viernes, 7 de noviembre de 2014

LA OTRA HISTORIA, DE UNA PELICULA EN CARTELERA.


A los buenos aficionados al cine nos interesa todo aquello que esté relacionado, de una u otra forma, con la magia admirable de este gran arte. En este sentido, resulta muy educativa la asistencia a toda charla abierta con el director de alguna película. Es de lamentar que esta posibilidad la podamos disfrutar de muy tarde en tarde. Especialmente, para aquellas personas que no residimos habitualmente en Madrid o en Barcelona. Pero aquí en Málaga, cuando llega el Festival anual de cine español, en la Primavera, suele ofertarse esta muy atractiva experiencia, que nos ayuda a conocer algo mejor el trasfondo conceptual y sociológico de un determinado film. También, la obra global de un artesano del celuloide (aunque, en la actualidad, este entrañable material haya dejado paso al inmenso mundo de lo digital). 
  
En estos “suculentos” debates, uno de los aspectos más divertidos y sugerentes no es, precisamente, la participación del profesional en la dirección escénica. Sino, por el contrario, las intervenciones de muchos de los asistentes al diálogo. No pocos asistentes se eternizan en su exposición, de tal forma que parecen ser ellos los protagonistas centrales del debate. Más que preguntar, exponen. Más que solicitar una aclaración, teorizan. Más que sugerir alguna profundización conceptual, pontifican con arrogancia sus criterios. A no dudar, deben ser personas sumamente cualificadas en la materia a los que, muy probablemente, en su casa no les dejan hablar en demasía. Por supuesto, en estos encuentros no faltan los “peloteros” de oficio, a los que se les nota su falta de criticismo y su abundante servilismo almibarado al personaje. Cierto es que el profesional de la cámara debe gozar del respeto y el afecto cariñoso del público. Pero pasarse…… exagerando los ditirambos elogiosos, acaba perjudicando la siempre necesaria credibilidad de quien habla o expone.

Es siempre positivo que un artista explique, aclare y profundice en todo aquello que tenga relación con su obra. El sentido didáctico de su trabajo y creatividad nos resulta de un inestimable valor. Sea un escultor, pintor, escritor, actor o ceramista. El público, que contempla, lee y disfruta con la obra que tiene ante sus ojos, necesita y agradece esa información proveniente de los autores que enriquecen las percepciones personales que todos tenemos. Sea cuando contemplamos este cuadro, cuando leemos aquel libro o presenciamos el proceso técnico, artístico y temático de una película. En no pocas ocasiones, el espectador genera unos criterios y conclusiones que pueden incluso estar al margen de la intencionalidad perseguida por el propio autor. Entonces, ese intercambio equilibrado de aportaciones enriquece la globalidad e interioridad de un producto que se ha elaborado para la culturización general.

Pasemos, a continuación, a una divertida historia, enmarcada en este contexto.

Era una tarde lluviosa, sumida en la profundidad del otoño. En un importante hotel, situado en la zona centro de la capital, iba a realizarse la presentación ante la prensa de una película. Había sido dirigida por un afamado profesional en el panorama cinematográfico del país pero que, en aquellos momentos, no atravesaba un positiva fase en la aceptación popular de sus trabajos.. Se trataba de Marco Sendra, persona aún joven que había logrado dos éxitos consecutivos en la cartelera, pero a los que sobrevino una etapa gris, con dos nuevas películas que pasaron sin pena ni gloria por la cartelera. El ímpetu innovador de este nuevo artista en la dirección parecía eclipsarse, a partir de una evolución en su cinematografía que contrastaba con aquellos espectaculares resultados conseguidos en el inicio de su prometedora carrera. De hecho, la financiación de su cuarto film encontró ya muchas dificultades en la comprensión e interés de los posibles productores. El batacazo en taquilla que obtuvo la tercera de sus obras había sido espectacular. Tal vez el argumento de la misma no ofrecía las necesarias expectativas. Pero en su cuarto trabajo demostró una carencia manifiesta de imaginación y habilidad en la dirección de los actores. En fin, a duras penas, llamando acá y allá, pudo al fin conseguir (con un trasfondo, que después se narrará) una financiación básica, para este quinto producto que debía ser el del relanzamiento de un currículo, temporalmente aletargado. La película que se disponía a  rodar llevaba por título la romántica plaqueta de “SENTIMIENTOS EN EL AMANECER”.

Marco había reunido a un grupo de veteranos intérpretes, figuras prestigiosas en otra época pero que, en la actualidad, estaban prácticamente retirados del interés siempre exigente de la industria cinematográfica. La gran ventaja que obtenía con ese plantel era, en primer lugar, la profesionalidad que ellos atesoraban. Además de la valiosa experiencia que dan los años ante las cámaras, estaba el caché por intervenir en el rodaje, no muy elevado para la disponibilidad financiera aportada por el productor, Néstor Torregrosa. Este afamado industrial, propietario de diversas salas de fiestas, había accedido al fin a exponer su dinero a cambio de que el director del rodaje admitiese en el plantel dar un importante papel a su nueva compañera sentimental. Se trataba de una joven jamaicana, llamada Queca Mardeblanca, sin más avales artísticos que su escultural cuerpo y una traviesa y pícara sonrisa que tenía alocadamente entregado al financiero, en la permanente doble vida sentimental que éste mantenía. stor que ﷽uvo a punto de irse al traste, pues en medio del mismo acabaron sentimentalmente liados, ante la indignacinto de la mi

El rodaje estuvo a punto de irse al traste pues a su mitad, director y estrella emergente acabaron también sentimentalmente liados, ante la indignación de Néstor que todo enfurecido amenazaba con retirar de inmediato la arriesgada inversión que había realizado. Pero la cosa no quedaba todavía ahí, pues la sensual Queca jugaba a tres bandas. Una noche, Marco la descubrió luciendo sus habilidades afectivas con el segundo ayudante de la primera unidad del equipo de rodaje, Nacho, hijo de un cabrero de Galapagar y con el grado de Historia del Arte obtenido en la Complutense. La película pudo al fin completarse, no sin antes buscar con urgencia una sustituta para la divinal Queca que acabó sentimentalmente unida a un técnico de continuidad, físicamente muy bien dotado y apuesto, el cual desde su adolescencia practicaba las artes marciales, cinturón verde.

Una vez montada y tratada técnicamente la cinta en el laboratorio, había que pensar en venderla. Aunque Marco y Néstor dejaron de hablarse directamente, por sus controversias afectivas, acordaron a través de amigos comunes realizar una adecuada presentación de la misma ante la prensa y personas especializadas en el mundo del cine. Se decidió que, tras un pase privado a los críticos, se llevaría a efecto un diálogo abierto para los medios de comunicación, por parte del director y primeros actores del film.

Fue elegido al efecto un importante hotel de la Carrera de San Jerónimo, a fin hacer la presentación oficial de la quinta película de Marco. Éste, que no las tenía todas consigo (especialmente porque no se fiaba ni un pelo de Néstor, de quien sospechaba podría hacerle alguna jugarreta) acudió a un despacho especializado en marketing  publicitario. Allí pagó de su bolsillo los servicios de un equipo de profesionales del periodismo para que, hábilmente situados en el gran salón del hotel, hicieran las preguntas previamente acordadas con el realizador del film. Los tiempos de intervención fueron también cuidadosamente estudiados. Al fin Néstor, que no quería perder su importante inversión económica, accedió a “rascarse” de nuevo el bolsillo a fin de contratar una campaña publicitaria en determinadas cabeceras mediáticas, tanto de la prensa escrita como de la radiodifusión.

A las 18:30, tras unos cuarenta minutos iniciales de café, té, canapés, pastas, bollería y licores de graduación, servidos por una prestigiosa empresa especializada en el cátering para eventos sociales, comenzó el esperado diálogo del director y los principales intérpretes. Eran 65 los asistentes a la celebración. Todo marchaba escrupulosamente controlado cuando, poco antes de las siete menos cuarto, se escucha un pequeño revuelo en la antesala del gran salón que a poco incrementa el estruendo. Hay palabras mayores, movimiento de personas, algún golpe y súbitamente se cuela en la sala de eventos una escultural joven, pulcramente vestida, quien ante la sorpresa de todos se dirige corriendo a la mesa donde estaban sentados las personas entrevistadas, toma un micrófono, antes de que Marco se lo pueda arrebatar, dirigiéndose a continuación con poderosa voz a todos los invitados. Los semblantes del director y del productor eran todo un poema. Sus manos temblorosas, sus rostros enrojecidos, el vientre desordenado, todo ello al ver aparecer a la jamaicana quien, a todas luces, estaba dispuesta a cargarse la acomodada y manipulada presentación.

“Señores de la prensa, quiero decirles que la actriz protagonista de la película debía ser yo. De hecho estuve dos semanas en el rodaje, pero las malas artes del productor y del director me dejaron fuera del mismo, siendo sustituida a lo rápido por una nueva amiga o amante del…”

En este momento, dos miembros del servicio de seguridad en el hotel, llamados urgentemente al efecto, arrebatan el micro a Queca Mardeblanca. La chica explicando su versión a grito estentóreo, siendo conducida, casi a rastras, hasta la puerta de salida, en medio de la estupefacción, los aplausos y el divertimento general de todos aquellos que analizaban la descomposición facial del director y productor del film. ¡Que historia, la vivida aquella lúdica tarde!

Efectivamente, cuando tenemos la grata oportunidad de asistir al diálogo con quien ha sido el artesano hacedor de un film, debemos aprovechar ese momento, largo o corto, para entender, para aprender, para profundizar, en toda la ingeniería de voluntades que han sido puestas al servicio del espectador. No siempre la intencionalidad del director llega completamente a la recepción de quien ha pagado la entrada en taquilla. Pero, al menos, esa duplicidad o variedad interpretativa enriquece la magia del cine. Cada espectador puede concebir otro planteamiento, otro desarrollo y un final distinto del que se le ha ofrecido en pantalla.

En todo caso, si la ocasión es propicia, se puede preguntar al responsable último de una película, por todo aquello que sea útil para la mejor comprensión de la misma. No debe olvidarse, sin embargo, que probablemente ni él mismo controlará todos los matices que encierra el mensaje fílmico que nos transmite en la sala. El cine duplica o multiplica nuestra vida. Si la propia existencia resulta complicado vivirla, más difícil aún es narrar la de otros, explicativamente.-


José L. Casado Toro (viernes, 7 noviembre, 2014)
Profesor

viernes, 31 de octubre de 2014

SEGUNDO TURNO DE NOCHE, EN EL METRO DE MADRID.


En ese otro mundo, bajo el suelo historiado de lo posible, suceden y laten muchas y contrastadas historias. Es otra vida, la que se dibuja a bastantes metros de distancia desde la superficie. En este espacio ocupado, día tras día, por un densificado público viajero, hay un comportamiento o determinante que eclipsa a todos los demás. El valor, incuestionable, del tiempo. Que a muchos atenaza, que a otros condiciona y que a la mayoría beneficia, en ese afán por llegar un poco  antes a un destino que puede estar teñido de aventura, quizás ilusión o aburrida rutina en lo cotidiano.

Hace ya unos cuatro meses que Claudio, un licenciado en Ciencias Químicas, con treinta y un años de edad, casado y padre de una niña con dos primaveras, ejerce de conductor eventual en el metropolitano madrileño. Muchos años de paro a sus espaldas, que agotan a la más poderosa de las voluntades, le llevaron a olvidarse de su prioridad docente o investigadora. La necesidad de un matrimonio acelerado hizo que, tras un curso formativo para desempleados, recalara en la cabina de un tren bajo tierra, que mueve a millones de viajeros durante cada uno de los meses del año. Su categoría, no fija en la empresa, hace que desempeñe su labor sólo aquellos días en que es citado por el jefe de personal. Y hoy, 27 de octubre, es una de esas jornadas en que trabaja para el segundo turno de noche. Se siente contento, pues de esta forma va acumulando horas de cotización, hecho que le oxigena para las necesidades básicas de una familia que no tiene más entrada económica que la que él puede llevar a casa.

Desde la cuatro treinta de la tarde, va realizando, una y otra vez, el trayecto asignado, cambiando de máquina motriz para cada uno de los desplazamientos. Ese corto recorrido entre los tres vagones le permite estirar las piernas y no estar tanto tiempo sentado, controlando los mecanismos de la conducción.  Durante las horas centrales de la tarde, la densificación de personas que suben y bajan del tren le impiden fijarse en demasiados detalles, en ese ir y venir de un vagón a otro. Pero ya en las horas finales del día, el número de usuarios se hace notoriamente menor. Concretamente, para este último viaje, observa que una chica con apariencia adolescente, no se ha bajado en la estación término y que se dispone a realizar el viaje de vuelta, posiblemente hasta al punto de origen. El reloj marca la 1:15 de la madrugada. Extrañado por la actitud de la joven (ella sola en todo el habitáculo, reposando su cabeza sobre la mano derecha elevada) se queda pensativo, aunque camina rápidamente al otro vagón motriz.
   
Una vez que el tren se detiene (para este ultimo recorrido del día, el final queda establecido en la estación central de Atocha) Claudio cierra todos los dispositivos de conducción y pulsa la tecla que automatiza y activa los mecanismos de seguridad. Sale de la cabina y al atravesar el vagón número dos, observa con asombro que la chica permanece allí sentada, sin muestra aparente de querer abandonar el suburbano. No hay más personas que ellos dos en el habitáculo. Aunque tiene ganas de llegar a casa, pues han sido muchas las horas de trabajo, se acerca a la joven, mirándole en silencio durante unos largos segundos. Ella también observa al maquinista, con un semblante profundamente invadido por el cansancio. Viste una trenca muy usada de color beige, protege su cuello con una bufanda de tonos oscuros y calza unas deportivas negras, también muy ajadas por el uso diario.

“Hola, ya estamos en el final del trayecto. Te tienes que bajar, pues el tren no se va a mover hasta las seis y treinta de la mañana ……. ¿Te ocurre alguna cosa?”

La chica, con ojos intensamente cansados, se incorpora y agarra su trolley un tanto aturdida. En silencio, baja del vagón y camina sin gran diligencia hacia uno de los bancos de espera, por el andén de esta importante estación madrileña. Tras sentarse, observa la mirada de Claudio que, frente a ella, piensa qué seria lo más adecuado para hacer ante una persona que, obviamente, necesita ayuda.

“Me parece que no has cenado y no sabes a dónde ir ¿Me equivoco?” La chica asiente con la cabeza, susurrando unas palabras que apenas se le entienden. Minutos después, ambos están sentados en torno a una mesa, en el único bar que permanece aún abierto en la Plaza de Atocha. Un sándwich mixto y un café con leche han sido puestos ante la joven quien, tras probarlos, comienza a explicar a Claudio sobre la situación en que se halla.

“…..no, soy mayor de edad. Tengo ya veintiún. Llevo apenas un año en Madrid, intentando abrirme camino haciendo aquello que me gusta y para lo que me he preparado en el instituto. Hice un módulo de interpretación. Mi ilusión sería asistir a una escuela profesional de arte dramático. Pero los precios están por la nubes, por lo que tienes que ir de puerta en puerta pidiendo esa oportunidad para actuar, al menos de figurante. Pero la competencia es atroz, en este mudo del espectáculo. Mis padres, gente humilde, tratan de ayudarme. Pero hay dos hermanas, más pequeñas, a las que también han de atender. Mi padre va de peonada en peonada, cuando hay algo que hacer en la tierra. Yo he tenido durante este año algunas cosillas, que apenas me permitían pagarme la habitación alquilada. Pero en los últimos meses, nada de nada. No hay trabajo, y hace tres días que me echaron de la habitación que ocupaba. Llevaba ya dos meses sin pagarla. He dormido a la intemperie, pero ayer vino un tiempo de espanto. Con este frío, el lugar donde me encuentro más calentita es en el metro. Una amiga me dio un bono con tres viajes…. Me he pasado gran parte del día, haciendo un viaje tras otro, sin salir de aquí abajo, pensando en qué hacer. Mis padres y hermanas viven en Minglanilla, un pueblecito de Cuenca. Volver allí sería muy duro, pero es que aquí en Madrid no tengo nada. Ni puedo pagar un billete de bus para el viaje”.

Claudio es un hombre de buen corazón. Conoce, en propia carne, la situación angustiosa que soportan aquellos que se levantan, un día tras otro, sin tener un horario laboral al que atender. Entiende la situación por la que está pasando Miriam, al igual que miles de jóvenes para los que este cruel sistema económico tiene escasas respuestas. Marca, entonces, el número de su domicilio, y habla unos minutos con Silvia, su mujer. Le explica la situación que tiene ante sí. Y tras apagar el móvil le dice a la joven:

“Bueno, debo estar un poco loco, pero he hablado con mi mujer y ambos estamos de acuerdo de que, al menos esta noche, te quedes en casa. Tenemos un sofá de esos que se abren….. Mañana, cuando estemos menos cansados y tengamos la mente más fresca, veremos de qué forma podemos ayudarte. Verdaderamente la noche está muy fría, aquí afuera. Andando a mi casa…….. son unos veinte minutos. Pero como tienes poco equipaje, no se te va a hacer muy duro el trayecto”. Miriam asiente con una agradecida sonrisa. “Gracias, sois muy buenas personas” ¡Que frío hace esta noche. Está todo muy helado!”

Aquella madrugada, Silvia y Claudio hablaron largamente, a pesar de lo avanzado del reloj, mientras la joven invitada dormía profundamente tras un día de desconcierto y abandono. Un vaso de leche caliente con unos bizcochos, ayudó a calmar ese apetito castigado por muchas horas sin probar bocado durante el día. La inteligencia y generosidad de Silvia era bien conocida por su marido. Fue ella la que, en ese diálogo de madrugada, sugirió una posibilidad que podía resultar útil para todos.

“Tienes la mañana libre. Me dices que te han dado otro día de sustitución, a partir de las cuatro de la tarde. Puedes localizar a Evaristo, antes de que se vaya al Sindicato, y le explicas la situación. Seguro que él hará algo, al igual que tan bien supo ayudarte con esos cursos de formación. Recuerda aquellas llamadas de teléfono que, posteriormente, hizo ante la dirección del Metro. Le tenemos que estar muy agradecidos”.

Evaristo es un alto dirigente sindical que vive en el bloque contiguo a la vivienda de Claudio. Es persona afable y siempre dispuesta a prestar ayuda a sus convecinos y amigos. Al conocer el caso de la joven Miriam, actuó con la diligencia que en él es proverbial. Y resultó todo más fácil de lo esperado. Su propia madre, una señora ya octogenaria, necesitaba atención para los fines de semana, cuando su cuidadora habitual tenía que desplazarse a un pueblecito de la provincia de Ávila para afrontar problemas de sus propios padres. En cuarenta y ocho horas, Miriam pudo disponer de una habitación en el caserón donde vivía la madre del sindicalista, encargándose de una serie de tareas hogareñas y del cuidado directo de la señora mayor, entre viernes y domingo. Conociendo, al tiempo, las ilusiones interpretativas de la chica, Evaristo la fue poniendo en contacto con personas vinculadas al mundo de la interpretación.

Hay días en que parece estar todo tercamente nublado y árido para la ilusión. Sin embargo, en la transición de una noche, el gesto generoso de un conductor del metropolitano madrileño cambió, de manera positiva, esa joven vida desesperanzada. Aquel otoño se había transformado en primavera, para una chica desorientada, refugiada en uno de los vagones del Metro.

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Han pasado ya unos años, desde aquel inesperado encuentro, entre un maquinista del Metro y una chica solitaria. Fue en la noche del 27 de octubre. En la actualidad, Claudio y Silvia han rehecho respectivamente sus vidas con nuevas parejas. Evaristo ha tenido que dejar su puesto directivo en la organización sindical, tras unos escándalos financieros.

Miriam trabaja con intermitencias, tanto en la escena teatral como en algunas series de televisión. No es una gran estrella del espectáculo, pero se gana honradamente la vida, haciendo aquello por lo que siempre luchó: actuar ante el público. Todos los años, en esa ultima semana de octubre, contacta con los teléfonos de Silvia y Claudio. Les agradece, con profundo cariño. la generosidad que tuvieron con ella aquellos días de un frío otoño, en los que su barco existencial navegaba sin rumbo a la deriva.

Todos los nombres están modificados, en esta bella y entrañable historia.-
  

José L. Casado Toro (viernes, 31 octubre, 2014)
Profesor

jueves, 23 de octubre de 2014

MI LOCUAZ COMPAÑERA DE ASIENTO, EN EL AVE.


Hay personas a quienes agrada viajar, sea cual sea el medio de transporte que utilicen. Para ellas, lo verdaderamente importante de estas experiencias es abandonar la rutina visual de cada día, a fin de conocer otros espacios, otras costumbres, otra pictografía existencial de la vida. En mi caso, desde siempre he priorizado los incentivos del tren, sobre otros medios de movilidad, para la mayoría de los desplazamientos.

La imagen que nos regala esa siempre nueva, o muy veterana estación, es deliciosamente excitante. Especialmente traigo a la memoria aquellos aletargados edificios, que se llenaban de vida con la llegada de unos trenes que esparcían abundante humo y carbonilla, con los resoplidos de sus locomotoras. Sí, “máquinas de fuego” que enriquecían la atmósfera sociológica con la acústica orquestal de sus ruedas chirriando sobre los raíles, pulidos y brillantes, hasta la eternidad. No menos importante era la plástica imaginativa de aquellos otros sonidos, a modo de sirenas intermitentes, que alegraban los espíritus, tanto de las personas que esperaban, como la emoción de los que llegaban a un destino sobradamente apetecido. Besos, abrazos, palabras entrecortadas e incluso lágrimas alegres, en medio de una baraúnda de equipajes, bolsas, maletones, que se iban cruzando entre parabienes y miradas nerviosas en la búsqueda. El lúdico y entrañable espectáculo de una estación de ferrocarril tiene ese don especial que difícilmente podrá ser superado por otros espacios, organizados y dispuestos para la vitalista movilidad de los usuarios.

Con la necesaria diligencia, conseguí sacar un billete ida y vuelta, en el AVE que realiza el trayecto entre Málaga y Madrid, con un precio más que interesante. Tuve que anticipar la emisión de los billetes, pues la fechas del viaje estaban centradas en pleno trasiego vacacional, a comienzos de julio. Una vez ya en la estación, tras pasar por los necesarios controles, localicé en el vagón nº 16 mi asiento 7 D, junto a la ventanilla. Me preguntaba acerca de la persona que me acompañaría en un viaje que iba a durar tres horas menos cuarto. Pocos minutos antes del momento fijado para la motricidad del tren, veo llegar a una señora de mediana edad que, con un maletín azul oscuro en la mano, se dirige con firmeza hacia el lugar de mi asiento. Me saluda cordialmente y le ayudo a disponer ese maletín en la bandeja situada al efecto. ¿Le importaría dejarme junto a la ventanilla? Es que la visión del paisaje me tranquiliza….. ya habrá notado que soy un poco nerviosa…. Aunque suelo disfrutar con la visión directa que me proporcionaba mi ubicación, accedo a intercambiar mi asiento. Una respuesta en contrario habría roto esa necesaria armonía convivencial, impuesta por casi tres horas de trayecto.

A poco de salir de la estación, Málaga-María Zambrano, percibo que mi compañera de viaje es de estas personas que necesitan comunicar e intercambiar sus palabras, de manera absolutamente continua. Mi temor no era infundado. Hasta las dos de la tarde, cuando previsiblemente llegaríamos a Atocha, iba a sufrir una complicada mañana que me impediría trabajar en las carpetas y folios que llevaba conmigo. Con educada y resignada paciencia comencé a escuchar el relato autobiográfico de aquella compulsiva compañera de asiento.

Carla, cuya edad debe andar cercana a la media centuria, pertenece a una acomodada familia. Sus dos hijos, con los que mantiene una fría relación, le han dado, hasta el momento, tres nietos. Hace siete años que rompió con su marido, Evelio. Sin tener que pasar por los juzgados, cada uno de ellos hace una vida autónoma en todos los aspectos. Los negocios en viñas de su ex, que marchan viento en popa, le proporcionan una disponibilidad económica para afrontar, sin miramientos, todo tipo de caprichos.

Como la experiencia aconseja ir bien pertrechado de una diversificada munición, antes de subirme a este magnífico tren compré, en un puesto de periódicos y libros existente junto a la puerta principal del recinto ferroviario, una revista semanal del corazón, en la previsión de que me pudiera ser útil. Efectivamente, a la media hora de estar escuchando, sin interrupciones, a Dña. Carla, le ofrecí el susodicho semanario a fin de que pudiera reposar sus potentes cuerdas vocales. Y me regalara un ratito en la paz de mi conciencia ….. y oído. Vano e ilusorio recurso, el que previamente había diseñado para estos casos de emergencia para el sosiego. La señora de cabello negro y ojos color castaño pronto se había “merendado” coloquialmente hablando, las setenta y pico páginas de la revista y el suplemento. Esta mujer parecía tener una necesidad patológica para disponer de un tolerante oyente para todas sus diatribas y comentarios. No me quedaba más remedio que (un tanto somnoliento, pues esa noche no había dormido bien) continuar escuchando a esta “ponente” en la oratoria, con sus más que curiosas diatribas para la imaginación. 

Pasada la califal Córdoba, utilicé la siempre interesante estrategia de desplazarme al bar, ubicado en el vagón número dos, pasando previamente por los servicios del moderno y cualificado suburbano. Podían ser unos minutos para el respiro de unos oídos que ya habían resistido muchos kilómetros de anécdotas y confidencias de esta atribulada mujer. La realidad básica es que le tenía pavor a la soledad. Sus mejores amigas ya habían puesto tierra de por medio, conociendo su agobiante carácter, mientras que su ex no quería saber una palabra de quien había sido su mujer y ahora libaba de flor en flor, buscando nuevos y juveniles néctares para el placer de cada temporada. En cuanto a sus dos vástagos, habían centrado sus vidas, profesionalmente hablando, en dos geografías bien distantes de la capital madrileña: Logroño y Lanzarote. Ninguno de los cuales trabajaba el negocio del vino, pero sí temían la presencia de una madre que desestabilizaba y desesperaba sus temperamentos abiertos para el sosiego.

Ya en la barra del bar, cuando endulzaba pacientemente la taza de café con ese pobre azucarillo que en principio te ofrece el camarero de turno, la vi aparecer con su terno de camisa vaquera celeste clara y unos pantalones piratas muy ceñidos que, en vano, trataban de disimular sus muy generosas, en humanidad, posaderas. Es decir, un orondo trasero de largas pulgadas, trazadas en la diagonal del bajo vientre. Por supuesto que me ofrecí a invitarle a ese café con un pastel de hojaldre que consumió con proverbial e indisimulado apetito. Estuvimos un buen rato en el vagón del refrigerio, lo que dio oportunidad para que Carla me explicara, sincerándose en su verdad, de la estrategia que llevaba a cabo para buscar la distracción en la profundidad y longitud de los días. Dada su amplia disponibilidad económica (en este aspecto, Evelio no le puso reparo alguno a que gastara todo lo que quisiera, de esos buenos capitales que él obtenía con su sagaz olfato empresarial en los blancos, rosados y tintos, además de controlar también el sector vinagrero) esta mujer, natural de Valdepeñas, había ideado una inteligente estrategia para encontrar algo de diversión a su aburrimiento existencial. ¿cuál era la estratagema que la compulsiva señora aplicaba para la aventura?

Cada semana compraba un billete del AVE, con origen en la estación madrileña de Atocha y con destino a un punto de la geografía peninsular, que bien podía ser Sevilla, Málaga, Valencia, Zaragoza, Barcelona, Toledo, Valladolid, Santiago de Compostela o Alicante…. Etc. Pasaba una o dos noches en un buen hotel de esos atrayentes destinos y recorría el trayecto contrario, hacia su señorial ático en el Paseo de la Castellana, próximo al Estadio Bernabéu. Siempre elegía un billete en la clase turista, con la incógnita de conocer quién sería su compañero o compañera de asiento. Con ellos trabajaría la conversación en lo posible, aplicando un papel teatralizado que con el frecuente uso le había graduado en la destreza del experto. Y no sólo se limitaba a exponer los detalles de su vida, según el viajero correspondiente, sino que al tiempo trataba de obtener de éste toda la información posible para su infantil y curioso divertimento.

Próximo ya a Puertollano, en la provincia de Ciudad Real, ambos volvimos a nuestros hermanados asientos. Dada la franqueza de mi interlocutora, me sentí obligado a llevar el protagonismo de la conversación con el consiguiente descanso para sus bien trabajadas cuerdas vocales. Le conté algunos elementos anecdóticos, o más significativos, de mi actividad profesional y familiar. A pesar de que me esforcé en ser cordialmente esquemático en la exposición de los hechos personales, Carla aprovechaba cualquier posible inflexión en mi discurso para inquirir más detalles que enriquecieran el tejido de lo narrado. Hubo un detalle que, desde el comienzo del azaroso o divertido (según los intervinientes) viaje llamó mi atención. A pesar de ser una mujer bien entrada en kilos, se doblaba sobre la horizontal de su asiento para hablarme y atenderme frontalmente, mirándome siempre a la cara. Tal vez un gesto estudiado, a fin de controlar mejor mi atención para su persuasiva obsesión por comunicar y dialogar.

Completamente extenuado, por la sofocante aventura que había tenido que soportar, arribamos al fin a ese extraordinario puzle viario de vías que organizan la entrada en la principal estación ferroviaria de España. Atocha suponía una luz en la esperanza para huir del aturdimiento que me había embargado durante las casi tres horas de viaje. Me despedí de la señora Carla Torregrosa dejándole, por supuesto mi dirección electrónica para unos posibles intercambios de e-mails que, en modo alguno, yo tenía la intención de atender. Una ensalada y una manzana al horno fue mi suculento almuerzo, antes de echar una buena siesta hasta las seis de la tarde en un hotel muy cercano a la Plaza de Callao.

Tras las diversas gestiones de esa tarde noche y el día siguiente, hice el viaje de vuelta acompañado esta vez por un fraile carmelita, de avanzada edad, en cual se pasó todo el viaje hasta Málaga leyendo el libro escrito por Pilar Urbano, titulado La gran desmemoria. Lo que Suarez olvidó y el Rey prefiere no recordar, publicado por la Editorial Planeta, publicación que ha dado lugar a una gran e incómoda controversia mediática. Corto saludo cuando llegó a su asiento y, ya en Málaga, otro de despedida con una frase que procuraré no olvidar: “que Dios le proteja y guie en sus decisiones, siempre que actúe con actitud responsable”.

Esa misma noche tuve una llamada, pasadas las once horas, de mi colega en el despacho Martín Castrallana. Desde el otro lado de la línea tuve que escuchar estas reveladoras palabras, que me sumieron en el mayor asombro y desconcierto:

“¿Cómo es posible que te hayas prestado a este espectáculo, que ahora está siendo visitado en You Tube, por centenares de usuarios. Sales en esa divertida página titulada “El incauto de cada día”. Se te ha estado grabado durante el viaje que hiciste a Madrid. habiéndose elaborado un hábil montaje en el que se han unido y recortado frases y palabras que mantuviste con esa “falsa viajera”. Probablemente una periodista del tres al cuarto. Han hecho un continuo manipulado que te ridiculiza en gestos, respuestas y hechos de tu vida. Es una página que está teniendo mucho éxito en la red, porque el montaje que se realiza provoca, con los gestos, imágenes y palabras del engañado protagonista,  las carcajadas en el espectador del link.”

Cuando vi el archivo completo, material que duraba unos 12 minutos, los colores de vergüenza y la indignación subsiguiente recorrían todo mi rostro. Me acordé de la tal Carla Torregrosa. ¿Dónde llevaría inserta su cámara? Este impresentable personaje había estado jugando y grabando, con mi confianza y estoica paciencia. Cada vez te puedes fiar menos de la gente.  Pero, a pesar de que siempre somos un poco niños, la reflexión más serena que podemos obtener es que estas experiencias te ayudan a crecer y madurar en la vida.-


José L. Casado Toro (viernes, 24 octubre, 2014)
Profesor