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viernes, 10 de diciembre de 2021

UN AFORTUNADO REGALO DE NAVIDAD.

Entre los numerosos factores que aportan emocionantes y nobles sentimientos, luces multicolores y páginas de alegría a las fiestas de Navidad, Fin de Año y Reyes, entre el último y el primer mes del calendario anual, hay un importante elemento que facilita la ilusión y el divertimento de niños y mayores. Ese gesto que dinamiza la economía y motiva el despertar de las sonrisas, es la ilusión de recibir y entregar regalos, consubstancial y fundamental en tan entrañables y bondadosas efemérides.

Más que por la importancia, el valor, el divertimento o la necesidad de aquello que se entrega o recibe, lo que más se valora es ese gesto, detalle, atención y oportunidad que conlleva la acción de regalar a la persona querida, amada o necesitada. Difícilmente alguien manifestaría su enfado al recibir ese presente lleno de ilusión y significado. De igual modo, son pocos los que reconocerían su disgusto por tener que regalar. La generosidad y el agradecimiento van de la mano en una simbiosis mágica, cuyo “protagonista” es ese presente, que motiva las sonrisas.

Son muchas las personas que manifiestan el que cada vez resulta más difícil regalar, porque en esta sociedad de gran consumo se tiene posesión de muchos objetos, más o menos necesarios, en ese culto peculiar a la materialidad. Pero se olvida que la verdadera significación del regalo no se encuentra en el valor intrínseco del coste, sino en la oportunidad, la generosidad y el recuerdo de entregar “algo” a ese familiar, amigo, conocido o compañero que a buen seguro lo valorará y agradecerá. Un presente de alto coste puede tener un efecto limitado, según quien lo entregue o quien lo reciba. Por el contrario, un regalo sencillo, modesto, incluso de elaboración propia, puede significar mucho para el afortunado receptor. También, por supuesto, para el dadivoso benefactor.

¿Existe una edad más apropiada que otra para recibir esos objetos, que tanto se aprecian? En absoluto. Tanto el niño, como el mayor, se sentirán felices y complacidos cuando reciben, en todo momento, esa entrega generosa, al margen de la oportunidad o la naturaleza material o simbólica del mismo. En este lúdico y atractivo contexto, insertamos a los personajes que protagonizan nuestra historia.

Un joven matrimonio estaba atravesando, al igual que millones de personas, una etapa de intensa dificultad material, que repercutía también en su estado anímico. JULIÁN era carpintero de profesión. Trabajaba, desde hacía unos tres años, en una pequeña empresa que fabricaba puertas, armarios, sillas y mesas y otros elementos o mobiliario para el hogar. Utilizaban para esta útil función, como materia prima básica, los distintos tipos de maderas. Esa estabilidad laboral le animó a proponer a su novia CARINA para que dieran ese paso tan importante en la vida como es el matrimonio, a pesar de la juventud de ambos: 23 años él y sólo 20 años ella. Su patrimonio económico era en sumo limitado, ya que pertenecían a familias de modestos trabajadores (pescadores y vendedores ambulantes en mercadillos, respectivamente). Pero la ilusionada pareja se sentía “poderosamente rica” de esa valiosa posesión que supone el amor y el cariño recíproco. Ese su maravilloso vínculo afectivo había nacido, como en tantas otras parejas, durante una afortunada tarde en el que se conocieron participando de una fiesta dominguera entre amigos, en la que había abundante música, baile, merienda y bebida barata de “garrafa” pero que en esos años ilusionados sabe “milagrosamente” a gloria. Habían formalizado un noviazgo que duraba casi cuatro años, cuando decidieron dar ese valiente e ilusionado paso de irse a vivir juntos.

Ciertamente Julián no tenía un sueldo elevado en el taller de la madera donde trabajaba, más de las horas legales establecidas. Aun así, consiguieron el buen alquiler de un pequeño y “muy veterano” apartamento compuesto de un dormitorio, un saloncito de pocos metros cuadrados, con su cocina y baño correspondiente, situado en un antiguo edificio del Camino de Antequera, muy próximo a la barriada del Puerto de la Torre. El alquiler mensual del inmueble, que los dos jóvenes pintaron y repararon, en sus deficiencias, les suponía casi la mitad del salario que el carpintero recibía por su abnegado trabajo con la madera, incluso contando con las numerosas horas extraordinarias (no todas se las pagaban) que con esfuerzo y entrega “echaba” cada semana. Por su parte Carina, a pesar de haber cursado sólo la enseñanza obligatoria, tenía una especial habilidad y dulzura para el trato con los niños pequeños. De esta forma le iban llegando horas de “canguro” para el cuidado de hijos de familias “bien” cuando éstas tenían que salir por las tardes o las noches, dejándole los críos a su cuidado, consiguiendo unos euros que le sabían “a gloria”, a fin de ayudar a los gastos limitados que se podían permitir, en su pequeño pero entrañable hogar.

Solían pasar muchos sábados o domingos con sus respectivas familias, quienes los invitaban para tratar de aliviarles en los gastos. Como sus padres comentaban “de un cocido o un potaje, siempre se pueden sacar dos platos más”. Además de ofrecerles el alimento, sus familias apreciaban el tenerlos más cerca, a fin de poder disfrutar con su presencia y el cariño de la proximidad. A pesar del gusto y aptitud de Carina por el mundo infantil, la joven pareja había decidido, con prudencia y sensatez, esperar algún tiempo (en realidad estaban en el primer año de convivencia) para recibir a esa “feliz cigüeña” que incrementa los miembros de la unidad familiar.

Apenas habían cumplido el primer año de casados, 2008, cuando la globalización mundial se vio sumida en una profunda y grave crisis económica que repercutió en tantos y tantos millones de familias, sin distinción de razas, geografías o mentalidades ideológicas. La contracción en el comercio repercutió gravemente en el proceso fabril, con esos dramáticos despidos laborales, que a su vez limitaban el poder de compra de la población, todo ello en un círculo vicioso que agudizaba aún más la deflación mundial que el mundo penosamente soportaba. La fábrica taller donde Julián tan arduamente trabajaba, se vio obligada, ante la escasez de pedidos, a reducir a sus operarios, despido laboral al que también el joven Julián se tuvo que someter. La ayuda administrativa del paro solo duró unos pocos meses y la búsqueda de algún empleo u horas de cualquier trabajo no tenían una eficaz respuesta. A pesar de llamar en numerosísimas puertas, estas no se abrían, pues por doquier las empresas cerraban, ya que los circuitos económicos estaban colapsados por una lacerante depresión que azotaba a escala mundial.  

En el seno de esta “asfixiante” situación económica, al menos encontraron una “brisa” esperanzadoramente oxigenante en el gesto generoso de la señora Florencia, una anciana acomodada en sus pertenecías recibidas por herencia, propietaria del viejo apartamento que la pareja habitaba. Al estar viuda y con parientes lejanos, su avanzada edad hacía que sus limitadas fuerzas fueran reduciéndose. A cambio de reducirles el precio que pagaban por el alquiler del pequeño inmueble, ofreció contrato a Carina para que le asistiera cinco días a la semana, para limpiar, guisar, lavar, planchar y de paso le hiciera algo de compañía. Los 300 euros mensuales que tenían que abonar a la propietaria del apartamento fueron reducidos a 75 (una cuarta parte) en base al trabajo que la joven aportaba sirviendo en casa de doña Florencia. Por su parte Julián iba haciendo algunas “chapuzas” aceptando todo lo que salía, aunque fueran horas espaciadas de trabajo (albañilería, reparaciones, recogida de residuos…). Aún así, se vieron obligados a reducir con sacrificio los gastos estrictamente innecesarios. Pues, además de esos 75 euros, estaba el pago del agua, la electricidad, la manutención (Carina podía conseguir algo de comida con los sobrantes que la señora le autorizaba). Para el desplazamiento, sólo se utilizaba el bus para momentos muy puntuales, mientras que Julián disponía de una bicicleta de segunda o tercera mano que había encontrado y arreglado en un “cementerio” de coches, motos y bicicletas, comprada a un precio verdaderamente testimonial.  Por fortuna, el domicilio de la casera no se encontraba lejos (a unos 15 minutos caminando) del apartaban que compartían.

A pesar de todas estas carencias y dificultades materiales, la joven y unida pareja tenían un valioso patrimonio para la vinculación y la resistencia: el intenso y recíproco amor que ambos se profesaban. Era ese cariño en estado puro que resiste, con la magia infinita de la idealización, todo tipo de tempestades y contratiempos sobrevenidos, para la modesta sencillez de su caminar por la vida. Y así, a final del año, llegaron, puntuales al calendario, las fiestas de Navidad.

Era su primera Navidad como recién casados. Esta pareja de jóvenes idealistas, cariñosos e imaginativos, no querían dejar pasar, a pesar de sus profundas carencias económicas, un ritual muy importante, vinculado a estas fechas tan señaladas en el almanaque: ¿Qué podría regalar a mi amada Carina? ¿Qué se me ocurriría regalar a la persona que más quiero, mi compañero y marido Julián?

En Navidad, este esposo enamorado no quería que la persona que “sostenía” su existencia, careciera de ese detalle dadivoso que testimoniara o simbolizara el profundo amor que le profesaba. Pero él no podía ir a comprarlo a El Corte Inglés, ni a Mediamark, ni a las joyerías especializadas, ni a las agencias de viajes, ni a las tiendas o franquicias lujosas de perfumería o ropa. Sus bolsillos estaban literalmente vacíos. Lo poco que en estos difíciles momentos podía ganar había que dedicarlo necesaria e imprescindiblemente a pagar el alquiler, el alimento de cada día y los gastos extraordinarios que surgen cuando menos se esperan.

Ya, en el día 22, casi en vísperas de la Nochebuena y la Navidad, después del almuerzo, Julián decidió dar una vuelta por el centro de la ciudad, pues Carina tenía que volver a la casa de doña Florencia, para completar su trabajo diario. Caminando sin un rumbo fijo, llegó al Paseo del Parque, en donde se habían instalado, como cada año, los modestos puestos de regalos, con juguetes, chucherías, artículos de broma y curiosas y elaboradas artesanías. Fue ojeando la mercancía ofrecida en sus expositores, con la ilusión de si podía encontrar algo original e interesante, que no tuviera un elevado precio (cuando miró el contenido de su monedero, tomó dura conciencia de lo poco que podía comprar, con los cuatro euros y algunos sentimos que llevaba) para ofrecérselo a su mujer el día 25 de ese diciembre navideño. Recorrió un par de veces la larga fila de puestecillos pero, a poco que preguntaba, cualquier adorno o detalle superaba la módica cifra del capital que llevaba en su monedero.

Cansado de pasear (había venido ese día caminando desde su domicilio, en la barriada del Puerto de la Torre, para hacer ejercicio y de paso evitar el gasto del autobús) tomó asiento en uno de los bancos de piedra del Parque, ubicado en una glorieta nucleada en torno a un coqueto estanque rectangular, con una preciosa fuente en su interior. Desde allí observaba a las personas que por allí paseaban, algunos con las prisas del tiempo y otros parándose en los puestos para mirar los artículos expuestos y preguntar acerca de los precios correspondientes. En un banco vecino estaba sentado un hombre mayor, que parecía de nacionalidad marroquí. Se cubría la cabeza con un gorro troncocónico de fieltro rojo, vestía con una larga túnica, estampada con figuras de diversas geometrías muy coloreadas y calzaba unas babuchas de color anaranjado, probablemente de cuero de camello. Su cansada y arrugada piel ofrecía un color bastante tostado por el sol, luciendo en su rostro un grueso bigote que, al igual que su barba de 5 -6 cm, estaba profundamente encanecido. Este apacible personaje era también un vendedor, pues ofrecía, en un amplio paño extendido sobre las losetas del suelo, diversos productos, como perfumes, esencias aromáticas, diversas cajitas de madera tallada y policromada y algunas forradas de piel, probablemente para guardar regalos u otras pertenencias valiosas. Era un apacible vendedor de artesanías árabes, que no tendría capacidad económica para alquilar algunos de los puestos instalados a lo largo del Paseo. Tahir (ese era su nombre) después de centrar sus ojos en Julián, durante unos minutos, se dirigió espontáneamente al joven con las siguientes palabras, expresadas de manera bien pausada.

“Hermano, que Alah o tu Dios te guarde. Te he estado observando con respeto y te veo cansado y con un rictus de tristeza en el rostro, pero sin embargo con esa fuerza interior que nos da la ilusión de la edad. A pesar de mi cansada vista, los largos años de vida que mi cuerpo soporta me hacen conocer bien a mis semejantes. No creo equivocarme en lo que, paternalmente, te voy a manifestar. No acabas de encontrar un regalo apropiado y que puedas pagar, para llevarlo a tu joven amada ¿Verdad? Te extrañará que te hable así, pero mi larga experiencia me ayuda a entender el comportamiento y los sentimientos de los demás, especialmente si son jóvenes como tu. Y no es que te doble la edad, sino que probablemente casi la triplico.

Mi mejor maestro ha sido, como te decía, observar y observar, una y otra vez, a todos esos hermanos que me rodean y comparten la existencia, ya sea allá en el Atlas, en el desierto, o junto a las aguas calmadas o embravecidas del mar. En esta sociedad que nos ha tocado vivir, todos están locos por gastar y gastar, para frenar inútilmente su profunda insatisfacción. No saben apreciar las pequeñas y sencillas cosas que les rodean y que nada cuestan.

Yo te puedo ofrecer ese regalo para tu amada, que tan ansiosamente buscas y no lo puedes comprar. No has de preocuparte por el precio porque, te aseguro, poco te has de gastar”.

Y de inmediato, pero con movimiento pausados, el veterano mercader se agachó y extrajo de un ajado zurrón de piel de carnero, una cajita cuadrada, de unos 8/10 cm de lado, en las tres dimensiones.  Preciosamente tallada con tracería árabe y barnizada con brillantez y acaramelado cromatismo. “Esta es LA CAJITA MÁGICA DE LAS BUENAS ACCIONES”. 

“Como podrás comprobar está construida utilizando básicamente una materia preciosa. Ébano, madera negra de gran calidad y muy codiciada para su uso en instrumentos musicales. Por ejemplo, las teclas negras de los pianos, algunas preciadas esculturas o también utilizada para mangos en diversos utensilios. Aquí, en la parte superior tiene una estrecha hendidura horizontal, a modo de boca o buzón. Cada vez que su propietario haga algo bueno y sacrificado para los demás, lo escribirá en un pequeño trozo de papel y lo introducirá por esta alargada ranura. Si, efectivamente como ves, la cajita de las buenas acciones carece de cerradura. En principio, no se puede abrir. Pero cada vez que eches en su interior ese papel, explicando una buena acción, su propietario se sentirá feliz y contento. Si llegara el caso de que ya no se puede introducir más trocitos de papel con las buenas acciones, entonces, pero no antes, podrás abrir la cajita. Te explico el procedimiento. Para ello, en dos esquinas opuestas hay dos orificios muy pequeños, como dicen los científicos, microscópicos, por los que puedes introducir sendos alambres, muy finos pero fuertes, presionando al unísono. Entonces escucharás un chasquido en su interior: la cajita se abrirá. Pero recuerda. Sólo se realizará la apertura si la presión interior, ejercida por las hojitas de papel, se suma a la acción ejercida desde el exterior por los dos alambres. Ha de estar completamente llena, repleta de las buenas acciones realizadas”.

“Esas buenas acciones las llevas a cabo aplicando el sentido común y, sobre todo, la generosidad de corazón hacia los demás. Por ejemplo, ayudando a cruzar la calle a una persona necesitada. Consolando a esa otra que está triste en el problema que le afecta. Enseñando a leer a un analfabeto. Dando alimento a un hambriento por la desgracia. Sonriendo, para que los demás estén más alegres. Respetando la naturaleza, para que la vida sea más saludable para todos. No ensuciando aquellos lugares por donde pases. No mintiendo o haciendo daño a los demás. No apropiándote de lo que no te pertenece. Echando fuera de ti la envidia y la soberbia, defectos que siembran discordia y pobreza en nuestra existencia…. Son tantas las buenas acciones que se pueden hacer a diario para los demás y… para ti mismo…”

¿Y cuanto te he de pagar, por esta preciosa joya “de las buenas acciones”? “Dame la mitad de lo que lleves en el bolsillo”. “Sólo llevo … apenas cuatro euros” “Es suficiente, la nobleza que muestras en tu rostro es más que suficiente para mi”.

Tras darle, repetidamente, las gracias al sabio y bondadoso mercader, se encaminó hacia su domicilio, con el sugestivo presente que dos días más tarde entregaría a su amada, como muestra del cariño que sentía hacia su persona. Carina también tenía preparado un confortable jersey de lana, color azul, con algunas pequeñas franjas blancas y granates, prenda que había ido tejiendo en las semanas previas, cuando su marido no se encontraba en el domicilio. Las sorpresas respectivas ante la entrega de regalos, que mostraron los dos amantes, en la mañana del día de Navidad fue sentimental, alegre y divertida. El agradecimiento reciproco sustentó una estupenda jornada, cuyo almuerzo y cena lo realizaron en casa de sus respectivas familias.

El almanaque ha hecho correr muchas de las hojas del calendario. Estamos ante un nuevo otoño y han sobrevenido novedades en la vida de esta joven pareja. Carina está esperando un bebé, con la ilusión manifiesta del padre de la futura criatura, quien ha encontrado un nuevo puesto de trabajo, como “mozo paquetero” en el mercado de mayoristas, aunque por las tardes sigue haciendo sus “chapuzas” y algunos encargos para el arreglo de enseres de madera. Pero no podemos olvidarnos de la cajita/cofre de las buenas acciones.  

Cierto “mágico” día, la feliz pareja pretendió introducir una nueva hoja de papel en el ya densificado contenido de la cajita de ébano e incrustaciones. Al no ser posible el intento, comprendieron que ya estaba llena de esos pequeños escritos, que recordaban acciones generosas realizadas para con los demás. Recordando los consejos del comerciante Tahir, procedieron a su apertura, aplicando dos fines alambres por los también reducidos orificios de las dos esquinas, sonó un pequeño chasquido y la tapa superior de abrió. Extrajeron todos los pequeños trozos de papel y en el fondo comprobaron que había una foto del mercader. Era una imagen en la que Tahir mostraba una amplia sonrisa. De una forma misteriosa y sorprendente, la habitación del apartamento se oscureció y solo se veía iluminado el fondo de la cajita. Escucharon una “celestial y profunda” voz, la del propio mercader, que les decía “Sois una pareja feliz. Compensáis vuestras carencias materiales con la bondad, el cariño y los valores que atesoráis, pensando en hacer el bien a los demás hermanos que tanto lo necesitan. Ese es el camino. Esa es la mejor forma de trazar vuestro caminar por la vida. Alah o vuestro Dios os guarde”. ¿Magia, realidad, fantasía? Carina y Julián continúan llenando de buenas acciones esa hermosa cajita, regalo de Navidad, que tanto bien está haciendo en sus vidas. -

 

UN AFORTUNADO REGALO

DE NAVIDAD

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

10 diciembre 2021

                                                                               Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 

 

 
 

viernes, 10 de septiembre de 2021

EL LABORIOSO HOMBRE DE LOS RECORTABLES.

La vida es un continuo y desigualmente aprovechado aprendizaje. Desde la aparición del alba matinal, hasta el ocaso solar con el reino de las estrellas, vamos observando, conociendo y ampliando nuestros horizontes para el conocimiento. ¿Qué nos sugiere la presencia de una persona, que acumula muchos calendarios en su existencia, sentado en un banco del parque local o bajo el quicio de su modesta vivienda? Se le ve ajeno a los movimientos y a las palabras, aparentemente oteando la lejanía y tal vez apoyado en un bastón de recia madera o en esos carritos metálicos para agregar seguridad en sus inciertas pisadas. Acerca del mismo nos sobrevienen numerosas preguntas, más o menos curiosas, ante esa imagen cansada por el tiempo de una prolongada vivencia.

Surgen numerosos interrogantes en nuestra mente. ¿Qué pensamientos estarán “viajando”en este momento por su mente? ¿Habrán cambiado mucho aquéllas de sus ilusiones en el ayer? ¿Cómo acepta y negocia con ese su cuerpo curtido, ajado y predispuesto a los fallos cada vez más frecuentes en el funcionamiento? ¿Qué le hubiera gustado llegar a ser en las páginas de su biografía? ¿Tiene muchas imágenes indeseadas que le apetecería borrar de su memoria? ¿De qué se siente más orgulloso, a estas alturas de su andadura? ¿Mantiene en su memoria alguna página o comportamiento “desafortunado” que, en este periplo de su viaje, anhelaría poder borrar para nunca más recordar? ¿Cómo percibe a esos jóvenes que pasan a su lado, rebosantes de optimismo y vitalidad? ¿Cuál es su nivel de incredulidad al escuchar las “retocadas” e increíbles palabras de los políticos en el poder? ¿Tras su difusa mirada, mantendrá algunos importantes secretos, celosamente ocultos para la necesaria prudencia de su privacidad? ¿Cómo será el trato que recibe desde sus más directos familiares y allegados? ¿Le apetecerá que me acerque e intercambie algunas palabras con él o con ella, favoreciendo su lógica necesidad de comunicación? ¿En qué habrá trabajado durante su etapa activa profesional? ¿Cómo interpreta cada uno de esos amaneceres, que cada una de las mañanas el destino y la vida aún le conceden? ¿Cuántas anécdotas interesantes podría contar y también callar?

Era domingo en una nueva primavera, con un cielo algo nublado y templanza plomiza, aunque finalmente sin riesgo para esa siempre benefactora lluvia que calma la sequedad terrenal. No tenía la posibilidad de ese concierto matinal, interpretado por la banda municipal de música, que alegra el sosiego dominical de la ciudadanía. Tampoco correspondía, en su variada programación anual, aquel otro concierto de cámara que nos regalan las manos expertas de unos buenos músicos, piezas generalmente clásicas interpretadas en el marco emblemático de los salones o en el gran patio central del monumental Museo de Málaga. Descartada también la opción senderista a través de la naturaleza, inicié un largo paseo que, tras recorrer el remozado recinto portuario, desembocó en la zona de la Farola y la longitudinal perspectiva del pétreo morro de levante, en la sosegada bahía marítima malacitana. Tras gozar con la visión cromática de las serenas aguas mediterráneas, entremezclado con los colores celestiales de una bóveda en donde “luchaban” abundantes nubes con los pequeños resquicios dejados a los rayos del sol, pude observar a un hombre mayor, que estaba sentado en un banco de madera a las espaldas de la Comandancia Militar de Marina. Se le veía muy afanado en el ejercicio de alguna curiosa actividad. 

Este señor vestía un muy usado, pero confortable, jersey de tricotar casero, que dejaba ver el cuello y las mangas de una camisa de franela a cuadros marrones, un pantalón de pana beige oscura y calzaba unas playeras deportivas azules, también muy “ajadas” y pulidas en sus bordes de goma, por su muy frecuente utilización. La limpieza, corporal y de abrigo, no era la cualificación más destacada en el habilidoso personaje, quien portaba en su mano diestra unas tijeras, de esas que usan los alumnos en los centros escolares para realizar sus trabajos manuales. Con ese simple instrumental, se entretenía recortando las páginas de unos periódicos y revistas que llevaba en una bolsa troquelada con el logotipo de una popular cadena de supermercados. Me había sentado en el extremo del alargado banco de láminas de madera, que el veterano personaje ocupaba, pues me sentía algo cansado tras una larga caminata por los aledaños portuarios, sin realizar parada compensatoria para el descanso. Necesitaba recuperar algo de las fuerzas perdidas.

Mi compañero de asiento realizaba la habilidosa labor de ir recortando fotos, labor que realizaba con gran esmero y paciencia. Con el pequeño instrumental que utilizaba, iba marcando pacientemente el contorno de las figuras que elegía para su “divertida” labor. En principio pensé que este señor mayor, sin duda en su período de jubilación, tenía que estar muy aburrido para llevar a cabo un entretenimiento que lo devolvía a quehaceres propios de la infancia. Recordé como me distraía en la niñez, en la que también me agradaba ese divertido pasatiempo de jugar con los recortables, ya fueran con dibujos de animales, soldados, edificios o personas. Por unas escasas monedas (céntimos de peseta) podías comprar, en los puestos de periódicos y tebeos, también en las papelerías, hojas de recortables con los más diversos motivos impresos. Las más demandadas eran aquellas figuras a las que podías aplicar diversas vestimentas,’ que previamente habías recortado en otras hojas con el vestuario correspondiente.

El señor de los “recortes, lo hacía expresamente sobre figuras, no sobre el cuadrante de las fotos, siluetas que posteriormente iba guardando en un gran sobre blanco que tenía sobre esos periódicos y revistas semanales que, por su apariencia manoseada, habría recogido en algunas papeleras o en los contenedores de papel usado. En un momento concreto me sentí animado a intercambiar algunas palabras con el laborioso compañero de asiento, quien seguía recortando y recortando.

“Buenos días. Si me permite le diré que de pequeño yo también disfrutaba con ese paciente juego de los recortables. Lo hacía con láminas de coches, barcos, juguetes y dibujos de personas mayores y niños. Recuerdo que con las figuras que obtenía, inventaba juegos y diversas historias en las que intervenían dichos personajes y otros objetos de muy diferente naturaleza. A veces incluso me permitía, con esa habilidad infantil que todos hemos aplicado alguna vez, dibujar mis propios recortables. Desde luego que no eran tan perfectos como las hojas bien ilustradas que se compraban por aquellas “perras gordas” que difícilmente conseguíamos, siempre aplicando nuestro esfuerzo e imaginación”. 

Eladio, nombre que conocí en el contexto de la conversación, me miró con expresión divertida. Unos segundos más tarde, ya con una mayor seriedad en su rostro, me fue aclarando el sentido de aquello que realizaba con tan paciente laboriosidad.

“Agradezco su atención y le explico básicamente la razón de lo que estoy haciendo. Como puede ver, por el contenido de los recortes que guardo en el sobre, se trata de personajes importantes, protagonistas en diversos ámbitos de la sociedad, aunque predominan notoriamente aquellos profesionales de la actividad política. Me invento con estos recortes diversas situaciones que afectan lógicamente a los cargos u oficios que desempeñan. Voy pegando estas figuras de papel en un bloc, añadiéndoles en la parte superior unas nubecillas, en cuyo interior escribo lo que yo entiendo están pensando en ese momento de actividad pública o lo que están transmitiendo a la persona con la que hablan o al auditorio que tienen ante sí. En ocasiones pongo en sus bocas aquello que yo pienso deberían expresar, aplicando un sentido de racionalidad, honradez y buena voluntad a sus palabras. Le aclaro que tengo ya completados varios cuadernos de “estampas” pegadas, bien “rellenos” de personajes de toda índole y en distintas situaciones de sus respectivas profesiones en la sociedad. No sólo de la cronología actual, sino también de otras épocas, pues también recorto fotos de revistas y libros antiguos que recojo en los sitios más insospechados: contenedores de papel, libros y revistas regaladas en las bibliotecas, restos de las librerías de ocasión, papeleras en los jardines públicos, etc.”

Tras escucharle con la mayor atención y sin interrumpirle en la exposición o aclaración que amablemente me ofrecía, hice un comentario acerca de que su quehacer era una forma interesante y curiosa para llenar el amplio tiempo disponible para la distracción. En ese momento cambió la expresión de su rostro, tornándose mucho más austera, camino de la seriedad y la solemnidad.

“Es que he vivido mucho. Si le dijera la exactitud de mi edad igual no me creería. Aunque no los aparento, porque a Dios gracias me conservo relativamente bien, ya he superado mis ocho décadas de existencia. Amigo, trato de poner en boca de estas personas famosas e importantes, lo que yo hubiera dicho o hecho si me encontrara en esa situación que ellos están protagonizando. Sobre todo, a fin de evitar los numerosos errores que yo creo o considero están cometiendo, equivocándose lamentablemente, para el perjuicio, no sólo de sí mismos, sino para lo que es mucho más grave, el dolor y los problemas que provocan en los demás.

Y le digo esto, porque yo he errado mucho en la vida. Sé y he soportado muchas de las consecuencias de dichas equivocaciones. Le contaré, siempre que tenga algo de tiempo para escucharme, algunas de esas páginas de las que en absoluto estoy satisfecho, sino todo lo contrario. Para empezar, fui un chico díscolo, malcriado, que di no pocos disgustos a mis padres. Llegó un momento que ya no sabían qué hacer conmigo. En la también mi alocada juventud, quise experimentar la vida muy rápido, conseguir objetivos absurdos, sin reparar en los medios que aplicaba para ello, reprobables en muchos de los casos. Ello me hizo tener que responder ante la justicia, asumiendo años de privación de libertad. ¿No te importa que te tutee? Te aseguro que la prisión, en la mayoría de los casos, sólo enseña a ser peor, pues te ves rodeado de personas que enseñan cómo delinquir y disimular esa delincuencia, para que “la bofia” no te atrape en tus pillerías.

Sobre todo, ahora que ya ha pasado mucho tiempo, destaco dos o más grandes defectos en mi persona. Uno de ellos es el uso de la mentira “compulsiva” como se dice ahora. Y, sobre todo, el no respetar a los demás. Ese pensar sólo en ti acaba por enloquecerte y en convertirte en un ser soberbio, engreído, egoísta, altanero, camorrista, indeseable y temido, ante los ojos de los demás. Llegas a creerte que eres capaz de todo y por tanto “pruebas de todo”. Creo que me entiendes bien lo que quiero decir ¿verdad? Ya te explicarás de que quise ganar dinero por la “vía rápida”, caminando en desvarío por ese tortuoso camino alejado de la necesaria y justa honradez.

Muchos son los “palos” que he soportado sobre mi cuerpo, todo por culpa de esa desordenada existencia que, de forma equivocada, tracé para mi vida. He de confesarte que traté con muchas mujeres. pero una tras otra me fueron dejando, alejándose en cuanto podían de mi persona, pues sólo las quería para satisfacer las necesidades del sexo, aplicando el más reprobable machismo. Sí, procreé a varios hijos, muchos tal vez, de los que he llegado a perder la cuenta. Cuando iban creciendo, también han puesto tierra de por medio, pues no querían saber nada de un padre cuyo comportamiento no respondía a la responsabilidad que asumes cuando traes un crio al mundo.

Pero también es verdad de que la vida te va enseñando el modelo de lo que debe ser una buena persona, ese buen ser que desde luego yo no he sido. Hoy, ya en la ancianidad, estoy recluido en una residencia asistencial, llevada por monjas de la Caridad que son extremadamente generosas y admirables en su proceder. Y ya ves, cubro muchas horas del día entreteniéndome con estos recortables, a los que les pongo voz, para “cambiar” el comportamiento de muy importantes personajes de la vida pública”.

Me impresionaba la franqueza de este pobre hombre, llamado Eladio Lloret Niño que, con sus 83 primaveras relativamente bien llevadas en lo físico, me había confiado la verdad de una azarosa y desordenada existencia, con muchos “nubarrones” en su conciencia. En la fase postrera de esa andadura, reconocía sus abundantes errores perpetrados contra los demás y también contra sí mismo. Viviendo actualmente, según manifestaba, de la caridad institucional o evangélica, llenaba su tiempo con una infantil terapia, ciertamente sugerente y, por qué no decirlo, teñida de sensata inteligencia: poner en boca de los demás esa cada vez más ausente racionalidad, sinceridad y bondad, precisamente valores que habían estado ausentes de su confusa e inestable biografía. Le rogué que me permitiera comprarle algunos de sus cuadernos ilustrados y “razonados”. Era una elegante forma de mostrarle mi admiración por su capacidad de rectificación hacia la sensatez y aplaudir el curioso trabajo que realizaba en el ámbito de la manualidad. Con este gesto también le facilitaba algún apoyo económico que bien le vendría pues, según percibía, su limitación económica era más que manifiesta. A este fin le entregué un pequeño adelanto económico que le vendría muy bien a cuenta de este cuaderno ilustrado que Eladio se comprometió a cederme. Quedamos en vernos, en ese mismo lugar portuario, la semana próxima, fijando el viernes para el nuevo reencuentro. Nos despedimos cordialmente, intercambiando las gracias, cada uno de nosotros por diferentes motivaciones. Me interesaba conocer el contenido de los “bocadillos” que Eladio ponía en boca de notables celebridades pertenecientes al ámbito de la política, la economía, la sociedad, el deporte, la cultura etc. láminas recortadas de las fotos impresas en la publicaciones mediáticas y pegadas con ánimo constructivo en la modestia de un sencillo bloc.

En el viernes siguiente, a la hora fijada, Eladio no apareció. Le esperé en vano durante muchos minutos. Me sentía un tanto extrañado y preocupado, pues temía que algo imprevisto en su salud pudiera estarle afectando. Aunque durante nuestra larga conversación de la semana anterior no había sido muy explícito acerca de sus datos de residencia, tenía dos opciones para tratar de localizarle. Investigar por Internet los centros asistenciales para personas mayores en la ciudad, a fin de realizar algunas llamadas telefónicas para interesarme por mi nuevo amigo “el señor de los recortables”. La otra opción que se me ocurrió era preguntar al manisero y vendedor de “chuches” de un pequeño tingladillo, instalado a pocos metros del lugar donde estuvimos sentados durante nuestra conversación. Fue lo que hice, dándole a este vendedor información física de Eladio, por si lo recordaba de haberlo visto otros días por allí. Sonriendo y con amabilidad me aclaró en algo los interrogantes que le planteaba.

“Creo que se refiere Vd. a un hombre mayor que se hace llamar Eladio. En realidad su verdadero nombre es Sinforoso (conocido popularmente por Sinfo). Mire, se trata de una persona muy imaginativa, con una capacidad para la invención verdaderamente asombrosa. Este hombre ha trabajado en el muelle, durante largo tiempo, como mozo de carga. Un día, cuando descargaba las mercancías de un barco, uno de los fardos le cayó encima , golpeándole en la cabeza. Salió de ese accidente con vida, aunque desde entonces tiene sus facultades mentales un tanto “averiadas”, no de manera continua pero si en distintas fases de los días. Suele venir, de vez en cuando, por esta zona portuaria, haciendo cosas más o menos extrañas. Últimamente recorta páginas de los periódicos y revistas, como si fuera un niño pequeño. Alguien me dijo que tiene una sobrina que lo cuida y que recibe una paga mensual por invalidez. En realidad hacer años que entró en la edad de su jubilación, pues debe andar por los setenta y tantos años de vida. No se fíe de todo lo que le haya contado, pues desde el golpe que sufrió atraviesa fases de una portentosa capacidad para la fabulación”. 

Abandoné aquella zona marítima de la ciudad algo desilusionado, por la información que me había ofrecido el manisero (igual de parlanchín que mi ausente “amigo”). Desde luego no percibí a Eladio o Sinfo como una persona con sus facultades mentales enfermas o deterioradas. Todo lo contrario, me pareció un hombre admirablemente lúcido, racional e imaginativo. De todas formas el planteamiento de su vida que me había ofrecido respondía, en su globalidad, a una dura pero sin embargo instructiva, curiosa y hermosa historia, por su capacidad humana para la sensata y correcta rectificación. 

Verdaderamente, de casi de todo se aprende. Y más, en estas muy veteranas personas quienes por su larga existencia tendrían muchas vivencias que narrarnos, a poco que nos acerquemos a sus vidas y compartamos esas miradas, esos silencios, mezclados de interesantes confidencias que, con paciencia y sabiduría, tan bien saben administrar.

Es preciso añadir que, muchas semanas después, en un catálogo publicitario de información teatral, creí reconocer, en una de las fotos, a un actor mayor que formaba parte del elenco de una agrupación escénica. El parecido con Eladio o Sinfo era asombroso, a pesar de unos arreglos de peluquería y vestuario. Cuando paseo por la zona portuario y veo el puesto del manisero he tenido en ocasiones intención de volver a preguntarle. Sin embargo he desistido de hacerlo, una y otra vez. Sería como desvirtuar el mágico contenido de lo que fue una extraña, pero interesante, bella historia-

 

EL LABORIOSO HOMBRE DE

LOS RECORTABLES

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

10 septiembre 2021

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