viernes, 12 de junio de 2020

LA TERRAZA INDISCRETA, PARA OJOS CURIOSOS.


Hay personas que poseen la cualidad de aplicar empatía hacia los argumentos y los personajes de las películas que tienen la oportunidad de visionar. Incluso algunas de estas personas desarrollan con tal fuerza esta habilidad que participan con lágrimas, risas, dudas, angustias y esperanzas, no solo durante la proyección, sino que después imitan muchos de esos comportamientos cinematográficos en la particularidad de sus vidas. Muy posiblemente, Honoria. haya tenido la oportunidad de disfrutar con una gran película del cine clásico, repetidamente programada por las cadenas de televisión, titulada La ventana Indiscreta (Rear window -la ventana trasera-) 1954, una obra maestra del genio inglés Alfred Hitchcock (Londres 1899, Los Ángeles 1980) muy valorada y premiada por la crítica especializada. La trama, basada en el género de intriga, narra la actitud de un reportero gráfico, que ha de permanecer “confinado” en su domicilio por tener una pierna severamente escayolada. El aburrido fotógrafo entretiene su obligado y temporal ocio observando, desde la ventana de su apartamento, el patio y las ventanas de los bloques de viviendas que le rodean y, de manera especial, los comportamientos de muchos de los vecinos en la particularidad de sus vidas. ¿Fue algo parecido lo que esta mujer quiso aplicar entre sus quehaceres diarios?

Honoria Villalba suma exactamente siete décadas en su vida. Jubilada desde hace cinco años, trabajó durante largo tiempo en los antiguos “sindicatos verticales”, ejerciendo tareas administrativas. A la llegada del cambio democrático, iniciado a finales de 1975 con el fallecimiento del anterior jefe del Estado, fue adscrita al Ministerio de Cultura (en su currículum académico figuraba la titulación de maestra, actividad que desempeñó durante su primera juventud). En su nuevo departamento cultural tenía que realizar una clasificación previa de los libros presentados por las editoriales, a fin de cumplir con el depósito legal y obtener el necesario copyright para sus propietarios. Su misión consistía en la lectura de las síntesis temáticas que los escritores realizaban de sus novelas, ensayos y otras obras de investigación. Esta literaria actividad desarrolló (y desarboló) notablemente su imaginación, ya que tenía el hábito de aplicar empatía con muchas de las historias que pasaban bajo su revisión.

Cuando ya sumaba treinta y ocho años, en 1974, inició un breve matrimonio con Reinaldo Novales, un importante sindicalista del régimen, que profesaba una mentalidad profundamente conservadora. Persona de fuerte carácter no le gustaban las obligaciones  “paternales”, por lo que no tuvieron hijos. Cuatro años más tarde, en una mañana de marzo, su marido le dijo  “tengo que hacer un viaje” sin añadir más detalles. Nunca más volvió de ese destino desconocido, para una mujer que apenas conocía mucho de la vida de quien era su esposo. Diez años más tarde, en 1988, le informaron oficialmente su estado de viudez oficial, pues el aguerrido sindicalista había fallecido en un enfrentamiento obrero, en tierras argentinas. En su interioridad anímica, esta funcionaria apenas sintió esa pérdida conyugal. Tenía ya cincuenta y dos años, y los hábitos de su vida estaban plenamente consolidados, sin la compañía de un extraño esposo que “casi nunca existió”.

Cuando con la edad alcanzó la jubilación, su tiempo libre se amplió con gozosa rotundidad. Además de las tareas de la casa, gustaba pasar muchas horas por la tarde sentada en la soleada terraza de su piso, resolviendo crucigramas y sopas de letras, ejercicio que le permitía jugar con las palabras, las definiciones y los sinónimos gramaticales. Por las mañanas realizaba las diarias visitas al súper y algunas tardes dedicaba algún rato para la oración en la iglesia. Tenía, desde hacía bastante tiempo, dos fuerte adicciones: la primera era el seguimiento de las telenovelas por la televisión, costumbre a la que añadía el disfrute para el paladar que le proporcionaba el consumo de bombones de chocolate negro y tazas de café con leche, añadiendo pan migado, como hacía su madre y abuela. Estas dos  aficiones había tenido que controlarlas por los problemas derivados para el peso y la tensión nerviosa. En resumen, practicaba una vida apacible y tranquila, compartiendo los paseos y esas tardes de reunión semanal en la cafetería con algunas amigas muy seleccionadas, todas ellas compañeras de Cultura y también en estado de jubilación. Las visitas al cine eran también frecuentes, con estas fraternales amigas.

Por la práctica de todos estos hábitos culturales, Honoria, al inicio de su septuagésima etapa vital, mantiene una lucidez y una mente bien desarrollada. Aunque nunca probó el arte de la escritura, siempre estuvo imaginando historias y narrativas, en una base intelectual bien despierta y adiestrada. Las tardes en que no sale a la calle, gusta pasarlas sentada en su terraza del piso situado en la planta octava, rodeada de macetas bien cuidadas a modo de ecológica empalizada vegetal. A pesar de las macetas, la propietaria de la vivienda tenía una amplia visión a los bloques adyacentes y frontales, que no estaban excesivamente separados del que ella ocupaba. En este sentido, le gustaba observar el aspecto de las terrazas y ventanas de todas esas edificaciones y, de manera especial, las actitudes y comportamientos de sus inquilinos. Entre esos vecinos de calle, había algunos a los que conocía y trataba con la cordialidad que en ella era manifiesta. A otros sólo los identificaba por serle familiar el piso que ocupaban y con los que prácticamente nunca había intercambiado conversación, solo el educado buenos días o buenas tardes.  Y había un resto de vecindad que, por la lejanía del piso o por no haber tenido oportunidad, no los reconocería cuando se cruzase con ellos por las calles.

Cuando descansa sentada en su terraza, parece que está siempre centrada en su librito de crucigramas y sopas de letras. Pero Honoria tiene ese don especial de estar también atenta a todo lo que ocurre en la calle y en los pisos sobre los que tiene mejor visión. La densidad de macetas que la rodea no supone un impedimento para su habilidad observadora. Es de esas personas que poseen la capacidad de estar atentas a lo que escriben en el ordenador o a lo que leen en el libro que tienen entre sus manos, pero al tiempo se están enterando de la trama argumental desarrollada en la película que se emite por la cadena sintonizada de televisión.

Aunque no conoce los nombres de la mayoría de los convecinos, suele identificarlos por algunas de las características especificas que ha ido detectando en los comportamientos de su privacidad. Al observar lo que hacen, en la sucesión de los días, permite considerarlos con un afecto de familiaridad muy entrañable. Con la pesadez de sus años, admira y envidia la agilidad de la joven del aerobic, con su atractivo y escultural cuerpo, que practica descalza los ejercicios en el salón de su piso sobre una moqueta o alfombra de color celeste. Esa habitación curiosamente tiene cada pared pintada de un color diferente. Parece que vive sola y debe desempeñar un intenso trabajo, pues sólo se la ve con esos ejercicios no antes de las nueve de la noche.  Usando sus binoculares, ha detectado también que con frecuencia la chica hace sus ejercicios cada noche liberada del sujetador y de toda ropa superior. Igualmente comprueba con admiración la ayuda que recibe esa señora mayor del sexto, prestada por su hijo con el que convive. Él le tiende la ropa lavada y lo observa, a través de la ventana que da a la cocina, preparando las comidas. En ocasiones vienen a esta casa dos hijos pequeños, niño y niña, para pasar unos días con su padre y abuela. Deduce que ese joven debe estar separado de la que fue su mujer, por lo que han de repartirse las estancias de los hijos en común. Al principio resultaba extraño por lo novedoso entre la vecindad, pero con el tiempo ya pocos vecinos le hacen caso a su gesto castrense. Se trata de un legionario jubilado que cada tarde, a las cinco, pone con cierta intensidad el himno del Novio de la Muerte. Durante el sonido de su música y estrofas, el propietario de la vivienda permanece en posición de firme dentro del salón o fuera en la terraza, vistiendo el uniforme legionario, no faltándole el correspondiente gorro del tercio.

No deja de fijarse en un piso, el quinto del segundo bloque, por el que han pasado ya muchos inquilinos. En la actualidad, parece que la propiedad haya sido comprada por el joven matrimonio de nacionalidad china que lo habita. Tienen dos hijos pequeños, que de continuo juegan en la terraza del inmueble. La mamá de los niños, de no muy elevada estatura, tiene una intensa dedicación al lavado de la ropa, prendas que de manera continua está colocando y quitando de los cordeles en el tendero. No sólo asea la ropa de los  pequeños, sino también la ropa de cama y cortinas. Nunca ha visto al marido oriental ayudar a su mujer en estos caseros menesteres. Sabe que se llama Ofelia, pues una vez coincidieron en la carnicería y así la llamaba el carnicero. Es la típica limpiadora compulsiva. Un día sí y el otro también está con su bayeta o barredora limpiado los cristales de sus ventanas, la barandilla horizontal y los barrotes verticales. También limpia el marco de las puertas y el poyete basal de cada vano de muro. Curiosamente su marido baja con cierta frecuencia a la calle, llevando en la mano un cubo con agua y varias bayetas. El pequeño utilitario que utilizan, un antiguo Seat 127, se halla siempre reluciente. Honoria los denomina, el matrimonio de las bayetas mágicas.

Le resulta “enternecedora” la humana imagen de doña Evelia, con la que intercambia algunas palabras cuando se encuentran por las aceras. El amor de esta mujer mayor por los animales es manifiesto. Las paredes de su terracita la tiene cubierta de jaulas de pájaros,  que trinan sin cesar durante las mañanas y las tardes, alegrando la acústica viaria. Ella les habla,  cuidándoles con mimo y cariño. Tiene también dos gatos gordinflones, muy bien atendidos en su alimento y limpieza, a quienes llama Tarzán y Platón. ambos con la piel color gris y unas rayas oscuras “tigretinas”. En sus cuellos portan unos cascabeles que producen un agradable tintineo en su majestuoso caminar. En la zona este de su visión, le distrae y vitaliza sobremanera el piso de los estudiantes, alquilado durante los meses lectivos del año y ocupado por tres alegres y desenfadas chicas, que de continuo tienen puesto a todo volumen el programa de los Cuarenta Principales. Sus fiestas, risas y orgias amorosas son estruendosas, pero “pasan” de las protestas vecinales. Alguna que otra vez ha tenido que venir el coche de la policía local a establecer un poco de orden, poniendo fin a la algarabía generada a eso de las dos de la madrugada. Convive con las tres jovencitas un cuarto estudiante quien por su vestimenta de túnica blanca y pantuflas de piel de camello tiene facha de gurú oriental. Lo ha visto en no pocos amaneceres sentado en el suelo y con las piernas cruzadas, entonando jaculatorias indescifrables para su entendimiento, llegándole al tiempo un  aroma a rancio pachuli y otros inciensos aromáticos verdaderamente embriagadores. Desde luego, gente joven y desenfadada, con un concepto muy libre de la vida.

Sin embargo existe un vivienda, un octavo izquierda que forma esquina en un bloque frontal al suyo, orientada al norte y al este, propiedad que iba a centrar sus preocupaciones e intrigas. Todo se originó cuando una noche, al volver del cumpleaños de su buena amiga y compañera de Ministerio Carmela, se sintió con el estómago bastante pesado. Algo de lo que había tomado no le había sentado bien. Probó ya en casa con una infusión de manzanilla e incluso con Almax, decidiendo finalmente irse a la cama con la esperanza de que a la mañana siguiente recuperaría la estabilidad orgánica con el descanso. Lo cierto es que durante la madrugada se tuvo que levantar un par de veces de la cama para ir al lavabo. En una de esas ocasiones (julio había llegado con sus típicos vientos y calores de terral) se sentó un ratito en la terraza, pues no le apetecía irse a sudar a la cama. El reloj marcaba veinte minutos sobre las tres de la noche, cuando reparó en esa última vivienda del bloque frontal al suyo. Tenías las luces de una habitación y la cocina encendidas. El caso es que dicha vivienda aparentaba llevar largo tiempo deshabitada. Incluso las persianas que cerraban la terraza permanecían completamente bajadas a lo largo del día. Para su mayor asombro, cuando Honoria de nuevo tuvo que levantarse para repetir otra digestiva infusión, las luces citadas continuaban encendidas. Ahora el reloj marcaba las cinco horas del nuevo día.

Así que aun somnolienta se preguntaba ¿quién podrá estar en esa casa y con las luces encendidas, durante toda la noche? Al fin decidió volver a su dormitorio y esta vez sí pudo conciliar el sueño. A la mañana siguiente y muy temprano lo primero que hizo fue mirar de nuevo ese piso octavo. Las persianas de la terraza continuaban bajadas y la percepción de las ventanas y cocina no indicaba que allí hubiera nadie. Las luces estaban ahora apagadas. Siguió con los quehaceres y crucigramas en su vida cotidiana, pero a la noche quiso acostarse tarde para vigilar de nuevo ese misterioso piso que tanto le motivaba. Aguantó bastantes minutos sentada en una pequeña hamaca que tenía en su terraza y efectivamente, a eso de las doce y pico, de nuevo percibió luces en esa vivienda. Esas luces permanecían encendidas cuando ella, ya cansada de esperar y vigilar, decidió irse a descansar. La escena de las luces encendidas en la vivienda se repetían siempre en la madrugada de los lunes y martes de cada semana.

Un tanto obsesionada con el asunto, quiso avanzar en la infantil investigación. Repasó las posibles personas que podían informarle acerca de la situación de esa vivienda. En dicho bloque su mejor amistad era la de Ivana, quien con muchos años a sus espaldas, aún aplicaba su destreza como modista para determinados encargos de la vecindad. A ella también le había cortado, arreglado y cosido numerosas telas para prendas de abrigo que guardaba en su armario. Fue a su casa y habló con su marido Damián, antiguo maquinista en las salas de cine.

“No, no te preocupes Honoria, que yo te cuento lo que sé de ese piso octavo de nuestro bloque. Allí vivió durante muchos años una señora mayor, que se llamaba Edelmira. La verdad es que no tenía mucho trato con la vecindad. La señora era viuda de un factor de la Renfe. Los hijos (tenía dos) creo residen en Madrid. Cuando falleció, sus herederos pusieron el piso en venta. Parece que pedían mucho dinero por él, así que desapareció el cartel del “Se Vende” porque parece pensaron en sacarle alguna pasta con el alquiler. No sé por qué casi siempre está vacío, aun con los muebles de la finada. Ahora parece que algunos días de la semana viene un señor, de apariencia muy honorable, que se queda en la vivienda durante las noche, porque a la mañana siguiente desaparece y ya no vuelve hasta la próxima semana.”

En ese momento intervino Ivana, que poseía información complementaria a la que facilitaba su marido ante una muy atenta Honoria.

“Yo sé algo más del asunto, pues en la carnicería de don Anselmo se han comentado cosas, que igual pueden estar exageradas, pero “cuando el río suena, agua lleva”. Hay gente que conoce al señor del sombrero y la cartera de piel. Trabaja en Hacienda, en uno de los negociados. Debe tener un cargo importante, porque ocupa un despacho propio. Se llama don Telesforo. Antes que él venga algunos días de la semana al piso 8º B, lo hace una mujer joven, que también la han visto trabajar en ese ministerio de los impuestos. A la mañana siguiente, abandonan el piso y se marchan los dos juntos calle arriba. Aquí casi todo se sabe, la gente se da cuenta de los más pequeños detalles. Ah y añadiría algo más. La chica del pelo rubio teñido no es la única. Ha habido otras, en ese “garito nocturno” para el solaz esparcimiento del tal Telesforo.”

Y así pasan los días y las horas en ese pequeño mundo de barrio. Allí es donde Honoria tiene su indiscreta y documentada terraza. Probablemente esta vecina haya visto la película de Alfred Hitchcock. Además de los crucigramas y las sopas de letras, con esa hábil observancia aliada de imaginación, distrae los tiempos muy atenta al comportamiento de aquellos con los que comparte la relación vecinal. Pero lo que Honoria Villalva nunca ha llegado a conocer es que en una prestigiosa revista fotográfica de difusión internacional, publicada en soporte papel (aunque también posee una muy visitada página web) en un momento determinado salió publicada una muy curiosa instantánea en la que aparece una señora mayor (ella misma) quien, sentada en una cómoda hamaca de madera y lonas, tapa/abre sus ojos con unos binoculares que observan la terraza en la que una chica casi desnuda baila, escena reflejada en el cristal aumentado de las lentes aproximativas utilizadas. Dicha foto, en blanco y negro (escala de grises) titulada An observation behind some flower pots, (Una observación detrás de algunas macetas) fue premiada en un concurso internacional de la especialidad.-

LA TERRAZA INDISCRETA, PARA OJOS CURIOSOS



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
12 Junio 2020
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

sábado, 6 de junio de 2020

MIRADAS Y ACCIONES INFANTILES, EN LA ALACENA DE DON ELADIO.

El nombre de una bella localidad jienense, Villaquinta del Olivar, que linda con el perímetro provincial de Córdoba, hace alusión al principal valor agrario que sustenta la economía de toda la comarca. Los 1.300 habitantes que integran su último censo conforman una densidad de población algo baja, teniendo en cuenta la extensión del término municipal en el que destacan amplias áreas dedicadas al cultivo del olivo. Aunque no faltan numerosas viviendas unifamiliares diseminadas por el territorio, la mayor parte de las familias de este tranquilo pueblo andaluz se hallan ubicadas en el núcleo central de la localidad, enmarcada entre la parte norte de las Sierras subbéticas y la ladera sur de Sierra Morena.  

La plaza principal del pueblo está enmarcada por varias manzanas de viviendas, que no alcanzan una altura superior a las cuatro plantas. Los principales edificios “monumentales” que conforman el perímetro cuadrangular de la plaza son los siguientes: por una parte el dedicado a la sede del  Ayuntamiento de la villa (cuyo alcalde es don Servando, propietario de una importante almazara para la producción de aceite); la antigua y petrea Iglesia del pueblo, dedicada a San Eufrasio, de estilo gótico tardío, regida por el párroco don Irineo, bondadoso y complaciente sacerdote que tiene también a su cargo el atender espiritualmente a otras pequeñas localidades del entorno geográfico, en rotación semanal, utilizando para ello una moto Vespa gris de segunda mano, cuyas numerosas averías son resueltas por las diestra sabiduría del mecánico  Matías, experto en toda clase de motores. La única botica del pueblo mira también hacia la plaza, establecimiento regido por don Cosme, facultativo titular muy apreciado por el ingenio y eficacia que alcanza en la elaboración de fórmulas magistrales, para las que utiliza en su mayoría productos recogidos en la amplia y generosa naturaleza.

Junto a estos emblemáticos edificios, se halla la popular tienda denominada La Alacena, propiedad de don Eladio, comercio que ocupa los bajos (además de un sótano almacén para las mercancías) de un modesto inmueble de cuatro plantas, donde residen ocho familias, entre ellas la del propio tendero. En la tienda de este muy conocido comerciante se vende “un poco de casi todo” pues en la bien dispuesta “Alacena” se puede encontrar desde ultramarinos, embutidos, conservas de todo tipo y, por supuesto, aceite de oliva, hasta esas herramientas de ferretería, elementos de mercería, pinturas, y una parte muy popular de lácteos, panadería y confitería. Se puede decir que don Eladio, a sus 54 años muy bien llevados, abastece de todo lo necesario a los vecinos del municipio.

El popular y apreciado tendero contrajo matrimonio hace 13 años con Mariana, mucho más joven que su marido, pues en la actualidad tiene 42 años. Dos hijos nacieron del matrimonio: una niña llamada Laliana, de 8 años de edad y su hermano menor Darío, que ya suma cinco primaveras. Ambos acuden, junto a los demás niños del pueblos al grupo escolar público Virgen de la Cabeza, que está situado al final de la calle Larga, principal entrada y salida para el tráfico en Villaquinta, colegio regido por su directora doña Bibiana, veterana maestra nacional, de rígido carácter en principio pero que al trato con la profesional educativa deja traslucir su bondadoso y comprensivo corazón. 

En un día laborable, los dos hermanos acuden temprano al colegio, permaneciendo en el recinto escolar hasta las 14:15, hora en la que finalizan las clases. Este horario continuo de formación permite que tanto  Laliana como Dario dediquen las tardes a realizar sus deberes, disfrutar del juego con otros amiguitos de la vecindad y también a estar correteando por la abigarrada tienda, ante la mirada comprensiva pero siempre vigilante de su padre. Este profesional atiende, generalmente solo, a la casi continua clientela que acude al popular establecimiento. Cuando sus obligaciones caseras se lo permiten, Mariana también baja a la tienda, desde el 4º A, del mismo inmueble en el que tienen su vivienda familiar, a fin de echar una mano a su marido durante algunos ratos.  

Cuando están en la tienda, a los dos pequeños les agrada bajar por esa escalera de caracol que al fondo del lateral izquierdo del comercio permite acceder a ese gran sótano donde su padre tiene organizados las mercancías que posteriormente subirá para vender a los posibles clientes. Ahí ser acumulan sacos de legumbres, palés con muy diversas latas de conservas, bricks de leche, botellas de aceite, botes de pinturas de todos los colores y así todo un “mundo” de mercancías diversas, en formas y colores, con las que esas mentes infantiles, despiertas e imaginativas, recrean curiosas historias que sustentan su divertimento. Laliana, por ser la hermana mayor tiene la responsabilidad de no romper nada y controlar la acción de su hermano menor Darío, ante las advertencias de sus padres de que si rompen algo o causan algún estropicio tendrán que enfrentarse al correspondiente castigo. Aún así, los dos hermanos disfrutan, entre risas y carreras bajando y subiendo por esa escalera de hierro que tiene una forma como de un caracol estirado, conformación helicoidal en su construcción a fin de reducir el espacio de su necesaria ubicación.

Una tarde de buena temperatura (algo elevada para la fecha, en pleno mes de abril) los dos hermanos estaban entretenidos con unos tebeos que habían intercambiado con unos compañeros del colegio. Sentados en el suelo y apoyando sus pequeñas espaldas en dos sacos de loneta beige, que contenían arroz y azúcar en terrores, respectivamente, vieron entrar en la tienda a un hombre que a ellos le pareció “enorme” en su altura y que vestía una traje de chaqueta de color gris oscuro. Su camisa, también de tonalidad gris perla no estaba cerrada por corbata alguna. Su cabeza se cubría con un sombrero que parecía del mismo color que su traje y por encima del labio superior tenía un poblado bigote. Muy serio que parecía, al pasar por el lado de los pequeños se les quedó mirando por breves instantes, pero no les dijo nada. Pronto se dirigió hacia el mostrador del tendero, cruzando algunas palabras y estrechándose las manos. Ese hombre tan alto llevaba en su mano derecha una gran cartera de cuero negro, que dejó encima del mostrador. A los niños les asustó un poco ese hombre tan alto y tan serio y que vestía casi de negro, en un día que irradiaba bastante calor.  


Desde aquel rincón en el que ambos estaban sentados, escuchaban a su padre y a ese señor que hablaban y hablaban, de algo que ellos no entendían. A Laliana si se le quedó grabada una frase que su papá repetía, con cierta frecuencia: “Entienda, don Críspulo, yo no puedo hacer más”. Después de unos minutos, ese señor vestido de colores oscuros, se despidió de don Leandro, tras apurar el vaso de vino dulce que aquél le había ofrecido, acordando de que volvería el lunes a visitarle. El buen tendero mostraba inequívocamente un rostro preocupado. Al pasar delante de los pequeños se les quedó otra vez mirando, regalándoles una extraña sonrisa. Aquella noche, cuando los dos hermanos reposaban en sus camas, fue Lali (como era usual que la llamaran en casa) quien comentó en voz alta:

“No me gusta este hombre alto y feo que ha estado en la tienda esta tarde. Su figura me da un poco de miedo. Bueno, bastante susto. He visto al papi como disgustado, después de que el hombre del bigote vestido de oscuro, con ese nombre tan raro, se marchara. Hay que hacer algo, Darío, para que no vuelva más a la tienda. Creo recordar que dijo “volveré el lunes, Leandro” ¿A ti qué se te ocurre? Yo ya tengo alguna idea para el plan…”

Ese fin de semana los dos hermanos estuvieron cavilando sobre el “importante” asunto que tenían entre manos. Lali incluso se lo comentó a su mejor amiga del colegio y compañera de juegos, Jenny. Ésta era una niña, rubita y con pecas, de origen británico, hija de un técnico agrario, que con su familia había venido a trabajar en España desde hacía un par de años. Quedaron en verse el sábado por la tarde, a fin de poner en práctica su “divertido” y arriesgado plan. Las dos amigas y Dario estuvieron toda la tarde “ocupados”, visitando diversos lugares, entre otros el huerto de don Cosme (el boticario) y también se colaron por un lateral abierto en la almazara de don Servando, aunque no por mucho tiempo pues un perro enfadado comenzó a ladrarles. Viento el temeroso panorama que se les presentaba, con el “inesperado” e inamistoso guardián del ingenio aceitero, tuvieron que salir corriendo, aunque en una bolsa de plástico Jenny había logrado guardar algún material interesante que le podría ser útil a su mejor amiga. 

El plan lo tenían perfectamente organizado para su aplicación inmediata, si ese lunes u otro día aparecía el inquietante y extraño hombre, de elevada estatura y vestido casi “de negro”.  Efectivamente, ese primer día de la semana, sería la media tarde, Críspulo de la Dehesa volvió a presentarse en La Alacena, para hablar con el tendero y propietario Eladio. Tuvo que esperar unos minutos pues su interlocutor estaba atendiendo a dos clientas asiduas al colmado. Dejó su gruesa y voluminosa cartera de cuero negro sobre el hueco de un estante que se utilizaba para depositar algunos pequeños paquetes dejados por el transportista. Una de las clientas, la señora Desideria, encomiaba al paciente tendero para que pesara bien el medio kilo de alcachofas y el cuarto de tomates que le había comprado (era una leyenda urbana o chascarrillo de siempre que el peso de don Leandro estaba trucado, con respecto a las mediciones que efectuaba). Mientras tanto, haciendo como si jugaran, Lali y Dario correteaban de aquí para allá, buscando el momento oportuno para consumar su “decidido y valiente plan”.

Una vez que las clientas abandonaron el establecimiento, Crispulo se acercó al mostrador de madera, tras el que esperaba Eladio, que ya había preparado a su interlocutor ese valorado vasito de vino dulce con el que siempre le obsequiaba. Estuvieron hablando por espacio de más de treinta minutos y, en esta ocasión, el semblante del buen tendero parecía más alegre y sosegado que en la anterior ocasión. Dio las gracias, de manera efusiva, al “amigo” Críspulo, a quien quiso obsequiar con una espléndida morcilla “de la tierra”, liándola en un saludable papel de estraza e introduciendo el apetecible y graso presente en una bolsa plástica reutilizada. A pesar de la negativa expresada en un principio por el hombre de la cartera, al final el enchaquetado personaje aceptó el “oloroso” manjar. “No es nada, hombre, seguro que a Sinforosa le agrada, para poder hacerte una buena cazuela de  lentejas.”

Aquella noche de lunes la escenografía fue especialmente diferente en dos domicilios vecinales, ambos integrados en el apacible y oleícola pueblo de Villaquinta del Olivar.
Cuando Críspulo de la Dehesa, interventor de la filial bancaria, llegó a su domicilio, entregó la espectacular morcilla a su mujer Sinforosa, que hizo grandes elogios del regalo, prometiendo que esa noche iba a pasar por la sartén algunas rodajitas, para comerlas con trozos de cogollos de lechuga y rodajas de tomate. Prometía, para mañana, cocinar unas sabrosas lentejas guisadas, con chorizo y morcilla, que agradarían a su marido.

Minutos después, Críspulo se dirigió a su despacho, para abrir su profesional cartera de cuero, que había dejado encima de la mesa de trabajo. Comprobó con estupor y desesperación como el interior de la misma estaba “repleto” con decenas de grandes hormigas, que recorrían, todo asustadas, los numerosos archivos y documentos que integraban el contenido del gran carterón. Pero lo más desagradable del caso es que, además de las hormigas, también se encontró con dos paquetitos envueltos en papel de estraza gris, de los que salía un fétido y penetrante aroma. Abriéndolos de inmediato, comprobó con la más tensa sorpresa la existencia de grandes “cagarrutas” de gatos y perros, que despedían un “embriagador” olor a fétida descomposición.

En otro domicilio del pueblo, los cuatro miembros de la unidad familiar estaban reunidos esa noche en torno a la mesa, para tomar la cena. Eladio se dirigía a Mariana, su mujer, con estas cariñosas y satisfechas palabras:

“Esta tarde ha vuelto a venir Críspulo a la tienda y el buen hombre me ha dejado más contento y tranquilo tras la buena gestión que ha realizado. Me ha asegurado que, a pesar de la opinión de sus jefes en el banco, ha logrado convencerlos de que la letra de la hipoteca que me correspondía pagar el mes que viene, me la van a aplazar otros seis meses, con un interés muy favorable. Ya me temía yo que comprar el local de la tienda, para dejarles un buen patrimonio a nuestros hijos, nos iba a dar buenos quebraderos de cabeza, pues ha sido un pago muy fuerte el que hemos tenido que hacer. Pero siempre hay buenas personas, que comprenden las circunstancias de sus convecinos y tratan de aliviarles, dentro de lo posible, en sus problemas. Esta noche voy a dormir mucho más tranquilo que los días anteriores, en que me despertaba una y otra vez por la preocupación”.

Mientras que Darío apenas se dio cuenta de lo que estaba comentando su padre, Lali si comprendió bien la situación. Fue esta niña de ocho años la que aquella noche apenas pudo dormir, recordando la “acción” que Jenny, Darío y ella misma habían realizado, unas horas antes: una valiente y “arriesgada operación” contra el hombre vestido de oscuro, alto y feo, que asustaba a los niños con su gran bigote.-


MIRADAS Y ACCIONES INFANTILES, EN LA ALACENA DE DON ELADIO



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
05 Junio 2020
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es