viernes, 12 de marzo de 2021

EL FRATERNAL SONIDO DE LAS CAMPANAS.

Aunque tenía previsto llegar a su destino en las primeras horas de la mañana, un contratiempo imprevisto con el motor de arranque de su vehículo hizo perder a Claudio Dalaria un par de horas en la planificación prevista, para ese primaveral sábado de abril. Un oportuno y rápido servicio de urgencia, para la mecánica del automóvil, resolvió al fin lo que en principio no parecía una fácil avería. De esta manera y aun con retraso pudo encaminarse, desde Segovia capital, hacia Salamanca, utilizando la N 110 y la A 50, recorriendo en poco más de dos horas y media los 170 km. distancia entre ambas ciudades castellanas. Desde la monumental y sugestiva capital universitaria, hasta su destino previsto, tuvo aún que recorrer otros 45 kms en un día fresco, pero a ratos gratificado por el sol. Cuando al fin llegó al pequeño municipio salmantino de Alaraz, era poco más o menos la hora del mediodía, escuchando el amistoso sonido de unas campanas que debían ser de la iglesia de este pueblo con encanto (que le habían recomendado visitar) y que no llegaba a los quinientos habitantes, según una guía del viajero previamente consultada. El toque de campanas siempre le había agradado y emocionado desde su niñez, pues consideraba que esa grave o alegre acústica era indicador o señal de un solemne espacio religioso, con cuyos sonidos ese respetado lugar reclamaba la atención entre la devota feligresía de la zona.

Una vez aparcado su vetusto pero “encariñado” coche Citröen 2CV sin el mayor problema, pues las calles estaban prácticamente vacías de viandantes y vehículos, comenzó a caminar buscando la plaza principal del pueblo y, por supuesto, ese templo del que partían los armoniosos toques campaneros. Por suerte, en el cruce de dos calles silenciosas y cuando ya finalizaban los sones del campanario, se encontró a una rolliza señora que portaba una gran bandeja cubierta con un paño blanco, estampado con algunas figuras geométricas de colores. Con delicadeza y aportando una necesaria sonrisa se acercó a esa única mujer, que casualmente caminaba por allí en ese momento, preguntándole cuál era la mejor dirección para dirigirse hacia la Iglesia del pueblo. La buena mujer le indicó, con amistosa familiaridad que, si no le importaba, le acompañara, pues ella precisamente se dirigía a un obrador de panadería y confitería muy cercano a la plaza del Ayuntamiento, al que llegarían en un par de minutos. Desde el popular horno de Braulio le indicaría la calle que le llevaría directamente al templo parroquial, consagrado bajo la advocación de Nuestra Sra. del Castillo.

Mientras caminaban (un tanto embriagados por el goloso aroma que despedía el “misterioso” contenido de la bandeja) ambos estimaron de educación y necesidad hacer las presentaciones. Claudio se identificó como un turista “de fin de semana”, a quien le agradaba aprovechar ese par de días, a fin de visitar pueblos y localidades con encanto, tanto en el aspecto artístico monumental, como  en sus valores naturales atesorados en el paisaje. Pero, por encima de estos dos convincentes objetivos, también buscaba el contacto con las gentes del lugar, a través de sus costumbres, sus formas de “dibujar” y protagonizar la rápida sucesión de los días, sus artesanas elaboraciones culinarias y sus peculiares formas de vestir, caminar, ver y pensar. Para ello utilizaba un “viejo” trasto con achaques, pero sin embargo muy fiel, 2CV que, a trancas y barrancas, lo llevaba sin fallar, bueno … en ocasiones no tanto, a los más recónditos, preciosos y admirables espacios para visitar.

La amable señora enseguida se presentó como Margara, añadiendo que, bien entrada en los sesenta, había reciente y tristemente enviudado de un laborioso agricultor, quien le había dejado una modesta pero segura pensión con la que podía atender a sus básicas y pequeñas necesidades. Se distraía elaborando unas apetitosas empañadillas hojaldradas rellenas, unas de tomate, queso y atún. Otras con zurrapa de manteca “colorá” (de cerdo ibérico) con “regalos” de jamón. Las llamaba “Empanadillas Nevadas, en honor a la patrona de la localidad, la Virgen de las Nieves. Una vez horneadas, en el obrador del buen Braulio, las llevaba al Convento de Santa Clara, en donde las monjitas las vendían junto a los dulces (mantecadas, alfajores, buñuelos, enroscadas y pastas divinas) elaborados por las religiosas. Las monjitas le pagaban la materia prima empleada, mientras que su trabajo e ilusionada dedicación lo aplicaba para las buenas obras que sanan las conciencias.

Tan entusiasmado estaba Claudio con la didáctica expresividad y confianza procedente de la paisana, que trataba de aminorar el paso a fin de evitar que aquella “jugosa” y enriquecedora conversación llegara a finalizar. Margara añadía que al estar en tiempos de Cuaresma, la gente el pueblo no era muy dada a salir por las calles, salvo en los momentos de oficios religiosos. Además el frío aún apretaba, especialmente por las tardes y noches, lo que recluía familiarmente al paisanaje junto el fuego en el hogar.  

Al comentarle Claudio acerca del sonido de esas campanas de Iglesia, un sábado a media mañana, su compañera de caminata le aclaró que no se equivocara, pues no estaban “llamando a misa”.

“El sacerdote, don Ezequiel está ya muy mayor. Pero mañana domingo sí viene un cura joven, que lleva “la religiosidad” de varios pueblos de la zona, en los que no hay confesión permanente, dado su escaso nivel de población. Se llama don Emiliano y por su juventud y simpatía es muy apreciado y querido por la feligresía. Volviendo a las campanas, es cosa del sacristán Eleazar. Es de la misma quinta que don Ezequiel, ya superan las ochenta primaveras. Como toda su vida ha tocado a misa de 12, sea domingo o jueves se va al pozo del campanario y tira de las cuerdas que mueven las campanas, haciendo sus sones para dar gracias a la Divinidad. En el pueblo ya sabemos que ese toque diario nos recuerda que es el mediodía, una hora conveniente para rezar el Ángelus. La verdad es que el sacristán está un poco “ido” de la cabeza, pero el “probe” disfruta y gusta que “sus”  campanas de bronce sigan sonando a culto”.

Verdaderamente, la Sra. Margara era la familiaridad y llaneza personificada, con una amable y generosa disponibilidad que en mucho se agradecía. Una vez que llegaron al horno de Braulio, que habilitaba su local como la panadería y confitería del pueblo, estos nuevos e inesperados amigos se despidieron con muestras muy educadas de afecto y reconocimiento. Por la indicación recibida, Claudio se dirigió a través de una estrecha y alargada calle peatonal, “sembrada” de puertas con viviendas cerradas, ventanas enrejadas para la seguridad y privacidad, camino de la Iglesia. Ya en el templo (siglo XV, con modificaciones posteriores) no tuvo especial dificultad para localizar al aludido sacristán, con las señas aportadas por la paisana Margara.

Tras saludar a “Elo” como gustaba que le llamasen, analizó durante unos segundos al personaje de los toques diarios al mediodía. Efectivamente era un hombre bastante mayor, algo encorvado y con sobrepeso evidente. Con un hábito sobre su humanidad, podría pasar por un fraile ya en las puertas de su jubilación. La muy escasa cabellera que permanecía en sus sienes estaba absolutamente plateada, dejando ver una amplia frente despejada, una mirada de ojillos pícaros o burlones, rostro que mostraba también una boca maltrecha con muy escasas piezas dentales. Destacaban en el sacristán sus grandes manos pues, según comentó en la charla, además de su oficio en la Iglesia, se ayudaba trabajando en el campo, con la siembra y la recolecta. Vestía un jergón marrón oscuro de recia lana “franciscana”, pantalones anchos de ajada pana beige, calzando unas anchas y gastadas sandalias, que mostraban unos grandes pies zambos, protegidos del frío por gruesas y toscas calcetas negras. 

Comentándole la sorpresa por las campanadas, Eleazar condujo al “señó turista” (como así en principio lo llamaba) al sótano del no muy elevado campanario, en donde colgaban los extremos de unas largas cuerdas o maromas engrosadas por su repetido trenzado. Al tirar con fuerza acompasada de las mismas, hacían girar o mover la verticalidad de las dos campanas, facilitando el golpeo de ambos badajos sobre el metal de las mismas, produciendo por consiguiente unos acústicos, agudos o graves, sonidos para llamar a misa, difuntos, peregrinos, bodas, bautizos y también emergencias o peligros.

“Verá, mister … toco el campanal cada día, aunque no “haiga” cura, porque así asusto y echo a los demonios, que sé viven en el palomar, tras el campanario. Hacen magia por las noches, repartiendo desvelos, dolores de la barriga, granos purulentos, uñas encarnadas y flatulencias del ano. También, mal de amores, entre los jóvenes mozos y mozas casaderas. Una tarde de difuntos, al terminar las letanías para la comitiva, mientras me disponía a cerrar la iglesia, sentí como un trote por las escaleras de madera. Vi a una de esas alimañas, que echaba fuego por la boca, con una lengua peluda que daba miedo, en medio de un fuerte olor a pólvora hirviendo, como la que se usa en la “armamenta”. Le arrojé agua bendita, pues tenía el pilón bien cerca. Cuando “la milagrosa” cayó sobre su cuerpo endemoniado, huyó escaleras arriba, croando en estampida. Después, para consolar a las imágenes, abrí el órgano y toqué un miserere, con una oratoria suplicante a San Hermenegildo”.

A continuación le mostró toda la iglesia, con sus hornacinas bien repletas para la santería. En el interior del antiguo edificio religioso emanaba un intenso y rancio olor a naturaleza abandonada y apergaminada. “Las beatas vienen los domingos, en horas de misa, y algunas tardes, en que abro el templo durante un rato, a rezar por sus deudos y a preparar la impedimenta para el Gran Viaje. En ceremonias cantan los Kiries y las buenas… venturanzas, pero como están tan desafinadas, hacen un ruido que parece un zumbido de abejas mareadas”. Elo no perdió la oportunidad de pasarle al “turista” el “cepillo” por delante, pidiendo la limosna para la caridad de los vecinos con necesidad.

Claudio, tras entregar el óbolo caritativo, quiso continuar con la ilustrativa y documentada compañía de Eleazar, un personaje verdaderamente peculiar, no sólo por los chascarrillos que le contaba, sino también por unos movimientos continuos del cuerpo, brazos y cuello, a modo de mímica persuasión, divertidos y con una gran cargamento escénico. “Elo ¿hace un buen vaso de tinto, para la energía y la compaña?” “Vamos a esa ... El vino se tendría que vender en las boticas. No hay mejor “medecina” para arreglar las averías del cuerpo. Le llevo con diligencia al Ventorro del Crispín. Conmigo, este “pájaro” no le engañará.   Yo siempre a sus órdenes, don Claudio”.

El vaso de vino se convirtió en dos jarras de castellano tinto peleón, que el sacristán se bebió sin pestañear, acompañadas con torreznos y tapas de habas fritas en salsa de manteca. Dada la hora, Claudio pidió algo de comer para los dos. Disfrutaron con dos grandes cuencos de potaje de berzas y lentejas con garbanzos y para postre unos golosos y deliciosos platos de natillas caseras, con un “techo” rígido de canela y caramelo.

Antes de despedirse del sacristán, que había sido un eficaz  y servicial guía, por sus consejos e interesantes informaciones, Claudio había ya decidido permanecer hasta el domingo por aquellos naturales y cromáticos parajes de la más recia Castilla. Una vez más Eleazar habló con Crispín, quien tenía aposentos en la parte alta de La Fabada, nombre del ventorro, para que hiciera a su amigo un buen precio por una habitación de hospedaje para esa noche. Quedaron para el almuerzo del día siguiente, necesario en la despedida del “señor don Claudio” en palabras de ese buen amigo que todos deseamos tener, cuando llegamos a un lugar por primera vez.

Aplicando sus sabios y amenos consejos, Claudio dedicó el resto tarde y algunas horas de la mañana dominical a recorrer los hermosos parajes naturales de la localidad, especialmente la zona del rio Gamo y esas grandiosas masas de arbolado repletas de encinares, chopos, álamos y fresnos, todos ellos dotados con singular belleza fotográfica, paisaje estimulante para elevar el ánimo de las personas  profunda y comúnmente arraigadas en lo urbano. También se detuvo en la interesante zona de Los Baños, con sus famosas aguas azufradas usadas tradicionalmente por sus saludables propiedades curativas. Con su cámara fotográfica en constante uso, tomó decenas de fotos que por la noche organizó y clasificó en su portátil, antes de irse a la cama para descansar. Desde luego que lo hizo bien alimentado por el solícito Crispín, quien le había preparado una cena de sopa con picadillo, lomo ibérico asado con verduritas salteadas y una generosa cuajada casera con miel y arándanos, todo ello muy apetecible y adecuado para disfrutar los mejores sueños.

Buen madrugador, Claudio continuó con sus paseos, tras darse una reconfortante ducha e ingerir un copioso desayuno al que no se pudo negar, ante la insistencia del muy convincente mesonero. Ya en la calle, tuvo la especial alegría de encontrarse de nuevo con Margara. En realidad esta señora venía a La Fabada, para saludarle.

“Es que en un pueblo tan pequeño todo se sabe, amigo Claudio. Muchos hablan del “turista” que está sacando muchas fotos de los parajes más bellos del municipio. He venido para traerle una cajita con mis empanadillas, para que las disfrute y lleve consigo esta tarde cuando vuelva a Segovia. Quiero que se acuerde de nosotros. Y, sobre todo, que vuelva pronto por aquí. Cuando lo haga, ya no tendrá que quedarse en el hostal del Crispín. Mi casa en grande y yo le prepararé un cuarto para que se sienta como en su hogar. Como supongo que estará casado, traiga consigo a su señora, que me gustará conocerla. No nos olvide”.

Un tanto emocionado por la sencillez, bondad y amistad de la buena señora, Claudio le dio un beso de despedida, asegurándole que volvería a Alaraz y que ella sería la primera persona a quien visitaría. Prometía traerle un bonito presente. En modo alguno estaba dispuesto a olvidar a esta ejemplar y hospitalaria mujer.

Sin falta, a eso de las doce menos cuarto, volvió a sonar la celestial acústica del campaneo, que despertaba los sentimientos y vínculos religiosos en la devota feligresía del lugar. Se acercó a la iglesia y allá en el altar mayor vio al celebrante, un joven sacerdote con pinta de misionero por su bien cuidada barba, que sin duda sería don Emiliano. Dio limosna en las petitorias y continuó su deambular por aquella pictórica y tradicional ciudad castellana, que no rebasaba las quinientas almas para la santa providencia de la divinidad. 

A las 14 horas, de ese resplandeciente día dominical, volvió a la Fabada en cuya puerta ya le estaba esperando el amigo Eleazar quien, para la ocasión, había cambiado el atuendo que le caracterizaba durante la vestimenta semanal “Es que es domingo, don Claudio, y Vd. merece el honor de venir arreglado. La Dorotea, mi pareja, se ha encargado de que viniera aseado para la invitación”. Ya en la mesa, le comentó a su expresivo amigo (en los escasos minutos que éste mantenía su boca cerrada) acerca todos los bellos e interesantes rincones que había visitado y el “pilón” de fotos que llevaba para el buen recuerdo. Dieron buena cuenta de un buen lechón asado que el Crispín había preparado, con guarnición de patatas rellenas de chorizo y morcilla. Otro par de jarras de tinto de Toro y para postre un gran merengue gratinado, relleno de bizcocho con cabello de ángel, bañado con melaza de intenso aguardiente. Tras un fuerte abrazo y las fotos para el recuerdo que se hicieron, que Claudio prometió enviarle a la dirección de la parroquia, montó en su 2CV que, para su sorpresa, había amanecido todo reluciente, tras la limpieza que “alguien” le había hecho en su fuselaje. Eleazar se reía, ante la pregunta de a quién le tenía que dar las gracias por lavarle tan primorosamente el coche.

 

Meses después de estos hechos, el bello pueblo salmantino de Alaraz se vio gozosamente transformado ante el rodaje de los exteriores de una película, evento que “revolucionó” y vitalizó económicamente a todo el paisanaje de la hospitalaria y sencilla villa castellana. Un número importante del modesto paisanaje fueron adiestrados para que intervinieran como extras en determinadas escenas de la sentimental y romántica trama argumental. Sobra añadir que tanto Margara como Eleazar participaron en el rodaje, teniendo ella un muy humano y diestro papel como madre de la joven protagonista. En los títulos de crédito, cuando fueron proyectados en las pantallas españolas, aparece como director y productor de la misma el nombre de CLAUDIO DALARIA.-

  

EL FRATERNAL SONIDO

DE LAS CAMPANAS

 

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

12 Marzo 2021

 

 Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal:http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 
 

viernes, 5 de marzo de 2021

SORPRESAS Y REALIDADES EN CLAMIA Y TASIO


No todas las personas están suficientemente preparadas para afrontar, con inteligencia, imaginación y valentía, cambios vertebrales o trascendentales, en su tradicional estilo de vida. Efectivamente, cada uno de nosotros es un “un mundo” individual, socializado en el seno de lo colectivo. Como consecuencia de esta realidad, las respuestas de unos y otros van a ser muy desiguales en función de múltiples factores, internos y externos, muchos de los cuales incluso son totalmente desconocidos para los propios protagonistas de estos inesperados cambios. Expresado de una forma coloquial y simplista, se puede explicar lo anterior de la siguiente forma: unas personas reaccionan razonablemente bien ante los problemas que surgen en su caminar existencial, mientras que para otras el afrontar determinados modificaciones y cambios de ruta, que pueden ser en su naturaleza más llevaderos o complicados, supone un esfuerzo inasumible y generador de profundas y dolorosas insatisfacciones. 

La vida de Tasio Nevada estaba cómoda y positivamente reglada. A sus 28 años de edad tenía un buen y estable trabajo, en un importante centro de fisioterapia ubicado en una transitada zona del centro urbano de la capital malagueña. En este establecimiento rehabilitador aplicaba su titulación académica, en esa cada vez hoy más solicitada especialidad sanitaria. A pesar de que conservaba su cuarto o dormitorio de siempre en el hogar familiar, a donde acudía siempre algún día de la semana para visitar a sus padres, hacía un año y medio que había decidido instalarse en un coqueto apartamento de dos dormitorios, que estaba ubicado en la entrada de la carretera de los Montes al norte de la ciudad. En esa inteligente inversión había invertido sus ahorros y alguna ayuda de sus progenitores, firmando la hipoteca bancaria correspondiente. Con la disponibilidad de ese hábitat personal deseaba conseguir la independencia y libertad soñada que tantos j vida,ndencia y libertad soñadante ese deseo de su astante bien con unos padres, don Viriato y doña Venancia mas que surgen en sóvenes proyectan para sus vidas, a pesar de llevarse bastante bien con unos padres, don Viriato y doña Venancia, que entendieron comprensivamente ese ilusionado deseo de su único hijo. 

Desde los tiempos estudiantiles, en el Campus universitario de Teatinos, este fisioterapeuta formaba pareja afectiva con Clamia, una bella joven de su misma edad, ambos compañeros de aula en la Facultad de Ciencias de la Salud, en la UMA. Entre ambos el amor era fervorosamente intenso, se llevaban bastante bien y, a pesar de no haber pasado por la vicaría ni por el correspondiente Registro civil, tenían algunas etapas de prolongada y sexual convivencia en ese nido o habitáculo constructivo que Tasio, con prudente y racional ilusión, había adquirido. La chica alternaba algunas fases de contrato laboral en otro centro de fisioterapia de la capital, con otras etapas de paro, tiempo en el que potenciaba la preparación de oposiciones para la enfermería del S.A.S.

Entre las aficiones que Tasio cultivaba, durante su tiempo libre, se encontraba una muy peculiar, cual era el coleccionismo fotográfico de actores y actrices de cine. Para ello solía escribir a las distintas productoras nacionales y extranjeras, solicitando esas imágenes dedicadas que él tanto valoraba. También contactaba con los representantes de estos astros de la gran pantalla, así como con sus páginas webs oficiales, solicitudes que encontraban una buena recepción por parte de sus destinatarios, lo que le había permitido formar una interesante colección que habría hecho posible la celebración de muchas tardes de exposiciones o incluso ocupar las salas de algunos museos. Aunque no suelen abundar este tipo de comercios dedicados a los recuerdos del cine, su afición le llevaba a buscar y a visitar algunos de esos  establecimientos (tanto en su ciudad natal, como viajando a otras provincias), en los que encontraba y compraba láminas y prospectos publicitarios editados para anunciar alguna película. Se trataba de aquellas pequeñas hojas, muy bien ilustradas, que se repartían a los viandantes que transitaban por las calles más comerciales de las ciudades, durante las añoradas décadas del pasado siglo XX.  

Otras de sus grandes pasiones eran las salidas senderistas por la naturaleza. Se sentía vitalizado cuando paseaba por esos atrayentes entonos rodeados de árboles y masa vegetativa. En realidad estos desplazamientos los tenía bien fáciles, pues desde su apartamento no tenía que caminar en exceso para introducirse en territorio forestal, pleno de incentivos naturales, como era el Parque Natural de los Montes de Málaga. Solía prepararse su mochila, que contenía una cantimplora con agua, algún bocadillo, cuando el desplazamiento era más prolongado y algunos frutos secos o fruta fresca, para compensar el esfuerzo. La onza de chocolate negro tampoco le faltaba, pues era un gran seguidor de este estimulante manjar. Además de la gorrilla y las gafas protectoras del sol, nunca olvidaba el bastón o palo senderista, a fin de caminar con más seguridad por las zonas escarpadas, pedregosas o resbaladizas.  Después de un pequeño accidente por caída, que en una ocasión sufrió, añadía a la “impedimenta” un pequeño botiquín, con medicamentos de primera necesidad (alcohol, antiséptico, esparadrapo, algodón y unas pequeñas tijeras). Y, por supuesto, su cámara digital fotográfica, una pequeña compacta que no le añadía excesivo peso en el desplazamiento.

Esta apacible estabilidad vivencial se vio abrupta e inesperadamente trastocada cuando una tarde de junio, al salir del centro rehabilitador donde trabajaba, vio que Clamia lo estaba esperando en la puerta del establecimiento. Como en ese momento no estaban conviviendo juntos en el apartamento, se sintió muy feliz al verla, invitándola de inmediato a compartir algunas cervezas. El calor de la tarde animaba a buscar un poco de frescor en la zona portuaria, aprovechando la grata influencia del mar. Las dos jarritas “heladas” pronto llegaron a su mesa, recipientes que se vieron acompañados por unas tapas de chistorra y un cartucho de patatas fritas finas. Tasio le explicaba, con bromas de por medio, su atención a una veterana señora, sobrante de kilos que, en su afán por reducir peso, se había apuntado a una academia de baile. La voluntariosa y obesa mujer, de nombre Desideria, en unas pasos por sevillanas mal calculadas, tuvo la desgracia de dan un resbalón, haciéndose daño en la caída. Se había hecho daño en ambas rodillas y en su mano derecha. Entre los gemidos y las invocaciones marianas, que la paciente no cesaba de ofrecer, él trataba de recomponer toda aquella masa corporal y estructura articular, lo cual no era nada fácil por el amplio volumen sobre el que tenía que actuar. A Tasio le extrañaba que en esta ocasión su interlocutora y amante no hiciera lo que en ella era más que habitual: expresar sonrisas y comentarios jocosos, cuando él le narraba algunas divertidas experiencias que tenía en su trabajo.

En un momento del tapeo, Clamia, mirándole con seriedad, le pidió que frenase en los chascarrillos, pues tenía que hablarle de un tema de especial importancia para la vida de ambos. Extrañado con tan súbito misterio, se dispuso a prestarle la necesaria y urgente atención.

“Desde hace semanas vengo dándole vueltas a un complicado asunto que nos afecta, Tasio. Es algo que nunca me había atrevido a explicarte. Creía que era lo mejor, pues en realidad creía tenerlo ya superado. Cuando entré en la adolescencia tomé conciencia de que mi sexualidad no estaba bien definida. La confusión duró aproximadamente un par de años. Pero nunca quise compartirlo con nadie. Fue mi secreto. Después, a medida que terminaba la secundaria y comencé con la Universidad, aquello se fue paulatinamente olvidando. Con el tiempo nos conocimos y nuestra relación funcionó bien desde el primer día. No lo voy a negar. Pero de un tiempo a esta parte, he vuelto a sentir aquellas sensaciones que tuve hace una década y … me siento, cada vez más, con esas atracciones confusas, ante un hombre o una mujer. Te aseguro que para mi no es nada agradable. Pero estas cosas vienen de dentro y aunque intentas controlarlas y encauzarlas, al final acaban desbordándote.

Este nuevo rebrote, en la confusión, me ha llegado con una compañera que trabaja en el centro rehabilitador donde me van llamando con intermitencias. Se llama Esther. Es unos años mayor que yo y desde el primer día “nos caímos bien”, nos sentíamos a gusto cuando hablábamos o estábamos cerca. Vive sola y he estado ya un par de veces en su casa. Ella también se siente atraída por mi. Esta chica me ha confesado que ha tenido varias parejas femeninas, pero que conmigo siente una connivencia muy diferente, a la que experimentaba con otras parejas con las que se ha relacionado. Tengo que reconocer que yo la necesito también. Lo cual no quiere decir que no me sienta también bien contigo.

Sé que lo estarás pensando. Y me voy a adelantar en la respuesta. He acudido recientemente a unos especialistas para explicarles mi situación y seguir sus indicaciones. Básicamente me responden que lo mío es un estado de ambivalencia y que tiene sus fases en la respuesta, para el avance y el retroceso. Me  han prescrito algunos fármacos, con los que puedo combatir la inestabilidad. Pero la indefinición, te lo aseguro, no es en nada agradable. La decisión firme que tengo en estos momentos es algo drástica, lo comprendo. Tú y yo no podemos seguir. En estos momentos siento más atracción por esa chica. Creo que ambas nos necesitamos”.

El mazazo para el fisioterapeuta fue, anímicamente, de gran intensidad. Lo más grave del caso es que este joven en modo alguno podía imaginar que se iba a ver inmerso en una cuestión tan compleja como era la bisexualidad de su pareja. Aquella noche apenas pudo conciliar el sueño. Se preguntaba, una y otra vez, como era posible que no hubiera detectado o sospechado esa angustiosa confusión que estaba sufriendo Clamia. Era consciente de la postura de la joven ante su futura convivencia era muy clara, en el plano de la ruptura que ella, probablemente también con dolor, había decidido adoptar. No había mucho más que hacer, pues luchar contra los sentimientos era una batalla inútil. Ella se sentía mejor y más feliz junto a esa compañera llamada Esther. Aunque le doliera y le derrumbara, no tenía más alternativa que aceptarlo. Pero … ¿cómo le había podido ocurrir a él una cosa así? Una y otra vez se topaba con este cruel interrogante, para el que no tenía una fácil respuesta.

Aunque las primeras semanas fueron especialmente duras, intentó recomponer su línea de ruta. Pensó que era mejor pasar unos días en casa de sus padres, a los que no quiso explicar el fondo real de la cuestión. Simplemente les comentó que había roto con su pareja, con la que durante varias fases había estado conviviendo. Les rogó que no abundaran más en las preguntas. Que eran cosas de jóvenes y que lo mejor era que cada uno fuera por su lado. Pero a pesar de centrarse en su trabajo, en sus películas y colecciones cinematográficas y también de salir a la naturaleza durante los fines de semana, la “procesión” iba por dentro. La cercanía de sus padres, personas inteligentes y comprensivas, le ayudó sobremanera a ir sobrellevando ese nuevo estado de “soltería” para el que con realismo reconocía no sentirse bien preparado. Físicamente había adelgazado, pues los golpes en el sentimiento repercuten, de una u otra forma, en lo somático. No volvió a tener noticias de Clamia ni él hizo además acción alguna para acercarse de nuevo a la chica. Habría sido caer  en un  profundo error, volver a llamar a unas puertas que se le habían cerrado con la evidencia de la rotundidad. Resignación, dolor y esperanza. Creía estar adaptado, por su juventud y fortaleza, para tantas y todas cosas, pero ahora se daba cuenta que carecía de los recursos necesarios para superar con acierto golpes o contratiempos de esta naturaleza.

Y llegó el fresco otoño. Una nueva y renovadora estación. Las hojas del calendario se aceleran presurosas, con ese ritmo que sólo ellas saben en su exacta aritmética controlar. La vuelta a la naturaleza, tras los rigores térmicos del estío, era una acertada decisión para un joven que en el diálogo silencioso con las estrellas continuaba preguntándose ¿Y por qué a mi?

Un sábado, ya en la media tarde. Caminaba en pleno parque natural, rodeado de pinares, encinas, eucaliptos y ese arbusto mediterráneo de fragancias y aromas mediterráneas. Tasio había pasado desde temprano una placentera mañana de senderismo en pleno bosque natural de los Montes de Málaga. Después de saborear el bocadillo que se había preparado, a la sombra de un viejo roble, descansó unos minutos e incluso estuvo “viajando” por el reino de la somnolencia. Cerca de las cinco, decidió emprender el camino de vuelta a casa, recorriendo ese par de kilómetros que le separaban del ventorrillo “El lechón”, en donde gustaba compartir un rato de charla con Aviano, el hijo del dueño, con el que había labrado amistad en muchas tardes de merienda. Como de costumbre este joven de su edad se empeñaría y fracasaría en bajarle hasta su casa, utilizando un destartalado y entrañable Citröen 2CV, que, con casi dos décadas a sus espaldas, milagrosamente aún “carburaba”.

En un momento de la marcha, observa a una joven senderista que caminaba hacia donde él se encontraba. Al tenerla ya a muy escasos metros, pudo observar en el rostro de la chica un patente nerviosismo. Con una media sonrisa en su expresión, esta joven (que se presenta como Delia) le pide ayuda.

“Perdona que te interrumpa en el camino. Resulta que desde hace un buen rato un hombre mayor, con no muy buena pinta, me ha estado siguiendo. No se me ha acercado , pues siempre ha guardado una media distancia. Me temo que no iba con buenas intenciones. Hace como unos diez minutos, en vistas de que continuaba siguiéndome, he aumentado el ritmo de mis pasos, con la fortuna que te he visto de lejos y me he acercado por la zona donde caminabas. Supongo que vas caminando hacia la carretera ¿Te importaría que me uniera a ti?  Porque no me fio ni un pelo de ese raro individuo que desde luego me seguía”. 

De esta forma tan simple y simpática Tasio conoció a una joven persona que también practicaba el senderismo como él hacía. Cuando llegaron al ventorrillo la invitó a merendar y entablaron un largo rato de amistosa y divertida charla. Delia tenía cinco años menos que él. Comentó acerca de su trabajo en un centro deportivo, dirigiendo sesiones de gimnasia Pilates y también de yoga. Después de las dos tazas de té que consumieron, con unos bizcochos que Aviano les había servido, decidieron seguir caminando carretera abajo, a pesar del ofrecimiento de su amigo. En realidad el apartamento de Tasio no estaba muy lejos en distancia, para dos avezados deportistas en la marcha. Al llegar a la zona urbana, Tasio se prestó a acompañarla hasta la parada del bus 37 que llegaba por aquella zona. Después de despedirse, Ella se volvió para pedirle que intercambiaran sus números de teléfono, si no le importaba, pues para una próxima salida senderista no quería ir sola y que se repitiera la incómoda experiencia de encontrarse con algún personaje raro por esos caminos de la naturaleza.

En los próximos días Tasio estuvo pensando en esa atractiva joven que había conocido en la montaña. El jueves se animó a llamarla a su número telefónico, a fin de proponerle una marcha senderista para el fin de semana, con el objetivo de ir juntos por esa zona u otra que ambos acordaran. Delia se mostró muy animada y receptiva al ofrecimiento que le hacía. Incluso quería agradecerle la ayuda que le prestó la semana anterior, ofreciéndose a preparar ella los bocadillos y alguna chuchería para la hora de comer. De esta simpática forma y al paso de las semanas se fue consolidando una bella e interesante amistad con la que ambos fueron intensificando su conocimiento recíproco. La afinidad de carácter, las aficiones compartidas, junto a la mutua atracción que ambos desarrollaban, les hacía sentirse felices en una proximidad que iba a más con la sucesión de los días. El estado anímico de Tasio, tras su frustrada experiencia con Clamia, se transformó de una manera decisivamente positiva, sintiéndose cada día más realizado como persona. El destino, al fin, había querido ser generoso con el discurrir de su vida.

En este positivo contexto sentimental, sería explicativamente interesante conocer parte de una conversación que mantenían dos personas, a través de la línea telefónica.  

“Me alegro de corazón que el encuentro que yo te pedí con Tasio y la afinidad subsiguiente, en aquella tarde de sábado por los Montes de Málaga, haya resultado positiva para ambos. Os conozco bien a los dos y no me equivocaría al afirmar que estáis hechos el uno para el otro. Si tu me dices que te sientes bien con él y él contigo, me hacéis la persona más feliz del mundo, pues sé que  hice bastante daño a una muy buena persona, de una manera desde luego no intencional. No podía abandonar así a un ser querido que siempre fue muy bueno conmigo. Te rogué que le echaras una mano y para mi satisfacción ahora estáis “coladitos” el uno con el otro.

Lo mío con Esther va muy bien. Ambas nos compenetramos a las mil maravillas y nos sentimos también felices estando juntas. Esther tiene familia en Salamanca y han sido muy generosos con nosotras, ayudándonos a montar un clínica de fisioterapia, para la que no paran de buscarnos esa clientela que se va incrementado con el “boca a boca” de la publicidad. Incluso nos han gestionado un concierto económico con una compañía médica privada. Aquí hace mucho más frío que ahí en el sur, pero las casas están mejor acondicionadas y todo es cuestión de acostumbrarse.

Deseo que todo os sea afortunado en el futuro. Delia, tu tienes muy buenos valores y en cuanto a Tasio puedo asegurarte que en absoluto te va a defraudar. Ah, y no creo que por ahora debas aclararle sobre aquel encuentro “fortuito” en la montaña. Fuiste una estupenda detective, con los datos que te facilité. Yo sabía perfectamente los caminos e itinerarios que a él le gusta recorrer. Lo importante es que, felizmente, todo haya salido bien. Me tranquiliza y alegra”.-


 

 

 

SORPRESAS Y REALIDADES

EN CLAMIA Y TASIO

 

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

05 Marzo 2021

 

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