jueves, 22 de enero de 2015

EL ÚLTIMO TREN DE LAS SEIS, EN LA ESTACION MADRILEÑA DE ATOCHA.


El reloj de la estación ferroviaria de Atocha, en Madrid, marcaba diez minutos sobre las seis de la tarde. El trasiego de viajeros era muy intenso, en ese último día del año. Grupos familiares y personas individuales iban de acá para allá, con sus maletas, bolsas, mochilas, ilusiones y realidades, caminando de forma apresurada hacia los andenes con los destinos señalados en sus respetivos billetes. Allí esperaban los trenes, dispuestos a transportarles a ese lugar especialmente anhelado, en una fecha tan señalada para el reencuentro afectivo y la transición de la anualidad. Es el día 31, de un frío y festivo diciembre. En ese preciso momento un hombre de mediana edad se acerca, visiblemente nervioso, a la ventanilla ocupada por uno de los funcionarios ferroviarios que expenden los diversos tickets de viaje.

“Buenas tardes.  Deseo plantearle un problema que me afecta y confío pueda ayudarme. Como verá en la reserva, tenía que viajar en el tren que ya ha partido para Valencia, hace unos diez minutos. Por una serie de dificultades en el tráfico, a lo que se une una imprevista circunstancia en la gestión empresarial que me ha traído a Madrid, he llegado tarde a la estación. He comprobado en el panel informativo que mi tren ya ha partido para ese destino. ¿Sería muy complicado hacerme un hueco en el siguiente viaje, que parece sale a las siete en punto?”

Ramiro, un veterano empleado de Renfe, recibe el billete que le muestra el preocupado y nervioso viajero que tiene ante sí.  Comprueba detenidamente en pantalla la disponibilidad de plazas y trayectos para lo que resta del día. Mario observa a su vez el semblante del funcionario, en el que percibe un movimiento de cabeza negativo para la necesidad que le está afectando.

“Tengo que indicarle, y lo digo con preocupación, que no va a ser posible atender aquello que me está solicitando. Comprenderá que estamos en un día un tanto especial. En este última fecha del año, casi todas las líneas adelantan, o mejor dicho, suprimen algunos viajes a partir del horario de tarde. Concretamente, ese último viaje de las siete hacia Valencia es uno de los suprimidos. Aquellos viajeros que habían sacado sus billetes con antelación, han sido reubicados en otros trenes, especialmente en el que ha partido hace ya unos quince minutos. Tratándose de un día festivo, con la circunstancia propia del fin del año, el siguiente viaje hacia Valencia no saldrá hasta mañana, a las diez en punto. Lo lamento de veras pero, en este momento, ya no hay otra combinación posible.”

Mario, mostrando una serena preocupación, insiste ante el paciente funcionario ferroviario. Le ruega hable con sus superiores para ver si existe alguna otra solución que le permita pasar la última noche del año en casa, junto a su familia. Ramiro le aclara que no es cuestión de jefes o jerarquías. Con delicadeza le indica que ha llegado tarde para tomar el último viaje hacia la ciudad levantina. Y que hasta la mañana siguiente, la pantalla del ordenador muestra con claridad que no habrá un nuevo desplazamiento hacia ese destino.

“Marta, te llamo desde la estación de Atocha. He llegado tarde al tren y hasta mañana no sale otro hasta Valencia. Aquí, en la taquilla, están hablando con la dirección, pero me temo que no habrá solución hasta mañana a las diez. Por ser el día que es, han quitado el tren de las siete y me veo aquí, solo, esta noche tan especial en la que íbamos a celebrar el tercer aniversario de nuestro compromiso, con las doce campanadas. El contrato inmobiliario con ese cliente inglés se fue complicando y el reloj avanzaba. Pero ¿qué podía hacer? Esa venta al galés era muy importante para la empresa y tuve que convencerle de muchos detalles que no estaban claros para él. Total que aquí me veo, triste y con el ánimo alicaído, sin poder estar contigo y la niña. Ahora después te vuelvo a llamar, que parece quieren decirme algo. Un beso”.

Efectivamente Ramiro había realizado dos llamadas telefónicas, a fin de localizar y consultar al interventor jefe. Le había explicado el caso, por si veía alguna solución que aliviara el grave problema en que se hallaba el cliente, por haber llegado tarde a la hora de salida de su viaje. La circunstancia del día y la calidad humana de este trabajador explicaba el interés y el largo esfuerzo negociador que el funcionario en taquilla había estado realizando. Al fin hizo una señal a Mario para explicarle cuál era la disposición u oferta por parte de Renfe.

“Sr Celdrán. He estado hablando con mi superior, exponiéndole su caso. Debe entender que nuestra empresa no es responsable de que no pueda estar esta noche en su ciudad. Vd. ha llegado tarde a la hora de tomar el tren y este ha partido a la hora fijada. Pero no hay más viajes hasta mañana, como ya le he explicado. De todas formas, considerando la situación del día en el que estamos, el departamento de atención al cliente quiere ser especialmente generoso con su persona y le ofrecemos la posibilidad de que pueda pasar la noche en un hotel concertado con Renfe. El coste de la habitación será a cuenta de nuestra compañía. Le cambio también su billete, a fin de que pueda viajar mañana a su casa. El tren saldrá a las diez en punto. Es todo lo que podemos hacer por Vd.”

Mario agradeció efusivamente el esfuerzo que su interlocutor estaba realizando, a fin de aliviar, en lo posible, la desagradable situación en que se hallaba, por mor de una serie de circunstancias. Demasiado bien estaba respondiendo la compañía ferroviaria antes unos hechos derivados, fundamentalmente, de la significación cronológica y por su retraso a la hora de subir al tren. Recogió un documento que le permitía pasar esa noche en un pequeño hostal, ubicado dos manzanas más allá de la gran estación madrileña.  Cariacontecido, abandonó la taquilla y con su trolley y maletín de mano, se desplazó hacia ese el hostal, donde tendría que pasar la Noche de fin de Año. Cuando entró en su aposento, comprobó la frialdad decorativa de aquel desangelado espacio, cuya única ventana daba a un patio interior. Faltaban escasos minutos para las siete y ya la noche se había enseñoreado de un cielo limpio de nubes. La temperatura ambiente en la calle era de tres grados. En su habitación al menos tenía calefacción, lo que haría menos ingrata esa peculiar noche.

Volvió a telefonear una vez más a Marta, explicándole la realidad en que se hallaba. Ese aniversario de compromiso lo iban a pasar separados, y sin confetis, canciones o una mesa bien organizada para una entrañable familia de a tres. La pequeña Sylvia al menos acompañaría la soledad de su mujer que, razonablemente, comprendió el necesario sacrificio laboral de su marido, en un día tan particular.

El hostal no servía comidas esa noche, por lo que Mario salió del edificio buscando un lugar donde poder tomar algo. No era un día apropiado, pues casi todos los establecimientos de restauración en la zona estaban ya cerrados. Tampoco era el caso de desplazarse a largas distancias, para buscar cenas con cotillón. Verdaderamente su ánimo no se hallaba predispuesto para fiestas y jolgorios.

Quiso la fortuna que ya cerca de las ocho, andando por las calles aledañas a la estación, encontrara un espacioso comercio chino abierto. Además de vender productos de bazar, tenía una parte dedicada para productos alimenticios. Compró un par de persimmons, una botella de agua y una lata de cerveza. El comerciante oriental le preparó un bocadillo de queso con sobrasada. Al pagar el importe, el propietario del negocio, mostrando una amplia sonrisa, añadió como regalo dos mantecados navideños. Este iba a ser el ‘suculento’ menú que un esforzado trabajador, vinculado a una afamada inmobiliaria levantina, iba a tener para celebrar la entrada del nuevo año.

Al volver al hostal, de nuevo tuvo que encontrarse con una persona que desde un principio le incomodó. Era el encargado de entregar las llaves y hacer las reservas de habitaciones. Se trataba de un personaje verdaderamente sacado de alguna película del cine negro. Era bajo de cuerpo y mostraba una obesidad mórbida, pues siempre estaba masticando algo en su boca. Su cabeza grandota estaba totalmente rapada, aunque la sombra del pelo mostraba un perímetro que hablaba de su mayoritaria escasez. Ojos pequeños, pero saltones e incisivos. Tenía varios dientes frontales revestidos de color dorado, y la barba crecida de veinticuatro horas. Lo descuidado de su aseo, especialmente las uñas de las manos y los poblados espacios interdentales, daban a la figura de ese gerente un misterioso y siniestro aspecto. Parco en palabras, mostraba una sonrisa entre sádica y burlona. Tras recibir la llave 204, subió andando los tramos de escaleras hasta la segunda planta porque, con el frio que hacía en el exterior, le apetecía hacer ese pequeño ejercicio a fin de coger algo de calor.

La calefacción estaba baja de intensidad, pero al menos atemperaba la temperatura madrileña que ya estaría por debajo de cero grados, a esa hora de las nueve menos cuarto. El panorama para esa noche ‘festiva’ no ofrecía mayores dudas. Tomaría ese suculento menú que había conseguido en el bazar chino, vería algo de televisión e iría pronto a la cama. Las doce uvas y el cava estarían en la Puerta del Sol y en millones de hogares de todo el mundo. Pero Mario carecía en esos momentos del ánimo y la fuerza necesaria para acercarse, dentro de tres horas, al kilómetro cero peninsular. Él no dejaba de pensar en Marta y en su pequeña Sylvia. Lamentaba una y otra vez el retraso de esos diez o quince minutos, provocados por un minucioso y complicado cliente galés, que había firmado al fin la compra de un apartamento en Altea…….. un 31 de diciembre. Desde luego había sido una laboriosa y esforzada venta.   Gajes “traviesos” de la profesión.

Tomó una toalla del lavabo y la colocó sobre la mesita de noche, espacio que iba a servir como bandeja para disponer su cena de Nochevieja. En eso estaba cuando sonó el timbre de la puerta. Mario, un tanto intrigado, abrió la puerta, encontrándose con la oronda figura del conserje o gerente, que con su inquietante sonrisa habitual le decía que, abajo en la entrada, había alguien que preguntaba por él.  Cerró la puerta y ambos bajaron los dos tramos de escaleras. En el pequeño espacio del hall en la entrada, aunque iba sin el uniforme reglamentario, reconoció de inmediato a la persona que le esperaba.

“Buenas noches, Sr. Cerdán. Soy Ramiro, me reconocerá pues hemos estado hablando esta tarde en la taquilla. Le he estado dando vueltas en la cabeza a su situación y he decidido venir a verle. Me hago cargo de lo que supone pasar esta noche aquí, por un desagradable retraso de unos minutos. Vivo con mi madre, una persona ya muy mayor. Tengo alguna familia, pero está repartida en distintos puntos de España. Le ofrezco compartir nuestra cena. Así se sentirá menos solo y juntos elevaremos el ánimo. No hemos hecho un extraordinario, pero la comida será muy grata y en un ambiente acogedor. Pasar aquí la entrada del año…. no resulta plato apetecible. Se preguntará por qu. ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ue hicieramn algo astaredor.  pero la comida serfamilia, pero en distintos puntos de lña Pené hago esto. Básicamente porque, poniéndome en su lugar, me haría feliz que alguna persona tuviese ese detalle o gesto hacia mí”.

Mario nunca olvidaría la bondad de esta noble y generosa persona.-

José L. Casado Toro (viernes, 23 enero, 2015)
Profesor

jueves, 15 de enero de 2015

LA EXTRAÑA IMAGEN DE AQUEL HOMBRE, DE LAS LINEAS Y LETRAS INVERTIDAS.



Tras las vacaciones de Navidad, volví a utilizar los servicios de una biblioteca pública que se halla ubicada muy próxima a mi domicilio. Hacía tiempo que no visitaba ese sosegado y culto lugar, para la práctica del estudio o la lectura. En este atrayente espacio existen, a disposición del usuario, numerosas publicaciones de periódicos y revistas de actualidad; una interesante videoteca para el préstamo domiciliario, además de un importante fondo bibliográfico, con libros de toda naturaleza y especie. No falta tampoco una sala habilitada con ordenadores conectados a Internet. La gratuidad de este buen servicio municipal para la ciudadanía supone un importante incentivo, para todos aquellos que nos animamos a utilizar algunas de sus apetecibles prestaciones.

El perfil de los usuarios de una biblioteca es muy heterogéneo: vemos en sus salas desde jóvenes estudiantes, hasta personas adultas a quienes les gusta la lectura de libros y la prensa diaria o semanal. También acuden a sus dependencias no pocos opositores, que dan muestra de su admirable voluntad de lucha a fin de conseguir la ansiada plaza laboral. Dedican a ello muchas horas del día para preparar esa batería de temas que tendrán que defender ante el tribunal correspondiente a sus respectivas especialidades académicas. En todo el recinto bibliotecario reina la ley del silencio y el respeto hacia aquellos que están estudiando o disfrutando con el valioso placer de los libros. Mi vuelta a este atrayente espacio para el ejercicio intelectual obedecía a que, de forma periódica, me agrada cambiar de escenario en la preparación de mis clases. Así mejoro mi concentración y aprovecho mejor el tiempo. Es cuestión de carácter o necesidad: a muchos les gusta utilizar siempre el mismo lugar de estudio, mientras que a otros les viene mejor ese cambio “escénico” a fin de rentabilizar mejor los minutos dedicados para la lectura.

Rodeado de apuntes, libros, diccionarios de consulta, cuadernos, bolígrafos, rotuladores de diversos colores, descansaba la vista y la mente observando, durante unos minutos, a otras personas que me acompañaban en la espaciosa y funcional sala. En un angular de la misma, próximo a la puerta de entrada, observé la figura de un hombre cuya apariencia mostraba inequívocamente el paso de los años. Era una persona más bien delgada, con la piel intensamente curtida por el sol, tenía el cabello encanecido y parecía mantener la mirada fija en el ventanal por donde penetraba un tenue rayo de sol. Vestía con humildad, incluso con escasa ropa si consideramos el tiempo exterior, que en esas semanas de enero había hecho bajar notablemente las temperaturas. Después de ese saludable descanso mental, continué con mis trabajos y repasos necesarios para el autoaprendizaje.

Cerca ya de las dos en la tarde, hora del cierre al mediodía, comencé a guardar todo el material que tenía encima de la mesa en el interior de mi mochila. Sólo quedábamos él y yo en la sala. Cuando me levanté de la silla, a fin de devolver a su lugar un manual que había tomado de la estantería, tuve que pasar por detrás de ese compañero de estudio. Cuál no sería mi sorpresa al advertir que el libro que tenía ante sí este hombre se encontraba invertido. ¿Cómo iba a poder leer las letras y fotos de un libro puesto al revés?  Realmente era una imagen que no resultaba fácil de explicar, aunque no le quise dar más importancia al hecho. Cuando abandonaba la biblioteca, este señor también lo hizo tras de mí. La señorita encargada del servicio dijo, con potente voz, que había llegado la hora de cierre.

Pasaron un par de días de aquel hecho curioso, cuando volví a la biblioteca. En esta ocasión fue durante el horario de tarde. Dada la hora que era y la proximidad de los exámenes cuatrimestrales, prácticamente todas los asientos se encontraban ocupados. Por suerte, localicé una silla perdida cerca de la estantería dedicada a libros de literatura hispánica. Busqué un hueco en las diversas mesas, pero sin suerte. Sin embargo, ese extraño hombre en el que me fijé el otro día, me hizo una señal con la mano, indicándome que me aproximara. Me ofrecía un pequeño hueco en su mesa, gesto generoso que le agradecí con una sonrisa.

Aunque me hallaba ya enfrascado en el trabajo que tenía que realizar, analizaba a ratos la actitud que mostraba este solidario compañero de mesa. Apenas miraba el libro que tenía delante de su vista. Estaba más atento fijándose en lo que ocurría por el resto de la sala. Mi sorpresa fue mayúscula cuando observé el volumen que mi compañero tenía frente a sí. No me tenía que acercar en demasía para comprobar que, al igual que hacía dos días, el libro permanecía invertido para una lógica lectura. Por supuesto que este supuesto lector no fijaba su vista en esas páginas abiertas del libro ¡Qué actitud más extraña! Parecía distraído observando como trabajaban y leían los demás o, también, siguiendo los desplazamientos hacia las estanterías, repletas de manuales, que realizaban algunos de los lectores. Pasaron casi dos horas y su actitud fue prácticamente la misma. Ni leía ni pasaba las páginas de este curioso libro invertido a su vista.

Faltaban unos pocos minutos para las ocho, hora del cierre y ya sólo estábamos en la mesa él y yo. Pronto llegó la hora de levantarnos a fin de abandonar el edificio. Cuando bajábamos hacia la calle, no pude reprimir el impulso de preguntarle acerca de su extraña actitud.

“Discúlpeme Sr. por la pregunta. Ante todo, agradecerle el buen gesto que ha tenido abriéndome un hueco en su mesa de estudio. En modo alguno pretendo ser impertinente, pero me he fijado en que no lee el libro que ha elegido y tiene al frente. Han pasado casi un par de horas y lo ha mantenido abierto por las mismas páginas. Pero sobre todo es que …… lo ha tenido invertido ante sus ojos. Tal vez peque de curioso, pero es que me extraña esa forma de acudir a una biblioteca”.

Marcelo (nombre que conocí minutos más tarde) pareció no incomodarse ante la pregunta que yo le planteaba. Se mostró dispuesto a responderme. No puso el menor reparo a que ambos compartiéramos una cerveza en un bar cercano.

“Todo es más sencillo y fácil de lo que parece. Te tendría que contar (utilizó el tuteo) un poco de mi vida y no sé si tienes tiempo para escucharme. Tú pones el freno cuando quieras. Habrás supuesto también que soy una persona jubilada. Sólo tengo una pensión asistencial. Toda mi vida la he pasado trabajando en el campo. A veces preparando la tierra, pero en otras y cuidando los animales. He sido pastor de rebaños de cabras. He arado la tierra, de sol a sol. He recogido la aceituna, por toda Andalucía e incluso he ido varias veces a la vendimia, allá a la Francia. He trabajado como una mula y al final ya vez, apenas quinientos y pico de euros con los que me pago una habitación y me dan un plato de comida para el almuerzo. Por la noche me hago un bocata, comprando un bollo en el Mercadona. Algunas veces, sobre todo en los finales de mes, ya no me queda nada y voy a Santo Domingo, donde esa buena gente no me dejan sin comer aunque me sigue dando vergüenza ponerme en la cola. Es que uno es así”.

Fui a la barra y le traje otra cerveza. Esta vez acompañada de un bocadillo de tortilla y jamón cocido. Me miró agradecido, con sus ojos cansados (había cumplido ya los sesenta y siete años, según me confesó) y no puso reparos a mi invitación. Continuó con su historia para responder a mi curiosidad.

“Ahora en invierno lo paso bastante mal. El frío y la lluvia es algo que me supera. Encerrado en mi habitación me aburro y me siento muy solo ¡Qué hija de puta es la soledad! Si me meto en un centro comercial, a las segundas de cambio el guarda de seguridad se fija en mí y me dice ¡puerta! Echándome sin más contemplaciones. Pero un día paseé por delante de la biblioteca y entré. El ambiente era muy tranquilo y, sobre todo, se estaba muy calentito en su interior. Tenían la calor encendida, como hacen todos los días. Por eso cogí un libro y me lo puse encima de la mesa. Así paso las horas, distrayéndome viendo lo que hacen los demás. Se está muy calentito ahCierto legencia ... examenes de un hombre í dentro y, sobre todo, me veo rodeado de personas, que deben ser muy listas y andar muy bien de la cabeza. La inteligencia …. como dicen los que han estudiado. Yo no sé leer ni escribir. Nunca me enseñaron. No fui a la escuela. Me pusieron a cuidar animales desde muy pequeño. Sólo sé hacer un garabato con la firma y poco más. Pero cojo un libro de los estantes para que no me vayan a decir algo y me pongan en la calle. Eso no lo deseo. Durante el verano es diferente. Me voy por la playa y allí me encuentro mejor, pues la temperatura es más agradable. Pienso que aquí en la biblioteca pondrán la refrigeración. Ya lo veremos en el verano. Con los libros, a veces me fijo en las fotos, pero no entiendo lo que dicen tantas letras. Me aburre mirar un papel en el que no comprendo lo que pone. Pues así es mi vida. No es muy alegre ¿verdad? Pero eso es lo que hay”.

Cierto es que me sentí intensamente emocionado al escuchar tan nobles y sinceras  palabras. Le ofrecí mi ayuda, como no podía ser de otra forma. “¿Te parece que los sábados, por la mañana, los dediquemos a trabajar un poquito eso de la lectura? Yo creo que poco a poco podemos avanzar para que tu reconozcas lo que dicen esas letras y palabras. Y cada sábado, cuando terminemos nuestras clases, te invitaré a comer. Verás como cuando pasen los meses ya no estarás en la biblioteca con los libros al revés, sino reconociendo gran parte de aquello que contienen en sus páginas”. Vi a mi interlocutor visiblemente emocionado. Nos despedimos y quedamos en vernos a las 10 de la mañana del próximo sábado, junto a la puerta de la Biblioteca. a fin de comenzar nuestras prácticas lectoras.

Pasaron dos días en los que no pude ir por la biblioteca. Sin embargo, ya en el sábado, no falté a esa primera cita para nuestra clase. Puntualmente, en la hora que habíamos fijado, me encontraba esperando a Marcelo. Me había provisto de unos cuadernos, bolígrafos y stabylos, además de unos diagramas con figuras y palabras, valioso material  veo utos antes de que dieran lñlñas diezdicada a estos aprenbdixzajes. rando a Marcelo, con unos  que tu reconopcaz lo que diceéste que había bajado desde una website en Internet, dedicada al aprendizaje lector. Dos minutos antes de que dieran las diez veo aparecer a un grupo de jóvenes, en edad universitaria. Entre los mismos, reconozco a una persona que muestra un profundo cambio en la apariencia que me era usual. Se trataba de Marcelo. Ahora vestía con abrigo, chaqueta y corbata. Venía profundamente aseado y muy elegante.

La primera impresión que sentí fue de profundo impacto. Me resultaba difícil articular palabra aunque, muy pronto, esta persona “transformada” me sacó del breve estado de shock en que me hallaba. ¿Qué estaba ocurriendo?

Marcelo, en realidad, es un profesor de psicología social en la Universidad. Tras saludarme de manera efusiva, me explicó lo básico para saciar mi lógica sorpresa. Yo había sido uno de los participantes involuntarios en un estudio que ese departamento estaba realizando sobre diversos sectores de la sociedad. Se trataba de medir, muestrear y analizar la actitud de las personas frente a hechos que no son usuales o lógicos en sus vidas. En este caso el profesor actuó con gran convicción ante unos alumnos que estaban (sin yo darme cuenta) muy cerca de mí en la biblioteca. Ahora venía rodeado de esos alumnos, con los que compartía el estudio, para agradecerme, con la comprensión de una sonrisa, mi participación involuntaria en el rol del hombre analfabeto que tan bien supo representar. Con esta singular experiencia, he conocido a un gran investigador pero, al tiempo, a un convincente y magistral actor. –


José L. Casado Toro (viernes, 16 enero, 2015)
Profesor
  

viernes, 9 de enero de 2015

RECUERDOS Y SONRISAS, DESDE EL MISTERIOSO Y LEJANO MUNDO DE LOS SUEÑOS.


Vivimos inmersos en una sociedad de intensos contrastes. Es muy probable que casi siempre haya sido así. Tanto por aquí cerca, como también en otras latitudes que nos resultan físicamente lejanas. Esta realidad está incardinada en nuestra existencia y resulta muy complicada de transformar o eliminar. Obviamente, no todos los contrastes son negativos. También los hay que nos hacen sonreír y disfrutar. Pero, cuando miramos el almanaque de la actualidad, es difícil evitar esa percepción, desagradable pero real, de que estamos soportando y protagonizando una situación de crisis global. Crisis en los valores, en los ideales y también en lo fundamentos de la economía material. Miramos a través de la ventana y nuestra conciencia nos hace ver una sociedad que padece unconsumismo acelerado que nos desvirtúa y embrutece. Y, junto a ella, también vemos esa otra sociedad de la pobreza acelerada que, inevitablemente, nos aturde y entristece.

Frente a ese paseo por el centro lúdico de la ciudad, donde hay mil un locales, atestados de gente comienzo y bebiendo, de una manera compulsiva, a horas impensables de la noche y el día, o en los macrocentros comerciales, donde fluyen verdaderas riadas de bolsas y carritos bien atestados de regalos y mercancías, tenemos otras desgarradoras y crudas imágenes. Vemos personas rebuscando nerviosamente en los contenedores de basura, haciendo colas asistenciales de muchos metros por un modesto plato de comida, o portando un cartel, conmovedoramente explicativo, en la puerta del Mercadona de barrio, pidiendo alguna limosna para dar de comer a los más allegados. O aquel hombre que, ubicado en pleno glamour y lujo del Larios central, inicia su texto con unas palabras más que significativas mientras extiende al aire su mano: “soy un hombre pobre……”

En ese contexto de los contrastes, para sonrojo de tantos profesionales impúdicos de la política, hay otra imagen que nos hace también pensar sobre el incivismo descuidado de la ciudadanía. De alguna parte de la ciudadanía. Se trata de aquellas familias o personas que cuando les molesta o no les sirve algo de su patrimonio, se limitan a dejarlo tirado en medio de la calle. No en los contenedores preparados al efecto, o en el lugar adecuado para ser recogido por los servicios de limpieza municipal. No, por el contrario han preferido usar de la incívica comodidad que supone dejar esos enseres abandonados, en el lugar más vistoso o inadecuado de la vía pública. ¿Algunos ejemplos? 

Restos de monitores de televisión: ordenadores obsoletos; colchones llenos de mugre y de aroma pestilente; carritos de la compra, ya sin ruedas o manillar; sillas cojas de alguna pata; maletas vapuleadas por el inmisericorde uso para el trasiego, con un contenido dudoso o vacías de ánimo o materia; freidoras y planchas sin posible solución para sus graves achaques; todas esas cintas de video VHS que se han conservado con esmero para, ese mañana de nunca más ver y tirar; inodoros sustituidos que han soportado solidariamente nuestras diarias necesidades …… y no hablemos de tanta ropa aburrida allá tirada, cuando el contenedor de Madre Coraje está disponible a no muchos metros de distancia.

Paseaba un domingo radiante de luz, aunque con ese frescor gélido de la estación invernal, cuando, en un relativamente céntrico espacio urbano, dos mullidos butacones se presentaron ante mi vista. Como buenos hermanos o cónyuges, cerca uno del otro, como dialogando en silencio acerca del motivo insensible para su abandono. Ciertamente se hallaban en mal estado, envejecidos e incluso uno de ellos con una oquedad que lo atravesaba, a modo de balística castrense realizada en el campo de batalla. A no dudar, tuvieron que gozar de una mejor época, a juzgar por la nobleza de su vestimenta. Estaban guarnecidos con una tejido de calidad, diestramente entrelazado. La curvatura de sus terminales denotaban una artesanía cuidadosa y atenta, a fin de evitar golpes y rozaduras incómodas para los que fueran sus inmisericordes usuarios. Impresionaban esos señoriales reposabrazos, esos confortables  reposacabezas, que harían, a no dudar,  las delicias para el descanso afectivo de su, en otra hora, hospitalaria familia. Sin embargo hoy yacían en la fría moqueta pétrea de un suelo callejero, alejados de aquellos a quienes tanta comodidad supieron con generosidad conceder.

¿Qué podrían ellos decirnos acerca de su historial familiar? Quiénes serían sus preferentes usuarios, en el día a día de todas las vidas?

Cosme y Flora vivían plácidamente su tercera edad, en un pueblecito de la serranía rondeña. Dedicados al peonaje agrícola y a la atención del hogar, respectivamente, se habían esforzado en la educación responsable de su único hijo, Basilio, a fin de ofrecerle una educación que le pudiera conducir rectamente para cuando alcanzase la edad adulta. Pero éste, con la fuerza impetuosa de la juventud, decidió no seguir el camino que su padre había desarrollado para ganar el sustento que sostenía a su modesta familia. Al volver del servicio militar, decidió buscar fortuna en la capital malagueña, donde fue probando distintas ocupaciones, hasta encontrar acomodo en una empresa constructora en la que entró como peón de albañil, llegando a tener con el tiempo un puesto de responsabilidad directiva.

En la época del esplendor económico, Basilio vivió de forma acomodada, olvidándose pronto de sus raíces humildes. Tal es así que sus padres sufrieron el olvido, sentimental y económico, de una persona deslumbrada por una sociedad donde el primer valor era ganar y ganar más, a fin de comprar y comprar más. Pero los ciclos económicos en el capitalismo tienen su curso inalterable, y llegaron dos graves crisis económicas, con una deflación que se llevó por delante a centenares y miles de empresas, dejando en la ruina y en el desempleo a sus trabajadores y propietarios. Los padres de Basilio, conociendo la compleja situación que atravesaba su hijo, supieron estar al frente de la ayuda y el sacrificio necesario para tratar de paliar las consecuencias, especialmente difíciles que sufría su nunca olvidada y querida familia. Vendieron la casita del pueblo y, con unos ahorrillos que guardaban, se desplazaron a Málaga, para acomodarse con sus hijos y nietos. Gracias a la modesta pensión de Cosme y al resultado de esas ventas, Basilio pudo “respirar” y resistir esa grave situación carencial que a punto estuvo de hacerle perder incluso su propia vivienda. 

Y aquí aparecen, como significativos y peculiares protagonistas, esos dos cómodos sillones que Basilio, en un arranque de sensatez, compró para la comodidad de sus padres. Éstos, con una edad ya muy avanzada, pasaron los últimos años de su vida sabiendo ayudar y compartir todo lo que tenían con su pequeña y entrañable familia. Para ellos, la televisión era el divertimento más importante. Pasaban las mañanas y tardes sentados, siempre en sus cómodos silloncitos, ante esa pantalla que tanto les divertía y acompañaba. Sus nietos, ya adolescentes, solían comentar esa divertida frase de “anda, levántate de ahí, que vienen los abuelos. Te has sentado en sus sillones”.

Ciclos en la economía, ciclos en la naturaleza y, también, en todos sus seres vivientes. Con muy poca diferencia en el tiempo, primero Flora y después Cosme emprendieron, en un frio y nublado otoño. ese viaje sin retorno al mundo de los sueños. Dejaron a sus herederos, como gran patrimonio, material pero sobre todo espiritual, el buen ejemplo y responsabilidad que como padres tan bien habían sabido asumir. Basilio, hombre siempre un tanto impulsivo, tras la pérdida de sus padres, quiso renovar la vivienda familiar, en un momento en el que el trabajo había vuelto a aflorar tanto para él como para su mujer Ángela. Y, en esas transformaciones del mobiliario, esos dos sillones fueron los primeros que emprendieron también un ingrato viaje….. hacia la calle. Pensaban que dado el mejor estado o conservación de uno de ellos, alguien podría estar interesado en llevarlos para casa y darles un nuevo tapizado que salvara su estructura, aún en muy buenas condiciones. Dicho y hecho. Con la ayuda de un vecino y de sus propios hijos los bajaron hacia la calle. La educación de Cosme y Flora no había logrado sembrar en la conciencia de su hijo ese respeto a las normas de convivencia cívica, tan necesarias para preservar la limpieza de las vías públicas.

Y ahí siguen, bajo el sol del mediodía y la humedad celestial de la noche. Los vi, por primera vez, hace unos cinco días. Hoy, cuando he vuelto al mismo lugar, unos niños jugaban a tratar de escalarlos. a modo de imaginarias colinas. Les habían dado la vuelta, formando una simpática orografía que dejaba entre ellos un valle intermedio a semejanza del paisaje que nos regala la naturaleza. Los chicos jugaban con los dos armatostes, subiendo y bajando, cual alpinistas que escalan una abrupta cadena montañosa.
Posiblemente a consecuencia de esos juegos, o tal vez por algún que otro hecho que me es desconocido, se habrá producido esa oquedad en uno de los sillones. Ambos, a pesar de ese deterioro, siguen conservando la prestancia, comodidad y elegancia de dos habitáculos que supieron ennoblecer y gratificar en comodidad, la serena ancianidad de Cosme y Flora. Desde luego, ellos no desearían ver sus entrañables silloncitos en semejante estado y lugar.

Fue ayer, cuando pasé al lado de un gran contenedor de papeles usados, ubicado en un espacio céntrico de la ciudad. Junto al mismo, unas biografías de importantes autores clásicos del cine estaban tiradas y desordenadas por el suelo. Resultaba penoso ver las fotos de esos grandes actores y actrices que nos han hecho reír, llorar, sentir y vibrar, emocionalmente, tumbados por el asfalto, alrededor de otros contenedores de residuos orgánicos, cristales y envases. Recogí esas nueve biografías de personajes míticos del cine, arreglé algunas de sus portadas y hoy las he llevado a una biblioteca pública que tengo cerca de casa. La encargada del servicio me ha dado efusivamente las gracias y me ha enseñado la estantería de libros dedicados al cine, donde va a colocar esos nueve ejemplares. Son vidas que multiplicaron otras muchas vidas en pantalla. Ahora lo hacen desde las páginas de sus biografías y fotos. Ahí es donde deben estar para su mejor consulta y aprendizaje. Seguro que ellos también estarán de acuerdo con ese mejor uso, desde el misterioso y lejano mundo de los sueños.-


José L. Casado Toro (viernes, 9 enero, 2015)
Profesor
  

viernes, 2 de enero de 2015

UN REGALO DE REYES. THE ROAD TO HAPPINESS.

Inmerso en la vorágine plástica del bullicio callejero, Esteban paseaba aquella tarde de sábado por entre los puestecillos instalados a lo largo del Parque norte, todos ellos bien abastecidos de productos artesanales para regalos. Ana, su mujer, iba a salir con una de sus hijas, Marian, pues tenía que cambiar un par de prendas de ropa que había comprado en las rebajas, este año adelantadas al primer día laborable de Enero. El matrimonio había acordado con sus dos hijas que, a partir ya de estas fiestas, los regalos se harían sólo para los cuatro nietos, pues los mayores gozaban casi de todo y resultaba aburrido y cansino el buscar y buscar ese detalle que, después, tantas veces defraudaba. La operación de cambiarlo de talla, o por un artículo diferente, era un repetitiva acción que este año querían evitar. Eso sí, cuando realizaran algún viaje de vacaciones, no olvidarían  ese simpático recuerdo para regalar a sus hijas y yernos.
Sin embargo Esteban conocía que Ana terminaría por comprarle alguna cosa, pues ella mantenía con fuerza la tradición de la mañana de Reyes, reviviendo esa ilusión de la infancia junto al árbol o el belén. Como aún faltaban tres días para esa lúdica fecha de la sorpresa y, conociendo el comportamiento travieso de su mujer, se “echó a la calle”. Estaba dispuesto a encontrar algo novedoso con el que quedar bien ante su imaginativa cónyuge. Mientras se distraía observando los expositores de esas diminutas tiendecitas, abarrotadas de mercancías, ofreciendo un primoroso espectáculo de color, imaginación y buen gusto, iba repasando mentalmente ese listado de regalos tradicionales a los que siempre se puede recurrir. La joyería, el ramo de flores bien elegidas, el abrigo elegante, un perfume de marca, los últimos best sellers en librería o discografía….. en eso estaba cuando fija su mirada en una de las tiendecitas adosadas, de la que provenía un embriagador olor.

Se acerca y comprueba que el aroma proviene de una barrita olorosa que se está quemando en un dispositivo preparado al efecto. El comerciante, de nacionalidad extranjera (apariencia asiática, tal vez de la India) ha unido dos locales, con lo que el espacio disponible gana o duplica unos metros importantes, para la mejor oferta de su heterogénea y multicolor mercancía. Se distrae observando la variedad ofertada de los expositores, en forma de diversos productos de piel, bisutería de calidad y buen diseño, pequeños juegos, para el deleite de adultos y menores, vistosos pañuelos y chales de seda, cajitas de sustancias aromáticas para quemar en unos artísticos dispositivos….. El comerciante y su mujer esperan las previsibles preguntas (generalmente, los precios de los regalos) de los posibles clientes, muy numerosos a esa hora tardía del cielo ya oscurecido.

“Hola, estoy mirando las cantidad de buenos regalos que tienen a la venta ¡Está todo tan bien dispuesto y organizado ….. es una delicia! De todas formas, se me ocurre preguntarle si disponen de algún producto especial, que sea muy original. Sería para regalar mi mujer el día de Reyes. En las casas tenemos casi de todo, ya casi nada nos asombra. Seguro que tienen algo diferente de lo que ya conocemos, de forma que pudiera hacer las delicias de una persona a quien mucho gustan las sorpresas….”

Amed (al final de la compra, conocí su nombre) es de nacionalidad turca, aunque efectivamente ha vivido muchos años en una ciudad al sur de la India. Mi suposición (por la naturaleza de la mercancía) era cierta. Me comenta que desde hace unos dos años se ha instalado con su mujer  Aysel en Benalmádena pueblo, en un viejo caserío donde almacena esas mercancías que, posteriormente, vende por los mercadillos y ferias de artesanía.  En el bajo de su casa tiene montada un pequeño taller, donde ofrece pequeños cursos para trabajar artísticamente la piel, la madera y los metales. El y su mujer suman ya muchos años en la vida, aunque se conservan muy bien y parecen mucho más jóvenes de lo que son realmente. Se trata de personas afables, de buen trato y que, aun con dificultad, se les entiende su español, lengua que, día tras día, tratan de mejorar. Cuando se sienten confiados ante una persona, gustan intercambiar las palabras con generosidad.

Tras escuchar mi necesidad, veo que se inclina y rebusca un tosco saco lleno de objetos. Al fin localiza una cajita de cartón, de la cual extrae una especie de joyero que parece una verdadera preciosidad. Está construido en madera y recubierto de piel, trocitos de metal, marfil y con otras incrustaciones metálicas. Al abrirlo suena una sugerente melodía, a modo de cajita de música. 

“Observe que en el interior de este cofrecito, hay espejos sobre sus seis paños. Parecen normales, pero si fija la atención comprobará que las imágenes que en ellos se reflejan se tornan intensamente coloreadas. Lo más curioso es que esas tonalidades cromáticas pueden ir cambiando en la evolución de las horas del día. También lo hacen, según el estado anímico de la persona que se contempla en los espejos. Ya de por si el cofre  es valioso, por el arte decorativo aplicado a su construcción y por la nobleza y calidad de sus materiales. Sin embargo, lo más importante de esta cajita, que se llama THE ROAD TO HAPPINESS (algo así como …. el camino para la felicidad) son estos tres sobrecitos cerrados que reposan sobre el espejo basal. En cada uno de ellos hay una sugerencia que, de seguirla, permite recorrer ese camino que sosiega el espíritu y nos hace sentirnos más felices. Si Vd. regala este cofre a su señora, dígale que abra cada uno de los sobres al inicio de las estaciones del año. El primero, el azul, ahora que comienza el invierno. Al llegar la primavera y el verano, deben abrirse los otros dos sobres, el verde y el de color naranja. De seguir las indicaciones que contienen, ella será más feliz no sólo durante el otoño sino para toda su vida. Pero no olvide indicarle que habrá de cumplir fielmente esos mandatos que son como la llave que permite alcanzar una vida mejor. Sin duda, es el mejor regalo que puede ofrecerle”.

Tras abonar los treinta y cinco euros (en un principio, le pidieron cincuenta) Esteban se marchó muy satisfecho con su compra, no sin antes agradecer a Amed y Aysel, toda la información y el amable trato  que le habían deparado. Desde luego la originalidad del regalo era manifiesta. No dudaba que Ana iba a quedar asombrada ante su gesto. Mientras, el paseo norte del Parque malacitano continuaba completamente atestado de un público variopinto. La proximidad de la Noche de Reyes había impulsado a mucha gente a recorrer ese gran mercado navideño, donde encontrar una ilusión para regalar en la mañana del seis. Unos jóvenes, provisto de gorros rojos de Papa Nöel, entonaban canciones navideñas cuando desde el cielo caía una fuerte humedad. Ese húmedo y frío ambiente hacía agradable el uso abrigos, gorros y bufandas que protegían y reconfortaban del frío.  

En la alegre mañana del seis, varios regalos esperaban junto al árbol navideño. Los paquetes, envueltos en papeles de vistosos colores, iban a hacer felices a los nietos de este matrimonio. Como era previsible, Esteban tenía también su recuerdo de SS MM. Una estupenda mochila de piel, color beige, que iba a sustituir a la muy gastada por el uso en sus senderismos los fines de semana. También Ana iba a encontrarse con ese espectacular joyero que los Magos de Oriente habían elegido para ella. Al ver los tres sobrecitos en su interior, quedó un tanto extrañada.

“Me dijeron SS.MM. que tendrías que abrir cada de ellos al comienzo de las estaciones del año, comenzando por la que hemos empezado, la del invierno. Y, desde luego. poner en práctica lo que se te aconseje, a fin de que tengas más felicidad. A pesar de la preciosidad de este cofrecito, lo más importante es el contenido de esos sobres, que te van a ayudar a sentirte mejor. Seguro que más feliz. Aunque no te lo creas,  yo no conozco el contenido de lo que en ellos está escrito….”

Ana fue disciplinada en el cumplimiento de esa ruta que le marcaban los sobres estacionales. En ese primer trimestre del año pudo recuperar la amistad de tres personas alejadas en el afecto para su vida. Una cuñada, una vecina de bloque y el marido de su hija Marian. Fue un esfuerzo verdaderamente encomiable, ante las dificultades propias y ajenas, el que tuvo que poner en marcha. Esteban la ayudó, con sus consejos y su paciencia. Recuperar el buen clima con esas personas, tan próximas a su vida, le hizo ganar en madurez, responsabilidad y bondad.

Para la estación primaveral, el objetivo a cumplir fue  más complicado incluso que el anterior, pues se trataba de entrar en un terreno totalmente nuevo para ella. Al fin, con la mediación de su compañera de laboratorio Eva, entró en contacto con una asociación que se ocupaba de acompañar y atender a personas mayores durante los fines de semana. Reservó las mañanas de los sábados para este humanitario fin. Ya han pasado cuatro meses y no ha faltado ningún sábado a su cita semanal, planificada por esa organización asistencial. Su valiente decisión le ha permitido conocer, y compartir, el dramatismo de muchas vidas en soledad. Con esta hermosa acción, se sintió  útil y solidaria para con los demás.

El último sobre, de color naranja, decía, con la sencillez de lo inteligente, que su lector debía abrir su vida al limpio mundo de la naturaleza. Era un objetivo en sí mismo fácil de conseguir, aunque para Ana, muy vinculada al entorno de lo urbano, supuso un novedoso cambio en su estructura de vida. Eso de levantarse bastante temprano los domingos y prepararse para recorrer amplios espacios enriquecidos por la vegetación, el agua, el sol, el viento o la lluvia, resultó una experiencia muy sugestiva para quien hasta ese momento no la había priorizado entre sus hábitos cotidianos. Una vez más, el bueno de Esteban colaboró para que esa transición existencial, emprendida por su mujer, resultara satisfactoria  y fructífera para la vida conyugal. 

Cierto día, Esteban tuvo la feliz ocurrencia de desplazarse hasta Benalmádena. Deseaba localizar el taller de Amed, a quien quería saludar y agradecer la acertada decisión de facilitarle un regalo de Reyes que había transformado, en lo positivo, su vida familiar. Preguntó y preguntó a muchas personas, pero nadie conocía a ese comerciante, ni a su mujer Aysel. No se dio por vencido, por lo que durante las siguientes semanas, contactó con asociaciones de comerciantes y con el área de comercio de diversos municipios. El nombre de Amed no aparecía en registro alguno de los diferentes departamentos administrativos. No volvió a saber o a entablar contacto con este hombre, ni con la mujer que lo acompañaba. ¿Habría sido todo un sueño? ¿O tal vez un mágico deseo para el cambio en sus vidas? ¿Cómo hallar una convincente respuesta? Lo único cierto es que el cofrecito de los espejos, con los tres sobres, estaba presente entre los más preciados objetos de Ana. Y que esta mujer había sabido y podido recorrer algunos caminos para sentirse más realizada y feliz. Esa era la mejor realidad, en esta curiosa historia. THE ROAD TO HAPPINESS. El complicado y sin embargo fácil camino a la felicidad.-
 

José L. Casado Toro (viernes, 2 enero, 2015)
Profesor