viernes, 16 de noviembre de 2012

EQUÍVOCOS Y RELATOS DESDE "LA CONCEPCIÓN".


Desde casi siempre, los grandes actores de la pantalla han gozado de ese otro duplicado personal, más o menos parecido o caracterizado, para rodar determinadas escenas de riesgo o de contenidos muy secundarios, en la realización escénica de una película. Se trata de personas anónimas que, físicamente o preparadas por manos expertas, se parecen al actor principal. Evitando los primeros planos y aplicando un hábil vestuario, peinado y maquillaje, intervienen en algunas fases del argumento para las que la nítida identificación del protagonista no es imprescindible. Pero, sobre todo, participan cuando hay escenas complicadas o puntualmente incómodas para la integridad física o equilibrio anímico del actor principal. Suelen ser actores secundarios, especialmente muy bien adiestrados y cualificados para representar acciones peligrosas que podrían dañar la seguridad personal de aquéllos que las llevan a efecto. Los nombres de estos actores “dobles” no llegan, en la mayoría de las ocasiones, al conocimiento del espectador. Permanecen bajo el anonimato injusto de la cartelera cuando, no pocas veces, su intervención en la trama ha sido más que necesaria. Fundamental, en suma. Han salvado ese inoportuno día de constipado, inseguridad o incapacidad del actor titular, para éstas u otras escenas, o fases de la misma, que conformarán el articulado conjunto narrativo del film.

En la vida cotidiana, también repleta de referentes cinematográficos, no faltan esos anónimos (para nuestro conocimiento) “dobles”. Seguro que en más de una ocasión hemos sido partícipes de la misma escena. Se te acerca un hombre o mujer, para ti totalmente desconocido, hablándote con la familiaridad del conocimiento hasta que, analizando tu mímica expresión dubitativa, caen en la cuenta de que te han confundido con otra persona. De inmediato reaccionan con la consabida pregunta. Pero ¿tú no eres…..? con las disculpas subsiguiente, entre nervios y sonrisas. Amablemente le quitas hierro al asunto, respondiéndoles “No, no te preocupes, me ha/has debido de confundir con otra persona”. Con el tuteo o el usted, dependiendo del contexto y las características en el trato aplicado por tu equivocado interlocutor. En otras ocasiones, juegan al acertijo con respecto a tu profesión. “Vd. es policía ¿verdad?” “Vd. es sacerdote ¿no es cierto?” Y así un panel multicolor de actividades con las que se te vincula influyendo, previsiblemente, la forma de comportarte  o algún que otro detalle, inesperado o casual, desde tu proceder. Y esto fue lo que ocurrió en aquella ocasión, bajo el prisma de la simple anécdota o la hábil intencionalidad.

Fue en una tarde iluminada, con esa alegría que usualmente sabe generar la Primavera. Pensé que el día animaba a dar un grato paseo por esa joya vegetal que tenemos en el Botánico de la Concepción. Un inmenso jardín, pleno vitalmente de naturaleza e historia, situado entre el embalse del Limonero (o limosnero) y esas Pedrizas que nos motiva a la comunicación con las provincias hermanas. Se trata éste, sin duda, de un inteligente destino para dialogar con los silencios plásticos que aprecian nuestros sentidos, la brisa que balancea la serenidad de las hojas y un sol paternal que se asoma entre la malla arbórea que genera la tierra. Bolsa al hombro, con el necesario botellín del agua, un librito para soñar e imaginar y no faltaban unos apuntes, ya que siempre hay algo importante para ese repaso o estudio pendiente. Por la zona más elevada, denominada ruta forestal, me cruzo con una señora que caminaba lentamente con un libro en la mano. Edad intermedia y apariencia inequívoca de trabajar en las aulas. Ese carisma docente lo reconocemos, al aire, aquellos que también hemos participado, gozosamente, de la profesión. Se me queda observando y, tras el saludo correspondiente, me hace educadamente una pregunta.

“Perdone, Vd. es crítico literario ¿verdad? Le he reconocido, ya que estuvo en la presentación de mi libro que se hizo, el mes pasado, en la sección cultural de los Grandes Almacenes. Me quedé con su rostro, pues le vi tomando continuamente notas sobre la intervención que realicé y en el posterior debate que se llevó a cabo. Se han publicado algunas crónicas sobre este libro de relatos, ambientadas en este marco incomparable, afortunadamente muy elogiosas. Posiblemente  Vd. sea el autor de una de estas reseñas publicadas en la prensa, hecho que profundamente agradezco y valoro”.

Como no es la primera vez en que se me confunde con otra persona, y dado lo apacible de la tarde, cambié la consabida explicación acerca del error que está sufriendo mi interlocutor. Según esta señora, un analista literario de la prensa malagueña debe poseer unos rasgos físicos parecidos a los que me identifican como ciudadano. Si ella me ubicó en la profesión de periodista, quise seguir un poco el juego del equívoco y por unos minutos “suplanté” a ese desconocido, para mí, profesional de la prensa. Me quedé observándola, con una amplia sonrisa. Tras unos segundos de silencio, comencé a hablarle con gran delicadeza, sin sacarla, de momento, de su error.

“Encantado de saludarla, Señora. Es evidente que el libro al que hace alusión es el que lleva, ahora, en su mano. Estoy recordando su título. Relatos en el Jardín Botánico, o algo así “verdad?. Hay una pregunta que me agradaría plantearle. Las historias o relatos que Vd. ambienta en estos jardines ¿pertenecen, en su totalidad, al género de la ficción o, por el contrario, hay en todas o algunas de las mismos un fundamento de verosimilitud? Es decir, esos personajes y esas historias ¿tuvieron realmente protagonismo en estos bellos parajes?

Percibo en esta escritora un indisimulable entusiasmo, por la atención protagonista que le estoy deparando. Tal es así, que me invita a sentarnos en uno de esos toscos, pero muy bellos, bancos de madera, hechos con troncos de árboles, que jalonan los bordes de nuestro camino por la zona tropical. Debo reiterar que todavía no me he identificado con mi verdadera profesión. Me limito a escucharla, con toda la atención de que soy capaz. Cuando comienza a explicarme alguna de esas historias, asegurándome que, casi todas ellas, tienen un fundamento histórico, vinculado a los propietarios de este gran jardín desde el siglo XIX, leo en la portada del pequeño volumen el nombre de su autora. Evelyn, ese es su nombre, me va detallando el proceso investigativo que tuvo que afrontar a fin de conseguir una buena documentación informativa que sustentara el contenido de los ocho capítulos que constituyen el volumen. Pasan los minutos y su entusiasmo va “in crescendo”. Alude al modesto apoyo que ha recibido del Patronato Botánico Municipal para la edición e incluso las librerías donde se puede adquirir a un precio bastante razonable. Intercalo algunas breves preguntas, pero es mi creativa escritora la que controla el protagonismo de la conversación. Todo ello en una tarde muy cálida, con esa acústica indefinible de los silencios que saben gozar y escuchar sólo aquellos que aman la naturaleza.

En un momento determinado de su casi monólogo, ralentiza el ritmo de su exposición y, tras unas alusiones intrascendentes, me dice abiertamente lo que tiene en mente. “Vd. no es el periodista al que yo me referí en un principio ¿verdad?” Le respondo, modulando muy bien los compases rítmicos de mi respuesta: “Yo creo, Evelyn, que Vd. desde un principio, sabía que yo no era el periodista con el que ha tratado de identificarme. He querido seguir un poco su juego por dos motivos. Básicamente, porque ya me ha ocurrido algo parecido en otras ocasiones y quería acercarme a uno de esos “dobles” que todos tenemos por la vida. Y, también, porque desde el principio la he visto tan ilusionada, con esa ansiedad o necesidad de comunicación, que me resultaba simpático colaborar en la escenificación.

“Efectivamente, soy la autora del libro. He dedicado mucho tiempo, toda una vida, a su elaboración. Todo ese esfuerzo me ha pasado factura, con fases depresivas un tanto amargas, que aún hoy exigen tratamiento médico. El coste de su publicación ha recaído, mayoritariamente, en mi bolsillo, aunque algo ha colaborado el Patronato Botánico Municipal. Ahora me esfuerzo en darlo a conocer, a intentar que se venda….. por eso algunos días abordo a los visitantes de este Jardín, utilizando los más variados motivos, con la esperanza que se conozca y, por supuesto, se compre y lea”.

Ninguno de los dos habíamos actuado desde el plano de la sinceridad. Decidí invitarla a un refresco, en el pequeño bar del Botánico. En realidad tomamos un té caliente que, a pesar de la templanza de la tarde, nos supo a gloria. Estaba en lo cierto. Evelyn es una Profesora, jubilada anticipadamente por motivos de salud. Sus alternancias anímicas son más que frecuentes. Me confiesa, en el fragor de la conversación, que vive con su madre, ya muy mayor y que, para ella, el oficio de escribir es una verdadera pasión que revitaliza y enriquece lo grisáceo de su existencia. Nos intercambiamos nuestras direcciones electrónicas y nos prometemos continuar la curiosa comunicación que esta tarde hemos iniciado.

Mientras conducía el vehículo, camino de vuelta a casa, iba reflexionando acerca de la soledad, explícita o muy íntima, que no pocas personas sobrellevan. Pero, sobre todo, en todos esos “dobles” que duplican nuestra vida e imagen, en un escenario teatral habilitado para cientos de miles de personajes. Por cierto, la inteligente estratagema de Evelyn había dado resultado. En la tarde siguiente a nuestro encuentro, pasé por una librería, sita en la Alameda principal, y compré su libro. Cuando se lo comenté, me respondió en su correo que me lo quería dedicar. Nos vimos unos días después y escribió la siguiente frase: “Dedicado a mi buen amigo….. que tan bien supo ejercer de periodista, durante aquella cálida tarde en el Jardín Botánico”.-



José L. Casado Toro (viernes 16 Noviembre, 2012)
Profesor

jueves, 8 de noviembre de 2012

UN PROFESOR, ANTE LA REALIDAD SOCIAL Y FAMILIAR.


Está lloviendo ahí afuera, tras el cristal de nuestras ventanas. Las estaciones equinocciales son meteorológicamente propicias a incrementar aquellas precipitaciones que nos regalan las nubes. Muchas personas ven, en esas gotas de lluvia, no sólo agua que humedece el asfalto. Metafóricamente, aprecian en ellas otras formas y señales que genera creativamente nuestra imaginación. Pueden ser también perlas de aliento, para la sed de la tierra, o lágrimas, para la soledad en la vida. Ésta última percepción es uno de los mensajes que nos transmite la última obra cinematográfica del director inglés Tony Kaye (Londres, 1952) con su película EL PROFESOR (Detachment) USA 2011, 97 minutos, y que acaba de llegar a nuestras pantallas. Porque, además de estar centrada argumentalmente en el mundo profesional de la educación, sabe hablarnos, con unas imágenes crudamente desalentadoras, de muchas vidas abandonadas en ese mar de lágrimas de la falta o carencia de amor. No, no es una historia más de un profesor con sus alumnos, tantas veces llevada al cine (Profesor Lazhar; La clase; El club de los poetas muertos; Adiós Mr. Chips; La lengua de las mariposas, etc). Su contenido trasciende las paredes del recinto educativo para llevarnos al clímax básico de la orfandad o degradación de la categoría familiar. ¿Cómo conectar con una juventud apática, desorientada, violenta, abandonada y rebelde, desde una responsabilidad profesional que no puede ocultar una privacidad personal también vapuleada afectivamente desde los años de infancia?

ACERCA DE LA TRAMA ARGUMENTAL.
La cinta (seguimos utilizando este apelativo por mera añoranza. Los rollos de celuloide se han transformado, ante la magia de la tecnología, en pistas densificadas de gigas, mientras las máquinas de cine son hoy pequeños, pero versátiles, discos duros llevados a la pantalla por unos poderosos cañones de video-proyección) narra la vida de un profesor de literatura, Henry Bathes (Adrien Brody, N. York, 1973) que va a trabajar, durante unas semanas, en un instituto público de los Estados Unidos. Nuestro personaje va transitando por distintos centros a fin de sustituir temporalmente a compañeros ausentes de sus aulas, sin encontrar, a causa de ello, la necesaria estabilidad profesional. En este momento, le corresponde trabajar en un centro educativo donde abundan adolescentes en la frontera de la marginalidad, con graves problemas de motivación e integración para el aprendizaje. Desde el primer día, en su nuevo puesto docente, trata de ir reconduciendo el lenguaje, las actitudes y los comportamientos violentos de estos jóvenes por el camino del autocontrol y la racionalidad, aplicando una metodología equilibrada entre la firmeza y la paciencia. Va logrando empatizar y conectar con la soledad afectiva de esos alumnos difíciles que reflejan, de manera patética, la ausencia de un sosiego básico en la estabilidad familiar. Pero esa crisis afectiva no sólo está visualizada en la vida íntima de los alumnos. También se hace explícita en la privacidad de algunos de los compañeros de Henry y en su propia persona, a través de una lucha continua entre la dificultad para educar y enseñar a sus alumnos y la problemática personal que les condiciona e inestabiliza. Y, en medio de todo ello, una Administración desacertada que navega sin norte por un mar rutinario y vacío en la búsqueda estética y egoísta de resultados y apariencias.

LA SALVACIÓN DE ERIKA.
Esta niña, con cuerpo de mujer, es una prostituta callejera, menor de edad (Sami Gayle. USA. 1996. Tenía quince años cuando rodó la película) que es ayudada por Henry para salir del cenagal sin esperanza en que se haya sumida, ante la absoluta orfandad familiar. Su imagen y patética realidad nos recuerda a Iris (Jodie Forter) otra prostituta infantil de 13 años, en la cinta de Martin Scorsese, Taxi Driver, 1976, a quien Travis Bickle (Robert De Niro) también trata de salvar del degradado mundo en que se haya atrapada. Henry se esfuerza en darle pautas educativas que le ayuden en la recuperación de su autoestima como si fuera una alumna más pero, en este caso, fuera de las paredes o aulas escolares. Erika ve en su protector no solo ese hogar, alimento y seguridad del que carece, sino el único camino para hallar sentido a una vida que la conducía irremediablemente a la autodestrucción como persona. Cuando Henry la visita en su nuevo hogar de acogida, se abraza a un padre que nunca tuvo viendo en su amigo profesor esa luz que le ha ayudado a salir del abismo. Representa una de las grandes y significativas protagonistas de la película.

LA REBELDÍA DESESPERADA DE MEREDITH.  
Es una alumna en su grupo escolar (Betty Kaye, hija del propio director de este film) que soporta, en el día a día, graves problemas de sobrepeso, bulimia y falta de integración social. Sufre el trato despectivo y cruel de sus compañeros de clase, junto a la carencia de apoyo afectivo en su propia familia. Se refugia compulsivamente en el arte de la fotografía y en el placer ansioso de ingerir comida. Cree encontrar en su profesor la comprensión y la ayuda necesaria para avanzar en la búsqueda de esa autoestima perdida. Pero no puede comprender que Henry se halla, así mismo, atrapado entre una historia personal que le determina y limita y las complejas obligaciones profesionales que van superando, inevitablemente, su propia capacidad. Se siente una vez más relegada en un microespacio que la aturde y desalienta. Solo concibe un camino para su ansiedad,  el de la autodestrucción. Asistimos a una escena plásticamente terrible, para el absurdo erial de la desesperanza.  

EL ABUELO SE DESPIDE DE UN MUNDO CONVULSO.
Henry Bathes, el protagonista principal de la trama, ha tenido una infancia desgraciada que ha marcado bastantes elementos psicológicos en su personalidad. Ha visto morir a su propia madre, víctima de los barbitúricos, imagen que fluye en su recuerdo para condicionarle en el resto de su existencia.  En este momento, también asume la ayuda a ese único y último vínculo familiar que le queda, representado en la persona de un abuelo, el cual vive la etapa final de su vida en una residencia privada, sufragada por ese nieto al que siempre protegió como un padre. Al igual que con sus críticos alumnos, ha de mostrar equilibrio y autocontrol cuando visita periódicamente a un hombre ya anciano que alterna fases de falta de lucidez con otras, en que describe y comprende perfectamente la personalidad atormentada de la única familia que tiene.

LA SOLEDAD COMPARTIDA, EN LOS COMPAÑEROS DE CLAUSTRO.
En distintos momentos de la trama son intercaladas vivencias protagonizadas por otros profesores del Instituto. Sirven para entender los conflictos que todos ellos sufren, en mayor o menor grado, dentro de sus propias familias y cómo se esfuerzan en superar esas precarias raíces anímicas ante sus ineludibles obligaciones escolares. Una directora que ha entregado gran parte de su vida por sacar adelante la dirección de un centro conflictivo y a la que, en este momento, la Administración trata de sustituir porque no se acomoda a sus intereses de imagen. Ese otro compañero que cuando llega a casa encuentra el vacío y la soledad más absoluta en una mujer que huye de la realidad dejándose llevar por la “droga” televisiva. Mr Charles Seaboldt (James Caan, Nueva York, 1940) un veterano profesor que echa manos de la experiencia y recursos pocos ortodoxos a fin de afrontar una situación educativa, muy complicada y difícil de sobrellevar. En definitiva, educadores que son utilizados como cortafuegos por una Administración que les sitúa en primera línea de las trincheras, frente a una sociedad que irresponsablemente les niega el apoyo,  aún confiándoles a unos hijos  abandonados de la necesaria estabilidad y calor familiar.

UN INTERESANTE TRABAJO DE AUTOR, PARA NUESTRA REFLEXIÓN.
Nos hallamos ante una película que rezuma imágenes de gran crudeza, incómodas y desalentadoras, pero con el valor incuestionable de la credibilidad. Escenas teñidas de crispación, tanto en lo explícito de la visualización (ese adolescente que golpea sin piedad a un gato hasta la muerte, por sentirse sólo y asqueado  de la vida, con apenas quince años de edad) como en el certero  trazado psicológico de caracteres. Pero esa dureza plástica y conceptual se ve contrastada con el esfuerzo y la lucha que, en determinados momentos llevan a cabo unos seres desafectos con un mundo que cada vez les ofrece menos fundamentos para la esperanza y la compensación, en sus desafortunadas y grises existencias. El esfuerzo que aplica Henry por salvar de la inmundicia a la joven Erika es verdaderamente encomiable. De todas formas, todo el discurso cinematográfico tiene un principal y focalizado destino para la reflexión. El dedo acusador hacia una sociedad también desafecta (es el título original de la película) con sus propias responsabilidades ante los más jóvenes.

Aquellos que hemos estado o están al frente de las aulas, sea cuales sean los niveles o grados en los procesos de formación, sabemos que detrás de esas rebeldías, de ese “pasotismo” y desintereses, de esos conflictos interpersonales, de todas esas violencias físicas y psicológicas en los jóvenes que pueblan las aulas, hay siempre un origen. Su nombre atiende al de sociedad, enferma y sin norte. Sus apellidos son los de tantas y tantas familias que navegan en la inconsciencia. Verdaderamente es un triste sarcasmo que la institución familiar renuncie a su responsabilidad educativa, delegando y exigiendo que sean otros los que durante seis horas diarias, de lunes a viernes, formen, instruyan y eduquen a esos hijos que ellos tienen abandonados. Por incapacidad, por egoísmo o por necedad. Todo profesor tutor, entregado a una admirable misión formativa sabe muy bien que, a poco que profundice en el trasfondo familiar de un alumno conflictivo, aparecen numerosas razones, ajenas a los colegios e institutos, que explican respuestas, fracasos y violencias en unas personas que están en las edades más importantes de su evolución como personas. El visionado de esta película es una excelente oportunidad para que padres y madres, los profesores, la propia sociedad en su conjunto, entienda y asuma las responsabilidades que todos hemos de tener con una juventud que, a muy corto plazo, habrá de tomar el protagonismo para ese destino que libremente hayan querido trazar. Una Administración que posterga la prioridad de la salud y la dinamización económica en sus ciudadanos es una institución equivocada e inservible. Pero, sobre todo, si limita o degrada el valor de la educación en los jóvenes, está dañando gravísimamente el destino de esa sociedad a la que, supuestamente, dice servir y representar.-

José L. Casado Toro (viernes 9 Noviembre, 2012)
Profesor
jlcasadot@yahoo.es

viernes, 2 de noviembre de 2012

SORPRESA Y VERDAD, DESDE UN PATIO DE BUTACAS.


Función única, programada para las ocho de la tarde. Tras el cambio de horario, cuando nos visita la Primavera, parece que los días se van alargando para su mejor experiencia y disfrute por parte de todos. Es un jueves cualquiera de abril, allá en la capital madrileña. Hay mucha gente en la calle. Todos parecen disfrutar esa mejoría del  tiempo que invita a pasear o a compartir unas cervezas con los amigos, sin que falte el insustituible y suculento tapeo. La obra en cartel “Cena para dos, en la intimidad de las palabras” no ha congregado, hoy, a muchos espectadores en este recoleto teatro, ubicado en una de las vías transversales que miran a la popular y cosmopolita Gran Vía. Apetece más estar en la calle, compartiendo ese regalo estacional dadivoso para los caracteres sensibles. Pero, aquella tarde-noche, me sentí motivado a ver la representación, pues la reseña crítica que ofrecía El País era bastante favorable, tanto por la narrativa que ofrece como por una cuidadosa puesta en escena, precisamente en un pequeño teatro cuyo aforo permite sólo la asistencia de 148 espectadores.

Con una respetuosa y británica puntualidad, comienza la representación. Dos únicos y famosos actores (veteranos del cine y la televisión) sobre el escenario, frente a un público atento que no supera, en ocupación, el cuarenta por ciento de las no muy cómodas butacas disponibles. Entre los asistentes, predominan las personas mayores, aunque hay también un pequeño grupo de jóvenes, con apariencia de estudiantes universitarios. Todos los días se ofertan entradas, vía on- line, para esta obra, desde Atrápalo, con una interesante rebaja económica (aproximadamente un 30 % de descuento) aunque el coste de una localidad en taquilla no es excesivo si tenemos en cuenta el precio usual de otras obras, en la generalidad de los teatros madrileños. Luces sobre el escenario, donde un matrimonio  se dispone a cenar en la acogedora habitación de su hogar, muy bien decorada en todos los detalles que enriquecen el mobiliario. Pronto conocemos que Norman y Laura van para la cuarta década de su matrimonio. Comentan intrascendentes detalles sobre sus tres hijas, que ya han formado sus propias familias. Ciertamente, el director de la obra, un habilidoso artesano en el arte de escribir, nos va dibujando las actitudes y caracteres de estos dos personajes, cuyas vidas se han ido acomodando a esa rutina de las palabras dormidas o vacías, que padecen la carencia de color o el vigor en su significado. Presiento que vamos a estar frente a una comedia y drama, a la vez, en la que va a reinar, por la atmósfera viciada de los protagonistas, una lucha o juego de naturalezas heridas, en la sinrazón o necedad de los tiempos insinceros.

Tras un denso bregar, en un día anormalmente caluroso, ahora me siento muy a gusto y receptivo frente a una obra que me permite compartir y analizar interesantes, pero complicadas, vivencias ajenas. Poco a poco, los dos únicos  protagonistas van desnudando, con una sinceridad que ya tenían olvidada en los moldes caprichosos del calendario, la intimidad o privacidad de sus conciencias. Tomo un sorbo de agua, de esa mágica “fuente” azulada que usualmente me acompaña, con la que procuro evitar los incómodos golpes de tos que perjudican la acústica general y comprensión de mis compañeros de asiento. Desde el control técnico de la sala se articula, con manifiesta habilidad y oportunidad, un juego cambiante en la tonalidad de las luces, acompasada al ritmo narrativo de una dialéctica que dibuja simas y crestas en los sentimientos enfrentados.  

Llevábamos poco más de media hora en la representación cuando, de manera inesperada, escucho la voz de una mujer que grita desde el fondo de la sala. En medio del murmullo general, acierto a entender los insultos que está profiriendo. En poco segundos pasa junto a mi fila, dirigiéndose con unas pisadas firmes hacia el escenario. No sólo yo sino, prácticamente, la mayoría de los espectadores pensamos lo mismo acerca de aquel estrépito. Sería un personaje más de la obra que irrumpía, inesperadamente, en escena caminando desde el propio patio de butacas. Incluso tuve el gesto reflejo de fijarme en el prospecto que me habían entregado al sacar la entrada. Sin embargo, sólo eran dos los personajes intervinientes en la obra. Sumido en la confusión, veo que la chica trata de subirse al entarimado del escenario, con dificultad, pues no hay escalones que permitan el acceso a este espacio desde la zona de butacas. Los dos actores han parado de inmediato su representación. Un miembro de seguridad corre por el pasillo y alcanza con presteza el cuerpo de la joven. Ésta debe tener entre los veinticinco y treinta años de edad. Muy delgada, de mediana estatura, morena, con gafas deportivas y el cabello bastante cortito, como el de una deportista de la natación. El vigilante trata de tirar de la chica que sigue con sus insultos, inequívocamente dirigidos hacia Norman pero, ante una señal de éste, le permite que suba finalmente a escena. “Di lo que tengas que decir y vete. Estás interrumpiendo nuestro trabajo y perjudicando a todas estas personas que han pagado el precio de su localidad”. Evidentemente, Alberto y la chica se conocen. La frialdad del protagonista de la obra, en estos convulsos momentos, resulta sencillamente impresionante. “Anda Tolly, siéntate y toma un poco de agua”. Los asistentes a la obra nos miramos una y otra vez. No tenemos certeza de si estamos ante la realidad o sumidos en la narrativa de la ficción. La joven comienza a llorar amargamente, mientras Laura, aún con la cara un tanto desencajada por la sorpresa, trata de consolarla, pasándole la mano sobre sus hombros, a modo de caricia. Ya más calmada, esta jovencita comienza un monólogo entrecortado, clavando sus ojos en un Alberto al que se ve, por momentos, cada vez más apesadumbrado.

“Has destruido mi vida. Yo era una chica alegre y trabajadora. Pero tú, con esa soberbia y falsedad que tan bien sabes componer, has ido degradando mi carácter, hasta hacerme sentir sólo como un juguete u objeto de tus deseos. Más de un año hace que nos conocimos y pronto me embaucaste con todas tus mentiras y lisonjas. Yo era simplemente el cálido hogar para el desahogo de tu sensualidad. Esa “querida” aplicada y deseada, que no molesta pero que sirve para gratificar la vulgaridad de una vida sin norte, aquella que preside tu existencia. Sí, me has estado engañando y manteniendo al tiempo, con promesas de estabilidad que nunca, nunca pensabas llevar a cabo. Tu mujer y tus hijos eran engañados mientras te refugiabas en el calor y tersura de mi ser. ¡Qué bien actuabas, ante nuestra relación! En realidad no te resultaba difícil pues yo era, en realidad, un personaje más de todos esos que te acompañan en las tardes de función. Yo significaba sólo eso, un desahogo fresco y vital para la monotonía y bajeza de tus pasiones. Dejé los estudios, porque tenía que seguirte en las giras. Me has anulado como persona. Solo he sido y soy un objeto placentero para tus necesidades. Y cuando la semana pasada te confesé un cambio maravilloso que podía reconducir nuestra, cada vez más triste, situación, reaccionaste con esa ira que llevas bien disimulada en tu ego, poniéndome en la terrible tesitura: elimínalo o apártate de mi vida. Pero aquí estoy ante tu público, para denunciar la bajeza y pobreza de tu persona”.

Tolly se rompe de nuevo por un mar de lágrimas, en medio de un silencio absoluto por parte de todos los presentes. No se escucharía ni el vuelo indeterminado de una mosca cruzando por los aires. El semblante del actor se muestra, tercamente, inexpresivo.

Al fin la chica se levanta de la silla y, ayudada por el guarda de seguridad, baja del escenario. Con paso intencionalmente lento y la mirada fijada en la moqueta que la conduce hasta la puerta de salida, abandona el pequeño teatro. Algunos de los espectadores, también lo hacen, sin esperar a la finalización de la representación. Es ahora Norman quien se dirige al público, tras regalarnos una forzada sonrisa, con estas palabras: “Perdonen Vds, de corazón, la interrupción de la representación. La comedia, el drama, la vida, ha a continuar. El teatro…. ha de seguir”. Y con una frialdad, muy profesionalizada, actor y actriz reanudan las vivencias y confidencias de ese matrimonio adulto que, esta noche, quiere mirar de cara la realidad de sus conciencias. A la finalización de la obra, Alberto y Laura se inclinan respetuosamente ante los espectadores que aún permanecíamos en la sala. Hubo un acuerdo tácito, no negociado, entre nosotros. No se generó aplauso alguno desde el patio de butacas. El silencio, como acusación anímica, fue incómodamente sobrecogedor.

Ya, de vuelta al hotel, reflexionaba acerca de esta insólita experiencia que había tenido la oportunidad de compartir. En realidad, los privilegiados asistentes al espectáculo habíamos presenciado dos obras, aunque en taquilla sólo habíamos abonado el precio de una. Entre ambas representaciones, pienso que la mayoría de los espectadores elegiríamos los valores, descarnadamente humanos, de la segunda sobre la ficción creativa del título publicitado en cartel. Con el paso del tiempo, aún me pregunto qué habrá sido de la, sin duda, joven y linda mamá de ese crío o cría que va a dar un nuevo sentido a su discurrir en la vida. Desde luego, siempre admiraré la fuerza de su valentía para llevar al teatro la realidad de su historia. Como las olas que susurran y adornan la playa. Como esa suave brisa que acaricia, con ternura, la esbeltez de las hojas.-


José L. Casado Toro (viernes 2, Noviembre, 2012)
Profesor