viernes, 19 de abril de 2013

EL COMPLICADO SILENCIO DE LAS PALABRAS.


Aquella mañana de lunes, en pleno mes de enero, me había resultado intensamente agotadora. Comenzaba la semana con tres clases seguidas y, tras los minutos necesarios para el recreo, me correspondía una “guardia” en el horario. Fue necesario atender a varios grupos de alumnos a quienes faltaban sus Profesores, probablemente, por causas de enfermedad. Y para bien finalizar, la primera jornada de la semana, tenía anunciada una visita familiar. Bien es verdad que esta entrevista fue solicitada por mí, debido a una cuestión de intervención tutorial que me estaba preocupando desde hacía ya no pocos días. A las 12,45 de un día con cielo limpio, por el anticiclónico frío del invierno, me estaba esperando puntualmente la madre de una alumna, correspondiente a un grupo de 4º de la E.S.O. en el que ejerzo como tutor y profesor. Puedo afirmar que, a lo largo de mi etapa laboral como docente, era frecuente que acudiesen a estas entrevistas más las madres, con respecto a los padres. Desde luego, con un porcentaje presencial muy contrastado a favor de las primeras.  Se suele justificar esta disimetría por razones de índole laboral, aunque siempre he pensado que ésta no es la única causa. Tras un cordial saludo de bienvenida, junto al recoleto jardín que nuclea la entrada del recinto, le invité a pasar a la sala habilitada al efecto para estas visitas y otras entrevistas específicas con los propios escolares.

¿Cuál era la motivación básica, para este necesario y urgente diálogo? No respondía a un problema novedoso, en el ámbito de responsabilidad tutorial. Por el contrario, el asunto a tratar se solía repetir con preocupante frecuencia. En este caso, se trataba de Mika, una vital jovencita, con esa edad maravillosa de los quince, buena estudiante y compañera que, de la noche a la mañana, cae en una situación de bloqueo, retroceso y profunda introversión, a nivel escolar, social y familiar. Su madre, Flora, persona con la que desde el primer momento no me sentí relacionalmente a gusto, me aseguraba que, con mi llamada telefónica, me había adelantado a su petición de diálogo. Confirma, por el comportamiento extraño de su hija en casa, la percepción de que no sólo yo sino también algunos otros Profesores habíamos detectado en nuestra alumna. Cambios intensos de carácter, que perjudicaban el equilibrio académico y familiar de ésta, hasta hace pocas semanas, agradable, afectiva y responsable adolescente. En su opinión, no encontraba razones de peso para la actitud de cerrazón hacia el exterior que como respuesta básica ofrecía su hija. Prácticamente se negaba a comunicar con los demás miembros de la familia. Además de sus padres, Mika tiene un hermano menor, que cursa el primer curso de la E.S.O.

El problema fundamental de estas entrevistas es que el alumno, objeto especial del diálogo, no puede estar presente en el desarrollo de las mismas, pues se encuentra asistiendo en clase a la materia que le corresponde según su horario. En casos específicos, se puede concertar una cita por la tarde, a fin de superar esta importante ausencia de quien precisamente hablan los padres y el tutor. Sin embargo, la presencia de Flora podía coartar, en algún caso, la espontaneidad de su hija. Por ello, tras recabar los datos que consideré necesarios, quedamos en reanudar la conversación iniciada pero una vez que, como tutor, hubiese mantenido el tiempo necesario de diálogo con Mika.

Básicamente, éstas fueron algunas de las preguntas que efectué a mi interlocutora materna. ¿Existe algún problema familiar, actual o consolidado, que pueda explicar ese cambio de carácter en su hija? ¿Sabe Vd. si Mika está saliendo o intimando con algún chico, en estos momentos? ¿Le han efectuado alguna analítica reciente, para comprobar si sus constantes orgánicas están equilibradas?  ¿Su alimentación es razonable, o hay deficiencias por defecto o exceso? ¿Cuántas horas suele descansar por las noches? ¿Atiende bien a su aseo personal y a sus obligaciones en casa? ¿Vd. trabaja sólo en el hogar o también por cuenta ajena? ¿Cómo es la relación que mantiene Mika con su hermano menor? Si entabla una discusión con su marido ¿trata de evitar que sus hijos están presenciando el hecho? ¿Las necesidades económicas familiares son estables (el padre es funcionario del S.A.S. Trabaja como enfermero en el Materno de la localidad) tipo hipoteca, gastos imprevistos…..? Antes de este bloqueo comunicativo ¿era frecuente en su hija la confianza o apertura para el diálogo con Vd. o su esposo? ¿Cómo definiría el tipo de educación familiar que han querido dar a sus hijos hasta ahora? Discúlpeme, por favor, esta pregunta. Está educando a sus hijos como sus padres lo hicieron con Vd o, en su caso, cuáles son los cambios básicos que ha considerado necesarios establecer? ¿Me reitera que, en estos últimos meses, no ha existido alguna modificación puntual en la “atmósfera” relacional cotidiana de la familia?.......... Fueron algunas de las preguntas que me permití plantear a una madre, a la que percibía con signos inequívocos de nerviosismo que, banalmente, trataba de disimular. Sus respuestas fueron mecánicamente correctas y previsibles. A lo largo de las mismas, la educada intranquilidad de mi interlocutora fue creciendo hacia ese blindaje que soporta la privacidad. 
  
Otras muchos interrogantes quedaron en las alforjas de mi interés o preocupación. Pero sonó el timbre que anunciaba el cambio de hora. En definitiva, tuvimos que poner fin a nuestro diálogo, del que tomé las necesarias anotaciones en el expediente personal de la alumna. Nos saludamos cordialmente y la acompañé hasta la puerta de salida. Tras esa densa hora de entrevista tutorial, tuve la convicción o percepción, en base a la experiencia de muchos años de ejercicio, de que esta madre no había sido completamente sincera en sus manifestaciones a mis preguntas, como Profesor-tutor de su hija. 

Aquella fría mañana de enero estaba acompañando, de luz y sol, la febril actividad de una institución donde se trabajan, y socializan, conocimientos, valores y actitudes, que hacen posible la mejor formación de las personas. Pero hay una segunda, e importantísima, parte, en esta solidaria intervención educativa. Los alumnos abandonan el centro a partir de las tres de la tarde. Esas horas restantes del día,  junto a las del fin de semana y vacaciones, corresponden a la responsabilidad familiar y al entorno social-mediático en el que estos jóvenes se hallan inmersos. 

Era consciente de que iba a encontrarme con la negativa de Mika a expresar lo que sentía, a explicar el por qué de su actitud. Esa era la postura que estaba adoptando en casa con sus padres. Por ello, antes de reunirme con ella, quise dialogar con una de sus compañeras, Dely, posiblemente una de sus mejores amigas. Solían sentarse juntas en clase y también las veía hablar en el patio, durante los minutos del recreo. Le expliqué a esta chica, también muy buena persona, que sólo pretendía ayudar a su amiga, rogándole fuese discreta acerca de mi intención. Dely, un tanto intrigada y sin querer ser demasiado explícita, me dio a entender que algo serio le estaba ocurriendo a su compañera. Pero que tampoco a ella había querido concretarle el problema que tanto le estaba afectando. Le rogué (en realidad era innecesario) que hiciese todo lo posible por ayudarla, comunicando con ella de forma personal y mediante el chat o el e-mail. Y que buscasen la oportunidad de estudiar y hacer los ejercicios juntas. Aunque ambas residían en barriadas diferentes (no muy distanciadas) debían aprovechar los fines de semana para salir, ir al cine y disfrutar juntas esos ratos de ocio para el fin de semana. Entendía que en estos ingratos momentos para el bloqueo, que a toda persona nos sobrevienen, una buena amiga es siempre la mejor terapia para no ahondar más el pozo del sufrimiento.

Desafortunadamente, no me equivocaba con la previsible actitud de Mika. Dos días después de dialogar con su madre, le pedí si podíamos hablar un ratito durante la media hora del recreo. Aunque trató de mantener la cordialidad (es una chica muy sana en nobleza) no estaba dispuesta a desvelar esa intimidad que tan celosamente estaba manteniendo. “Profe, sé que quiere ayudarme. Y yo se lo agradezco. Pero la verdad es que estoy en un momento malo. Y debo ser yo quien salga de esto. Pero no quiero hablar de ello. Eso es todo. S que intentarloentos, habr Aunque no tengo ninguna motivacies que estoy en un momento malo. Y debo ser yo quien salga de esto. Pí le prometo que no voy a dejar el estudio. Aunque la motivación está muy bajita, en estos momentos, habrá que intentarlo”. Y en este punto, entornó sus ojos y cerró el fluir de sus palabras.

“Bueno, Mika, quiero entenderte, aunque es muy difícil hacerlo cuando desconozco el fondo del problema que tanto te está afectando. Sospecho que es algo con tus padres. Pero la verdad es que sólo tú y ellos conocéis el fondo de la cuestión. Al menos, has querido confiarme que no hay un amigo, novio o compañero de por medio en esta situación que atraviesas. Y que nadie está intentando hacerte daño, aquí o fuera de aquí. ¿Verdad? Te voy a sugerir un buen recurso, por si te animas a seguirlo. Personalmente, me ha dado un buen resultado, en determinados momentos de mi vida. Es algo ya muy conocido, pero extremadamente útil. Consiste en escribir, cada noche, unas líneas acerca de lo mejor y más negativo del día. Algo parecido a un diario, pero no muy extenso, por el tiempo que conllevaría su realización. Es importante que cada noche, cuando escribas esa reflexión sobre el día, te propongas algo, lógicamente positivo, para el día siguiente. Y no te preocupes si no lo cumples. Lo importante es que lo hayas intentado, al menos en la intencionalidad del pensamiento. Apóyate mucho en Dely, es una buena amiga. No temas enfrentarte con los problemas. Todos queremos sentirte feliz”.

Me dio de nuevo las gracias y se marchó un tanto pensativa y nerviosa. Pasaron los días y creí ver en esta chica un intento de esforzarse en sus obligaciones escolares. Aunque, según me comentaron otros compañeros del equipo educativo (también yo fui consciente de esta realidad) Mika seguía teniendo sus alzar y bajas, no sólo en el rendimiento académico sino también en sus relaciones con los compañeros de grupo. Analizar los cambios que mostraba su semblante era suficientemente ilustrativo para sustentar esta percepción. Quise, a los pocos días, ponerme en contacto de nuevo con su madre, a fin de explicarle un resumen del diálogo que su hija y yo habíamos mantenido, a fin de establecer alguna línea de acción conjunta. Pero con diversas evasivas que, inútilmente trataron de ser convincentes, no se produjo, a medio plazo, una nueva reunión entre nosotros. Así se mantuvo la situación durante las siguientes semanas.

Pasaron hasta un par de meses, cuando en un día de marzo, también al terminar la tercera hora de clase, me dirigía a la sala de Profesores, donde iba a guardar unos exámenes en esa taquilla repleta de apuntes, libros y dispositivas. Junto a la Conserjería, estaba la madre de Mika. Al verme, Flora se acercó y me pidió si podía atenderla. Aunque tenía que hacer tutoría individual con un alumno, le respondí que disponíamos del tiempo correspondiente al recreo. Pero que habría otras oportunidades, en los días sucesivos. Nos sentamos en la sala de visitas y esta mujer se mostró muy directa en lo que tenía que decirme. En primer lugar, agradeció todo mi esfuerzo y apoyo en la atención a su hija. A continuación, se disculpó (sin duda, el momento más embarazoso que pasó, durante los breves minutos en que estuvimos reunidos) por no haber sido sincera, sobre algunas de las preguntas que le efectué en nuestra anterior entrevista. Básicamente, me explicó que su marido hacía unas semanas que había abandonado el domicilio conyugal. Mantenía una relación con un hombre desde meses, antes de que ella sospechara o fuese consciente del hecho. Precisamente, un amigo íntimo de la familia. Que la ruptura, legal, se estaba produciendo, de forma educadamente civilizada. Y que ambos estaban esforzándose en evitar el mayor daño posible para la estabilidad de sus hijos. Me rogó, y agradeció, que hiciera todo lo posible por seguir ayudando a Mika.

“Sra. pensando en su hija le pregunto ¿sería posible mantener una entrevista con el que hasta ahora ha sido su marido?.........”

José L. Casado Toro (viernes, 19 abril, 2013)
Profesor

viernes, 12 de abril de 2013

LUCES Y SOMBRAS, EN LA VIDA DE MARCO.


Se nos aconseja, y nosotros a veces también lo hacemos, que debemos encontrar ese tiempo o espacio íntimo que nos ayude a reflexionar, a pensar con serenidad, acerca de nuestro caminar por las sendas de lo vital. Que no deberíamos estar siempre tan sometidos a las prisas, acomodados con ese estrés del entorno que, banalmente, nos acelera y subyuga. Pero una cosa es la teoría y otra una realidad que nos esclaviza, con las sutiles e invisibles cadenas del minutero. De ahí que el tiempo descontrolado nos atenace y que lo usemos como coartada para evitar dialogar con nuestra conciencia o con un alrededor que nos vincula, donde hay, donde laten y existen personas. Y esto sucede en todos los géneros y modalidades del convivir diario. El ritmo del estrés nos agobia, inestabiliza y deprime.

Son numerosos los ejemplos que evidencian este comportamiento. Nos falta el tiempo, para casi todo. Así es que también, en el campo literario, goza de un éxito cada vez más consolidado, esos escritos cortos, con sólo unas cuantas líneas, que denominamos MICRORRELATOS. Son textos breves, de apenas tres o cuatro líneas escritas, que no suelen superar las 60-70 palabras. A veces, incluso menos. En ellos se trata de plantear alguna historia, sugerida, apenas trazada, inacabada, que se lee en pocos segundos y que exige del lector un generosos aporte de su comprensión y, sobre todo, de su imaginación. Convocatorias, concursos, prensa y radio, publicaciones editoriales, incentivan al ingenio e inteligencia del escritor, en connivencia con la carencia de tiempo en los lectores, a fin de difundir y potenciar esta modalidad de relato súper breve. Aunque merece el respeto y aplauso de sus consumidores, recibe o soporta también las críticas de aquéllos que ven en esta modalidad literaria historias drásticamente inconclusas. “Dormitaba en un banco del parque y, desde aquél otro, me obsequiaron con una pícara sonrisa”. ¡Ya tenemos otro microrrelato! Dieciséis palabras, una cuarta parte de lo que es usual en el género. Se percibe como un tipo conceptual de literatura, aparente o expresamente, incompleta o inacabada.

Algunos amigos, excelentes escritores, me han enviado estos breves escritos en más de una ocasión. Con delicadeza y respeto respondo a sus envíos, aplaudiendo su manifiesta y concisa habilidad para bosquejar una historia en tan escueto espacio escénico. Pero añado que la idea, apenas “trazada” permitiría y agradecería más tiempo de tecleado, pluma o bolígrafo. Incluso suelo añadir algunos caminos que la historia está demandando, cuidándome de respetar el copyright del autor. Supongo que no les debe agradar esta evolución de su historia, pero lo que intento decirles es que “sufro” el brusco silencio de un relato, cuando apenas éste acaba de comenzar. Por supuesto que yo puedo imaginar y desarrollar la evolución del escrito pero, entonces ¿quién es el escritor? ¿Quién es el autor?

No sólo en el terreno literario te queda esta peculiar insatisfacción, ante un relato o historia que está apenas iniciándose. También ocurre algo similar en el ámbito de la cinematografía. En este espléndido arte, toman carta de naturaleza esas películas de pocos minutos en su metraje, donde se exponen trazos básicos (o no tan explícitos) de un argumento. Son los CORTOS, en los que la imagen ayuda o facilita la profundidad temática, además de la modulación acústica, las palabras y, por supuesto, los silencios. Muchos directores, por las características “argumentales” del corto, han desarrollado ese brevísimo metraje en los que estaba la raíz de una historia que crecerá y se explicará más ampliamente, durante la hora y media o más que abarca el marco temporal de un film. Todo aficionado al cine ha gozado con el visionado de alguna “micro películas” espléndidamente elaboradas quedándoles, sin embargo, el regusto amargo de que las historias que contienen no estén narrativamente desarrolladas e interpretadas, cosa lógica para esos pocos minutos en los que el director condensa o sugiere su exposición.

Algo parecido es lo que ocurre con una película que aún permanece en nuestra cartelera. Por supuesto que no es un corto, sino un film de apenas 80 minutos de duración. Sucede que, tras ese metraje, a muchos nos queda el deseo de que la narración escenificada continuase, pues la historia queda cortada, frustrada e incompleta, tanto en los antecedentes, los hechos y, sobre todo, las consecuencias. Nos deja a los espectadores con las ganas de seguir disfrutando de un relajante y agradable argumento de realidades, en la sencillez de lo humano, condicionadas o atenazadas por un evidente y complicado pasado del protagonista.

Nos estamos refiriendo a DÍAS DE PESCA EN PATAGONIA (esta concreción geográfica fue añadida, para la publicidad desarrollada en España), de nacionalidad argentina, estrenada durante el otoño del 2012 en su país de origen y dirigida por CARLOS SORÍN (Buenos Aires, 1944). Es corta la filmografía de este profesional del cine. Destaca, en este estilo de narraciones “cortadas” otra de sus mejores cintas: HISTORIAS MÍNIMAS (2002).  La relajante música que acompaña a Días de Pesca está compuesta por el hijo del director, Nicolás Sorín. Fue premiada en el último festival de cine en San Sebastián, siendo así mismo Premio del Jurado, en el Festival de la Habana. Los malagueños  tienen la oportunidad de visionarla en el municipal Cine Albéniz, a muy escasos metros del rico entorno monumental en la Málaga más antigua.  


 SÍNTESIS ARGUMENTAL

MARCO Tucci (Alejandro Awada, Buenos Aires 1961), un viajante de comercio, actualmente de baja por enfermedad, a sus cincuenta y dos años de vida viaja a Puerto Deseado, al sur de la árida Patagonia. Junto al mar y la pesca, trata de recuperar su salud y estado anímico, tras una cura de desintoxicación del alcohol. Le han recomendado que se entregue a un hobby o afición, a fin de que su tiempo posea incentivos lúdicos y ambientales que le permitan ir superando esa desafortunada adicción, a fin de recuperar su mejor equilibrio personal. Además de intentar practicar la pesca del tiburón, abierta por estas fechas del estío, se afana en localizar a su única hija, ANA (Victoria Almeyda, La Plata 1984) casada con JOSÉ (Diego Caballero) con el que tiene un niño pequeño, y que ejerce de maestra. El esfuerzo de Marco por hablar con su hija Ana, a la que no ve desde hace años, da sus frutos en un frío reencuentro, después de haber estado conduciendo durante muchos kilómetros. Este profesional de la carretera vive separado de su mujer, a la que se intuye ha propinado malos tratos, actitud desequilibrada que su hija difícilmente puede perdonar. Marco se esfuerza por recuperar el diálogo y la amistad con Ana pero ésta le reprocha con dureza comportamientos pasados. Mientras tanto, cubre su tiempo haciendo footing por la playa, practicando el arte de la pesca y abriéndose a la amistad de OSCAR (Óscar Ayala) un ex boxeador que ahora actúa de mánager con jóvenes pupilos (en este momento, una bella pupila). Marco se ve obligado a acudir al hospital, ya que sufre una alteración cardiaca, que es superada. El acercamiento afectivo con Ana, esperanzado en un principio, tras la hospitalidad que ella le ofrece en su primer reencuentro desde hace años, se derrumba en la incomprensión. No se hace explícita una mejoría relacional en un desarrollo fílmico que finaliza, cuando el espectador anhelaría conocer mucho más de estos personajes que viven y sufren con sus realidades y recuerdos.

ASPECTOS INTERESANTES A COMENTAR

Nos encontramos ante una película muy adecuada para el análisis de caracteres y actitudes. Marco, un hombre de mirada angelical, sosegado, educado, afectivo y humilde, parece ser que ha tenido un pasado inestable y poco elogioso, lo que ha condicionado la soledad en la que se ve ahora sumido cuando vive su medio siglo de vida. Demuestra, en más de una ocasión, tener una gran fuerza de voluntad por no recaer en la debilidad del alcohol. Resulta especialmente interesante la cena que le ofrece su hija, junto a su yerno y nieto. En ella hay una atmósfera de diálogos vacíos, miradas ansiosas, gestos acomodados y esfuerzos baldíos por superar un pasado desafortunado y triste. Las canciones que entona Marco, las palabras amables dedicadas al pequeño, la simpleza de los diálogos, entrecortados por los recuerdos, con Ana, permiten que el clímax dramático o escénico alcance un alto nivel. Pero la soledad del protagonista es patética, especialmente ante los duros reproches que su propia hija le depara, acusándole de haber destruido la vida familiar en su adolescencia. Los demás personajes que se relacionan con la vida de Marco son actores no profesionales, los cuales aportan una naturalidad y proximidad encomiable para el espectador. Pero hay un elemento que subyace en los setenta y tantos minutos de metraje. La economía de medios, de palabras y de explicaciones. La carga de humanidad que destila la trama reconforta y estimula para la reflexión, aunque el interesado espectador se sigue preguntando acerca del por qué tuvo que finalizar la producción de la historia, en el momento en que se produce. La película está estructural y conceptualmente inacabada. La naturalidad interpretativa de los actores, escasamente conocidos fuera de su Argentina natal, se te hace cercana y atractiva. Marco podría ser ese vecino con el que convives en el bloque, desde hace no pocos años. Y ahora sabes un poco más de él. Aunque sin mayores alardes, esta película merece ser visionada por esa plástica de sencillez, verosimilitud y humanidad que destila, desde sus primeros “compases”.

ASÍ PUDO SER,
LA CONTINUACIÓN DE ESTA HISTORIA

Al igual que sucede en muchos microrrelatos, o en los cortos cinematográficos, el espectador o lector fílmico se siente tentado a imaginarse, a crear y prolongar, su propia historia, en traviesa connivencia con la imaginación y con  la racionalidad de los datos que el autor ha puesto en sus manos. ¿Por qué no prolongamos, un poco más, la densidad del relato?
Se aproxima la fecha de caducidad de la baja médica que se le ha establecido a Marco, en orden a su recuperación. Ejercicio diario, distracción con la pesca, algo también de lectura y, especialmente, mucha tranquilidad. Todo ello, con esa ayuda para el sosiego que facilita el contacto con la naturaleza. La fuerza de voluntad, ante la tentación por volver a beber, ha sido continua y ejemplar. La inminencia de tener que abandonar este lugar de vacaciones, para su salud física y espiritual, le mueve a hacer un nuevo intento de recuperar el diálogo con Ana. Una tarde, cuando ésta abandona el centro escolar donde trabaja, se encuentra con que su padre la está esperando junto a la puerta de salida. Marco le ruega sólo unos minutos, ya que quiere explicarle algo de su turbio pasado con el alcohol, las muchas horas en que tuvo que estar fuera de su hogar, viajando como transportista por media Argentina y una importante confidencia que sólo su ex mujer y él son partícipes de su conocimiento. Los breves minutos para compartir un café se extienden con generosidad entre dos personas que necesitan dialogar pero, sobre todo, explicar sus razones a fin de conseguir comprensión y proximidad. Por vez primera, entre un padre y su hija, se expresa el sentimiento de perdón, en las palabras de Marco.

“Sí, no supe estar a la altura de mi responsabilidad como padre y esposo. Tanto tiempo alejado de casa, a veces varias semanas viajando, me impidió ver como otra persona ocupaba mi puesto en la compañía y el cariño que la soledad de tu madre necesitaba. Me sentí sustituido… y todo por mi culpa. Por eso me refugié en la bebida, en la ruptura y el abandono, incluso conmigo mismo. Reconozco que no supe estar a la altura de las circunstancias. Todos sufrimos pero, de forma especial, tú, mi niña, en unos años de adolescencia tan importantes para una joven que se abre a la vida. Ahora también convivo con mi soledad pero…. es lo que me he buscado. Sólo deseo un poco de tu comprensión y, si algún día puedes, la generosidad de tu perdón”.

Ana, visiblemente emocionada, se despide con un beso de su padre. Lleva, junto a ella, ese perrito o peluche que canta moviendo las orejas, regalo de un padre para con su nieto. En el plano final de la película vemos a Marco conduciendo, camino der Buenos Aires, por un árido paisaje en el que ha desaparecido la frescura y el ensueño esperanzado del mar. En la radio del coche suena una cinta que canta “la bella figlia del amore”, melodía que bien conoce el conductor de un vehículo que vuelve para convivir con la realidad de su soledad y el recuerdo de sus errores. Pero se repite, una y otra vez, esa última frase, en palabras de Ana. “Papá, cuando lo necesites, cuando quieras estar con tu familia, mi casa tendrá siempre abiertas sus puertas para ti”.


José L. Casado Toro (viernes, 12 abril, 2013)
Profesor





viernes, 5 de abril de 2013

CITA, EN EL ATARDECER.



Han pasado ya dos años. O, tal vez, algo más. Y es que el tiempo parece que se escapa a toda clase de control, con esa velocidad acelerada que impresiona y arrasa. Ella y yo tuvimos una relación intensa, apasionada, durante un trozo sugestivo, muy importante, de nuestro caminar en la vida. Sin ataduras, ni papeleos. Sólo con la legalidad de la cariñosa fidelidad en la amistad. Y todo iba bien, con el dulce atractivo de lo mágico, hasta que dejamos de hallar esas palabras y sentimientos que sustentan el diálogo y el afecto. También, la necesidad. Todo acabó derrumbándose, para nuestro peor infortunio, cual lúdico castillo de naipes edificado con el aliento sensible al viento huracanado de la incomprensión. Y seguramente, por esa carencia insustituible de generosidad que debe prevalecer entre dos personas, que se dicen querer y amar.

Y, ahora, se me tornan nerviosos los minutos, pues la oportunidad de una llamada, tras meses y meses de silencio, haría posible que ella y yo volviéramos a intercambiar las miradas, los gestos y la semántica de las palabras. ¿Podremos recuperar algo de lo que tanto fue y ya sólo habita en la tenue permanencia de la ingravidez?

Efectivamente, esta mañana me decidí a marcar su número. Fue una decisión espontánea, que, en principio, consideré irreflexiva. ¿Traería algo de luz, o mantendría esa tiniebla de la incomprensión y el vacío? Con la incertidumbre de una respuesta que podía ser muy variada, tanto en la forma como en el fondo, emprendí la aventura. Y sin embargo, para mi sosiego, el breve diálogo, que hemos mantenido a través del móvil, ha resultado educadamente correcto. Y ese buen estilo, para tantos meses de incomprensión y silencio, resulta positivo y esperanzador, entre dos vidas que supieron vibrar con la proximidad del afecto. La cita ha quedado fijada para el atardecer de las siete, en la tranquila terraza de un chiringuito del Paseo Marítimo, cerca de la torre Mónica. Fue ahí, precisamente, donde nos dimos un frío adiós, tras una serie de reproches acompasados al fragor de las olas. Tal vez por eso, ella ha aceptado mi propuesta del lugar. Aquella fue una noche, también en verano, muy desalentada. La de esta tarde ha de tener, debe alcanzar, otro carácter. Otro significado. Al menos, intentaremos una recuperación de la amistad, en la esperanza de dos vidas.

Un tanto presa de los nervios, decidí serenar la tensión visionando una película hasta el momento puntual del reencuentro. Tuve la fortuna de elegir uno de de esos films que siempre hallan la suficiente empatía anímica por parte del espectador. Rodada en el año, 1939 por el inolvidable maestro John Ford (Maine, 1894 – California, 1973). La diligencia. Cine, del bueno.

Hoy la tarde se halla metida en calor, pero sin el agobio del terral. En esta segunda quincena de agosto los atardeceres, y especialmente el tiempo nocturno, se hacen más frescos que en el tórrido julio. Siempre he valorado la puntualidad. En esta oportunidad, quise anticiparme a la hora que habíamos fijado. Tal vez, por la insistencia del deseo, aunque, también, por delicadeza. Resulta siempre elegante, aguardar la llegada de una mujer. Aquel último sitio, junto a la esquina, donde separamos nuestras vidas, está ahora ocupado por una pareja de jóvenes que entrelazan amorosamente sus manos y miradas. ¿Y por qué va a ser en la terraza? Mejor en esas mesas que reposan directamente sobre la playa. Tal vez, si la tensión se descontrola, sea grato recuperar la serenidad pisando descalzo la arena. Un camarero, cordialmente solícito, atendió mi petición de un té para la espera.

Poco más de las siete. Silueta delgada, presa de la fragilidad, rítmica en sus pasos, con sus ojos azules y esa pícara mirada atrapada gozosamente en lo infantil. Más de dos años y percibo a Leo igual que aquella tarde desafortunada, que puso fin a nuestra relación. Compartimos la mejor formalidad en el saludo de que somos capaces y muy pronto un café bien cargado acompaña a mi taza, ya enfriada por la humedad marítima que difunden las olas. Permanecemos en silencio durante unos minutos. Intercambiamos miradas, el ropaje de la sonrisas y, otra vez, fijamos los ojos entre el cielo y el mar. Verdaderamente hoy es cuando estoy aprendiendo del fuerte valor comunicativo que encierran las letras mudas, no comunicadas. Esos silencios que saben hablar.

Al fin, dialogamos con las palabras. Saboreando esa lentitud intencional en las expresiones compartidas. Me confiesa que ya no sigue con Fredy, nuestro común amigo de pandilla, con el que gustó la aventura apasionada de mezclar nuestra íntima relación. También yo le sinceré que mi respuesta, alocada y banal, con Elsa, apenas duró unas semanas. Sirvió para algo de consuelo, pero….. apenas para algo más. Dicho así, parece que ambos hubiéramos emprendido un interesante cambio de parejas. Aquello fue…. el capricho, el despecho o, tal vez, la abulia púrpura del aburrimiento.

Pero ahora Leo se encuentra feliz. Ha recuperado lo mejor de sus valores. Comparte casa y proyectos con un compañero de departamento, algunos años más joven que ella. Me asegura que esta diferencia en el calendario no es ningún problema pues, en no pocos aspectos, ese chico es bastante maduro en la sensatez de su comportamiento para las respuestas diarias. En un determinado instante capto una brillantez maravillosa en sus pupilas. Y me atrevo, me lanzo a preguntarle “Estás en estado de buena esperanza, verdad?” Es curioso cómo nos conocemos, a pesar de la teatralidad de aquellos dos meses previos a nuestra separación. La verdad es que esas pocas semanas de génesis vital no han dejado aún señales perceptibles en su perfil. Pero, cómo no me iba yo a dar cuenta de ese ritmo especial en los latidos del cuerpo y, también, de ese misterio insondable al que llaman alma, en una persona que fue mi otro yo.

“Sí, Leo, ahora yo estoy “libre” aunque… siempre hay compañías, apoyos, antídotos contra la soledad. Pero bueno, relativamente bien. Llevando el día a día. ¿Para qué montar grandes y complicadas edificaciones, cuando todo es más simple y falaz en nuestras vidas? No, por supuesto que no te he olvidado. Creo… que nunca llegaré a conseguirlo (por primera vez, en la tarde, ambos nos reímos, con aparente sinceridad). Pero fue bonito, sencillo y difícil a la vez. Hubo ilusión, alegría, aventura y, en ocasiones, desesperación. Ni tu……. ni yo. Ambos teníamos la convicción de que aquello se podía, se iba a desplomar. Tal vez porque lo nuestro era una casa sostenida en pilares de cristal. Ahora, mi trabajo, la naturaleza, las aficiones que distraen la cruel longitud de los minutos. Y esa imposible esperanza de encontrar el complemento necesario a tantos huecos sin luz. Pero te aseguro que me ha hecho mucho bien este ratito que has querido regalarme”.


En realidad, Leo habló más bien poco. No es su costumbre esa cortedad expresiva, pero quiso ser amable, agradable, apenas con la presencia de su sonrisa. Jugó a trazar ese triángulo transparente entre su taza, ya enfriada, mis ojos y ese mar que, a mis espaldas, hablaba con ese sonido maravilloso del agua acariciando sobre la arena. Poco más teníamos ya que decirnos. Las páginas de nuestras vidas recorren caminos muy divergentes. Con otros horizontes y otras realidades. Probablemente, yo quería convencerme de que ella aún conservaba algo de cariño hacia mi persona. Seguro que ella percibía el vacío que su ausencia había lastrado en mi vida. Pero supimos comportarnos con la grandeza de dos viejos amigos, que han sabido recuperar esa amistad escrita con letras de molde, en las entrañas afectivas de nuestras memorias. Nos dimos otro beso para la despedida y atravesamos el local, desde la arena hasta la acera. No podría concretar los minutos que habían transcurrido desde nuestro reencuentro.

“No, no te preocupes. Tengo el coche aparcado a muy escasos metros. Prefiero caminar sola… unos minutos. Ya ves que no he cambiado mi número de móvil. Valoraré, mucho, que, cuando lo necesites, marques ese número. Yo sabré estar ahí para escuchar, para compartir, para… en lo posible, ayudar. No, la memoria no es armario que se pueda vaciar fácilmente en una tarde de limpieza. Los recuerdos, las risas, las lágrimas, nuestras vivencias no pasaron en balde. Están ahí y muy firmes. Afortunadamente. Gracias, gracias de verdad, por esta linda tarde. Ha sido   necesaria y hermosa.”

Y la vi alejarse, caminando, pausadamente, hacia lo que ahora era su vida. El cabello alargado, que se deja llevar por la brisa dorada, su delgada pero bien conformada silueta, sus pies casi descalzos, se fueron difuminando entre la neblina y la escasa iluminación del paseo. Ya en casa, no me apetecía tomar nada. Era más goloso saborear algunas de las mejores imágenes en la tarde. El ruido del trajín en la circulación de la calle, me distraía y acompañaba. También “hablaban” las televisiones vecinas, desde otras terrazas cercanas. Abandoné la barandilla, sobre la que contemplaba el alegre bullir de una noche de agosto. Gente, de aquí para allá, que dibujaban prisas, historias y destinos. Me acerqué al ordenador, al que liberé de su paciente letargo. Sin yo querer o, tal vez , con plena intencionalidad (o necesidad) pulsé, una vez más, esa canción que tantas veces había escuchado durante los últimos meses. Era Laura Pausini. “En ausencia de ti”.

José L. Casado Toro (viernes, 5 abril, 2013)
Profesor
jlcasadot@yahoo.es


Yo Como Un Árbol Desnudo Estoy Sin Ti
Mis Raíces Se Secarán
Abandonada Así
Me Hace Falta Que Tú Estés Aquí.
No Hay Una Cosa Que No Te Traiga A Mí
En Esta Casa, En La Oscuridad
Cae La Nieve Y Será Más Triste El Invierno Al Llegar Navidad.
Y Me Faltas, Amor Mío
Como Cuando Busco A Dios En El Vacio
En Ausencia De Ti
Quisiera Así, Decirte Que...
Tú Me Faltas, Amor Mio
El Dolor Es Fuerte, Como Un Desafio
En Ausencia De Ti, Yo No Sabré Vivir.
Porque De Ti Tu Alma Permanecerá
Y Tu Voz Volverá A Sonar
Cierro Los Ojos Y Aquí
En Mis Brazos Te Vuelvo A Sentir.
Y Vuelvo A Vernos A Nosotros Dos
Uno En El Otro, Sólo Un Corazón, En Cada Lágrima Tú Estarás
No Te Podré Olvidar Jamás
Y Me Faltas, Amor Mio
Cada Día Muero Un Poco Y Siento Frío
Quiero Ir Junto A Ti
Poder Así, Decirte Que...
Tú Me Faltas, Amor Mío
El Dolor Es Fuerte, Como Un Desafío
En Ausencia De Ti, Yo No Querré Vivir.
Tú Me Faltas, Amor Mío
Como Cuando Busco A Dios En El Vacio Necesito De Ti
Tenerte Junto A Mí, Porque...
Tú Me Faltas, Amor Mío
Tanto, Tanto Que Quisiera Irme Contigo En Ausencia De Ti, Yo No Querré Vivir.
Desde Que No Estás Aquí
No Quiero Ni Podré Vivir. Vivo En Ausencia
En Ausencia De Ti, Oh...