viernes, 10 de diciembre de 2021

UN AFORTUNADO REGALO DE NAVIDAD.

Entre los numerosos factores que aportan emocionantes y nobles sentimientos, luces multicolores y páginas de alegría a las fiestas de Navidad, Fin de Año y Reyes, entre el último y el primer mes del calendario anual, hay un importante elemento que facilita la ilusión y el divertimento de niños y mayores. Ese gesto que dinamiza la economía y motiva el despertar de las sonrisas, es la ilusión de recibir y entregar regalos, consubstancial y fundamental en tan entrañables y bondadosas efemérides.

Más que por la importancia, el valor, el divertimento o la necesidad de aquello que se entrega o recibe, lo que más se valora es ese gesto, detalle, atención y oportunidad que conlleva la acción de regalar a la persona querida, amada o necesitada. Difícilmente alguien manifestaría su enfado al recibir ese presente lleno de ilusión y significado. De igual modo, son pocos los que reconocerían su disgusto por tener que regalar. La generosidad y el agradecimiento van de la mano en una simbiosis mágica, cuyo “protagonista” es ese presente, que motiva las sonrisas.

Son muchas las personas que manifiestan el que cada vez resulta más difícil regalar, porque en esta sociedad de gran consumo se tiene posesión de muchos objetos, más o menos necesarios, en ese culto peculiar a la materialidad. Pero se olvida que la verdadera significación del regalo no se encuentra en el valor intrínseco del coste, sino en la oportunidad, la generosidad y el recuerdo de entregar “algo” a ese familiar, amigo, conocido o compañero que a buen seguro lo valorará y agradecerá. Un presente de alto coste puede tener un efecto limitado, según quien lo entregue o quien lo reciba. Por el contrario, un regalo sencillo, modesto, incluso de elaboración propia, puede significar mucho para el afortunado receptor. También, por supuesto, para el dadivoso benefactor.

¿Existe una edad más apropiada que otra para recibir esos objetos, que tanto se aprecian? En absoluto. Tanto el niño, como el mayor, se sentirán felices y complacidos cuando reciben, en todo momento, esa entrega generosa, al margen de la oportunidad o la naturaleza material o simbólica del mismo. En este lúdico y atractivo contexto, insertamos a los personajes que protagonizan nuestra historia.

Un joven matrimonio estaba atravesando, al igual que millones de personas, una etapa de intensa dificultad material, que repercutía también en su estado anímico. JULIÁN era carpintero de profesión. Trabajaba, desde hacía unos tres años, en una pequeña empresa que fabricaba puertas, armarios, sillas y mesas y otros elementos o mobiliario para el hogar. Utilizaban para esta útil función, como materia prima básica, los distintos tipos de maderas. Esa estabilidad laboral le animó a proponer a su novia CARINA para que dieran ese paso tan importante en la vida como es el matrimonio, a pesar de la juventud de ambos: 23 años él y sólo 20 años ella. Su patrimonio económico era en sumo limitado, ya que pertenecían a familias de modestos trabajadores (pescadores y vendedores ambulantes en mercadillos, respectivamente). Pero la ilusionada pareja se sentía “poderosamente rica” de esa valiosa posesión que supone el amor y el cariño recíproco. Ese su maravilloso vínculo afectivo había nacido, como en tantas otras parejas, durante una afortunada tarde en el que se conocieron participando de una fiesta dominguera entre amigos, en la que había abundante música, baile, merienda y bebida barata de “garrafa” pero que en esos años ilusionados sabe “milagrosamente” a gloria. Habían formalizado un noviazgo que duraba casi cuatro años, cuando decidieron dar ese valiente e ilusionado paso de irse a vivir juntos.

Ciertamente Julián no tenía un sueldo elevado en el taller de la madera donde trabajaba, más de las horas legales establecidas. Aun así, consiguieron el buen alquiler de un pequeño y “muy veterano” apartamento compuesto de un dormitorio, un saloncito de pocos metros cuadrados, con su cocina y baño correspondiente, situado en un antiguo edificio del Camino de Antequera, muy próximo a la barriada del Puerto de la Torre. El alquiler mensual del inmueble, que los dos jóvenes pintaron y repararon, en sus deficiencias, les suponía casi la mitad del salario que el carpintero recibía por su abnegado trabajo con la madera, incluso contando con las numerosas horas extraordinarias (no todas se las pagaban) que con esfuerzo y entrega “echaba” cada semana. Por su parte Carina, a pesar de haber cursado sólo la enseñanza obligatoria, tenía una especial habilidad y dulzura para el trato con los niños pequeños. De esta forma le iban llegando horas de “canguro” para el cuidado de hijos de familias “bien” cuando éstas tenían que salir por las tardes o las noches, dejándole los críos a su cuidado, consiguiendo unos euros que le sabían “a gloria”, a fin de ayudar a los gastos limitados que se podían permitir, en su pequeño pero entrañable hogar.

Solían pasar muchos sábados o domingos con sus respectivas familias, quienes los invitaban para tratar de aliviarles en los gastos. Como sus padres comentaban “de un cocido o un potaje, siempre se pueden sacar dos platos más”. Además de ofrecerles el alimento, sus familias apreciaban el tenerlos más cerca, a fin de poder disfrutar con su presencia y el cariño de la proximidad. A pesar del gusto y aptitud de Carina por el mundo infantil, la joven pareja había decidido, con prudencia y sensatez, esperar algún tiempo (en realidad estaban en el primer año de convivencia) para recibir a esa “feliz cigüeña” que incrementa los miembros de la unidad familiar.

Apenas habían cumplido el primer año de casados, 2008, cuando la globalización mundial se vio sumida en una profunda y grave crisis económica que repercutió en tantos y tantos millones de familias, sin distinción de razas, geografías o mentalidades ideológicas. La contracción en el comercio repercutió gravemente en el proceso fabril, con esos dramáticos despidos laborales, que a su vez limitaban el poder de compra de la población, todo ello en un círculo vicioso que agudizaba aún más la deflación mundial que el mundo penosamente soportaba. La fábrica taller donde Julián tan arduamente trabajaba, se vio obligada, ante la escasez de pedidos, a reducir a sus operarios, despido laboral al que también el joven Julián se tuvo que someter. La ayuda administrativa del paro solo duró unos pocos meses y la búsqueda de algún empleo u horas de cualquier trabajo no tenían una eficaz respuesta. A pesar de llamar en numerosísimas puertas, estas no se abrían, pues por doquier las empresas cerraban, ya que los circuitos económicos estaban colapsados por una lacerante depresión que azotaba a escala mundial.  

En el seno de esta “asfixiante” situación económica, al menos encontraron una “brisa” esperanzadoramente oxigenante en el gesto generoso de la señora Florencia, una anciana acomodada en sus pertenecías recibidas por herencia, propietaria del viejo apartamento que la pareja habitaba. Al estar viuda y con parientes lejanos, su avanzada edad hacía que sus limitadas fuerzas fueran reduciéndose. A cambio de reducirles el precio que pagaban por el alquiler del pequeño inmueble, ofreció contrato a Carina para que le asistiera cinco días a la semana, para limpiar, guisar, lavar, planchar y de paso le hiciera algo de compañía. Los 300 euros mensuales que tenían que abonar a la propietaria del apartamento fueron reducidos a 75 (una cuarta parte) en base al trabajo que la joven aportaba sirviendo en casa de doña Florencia. Por su parte Julián iba haciendo algunas “chapuzas” aceptando todo lo que salía, aunque fueran horas espaciadas de trabajo (albañilería, reparaciones, recogida de residuos…). Aún así, se vieron obligados a reducir con sacrificio los gastos estrictamente innecesarios. Pues, además de esos 75 euros, estaba el pago del agua, la electricidad, la manutención (Carina podía conseguir algo de comida con los sobrantes que la señora le autorizaba). Para el desplazamiento, sólo se utilizaba el bus para momentos muy puntuales, mientras que Julián disponía de una bicicleta de segunda o tercera mano que había encontrado y arreglado en un “cementerio” de coches, motos y bicicletas, comprada a un precio verdaderamente testimonial.  Por fortuna, el domicilio de la casera no se encontraba lejos (a unos 15 minutos caminando) del apartaban que compartían.

A pesar de todas estas carencias y dificultades materiales, la joven y unida pareja tenían un valioso patrimonio para la vinculación y la resistencia: el intenso y recíproco amor que ambos se profesaban. Era ese cariño en estado puro que resiste, con la magia infinita de la idealización, todo tipo de tempestades y contratiempos sobrevenidos, para la modesta sencillez de su caminar por la vida. Y así, a final del año, llegaron, puntuales al calendario, las fiestas de Navidad.

Era su primera Navidad como recién casados. Esta pareja de jóvenes idealistas, cariñosos e imaginativos, no querían dejar pasar, a pesar de sus profundas carencias económicas, un ritual muy importante, vinculado a estas fechas tan señaladas en el almanaque: ¿Qué podría regalar a mi amada Carina? ¿Qué se me ocurriría regalar a la persona que más quiero, mi compañero y marido Julián?

En Navidad, este esposo enamorado no quería que la persona que “sostenía” su existencia, careciera de ese detalle dadivoso que testimoniara o simbolizara el profundo amor que le profesaba. Pero él no podía ir a comprarlo a El Corte Inglés, ni a Mediamark, ni a las joyerías especializadas, ni a las agencias de viajes, ni a las tiendas o franquicias lujosas de perfumería o ropa. Sus bolsillos estaban literalmente vacíos. Lo poco que en estos difíciles momentos podía ganar había que dedicarlo necesaria e imprescindiblemente a pagar el alquiler, el alimento de cada día y los gastos extraordinarios que surgen cuando menos se esperan.

Ya, en el día 22, casi en vísperas de la Nochebuena y la Navidad, después del almuerzo, Julián decidió dar una vuelta por el centro de la ciudad, pues Carina tenía que volver a la casa de doña Florencia, para completar su trabajo diario. Caminando sin un rumbo fijo, llegó al Paseo del Parque, en donde se habían instalado, como cada año, los modestos puestos de regalos, con juguetes, chucherías, artículos de broma y curiosas y elaboradas artesanías. Fue ojeando la mercancía ofrecida en sus expositores, con la ilusión de si podía encontrar algo original e interesante, que no tuviera un elevado precio (cuando miró el contenido de su monedero, tomó dura conciencia de lo poco que podía comprar, con los cuatro euros y algunos sentimos que llevaba) para ofrecérselo a su mujer el día 25 de ese diciembre navideño. Recorrió un par de veces la larga fila de puestecillos pero, a poco que preguntaba, cualquier adorno o detalle superaba la módica cifra del capital que llevaba en su monedero.

Cansado de pasear (había venido ese día caminando desde su domicilio, en la barriada del Puerto de la Torre, para hacer ejercicio y de paso evitar el gasto del autobús) tomó asiento en uno de los bancos de piedra del Parque, ubicado en una glorieta nucleada en torno a un coqueto estanque rectangular, con una preciosa fuente en su interior. Desde allí observaba a las personas que por allí paseaban, algunos con las prisas del tiempo y otros parándose en los puestos para mirar los artículos expuestos y preguntar acerca de los precios correspondientes. En un banco vecino estaba sentado un hombre mayor, que parecía de nacionalidad marroquí. Se cubría la cabeza con un gorro troncocónico de fieltro rojo, vestía con una larga túnica, estampada con figuras de diversas geometrías muy coloreadas y calzaba unas babuchas de color anaranjado, probablemente de cuero de camello. Su cansada y arrugada piel ofrecía un color bastante tostado por el sol, luciendo en su rostro un grueso bigote que, al igual que su barba de 5 -6 cm, estaba profundamente encanecido. Este apacible personaje era también un vendedor, pues ofrecía, en un amplio paño extendido sobre las losetas del suelo, diversos productos, como perfumes, esencias aromáticas, diversas cajitas de madera tallada y policromada y algunas forradas de piel, probablemente para guardar regalos u otras pertenencias valiosas. Era un apacible vendedor de artesanías árabes, que no tendría capacidad económica para alquilar algunos de los puestos instalados a lo largo del Paseo. Tahir (ese era su nombre) después de centrar sus ojos en Julián, durante unos minutos, se dirigió espontáneamente al joven con las siguientes palabras, expresadas de manera bien pausada.

“Hermano, que Alah o tu Dios te guarde. Te he estado observando con respeto y te veo cansado y con un rictus de tristeza en el rostro, pero sin embargo con esa fuerza interior que nos da la ilusión de la edad. A pesar de mi cansada vista, los largos años de vida que mi cuerpo soporta me hacen conocer bien a mis semejantes. No creo equivocarme en lo que, paternalmente, te voy a manifestar. No acabas de encontrar un regalo apropiado y que puedas pagar, para llevarlo a tu joven amada ¿Verdad? Te extrañará que te hable así, pero mi larga experiencia me ayuda a entender el comportamiento y los sentimientos de los demás, especialmente si son jóvenes como tu. Y no es que te doble la edad, sino que probablemente casi la triplico.

Mi mejor maestro ha sido, como te decía, observar y observar, una y otra vez, a todos esos hermanos que me rodean y comparten la existencia, ya sea allá en el Atlas, en el desierto, o junto a las aguas calmadas o embravecidas del mar. En esta sociedad que nos ha tocado vivir, todos están locos por gastar y gastar, para frenar inútilmente su profunda insatisfacción. No saben apreciar las pequeñas y sencillas cosas que les rodean y que nada cuestan.

Yo te puedo ofrecer ese regalo para tu amada, que tan ansiosamente buscas y no lo puedes comprar. No has de preocuparte por el precio porque, te aseguro, poco te has de gastar”.

Y de inmediato, pero con movimiento pausados, el veterano mercader se agachó y extrajo de un ajado zurrón de piel de carnero, una cajita cuadrada, de unos 8/10 cm de lado, en las tres dimensiones.  Preciosamente tallada con tracería árabe y barnizada con brillantez y acaramelado cromatismo. “Esta es LA CAJITA MÁGICA DE LAS BUENAS ACCIONES”. 

“Como podrás comprobar está construida utilizando básicamente una materia preciosa. Ébano, madera negra de gran calidad y muy codiciada para su uso en instrumentos musicales. Por ejemplo, las teclas negras de los pianos, algunas preciadas esculturas o también utilizada para mangos en diversos utensilios. Aquí, en la parte superior tiene una estrecha hendidura horizontal, a modo de boca o buzón. Cada vez que su propietario haga algo bueno y sacrificado para los demás, lo escribirá en un pequeño trozo de papel y lo introducirá por esta alargada ranura. Si, efectivamente como ves, la cajita de las buenas acciones carece de cerradura. En principio, no se puede abrir. Pero cada vez que eches en su interior ese papel, explicando una buena acción, su propietario se sentirá feliz y contento. Si llegara el caso de que ya no se puede introducir más trocitos de papel con las buenas acciones, entonces, pero no antes, podrás abrir la cajita. Te explico el procedimiento. Para ello, en dos esquinas opuestas hay dos orificios muy pequeños, como dicen los científicos, microscópicos, por los que puedes introducir sendos alambres, muy finos pero fuertes, presionando al unísono. Entonces escucharás un chasquido en su interior: la cajita se abrirá. Pero recuerda. Sólo se realizará la apertura si la presión interior, ejercida por las hojitas de papel, se suma a la acción ejercida desde el exterior por los dos alambres. Ha de estar completamente llena, repleta de las buenas acciones realizadas”.

“Esas buenas acciones las llevas a cabo aplicando el sentido común y, sobre todo, la generosidad de corazón hacia los demás. Por ejemplo, ayudando a cruzar la calle a una persona necesitada. Consolando a esa otra que está triste en el problema que le afecta. Enseñando a leer a un analfabeto. Dando alimento a un hambriento por la desgracia. Sonriendo, para que los demás estén más alegres. Respetando la naturaleza, para que la vida sea más saludable para todos. No ensuciando aquellos lugares por donde pases. No mintiendo o haciendo daño a los demás. No apropiándote de lo que no te pertenece. Echando fuera de ti la envidia y la soberbia, defectos que siembran discordia y pobreza en nuestra existencia…. Son tantas las buenas acciones que se pueden hacer a diario para los demás y… para ti mismo…”

¿Y cuanto te he de pagar, por esta preciosa joya “de las buenas acciones”? “Dame la mitad de lo que lleves en el bolsillo”. “Sólo llevo … apenas cuatro euros” “Es suficiente, la nobleza que muestras en tu rostro es más que suficiente para mi”.

Tras darle, repetidamente, las gracias al sabio y bondadoso mercader, se encaminó hacia su domicilio, con el sugestivo presente que dos días más tarde entregaría a su amada, como muestra del cariño que sentía hacia su persona. Carina también tenía preparado un confortable jersey de lana, color azul, con algunas pequeñas franjas blancas y granates, prenda que había ido tejiendo en las semanas previas, cuando su marido no se encontraba en el domicilio. Las sorpresas respectivas ante la entrega de regalos, que mostraron los dos amantes, en la mañana del día de Navidad fue sentimental, alegre y divertida. El agradecimiento reciproco sustentó una estupenda jornada, cuyo almuerzo y cena lo realizaron en casa de sus respectivas familias.

El almanaque ha hecho correr muchas de las hojas del calendario. Estamos ante un nuevo otoño y han sobrevenido novedades en la vida de esta joven pareja. Carina está esperando un bebé, con la ilusión manifiesta del padre de la futura criatura, quien ha encontrado un nuevo puesto de trabajo, como “mozo paquetero” en el mercado de mayoristas, aunque por las tardes sigue haciendo sus “chapuzas” y algunos encargos para el arreglo de enseres de madera. Pero no podemos olvidarnos de la cajita/cofre de las buenas acciones.  

Cierto “mágico” día, la feliz pareja pretendió introducir una nueva hoja de papel en el ya densificado contenido de la cajita de ébano e incrustaciones. Al no ser posible el intento, comprendieron que ya estaba llena de esos pequeños escritos, que recordaban acciones generosas realizadas para con los demás. Recordando los consejos del comerciante Tahir, procedieron a su apertura, aplicando dos fines alambres por los también reducidos orificios de las dos esquinas, sonó un pequeño chasquido y la tapa superior de abrió. Extrajeron todos los pequeños trozos de papel y en el fondo comprobaron que había una foto del mercader. Era una imagen en la que Tahir mostraba una amplia sonrisa. De una forma misteriosa y sorprendente, la habitación del apartamento se oscureció y solo se veía iluminado el fondo de la cajita. Escucharon una “celestial y profunda” voz, la del propio mercader, que les decía “Sois una pareja feliz. Compensáis vuestras carencias materiales con la bondad, el cariño y los valores que atesoráis, pensando en hacer el bien a los demás hermanos que tanto lo necesitan. Ese es el camino. Esa es la mejor forma de trazar vuestro caminar por la vida. Alah o vuestro Dios os guarde”. ¿Magia, realidad, fantasía? Carina y Julián continúan llenando de buenas acciones esa hermosa cajita, regalo de Navidad, que tanto bien está haciendo en sus vidas. -

 

UN AFORTUNADO REGALO

DE NAVIDAD

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

10 diciembre 2021

                                                                               Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/

 

 

 
 

viernes, 3 de diciembre de 2021

LA CÓMICA DISTORSIÓN DE LAS PALABRAS Y EL SENTIDO DE UNA FRASE.

A buen seguro que todos hemos sido partícipes, en más de alguna ocasión, de un divertido juego basado en la distorsión de las palabras contenidas en una frase. Una determinada expresión se va repitiendo “rápidamente” y en voz baja, entre los integrantes de un grupo, siguiendo un orden prefijado. El último en escucharla manifiesta en voz alta lo que ha llegado a entender, después de su largo recorrido, comparándose con lo que el primero en iniciar el juego quiso decir. Entonces se comprueba, en medio de las risas y el asombro de todos, los cambios que en su camino ha sufrido la frase original. Este simple juego revela la evolución que sufre un primer mensaje, al pasar de boca en boca entre unas y otras personas. En su aleatorio caminar, ese contenido puede tener tantos cambios que resultará irreconocible para aquel primer autor que lo originó. Hay que hacer hincapié en la forma como se desarrolla esta evolución en la vida cotidiana. Cuando alguien te confiesa alguna confidencia, basándose en la confianza que os une, comienza su alocución con una repetida advertencia o petición: “Te tengo que decir algo importante, que sé de buena fuente, pero “júrame” no lo vayas a contar a nadie”. Esa expresión se manifiesta bajando el volumen de la voz, incluso tapándose con la mano parte de la boca, como temiendo que pueda ser escuchada por algún otro que, obviamente, no está junto a los amigos y conocidos. A lo mejor los dos interlocutores están hablando en un paraje “desierto”.

Una tarde de junio, Sancho Calatrava había decidido dar un paseo relajante por el centro urbano. De profesión representante en Andalucía oriental de un consorcio japonés de productos alimenticios, tenía libre la tarde de ese miércoles, ya que un desplazamiento que tenía de realizar a la vecina ciudad de Granada lo había aplazado por un problema técnico descubierto en el vehículo empresarial que utilizaba. Le aseguraron en el taller que la reparación estaría lista para la tarde del jueves, por lo que hasta el viernes temprano no iniciaría ese desplazamiento profesional que no tenía el carácter de urgente. Su mujer Eugenia tenía turno de trabajo esa tarde, en unos afamados grandes almacenes. Iría a esperarla a la hora del cierre del establecimiento, para volver juntos a su domicilio. Tras callejear el comercial representante de manera relajada, tomó asiento en una cafetería de la zona portuaria, para saborear una infusión de esas que tan bien preparan en esa afamada franquicia para los amantes del buen café.

No llevaba en el popular establecimiento más de diez minutos, cuando una voz le “despertó” del letargo en el que plácidamente se encontraba, mientras observaba el lento balanceo de las embarcaciones de recreo que estaban atracadas en el puerto 1 y 2, aseguradas a los firmes amarres correspondientes.

“Pero ¿no te acuerdas de mi, “Sanchito”? Soy tu compañero Evaristo Membriales, de la última promoción del 92 en el Instituto ¡Que alegría y casualidad! Verte ahí sentado, como todo un señor, disfrutando de tu taza de café. ¡No has cambiado casi nada y ya han pasado desde entonces … veintinueve años! Casi nada. Porque tu yo somos de la “quinta” del 74 ¿verdad?  Bueno, vamos a ser generosos. No nos miremos las “entradas” en el pelo, las papadillas, el “Michelin” de la buena repostería y esas arruguillas que nos hacen más interesantes ante las chavalas. Pero aquí estamos, como dos “handsome latin lovers”. Anda, cuéntame despacito como te ha ido la vida. Seguro … que muy bien, pues tu siempre fuiste uno de esos empollones que caen bien a los maestros. Tienes pinta de ser un honrado papá de familia, con hijos adolescentes.

Bueno, te contaré que yo estuve de matrimonio, bueno… “aguanté” hasta siete años. Todavía no me creo que yo ejerciera de esposo formal durante todo ese tiempo. Fue una travesía del desierto que me desnaturalizaba. Por eso llegó la sensatez.  Cada uno por su lado y a disfrutar la fruta en su punto por todos los sembrados. Eso de ir libando de flor en flor es verdaderamente lo mío. Ahora me dedico al negocio de los cigarrillos electrónicos. Pero si te contara por todos los “bandurrios” que he pasado, te asombrarías. Un novelista resolvería su creatividad si yo me prestara a inspirarle con mis numerosas aventuras”.

Sancho, todo asombrado y divertido, escuchaba la verborrea de su antiguo compañero de instituto. Intentaba hablar, pero el objetivo no era fácil, ante su muy locuaz y persuasivo interlocutor. En principio no lo recordaba muy bien, pues casi tres décadas hacen que las apariencias físicas evolucionen. Sin embargo, la memoria responde y poco a poco iba relacionando detalles de aquella añorada etapa de la avanzada adolescencia. Invitó a Evaristo que se sentara con él, para compartir alguna merienda y el afecto de las palabras.

Como siempre suele ocurrir en estos casos, comenzaron una simpática dialéctica, en la que cada uno de los dos antiguos compañeros iba aportando alegres y sentimentales anécdotas de aquellos años que ya no pueden volver al escenario mágico de la actualidad. Fueron pasando revista a los entrañables profesores que a estas alturas del tiempo ya estarían todos jubilados o … aludiendo con respeto y cariño a esos apodos o motes que muchos llevaban y a pequeños detalles que siempre son destacados por el colectivo que está sentado frente a la mesa del docente de turno. Por supuesto que también Sancho comentó su actividad como representante de esa marca de productos orientales que, según él, tenía cada vez más adeptos en los supermercados y tiendas, por las cambiantes y novedosas costumbres culinarias.

En un momento concreto, Evaristo, henchido de emoción y añoranza, se puso algo serio e hizo una importante confidencia a su amigo y antiguo compañero

“Mira Sanchito, te tengo que revelar algo muy doloroso, que me llegó hace dos días, en boca de otro compañero de nuestra clase Damián Burgueza que no sé si te acordarás de él, porque era muy calladito. Hoy está trabajando en el negociado del Catastro. Bueno, pues con mucho tiento, me explicó que le habían llegado noticias que Nando Calleja, aquel que le llamábamos “el cabezón” y que puso un negocio de suelos de madera, moquetas y parquets que le iba muy bien, hasta ganar espuertas de dinero, parece que se ha metido en malos negocios y de la noche a la mañana se ha visto en la más completa ruina. Pero de tal manera que hay días que no tienen ni para comer. Parece que los bancos le han quitado el chalet que tenían en Marbella y hasta su mujer, con el tonteo que tenía la señora, comentan se ha tenido que poner a echar horas en una empresa de limpieza de comunidades. Un verdadero drama. Aunque me he enterado hace dos días, estoy tratando (con la discreción necesaria, pues su penosa situación la guardan en secreto por la vergüenza social) de que los antiguos compañeros y amigos le echen una mano a la pobre familia”.

La verdad es que el representante de productos japoneses no lograba concretar quién era el tal Nando Calleja. Pero fue tal el dramatismo aplicado a la confidencia “secreta” de Evaristo, que el buen hombre se sintió conmovido y predispuesto a echar una mano a ese compañero de aula, fuese quien fuese, que ahora se encontraba en situación económica tan dramática. Anotó en su pequeña agenda los datos domiciliarios de esta familia sumida en la pobreza, información que Evaristo ya se había ocupado de recabar y difundir.

Los rayos del sol se iban tornando cada vez más anaranjados, con ese tono áureo tan característico de una primavera que fenece dando entrada a un verano que siempre amenaza con ser más tórrido que el anterior. Decidieron poner fin a la fraternal velada del reencuentro, tras casi tres décadas de no saber nada el uno del otro. Se fundieron en un emocionante abrazo y se prometieron que no dejarían pasar otras tres décadas para poder compartir un nuevo café, acompañado de esas palabras emocionantes que generan sentimiento y nostalgia ante un pasado fugaz que ya no volverá.

Hizo tiempo en unos grandes almacenes cercanos hasta que las manecillas del reloj marcaban algunos minutos para que dieran las diez. Eugenía se sintió expresivamente feliz ante la presencia inesperada de su marido (que había tenido el sin par detalle de comprarle una biznaga para el cariño) cuando salía de su trabajo en ese gran almacén en el que “casi” todo lo hay. Dada la templanza de la noche, decidieron ir a cenar a alguna pizzería cercana, pues ambos eran muy aficionados a la comida italiana. Compartieron una gran pizza hojaldrada “quattro stagioni” y una ensalada caprese, verdaderamente suculenta. Las dos copas de tinto Rioja fueron un delicioso complemento para la cena, en una noche que respiraba el latido veraniego anticipado. Le comentó a su feliz Eugenia el reencuentro con el parlanchín Evaristo y ese “millón” exagerado de anécdotas que ambos habían revivido de aquellos lejanos años del 92, en una emocionante e inolvidable etapa de sus vidas. Silvio, el atento propietario del local al que ya conocían de otras oportunidades, les trajo un chupito de limón a cada uno, para que recordaran ese ratito tan agradable en La Fontana di Trevi, excelente título para un coqueto restaurante que tenía una pequeña fuente (en ese momento con el mecanismo del surtidor estropeado) imitando al muy conocido y romántico monumento urbano de la inmortal Roma.

Fue en esa sobremesa, cuando Sancho contó detalladamente a Eugenía la historia dramática de ese compañero Nando que lo estaba pasando mal junto a su “empobrecida” familia.  “Es tal el bloqueo económico en el que están sumidos, que me dice Evaristo que hay días que no tienen ni para llevarse un plato de comida a la mesa. Estoy dispuesto a hacer algo bueno por un compañero del que ciertamente no me acuerdo, pero que le vendrá bien un poco de ayuda. Lo haré con hermosa delicadeza y exquisito tacto, a fin de evitar incómodas y torpes humillaciones”.

En la mañana del jueves, antes de ir al taller mecánico para preguntar por su automóvil en reparación, pasó por el prestigioso supermercado de un centro comercial cercano a casa y allí gestionó un envío de productos a la dirección que le había facilitado Evaristo. En ese gran lote de productos alimenticios no faltaban los paquetes de garbanzos, lentejas, arroces, judías, latas de tomates, garrafa de aceite, botes de leche, saco de patatas, además de una variada cesta de frutas (manzanas, aguacates, plátanos, naranjas, piña tropical, melón, etc.) Un pan cateto de dos kilos completaba el envío, al que también quiso añadir algún detalle simpático para los desayunos, como galletas y tortas de algarrobo, que siempre vienen bien, por su calidad, sabor y valor alimenticio. Indicó los detalles de la dirección a donde debía ser entregado el lote de alimentos, cuyo remitente debería permanecer en el más absoluto anonimato. Una vez realizada esa generosa donación, se marchó a sus tareas laborales con el corazón satisfecho, pensando en que “He hecho lo que debía. Al menos la familia de ese antiguo compañero no echará en falta, durante algunos días, ese sustento tan necesario para la vida”.

Fueron pasando los días y el asunto de Nando y su desgraciada mala suerte se le fue olvidando, debido a ese trajinar tan estresante en que hemos convertido neciamente el avance de las horas. Pero en el momento más inesperado, la vida puede reubicar cada cosa en su verdadero lugar, para nuestro asombro y sorpresa. Nueve días después de haberse realizado en el envío, Sandro estaba viendo la película que esa noche del martes emitía la segunda cadena de RTVE. El reloj marcaba las 22:35 cuando su móvil comenzó la “cantinela” de una llamada. Le inquietó la hora pues, pasadas las diez de la noche, el teléfono no suele traerte las mejores noticias. Al otro lado de la línea estaba Evaristo:

“Perdona que te moleste a estas horas, Sanchito. El tema es que tenía un listado de llamadas que hacer y a ti te ha correspondido un poco tarde. Tengo que explicarte un asunto que puede resultarte entre cómico o insólito. Pero ante todo quiero pedirte que no te enfades y que lo aceptes con el mejor talante que sé tu posees.

Como te puedes imaginar, está relacionado con el compa Nando Calleja. Cuando me llegó la información acerca de la precaria situación en que se veía sumido, el mensaje yo lo entendí con ese nombre. El problema es que había corrido de boca en boca (Nando en una persona muy conocida socialmente) y, probablemente desde el origen, ese nombre había sido alterado, cambiado o mal escuchado. Para que entiendas la incomodidad del asunto, la persona que ha sufrido ese hundimiento económico no es Nando Calleja, sino un tal Sandro Callera, al que no tengo el gusto de conocer. Sólo me han aclarado que tenía un negocio por el polígono de materiales para la construcción. Y aquí viene la comicidad del asunto: Nando, sin saber por qué y con el mayor asombro, comienza a recibir en su domicilio paquetes de comidas, fardos de ropa, cheques bancarios con diversas cantidades al portador y creo que hasta alguna Virgen del Perpetuo Socorro. Desde luego que la gente es más generosa de lo que parece, pero la cara de Nandito, sin saber qué hacer ni en dónde poner tantos paquetes de lentejas o bolsas calcetines en “buen uso”, debió de ser hilarante para el espectador, pero dramática y desesperante para el asombrado protagonista receptor.

El “enojoso” asunto parece que ya se ha ido reconduciendo, en el sentido que el tan amplio y variado material recibido por Nando está siendo repartido entre algunas organizaciones benéficas de acción social. También, una parte del mismo, piensa enviarse a este personaje, que no conozco, el tal Sandro Callera”.

Es evidente que el sentido de un mensaje y la concreción de las palabras puede sufrir equívocos y deficientes recepciones, hasta evolucionar en contenidos que nada tienen que ver con el origen del mismo. En este caso, la confusión acústica de dos nombres bastante parecidos había provocado un “desborde” de generosidad en muchas personas, con el asombro insólito de un destino equivocado que no sabía ni qué decir ni qué hacer. El buen y desconcertado Nando se preguntaba el por qué de todo aquello que llegaba a su domicilio.

Sólo añadir que Sancho, cuando pasea por la ciudad, tiene buen y especial cuidado en reconocer entre la muchedumbre la silueta de su compañero escolar Evaristo, porque en tal caso incrementará con presteza su marcha, tratando de llegar a esa calle adyacente que lo aleje preventivamente del locuaz y persuasivo negociante de cigarrillos electrónicos. -

 

LA CÓMICA DISTORSIÓN DE LAS PALABRAS Y EL SENTIDO DE UNA FRASE

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

03 diciembre 2021

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