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viernes, 21 de mayo de 2021

TENGO ALGO QUE DECIRTE.


Resulta penosamente frecuente que algunos usuarios de las bibliotecas públicas se comporten de manera incívica, con respecto a los libros que consultan y leen. Las muestras de este inadecuado comportamiento son variadas: subrayar, con lápiz, bolígrafo o rotulador, palabras, frases o párrafos de las páginas del libro que han solicitado; dibujar “monigotes” en las páginas del libro; arrancar o recortar hojas del volumen; descuidar el vertido de líquidos u otras sustancias, por consumir sobre el libro sin la menor precaución. Se completa ese manejo reprobable de la bibliografía, con otro comportamiento ineducado que realizan aquellos que escriben palabras o frases, perjudicando la posterior lectura o consulta que otros usuarios realicen sobre la misma obra. A partir de aquí comienza la narrativa de nuestra sugestiva historia.

Uno de los muy numerosos usuarios que acuden a estos recintos para la lectura es Ramiro Galiana, que ha ejercido responsablemente como policía local durante más de tres décadas. Tiene 56 años en la actualidad y hace uno accedió a la jubilación anticipada, debido a una insuficiencia cardiaca que fue reconocida por un tribunal médico, dolencia que sin ser grave para su vida le impedía poder seguir desempeñando esa función de seguridad ciudadana, en la que el riesgo puede surgir en el momento más insospechado.

Su nueva situación como persona jubilada la asumió con la mejor disponibilidad, a pesar de su profunda vocación policial puesta de manifiesto durante su larga etapa en el servicio. Desde un principio se planteó qué hacer con el amplio tiempo libre que desde ese momento iba a disponer. A nivel familiar, la convivencia en pareja que realizó en dos etapas diferentes de su vida finalizó de forma poco afortunada. En el primer caso, durante cuatro años, ambos cónyuges asumieron la incompatibilidad de sus caracteres. El segundo vínculo, con ocho años de duración, tuvo asimismo el punto final cuando su pareja decidió no seguir “soportando” lo que ella consideraba como un profundo egocentrismo arraigado en el carácter de Ramiro. A consecuencia de todo ello, desde hace años, vive solo. En ambas experiencias convivenciales, no hubo descendencia genética. Reconoce, cuando se sincera con amigos o familiares, que esa forma de vivir es la que mejor se adapta a las características de su carácter, aunque bien es verdad que mantiene muy buena relación con los cuatro sobrinos que tiene en su familia.

Arraigado en sus hábitos cotidianos está la práctica de actividades deportivas. Realiza caminatas por las mañanas, preferentemente al amanecer. También acude a una piscina pública a nadar, durante algunos días de la semana y por las tardes suele tomar su bicicleta para dar algunos paseos, haciendo esos saludables kilómetros. Como a tantos ciudadanos, el cine es una de sus aficiones favoritas, práctica cultural que mezcla con la lectura. Un par de veces a la semana acude a la biblioteca pública del barrio en el que reside, a fin de consultar la prensa del día, eligiendo a continuación alguna novela, sobre la que aplica una curiosa, rara y original costumbre. Una vez que tiene el volumen sobre la mesa, repasa la sinopsis que suele venir en la contraportada del libro y algunas opiniones o críticas sobre ese título. Entonces se concentra en la lectura completa del primer capítulo de la obra. En caso de resultarle interesante ese primer planteamiento de la historia, pasa directamente a la lectura de capítulos sueltos, aleatorios, o el que pone punto final a la trama argumental. Su fuerte o poderosa imaginación la aplica en recrear muchas acciones o escenas, que no ha leído pero que han podido suceder en el transcurso de la narrativa. De esta forma, muy peculiar y extraña, tal vez detectivesca, distrae y pasa las horas de su prolongada permanencia en el recinto bibliográfico.

Uno de los días de visita al recinto bibliotecario, eligió directamente una novela que descansaba en uno de los estantes próximos al suelo. Su título le motivó para investigar su contenido, como tenía por costumbre: TENGO ALGO QUE DECIRTE.  Tras la lectura del primer capítulo, tomó conciencia de que se trataba de un amor, complicado, muy difícil, en la línea de lo imposible, entre dos personas. A continuación, se dispuso a realizar esa curiosa práctica de ir “saltando” por los capítulos, para centrarse en el último que pondría final a la trama.

Para su sorpresa, cuando iba avanzando en las páginas del bien manoseado libro, se encontró con una novedad inesperada e incluso espectacular. Dos personas habían estado escribiendo en los amplios márgenes de algunas páginas, a modo de correspondencia en clave de privacidad. Por el tipo de letra y el sentido de los resumidos contenidos, él siempre utilizaba los márgenes de las páginas impares, mientras que ella, por el contrario, aportaba sus comentarios, anécdotas y expresiones afectivas, en las páginas pares. Durante muchas páginas y párrafos caligráficos, no utilizaban sus nombres respectivos, pero, con paciencia y tesón, Ramiro encontró en hojas avanzadas que el hombre tenía por nombre ANZIO, mientras que su interlocutora epistolar era ALAIMA, expresiones un tanto inusuales en los nombres de personas. También descubrió (dada su afición detectivesca) que los escritos se hacían una vez por semana, aproximadamente. El antiguo policía dedicó parte del amplio tiempo que ahora disponía para ir tejiendo la racionalidad de una hermosa, también trágica, historia de amor, entre dos seres que se amaban profundamente, pero que unas circunstancias filiales y conyugales dificultaban o impedían el deseo de la unión y el compromiso, pues esa ruptura con sus respectivas privacidades provocaría un inmenso dolor a terceros, seres “inocentes y sin culpa”. 

El curioso observador se preguntaba, una y varias veces, por qué estas personas habían elegido esa peculiar forma de comunicación. Sin duda, eran dos románticos empedernidos que buscaron y hallaron esa originalidad comunicativa a fin de expresar sus sentimientos recíprocos, pues no habría mejor forma de hacerlo en sus respectivas circunstancias. Y al llegar a la página 117 del grueso y deteriorado volumen (por el uso frecuente del mismo) algo había ocurrido para se interrumpieran los escritos, bien henchidos de afecto y sensualidad. El libro había permanecido allí en la proximidad de la loseta beige del suelo, hasta que a Ramiro se le había ocurrido el interés de su consulta.

A pesar de la interrupción caligráfica, de forma periódica, el interesado lector tomaba el volumen en sus manos y se deleitaba releyendo los cálidos párrafos, escritos a lápiz o a bolígrafo, con una caligrafía ágil, cuidada y soportando una cierta tensión nerviosa o emocional. Los textos de cada día apenas superaban las 4 o 5 líneas, con frases que rezumaban mucho amor, bastante necesidad y una patente alegría por contactar con la persona amada, quien también gozaría del significado de las palabras y de ese texto subliminal, oculto o secreto, que sólo la imaginación y el corazón puede desentrañar o desbrozar.

Uno de los días, en que visitaba la biblioteca, el antiguo policía vio que ese libro, que con frecuencia consultaba, aun que solo fuera por unos minutos, no ocupaba su lugar habitual en la estantería. Ante la duda, se respondió con la más certera lógica: “alguien lo ha debido sacar en préstamo”. Echó una ojeada por las mesas y ningún lector tenía dicho volumen consigo. Por un momento creyó que podría estar en manos de Anzio o Alaima, quienes habrían decidido continuar con su largo y entrecortado dialogo epistolar. Pero el libro, efectivamente, no estaba entre los lectores que permanecían en el recinto. Y así pasaron unos días, en los que siempre volvía a la biblioteca esperanzado en volver a encontrar el preciado volumen colocado en su puesto organizativo habitual. Para su sorpresa y satisfacción, TENGO ALGO QUE DECIRTE, apareció una mañana, pero no ubicado en la estantería, sino en una pequeña mesa donde se disponían los libros que la biblioteca regalaba a los lectores interesados. Ramiro no lo dudó ni un instante. Tomó el volumen, con el mayor aprecio y delicadeza, entre sus manos, y lo introdujo en su mochila. Había conseguido un valioso tesoro literario, pleno de amor y sentimientos, expresados por dos personas que se necesitaban y que no habían encontrado mejor forma para comunicarse que intercambiando mensajes escritos en los márgenes de las páginas de esta novela.

Han transcurrido ya dos primaveras desde estos curiosos hechos, llenos de intriga y sentimientos audaces. La vida ha continuado, con sus vaivenes sembrados de acomodadas rutinas y agradecidas sorpresas, en el caminar existencial de Ramiro. Para llenar de contenido la distracción de los días, este inquieto jubilado ha integrado, entre las variadas actividades programadas de su agenda, esa placentera actividad que supone viajar a destinos diversos, pero siempre acomodados a sus posibilidades económicas. El incentivo de visitar los pueblos de la provincia en la que nació y reside, además de conocer otras localidades de nuestra multicultural geografía, motiva el interés ilusionado de una persona que goza de una gran disponibilidad temporal para el ocio. Cercano ya el verano, contrató un viaje turístico de cinco noches en la ciudad de Burgos y otras zonas del entorno, bajo el común denominador de “rutas por el románico castellano”. La riqueza monumental de la antigua ciudad burgalesa, así como algunos interesantes desplazamientos a Soria y Ávila, justificaban y hacían apetecible este sugestivo viaje grupal organizado por una afamada empresa turística.  El previsto autocar inicial de 55 plazas tuvo que cambiarse, sobre la marcha, a un megabús de 75, ante la demanda de viajeros interesados en realizar tan interesante recorrido. Además de la gran oferta cultural y gastronómica, viajar al corazón de la Castilla más antigua, movió a muchos interesados a inscribirse pues el coste (subvencionado por la Comunidad Autónoma) era muy atrayente para las economías más ajustadas. La programación del desplazamiento quedó fijada para los inicios del mes de junio, con lo que se eludían los incrementos subsiguientes derivados de la temporada turística veraniega.

El colectivo grupal salió bien temprano de la estación de autobuses malacitana, viajando con dirección a Madrid en donde pudieran realizar el almuerzo. De allí partieron hacia la capital burgalesa, a la que llegaron poco antes de las 20 horas, a causa de algunas paradas reglamentarias efectuadas, a fin de respetar el horario del conductor. Cuando arribaron al hotel El Cid Campeador, los viajeros se mostraban cansados, pero bien contentos, porque ya se encontraban en el “corazón nuclear” de su apetecible destino. Y en la sala de recepción del elegante establecimiento turístico, ocurrió un hecho verdaderamente sorprendente para Ramiro, que sólo ese destino caprichoso, insólito, inesperado y, tantas veces, hacedor de voluntades, es capaz de organizar.

En la entrega de llaves para las habitaciones, Acadia, la guía encargada de grupo, fue nombrando a las distintas parejas o a los viajeros que lo hacían a título individual. Por ese hábito familiar que suele adoptarse, cuando el grupo apenas se conoce, la encargada de la agencia fue diciendo los respectivos nombres, evitando los apellidos. Ramiro esperaba ser citado cuando escuchó a la profesional nombrar a “Anzio y Alaima”. Nada más escuchar esas palabras, le dio un vuelco el corazón. No era ajeno a que son nombres muy poco usuales y aún más unidos en pareja. Desde hacia más de dos años, la “doble” novela Tengo algo que decirte, con sus expresivos y sentimentales textos epigráficos anotados entre sus páginas, reposaba en los descuidadamente empolvados estantes de su mueble biblioteca, como una pequeña y gran joya vivencial para el recuerdo. Esos nombres … no cabía la menos duda ¡Tenían que ser ellos! los dos personajes que se intercambiaban sus escritos, sus palabras, sus dolores y alegrías, en unos escritos que probaban el amor y la relación “imposible” que los vinculaba. Ahora estaban allí juntos, había viajado con ellos en el mismo autobús turístico ¿Azar? ¿magia? ¿milagro? ¿capricho de un destino de racionalidad inescrutable?

Se fijó detenidamente en las dos personas que se acercaron a la guía, a fin de recoger sus tarjetas de habitación. No quería perder ni un detalle de la pareja. El hombre que tenía por nombre Anzio era perceptiblemente mayor de su compañera. Probablemente superaba el medio siglo de vida, muy bien llevados en el aspecto físico. Alaima bien podría tener treinta y tantos años. No se separaba un instante de su afectiva pareja, con que seguía, incluso en aquel instante de gestión, intercambiando “carantoñas”. Volvía a preguntarse ¿Serían efectivamente los autores de los escritos caligráficos en la novela? Durante la cena y al día siguiente, Ramiro continuó con su tarea observadora, pero evitando molestar en la privacidad que los dos viajeros deseaban mantener.

El recorrido por la ilustrativa riqueza monumental castellana, bien acompañada por la suculenta oferta gastronómica que el circuito deparaba a los ilusionados y atentos viajeros, continuaba según el programa previsto. La organización de los recorridos y visitas eran muy bien llevados explicativamente por Acadia. Ya en la cena del tercer día, Ramiro sintió un comprensible impulso que le motivó a no esperar más. Estaban en los postres de un copioso buffet, cuando el antiguo policía decidió acercarse a la mesa de dos, que siempre que podían escogían Anzio y Alaima y, con una sonrisa en la expresión, les pidió si le podían conceder algunos minutos de su tiempo.

“Buenas noches, compañeros. Mi nombre es Ramiro. Ya lo conocéis del pase de lista que suele hacer la guía para contarnos. Resido en Málaga, como probablemente también lo hacéis vosotros. He sido policía local, ahora ya jubilado y disfruto, como tantos, haciendo estos preciosos viajes que tanto nos aportan. Cuando la primera noche, en la entrega de tarjetas de habitación, escuché vuestros nombres, bellos, pero sin duda nada corrientes, recordé una interesante y preciosa historia que me continúa impactando. La experiencia tiene de singular en que dos seres, que se profesan un amor “imposible” se comunican a través de las páginas de una novela, en cuyos márgenes escriben, intercambiándose sus confidencias”.

La expresión de ambos comensales, a medida que escuchaban las palabras del compañero de viaje, se iba transformando entre el asombro y la sorpresa, afrontando la realidad en que habían sido reconocidos. Cuando Ramiro les dijo que era usuario de la biblioteca pública, el rostro de Alaima se tornó en un rosáceo nervioso, mientras que su compañero de mesa y de vida comenzó a esbozar una amplia sonrisa. “Un día elegí para la lectura una novela titulada Tengo algo que decirte …” pero ya Anzio no le dejó continuar.

“No es necesario que prosigas el relato, amigo Ramiro. Como miembro de la policía que has sido, tienes una capacidad observadora verdaderamente encomiable. Efectivamente somos nosotros, los autores de esos escritos. Es una historia muy larga y compleja, también conmovedora, de alegría y dolor, de amor y dificultad. Ha pasado el tiempo y, de manera felizmente afortunada, ya no necesitamos de esos sofisticados y peculiares sistemas de comunicación, para transmitir sentimientos, utilizando el correo de una bella novela. Hemos perdido el rastro de ese añorado y querido libro, que tu has tenido la oportunidad de conocer”.

“Ese libro ocupa un lugar preferente en la biblioteca de mi casa” “¡Qué suerte, la nuestra! Entonces pídeme lo que quieras, a fin de poder recuperarlo. Entenderás que posee una muy especial significación en nuestras vidas” “No tenéis por qué preocuparos. Os lo cederé, sin condiciones, a poco que volvamos a nuestra ciudad. En realidad, es vuestro libro, que narra parte de esa lucha ante la dificultad y ese amor sin límites, que protagonizasteis en las hospitalarias y cálidas páginas de una novela”.

De esta forma, tan hermosa y romántica, comenzó una nueva y prolongada amistad entre tres personas, vinculadas por una densa narrativa titulada Tengo algo que decirte. En la actual familia de Alaima y Anzio hay un miembro preferente: es Ramiro, quien se siente feliz ante este curioso e inesperado vínculo fraternal.

Obviamente esta historia encierra otras muchas preguntas y respuestas, que ampliarían los márgenes siempre ilimitados de la curiosidad. Pero ese titulo bibliográfico, que preside otra historia paralela e interesante, sólo puede responderse con una palabra de cuatro letras, que fundamenta la mejor y ansiada relación entre dos seres, a los que el destino quiso unir a pesar de la dificultad. Ese vocablo, leído al revés, nos habla de una gran ciudad que, en las páginas de la Historia, siempre ha tenido el protagonismo contrastado de la fuerza y la sensibilidad. -

 

 

 

 

TENGO ALGO QUE DECIRTE

 

 

José Luis Casado Toro

 

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. 

Málaga

21 mayo 2021

 

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 

 




 

viernes, 21 de febrero de 2020

EL COLOR Y EL AROMA INOLVIDABLE DE LAS FLORES.

Todos los sentidos y capacidades de la naturaleza humana son importantes y necesarios, para desarrollar una mejor calidad de vida. El sentido conceptual de esta frase supone una obviedad, sin embargo es necesario repetirla y aplicarla para no “olvidarla”. Y esta última palabra nos trae a la mente la imprescindible, por decisiva, facultad que nos proporciona la memoria. La persona que perdiera totalmente esta insustituible capacidad quedaría penosa y peligrosamente “huérfana”, desorientada y sin fundamentos, a fin de poder moverse y subsistir en este abigarrado mar social en el que nos hallamos insertos. En más de alguna ocasión el profesor explicaba a sus alumnos el siguiente aserto: una persona que careciera del menor dato o conocimiento histórico sería como un ser amnésico, sin ese recurso innegociable para la existencia como es la memoria.

La capacidad de recordar es una cualidad o facultad, hay que repetirlo, absolutamente imprescindible para la vida. Cierto es que no todos poseemos los mismos niveles de memoria. Ese mismo profesor del que hablamos reflexionaba acerca de ese o esos alumnos que tiene en el aula y que no trabajan lo suficiente, realidad que observaba en el trato diario de las clases, confirmada por la manifestación que hacían los padres acerca del tiempo que su hijo dedicaba al estudio en casa. Pero, por extraño que parezca, esos escolares escasamente trabajadores aprobaban bien sus ejercicios y exámenes. Incluso lo hacían con buenas calificaciones. A pesar de estar contratado el escaso tiempo que aplicaban a los libros y a los apuntes. Y ¿cuál era y es la causa de esta curiosa paradoja? En la mayoría de los casos (aunque no siempre) la explicación del éxito en estos escolares “vagos” hay que encontrarlo en esa potencialidad para la memoria (y el ejercicio de la misma) con que la naturaleza les ha dotado.

Como ocurre con cualquier otro componente de nuestro organismo, físico o mental, también nuestra memoria necesita el adiestramiento y el ejercicio continuo para su imprescindible vitalización. En caso contrario, va perdiendo eficacia y capacidad de respuesta para nuestro servicio. Una persona que apenas camina, va reduciendo progresivamente la masa muscular en sus piernas. Si no hacemos esfuerzos de potencia y peso, la correspondiente masa muscular de nuestros brazos va perdiéndose, limitándose progresivamente aquella fuerza que en algún momento necesitamos aplicar. Si nunca subimos escaleras o avanzamos por las laderas de una montaña o colina, nos “ahogaremos” con una manifiesta falta de oxígeno, cuando algún día tengamos que subir los peldaños o tramos de alguna escalera. Pues igual ocurre con nuestra mente. Si no la ejercitamos, se adocenará, día tras día, hasta quedar “bastante plana” como para resolver cuestiones de mínima o mayor envergadura. Si no entrenamos la memoria, esta facultad perderá vitalidad y eficacia para la respuesta. Con la inquietante realidad de que podemos llegar a perderla, de manera penosamente irremediable.

Hace ocho años ya, desde que unos infortunados acontecimientos produjeron un profundo cambio en la estable vida de Akia. Hasta entonces (tenía 47 años) organizaba su tiempo de una manera muy aburguesada y ociosa. En aquel momento sumaba exactamente dos décadas de un normalizado matrimonio con Nerio, unión que sin embargo no había tenido el regalo de “la cigüeña” pues, aunque visitaron diversas clínicas especializadas a lo largo de este tiempo, su infertilidad genética carecía de una factible solución médica. Aunque había estudiado la licenciatura de Biología, nunca llegó a ejercerla, tanto en la investigación como en la docencia. Su marido era un importante ejecutivo, muy buen retribuido, vinculado a una poderosa institución financiera multinacional, por lo que no tenían necesidad alguna de una entrada supletoria de capital en la familia. La vocación docente no era lo suyo y para la actividad investigativa nunca se sintió realmente animada y cualificada. Por todo ello se entregó al cuidado y organización de su hogar, al trato con las amigas, especialmente en la profundidad social de las tardes, completando el tiempo de la distracción con la práctica de la lectura y las visitas al cine, evitando perderse alguno de los principales estrenos en la multipantallas de su cosmopolita ciudad. En ocasiones acompañaba a Nerio en sus frecuentes viajes de negocios, tanto en el marco territorial nacional, como también por diversos países extranjeros.

Pero aquella noche de otoño, todo cambió para ella, de la manera más inesperada y cruel en su normalizado y supuesto equilibrio. Su marido, con la frialdad del hielo y la fuerza de la sinceridad, le confesó después de la cena que iba a ser padre. Su secretaria personal, Carol, una diplomada experta en marketing empresarial y con la que mantenía una secreta relación sentimental desde hacía casi dos años, iba a tener una niña, paternidad que ib﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ernidad que e aria personal Carol al nacional como tambiél nunca negó. Aunque superaba a la chica en veintitrés años, se sentía feliz con la ilícita relación que ambos mantenían y estaba completamente decidido a emprender una nueva vida al lado de la futura madre.

Pero con la muy importante compensación o indemnización económica que recibió de su ex marido, tras la negociación llevada a cabo por expertos abogados matrimonialistas, además del lujoso piso que hasta el momento ambos habían cohabitado, se dispuso también ella a reiniciar una existencia lastrada por el fracaso afectivo, superando con gran entereza y equilibrio la drástica infidelidad conyugal de la que había sido objeto. Su amiga de siempre, Maica fue la primera que le puso voz y proyecto a una antigua ilusión que Akia siempre había mantenido, como divertida experiencia para su nueva vida. ¿Y por qué no te embarcas, ahora que tienes todo el tiempo del mundo, en ese constante proyecto del que, en los momentos de mayor sinceridad y deseo, me confiabas? Es una aventura desde luego, pero siempre me pareció un precioso reto el intentar montar una elegante y al tiempo espectacular tienda de flores. No hay comercio más noble, virtuoso y vinculado con ese entorno natural que tanto amas, como el emplear tu tiempo en satisfacer la demanda de muchas almas sensibles y especiales, que valoran más comprar, tener o regalar una flor, sobre cualquier otro producto, por lujoso u ostentoso que éste sea o parezca”.

En apenas cuatro meses esa bien montada floristería, denominada JARDINIA, abría gozosamente sus puertas al público. Ocupaba un céntrico local, a no mucha distancia del gran monumento catedralicio de la ciudad, espacio cuyos 60 metros cuadrados de superficie útil se veía acompañado e inteligentemente ampliado por un coqueto patio interior. Desde ese lugar dotado de luz natural, el sol entraba en la zona comercial del negocio durante algunas horas del día. Además en ese patio habían instalado una pequeña fuente, que transmitía el chapoteo acústico del agua y daba frescor a los numerosos recipientes que contenían los racimos de flores, precioso material que posteriormente iba a ser expuesto en las bancadas comerciales del elegante y vegetal establecimiento.

Akia quiso desde el primer momento que Maica le acompañara en esta delicada, pero siempre ilusionada, aventura comercial, firmándole administrativamente  un contrato laboral para que entre ambas llevaran el negocio de la venta de flores. Su amiga no lo dudó un instante, abandonando el trabajo de representación que en ese tiempo desarrollaba y que no era otro que la venta domiciliaria de productos cosméticos. 

Poco a poco, pero con la tensión voluntariosa que para su sorpresa iba descubriendo en sí misma, Akia fue recuperando la estabilidad y la alegría de vivir una nueva modalidad de existencia. El negocio floral iba bastante bien (con ventas “oxigenantes” en fechas de onomásticas generalizadas, así como en Navidad, San Valentín, fiestas de final de curso y veraniegas, natalicios, bautizos, bodas, cumpleaños, también sepelios, romerías, Semana Santa, etc). Para su suerte Maica era una excelente colaboradora y amiga, pues sabía aplicar su natural “don de gentes” a la cuidada pero al tiempo variada clientela que sostenía un negocio que hacía homenaje a la sensibilidad humana. Incluso la relación con Nerio, su ex, se adornaba con el más civilizado trato relacional de dos personas que habían convivido durante más de cuatro lustros juntas. Pero el destino tiene sus leyes caprichosas, cuya comprensión y lógica escapa, en la mayoría de las ocasiones, a toda racionalidad o previsión. Y esas nubes de color gris que opacan la claridad solar no actuaban sólo en la continuada convivencia de Nerio y Carol, cuya notable diferencia de edades iba produciendo “desajustes” en el comportamiento conyugal, una vez desaparecidos los incentivos de los encuentros furtivos y traviesos que habían mantenido durante su ilícita relación afectiva. La preocupación había llegado también a la vida de Akia.

La propietaria de la floristería era aún una mujer relativamente joven, pues sus 56 años eran muy bien llevados, por un organismo corporal sin mayores problemas de funcionamiento. Con fortuna no estaba sometida a la debilidad del tabaco. Sus ingestas diarias reflejaban una alimentación normalizada (tal vez, con alguna simpática debilidad en los postres) y, aunque no practicaba el deporte de manera constante, algunos fines de semana solía caminar por entornos naturales, acompañada tanto por Maica como también por otras antiguas amigas, compañeras del colegio religioso en donde habían estudiado durante su niñez y adolescencia. ¿Cuál era entonces la naturaleza de esos problemas que comenzaron a enturbiar la serena vida de esta buena mujer?

Todo comenzó con los típicos olvidos que afectan a casi todas las personas, a medida que se van cayendo las hojas temporales del calendario. “¿Dónde he puesto las llaves, el reloj, las gafas o la tarjeta de crédito?” Más tarde, llegaron problemas con la memorización de los números de teléfonos y con el propio carnet de identidad. Dificultad para concretar las palabras con las que nombran a los alimentos usuales. Ese “lo tengo en la punta de la lengua, pero no me sale” se le hacía “demasiado” habitual. También se “borraban” en su mente los nombres de personas con las que había tratado, los títulos de las películas famosas, las fechas y las horas de las citas médicas, los cumpleaños y las onomásticas de sus familiares y amigos cercanos. Se mezclaban en ella recuerdos clarividentes de la infancia y olvidos totales de acontecimientos o hechos importantes insertos en su biografía. Cuando al fin aceptó que Makia la llevara al neurólogo, los primeros análisis reflejaron importantes “vacíos” en señalar, por ejemplo, la comida que había tomado “ayer noche” o en concretar/equivocar el día de la semana que señalaba en ese momento el almanaque. Los fallos en la orientación comenzaron también a surgir: el ubicar con acierto los barrios de la periferia o no reconocer con exactitud dónde se encontraba, de manera especial durante las horas nocturnas. Ya fue más doloroso cuando confundía a determinados familiares, aunque tuviese con ellos un trato no habitual o espaciado.

El especialista médico, tras las entrevistas y la comprobación de las diversas pruebas aportadas, como resonancias magnéticas y ecografías craneales, le prescribió un progresivo tratamiento farmacológico, a fin de  “alimentar” esa la circulación intracraneal que favoreciera la permanencia, en lo posible, de la memoria próxima. Informado de estos hechos por Maica, Nerio se prestó sin dudarlo para acompañar a su antigua compañera en las visitas médicas, consultas a las que Akia era un tanto reticente, pues no aceptaba esa situación orgánica que, aún con lentitud, le iba afectando.

Akia, junto a su amiga y colaboradora, continuaba atendiendo a su tienda de flores. Sin embargo había momentos del día en que la asistencia de clientes era muy reducida o prácticamente nula, tiempos en los que Maica sacaba de un armario algún material preparado para ayudar a la activación de la memoria. Eran ejercicios mentales que su íntima amiga aceptaba realizar como entretenimiento y saludable terapia. Entre esos ejercicios, los había simples y otros más complicados, pero todos ellos facilitaban ese ejercicio neural que si no se practica puede desvitalizar nuestro cerebro, al igual que ocurre con la masa muscular de nuestro organismo cuando no se practica ejercicio físico alguno. ¿Y cuáles eran algunos de esos ejercicios?

Por ejemplo, la lectura de textos y frases al revés (al igual cuando vemos el reverso de un cristal, en cuyo anverso está escrita una frase más o menos larga). Ejercicios simples (o más avanzados en la dificultad) de cálculo aritmético. Los bien conocidos sudokus, sopas de letras y crucigramas. La conformación correcta de las diversas piezas que contienen los puzles, con diversos grados de complejidad. El resumen de textos escritos o argumentos de películas visionadas, con los nombres de ficción de los más significados intérpretes. La expresión de recorridos callejeros, con los nombres de las vías, ayudándose de simples planos urbanos. La narración de pequeñas historias, aplicando el sugerente ejercicio de la escritura. La ordenación del contenido de las cajoneras, en los armarios de los dormitorios, en los muebles de cocina y en los aparadores de la sala de estar u oficina. La visita a museos de los más variados estilos artísticos, leyendo los textos explicativos de muchas de las obras expuestas y haciendo interpretaciones personales de algunos cuadros o composiciones escultóricas, sin estar mirando las obras en ese momento. Y así, un largo etc.

El tiempo cronológico continuaba impasible su progresivo caminar en el calendario. Y en ese recorrido iba jalonando de cambios, novedades y experiencias, la vida de todos nuestros protagonistas. Nerio se encuentra actualmente prejubilado, con una cuantiosa indemnización o compensación recibida, tras la integración de su entidad bancaria en una corporación financiera de ámbito mundial, con centro en la asiática Tokio. Preside la Asociación de antiguos miembros del banco en el que estuvo trabajando durante casi cuatro décadas. Viaja mucho, siempre acompañado por nuevas conquistas afectivas, que bien recrean su activo equilibrio lastrado por la edad. Por su parte Carol, siempre abierta al trato con personas maduras (actitud derivada de su constante y no resuelta inmadurez) mantiene una ardiente relación sentimental con un magnate del petróleo, Iraquí de nacionalidad, con mucho dinero en sus bolsillos y más años a sus espaldas. Maica ya no trabaja en Jardinia. El frustrado proceso de su atracción por Akia, en ningún momento correspondido por su amiga y dueña del establecimiento, le aconsejó experimentar nuevos aires en el quehacer diario. En la actualidad es directora de casting en una compañía que rueda spots cinematográficos para empresas de publicidad.

Jardinia sigue atendiendo las demandas florales de una muy contrastada clientela. Su directa gestión diaria es llevada por una joven gerente, llamada Abigail, cualificada persona que la aún propietaria del establecimiento conoció en una sesión de rehabilitación, cuando la vital chica acompañaba a su madre. En cuanto a Akia … tiene sus días mejores u otros más nublados, aunque su deterioro mental se ha ralentizado de manera muy esperanzadora. Su dinámico neurólogo ha encontrado un poderoso e inesperado  aliado para el tratamiento de la memoria. Los colores de la naturaleza y las fragancias en el aroma de las flores, ejercen sorprendentes y positivos resultados, para enriquecer y mantener el acerbo relacional de su paciente, plenamente ilusionada con el cuidado de las flores, ese don maravilloso a modo de maná bíblico, que la naturaleza no regala en cada uno de los días.-  


EL COLOR Y EL AROMA INOLVIDABLE 
DE LAS FLORES



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
21 Febrero 2020
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es