causas o motivos de incomodidad. En su salud, física y anímica. También, en otros muchos aspectos que afecten a su privacidad. Pero cuando el profesional de la enseñanza entra en el aula de su responsabilidad, ha de apartar esos condicionantes que, como seres humanos, están padeciendo. Los alumnos no tienen por qué soportar la inestabilidad física o anímica de quien les explica o dirige su aprendizaje. No sería justo, desde cualquier punto de vista, que el profesor trasladase al aula los diversos problemas que afectan a su intimidad. De igual forma, el espectador, que ha pagado una entrada en taquilla, quiere reir, llorar o pensar, con el personaje que interpreta el actor. Éste ha de olvidarse, durante esas dos horas de actuación, de los avateres que incidan en su yo personal. Ahora no es él, en su intimidad, sino el personaje que actúa sobre el escenario de ese teatro.

No, no resulta fácil, abstraerse de esa intimidad. En absoluto. Pero cuando estás en clase, observas a esos alumnos que te prestan atención y que desean que su profe les enseñe. Viendo las expresiones de esos niños o jóvenes, su espontaneidad e inocencia, consigues más fácilmente abstraerte de esa problemática personal que te afecta. También el actor, percibe la sonrisa o la preocupación dramática que domina en el rostro de quien le contempla. Esa atención, esa alegría o tensión, le hace sobreponerse a su intimidad personal, con más o menos dificultad. En ambos casos, la experiencia, los recursos y habilidades necesarias, la conciencia ética del deber, facilita el buen ejercicio profesional, al margen de cualquier otro condicionante. Los sentimientos de la privacidad, en la medida de lo posible, tendrán que saber esperar. La baja sustitutoria sería la medida más acertada, cuando la gravedad de caso así lo aconseje.

Los ejemplos a citar en el mundo de la escena, sobre esta premisa, serían numéricamente elevados. Citemos, entre otros datos conocidos,  los 40 grados de fiebre que tenía Gene Kelly (1912-1996) cuando estaba grabando Cantando bajo la lluvia, Singing in the rain (1952). Ese baile junto a Cid Charysse, bajo una intensa lluvia artificial, avala la admirable profesionalidad del actor. Lo mismo cabría decir de Gary Cooper (1901-1961) cuando interpretó su última película, Sombras de Sospecha (1961). Gravemente enfermo, resistió con entereza el dolor, falleciendo a poco de terminar el rodaje. También, Alberto Closas (1921-1994). Apenas podía respirar sobre el escenario, interpretando El canto de los cisnes, en el teatro Alcázar de Madrid. La grave enfermedad que padecía acabó con su vida a los pocos meses. Y así, una larga lista de actores que posponían el sufrimiento ante sus obligaciones en el escenario o ante la cámara. ¿Qué profesor no tiene en su biografía días de asistencia a clase, con fiebre, dolor de muelas, afonía u otros padecimientos físicos y anímicos? Pero también, su conciencia y entereza profesional, les hace posponer ese determinante o condicionante, ante su obligación de plantear una docencia cualitativamente correcta y enriquecedora para sus alumnos.

En el ámbito de las compensaciones, las identidades son también manifiestas. Esa sonrisa de agradecimiento, esa connivencia en las miradas, esa confianza en que el profesor tutor te escucha, te entiende y te ayuda. Esa comprobación, en el día a día, por la que tus alumnos avanzan en conocimientos, en las destrezas o habilidades y en la asunción de valores….. todo ello gratifica en lo humano y compensa, a no dudar, muchas de las incomprensiones administrativas y sociales. Qué mayor premio ha de poseer un maestro que el de ejercer o “actuar” en no pocas ocasiones, como un padre, como un amigo, como un psicólogo, como un investigador, sin descuidar, por supuesto, su cualificación técnica, doctrinal y pedagógica.

En cuanto al intérprete de una obra teatral, también “lee” y percibe, en cada función, las respuestas de su público. No sólo es importante el aplauso de cortesía o reconocimiento sino, de manera especial, esa atención, ese respeto, ese goce (teñido de alegría o tensión) que le es transmitido desde el patio de butacas. Dicen que los actores, algo deslumbrados por los focos multicolores y por su inmersión en los personajes que interpretan, sólo ven siluetas difusas de aquéllos que contemplan el fruto de su trabajo. Pero, al margen de esas palmas finales, hay claves, gestos, sonidos y latidos, que manifiestan la aprobación o desánimo del espectador. Hoy día, cuando una obra finaliza, los actores, bajan al patio de butacas e intercambian saludos y opiniones con aquellos que han sido “alumnos” en el arte del pensar, sentir, disfrutar, asumir y, sobre todo, comunicar.

Estamos ya en septiembre. The autumn season will come soon. La estación meteorológica del otoño pronto llegará. El vigor térmico desciende, las tardes se hacen más cortas y habrá que reestructurar el armario, tanto en la ropa como en el planing diario de nuestras vidas. Se inicia una nueva aventura, en el diseño renovado de cada día. Reanudamos el previsible conflicto entre los nuevos e ilusionados objetivos y la permanencia de las conocidas y más o menos ancladas realidades. Pero todo es como una nueva oportunidad, para encontrar el mejor camino entre los diversos objetivos que percibe y recrea nuestra ilusión. Y, entre todas esas posibilidades que florecen en el jardín de lo humano, tenemos un maestro que enseña y un actor que potencia y escenifica otras muchas vidas. Ambos, hermanados con su público. Heterogéneo e impaciente, complaciente o travieso, sentimental y receptivo. Y, al timbre de la llamada, comienza, una vez más, otra nueva actuación. Intérpretes y profesores van a compartir los latidos del alma y el tesoro infinito de la inteligencia.- 




José L. Casado Toro (viernes, 1 septiembre, 2013)
Profesor