viernes, 21 de diciembre de 2012

CONTRASTES, EN EL VIVIR LA NAVIDAD.


Eran poco más de las seis, en la tarde, cuando volvía camino de casa con la mente y el cuerpo un tanto cansados. La rutina laboral de cada día se había visto hoy ampliada con la celebración de un almuerzo de hermandad, con motivo de las fiestas navideñas. En principio solemos poner algún reparo a nuestra participación en este evento de relación social pero, al fin, la mayoría de compañeros en la empresa nos vimos allí reunidos, tratando de generar lo más grato de esa jornada festiva.

Para los que suelen controlar, con rígida disciplina, su ingesta se encuentran con menús verdaderamente exagerados, en los hábitos cotidianos que presiden sus días. Es frecuente escuchar esa cantinela, por otra parte más que lógica, de que “yo habría comido, y bien, sólo con los entrantes”. Embutidos y ensaladas a mansalva, antes de ese caldo que no siempre llega con la debida temperatura a la mesa. A continuación, tras una espera que se eterniza por la limitación del servicio, llega el plato de carne o pescado, a veces frío, crudo o quemado,  que lucha por encontrar acomodo en un estómago, extrañado, protestón y saturado, donde poco hueco disponible queda ya. Y todavía hay que afrontar la amenaza de un postre denominado creativamente, como todos los platos de la copiosa  y literaria carta, “secretas delicias en la nieve, con un ensueño al ron” (básicamente un trocito de bizcocho, de calado indescifrable, cubierto de azúcar glas donde, tal vez, el secreto de la sorpresa sea un toque de inquietante crema pastelera que podemos hallar en uno de los estratos que conforman el venturoso pastel). Tinto, blanco, cerveza y agua, con generosidad y, para el brindis, esa copa de cava o champagne (otro año, también seco) que llega como un estilete cruel a nuestra sufrida digestión, muy cerca ya de las cinco en la tarde. Y todavía puede quedar hueco para el café. Y si encarta, esas copas……. no deportivas y de coste extra, para los sedientos spongemen.

Son menús cercanos a los cuarenta euros el cubierto, nada más, que tratan de ser digeridos en un ambiente de camaradería y sano jolgorio (casi nunca falta algún valiente para con los villancicos). Por supuesto, después de haber consultado numerosos restaurantes (con un mes de antelación), casi todos ellos con las mesas cubiertas para ese día, en tiempos de aguda crisis. Por cierto ¿cuál sería la estadística de todas las veces que has asentido, lo que comentaba –o gritaba- ese compañero sentado enfrente tuya, sin poder escuchar y entender palabra alguna de lo que te estaba diciendo? Y ya, camino de vuelta a casa, con esa mezcla pendular de aturdimiento y excitación, me preguntaba por las razones de unas despedidas que duran cerca de los treinta minutos, desde la mesa que has ocupado hasta la puerta liberadora del establecimiento. Besos, abrazos y parabienes de frases ingeniosas para el delirio. Mañana volveré a compartir un día de oficina, con todos estos compañeros y compañeras del suculento ágape en fraternidad.

Recogí el correo, aburridamente bancario y comercial, en el buzón comunitario y saludé a ese vecino del cuarto, verdaderamente habilidoso en su afición al bricolaje. No había nadie en casa, pues mi mujer tiene hoy turno de tarde en la clínica dental donde trabaja y el crío me comentó que iba a preparar los exámenes con una amiga. Pensé en darme una ducha tonificante pero, antes de quitarme la ropa, escuché cómo llamaban a la puerta.

Era Mila, del tercero C. Aunque la relación con todos los vecinos del bloque es cordial, he hablado un poco más con esta vecina, dado que también trabaja en el ámbito de los seguros, aunque no en mi oficina. Sé que lleva varios meses en el paro, desde que su empresa sufrió una profunda reestructuración. Su marido, algo cabeza loca, trabaja en un taller de reparaciones de automóviles, aunque ahora debe estar también sin trabajo, por algún comentario que le escuché cuando compartíamos el ascensor. Tras el saludo, e invitarle a que pasara, nos sentamos en el salón, pues me ruega si tenía unos minutos para escucharla.

Presenta un semblante serio y crispado. Se la nota nerviosa y con evidentes rasgos de ansiedad. Confiesa que me ha visto llegar, ya que estaba tendiendo la ropa de la lavadora y que, en uno de esos impulsos, ha decidido plantearme su problema.  Que se siente confusa y bastante avergonzada, pero que ha dado ese paso de subir tres plantas más arriba de su casa, para tratar de encontrar un poco de desahogo. Segundos antes de entrar en cuestión, se rompe en lágrimas. Yo también me siento muy desconcertado ante la escena y, viendo ante mí a esta joven mujer sumida en la desesperación de los nervios, me dirijo a la cocina a fin de prepararle una infusión que pueda calmarla en su inestabilidad. Y ya, con la taza a medio consumir, parece que alcanza un mínimo de serenidad para poder hablarme del problema que, obviamente, le afecta. Le tiemblan un poco las manos y mueve compulsivamente sus piernas.

“Mario y yo, estamos pasando un momento terrible. No sé todavía como he tenido valor para subir aquí y explicarte lo que nos ocurre. Pero la decisión ya está hecha. Llevamos ya muchos meses pasándolo fatal. Nada de nada, en el trabajo. El despido de él fue totalmente imprevisto. Un verdadero mazazo. Y, al poco tiempo, reestructuran la agencia donde yo trabajaba. Total que sólo tenemos esos cuatrocientos y pico de euros, para vivir durante el mes. Con dos niños, en primaria, y una hipoteca… cuyos recibos se acumulan. Y en las familias de nuestros padres, las cosas no van mucho mejor. Ellos apenas pueden defenderse. Entre nosotros, aparecen los desánimos, las desagradables discusiones o esos horribles silencios, en los que parece que nada tengamos que decirnos……..”

De nuevo Mila se ve rota en su autocontrol. Observé que trataba de disimular el temblor de sus manos. Me angustiaba ver el mal rato que estaba pasando esta vecina con la que, hasta esa tarde, habíamos tenido una cierta amistad aunque no especialmente intensa.  

“Es terrible llegar a esto. Pero, aunque te cueste trabajo entenderlo…. tenemos el frigorífico y la despensa prácticamente vacía. ¡Dios mío, qué vergüenza! Para la Nochebuena vamos a ir a casa de mis padres. Están también fatal, sin un euro y con otras muchas bocas, pero es que a esta familia se le ha venido todo encima. Tengo un hermano, también casado y con niños …. bueno, para qué te voy a dramatizar más. Mira, Jaime, esta noche no tengo para ponerle un plato digno de comida a mis dos niños. Nunca, nunca pensé que íbamos a llegar a esto. Mario va dando tumbos de un lugar para otro, sin saber qué hacer. No sabe que yo estoy aquí explicándote nuestra situación. Él es más bien orgulloso. Pero el problema son dos niños de ocho y diez años. De verdad que ya no sé que hacer. Estoy….. desesperada. He ido a la parroquia, pero la lista de los que allí acuden es patética y cada día se hace más inabordable”.

Mi joven interlocutora se sume en un profundo silencio, fijando su desalentada mirada en la mullida alfombra que nos soporta. Nunca podía imaginar que la situación de estos vecinos alcanzara el drama que me estaba narrando una mujer de ojos enrojecidos y atrapada por un descontrol evidente. Sabía que tenían dificultades económicas, pero no a ese nivel que impide poder dar de comer a dos hijos pequeños. Quise aparentar una imagen de serenidad, aunque yo mismo era también presa de los nervios. Mila me estaba pidiendo una ayuda básica, dejando toda su autoestima y orgullo aparcado ante la imperiosa necesidad de unos críos a los que no quería ver sufrir la necesidades más elementales. Tratando de reducir la tensión me puse de pie diciéndole, con palabras que intenté fuesen cálidamente acogedoras, lo siguiente:

“Ahora no debes pensar más en la situación que acabas de confiarme. Hay que ser prácticos. Actuemos con diligencia. Vamos a la cocina que seguro encontramos algo para las urgencias”. Cogí una gran bolsa, de las que llevamos a la playa y repasé la alacena y el frigorífico. Fui guardando, en esa y en otras dos bolsas más, todo lo que estimé como necesariamente urgente para esta familia. Galletas, latas de conservas, arroz, pastas, azúcar, harina, botes de leche y legumbres, bolsas de pan, aceite, huevos, verduras, barras de chocolate, patatas, cacao, café molido, naranjas, manzanas, plátanos, yogurts…… (Reflexioné sobre la cantidad de alimentos que acumulamos obsesivamente en nuestras despensas y que, en más de una ocasión, tenemos que eliminar por su fecha de caducidad…) Preparé las tres grandes bolsas mientras Mila asistía como ensimismada a esa recolección alimenticia que hice con la mayor diligencia. “¿Hay alguien en tu piso?” le pregunté “No, sólo los niños, pues Mario salió esta mañana, para ir a casa de sus padres, y aún no sé nada de él”. “Entonces vamos a bajar todo este material. No es la solución a vuestra situación, pero al menos va a ayudar durante algunos días. Y estas fechas son muy especiales. La semana que viene, os preparo también otro lote. ¡Ah, se me olvidaba! Tengo ahí debajo del mueble de la cocina, apenas empezada, una caja grande de dulces navideños surtidos, mantecados, turrones, ya sabes….  que os va a venir muy bien, especialmente para los niños, que saben gozar y bien con estas cosas. También te la voy a bajar. Fíjate ¿qué te parece? viene con su botella de sidra, otra de Rioja y una barrita de lomo embuchado. Me la trajo, como regalo, un buen cliente de la empresa, a quien resolví un complicado problema que tenía con una demanda de terrenos pertenecientes a su familia. Sí, a pesar de los seguros, hago algunas cosillas en el terreno jurídico”.

Me esforcé, en todo momento, por ofrecer normalidad y sencillez a mis gestos. Traté de paliar la situación crítica en una familia que sufría las consecuencias de una situación económica, cruelmente, injusta. Mila se mostraba algo más calmada y sonreía cuando yo aportaba alguna que otra broma a mis movimientos por la cocina. Ella entendía, con estos gestos, que su vecino se esforzaba por quitar toda muestra de dramatismo a la situación que tanto le estaba afectando. Al fin, bajamos las tres bolsas a su casa, junto a la apetecible y golosa caja de Navidad.

Aunque muy callada, se esforzaba en sonreír como muestra de agradecimiento. Al fin me dijo: “No sé como se lo voy a explicar a Mario. Ni yo misma sé como te he puesto en esta tesitura. Pero, a pesar de su carácter, me esforzaré para que lo entienda. Los niños han de estar por encima de otros muchos criterios en cuanto a la forma de actuar. Y yo no quiero, por nada del mundo, que mis hijos pasen hambre. Y a ti, Jaime, darte las gracias es poco. Lo que más te agradezco es la actitud…..” No la dejé terminar. Lita y Fredy, ya estaban por allí correteando y tratando de descubrir el contenido de las tres voluminosas bolsas y el contenido de la caja navideña. Me acompañó hasta su puerta y me abrazó, entre lágrimas. Reconozco que había algo de lluvia también en mis ojos. Fue el momento en que aproveché para dejarle, en el bolsilla de su chándal, un par de billetes que había preparado minutos antes. Esos euros también les iban a ser útiles para estos días en los que el año finaliza.

Salía de la ducha cuando escuché una voz desde el pasillo. Era Luz, quien ya volvía del trabajo. “Jaime, hoy he tenido un día horrible en la clínica ¡Si yo te contara! No he parado en toda la tarde. No he tenido tiempo ni para tomar un café. Tú habrás estado aquí, bastante tranquilito, jugando con el ordenador. Poquito trabajo y toda la tarde en casita. Ahora te das una ducha calentita ¡Lo bien que viven algunos! Habrás tenido tiempo hasta para aburrirte. Bueno, me voy a cambiar de ropa. Después prepararé algo para la cena. El niño me ha llamado. Que se queda a cenar en casa de los Écija, con Marta. Dice que están preparando un trabajo, pero a mi me da que está colado por esa niñuca que lo pone a mal traer. Por cierto, mañana me voy a comer con todas las compas del gimnasio. Hasta la Santosvalle se ha apuntado”.

Me dio como un pequeño ataque de risa. Pensaba en la cara que iba a poner Luz cuando entrara en la cocina y viera el desmantelamiento que allí se había producido. ¿Cómo se lo iba a contar? Desde luego, fue para mí una tarde de esas que no se olvidan. El desaforado espectáculo del ágape navideño, con los compañeros del trabajo, contrastaba con la posterior visita de nuestra vecina Mila, y la desafortunada situación que ella y su familia estaban padeciendo. Había sido una tarde de contrastes, para vivir la Navidad.-

José L. Casado Toro (viernes 21 Diciembre, 2012)
Profesor
http://www.jlcasadot.blogspot.com
jlcasadot@yahoo.es

viernes, 14 de diciembre de 2012

EL ALMA DE LA NAVIDAD.


¡Hola Javi! He venido a buscar a mi Alma. Como me imaginaba, se habrá pasado aquí en la plaza casi toda la mañana. Es su primer día de vacaciones y tenía muchas ganar de jugar con las amigas y compañeros del cole. Seguro que no te habrá dejado tranquilo un momento, contándote todas sus historias y ocurrencias. La verdad es que se lleva muy bien contigo. Eres muy complaciente y generoso con ella, escuchándole y dándole algunas de las chucherías que tanto le gustan. Pero…. no le hagas mucho caso, pues es un manojillo de nervios que lía a cualquiera. Bueno, también te quería decir algo más. Esta noche es un tanto especial. Es Nochebuena. Tú estás sólo y la niña y yo …. pues también. Si te parece ¿por qué no te vienes a cenar a casa? Ya sabes que estoy muy apretada para hacer extraordinarios. Hace ya dos meses que no me llaman de la cooperativa. Así que tengo que controlar mucho los gastos. Pero algo se puede hacer para que tengamos una buena cena y no estemos tan solitos en una Noche tan especial. En realidad, ha sido Alma quien me ha dado esta estupenda idea. ¿Te animas a venir?

Pero ¿quién es esta joven mujer (aún no ha cumplido las tres décadas en su vida) que dialoga, animada y generosa, con un buen hombre que se gana el modesto sustento con su puesto de golosinas y bocadillos, especialmente para los niños?  El padre de nuestra Raquel, Manuel, trabajaba en lo que salía. La aceituna, en la temporada. También, los andamios, para el cemento y el ladrillo o cualquier otra chapuza que permitiera llevar a su casa unas pesetas que tan bien sabía administrar y multiplicar esa buena madre y esposa que atendía por el nombre de “la Pilar”. Era hombre de comportamientos y hábitos ordenados, que tan sólo sucumbía a ese medio paquetillo diario de Celtas, cuando podía comprarlo en el estanco de la Avenida. Pero ese humo letal y, también, tantas mañanas de trabajo, con temperaturas y vientos helados desde Sierra Morena, hicieron que su naturaleza se fuera apagando poco a poco, hasta aquel infortunado día en que dejó huérfana a su única hija, Raquel, una jovencita delgada, morena y de ojos castaños, siempre la alegría de la casa. Muchos de los chicos de este pueblo repleto de leyendas y realidades monumentales, herencia lejana de una época secular de prosperidad y nobleza generadora, en la actualidad, de incentivos para el turismo cultural, se disputaban el favor, las risas y la silueta embriagadora de una niña-mujer en los ensueños mágicos de la adolescencia. Y la chica se dejó prendar por los recursos físicos, adornados por el embrujo convincente de la palabra, que otro adolescente, tres años mayor que ella, solía regalarle a casi todas las horas del día en que la veía.

Tuvo que suceder. El “Nacho” y la “Raquel” vivieron muy deprisa la fuerza atractiva de sus cuerpos y la llamada desbordante y dulce de la naturaleza. La pobre Pilar, casi le da un “flato” cuando su niña le dice lo del embarazo. Que va a ser mamá, a sus diecinueve abriles en Primavera. Pero al “Nacho” un figurita todo presencia, pero con una madurez de plastilina, le entra el miedo y la angustia por las entrañas de la responsabilidad. No quiere saber nada de paternidades y huye. Se escapa, con el rabo entre las extremidades de la cobardía, al otro lado de los Pirineos. Su emigración laboral se hace indefinida, paralela a la caída de las hojas, tanto en los árboles como aquéllas insertas en el crudo silencio de los almanaques.

Han pasado ya ocho años de aquella, comentada por todos, relación. Son los mismos que atesora Alma, una preciosa niña que nació de tardes y días, en dos jóvenes cuerpos entregados a esas ilusiones incontroladas para la atracción, los ensueños y el amor de naturalezas sin frenos. Hija y madre viven hoy solas en esa pequeña casita que supo crear con sus manos la entrega y el sacrificio  de Manuel, quien ya tiene a su lado otra vez, en todo lo alto de nuestras creencias y miradas, a su Pilar, para seguirla queriendo y cuidarla. ¿Y por qué no hacerlo, también allá arriba, en ese sitio al que tantos necesitan llamar cielo?  Raquel es una buena madre que atiende, con su esfuerzo y dedicación responsable, el sano crecimiento de un ser, la sonrisa y la vitalidad de la casa. Trabaja, siempre que la llaman, en una de las cooperativas olivareras que hay en su precioso pueblo, rodeado de colinas inundadas por un mar verde de olivos que da razón, economía y belleza, a esa alta Andalucía que conforma los anales de nuestra Historia. Del Nacho, el padre de la criatura, nada ha vuelto a saber. Ni él, ni su familia, se han preocupado de una niña que está creciendo sin padre, pero sabiendo ganarse en cariño de muchos quienes tienen la suerte de reír y disfrutar con sus inocentes ocurrencias y travesuras. Entre ellos, Javier. ¿Pero quién es este hombre cercano ya a la cuarentena?

Vive en la que fue casita de sus padres, en las afueras del pueblo, casi rodeada de colinas y laderas para el aceite. Fue hijo único e inesperado, pues nació en esas edades en que ya no se espera el maná esperanzado de la descendencia. En pocos años ha ido despidiendo a sus padres, dos personas muy mayores, que le han dejado un trocito de tierra para cultivar y una casita rural, también de su propiedad. Se organiza bien con ese puesto de golosinas y meriendas (tiene un colegio y un instituto cercanos) y tampoco viene mal la ayuda de lo poco que saca de su parcelita, a la que cuida, con esmero y dedicación los fines de semana. El Javi (así le llaman sus convecinos) es algo tímido de carácter. De apariencia normal, más bien delgado, alto de cuerpo, tiñe sus ojos del color de la oliva y el celeste claro del amanecer. Disimula bien una leve cojera al andar, secuela de una polio traicionera, en su ya lejanos años de la infancia. Tuvo novia formal, pero la Beli acabó por encariñarse con otro joven del lugar, que supo ganarse la prioridad de ese amor que va y viene como la ondulación viajera del mar.

“No me lo esperaba, Raquel, aunque nos conocemos desde hace muchos años. Eres muy amable y generosa. Ya sabes, con los años, me he acostumbrado a organizar bien mi soledad. Pero es cierto que en noches, como la de hoy, por mucha televisión y ordenador que te acompañen, no es fácil verte allá en casa sin nadie con quien hablar. Tu, al menos, tienes esa joya de cría que te llena de alegría ¿verdad? Alma juega mucho por aquí con sus amiguitas. Es muy noble y abierta conmigo. No para de contarme cosas del cole y de todo lo que se le ocurre. Sabe hacerme reír con sus ocurrencias. Es un ángel de persona que sabe ganarse la bondad y confianza de todos. Algunas veces me doy cuenta que no puede comprar chuches como sus amigos. Cuando se apartan del puesto, le hago una señal y le doy algún caramelo o paquetillo de pipas. Es lo menos que puedo hacer por una niña, todo bondad que me hace sonreír y sentirme bien con sus historias. ¡Pues nada! Si madre e hija me invitan, yo encantado. Te llevaré un cestillo de fruta, pues ese es un buen alimento para la salud. Me ha dado mucha alegría que te hayas acordado de mi para esta Nochebuena que, seguro, va a ser muy diferente para todos nosotros. ¿A qué hora te parece bien que vaya a tu casa, Raquel?

Aquella, en diciembre, fue una Noche de cena muy hermosa. Sencilla, pero suculenta, en lo culinario (taza de caldo con hierbabuena, pollo relleno y bien dorado al horno, una ensalada multicolor en su preparación e ingredientes, enriquecida con los dulces navideños de siempre) y muy entrañable, en lo afectivo. Javier se presentó puntual, cuando daban las nueve campanadas desde la Torre de San Pablo. Iba muy bien arreglado y abrigado, pues ese invierno recién inaugurado se había presentado con un cielo muy frío pero, a la vez, bien limpio para lucir el brillo gélido de las estrellas. Además de un gran cesto con frutas, tuvo el detalle de una preciosa muñeca para Alma y unos atractivos pendientes para la Raquel. Sonaron y cantaron villancicos, hablaron y contaron mil y una historias, mientras el protagonismo hiperactivo de la niña hacía posible superar esos tempos en silencio en que los recuerdos, contrastados en su naturaleza, irrumpen como inoportunos invitados para la intimidad de la ceremonia. Como siempre suele suceder, para esos latidos de la necesidad, las miradas de Javier y Raquel se cruzaban con ese diálogo que ni las mejores palabras saben o pueden igualar. Mujer y hombre, el destino quería servir de punto de encuentro para recorrer juntos un camino que ambos anhelaban modelar. Mañana, pasado o tal vez al otro, encontrarían la respuesta para su necesidad.

Eran más de las once. Antes de poner fin a esa cena, en una ilusionada Noche para los tres, Raquel quiso ofrecer a Javi una taza de té, infusión que tanto sabía le agradaba. Desde la cocina, donde estaba calentando el agua, oyó el sonido telefónico. Dada la hora, le extrañó la oportunidad de la llamada. Tras el “dígame” escuchó una voz que, a pesar de los casi nueve años de distancia, le resultó conocida. Temblándole el pulso, escuchó, sin pronunciar palabra alguna, unas frases que percibió como vacías y absurdas para la credibilidad. Fueron unos segundos los que permanecieron en la crispación del silencio, tal vez minutos. Raquel, con la firmeza de la razón, puso fin a la llamada, sin haber articulado la acústica de ningún vocablo. Ya en la puerta, tras los besos de despedida y ante la mirada sonriente de la cría, acertó a decirle a ese buen hombre una corta o densa frase para el aliento de la esperanza. “Yo… también te necesito, Javi”.

Aquella imprevista llamada, de las once y veinticinco, no volvió ya a repetirse. Durante esa Noche. Ni en otras tardes o mañanas. Raquel, desde el cristal de su ventana, vio alejarse a Javi quien, desde la esquina, le hizo un saludo cariñoso con su mano. Hacía frío en la calle, pero florecía una tibia temperatura en el corazón de dos personas. Y muy cerca de ella jugueteaba una niña de ocho años, Alma. Era el Alma de la Navidad.-


José L. Casado Toro (viernes 14 Diciembre, 2012)
Profesor
jlcasadot@yahoo.es

viernes, 7 de diciembre de 2012

UNA LARGA NOCHE, EN EL TIEMPO DE NUESTRA MEMORIA.


La memoria, esa maravillosa capacidad de nuestro cerebro que nos permite almacenar y evocar informaciones, de toda naturaleza y carácter, es imprevisiblemente caprichosa. Hay personas en las que esa importantísima funcionalidad se halla muy desarrollada, mientras que para otras ese necesario o imprescindible recurso para nuestra vida se encuentra limitado o, incluso, patológicamente bloqueado. Es indudable que tan cualificada potencialidad es sumamente heterogénea para todos nosotros. Algunos la han ejercitado más, manteniéndola con la fuerza de la claridad, mientras que otros la han dejado aletargarse en las brumas de la inconcreción. Pero, desde luego, existe la convicción de que, con la edad, dicha facultad va perdiendo vigor, frescura o agudeza. Somos muchos los que nos quejamos o lamentamos, con esa manida frase, de que “cada vez tengo menos memoria”. El no saber encontrar el lugar donde has dejado las llaves, el olvido sobre obligaciones importantes que habías de atender aquel determinado día, o incluso el “tener en la punta de la lengua” un nombre o dato que se te hace imposible expresar en el preciso momento…. son algunas muestras, más que frecuentes, de esa debilidad en el recuerdo, a fin de que tu mente responda al interrogante o ciertos datos que necesariamente requieres. 

Quiero centrarme en un hecho que, no sólo en mí sino también en los comentarios ajenos, resulta bastante frecuente. Consiste en que olvidamos situaciones o informaciones que son muy próximas para nuestro protagonismo pero, al tiempo, aparecen en el recuerdo escenas, personas y detalles muy lejanos, con una profusión informativa y concreción en las imágenes verdaderamente difícil de explicar. No llegas a entender como situaciones de ayer o de la semana pasada se te borran de la memoria, con una pasmosa facilidad, mientras que otras escenas, bien alejadas en la  distancia del tiempo, recuperan su nítida vigencia para la retina de la imaginación. Las estás reviviendo, bien cercanas o próximas, cuando han pasado no pocos calendarios desde el momento en que sucedieron y pudiste integrarlas en tus vivencias. Pero, así es la memoria. Juguetona, traviesa, espontánea, complaciente o cruelmente indiferente.

¿Ejemplos que avalen lo previamente expuesto? Cada uno de nosotros posee,  en el archivo de su existencia, miles de hechos y anécdotas que avalan lo que aquí se expone. Veamos alguna, entre todas aquéllas que los lectores de estas líneas podrían fácilmente compartir. Ocurrió una tarde reciente, cuando me encontraba trabajando ante el ordenador. Tal vez por una asociación de ideas, en relación a la temática que estaba desarrollando en uno de mis escritos, recordé a una persona que había conocido durante mis años de estudio, en la Universidad de Granada. Su nombre y apellidos, así como otras características identificativas acerca de su imagen, se me hicieron nítidamente explícitas, sin saber exactamente el porqué. Acerca de otros compañeros de estudio, sí recordaba algunos aspectos personales, pero se me borraban muchos de sus nombres, especialmente los apellidos. Debo aclarar que, desde hacía casi cuatro largas décadas, no había tenido noticia alguna de este compañero. El contacto, amistoso y cordial durante aquellos años de estudio, desapareció al momento en que ambos finalizamos nuestro periplo estudiantil en esa universidad. Tanto uno como otro, volvimos a nuestras respectivas provincias de origen, para ejercer las profesiones para las que nos habíamos estado formando.

Durante esa larga noche en el tiempo, el diálogo y la amistad entre ambos no supo reencontrar el espacio para su oportunidad. Nunca existió motivo espacial alguno, entre ambos, para justificar la ausencia de una simple felicitación navideña u otro tipo básico de comunicación, más o menos cordial o educada. Sólo la separación física de ese espacio que nos había vinculado durante los cinco años de estudio, la prioridad de nuevas amistades en nuestras respectivas provincias de nacimiento y trabajo y, por supuesto, esa pereza o falta de interés por conservar amistades que, sin saber por qué, tanto nos afecta. Pero, esa tarde de otoño, desde alguna recóndita estancia de la memoria, se me motivaba a preguntarme acerca de esta persona de la que nada había sabido, en ese oscuro calendario para el olvido  y la distancia.

¡Cómo no! recurrí al Google, ese versátil, servicial y atento buscador de Internet, que tantos apuros y necesidades, en el conocimiento y la información, sabe resolvernos. Tecleo el nombre y los dos apellidos de este antiguo compañero y amigo y obtengo como respuesta un número verdaderamente importante de entradas. Los tres datos nominativos que aporto son bastante comunes, en la generalidad de la ciudadanía. Entonces toca armarse de paciencia para ir desbrozando y encontrando a esa persona que puntualmente tú deseas localizar. Tras un buen rato de consulta, la búsqueda se centra y reduce sobre dos nombres que, por una u otra razón, pueden corresponder a ese compañero de los años de universidad. El problema estaba en que llegaba a unos archivos que no eran excesivamente explícitos, pues, a veces, sus nombres se hallaban insertos en listados administrativos que no ampliaban detalles de índole privada o personal. En cuanto al apartado de las imágenes, la búsqueda también resultó laboriosa. Aparecían fotos, de no excesiva calidad en pixels y generalmente en grupos o celebraciones, sobre las que había que imaginar o adaptar rasgos físicos de hacía casi cuarenta primaveras. De ambos anoté direcciones postales y teléfonos. Pensé que era preferible enviarles sendas cartas, por correo ordinario (no conseguí localizar sus direcciones electrónicas) donde les explicaba con la mayor delicadeza el motivo de mi búsqueda. Así tendrían más tiempo para reaccionar a la sorpresa, que utilizando la inmediatez o inoportunidad de una llamada telefónica. Y esperé a que llegase la respuesta. Por supuesto que, en ambos escritos, anoté mi e-mail por si estimaban oportuno utilizarlo para su posible comunicación.

Apenas una semana después, recibí un correo electrónico remitido por un farmacéutico de la provincia alicantina de Calpe. El amable remitente me comentaba que no era él la persona con la que yo deseaba contactar. Y que le resultaba curioso saber que otro profesional de su especialidad tenía, a pesar de ser bastante común, su mismo nombre y apellidos. Decía que su único vínculo con la bella ciudad de Granada era un parentesco lejano de su mujer, profesional de la hostelería. Sin embargo hoy, ya casi tres semanas después desde la fecha de mis envíos, me han dejado, en el buzón de correo, una carta remitida desde Elda por el otro destinatario. Además de un folio, difusamente explicativo, se adjunta en el interior del sobre una foto en blanco y negro, escaneada desde el original, donde ambos estamos, junto a otros compañeros de Colegio Mayor, en el patio interior de la residencia universitaria. Efectivamente, esta segunda opción era, al fin, la acertada.

Leí, con mucha atención y emoción, el contenido de su breve misiva. En ella subyace el afecto de dos amigos, para esa inolvidable fase de nuestra juventud que queda, en este momento, muy alejada en la memoria. Me resume algunos trazos de su evolución profesional y familiar, aludiendo a determinados detalles, en ambas dimensiones, contrastados en la suerte. Todo natural y comprensible, pues la vida tiene días de intensos nublados compensados con otros muchos en los que el sol permite que miremos la realidad con un mayor protagonismo para la esperanza. Finaliza su carta agradeciéndome el esfuerzo y el interés que he tenido para localizarle, rogándome que continuemos la comunicación (me adjunta su e-mail).

Sí, el lector puede considerar este relato con la lógica apreciación de ser una historia simple y cotidiana. Sin embargo para sus dos principales protagonistas, la valoración de cómo supimos recuperar algo del tiempo pasado, trasciende la dimensión secundaria de una simple anécdota. En esa foto, que Ramón me envió junto a su respuesta, él y yo parecemos muy jóvenes, cándidamente ilusionados en nuestros estudios para diseñar una trayectoria que, en aquél momento, se nos hacía desconocida, pero apasionante. Y han pasado ya cuatro décadas en nuestras vidas y en la de todos esos compañeros que nos acompañaban, antes de subir al comedor, en aquel alegre (así se nos ve en la fotografía, con nuestros nombres escritos en el reverso) domingo primaveral, del año 72. Amistades que desaparecieron, prácticamente, dos años más tarde. Llegó esa larga noche que cubre el tiempo en los calendarios, cuando el olvido se blinda ante los recuerdos y la “amnesia” de la memoria cubre el erial de las distancias y los silencios.

Intercambiamos algunos correos, cordiales y afectuosos, aunque percibí, desde un primer momento un algo especial, de difícil concreción, en las líneas subliminares de sus breves escritos. Por fin, pasados unos meses, le propuse la posibilidad de saludarnos, en lo personal, idea que, percibí, no le provocó un especial entusiasmo. Le sugerí, en esa propuesta, que Granada, el hogar ciudadano que nos había acogido en nuestra etapa universitaria, podría ser el marco inmejorable para un reencuentro en la amistad, tras cuatro décadas de distancia. Silencio como respuesta. Pero una noche observo  en mi ordenador que hay un e-mail de Ramón. Debió de pensar bastante su afirmativa respuesta. Nos citamos, dos semanas más adelante, precisamente en la calle donde estaba ubicado nuestro Colegio Mayor (hoy trasladado de ubicación, en el perímetro urbano nazarí granadino).

Sobre las dos de la tarde, y soportando el intenso frio de la estación otoñal, nos observamos el uno al otro, en medio de unos segundos de expectación. Viendo los inmensos deterioros recíprocos en nuestros respectivos “fuselajes” epidérmicos y funcional, rompimos a reír, Después del abrazo correspondiente, fuimos paseando, camino de un restaurante, por entre el laberinto antiguo de esa Granada misteriosa, acogedora y romántica. Tomamos algo, en ese antiguo restaurante que aún pervive, ornado de atauriques, mocárabes, azulejos y lacerías, en la zona de las teterías, camino del Albaycín. Recordamos algunas anécdotas un tanto deshilvanadas de una fase de nuestras vidas, inevitablemente  teñidas de un color sepia por la distancia. El entorno granadino hacía que todo pareciera igual (o casi igual) que en los setenta pero….. todo era diferente. Muy diferente.

Ya con las tazas del té dormitando vacías sobre la mesa, a modo de impulso le hice una pregunta a mi interlocutor que le hizo cambiar el tono de su semblante. “Pienso que tú no eres Ramón ¿verdad?” Silencio de no sé cuantos segundos en mi interlocutor, que modulaba una expresión  a veces seria, a veces inexpresiva. “Y cómo te has dado cuenta”. “Porque la magia de la memoria aún sigue viva para mi necesidad. O, tal vez, intuición”.

“Efectivamente, llevas razón. Mi hermano, hace ya muchos años, abandonó sus raíces familiares. Desapareció una mañana, sin despedirse de nadie. Hace ya unos dieciocho años. Nunca, nunca supimos el porqué de su decisión. La policía tampoco supo encontrar una lógica al misterio de su desaparición. Pensamos que una situación sumamente complicada en su negocio pudo estar detrás de un proceder radical e inexplicable. Cuando se recibió tu amable carta en casa, tras su lectura, pensé y dudé que igual podrías aportarnos alguna luz en nuestra larga y cruel desesperanza. Y bueno….. suplanté a la persona de mi hermano en esos cuatro correos y, hoy mismo, en nuestra entrevista. Pero he comprobado que tampoco tú eres el camino que nos podría ayudar a encontrar alguna respuesta a todos nuestros interrogantes”.  

Fue una despedida algo tensa, fría, pero al fin educada. Verdaderamente extraña la personalidad del hermano de Ramón. Cuando conducía por las Pedrizas, camino de vuelta a Málaga, sentía que también yo era partícipe indirecto de la angustia que soportaba toda esa familia, en la incertidumbre dolorosa de los comportamientos.-

José L. Casado Toro (viernes 7 Diciembre, 2012)
Profesor