viernes, 23 de agosto de 2013

EXPERIENCIA DE CINE, EN FUENCARRAL.


En el mundo del cine, como en tantas y tan diversas realidades de la vida, parece que todo, o casi todo, está ya inventado. Pero esta apreciación no es en su totalidad exacta. Siempre hay o surgen nuevas experiencias, otros estilos o avanzadas tecnologías tanto en éste, como en otros campos de la actividad diaria. Centrándonos en la creatividad cinematográfica (también, literaria) una de las fases más complicadas de la trama argumental es cómo poner un buen final a ese relato, desarrollado en pantalla o en las gratas páginas de un libro. Junto a la valoración argumental y a la interpretación de los actores, una de las primeras y principales frases que fluyen desde la opinión o apreciación del espectador se centra en el tratamiento dado por el director a esa última fase de la narrativa.

“Tiene un buen final; resulta aburridamente decepcionante; lo ha dejado abierto, para que cada cual lo organice como más le guste; es ininteligible; resultaba fácilmente previsible; no está bien explicado; cuando menos lo esperas, aparece el The end; está almibarado; te deja una sensación esperanzadora; es excesivamente violento; yo lo habría acabado de otra forma; y después de dos horas de proyección….para llegar a ésto; a pesar de todos tus argumentos y posicionamientos, yo sigo sin entenderlo; etc, etc”.

¿Quién no ha escuchado o expresado algunas de éstas u otras frases, cuando abandonaba el patio de butacas? Y, para poner un ejemplo concreto a la interpretación de esos controvertidos finales ¿recuerdan el plano con el que finalizaba El Resplandor (The shining) 1980, dirigida por Stanley Kubrick (Nueva York 1928 – Reino Unido 1999)? Me refiero a la foto grupal, en la que aparece, muchas décadas atrás, el protagonista principal de este drama psicológico y de terror, Jack Torrance (Jack Nicholson, Nueva York, 1937). Esa vieja imagen deja abierto el debate y la polémica explicativa. En el contenido de esta foto, racionalmente anacrónica en el tiempo, puede estar la clave explicativa del metraje, tras 146 minutos de tensión y suspense, espléndida y magistralmente construidos. 

Tenía ilusión en aprovechar, de la mejor forma posible, los tres días disponibles de visita en Madrid. Una de las posibilidades, para aquella mañana, era recorrer calles y plazas. Tanto del centro, en lo urbano, como en esos recoletos arrabales de la vieja ciudad, plenos de encanto. Ya en el núcleo de Callao, hermanado con la Gran Vía, me detuve en los multicines Capitol, para disfrutar con la visión de los grandes cartelones (dibujados a pincel y a brocha, como se hacía en los lejanos sesenta) de las tres películas que en esas salas se estaban proyectando. Percibí que alguien, junto a la taquilla, me estaba observando. No me equivocaba al respecto pues, tras unos minutos de espera, un hombre de mediana edad, cabello entrecano, gafas fumé, poblado bigote y hendidura u hoyuelo en la barbilla (tipo Cary Grant o Kirk Douglas) portando un archivador o carpeta, se me acerca y, amablemente, me pregunta:

“Perdone ¿es Vd. aficionado al cine?”. Ante mi afirmativa respuesta, aclaró su pretensión. “Verá, pertenezco a una productora cinematográfica. Estamos seleccionando a personas que respondan a diversos parámetros sociológicos, a fin de invitarles a una proyección para esta tarde a las seis. Se trata de una película española, en fase de postproducción. Queremos conocer las reacciones de un colectivo, bien elegido al efecto, ante los dos finales que hemos grabado para la historia. La proyección será efectuada en una sala preparada al efecto, bastante cerca de aquí, en la zona de Fuencarral. Vd. y otras treinta y nueve personas, heterogéneas en su edad, apariencia, sexo, formación y profesión, verían la película, con las dos posibilidades para su final y, posteriormente, responderían a un cuestionario donde optarían por uno de los tres títulos propuestos. Pero, sobre todo, razonarían por una de las dos opciones ofrecidas, para la resolución de la historia. (Sonriendo) Vería la película antes que nadie y de manera gratuita. Conocería y optaría por el mejor final. Por supuesto, se le invitaría a merendar y recibiría algún pequeño obsequio. ¿Qué me responde, a esta sugerente experiencia que le estoy ofreciendo?”

Pasadas las cinco y media de la tarde, ya me encontraba en el tradicional y encantador barrio de Fuencarral, localizando la calle y número insertos en la tarjeta que me había facilitado el Sr. Sánchez Burlot, en plena Gran Vía madrileña. La explicación que me había facilitado este diplomado en cinematografía me había parecido convincente y, sobre todo, muy interesante. Nunca había tenido oportunidad de participar en una actividad de esta naturaleza. Poder influir en la titulación de una película que, a corto plazo, veríamos en cartelera pero, sobre todo, optar por uno de esos desenlaces que tanta controversia producen entre los expertos en la crítica y el público general que asiste a las salas, suponía una posibilidad apasionante. Especialmente, para una persona caracterizada por su cinefilia, como era mi caso.

Fácilmente llegué a una placita, urbanizada en el más rancio tradicionalismo madrileño, anclado a mediados del siglo pasado. En un vetusto edificio, simulando un neoclasicismo muy degradado por el abandono exterior, había un gran cartelón que publicitaba el nombre de PRODUCCIONES CINEMATOGRÁFICAS ALEF. En la acerca, junto a la puerta de entrada, estaban ya esperando unas, aproximadamente, quince o veinte personas. En las apariencias externas, se mezclaba el género, la edad, el atuendo y esos detalles que nos identifican en la diversa variedad de lo humano. Todos hacíamos un poco de tiempo cuando, a poco de las seis, vi llegar a quien me había fichado por la mañana, en el Capitol. Fermín Sánchez, miembro del departamento de marketing, venía acompañado de una esbelta mujer que caminaba con la marcialidad castrense de un comandante del ejército. Cazadora beige oscura, vaqueros lavados azul claro y botas militares, descuidadas en su lustre. Después conocí que en la empresa ocupaba el cargo de segunda jefa de producción. ¡Madre mía, si esta  señora Aroa, llega a ser la primera jefa…. todos firmes!

Entramos en el anticuado edificio, en donde se nos indicó que pasáramos a un salón en el que habían sido instaladas unas mesas que soportaban un pequeño bufet para la merienda. Café o té, leche, pastas y hojaldres. Sobre las seis y media, se nos condujo a una sala preparada al efecto, donde cabrían no más que unas sesenta personas. Ante nosotros, una pantalla de formato mediano, cine-fórum. Ya teníamos en nuestro poder la carpeta, con unos impresos y un bolígrafo. Aunque había varias personas de la productora fue Fermín, y después Aroa, quienes nos dirigieron la palabra. Íbamos a presenciar una video-proyección, todavía sin título, cuyos últimos veintitrés minutos  estarían duplicados, para las dos opciones en el desenlace. A la finalización de la cinta, tendríamos treinta minutos para rellenar los impresos, optando por uno de los tres títulos propuestos (se nos permitía añadir otro, que nosotros estimásemos apropiado). Sin embargo, lo más importante era elegir el final A o el B. Explicando, en no más de siete líneas, las razones que teníamos para inclinarnos por uno u otro. Entre mis compañeros de sala, me llamó curiosamente la atención ver a un hombre joven, con clerigman y barba incipiente, una señora bastante mayor de mirada inquietante, que se ayudaba de un pequeño bastón y un barrigudo ejecutivo, aparentemente de banca o negocios, con su maletín negro de piel. 

Debo evitar narrar explícitamente (así se nos pidió) el argumento de la película. Aún no ha “saltado” a la cartelera. Me limitaré a decir que se trataba de una historia, triangulada, de amores y frustraciones afectivas. Actores muy conocidos en el “santoral” fílmico hispano y con un desenlace A, complicado y difícilmente inteligible para algún sector de los espectadores, pero linealmente positivo, con otro final B, más simple en su comprensión, pero desalentador, aunque la protagonista ve compensados los esfuerzos, patológicamente obsesivos, en su evolución lineal de conducta.

A medida que abandonábamos la sala, entregábamos la carpeta con nuestras opiniones y opciones. Se nos compensó con un precioso llavero que lucía el logotipo de la productora. Era Fermín quien nos saludaba individualmente, agradeciéndonos nuestra disciplinada colaboración. Aquellos que quisimos, le facilitamos nuestro dirección electrónica, pues comentó que el día de su estreno le agradaría que asistiéramos, como invitados, a la primera exhibición comercial de la cinta. Junto a él, Aroa, manteniendo su castrense marcialidad expresiva, calzando esas negras botas usadas por el ejército.

En mi opinión, la experiencia había resultado novedosa y original. Me sentí, de alguna forma, copartícipe en un proyecto elaborado por una suma desigual de esfuerzos heterogéneos. Todos, por supuesto, inequívocamente importantes. Sonreía, camino de Preciados, preguntándome qué palabras habrían sido escritas por el asténico ejecutivo, la oronda trabajadora de la limpieza (llevó su uniforme) o aquella joven cuya imagen estaba sacada de un “puticlub” de luces entristecidas en la carretera. Desde luego, ante determinadas ardientes y sensuales escenas, la opinión del sacerdote con clerigman sería más que interesante, en el plano de lo conceptual e ideológico. En pocos minutos llegué a mi hotel y allí estaba esperando mi compañera que, al fin se había quedado liberada de sus obligaciones académicas, en la ciudad universitaria de la Complutense. Nos fuimos a cenar a un restaurante vegetariano, cercano a Sol, muy suculento en sus platos, aunque su mejor estandarte era la ornamentación y ambientación musical de su interior. De vuelta a Callao, vimos en el Palacio de la Prensa una película de esas románticas que “tienen que acabar bien”. Como estábamos bien en el tiempo, nos agradó pasar por taquilla para seguir disfrutando e imaginando alguna de las historias dibujadas en pantalla. Evidentemente, el cine ocupa un lúdico y apasionado lugar entre nuestras apetecibles ilusiones.

Apenas una semana después  me crucé, por la Plaza de Santo Domingo, con Aroa. La segunda jefa de producción portaba una betacam al hombro y caminaba, a paso legionario, con unas deportivas All Star. Se me quedó mirando, con actitud disciplente, pero no saludó. A duras penas podía seguirle un frágil hombrecillo, que caminaba avanzando a modo de trote con pequeños saltitos. Una chica rubia y extremadamente delgada, con los pies descalzos, tocaba, junto a un aburrido semáforo, su pequeño violín. El “rugido” de los motores al circular actuaba como percusión fraternal, junto a las delicadas notas que generaba la sensibilidad musical de la chica. Esta mañana iba a estar dedicada a la visita de jardines y rincones perdidos en medio de la maleza urbana. Allí donde vibran latidos y bostezos, en la maravillosa rutina  que nos regala un nuevo día.- 



José L. Casado Toro (viernes, 23 agosto, 2013)
Profesor

viernes, 16 de agosto de 2013

LUZ Y SOLIDARIDAD, EN AQUELLA TERRAZA DE BAR.


Siempre que las obligaciones en la gestoría me lo permiten, suelo bajar a una cafetería cercana a fin de alejarme, durante algunos minutos, de esa vorágine presidida por el papeleo administrativo. Normalmente disfruto con un buen zumo de naranja natural aunque, en otras ocasiones, el apetito me impulsa a pedir algún suculento acompañante, tipo tostada, que me ayuda a recuperar las energías.

La tarde se había presentado agradable, en esa entrada pausada y atrayente del otoño, aún con los ropajes climáticos de un verano que se resistía en la despedida. Sentado en un ángulo esquinado de la terraza exterior, contemplaba a un público variado que disfrutaba de la merienda, intercambiado ocurrencias y necesidades para su locuacidad. En una mesa próxima, me fijé en una mujer bastante mayor que rebuscaba en su pequeño bolso algo que parecía no localizar. Se encontraba un tanto abrumada y nerviosa pues, por más que miraba en su interior, no hallaba esas monedas con las que poder atender el precio de la taza de café que acababa de tomar. El camarero, con una manifiesta indelicadeza, permanecía expectante y cercano a su mesa, donde la  señora seguía sin encontrar el objetivo de su búsqueda. Por alguna razón, esa mujer no podía afrontar el modesto precio de la cuenta, lo que incrementaba su nerviosismo. Aunque dudé, ante la reacción de la persona implicada, hice una rápida señal al camarero, indicándole que yo atendería el coste de esa consumición.

Cuando a los pocos minuto abandonaba el local, la señora me regaló una sonrisa y unas palabras, pronunciadas en voz baja, como muestra de agradecimiento. No le di más importancia al hecho. Resulta normal que, cuando salimos de casa, se nos olvide llevar alguna de las cosas que nos van a resultar más o menos necesarias. En este caso, esos billetes, tarjetas o monedas con los que poder atender las obligaciones y compras  correspondientes.

Pasaron un par de días cuando otra tarde bajé de la oficina, en la hora intermedia de la merienda. Estando ya próximo a la cafetería vi de nuevo a la mujer de la otra tarde, que paseaba despacio mirando hacia el interior del establecimiento. Ella también me reconoció, correspondiendo a mi saludo. Una vez que me sirvieron el zumo de naranja natural, observé que esa persona, anónima para mí, aún permanecía en la puerta, como sin atreverse a entrar. En uno de esos impulsos que, en más de alguna ocasión, nos sobrevienen, me levanté de la mesa y me dirigí hacia la señora, rogándole si me permitía invitarla a merendar. No me equivoqué, en absoluto, pues aceptó de inmediato el ofrecimiento, dándome repetidamente las gracias.

Luz superaba ya los ochenta años de edad, pero admirablemente bien llevados en salud. Vestía de forma modesta, aunque pronto me aclaró que en otras etapas de su larga existencia había gozado de una vida bastante acomodada. Hacía unos veinte años que enviudó y su marido, dedicado a los negocios de compra-venta de objetos de arte, no supo prever bien sus cotizaciones por lo que, tras el fallecimiento de aquél, sólo le quedó una pensión mínima. A duras penas podía atender a los gastos de alquiler de la casa y la electricidad de cada mes. Y en cuanto a la alimentación, pasaba privaciones aunque, con su edad, se conformaba con una alimentación presidida por la austeridad.

Me comentaba que su única ilusión o capricho, aparte de esos ratos frente el televisor, era poder dar un paseo por la tarde y tomar un café con leche, bien caliente, sentada en esta terraza próxima a su domicilio. Un tanto avergonzada me explicaba que, en las semanas finales de cada mes, apenas tenía recursos para esa pequeña ilusión en la tarde.

Habían tenido un hijo pero éste, tras casarse con una mujer dominante y egoísta fue, día a día, distanciándose de su madre, hasta llegar a una situación en la que hoy apenas se preocupaba o esforzaba para visitarla y tampoco en ayudarla en sus modestas necesidades. La situación económica de este hombre parece que  tampoco le había ido bien y, según su madre, vivía acosado por las facturas. Todo esto me lo iba contando, mientras sorbía pausadamente ese café, con el mejor aroma, que tanto le agradaba. Tampoco me equivoqué, afortunadamente, preguntándole si le apetecía acompañar su consumición con algún pastel. Verdaderamente, esta mujer no podía disimular la necesidad de saciar su apetito. Caí en la cuenta que nos encontrábamos a finales de septiembre. La percibí feliz y divertida ante un interlocutor, del que ella tampoco nada sabía. Básicamente, yo me limitaba a escucharla, atendiendo con respeto e interés todo aquello que espontáneamente me iba narrando.

A pesar del deterioro físico que produce cruelmente los años, el aspecto de Luz aún revelaba matices de esa belleza que se atesora en el calendario lejano de la juventud. Pero la suma de tantas décadas en la historia personal transforma, sin misericordia, nuestra imagen, añadiendo trazos y grietas desafortunadas en unas pinceladas que dibujan la decrépita realidad. Ante mi se encontraba esta mujer que ahora sufría las dificultades de una economía drásticamente limitada. Pero, sobre todo, padeciendo esa frialdad ausente del hijo y demás familia, situación que muestra la ingratitud de la falta de afecto. El pathos de la soledad, especialmente a esas edades, resulta acremente duro y desalentador.

Apenas le hice una o dos preguntas, pues verla feliz ante el calor de la compañía, junto a esa taza de café con leche y un suculento “suizo” o bollo de leche, era lo que más me importaba. Me disculpé, explicándole que debía volver al trabajo. Tras abonar la nota, se me ocurrió plantearle una simpática propuesta. Los miércoles, como el día en que estábamos, podía dedicar algo de más tiempo para ausentarme de la gestoría. Mi idea era que, en esa fecha de la próxima semana, podríamos continuar con la merienda, alrededor de las 6:30. Se mostró muy agradecida con mi propuesta, confirmándome que no faltaría a la cita. Ya en la oficina, comenté con mi compañera de trabajo, Magda, lo que me había ocurrido con la señora. Entendió muy positiva mi actitud, animándome a que tratara de ayudar, en lo posible, a una persona, muy modesta y sencilla, que necesitaba ese apoyo tan vital en el inevitable atardecer de su existencia.

Una de esas tarde de reunión en la cafetería, tras el correspondiente saludo, percibí en mi veterana amiga una especial e indisimulable ilusión. Quería corresponder a estos ratitos del café en los miércoles, con un regalo para mi persona. Mostrando una laboriosidad, digna del mayor encomio, me había tejido una rebeca/jersey, color azul marino con unas franjitas blancas, para que la utilizara durante un invierno que se acercaba con la crudeza del frío. Valoré mucho su gesto pues,  conociendo sus dificultades para llegar a final de mes,  había comprado esos ovillos necesarios para la elaboración de tan acogedora prenda. Desde luego, el tiempo aplicado para tricotar la lana había tenido que ser muy generoso. Cuando llevé a casa el regalo, también gustó mucho a mi actual compañera, Irene, a  pesar de las bromas que hacía por mi peculiar amistad en horas de la  merienda

Uno de esos días supe, con antelación, que no podría bajar a la cafetería. Tendría que desplazarme a una localidad cercana, a fin de realizar gestiones ineludibles por motivos del trabajo. Hablé previamente con el encargado de la cafetería, a fin de que atendiera la consumición de la señora, con el cargo correspondiente a mi cuenta. También él le comunicaría los motivos laborales por los que me era imposible estar allí a esa hora puntual de las seis, en la tarde. Ya en la semana siguiente Luz me confesó su tristeza, por no haber podido dialogar un ratito con su amigo aunque, desde luego, entendía las obligaciones laborales que condicionaron mi ausencia.

Otro miércoles, cercana decorativamente la Navidad, ocurrió un hecho novedoso que marcó la inflexión en esas meriendas para la amistad y la solidaridad. Cuando bajé a la cafetería, Luz estaba (como era usual en ella) en la puerta de entrada. Pero, en esta ocasión, acompañada de un hombre. De inmediato pensé en ese hijo, bastante irresponsable, del que su madre me había hablado. Pronto deseché esa suposición, pues ese hombre aparentaba tener una edad similar a la de mi amiga. Me lo presentó como “Mi compañero Julián”. No recordaba que me hubiera hablado de él aunque , tal vez, pudo haberlo conocido en los días previos. Los tres nos acomodamos junto a una de las mesas y, tras pedir las consumiciones, comenzamos a hablar de temas más o menos intrascendentes. Pronto reparé en que este señor no se caracterizaba precisamente por su locuacidad,  ofreciendo una imagen algo sería en su carácter. Transcurrían los minutos, cuando Julián se levantó para ir al servicio del establecimiento. Después me di cuenta que utilizó este recurso a fin de que Luz pudiera decirme algo en su ausencia. Efectivamente, así sucedió. Me explicó que lo había conocido en una reunión parroquial. Se habían hecho muy amigos, por lo que ahora aprovechaban muchas de las horas del día para salir e intimar contra la soledad. Me alegraba, lógicamente, de lo que me estaba contando, aunque la guinda de su breve exposición vino al final.

“Julián es muy celoso. Y no le gusta que yo siga viniendo a esta cafetería, cada miércoles. Tú lo entenderás ¿verdad? Lo cierto es que estamos muy enamorados”.

A mí se me subían los colores de la cara. Una señora, a la que yo trataba de ayudar con ese poquito de solidaridad semanal, y que podría ser mi abuela por la diferencia generacional, trataba de justificar la necesaria interrupción de estos, aproximadamente, treinta minutos en la tarde de cada miércoles. Los sentimientos del señor Julián estaban de por medio. Antes de que yo pudiera reaccionar, volvió su pareja. De una forma cordial me despedí de estas personas, justificando una cita previa en la gestoría.

Aquella noche, comentando la escena con Irene, mezclaba las ganar de reír con una especie de tranquilidad moral. Entendía que mi comportamiento había sido generosamente solidario con una mujer que luchaba contra el amargor de la soledad y las puntuales carencias económicas. A partir de ahora, ese amor postrero entre Luz y Julián, mezcla de compañía y afecto, podría endulzar las últimas páginas de dos biografías anónimas en su modestia, que acumulaban una trayectoria muy larga en el transcurso del tiempo. Había sido, sin duda, una sencilla y bella experiencia, poder conocer a esta buena mujer. 

Pasaron algunos meses y nada supe de ellos. Algunas tardes, en los minutos de merienda, pensaba o imaginaba que Luz estaba allí sentada, junto a su taza de café con leche, con esa sonrisa bondadosa, esperando pacientemente el letargo acromado del día.

“Irene, hoy me he encontrado con Julián. Caminaba con una cierta dificultad pero, aún así, ha querido localizarme. Casi sin decir palabras, pues se mostraba algo emocionado, me ha entregado esta bolsita que contiene una bufanda. También es de color azul marino, como la rebeca, con unos flecos de color blanco. Luz había acabado de tricotarla y la tenía guardada para entregármela personalmente. Pero lo ha hecho a través de este hombre, con el que ha disfrutado su postrera amistad. Me ha pedido que, cuando algún miércoles vaya a tomar mi zumo de naranja, piense y rece por ella. Que desde allá arriba, en el misterio mágico de la naturaleza, Luz tampoco dejará de hacerlo por nosotros”.- 

José L. Casado Toro (viernes, 16 agosto, 2013)
Profesor

viernes, 9 de agosto de 2013

ALICE. SINCERAS PALABRAS EN LA NECESIDAD.


Aquella mañana de junio se me presentaba con el grato color anímico que suele marcar la diferencia. Apenas despierto, comprobé que el cielo nos había regalado un luminoso e ilusionado amanecer. Desde muy temprano, dialogaba con la almohada acerca de los acontecimientos previsibles para una jornada que sería, afectivamente, especial. En ella, el más importante de todos esos retos era, sin duda, la despedida del curso que iba a tener con los alumnos y alumnas de mi entrañable tutoría.

Habían transcurrido casi nueve meses de acción compartida, en los que tan numerosas vivencias habían hecho posible nuestro acercamiento, hermanando y enriqueciendo el afecto, dentro de lo posible. A pesar del teléfono y (desde hace años) la versatilidad de Internet con el correo electrónico, es cierto que en esta relación se producen tiempos vacíos que limitan la acción educativa desde lo escolar. Me refiero al período que transcurre desde la llegada de la tarde, hasta las 8 de la mañana del siguiente día. Los mismo ocurre durante esos largos fines de semana y períodos vacacionales, enmarcados al comienzo de los solsticios y equinoccios meteorológicos. Y ahora, con el llegada del verano, iban a ser tres los meses en que la formación de estos jóvenes iba a quedar en manos, básicamente, de la interacción familiar y del heterogéneo contexto social que tanto influye en nuestros comportamientos y actitudes. Coloquialmente hablando, había llegado el día de “la entrega de notas” y de esos saludos que dibujan el buen quehacer y el afecto recíproco, ante una temporal y necesaria lejanía.

Previamente a esa fecha, con la que el curso finaliza, los profesores habíamos tenido largas y, en ocasiones, complicadas sesiones de evaluación. El grupo en el que ejerzo la tutoría pertenece a 4º de la ESO. Se trata de una etapa nuclear en la Secundaria, que abre caminos, paralelos pero divergentes, hacia los “módulos profesionales - ciclos formativos” o el bachillerato, previo a la entrada en la universidad. Aunque existen  criterios o normativas al efecto, según las diversas comunidades educativas, los alumnos deben superar todas las materias para obtener uno de los primeros títulos de todo su recorrido formativo. Ciertamente existen circunstancias y criterios que permiten esa Graduación en Secundaria Obligatoria, aunque no se superen algunas materias, siempre que éstas no sean considerada troncales o nucleares. Los itinerarios educativos también hacen posible esta fluidez administrativa.

Hubo problemas con algunos de los alumnos evaluados. Determinados compañeros planteaban la existencia del patente “abandono” o dejadez injustificada en las materias que ellos impartían, por lo que no era justo conceder el aprobado a los autores de dicha estrategia. Tras el diálogo y la ineludible negociación, me correspondió (como tutor) coordinar el proceso administrativo de los boletines, que habrían de ser entregados en este último lunes de junio. Hace años, todo se hacía de forma básicamente manual. Ahora, con los versátiles programas informáticos, la gestión es más ágil pero, al tiempo, laboriosa. La causa de este contraste se halla en el conocido (y tantas veces “temido”) programa Séneca. No pocas veces, supone un divertido sarcasmo o irrealidad  paradójica denominarle con el nombre de tan insigne y culto personaje de nuestra pasada Historia en la Antigüedad. Me ocupé de firmar los boletines y, en muchos de los mismos, junto a las calificaciones, anotar algunas observaciones y sugerencias, para el mejor conocimiento de todos aquellos que iban a recibirlos. También preparé los sobres, donde iba a introducirlos, con el nombre de cada uno de sus destinatarios. No olvidé incluir el listado con las direcciones electrónicas de todos los alumnos que así lo habían autorizado. Entre playa, sol y viajes ¿por qué no comunicar con esos amigos que tan cercanos han estado en el duro proceso del aprendizaje?

Las puertas del instituto ofrecían el gran ambiente que preside los días señalados, desde muchos minutos previos a su apertura. La hora de entrega había quedado fijada para las diez. Numerosos padres acompañaban a sus hijos en la tensa y nerviosa espera. Indiqué a mis alumnos que nos reuniríamos en el aula de clase, un lugar muy apropiado y entrañable para todos nosotros. Tras saludamos, pronuncié una palabras que quise fueran breves, pues los nervios habían tomado ya carta de naturaleza en el rostro y en los gestos de una gran mayoría de los presentes. A continuación fui pronunciando sus nombres, a fin de entregarles la “credencial” de los esfuerzos aplicados a tantos meses en el proceso del aprendizaje,

Alegrías, decepciones, semblantes exultantes junto a otros que denotaban la preocupación por los datos numéricos en las diferentes materias. La reacción familiar podría ser muy contrastada, según los casos. Algún grito incontrolado y, también, esas lágrimas perdidas que desean tener su parcela protagonista. La opiniones y los diferentes gestos expresivos viajaban de un lugar a otro, sobre las mesas y sillas de nuestra aula. A pesar de que en cada uno de los sobres, además del boletín correspondiente, había añadido una hoja con diversas orientaciones generales para los meses de verano, reiteré unos consejos básicos para todos aunque, de manera especial, para los que tendrían que recuperar contenidos a comienzos del próximo septiembre. Les rogué saludaran a sus padres en mi nombre, deseándoles un buen verano y que, en caso de necesidad, mi correo estaría siempre abierto a cualquier consulta que se me plantease. Finalmente,  procedí a estrechar las manos de todos los presentes, deseándoles la mejor de las vacaciones.

Casi todos los adolescentes habían abandonado ya el espacio de clase, cuando me fijé que sólo quedaba una alumna sentada ante su mesa Permanecía sola y patentemente seria, en un ángulo de la habitación junto a la ventana. Era Alice, una buena estudiante que había logrado aprobar todas las materias aunque, en este último trimestre del curso, su rendimiento haba quedado﷽uestra aula. A pesar d notoria. ababrtrechando las manos de todos los alumnos, desey sillas de nuestra aula. A pesar día descendido de manera un tanto notoria. A pesar de sus aceptables resultados, mostraba en su rostro un cierto tono de seriedad y preocupación.

Me acerqué hacia ella, preguntándole si algo le ocurría, a fin de intentar ayudarle. Tras unos segundos de silencio, por su parte, se puso en pié y, con los ojos algo enrojecidos, me resumió el problema que le estaba afectando. Me explicó que ella y su hermano, dos años menor, comenzaron a ver comportamientos extraños en sus padres, desde hacía aproximadamente un par de meses. Había noches en las que su padre no volvía a casa. Como explicación, al día siguiente, les comentaban que era por motivos de trabajo. Pero lo que debía ser una atmósfera normalizada, en tantas y tantas familias, se fue convirtiendo en un árido clima, donde la ausencia de palabras o, también, la tensión del  reproche se fue generalizando por días. Aparecieron agrias discusiones entre sus padres, delante de ellos o desde dentro del dormitorio. Ella y Guille trataban de disimular, aunque sentían o percibían que la relación entre papá y mamá iba cada vez a peor.

Nos habíamos quedado solos, ella y yo en el aula, mientras el griterío o esa acústica nerviosa del exterior, declinaba hasta hacerse plácidamente imperceptible. Ali necesitaba desahogarse, era evidente. La tensión que había ido acumulando, desde hacía semanas, provocó que, en más de una ocasión, su equilibrio o autocontrol, se rompiera en esas lágrimas que ayudan para el alivio. “Probablemente, ya os han anunciado que van a optar por una separación” me atreví a comentarle. Asintió, con un movimiento repetido de cabeza, sin pronunciar palabra alguna. Sí, me añadió que, para ella, el venir al instituto cada mañana era un ansiado espacio de liberación, donde se alejaba, temporalmente, de una realidad crispada que le hacía sufrir y sentirse desgraciada. Por eso en el día de hoy, cuando se iba a alejar de esta otra realidad más normalizada, recibía el hecho (para otros gozoso) con una profunda y pesimista tristeza.

Le prometí mi firme disposición para dejar abierta la puerta del correo electrónico, durante ese largo verano que apenas comenzaba. Que debía esforzarse en mantener el contacto con un par de compañeras, con las que se llevaba aparentemente bien. La amistad, entre compañeros y amigos, siempre es importante, especialmente en los momentos en que nos vemos embargados con esos problemas que, en soledad, tanto cuesta afrontar. La playa, algún deporte, practicar en el gimnasio….. podría serle también muy útil para descargar tensión (y esos gramos a los que Alice era especialmente propensa). “Esta tarde voy a realizar una llamada telefónica a tu madre. Creo que es necesario. Sólo he hablado con ella en una ocasión. Fue durante el primer trimestre. Y me pareció una persona agradable y razonable en sus comentarios. Tendrás que ayudarla, pues ella te va a necesitar mucho en esta experiencia, muy dura, que se le ha presentado. Sentirse relegada por tu padre…..”

“No, Profe, creo que no me ha entendido bien o yo no he sabido explicarme. No es mi padre, sino ella quien está “colada” por una compañera de la agencia. Es bastante menor que ella y tiene una hija de cuatro años. Se está comportando como una niña alocada”.

Ese no fue un final de curso presidido por la rutina o la normalidad. La más complicada sesión tutorial se me había presentado, de manera traviesamente inesperada, en un día que, presumidamente, era puerta esperanzada para el justo y necesario descanso. Pero así aparecen, sin tarjeta de visita, los acontecimientos. Mi tarea como tutor iba a prolongarse (con Alice y, probablemente, con algún otro de entre sus compañeros de clase) también durante el verano. En realidad, solía comentar con los alumnos que el ejercicio de esta importante función no terminaba hasta el primero de septiembre, cuando se inicia otra nueva experiencia para la convivencia escolar. Hay tutorías que, obviamente,  no finalizan con el curso.

Ali y yo recorrimos el claustro ajardinado, camino de la puerta de salida. El bullicio y la acústica desordenada se había tornado en un sosegado paisaje donde, mañana o pasado, volverían a bullir las vivencias administrativas para las matrículas y las “aclaraciones de dudas” con respecto a los resultados y valoraciones académicas. En miles de domicilios estarían ya fluyendo las felicitaciones, los enfados, las reacciones contrastadas ante unos boletines con números y palabras que hablaban de experiencias compartidas. También, de responsabilidades. Por parte de aquellos que aprenden y enseñan. Y de unas familias y un contexto social que sustenta la función formativa en una colectividad. Tras el afecto en la despedida, Alice caminaba hacia su otra realidad próxima. Se la notaba algo más tranquila y relajada. Quiso regalarme una triste sonrisa, mientras yo reflexionaba diciéndome: “un curso más en esta aventura, sin tiempo, para compartir y ayudar”.-



José L. Casado Toro (viernes, 9 agosto, 2013)
Profesor

viernes, 2 de agosto de 2013

INMENSIDAD.


Habían sido días teñidos con la dureza de la tensión. Al menos, los resultados del primer ejercicio, aunque fallidos para el objetivo de realizar la segunda fase, le habían permitido liberarse, por ahora, de tantos meses de sacrificio con la preparación de las oposiciones. Su plaza de auxiliar administrativo, en esa delegación de la Consejería, estaba relativamente asegurada, ya que se encontraba en un grupo a los que, por antigüedad laboral, se les renovaba anualmente sus contratos de forma automática. Así que, en este tibio domingo  veraniego, decidió relajar su desequilibrio nervioso, echando un buen rato de paseo y cultura por el Centro del Arte Contemporáneo. Cambiaba el peregrinaje dominical hacia unas playas atestadas de bañistas, por otra suculenta y divertida opción: la percepción estética de un arte moderno y complicado pero, sin duda, en la vanguardia cualitativa. Bruno no es un entendido en arte. Sin embargo le gusta analizar y estudiar todo aquello que muestre la creatividad del artista, en las distintas parcelas y géneros para la belleza y la funcionalidad.

A sus treinta y dos años continúa sin suerte o acierto en las relaciones afectivas. Posee su propio apartamento para la intimidad aunque, con frecuencia filial, acude a casa de sus padres a fin de compartir ese almuerzo o charla que tanto agrada y valoran sus progenitores. En estas reuniones familiares suele encontrarse con sus dos hermanas y cuñados, acompañados por una alegre tropa de cinco sobrinos, de los que sólo uno lleva trenzas con lazo y unos lindos ojitos azules que acompañan la espontaneidad de su limpia inocencia. Así que este domingo, como la cita era a las dos y media, disponía de tres horas largas para su peculiar aventura estética por el CAC.

Poco más de las once, en una mañana de cielo azulado y amenazando la dureza térmica del estío. Con paso lento, nuestro personaje va recorriendo las distintas pinturas y grabados, colgados en la verticalidad de los gruesos muros que forman el antiguo Mercado de Mayoristas. Este edificio fue  construido en 1944, junto al río o cauce del Guadalmedina, próximo a su desembocadura. Tras años de abandono, fue  adaptado y preparado para esta muestra del Arte más actual, desde el año 2003 en que el nuevo centro fue inaugurado. A Bruno le gusta recrearse con la riqueza cromática y plástica de las obras expuestas. Pinturas, esculturas, proyecciones, sonidos, piezas y materiales insospechados que forman conjuntos atrevidos en su simbología o significado para el frescor imaginativo. Este día, en fin de semana, no había visita explicativa, por lo que cada espectador tenía que adecuar su interpretación con arreglo a los pequeños paneles informativos que acompañan los títulos de las obras y, sobre todo, a la potencialidad imaginativa de cada visitante, aplicada a los ciclos expositivos.

Llevaba un buen rato paseando, disfrutando y sonriendo ante lo que veía (por su limitada preparación o educación artística) cuando se detuvo, pleno de curiosidad, ante un gran bloque metálico, negruzco y brillante, con unos escalones en la parte superior. Estaba encastrado en unos palés de almacenaje y rodeado de unos botes de pintura roja, derramados en un círculo basal, todo ello iluminado con tonalidades cambiantes desde tres puntos emisores. El autor de la obra, nacido en la Europa oriental, la había titulado “Inmensidad, en el caos”. Permaneció un buen rato contemplándola, sin encontrar el menor sentido a lo que el artista había querido plasmar o transmitir en semejante bloque o masa metálica. De pronto advirtió que, junto a él, una joven, delgada, alta, cabello moreno y de mirada seria, también contemplaba la obra, prácticamente inmóvil ante la misma. Vestía una camiseta oscura, estampada con frases reivindicativas a favor de un medio ambiente equilibrado, vaqueros azules envejecidos (tanto desde la fábrica, como por el uso) y calzaba unas “flip-flops, con el color azulado del mar.

En un preciso instante, Stella (ese era el nombre de la joven) y Bruno, apartando sus ojos de la mole que contemplaban, cruzaron sus miradas y, tras unos segundos de mutuo reconocimiento, rompieron a reír. “¿A tí qué te parece esta Inmensidad, ante el caos? Porque llevo aquí unos minutos, tratando de buscar sentido a esto que parece un meteorito. ¿Te parece que enviemos un sms al propietario, y autor, de este monumento al metal? Igual nos responde, con una explicación que nos convenza”. La chica, mostrándose amable con el desconocido, entró de lleno en el diálogo que éste le planteaba. “Sí, me parece que somos un poco burretes para captar o identificar el mensaje de quien ha hecho esta mole ….. ¿qué clase de metal puede ser? Bueno, me gusta venir por aquí con frecuencia. Pero me parece que cada día entiendo menos a estos artistas de la vanguardia”. Las risas y las miradas de ambos, hicieron grato esta ocasional encuentro de dos paseantes domingueros ante el arte.

De forma rápida y sencilla, intercambiaron sus nombres y continuaron su espontánea conversación. Una vigilante o guía, bien uniformada, los observaba. Le hubiera gustado intervenir en ese regalo de palabras y risas, pero entendió que no debía meterse donde no la llamaban y continuó su aburrido deambular, walkie talkie en mano.

“A mí, creo que también a otros muchos, nos ocurre algo parecido. El hecho de no entender el sentido o la simbología de no pocas de las obras, que aquí suelen exponer, hace que te sientas un tanto como ridiculizado…. No sé si esa sería la palabra correcta, ante la ignorancia. O tal vez el autor se pase de listo y juegue con claves que sólo él conoce o, incluso, ni el mismo sabe lo que está ofreciendo. Si tienes un poco de tiempo, te propongo una simpática experiencia. Vamos a tratar de identificar o explicar, alguna de las obras que veamos. Decimos todo lo que se nos ocurra o sintamos ante la pintura, grabado o escultura que más nos llame la atención”.

Stella, veintipocos años, comenzó a dar otra imagen de la que en principio Bruno podía suponer. Parecía una chica cultivada y sensible. Sus ojos no podían disimular un poso de tristeza o melancolía en su mirada, actitud que se esforzaba en compensar con una dulce sonrisa. Jugaron a la interpretación de unas cuatro obras, cuando repararon que eran ya más de las dos. Bruno se sentía tentado a invitarla a tomar alguna cerveza o aperitivo, pero recordaba que la cita familiar en casa de sus padres había quedado fijada para las 14:30. Y que sus padres se enfadaban con los retrasos, por eso del arroz, que se pasaba. Siempre habían tenido una mentalidad muy estricta con el minutero de la puntualidad. Así que, echándole valor y espontaneidad a la cosa, va y le dice a Stella.

“Me gustaría que tomáramos algo. Me has caído estupendamente bien. Pero tengo un asunto de familia y ya puedes suponer como son los mayores, con esto de las reuniones domingueras. ¿Nos intercambiamos los números del móvil? O mejor, se me ocurre que esta tarde, si no tienes, nada más importante, quedamos citados aquí y hacemos una buena merienda. Y seguimos hablando de ese arte que se nos hace tan difícil, para su comprensión o interpretación. ¿Qué te parece?”

“Pero, Bruno, ¿no te parece que vas muy rápido? Si apenas hace una hora que nos conocemos? Ni tú sabes quien soy yo, ni tampoco yo sé nada de ti. Y yo vengo de un palo muy gordo, del que apenas me estoy recuperando. Déjame pensarlo. De todas formas, has sido muy majo y agradable conmigo. Creo que hemos pasado un buen rato entre tanta cultura plástica. Me dices que a las siete y media. Veremos. Pero, en el tema de los móviles, prefiero esperar. ¿Lo entiendes… ¿verdad?”

Y tras una nueva sonrisa, la chica encaminó sus pasos hacia la zona del Vialia, mientras que Bruno lo hizo hacia el área norte, correspondiente al Hospital Civil. En modo alguno tenía ganas de ir a la paella dominguera, porque algo le decía que esta linda esperanza para la amistad, bastante más joven que él, podía resultar esa buena amiga que siempre todos hemos querido hacer realidad para nuestra vida. Sin embargo había que esperar hasta las siete y media, a ver si se hacía realidad esa cita que cultivamos en la ilusión de nuestros corazones.

Quince minutos antes de las siete y media, ya estaba Bruno, ilusionado pero nervioso, paseando por la gran explanada que antecede al edificio del CAC. Esos 6000 metros cuadrados de superficie, de los cuales casi la mitad están dedicados a mostrar las exposiciones permanentes y temporales, habían sido un ocasional punto de encuentro en el que, ante su desorientación interpretativa, había hecho posible contactar con una persona que parecía culta y solitaria. Desde luego, bella y agradable. Prácticamente, nada sabía de ella pero algo le decía, en ese misterio de la percepción, que esa chica podría tener un lugar importante en su vida. Y pasaron los minutos, las horas y los días. Stella, con su sonrisa dibujada en melancolía, no apareció.

Carecía de medios, datos o elementos (salvo su nombre y figura) para su posible y complicada localización. Fueron algunos otros los domingos en los que se desplazó al CAC, paseando entre creaciones inexplicables para su capacidad, tratando de buscar una explicación para ese silencio que reflejaba su ilusión. En momentos de serenidad y racionalidad se repetía, una y otra vez, la convicción de que tal vez, o muy posiblemente, hubiera mitificado la juventud y el misterio de esa chica que, también, contemplaba el bloque compacto de la inmensidad. La verdad es que se sentía preso de un estado de obsesión. Comentándolo con uno de sus cuñados, éste le sugirió una curiosa idea que puso en práctica desde aquella misma noche. Comenzó a difundir un críptico mensaje, a través de las diversas redes sociales, en el que adjuntaba una foto del dichoso bloque de la inmensidad, junto a las siguientes palabras:

“Sería importante seguir comentando contigo esta construcción escultórica sobre la Inmensidad. Tanto ese mensaje subliminal como explícito, que intenta transmitirnos su autor. Acudo todos los domingos al CAC, con la ilusión de continuar nuestro diálogo”.

En realidad, esa obra ya no estaba siendo expuesta en los salones del museo. Luego por tanto, sólo una persona podía conocer e interpretar el sentido de este mensaje abierto, en las poliédricas redes informáticas. La estrategia aplicada fue positiva en sus resultados.

“Bruno, he de confesarte que yo trabajo aquí durante la semana. Lo hago en el departamento de catalogación. Comprendo el desaire de ese domingo, pero tenía una historia y unos hechos, muy recientes y poco agradables, que no me animaron a dar ese paso que abría una nueva puerta a la amistad y a la esperanza. Sé que acudes casi todos los domingos a recorrer las salas del CAC. Yo vivo relativamente cerca del Museo y un familiar tiene un balcón enfrente del mismo. Desde  luego admiro tu constancia  o perseverancia. Es digna de elogio. Y ese mensaje en las redes….. muy bien pensado, inteligente y simpático. Hoy domingo tengo el día muy complicado, pues está la boda de una compañera. Mañana lunes, termino mi trabajo a las seis de la tarde. Para mí también sería una ilusión seguir compartiendo el diálogo y enriqueciendo la amistad. Si vienes un poquito antes de las seis, te llevo a uno de nuestros almacenes donde aún permanece el “tocho” de la inmensidad. Hay que devolverlo ya a su autor, en los próximos días. Le pediré a una compañera que nos haga una foto delante del monolito metálico. La verdad es que tengo la menor idea de lo que puede significar, pero nos ha servido para conocernos. Vamos a retitularlo como “la grata inmensidad de la amistad”.

Aquel domingo, en agosto, fue uno de los días más felices, en la incómoda y árida soledad de Bruno. El bloque, en cuestión, había sido inesperadamente generoso, para su destino y posible felicidad. ¿Qué mejor y sencilla  interpretación podría concedérsele?.   


José L. Casado Toro (viernes, 2 agosto, 2013)
Profesor