CELSO Labianca es un hombre “gris”, como el color del traje con corbata que se ve obligado a vestir en el desempeño de su trabajo. Su función laboral consiste en atender, con teatral cortesía, a los clientes (racionales o compulsivos) que acuden a los departamentos del gran centro comercial, buscando necesidades, compensaciones o mera distracción. La política organizativa de este importante centro comercial consiste en que cada empleado, vendedor o comercial se especialice en un determinado sector de productos, aunque en ocasiones debe asumir el traslado de sección por necesidades de la empresa. Su carácter es la de una persona complaciente, aburrida, rutinaria, que dedica parte de su tiempo libre al coleccionismo de fotos, láminas y postales antiguas, aplicando horas del fin de semana a la organización y clasificación en álbumes de este histórico y curioso material.
Su mujer, DORI Almansa, trabaja como auxiliar de farmacia. Al paso de los años, soporta con “resignación” la escasa iniciativa lúdica de Celso, por lo que busca en los fines de semana la distracción en el cine, asistiendo a las salas sola o en compañía de una vecina de planta, doña ANSELMA, viuda y sin hijos de un vendedor de billetes ferroviarios en las taquillas de atención al público de la estación Málaga Maria Zambrano. Esta señora, presidenta del Ropero de San Vicente de Paúl en su parroquia, ocho años mayor que Dori, también disfruta de esas frecuentes meriendas y cine, con su agradable vecina de puerta. Celso justifica que, después de estar tantas horas de pie en la tienda, atendiendo a numerosos clientes, necesita estar tranquilo en casa, con su colección de láminas, escuchando los resultados de la liga de fútbol o elaborando ocasionalmente pequeños juguetes, utilizando en su construcción artesanal madera, cola y pinturas de colores, evitando el uso de puntillas o tornillos para ensamblarlos. Así evita que los niños que pudieran usarlos se hicieran daño en sus juegos. Esos juguetes Dori acaba donándolos a instituciones sociales y benéficas.
Los hijos de este matrimonio ya se independizaron y buscaron residencias lejos de sus aburridos padres en Gerona y Palma de Mallorca (por circunstancias laborales y afectivas. VENANCIO, que siempre había destacado por su beatería, se hizo para sorpresa de sus padres, testigo de Jehová y está adscrito a una organización de esta creencia en la ciudad catalana. LORENZO, ejerce como crupier en el casino La Tramontana ubicado en la capital isleña.
Celso es un buen empleado en la sección blanca de electrodomésticos de la gran tienda, donde gestiona la venta de lavadoras, frigoríficos, lavavajillas y secadoras de ropa. Ofrece la imagen de una persona tranquila, delgado de cuerpo, rostro “aborregado”, ojos celestes y expresión algo entristecida. Cuando atiende a un comprador, se esfuerza en ofrecer una sonrisa que parece forzada o falaz, aunque siempre respetuosa, ante el inquisitivo cliente con sus preguntas. La paciencia es su virtud. Nunca se le ha escuchado una palabra más alta que la otra. Es parsimonioso en su comportamiento laboral y en la privacidad del hogar.
Así transcurría la rutinaria vida de este matrimonio cuando, una mañana de domingo, Celso se levantó del lecho matrimonial un tanto sobresaltado y sudoroso, a pesar de que el almanaque señalaba un febrero intensamente frío. Al verlo tan nervioso, Dori le preparó una infusión de tila. “Has tenido un mal descanso. Anoche abusaste de esa cajita de dulces, que me trajiste por mi santo. Me parece que te animaste a tomar cuatro pasteles”.
“Es que he tenido una muy larga pesadilla, en la que yo era uno de los protagonistas. Me veía trabajando como un mozo de cuadra, encargado de las caballerizas de una mansión señorial. El majestuoso edificio pertenecía a los aristócratas duques de Sussex, y la propiedad dominaba muchos acres de terreno. Inmensos jardines, con inolvidables estanques y arbolado. Como un paraíso terrenal. Decenas de servidores y doncellas, comandados por un estricto y elegante mayordomo, llamado Willians. Todo el personal de servicio lucía vistiendo severos y deslumbrantes uniformes. Mi trabajo era importante pues tenía que cuidar el alimento de las yeguas y caballos y también su limpieza. Los excrementos de los animales “inundaba” el aroma de la cuadra, por lo que había que limpiarla con frecuencia. Los señores no permitían que ese ambiente maloliente a “cagadas” y estiércol llegara a los suntuosos salones del gran palacio. El mayordomo tenía una hija, Eleonor, muy bella, huérfana de madre, con su cabello castaño organizado en dos lindas y largas trenzas y atrayentes ojos azul perla. Desde el primer momento en que la vi quedé prendado y extasiado en su belleza y mi corazón palpitaba sin descanso de amor y deseo carnal. Ayudaba a su rígido padre en el orden impuesto y necesario de la mansión de los duques. A escondidas del mayordomo, buscábamos los momentos para intercambiar miradas, susurros, sonrisas, frases, bromas, cariño. Me sentía orgulloso de merecer su atención, ella tan arregladita, relacionándose con el mozo limpiador y cuidador de las caballerizas. En mi pobre humildad, me sentía el hombre más feliz del mundo. Willians nos pilló un día recostados sobre el pajar que alimentaba las bestias, gozando ardientemente de nuestros cuerpos y amor. ¡Cómo podía su hija estar uniéndose a un mozo “porquero” o de cuadra, oliendo a cagarruta de yegua, cuando soñaba con verla alcanzar la categoría de ser aceptada como doncella de cámara por la gran duquesa Elisabeth, señora de Sussex! Henchido de ira buscó una escopeta de la armería ducal y me apuntó, amenazándome con matarme si no abandonaba de inmediato mi vasalla presencia en la honorable mansión. La mala suerte quiso que se le disparara esa especie de trabuco, que había tomado del armamento del duque. Me sentí caer sobre un suelo “sembrado” de estiércol, estando herido de muerte, pero yo sólo pensaba en la fugacidad de mi amor. Sin ella no merecía la pena vivir. Esa noche de luna llena, después de un día entre lágrimas, la divina Eleonor se arrojó al estanque, buscando entre las ondas concéntricas del agua verdosa y sucia la realidad de su amado mozo. Entonces desperté a la vulgaridad de la vida”.
El narrador del relato ha enriquecido en lo posible la explicación del despeinado, legañoso, aturdido y descompuesto Celso, para su mejor comprensión. Pero vayamos a conocer la reacción de su cónyuge Dori (Dorotea), la asustada manceba de botica, aún sin arreglar su epidermis, dada la hora matinal dominguera.
“Me parece que no estás nada bien. Con tanto sonreírle a la clientela en la tienda, estás perdiendo el autocontrol. Pide cita al médico del ambulatorio, para que te derive lo más pronto posible a salud mental. Menudo “rollazo” te acabas de inventar”.
El Dr. Gracián prescribió a su paciente Celso Labianca unos tranquilizantes, aconsejándole que antes de ir a dormir tomase una ducha de agua bien caliente, para relajar el cuerpo y especialmente “la mente”. Cuando salió de la consulta, al facultativo le dio “tal ataque de risa” que le obligó a dilatar la entrada del siguiente paciente. Mentalmente comparaba al apuesto mozo de cuadra oliendo a estiércol con el comercial de almacenes, con cara insufrible de borrego degollado. La comparación resultaba altamente jocosa. Lo derivó de inmediato a los servicios de salud mental del ambulatorio, en donde le dieron cita para cuatro meses.
Aunque no todas las noches, este episodio o fases de la misma historia volvían a repetirse en el mundo onírico de Celso. La toma de tranquilizantes le permitía ir al trabajo, en donde encontraba una básica ayuda para su desasosiego mental. El diálogo con los clientes en las ventas y los comentarios espontáneos con sus compañeros de sección, favorecían el olvido o presencia de esa incómoda y compleja pesadilla cuyo origen tanto le desequilibraba Al fin, los servicios de salud mental estudiaron su caso. Tuvo sesiones de consulta con varios psiquiatras que trataban de encontrar “raíces” del pasado que fundamentaran la persistencia maligna de esa pesadilla, que aleatoriamente volvía a perturbar la estabilidad onírica y psicológica del vendedor en la sección de gama blanca del muy popular establecimiento. El psicoanálisis entró a formar parte en la terapia que se le practicaba.
Uno de los especialistas que lo atendían, el Dr. Fermín Miranda, en reunión con el equipo médico que llevaba el extraño caso, planteó una hipótesis que sus compañeros tacharon con la mayor firmeza de totalmente irreal y fantasiosa. Este psiquiatra, 47 años bien aprovechados que, en su formación abierta, había recorrido “medio mundo” para sus estudios, sugirió que este caso mental podría estar vinculado en la línea sugestiva y fascinante de un ser que efectivamente hubiera desarrollado esa vivencia en alguna etapa de su pasado, cuando era otra persona. ¿Por qué no investigar esta línea de respuesta, sin “ataduras” o condicionantes religiosos o filosóficos? Sus compañeros pusieron “el grito en el cielo” tachando tal hipótesis de fantasiosa, acientífica, ficcional y sin base para la racionalidad. Miranda soportó toda la diatriba argumental y refutadora de sus destacados colegas, en profundo y espectacular silencio. Cuando los ánimos se fueron templando, sonrió y pronunció en voz intencionalmente baja unas palabras: “y sin embargo se mueve” (Galileo Galilei, 1633). El equipo médico quedó en reunirse dentro de treinta días, a fin de tener tiempo de realizar consultas con otros colegas internacionales.
Dori ya no tomaba a broma la recurrente pesadilla de Celso, Lo veía moverse inquieto en la cama, sudoroso y crispado, diciendo palabras inconexas, pero siempre referidas a su “supuesta” relación con Eleonor. Algunos domingos por la mañana, Celso indicaba a Dori que iba a dar un largo paseo porque relaja su cuerpo y su mente. Prefería ir solo, sin acompañamiento de amigo alguno. Estos misteriosos paseos motivaron las dudas justificadas de su mujer. Uno de esos domingos, En unión de doña Anselma decidió seguirle a distancia. Celso, después de llegar hasta la parada de taxis de la Plaza de la Marina, tomó un taxi, al igual que hicieron las dos amigas. Como dos veteranas detectives, indicaron al conductor “Siga por favor al taxi de su compañero, en donde se ha montado mi marido”. Braulio el taxista sonrió con picardía. “Ya veo señoras que van dispuestas a pillarlo en la cita con la “amiga”. Ellas fueron cautas y no respondieron. Llegaron hasta las caballerizas municipales en la zona de Teatinos. Observaron que Celso se bajaba del taxi y se dirigía hacia la puerta, en donde el vigilante (que parecía conocer al recién llegado) le abrió la puerta. Las dos vecinas esperaron casi una hora, hasta que un nuevo taxi recogió al taciturno comercial. Entonces se acercaron al guarda y dándole una generosa propina, preguntaron qué hacía ese hombre durante una hora dentro de unas caballerizas sin duda malolientes.
“Este Sr. viene algunos domingos. Me pide permiso para ver a los caballos. Supongo que ama a los equinos. Entra conmigo en las caballerizas y se sienta en una silla, mirando a la cuadra. No puedo comprender cómo puede aguantar el olor a estiércol durante tan largo rato. Me parece que está un tanto obsesionado con los caballos o que su cabeza anda mal. Cuando al fin se marcha, me entrega también una generosa propina”. -
José L. Casado Toro. PUNTO DE ENCUENTRO PARA LA AMISTAD
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
Viernes 7 agosto 2026
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