viernes, 10 de junio de 2016

AGUA, MIRADAS Y SENTIMIENTOS, EN LA REALIDAD DE MARGOT.


Aquella tarde, en la penúltima semana de junio, las numerosas mesas de la Biblioteca General universitaria se mostraban densamente ocupadas por jóvenes estudiantes, que preparaban sus exámenes y las pruebas finales. Las clases habían ya finalizado y éstos eran días señalados para desplazarse a un lugar apropiado a fin de concentrar la atención en los libros y en los folios de apuntes, evitando la tentación de los incentivos disponibles en el cuarto familiar, donde se acaba perdiendo el tiempo en mil y una banalidades. Allí, en la biblioteca, se consigue un ambiente de silencio, en el que te sientes hermanado por decenas de compañeros que hacen lo mismo que tú, con diversos materiales para el estudio y los repasos entre los que no falta el portátil, donde se tiene atesorado todo aquello que resulta necesario para la consulta. Y, por supuesto, encima de tu lugar de trabajo tienes a mano esa agua benefactora que todo organismo demanda, especialmente en tardes tan calurosas como las que reinaba dentro y fuera del edificio académico. Porque ese día, al igual que otros, el sistema de refrigeración tampoco funcionaba.

En una de las mesas del recinto se encontraba Lisa, ya en su último curso del grado en Psicología, preparando un examen de Inteligencia emocional. En el ambiente del gran salón, reinaba ese murmullo apenas perceptible (ya que las normas establecidas impiden molestar a los demás compañeros) junto al calor pegajoso del día, lo que obligaba a la mayoría de usuarios a usar una vestimenta muy veraniega, integrada básicamente por camisetas, shorts y sandalias. Los botellines de agua fresca envasada, que vende la máquina automática, se habían agotado dada la fuerte demanda, aunque muchos de los estudiantes habían sido previsores, trayéndolos desde su domicilio. Cada vez es más frecuentes ver el uso de las botellas de litro y medio e incluso esos voluminosos envases que alcanzan los dos litros de contenido, a buen precio de supermercado.  

Enfrente de esta joven universitaria, con sus veintidós años de edad recién cumplidos, había quedado un asiento libre, de los seis que pueden ser ocupados en cada uno de las numerosos puestos de estudio. No habían pasado apenas un par de minutos, cuando este lugar fue ocupado por otra chica, que pronto dispuso sus carpetas, libro y portátil. Según la portada del manual que utilizaba, se trataba de una estudiante del grado de Económicas. Junto al copioso material a utilizar, colocó una gran botella de agua mineral, con dos litros de capacidad.

Margot, la recién llegada, era también muy bien parecida, morena de ojos color azul muy light y con una mirada que mostraba su clara tendencia a la observación. Dado el calor reinante, tomaba con frecuencia largos sorbos de su agua embotellada. En más una ocasión, ambas chicas fijaron sus ojos entre sí, con ese mensaje oculto a modo de comentario sobre la cálida temperatura que todos soportaban. Habían pasado unos treinta minutos desde su llegada cuando, a eso de las cinco y “pico”, la estudiante de económicas se dirige a Lisa con abierta espontaneidad: “¿Quieres un poco de agua? Desde aquí veo que no quedan botellines en la máquina y el día está horrible. Encima, con la “refri” sin funcionar”. La sed en Lisa era manifiesta. Agradeció por consiguiente el gesto de su interlocutora, bebiendo unos largos sorbos de la voluminosa botella.  

Minutos después, Margot se levantó de su asiento y con esa fluidez espontánea que mostraba le dice a su compañera de mesa: “Me encuentro un tanto aturdida, con esta tarde tan pastosa. Voy a descansar un ratillo en los jardines de ahí afuera. Si te apetece, por allí estoy”. Dicho lo cual, se alejó hacia la puerta que daba acceso a la zona arbolada exterior. Lisa lo dudó en principio pero, al fin, se decidió a dar también una vuelta por esa zona abierta del recinto. Pensó sería bueno encontrarse con esta inesperada y amable compañera. Al levantarse de su asiento, de manera instintiva miró hacia los materiales de aquélla. Observó que junto a los folios de apuntes y fotocopias, estaba entreabierto un bloc de alambre, tamaño cuartilla. Cual fue su sorpresa cuando al abrirlo completamente vio que había un dibujo, hecho a lápiz, que representaba el rostro de una joven. Reconoció de inmediato la calidad de a imagen. ¡Era ella misma!  La chica poseía, sin duda, excelentes cualidades para la práctica del dibujo. De ahí que, en varios momentos, la hubiere sorprendido con la mirada fija en su persona. La había estado pintando, con una perfección digna del mayor elogio.

La expresión de Margot cuando vio aparecer a su compañera de mesa, caminando hacia donde ella se encontraba, se tornó en una gran sonrisa. Estuvieron hablando por espacio de una media hora sobre sus respectivas Facultades y esos exámenes finales que tanto condicionan el equilibrio, no sólo anímico sino también en lo físico. En un momento concreto, Lisa aludió al dibujo que le había realizado Margot. La autora del retrato se rió de manera abierta, comentando que, desde pequeña había sido una gran aficionada al dibujo. Incluso sus padres la apuntaron unos cursos en un taller de aprendizaje a las técnicas de pintura. Pero que un acontecimiento en su vida adolescente, una amiga íntima en los años del bachillerato, le hicieron centrarse, de manera absoluta, en el campo de las reivindicaciones sociales y en los grupos de lucha contra el capitalismo. En la actualidad, ella formaba parte de una asociación universitaria radical para la transformación de los valores decadentes del mundo occidental.

“Me gustaría que nos conocieras más a fondo, compañera Lisa. Desde que te vi sentada en la biblioteca, algo me dijo (muy dentro de mí) que tú podías llegar a ser una excelente militante de nuestro grupo de revolución juvenil. En tu rostro percibí de inmediato inteligencia. No te quiero engañar, también me motivó mucho algo en tu cuerpo que no sabría definir con exactitud. En todo caso pienso que podemos llegar a ser grandes amigas. Luego, el destino decidirá. ¿Por qué no te animas y reservas un par de horas, este sábado, viniéndote a una reunión de nuestro colectivo. Te relajará bastante y te sentirás después más fuerte para seguir luchando con los libros y con este mundo podrido que se nos quieren imponer”.

Efectivamente, ese fin de semana, haciendo un hueco entre las horas de estudio para las inminentes pruebas finales, Lisa acudió a esa reunión asamblearia a la que había sido invitada por su nueva amiga. Margot, una activista reivindicativa, consolidada formativamente en sus estrategias de lucha, tuvo un protagonismo intervencionista muy destacado entre los demás compañeros universitarios que discutían y planeaban unas jornadas de lucha frente a los proyectos gubernamentales con respecto al mundo estudiantil universitario. Tras una hora de reunión, llegó el tiempo de la merienda/cena, entre los militantes del grupo y los asistentes invitados y simpatizantes. Esa fraternal fiesta de “hermandad” duró hasta cerca de la una, en la madrugada ya del domingo. En más de una ocasión, Lisa comentó a su amiga la conveniencia de volver a casa y aprovechar algunas horas para el estudio, antes de irse a la cama. Pero Margot tenía buenas dotes para la persuasión, convenciéndola en esas ocasiones para que aguardara un poco más. Una de las veces utilizó el argumento de que tenía que hacerle una importante confidencia, esa misma noche, pero quería aguardar hasta el final del ruidoso y alegre “party” que los dirigentes de la célula juvenil habían montado.

Dos de la madrugada, en un sábado con un cielo pleno de estrellas y una humedad que equilibraba la templanza térmica. Caminaban juntas las dos jóvenes amigas, en dirección a una parada próxima por donde circulaba la línea nocturna. En ese momento fue cuando Margot se sinceró en sus propósitos y anhelos. Un tanto nerviosa, pero con la fuerza etílica que le apoyaba, pidió a su compañera que se sentaran unos minutos en uno de los bancos del Paseo, muy cerca de una parada de bus.

“Lisa, necesito hacerte dos preguntas, muy personales. ¿Tienes actualmente pareja? Y otra más, aunque en modo alguno quiero incomodarte. Alguna vez … has sentido atracción por una mujer? Yo he de confesarte que, desde el momento en que te vi por la biblioteca, siento ese algo que me acerca y atrae hacia ti. En realidad, el martes ocupaba otro lugar en la sala de estudio. Pero supe esperar la oportunidad para que se quedara un asiento libre en la mesa donde estudiabas, a fin de estar más cerca de tu persona y poder abrir un camino o vía hacia la amistad. Te aseguro que ese algo que siento, en lo más hondo de mí, es decididamente intenso, tanto en el plano físico como cada vez más en el afectivo”.

Las dos jóvenes mujeres mantuvieron unidas sus miradas, durante largos minutos, sin pronunciar palabra alguna. Al paso de esos segundos, que se hacían emocionalmente intensos, Lisa cayó en la cuenta de que su interlocutora había tomado sus manos entre las suyas. Evitó hacer cualquier ademán que mostrara un rechazo a tan noble y cariñoso gesto. Mientras, el tiempo de las pulsaciones hizo aparecer, por las brumas de la lejanía, una línea nocturna de transporte.

“Me tengo que marchar, Margot. Es ya muy tarde. Gracias por invitarme a vuestra reunión y fiesta. Me lo he pasado muy bien”. Intensamente abrumada, no supo otra cosa que decir. A los pocos minutos, Lisa subió al bus no sin antes haber aceptado un beso lleno de amor protagonizado por su compañera. Observó que, en aquel momento, el vehículo iba sólo con apenas cinco personas en su interior, todas ellas con el semblante indisimulablemente adormecido. Ella percibía con claridad los latidos de su corazón, en medio de un estado de confusión anímica. Al llegar a su domicilio, evitó hacer ruido para no despertar a sus padres y hermano. Se arropó entre las sábanas y repitió en su conciencia, numerosas veces, esa última y decisiva frase que su amiga le había transmitido en un clímax intensamente emocional.

Mientras tanto, Margot seguía caminando, con pasos lentos y escasamente animosos, en dirección al piso que compartía con cuatro compañeras. Se sentía algo más relajada aunque no pudo disimular unas lágrimas que como frágiles perlas  recorrían la suave  finura de su rostro. El destino y la voluntad personal se aliaron para no hacer coincidir a las dos chicas durante las próximas semanas. Pero todos conocemos que ese mismo destino, a modo de juez caprichoso, resulta, en ocasiones, travieso y sutilmente inesperado en la programación de nuestras vidas y sentimientos.-


José L. Casado Toro (viernes, 10 Junio 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


jueves, 2 de junio de 2016

EL MUY DISTINGUIDO NUEVO VECINO DEL ÁTICO.


Al margen de las circunstancias propias de cada familia, existe en general una mayor aceptación por residir en las plantas elevadas de los bloques de pisos. Tal vez, las personas mayores o aquéllas otras que recelan del espacio cerrado que supone tener que tomar los ascensores prefieran, por el contrario, habitar viviendas a ras del suelo o en las primeras plantas de los edificios. Sin embargo esa mayor elevación, de que disponen los inquilinos o propietarios de los pisos altos, hace posible disfrutar de mejores vistas sobre la ciudad y una mayor luminosidad en las diferentes habitaciones del inmueble.

Estas ventajas de altura se potencian cuando la vivienda en cuestión es un ático. Esta opción añade un previsible mayor espacio habitable y, por supuesto, no tener que soportar a esos vecinos de arriba que, a veces, son poco cuidadosos con las normas cívicas en cuanto a ruidos, el cuidado de grifos y cañerías y con la caída de objetos de toda naturaleza sobre los que habitan en pisos inferiores. Es evidente que también existe algún riesgo para los residentes en esa última planta, en el caso de fuertes lluvias (siempre que la capa asfáltica de la cubierta o los tejados no estén bien terminados) además de tener que soportar problemas con los contrastes térmicos. Pero, a pesar de estos condicionantes, las ventajas de vivir en la “cúspide” de los edificios superan los posibles inconvenientes que esta decisión puede acarrear a los inquilinos del mismo.

El ático de un bien construido bloque de viviendas, compuesto de ocho plantas y situado en pleno centro antiguo de la ciudad, llevaba poco más de medio año deshabitado. Sus anteriores ocupantes (una amplia familia integrada por el director de un importante centro comercial, su mujer y cuatro hijos) lo habitaron en régimen de alquiler, durante más de tres años. Pero este profesional, con una doble titulación universitaria, fue trasladado a otra capital española. En ese momento, los propietarios del inmueble tomaron la decisión de ponerlo a la venta.

Tras esos meses expuesto en las ofertas inmobiliarias, la muy bien situada y espaciosa vivienda fue adquirida por un respetable señor, que disponía del elevado capital en que fue tasada la propiedad. Poco se conocía de este comprador que superaba el medio siglo de vida. Sólo que tenía otra propiedad en Madrid, pero que había decidido vivir en tierras costeras del sur peninsular, gracias al buen clima de la zona, a esa lúdica y alegre forma de vida que tanto valoraba y a la tranquilidad ambiental que a sus muchos años apetecía.

Obviamente, esta persona disponía de amplio capital. Además de abonar la costosa adquisición, la preciada vivienda fue mejorada con unas reformas de albañilería, a fin de mejorar diversos elementos de la misma. Estos operarios también trabajaron en el espacioso solárium del que podría gozar el nuevo propietario. En esos más de trescientos metros cuadrados de superficie abierta, fue construido un invernadero y zonas de umbráculos, pues este señor parece ser era muy aficionado a la práctica de la jardinería, a tenor de sus decisiones de arquitectura con respecto a esa zona para el cultivo y cuidado de plantas, adosada junto al resto de la lujosa vivienda.  

Rosendo no es especialmente comunicativo con sus convecinos. Valora su privacidad. Ello no es obstáculo para que extreme las formas cordiales y educadas en la vida relacional del ascensor y en otros encuentros casuales, durante las ocasiones de entrada y salida del inmueble. Sin embargo, mantiene un trato más abierto con Cosme, el conserje del bloque, ya que en diversas ocasiones ha de solicitar su ayuda para cuestiones relacionadas con el correo y otros imprevistos que van surgiendo con respecto a su nueva propiedad. El humor de este empleado es manifiesto. De manera particular suele llamar al propietario del ático “don Camaleón” pues este hombre, que extrema su intimidad durante las mañanas (el empleado tiene conocimiento que suele pasar las horas trabajando en su jardinería) a la llegada de cada tarde, sale del ascensor pulcramente vestido y aseado, cambiando cada día el color completo de sus elegantes trajes, cortados en sastrería. De ahí procede ese travieso apelativo. Don Rosendo (así es como de manera respetuosa se dirige a él), siempre lleva en el ojal de su solapa una atractiva flor. Normalmente, un clavel rojo, con el que potencia la prestancia y distinción de su muy cuidado atuendo.

Efectivamente, Rosendo pasa las mañanas en el solárium de su ático, cuidando los numerosos compartimentos térreos, bajo los practicables umbráculos que ha mandado instalar. Allí crecen variadas especies vegetales, gracias a la bondad climática de este sur mediterráneo y a un sofisticado sistema acuoso que mantiene el equilibrio hídrico de los cultivos. Un espléndido huerto urbano, allá en la novena planta de este gran bloque desde el que se puede contemplar la fortaleza de Gibralfaro y otras espacios emblemáticos llenos de historia para la ciudad. Por las tardes, deja reposar sus tareas jardineras y sale a la calle, con un uniforme cromáticamente cambiante, posiblemente a caminar y cenar. Esa última comida del día la suele realizar en un restaurante, próximo a la zona portuaria, donde el propio Cosme ha tenido oportunidad de verlo sentado en su mesa sin compañía alguna. Un solitario más, en un entorno social poblado de muchas personas. 

Cierta tarde de temperatura casi primaveral, cuando Rosendo pasaba delante del mostrador del conserje, en el acristalado portal del edificio, se dirigió al empleado con estas amables palabras:

“Cosme, el próximo martes, 1 de marzo, celebro mi onomástica. Me haces muchos favores y, de alguna forma, quiero agradecer tu siempre servicial disponibilidad. ¿Querrías acompañarme a compartir la comida de ese día conmigo? Encargaría que nos trajeran algún modesto aunque suculento menú. Pasaríamos un agradable rato de charla y así tendría también oportunidad de mostrarte algunas de las tareas de jardinería, con las que me entretengo durante las mañanas. Ya me comentaste que tenías familia. Pero me agradaría que ese día del santoral me acompañaras. Tu señora e hijos seguro que lo entenderán”.

Fue una sorpresa para el conserje el amable gesto del residente en el ático para con su persona. Aceptó sin dudar el grato ofrecimiento. Pensó que estas personas importantes sufren más la soledad de sus vidas en esos días específicos para la celebración, como es el caso del cumpleaños, el santoral o la propia festividad navideña. Valoraba que, a pesar de los favores que ciertamente le había hecho, una persona con tan cultivados modales  e indudable poder económico aceptara compartir mesa con un modesto servidor laboral. Se esforzaría en hacerle pasar un buen rato de compañía. Incluso pensó en algún detalle o regalo, como felicitación. A este fin, compró una buena botella de Rioja, pues no quería acudir a la casa de D. Rosendo sin nada en la mano que ofrecerle en su santo.

La comida, encargada a un afamado servicio de catering, resultó verdaderamente suculenta. El “camaleón” carecía de problema alguno con el dinero. Excelentes y variados entremeses ibéricos, como entrantes; gambones “gigantes” trufados en una salsa ligeramente picante, deliciosos al paladar; carne, exquisitamente mechada al licor, como plato principal; pastel de fruta, navegando en un baño de helado con dátiles tunecinos, como postre; vinos blancos y tintos de reserva, con una copa final de cava. Ese fue el contenido de tan “modesto” menú. Cosme, sin embargo, se reafirmó en su creencia de que este hombre sufría la cruel tristeza de la soledad en su vida. Se decía a sí mismo que el dinero no lo trae todo en la vida. Y este propietario, de tan pulcros y educados modales, carecía de familiar o compañera afectiva con quien celebrar su anual onomástica.  

En un momento concreto del “ágape”, el agradecido conserje se sintió motivado para preguntar a D. Rosendo acerca de si había estado casado; Pero el cambio en el talante de su interlocutor, en el que fluyó una profunda tristeza facial, le hizo desistir en ir por ese íntimo camino. El tema del interés por la jardinería que realizaba, en esos invernaderos y umbráculos tan bien organizados que, antes de la comida le había mostrado, era un tema mucho más atractivo. No era conveniente avanzar por cuestiones íntimas que provocaban una pesadumbre evidente en tan solitario personaje. A eso de las cuatro y treinta, Cosme se reincorporó a su puesto de conserje en el portal del edificio, no sin antes mostrar un profundo agradecimiento a su hospitalario anfitrión por la comida de lujo que había tenido oportunidad de disfrutar.

Como no podía ser de otra forma, aquella tarde, sobre las seis y media, vio desde su mostrador como Don Rosendo salía, como cada día, para la calle. Siempre bien trajeado, con el cambio cromático en su elegante atuendo, y ese rojo clavel en su solapa que tan noble prestancia daba a su esbelta figura. Saludó con respeto y admiración a ese tan cualificado y adinerado personaje con el que horas antes había compartido la intimidad de su mesa.

Una mañana, semanas después del almuerzo conjunto, vio con extrañeza como “el Sr. camaleón” (como lo seguía denominando en la intimidad de sus conversaciones con su mujer) salía hacia la calle, arrastrando un gran trolley de cuatro ruedas. Se ofreció a ayudarle aunque D. Rosendo le indicó, con firme gesto “endulzado” con una sonrisa, que no era necesario. Curiosamente, a esas horas de la media mañana, el propietario del ático no iba vestido con sus atuendos habituales. Verle con una sudadera, vaqueros un tanto gastados y unas zapatillas de deporte, provocó al conserje una profunda y divertida sensación de sorpresa. Era la primera vez que este señor ofrecía a sus convecinos esa apariencia tan deportiva y popular.

Aparte del correo ordinario, generalmente con remite bancario, junto a periódicos envíos procedentes de una prestigiosa tienda de ultramarinos y productos gourmet, apenas nadie preguntaba por el vecino del ático. Por ello fue intensa la extrañeza del conserje cuando aquella tarde de agosto, dos jóvenes, con gafas de sol y atuendo desenfadado, preguntaron por Rosendo Villasclara. Portaban en sus manos unas grandes cajas de cartón. Venían acompañados por dos miembros uniformados de la Guardia Civil. Cosme, que se acababa de incorporar a su puesto de trabajo, les indicó las señas exactas de la vivienda por la que preguntaban. Subieron en el ascensor y allá arriba estuvieron por espacio de casi tres horas.

Tras ese largo período de tiempo, al fin los dos jóvenes, posiblemente policías especialistas que vestían de paisano, salieron del ascensor. Portaban tres voluminosas cajas, seguramente repletas de algo pesado, a juzgar por el esfuerzo que les suponía su transporte, además de unas grandes bolsas de plástico gris, también llenas de alguna materia. Minutos después, fueron los números de la Guardía Civil quienes bajaron en el ascensor, esta vez acompañados por D. Rosendo, vestido con su sudadera y vaqueros. Se le veía visiblemente afectado.

¿Qué había ocurrido? La sagaz rapidez del periodismo local desveló, sólo en veinticuatro horas, la verdadera realidad de este personaje, de modales exquisitos, amplio poderío económico y muy celoso de su privacidad. El admirado inquilino del  acumulado celoso de su privacidad. El admirado inquilino del aje, de modales exquisitos, amplio poderático había acumulado diversos historiales delictivos a su paso por Sudamérica, Bélgica, Madrid y, ahora, en el sur de España. Incluso había cambiado de personalidad en un par de ocasiones. Siempre supo eludir o superar, con suma habilidad, sus actividades delictivas, en el marco de lo económico. Parece ser que una existencia convulsa le había aconsejado cambiar a una vida más plácida en el sur mediterráneo, viviendo en un lujoso ático donde había instalado un sofisticado criadero de marihuana, entre otras plantas estupefacientes. Venía siendo vigilado desde, hacía meses, por el grupo antidroga de la Guardia Civil.

En estos duros momentos, el insigne personaje espera juicio recluido en la prisión provincial donde, cada quince días, recibe una única visita. Cosme se encarga de que tenga ropa aseada, llevándole también algunos alimentos y chucherías, además de regalarle esos veinticinco minutos de conversación a los que, normativamente, tiene derecho. El buen conserje siempre valoró la prestancia, buenas formas y el generoso trato recibido por parte de su admirado propietario del ático.-


José L. Casado Toro (viernes, 27 Mayo 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
jlcasadot@yahoo.es

viernes, 27 de mayo de 2016

TERAPIAS INNOVADORAS CONTRA EL ABURRIMIENTO.

La bien reconocida clínica, situada en la quinta planta de un renovado bloque de pisos, próximo al entorno monumental de la Catedral, se encontraba a esa hora de la tarde con casi todos sus asientos de espera ocupados. La más afortunada publicidad suele ser aquella que se realiza o dinamiza con esa práctica cotidiana del “boca en boca”. Esta simple difusión popular ha permitido al titular que rige el establecimiento médico, el Dr. Fermín Plazuelos, un amplio y heterogéneo listado de pacientes. Número que se ve positivamente incrementado por las buenas referencias que unos y otros realizan acerca de los óptimos resultados obtenidos en ese espacio o taller para la ayuda psicológica.

Son muchas las personas que acuden al equipo que dirige este cualificado profesional en psicología y psiquiatría (muy próximo, en su edad, al medio siglo de vida) con el razonable objetivo de mejorar las dolencias anímicas que soportan. De manera especial, esas complicadas depresiones, sus ansiedades o esa atonía y pasividad ante las posibilidades y opciones en cada uno de los días. Precisamente uno de los módulos más demandados, por los pacientes a consulta, es aquel que lleva por título el mismo que preside los párrafos constitutivos de este relato: Terapia contra el aburrimiento.  Y es que, apelando a la base estadística, uno de los principales y repetitivos problemas expuestos por la heterogénea clientela de esta unidad médica tiene por base el no saber qué hacer o cómo mejor utilizar el tiempo disponible que cada uno, según sus circunstancias vitales, posee.

Como ha expuesto este afamado especialista, en numerosas entrevistas, publicaciones y artículos de prensa, resulta paradójico que en esta época tan avanzada para la tecnología digital, como es la que actualmente dispone y goza la Humanidad, uno de los grandes problemas que soportan cientos y miles de personas sea precisamente el de sentirse aburridos, en el proyecto diario para llenar, enriquecer o distraer sus vidas. Y este problema se plantea o genera en todas las edades, no sólo en las personas adultas o jubiladas. Cuántas veces hemos reflexionado acerca de los niños de ahora y los de antes. En otras épocas, los críos solían agudizar su imaginación enriqueciendo sus juegos, en la convivencia sociológica con otros niños en las calles y plazas. Usando materiales y elementos muy limitados en su valor, se llenaban y enriquecían muchas tardes y jornadas de vacación, compartiendo alegremente la distracción con la demás chiquillería del barrio o plazuela. Hoy día, en la soledad de su habitación y con esa tecnológica compañía de los súper avanzados equipos digitales, el niño  soporta su aburrimiento y el cansancio que le termina produciendo esa computarización que, probablemente mal usada, domina su aún corta existencia.

Y si esta realidad la trasladamos a las generaciones adultas, el problema se agudiza y potencia. No pocos de los problemas que decimos padecer, especialmente en el campo de lo anímico, si profundizamos racionalmente en su génesis y desarrollo, tienen un origen que tal vez nos cueste reconocer. La falta de iniciativa o de ilusión con la que enriquecer las horas de ocio que, cada vez más, tenemos a nuestra disposición en el discurrir del calendario. Las posibilidades son inmensas y diversificadas. Sin embargo, en la intimidad y sinceridad de nuestra conciencia, percibimos y soportamos ese sentimiento de rutina y letargo en las agendas de nuestras horas. Haciendo una frase simplificadora, podríamos decir aquello de que “mientras más tenemos, más nos aburrimos”. Volvamos, hora es ya, a la consulta médica, objetivo de nuestro relato.

En este momento, el Dr. Plazuelos atiende a una paciente de 48 años. Carmen, madre de dos jóvenes que cursan sus primeros años universitarios, acude a este prestigioso especialista con el ansiado objetivo de encontrar una salida a la situación de bloqueo existencial en el que siente sumida.

“Debo ser sincera, doctor. No es Vd. el primer especialista al que he acudido para pedir ayuda. Pero el proceso es más que repetitivo. Escuchan tus problemas y acaban por prescribirte una variada colección de fármacos que, en algún caso, pueden sentarte bien. Sin embargo, en mi caso y probablemente también en la de muchos, te “machacan” el estómago con pastillas que, al reducir o finalizar su ingesta, disimulan las causas y acaban por no resolver tu patética situación. No es éste mi peor momento pero, sigo sin sentirme bien.  En realidad veo que, cada día que pasa, retrocedo en mi salud mental.

Yo sé que mi marido, un funcionario que trabaja en la administración de prisiones, tiene alguna amiga para su intimidad. Siempre fue igual y, a estas alturas, seis años mayor que yo, él no va a cambiar. Queda lejos la época de los reproches y las ingratas discusiones. Ahora tenemos como una aceptación recíproca de nuestros comportamientos. La sociedad familiar, con habilidad y no menos paciencia se va manteniendo y sobrellevando. Nuestros hijos hacen también su vida de independencia, con sus estudios, amigas y parejas. Yo trabajo en el despacho de mi cuñado, que lleva una pequeña empresa de mensajería, sólo por las mañanas. De 10 a 14.30. Las tardes se me hacen interminables. Antes, me distraía algo con las compras. Ahora, incluso han dejado de motivarme. Y empiezas con algún comprimido que otro y entras en la dinámica de esa farmacia que te va sosteniendo y ayudándote en el autoengaño. Vi una referencia a su clínica, en Internet, y aquí me tiene. Tal vez no haya nada súper grave, pero cada día siento y sufro más mi estado de paulatino desánimo”.

El especialista, que ha ido escuchando con paciente atención las palabras de su interlocutora, anota en el expediente que tiene sobre su mesa diversos datos y observaciones. No es la primera vez, resulta obvio, que tiene conocimiento de una historia, más o menos, similar. Esta situación le ha sido planteada “miles” de veces. Personas que no saben motivar la peculiaridad de sus existencias y que entran en una dinámica depresiva, la cual comienza con el aburrimiento, la búsqueda errónea de sustitutivos y que se ven arrojadas, finalmente, a la ingesta exagerada de fármacos que sólo disimulan pero no actúan con eficacia sobre las verdaderas raíces del problema.

“Carmen, ante todo, debes evitar “perder” los nervios. Aunque no lo creas, por aquí pasan muchas personas que se sienten aburridas y desanimadas con la forma de vida en que han convertido sus respectivas existencias. No temas. Muy probablemente, cuando llegues a casa, no vas a llevar en tu bolso receta alguna para comprar fármacos. Vamos a practicar otra estrategia, que nos está ofreciendo óptimos resultados el casos similares al tuyo. Es un programa de acción para la ayuda compartida que denominamos (de manera coloquial) “No debe haber tiempo para el aburrimiento”.

Formamos grupos, normalmente de tres o cuatro personas, que tienen en principio cierta afinidad e interés por implicarse en una específica actividad. De manera individual y, al tiempo, colectiva, se entregan a una determinada afición o ejercicio lúdico, recibiendo y aportando ayuda por parte de los demás integrantes del grupo. Poco a poco, van cultivando y generando cierta amistad entre ellos, con ese vínculo que las une en la afición o práctica elegida.

Puede ocurrir que optes, en principio, por una actividad que a lo largo de su desarrollo te defraude o no compense tus expectativas. En dicho caso, pruebas suerte en otra parcela temática, con un grupo ya consolidado o de nueva creación. Das y recibe ayuda en el mismo. Las amistades que se van adquiriendo y la confianza en otras personas que padecen esa atonía vital, que tanto daño os hacían, permiten o hacen posible que, de manera paulatina, te vayas sintiendo mejor. La socialización grupal en una determinada actividad es la mejor medicina para vuestras dolencias. Por supuesto, hay un seguimiento y control  continuo, por parte de un especialista grupal. Aunque no lo creas, estas personas están disponibles dieciséis horas del día, mediante una sofisticada tecnología telemática”. 
  
A continuación, este convincente especialista mostró a Carmen un listado de los grupos que estaban funcionando, en esos momentos, bajo la supervisión clínica de expertos cualificados en las distintas opciones de trabajo.

JARDINERÍA Y HUERTOS URBANOS. MASCOTAS. MANUALIDADES DECORATIVAS. PINTURA ARTÍSTICA. PRACTICA SENDERISTA. PROGRAMACIÓN Y DESARROLLO DE VIAJES. ESCUELA DE TRADICIONAL Y NUEVA COCINA. OBRAS SOCIALES EN ONG. INTERPRETACIÓN TEATRAL. DISEÑO DECORATIVO EN EL MOBILIARIO DEL HOGAR. FOTOGRAFÍA CREATIVA. INSERCIÓN EN ASOCIACIONES GRUPALES.

Cuando volvía a casa, tras esta primera sesión de consulta psicológica, Carmen se mostraba confiada y agradecida a esas nuevas luces que se habían encendido en la oscuridad de su vapuleada voluntad. Estaba decidida a estudiar las distintas opciones que tenía por delante, a fin de colaborar grupalmente en algo que, en principio, no le desagradara y despertara un adormecido o nuevo interés. De todas formas, lo más sorprendente de la entrevista que había mantenido con el afamado psiquiatra y psicólogo, surgió en la parte final del diálogo.

“En cuanto a las relaciones extramaritales, que tu cónyuge suele realizar de forma habitual (según me has comentado), pienso debes posicionarte ante las mismas de una manera inteligente, valiente y compensatoria. Busca, tú también siempre que ello te motive, una buena e íntima amistad. No vas a ser menos que él. Tú llevas asumiendo su desleal comportamiento, desde hace años. ¿Por qué no vas a tener las mismas experiencias afectivas/sentimentales que él, con tan irresponsable naturalidad y prepotencia, suele practicar?”

Todavía esa noche, Carmen desconocía que un hombre, conyugalmente separado, inmerso en una vida un tanto estresada y, en la actualidad, integrante de un grupo que practica la INTERPRETACIÓN Y LA EXPRESIÓN MÍMICA, iba a suponer para ella un proceso decisivo de cambio en su rutinario recorrido existencial. Encontrar a esta persona le iba a permitir  recuperar autoestima, sensaciones afectivas e ilusiones rejuvenecedoras, en ese destino siempre incierto sobre las páginas aún no escritas de nuestro conocimiento.-

José L. Casado Toro (viernes, 27 Mayo 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 20 de mayo de 2016

EL INSÓLITO COLECCIONISTA DE SONRISAS.

Resulta bastante probable que, a lo largo de nuestro tiempo, hayamos tenido relación con personas entregadas a la práctica del coleccionismo. Podríamos citar, a poco de que busquemos en nuestra memoria, numerosos ejemplos de familiares, amigos y conocidos, aficionados a la entretenida práctica de ir juntando objetos de la más variada tipología. Esta curiosa actividad no se lleva a cabo sólo para distraer las horas sino que, en ocasiones, la extremamos y convertimos en un incentivo, tan profundo y visceral, que provoca el desequilibrio y, consecuentemente, el más que profundo desasosiego.

Unos y otros poseemos en el recuerdo aquellas imágenes afectivas de nuestra infancia. En esas tempranas edades, ya nos agradaba juntar lo que denominábamos “mis pequeños tesoros”. Normalmente coleccionábamos estampas y fotos, relativas a películas, modelos de coches, futbolistas, actores o artistas del cine o algunas historias relativas a nuestros grandes héroes de los tebeos. Todavía hoy, cuando percibo el aroma de una tableta de chocolate o las veo alineadas en los estantes comerciales, no puedo por menos que recordar la ilusión que sentía en aquellos lejanos años, no sólo por la dulzura del grato manjar, sino también por ese par de estampas que acompañaban al producto, ubicadas entre el envoltorio y el papel de aluminio que cubría la tableta. La tradicional y prestigiosa marca Nestlé facilitaba, al efecto, unos álbumes, donde había que pegar esas atractivas estampas a fin de ir completando la colección.

Por supuesto que nuestro esfuerzo no sólo se centraba en acceder a las apetitosas tabletas de chocolate sino que, una vez abiertas las mismas y, tras comprobar que ya teníamos alguna estampa repetida, había que proceder a la fase de intercambiarlas por aquellas otras que nos faltaban a fin de completar el álbum, tarea que podía resultar en ocasiones no exenta de dificultad. Siempre había alguna lámina o estampa que se introducía, en muy escasas unidades, dentro de las tabletas. Era, por consiguiente, la “joya” preciada por conseguir. El coste en el intercambio suponía dar varias estampas, a cambio de esa otra que nos faltaba o, incluso además, realizar algún mandato o capricho para el poseedor de tan preciada imagen. 
  
Ya de mayor, las personas también solemos ser aficionadas a coleccionar objetos de la más diversa naturaleza. Los ejemplos son muy heterogéneos. Las cucharillas, con los anagramas de muchas ciudades; los dedales de cerámica; las figuras de muchos animales, especialmente gatos y búhos; los más raros y sofisticados relojes; los preciados discos de vinilo; centenares objetos de vidrio; los artísticos cuadros de pintura; los interesantes sellos de correo, utilizados para el franqueo ordinario; las casitas de cerámica, alusivas a la arquitectura de muchas nacionalidades; monedas, joyas, incluso coches (para aquéllos que tienen posibilidades económicas de hacerlo) fotos y láminas antiguas, latas de refrescos vacías, utilizadas en diferentes países, muñecas de las más hermosas tipologías … y así un largo y heterogéneo etc.

En este contexto resumamos una bella historia, de la que fui partícipe hace ya unos cuantos años, relativa a esta curiosa afición.

Con esas prisas infundadas, con que banalmente nos vemos acelerados, realizaba una mañana el rutinario repaso de la prensa digital. Sueles centrarte en cuatro o cinco diarios, procurando un equilibrio entre las noticias locales y aquellas otras de ámbito nacional e incluso generadas más allá de nuestras fronteras. Normalmente, sólo lees los titulares que cada medio destacan como principales noticias de portada. En el caso de que algunos de esos reclamos te sean de especial interés, entras en la información y profundizas algo más en sus contenidos. Avanzando por las distintas secciones, me llamó la atención un pequeño titular publicitario que aludía al “coleccionista de sonrisas” frase, sin lugar a dudas, especialmente atractiva. Marqué ese aparente anuncio para, con más sosiego, avanzar durante la noche en su contenido.

Tras la jornada laboral, ya en casa, recordé el titular de esa mañana y leí con detenimiento la brevedad de lo que decía. Una persona, llamada Gregorio, solicitaba colaboración para enriquecer su afición en el coleccionismo de “sonrisas”. Poco más avanzaba esa escueta publicidad pagada, a no ser una dirección electrónica a través de la cual se podía contactar con el autor de tan peculiar y sana afición.

Es obvio que el coleccionismo resulta usual entre muchas personas. De manera especial, para con determinados objetos que, por muy diversas causas, les motivan en esa búsqueda que incrementa el valor numérico, sentimental o lo que fuere, con respecto al conjunto acumulado. Y, desde luego, estaba de acuerdo con ese dicho de que “en cuestión de gustos no hay nada escrito”.  Por esta razón comprendía que cada coleccionista se centrara en aquellos objetos cuya motivación sólo ellos conocerían. Pero no era menos cierto que provocara mi extrañeza (posiblemente también la de otros muchos lectores del anuncio) que este señor coleccionara algo tan positivamente ssvilloso como son las sonrisas. sas. a mi extrañeza (posiblemente la de otros muchos lectores del anundio) util, anímico y maravilloso como son las sonrisas. Me preguntaba ¿A qué se referiría exactamente?

Dejé pasar unos días, en los que le seguía dando algunas vueltas a las intenciones exactas de esta persona. Llegué a preguntarme si se trataría de alguna broma, la consecuencia de alguna excentricidad o un anuncio que encubriera algún mensaje oculto o secreto, de intencionalidad sólo comprensible para otra persona o grupo determinado. Al fin, una noche de viernes, tras comprobar que el texto publicitario aún permanecía en esa página de prensa, decidí probar suerte enviando un correo a la dirección electrónica, citada en el correspondiente anuncio publicitario. 

“Estimado Sr. Gregorio. Me ha hecho pensar bastante, su petición de ayuda o colaboración a fin de incrementar (creo entender) su colección de sonrisas. ¿De que forma podría colaborar en la misma? Tal vez pueda ayudarme a entender, algo mejor, este insólito anuncio donde viene adjunta su dirección. Atentamente”.

Transcurrieron, aproximadamente, un par de semanas sin que al buzón de mi correo llegase respuesta alguna con respecto a la comunicación enviada. En ese marco temporal, el insólito anuncio dejó ya de publicarse. No es que me olvidase del asunto, pero sí es cierto que, al paso de los días, el tema de las sonrisas fue perdiendo intensidad en los niveles de mi memoria. Cuando pensaba ya que todo era la consecuencia de alguna broma de origen indefinible, observo con sorpresa una respuesta a mi envío. Estaba firmada por alguien llamado Gregorio Luis. Con cierto nerviosismo, abrí ese correo sumido en interrogantes que necesitaban una respuesta más o menos convincente. El texto era ciertamente largo. Supongo que habría partes en el mismo utilizadas como plantilla para todas las respuestas y algún párrafo o datos específicos modificados para la personalización. Básicamente, transcribo el escrito que llegó a mi poder.

“Apreciado hermano. Muchas otras personas, como tú (permíteme el tuteo) has hecho, se han sentido motivadas en responder a mi “extraña” petición de colaboración. Ante todo quiero agradecer la nobleza de tu sana voluntad.

No es un secreto para nadie. El mundo actual sufre una dinámica de situaciones, regionalizadas pero, al tiempo, globalizadas, que provocan en nuestros espíritus el ánimo depresivo de la seriedad, el letargo de los mejores valores, la materialidad que nos envilece y ese dolor, que no siempre es de naturaleza física, que nos provoca el sin sentido de la tristeza. Pero, ante esta ingrata realidad hay que reaccionar. Debemos cada uno, con nuestra modesta pero dinámica gota de arena, conformar esa gran masa de voluntades que generen situaciones abiertas a las sonrisas. Este buen gesto, en nuestros rostros, será positivamente terapéutico, con ese afán esperanzado por conseguir un mundo menos hosco, menos violento y embrutecido, más verdadero y socializado, a fin de compartir todo aquello que la naturaleza y nuestro esfuerzo  germina para una mejor vida.
   
Sí, desde la sencillez y lejanía de mi celda, en este monasterio perdido entre montañas, yo quiero coleccionar no bienes materiales, a los que renuncié hace ya muchos años. Por el contrario, me esfuerzo en despertar muchas conciencias, para que todos recapacitemos en que el camino que recorremos nos lleva, cada vez más, por la senda errónea de un mundo que padece una preocupante ausencia de sonrisas y amor.

¿Y que puedes hacer tú? ¿Y aquél? ¿Y ese otro, en tan saludable empeño? Creo que, honestamente, mucho. Esfuérzate en dinamizar la fresca esperanza de la alegría, frente a la oscura pesadumbre por carecer de tan saludable valor. Hazlo cada día. Cada minuto. Cada latido de vida, en la limpieza de tu caminar. Mientras más seamos los que así actuemos, más alegría generaremos en un mundo que ansía y necesita cambiar. La sonrisa debe superar el letargo depresivo de la tristeza. No me cabe duda de que, tú también, eres capaz de coleccionar y enriquecer  este hermoso e ingrávido valor.

Cuando lo necesites, será una inmensa alegría recibir tus gratas noticias. Hermano Gregorio Luis”.

En algún recóndito paraje de nuestra contrastada geografía, cielo, agua, tierra y amor, un fraile, imaginativo y tenaz, se esforzaba en difundir el noble mensaje de la sonrisa. Su ilusión era construir un mundo más amable, solidario y vitalizado en bondad. ¿Por qué no comenzar, desde ahora mismo, en tan apasionada aventura?


José L. Casado Toro (viernes, 20 Mayo 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga