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viernes, 19 de octubre de 2012

LA DINÁMICA Y MÁGICA OPERATIVIDAD DE LO ESCÉNICO.


Estaba recordando aquella simpática conversación que mantenía un cualificado profesional de la banca, ante un grupo de amigos y compañeros, tras una densa reunión de trabajo en la tarde. En la familiaridad de ese necesario tiempo, quinta o sexta hora, para tomar un café o  té, hermanado a ese par de pastas “que, por supuesto, no engordan”, nuestro elegante y comunicativo director regional se lamentaba, con una convincente sinceridad y paciencia, de la maniática actitud que llevaba a cabo su joven esposa, con respecto a la decoración del amplio piso donde residían. Venía a contarnos, este buen hombre que, dado el generoso tiempo libre de que disponía su señora, sin hijos a los que cuidar y educar, junto a la carencia de un trabajo regular que desarrollar, pues que centraba su distracción y esfuerzo no sólo en el cambio frecuente de mobiliario (por más que éste estuviera en buen uso) sino que también se entretenía en modificar la estructura organizativa de las habitaciones que constituían aquella bien situada vivienda, en la planimetría noble de la ciudad.

Efectivamente, a Lucy se le había despertado la ilusión, desde casi recién casada, por renovar, cambiar y redecorar cada uno de los rincones que constituían su preciosa vivienda. Espacio dotado de muchos metros cuadrados para el disfrute de tan escasos inquilinos. Tal era el tiempo libre de que disponía (junto a una suculenta tarjeta bancaria) que, con una frecuencia exagerada, lindando en lo convulsivo o patológico, se iba a las tiendas de muebles, electrodomésticos y objetos decorativos para el hogar, encargando la sustitución del mobiliario de las diferentes y amplias habitaciones con que contaba su piso. Los elementos modulares, su ubicación y los colores de las habitaciones eran  renovados con tan exagerada frecuencia que, no pocas veces, su marido padecía la sensación o suplicio de estar permanentemente trasladándose de vivienda, aunque la dirección postal de su domicilio no lo hacía. Los datos de identificación siempre eran los mismos, para los dos únicos propietarios que la habitaban: sólo él y su mujer. Comentaba, entre la exageración de la broma, que una noche, sintiéndose mal por una glotona digestión, trató de llegar con presteza a uno de sus cuartos de baño, perdiéndose por entre la oscuridad blanqueada de los rayos de luna. Llegó a dudar, con ese entresueño de las primeras horas,  si estaba en su casa o en uno de esos hoteles de diseño donde puedes darte el tropezón si no tienes la precaución de pulsar a tiempo el interruptor de la luz. Juan Fernando tuvo la delicadeza de obviar si alcanzó, a tiempo necesario, el inodoro correspondiente para su más que perentoria o urgente necesidad fisiológica. 
 
Pero no arrojemos a la “infantil” Lucy (francamente, una escultural mujer, parece que salida de una máquina de diseño para la belleza) a la pira inmisericorde del criticismo. En realidad, lo que ella deseaba, era evitar la monótona visión de ver y compartir, un día tras otro, el mismo panorama, desde los traviesos iris que centraban sus lindos ojos color turquesa. No sabemos, con certeza, si también incluía entre esas visiones rutinarias e insoportables, la impactante realidad corporal e intelectual del que era su cónyuge. Sencillamente, le aburría o hastiaba ver todos los días la plástica de ese cuadro hogareño, idéntico al de ayer y también al que amanecerá mañana. Cuando cambiaba los muebles o las tapicerías de los mullidos tresillos en el salón, sentía y agradecía la renovación visual de su casa. Y así ocurría con la cocina, los dormitorios (tenían dos preparados, para familiares o amistades a las que atender) e incluso ese espacio habilitado para lavar y secar la ropa, cuyos artilugios mecánicos ella nunca había intentado manejar. Para esa dura e “ingrata” labor, en lo literal de sus palabras, estaba encargada una de las dos asistentas o empleadas de hogar, contratadas a tiempo parcial por su solícito esposo. Por cierto, el actualizado muestrario de Porcerlanosa era bibliografía de consulta preferente para el atrezo acogedor de los cambiantes cuartos de baño y solerías. Era una edición de lujo, para clientes V.I.P. que ocupaba lugar preferente, en el mueble biblioteca por elementos del salón (en este momento, decorado con una tenue o suave tonalidad fucsia) junto a las obras completas de Dostoyevsky, Fyodor. Del prolífico y gran escritor ruso eran los seis tomos, guarnecidos y encuadernados en piel labrada con letras doradas, que los dueños de la casa nunca habían tenido la valiente intención u osadía de abrir (y menos de leer). Había sido el regalo de boda de un primo de Juan, profesor titular de literatura, ya por su segundo divorcio, caracterizado por no disimular sus comportamientos histriónicos para el desequilibrio. 

En realidad todos tenemos un poco de esa psicología abierta hacia el cambio que, en Lucy, alcanzaba niveles extremos para la inconsciencia. Como el mobiliario de nuestras viviendas suele poseer la magnitud de la permanencia en el tiempo, solemos buscar otros acomodos para llevar a cabo funciones, intelectuales o lúdicas que, con los cambios escénicos, adquieren nuevas dimensiones para incentivar nuestro espíritu. No, no piensen en actividades que siembren de ilusión el panorama, idealizado o material, de la privacidad onírica o sensual. Simplemente me estoy refiriendo a sencillas actividades que, con el cambio de marco, pueden resultar más confortables, sugerentes o agradables para su realización, por la motivación ambiental que añade la nueva decoración a nuestro estado ánimico. Veamos algunos ejemplos, para la mejor clarificación de este planteamiento.

Estudiar o leer siempre en el mismo lugar, a pesar de las cualificadas y sesudas opiniones procedentes del ámbito de la psicología, puede resultar atrozmente monótono para muchas personas. Repetir, una y otra vez, la hermandad de ese microespacio que acompaña la concentración al estudio, desincentiva y aburre. Es interesante cambiar de ubicación en la biblioteca pública. O en otro lugar adaptado para ese fin, dentro de tu propio domicilio. Y ¿por qué no hacerlo, cuando el tiempo meteorológico acompaña, en un entorno agradable, sea un parque, una plaza, o cobijado bajo un árbol en plena naturaleza? Sea el estudio de un tema escolar, la lectura del último libro que tenemos la ilusión de leer o ese informe que debemos analizar para nuestro trabajo. En la necesaria rutina de corregir cientos de folios de exámenes, en las evaluaciones trimestrales o parciales, fui modificando, periódicamente, el lugar donde hacerlo, llevando conmigo los folios escritos, una buena carpeta como soporte y unos bolígrafos de diferentes colores). Los resultados, para la eficacia correctora, fueron muy positivos. Esas horas tranquilas, por el andén semivacío de una estación de ferrocarril, las recuerdo con simpatía, debido a su eficacia en ayudarme a leer, una y otra vez, cientos de folios cargados de conceptos e ideas. Por supuesto, con crípticas caligrafías diferentes, en cada uno de sus jóvenes autores. Cuando viajo a la capital del Estado, observo como muchos viajeros se trasladan en el metro con un libro en la mano. Aprovechan, los más o menos minutos del trayecto, para ir leyendo ese capítulo o historia que enriquece su imaginación y memoria. Se les ve perfectamente concentrados, entre los vaivenes inevitables de las ruedas deslizándose por las férreos y brillantes raíles. El tiempo de espera, en las aburridas consultas de atención médica, también puede aprovecharse para repasar ese capítulo o tema del que te vas a examinar la semana próxima. Esas dos horas y media del viaje desde Málaga a Madrid, en el AVE, te están pidiendo que hagas algo más que dormir o mirar la fugacidad de los paisajes. Leer, estudiar e incluso “dibujar” creativamente párrafos e ideras, en tu ordenador o modesta libreta cuadriculada. Reitero que el marco y la forma es muy importante a fin de no desincentivarse para la concentración necesaria. Cuando una escenografía se halla demasiado trabajada e integrada, habrá que buscar, imperativamente, otra, que dinamice nuestro ánimo. Y todas ellas podemos intercambiarlas, cíclicamente, jugando con la oportunidad de los tiempos. Sin llegar a posicionamientos extremos, por supuesto.

Recuerdo la imagen, jocosamente escénica, de un peculiar compañero de colegio mayor universitario. Tras haber probado diferentes estrategias escénicas, para la necesaria concentración en el estudio, preparaba sus exámenes (eran de…. procesal o, tal vez, derecho administrativo) sentado en una tosca silla con asiento de anea, la cual estaba colocada encima de una mesa redonda, hecha también de madera clara de pino. En la pequeñez de su “celda” o habitación residencial, era todo un monumento a la voluntad verle allá arriba, encaramado junto al libro con los apuntes y cercano a la bombilla del techo. Se guarnecía del frío invernal con una capa de las usadas por los tunos universitarios, con la cabeza cubierta con una toalla a modo de turbante. Nada más entrar en su cuarto, te topabas en la pared con un pequeño monumento que el simpático compa había levantado en honor de una caja de “centramina”. Pero ésta es otra sugerente historia, de aquellos inolvidables años setenta, ornados de sentimientos y vivencias por tierras nazaríes.

Los comportamientos y actitudes repetitivas llegan a cansar o, al menos, debilitan el interés y la concentración acerca de lo que se está realizando. También, ver siempre las mismas formas, colores y organización estructural, produce ese efecto de la desmotivación hasta provocar la nebulosa del aburrimiento. Sin llegar a respuestas, calificadas en el diagnóstico de la patología, como las que nos ofrecía Lucy en la inestabilidad de su domicilio, es bien cierto que los cambios y las modificaciones poseen ese valor, psicológico o visual, que nos incentiva para sentirnos más a gusto y mejorar, en lo posible, nuestro rendimiento ante las horas y los días. Sea como fuere, hoy me pide el cuerpo cambiar mi ubicación en la biblioteca, por otro espacio para el estudio. Mi lectura o trabajo intelectual para hoy no va a estar rodeada de estanterías repletas de libros y silencios. Sino en un ambiente diferente, de árboles y flores, con la acústica del tráfico rodado y peatonal. Puede que algo nublado, o con el brillo confortable de la luz solar.-

José L. Casado Toro (viernes 19 octubre, 2012)
Profesor
jlcasadot@yahoo.es

viernes, 28 de septiembre de 2012

ARCHIVOS INESPERADOS QUE RECLAMAN NUESTRA REFLEXIÓN.


El buen aficionado al cine disfruta visionando, siempre que encuentra una buena oportunidad, películas pertenecientes al denominado género clásico. Se trata de aquellos films que hoy acumulan muchas, muchas décadas en su cronología, desde aquella fecha lejana en que fueron primorosamente rodados. Hay ciudades que tienen la suerte de poseer una filmoteca, a fin de que los amantes del “7º Arte” pueda acceder a determinados títulos, hoy difíciles de encontrar en los muy  escasos videoclubs que aún permanecen abiertos. Estos centros culturales para el fomento y estudio del cine organizan, de manera periódica, ciclos específicos, tanto temáticos como de actores, con aquellos films más emblemáticos y representativos, películas que son proyectadas por un módico precio para el espectador. Poseen bibliotecas especializadas para el estudio y la investigación, salones para conferencias y debates,  organizan exposiciones, y tienen a disposición de los interesados archivos de cintas en celuloide y en soporte digitalizado, etc. Aquí, en Málaga, no existe, lo que es de lamentar, una filmoteca como tal. Sin embargo podemos acceder a ciclos de un cine clásico, cualitativamente muy interesante, mediante algunas películas de éste género que oferta el Cine Albéniz, con una proyección a la semana y a precio reducido. También el Ámbito Cultural del Corte Inglés organiza ciclos dedicados a determinadas estrellas del séptimo arte, con un coste totalmente gratuito para el espectador. El Centro del Arte Contemporáneo oferta, de manera periódica, ciclos de cinematografías extranjeras, todas ellas en versión original subtitulada y, también, de forma gratuita. El Ateneo de Málaga tiene una sección de cine fórum que lleva a cabo en determinados momentos, proyectándose films seleccionados por su calidad plástica y conceptual, en la valoración crítica de los expertos. El Centro Cultural Provincial de calle Ollerías ha organizado, igualmente, ciclos de cine, en una pequeña sala acondicionada al efecto. También el departamento de cultura de Cajamar está apostando por el cine. Pero, a pesar de estas oportunidades para ver, estudiar y gozar determinadas obras fílmicas, en Málaga no existe una filmoteca al uso, a pesar de haber sido anunciada en diversas oportunidades desde los órganos culturales de la Administración andaluza. 

Por todo ello, dada la carencia de videoclubs comerciales y el coste que supone acceder a la compra de algunas películas antiguas (en situación disponible de catalogación) no pocos aficionados a este género cinematográfico han de acudir al maná solidario de las descargas de Internet. Este procedimiento, cada vez más restrictivo en la red, permite traer a tu ordenador, sin ánimo de lucro mercantil, películas que, de otra forma, sería prácticamente imposible acceder a su visionado. Estas downloads (descargas, en inglés) suelen tener algunos condicionantes para un visionado técnicamente cualitativo. Especialmente su sonido, que suele venir como “enlatado” o con unos ecos que dificultan su escucha. También, la imagen. No sólo cuando se trata de películas grabadas directamente desde la pantalla donde son proyectadas, sino también cuando la densidad de píxels en estos archivos digitales no es lo suficientemente amplia como para posibilitar su necesaria riqueza cromática, junto a la claridad o nitidez  visual de la imagen.

Aunque, hoy día, el uso de la video-proyección permite disfrutar de amplias pantallas en los domicilios o salones preparados al efecto (existen ya en el mercado televisores, con 80 pulgadas de dimensión en sus pantallas LCD –una pulgada equivale a 2,54 centímetros, por lo que serán monitores con 203,2 cms, poco más de dos metros en su diagonal-) nunca llegarán a igualar las superficies donde se proyecta en los cines comerciales, con dimensiones que pueden alcanzar los 22 metros de largo o los 260 metros cuadrados. A pesar de este condicionante, el acceso a determinadas películas induce a los buenos aficionados a “navegar” por la red, a fin de encontrar ese determinado titulo que nos interesa visionar y disfrutar. Siempre, por supuesto, que esté disponible en ese mercado gratuito del intercambio solidario, a pesar de las prohibiciones administrativas al efecto.

En no pocas ocasiones, muchos de los se han “bajado” o “descargado” una película, comprueban que el título que preside la misma no tiene relación alguna con el contenido del archivo que aparece en el monitor de su ordenador.  Así que no es difícil que, cuando te dispones a gozar de las cualidades interpretativas de John Wayne o Grace Kelly, compruebas con asombro que el material que tienes realmente a tu disposición está vinculado a la erótica más profunda e impactante. Imágenes que pueden ser muy incitantes y atrayentes, según las circunstancias personales del receptor, pero que no es la interesante película clásica que tú ansiabas contemplar y disfrutar. Y, así, otros muchos materiales que, con distintas motivaciones, van sobrevolando en la red, aprovechan el marketing apetecible de títulos emblemáticos para la historia del cine.  Pero….. ¿pero qué fue lo que pudo suceder en aquella ocasión? Narrativa, ficción o espejo de la realidad……

Hablo de aquel amigo que quiso bajar un films mítico para la historia del cine. Citizen Kane (Ciudadano Kane), 1941. Dirigida por Orson Welles (Wisconsin 1915-Los Ángeles 1985) e interpretada magistralmente por él mismo, junto a Joseph Cotten, Aland Ladd y otros buenos actores. La había visionado hacía ya años en televisión pero, en esta ocasión, deseaba analizar detenidamente los comportamientos y reacciones de los dos principales personajes, en función de un estudio que estaba realizando, dada su profesión de psicólogo. Este drama, vinculado al mundo de la prensa y las finanzas, tuvo, en el año de su producción, nueve nominaciones a los premios Óscar, siéndole concedido el correspondiente al mejor guión original. Este amigo utilizó, para la download, uno de los servidores más afamados que posibilita Internet.

Una vez efectuada la descarga, hecho que realizó en unos cuarenta minutos, procedió a comprobar su contenido. Abrió el archivo y a los pocos segundos fue consciente de que no estaba ante esa mítica película para la gloria del “séptimo arte”. Por el contrario observa que las primeras escenas, en lo que parece ser un documental “casero” grabado con una cámara de aficionado al vídeo, le ofrecen imágenes de una localidad rural, sin duda situada en algún estado de la Unión norteamericana. Pronto la cámara, sin estabilizador óptico o en unas manos algo temblorosas, se centra en un hombre, que vive su cincuentena cronológica. Debe tener un importante cargo en la política de esa ciudad USA. Hay unas primeras escenas en las que se le ve haciendo vida familiar, con su esposa y sus tres hijos, dos jóvenes varones y una niña preciosa, en la edad de los estudios de secundaria. También, aparece este importante personaje en su oficina local,  despachando con el que debe ser su secretario y dando un discurso, rodeado de banderas estadounidenses y entre los vítores del público que asiste al evento. El sonido de este archivo dejaba algo que desear. Sonaba algo enlatado, pero la imagen era lo suficientemente nítida, aunque con algunos vibraciones por ser una grabación no profesional. El lenguaje utilizado es inequívocamente inglés americano.

La parte más turbia de esta grabación, que dura en total unos doce minutos, venía a continuación de lo ya visionado. Tras aparecer de nuevo con la que debía ser su esposa  y sus tres hijos, se ve al prestigioso y vitoreado político local aparcando delante de una casa unifamiliar y penetrando en la misma. De inmediato, sale de esta vivienda, junto a una linda joven, a la que besa y abraza, antes de que ambos entren en su coche. La chica lleva de la mano una niña de pocos años de edad. Aquí se acaba esta grabación, cuyo contenido se repite hasta en seis ocasiones, dentro del archivo objeto de descarga.

Probablemente,  una esposa engañada grabó (o encargó a otra persona) esta última parte de la cinta. O, en las luchas políticas internas, alguien utilizó estas imágenes para desvelar y contrastar la benefactora y honesta imagen pública del político, con aspectos oscuros de su vida privada que desautorizaban socialmente su imagen. Se montaron esas escenas que después fueron colgadas en la red, bajo la carátula de una prestigiosa película en la historia del cine. Ciudadano Kane. Para muchos, una de los diez mejores films de todos los tiempos. Obviamente, el contenido de este archivo estuvo a disposición de todo el que quisiera “bajarlo” a su ordenador, no sólo en esa localidad norteamericana, sino perfectamente  abierto a la difusión mundial.

Historias como la que acaba de resumirse deben ser más que frecuentes en una sociedad mundial caracterizada, tecnológica y mediáticamente, por los efectos de la globalización. No sabemos cómo acabó este episodio que contrasta la imagen hipócrita del político público y el ciudadano privado. Pero desde luego nos hace reflexionar acerca de los riesgos y peligros que tiene esa maravillosa y versátil telaraña infinita de las interconexiones mediáticas. Especialmente, cuando acceden a esas autopistas o carreteras vecinales personas que, por su edad, formación o carácter, pueden hacer un uso inadecuado de los contenidos que por ellas circulan. De ahí la responsabilidad que contrae la autoridad familiar para los más jóvenes y, por supuesto, la eficacia de la Administración educativa sobre estos seres, en las edades básicas de su formación.

Pero, por encima de padres y educadores, está la propia sociedad, que cada vez más potencia la importancia banal de la materialidad sobre los valores, éticos y morales, del espíritu y la conciencia.-

José L. Casado Toro (viernes 28 septiembre, 2012)
Profesor
jlcasadot@yahoo.es


viernes, 17 de agosto de 2012

DIÁLOGOS, EN LA RUTINA DE LOS SILENCIOS.


No, no era una tarde de sensaciones agradables. A poco de que el astro solar comenzara su retirada, la luz se había tornado más pálida y la temperatura bajó notablemente en la graduación del termómetro. Ese viento desapacible, que soplaba para estos últimos días de septiembre, aconsejaba buscar acomodo en una cafetería o tetería que permitiera intercambiar los minutos y las horas. Ángel ayudaba en una ferretería, propiedad de su padre, todas las mañanas y también un buen rato, cuando reanudaban la atención del escaso público consumidor, a partir de las 16.30. Había cursado la diplomatura de Empresariales, con ausencia de brillantez en el global de las calificaciones. No le agradaba estar en la tienda pero, en esta coyuntura de congelación o ausencia de la posibilidad opositora, consideraba una salida inevitable, para las necesidades juveniles de sus veintiocho años, trabajar esas horas en un negocio propio, que permitía “ir tirando” a sus padres y hermana menor. Le aburría estar detrás de un mostrador, atendiendo al gotear de compradores, aunque, con la crudeza actual de la economía y las duras y desesperanzadas decisiones impuestas por “el gobierno de los recortes y los impuestos”, se podía considerar una persona  privilegiada, en comparación con otros amigos o compañeros de facultad. 

Para él, mañanas y tardes se habían hecho muy parecidas, al paso de las semanas y los meses. Recogía puntualmente a su novia Marilia, cuando ésta salía de la guardería infantil donde trabajaba, a poco de que el reloj marcara  las siete y media. Con buen tiempo, hacían paseos por lugares “mil veces” ya recorridos, sin alientos para la novedad. Algún tapeo, antes de cenar, y vuelta a casa, no más allá de las diez. La visita al cine, o alguna salida senderista, no faltaban en esos “findes” que se habían hecho muy iguales, tras sus casi nueve años de relación. Había coincidido con Marilia en el Instituto de la ESO. Y desde entonces, habían marchado juntos por la senda de la amistad y el compromiso. Ambos eran casi de la misma edad, aunque sus caracteres se complementaban. Él era más bien tranquilo y metódico, mientras ella reflejaba un temperamento algo espontáneo y nervioso. Ese contraste de personalidad lo habían sabido llevar bien, en la rutina de los números que pueblan el almanaque. Se propusieron acumular unos ahorros, no muy elevados pero ilusionados, con la vista puesta en alguna vivienda de “segunda mano” o un alquiler que fuera soportable para ese objetivo de vivir juntos, sin descartar vicarías o juzgados, con sus escenificadas ceremonias y papeleos. 

Hoy también, para la igualdad de los días, se hallaban sentados uno junto al otro en esa mesa ya habitual de la esquina, en la primera planta de “su” cafetería, desde la que bien divisaban el discurrir de la circulación por entre el arbolado de la Alameda. Les acompañaba la apreciada taza de té, con canela y azúcar, y esa jarrita de cerveza con unos cacahuetes bien fritos para distraer el paladar. Ambos, con el semblante algo serio y la mente aburrida, sin especiales iniciativas para el diálogo. Sin embargo, pasados unos minutos de acústicas banales, y tras juguetear nerviosamente con la cucharilla de su infusión, fue Marilia quien interrumpió el adormilado silencio. Habló con voz baja y con breves paradas en la expresión. Sus ojos aparecieron abrillantados en sus pupilas, por la emoción contenida. Como quien recita una estrofa o discurso, numerosas veces ensayado y preparado, para templar la intensidad del impacto.

“Ángel, llevo bastante tiempo pensando en esto que te voy a confiar. Siento que lo nuestro…. está cada día más gris. Nos pasamos aquí las tardes y cada vez nos cuesta más trabajo encontrar un tema para la conversación. Desde siempre he sabido y aceptado que eres más tranquilo que yo. Pero, en mi caso, me siento como aburrida, sin ilusión o dinamismo, para justificar el porqué de las tardes. De tantas tardes… huérfanas de color. Nuestro comportamiento y respuestas lo percibo como mecánico y, lo que es peor, vacío ya en los sentimientos. A poco, va a hacer ….. doce, sí doce años, de cuando comenzamos a salir. Éramos, entonces, dos jóvenes idealistas, muy niños aún, en nuestro cuarto de la ESO. Tal vez demasiado jóvenes, para esos serios compromisos de la fidelidad y el noviazgo. Y así han ido pasando los años, acomodados en esa rutina de hacer siempre lo mismo, en la que tú te sentirás seguro y posiblemente feliz, pero que a mí me está desvitalizando por una monotonía que la siento insufrible y carente de ilusión. Seguimos ahorrando y, la verdad, no veo una meta cercana para convivir juntos. Esto está…. muy apagado. Más que apagado. No sientas que te estoy culpando en concreto. Creo que son circunstancias del tiempo, de las que ambos somos responsables. Eso es lo que te quería …. decir. No es una reflexión que me haya surgido hoy, por supuesto…. sino que viene desde hace ya algunos, muchos meses. No te quiero hacer sufrir, pero…….”

Entre ambos se genera un largo silencio que fue de segundos, pero que parecieron horas crispadas. Los ojos de ella estaban ya entornados. Los de él, bien abiertos, centrados en su interlocutora. La jarra de cerveza había perdido frescor e incluso esa blanca espuma para la tonalidad. La bolsita del té, descansando en el borde de la taza, dejó caer unas gotas de suspiros sobre la cucharilla que aún brillaba.
 
“Marilia, no te preocupes. También yo estaba viendo de venir, esto que me planteas. Dices bien que ninguno de los dos somos culpables, pero ambos somos protagonistas de “este jardín” en el que parece han desaparecido las flores. De aquella ilusión.... a este aburrimiento. ¿Sufrir? Como ya lo iba viendo venir, pues estoy preparado. Y para ti no ha tenido que ser fácil dar ese primer paso.  Eres valiente. Como siempre, has sabido adelantarte y yo te lo agradezco. Si te parece, nos damos un tiempo, lo largo o corto que sea, para la reflexión. A los dos nos vendrá bien algo de cambio en la planificación o en el quehacer de cada uno de los días. Aunque trataba de disimularlo, a mi también se me estaban haciendo insufribles y poco deseadas estas tardes….. que parecen ser igual como todas las tardes. ¡Tantos proyectos en los años que han pasado! La verdad es que ha habido buenos momentos en nuestra relación. ¿No es cierto? Pero ahora….. En cuanto a esa cartilla en común no habrá problema, claro. La dividimos en dos ahorros exactos y punto. Tu y yo necesitamos un tiempo de oxígeno y cambio. Tal vez sea lo mejor. Seguro que sí ”.

Aquella noche no hubo llamadas, o más comunicación, entre ellos. Esos minutos en la cafetería habían sido especialmente tensos y, aparentemente, sinceros, para el destino, ahora ya definitivamente  frustrado, de sus vidas en común. Sin embargo, al filo de la medianoche, dos llamadas, efectuadas desde sus respectivos móviles, viajaron hacia destinos, mantenidos en el celoso secreto, de las terceras personas. La realidad es que esa supuesta o aparente sinceridad había desaparecido de entre sus vidas, justificando rutinas, vacíos y silencios.

“Vicky, te llevo llamando toda la noche y había sobrecarga, o lo que sea, en la línea. No te lo vas a creer. Con todas las vueltas que le he dado, a la hora de confesarle “lo nuestro”, esta tarde se me ha adelantado. Reconoce que nuestra relación hace tiempo que dejó de funcionar. Y que se siente mal, etc, etc. Total, que piensa que es mejor que cortemos. Pata mi este paso, ya sabes, era muy complicado. Llevábamos muchos años juntos. Así que no era fácil decirle “adiós”. Y más teniéndole que explicar que, desde hace meses, estoy “loco” por ti. Pero he tenido mucha suerte. Hemos tenido esa suerte que necesitábamos para evitar disgustos y escenas. Ha sido ella quien ha dado el paso y nos ha hecho el gran favor del mundo. La verdad es que tantos años juntos no están ahí en balde, pero desde aquella tarde, en que mi primo nos presentó en su fiesta de graduación, vi que tu sonrisa, tu alegría y tu bondad, era lo que vitalmente yo necesitaba. Sobre todo, ahora que me encuentro, con esto de la crisis, más bloqueado que nunca. Nuestros encuentros, nuestros secretos y escondrijos, me ha estado dando esa vida, esa ilusión que creí tener perdida. Ahora tenemos esa libertad que tanto hemos añorado durante estos tres meses y medio, desde que nos conocimos. Veo que te has quedado “de piedra” con la estupenda novedad de esta tarde ¿Verdad, mi amor?

En otra zona de la ciudad, Marilia marca un número grabado con clave secreta en su móvil. Ha dejado pasar unas horas, desde su encuentro con Ángel, pues la escena en la cafetería, con esas duras verdades pero también con grandes secretos y problemas ocultos, para la que ha sido su pareja, le ha afectado en el ánimo y en sus fuerzas orgánicas. Apenas ha cenado, explicándole a su madre que ha tenido un día agotador en la guardería. Ahora, sola en su cuarto y recostada sobre la almohada, se pone en comunicación con una persona, Salva, de la que tenía varias llamadas perdidas en la memoria de su móvil.

“Hola, cariño. Ya está todo hecho. La verdad es que pensaba que la escenita iba a ser mucho más complicada y terrible. Y eso es lo que me extraña. La respuesta de Ángel… la esperaba muy, muy diferente. Diría, incluso, que se sintió aliviado, cuando le planteé el final de nuestra relación. Su frialdad….te lo aseguro, me ha desarbolado. Pero ahora hay que pensar ya en lo nuestro. Bastante son los problemas que tenemos por delante. Necesito verte. Tenemos que buscar todos los momentos posibles para estar juntos. Esta mañana pedí permiso para ir a la ginecóloga. Lo previsible. Me ha confirmado lo del test. Dice que estoy de ocho semanas. Ya ves, una sensación de alegría y miedo. Bueno…. preocupación. Pero vamos a luchar, mano con mano, por lo nuestro. Y mañana, te toca tener a tus hijos. Aunque sea tarde, buscamos un ratito para vernos. Sí, ya sé, no te estoy dejando hablar. Son cosas….. de los nervios. ¿Cómo te ha ido hoy el día, mi vida?”

José L. Casado Toro (viernes 17 agosto, 2012)
Profesor
http://www.jlcasadot.blogspot.com/

viernes, 22 de junio de 2012

CAMINAR E IMAGINAR, EL VERANO.



Ayer jueves, 21 de Junio, comenzó oficialmente el Verano, según cálculos del Observatorio Astronómico Nacional, dependiente del Ministerio de Fomento. Aquí, en Málaga, percibimos esta estación meteorológica con el intenso sabor térmico que genera y embriaga el calor. El sol y la playa, la recuperación del tiempo y las vacaciones, la fuerza económica, cosmopolita y multicolor del turismo, junto a ese dulce y lúdico letargo que pone fin a un curso de nueve meses, en el añorado argot escolar.

Fluyen preguntas y miradas ilusionadas, ante la inmensidad onírica del deseo. ¿Qué voy a hacer hoy? ¿Cómo prepararé o imaginaré el que va a ser un nuevo mañana? ¿Quedé satisfecho, con mi día de ayer? Si, a pesar del sopor que nos afecta, cuando el tórrido terral puede contra el viento de levante, es un buen momento para leer, para pensar, para conversar. Resulta enriquecedor saber observar. Tan bueno y positivo es, para nuestra persona, practicar algo de deporte, entonando el organigrama físico de lo corporal, como reflexionar y reprogramar en la intimidad susurrante de lo nuestro. Sí, nos llega la anhelada luminosidad vital que proporciona el verano. Pero mañana, con el ritual críptico de los símbolos, disfrutemos la víspera de San Juan. Noche de luna y fuego, de color y mar, de sonido y misterio, con brujas, conjuros y aquelarres, para vibrar en nuestro ensueño, para dibujar aquel sentimiento de lo imposible, para purificar los vanos pesares que incomodan estrofas superfluas en los recuerdos.

Una de las actividades más suculentas, tanto para lo físico, como en la dimensión anímica de nuestro equilibrio, consiste en caminar a través del laberinto o tejido urbano que conforma la ciudad. Andar, andar despacio, despreocupado, ajeno a las prisas rítmicas que impone, sin rubor, la regularidad mecánica del minutero. Recorriendo calles y plazas, bullicios comerciales y el silencio mágico de los jardines, rincones olvidados y traviesos juegos de sombras que pueblan ilusionados el atardecer. Es un verdadero disfrute recorrer la malla entrelazada de una ciudad que te abre, con afecto y dulzura, la mano de su franca y sutil hospitalidad.

Siento y percibo una ciudad castigada por el incivismo de la suciedad. Somos descuidados en el esmero de la limpieza. Culpa de nadie y todos. Pero una epidermis urbana lastrada por la falta de cuidado, en su aseo de cada día, dice mucho del carácter de aquéllos que la pueblan. Los servicios operativos de limpieza hacen lo que pueden, con una modesta dedicación presupuestaria que se les adjudica desde el Consistorio. ¿Se limpia en las calles del centro turístico de la misma forma como se hace en los barrios periféricos? Me temo que no. Y aquella interesante política de los contenedores de residuos soterrados ha priorizado determinadas zonas (siempre las mismas) quedando el resto de la planimetría olvidada de este higiénico y visual servicio municipal. Pero, al margen de esta desidia o discriminación para el ciudadano que paga “religiosamente” sus tributos, somos nosotros, tu y yo, quienes ensuciamos la pureza estética de nuestro entorno inmediato. Y no culpemos siempre la responsabilidad de la gente joven, pues estos chicos y chicas, tienen unos padres encargados de su educación. ¿Y cómo funciona el mimetismo ejemplar de tantos padres y madres? Una ciudad limpia brillaría y luciría más en los ojos receptivos de aquellos que la visitan. También,  permitiría una calidad de vida mejor a todos aquellos que la gozan, pueblan y aman.

El ciudadano se pregunta y sufre, una vez y otra, por la lenta realidad de unas obras públicas que se eternizan en su finalización. Sea cual sea el color político de la Administración que las controla y financia (con el dinero de todos los contribuyentes). Si una obra, de titularidad privada suele realizarse con bastante agilidad, cómo es posible que aquéllas que dependen de los ayuntamientos, las diputaciones, la Junta de Andalucía o del Gobierno central, tarden tanto, superen en el despilfarro sus presupuestos iniciales y permanezcan inacabadas, sin explicación o razonamiento suficiente a todos aquellos que, de una forma directa o indirecta, sufrimos las consecuencias de su ralentización o bloqueo.

¿Ejemplos en Málaga?  Todos los que la paciencia se avenga a soportar. Lamentablemente, hay donde elegir Las reformas del puerto malacitano han durado más de una década.  La situación de las paralizadas obras del metro, entre la Estación Vialia y la Avda. de Andalucía es, a todas luces, injusta e inconcebible. ¿Cuánto se tardó en construir el parking subterráneo en calle Salitre? La adaptación del edificio de la Aduana, para el Museo de Bellas Artes de la ciudad, con un tiempo de ejecución de ¡tres años! Y sin garantías que se cumpla o respete ese larguísimo período de re- construcción. Y nos seguimos preguntando por la solución que se debe dar a los Baños del Carmen, un maravilloso espacio abandonado por décadas. ¿Y el futuro Auditorio de la ciudad? ¿Y ese desaprovechado cauce del río Guadalmedina? ¿Y ese edificio, que costó 21 millones de euros, en la Plaza de la Merced, o aquél otro que albergó la central de Correos, en la Avenida de Andalucía? Ambos cerrados y en estado de ruina, con el dinero de todos los ciudadanos malgastado, por la incompetencia impune de los dirigentes políticos.

En mis lúdicos paseos por el tejido urbano, suelo sentir el halo testimonial de las barriadas, con sus gentes, sus tiendas, sus parques, sus secretos y deseos, su vida intergeneracional, en el discurrir de cada uno de los días. Sea el Perchel o la “Triniá” (Trinidad): Capuchinos o Nueva Málaga; las Flores o Ciudad Jardín; la Unión o la Malagueta; Martiricos o El Palo …….. Traigo a la memoria, con afectiva añoranza, aquellas antiguas ferias locales, en las numerosas barriadas de la ciudad. Eran disfrutadas, hace cuatro o cinco décadas, por muchos vecinos que adornaban con flores y farolillos de colores las placitas y espacios entre sus calles. Para convivir y jugar en la fiesta. Con música, concursos, tómbolas, amores y piropos, bailes y “carricoches” o calesitas para “niños” de todas las edades. Cuatro o cinco días, más o menos una entrañable semana de fiesta, en que la calle era el domicilio relacional y comunal de unos vecinos, humildes pero alegres, que bebían, bailaban y cantaban, con la entrada de una Primavera o Verano pleno de calor, luz y proximidad. ¿Recuerdan a ese niño o niña, con atuendo y alegría veraniega, que juntaba sus escasos céntimos en aquella vieja y destartalada, pero acogedora, caseta de feria, para disparar a las gruesas bolas de anís, con un obsoleto fusil de cañones puntualmente desviados, utilizando como munición o balística los pequeños perdigones o proyectiles de plomo? Por cierto, aquellas bolas estaban “inundadas” de anís. Y del fuerte. Deliciosas.

“Good morning….. Excuse me ¿Where´s…. the Cathedral…..or the Park … We  want to go to…. Do you speak English, please? ¿How do we get to the Cathedral?” Ante mi dos turistas ingleses. Hombre de ojos saltones  y generoso “michelín”. Mujer, también sobrada en gramos. Matrimonio, compañeros o amantes, ambos de la tercera edad. Un tanto despistados entre la telaraña urbana que los atrae. Lucen gorrillas azules y gafas ahumadas colgadas de sus cazadoras, shorts colores crema y rojo, respectivamente, chancletas de goma, azules y blancas, y plano en mano, debidamente arrugado por el uso, para una semana de vacaciones de bajo coste, conseguida o “atrapada” a través de Internet. “Yes, you can go by this street, go straight ahead. At the next square, you will see a high tower. Turn right at the corner. The Cathedral is at the end of that Street. Saint Mary street”. Gestos de agradecimiento. Intercambio de amables sentimientos en nuestras miradas. Thank you and thank you, too. Con el lenguaje mímico y algunas palabrillas en su idioma, logramos entendernos.

Continué mi cálido y apacible paseo, camino del Puerto. A poco de llegar al Palmeral, se me pone delante un hombre de apariencia joven, muy próximo a la cuarentena, quien sonriéndome sabe regalarme una frase ya muy conocida y escuchada con placer. “¿No me reconoce?  Porque Vd ha sido Profesor de Historia ¿verdad?. Coincidimos hace ya bastantes años. Yo entonces estudiaba el BUP y aún mantenía aquella buena cabellera que hace años perdí.”

No recuerdo prácticamente nada de esta agradable persona que, rápidamente, me facilita su nombre y apellidos. Mi cabeza se mueve, con lentitud, dando muestra a mi antiguo alumno de que comienzo a recordar. Mi interlocutor se encuentra acompañado de dos pequeños, niño y niña, que me observan extrañados y sonrientes, con sendos helados en sus manos. ¿Y como se llaman estos niños tan guapos? Acierto a preguntar. Nando me explica que los fines de semana le corresponden a él, según decisión negociada ante el juez. La pequeña le tira del pantalón reclamándole que van a llegar tarde a la película. Aún tienen que coger el vehículo del parking portuario. Van a ir al área de  Plaza Mayor, pues además del cine, hay unos juegos…… Nos intercambiamos el correo electrónico, a fin de seguir en contacto y nos despedimos con el afecto del inesperado y grato reencuentro. El viento del terral y el levante continúan su incruenta competición, sobre la azulada mirada de unas aguas mediterráneas que nos hablan de historia, aventuras, intimidad y sosiego. Verano, de calles y gentes, de luces y sombras, de miradas y silencios, en nuestro placentero y caprichoso deambular.-

José L. Casado Toro (viernes 22 de Junio, 2012)
Profesor
http://www.jlcasadot.blogspot.com/