viernes, 1 de noviembre de 2013

AMBIVALENCIA. ENTRE LA ILUSIÓN Y LA NECESIDAD.


Me había agradado mucho la película. La verdad es que entré en la sala de proyección sin conocer prácticamente nada de la trama argumental. Pero este desconocimiento previo tiene, en no pocas ocasiones, sus lúdicas ventajas para el espectador. Ese ir descubriendo paso a paso, con el mágico avance del metraje, una historia que te cuentan para el disfrute, invitándote a participar con la imaginación en la atmósfera escénica que se dibuja en pantalla, resulta gozosamente apasionante. Elegí la sesión de las ocho, ya que este horario posee la ventaja de salir del cine a poco más de las 9:30, por lo que puedes cenar a una hora no excesivamente tardía. Era un sábado de esos que, ya en noviembre, se humedecen con la precipitación otoñal de los equinoccios. A pesar del intenso frío, que anunciaba el invierno, las calles del centro histórico estaban bastante animadas con gente de todas las edades que, bien abrigadas sus anatomías, buscaban algún acomodo a fin de tapear en bares y establecimientos de restauración. Decidí ir a una conocida pizzería, bastante cercana a ese único cine que nos queda en el centro antiguo, caracterizada por la calidad de los productos que oferta en su carta y por la presteza con que suelen atenderte en mesa. 

Como era de prever, dada la puntualidad de la hora, el establecimiento estaba prácticamente repleto de un  público hambriento. Predominaban los jóvenes, con respecto a las personas de una mayor edad. Como soy conocido en este restaurante, un camarero me pidió que aplicase algo de paciencia en la espera. A los pocos minutos, me habilitaron una amplia mesa, próxima a la cocina, que normalmente es utilizada para colocar los platos previos al servicio. Tras beber un sorbo de una “bendita” cerveza, me distraía repasando las ensaladas y pizzas que ofertaban en la carta. Bien pronto se acercarían a tomar nota de mi petición para cenar. Al efecto, veo aproximarse a una camarera que, muy educadamente, me plantea lo siguiente. “Como está viendo, el establecimiento está a casi rebosar. Le hemos puesto en esta amplia mesa que, normalmente no la tenemos al servicio. Hay dos chicas que podrían compartir la amplitud de la misma. A ellas no les importaría, siempre y cuando Vd también lo aceptase”. Comprendiendo la situación y la noche tan gélida que se nos había presentado, le respondí de inmediato que “por supuesto”. Había sitio para los tres, sin mayor problema.  A los pocos segundos vi a las dos jóvenes que se acercaban, con una sonrisa que no podía ocultar la duda o prevención que las embargaba. Tras darme las gracias, con el saludo de “buenas noches” le habilitaron un par de sillas para el necesario acomodo.

Su imprevisión había provocado que llegasen bastante empapadas. El día estaba metido en una lluvia fina, aunque constante. Precipitaciones que acaban dejando unos buenos litros de agua, muy necesarios para la vida, pero incómodos para aquellos que se olvidan el paraguas. La calefacción y el bullicio del local pronto mejoraría la apariencia de esas dos largas melenas mojadas, que lucían mis lindas acompañantes de mesa. La noche continuaba, con esta simpática realidad de tres personas, entre otras muchas, compartiendo este solidario y peculiar espacio de la pizzería.

Mientras yo esperaba mi bien guarnecida ensalada, Neila y Lisa (nombres que conocí a lo largo de la cena) mantenían ese semblante que difícilmente podía disimular una profunda preocupación y tristeza. Habían preferido compartir ensalada y una fuente de pasta. Junto a sus dos botellines de agua, reposaba mi jarra ya casi vacía, presta a ser sustituida por otra cerveza,  por supuesto, sin alcohol  para mi gusto. Apenas hablaban entre ellas. Yo disimulaba estar distraído, observando el bullicioso aspecto que dominaba el local. A poco llegaron los platos con las suculentas ensaladas, que adornaron de color el silencio que los tres manteníamos. Quise romper un poco el hielo personal que nos vinculaba. Por ello hice algún comentario agradable acerca de lo bien presentados que venían los platos de verduras y otros componentes adicionales. Sólo pude lograr una sonrisa amable por parte de ambas. Era evidente que, aparte de la timidez propia ante un desconocido, existía alguna cuestión importante que rompía la armonía entre una y otra mujer.

En un determinado momento pude apenas entender unas palabras de reproche que Lisa manifestaba a su compañera. Creí escuchar, en medio de esa desordenada acústica que ensordece la nitidez del mensaje, algo así como “…. No me puedes hacer eso. Y qué va a ser ahora de mí..” El plato de esa chica permanecía prácticamente lleno, mientras el de Neila y el mío propio estaban ya vacíos. Además de no haber consumido su parte de alimento, me fijé, con la necesaria discreción, que tenía sus ojos enrojecidos. Diría incluso que a punto de brotar esas lágrimas que desahogan la tensión que nos atenaza.

Después de la “ensalatona” que me había tomado, mi estómago no iba a soportar mucho más alimento. Indiqué a la señorita que nos atendía, si fuera posible que me sirvieran un poco de fruta, tipo macedonia, a modo de postre. Lisa aprovechó mi petición a la camarera para rogarle que, por favor, anulara la bandeja de pasta que en un principio habían solicitado. Deseaban cambiarla  (parece ser que les di una certera idea) por esa fruta picada y preparada, con nombre de esa bella región de la Hélade, como postre.

Antes de que nos llegaran las tres macedonias, mi sorpresa alcanzó su mayor nivel cuando Neila, mirándome directamente a los ojos, me dice la siguiente frase:

“¿De verdad que no me reconoces? La verdad es que hace muchísimos años que no nos vemos. Fuiste compañero mío de Instituto. Estuvimos juntos, en el mismo grupo, durante los años de la ESO. Después en Bachillerato, cada uno fue por unas vías diferentes. Habrán pasado como unos doce o catorce años…. o tal vez más. Pero yo te he reconocido, prácticamente, desde el principio de llegar a la pizzería. Ah, bueno, quiero presentarte a Lisa. Es….. mi compañera con la, que desde hace tiempo, convivo”.

Traté de reaccionar, de la mejor forma que supe y pude. En principio no reconocía a esta joven que aparentaba ser más o menos de mi edad. Mantenía un cuerpo notablemente delgado y el look de su peinado y atuendo corporal era muy similar al de Lisa. “Reconozco que siempre he sido algo despistado. Pero seguro que, haciendo un poco de memoria, podría localizar en el recuerdo aquellos agradables años de nuestra adolescencia en clase. ¡Qué tiempos, verdad! ¿Y como te ha ido en estos años? ¿A qué te dedicas….?

Intercambiamos algunas frases para la cortesía, mientras Lisa continuaba con su mirada perdida y muy seria. Apenas terminaron el postre, se pusieron sus abrigos y decidieron marcharse. Entre ellas la tensión no había disminuido, sino que se incrementaba por momentos. Me ofrecí a invitarlas pero, tras agradecerme el gesto, decidieron que mejor sería en otra oportunidad. Tuve la feliz ocurrencia de ofrecerle, a esta antigua y no recordada compañera de clase, los datos de mi dirección electrónica. Se comprometió a enviarme algún correo, a fin de que mantuviésemos el contacto. Las vi alejarse hacia la puerta de salida mientras. desde una mesa cercana, repleta de alegres quinceañeros, se entonaba coralmente el “cumpleaños feliz.”  Fue significativo el gesto de Lisa rechazando la mano de Neila. La relación entre ambas no pasaba, sin duda, por su mejor momento.

Durante el camino de vuelta a casa  no paraba de pensar en la curiosa experiencia que había vivido en el restaurante italiano. Tenía la convicción de que, algún día, recibiría la comunicación escrita de esta recuperada amiga. Pero lo que nunca podía suponer era que ese deseado e-mail iba a llegarme precisamente poco antes de la  primera hora ya del domingo, en el reinado solemne de la Media Noche. Suelo dejar el ordenador en estado de letargo durante el día. Pero, antes de irme a descansar, reviso los correos que hayan  podido enviarme a lo largo de las horas del día. Y allí me encontré una larga y singular carta de Neila.

“Hola, mi recuperado compañero y amigo. Lisa está descansando en este momento. Un calmante le ha ayudado a conciliar el sueño. La conocí en una despedida de soltera que hacía una amiga común. Para mi sorpresa, fue un flechazo que nos ha mantenido unidas ya para  tres años. Te aseguro que nunca podía imaginarme esta inesperada realidad entre mis sentimientos. Pero así suceden y aparecen nuestras respuestas. Para ello tuve que sacrificar una relación de convivencia con Mark (abogado que trabaja en una aseguradora) estable y cada vez más rutinaria, que había durado casi cinco años. Con Lisa recuperé la alegría, la fuerza para darle significado a cada uno de los amaneceres, en definitiva…. el placer de la sonrisa. Para mi, creo que también para este ángel de mujer, ha sido una experiencia inesperada, única y maravillosa. La incomprensión familiar ha sido durísima. Para ambas. Pero juntas formábamos ese tándem mágico que te hace descubrir realidades insospechadas que en ti permanecen en un aburrido letargo. Pero, y aquí aparece el gran problema del absurdo, hace un par de semanas, coincidí con mi antigua pareja en una feria comercial textil (me dedico a la distribución de prendas de ropa, en el ámbito del pequeño comercio). Para nuestra sorpresa, fueron dos noches que me revelaron que mis sentimientos y atracción son claramente ambivalentes. Y ahora hay una parte, muy importante en mi persona, que quiere volver con Mark. Aunque conoce perfectamente mi opción (bastante ha tenido el pobre que sufrir) desea tenderme una mano generosa para esta recuperación de la convivencia, ahora junto a él. Precisamente, este sábado, en una tarde fría y lluviosa que nunca olvidaré, he sido sincera con Lisa. Ella percibía cambios y reacciones inusuales en mi conducta. Pero el mazazo que le he propinado, con mi decisión de volver junto a este hombre, ha tenido que ser durísimo. Y el destino de esta tarde ha querido que tú aparezcas, para confiarte a estas horas de la madrugada la tesitura complicada en la que me encuentro. Tengo decidido pedir cita a una psicóloga, recomendada por Mark, a ver si me puede echar una mano en todo este laberinto en el que me encuentro. Ya te dejo. Discúlpame por todo este culebrón. Cuando necesites comunicar, ya conoces mi dirección. Tenemos que vernos. Tenemos que hablar. Besos. Neila”. 

La vida es “un pañuelo” para las más curiosas coincidencias. Ahora el sorprendido soy yo. Sabía que mi buen compañero en la aseguradora, Mark González, había tenido una relación afectiva que fracasó hace unos años. Algunas confidencias me había hecho, entre copa o café, sobre sus conquistas, más o menos temporales, con diversas chicas. Hoy he conocido quién fue el gran amor de su vida y cuyo recuerdo siempre le hacía entristecer. Ese nombre de Neila, siempre lo ha mantenido grabado en el torso de su muñeca. El lunes, cuando me lo encuentre en la oficina, será todo bien diferente. Este sí que ha sido un sábado…. de película.-  


José L. Casado Toro (viernes, 1 noviembre, 2013)
Profesor

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