viernes, 15 de noviembre de 2013

LOS OTROS CHICOS DE LA CALLE.


A través de esa maravillosa ventana, casi infinita para la comunicación compartida, que es Internet, tuve conocimiento de un inmediato pre-estreno cinematográfico. Éste  iba a tener lugar en uno de los multicines que pueblan el tejido urbano que sustenta nuestras relaciones y vivencias. Ofertaban sólo veinticinco localidades dobles, para una película que se estrenaría en pantalla unos días más tarde. Me desplacé con la suficiente antelación, a fin de ser uno de esos puntuales afortunados que podrían conseguir las entradas de un film propuesto para competir en los próximos premios Oscar de Hollywood. Es cierto que hacer cola en taquilla puede ser molesto pero, sin embargo, no resulta aburrido por todo aquello que se contempla, desde la espera, en ese lugar. A poco que muestres interés por la observación del entorno, disfrutas con imágenes y escenas que no se representan precisamente en las pantallas interiores del establecimiento, sino ante la ventanilla comercial del mismo.

Cubría los minutos de espera, ojeando un pequeño libro para el aprendizaje. En un momento dado, desde el murmullo de una calle lúdicamente abarrotada para el paseo y el consumo de copas, comidas y meriendas, observé a dos adolescentes, uno de ellos guitarra en mano. Trataban, con dificultad, de entonar algunas canciones populares, insertas en el género de la copla, a fin de recaudar, de entre los viandantes y comensales, esas monedas necesarias para el sustento. Poco caso era el que se les hacía desde las numerosas mesas ubicadas en la vía pública, casi todas ellas abarrotadas por un público relajado, conversador y sediento en la placidez de la tarde. Refrescos, “cañas o pintas” bien apetecibles de cerveza, infusiones y alguna que otra materia suculenta para el picoteo de la merienda, acompañaban a todas esas  personas que gozaban de una temperatura cálidamente primaveral. Tras finalizar su breve actuación, los dos chicos pasaron el platillo recaudador, en este caso transformado en un vasito de plástico blanco, prestado desde alguna alacena amiga. La generosidad de los distraídos consumidores fue más bien parca, aunque algunas monedillas sí se dejaron caer en esa peculiar alcancía para el ahorro.

Tanto el “tocaor” como el cantante, apenas superarían los 15-16 años de edad. Muy morenos, de piel y cabello, apenas les escuché hablar entre ellos comprobé su pertenencia a la etnia gitana. Discutían, delante de los carteles anunciadores, acerca de la película que iban a elegir para pasar el resto de la tarde. Al fin se acercaron a la taquilla indicándo a la señorita, que allí se encontraba para vender las entradas, su deseo de ver BAJARÍ (2012), un documental musical sobre flamenco, ambientado en Barcelona, ciudad cuyo nombre en caló (la lengua de los gitanos) es precisamente la que da el título a la película. Preguntaron cuánto costaban las dos localidades. De inmediato vaciaron las monedas que llevaban en el modesto vasito de plástico, muy fraccionadas en su valor, por entre la amplia rendija de la ventanilla. La encargada de los tickets contó, aplicando la necesaria paciencia, las piezas de la numismática aportada. Pronto, el rostro de los críos se pobló con la desilusión de la realidad. El valor de las monedas aportadas no alcanzaba para su objetivo. Sólo tenían 8,30 euros, cuando cada entrada costaba 6,5 €.

Viendo la cara de desilusión que ambos mostraban, saqué de mi monedero los cuatro euros y pico que les faltaban, poniéndolos junto a sus monedas. Ya con las entradas en la mano, el chico de la guitarra y las zapatillas negras, me regaló un “vale, tío”, mientras que el otro, vestido con un atuendo deportivo (en el que destacaban sus deportivas amarillas, intensamente fosforescentes) me miró con cara de extrañeza, sin pronunciar palabra alguna. Rápidamente se dirigieron a ver su película, portando esa guitarra hermanada al vasito recaudador para su arte.

Unos días más tarde, pasaba por esa misma zona monumental de la historia de Málaga, cuando me volví a encontrar con Pali “el Trinqui” y a Seba “el Chupa”, los nombres reales de ambos chicos. Estaban en un lateral de El Pimpi, entonando algunas estrofas amables que hablaban de amores, besos robados y ojos bonitos. Me reconocieron de inmediato. Nada más acercarme, fue Seba, el guitarrista, quien me dedicó el esfuerzo de su trabajo diciendo “y ésta va por el “míster”. Y en unos minutos cantaron o “destrozaron” una canción, de la que me agradó especialmente el detalle de su voluntad. Eran ya sobre las diez, de una noche húmeda pero de temperatura agradable, cuando reparé en su anémica “alcancía”. Apenas habían recaudado unas escasa monedas, casi todas con el valor de los céntimos, tras una tarde de canto. ¿Habéis cenado? les comenté. “No, míster, pero algo caerá, de aquí a la noche”.

Y en un  kebab cercano, de nuevo les invité.  Ambos engulleron, o mejor devoraron (tal era la necesidad de sus estómagos) una comida rápida con la que poder calmar sus hambrientas anatomías. Entre bocado y bocado, me contaron algo del abandono familiar en sus vidas. Son compañeros de clase, en un Instituto al que acuden por las mañanas. Me confiesan que no les gustan los libros, por lo que a veces hacen sus “piardas”, “rabonas” o correrías, por el poliedro anónimo de la ciudad. Quieren dedicarse al cante, pues el abuelo del Seba se ganaba la vida por esos tablaos del flamenco y la copla. Hay días en que apenas toman alimento, pues en sus casas suele predominar el abandono y la ausencia de estabilidad. El Trinqui vive con su madre y tres hermanos. Me dice que no conoce a su padre pero su “mare” limpia por las casas, para sacarlos adelante. Por su parte, los padres del Chupa van de aquí para allá, por los mercadillos ambulantes. Esos puestos, en los que casi todo se vende que, semanalmente, adornan con modestia el latido económico de las barriadas.

“¿Y tú eres misionero, cura o algo así?” me pregunta el Seba.

“No, hombre. Es que durante muchos años he trabajado de maestro en las aulas. Y he conocido a no pocos jóvenes, como vosotros, con sus problemas y realidades del cada día. Hay que saber ayudar a los demás, con lo que cada uno pueda y sepa. Hoy os he invitado a cenar. El otro día pudisteis ir al cine. Bueno, algo es mejor que nada. Pero son vuestros padres, los que tienen que ayudaros y educaros a crecer como personas responsables. Aunque no os guste la obligación del cole, estáis en la edad de formaros, porque mañana no todo va a ser cantar por calles. Cuando dejáis de ir a clase, os estáis haciendo daño. Aunque ahora os cueste trabajo aceptarlo. Por cierto ¿os agradó ese documental de flamenco que visteis en el cine? Muchos de los que allí cantan y bailan no dejaron de ir al Instituto. Incluso han podido ir a otros coles, donde enseñan muy bien ese arte que tanto os gusta. Hoy se ganan la vida en los tablaos y escenarios. Pero cuando eran más jóvenes, asistían a clase a clase. El estudio y la educación les ha ayudado a ser mejores en sus vidas”.

Pasaron algunos meses y no volví a toparme con el Trinqui o el Chupa (como ellos apetecen que se les llame). A veces solía preguntarme si habrían seguido alguno de mis consejos. La verdad es que cuando les hablaba, en el Doner Kebak, parecían estar atentos y respetuosos a mis palabras. Con el paso del tiempo, sus famélicas imágenes se me fueron haciendo cada vez más borrosas y lejanas. Pero la suerte quiso que otra tarde, ya en el nuevo curso escolar, me encontrara, en una de las calles del centro, con Pali, el propietario de la guitarra y, a veces, también cantante. Supo él también reconocerme y con esa franqueza que le caracterizaba, me confesó que había sentado la cabeza. Al fin puso matricularse en un ciclo formativo de iniciación musical. Que le gustaba mucho lo que había aprendido en esos escasos meses de clase, en su nuevo Instituto. “Mister, mi “hermano”  er Chupa va cada día mal. A lo peor. Se ha juntao con gente de mal vivir y seguro que acaba en chirona o “rajao”. Si lo viera en este momento, se iba Vd. asustá de la cara a muerto que se le ha puesto. Se está metiendo “casi de tó”. Me da pena, pero que le puedo yo hacé”. Cuando nos despedíamos supo prometerme que llamaría al número que le facilité. No sólo cuando necesitase ayuda, sino en alguna feliz ocasión cuando estuviera actuando en un escenario con su guitarra.

En estos momentos para el recuerdo, reflexiono especialmente acerca de esos padres que, por muy diversos avatares en la existencia, incumplen o no atienden, de forma debida, la educación de sus hijos, que se pierden, de manera lamentable, en el caos del abandono. Chicos y chicas que contrastan, en la suerte, con esos otros a los que el destino ha querido depararles un camino menos turbado para su existencia. Éstos jóvenes poseen el patrimonio de la abundancia, la seguridad, el cariño y la responsabilidad,  frente a esos otros que malviven en medio de las carencias, la soledad, el abandono y la irresponsabilidad de los mayores, en una orfandad que discrimina su suerte. Amanece cada día igual para todos, pero no son pocos los niños y jóvenes para los que la noche aún les impide ver el sol transparente de la mañana. Seba, el Chupa, no supo distinguir esa luz que sí orientó a Pali, el Trinqui, para un más sensato caminar. 

“Sí, desde luego has hecho muy bien en llamarme. Entre otras necesidades, para eso te dejé el número de mi móvil. No pierdas los nervios. Ahora mismo estoy en una consulta médica. Pero en cuanto finalice, me llego a comisaría para estar junto a ti y ver lo que podemos hacer. Analizaremos juntos la situación. Veremos si le podemos echar un cable al Chupa. Tengo un compañero de trabajo que es abogado. Él nos puede aconsejar el mejor camino que hemos de tomar, a fin de ayudar a tu amigo y hermano. Por lo que me cuentas es muy, muy grave el problemón en que se ha metido. Pero como todavía no es mayor de edad, la cosa irá por la fiscalía de menores. Pali, confieso nunca te había oído llorar, pero ahora hay que ser fuerte. Y tú estás en un terreno limpio. Ejemplar. No te muevas de comisaría, que a poco que pueda voy para allá”.



José L. Casado Toro (viernes, 15 noviembre, 2013)
Profesor

viernes, 8 de noviembre de 2013

ÁNGELES AZULES, EN EL CAMINO DE LA DEGRADACIÓN.


CINE CLÁSICO, PARA DISFRUTAR Y REFLEXIONAR.

Realizar una valoración crítica, sea de una película, de un material literario o de una obra artística, resulta una gratificante y saludable aventura, para el lector o el espectador. Ese esfuerzo analítico puede ser más o menos afortunado en sus resultados. Sin embargo, la reflexión que nos proporciona resulta de lo más plausible, tanto para sus autores como para todos aquellos con quienes se comparte ese noble esfuerzo de ejercicio intelectual. Y no hay que ser un gran especialista en la modalidad artística, literaria o cinematográfica, objeto de estudio, para conseguir ese enriquecedor objetivo. Cualquier persona, aficionada a estas modalidades de la cultura, puede y debe aventurarse en dicha práctica analítica, a fin de obtener y contrastar conclusiones que sean útiles para nuestro acervo intelectual, sean conceptos, destrezas y, muy especialmente, valores.

Hace pocos días gocé con la grata oportunidad de visionar una película, perteneciente al más puro género clásico. Esa loable filmoteca, que cada uno de los jueves nos proporciona el Cine Albéniz, junto al entorno monumental de la Málaga antigua, proyectaba un mítico film alemán, con más de ochenta años desde su realización. El Ángel Azul (Der blue Engel) fue rodado en 1930, por el prestigioso director Josef Von Sternberg (Viena, 1894 - Hollywood, Los Ángeles, California, 1969) e interpretado, en sus principales papeles, por la no menos mítica Marie Magdalene Dietrich –Marlene- (Berlín, 1901 – París 1992), Emil Jannings (Rorschach, Suiza 1884 – Strobl, Austria 1950) y Kurt Gerron (Berlín 1897 – Auschwitz, Polonia, 1944).

A pesar de ser un film octogenario, en su elevada cronología, no es difícil trasladar la trama argumental que nos regala a cualquier otra época de la vida. Su ilustrativo mensaje sirve de pauta formativa para todos aquellos que podemos caer en el error personal de abandonar la identidad que nos vincula, adentrándonos por los inciertos y tenebrosos caminos de la degradación y la autodestrucción personal. Resumamos, básicamente, el argumento de esta historia, modelada a través de sus 109 minutos de metraje. Se trata de una de las primeras películas sonoras de la cinematografía alemana, con una bella e inolvidable fotografía en blanco y negro, con un gradiente de grises luminosamente expresionista en su conformación “pictórica”.


RESUMEN ARGUMENTAL DE LA HISTORIA.

Un prestigioso, culto y rígido profesor de literatura inglesa, Inmanuel Rath (Jannings), que permanece soltero a sus más de cincuenta años de vida, reprende a sus jóvenes alumnos por dedicar parte del tiempo para estudiar en visitar un afamado cabaret, denominado El Ángel Azul. Allí actúa cada noche la aplaudida, escultural y sensual cantante, Lola-Lola (Dietrich), junto a otros artistas, como el propio director del local Kieper (Gerreon) que ejerce de mago ilusionista. Ellos, junto a otras bailarinas y payasos, divierten a un numeroso público enfervorizado y embriagado, tanto con los atrevidos desnudos que contempla como con el abundante alcohol que sus organismos consumen. Estamos en la Alemania de los años veinte, donde gobierna la República de Weimar antecesora de la llegada al poder del nazismo. Conociendo la actitud desordenada de sus alumnos, una noche el severo y preocupado profesor acude a ese local de variedades, a fin de proteger la salud moral de sus discípulos, a los que espera encontrar y salvar de aquel tugurio decadente para sus jóvenes vidas. Ese decisión le permite conocer a la joven Lola-Lola, enamorándose perdidamente de su cuerpo y atrayente sonrisa. La atracción física, que cultiva cada jornada, le hace descuidar sus obligaciones docentes, ya que se siente dulcemente atrapado por los encantos que cree ver en la sensual artista. Tiene que abandonar su académico oficio intelectual, convirtiéndose en un “perro faldero” de Lola, con la que contrae matrimonio. Además de asistirla en su camerino y giras por todo el país, él mismo cambia la toga profesional por los ropajes lúdicos de un muy veterano payaso que actúa, en el número que presenta el mago ilusionista Kiepper, como un gallo que distrae y hace reír a la clientela cantando el ki-ki-ri-ki. Una noche, la crueldad de su jefe le hace actuar en su propia localidad natal, donde los que fueron sus alumnos y demás autoridades acuden a verle descender a lo más profundo de la decadencia personal y anímica. Humillado y despreciado, de forma constante, por la lujuria y el adulterio de Lola, en esa ultima actuación ante los antiguos convecinos y compañeros de Instituto, huye desorientado y avergonzado, con su modesto atalaje de payaso, por las calles que cimentaron su prestigio y autoridad, ahora irremediablemente perdida. Desesperado y avergonzado, acude a su vieja escuela, falleciendo en el aula donde impartía doctrina intelectual. Plástica y desgarradora imagen, contemplarle agarrado a su escritorio, como un náufrago perdido en el mal de la indigencia, ante un desequilibrio personal y una moralidad desgraciadamente arruinada.


ALGUNOS TRAZOS SIGNIFICATIVOS PARA EL COMENTARIO.

1. Ese contraste del tránsito personal, entre un admirado e ilustrado profesor y un modesto y burlado payaso, resulta patéticamente demoledor. Desalienta comprobar como un ser puede descender a los escalones más degradados del comportamiento social y privado, atrapado en las redes, invisibles, lascivas y sensuales, de una primaria mujer que sólo ofrece la atracción de su anatomía corporal, además de algunas caricias y gestos banales para la materialidad. Definiríamos la incomprensible conversión del profesor Rath con esa difícil pregunta para la respuesta de “cómo puede cambiar tanto una persona, en tan poco tiempo y con tan escasos fundamentos para la modificación”.  Tal vez al alcanzar su medio siglo de existencia, en la privacidad de su intimidad, llega un día la luz de la atracción física y de ese cariño superficial del que se ha carecido durante tanto tiempo. Cree encontrar el afecto físico y humano que el destino se ha mostrado huraño en concederle, a pesar de otros incentivo profesionales y sociales que, en realidad, nunca llegaban a compensar la profunda enfermedad de la soledad. Pero esta luz, a modo de maná salvador para la angustia íntima, le conduce a la deriva de una ciénaga degradada, humillada y desnaturalizada,  ausente del más básico  sentido de la racionalidad. 

2. Entre la Christine, de Testigo de Cargo (1957) y la Lola-Lola, de El Ángel Azul (1930) han pasado casi tres décadas en la vida de esta enigmática y atrayente actriz, llamada Marlene Dietrich. Su imagen, con esa mirada embrujada de mujer calculadora y fría para con los demás, le acompañaría hasta el final de su existencia, superando los noventa años de vida. Sería injusto, desde luego, focalizar en ella toda la responsabilidad por ese hundimiento en la integridad personal del veterano profesor. Es evidente que en esa degradación de la honestidad, padecida por una recta persona, los señuelos físicos de la joven tienen una incidencia especialmente notable. Pero también no es menos cierto que la imaginación, la necesidad y las carencias afectivas del prestigioso intelectual obran de manera muy expeditiva en los absurdos de su respuesta. La maldad o la perversidad no tiene por qué vincularse, obviamente, a un género determinado. El amor, la atracción, el vértigo de la sensualidad compartida es, obviamente, cosa de dos. En el caso de Lola, con respecto a Rath, la importante diferencia de edad y condición entre ambos, condujo a la burla, a la traición, a la humillación y al más deleznable desprecio de ella hacia él..

3. Inmanuel Rath no es un hombre penosamente enviudado. Ni un ser despechado por el adulterio de una innoble esposa. Tampoco una persona abandonada o carente de valores en la procelosa selva de lo social. No es un primario analfabeto o un ser desgraciadamente sumido en la pobreza.  Es, por el contrario, un intelectual de prestigio, temido, respetado y admirado, al tiempo, por sus alumnos. Apreciado por sus compañeros de cátedra. Valorado en el contexto próximo de sus conciudadanos, por el recto ejercicio profesional que ejerce en la admirable tarea formativa de las jóvenes generaciones. Y sin embargo, en la cronología ecuatorial de su vida, encuentra suficientes incentivos como para tirar por la borda un patrimonio de valores que había logrado consolidar al paso de los años. Pero no cae en la cuenta que esos cantos de sirena le alejan, de forma irremediable, de su realidad, de su esquema existencial y de ese destino que, libremente, ha deseado construir. Con la más noble de las intenciones, penetra en ese turbio mundo de  los tugurios cabareteros. Quiere salvar a sus alumnos sin caer en la racionalidad de que, a pesar de todos sus fundamentos categóricos, es una persona débil y necesitada que se siente atrapada en una sutil tela de araña, camino de la autodestrucción. Así son las personas. Así podemos comportamos los seres humanos. Lo tenía casi todo, pero le faltaba lo más importante en el caminar del día a día: una familia. Y, sobre todo, el amor.


PERO TAMBIÉN…….. PUDO SUCEDER ASÍ.
Los sentimientos afloran, cuando más inesperada parece su reconfortante llegada. Ver las lágrimas de su marido, arrinconado en un lateral del escenario, ante las mofas y burlas de los espectadores, provoca la compasión de Lola. Los gritos desgarradores del viejo payado, haciendo un ki ki ri ki, desentonado y patético, le hacen abandonar los brazos de su amante actual, corriendo hacia Inmanuel, al que abraza, sacándole de aquel ambiente de escarnio y humillación. A la mañana siguiente, ambos abandonan El Ángel Azul, y se les ve juntos en una vieja y destartala estación de ferrocarril. Van a iniciar un largo viaje, camino de algún destino de luz y esperanza, con el escaso bagaje material de su modesto equipaje. El vapor de la máquina ferroviaria los envuelve, a modo de espesa neblina, en un andén prácticamente vacío de viajeros, a esa hora temprana de la mañana. La maravillosa escala de grises del rancio celuloide nos permite imaginar cómo, desde el cielo brumoso, se dibujan unos contornos que semejan formas celestiales. No son precisamente azules, sino transparentes siluetas que nos hacen volver a creer en el amor y en la racionalidad. Los títulos de crédito ponen el fin a esta historia que sabe hermanar la frialdad de la  conciencia con el limpio sentimiento del corazón.-



José L. Casado Toro (viernes, 8 noviembre, 2013)
Profesor


viernes, 1 de noviembre de 2013

AMBIVALENCIA. ENTRE LA ILUSIÓN Y LA NECESIDAD.


Me había agradado mucho la película. La verdad es que entré en la sala de proyección sin conocer prácticamente nada de la trama argumental. Pero este desconocimiento previo tiene, en no pocas ocasiones, sus lúdicas ventajas para el espectador. Ese ir descubriendo paso a paso, con el mágico avance del metraje, una historia que te cuentan para el disfrute, invitándote a participar con la imaginación en la atmósfera escénica que se dibuja en pantalla, resulta gozosamente apasionante. Elegí la sesión de las ocho, ya que este horario posee la ventaja de salir del cine a poco más de las 9:30, por lo que puedes cenar a una hora no excesivamente tardía. Era un sábado de esos que, ya en noviembre, se humedecen con la precipitación otoñal de los equinoccios. A pesar del intenso frío, que anunciaba el invierno, las calles del centro histórico estaban bastante animadas con gente de todas las edades que, bien abrigadas sus anatomías, buscaban algún acomodo a fin de tapear en bares y establecimientos de restauración. Decidí ir a una conocida pizzería, bastante cercana a ese único cine que nos queda en el centro antiguo, caracterizada por la calidad de los productos que oferta en su carta y por la presteza con que suelen atenderte en mesa. 

Como era de prever, dada la puntualidad de la hora, el establecimiento estaba prácticamente repleto de un  público hambriento. Predominaban los jóvenes, con respecto a las personas de una mayor edad. Como soy conocido en este restaurante, un camarero me pidió que aplicase algo de paciencia en la espera. A los pocos minutos, me habilitaron una amplia mesa, próxima a la cocina, que normalmente es utilizada para colocar los platos previos al servicio. Tras beber un sorbo de una “bendita” cerveza, me distraía repasando las ensaladas y pizzas que ofertaban en la carta. Bien pronto se acercarían a tomar nota de mi petición para cenar. Al efecto, veo aproximarse a una camarera que, muy educadamente, me plantea lo siguiente. “Como está viendo, el establecimiento está a casi rebosar. Le hemos puesto en esta amplia mesa que, normalmente no la tenemos al servicio. Hay dos chicas que podrían compartir la amplitud de la misma. A ellas no les importaría, siempre y cuando Vd también lo aceptase”. Comprendiendo la situación y la noche tan gélida que se nos había presentado, le respondí de inmediato que “por supuesto”. Había sitio para los tres, sin mayor problema.  A los pocos segundos vi a las dos jóvenes que se acercaban, con una sonrisa que no podía ocultar la duda o prevención que las embargaba. Tras darme las gracias, con el saludo de “buenas noches” le habilitaron un par de sillas para el necesario acomodo.

Su imprevisión había provocado que llegasen bastante empapadas. El día estaba metido en una lluvia fina, aunque constante. Precipitaciones que acaban dejando unos buenos litros de agua, muy necesarios para la vida, pero incómodos para aquellos que se olvidan el paraguas. La calefacción y el bullicio del local pronto mejoraría la apariencia de esas dos largas melenas mojadas, que lucían mis lindas acompañantes de mesa. La noche continuaba, con esta simpática realidad de tres personas, entre otras muchas, compartiendo este solidario y peculiar espacio de la pizzería.

Mientras yo esperaba mi bien guarnecida ensalada, Neila y Lisa (nombres que conocí a lo largo de la cena) mantenían ese semblante que difícilmente podía disimular una profunda preocupación y tristeza. Habían preferido compartir ensalada y una fuente de pasta. Junto a sus dos botellines de agua, reposaba mi jarra ya casi vacía, presta a ser sustituida por otra cerveza,  por supuesto, sin alcohol  para mi gusto. Apenas hablaban entre ellas. Yo disimulaba estar distraído, observando el bullicioso aspecto que dominaba el local. A poco llegaron los platos con las suculentas ensaladas, que adornaron de color el silencio que los tres manteníamos. Quise romper un poco el hielo personal que nos vinculaba. Por ello hice algún comentario agradable acerca de lo bien presentados que venían los platos de verduras y otros componentes adicionales. Sólo pude lograr una sonrisa amable por parte de ambas. Era evidente que, aparte de la timidez propia ante un desconocido, existía alguna cuestión importante que rompía la armonía entre una y otra mujer.

En un determinado momento pude apenas entender unas palabras de reproche que Lisa manifestaba a su compañera. Creí escuchar, en medio de esa desordenada acústica que ensordece la nitidez del mensaje, algo así como “…. No me puedes hacer eso. Y qué va a ser ahora de mí..” El plato de esa chica permanecía prácticamente lleno, mientras el de Neila y el mío propio estaban ya vacíos. Además de no haber consumido su parte de alimento, me fijé, con la necesaria discreción, que tenía sus ojos enrojecidos. Diría incluso que a punto de brotar esas lágrimas que desahogan la tensión que nos atenaza.

Después de la “ensalatona” que me había tomado, mi estómago no iba a soportar mucho más alimento. Indiqué a la señorita que nos atendía, si fuera posible que me sirvieran un poco de fruta, tipo macedonia, a modo de postre. Lisa aprovechó mi petición a la camarera para rogarle que, por favor, anulara la bandeja de pasta que en un principio habían solicitado. Deseaban cambiarla  (parece ser que les di una certera idea) por esa fruta picada y preparada, con nombre de esa bella región de la Hélade, como postre.

Antes de que nos llegaran las tres macedonias, mi sorpresa alcanzó su mayor nivel cuando Neila, mirándome directamente a los ojos, me dice la siguiente frase:

“¿De verdad que no me reconoces? La verdad es que hace muchísimos años que no nos vemos. Fuiste compañero mío de Instituto. Estuvimos juntos, en el mismo grupo, durante los años de la ESO. Después en Bachillerato, cada uno fue por unas vías diferentes. Habrán pasado como unos doce o catorce años…. o tal vez más. Pero yo te he reconocido, prácticamente, desde el principio de llegar a la pizzería. Ah, bueno, quiero presentarte a Lisa. Es….. mi compañera con la, que desde hace tiempo, convivo”.

Traté de reaccionar, de la mejor forma que supe y pude. En principio no reconocía a esta joven que aparentaba ser más o menos de mi edad. Mantenía un cuerpo notablemente delgado y el look de su peinado y atuendo corporal era muy similar al de Lisa. “Reconozco que siempre he sido algo despistado. Pero seguro que, haciendo un poco de memoria, podría localizar en el recuerdo aquellos agradables años de nuestra adolescencia en clase. ¡Qué tiempos, verdad! ¿Y como te ha ido en estos años? ¿A qué te dedicas….?

Intercambiamos algunas frases para la cortesía, mientras Lisa continuaba con su mirada perdida y muy seria. Apenas terminaron el postre, se pusieron sus abrigos y decidieron marcharse. Entre ellas la tensión no había disminuido, sino que se incrementaba por momentos. Me ofrecí a invitarlas pero, tras agradecerme el gesto, decidieron que mejor sería en otra oportunidad. Tuve la feliz ocurrencia de ofrecerle, a esta antigua y no recordada compañera de clase, los datos de mi dirección electrónica. Se comprometió a enviarme algún correo, a fin de que mantuviésemos el contacto. Las vi alejarse hacia la puerta de salida mientras. desde una mesa cercana, repleta de alegres quinceañeros, se entonaba coralmente el “cumpleaños feliz.”  Fue significativo el gesto de Lisa rechazando la mano de Neila. La relación entre ambas no pasaba, sin duda, por su mejor momento.

Durante el camino de vuelta a casa  no paraba de pensar en la curiosa experiencia que había vivido en el restaurante italiano. Tenía la convicción de que, algún día, recibiría la comunicación escrita de esta recuperada amiga. Pero lo que nunca podía suponer era que ese deseado e-mail iba a llegarme precisamente poco antes de la  primera hora ya del domingo, en el reinado solemne de la Media Noche. Suelo dejar el ordenador en estado de letargo durante el día. Pero, antes de irme a descansar, reviso los correos que hayan  podido enviarme a lo largo de las horas del día. Y allí me encontré una larga y singular carta de Neila.

“Hola, mi recuperado compañero y amigo. Lisa está descansando en este momento. Un calmante le ha ayudado a conciliar el sueño. La conocí en una despedida de soltera que hacía una amiga común. Para mi sorpresa, fue un flechazo que nos ha mantenido unidas ya para  tres años. Te aseguro que nunca podía imaginarme esta inesperada realidad entre mis sentimientos. Pero así suceden y aparecen nuestras respuestas. Para ello tuve que sacrificar una relación de convivencia con Mark (abogado que trabaja en una aseguradora) estable y cada vez más rutinaria, que había durado casi cinco años. Con Lisa recuperé la alegría, la fuerza para darle significado a cada uno de los amaneceres, en definitiva…. el placer de la sonrisa. Para mi, creo que también para este ángel de mujer, ha sido una experiencia inesperada, única y maravillosa. La incomprensión familiar ha sido durísima. Para ambas. Pero juntas formábamos ese tándem mágico que te hace descubrir realidades insospechadas que en ti permanecen en un aburrido letargo. Pero, y aquí aparece el gran problema del absurdo, hace un par de semanas, coincidí con mi antigua pareja en una feria comercial textil (me dedico a la distribución de prendas de ropa, en el ámbito del pequeño comercio). Para nuestra sorpresa, fueron dos noches que me revelaron que mis sentimientos y atracción son claramente ambivalentes. Y ahora hay una parte, muy importante en mi persona, que quiere volver con Mark. Aunque conoce perfectamente mi opción (bastante ha tenido el pobre que sufrir) desea tenderme una mano generosa para esta recuperación de la convivencia, ahora junto a él. Precisamente, este sábado, en una tarde fría y lluviosa que nunca olvidaré, he sido sincera con Lisa. Ella percibía cambios y reacciones inusuales en mi conducta. Pero el mazazo que le he propinado, con mi decisión de volver junto a este hombre, ha tenido que ser durísimo. Y el destino de esta tarde ha querido que tú aparezcas, para confiarte a estas horas de la madrugada la tesitura complicada en la que me encuentro. Tengo decidido pedir cita a una psicóloga, recomendada por Mark, a ver si me puede echar una mano en todo este laberinto en el que me encuentro. Ya te dejo. Discúlpame por todo este culebrón. Cuando necesites comunicar, ya conoces mi dirección. Tenemos que vernos. Tenemos que hablar. Besos. Neila”. 

La vida es “un pañuelo” para las más curiosas coincidencias. Ahora el sorprendido soy yo. Sabía que mi buen compañero en la aseguradora, Mark González, había tenido una relación afectiva que fracasó hace unos años. Algunas confidencias me había hecho, entre copa o café, sobre sus conquistas, más o menos temporales, con diversas chicas. Hoy he conocido quién fue el gran amor de su vida y cuyo recuerdo siempre le hacía entristecer. Ese nombre de Neila, siempre lo ha mantenido grabado en el torso de su muñeca. El lunes, cuando me lo encuentre en la oficina, será todo bien diferente. Este sí que ha sido un sábado…. de película.-  


José L. Casado Toro (viernes, 1 noviembre, 2013)
Profesor