viernes, 8 de enero de 2021

DIRINALANDIA. LA ILUSION DEL JUGUETE.

Es de universal creencia que la terciarización de las sociedades es un importante factor indicativo para medir el avance económico de las mismas. Hay que explicar que en este sector terciario se incluyen todos los servicios prestados a los demás sectores económicos y el grueso de las actividades comerciales. Es obvio matizar que la trascendencia socioeconómica de este sector terciario no reduce la importancia que poseen otros sectores de la economía, como el primario (agricultura, ganadería, pesca y la construcción) o el secundario (el amplio espectro de las actividades industriales). Concretando los servicios que funcionan en el sector terciario de la economía, encontramos aquellos que poseen la categoría o consideración de imprescindibles, como son los sanitarios, el transporte, la educación y la cultura, las finanzas, los farmacéuticos, la ropa y el calzado, las peluquerías, las librerías, las ópticas, la restauración, la administración, la comunicación informativa y, cada día más, los soportes electrónicos e informáticos. Parece indudable que todos estos servicios son fundamentales o insustituibles para el normal desarrollo de la colectividad social.

Centrándonos ya en el amplio panorama de la actividad comercial, encontramos (según los gustos, por supuesto) aquellas tiendas o comercios a las que aplicamos la etiqueta de “con encanto”, pues aportan a las personas que los utilizan numerosos estímulos anímicos que resultan muy positivos para el conjunto de nuestra salud. Entre esos comercios con encanto podríamos destacar cuatro importantes modalidades: las floristerías, las librerías, las tiendas específicas de regalos y, muy destacadas por su significación, las tiendas de juguetes. En este último contexto se nuclea la historia de nuestro relato.

Hay jóvenes que, en contra de la evidente y preocupante realidad socioeconómica, persisten sin embargo en mantener sus ideales y proyectos, a la hora de elegir el siempre complicado futuro académico y profesional. Desde luego merecen el aplauso general por la constancia que aplican en respetar sus objetivos, a pesar de las opiniones o evidencias en contrario. Este era el caso de Diana, hija única de un padre relojero y una madre que trabajaba también fuera del hogar, en un taller para arreglos de ropa. La hija de ambos, tras superar las pruebas de acceso a la universidad, optó por matricularse en una facultad básicamente humanística a fin de cursar la carrera que desde el bachillerato había proyectado para sus ilusiones: estudiar filosofía pura. Las opiniones de sus padres acerca de las limitadas salidas profesionales que tendría con dicha titulación no hicieron mella en la tenaz voluntad de esta joven, cuando rellenó los impresos universitarios, a los 18 años de edad.   

Después de realizar un muy digno recorrido académico, esta joven de admirable mentalidad idealista hubo de enfrentarse a la realidad socioeconómica de sus días: tendría que dedicar todo su tiempo y esfuerzo para preparar esas oposiciones docentes, no convocadas por la Administración y con unas expectativas de plazas ofertadas muy reducidas. En la docencia de titularidad privada había todavía menos que hacer. Durante unos meses se entregó a trabajar y preparar el amplio temario establecido para el desarrollo de esas futuras pruebas, pero llegó el momento en el que tuvo que bajarse del pedestal idealista y atender a los consejos de sus padres que le recomendaban que buscara una alternativa, aunque fuese temporal, a la titulación académica que colgaba en su dormitorio. Comenzó entonces a dar vueltas al asunto, dialogando en numerosas ocasiones con una amiga de confianza, Irina, licenciada en químicas y que se ganaba la vida desde hacía un par de años trabajando en una peluquería de numerosa clientela, propiedad de un familiar indirecto, quien se mostró generoso en ofrecer trabajo a la chica. 

En una noche de sábado Diana volvió  a casa bastante tarde, tras haber estado pasando la tarde con su amiga. Sus padres estaban viendo tranquilamente una película que emitían por la segunda cadena de televisión, así que esperó a que finalizase la trama argumental para exponer a sus progenitores la idea que venía barruntando por su cabeza desde hacía días.

“Quiero comentaros algo que lo estoy pensando desde hace tiempo. El asunto de la oposiciones lo veo cada día más lejano, pues no hay certeza de que salga una convocatoria a corto plazo. Difícilmente mi carácter tiene la paciencia necesaria para que papá me hiciera un hueco en su taller de relojería. Entonces he estado hablando con Irina, mi amiga íntima de hace muchos años. Ella tiene unos ahorros, porque lleva tiempo trabajando en la peluquería de un tío político. Pero me confiesa que le gustaría hacer otras cosas para con su vida. Es una persona bastante idealista, como yo, así que nos entendemos muy bien. Nos haría mucha ilusión centrarnos en organizar una tienda de juguetes, dándole a esta actividad comercial un enfoque un tanto distinto al de un espacio dedicado a sólo la venta de juguetes”.

Los padres de Diana, Blas y Gracia, entendieron las razones de su hija y se mostraron receptivos para prestarle la ayuda necesaria. En los días sucesivos, las dos amigas estuvieron buscando locales adecuados, en el que pudiera ir el establecimiento que proyectaban. Después habría que buscar la correspondiente financiación, en forma de préstamo bancario. Tras mucho recorrer la ciudad, visitando algunas inmobiliarias, además de consultar por Internet, localizaron un antiguo taller para reparaciones de vehículos, en la actualidad cerrado, debido a que su propietario había fallecido hacía varios meses. Los herederos de este veterano mecánico deseaban vender el local de su padre, espacio que contaba con tres habitaciones, dos de las cuales daban a la calle, en un lugar bien situado por su centralidad. Además el amplio local miraba a una calle semipeatonalizada, lo que favorecía el paso de la ciudadanía.

Los ahorros que las dos compañeras pudieron reunir, con las respectivas ayudas familiares, resultaban claramente insuficientes para la compra del local, por lo que había que acudir a una entidad financiera que se mostrara receptiva en conceder un préstamo hipotecario. A este fin, Blas contactó con un amigo del gimnasio, centro deportivo al que ambos acudían los fines de semana, que trabajaba en una sucursal bancaria como subdirector de la misma. Las dos jóvenes interesadas, acompañadas por sus padres respectivos, mantuvieron un par de entrevistas con don Eleuterio Mendrila, encargado de la entidad bancaria, quien estudió el caso detenidamente, decidiendo finalmente proponer la concesión de un préstamo hipotecario, a partir de una entrada económica que ambas jóvenes efectuaron, con un plazo de devolución de 10 años y a un interés especialmente favorable, por los avales de ambos progenitores.

En la familia de Irina había un profesional de la albañilería que trabajaba en una empresa de multiservicios, a la que encargaron la adecuación del vetusto local, que se hallaba en principio muy deteriorado para la específica función comercial que iba a desempeñar en el futuro. El precio de la obra, que el primo de Irina consiguió establecer por parte de su empresa, no fue excesivamente gravoso, ya que también aceptaron establecer unos plazos de pago diferidos con un interés “testimonial”. Casi tres semanas tardaron aproximadamente las obras realizadas para la adecuación del local. En ese corto período, ambas copropietarias entablaron contactos con algunas empresas fabricantes de juguetes, a las que expusieron sus proyectos e ideas, siendo muy bien atendidas por partes de dichas entidades.

Han pasado ya unos meses y DIRINALANDIA. (recordando el nombre de las dos amigas) La ilusión del juguete, está funcionando bastante bien. Nada más llegar al establecimiento, los clientes pueden ver los dos amplios escaparates repletos de cientos de juguetes, pertenecientes a todas las  todas las épocas y tamaños. Dada la amplitud del espacio interior, hay una zona preparada para utilizar y probar muchos juguetes, antes de la decisión última de la compra. Las dos propietarias y amigas se turnan para asesorar tanto a los niños como a sus padres. Han habilitado igualmente otro espacio para la creatividad de los niños, una gran mesa en la que siempre abunda el cartón, los pegamentos, las latitas de pinturas con sus pinceles, e incluso trocitos de madera y chapón, con muy diversos tamaños, a fin de que los pequeños y “los grandes” puedan mostrar sus habilidades y creatividad. Una norma de esta pequeña pero alegre empresa es que el material de fabricación de los juguetes expuestos priorice materiales naturales, como la madera, el corcho, el textil, la goma, el cartón, la pasta de papel, la piel, etc. aunque  comprenden que resulta sumamente difícil eliminar  en los días que vivimos la utilización de los materiales sintéticos y plásticos.

Se cuida también el medio ambiente interno del espacio comercial, no sólo en cuanto al olor (que copia en lo posible el de la naturaleza) sino también los sonidos, para lo que utilizan música instrumental con temas de películas infantiles y juveniles muy conocidas. No podían tampoco faltar entre los cientos y miles de juguetes, los macetones de flores, dispuestos en los ángulos más estratégicos, aplicando también esas ramas y hojas naturales que “caen desde el cielo”, creando un ambiente vegetal en sumo agradable. Llevan un fichero de clientes y para su amplia satisfacción comprueban que aquel interesado (sea grande o chico en edad) que entra por las puertas de Dirinalandia por primera vez, siempre le agrada volver.

Entre las muchas personas que a diario visitan la tienda, atraídos por todo el atrezo que sustenta ese espacio comercial, una tarde de junio recibieron la visita de un hombre relativamente joven, que estaría más o menos en la tercera década de su vida, quien estuvo unos minutos recorriendo los lúdicos espacios del interior, observando aquí y allí los numerosos incentivos que tenía ante su vista. La mímica facial de este potencial cliente no podía disimular el sentimiento de felicidad que le embargaba. Después de esos minutos que siempre solían respetar para la intimidad del visitante, fue Diana quien se acercó a este caballero y con la mayor discreción y sonrisa le pregunto si se sentía a gusto en todo el divertido espacio.

“Por supuesto Srta. A partir de ese maravilloso doble escaparate que tienen y la riqueza lúdica de tantos y tantos juguetes me siento feliz y rejuvenecido. Cuando veo esos trompos de madera pintados de colores, los distintos diseños de trenes, que utilizan el latón y la madera como materia prima, las inolvidables caretas de Disney, los tirachinas, los balones y pelotas de goma, las cocinitas con sus cacharros de aluminio y vajillas de porcelana, aquellos juegos reunidos de toda la vida y la gran fauna viviente de peluches, además de esos muñecos que parecen estar hablando…. Toda esta riqueza para la imaginación y el juego me recuerda mi infancia, ya lejana, pero le aseguro que fue la única época en la que verdaderamente me sentí y fui feliz.”

En ese momento, el rostro y semblante del hombre se tornó a una expresión más bien triste y preocupante. Pero de inmediato supo reaccionar y, forzando un poco la sonrisa, que pronto fue natural, añadió

“Discúlpeme, he entrado en un espacio alegre y debo mostrar mi alegría, que le aseguro es verdadera. Le rogaría que por favor me aconsejara la elección de dos juguetes. Uno, para regalar a un niño de seis años. Y un segundo juguete, para otro niño… ya mucho más grande (se señaló a si mismo, con su dedo índice).

Diana se sentía feliz, ayudando a este hombre en el que adivinaba una honda problemática vital. “Para el niño pequeño, del que espero después me indique su precioso nombre, yo le llevaría esta divertida y cromática arquitectura, formada por muchas piezas geométricas de madera. El juguete viene con un pequeño catálogo adjunto, para que el niño tenga una pequeña ayuda, a la hora de “construir” sus formas, aplicando los diversos trozos. En principio aconsejo que no le enseñen el catálogo al niño, para que sea éste el que aplique su libre y divertida imaginación. Y ahora vamos a por el “niño grande”. Yo elegiría esta caja que tiene hasta diez puzles, con muchas piezas de “cartón piedra”. Le aseguro que los motivos a conformar son muy atractivos y estimulantes. Quiero añadirle algo. Cuando se sienta un tanto infeliz, le invitamos a que venga a la tienda, trayéndose su puzle. Aquí se sentirá mucho mejor. Sin duda.”

En las semanas siguientes, cada viernes, alrededor de las cinco de la tarde, aparecía por la puerta de Dirinalandia Adrián, llevando en uno de sus manos una pequeña cartera de piel beige, donde guardaba uno de los puzles, para entretenerse allí en su composición durante un par de horas. En la otra mano nunca faltaba un detalle o presente, para Diana, que recibía los bombones, la cajita de pañuelos bordados o el pequeño ramillete de flores, con una especial sonrisa y palabras de agradecimiento. Al paso de las semanas, Diana fue conociendo detalles de ese niño de seis años llamado Javi, que vivía con su madre que estaba unida a otra pareja. A esos datos se fueron uniendo otros muchos, explicativos de una vida que sufría una inmensa y cruel soledad.

En ese tercer viernes, cuando el reloj marcaba las ocho y cuarto de la tarde, Adrián comenzó a reunir la piezas dispersas de su “juguete”. Sabía que Dirinalandia cerraba a las 20:30 y comprendía que las dos propietarias tenían que ordenar un poco antes de marcharse. Sin embargo ese día, el protagonismo de la despedida no lo tuvo el lúdico cliente sino que, aleccionada por Irina, Diana se le acercó diciéndole con una tierna sonrisa: “Bueno, Adrián, celebro que hayas pasado un buen rato, disfrutando de este ambiente que sé lo mucho que te agrada. Como esta noche de julio está muy agradable de temperatura, me pregunto si te gustaría seguir contándome anécdotas de ese niño pequeño, llamado Javi. También podrías añadir cosas interesantes del niño grande. A mi me apetecería tomarme una pizza, con una cerveza fresquita ¿Te animas a que la compartamos?”

 


DIRINALANDIA. 

LA ILUSIÓN DEL JUGUETE

 

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

08 enero 2021

 

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/




 

viernes, 1 de enero de 2021

EN LA INSTRUCTIVA ESCUELA DE LA VIDA.

Sobre los muebles bibliotecas de nuestros domicilios, en donde nos agrada colocar con esmero aquellos libros que hemos ido comprando y leyendo a lo largo de los años, suele haber también algunas carpetas que contienen diversa documentación, de mayor o más relativo interés. A buen seguro, algunos de estos archivadores estará dedicado a contener los documentos originales o incluso fotocopias compulsadas relativas a todas aquellas titulaciones o certificados que, de manera especial en nuestra época formativa, hemos ido acumulando para conformar nuestro currículo. Esa documentación avala nuestra participación en cursos, publicaciones, estudios, experiencias, investigaciones, actividades promovidas por organismos de titularidad publica o privada y a las que hemos asistido, a fin de sustentar nuestra formación y poder optar a esos puestos de trabajo que hemos desempeñado en nuestra vida laboral activa y que aún mantenemos, si no nos ha llegado el tiempo de la jubilación. Obviamente diferenciamos aquellos méritos que nos han sido verdaderamente útiles para opositar o concurrir a nuestros objetivos profesionales y aquellos otros que, en nuestra opinión, han tenido una importancia o significación más secundaria o relativa. Pero unas y otras certificaciones las guardamos con “afecto” y consideración pues, aparte de su valor y utilidad puntual, nos recuerdan las horas de esfuerzo y dedicación que tuvimos que aplicar para su más o menos difícil consecución.

Se halla fuera de toda duda que, tanto en las épocas de bonanza económica, como en aquellas otras de mayor competitividad o difícil concurrencia para la obtención de objetivos profesionales, lo primero que exigen o demandan los organismos competentes es que presentes un currículo detallado, en donde queden bien avalados los méritos que hayas acumulado, siempre con las certificaciones correspondientes. Incluso, en no pocas de esas convocatorias, hay un apartado en el que permiten comprobar el baremo que se te va a aplicar en función de los documentos aportados. Muchos de los jóvenes no ocultan su preocupación a causa de carecer de “certificados suficientes para las distintas convocatorias”, matriculándose en consecuencia en todo lo habido o por haber, a fin de acumular esa “papelitis” o  “titulitis” tan necesaria o imprescindible para obtener o alcanzar sus legítimas aspiraciones profesionales. De ahí que, con el paso de los años, esa carpeta de los “méritos” se va a ir engrosando cada vez más.

El “atesoramiento” o densificación certificatoria no siempre cumple con los fines propuestos. Todos conocemos a determinadas personas, con las que mantenemos una mayor o menor afinidad, que incluso con dos titulaciones universitarias y una amplia carpeta de méritos avalados, no encuentran ese puesto de trabajo para el que supuestamente están perfectamente cualificadas o preparadas. Llegados a este punto, surge un interesante y complicado interrogante: la aludida “meritología” en la densificación de títulos que cada cual haya podido acumular ¿indica, necesariamente su elevado nivel de cultura o sabiduría científica y humanística? La respuesta, en principio, parece fácil. Tal cúmulo de cualificaciones documentales demuestran o certifican los conocimientos que poseen las personas que los han conseguido. Quien no posee dichos avales es calificado con la expresión de “no tiene estudios”, frase que encierra un cierto sentido “peyorativo” expresado muy a la ligera.

Sin embargo la experiencia relacional nos enseña y muestra la gozosa realidad de algunas personas, admirablemente “sabias” en lo humano, pero que no han podido o querido estudiar “carrera” o  desarrollar itinerario académico alguno. Con más o menos destreza en la lectura y la escritura, estos sencillos y modestos ciudadanos nos demuestran para nuestro asombro (cuando intimamos en su amistad) la riqueza de sus valores, conocimientos y habilidades diversas, que han ido aprendiendo y cultivando a través de su andadura existencial. Estas personas pueden hacer gala de una significativa cultura conseguida en esa gran escuela, sin programación normalizada, que es la vida. Las presente narrativa se centra en una de ellas.

Ocurrió en uno de esos encuentros casuales e inesperados, cuando en una mañana fresca de enero, en la que se agradecía la radiación solar recibida paseando junto a la playa, con el sonido monocorde y repetitivo del oleaje, el destino quiso que cruzáramos las primeras palabras para conocernos. Después del desayuno, me había propuesto realizar un amplio paseo tonificador, previo a las actividades del día. Cuando ya había llegado al paseo marítimo, reparé en que no llevaba el móvil en mi mochila, ni tampoco el reloj en mi muñeca, olvidos a los que no di mayor importancia pues lo importante en aquellos momentos era caminar y gozar de la brisa marina. Fue entonces cuando una señora, que caminaba en sentido contrario a mi dirección, me preguntó si le facilitaba la hora. Tras explicarle que lo sentía y que no podía concretarle el tiempo exacto, puesto que había dejado el reloj en casa, le indiqué que podríamos estar cerca de las 10:30, más o menos.  Me aclaró su urgente necesidad de llegar, no más tarde de las 11 menos cuarto, a un determinado lugar en donde la estaban esperando. En ese preciso momento un hombre bastante mayor, que estaba sentado en uno de los bancos de piedra instalados en el paseo marítimo del oeste, intervino en nuestra breve conversación. Vestía de una forma modesta, con un “raído” pantalón de pana beige, camisa de franela a cuadros, una pelliza chaleco de poliéster azul, también muy desgastada y calzaba unas babuchas destalonadas. Se quitó de la cabeza una gorrilla deportiva con la que se protegía de los rayos solares y quiso aportar, con simpática e inhibida espontaneidad, su opinión al respecto.

“Perdonen Vds. pero les he escuchado y tal vez podré ayudarles. Señora, yo tampoco llevo reloj, pero por la posición del sol le puedo asegurar que deben faltar no más de quince minutos para que den las once. Así que debe apresurarse, si no quiere llegar tarde a esa cita de la que habla”.

En ese instante recordé que había echado, hacía días, un antiguo reloj en la mochila, que en ocasiones se paraba. Tenía intención de llevarlo a un relojero a ver si era a causa de la batería. Efectivamente, allí estaba reposando en el fondo de uno de los bolsillos de mi bolsa de piel. Lo consulté y marcaba las 10:47. Gran acierto en la concreción horaria.

El señor de la pelliza azul se llamaba Simón, nombre que conocí en la curiosa y agradable conversación que al instante mantuvimos. Era evidente que al anciano le agradaba y necesitaba “echar un ratito” con alguno de los paseantes. En principio le felicité por su agudeza en fijar, con tanta exactitud, la hora del día, a lo que me respondió que la vida le había deparado no pocas enseñanzas y habilidades, conocimientos que en su opinión no solían aprenderse en las escuelas o en las páginas de los libros.

“Amigo, fíjese en el espléndido día que tenemos. No se ve nube alguna en el cielo. Pero yo le puedo asegurar que hoy, a lo largo de la tarde, va a caer un buen chaparrón. Le voy a indicar una hora aproximada para que se sitúe. Será entre las cinco y la siete. Se preguntará cómo puedo asegurarlo. Pues verá, el movimiento de las hojas, con la brisa que viene del mar, la temperatura inusual de que gozamos e incluso el propio color del cielo, me lo están indicando. Repito que en la tarde te tendrás que acordar del Simón, pues habrás que usar el paraguas si no te quieres mojar”.

Me pareció agradable y simpático el tuteo y esa aguda sabiduría que florecía en un jubilado que andaría ya cerca de su octava década vital. Le di las gracias por su amena locuacidad, asegurándole que haría lo posible para que nos volviéramos a encontrar y poder seguir charlando y conociéndonos mejor. Con una amplia sonrisa quiso aclararme que estaba por la zona casi todos los días, pues le gustaba disfrutar con el agradable calor del sol y si podía “echaba un ratito” con las personas amables que por allí pasaban.

Aquella tarde de enero, mientras trabajaba en casa con el ordenador, sentí unos sonidos en el techo, en principios con leve acústica, intensidad que se fue incrementando por momentos. Incluso tuve que encender la luz, pues los nubarrones aceleraban la llegada de la noche. Esa primera llovizna, a modo de “chirimiri” se hizo más intensa, pues los goterones percutían en armonía con el sonido del teclado. Comprobé la hora y marcaba las 17.15. Me acordé naturalmente de Simón y de ese simpático encuentro junto al mar que habíamos tenido en una mañana resplandeciente de sol. Me prometí intentar verle en los próximos días, para felicitarle por sus acertadas previsiones.

Así se inició una sencilla amistad, que se fortalecía una o dos veces a la semana, cuando me lo encontraba allá en su banco de piedra junto a un chiringuito del marítimo, viendo a la gente pasar.  Tras una recíproca sonrisa, siempre había algún tema para disfrutar y Simón me iba desvelando algunos datos o vivencias de su persona, información que yo atendía con atención y respeto, pues valoraba su franqueza y confianza de trato. Obviamente se sentía feliz y agradecido por la dedicación (entre quince y treinta minutos) que yo le prestaba. Mi locuaz interlocutor había sido pescador, aunque en determinados periodos de su tiempo había también trabajado como peón agrícola y “en lo que saliera”. Estas actividades (era evidente) le habían aportado muchos y útiles conocimientos que, como él repetía, no los había adquirido en la escuela, en la que parece no permaneció mucho tiempo. Desde luego no había encuentro en el que Simón no me impresionara con sus “fáciles” e ingeniosas soluciones.

En una ocasión le comenté que estaba soportando una lumbalgia, probablemente debido a un esfuerzo inadecuado que habría realizado. Ante su pregunta que como me la estaba curando, le expliqué que con un antiinflamatorio de la farmacia, el conocido “Voltarén” medicina que me ayudaba a reducir las molestias, aunque su ingesta a muchas personas también le provocaba molestias estomacales. Como siempre solía hacer, esbozaba una pícara sonrisa, aportando de inmediato su solución y remedio.

“Amigo, déjate de “potingues”, que las mejores medecinas (sic) están en las hierbas y flores del campo. Pásate por la zona del Limonero, la del pantano. Allí abundan unas florecillas lilas, que debes recoger. Ya en casa, las cueces un rato con agua. Te tomas unos sorbos antes de irte a la cama (puedes echarle una “mijita” de azúcar si te amargan) y con el liquido sobrante te das unas friegas con alcohol por la zona donde te duela. En tres o cuatro días, ya no te molestará la cintura. 

Ya sabes que no he estudiado para ser especialista en plantas, pero entiendo mucho de las  hierbas que tenemos en los campos. Cuando trabajaba en las siembras, arados y recolectas, aprendía mucho de todo lo que me contaban los cabreros, los pastores y los cazadores, esa gente del campo que me iba encontrando por los caminos. También se aprende bastante probando y probando, como dicen los señores investigadores. Con el tiempo vas distinguiendo los beneficios de unas plantas sobre otras y los beneficios que nos dan para las dolencias del cuerpo. Yo tengo remedios naturales para curar las fiebres, el vientre suelto, el moqueo, las lombrices, los dolores de las almorranas, las ventosidades, la orina suelta, el mal dormir, el corazón cansado, los granos y hasta las callosidades. También para los eczemas de la piel y otros muchos problemas que molestan al cuerpo”.  

Y así íbamos compartiendo con agrado los minutos, un ratito cada semana. Incluso logré que abandonara por unos instantes su “patrimonio” pétreo, donde tomaba asiento y en el que parece permanecía durante horas, a fin de que me aceptara algún café o bebida fresca para la sed, en ese chiringuito próximo “El Trasmallo”. Quiso explicarme el sobrenombre de “el flaco” mote que según él le pusieron de joven y que siempre mantenía con orgullo

“¿Sabes por qué no engordo? Porque cada día, antes de comer, suelo tomarme una berza de plantas que yo conozco, líquido que me reduce mucho el apetito, pero que me da esas “´vetamenas¨ necesarias para estar bien fuerte. Y eso que ya no cumplo los 81 y aquí sigo para disfrutar del sol, de esa jarra de tinto de la que no me privo y cuando era más joven … de las buenas mozas, que bien gozaban de mi compaña y mejor hacer en el trato. Ya me entiendes. Como está mandado”.

A pesar de su patente modestia en la narración de sus valores y conocimientos, sabía hablarme de sus diestras y artesanas incursiones en la cocina, de aquellos inolvidables actores y actrices de sus años juveniles, de los necios errores que los albañiles cometían trabajando en las obras “así envejecen tan pronto las casas y se estropean tanto las calles”. Pude descubrir, al paso de los meses, que había dos temas de los que se negaba a hablar: “no quiero saber nada de los monseñores de las sotanas, aunque parece que ya no las llevan y tampoco de los vividores de la política.” De inmediato cambiaba de tema y volvía a sus hierbas, a sus recuerdos con las redes y los vegetales y a esos sorprendentes y acertados pronósticos con respecto a las nubes, a los vientos y a la majestad “todo un señor” repetía, del astro solar.

A la llegada del nuevo otoño recuperé mis hábitos “senderistas” de los amplios y regulares paseos matinales, por esa zona litoral del oeste malacitano. Pero, una y otra vez, mi interés por reencontrarme al Flaco resultaban baldíos, pues su habitual “trono” en la atalaya del paseo permanecía vacío. Una mañana entré en el Trasmallo y a uno de los dueños le pregunté por Simón, dándole las señas precisas que lo identificaban.

“Sí, sé a quien se refiere. Pero casi desde comienzos del verano dejó de aparecer por aquí, como solía hacer casi a diario. Alguien me comentó que al Flaco lo habían trasladado, junto a la mujer con la que convivía, a una residencia de la costa granadina, pero ya no puedo darle más datos. Le aseguro que yo también echo de menos su habitual presencia y esa capacidad relacional tan hermosa y abierta que poseía para entablar cualquier chascarrillo con aquel paseante que quisiera atenderle”.

Será difícil olvidar a Simón, uno de esos admirables “sabios anónimos” formados en la didáctica y útil “universidad” vivencial en la que estamos inmersos, sabiendo aprender de la naturaleza y de las personas, en sus  amaneceres y  atardeceres, a través de los días.-    

 

EN LA INSTRUCTIVA ESCUELA

DE LA VIDA

 

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

01 enero 2021

 

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es            

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viernes, 25 de diciembre de 2020

LA GENEROSA RESPONSABILIDAD VOCACIONAL EN DAVINIA.

En numerosas ocasiones, tras finalizar alguna consulta o gestión que hemos protagonizado, se nos pide realizar o responder a una breve encuesta, a fin de que valoremos y califiquemos el grado de satisfacción o desagrado acerca del trato, resultado y consideración que nos merece la llamada telefónica o la entrevista personal que hemos mantenido. Unas personas priorizan en sus respuestas el resultado de la gestión, sobre otras consideraciones, mientras que por el contrario son muchos los que valoran sobre todo la actitud de agrado, receptividad y disponibilidad del profesional o funcionario por el que hemos sido atendidos. Nadie ha de dudar que este tipo de pequeñas encuestas pueden y deben ser de suma utilidad, a fin de valorar y mejorar el funcionamiento del servicio que las plantea. Pero la experiencia nos hace dudar de que las aportaciones que hacemos, por los errores o deficiencias que hemos detectado, sirvan realmente para corregirlos, pues volvemos a encontrarnos (no siempre sucede así, por supuesto) con los mismos problemas, cuando repetimos nuestra experiencia en la misma empresa o departamento. En todo caso bueno es intentar que el servicio prestado mejore, para las sucesivas oportunidades en que el mismo sea demandado.

Lo que desde luego parece evidente es la diferencia que encontramos en los profesionales que atesoran un grado elevado de vocación en su trabajo y aquellos otros que no se sienten, en absoluto felices con la labor que desempeñan a diario. Este es uno de los ejes nucleares de la sencilla pero significativa historia, cuya narración a continuación se desarrolla.

Davinia Coslada ejerce actualmente como enfermera, en el Hospital Clínico de Cáceres. Esta joven malagueña finalizó sus estudios universitarios en la Facultad de Ciencias de la Salud de la UMA hace ya tres años. Durante este periodo de tiempo intentó conseguir plaza laboral en algún centro sanitario, ya fuese de titularidad pública o privada, sin la suerte u oportunidad necesaria para ser contratada. Fueron muchos los días y las noches en las que estuvo sentada frente a la pantalla de su portátil, visitando en Internet aquellas páginas webs más factibles para trabajar en su profesión, además de acudir de manera personal a todos los centros de su localidad y a no pocos de otras provincias hermanas. Pero también la suerte hay que saber buscarla. Un feliz día recibió una respuesta satisfactoria a sus expectativas, pues en ese centro universitario extremeño habían considerado adecuado su currículo, ofreciéndole una plaza laboral de contrato anual renovable, a la que se debería incorporar a la mayor premura.

Ciertamente Extremadura no está excesivamente alejada de la región andaluza. Pero el necesario traslado suponía una separación importante de sus raíces, tanto para ella como para sus padres, Leandro y Fabiola, que entendieron la necesidad laboral de su hija única, soportando el lógico dolor de perder una compañía con la que habían convivido a diario desde su nacimiento. Por lo tanto, Davinia preparó sus “bártulos” personales básicos a fin de emprender la aventura extremeña. Lo hacía con esa ilusión y vitalidad que dan los veinticinco años de vida. Sus padres prefirieron que realizara un viaje más cómodo que el bus interurbano, utilizando por consiguiente el tren hasta Madrid y de allí continuar el desplazamiento hasta Extremadura, sobre todo por el equipaje que había de trasladar para fijar su nueva residencia, en principio, en un pequeño hostal bastante céntrico de la capital.

Pero como suele suceder en estos casos, en el mismo centro médico, donde se presentó nada más llegar a la ciudad, le comentaron que una compañera de profesión, llamada Serena, procedente de Lugo y que llevaba más de un año trabajando en el hospital universitario, tenía hueco en un apartamento que había alquilado. El problema del hospedaje para una larga estancia quedaba felizmente resuelto.

En relación a su trabajo, Davinia tenía un sentimiento ambivalente: por una parte, le embargaba una lógica preocupación por la importante responsabilidad que asumía ante los enfermos que tenía a su cargo; por otra, afrontaba ese reto con una gran ilusión, pues ahora tenía la oportunidad de aplicar todos sus conocimientos en un marco de patente realidad, que completaría las prácticas realizadas y la buena preparación que había recibido de sus profesores en las aulas universitarias. Al carecer de una experiencia profesional, cada semana desarrollaba prácticas rotatorias en las distintas secciones que le eran asignadas en el gran complejo hospitalario (traumatología, ginecología, urología, oftalmología, pediatría, cardiología, medicina interna, oncología, etc) a fin de ir tomando destreza y conocimiento de las especificidades de cada una de las área médicas. En este instructivo y laborioso recorrido fue tomando conciencia de una realidad que asumió de una forma admirable: además de cumplir con sus funciones asistenciales, para con los enfermos y con doctores que les atendían, las personas que allí estaban internadas necesitaban, de manera especial, ese calor y apoyo afectivo, fraternal, comprensivo e ilusionado, que les hacía un extraordinario bien, tanto en lo anímico como en lo somático. Esa motivación y estímulo actitudinal era, en casi todos los casos, decisivamente importante y complementaria al tratamiento farmacológico e incluso quirúrgico.

La Consejería de Salud nombró, en el mes de noviembre, un nuevo director del Hospital Clínico, quien en esta oportunidad era una doctora de gran prestigio entre sus compañeros del centro médico: doña Eufrasia Villala. Una de sus primeras y acertadas medida, a fin de reactivar al personal sanitario, fue la realización de una interesante consulta interna. Tanto los trabajadores auxiliares, como los de enfermería, podrían establecer una jerarquización entre las distintas secciones, ordenación que reflejara en cuáles de las mismas se sentían más felices y realizados con su trabajo. Además de elegir a las tres secciones de su preferencia, tendrían que dar una explicación para justificar las opciones que habían libremente elegido. Una vez procesadas y analizadas todas las respuestas, fue reasignándose a todos los miembros de enfermería y personal auxiliar, correspondiéndole a Davinia la sección que ella había priorizado y colocado en primer lugar: PEDIATRÍA

¿Cuál fue la argumentación que ella había aportado para justificar su preferencia? “Elijo esta especialidad o área de trabajo basándome, entre otros incentivos, en que soy hija única. Efectivamente, he carecido de hermanos o hermanas, privándome en mi desarrollo del enriquecimiento personal que aportan las familias con varios hijos, con los que hablar, jugar, disputar, entretener, ayudar, etc. Aunque ciertamente he recibido un enorme cariño de mis padres, el hecho de ser la única descendiente familiar me ha condicionado en no pocos aspectos de mi carácter. En este momento importantísimo, de mi primera y vital experiencia profesional, me gustaría ayudar e interactuar con los niños, ya que me siento plenamente feliz y realizada cuando les  comprendo y comparto el  juego con ellos, apoyándoles anímicamente en estos duros momentos por los que muchos atraviesan, teniendo que permanecer internados y fuera del calor de su hogar familiar. Los niños necesitan el cariño de todos y a ello me quiero entregar.” Este generoso, sincero y bello razonamiento fue mue apreciado entre los dirigentes del centro hospitalario universitario.

Era evidente que el carácter abierto, alegre, desenfadado, extremadamente positivo, lúdico e imaginativo de la joven enfermera, suponía un plus incentivador y motivador para unos pequeños, con diversos tipos de dolencias y que para colmo tenían que estar muchas de las horas del día y la noche, alejados de sus hermanos y progenitores. En consecuencia, Davinia asumía que, en no pocas ocasiones, tenía que actuar ante los pequeños, como esa mamá que no está, como esa hermana que se echa en falta, como esa amiga ausente que se necesita, como esa compañera con la que se anhela jugar ¿Y cómo desarrollaba esta gran profesional sanitaria su ejemplar labor?

Contándoles cuentos e interesantes historias, en los momentos más oportunos. Organizando juegos de disfraces. Promoviendo concursos de dibujos. Desarrollando talleres de divertidas manualidades. Enseñándoles sencillas y hermosas canciones. Motivándoles con fáciles labores de papiroflexia. Paseando, con aquellos que estaban autorizados, a través del jardín o los pasillos. Llevándoles a la sala de los juguetes, que ella ayudó a montar. Rezando con ellos, poco antes de iniciar la hora de dormir. Difundiendo esas sonrisas y palabras que siempre alientan en todos los instantes, pero más en aquellas horas y minutos de la ineludible necesidad.

Y llegaron las fiestas de la NAVIDAD. Entre todo el personal sanitario se organizaron unos turnos vacacionales, negociados y también sorteados, con el fin de que los profesionales se repartieran la atención laboral a los internados, en esas emblemáticas fechas de la Nochebuena y la Navidad, la despedida del Año “Viejo” y la llegada del “Nuevo” Año, con la mágica Noche de Reyes y el propio “Día de los Regalos” durante el 6 de Enero. En definitiva se trataba de que los sanitarios pudieran disfrutar, algunos de esas noches y días, con sus familias, de manera especial aquéllos que eran originarios de otras provincias y mantenían la ilusión de poder visitar a sus seres queridos en estas entrañables y sentimentales fiestas de Invierno. A Davinia le correspondió librar en el turno tercero, correspondiente a Reyes.

En esta prolongada cadena de festividades navideñas, la sección de pediatría quedaba bastante reducida, pues salvo en los casos de gravedad o urgencia, muchos padres preferían posponer la estancia o el ingreso de sus hijos más pequeños, a fin de poder tenerlos en casa y que así pudieran disfrutar con más intensidad del “calor afectivo” familiar. Aun así, entre altas anticipadas, los nuevos ingresos y aquellos casos de dolencias que exigían el permanente control, quedaron una media de quince/veinte niños y niñas, que la precaución aconsejaba no enviarlos a sus domicilios bajo pretexto alguno. Davinia, con su hiperactividad característica, se “multiplicó” y esmeró para crear un ambiente, en lo posible, de grata felicidad, entre este grupo de chavales, cuyas edades eran un tanto diversas.

Para la Nochebuena y la Navidad organizó, durante unas horas del día 24 y el 25, un sencillo pero al tiempo espectacular Belén viviente. Vistió a algunos de los niños y niñas de pastorcillos, eligiendo entre ellos un San José, una Virgen y, por supuesto a un Jesús recién nacido, escenificando la historia del Portal, sin que dejaran de sonar algunos villancicos, especialmente tradicionales. En el día de Navidad se entregaron los premios de un concurso de imaginativos collages, también por ella organizado: a los niños agraciados se les entregó un gran peluche, una caja de 24 lápices de colores y una pelota de trapo, con diversidad cromática, regalos que como en tantas de sus actividades colaboró eficazmente la dirección hospitalaria.

Y para la Noche del 31 y el Primer Día del Año ¿qué se le ocurrió? Supo encontrar una campanita y un gran reloj esférico de madera pintada de colores, para dar los toques de las doce campanadas, haciendo que los niños tomasen unas bolitas pequeñas de dulce de algodón, para simbolizar las doce uvas y la llegada del nuevo año, el 2021.

Davinia tenía ya comprados los billetes del ida y vuelta para el tren, viaje que la conduciría desde la capital extremeña hasta Málaga, con la ilusión propia de disfrutar unos días en su casa familiar junto a sus padres. Pero los niños estaban tristes, porque su “ángel” Davinia no iba a permanecer junto a ellos, en esa noche y madrugada mágica y en el amanecer maravilloso del 6 de enero. Cuando la muy cualificada enfermera fue a despedirse de “sus niños” recibió una mezcla de lágrimas, abrazos, besos y ese “no te vayas” que ennoblece a quien lo recibe y a quien lo expresa. Era evidente el fuerte sentimiento de orfandad afectiva de estos niños, habituados al dinámico y acertado trato de la positiva e híper activa profesional sanitaria. En la tarde del día cuatro, Davinia tuvo el acierto de comprar unos sencillos pero significativos regalos, conociendo las características de los niños que iban a permanecer en el Hospital durante la jornada de Reyes. Precisamente sería Serena, su amiga y compañera de hospedaje,  la encargada de entregar la alegre mercancía que SS.MM. se habían prestado a traer en sus lúdicas alforjas.

Aquella noche resultó algo incómoda para el descanso, pues en la conciencia de la vocacional enfermera se mezclaba la alegría por volver a estar con sus padres, tras un trimestre de separación laboral, con esas pinceladas de tristeza, recordando las actitudes y expresiones de esos niños internados en el pabellón de pediatría. Una vez realizado el frugal desayuno, tomó la mochila y el pesado (por los regalos) trolley que le iban a acompañar en esas cortas vacaciones, ya que se tendría que reincorporar a su puesto de trabajo el lunes 11.  Al entrar en la estación de la Renfe vio que había muchos viajeros a esa hora temprana de la mañana. Había extremado la puntualidad, pues aún restaban unos cuarenta y cinco minutos para la salida del Alvia, camino de Sevilla. Se sentó en unos bancos de madera, para distraerse unos minutos manejando aplicaciones de su teléfono móvil. En un momento concreto, levantó sus ojos de la pantalla táctil que manejaba, para fijarlos en una gran publicidad digital que iba ofreciendo anuncios y mensajes, con temáticas básicamente alusivas a las fechas navideñas y de año nuevo. Uno de los mensajes, bien diseñado en sus colores y dinámica pictóricas, decía así: “Es bueno que busques la felicidad, pero aún es más importante saber darla”. Este lúcido texto le hizo pensar de inmediato, en relativizar la valoración de muchas de las cosas que nos rodean.

No lo pensó más. Se acercó con decisión a una de las taquillas y gestionó la devolución de los billetes, que por la característica de la compra podían “suspenderse“ para ser utilizados (si hubiera plazas libres) en otras fechas. Tras dejar sus bártulos viajeros en el piso, se desplazó al centro hospitalario, exponiendo al jefe de personal su propósito de permanecer en la fiesta de Reyes junto a los niños allí internados. “No sabes lo que te agradezco este gesto, pues en estos días estamos bastante faltos de personal y tu generosidad nos viene que ni de perlas”, esa fue la grata respuesta que recibió del compañero Marcos.

Para la mañana del 6 de enero, Davinia improvisó un lindo traje de majestad oriental, simple y simpática vestimenta que también asumió Serena y otro compañero del personal auxiliar. El propio centro facilitó unos juguetes que, junto a los regalos preparados por la enfermera malagueña, hicieron las delicias de aquellos niños internados para curar sus dolencias, que mostraban una alegría desbordante, con sus tiernas sonrisas y la confianza cariñosa hacia su buena amiga Davinia, que no había querido ausentarse de su compañía en aquel mágico amanecer.

Realmente es una inmensa suerte poder encontrar a personas de esta admirable naturaleza, con un sentido vocacional tan elevado, elegante y exigente, para la dedicación laboral que libremente han asumido. Por supuesto que esta historia puede ser considerada un tanto irreal, en el seno de una humanidad en la que sobran demasiados egos y faltan ríos sublimes de generosidad. Sin embargo todos los lectores, si repasan con sosiego en los estantes indelebles de sus memorias, encontrarán a no pocas personas que, en muchos de sus rasgos y respuestas, podrían identificarse con el perfil de esta joven enfermera, que se sentía feliz y realizada haciendo felices a los demás. De manera especial, a esos seres, niños y niñas, que merecen lo mejor de nosotros mismos, a fin de que un día, a ser posible no muy lejano, puedan disfrutar de un mundo algo mejor.-

 

LA GENEROSA RESPONSABILIDAD VOCACIONAL 

EN DAVINIA

 

 


José Luis Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

25 DICIEMBRE 2020

 

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