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jueves, 6 de enero de 2022

EL PERSUASIVO AMIGO DEL PARQUE.

Analizando el comportamiento de esas otras muchas personas, con las que nos cruzamos por las calles y plazas de nuestras ciudades, ya sean familiares, amigos, compañeros, vecinos o conocidos de vista, también haciendo una autorreflexión acerca de nuestra actitud ante la vida, tenemos la convicción o percepción acerca de la gran cantidad de población que se siente “sola” y aburrida a lo largo de los días. Y este último sentimiento es sufrido o soportado, a pesar de las inmensas o numerosas posibilidades hoy existentes, que permiten acceder a situaciones de una más o menos cómoda distracción.

¿Ejemplos para esta "terapéutica"? Resulta fácil constatar la existencia de abundantes bibliotecas públicas, con una amplísima oferta de libros, revistas, periódicos y material video gráfico. La televisión en la actualidad no es como la que se emitía en los años de nuestra infancia, cuando sólo había una o dos cadenas para distraernos e informarnos. Por el contrario, las empresas mediáticas que hoy podemos sintonizar en nuestros televisores rebasan con generosidad el centenar. A poco que busquemos información, nos encontramos, casi todas las semanas, con la oferta de numerosos conciertos, salas de exposiciones y museos, gratuitos o con días y horas de entrada sin coste. La abundancia de parques y jardines públicos es una realidad en nuestras ciudades. El transporte público municipal para las personas mayores, con limitados ingresos, resulta también prácticamente gratuito o con un precio bastante reducido con respecto a la tarifa general. En casi todos los municipios, los ayuntamientos ofertan cursos muy variados para el aprendizaje de las más interesantes materias. En no escasos barrios siguen funcionando las tradicionales y amistosas peñas y asociaciones, vinculadas a las más diversas artes, ciencias y costumbres.  Internet es una sugestiva y “milagrosa puerta o ventana abierta al mundo, a través de la cual podemos encontrar información para casi todo, visitando miles de páginas web y por supuesto con la ayuda inestimable del buscador Google, que nos lleva a viajar por las redes on-line de la cultura, la literatura, el arte y la ciencia. La naturaleza está siempre abierta y receptiva, sólo hay que “andarla”.                               

Sin embargo, a pesar de todas estas lúcidas posibilidades e incentivos, fácilmente disponibles, cuando observamos a las personas que nos rodean, especialmente “mayores”, seguimos percibiendo ese rictus de aburrimiento y soledad que dan, con vileza y desazón, los años acumulados en el cuerpo y en el espíritu. En este global contexto, enmarcamos una interesante historia de una persona que “sufría” la contrastada realidad de un “excesivo” tiempo libre.

Luminosa mañana de invierno, en una dinámica ciudad de suave clima mediterráneo. Hacía algo de frío, más bien elevada humedad relativa del aire, pero la generosidad solar compensaba y gratificaba los cuerpos, permitiendo gozar con esos rayos templados o “aterciopelados” que te hacen sentir bien, sin tener que llevar excesiva ropa sobre el organismo. El protagonista central de nuestro relato es un hombre casado, de mediana edad (54) con dos hijos (varón y hembra) que cursan estudios universitarios. Heliodoro comenzó a trabajar en una entidad bancaria a los veintisiete años, después de algunos empleos ocasionales, con su título de bachillerato y habiendo realizado unos cursos de formación profesional, en la modalidad de administración y contabilidad. Toda su vida laboral la ha ido desarrollando en la misma entidad financiera, ubicada en una barriada en donde también tiene su residencia familiar. Ha ocupado diversos puestos en la sucursal, de la que no se ha querido “mover” pues siempre ha mantenido la convicción de que el conocimiento directo de la vecindad es un factor muy importante para mantener e incrementar la fidelidad clientelar.  

Como a tantos y tantos ciudadanos, los ciclos y vaivenes de las crípticas leyes económicas afectaron a su estabilidad profesional y vivencial. Las sucesivas crisis del sistema capitalista indujeron a los grupos financieros a buscar la concentración bancaria, reestructurando sus organizaciones con la supresión de numerosas sedes y sucursales, hecho favorecido por el auge y desarrollo de la banca on-line o digital. Las plantillas laborales sufrieron también, con penosa lógica, estas modificaciones organizativas, desarrollándose una severa política de despidos y bajas incentivadas o negociadas, de manera especial para con los trabajadores que superaban el medio siglo de vida. Este laborioso interventor de una importante sucursal bancaria, sita en la zona del barrio de la Victoria malacitana, también se vio afectado, pues se encontraba incluido por su edad en el grupo de los señalados para abandonar el puesto de trabajo que ocupaba. Obviamente ese despido, tras casi tres décadas vinculado a la misma entidad fue acompañado de unas condiciones económicas hasta cierto punto ventajosas, pero al tiempo con el riesgo sumado de llegar a la “jubilación” con “excesivo” tiempo libre durante la sucesión de los días. La posibilidad de buscar un nuevo acomodo laboral la puso en práctica desde el primer momento, pero tras los sucesivos “fracasos” cuando llamaba a la puerta de las distintas empresas, más o menos relacionadas con la actividad que había desarrollado hasta el momento, le hizo tomar conciencia de que en época de contracción económica el perfil de edad era un impedimento o hándicap “insalvable” para volver a encontrar un nuevo puesto de trabajo.

Su mujer, Leonor, además de llevar personalmente las tareas del hogar familiar, ocupa las tardes en un comercio de mercería, lanas y tejidos, propiedad de una prima hermana. Este esfuerzo laboral le reporta también el incentivo de salir de casa y poder ayudar (con su pequeño sueldo) a las necesidades de una familia en la que ambos hijos se encuentran estudiando en el campus universitario: Lalo hace traducción e interpretación, mientras su hermana Margara cursa 2º curso de medicina.

En este contexto familiar y personal, Heliodoro, sufre cada día más el anímico padecimiento del aburrimiento. El “inesperado” despido, que tuvo dolorosamente que afrontar hace ya casi un año, no lo ha sabido integrar muy bien en la nueva estructura vital en la que transcurre el paso de los días. Durante muchos años había estado cumpliendo un rutinario horario de trabajo, entre lunes y viernes, con la llegada puntual a su oficina antes de las 8 y permaneciendo en la misma hasta las 15 horas. Incluso dos tardes a la semana también trabajaba en su oficina desde las 17 hasta las 19 horas, con el incentivo económico subsiguiente. De esa forma se sentía responsablemente ocupado, dejando para los fines de semana esos comportamientos lúdicos para salir al campo, asistir al cine o al fútbol o estar sentado en casa leyendo o mirando la televisión. Pero ahora todo es diferente. Cada mañana se ve obligado a “construir” un nuevo día, con todas las horas disponibles, a fin de evitar esa aburrida rutina de no tener nada obligatorio que hacer a diferencia de antes, cuando tenía que cumplir un integrado y “saludable” horario laboral.

El antiguo interventor bancario todavía se siente joven, a pesar de haber superado la cincuentena. Aunque mantiene algo de sobrepeso, su salud es razonablemente aceptable. Ahora que tiene tanto tiempo libre le gusta de practicar los paseos, como saludable y diaria afición. Después del desayuno, abandona su domicilio a fin de recorrer, sin rumbo premeditado, distintas zonas de la ciudad. La opción portuaria es una de las que más utiliza. También gusta acudir a las zonas ajardinadas, entorno vegetal que aprovecha para leer plácidamente el periódico de difusión nacional que adquiere cada mañana. Los entornos que con más frecuencia suele visitar son la Plaza de la Merced, los jardines, tanto los del Parque Central como el del Norte y el de Picasso. También los dos largos Paseos Marítimos, llegando en su caminar por el este hasta los Baños del Carmen o la zona de la Térmica, en el área occidental de la ciudad.  

Al paso de los meses, ha constatado y soportado la actitud de otros muchos jubilados o personas sin trabajo como él, que utilizan diversos métodos para acercarse a su asiento, en donde descansa o practica la lectura, Estos paseantes “anónimos” ansían poder entablar conversación a partir de los más variadas temáticas o motivaciones. Suelen ser personas solitarias, normalmente de edad avanzada, que buscan compartir un rato de charla, que obviamente agradecen, para sosegar su imperiosa necesidad de hablar y ser escuchados. Aunque Heliodoro prefiere centrarse en la lectura de su periódico, acaba aceptando esta muy humana realidad, pensando que la necesidad que aturde a esos desconocidos transeúntes también puede llegar a tenerla él mismo en el futuro, en una sencilla reflexión del “hoy por ti, mañana por mi”. Entiende que hay mucha gente que sufre la anemia psicológica y material de la soledad en sus vidas, sin poseer los mecanismos de ayuda necesarios para alcanzar la auto distracción. Aplicando el dicho popular, considera que estas personas “se aburren como ostras”. En realidad, aparte de la lectura de la prensa diaria, a él le ocurre también parte de lo mismo.

Durante estas experiencias “amistosas” constata que hay compañeros, en ese populoso y rutinario ejército del tiempo libre, excesivamente persuasivos, pesados y reiterativos, aplicando esa actitud de “pegarse” a su persona, impidiéndole poder estar tranquilo para pensar, leer o simplemente pasear. Cierta mañana de febrero, cuando apenas había llegado a los jardines anexos al edificio del Ayuntamiento malacitano, llamados de Pedro Luis Alonso, llevando su fiel diario El País debajo del brazo y había elegido un buen asiento, a fin de evitar la frontalidad solar que le deslumbraba, vio acercarse a un hombre de una edad similar a la suya. Vestía con una chaqueta de pana ancha color marrón, bastante ajada por el continuo uso, pantalones de franela con el mismo color de su chaqueta, calzando unos zapatos negros de pronunciada puntera, con los talones muy desgastados en los laterales diestros, a causa de la peculiar forma en el caminar del individuo. También le resultó chocante observar la boina negra (de esas antiguas) con la que cubría la abundante cabellera gris/canosa de su cabeza, manifiestamente ovalada. Además de un par de orejas muy destacadas en “soplillo”, mostraba un tono de piel bastante curtido y agrietado, tal vez por el paso de los años o por el desempeño de alguna profesión ejercida al aire libre. En su hombro izquierdo portaba una mochila marroquí de color oscuro, muy “descarnada” en su superficie.

El desconocido transeúnte se le acercó sonriente, echando mano de inmediato al “manual temático de protocolo”, a fin de romper el hielo inicial para la amistad (el tiempo atmosférico, la abundancia de turistas en la ciudad, la clasificación de la liga futbolera, el comportamiento de la clase política…). Pero siempre hay un recurso que suele dar óptimos resultados: “yo le conozco a Vd. de algo, pero ahora mismo no lo puedo concretar…” Como el dicharachero transeúnte o paseante no se iba, Helio decidió al fin cerrar las páginas de su periódico. A poco de entablar conversación supo que se llamaba Herminio y que había trabajado como maestro de obras. Manifestaba que desde hacía tres años se encontraba jubilado, por un molesto problema de vértebras.

“Ahora, quien lleva la pequeña empresa es mi hijo Adalberto. Por cierto “amigo”, si tiene alguna chapuza que hacer en casa, como fregaderos, terraza, lavadero, cisterna, chimenea, solería, pintura, techos, tabiques … nosotros le metemos mano incluso a la electricidad y a la fontanería. Dada la hora que es, presumo que está Vd. amigo Heliodoro, jubilado o en paro. He de confesarte que me has caído bien, por lo que te (ahí comenzó el tuteo campechano) voy a ofrecer algo que solo planteo o descubro a personas muy amigas. Especialmente si son gente inteligente, como desde el primer momento he visto en tu persona. Te ofrezco la posibilidad de invertir, a cambio de una rentabilidad no menor del 15 %. Te extraña ¿verdad? Pero esto te lo explico más despacio, con un café caliente de por medio. Tengo el gusto de invitarte. El tenderete del Parque está abierto ya a esta hora. En dos zancadas estamos sentados en la mesa, donde te descubro la “albañilería” de esta sorprendente rentabilidad”.

Desde luego la “labia” de Herminio no tenía parangón. Mezclaba la afilada mirada de sus penetrantes ojos, con hábiles movimientos de las manos y cabeza, en circuitos pendulares bastantes imperativos por su enérgica plasticidad. Era un tipo de comportamiento curioso, un trilero de la palabra, teatrero, amable, simpático, persuasivo, también enérgico en ocasiones … globalmente encantador. Una de esas típicas personas a la que no es fácil decirle “no” o lo que realmente sientes. A los pocos minutos, Heliodoro y Herminio ya se encontraban acomodados en el pequeño bar del Parque, consumiendo sendas y deliciosas, por su aroma y sabor, tazas de soja moka. La verborrea de Armenio carecía de límites expresivos, ante el asombro aturdido de un Heliodoro, claramente superado por la intensidad léxica de su hábil interlocutor.

“Amigo Helio. Te explico. Me entregas 500 euros. A comienzos del mes próximo recibes de mi mano el 15% de rentabilidad: 75 euro. Te cuesta trabajo admitirlo. Lo acepto. En medio año has ganado el mismo dinero invertido y en cualquier momento puedes recuperar el capital original. Esa inversión nunca la pierdes, sino que la mantienes reportándote opíparas ganancias. Pero ¡qué te voy a contar, que no conozcas, si eres un especialista bancario, como generosamente me has comentado! Sin embargo tengo que ser sincero contigo. Como bien comprenderás, este dinero es movido por gente de la “sombra”, la mafia del dinero. Lo más interesante y seguro es que no hay “papel” alguno de por medio. Y te olvidas de pagar el odioso 21 % de IVA: nada de impuestos. No te preocupes por la “bofia”. Piensa que yo a ti “no te conozco”. Tu a mi tampoco. Nuestra garantía queda en el honor, en nuestra inmaculada palabra. Te estoy ofreciendo esta posibilidad, porque desde que te vi me caíste bien. No le des más vueltas: una suculenta inversión para personas ambiciosas y emprendedoras, hastiadas de tributar para que otros vivan muy bien. En confianza, puedes probar un par de meses a ver como lo llevas. Sé valiente y arriésgate con 500 euros, al menos. Después, te aseguro, querrás invertir más y más” Lo veo en tus ojos”.

Dulcemente “embriagado, aturdido, deslumbrado”, por las apetecibles ofertas que le hacía Herminio, se sintió atrapado por una tentación lúdica que había superado la racionalidad de su débil voluntad. Sólo acertó a decir o musitar lo siguiente:

“Heminio, la oferta que me haces es muy suculenta y quiero probar, aunque sólo sea durante un par de meses. No voy a firmar ningún papel o documento, pues esto es dinero negro y nos podemos meter en un buen lío. Pero en mi vida he pagado y sigo pagando muchos tributos y ahora mismo me veo en la calle, con una compensación de paro que es realmente una miseria. Y cuando se me acabe, pues a esperar la jubilación definitiva, hasta que me llegue la edad. Quiero probar. Yo sé que movéis ese dinero negro en bolsas del Este europeo o en negocios o acciones que no quiero pensar. Pero estoy decidido, después de que me hayan puesto en la calle, tras tres décadas de responsables sacrificios.  Ahora mismo sólo llevo 240 euros en la cartera. Pero si me acompañas al cajero, lo completo hasta sumar los 500 euros que me decías, para probar como “funcionan”. Según vea los resultados de esta primera entrega, en los meses siguientes puedo incrementar el monto de la inversión. Tienes unas maravillosas dotes para la convicción”.

“Me enorgullece tu confianza y admiro la inteligencia que muestras, amigo Helio. No dudes que el dinero que se ganan, a manos llenas, las corporaciones, es la rentabilidad o capital que reciben nuestros clientes y sólo por confiar en nosotros. Para los inversores VIP, como es tu caso, siempre llevo algún modesto detalle en la mochila, como prueba de nuestro reconocimiento por la confianza que recibimos.  Es un especial regalo que te entrego, pero que debes abrir en tu domicilio pues, a partir de ahora, debemos extremar nuestros movimientos y actitudes. Recuerda que yo no te conozco de nada y tú a mi tampoco. Nos vemos aquí mismo dentro de un mes. Te entrego un sobre con los 75 euros y, si lo estimas procedente, me entregas otro con la nueva cantidad que desees para incrementar el capital. El lugar de encuentro lo iremos cambiando, para no levantar sospechas. Dame tu número de móvil y recibirás un sims con un lugar y una hora para las próximas citas. Eres un buen tío. Me enorgullezco de haberte elegido. No suelo equivocarme. Llevo en el negocio ya un tiempo y la experiencia me ayuda para elegir a los inversores inteligentes. Comprenderás que el nombre que uso, de Armenio, es simulado. Aunque gran parte de la historia que te he contado sobre mi vida es absolutamente verídica”.

Tras gestionar un reintegro en el cajero automático, se despidió de Armenio (o como se llamara), quien también le entregó un paquetito rectangular, como detalle prometido, primorosamente envuelto en papel de regalo y bien sellado por cinta transparente para pegar. Su peso era notable, por lo que Heliodoro, con gozo, pensó que podría ser algún objeto electrónico. Se repetía asimismo esa sosegada frase “mejor no pensar en su origen”. Llegó a casa “jadeante” tomando conciencia de que a pesar de haber en el ambiente una fresca temperatura, su camisa estaba húmeda por el sudor. Los nervios de haberse implicado en una operación ilegal, la primera vez en su vida, juntado a su sobrepeso, provocaban ese “alegre” sofoco anímico y físico que le embargaba. En principio se había prometido no comentar nada del caso a Leonor, quien estaba poniendo la mesa para el almuerzo. No pudo aguantar más la intriga y se fue al dormitorio, para conocer el obsequio que le había entregado su peculiar nuevo amigo del Parque. Abrió tembloroso el bien presentado paquete, observando que había sido envuelto con esmero, pues tras el papel del envoltorio (“estampado” con pequeñas estrellitas blancas, sobre un fondo rojo) venía un protector de plástico con burbujas de aire, sin duda para evitar los daños de una posible caída. Tras el plástico de burbujas, nuevo papel blanco “acartonado”, para potenciar la protección. Las gotas de sudor nuevamente fluían a su frente, en un estado de catarsis nerviosa un tanto infantil pero naturalmente comprensible. El temblor manual era incontrolable. Y al fin, tras eliminar el grueso papel blanco, apareció el dadivoso presente: una vieja loseta o rasilla de cerámica andaluza, con restos de cemento pegados en su reverso, recogida probablemente en algún vertedero o basurero con escombros de obra. La sorpresa o el impacto anímico en Heliodoro fue de tal calibre, que la loseta se le cayó de las manos, rompiéndose en varios trozos que dañaron superficialmente el reciente terrazo pulimentado del dormitorio.

Nunca le explicó a Leonor la experiencia de aquella aciaga o poco afortunada mañana. Al parlanchín “maestro de obras” no volvió a verlo en sus nuevos paseos por los jardines y calles malacitanas. Tampoco recibió llamada alguna para indicarle un nuevo lugar de encuentro, en donde recibir el supuesto interés del 15 % por su ambiciosa, pueril e ilícita inversión. -

 

 

 EL PERSUASIVO AMIGO

DEL PARQUE

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

07 enero 2022

                                                                               Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 

 




 

jueves, 29 de julio de 2021

LAS 24 HORAS DE LIAM Y CHLOE EN MÁLAGA.


Cuando viajamos de manera particular, a una ciudad de la que poco o nada conocemos, al margen de que hayamos consultado previamente una guía de viajes o páginas web de Internet, nos agradaría mucho recibir algunos consejos o información concreta por parte de personas que sean naturales de esa localidad o que lleven algún tiempo viviendo allí como residentes. Seguro que los datos técnicos de cualquier publicación nos van a ser útiles. Sin embargo, la información que los aborígenes del lugar nos puedan facilitar resultará más directa, concreta y valiosa, siempre en función de aquello que más nos interese para nuestra necesidad.

Por citar un ejemplo, bastante frecuente. Nos encontramos en el centro o barriada de una ciudad y es la hora de almorzar o cenar. Después de haber recorrido muchos kilómetros conduciendo, nos apetece tomar una comida “casera” y caliente, que nos recupere del cansancio acumulado en nuestro organismo. Entonces nos animamos a preguntar a un lugareño qué establecimiento nos sugiere para encontrar la mejor calidad / precio de esa comida casera. Puede ser a un señor o señora que descansa en un banco del parque o aquella otra que se desplaza sin exteriorizar demasiada prisa, la persona elegida para preguntarle. Suele dar buen resultado cuando nuestro ruego lo hacemos al vendedor de un puesto de prensa o de regalos y chucherías. En general, la gente suele ser bastante amable y se afana en transmitirnos la mejor información que poseen en su conocimiento y experiencia.  Incluso muchos de estos ciudadanos anónimos consultados, no pueden ocultar la satisfacción que les produce sentirse útiles, a fin de ayudar a ese visitante foráneo, para que encuentre un buen lugar donde reponer fuerzas o para encontrar la ubicación de una calle, comercio, edificio oficial o lugar monumental. En este contexto se inserta el siguiente relato.

Cálida y soleada mañana, en la primera semana de julio. Entre las varias opciones posibles a desarrollar, durante ese martes veraniego, me apetecía dar un largo paseo a través de los jardines del Parque malacitano, pensando en que finalmente podría acercarme al puerto marítimo, con el objetivo de caminar hasta el morro de levante. En todo ese itinerario tenía ya pensado diversos puntos en los que podría encontrar esa agradable sombra junto al mar, espacios que me permitirían dedicar algunos rentables minutos para la gozosa tarea de escribir y, localizando panorámicas y motivos interesantes, tomar algunas fotos. Mi primera parada fue en las zonas ajardinadas junto al Palmeral de las Sorpresas. Allí comencé a conformar párrafos sobre las hojas del bloc, aportando algunas ideas que iban surgiendo desde la traviesa imaginación. Ante mis ojos tenía una bella panorámica marítima, con la bahía de Málaga como fondo, a su derecha el buque que realiza el transporte a la ciudad de Melilla y en la zona opuesta la erguida y elegante figura arquitectónica de la Farola, con todas las edificaciones y locales comerciales del muelle uno.

Mezclaba la caligrafía de los apuntes con esa gratificación visual que proporcionaba la presencia de un mar portuario, sereno y sin apenas oleaje. En un momento percibí que, entre los paseantes de la zona, una pareja de personas mayores, posiblemente sexagenarios, se iban acercando hasta donde yo me encontraba. Tras un saludo cordial, el hombre me pide si le puedo atender o dedicar unos minutos. Accedí de inmediato, pues su forma educada de presentarse obligaba a esa amable respuesta. Su compañera, podría ser su mujer, sonreía agradecida.

Se trataba de dos turistas canadienses. Liam, recién jubilado, había trabajado durante toda su vida laboral como técnico forestal en un centro de investigación biológica, ubicado en una localidad situada a pocos kilómetros de la capital canadiense. Chloe, efectivamente, era su esposa. Esta bella mujer tenía por dedicación el diseño de portadas bibliográficas y al ejercicio del dibujo para ilustrar publicaciones. Nunca habían visitado España y en este momento, en que se abría para ellos muchas posibilidades para disfrutar el tiempo libre, querían conocer diversas zonas de nuestro país. Chloe tenía unos parientes lejanos en la región levantina, a los que no veía desde hacía décadas. Habían volado desde Ottawa hasta Madrid, en donde permanecieron tres días. Tras pasar por Sevilla y Granada, se dirigían a Valencia, utilizando un vehículo de alquiler. Una inoportuna avería, que Liam detectaba en el motor, les había decidido parar veinticuatro horas en Málaga, en donde la empresa Avis les había facilitado la reparación del problema técnico (a coste de la marca). De esta forma podrían realizar un viaje más relajado hasta su inmediato destino en la ciudad de Alcira, en donde residían esos parientes a los que ansiaban abrazar. El español que utilizaba Liam era bastante aceptable. Durante su infancia y adolescencia, su familia tuvo que residir durante varios años y por motivos laborales en el sur de Argentina, experiencia o vivencia que siempre agradeció y no sólo por el conocimiento de una nueva lengua para su capacidad de expresión.

Toda esta información fue debida a la amistosa cordialidad que desde un principio aplicaron los dos turistas americanos. De hecho, insistieron en que los acompañara a desayunar, gesto al que no pude negarme. En realidad, querían pedirme algo de ayuda. Iban a permanecer todo ese martes en Málaga, pues el vehículo (ya en el taller) se lo entregarían a última hora del día o en la mañana siguiente. Consideraban, con racional sensatez, que un malagueño podría aconsejarles o sugerirles aquello más interesante o importante para conocer de Málaga, en apenas veinticuatro horas, tiempo que iba a durar la estancia del veterano matrimonio en esta ciudad.

Se me ocurrió preguntarles, siempre con la sonrisa en la boca, por qué me habían elegido para prestarles esa sencilla ayuda o sugerencias, a la que no me iba a negar, por supuesto (era todo un honor poder hacerlo). La respuesta estuvo en boca de Chloe, mezclando el inglés con no pocas palabras de español:

“Nos pareció una imagen muy sugestiva que a esta primera hora de la mañana y en un marco tan bello como el espacio portuario, una persona estuviera aquí sentada, en la zona ajardinada, escribiendo en una tradicional libreta y utilizando un simple bolígrafo. Era inevitable comparar esta tradicional estampa con el mundo tan digitalizado, protagonizado por los tablets, los portátiles y demás instrumentos electrónicos. Desde ese instante me dije que ese Sr. nos puede ayudar”. 

Les expliqué que reducir la estancia para visitar una ciudad a un tiempo real de sólo diez o doce horas significaba tener que sacrificar muchas opciones interesantes que toda localidad atesora. Tratándose de Málaga no podía ocultarles la dificultad de sintetizar en ese corto tiempo las más interesantes posibilidades de una ciudad con unos atractivos manifiestos. Que en una futura oportunidad tendrían que dedicar más tiempo a Málaga, cuya riqueza monumental y el carácter abierto y hospitalario de sus habitantes es resaltado por todos los visitantes que llegan a ella. Nos pusimos a “trabajar” sobre esa libreta que tan buena impresión había provocado en Chloe, a fin de hacer un esquema que optimizara el breve tiempo disponible.

El reloj aun no marcaba las 11 horas de un resplandeciente día. Podían subirse al bus turístico para que los llevara a una conocer una primera impresión de lugares emblemáticos de la capital. Les recomendé que hiciesen uso de los auriculares, en donde podrían tener una sencilla explicación de la significación de esos preciados lugares, eligiendo el idioma que deseasen. Dedicar un par de horas para ir recorriendo (e incluso bajarse del bus) esos puntos nucleares, era una decisión sin duda acertada. Podrían hacer uso de sus tickets durante toda la jornada e incluso subirse a una de las barcazas habilitadas al efecto, para hacer un recorrido por la bahía, teniendo una maravillosa vista de la ciudad desde el mar. Ese paseo por la bahía sería afortunado e inteligente dejarlo para el atardecer, con lo cual, la estampa plástica y romántica de la visión emocional experiencia estaría más consolidada, para ese sentimiento lúdico que siempre buscamos en nuestra alma e imaginación.

Eran extranjeros y el reloj mental lo suelen tener adelantado. A las doce y media o trece horas ya tendrían un buen apetito. Muchas posibilidades para “restaurar” fuerzas. Elegir una “bodega” tan típica y testimonial como El Pimpi poseía numerosas ventajas. Lugar céntrico, rodeado de un marco monumental indudable. Ambiente adecuado por la alegría, para la potenciación de la necesidad lúdica. Tapeo variado y de calidad. La novedad y calidad de su “pescaito frito” otro incentivo más. Y esas fotos, junto a los toneles y barricas con las firmas y dedicatorias de personas famosas, siempre se conservan con placer y alegría.

Les comenté que, a “dos pasos”, podrían tomar el café, té o inmejorable taza de chocolate, en alguna de las teterías que pueblan la zona, aunque también los zumos y batidos de frutas tenían un sabor optimo para refrescar la cálida temperatura de esas primeras horas de la tarde. Pero las horas siguientes deberían tener un indudable sabor monumental. Visitar la Catedral renacentista y barroca era un objetivo inexcusable. Muy cerca tenían a mano la fortaleza islámica de la Alcazaba y al pie de ésta los restos del Teatro Romano, a pocos metros de la Plaza de la Merced.  Optimizando el tiempo y la celeridad, podría haber un “hueco” para recorrer alguno de los museos que lucen en la ciudad. Tal vez el Picasso, el Centre Pompidou o el Museo de Málaga. El Thyssen, tampoco quedaba lejos. Les expliqué brevemente las características referenciales de estos interesantes museos, para que ellos libremente escogiesen. 

Antes del anochecer, habíamos quedado en esa visión frontal de la ciudad desde el mar. Había que dedicar una hora a ese placer del aroma marítimo, en continuo y cariñoso balanceo proporcionado por un mar en calma, recorriendo visualmente ese marco de ensueño de una ciudad con miles de luces que se van encendiendo a medida que el color anaranjado del sol se atenúa, consiguiendo un climax estético y emocional de indescriptible belleza.

Tras el paseo en la barcaza turística, había que potenciar el tiempo disponible hasta el descanso nocturno. Tomar un taxi, en la zona de la Plaza de la Marina, era una medida adecuada para subir a la mejor atalaya para visionar que posee la ciudad: la zona de Gibralfaro, junto al Castillo islámico. Allá arriba, un poco más cerca de las estrellas, que esa noche tendrían que brillar con alegre intensidad ¡porque sí! disfrutarían la cena, contemplando el progresivo intercambio de luces entre un sol en retirada y una ciudad que potencia y ama la luz, en un espectro cromático abierto a todos los gustos de las personas con sensibilidad y capacidad imaginativa.  Igual gozarían con los sonidos de alguna pequeña orquesta que por las noches suele alegrar los oídos de los comensales, en tan espectacular marco, para la mejor contemplación de una ciudad alegre y vitalista, que favorece la alegría y la amistad.

Nos habíamos intercambiado los números telefónicos, a fin de tener unos minutos en la mañana siguiente, que sería el miércoles de la despedida. Acudí temprano al hotel donde se alojaban y de nuevo insistieron que los acompañara en el desayuno. Aún habiéndolo hecho, disfruté un buen zumo frío de naranja, pero sobre todo de la amena conversación con una simpática y educada pareja que tenían especial interés en narrarme toda la aventura que juntos habíamos planificado en la mañana anterior. Liam, más comedido, dejaba hablar efusivamente a su alegre y vitalista compañera, que no quería dejar detalle alguno por compartir de sus divertidas “correrías” por esos núcleos malacitanos, descubriendo minuto a minuto una ciudad no incluida en su programa viajero. Ahora agradecían, con sonrisas y parabienes, que la inesperada avería del motor les hubiese posibilitado gozar de una ciudad que “atrapa” con sus encantos a todos aquellos que llaman sus puertas invisibles con ánimo de visitarla.  El mimetismo comprensivo entre las personas facilitaba que cada vez nos entendiéramos mejor, mezclando el castellano, palabras y frases en inglés y ese otro lenguaje expresivo de la mímica gestual, que tan útil resulta entre personas que intercambian generosamente su mejor voluntad.

El acopio de fotos, para la buena memoria, era manifiesto. Las memorias de las dos cámaras que utilizaban habían tenido que sustituirlas, pues ya las tenían bien cargadas de imágenes acumuladas y esas otras (miles, comentaban) que se llevaban, como espléndido tesoro de su recorrido por la ciudad. Les comenté que, para una nueva ocasión, con más horas para el sosiego, tendríamos oportunidad de visitar y recorrer ese espléndido paraíso del Jardín Botánico de La Concepción, cuya riqueza forestal interesaría especialmente a Liam, en función de su preparación y actividad profesional dedicada a la investigación de la biología vegetal.

El vehículo ya estaba reparado y dispuesto para la marcha, en el taller concertado con la empresa AVIS. Volvimos al Hotel Málaga Palacio para recoger el copioso equipaje de la pareja canadiense aventurera y me comentaban la suerte que tuvieron cuando, en la tarde previa visitaban la basílica catedralicia, el misterio acústico y solemne del órgano religioso comenzó a sonar. Parece ser que estaban preparando un concierto de música sacra y aprovecharon los minutos de visita del santo recinto para “levitar” su artística visión con las notas majestuosas de un “dios” que les hablaba, con ese lenguaje que sólo las personas henchidas de bondad y sensibilidad pueden captar e integrar como luces acústicas para sus vivencias.

En la entrañable despedida, más intercambios de direcciones, datos y sonrisas. Chloe insistió en entregarme un precioso llavero con un grabado urbano de la moderna capital canadiense. En mi caso, le había llevado una cadenita de plata, de la que colgaba la artística reproducción de una biznaga con sus alegres y sutiles jazmines. Con el agradecimiento propio, ambos reían porque en la noche anterior, Liam había comprado una aromática biznaga, que ofreció a su pareja como muestra de cariño y amor. El elegante biólogo había seguido bien ese consejo que le sugerí en un aparte, cuando planificábamos el día.

Los abrazos y beso afectivo para el adiós fueron recíprocamente emocional.  “Have to come back here, in Málaga. I will wait for you”. (Tienen que Volver aquí, en Málaga. Yo les esperaré). Prometieron hacerlo, con esas limpias sonrisas de satisfacción y afecto. También les comenté que nunca había visitado su país. Ese lindo proyecto quedaba abierto para realizar. Me “llenaron” la libreta de datos y números telefónicos, para que les avisara cuando esa posibilidad pudiera llevarla a efecto.

En esas esas horas inesperadas y divertidas, Liam y Chloe. habían sabido aprovechar los consejos y sugerencias de un nativo de la ciudad a la que habían llegado el día anterior y se marchaban visiblemente encantados. Un mecánico del taller concertado por AVIS les trajo el vehículo hasta las puertas del Hotel, situado junto al Parque de la ciudad. Desde aquí partieron hasta su destino próximo en Alcira, con ese adiós entrañable de amistad y valoración. Habían descubierto una ciudad con encanto.

Otros muchos días, cuando elijo para los paseos y la redacción de los escritos esos frescos y salinos parajes del puerto malacitano, siento que van a aparecer por entre los macizos de flores, las figuras amigas de Chloe y Liam, para indicarme que Málaga va a ser un punto nuclear y pasional en su recorrido por tierras hispanas. -

 

 

LAS 24 HORAS DE LIAM Y CHLOE

EN MÁLAGA

 

 

José Luis Casado Toro

 

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

30 julio 2021

 

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/