viernes, 9 de agosto de 2013

ALICE. SINCERAS PALABRAS EN LA NECESIDAD.


Aquella mañana de junio se me presentaba con el grato color anímico que suele marcar la diferencia. Apenas despierto, comprobé que el cielo nos había regalado un luminoso e ilusionado amanecer. Desde muy temprano, dialogaba con la almohada acerca de los acontecimientos previsibles para una jornada que sería, afectivamente, especial. En ella, el más importante de todos esos retos era, sin duda, la despedida del curso que iba a tener con los alumnos y alumnas de mi entrañable tutoría.

Habían transcurrido casi nueve meses de acción compartida, en los que tan numerosas vivencias habían hecho posible nuestro acercamiento, hermanando y enriqueciendo el afecto, dentro de lo posible. A pesar del teléfono y (desde hace años) la versatilidad de Internet con el correo electrónico, es cierto que en esta relación se producen tiempos vacíos que limitan la acción educativa desde lo escolar. Me refiero al período que transcurre desde la llegada de la tarde, hasta las 8 de la mañana del siguiente día. Los mismo ocurre durante esos largos fines de semana y períodos vacacionales, enmarcados al comienzo de los solsticios y equinoccios meteorológicos. Y ahora, con el llegada del verano, iban a ser tres los meses en que la formación de estos jóvenes iba a quedar en manos, básicamente, de la interacción familiar y del heterogéneo contexto social que tanto influye en nuestros comportamientos y actitudes. Coloquialmente hablando, había llegado el día de “la entrega de notas” y de esos saludos que dibujan el buen quehacer y el afecto recíproco, ante una temporal y necesaria lejanía.

Previamente a esa fecha, con la que el curso finaliza, los profesores habíamos tenido largas y, en ocasiones, complicadas sesiones de evaluación. El grupo en el que ejerzo la tutoría pertenece a 4º de la ESO. Se trata de una etapa nuclear en la Secundaria, que abre caminos, paralelos pero divergentes, hacia los “módulos profesionales - ciclos formativos” o el bachillerato, previo a la entrada en la universidad. Aunque existen  criterios o normativas al efecto, según las diversas comunidades educativas, los alumnos deben superar todas las materias para obtener uno de los primeros títulos de todo su recorrido formativo. Ciertamente existen circunstancias y criterios que permiten esa Graduación en Secundaria Obligatoria, aunque no se superen algunas materias, siempre que éstas no sean considerada troncales o nucleares. Los itinerarios educativos también hacen posible esta fluidez administrativa.

Hubo problemas con algunos de los alumnos evaluados. Determinados compañeros planteaban la existencia del patente “abandono” o dejadez injustificada en las materias que ellos impartían, por lo que no era justo conceder el aprobado a los autores de dicha estrategia. Tras el diálogo y la ineludible negociación, me correspondió (como tutor) coordinar el proceso administrativo de los boletines, que habrían de ser entregados en este último lunes de junio. Hace años, todo se hacía de forma básicamente manual. Ahora, con los versátiles programas informáticos, la gestión es más ágil pero, al tiempo, laboriosa. La causa de este contraste se halla en el conocido (y tantas veces “temido”) programa Séneca. No pocas veces, supone un divertido sarcasmo o irrealidad  paradójica denominarle con el nombre de tan insigne y culto personaje de nuestra pasada Historia en la Antigüedad. Me ocupé de firmar los boletines y, en muchos de los mismos, junto a las calificaciones, anotar algunas observaciones y sugerencias, para el mejor conocimiento de todos aquellos que iban a recibirlos. También preparé los sobres, donde iba a introducirlos, con el nombre de cada uno de sus destinatarios. No olvidé incluir el listado con las direcciones electrónicas de todos los alumnos que así lo habían autorizado. Entre playa, sol y viajes ¿por qué no comunicar con esos amigos que tan cercanos han estado en el duro proceso del aprendizaje?

Las puertas del instituto ofrecían el gran ambiente que preside los días señalados, desde muchos minutos previos a su apertura. La hora de entrega había quedado fijada para las diez. Numerosos padres acompañaban a sus hijos en la tensa y nerviosa espera. Indiqué a mis alumnos que nos reuniríamos en el aula de clase, un lugar muy apropiado y entrañable para todos nosotros. Tras saludamos, pronuncié una palabras que quise fueran breves, pues los nervios habían tomado ya carta de naturaleza en el rostro y en los gestos de una gran mayoría de los presentes. A continuación fui pronunciando sus nombres, a fin de entregarles la “credencial” de los esfuerzos aplicados a tantos meses en el proceso del aprendizaje,

Alegrías, decepciones, semblantes exultantes junto a otros que denotaban la preocupación por los datos numéricos en las diferentes materias. La reacción familiar podría ser muy contrastada, según los casos. Algún grito incontrolado y, también, esas lágrimas perdidas que desean tener su parcela protagonista. La opiniones y los diferentes gestos expresivos viajaban de un lugar a otro, sobre las mesas y sillas de nuestra aula. A pesar de que en cada uno de los sobres, además del boletín correspondiente, había añadido una hoja con diversas orientaciones generales para los meses de verano, reiteré unos consejos básicos para todos aunque, de manera especial, para los que tendrían que recuperar contenidos a comienzos del próximo septiembre. Les rogué saludaran a sus padres en mi nombre, deseándoles un buen verano y que, en caso de necesidad, mi correo estaría siempre abierto a cualquier consulta que se me plantease. Finalmente,  procedí a estrechar las manos de todos los presentes, deseándoles la mejor de las vacaciones.

Casi todos los adolescentes habían abandonado ya el espacio de clase, cuando me fijé que sólo quedaba una alumna sentada ante su mesa Permanecía sola y patentemente seria, en un ángulo de la habitación junto a la ventana. Era Alice, una buena estudiante que había logrado aprobar todas las materias aunque, en este último trimestre del curso, su rendimiento haba quedado﷽uestra aula. A pesar d notoria. ababrtrechando las manos de todos los alumnos, desey sillas de nuestra aula. A pesar día descendido de manera un tanto notoria. A pesar de sus aceptables resultados, mostraba en su rostro un cierto tono de seriedad y preocupación.

Me acerqué hacia ella, preguntándole si algo le ocurría, a fin de intentar ayudarle. Tras unos segundos de silencio, por su parte, se puso en pié y, con los ojos algo enrojecidos, me resumió el problema que le estaba afectando. Me explicó que ella y su hermano, dos años menor, comenzaron a ver comportamientos extraños en sus padres, desde hacía aproximadamente un par de meses. Había noches en las que su padre no volvía a casa. Como explicación, al día siguiente, les comentaban que era por motivos de trabajo. Pero lo que debía ser una atmósfera normalizada, en tantas y tantas familias, se fue convirtiendo en un árido clima, donde la ausencia de palabras o, también, la tensión del  reproche se fue generalizando por días. Aparecieron agrias discusiones entre sus padres, delante de ellos o desde dentro del dormitorio. Ella y Guille trataban de disimular, aunque sentían o percibían que la relación entre papá y mamá iba cada vez a peor.

Nos habíamos quedado solos, ella y yo en el aula, mientras el griterío o esa acústica nerviosa del exterior, declinaba hasta hacerse plácidamente imperceptible. Ali necesitaba desahogarse, era evidente. La tensión que había ido acumulando, desde hacía semanas, provocó que, en más de una ocasión, su equilibrio o autocontrol, se rompiera en esas lágrimas que ayudan para el alivio. “Probablemente, ya os han anunciado que van a optar por una separación” me atreví a comentarle. Asintió, con un movimiento repetido de cabeza, sin pronunciar palabra alguna. Sí, me añadió que, para ella, el venir al instituto cada mañana era un ansiado espacio de liberación, donde se alejaba, temporalmente, de una realidad crispada que le hacía sufrir y sentirse desgraciada. Por eso en el día de hoy, cuando se iba a alejar de esta otra realidad más normalizada, recibía el hecho (para otros gozoso) con una profunda y pesimista tristeza.

Le prometí mi firme disposición para dejar abierta la puerta del correo electrónico, durante ese largo verano que apenas comenzaba. Que debía esforzarse en mantener el contacto con un par de compañeras, con las que se llevaba aparentemente bien. La amistad, entre compañeros y amigos, siempre es importante, especialmente en los momentos en que nos vemos embargados con esos problemas que, en soledad, tanto cuesta afrontar. La playa, algún deporte, practicar en el gimnasio….. podría serle también muy útil para descargar tensión (y esos gramos a los que Alice era especialmente propensa). “Esta tarde voy a realizar una llamada telefónica a tu madre. Creo que es necesario. Sólo he hablado con ella en una ocasión. Fue durante el primer trimestre. Y me pareció una persona agradable y razonable en sus comentarios. Tendrás que ayudarla, pues ella te va a necesitar mucho en esta experiencia, muy dura, que se le ha presentado. Sentirse relegada por tu padre…..”

“No, Profe, creo que no me ha entendido bien o yo no he sabido explicarme. No es mi padre, sino ella quien está “colada” por una compañera de la agencia. Es bastante menor que ella y tiene una hija de cuatro años. Se está comportando como una niña alocada”.

Ese no fue un final de curso presidido por la rutina o la normalidad. La más complicada sesión tutorial se me había presentado, de manera traviesamente inesperada, en un día que, presumidamente, era puerta esperanzada para el justo y necesario descanso. Pero así aparecen, sin tarjeta de visita, los acontecimientos. Mi tarea como tutor iba a prolongarse (con Alice y, probablemente, con algún otro de entre sus compañeros de clase) también durante el verano. En realidad, solía comentar con los alumnos que el ejercicio de esta importante función no terminaba hasta el primero de septiembre, cuando se inicia otra nueva experiencia para la convivencia escolar. Hay tutorías que, obviamente,  no finalizan con el curso.

Ali y yo recorrimos el claustro ajardinado, camino de la puerta de salida. El bullicio y la acústica desordenada se había tornado en un sosegado paisaje donde, mañana o pasado, volverían a bullir las vivencias administrativas para las matrículas y las “aclaraciones de dudas” con respecto a los resultados y valoraciones académicas. En miles de domicilios estarían ya fluyendo las felicitaciones, los enfados, las reacciones contrastadas ante unos boletines con números y palabras que hablaban de experiencias compartidas. También, de responsabilidades. Por parte de aquellos que aprenden y enseñan. Y de unas familias y un contexto social que sustenta la función formativa en una colectividad. Tras el afecto en la despedida, Alice caminaba hacia su otra realidad próxima. Se la notaba algo más tranquila y relajada. Quiso regalarme una triste sonrisa, mientras yo reflexionaba diciéndome: “un curso más en esta aventura, sin tiempo, para compartir y ayudar”.-



José L. Casado Toro (viernes, 9 agosto, 2013)
Profesor

viernes, 2 de agosto de 2013

INMENSIDAD.


Habían sido días teñidos con la dureza de la tensión. Al menos, los resultados del primer ejercicio, aunque fallidos para el objetivo de realizar la segunda fase, le habían permitido liberarse, por ahora, de tantos meses de sacrificio con la preparación de las oposiciones. Su plaza de auxiliar administrativo, en esa delegación de la Consejería, estaba relativamente asegurada, ya que se encontraba en un grupo a los que, por antigüedad laboral, se les renovaba anualmente sus contratos de forma automática. Así que, en este tibio domingo  veraniego, decidió relajar su desequilibrio nervioso, echando un buen rato de paseo y cultura por el Centro del Arte Contemporáneo. Cambiaba el peregrinaje dominical hacia unas playas atestadas de bañistas, por otra suculenta y divertida opción: la percepción estética de un arte moderno y complicado pero, sin duda, en la vanguardia cualitativa. Bruno no es un entendido en arte. Sin embargo le gusta analizar y estudiar todo aquello que muestre la creatividad del artista, en las distintas parcelas y géneros para la belleza y la funcionalidad.

A sus treinta y dos años continúa sin suerte o acierto en las relaciones afectivas. Posee su propio apartamento para la intimidad aunque, con frecuencia filial, acude a casa de sus padres a fin de compartir ese almuerzo o charla que tanto agrada y valoran sus progenitores. En estas reuniones familiares suele encontrarse con sus dos hermanas y cuñados, acompañados por una alegre tropa de cinco sobrinos, de los que sólo uno lleva trenzas con lazo y unos lindos ojitos azules que acompañan la espontaneidad de su limpia inocencia. Así que este domingo, como la cita era a las dos y media, disponía de tres horas largas para su peculiar aventura estética por el CAC.

Poco más de las once, en una mañana de cielo azulado y amenazando la dureza térmica del estío. Con paso lento, nuestro personaje va recorriendo las distintas pinturas y grabados, colgados en la verticalidad de los gruesos muros que forman el antiguo Mercado de Mayoristas. Este edificio fue  construido en 1944, junto al río o cauce del Guadalmedina, próximo a su desembocadura. Tras años de abandono, fue  adaptado y preparado para esta muestra del Arte más actual, desde el año 2003 en que el nuevo centro fue inaugurado. A Bruno le gusta recrearse con la riqueza cromática y plástica de las obras expuestas. Pinturas, esculturas, proyecciones, sonidos, piezas y materiales insospechados que forman conjuntos atrevidos en su simbología o significado para el frescor imaginativo. Este día, en fin de semana, no había visita explicativa, por lo que cada espectador tenía que adecuar su interpretación con arreglo a los pequeños paneles informativos que acompañan los títulos de las obras y, sobre todo, a la potencialidad imaginativa de cada visitante, aplicada a los ciclos expositivos.

Llevaba un buen rato paseando, disfrutando y sonriendo ante lo que veía (por su limitada preparación o educación artística) cuando se detuvo, pleno de curiosidad, ante un gran bloque metálico, negruzco y brillante, con unos escalones en la parte superior. Estaba encastrado en unos palés de almacenaje y rodeado de unos botes de pintura roja, derramados en un círculo basal, todo ello iluminado con tonalidades cambiantes desde tres puntos emisores. El autor de la obra, nacido en la Europa oriental, la había titulado “Inmensidad, en el caos”. Permaneció un buen rato contemplándola, sin encontrar el menor sentido a lo que el artista había querido plasmar o transmitir en semejante bloque o masa metálica. De pronto advirtió que, junto a él, una joven, delgada, alta, cabello moreno y de mirada seria, también contemplaba la obra, prácticamente inmóvil ante la misma. Vestía una camiseta oscura, estampada con frases reivindicativas a favor de un medio ambiente equilibrado, vaqueros azules envejecidos (tanto desde la fábrica, como por el uso) y calzaba unas “flip-flops, con el color azulado del mar.

En un preciso instante, Stella (ese era el nombre de la joven) y Bruno, apartando sus ojos de la mole que contemplaban, cruzaron sus miradas y, tras unos segundos de mutuo reconocimiento, rompieron a reír. “¿A tí qué te parece esta Inmensidad, ante el caos? Porque llevo aquí unos minutos, tratando de buscar sentido a esto que parece un meteorito. ¿Te parece que enviemos un sms al propietario, y autor, de este monumento al metal? Igual nos responde, con una explicación que nos convenza”. La chica, mostrándose amable con el desconocido, entró de lleno en el diálogo que éste le planteaba. “Sí, me parece que somos un poco burretes para captar o identificar el mensaje de quien ha hecho esta mole ….. ¿qué clase de metal puede ser? Bueno, me gusta venir por aquí con frecuencia. Pero me parece que cada día entiendo menos a estos artistas de la vanguardia”. Las risas y las miradas de ambos, hicieron grato esta ocasional encuentro de dos paseantes domingueros ante el arte.

De forma rápida y sencilla, intercambiaron sus nombres y continuaron su espontánea conversación. Una vigilante o guía, bien uniformada, los observaba. Le hubiera gustado intervenir en ese regalo de palabras y risas, pero entendió que no debía meterse donde no la llamaban y continuó su aburrido deambular, walkie talkie en mano.

“A mí, creo que también a otros muchos, nos ocurre algo parecido. El hecho de no entender el sentido o la simbología de no pocas de las obras, que aquí suelen exponer, hace que te sientas un tanto como ridiculizado…. No sé si esa sería la palabra correcta, ante la ignorancia. O tal vez el autor se pase de listo y juegue con claves que sólo él conoce o, incluso, ni el mismo sabe lo que está ofreciendo. Si tienes un poco de tiempo, te propongo una simpática experiencia. Vamos a tratar de identificar o explicar, alguna de las obras que veamos. Decimos todo lo que se nos ocurra o sintamos ante la pintura, grabado o escultura que más nos llame la atención”.

Stella, veintipocos años, comenzó a dar otra imagen de la que en principio Bruno podía suponer. Parecía una chica cultivada y sensible. Sus ojos no podían disimular un poso de tristeza o melancolía en su mirada, actitud que se esforzaba en compensar con una dulce sonrisa. Jugaron a la interpretación de unas cuatro obras, cuando repararon que eran ya más de las dos. Bruno se sentía tentado a invitarla a tomar alguna cerveza o aperitivo, pero recordaba que la cita familiar en casa de sus padres había quedado fijada para las 14:30. Y que sus padres se enfadaban con los retrasos, por eso del arroz, que se pasaba. Siempre habían tenido una mentalidad muy estricta con el minutero de la puntualidad. Así que, echándole valor y espontaneidad a la cosa, va y le dice a Stella.

“Me gustaría que tomáramos algo. Me has caído estupendamente bien. Pero tengo un asunto de familia y ya puedes suponer como son los mayores, con esto de las reuniones domingueras. ¿Nos intercambiamos los números del móvil? O mejor, se me ocurre que esta tarde, si no tienes, nada más importante, quedamos citados aquí y hacemos una buena merienda. Y seguimos hablando de ese arte que se nos hace tan difícil, para su comprensión o interpretación. ¿Qué te parece?”

“Pero, Bruno, ¿no te parece que vas muy rápido? Si apenas hace una hora que nos conocemos? Ni tú sabes quien soy yo, ni tampoco yo sé nada de ti. Y yo vengo de un palo muy gordo, del que apenas me estoy recuperando. Déjame pensarlo. De todas formas, has sido muy majo y agradable conmigo. Creo que hemos pasado un buen rato entre tanta cultura plástica. Me dices que a las siete y media. Veremos. Pero, en el tema de los móviles, prefiero esperar. ¿Lo entiendes… ¿verdad?”

Y tras una nueva sonrisa, la chica encaminó sus pasos hacia la zona del Vialia, mientras que Bruno lo hizo hacia el área norte, correspondiente al Hospital Civil. En modo alguno tenía ganas de ir a la paella dominguera, porque algo le decía que esta linda esperanza para la amistad, bastante más joven que él, podía resultar esa buena amiga que siempre todos hemos querido hacer realidad para nuestra vida. Sin embargo había que esperar hasta las siete y media, a ver si se hacía realidad esa cita que cultivamos en la ilusión de nuestros corazones.

Quince minutos antes de las siete y media, ya estaba Bruno, ilusionado pero nervioso, paseando por la gran explanada que antecede al edificio del CAC. Esos 6000 metros cuadrados de superficie, de los cuales casi la mitad están dedicados a mostrar las exposiciones permanentes y temporales, habían sido un ocasional punto de encuentro en el que, ante su desorientación interpretativa, había hecho posible contactar con una persona que parecía culta y solitaria. Desde luego, bella y agradable. Prácticamente, nada sabía de ella pero algo le decía, en ese misterio de la percepción, que esa chica podría tener un lugar importante en su vida. Y pasaron los minutos, las horas y los días. Stella, con su sonrisa dibujada en melancolía, no apareció.

Carecía de medios, datos o elementos (salvo su nombre y figura) para su posible y complicada localización. Fueron algunos otros los domingos en los que se desplazó al CAC, paseando entre creaciones inexplicables para su capacidad, tratando de buscar una explicación para ese silencio que reflejaba su ilusión. En momentos de serenidad y racionalidad se repetía, una y otra vez, la convicción de que tal vez, o muy posiblemente, hubiera mitificado la juventud y el misterio de esa chica que, también, contemplaba el bloque compacto de la inmensidad. La verdad es que se sentía preso de un estado de obsesión. Comentándolo con uno de sus cuñados, éste le sugirió una curiosa idea que puso en práctica desde aquella misma noche. Comenzó a difundir un críptico mensaje, a través de las diversas redes sociales, en el que adjuntaba una foto del dichoso bloque de la inmensidad, junto a las siguientes palabras:

“Sería importante seguir comentando contigo esta construcción escultórica sobre la Inmensidad. Tanto ese mensaje subliminal como explícito, que intenta transmitirnos su autor. Acudo todos los domingos al CAC, con la ilusión de continuar nuestro diálogo”.

En realidad, esa obra ya no estaba siendo expuesta en los salones del museo. Luego por tanto, sólo una persona podía conocer e interpretar el sentido de este mensaje abierto, en las poliédricas redes informáticas. La estrategia aplicada fue positiva en sus resultados.

“Bruno, he de confesarte que yo trabajo aquí durante la semana. Lo hago en el departamento de catalogación. Comprendo el desaire de ese domingo, pero tenía una historia y unos hechos, muy recientes y poco agradables, que no me animaron a dar ese paso que abría una nueva puerta a la amistad y a la esperanza. Sé que acudes casi todos los domingos a recorrer las salas del CAC. Yo vivo relativamente cerca del Museo y un familiar tiene un balcón enfrente del mismo. Desde  luego admiro tu constancia  o perseverancia. Es digna de elogio. Y ese mensaje en las redes….. muy bien pensado, inteligente y simpático. Hoy domingo tengo el día muy complicado, pues está la boda de una compañera. Mañana lunes, termino mi trabajo a las seis de la tarde. Para mí también sería una ilusión seguir compartiendo el diálogo y enriqueciendo la amistad. Si vienes un poquito antes de las seis, te llevo a uno de nuestros almacenes donde aún permanece el “tocho” de la inmensidad. Hay que devolverlo ya a su autor, en los próximos días. Le pediré a una compañera que nos haga una foto delante del monolito metálico. La verdad es que tengo la menor idea de lo que puede significar, pero nos ha servido para conocernos. Vamos a retitularlo como “la grata inmensidad de la amistad”.

Aquel domingo, en agosto, fue uno de los días más felices, en la incómoda y árida soledad de Bruno. El bloque, en cuestión, había sido inesperadamente generoso, para su destino y posible felicidad. ¿Qué mejor y sencilla  interpretación podría concedérsele?.   


José L. Casado Toro (viernes, 2 agosto, 2013)
Profesor

domingo, 28 de julio de 2013

CANCIONES DE AMOR, PARA UN AUDITORIO AUSENTE.


Me gusta descubrir su existencia y disfrutar con esas posibilidades que generan, para sutil alimento del ánimo y la cultura. Son lugares con encanto, que pueblan y compensan el estrés acelerado que, desafortunadamente, azota en la selva urbana. Aquí en Málaga, entre la Alameda principal y el puerto malagueño, en esa geografía con plano en damero, donde calles estrechas se cruzan perpendicularmente dejando manzanas heterogéneas de antiguos edificios, algunos muy degradados por el paso del tiempo, se encuentra la SALA CHELA MAR. 

Hablamos de un trocito de la ciudad que nos recuerda a una burguesía, industrial y comercial, que habitó en este lugar durante el siglo pasado y que, con la evolución de los tiempos, ha buscado otros espacios residenciales para la preferencia de su acomodo. Hoy día, en los bajos y plantas de estos bloques de pisos, algunos penosamente deteriorados, otros ya restaurados o de nueva edificación, predominan los pequeños comercios, las oficinas y consultas de medicina, las entidades financieras, los bares, los pequeños hoteles y diversos servicios de restauración. En las últimas décadas, bajo el manto de la noche, sobrevuelan por sus calles y esquinas almas desencantadas y solitarias, que buscan e intercambian el mercado del amor, con la fragilidad de sus cuerpos y la ansiedad desbordada en los anhelos y consuelos.

Recientemente el Ayuntamiento se esfuerza por rehabilitar, física y sociológicamente esta zona, con el apelativo, foráneo y oportunista, del SOHO malacitano. Se trata de generar un barrio dedicado para la cultura, el ocio, el pequeño comercio y la restauración. La peatonalización de Muelle de Heredia, importante arteria vial que comienza junto a la Iglesia de Stella Maris, ha sido inteligentemente  afortunada. Muy bien terminada en su solería, se la ha dotado incluso de unas agradables muestras arbóreas, que gratifican vegetativamente el lugar. En sus aledaños, junto a la desembocadura del cauce del rio Guadalmedina, tenemos el Centro del Arte Contemporáneo, con un permanente esfuerzo municipal, expositivo y gratuito, digno del mayor elogio. También en esta zona funciona, pleno de actividad representativa, el veterano Teatro Alameda, ahora centrado en las artes escénicas, tras haber sido referente para la proyección de un cine diferente durante muchos años (tarea que ahora desarrolla el municipal cine Albéniz, anclado en un preciado entorno monumental, situado a muy pocos minutos de distancia). Y en pleno centro del nuevo Soho, ese pequeño lugar, pleno de encanto emocional, al que me refería al comienzo de estas líneas: los Artesanos de la Escena, Sala Chela Mar, en la calle Vendeja, nº 30. 

Este interesante punto de encuentro para la cultura está dirigido por Claudio Adrián Navas Marchioni, diplomado por la Escuela Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. En este coqueto y reducido espacio (16 metros cuadrados de escenario, aforo para unas 70 localidades) se llevan a cabo cursos para disfrutar y aprender una gama muy variada de artes escénicas: teatro, danza, música, canto, percusión, yoga, pilates, etc. Además, durante los fines de semana, desfilan por su sala artistas de la más variada nacionalidad y género ofreciendo, al público asistente, la riqueza que atesoran por su indudable calidad interpretativa. En un lugar propicio para la comunicación artística, el diálogo y, muy especialmente, la amistad. Los asistentes a cada actuación pueden dialogar con los actores, a la finalización de su trabajo interpretativo, degustando una copa vino, refresco o tapa, con la que amablemente siempre invita la dirección del local.

Para este sábado sábado noche, en un julio muy agradable aún en su temperatura (sin el temible viento de terral, que tan bien conocemos los malagueños) estaba anunciada la actuación del grupo CALLE MANOUCHETTE. Este cuarteto musical iba a ofrecer un apetecible concierto de jazz a la francesa. Pero, a poco de que dieran las diez, hora fijada para su iniciación, sólo éramos seis las personas que esperábamos el inicio de la actuación. Pasando unos minutos de la hora prevista, se abrió la puerta de la entrada en la sala. Con una cierta tristeza en su semblante, Claudio nos anunció  que habían decidido suspender el espectáculo, dado el escaso número de asistentes. Que este concierto se volvería a representar en los próximos meses. Se nos devolvió el importe de la entrada y se nos invitó a degustar un trocito de empanada, bandejas que al efecto tenían ya preparadas para el tapeo final.

Sin embargo, de manera gozosamente imprevista, apareció la figura de Silvia González, voz, alma y cantante del grupo, quien se ofreció a regalar un par de sus canciones, para que nos pudiéramos marchar con el mejor sabor de boca. Era un pequeño milagro, en medio de la desilusión que nos embargaba. Agradeciéndole el gesto, sólo seis enamorados a la música, pudimos gozar de la dulce y melodiosa voz de Silvia, acompañada con la maestría de Antonio Yuste (guitarra acústica), Javier Berrocal (guitarra jazz) y Pepe Triano (contrabajo). Fue una entrañable interpretación en familia, con tres bellas canciones, sensibles y afectivas, finalizadas con La Vie en Rose. Silvia, peinando una corta melena, ojos castaños, sonrisa comunicativa, traje negro de falda-pantalón hasta los tobillos, collar plateado de media luna para el ensueño, actuó intencionalmente descalza. Tal vez queriendo estar más cerca de esa tierra que nos sustenta y define, ante la sensibilidad, misterio y grandeza de unas vidas que necesitan el hálito de la naturaleza. Aplausos, sonrisas, gestos y connivencia, para vernos en una nueva oportunidad en la que el público no se debe equivocar de una buena opción para la noche. Será mañana, tal vez pasado o siempre. Gracias, Calle Manouchette, por el ritmo melodioso y sensible de vuestro arte y generosidad.

Aún el minutero de la noche nos permitiría completarla con un sugerente y agradable paseo, por algún que otro de los espacios que dibujan y pueblan la ciudad. Eran muy pasadas ya las once, cuando nos mezclamos entre un numeroso público hambriento y sediento que aún  abarrotaba las terrazas, los locales de restauración, las tabernas y los sitios de copas. Granada, Larios, Merced, Uncibay, Calderería….. la gente seguía engullendo vorazmente para la necesidad, mientras vaciaba sus vasos y copas a fin de saciar la sed y propiciar los olvidos. Aquí sí había espectadores, con una densidad muy numerosa que, al tiempo, eran también intérpretes y protagonistas de una obra, espiritualmente menos sutil y sensible. Observando el diámetro de algunos “michelines, cualquier sensato observador podría aconsejarles equilibrar el alimento primario de la materia con ese otro, más sublime e intelectual, que nutre y vitaliza el espíritu. Sea una canción, una interpretación o una danza para la vida.

Esos valiosos espacios escénicos, para un público ausente, deben volver a sonreír, a comunicar e interpretar. La empatía, que nos proporciona el teatro, el baile, el cine, la dulzura o la fuerza en la palabra, el arte, la cultura en todos sus espectros para el color, nos enriquece, sosiega y vitaliza.

La noche se había hecho dueña absoluta del tiempo. Unos y otros volvíamos, con esa cuota diferencial de vivencias integradas, a nuestro destino en origen para cada uno de los días. Y allí, junto a unas luces adormiladas que ofrecen algo de color a una calle que se hermana a la Catedral, dos chicas jóvenes reclamaban con su música la atención de tantos y pocos peatones anónimos. Una de ellas, con ese fino rostro dibujado de angelical, entonaba estrofas en inglés. Su compañera, también de apariencia bohemia y afectiva, obtenía de una bien trabajada guitarra esas notas que endulzan los mensajes de las palabras. Apenas nadie se detenía. ¿Alguno realmente escuchaba? Esa calle, teñida de luces marchitas y pisadas inciertas, era un escenario abierto para gentes con prisas que disimulaban sus miradas. Unas pocas monedas en el suelo, reposaban y esperaban.-


José L. Casado Toro (vietnes, 26 julio, 2013)
Profesor

viernes, 19 de julio de 2013

INOLVIDABLE VELADA NOCTURNA EN LA CONCEPCIÓN.


Estas situaciones pueden ocurrir. Ciertamente, resultan un tanto increíbles pero, en la rareza de su desarrollo, encontramos el dulce encanto de las anécdotas posibles. Debemos situamos en un tórrido viernes de agosto, cuando el viento de terral irrumpe impetuoso por el oeste de nuestra querida ciudad. En mis clases de Geografía, trataba de hacer justicia acerca del origen de este flujo eólico, ardiente y combatiente contra la humedad que genera la bahía malagueña. Ese terral, que suele azotar a Málaga, durante ciclos ocasionales de dos o tres días, especialmente en julio y agosto, no procede del norte africano. Es un viento muy cálido, con origen en la meseta castellana, que incrementa su nivel térmico al descender por las vertientes penibéticas, debido al efecto del gradiente geográfico. Aunque procede del norte, entra en Andalucía y, de manera especial en Málaga, por la zona oeste, a causa del movimiento de rotación terrestre, según la conocida ley elaborada por un geógrafo llamado Gaspard Gustave de Coriolis (París, 1792 – 1843). Y hasta aquí, la Geografía. Resumo. Ese viernes, de la luna de agosto, soportábamos, con estoico sufrimiento, un calor de espanto.

Aparte del aire acondicionado y la funcionalidad de los edificios antiguos, por el aislamiento térmico de sus  gruesos muros, pensé que el lugar más apropiado para pasar la tarde, de una forma placentera, sería esta joya botánica que luce el patrimonio vegetal de Málaga. Hay zonas de la Concepción en que, dada la frondosidad y altura del arbolado, junto a la generosidad hídrica de los estanques y las cascadas, la temperatura refresca bastante y hace muy grata la estancia y el paseo subsiguiente. Hasta allí me dirigí con presteza, pensando en lo bien que me iba a encontrar en ese corazón central del llamado Jardín Histórico. Y aquí hay que anotar un primer elemento que explicará el desarrollo del relato. Botellín de agua. Esos caramelos de miel, que tan bien saben ayudar a las vapuleadas gargantas por la profesión. Y un libro para el goce de la lectura. Tal vez era una biografía, sobre un afamado personaje de la política española. Sí, creía que llevaba el móvil, pero la carterita de piel no contenía mi teléfono. Era otra cartera, muy similar, donde suelo guardar los pen drives o memorias USB para el ordenador. Esa confusión o error iba a resultar decisiva, para la evolución de la historia, como explicaré a continuación.

Somos muchos los que padecemos alteraciones en las horas del sueño. Y esto viene por ciclos. Hay épocas en las que descansas un poquito mejor y otras en las que te despiertas a esas horas que llaman de “las brujas” (la verdad es que no he llegado a ver ninguna por la madrugada, aunque tal vez no pudiera decir los mismo en horas diurnas…) y ya no vuelves a dormirte. Así, vas acumulando horas de déficit en el sueño que en algún momento se hacen explícitas, con un profundo cansancio, somnolencia e, incluso, con la crisis del agotamiento. Bien, pues ese viernes, de “autos” mi saldo en el descanso tenía claramente números rojos. El calor, el estrés, un viaje próximo…. todo ello había provocado ese ya conocido desequilibrio que se “combate” con los paseos por la naturaleza, los ratos de sol en la playa, junto al ejercicio con la bici o el disfrute de una buena película. Por supuesto que, esa tarde en el Botánico, pensaba iba a resultar de una eficaz y suculenta terapéutica, tanto para lo físico como lo anímico.

Tras un lenta caminata, por entre la zona de los miradores y las cactáceas, volví sobre mis pasos al bosque inmenso del Jardín Histórico, donde la temperatura era, lógicamente, bastante más grata. Y allí, cercano a esos puentecillos sobre los caminos del agua, me acomodé en uno de los asientos que invitan a disfrutar de la lectura, la reflexión o a percibir la acústica de esas aves que por allí sobrevuelan. A esa hora de las siete, en la tarde, mientras dibujaba las formas y letras de las palabras que el libro me revelaba, fui perdiendo la noción de la realidad. Me quedé profunda y gozosamente dormido. Los melodiosos sonidos de la naturaleza forestal, esa mezcla estimulante de frescor y humedad, el aroma íntimo a tierra mojada, la tranquilidad y el sosiego, todo ello facilitó ese letargo que se alió al cansancio previo, acumulado en varias noches de paciente vigilia.

Aun con la rigidez o incomodidad para el descanso, proporcionado por un tosco banco de madera, cuando desperté y miré el reloj, comprobé que mi sueño había durado cerca de las tres horas. Faltaban quince minutos para las diez de la noche. Buen descanso, sin duda, fue la frase que primero pensé. Ya había anochecido, aunque la luna llena blanqueaba gran parte del “palacio/jardín” con un manto de luminosidad que asemejaba el tímido amanecer. Me dirigí, con la precaución propia de la penumbra, hacia la puerta de entrada. Un buen conocimiento de las principales partes del recinto botánico me facilitó la seguridad en el desplazamiento. No me encontré a nadie. En realidad, no sabía si los guardas de seguridad realizan algún tipo de vigilancia durante las horas nocturnas. A medida que pasaban los minutos tomé conciencia de la situación. Aquella noche, Málaga iba a inaugurar su famosa feria de agosto. Previsiblemente, no iba a tener compañero alguno en esa maravillosa prisión de naturaleza, a escasos kilómetros del centro de la ciudad. Me aguardaban horas muy largas, hasta que la luz de la luna se mezclara con la del alba esperanzada al amanecer.

Sin teléfono para reclamar ayuda, comenzé a estudiar la posibilidad de un salto que me hiciera salir al exterior. Pronto deseché la idea pues la zona amurallada hacía inviable la acción, a menos que me expusiera a una lesión de incierta gravedad. En cuando a las zonas cercadas por tela metálica (como la que protege el camino o ruta alta forestal) tampoco hacía posible el salto o escalada correspondiente, a causa de la elevación lógica de la valla protectora. Viendo que mi encierro iba a durar hasta la mañana siguiente, traté de controlar los nervios y afronté mi situación de naúfrago aislado en medio de un inmenso y precioso mar vegetal.

Desde la puerta de entrada, bien cerrada, me acerqué al Museo Loringiano. Las decapitadas esculturas romanas que rinden guardia, cercanas a este bello templete dórico tetrástilo, me observaban con gesto de asombro preguntándose (con la voz baja de mi imaginación) qué hacía yo por allí en esas horas que sólo a ellas pertenecen. Caminando pausadamente, con la precaución lógica ante la escasa luminosidad, entré por el Jardín histórico, cuya bóveda vegetal dificultaba aún más ese necesario baño de luna para la sonrisa. Me detuve, entre estanques y saltos de agua, en el Arroyo de la Ninfa. Aquí sí, un rayito de luna iluminaba su bello rostro, mientras seguía vertiendo agua desde el misterio de su ánfora mágica. Los nenúfares se mostraban encantados, con la grata compañía de esta frágil deidad femenina. Acompañado del gran concierto que tañe la orquesta de las cascadas de agua, alcancé el Cenador de las Glicinias. Dada la hora, Jorge Loring Oyarzábal y Amalia Heredia Livermore ya se habían retirado a la Casa Palacio pues hoy, sin invitados a los que atender, apetecían gozar del descanso ante un fin de semana señalado para los compromisos sociales. Y la Escuelita vacía, pues los hijos de sus empleados estaban de vacaciones, dadas las fechas del estío veraniego. El suelo, menos húmedo, de La Vuelta al Mundo en 80 Árboles, incrementó mi seguridad en el desplazamiento hacia esa búsqueda imposible para la salida.

11 menos veinte de la noche. Tanto andar, de arriba abajo y de un lado para otro, me había despertado el apetito. Solo tenía unos caramelos y un botellín, medio lleno, de agua para la “cocina”. Pero al menos disponía de algunas monedas, el único tipo de dinero que admitía la máquina expendedora de aperitivos, chucherías y bebidas. Pude así conformar un modesto menú, for have dinner, integrado por una bolsita de almendras, un batido de vainilla y una barrita o tableta de chocolate blanco. Eso de “cenar” sólo no me seducía, por lo que  volví (con una cierta precaución, ya que era la zona en donde menos llegaba la iluminación lunar) a la parte histórica del jardín, sentándome de nuevo junto a la bella ninfa que no deja de verter agua desde su cántaro a ese arroyo o canal, donde juegan los nenúfares y alguna que otra rana. A lo largo de mi frugal cena, la conversación entre ambos fue básicamente conceptual. Ella seguía acariciando, con su mirada sutil, las ondulaciones del agua, donde brillaban destellos luminosos regalados por las estrellas, mientras yo imaginaba que su voz era melodiosa, dulce y afectiva, aunque algo tímida en la sencillez de su locución.

A eso de las doce, el cielo comenzó a tronar con pausadas intermitencias. Recordé el protocolo iniciático de los días en feria: los fuegos artificiales. Me desplacé, todo lo rápido que podía, con algún que otro tropezón sin mayor importancia, al precioso templete o Mirador histórico situado en la majestuosa proa vegetal de la finca, que el timonel orienta hacia el sur. Desde allí se contempla una inmejorable y panorámica vista de la ciudad: las barriadas de Ciudad Jardín y las Flores (¡que preciosa toponimia!), el cruce de las autovías, la “puerta” del Limonero hacia el cauce del Guadalmedina, la finca San José, y allá al fondo Gifralfaro, la Catedral y el mar. ¡Siempre el mar! Sobre esa mágica visión de la Málaga nocturna, un manto celeste cromatizado de luces y sonidos, anunciaba el nuevo ciclo ferial. Bajo la coqueta cúpula cerámica del Mirador, apoyada sobre 8 esbeltas columnas, gocé del mejor palco posible en ese teatro de fuego y canto para la imaginación y el ensueño.

Una vez que el espectáculo finalizó, decidí buscar un lugar cómodo, dentro de lo posible, para pasar el resto de esa noche que prometía ser muy larga para mi peculiar situación. El templete del Museo loringiano podía ser una buena opción. También, el área de los estanques circulares con lotos, aunque la proximidad del bosque de bambúes, a modo de ejército presto para el ataque, me producía un cierto resquemor o miedo ante la incierta aventura. Al fin encaminé mis pasos hacia la zona de los edificios, liderada por la Casa Palacio de Jorge Loring y Amalia Heredia, que es observada, con puntual y simpático descaro, por el pequeño tritón del estanque. Subiendo la escalinata, hay unos bancos de madera, donde pensaba quedarme sentado, tal vez dormitando, el resto de esa larguísima y, tal vez privilegiada, velada de danza celestial nocturna.  Entre las más de 2000 especies vegetales que el Jardín atesora, aunque no se sea botánico, podemos elegir zonas más que atrayentes. Me llegué incluso a la placita del olivo cuatro veces centenario, pero los bancales que rodean a su grueso tronco no estaban suficientemente mullidos para una madrugada que prometía ser inolvidable en la memoria.

El terral se había despedido, casi sin avisar. Es traviesamente divertido e impetuoso en sus modales, pero llega y viaja sin apenas querer molestar. Un agradable frescor, que llevaba en sus alforjas cántaros repletos de humedad, comenzó a calar mi cuerpo, dada la escasa ropa que me guarnecía. Miré una vez más el reloj. Eran las tres y veinte y, allá arriba, continuaba sonriente la luna, muy bien acompañada por los destellos luminosos de las estrellas. Al fin busqué un espacio menos abierto, a fin de protegerme de ese baño rociero que mojaba e hidrataba. Allí cerca me esperaba el Cenador, ahora sin la romántica pincelada, violeta y primaveral, de las glicinias en flor. El poderoso ramaje, que cubría y envolvía el trabajo de forja, ofrecía algo de protección a fin de compensar una humedad que calaba mi frágil vestimenta veraniega. Me senté en el suelo, apoyando mi cuerpo en uno de los macetones, donde, a intermitencias, estuve dando alguna que otra cabezada hasta el amanecer.

Ya con la luz del día, escuché el sonido de ese vehículo para la vigilancia que utilizan los guardias de seguridad. Con el cuerpo un tanto magullado por la incomodidad de mi reposo nocturno, volví de nuevo al lugar de la Ninfa, donde hice un frugal lavado de cara y manos, con el agua que manaba desde el cántaro portado por la mitológica deidad. La ducha de las cascadas no eran apatecibles, pues la fría temperatura del agua apabullaba y congelaba el organismo. Llegué a la puerta del recinto que, esta vez sí, estaba abierta. El reloj marcaba las 8:40 del día. Un miembro uniformado de la seguridad no dejaba de mirarme, con cara de profunda extrañeza. Era obvio que no se esperaba encontrar a nadie ajeno al personal de trabajo, a esa hora tan temprana. Cuando advirtió que aún yo llevaba colgada de mi camisa la tarjeta identificatoria de la Asociación de Amigos del Jardín Botánico, evitó preguntarme cosa alguna. Nos dimos los buenos días y yo abandoné, con presteza, el recinto.

Cuando me dirigía hacia mi vehículo, estacionado en el parking desde la tarde anterior, reflexionaba acerca de la experiencia que me había tocado protagonizar. La suerte de pasar una noche en la soledad del Botánico, la iba a recordar durante toda la vida. En realidad….. no sufrí la angustia de la “soledad”. Tuve muy gratos, solidarios en la hospitalidad y naturales ….. compañeros. Cientos de árboles y flores, cascadas y estanques, ninfas y tritones, aves y ardillas, luces y sombras pero, sobre todo, un majestuoso palacio cubierto de luna y estrellas. Allí, en la naturaleza coral del Jardín Botánico Municipal La Concepción, el espíritu de Amalia y Jorge se hace solidario para la amistad, la sonrisa y los mejores recuerdos. Mañana, pasado, cuando narre algo de esta bella historia, provocará, a no dudar, la incredulidad y el anhelo y todas esas preguntas que sustentan la creatividad de un lindo recuerdo.-



José L. Casado Toro (viernes, 19 julio, 2013)
Profesor