viernes, 21 de abril de 2017

UN PLACENTERO VIAJE COMO TERAPIA, EN EL INESTABLE SENTIMIENTO DE CELIA.

Cuando al final de una tarde templada de Otoño Celia entró en la agencia de viajes, la encargada a esa hora de la atención al público se encontraba ya apagando las teclas de su ordenador laboral. Pasaban un par de minutos desde que un bien diseñado reloj digital, colgado en uno de los ángulos laterales de la pared, había marcado las 20 horas, momento fijado para el cierre diario del establecimiento.

Siempre hay personas que suelen acudir a última hora, a fin de gestionar todos esos asuntos relacionados con la compra de billetes para el tren o el avión, la solicitud de catálogos turísticos o las diversas consultas sobre diversos aspectos de los viajes y paquetes vacacionales. Marian, con la paciencia profesional que le caracteriza, hace todo lo posible por atenderlos aunque, en situaciones de una compra o gestión más complicada, les ruega vuelvan a la agencia con un mayor tiempo y disponibilidad durante la mañana o tarde siguiente. Así se lo planteó a esta retrasada cliente, en un día que había sido especialmente atareado con los viajes para la tercera edad del programa IMSERSO. Sin embargo su interlocutora, una señora que por su aspecto parecía haber superado ya los sesenta años (ciertamente muy bien llevados, en la apariencia física) insistió con gran tesón en ser atendida, mostrando una evidente inseguridad e inestabilidad nerviosa. A pesar del cansancio acumulado y teniendo en cuenta un mercado tan competitivo con el que había que “lidiar” en estos tiempos de contracción económica, se dispuso finalmente a escucharla. Pensó que en poco tiempo, no más de quince minutos, podría resolver la gestión del viaje de vacaciones para esta atribulada señora.

La inesperada cliente pretendía apuntarse a uno de los grupos de viajes organizados con destino a Canarias, que tendría lugar a comienzos del próximo mes de febrero. Aunque su petición era para una de las zonas turísticas más demandadas, dada la fecha de su gestión en pleno invierno, aún quedaban algunas plazas vacantes en el mismo. Al preguntarle con quién iba a viajar (son viajes  económicos, únicamente diseñados para los titulares del programa social y sus parejas) esta señora le respondió que no tenía a nadie con quien ir, por lo que pretendía hacerlo sola. En esta circunstancia, le indicó que habría de compartir habitación con otra persona, por supuesto mujer, que también se encontrara en la misma situación que ella, pues la mayoría de los hoteles del programa sólo ofertaban plazas para el uso de habitaciones dobles. O, en todo caso, tendría que pagar una cantidad establecida para disponer de una habitación doble en uso individual, siempre que el hotel aceptase o tuviese esa disponibilidad. Con esta opción el precio del viaje se incrementaba de manera notable. Ante esta razonable explicación, vio que la extraña cliente que tenía ante sí rompió a llorar de manera sorprendente. Tras pensarlo entre lágrimas y suspiros, unos interminables minutos, aceptó este cambio en su factura, quedando formalizado el contrato del futuro viaje de 10 días para las Islas “afortunadas”.

Celia había enviudado, hacía ya unos once meses. Profundamente enamorada y dependiente de su difunto marido, durante cuarenta dos largos años de convivencia, no había sido capaz hasta el momento de superar o asumir tan sensible pérdida. No tuvieron hijos en su matrimonio por lo que ahora, dada las no buenas relaciones que mantiene con su hermana y sobrinas, sufre de manera especial el trauma de la soledad. Como antes se ha expresado, la extrema y “enfermiza” dependencia con el que fue su compañero en la vida no le ha facilitado disponer de ese núcleo de amistades que aportan compañía, comprensión y afecto, de manera especial en estos muy duros momentos que ha tenido que afrontar. El pathos de la depresión anímica se cebó en su persona, teniendo que ponerse en manos de especialistas cualificados y también en esa dinámica, siempre peligrosa, de la ingesta abusiva de fármacos y productos tranquilizantes para su desequilibrado organismo. Inestabilidad física pero también, de manera especial, en su comportamiento y equilibrio mental.

Uno de los psicólogos que la atienden, estudiando detenidamente su caso, le recomendó taxativamente que, junto a la toma de medicamentos, tendría que poner de su parte un intenso esfuerzo por encontrar aquellas distracciones y actividades que mejor se acomodasen a su forma de ser. Tras varias sesiones de consulta, acordaron que en la realización de viajes podría hallar no pocos elementos de ilusión y sosiego, a fin de ir alimentando y compensando esas carencias que tanto la atormentaban, entristecían y desequilibraban. Este buen profesional, conociendo la limitada pensión que había quedado a su paciente por parte de su poco prudente esposo (en la faceta económica) le planteó como sugerencia que se apuntase al programa de turismo social del programa IMSERSO, en donde hallaría diversas oportunidades para viajar a buenos y contrastados destinos, con un coste bien asumible para su no abundante disponibilidad financiera.

Meses más tarde llegó el día en que Celia, junto a un nutrido grupo de viajeros (la inmensa mayoría integrada por personas jubiladas pertenecientes a la tercera edad) subieron al avión que iba a trasladarles desde Málaga hasta el aeropuerto Reina Sofía, ubicado al sur de la isla de Tenerife. Desde este punto de llegada, viajarían por carretera hasta la zona norte insular. Su destino final sería un alegre y bien situado hotel en el populoso y turístico municipio del Puerto de la Cruz, a fin de disfrutar una apetecible semana y media de vacaciones. Durante las más de dos horas del vuelo, esta peculiar viajera estuvo de manera continua rezando y suspirando, para divertimento y extrañeza de su compañera de asiento, una bella joven canaria que volvía de unos días de estancia en la capital malacitana. La veterana viajera había elegido este sugestivo paraje atlántico porque con él quería recordar aquel lejano en el tiempo viaje de bodas con su amado Fabián, evento que ambos habían protagonizado hacía ya más de cuatro décadas.

Llegados al hotel  (pasadas las once de la noche) se encontró con una inesperada dificultad que también afectó a su frágil equilibrio. El recepcionista del establecimiento, hombre poco amable en sus modales a esa tardía hora, le aseguraba que tendría que compartir una habitación con alguna otra persona que también viajara sola, pues sólo disponía de habitaciones dobles. Parece ser que en la documentación que ella aportaba no había sido bien recogida esta opción del uso individual. Ante los ruegos y nuevas lágrimas de la turista, accedió a entregarle una habitación en esas condiciones, siempre y cuando no viniera en el grupo otra viajera en las mismas condiciones que presentaba su interlocutora. La resolución del asunto colmaba la paciencia de los demás clientes que aguardaban cola pues de nuevo apareció otra nueva discusión, un tanto infantil, ante la habitación que el encargado del hotel accedía a entregarle: la habitación número 13, en la planta baja. Los lamentos y expresiones de Celia resultaban patéticos, pues la inestable señora aseguraba su carácter supersticioso, por lo que en modo alguno aceptaba un espacio con esa numeración. Al fin la polémica se resolvió (un matrimonio decidió quedarse en esa habitación) pero todos estos avatares hicieron que los viajeros llegaran a la cena fría, que les habían dejado en sus respectivos aposentos, cuando el reloj superaba ya en muchos minutos la media noche. Celia descansaría en la número quince. 
  
Desde la mañana siguiente y en todos las acciones colectivas que el grupo desarrollaba (desayunos, ambas comidas, reuniones, actividades lúdicas diversas, excursiones contratadas e incluso durante las dos horas de animación nocturna después de la cena) esta peculiar turista aprovechaba cualquier oportunidad para “pegarse” a diversos matrimonios que, un día tras otro, con resignación y paciencia, soportaban los comentarios, preguntas, chascarrillos y continuada presencia de tan solitaria y compulsiva compañera de viaje. No sólo los residentes en el hotel sino también el personal de servicio se veía frecuente “asediado” por las carencias de comunicación en esta persona, ávidamente necesitada de cualquier interlocutor que se prestara a escucharla y que compartiera su obsesiva presencia para casi todo. Unos u otros aplicaban la comprensión, la solidaridad generosa, el descarado disimulo o esa conmiseración que despiertan las personas sometidas a la perversa inseguridad que genera la cruel soledad.

En la cuarta noche de estancia, cuando a eso de las 12 regresó a su habitación número 15 desde el salón de las fiestas y los bailes, encontró tras la puerta de entrada y en el suelo un sobre blanco que motivó su extrañeza y curiosidad. En el anverso del mismo sólo estaba manuscrita la palabra Celia. No había en el reverso remite alguno que indicara el autor de tan sorpresiva misiva. Con irrefrenable avidez rasgó el sobre que tenía en sus manos y se dispuso a leer una pequeña cuartilla interior, manuscrita en ambas caras con una caligrafía muy cuidada y con una redacción en extremo plena de sencillez y afecto.

“Admirada Celia. El destino me ha hecho posible que conozca a una persona de buen corazón y que, por razones que desconozco, sufre el drama de sentirse muy sola en su vida. Me he dado cuenta cómo intentas hacer amistades, buscar cualquier oportunidad para intercambiar las palabras y encontrar ese calor humano que tanto necesitamos en la lucha del día a día. Demuestras tu valentía y una gran fuerza de voluntad para superar ese momento desafortunado por el que creo atraviesas. Por supuesto que también me duele ver como muchos de tus compañeros de grupo tratan, con más o menos disimulo, en evitarte cuando te acercas a ellos. Sin duda les molesta tu necesidad por entablar ese diálogo con alguien que te regale un poco de atención, respeto y esa respuesta que te hará sentirte mejor. Algunos verdaderamente te huyen y murmuran a tus espaldas. Debe ser duro y triste viajar sola, pero tu valentía es admirable. Tiene mucho mérito. Tengo que confesarte que también yo me encuentro muy solo, en un matrimonio que carece de sentido desde hace ya mucho tiempo y difícil de soportar para mis sentimientos. Me gustaría conocerte mejor y ayudarte en lo posible. Con todo el cariño, Raúl”.

Esta carta, junto a otras que llegaron a su habitación en los días siguientes, sumieron a la aturdida señora en un sentimiento contrastado de sorpresa, curiosidad, ilusión y esperanza. Miraba y observaba a sus compañeros de grupo, tratando de hallar alguna pista, detalle o gesto que pudiera ayudarle a reconocer a ese hombre de generoso corazón que hábilmente la observaba, le escribía y que, muy probablemente, sentía algo por ella que bien podría ser comprensión, atracción y tal vez algo de cariño. Pensaba que también esa persona tenía necesidad de compartir solidariamente la pesada losa de su propia soledad. Por timidez, prudencia o comprensible temor, este generoso comunicante no se atrevía a dar el paso de presentarse físicamente ante ella, cuando precisamente era ella misma quien anhelaba y suspiraba porque esa situación se hiciese real y “milagrosa” para sus vidas.
 
Ese íntimo y obsesivo deseo al fin se desveló en su último día vacacional. La dirección del hotel organizó, con este motivo, una cena especial de despedida para el nutrido grupo de viajeros que había volado procedente de Málaga. Además de suculentos platos, en los que no faltó la más tradicional y cuidada cocina canaria, hicieron venir para el fin de fiesta a un bellamente ataviado grupo coral de la tierra que interpretó odas y románticos cantes del sin par archipiélago, enclavado en las frescas y sutiles aguas atlánticas. Los bailes, danzas y entrañables canciones duraron hasta más allá de la media noche. A los pocos minutos de que Celia volviera a su habitación número quince, sonó el timbre de la puerta. Intrigada ante esa inusual llamada, preguntó quién era, antes de proceder a la apertura de la cerradura. Desde el pasillo exterior escuchó una voz que respondió con una sola palabra: Soy Raúl

Aquélla fue para ambos necesitados seres una intensa y sentimental noche, en la que el reloj se prestó a regalarles la magia imposible de simular la detención de las manecillas. Los segundos y las horas resultaban demasiado limitadas para compartir todo aquello que un hombre y una mujer pueden recrear con la imaginación, la necesidad y el deseo.

Sepamos un poco más de esta sencilla y afectiva historia. A él aún le restan un par de años para alcanzar su jubilación laboral, como camarero de este importante hotel insular. Ella puso en venta su piso de Málaga, para trasladarse a un soleado y coqueto ático, en el Puerto de la Orotava. El destino, junto a la voluntad de dos seres, felizmente así lo ha decidido. Hoy siguen compartiendo, con la fuerza del corazón y la solidez en su confianza, una sugestiva aventura de amor. Construyen juntos, en la suerte de sus muchos años, el por qué de las horas y los días, enriqueciendo esa feliz convivencia, la tercera fase en la biografía de sus vidas.-


José L. Casado Toro (viernes, 21 de Abril 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


lunes, 17 de abril de 2017

EL JARDÍN DE LOS JUEGOS. PARA ESOS NIÑOS DE SONRISAS AUSENTES.

En esa afortunada dialéctica contra la atonía, que a veces decidimos emprender, aparecen con fortuna ocasionales logros, todos ellos sustentados en el esfuerzo generoso y admirable de la voluntad. Cuando se trata de hacer el bien casi todos los caminos se justifican y retroalimentan, pues este positivo objetivo permite superar no escasas dificultades y problemas que toda empresa, normalmente, lleva aparejada. Pasemos de inmediato a convivir con una escenografía donde tiene lugar esta que muy reconfortante historia. 

A lo ancho y largo de todo el amplio poliedro urbano, que constituye la estructura evolucionada de una ciudad, se han ido generando, al paso de los días y las décadas, zonas y espacios muy contrastados desde una evidente realidad socioeconómica. Efectivamente, alrededor del antiguo centro histórico, y siempre de manera progresiva, han ido surgiendo numerosas barriadas, a modo de cinturones expansivos, núcleos de hábitats que cobijan a miles de familias de naturaleza heterogénea, si analizamos el perfil sociológico que las identifica. Expresado de una forma simple y coloquial, hay “barrios” donde predominan las familias de clase acomodada, otros en los que prevalecen los grupos de nivel medio y, finalmente, aquéllos en los que la mayoría de sus habitantes están vinculados a familias humildes e incluso con bolsas de profunda y preocupante marginación social. Esta estructura básica suele aparecen en unas y otras ciudades, aunque con diferencias numéricas entre sus porcentajes y niveles.

Efrén y Dafne forman un bien avenido matrimonio que acumula muchas décadas de fructífera convivencia. Este antiguo factor ferroviario (desempeñó en su vida laboral la noble función de revisor/cobrador en las líneas de cercanías) se halla muy próximo a cumplir la octava década de su calendario. Dafne, seis años más joven que él, sigue distinguiéndose por ser una fiel compañera y buena madre, de los dos únicos hijos que tuvo el matrimonio, los cuales hace años buscaron amparo en la difícil emigración por tierras germanas, lugar donde arraigaron y hoy residen con sus respectivas familias.

Especialmente desde el inicio de su jubilación, hace ya más de una década, Efrén ha dedicado parte de su amplio tiempo libre en ayudar a todos aquéllos que más necesitan de su voluntad y experiencia. Aunque no es una persona muy afín a las ceremonias eclesiásticas, siempre se ha mostrado dispuesto en colaborar con algunos proyectos generados desde la parroquia del barrio, donde está ubicada su vivienda, generalmente aquéllas actividades que más podían favorecer a las familias necesitadas.

Este veterano matrimonio reside en una muy modesta barriada obrera, en donde la población marginal está intensamente bien representada. El porcentaje de desempleo en la zona supera, de manera notoria, las cifras que marcan los niveles en otras zonas de la ciudad. Los niveles de continua inmigración, los problemas de delincuencia, el trasiego y menudeo en la venta de sustancias estupefacientes, junto a los brotes intermitentes de violencia, es algo con lo que esta familia ha tenido que pacientemente ir conviviendo. A pesar de todo lo cual, la apacible y bondadosa pareja nunca ha querido abandonar este conflictivo entorno y la vivienda unifamiliar que Efrén recibió de sus padres, hogar que continúan habitando desde los ya lejanos años de su vínculo matrimonial. 

Como ya se ha expresado, habitan en una casa unifamiliar de planta baja con cubierta de tejas antiguas a dos aguas que, por la voluntad de sus propietarios, hoy mantiene su antigua conformación, aunque se ve rodeada de algunas manzanas de edificios con cierta altura. En la parte delantera de su vivienda existe un amplio espacio terrizo, cerrado por una verja de hierro que descansa sobre un muro de construcción de unos 80 cms. desde el suelo. En ese espacio casi cuadrangular, que abarca unos 8 metros de largo por 7 metros de profundidad, hay un par de árboles que dan buena sombra para los días del verano, numerosas y cuidadas macetas y  básicos “muebles de jardín” que, a pesar de la verja y la cerradura de la puerta exterior, alguna vez han sido sustraídos por la desafortunada codicia de aquéllos “amantes” de lo ajeno. En uno de los laterales de ese patio - jardín luce una pequeña fuentecilla, a la que su ingenioso propietario ha dotado de un mecanismo para que siempre mane el agua, en un circuito cerrado de plástica e hídrica belleza natural.

Desde siempre, pero especialmente arraigada en estos últimos años (con el azote inmisericorde de la cruel crisis económica mundial) ha sido destacada en esta barriada la llegada de numerosas parejas jóvenes, personas con muy limitados niveles económicos y precaria cualificación profesional. Estas humildes familias son en su mayoría de origen inmigrante y con unos elevados niveles en sus índices de natalidad. Efrén observaba, reflexionaba y sufría la injusta realidad de esa amplia prole infantil que soportaba el infortunio socioeconómica en el que estaban sumidas sus respectivas familias. Niños que tenían que practicar sus juegos en unas calles no siempre adecuadas para su seguridad anímica y física, espacios urbanos un tanto postergados en la atención de las autoridades municipales, más preocupadas en las necesidades y problemas de los barrios y zonas precisamente más desarrolladas y urbanizadas.

Por todo ello, tras hablarlo con Dafne, estos dos solidarios vecinos deciden hacer algo bueno para todas esas familias de niños pequeños que abundaban por la vecindad. Pensaron en ese gran patio jardín, que tenían en la parte delantera de su vivienda. En realidad estaba un tanto desaprovechado. Descansaban en él especialmente durante los días de calor, a fin de disfrutar el frescor nocturno, el entretenimiento de algunas partidas de dominó con los amigos y poco más. El cuidado de las macetas y los dos naranjos también les ocupaban algunos ratos. Pero razonaban que esos más de cincuenta metros cuadrados podrían servir para algo más útil y generoso. Pensaron en esos niños pequeños y en sus jóvenes padres, con la carencia de jardines en la zona.

¿Por qué no convertir ese terreno de su propiedad, bien vallado y seguro, en un alegre parque infantil para uso y disfrute de sus jóvenes convecinos que tanto lo necesitaban?  

Lo primero que hizo Efrén, en aquella mañana de marzo tras el desayuno, fue dirigirse al taller de su buen amigo Ascanio, un veterano y habilidoso carpintero, a quien comentó sus propósitos para hacer realidad ese jardín de los juegos. Una idea o proyecto que tenía en mente fue encargarle a este artesano de la madera la construcción de dos columpios. Ambos amigos hablaron después con otro compañero de tertulias, Bernabé, que trabajaba en una herrería, propiedad de un familiar. Con estupenda voluntad y no excesivo desembolso, en una semana estaban ya los dos columpios instalados, en ambos extremos del patio/jardín. El animoso Ascanio, también entusiasmado con la idea de su amigo, supo convertir un viejo baúl de madera y unas cuantas sillas, con muchos años de uso, en un simpático “simulacro” o prototipo de tren infantil con un gran vagón. Unas latas de pintura ayudaron a hacerlo más vistoso y atrayente, adornándolo con dibujos de flores. La profesión que Efrén había desempeñado durante toda su vida laboral fue una gran motivación para ese juguete que, a buen seguro, haría las delicias de tantos niños y niñas. Tenían en proyecto también construir un pequeño tobogán, que a buen seguro haría las delicias de los niños deslizándose por su ondulada e inclinada carpa de metal.

El primer lunes de abril, el Jardín de los Juegos estaba listo para abrir. La vecina Julia cedió para el proyecto una gran banqueta que tenía en casa y el vecino Hernando una extensa alfombra de caucho (3 x 2,5 m) que guardaba arrollada en un trastero. Desde el fin de semana anterior un gran cartel anunciaba la apertura del modesto pero atrayente y necesario parque infantil.


JARDÍN DE LOS JUEGOS.  ENTRADA LIBRE, PARA NIÑOS Y NIÑAS, HASTA LOS 8 AÑOS DE EDAD. HORARIO DE 10 A 13 HORAS Y DE 16 A 19 HORAS (DE JUNIO A SEPTIEMBRE, HASTA LAS 21 HORAS). ABIERTO DE LUNES A SÁBADOS Y DOMINGOS MAÑANA. SE RUEGA QUE LOS NIÑOS VENGAN ACOMPAÑADOS POR ALGÚN FAMILIAR.

A pesar del ruego expreso en el cartel, la prudencia que caracterizaba a Dafne le hizo dialogar con varias convecinas. Todas ellas, de mutuo acuerdo, elaboraron un cuadro de vigilancias, que estaría a cargo de estas señoras con tiempo libre en diversos turnos rotatorios.
El ilusionado proyecto funcionó bastante bien desde los primeros días. Había horas en que la asistencia de niños era más intensa que otras pero, con la mejor voluntad, todos ponían algo de su parte para que el ambiente de juegos y alegría fuera lo más grato posible. Incluso en alguna oportunidad algunas madres tuvieron que volverse con sus hijos a casa, pues en el patio de Efrén y Dafne ya no había espacio material para acoger a todos los críos que así lo demandaban.

Un importante asunto también rondaba por las cabezas de los generosos propulsores del muy bien acogido jardín. Especialmente por las tardes, alguno niños venían con sus meriendas, mientras que otros se les quedaban mirando, con esa necesidad que los rostros infantiles muestran sin disimulos. Algo había que hacer, para esos pequeños a quienes sus padres no les habían podido entregar el modesto alimento restaurador. Dafne se llegó al súper del barrio y pidió hablar con la encargada. Ésta quedó en llamar a la central de la cadena para consultar la petición que había recibido. El “milagro” se seguía produciendo. Cada noche, Efrén se pasaba por el súper, tras la hora del cierre, pudiendo disponer de muchos alimentos con una fecha de consumo preferente inmediata. Por esta inteligente gestión, cada una de las tardes, a eso de las cinco, un número importante de niños tenían a su disposición ese yogurt, ese trozo de pan con chocolate, esa fruta o esos batidos, que hacían reponer fuerzas para seguir con los juegos y esas destrezas infantiles que la vitalidad de la edad naturalmente reclama.

Una semana y media más tarde desde su apertura, dos policías locales se personaron en la entrada del jardincito. Esta pareja de miembros de la seguridad municipal preguntaban por el propietario del patio familiar, convertido en salón - jardín para juegos. De inmediato fueron atendidos por Efrén, quien les dio las explicaciones oportunas acerca de la intencionalidad solidaria y gratuita que estaba llevando a efecto. Los policías fueron fue muy claros en su requerimiento:

“Alguien (no estamos autorizados a desvelar su nombre) ha interpuesto una denuncia, sobre la apertura de este espacio para juegos de los niños. Tras las comprobaciones pertinentes, podemos afirmar que Vd. carece de la autorización municipal necesaria para seguir llevando a cabo esta actividad. Desde este momento tiene que cerrar el jardín, aunque pertenezca a su propiedad, a la entrada de niños con sus padres. Y todo ello sin perjuicio de la responsabilidad o falta administrativa que haya podido incurrir, al no haber solicitado autorización para desarrollar esta  actividad en las oficinas municipales correspondientes”.

Fue un inesperado y duro jarro de agua fría lo que cayó sobre las ilusiones de Efrén y Dafne, así como sobre todos aquellos padres y sus niños pequeños que tuvieron que abandonar esta hermosa realidad que había creado la bondad de dos personas con una muy elevada edad. Pero la reacción popular, sintiéndose agraviada, fue inmediata y contundente. En la mañana siguiente, calles, muros y escaparates de algunos establecimientos, árboles y, de manera especial, la sede de la tenencia de alcaldía municipal en el barrio, aparecieron con pintadas, carteles y octavillas, que ponían de manifiesto la dejadez municipal para con los pequeños del barrio. Así mismo denunciaban la indignante actitud mantenida con el cierre del Jardín de los Juegos, un servicio particular a favor de la infancia y absolutamente gratuito. El propio concejal de la barriada hizo desplazarse a sus oficinas a Efrén, a fin de entablar un diálogo y apagar ese fuego que la rigidez administrativa estaba provocando. La actitud de ese impresentable concejal fue en sumo arrogante y displicente, para con una interlocutor que en todo momento dio pruebas de una profunda humildad y sencillez.

La prensa pronto tomó cartas en el asunto informando y denunciando, por medio de diversos artículos, la intransigencia mostrada por el equipo de gobierno municipal. Fue tal el calibre de la movilización popular, en las siguientes semanas, que el propio Presidente de la Corporación Municipal, el Sr. Alcalde, analizando la bajada en sus índices de popularidad, quien decidió dar un golpe de timón, emitiendo un decreto por el que se permitía la nueva apertura del Jardín de los Juegos. Lo hizo estableciendo una condición irrenunciable, que demostraba el cinismo que presidía muchas de sus decisiones. 

Cuando un lunes, dos meses después del cierre, abrió de nuevo sus puertas El JARDÍN DE LOS JUEGOS, una placa había sido colocada en el muro de la puerta de entrada, junto a la verja. En dicha placa se leía la siguiente frase:

SERVICIO AUTORIZADO MUNICIPAL DE ATENCIÓN A LA INFANCIA.
CONCEJALÍA DEL DISTRITO

Pero lo que realmente importaba era que muchos niños y también sus padres volvían a sonreír. Ese lunes, junto a otros muchos días del calendario, tuvieron para Efrén y Dafne el saludable sentimiento de la alegría y la felicidad.-

José L. Casado Toro (viernes, 14 de Abril 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 7 de abril de 2017

EL CODICIADO COFRE CON JOYAS DE TÍA HERMINIA.

Es propio de la naturaleza humana el ejercicio diario de contrastados comportamientos y respuestas. Conviven en nosotros los valores más admirables y elogiosos, mezclados con aquellas otras actitudes moral y penalmente rechazables y merecedoras de una justa reprobación. No hay que extrañarse de esta sociológica evidencia: somos así. A través de la familia, el sistema educativo reglado y el entorno social en que nos hallamos inmersos, las generaciones más jóvenes encuentran el camino para potenciar e integrar en sus vidas los valores que más ennoblecen. Al mismo tiempo, se trata de hacerles comprender y aceptar el rechazo hacia esas otras tendencias que empobrecen y “ensucian” la calidad de lo humano. Frente a la generosidad, la amistad, la honradez y la solidaridad, por citar algunos gratos ejemplos, nos encontramos también, muy a nuestro pesar, con la avaricia, la envidia, el egoísmo y la propia maldad. Las cualidades positivas tratan de ser integradas en la persona durante las edades más jóvenes de su evolución. Son las etapas más apropiadas para esa virtualidad educativa, pues a medida de que van sumándose años resulta más difícil alcanzar ese noble objetivo. A no dudar, se puede ir cambiando de carácter a lo largo de la vida. Pero esta transformación es más complicada o incluso improbable cuando se alcanzan las edades más adultas o avanzadas de nuestra individualidad.

Muchas familias pueden integrar en su seno a un personaje como Herminia. Desde la avanzada adolescencia, siempre prefirió organizar su vida de una forma independiente. Abandonó la casa de sus padres, cuando apenas había cumplido los veinte años, alquilando el piso en el que ha residido hasta el momento en que se fue de la vida, al final de su séptima década. Supo asumir e integrar perfectamente su soltería, ganándose el sustento trabajando en un taller de costura, vinculado a una importante cadena de tiendas de ropa y confección. Su hiperactiva laboriosidad le permitía compaginar el horario matinal establecido en su empresa con el quehacer privado de modista particular (labor muy apreciada por una clientela fiel) durante las tardes y fines de semana. Fue siempre una persona muy ahorrativa y no amante de los gastos superfluos, salvo con un tipo de compra cuya “tentación” era incapaz de vencer: nunca ocultó a su corta familia, junto a un selecto grupo de amigas, su obsesión y disfrute por la acumulación de ricas joyas y aderezos. 

Esta mujer no se caracterizó por ejercer la generosidad con sus dos únicos sobrinos, a los que consideraba poco trabajadores y de escasa inteligencia. Incluso (en más de alguna ocasión) llegó a tildarles de inútiles y de escaso carácter. El mayor de estos parientes, Simón, llegó al matrimonio a punto de cumplir la cuarentena. Encontró a su pareja, Lena, en una jornada convivencial para personas separadas o con dificultad para la integración conyugal. Después de seis años de casados, no han conseguido traer hijos a la vida. Mientras él trabaja en “lo que sale”, principalmente como pintor de paredes y edificios en construcción, su mujer, de mentalidad y actitud “manirrota” malgasta mucho el tiempo y el escaso dinero familiar asistiendo con frecuencia a la tentación binguera. Todo ello agrava la situación económica que soportan, pues han de afrontar los pagos mensuales de una gravosa hipoteca, sobre el pisito de segunda mano que compraron en el inicio de su matrimonio. Su otro sobrino tiene por nombre Narciso. Algo más joven que su hermano Simón, continúa viviendo solo y  realquilado en la casa que habitaron sus padres. Ejerce de limpiador eventual en una empresa que atiende estos servicios en locales de oficinas, negocios y comunidades de vecinos. Su gran ilusión, hasta hoy nunca alcanzada, sería la de disponer de su propio local donde instalar un pequeño comercio de frutería o tienda de alimentación, allí en el populoso barrio madrileño donde tiene fijada desde siempre su residencia.

No habían pasado ni setenta y dos horas, desde los funerales de Herminia, cuando ambos hermanos se personaron en el domicilio de su tía, de la que eran únicos y legales herederos. Previamente habían acudido a un abogado, amigo de Simón,  para que los asesorara sobre los trámites necesarios para recibir las pertenencias y cualquier objeto de valor que su tía tuviese en casa. Ellos sospechaban que las joyas de Herminia tenían que estar bien guardadas en ese pisito que tan bien ordenado tenía en usufructo. En cuanto a una previsible cartilla de ahorros, tendría que también estar entre sus pertenecías. Había que localizarla junto todos los documentos bancarios que avalaran el capital que su tía habría ahorrado, tras tantos años de trabajo con la costura. Pero, manera especial, se mostraban ansiosos por recibir todas esas elegantes y caras joyas que habían visto lucir a su tía.

Parece ser que Herminia no había hecho voluntad testamentaria. Al haberse producido el óbito de manera súbita (el médico certificó un fallo cardiaco) no habían podido negociar con ella, dado su recio carácter, la correspondiente herencia, por lo que se veían obligados a localizar, de manera preferente, los documentos y la ubicación de las joyas u otros objetos de valor. Tras intensa búsqueda durante muchas horas, al fin localizaron un anticuado cofre ubicado en un disimulado hueco cubierto por una loseta que se movía, en el fondo de uno de los armarios hecho de obra al final del pasillo. Una y otra vez cimbrearon el cofre, construido de recio metal y con unos apliques o adornos de madera envejecida y descolorida. Escuchaban, desde su interior, unos sonidos a modo de piedrecitas que van chocando unas contra otras, tal vez las piezas de esas joyas que tan avariciosamente buscaban. El formato que tenían en sus manos era como el de una pequeña caja de zapatos con asombroso e inaudito peso. Calculaban, de manera aproximada, más de dos kilos, a causa de su continente y previsible contenido. Pero ¿dónde se hallaría la llave que pudiera abrir tan obsoleta y gótica cerradura?

La llave no aparecía por parte alguna. Con un cincel intentaron levantar esa tapa que parecía bien encastrada en el blindado “cofre de las ambiciones”. Por supuesto, sin resultado alguno. Acudieron a un veterano y artesanal cerrajero, que trabajaba en uno de los barrios más “conflictivos” de la capitalidad. Este maestro de los herrajes trabajó con denuedo sobre esa doble cerradura que impedía que la curvada tapadera abriera el goloso misterio de su interior. Los resultados también fueron desalentadores, para el fin que buscaban. Pagaron al herrero sus emolumentos (400 euros) y éste les sugirió que acudiesen a una empresa radicada en Toledo, especializada en cierres complicados para su apertura, cuya dirección se prestó amablemente a facilitarles.

La obsesión de ambos hermanos iba en aumento, a medida que pasaban los días, situación que se agudizaba cuando comprobaron que la cartilla de ahorros, hallada sin dificultad en uno de los cajones de la cómoda de nogal, ubicada en el dormitorio de Herminia, marcaba apenas unos 600 euros de saldo a la vista. Decidieron mantener el alquiler (una renta antigua, 125 euros por mensualidad, que el propietario del inmueble elevó de manera considerable hasta los 700 euros). Pensaban que el dinero ahorrado por Herminia tendría que estar escondido en alguna parte de la casa. Pero ¿dónde? Había que seguir buscando y rebuscando. Conocían bien a su tía y no se les ocultaba que de ella cualquier cosa podía esperarse. Repasaron con “lupa” el cuarto de baño, la cocina, el extractor de humo, rincones del lavadero, esos ladrillos mal fijados, altillos y bajos de los armarios, incluso la alacena… pero el dinero no aparecía. Podría, tal vez, estar fuera de la vivienda. ¿Tal vez, en manos de alguna amiga de confianza? Bien es verdad que no conocían bien a las amistades de la difunta. Así que este camino hacia el previsible capital acumulado era escasamente prometedor.

Un tanto desquiciados, volvieron a tentar  la posibilidad del viejo cofre con esos curiosos sonidos que fluían desde el interior, cuando se cimbreaba su misterioso contenido. Fue Simón quien decidió tomar el ferrocarril (Narciso había cogido un fuerte resfriado con fiebre, por lo que tuvo que guardar cama) a fin de dirigirse hasta la capital toledana, camino de esa empresa especializada en la apertura de cierres difíciles. Pasó allí la noche, en la bella ciudad del Tajo, pues le aseguraron que en no más de veinticuatro horas el difícil objeto que les entregaba podría abrirse (la voz popular decía que esta empresa trabajaban con asesores que habían pertenecido al mundo de la delincuencia). La minuta que le pasaron por el trabajo fue en este caso de 675 euros, IVA incluido. A su vuelta, lo primero que hizo fue ir a la casa de su hermano con el cofre bajo el brazo. Con un rostro de circunstancias, puso el “tesoro” en manos de Narciso, ya muy recuperado de su constipado.

“Ábrelo despacio y prepárate para recibir un gran impacto en tus expectativas. Después de todo el esfuerzo económico que hemos realizado y del tiempo que hemos aplicado, me quedé de “piedra” cuando pude conocer al fin las “joyas” preciosas que tía Herminia mantenía guardadas en tan complicado tabernáculo”.

El anhelado tesoro consistía en un par de collares y tres pulseras, de una simple y barata bisutería, junto a una curiosa y amplia colección de conchitas y restos marinos de las que se recogen en las playas, muy lindas en su apariencia pero de nulo valor para el mercado. Probablemente recogidas en algunas vacaciones con destino costero. Había también dentro del habitáculo una extraña llave, probablemente copia de la que Herminia había utilizado para cerrar tan preciado y “valioso” cargamento.

La desilusión, unida a una profunda indignación en ambos hermanos, era plástica y anímicamente patética. Veían como sus ilusiones de mejorar sus precarias economías se habían ido totalmente a pique. Habían puesto demasiadas esperanzas en esa herencia que dios sabría dónde se encontraba, además de mucho tiempo y esfuerzo, con el dinero que apenas tenían, para recibir a cambio un absurdo cofre del tesoro, una cartilla con 600 euros y unos enseres en la casa (que rápidamente se prestaron a desalquilar) de escaso valor para su improbable venta al ser objetos muy usados e intensamente anticuados. ¡Cómo se estaría riendo la tía, allí desde las estrellas!

“Narciso, tenemos que seguir asumiendo nuestro estado de pobreza. Es nuestro sino en la vida. Lo más indignante de soportar es la rapacidad de tía Herminia. Mientras en vida cada vez quiso saber menos de nosotros, además de negarnos cualquier tipo de ayuda,  ahora habrá personas por ahí que estarán disfrutando de un dinero que “legalmente” nos pertenece ¡Vaya elemento de familiar! Tenga Vd. una tía carnal para esto. Nosotros, sus sobrinos, hemos recibido de tan avara, “cuadriculada” y aviesa mujer una buena patada en nuestros traseros.

Habremos de seguir, hermano,  en mi caso con la pintura de las paredes y tú con la barredora y el cubo para la limpieza. Mal que bien, podemos tener un plato de comida con que llevarnos a la boca. Anda, vente a comer hoy a casa, que Lena va a preparar unas lentejas con chorizo que dice están de rechupete. Hoy le he vuelto a repetir que abandone de una vez eso de ir al bingo, a tirar el poco dinero que tenemos.  Ese tiempo lo debe dedicar a mejorar el estado de la casa, Después nos tomaremos unas copitas que nos ayudarán a olvidar todo este mal trago que la avara nos ha hecho pasar”.

El sosiego volvió a la limitada economía que soportaba la vida de los dos hermanos. Simón siguió con sus trabajos y “chapuzas” ocasionales en la pintura de los muros y paredes de las viviendas. Narciso continuó con la limpieza de locales, negocios y espacios comunes de algunas comunidades de propietarios. Básica rentabilidad económica para seguir “tirando” en la asumida rutina de los días. Lena seguía visitando algunas sesiones bingueras, a hurtadillas o espaldas de su marido. La vida … continuaba.

Habían pasado ya cuatro meses desde ese viaje sin retorno emprendido por la tía Herminia. Era una mañana de lunes. Simón intercambiaba con Lena unas importantes palabras, durante el desayuno.

“Apresúrate mujer, que  tenemos la cita con el director del banco a las 11. Hemos sabido guardar bien el secreto, por lo que hoy vamos a poder quitarnos esa pesada carga de una cruel hipoteca, que tanto ha condicionado nuestra economía y amargado la vida. Al fin pude contactar con un buen joyero,  que me recomendó mi amigo Rubén, que nos ha pagado muy bien las joyas de la tía, guardadas en su cofre de los “tesoros”- Narciso (es muy simplón) se “tragó” muy bien lo de las piedrecitas de la playa y la bisutería.

Ahora, después de pagar los 75.000 euros que nos quedan de hipoteca, aún dispondremos de 30.000 euros para otros gastos y caprichos. Por eso voy a darle a mi hermano algún dinero. En conciencia debo hacerlo. Le entregaré un par de miles de euros y le diré que nos ha tocado un boleto en la primitiva. El pobre se lo va a creer y encima nos estará eternamente agradecido. Para él, que vive solo, le vendrá muy bien tan inesperado y generoso regalo.”-

  
José L. Casado Toro (viernes, 7 de abril 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga