viernes, 9 de mayo de 2014

VAGÓN Nª2. 150 MINUTOS PARA LA SINCERIDAD.


Esta sutil experiencia tuvo como marco estacional un húmedo otoño, con ese color violáceo que a muchos agrada y en otros casos exacerba la nostalgia. Para desplazarme a Madrid suelo preferir, entre otros medios para la movilidad, los beneficios del AVE. Sus ventajas son casi unánimemente reconocidas y valoradas por los usuarios del transporte. Comodidad, rapidez, seguridad, accesibilidad, centralidad……etc, aunque a veces las travesuras del destino provocan situaciones insospechadas que cada cual integra según su situación anímica.

Llegué, veinte minutos antes de la hora de salida, a la estación Málaga María Zambrano y observé un movimiento de personas inusual en el control de equipajes. Por algunos detalles (en las maletas y carpetas de mano) parece ser que un grupo numeroso de viajeros se desplazaban para alguna convención o reunión al efecto. Una vez que recogí mi trolley y mochila, en el control de escáner correspondiente, me desplacé presuroso al vagón que se me había asignado en el billete, reservado semanas antes a través de Internet. Comprobé con sorpresa de que mi  vagón, el nº 17, tenía todos los asientos ocupados. Eran personas integrantes del grupo comercial o empresarial al que he hecho alusión. Me dirigí de inmediato a un revisor uniformado de Adif y le enseñé mi billete. Este Sr. me indica amablemente que haga el favor de esperar, que va a intentar  solucionar este posible error en la adjudicación.

Tras esperar unos diez minutos en el andén, tiempo que se me hizo eterno, dos revisores se dirigen hacia donde yo me encontraba y, con toda delicadeza, me pidieron disculpas. Efectivamente se había producido un error en la asignación de asientos, hecho que no es frecuente que suceda pero que, en ocasiones, provoca incómodas duplicidades de plazas. Me ofrecen viajar en el vagón vip, aunque mi billete era para la clase turista.  Es un cambio sin ningún gravamen económico al efecto. Me acompañan al vagón nº 2, donde se me acomoda en la parte delantera, donde los cuatro primeros asientos se hallaban aún vacíos. A todos los que ocupábamos ese vagón preferente, nos traen periódicos y nos sirven una copa de cava. Unos pocos minutos antes de que el “cowboy” se pusiese en marcha, observo que llegan apresurados dos hombres, uno de ellos portando un pequeño maletín y el segundo, con gafas fumé, llevando una gran carpeta dossier bajo el brazo. Ambos visten elegantes trajes, gris y azul oscuro, respectivamente. Ocupan los dos asientos de la fila par y hablan entre ellos en voz baja, tras las buenas tardes de rigor.

Desde un primer momento reconocí a uno de esos viajeros, aunque lógicamente dudé si sería él. Al natural parecía más “estropeado” físicamente que cuando veía su foto o su grabación a través de los medios de prensa y televisión. Se trataba, sin duda, de un importante dirigente político, vinculado a uno de los dos grandes partidos que se van alternando en la dirección gubernamental del país. Puntualmente, el tren inicia su marcha y el político (probablemente, su acompañante era el guardaespaldas) comienza a ojear (con un marcador fluorescente en mano) unos documentos de su voluminoso dossier. También yo saco de mi mochila un librito que me ayuda a repasar formas verbales in English. Y así pasan los minutos mientras los vagones “navegan!”, con sonidos y movimientos casi imperceptibles, por ese “mar de vías” que comunican y hermanan los espacios.

Una media hora más tarde, nos sirven un tentempié (eran las 12:30 del mediodía) compuesto por un sándwich de carne y verdura, con una botellita de tinto Rioja o agua, a gusto del viajero. El compañero del conocido político deambula de aquí para allá cuando, de modo inesperado, el cualificado dirigente se dirige hacia mí, invitándome a acompañarle en el refrigerio.

“Sí, efectivamente le he reconocido. Las personas que como Vd. salen con tanta frecuencia en los medios de comunicación se nos hacen famosas y familiares. Le confieso que nunca antes había tenido la oportunidad de viajar junto a una personalidad tan conocida y mediática como Vd  y esto para mí es una experiencia nueva y sin duda atrayente (mientras tanto, mi interlocutor se reía divertido)”.

Básicamente, le comenté cual había sido mi actividad profesional, hasta el momento de alcanzar la prejubilación laboral, detalles ante los que se mostró “escénicamente” interesado. Rápidamente comprendí que le agradaba conocer la opinión de un ciudadano sobre la marcha general del país. Nos quedaban aún alrededor de dos horas de viaje y la cordialidad entre ambos era manifiesta. Dejé que protagonizara algunas preguntas sobre la educación, la sanidad, el medio ambiente, el empleo, respuestas por mi parte que, aunque respetuosas, eran punzantes y críticas (uno es como es……) Él las atendía con atención y, aparentemente,  aplicaba comprensión y también respeto. Aunque se me ocurrían algunas preguntas para su persona (mejor dicho, para su rol profesional) preferí dejarle la iniciativa, ya que entendí y comprendí su curiosidad por conocer opiniones acerca de cuestiones que están, en el día a día, en boca de todos, por parte de un ciudadano anónimo.

El tren continuaba su periplo viajero, camino de un destino prefijado, mientras su guarda de seguridad (parecía un tanto aburrido) había ocupado el asiento vacío paralelo al mío, respetando nuestra privacidad y diálogo. “Bueno… y qué opinas de las personas que ejercemos la actividad política”. Viendo que él (algo más joven que yo) utilizaba el coloquial tuteo, me animé a seguir por la misma senda “familiar” y utilicé el “tú”, mezclado con la habilidad del Vd, para ese respeto siempre necesario.

“La verdad es que percibo en la masa social (yo mismo asumo esta valoración) una falta absoluta de credibilidad hacia la función administrativa y gubernativa que Vds. representan. Mejor, hacia cómo la lleváis a efecto. Os habéis ganado, paso a paso, pulso a pulso, la desconfianza de la mayoría popular, a no ser que militantes, sectarios o fanáticos, tengan otra apreciación más benévola hacia vuestra imagen. Y ¿por qué digo esto? Básicamente, porque a vosotros se os ve ligados, muy atados, a unas siglas, a unos intereses, más que al servicio general del pueblo, a quienes decís representar. Y ya no hablo de la mentira, como recurso propagandístico o electoral, sino que vuestra actuación en el Parlamento, o en las mismas convenciones que organizáis es clamosamente patética. Muchas veces el ciudadano se pregunta, en medio de un desconsolado asombro, ¿dónde queda vuestro propio criterio, vuestra propia crítica o iniciativa, sometida a los dictados o al dedo del líder, más o menos carismático, de turno. Verdaderamente, ¿pensáis que se os cree, o ese valor ya ni os importa? Creo que estáis atenazados por ese voto que os puede poner o echar del poder. Y por ese voto sois capaces de cometer las más inauditas tropelías y manipulaciones, ante una sociedad que es bastante olvidadiza, acomodaticia y servil. Esta es mi opinión. Y como decía aquel Presidente, sin acritud pero con la firmeza de mi reflexión”.

Este varapalo expositivo (junto a otras consideraciones) parece que a mi compañero de viaje le hicieron bajar las muescas faciales de esa sonrisa permanente, muy bien estudiada y representada. Por unos segundos hubo entre nosotros un silencio….. incómodo y glacial. Supongo que estaría buscando, con celeridad chapucera, esa palabrería al uso que, a golpe de manual, sirve para contener o reparar las brechas, dolorosas e incontestables, en la autoestima.

“Sí, acepto que no siempre sabemos comunicar bien con nuestros representados. Que no transmitimos, de manera fehaciente, todo el esfuerzo que llevamos a cabo. Necesitamos un mayor y mejor acercamiento a nuestros electores y al pueblo en general….”

“Permíteme, no es una cuestión de comunicación, transmisión o acercamiento. Es sólo respeto a la verdad, a la negociación, al acuerdo, a la eficacia, a la honradez. Vosotros no servís al pueblo. Estáis sólo al servicio de vosotros mismos. Al servicio de vuestros intereses. Por eso la masa social desconfía, cada vez cree menos, en vosotros. Sólo os alimentáis del fanatismo, del seguidismo, de la pasividad, de la incultura y de la manipulación mediática más abyecta. Sólo lucháis contra la corrupción del opositor político. Ocultáis, de manera vergonzosa y cómplice vuestras propias corrupciones. Esa es la muy triste realidad….. de lo que hacéis”.

Aunque entre nosotros el trocito de atmósfera que nos envolvía se había tornado gélido para la cordialidad, echó mano una vez más del “manual para situaciones incómodas” y teatralizó esa sonrisa del comercial al que, finalmente, no has comprado el vehículo maravilloso que te ha estado ofertando con todo su esfuerzo y perseverancia. Me dio su tarjeta personal con un número de teléfono al que podría acudir cuando lo necesitase. Alabó el buen rollo de su inesperado compañero en los asientos vips y la despedida fue un bien ensayado y mecanicista apretón de manos. La señorita de los altavoces nos indicaba que estábamos entrando en la estación central de Atocha. El guardaespaldas llevaba los maletines mientras mi compañero, el político, se puso de nuevo la máscara eficiente de gestor y caminaba, muy diligente, hacia la puerta de salida, vagón nº 2.

Esperando la llegada del metropolitano, línea celeste, que me llevaría hasta la propia Gran Vía madrileña, observé un gran cartelón inserto en una mampara encastrada urbanísticamente para la publicidad. En la misma, uno de los dos grandes partidos políticos que controlan la dirección del país, planteaba un precioso decálogo de promesas y objetivos para las próximas elecciones generales. Curiosamente, en esa relación de proyectos aparecían conceptos generosos y positivos, como trabajo para todos, educación y sanidad bien atendidas, obras públicas y transportes eficaces, cultura social, atención a la tercera edad, justicia eficaz y gratuita, consenso político para el bien general,  cuidado del medio ambiente, seguridad…… Pero ¿cómo creerles? ¿cómo confiar en sus desprestigiadas palabras?

Ya en un atestado vagón del suburbano madrileño, me sentía como un ciudadano privilegiado. Había tenido la oportunidad de manifestar mis ideas y convicciones a un importante miembro de esa casta dirigente que siembra desilusión y suele recolectar incredulidad y desesperanza. Desconozco si el blindaje ideológico de su conciencia le permitiría acceder a un comportamiento más autónomo, libre y sincero en el ámbito sociopolítico para el que decía trabajar. Cuando accedí a la superficie viaria, me entremezclé en el trasiego ciudadano de una Gran Vía siempre atestada y cosmopolita de viandantes. Hacía ya un poco de frío pero los intermitentes rayos de sol, entre un juego de nubes algodonosas, nos acariciaban térmicamente y atemperaban nuestro caminar diligente.-


José L. Casado Toro (viernes, 9 mayo, 2014)
Profesor


viernes, 2 de mayo de 2014

EL DESTINO INESPERADO, A TRAVÉS DE UNA FOTOGRAFÍA.


Domingo soleado de abril, cuando ya la Primavera ha sembrado muchos caminos de ilusión a ese ánimo aletargado de la temporalidad invernal. Apetece salir a la calle y participar de ese bullir social que nos hermana y conforta. Mamen, con esa juventud avanzada de los veintitantos, espíritu muy vital e imaginativo, entre otras aficiones, ama la fotografía. No es una gran experta en la técnica de la imagen, aunque le agrada tomar recuerdos de esos ángulos y espacios bonitos que pueblan nuestros campos y ciudades. Posteriormente, organiza y retoca los archivos en su Mac, formando series muy atractivas de fotografías que le ayudan a disfrutar del grato recuerdo de latidos, momentos y lugares.

En la actualidad esta chica carece de pareja estable, tras dos experiencias fallidas que acabaron, por aburrimiento y cansancio recíproco, en el gélido adiós. Ello le permite ahora disponer de esa libertad que veía constreñirse por las dependencias mal negociadas entre seres inmaduros. Durante la semana cumple su horario laboral, como reponedora de artículos en un importante centro comercial de la capital. No es un trabajo duro para ella (delgada de peso pero fuerte en su estructura corporal)  aunque sí rutinario y descompensado para su titulación en Empresariales. Entiende que hoy día hay que aceptar lo que venga, a fin de tener un sueldo con el que poder subsistir en tiempos difíciles. Vive junto a su hermana Lorena, tres años mayor que ella, separada y con dos niñas muy pequeñas, en una convivencia fraterna  muy bien llevada, ya que la sintonía entre las dos hermanas siempre ha sido muy positiva. Los padres de ambas, campesinos, siguen residiendo en ese pueblecito de la serranía rondeña paraje que, hace tiempo, ambas abandonaron buscando nuevos horizontes. No deseaban vivir en ese ambiente cerrado y limitativo para la privacidad que condiciona los pocos más de trescientos habitantes de su pequeña localidad natal.

Hoy domingo, 27 de abril, ha encaminado sus pasos hacia una zona muy atrayente para la visión urbana de la ciudad. Vistiendo deportivamente y con unas Converse, muy aptas para terrenos encastrados en lo natural, ha subido hasta el Castillo de Gibralfaro, tras serpentear por esas rampas crecientes que nacen desde la Coracha. La panorámica que se divisa desde esas alturas es en sumo atractiva, pues se conforman visualmente bellas postales de ensueño, de una ciudad portuaria sita al pie de las estribaciones orográficas de la Penibética. Mientras que por el sur es el mar, junto a los jardines del Parque, quien posee el protagonismo, por el lado norte de la colina tenemos otra preciosa visión urbana en la que predomina una densa planimetría de arterias que sustentan manzanas de edificios, centenares de tejados y miles de vidas. Recorriendo estos sugerentes y cromáticos vericuetos, poblados de pinos y aromas mediterráneos, llegó a uno de esos amplios miradores que hacen posible las mejores vistas de la ciudad.

Disfrutó con la panorámica de una atmósfera diáfana, llena de luz y templanza térmica. Dejó pasar unos minutos para el goce imaginativo que sabe proporcionar un mar en calma y, al fin, recurrió a su versátil compacta, fiel compañera que le sabe guardar las mejores instantáneas. Con la destreza y experiencia que le caracteriza, fue haciendo un buen reportaje de la ciudad, apreciación que confirmó esa noche cuando repasaba en pantalla las fotos que había tomado durante la mañana. Tiene por costumbre tomar fotos con un “gran peso” en megas, a fin de que su definición sea lo más detallada posible, especialmente cuando las imágenes son potencialmente ampliadas. En ello estaba cuando reparó en algunos detalles insertos en una determinada composición.

Es más que frecuente la aparición de personas que, sin la voluntad de unos y otros, se cuelan en el campo visual del objetivo. A pesar del esfuerzo que aplicamos para que ello no suceda, resulta inevitable que todos formemos parte, una y mil veces, de fotografías a las que no hemos sido expresamente invitados. Se fijó en un joven que, en el ángulo derecho de la imagen, descansaba sentado en un apoyo pétreo del mirador. Amplió la toma y comprobó que este chico estaba aparentemente emocionado, leyendo una hoja escrita que tenía en su mano izquierda. Efectivamente, parecía que estaba llorando. La verdad es que, repasando ese momento en la mañana, no era consciente de la presencia de este chico entre las personas que visitaban el amplio mirador. Pero lo que no hallaba en los estratos de su memoria, sí estaba grabado en aquella otra que reposaba en la de su cámara.

Desde un primer momento se sintió atraída por la imagen de sencillez, bondad y belleza de ese joven. Y fluyeron incontenibles las preguntas. ¿Qué le provocaría tal estado de emoción? ¿Tal vez sería por el contenido del texto que estaba leyendo en esa hoja de papel? Mamen, con ese carácter admirablemente impulsivo que le caracterizaba, sentía que algo tenía que hacer para ayudar a esa persona que sin duda, lo necesitaba. Pero… ¿quién era él? ¿Cuál sería su nombre? ¿Cómo comunicar con ese desconocido? ¿Habría resuelto ya su problema o aún mantendría su profundo estado de inestabilidad emocional?

Durante toda la semana, dentro y fuera del trabajo, le estuvo dando vueltas al asunto. Con la confianza que ambas intercambiaban, Lorena le aconsejó que se olvidase de ese joven del que solo tenía su imagen en un ángulo extremo de dos fotografías. Conocía la poderosa imaginación de su hermana y lo constante que era cuando algo se le ponía entre “ceja y ceja”. “Anda Mamen, déjate ya de historias y échame un cable para lavar a las niñas. Contigo están más formalitas. Yo, mientras, preparo la cena”. Pero en esa noche del viernes, cuando se retiró a su cuarto, Mamen siguió buscando algún resquicio a través del cual obtener datos del personaje que bullía en su cerebro y también, por qué no reconocerlo, en su corazón. El chico era verdaderamente atractivo en su apariencia física.

“Tengo que hacer algo por encontrarle”. Dicho y hecho. Tomó una de las fotos. Hizo un recorte del joven, en el que sólo se le veía la cara, emocionalmente tensa. Amplió ese rostro y escribió, debajo del mismo, un breve texto que decía “Me preocupaste mucho el domingo pasado. Me gustaría poder ayudarte. Te facilito mi dirección electrónica”. A continuó, subió ese recorte fotográfico y el breve mensaje a las redes sociales de las cuales era una experta usuaria. “Más difícil sería que ese alguien encontrara un mensaje que yo echara al mar dentro de una botella” se dijo a sí misma. Ahora sólo quedaba esperar a que el propio destinatario , o alguien que le conociera, le diera alguna respuesta al efecto. Parecía una chiquillada, pero esta joven se tomaba muy en serio cuando algo “se le metía en la cabeza”. “Tengo que encontrarle y ayudarle”. La solidaridad de Mamen era visceralmente profunda.

Antes de coger la cama, le llegaron hasta cinco mensajes. Alguien le pedía otra foto del joven, a fin de reconocerle mejor. En los otro cuatro, el contenido quedaba en el terreno de la sátira y la broma. Pero ya, en la tarde del domingo, un remitente le facilitaba alguna información acerca de la persona buscada. “Creo que se llama Layo. Lo vi actuar, hace unos meses, en una obra representada en el Salón de Actos de mi Facultad. Me parece que el grupo se llamaba “The blue star” o algo parecido”. Alegremente sorprendida, se lanzó a investigar en el mundo de los buscadores comenzando lógicamente por el más poderoso, el “reino del Google”.

Efectivamente, existía un grupo de teatro experimental en Málaga cuyo nombre era  “The Sky´s Blue Star”. Y en la página web correspondiente, aparecía el nombre de Layo Gómez. Su fotografía coincidía con aquella que había quedado atrapada en su objetivo, al hacer una toma angular desde el viejo mirador de Gibralfaro. La constancia en el esfuerzo de Mamen comenzaba a estar dando sus frutos.

Siguiente domingo, alrededor de las diecinueve horas, en la cafetería del Parador Nacional de Gibralfaro, a escasos metros de ese mirador sobre la bahía malacitana. Dos personas están sentadas en torno a una mesa, sobre la que reposa un refresco de cola junto a un té marroquí. Con una sonrisa un tanto burlona, el chico observa a una joven delgada, atlética, ojos azules y cabello intensamente moreno.

“Reconozco que eres admirable. Me gustaría tener tu tenacidad y entrega para lo que sientes y quieres. Yo sí te recuerdo, tomando fotos en la barandilla del mirador. Pero estabas tan ensimismada ante el paisaje que no reparaste en mi presencia. Aquella mañana dominguera, me encontraba preparando una obra que previsiblemente estrenaremos a mediados del próximo julio. Iremos a Granada, a un festival de teatro. Me corresponde un protagonismo dramático, en la obra. Tengo dificultades para improvisar ese llanto artificial que el guionista me exige, en una instante del argumento. Por ello busco situaciones que me hagan empatizar más fácilmente con esa situación anímica emocional. Y hace siete día que me vine por aquí, muy de mañana, para practicar el rol correspondiente. Lo que tenía en mi mano era una carta de despedida de una mujer a la que supuestamente había amado o querido con locura. Me dejaba…. por otra persona, que yo mismo le había presentado. Puedes suponer que esa carta la había escrito yo mismo, con todo género de dramatismo. Era tan dura y triste que….. que me hacía fluir ese llanto tan necesario en la interpretación escénica. Eso es todo pero…. tu estás aquí para ayudarme ¿no es verdad, Mamen? ja, ja, ja,

Layo, técnico informático de profesión y actor vocacional, tiene pareja, Elia, con la que mantiene una variable convivencia afectiva. Con el paso de los meses, seguirá manteniendo frecuentes intercambios de e-mails con Mamen, persona de la que ha quedado gratamente prendado por su fuerza, tesón y amistad, a los que sabe unir esa alegría y sencillez que él percibe como grandes valores en lo humano.
Hoy ha enviado a Mamen una localidad para el próximo festival de teatro, en el que su grupo estrena una obra, en la que él habrá de llorar. La representación tendrá lugar en el Teatro Isabel la Católica, de Granada, en pleno centro urbano de esta maravillosa ciudad de Andalucía. Al final de la representación, quiere que ella le acompañe a la cena que van a mantener, en el Albaycín, todo el elenco artístico del grupo. Durante esa mágica noche tiene el propósito de decirle y pedirle que, en su proyecto de futuro, ella ha de ocupar un lugar de privilegio. Que ahora no concibe la vida sin estar junto a lo que más quiere.

Al pie de una majestuosa Sierra, que ahora en verano ha cambiado su virginal velo blanco de invierno por otro tejido con todo el espectro cromático para la esperanza, Mamen y Layo agradecen al azar que una simple foto les haya unido, para un futuro que ellos perciben con alegría y proximidad.-


José L. Casado Toro (viernes, 2 mayo, 2014)
Profesor
jlcasadot@yahoo.es

viernes, 25 de abril de 2014

UNA ENTREVISTA LABORAL, PARA TIEMPOS EN CRISIS.


Mónica tiene veintiocho años. Gracias a la fortuna de una buena naturaleza, su apariencia física podría aparejarla a una de esas chicas que acaban de entrar en primero de facultad. A la fragilidad de su cuerpo, con una carencia extrema de gramos en el peso, suma una mirada dulce e infantil que facilita la relación social con el entorno social en el que transcurre su vida. Ciertamente predomina la timidez en su carácter pero, como contraste, este hecho favorece y potencia la transmisión de encanto y delicadeza.

Esta  joven universitaria hace ya un lustro en que terminó su grado de Filología hispánica en la UMA. Hasta el momento, ha carecido de suerte en lo laboral, pues las posibilidades docentes han quedado muy constreñidas a causa de esa oleada de recortes económicos en tiempos de crisis. Sustituyó a una amiga en la academia donde ésta imparte docencia, aunque sólo fue por un período de cuatro meses. También consiguió  dar unas clases particulares, a familias bien y, por supuesto, la preparación de oposiciones. Esas que llevan años sin convocarse. Su padre ha de asumir una economía ajustada pues trabaja a comisión, llevando unas representaciones en el sector alimenticio, que apenas pueden sostener las necesidades de una familia de cuatro miembros (su hermano, seis años menor y sin titulación académica, hace trabajos de camarero, muy esporádicos, en cafeterías y restaurantes).

Desde que finalizó su licenciatura, inundó de solicitudes y currículos un amplio listado de empresas y organismos, con sede en la ciudad donde nació. También, algunos situados fuera de la capital malagueña. No sólo pertenecientes al ámbito educativo, sino también a sectores que nada tienen que ver con su preparación universitaria. Pero la mayoría de esos ofrecimientos no tuvieron la respuesta afortunada para sus objetivos profesionales. Sin embargo, hace una semana, recibió una carta en la que se le indicaba que su solicitud y perfil había sido seleccionado, junto a otras opciones, a fin de elegir un puesto de trabajo para cuatro meses (prorrogables en función de una serie de variables). Se le convocaba para realizar una entrevista laboral, con el detalle del horario y lugar al efecto, previa a la decisión final que adoptaría el departamento de personal. El remite de la misiva correspondía a una empresa especializada en ofertas y demandas laborales. No se le concretaba el nombre del posible establecimiento, sólo que correspondía a un importante complejo comercial.

En este momento Mónica está sin pareja estable. La relación con su novio “de toda la vida” Valen, al que conoció en las aulas escolares de secundaria, hace ya año y medio que se fue al traste. Ella (que durante unas semanas mantuvo el doble engaño) se había encariñado con un vecino del barrio, de físico y locuacidad sumamente atrayente que, tras unos meses de fogosidad afectiva, buscó otros destinos para sus intereses y devaneos sentimentales. Ahora, a muy escasos días para la entrevista, está muy centrada en preparar ese diálogo que puede abrirle el camino para un puesto de trabajo, años y meses ansiado. Nunca ha realizado una experiencia de esta naturaleza. Sus amigos le han aconsejado algunas orientaciones en cuanto a la forma de vestir, a los temas que de forma usual aparecen en estos diálogos y la mejor manera de afrontarlos y, por supuesto, a los proyectos y objetivos que deben plantear los aspirantes al puesto laboral. Y, con la tensión propia del caso, llegó para ella ese martes en el que iba a “luchar” por ese trabajo diario que pudiera dar estabilidad económica y anímica a su vida.

Unos minutos antes de la hora de cita, fijada para las 16,30 de la tarde, entró en una desangelada y pobremente iluminada sala de espera (sólo había un pequeño ventanuco que daba a un patio interior) donde ya aguardaban otros dos aspirantes al puesto, un hombre metido en la treintena y una joven, con una edad similar a la de Mónica. Tras el saludo cortés, las tres personas comenzaron el inevitable proceso de análisis visual. Cruzaron sus miradas y cada uno de ellos hacía cábalas acerca de la competitividad que iba a encontrar entre sus compañeros de habitación.

Braulio es diplomado en Empresariales. Casado y con dos hijos pequeños, lleva en el paro desde hace tres años y medio, cuando la agencia de viajes donde trabajaba entró en un proceso de suspensión de pagos, con la quiebra contable subsiguiente. Hace ya tiempo que el subsidio de desempleo se le acabó, siendo su situación actual bastante angustiosa en el plano económico. A su mujer, cajera de unos grandes almacenes, le llaman de forma intermitente para su puesto laboral, siempre por días o incluso horas. Este pequeño oxígeno es compartido con alguna ayuda de su madre, una modesta pensionista, pero este apoyo es muy limitado. Ha intentado trabajar en “lo que sea” (incluso de “hombre anuncio”, en la costa) pero los resultados han sido muy escasos, tanto en retribución como en continuidad.

La otra chica se llama Ana. Dejó sus estudios en el bachillerato, uniéndose en pareja a un aventurero de dudosa existencia, lindando sus actividades siempre en el terreno de lo paralegal. Tras dos años de convivencia, aquél se cansó de su compañía, dejándola en el abandono con un niño pequeño que ahora alcanza los cuatro años de edad. Gracias a la  influencia materna, es bastante diestra en el arte de la peluquería, aunque por falta de medios nunca ha podido establecerse por su cuenta. Ha trabajado, también de forma intermitente, en algunos salones de estética para el cabello y la manicura. Pero ahora lleva muchos meses sin nada, viviendo en casa de sus padres, a los que ayuda en un modesto negocio de chucherías y refrescos, sito en una barriada próxima a la autovía de las Pedrizas.

Habían pasado ya unos diez minutos de la hora prevista, cuando entró Braulio al despacho ocupado por una especialista en psicología del trabajo. Casi media hora más tarde, este hombre abandonó la oficina. Aparentaba facialmente un sentimiento de satisfacción. Resultaba obvio que su intervención le había dejado esperanzado, en orden a la posibilidad de conseguir el preciado puesto laboral. A continuación fue Ana quien entró en ese habitáculo que, a través de la puerta, se percibía mejor iluminado que la sala de espera. No mucho más de quince minutos fue el tiempo en que esta chica estuvo entrevistándose con la especialista. Cuando salió de la habitación, se la veía visiblemente nerviosa y con el tono de tensión subido a la blancura de su rostro.

Mónica se repetía, entretanto, numerosos detalles y sugerencias que, de aquí y de allá, había ido recopilando para conseguir una buena presentación e intervención. Antes de salir de casa, tomó un relajante muscular, a fin de evitar esos errores que los nervios y la tensión provocan en momentos clave de nuestro comportamiento. Su vestimenta estaba a medio camino entre lo informal y el gusto por la elegancia. El calor de un junio pre-veraniego le aconsejó llevar un look deportivo para la ocasión. Se decía a sí misma que tendría que dejar los nervios en el bolsillo; que debía hablar despacio, haciendo bien las inflexiones; que era necesario mirar a los ojos del entrevistador, pero con una cierta delicadeza; que, ante cuestiones ideológicas, tendría que extremar la prudencia; que podrían preguntarle algo en inglés……

“Srta. Mabela, tenga la bondad de pasar” le dijo el administrativo. Nuestra protagonista cubría la agilidad de su cuerpo con una camisa blanca, de manga corta, más una rebeca celeste. Sus vaqueros, de marca, eran color azul oscuro. La misma tonalidad que sus sandalias de vestir. Aparte de un pequeño bolso, llevaba consigo un portafolios oscuro, a fin de anotar los datos que fuesen necesarios. Nada más atravesar el quicio de la puerta, y ver la imagen de la persona que permanecía sentada detrás de la mesa, las palpitaciones en el corazón de Mónica se dispararon sin control. Y no sólo fue ella quien sufrió el impacto. Esa misma tarde, la psicóloga encargada de llevar la entrevista analizó brevemente los nombres de las tres personas que habían sido seleccionadas por otro departamento. Reconoció de inmediato el nombre de quien había sido, durante un largo tiempo, la novia de su hermano, el cual había sufrido la postergación afectiva a causa de un capricho puntual de la persona en quien confiaba. Sara Fernández quiso en un primer momento renunciar a ser la entrevistadora para el puesto de trabajo. Pero un superior, en el gabinete al que pertenece, conociendo sus argumentos, al fin la convenció  que debía priorizar  su responsabilidad profesional por encima de otros hechos que pertenecían a la privacidad de su vida.

“Le ruego tome asiento, Srta. Mabela. Obviamente Vd. y yo nos conocemos. Pero en este momento debe quedar por delante la seriedad, la equidad y la responsabilidad profesional, superando otras consideraciones que pertenecen al marco de nuestras respectivas privacidades. Pero si lo considera más justo, no tengo el menor reparo en ceder este lugar a otro compañero, a fin de que sea éste quien emita el correspondiente informe. Por el contrario si entiende que debemos continuar pasaré a plantearle el cuestionario que tengo preparado al efecto. El mismo que ha sido atendido por  las dos personas que le han precedido en el lugar que ahora Vd. ocupa”.

Estas casualidades no son frecuentes pero alguna vez, y de forma generalmente inesperada, pueden tomar protagonismo en el discurrir cotidiano de nuestras biografías. Mónica respondió puntualmente a todo el cuestionario,  aunque estuvo durante esos veinte minutos sometida a un estado cercano al shock emocional. Supo sacer fuerzas de flaqueza para defender con dignidad sus argumentos y aportaciones frente a los interrogantes que le planteaba la persona diplomada en psicología.

“¿Desea añadir algo más, señorita?. Por lo que mi respecta hemos finalizado. Cuando lo desee puede abandonar este despacho. Que tenga una buena tarde”. Mónica solo respondió con el agradecimiento educado y el adiós. No hubo otro saludo entre ambas mujeres. Cuando salió del portal de la agencia, el reloj marcaba las 18,25 horas. El cielo se había nublado La típica borrasca de un junio agudizado en lo térmico dejó caer, de inmediato, un fino aguacero. No quiso ir directamente a casa. Prefería caminar y sentir el frescor de las gotas de agua, resbalando sobre la tensión anímica que mostraba su cuerpo.

Pasados cinco días, recibió una carta en el buzón de su domicilio. La agencia le comunicaba que para el puesto de controlador de existencias, en el hipermercado, había sido elegida otra persona. Que su expediente sería tenido en cuenta para futuras vacantes. Y que se le agradecía su generosa disposición. Otra carta, que se recibió en el domicilio de Braulio, llevó la alegría y la esperanza a una familia profundamente necesitada.-



Profesor
jlcasadot@yahoo.es