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viernes, 14 de octubre de 2022

EL COMODÍN DE LA ABUELA LORENZA.

Esa noche de jueves se fue muy tarde a la cama. Aunque no comprobó la hora, tenía conciencia de que serían no menos de las cuatro de la madrugada, pues la experiencia de otras noches de vigilia le recordaba que, a esa hora más o menos, pasaba el camión de la recogida de residuos, con los estruendos propios de la máquina que elevaba los contenedores para vaciarlos en el vetusto y ruidoso transporte de la basura. Cuando ya se había marchado el vehículo municipal, se quedó profundamente dormida, tras unas horas sacrificadas al estudio, preparando unas pruebas inminentes en el cuatrimestre.

Se hallaba en el más profundo de los sueños, cuando la joven Auri se despertó sobresaltada, aunque su madre Alfonsa había movido suavemente su cuerpo para despertarla. Entreabriendo los ojos, vio el rostro de su madre visiblemente nerviosa. Con palabras entrecortadas, ésta le transmitió una noticia desgraciada e inesperada. El reloj marcaba en ese instante las 7:45 del amanecer.

“La abuela se nos ha ido, Auri. Hace apenas una media hora, me ha llamado D. Sebastián, el cura párroco de la Virgen de la Aurora, a quien hace años dejé mi número de teléfono. Con sus palabras siempre bondadosas, me informó que tras administrarle los últimos sacramentos (por indicación de don Roberto, el médico) entró en un profundo sopor del que no ha logrado despertarse. Las dos vecinas de la casa, Carmela y Fernanda, indicaron que por la tarde habían estado hablando con ella, pero no daba apariencia de estar enferma. Sin embargo, por la noche, horas después de la cena, cuando veían que no se apagaba la luz del piso y seguía sonando el televisor, llamaron a don Sebastián, quien acudió acompañado del sargento Cabrales, de la Guardia Civil y forzaron la puerta para la entrada. Se hallaba tendida en el suelo y de inmediato llamaron al médico, quien, tras atenderla, sólo pronunció dos palabras: “el corazón”. Como te he contario, parecía estar como ausente y no más tarde de una hora y media, su cuerpo dejó de latir. Tu padre ya se ha puesto en contacto con el jefe de la empresa, para el correspondiente permiso por defunción. Queremos salir para Montilla, sobre las nueve y sin mayor dilación, porque el correspondiente sepelio será esta tarde a las cinco. Te arreglas con rapidez y nos acompañas”.

A la pobre Auri se le unió el aturdimiento propio de una noche de estudio, con la muy triste noticia de que su abuela Lorenza, que era casi una madre para ella, había dejado esta vida. Así que, de inmediato, se dio una reconfortante ducha y preparó un pequeño trolley de viaje, con una muda, su neceser y, por supuesto, los apuntes de Estadística, bien encuadernados, a los que echaría un vistazo cuando pudiera. Tenía un duro examen en la semana próxima.

¿Y quién era la finada? Lorenza Almansa fue durante toda su vida una apacible mujer, de carácter y temperamento muy sosegado, habiendo estado casada con Arcadio, carpintero de profesión, durante treinta y ocho años. Tuvieron una única descendencia, Alfonsa, que en una feria de julio se prendó de un fornido muchacho, Claudio, de profesión fontanero, que se había desplazado desde Málaga con unos amigos, para disfrutar de la feria del Santo (San Francisco Solano, patrón de la localidad cordobesa de Montilla. Fraile y sacerdote franciscano, nació en esa ciudad en 1549, misionó y evangelizó las tierras peruanas durante dos décadas, muriendo en tierras americanas en 1610. Lo canonizaron en 1726, y se le atribuyen prodigios y milagros. Falleció un 14 de julio). Una vez casados, el joven matrimonio de Claudio y Alfonsa se trasladó a Málaga, aunque el vínculo de ambos con Lorenza y Arcadio fue constante, de manera especial cuando su hija Auri pasaba las vacaciones en casa de la abuela, desplazamiento que también realizaba durante algunos fines de semana.

Arcadio había fallecido hacía nueve años, dejando a su viuda una muy modesta pensión, pues no había cotizado lo suficiente como profesional autónomo. El pago del alquiler del piso, junto a los gastos propios del día a día, provocaba estrecheces económicas en la buena señora, aunque esta nunca quiso depender de la ayuda de su hija “ya tenéis bastante con los gastos que dan el vivir en una gran ciudad”. Alfonsa le sugirió entonces que se trasladase a Málaga, pues ya le harían un hueco en el piso que habitaban, pero la anciana se negó con rotundidad, argumentando que ella había nacido y vivido en Montilla, su querida tierra y que de allí no se movería. Además tenía cerca la tumba de su marido Arcadio, para rezarle las novenas de la Virgen de la Aurora. Añadía que sus dos vecinas, Carmela y Fernanda, eran buenas personas y a quienes podía pedir ayuda en caso de urgencia o necesidad. “Me conformo con que Auri tome el autobús de línea, de vez en cuando y siempre que se lo permitan sus estudios, quedándose algunos días conmigo, pues para mi es como la segunda hija que no pude llegar a tener”.

Efectivamente, cuando Auri viajaba junto a sus padres, aquella mañana de viernes, camino de Montilla, iba recordando, con sentimental afecto y nostalgia, sus divertidas y numerosas vivencias mantenidas con la abuela Lorenza, que “casi” la crio y la educó, aplicando mucho cariño y la necesaria severidad para las faltas y travesuras. Iba rememorando las largas e interesantes conversaciones que ambas mantenían, sentadas en el balcón de la casa, durante esos tórridos veranos en los que un búcaro amarillo de barro o arcilla porosa enfriaba el agua que calmaba la sed por el caluroso ambiente de la Andalucía interior. Entonces la nieta siempre esperaba con ilusión la orden y las monedas de la abuela para ir a comprar, en la tienda del Cosme, esos golosos helados de chocolate y vainilla que tanto les gustaban. Cuando Auri se matriculó en la universidad, las visitas a su abuela en los fines de semana fueron espaciándose, por las exigencias naturales de una chica de dieciocho años con un amplio círculo de amigos. Sin embargo, la comunicación entre Lorenza y su nieta se mantuvo fuerte, por la acción de la “genética” y el afecto recíproco de ambos corazones.  

Las exequias de ese vienes tarde, presididas por don Sebastián, fueron entrañables en el afecto y respeto a la muy apreciada señora, acudiendo a la parroquia centenares de vecinos del barrio donde vivía y de otras zonas de la localidad montillana, todos ellos acompañando a los tres miembros de la familia Partal Alegría, visiblemente compungidos. La jornada del sábado fue dedicada por la familia de Lorenza para ordenar el contenido la casa. En principio habían decidido no mantener el alquiler de renta antigua, pues no tenía sentido ya que ellos residían en Málaga, en cuya facultad de Ciencias económicas estudiaba Auri. Sin gran dificultad hallaron una carta manuscrita de Lorenza, en la que a modo de voluntad testamentaria dejaba a su nieta Aurora todo el contenido y valores de la vivienda, documento que el lunes llevaron a una notaría del municipio para su completa legalización. La amabilidad y buena disposición del notario, que se comprometió a gestionar la documentación correspondiente cobrando la tarifa mínima, fue muy valorada y agradecida por Claudio y Alfonsa.

Durante ese fin de semana, mientras estaban reunidos para el almuerzo y la cena, comentaron con emoción el número tan elevado de personas que habían querido estar presentes en la despedida de Lorenza, mostrando su cariño y respeto a la misma. Les extrañaba la gran afluencia de asistentes, porque la abuela tenía un carácter donde resaltaba la privacidad, la modestia, siempre huyendo (por su serena timidez) de cualquier alarde o protagonismo social. En esa masa vecinal presente en la ceremonia religiosa destacaban, de forma mayoritaria, personas de muy modesta condición, principalmente campesinos y jornaleros, que trabajaban con abnegada dureza a fin de poder llegar económicamente a final de mes con sus familias, o incluso aquellos otros que tenían que acudir a la parroquia para pedir algo de ayuda material, cuando soportaban esos meses de paro laboral, cuando no había oferta de trabajo en el campo. Decía Alfonsa, con lágrimas en los ojos:

” La verdad es que no creía que mi madre fuese una persona tan apreciada y conocida en el pueblo, cuando casi siempre gustaba de permanecer en su domicilio, laborando con su crochet, leyendo sus novelas (ejemplares que sacaba en préstamo de la biblioteca pública municipal)  o pegada a un viejo receptor de radio, muy querido y apreciado, ya que lo había recibido como regalo de aniversario del “papá” Arcadio. ¡Las horas que dedicaba a la cocina, elaborando esos bizcochos redondos, rellenos de crema de chocolate y regados con almendras, azúcar glaseada y naranja confitada! Sé que muchos de esos dulces los regalaba a don Sebastián, un alma bendita y también muy golosa, a sus vecinas o a esos críos que apenas tenían para merendar un trozo de pan con media libra de chocolate y que recibían alborozados un trocito de bizcocho de la “señá” Lorenza”.

Ya el lunes por la tarde tenían previsto regresar a Málaga, pues Claudio y Alfonsa tenían que volver a sus respectivos trabajos. Sin embargo, su hija Auri, que se había llevado los apuntes de Estadística a Montilla, para estudiar el examen del próximo viernes, tomó la decisión de quedarse unos días más en el piso de la abuela, espacio entrañable en donde había pasado tantos días de su infancia y adolescencia, para dedicarse al estudio con tranquilidad y concentración, mezclando el esfuerzo intelectual con largos paseos por los alrededores rurales, sembrados de olivos, de la localidad que tan bien conocía. Acordó con sus padres de que tomaría el bus del jueves a las 17 h, con dirección a Málaga. También pensaba entretenerse, en los momentos de descanso, rebuscando en los cajones del armario y el mueble comodín, aunque era consciente que a su abuela no le gustaba ostentar joyas ni lujosos abalorios., pues vestía modestamente y ya siempre de negro desde que perdió a su amado de inolvidable Arcadio.

Ya habían preparado unos hatillos de ropa, en buen estado, para llevar al centro benéfico parroquial. La intención era dejar el piso lo más vacío posible, pues a final de mes pensaban dejar el alquiler del mismo a los herederos de su antiguo propietario, don Simón Cantalapiedra, un amigo de la infancia de Arcadio, el cual había heredado varias propiedades de un tío indiano (que decía ser poseedor del título de marqués de las Albarizas) alquilando una de sus viviendas a los padres de Alfonsa, cuando éstos contrajeron matrimonio.

El miércoles tarde, en un receso del estudio, Auri entró una vez más en el dormitorio de la abuela, entreteniéndose unos minutos repasando el contenido de la artística y bella cajonera o comodín, hecho por el abuelo Arcadio con madera de caoba, dada su habilidosa capacidad carpintera, reconocida en todos los rincones de Montilla. Esa preciada obra de arte en madera labrada fue el regalo de aniversario que Arcadio había hecho a. su mujer, con motivo del veinte aniversario de boda, sintiéndose Lorenza muy halagada con el monumental presente, en el que guardaba la ropa de cama, alguna ropa interior y de vestir y algunos otros recuerdos de la infancia de su hija y nieta. En realidad, el hábil carpintero guardaba al fondo del cajón inferior algunos ahorros, que había ido logrado juntar, manteniéndolos en casa pues por su mentalidad “no se fiaba” de las cajas de ahorros o bancos instalados con sucursales en el término municipal.

Auri es una joven muy observadora. Sus padres siempre han destacado esta cualidad que mantiene desde pequeña.  Comprobando, una vez más, el contenido de la gran cajonera se dio cuenta que el 5º cajón, el más próximo al suelo, aunque externamente tenía el mismo formato que los del resto del gran comodín, su interior tenía una menor capacidad con respecto a los otro cuatro: casi la mitad de altura y volumen. Era evidente que tenía un doble fondo. Repasó y repasó y al fin reparó en una palanquita esquinera. Probó a moverla en distintos sentidos y en uno de los intentos sonó un agudo click que “liberó” la tapadera de ese doble fondo, que quedaba oculto a la vista exterior si no se quitaba esa tapadera que lo ocultaba. Era un trabajo de carpintería muy bien hecho, que sólo podía salir de las hábiles manos artesanas de su abuelo Arcadio.

Al observar el contenido de ese doble fondo, la asombrada joven se llevó una soberana sorpresa. En una caja de cartón había 12 bolsitas de plástico, repletas de billetes y monedas de euro. Y a la derecha de ese 5º cajón, una manoseada gran libreta de alambre helicoidal, donde estaba anotada una contabilidad que, obviamente llevaba la abuela, por la dudosa caligrafía que siempre aplicaba en sus escritos. El listado de nombres anotado era extenso: Evaristo, Simeón, Manuela, Dorotea, Águeda, Felisa, Rosiña, Irineo, Josechu, Josefina, Román, Florián… junto a una fecha y la cantidad que recibía como préstamo, finalizando la línea con un garabato como firma, aunque algunos, sin duda profundo analfabetos, “firmaban” el pagaré con la yema de su dedo impregnado en tinta. En una de las esquinas del falso fondo, estaba un muy reseco tampón de tinta azul, usado para los más desventurados de la cultura y la destreza caligráfica.

Llamó por el móvil a sus padres y les contó el descubrimiento, en el que ninguno había reparado hasta el momento. Así que el fin de semana volvieron a Montilla, para dejar la vivienda lista para su entrega a los propietarios, con los que ya habían contactado y que no habían puesto objeción alguna para la finalización del contrato, ya que deseaban reformar y alquilar la vivienda a un precio mucho más rentable para ellos. Alfonsa contó el dinero en efectivo que tenía guardado su madre y sumó los débitos de los pagarés o deudas no resueltas. Estos débitos sumaban 8.300 euros y estaban muy repartidos, la mayoría con cantidades de 100, 150 euros. Comentaba con su marido la sorpresa que le había provocado la imagen de ¡la abuela prestamista! Acción que la anciana nunca les había comentado.

“Quién lo diría, en una persona tan pacífica, privativa, apacible, sin graves necesidades económicas, pero que, sin embargo, tal vez por distracción o por sentido social, “prestaba dinero, a las ganancias”. La verdad es que concedía plazos muy amplios, para la devolución, con un interés muy bajo que no superaba el 5%. Y si te has fijado, en muchos de los pagarés ya cubiertos, la devolución o el interés cobrado se sustanciaba en una gallina, un cesto de huevos, dos tarros de miel … ¡Vaya con la abuela Lorenza!” en palabras de Claudio.

Ahora se explicaban mejor toda aquella “caterva” de montillanos, integradas por jornaleros y pastores de apariencia muy humilde y modesta, presentes el día del sepelio, que gozaban con un peculiar “banco familiar” para sus necesidades más inmediatas. Tras analizar la situación, dándoles vueltas al incómodo asunto, tomaron la decisión de acudir, en esa tarde del sábado a la casa parroquial, a fin de hablar con el muy apreciado párroco D. Sebastián y pedirle consejo.

El venerable, orondo de cuerpo y sonriente sacerdote, guardó silencio unos minutos, tras escuchar a los hijos y nieta de su antigua feligresa.

“Hijos míos en el Santísimo sacramento, me asombra que no supieseis nada de esta encomiable acción o labor social que la buena Lorenza realizaba, ayudando a decenas y decenas de familias muy humildes y necesitadas, circunstancialmente, de algún aporte económico puntual. Esta situación la conoce todo el pueblo, aceptándola y aplaudiéndola. Sé que la Caja de Ahorros protestó (quería denunciar) ante la Guardia Civil, pero la benemérita comprobó que estas “cesiones” de muy reducido costo se hacían prácticamente sin interés y con plazos de devolución en modo alguno rígidos. Viendo la situación, el propio sargento Valeriano Cabrales, hombre y soldado de gran corazón, hizo un poco “la vista gorda”, mirando hacia otro lado. La masa social estaba tranquila pues confiaba mucho en su convecina Lorenza, teniendo tan próxima esta ayuda tan asequible y familiar”.

Ya lo habían hablado y especialmente Auri, “heredera legal“ de las pertenencias de su abuela, estaba totalmente de acuerdo. Claudio puso el bloc de las cuentas, con los pagarés correspondientes, encima de la mesa del sacerdote. Fue Auri quien habló: 

“Padre, devuelva esos pagarés adeudados a todos esos modestos vecinos, que nosotros tenemos suficiente con el cariño que profesaban a mi abuela. Estamos pagados con creces. También le entregamos este sobre con algún donativo por si algún vecino necesita ayuda inmediata, de verdadera necesidad, Vd. sabrá hacer el mejor uso de esta donación, siempre en memoria de la cristiana Lorenza Almansa".

Don Sebastián se levantó de su silla y pronunciando una frase en latín, bendijo a la familia Partal Alegría y mostrando un rostro sonriente y feliz les entregó a cada uno de sus miembros una lámina de la Virgen de la Aurora, con dos oraciones impresas en el reverso. “Estoy muy orgulloso de vosotros. Considero a vuestra santa familia como la mía propia, de santos hermanos”.  

El domingo por la tarde, tras haber entregado a un transportista algunos enseres de recuerdo sentimental, especialmente la cómoda de doble fondo, para su traslado a Málaga, abandonaron con nostalgia la bella localidad cordobesa de Montilla, cuna de Lorenza y en cierto modo también de su hija Auri, que “no descansaba” de tomar fotos para conservar el mejor de los recuerdos. La joven universitaria pensaba, en lo más íntimo de su corazón, que la abuela les sonreía, desde ese paraíso, azulado e ingrávido, más allá de los luceros y las estrellas. Se sentiría plenamente feliz viendo la generosa solución que sus hijos habían sabido dar a su “traviesa” y solidaria ocurrencia financiera. Las apariencias no siempre reflejan la realidad que imaginamos, porque detrás de la percepción visual siguen latiendo otras muchas vidas acomodadas en el corazón. -

 

 

 

EL COMODÍN DE

LA ABUELA LORENZA

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

14 octubre 2022

                                                                                   Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

                                                                      Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/ 


 

viernes, 7 de octubre de 2022

LAS SOMBRAS DE LOS TRES ARCÁNGELES.

Se habían conocido hacía más de dos años, en una fiesta verbenera del barrio malagueño donde residen, Huelin, en la zona del largo paseo marítimo del oeste ciudadano, denominado Antonio Banderas. La motivación festiva y marinera era, nada menos, que la celebración de la Virgen del Carmen, en un julio caluroso del almanaque. La concejalía municipal de fiestas había organizado una gran fiesta popular, en el gran parque de 32.000 metros cuadrados, construido en terrenos que antes ocupaban los grandes depósitos de la Campsa. En este amplio espacio, alrededor de un coqueto gran lago artificial cercano a un típico faro marinero, se extiende una extensa zona ajardinada con más de 700 árboles de diferentes especies, disponiéndose varios espacios para los juegos infantiles y distintos caminos para disfrutar el grato y saludable paseo y el sosegado descanso.

En esa alegre celebración festiva se organizaron distintas actuaciones para los más pequeños, bailes para los jóvenes y adultos y numerosas casetas para la degustación de meriendas, tapas y bebidas. El alegre evento tuvo una asistencia multitudinaria, en la que destacó el protagonismo de una “ruidosa” orquestilla que no cesó de tocar pasodobles y canciones versionadas de cantantes famosos, hasta cerca de los dos de la madrigada. Esa tarde/noche de fiesta era viernes, por lo que la mayoría de los asistentes no tenían que madrugar en la mañana del sábado, para acudir a sus obligaciones laborales.

En una de las improvisadas barras del bar, los protagonistas de esta historia tomaban unas cervezas, acompañados de una eufórica y feliz clientela que cantaba, bailaba y consumía. La casualidad o el lúdico destino quiso que estos tres clientes comenzaran a entablar una animada conversación, mezclando el frescor cervecero con banales comentarios sobre temas intrascendentes, lo que facilitó que se generara entre ellos una sencilla amistad que se fue manteniendo e incrementando a lo largo de los siguientes días y semanas. Estos tres amigos residían en la misma calle, denominada el Rebalaje, aunque en distintas manzanas de edificios. Se conocían de vista, pero nunca habían intimado hasta ese día del Carmen.

A partir de entonces comenzaron a citarse en los fines de semana, para verse, compartir la conversación y las tapas e incluso para hacer alguna actividad que les agradara en los días de ocio. Quiso la casualidad que se llamasen como los tres primeros Arcángeles, nombres que tras su cotidiana a relación (solían acudir juntos a la tasca La Maroma) provocó que otros vecinos les denominasen, de manera burlona, LOS TRES ARCÁNGELES, aunque la verdad es que de almas celestiales tenían bien poco.  

El mayor de los tres amigos, MIGUEL, 46 años, era un esforzado técnico antenista, contratado en una empresa instaladora del sector audiovisual. Casado con Rosalía, paciente mujer que se ocupaba del trabajo en el hogar. Dos hijos habían venido a este matrimonio, los cuales en este momento estudiaban en un colegio público de la zona sus cursos de la ESO. Una familia sencilla, normalizada, que se veía ensombrecida por los severos problemas de Miguel, con respecto a su esposa. Celos que lo dominaban y agriaban su carácter. Esa debilidad venía de “lejos”, a los pocos meses de casado. Pensaba o se imaginaba que vecinos, amigos o simples transeúntes ponían sus ojos en la buena figura que seguía manteniendo su esposa. Esa obsesión lo desquiciaba, haciéndole infeliz. El enfermizo problema provocaba frecuentes discusiones y disgustos entre los dos cónyuges que, de una u otra forma, agriaba la atmósfera familiar.

El segundo amigo del grupo era GABRIEL. Tres años menor que Miguel, se ganaba honradamente la vida como montador/ instalador de todos, por toda la geografía provincial, empleado en la empresa Todo Sol, muy bien consolidada en el mercado turístico y familiar. Casado con Amalia, quien con admirable voluntad ayudaba a la economía de su casa, trabajando por las tardes en un taller costurero de arreglos de prendas de vestir, denominado La Aguja y el Dedal. Formaban un joven matrimonio sin descendencia genética, con la peculiaridad que ninguno de los cónyuges hizo apenas nada por conocer los motivos o causas de esta infertilidad en su unión. Al igual que la familia de Miguel, y como suele ocurrir en no pocos matrimonios, un problema enturbiaba la armonía de la pareja. En este caso era la debilidad que Gabi tenía ante los juegos de azar. Pensaba que un buen premio podría darle la suficiente capacidad económica para poder montar su propio negocio. Pero la suerte es muy traviesa y esquiva, por lo que ni el juego de la primitiva, la lotería nacional, el bingo o el juego de cartas o naipes al dinero (aprendido de un abuelo ludópata) le daban aportes económicos. Todo lo contrario, pues iba reduciendo el no abundante patrimonio familiar. Había meses en los que tenían dificultades para llegar a final de mes, con la desazón subsiguiente de la paciente Amalia y la frustración humana del controvertido y “manirroto” ludópata.

RAFAEL era el tercer “arcángel” y el más joven de este trío de amigos, con 41 años en la actualidad. Nunca destacó por su esfuerzo ante los libros, por lo que al terminar la educación obligatoria se unió a su padre que poseía una pequeña empresa de pintura para viviendas. Tras la jubilación de su progenitor, se hizo cargo de la dirección de esta modesta empresa (con cuatro pintores en total) que trabajaba como subcontratada con otros grupos inmobiliarios de mayor potencia y capacidad. Estaba casado con Almudena y tenían una hija, Liria, en plena adolescencia de los doce años.  Almu aplicaba los conocimientos que había adquirido en un curso de marroquinería, organizado por el área de cultura de la concejalía municipal, para hacer trabajos y labores artesanales con la piel, como bolsos, monederos, correas, chalecos, gorros, sandalias y otros complementos, que llevaba para su venta a los mercadillos domingueros que promovía el propio ayuntamiento en lugares emblemáticos de la ciudad, como el Parque, la Plaza de la Merced, Alcazabilla o el puerto marítimo, puntos de gran atracción turística. Esta artesana labor le daba esas satisfacciones y creatividad que tanto necesitaba, dado el preocupante problema que tenía su marido, desde hacía años, pero ahora con mayor intensidad y gravedad. Esa adicción al alcohol, arraigada en Rafa desde los ya lejanos tiempos de guateques juveniles, enturbiaba la necesaria armonía familiar. Lo grave del caso era que la adicción fue pasando del grado cervecero y el vaso de tinto, al consumo de botellas de marca de elevada graduación, preferentemente durante los largos fines de semana. En distintas ocasiones el pintor había prometido a su esposa abandonar esta dependencia, pero las esperanzas de Almu se desvanecían una y otra vez, cuando descubría esas botellas de licor vacías, “disimuladas” en el cubo de los residuos.

Una tarde de sábado de elevada templanza térmica, a esa hora mágica de las siete de la tarde, los tres amigos estaban reunidos en la cafetería bar Los Gorriones, ubicada en los bajos de un elevado bloque de viviendas, a muy escasos metros del Parque Huelin. Como era habitual, a esa hora del día, compartían unas cervezas y una bandejita de frutos secos, como tapa gratuita del establecimiento. Entre ellos se generaba la conversación, el chascarrillo y también la modulación de los silencios, en una armonía sublime de amistad y camaradería, valores no frecuentes en estos tiempos convulsos para mostrar esos egos llenos de soberbia y vanidad que tanto envilecen.

En un momento concreto, MIGUEL dejó el vaso de cerveza sobre la mesa, después de haber saboreado un prolongado trago.

“¿Os habéis enterado de que Rosalía, Amalia y Almudena se están también reuniendo, compartiendo algunas meriendas, en nuestros domicilios, para comentar y tratar de resolver sus problemillas cotidianos, ayudándose unas a otras? Pienso que también nosotros podríamos hacer algo parecido. No nos engañemos, todos somos conscientes que cada uno de nosotros tiene alguna debilidad que, aunque la ocultemos al exterior, están ahí perjudicando la buena armonía de nuestros matrimonios. Como soy el más veterano del grupo, voy a dar el primer paso, contando cual es el problema que me afecta, aunque pienso que algo sabéis acerca del mismo.

Desde siempre he sido muy celoso. Es algo que no lo puedo evitar. Cuando veo a alguien mirando de refilón o a cara descubierta el cuerpo de mi Rosalía, se me van los nervios y no sólo culpo al mirón que disfruta con la figura de mi mujer, sino que la culpo a ella por su forma de vestir, la forma de contornearse, enseñando en demasía la belleza de su anatomía. Las discusiones por este mi problema son cada día más frecuentes y desagradables y lo que temo es que mal día nos vamos a tirar los trastos a la cabeza, pudiendo ocurrir una desgracia. Se me bloquea la mente y ya no razono, sino que me ofusco diciendo cosas de las que después me tengo que avergonzar. Me tenéis que ayudar, echándome una mano, con ese “no sé qué” que se me mete entre ceja y ceja y me descontrola, haciéndome infeliz, no sólo a mí sino también a una buena mujer como es la Rosa”.

Sus dos buenos amigos no echaron en saco roto su petición. Supieron moverse con agilidad, prudencia y acierto, para sacar del atolladero a ese amigo al que traicionaba la propia inseguridad de su carácter. En no más de quince días, Miguel fue recibido en los servicios sociales de la concejalía del barrio, en donde trabajaban un grupo de jóvenes psicólogos, que se ocupaban en atender las necesidades de los vecinos, para tratar de ayudarles a recuperar o reconducir las anomalías de su comportamiento y la recuperación del equilibrio mental. En una época y sociedad tan estresada como la actual, este gabinete de ayuda gratuita era muy necesario, aportando soluciones eficaces para que la armonía ciudadana y familiar no se viera enturbiada por esos pequeños y grandes defectos o anomalías que tanto daño hacen a nuestro carácter.

Miguel colaboró sin rechistar al esfuerzo de sus amigos y ya en la segunda sesión del gabinete psicológico, acudió acompañado de Rosalía. Era muy conveniente el que hablaran entre ellos ante una persona experta, a fin de poner la voluntad necesaria para construir o recuperar una armonía y entendimiento conyugal, con el que harían renacer esa convivencia afectiva que cada día más se enturbiaba. Y todo por el duro condicionante de los celos, que tanto daño hacen al que los padece (por falta de confianza y autoestima) como al que sufre las consecuencias de esa distorsión mental. La situación, aunque no resuelta, ha mejorado entre ellos y Miguel sigue asistiendo a esas terapias de grupo, que tan beneficiosas son para sus participantes.

El caso de GABRIEL era algo más complejo, porque estaba el salario familiar de por medio. El propio Miguel y su amigo Rafael se pusieron a la labor, visitando el primer lugar el bingo, en donde habitualmente Gabi se dejaba sus buenos y necesarios “cuartos”. En la empresa se comprometieron a no dejarle pasar, una vez mostraron una declaración de Amalia, debidamente avalada con su firma, de las dificultades económicas que pasaban para sostener los gastos familiares. Al tiempo, compraron una lotería (de las de juguete) para utilizarla algunas tardes en unas partidas de bingo, apostando objetos u objetivos “inofensivos” para la dependencia ludópata, como caramelos, bombones, vasos de cerveza, entradas de cine…

Por supuesto que también Gabi acepto pasar por el gabinete municipal de ayuda al vecindario necesitado, en donde el mismo grupo de psicólogos mantuvieron diversas entrevistas con el ciudadano afectado de ludopatía. Hoy en día, aunque continúa el proceso de recuperación, Gabi se esfuerza en salvar su matrimonio, corrigiendo en lo posible sus débiles y costosas tendencias ante los sorteos y otros juegos de azar.

Y llegamos a la “sombra” de RAFAEL. El caso era aún más peliagudo. Convencieron al compañero dependiente del alcohol para asistir a una asociación de ayuda de alcohólicos anónimos, muy próxima al cauce del río Guadalmedina. Aunque Rafael se mostraba ciertamente remiso, no faltó a la cita, acompañado de Miguel y Gabriel, que esperaban en la puerta de la sede, a fin de evitar que Rafael decidiera abandonar la reunión antes de que finalizase las sesiones de terapia, para la desintoxicación etílica, que se celebraban los martes y los viernes de cada semana.

La rehabilitación del compañero tuvo sus alzas y bajas, pero fue aceptando utilizar las botellas de 00 en sus comidas y en los ratos de ocio. Afortunadamente las botellas vacías de licor de alta graduación fueron desapareciendo del cubo de los residuos, en su domicilio. En esta labor de ayuda fue decisiva la colaboración que prestó su única hija, Liria, quien tuvo la fuerza y el ánimo necesario para hablar abiertamente con su padre, desalmando emocionalmente la fortaleza y el ego del pintor de viviendas.

Los tres “arcángeles” de Huelin eran reales. Subían un grado el admirable valor de la amistad, enalteciéndolo en una sencilla y difícil al tiempo colaboración para ayudar al compañero que lo necesitaba y, obviamente, agradecía. Este esfuerzo solidario entre ellos, abierto siempre a otras opciones para los demás convecinos, llegó a oídos de Benito Lisarga, el concejal encargado de la zona oeste playera. Con justa y hábil respuesta, el munícipe organizó, con el compañero de la concejalía de playas y fiestas, un sencillo y entrañable homenaje a estos tres vecinos del barrio que habían sabido elevar la imagen e individualidad de sus personas, hasta ese momento algo degradadas en lo familiar, a una praxis solidaria de ayuda al amigo, que no podía o sabía superar su gran “sombra” sin la ayuda generosa de los demás.

En la fiestecilla popular de ese sábado, celebrada en el marco marinero del Parque Huelin, alrededor del gran Lago con la bella isleta central, una masa vecinal con ganas de pasárselo bien acudió al evento “verbenero” para saludar y felicitar a esos tres ejemplares convecinos del barrio y de paso para bailar, congeniar, beber y tapear. Espectadoras de excepción fueron tres ejemplares mujeres, Rosalía, Amalia y Almudena, quienes sonreían creyendo en la sutil esperanza de que, a partir de ahora, todo iba a ir mucho mejor en el seno de sus respectivas familias. A buen seguro que allá arriba, en las dunas ingrávidas celestiales, otros tres verdaderos Arcángeles contemplaban con satisfacción su buen quehacer y se felicitaban ante comportamientos humanos que enaltecen el gran valor de la amistad. –

 

 

 

LAS SOMBRAS DE

LOS TRES ARCÁNGELES

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

7 octubre 2022

                                                                Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 



 

viernes, 5 de julio de 2013

CONVERSACIONES EN DOMINGO, BAJO LA MARQUESINA DEL BUS.


Caminaba despacio, marcando físicamente las pisadas, hacia la próxima parada del bus. Era la noche de un domingo, en junio, soportable en lo térmico aunque algo incómoda, debido a la intensa humedad. Esta situación meteorológica es bastante usual en las ciudades portuarias, debido a la inmediatez nutriente de la gran masa hídrica que conforma y reina en el mar.  Y allí, debajo de la marquesina acristalada, un par de chicas muy jóvenes estaban hablando acerca de esa tarde que finalizaba en la noche. El panel digital marcaba los datos de la temperatura, alternados con aquellos otros que informaban sobre la llegada de los próximos autobuses. Me fijé en los quince largos minutos que tendríamos que conceder a la espera. Como las dos jóvenes se expresaban a viva voz, pude participar anónimamente en su diálogo, escuchando parte de la historia que intercambiaban en palabras.

Eran compañeras de aula, posiblemente en algún instituto de la zona oeste malagueña. A tenor de la edad que ambas representaban, estudiantes de secundaria. Las ubicaría en cuarto de la ESO (entre los quince y los dieciséis años de edad). Auri, la más delgadita, melena corta ondulada, ojos castaños y brackets correctores, llevaba un vestido celeste y blanco, muy veraniego, con unas sandalias de tiritas, también blancas. Era la más expresiva de las dos, pues su amiga Lucía, con más gramos en su cuerpo, se limitaba básicamente a escuchar. De cabello castaño claro, cubría su cuerpo con una rebeca de punto blanca que la protegía de la fuerte humedad que nos deparaba la noche, un cortísimo pantalón del mismo color, con unas sandalias planas, en este caso de color beige. No resultaba difícil introducirse, con ese necesario y educado disimulo, en la conversación que las dos jovencitas mantenían. En ese momento de la noche, no había nadie más en la parada, así que ellas dos dialogaban mientras que yo, pacientemente, asistía reflexivo a la peculiar retórica que utilizaban.

“Luci, yo no te he querido quitar al Víctor. Lo que pasa es que él ya no está por ti. Empezó a tentarme con los mensajitos en clase y ya lo tenía pegado como una lapa a todos los sitios que iba. Ya sé que no te gustó cuando nos vistes con el manoseo en la escalera del patio. Pero a mi me daba corte decírtelo. Qué quieres, que a mi mejor amiga vaya una mañana y le diga que he estado de magreo con su Víctor. Te lo tienes que quitar de la cabeza. Ahora está por mí. Y yo no te quiero hacer daño. Pero a mi me mola en cantiá. Y ya hemos hecho nuestras cositas. Nos pusimos a tope. Pero no querrás que te lo cuente….. Supuestamente, las mismas que ha hecho contigo. Tienes que pasar ya. El Gabri también está mu bien. A poco que lo pongas a tono, lo tienes como un faldero detrás tuya. Es más feíllo que el Víctor, pero me han dicho que pa meté mano es un artista”.

Lucía atendía resignada a las “doctas” y fraternales palabras de su amiga íntima Auri, con el semblante triste y cariacontecido. Asentía con ese movimiento de cabeza que suple la desgana en el ejercicio de las frases.

“No, si yo sé, Auri, que tú no me la has pegado. Ha sido él quien se ha cansao. Le gusta la variedad. Pero mira que liarse con mi mejor amiga. Pa mí es un niñato consentío. Y lo conozco mu bien, por fuera y por dentro. Ahora está contigo y punto. Mejó que hablemos de otras cosas, porque ya estoy del Víctor hasta los …. ¿Has hecho las tareas pa mañana. En todo el finde, yo no he cogío un papé. Pa eso estaba yo. Ahí están las tareas esperándome. Como se entere mi madre, me mata”.

Faltaban ya siete minutos, según marcaba el avisador digital, para la llegada del catorce. Hacía un par de minutos que se había incorporado una nueva usuaria, a esta parada situada en el ecuador métrico del Parque norte, enfrente del edificio del Rectorado. Era una señora entrada en años y con gafas oscuras, a pesar de la noche. Me llamó la atención los dibujos grabados en la piel de su bolso. Sin duda venía del cine, pues hacía como que leía el prospecto informativo de un cine cercano. De esos que te ofrecen alguna somera información acerca de la película que proyectan en pantalla. En realidad, se la notaba con un cierto tono de preocupación. Con ese gesto nervioso que solemos hacer, para distraer el tiempo, echó manos de su móvil y realizó una marcación táctil. Tras esperar unos segundos, comenzó a dialogar con un interlocutor, previsiblemente aquél con quien había estado en la profundidad de la tarde. A pesar de que tenía un buen tono de voz, me resultaba difícil seguir el hilo de una conversación, más o menos construida o articulada a base de frases entrecortadas.

“No, si a mi no me importa. En realidad, lo entiendo, aunque no me pidas que te lo aplauda. Las cosas están así y hay que echarle mucho aguante. (Silencio, para la escucha de la otra persona que habla). Ya, pero tu nunca lo vas a hacer. Tus hijos y eso. Pero ya no tienen siete años. Seguro que acabarían por entenderlo. Además, la gente joven pronto se dispone a organizar su vida. Y con su noción del tiempo, nos ven a los mayores como dinosaurios de otra galaxia. (Nuevo silencio) Te lo dije esta tarde. Tú ya no la soportas…… no, pero ella a ti tampoco……. Os estáis haciendo daño y yo sigo aquí de invitada……. No Mario, no te veo con valentía. Y yo porque estoy muy sola, que si no…… Estoy ya muy harta y cansada, Mario, con mi pobre situación entre vosotros”.

Esta mujer, aparentemente atrapada y utilizada, en el viejo triángulo afectivo, había ido elevado, de forma paulatina su tono de voz. A medida que el enfado potenciaba su desequilibrio anímico. No me fue posible conocer su nombre ya que éste es posible fuera pronunciado, pero al otro lado de la línea. Vestía con una aparente informalidad, pero cuidando una básica elegancia para esta tarde/noche de domingo. Vaqueros de marca, una camisa bordada, de color celeste claro y unas sandalias negras con un cierto tacón, ya que no podía ostentar un cota destacada en su más bien corta talla.

¡Vaya! Apenas había reparado en ella. Con sus ojos sensuales y sonrisa picarona, trataba de motivar nuestra atención. Había una cuarta mujer. La noche iba de féminas, en el repertorio. A través del cristal, iluminado por un suave neón acaramelado, nos estaba invitando a compartir, con su atrayente y frágil figura, un apasionado crucero para la aventura. Sería por esas aguas, llenas de historia, sosegadas, azules y transparentes, en el helénico y latino Mediterráneo. Cuatro mujeres, cada una de ellas con diferente escenografía, qué mejor honor para este comienzo de junio, ansiada antesala de ese reconfortante e inminente verano. ¿Y tú como te llamas? Me preguntaba, pensativo y travieso. Pero los personajes insertos en la cartelería suelen ser reacios en desvelar la intimidad de sus nomenclaturas. No recibí respuesta alguna, a mi lúdico e infantil interrogante.

Al fin, el parpadeo luminoso del panel nos avisaba de la inminente llegada del “catorce” que nos acercaría, recorriendo las correspondientes estaciones urbanas, a esos hogares que nos identifican.

Auri y Luci, vitalizando su simple espontaneidad,  continuaban con sus reflexiones, afectivas y escolares, camino de ese lunes donde casi todo, dicen …… vuelve a empezar. Para ellas este domingo, que ya casi dormitaba en sus bostezos, habría tenido expectativas ilusionadas, realidades para la aventura y, también, nublados acromáticos de esos que invitan a seguir creyendo en la espera.

La señora, amiga de Mario, al fin no se subió al bus. La vi alejarse, confundida o desorientada, a pasos inciertos, camino de una situación indefinida. Parece ser que el tal Mario pretendía ese juego prevalente en el que sólo quieres las cartas que te sonríen, pero no aquéllas que exigen tu definición y valentía. Un caradura de diseño, con el ego como pobre y decadente estandarte.

¡Ah! y la chica del crucero. Viendo que ya no había público atento en la parada, aprovechó para irse a tomar un café calentito al McDonald’s  cercano de la Marina. Es el único que a esa hora, más allá de las once, permanece abierto para clientes solitarios en domingos sin tiempo.

El diestro conductor, que nos acercaba en su obligación a nuestras intimidades sociales, aceleraba sin pausa con el pedal de las prisas. Sus movimientos y gestos lo confirmaba. Se sentía ya, a estas horas para las aceras vacías, bastante cansado de dar tantas vueltas a lo mismo, por esas calles, plazas y marquesinas. Y yo me entretenía observando, a través de un cristal torpemente rayado con el “te quiero, Ana” una ciudad que simulaba estar dormida.

Me seguía preguntando, sin ánimos para la respuesta, por qué hemos creado neciamente los domingos por la noche, cuando resultan más atractivos esos lunes, miércoles o viernes….. cuando luce, con todo su esplendor e ilusión, la mañana.-


José L. Casado Toro (viernes, 5 julio, 2013)
Profesor

viernes, 10 de mayo de 2013

GESTOS Y REALIDADES, PARA GENERAR ILUSIÓN.


Benito ha de atender a muchos clientes cada día, desde ese espacio que habita detrás del mostrador. Lo hace en una vetusta farmacia de pueblo, donde cumple cada día la normalidad rutinaria de su buen trabajo. El establecimiento, orientado hacia una cromática montaña arbolada, está situado en la plaza central de una localidad castellana, núcleo básico de oportunidades en las palabras, almas sin prisas, comercios familiares y encuentros colectivos para la festividad solidaria. Allí, cada mañana, este hombre apacible se encarga de subir las persianas y organizar el interior de un local de su propiedad. El establecimiento se halla repleto de estanterías y armarios, todos ellos repletos de centenares y miles de cajitas, con nombres misteriosos que dicen servir para curar los males del cuerpo. Heredó este negocio de su padre, también farmacéutico y, a sus ya largos años en la nobleza social del oficio, le entristece no tener una descendencia interesada en proseguir ese esfuerzo por colaborar en la mejor salud de sus convecinos. Su única hija trabaja y reside en la capital de la provincia, a unos cien kilómetros de distancia. A la niña siempre le había gustado eso de las leyes y desde sus estudios comprobó que no le hacía tilín la tradición familiar a las medicinas. Con lógica racionalidad este farmacéutico, que rezuma bondad,  comprende que algún día, previsiblemente ya bastante cercano en el tiempo, habrá de vender o traspasar su querida farmacia. Lo hará a otras manos que habrán de saber llevarla con el cariño y esmero que él siempre ha mantenido en su dedicación o. mejor dicho, vocación, para el servicio de los demás.

Como cada uno de los días, a eso de entre diez y media y las once, llega, para compartir la amistad que sustentan las palabras, su amigo Jonás. Fueron compañeros de clase en la infancia y, desde entonces, han cultivado con delicadeza y respeto, una buena relación que a ambos enriquece. Tras acompañarle casi toda la mañana, cierran la farmacia a esa hora que supera por unos minutos las dos de la tarde, y se van a compartir un aperitivo al bar de Paula, cervezas que ambos disfrutan con placer y moderación. Siempre suele pagar Benito, a pesar de las protestas de Jonás, pues el farmacéutico conoce bien las dificultades por las que pasa su amigo, cuya pensión de jubilación, como funcionario de Correos, le permite apenas una disponibilidad económica en sumo modesta. Ahora todavía más, pues sus dos hijos, casados y con hijos, se hallan, a causa de complicados avatares empresariales, en una  situación de desempleo de penosa incomodidad.

Son muchas las personas que pasan por la farmacia, desde la mañana a la tarde. También en los días de guardia nocturna, a lo largo del mes. Para esas noches en vela, con frío o calor, Jonás le acompaña unas cuantas horas que hacen más llevadera la soledad laboral. Su amigo siempre aparece con un familiar termo de café con leche, bien caliente y unas galletas que les tiene preparados la confitería de Felisa, una pastelera muy valorada en el pueblo. Su obrador, además de elaborar y vender ese recio pan cateto que a tantos agrada, hace unos dulces especialmente golosos, para deleite de pequeños y más grandes en edad.

Naturalmente, son muchos los parroquianos que acuden a la farmacia de Benito Cortés. En el pueblo sólo hay dos establecimientos que atienden las prescripciones de los médicos para sus pacientes. Nuestro protagonista es una persona afable, cariñosa, que no sólo se preocupa de facilitar el medicamento inserto en la receta, sino que también gusta de aconsejar y dialogar con aquellos que visitan su importante e imprescindible labor. Aparte de los problemas de salud convencionales, cada día son más los convecinos que han de comprar fármacos contra esa lacra, silenciosa, inamistosa y cruel, cual es la depresión anímica. Estos achaques en el equilibrio psíquico solían ser bastante frecuentes con el paso inevitable de la edad. Sin embargo, en los tiempos que corren, cada vez más afectan a personas que no suman muchos calendarios en sus vidas. Incluso hay jóvenes que, hallándose en la primavera de sus existencias caen en situaciones de tristeza, lágrimas, abulias y angustias, de las que no les resultan fácil salir, a fin de recuperar ese equilibrio perdido. Las anécdotas o experiencias al caso son abundantes en la memoria de este honesto profesional. Y dolorosas, por supuesto, pues afectan a chicos y chicas, a muchas vidas cercanas, a las que ha visto nacer y crecer, en el marco entrañable de la vecindad. Mayores y jóvenes suelen atender sus consejos, palabras y reflexiones que están basadas en la equilibrada experiencia acumulada en su persona.

Un tema, bastante recurrente entre terapia, medicamento y recetas, es el de la ilusión o confianza para su pronta eficacia. “Cuántas me he de tomar cada día? ¿Lo hago antes o después de comer? ¿Mejor en comprimidos o en efervescentes? Oye Benito ¿serán buenas para mi tensión? Porque últimamente la tengo bastante subidilla. ¿Entiendes, de verdad, lo que ha puesto ahí el médico? Otra vez me ha mandao lo mismo y a mi eso no me hace ná. ¿Qué me tomo para el resfriado? Pues resulta que la niña no quiere comer, y no sé qué darle. A mí, desde luego, esas gotas me ponen el estómago hecho una tortilla. Pero el médico, erre que erre. Y mira que se lo tengo dicho……” Y así numerosos comentarios intercambiados con el amigo y convecino farmacéutico que, a buen seguro, siempre va a ofrecer el consejo más adecuado. Pero sobre todo, ese bien saber escuchar que tanto se agradece en los momentos de pena o inseguridad. Veamos alguna de estas reflexiones que se visten con el atuendo esperanzador de la ilusión.

“Atiende lo que te voy a decir, Clara. Lo que estás tomando te va a ayudar, no lo dudes. Pero la mejor medicina, para tu problema, bien sabes que no lo tengo en las estanterías. No lo fabrica industria química alguna. Ese medicamento se halla, principalmente, en ti. Y es el que mejor te puede curar, de tanto lamento, lágrimas y tristezas. Te tienes que distraer. Tienes que buscar una cosa para cada momento. El ponerse a pensar, para mortificarte en los recuerdos, no conduce a solución eficaz. Y esto te lo está diciendo quien mejor te conoce. Llevamos treinta y cinco años juntos y eso hace que entre nosotros no haya secretos para comprendernos. La niña se ha juntado con ese hombre separado y con dos niños chicos a su cargo. Pero es lo que ella quería. A mi, las dos veces que he hablado con él, me ha dado la impresión que es una persona de no mucho fiar. Pero ¿qué podemos hacer? Lourdes sabe que nosotros no le vamos a fallar para cuando nos necesite. Tienes que centrarte en una ilusión que ocupe gran parte de ese tiempo que sobra en el día a día”.

Efectivamente, no sólo los clientes reciben las palabras sensatas de Benito. También, aquella persona con la que sigue compartiendo tantos años de vida en común, su compañera de toda la vida. Y aquella noche de sábado, le correspondía guardia nocturna. Le extrañó que Jonás no apareciera, como era usual en él, a eso de las once y pico, con su termo y las galletas. Igual no se encuentra bien, se dijo. Encendió la estufa de aceite y se dispuso a resolver esos Sudokus que tanto le distraían. Ya un tanto adormilado, serían más de las dos, se echó un ratito en el camastro que tiene acomodado en la trastienda. Un timbre, con sonido imperativo, junto a una potente luz avisadora, le reclamaba para alguna persona necesitaba de medicina con carácter de urgencia, tras esa ventanilla de seguridad. Por término medio, en estas noches de guardia, son entre cinco o seis las personas que pulsan en el timbre para el aviso. El número se incrementa con los fríos del otoño y, curiosamente también, con los calores del tórrido verano en Castilla.

“Hola, Natalia, buenas noches. ¿Qué necesitas? La verdad es que no te veo con buena cara… A estas horas, seguro que es algo importante”

“Benito, con este calor no puedo dormir. Pero no es eso lo peor. Es que no tengo ilusión para nada. Me siento como vacía, desanimada, sin fuerzas para seguir adelante. Me pongo aún más nerviosa cuando llega la noche y repaso el panorama que me afecta durante el día. ¿Tienes por ahí algún tranquilizante, algo me ayude para este angustia que tanto daño me está haciendo?”

Benito conocía algo de esa historia. Una madre soltera, que aún no había cumplido los veintiuno. Era hija de unos padres muy conservadores y estrictos que no se recataban en recriminar y enjuiciar, sin generosidad o tacto, los errores que Natalia había tenido, juntándose con la persona que la dejó embarazada. Ella nunca quiso señalar a nadie, tal vez por algún temor que sólo ella guardaba. Solícito, el farmacéutico abrió la puerta enrejada y la invitó a pasar. 

“Voy a prepararte una manzanilla relajante y si te parece charlamos un poquito. Seguro que te puedes tranquilizar. Voy a a decirte algunas cosillas que tal vez mejoren el estado de ánimo. Tomar tranquilizantes es una solución….. pero sin solución. Te vas a refugiar en unas pastillas que no van al fondo del problema. Mira, yo veo que aunque tus padres viven desahogados en lo económico, tu necesitas un trabajo, por humilde que sea, para salir de ese ambiente desafortunado que tanto te atosiga. Tendrías que ser más independiente. Tu niña va a estar bien atendida en esas horas en las que tienes que cumplir un horario de trabajo. La mayor ilusión de tu vida, sin duda, es esa pequeña que el destino ha querido concederte. Pero has de buscar otros incentivos, que también enriquezcan los objetivos de cada uno de los días. Una buena amiga. Salir con otros chicos y chicas al campo….. La práctica regular de algún deporte. La lectura también es muy sana. Aprender algo que te ayude en el futuro. ¿Por qué no un idioma? Tus padres tienen mucho espacio en la finca. ¿No te gustan las flores y el cuidado de la jardinería?”

Natalia atendía con respeto casi filial las pausadas palabras de Benito, pronunciadas ante una linda joven desorientada que necesitaba el calor de un buen consejo. 

“Te voy a proponer una opción que igual puede ayudarte a reencontrarte contigo misma. ¿Querrías ayudarme un poquito en la farmacia? Yo te enseñaría lo básico acerca de cómo funciona este trabajo y te pagaría, lógicamente, las horas que pudieras dedicar a estar aquí atendiendo a los posibles clientes. En caso afirmativo, me harías un gran bien, pues necesito liberarme un poco de tantas horas como paso en mi vida detrás de este mostrador. No necesitarías alejarte de tu pequeña. Por supuesto, puedes traerla aquí, junto a ti. La pones a jugar, a dibujar, a hacer sus deberes. En realidad todavía es muy pequeñita, pero me dices que ya la llevas a una escuela infantil”.

Y aquella templada noche de agosto, una buena persona continuó ejerciendo el mejor quehacer para la solidaridad. Este hombre entendía, con el más inteligente de los criterios, que existen eficaces medicinas, fuera de los estantes atiborrados que dormitan en las farmacias. Son esos fármacos que hablan de ilusión, generosidad y sentido positivo ante el quehacer vital de cada uno de los días. Hoy Natalia es una excelente profesional, al frente de un establecimiento al que tantos acuden a fin de mejorar sus dolencias. Ha dejado de tomar antidepresivos. Mientras atiende a un cliente, su hijita juguetea correteando por los espacios del establecimiento. Y no lejos de este punto de encuentro, Benito y Jonás disfrutan, ahora mucho más, los amaneceres y las cromáticas puestas del Sol. Son dos viejos amigos que saben gozar de la naturaleza, recorriendo en libertad los preciosos senderos de la montaña.-


José L. Casado Toro (viernes, 10 mayo, 2013)
Profesor
jlcasadot@yahoo.es