viernes, 5 de diciembre de 2014

COMUNICACIÓN Y EFICACIA. HISTORIAS DE AQUÍ CERCA.



El timbre de la puerta de Marco ha sonado esta mañana muy temprano. Apenas eran las seis y pico, en el amanecer, cuando se despertó sobresaltado ante ese sonido a modo de campanilla que le reclamaba atención desde el pasillo exterior de su vivienda. Un tanto somnoliento y con el pijama aún puesto. observa por la mirilla. Reconoce a la vecina del piso inferior al suyo, Marta, una joven estudiante que tiene esa vivienda alquilada, junto a otras dos compañeras de universidad. Tras abrirle la puerta, la chica le explica que tiene todo el techo del cuarto de baño manchado de agua. Comenta que ya le están cayendo incluso gotas que, de manera afortunada, mayoritariamente lo hacen por la zona de la bañera. El edificio tiene ya más de cuatro décadas y muchos de los vecinos del bloque han ido cambiando y renovando parte de sus viviendas. Pero el problema de las tuberías siempre está ahí, pendiente de darte un mal rato en el momento más inesperado.

Tras pedir disculpas a su vecina, le promete actuar con presteza. Cierra la llave de entrada de agua en el cuarto de baño, dependencia que provoca esa pérdida por alguna de sus partes internas. Dicho lo cual, busca el número de su multiseguros del hogar, comenzado esa gran aventura, hoy día, de la comunicación. La agencia correspondiente está vinculada a un consorcio bancario. Tras efectuar la llamada, una primera respuesta, automatizada como todas las que vendrían a continuación, le indica que si desea ser atendido por un operador personal, le cargarían un euro cincuenta en la cuenta que tuvo que abrir para vincularse a ese seguro multirriesgo, uno de los más económicos del mercado. La cuota anual que tiene que abonar por la protección es de las de más bajo coste entre la competencia. Como consecuencia decidieron contratarla, desde el mismo momento de la compra de un inmueble ya con bastantes años de antigüedad al que, previsiblemente, le podrían salir no pocos “achaques” constructivos.

Marco y su compañera Isa adquirieron esta vivienda de segunda mano, hace ya quince años, cuando decidieron unir sus vidas para la convivencia. Tras efectuarle algunas reformas, quedaron muy satisfechos con el inmueble pues su ubicación es relativamente céntrica, con respecto al centro de la ciudad. Él está en paro en estos momentos, ya que su empresa de reparto urgente hizo una fuerte reestructuración en el personal. Le prometieron que su nombre quedaría reservado en una lista de preferentes para el puesto, cuando la situación económica se dinamizara y de nuevo la rentabilidad llegara a la contabilidad de la misma. Recibe en la actualidad un subsidio de 400 euros al mes, que ya ha sido renovado en dos ocasiones. Por su parte, Isa ahora mantiene unas horas de trabajo para una pequeña empresa de arreglos en las prendas de vestir, por el que recibe un porcentaje por el valor de cada arreglo que realiza. Carece de sueldo fijo y se le permite que trabaje desde su propio hogar. Es una especie de dinero negro, pero que les viene muy bien para subsistir en tiempos innobles para los más débiles. Esta habilidad para la costura la aprendió con su abuela, persona que le crió y le enseñó lo que hoy valora como un pequeño tesoro para afrontar su necesidad y la de su compañero.

Deseando ahorrar el pago por la atención personal (no se le ocultaba que tendría que llamar en más de una ocasión) se dispone a realizar ese itinerario de números vinculados a determinadas prestaciones. Lo que en un principio son siete opciones, se va multiplicando pues cada una de ellas tiene sus diversos apartados, conformando una estructura arbórea, pero sin flores, frutos o ramas. Depende la naturaleza, tipo, clase, ubicación, del siniestro, tiene que ir marcando en el teclado de su teléfono el itinerario correspondiente. Todo ellos en medio de una voz metalizada, como construida o elaborada por medio de un sintetizador, para el que la modulación acústica es inexistente. Es como una programación sonora presidida por unos sonidos desprovistos de naturalidad. Lo más duro de este proceso es que el programa no ha previsto las dudas o aclaraciones pertinentes para el que llama, pues éste ha de someterse, dócilmente, a la rigidez y camino que impone la máquina. Al fin y al cabo es una máquina, el supuesto interlocutor o interlocutora con el que “dialogas”. Y si quieres o necesitas humanizar el intercambio de palabras, el camino es abonar esa “módica” cantidad, por cada llamada, para que te atienda un operador personal.

Al fin había logró dejar sus datos, por lo que a continuación tendría que esperar la visita o llamada previa del operario que repararía su problema con las tuberías del agua. Pasaron dos días sin que se personase personal alguno en su domicilio. Se duchaban como podían, pues no podían hacer uso prolongado de los grifos ya que en este caso las chicas de abajo tendrían que sufrir esa llovizna poco agradable dentro de tu propio domicilio. Y fue al tercer día cuando, sin avisar, se presenta ante su puerta un fornido operario que dice ser fontanero, cuyo nombre es Romualdo. Tras inspeccionar sus lavabos y aseos, le manifiesta que, en su opinión, el problema procede del bajante general del bloque, al cual están comunicadas las tuberías de todos los pisos. Le aclara que él también es albañil pero que su póliza tiene unas limitaciones o parcelas de acción no cubiertas. Como consecuencia le indica que él hará el informe correspondiente pero que se debe poner en contacto con la compañía de seguros para aclarar hasta donde las prestaciones le son cubiertas. Antes de abandonar su piso le confía que en casos similares el siempre llega a un acuerdo privado con los clientes. Y que se ponga en contacto con el seguro general que debe tener la comunidad de propietarios.

La presidenta de la comunidad, una señora viuda de un capitán del ejército de tierra, le facilita el teléfono del administrador del bloque el cual, a su vez, le indica que llamará a la compañía de seguros, entidad que no es la misma a la que está vinculada la vivienda de Marco. Dos días después, se presenta el perito encargado de inspeccionar el siniestro. Una vez que visita las dos viviendas afectadas, le aclara que su seguro afronta el tema del bajante general pero que, en lo relativo a la unión del mismo con los pisos y  los daños y reparaciones interiores de las viviendas, debe ser el seguro comunitario quien afronte tal responsabilidad. Por su parte, el seguro de Marcos afronta la reparación estética del piso de Marta y sus amigas, pero no quiere saber nada de la unión de las tuberías con la general. Parte de estas uniones y conducciones están afectadas, pero las dos entidades aseguradoras se echan la responsabilidad la una a la  otra. Y mientras este litigo de competencias no se resuelva, no piensan actuar ni en la general, ni en el piso de las chicas, respectivamente.

Pasan las días y las tres amigas continúan con la humedad afectando incómodamente a su convivencia. Marco e Isa sufren con el ánimo hundido, pues no son personas de polémicas y conflictos. La dificultad para solventar su aseo diario son más que evidentes. ¿Qué hacer? Por sugerencia de Isa, Marco acude una mañana a una asociación de consumidores, donde expone el caso, buscando asesoramiento y consejo. Cuando las aseguradoras conocen que está de por medio una asociación de esta naturaleza (con reconocido prestigio) se aprestan a modificar su estrategia. En no más de 48 horas, el cuarto de baño de la casa de Marta es pintado. Dos losetas o azulejos, que se habían caído por efecto de la humedad, son también sustituidas. Por su parte, el seguro del bloque también arregla en una mañana el problema del bajante general. Pero queda la tubería que desde la general entra en la casa de Marco. Ahí se enquista el asunto pues esa tubería, que atraviesa el muro de la casa de Marco se encuentra envejecida y afectada. El agua se sigue perdiendo y las humedades aparecen de nuevo en la vivienda de Marta y sus amigas.
   
“Sr. Romualdo, soy Marco, el vecino de la calle Afligidos, 5 C ¿Podría Vd pasarme por mi domicilio, a fin de que juntos podamos hallar una solución a este problema que se nos está haciendo ya interminable?”

“Verá Vd Marco. El asunto es más fácil de lo que parece. Yo le hago un trabajo por el que no tendrá queja. Negociamos un arreglito en cuanto al precio. Y se olvida de todos los problemas. Eso si, debe renunciar a los litigios y pleitos planteados. Vd me paga a mi como pueda. Nada de IVA y facturas. Nos damos un estrechón de manos y todos tan amigos”.

Unos ahorrillos, que Isa había ido juntando con todo el esfuerzo de la previsión, sirvieron para responder económicamente frente a éste hábil personaje llamado Romualdo. El versátil operario actuó con diligencia y en 24 horas la tubería de unión era sustituida y la entrada en el tabique de Carlos perfectamente reparada. No volvería, por ahora, a perderse esa agua que tantos contratiempos había provocado en las dos viviendas.

Un par de semanas después, Marco se afana por anular su póliza de seguros con la compañía del contestador automatizado. Otra vez sufre la cruel aventura telefónica. El menú de los seis ítems, los sub menús y las derivaciones arbóreas de los mismos. Ahí permanece esa enlatada y sintetizada voz que no atiende a réplicas ni a sugerencias mostrando, todo ello, la falta de humanidad en un sistema comunicativo que se retroalimenta a sí mismo en su absurdo mecanicismo. No soportando más esta radiografía plana y desvitalizada, se aviene a pagar el euro cincuenta y una señorita, que utiliza un castellano aprendido mediante un curso por correspondencia acelerado, aparece al otro lado de la línea. Le informa, como una autómata repetitiva, que existe una clausula en el contrato que impide desvincularse del mismo hasta su finalización anual. Tendrá que esperar todavía siete meses. Por supuesto habrá de enviar un preaviso para no prorrogar el vínculo contractual, al menos con dos meses de antelación a la fecha legal de cancelación. Incide en que la segunda cuota, correspondiente al año en curso. la habrá de hacer efectiva el mes próximo. 

Lo más positivo de toda esta historia es que, al fin, Marco ha encontrado un puesto de trabajo. Eventual, eso sí, pero que ilusiona las expectativas de una persona que se quiere sentir útil en la vida. En este momento, se halla trabajando como peón de albañil, ayudando también a Romualdo en sus visitas a las viviendas con los partes de siniestros. Su ahora jefe le ha prometido que, si todo marcha bien, dentro de unos meses hablarán de darlo de alta en la Seguridad Social.-



José L. Casado Toro (viernes, 5 diciembre, 2014)
Profesor

viernes, 28 de noviembre de 2014

ESE LEJANO RECUERDO, QUE PERMANECE TENAZ EN EL TIEMPO.


Suele ser frecuente en las pautas de nuestro comportamiento. Ocurre siempre que te encuentras con tu sinceridad o la compartes con la de otras personas, próximas en la amistad. Me refiero, en concreto, a ese primer gran amor que muchos tuvieron, o creyeron tener, en tiempos de la adolescencia o en el dinamismo vital de su juventud. Incluso, también, en el calendario inconcluso de la madurez. Es a partir de alguna foto, en el contexto de esa ocasional conversación con los amigos o en la oportunidad íntima de la reflexión, cuando traes a la mente el recuerdo de él o de ella, con la que pudo ser o con el que pudiste compartir el recorrido, siempre breve, de la convivencia. A veces es ese amigo que se te sincera confiándote aquello de que nunca la ha podido olvidar. O aquella amiga que susurra en el pensamiento el interrogante de cómo habría sido su vida, si hubiera elegido o aceptado a ese compañero de clase, trabajo o vecindad. Y siempre eres tú mismo, cuando navegas en el mar relajado de la nostalgia, el sentimiento o la reflexión, sumido como un naufrago en medio del estrés.

Gonzalo tiene una vida acomodadamente estable. Pero, sin embargo, admirablemente aburrida, por esa endemia sagazmente diabólica de la rutina. Va cubriendo, en su agenda vivencial, todas las etapas normalizadas de un modélico ciudadano. Buen expediente académico, oposiciones ganadas con la tenacidad de un esfuerzo ejemplar, ese matrimonio al fin tras un eternizado noviazgo con una compañera de Universidad. Llegaron tres varones en la descendencia, por la caprichosa decisión de la naturaleza, trabajo teñido de cruel monotonía, de ocho a tres, en la quinta planta del negociado, comuniones, graduaciones e independencia en los hijos que le convierten, al fin, en cuidador de nietos durante muchas tardes y fines de semana, sin que falte ese diálogo mil veces trillado, desvitalizado y cada vez más espaciado gracias al televisor, uno más en la familia, por su generosidad para suplir otras carencias y silencios. 

Desde luego que no la ha olvidado. En sus momentos de inconsolable desvelo o en esos minutos siempre alocados y espontáneos para la valentía, recuerda aquella otra compañera, llámese Cristina o Silvia, con la que tuvo sus mejores vibraciones en el latido impetuoso y juvenil de los sentimientos. ¿Cómo habría sido su vida junto a ella, en caso de haber mantenido esa relación que finalmente se torció por mor del capricho, las circunstancias o esa numeración que todos parecemos tener escritas en nuestra programación como humanos?

De aquella juvenil imagen recuerda todo o casi todo en positivo, con el colorido ilusionadamente alegre de unos años en los que parecía no existir barreras infranqueables para la dificultad. Hubo atracción, mucho afecto, tal vez amor, pero aquello….. no resultó. Sin embargo esos sentimientos, nunca ha podido borrarlos al completo de su corazón, de su mente o imaginación. Y esta noche, tras no pocos minutos remando por el mar infinito de la red informática, ha podido localizarla y con una cierta habilidad ha conseguido su dirección electrónica.

“Buenas noches, Cris. Pienso que ste correo será una sorpresa para ti. No sé si, después de tres décadas en el tiempo, te acordarás de su autor. Comprendo que son muchos los años que han pasado. Fuimos compañeros de bachillerato en el Instituto y posteriormente  también compartimos las aulas en la Facultad de Derecho. Te recuerdo con mucho cariño, porque nuestra proximidad en aquellos años de la juventud fue profundamente afectiva. Sentimentalmente intensa. Después la vida nos fue conduciendo a cada uno por sendas diferentes, aunque hubiera sido bastante probable que tú y yo hubiéramos hecho todo este camino juntos. Muchas veces me he preguntado… ¿por qué no resultó lo nuestro? Ahora, en la lejanía del recuerdo me gustaría saber algo, todo lo que sea posible, de ti. La  realidad es que no hemos vuelto a coincidir, tras nuestro último año de estudios en la facultad. Creo que sería muy bonito un reencuentro, entre dos personas que se quisieron mucho, con nobleza y verdad. Ya conoces mi dirección electrónica y también adjunto el número del móvil. Espero con profunda ilusión tu respuesta”.

¿Cómo era esa Cristina, que Gonzalo nunca ha podido llegar a olvidar? Su imagen era la una apuesta joven, de cuerpo delgado y mediana estatura. Solía tener su largo cabello, castaño oscuro, suelto sobre sus hombros, aunque alguna que otra vez lo recogía en una cola que le daba a su casi siempre agradable rostro un aire muy adolescente y pleno de simpatía. La sonrisa en ella era más que permanente. Vestía muy a lo deportivo, predominando entre sus atuendos la camiseta reivindicativa y los vaqueros deshilachados. Agradable para con todos, tenía una especial predilección por su amorcito (como ella lo llamaba) Gonzalo, el intelectual o cerebro de la panda. Un tanto “traviesa” eso sí, en los momentos adecuados, la actitud de Cris era todo responsabilidad, aunque siempre podía esperarse de ella cualquier “salida” que cambiaba en lo positivo la brumosa atmósfera reinante. Si algún defectillo tenía la cría es que era un tanto celosa, de todo aquello que consideraba como propio. Tal era el caso con Gonzalo. Y por ahí vino, finalmente la ruptura, cuando fueron apareciendo otros variados incentivos entre las apetencias afectivas del joven Gonzalo, siempre un tanto mujeriego.

Pasaron los días y la respuesta al email, repetido en momentos diferentes, no acababa de llegar. Tampoco era devuelto por el servidor, lo que demostraba que había encontrado un lugar de acomodo para su destino. Reflexionando, Gonzalo pensaba en diversas circunstancias que podrían estar motivando el silencio de su compañera afectiva, en aquellos ya  lejanos años del campus académico. Hay que reiterarlo. Desde hacía poco más de treinta años no había vuelto a tener noticias de ella. Tampoco por los amigos comunes de la época estudiantil. Pero navegando por el mar oscuro de la depresión, Gonzalo se agarraba a sus recuerdos idealizados de aquella que bien podía haber sido hoy su compañera, en y para toda la vida.

Trece días después. con exactitud en el dato, observa en su móvil un mensaje de texto. Sólo decía: “¿Terminaste derecho en la promoción del 84 y tu apellido es Rancalla? Espero tu respuesta”. Estaba tomando su café del mediodía (era un fanático de esta agradable infusión) y el sorbo se le atragantó, con solo ver en su tablet la firma del texto: Cris. Los decibelios acústicos de su corazón “retumbaban” en la cercana cafetería Oasis, bien poblada a esa hora de la media mañana. La presión sanguínea se había desbordado en un organismo presa del letargo en los últimos tiempos. Respondió de forma atropellada, pero rebosante en ilusión, al mensaje de texto y a partir de ahí ya todo resultó más fácil y esperanzado.

¿Qué sería lo más conveniente para llevar como regalo, a ese encuentro con el que fue un primero e inolvidable amor juvenil? ¿Unas flores, unos bombones …. o aquella foto grupal, convenientemente ampliada y enmarcada, en la que ambos estaban juntos, celebrando con unos amigos la onomástica del anfitrión a la fiesta? Al final optó por una caja de bombones, a pesar que ella siempre mostraba prudencia hacia alimentos que pudieran engrosar el peso corporal,  en su anatomía joven y atlética.

Aunque era persona de chaqueta y corbata, aquella tarde del viernes quiso mostrarse con un aire más juvenil. Dado que estaban en pleno otoño, buscó una cazadora de ante, color gris perla y se enfundó unos pantalones Emidio Tucci de pana fina, color azul marino. Esta prenda que había comprado en las rebajas del ultimo invierno, atraído por una talla que le era bien cómoda, pues la cincuenta y dos le estaba quedando pequeña al perímetro de su prominente barriga. Aunque pensó en unas deportivas Converse, al final la sensatez le aconsejó cambiarlas por unos zapatos de piel negra tipo mocasín, tras reflexionar mirándose ante el cruel espejo de su dormitorio. Su extensa calvicie pensó disimularla con alguna gorra deportiva pero, tras probarse una que su hijo mayor le había regalado para la playa,  desistió del intento, no sin antes estallar en diversas carcajadas, cual “Ceniciento” otra vez sólo ante el espejo.

La noche previa al reencuentro con la mujer de sus sueños la pasó prácticamente desvelado, mientras Dora dormía plácidamente, entre ronquido y ronquido. Día siguiente. 18:15 de una tarde en Octubre. Quince minutos antes de la hora concertada, ya se hallaba en la puerta de esa  coqueta cafetería, en la céntrica Plaza de la Merced, muy cerca de la casa natal del genio malacitano en el arte. Siete minutos después de la hora concertada, apareció caminando, de forma pausada y desde la calle Alcazabilla, la musa de sus sueños. Como en aquella película del….. “Breve encuentro”.

Por Cristina tampoco habían pasado con generosidad esos treinta y picos años de distancia. Los gramos, también en ella, habían hecho tierra fértil para el acomodo. Aquella coleta de caballo había desaparecido y el color castaño de su cabello se había descuidado, mostrando la sinceridad de un paisaje nevado en el croma. La epidermis de ambos reflejaba, con puntual nitidez, las líneas ajadas, profundas y curvas dejadas por un inmisericorde almanaque. Un muy realista paisaje epidérmico pleno de surcos y eriales. Desolador, verdadero, actual. Los ojos de su compañera de esa ansiada tarde, ante un par de tazas de té, seguían siendo preciosos, pero las bolsas inferiores en las mejillas reflejaban el camino que la naturaleza marca en la ruta de todos los humanos.

Fueron dos horas especialmente cordiales. A través del diálogo pudo conocer como ella había superado esa viudez que tuvo que afrontar, hacía ya unos siete años. Que tenía dos hijos casados, con cinco nietos a los que atender. Uno veterinario, que residía en Cantabria aunque todas las vacaciones las pasaba aquí en Málaga, junto a su madre. El segundo vástago, que había hecho empresariales, iba de fracaso en fracaso, en su tenacidad por montar unas oficinas inmobiliarias en tiempos complicados para la construcción.

Al paso de los minutos, el impacto visual del contraste físico fue dejando paso a una serie de detalles e ilusionados recuerdos con los que ambos gozaron, trasladándose imaginativamente a la lejanía de los tiempos.

 Pero esta vez ninguno de los dos estaban dispuestos a cometer los errores de aquellos alocados años de su juventud, en los ochenta. ¿Por qué no recuperar algo del tiempo perdido en la memoria?

A partir de esa tarde, su amistad se hizo fuerte y duradera. Aunque en sus historias separadas había habido toda suerte de terrales y lluvias, fríos y amaneceres templados,  sonrisas y silencios, el destino había querido unirlos dándoles una nueva oportunidad para la madurez otoñal en sus vidas. La convicción afectiva de Gonzalo fue decisiva. La ley de ese primer gran amor, una vez más se cumplía.-


José L. Casado Toro (viernes, 28 noviembre, 2014)
Profesor

viernes, 21 de noviembre de 2014

UNA HERENCIA SECRETA, DE SENTIMIENTOS PARA SIEMPRE.


Un muy cansado bus, con largos años de servicio, circula por esas carreteras rudamente conservadas, camino de un pueblecito leonés, en las entrañas profundas de la antigua Castilla. En su interior sólo transporta una media ocupación de viajeros, la mayoría personas de avanzada edad y una niña pequeña que dormita sobre el hombro generoso de su madre. Es otoño y hace un intenso frío a esa hora temprana del amanecer. Han partido, desde la estación de autobuses madrileña, a las 6.30 de la mañana y tienen previsto llegar a su localidad de destino unas cuatro horas más tarde. Hay una densa niebla en el ambiente, escarcha repartida por los senderos vacíos y un silencio a naturaleza, sólo quebrado por el rugido monótono de un anciano motor que cumple su obligación de trasladar a personas y a enseres. Dada la escasez de usuarios, con una rentabilidad más bien limitada, sólo realiza este servicio un día a la semana.

Entre los pasajeros, se encuentra una joven mujer que apenas suma sus veintisiete primaveras. Es delgada, morena y tiene unos preciosos ojos azules, clareados como el cielo que a todos nos contempla desde lo alto de ese techo infinito. Lucía reside en Granada, ciudad en  donde recaló finalmente tras muchos vericuetos e historias no siempre afortunadas en su corta existencia. Allí trabaja, en una acomodada peluquería, manteniendo una feliz convivencia con su compañero Matías, que también ejerce en el mismo oficio. Sus primeros años de vida fueron un tanto azarosos y complicados. Tuvo que ser criada por sus abuelos ya que, según le contaron, su madre (también Lucía) no podía ocuparse de ella. Esta inquieta mujer, totalmente entregada al mundo de la farándula y las variedades, desapareció de su vida, siendo ella aún un bebé. No había cumplido aún el primer año de vida y nunca más volvió a tener noticias de ella. Pero la atención y dedicación de Milagros fue siempre elogiada por los escasos vecinos de este pequeño pueblecito, enclavado en medio de una naturaleza agreste pero que goza de una gran belleza. Nunca sintió la necesidad del cariño maternal, pues su “baba” (nombre que desde pequeña daba a su abuela) suplía con abundancia todo el afecto que ella podía necesitar.

Al paso de los años, Lucía quiso buscar otros horizontes para enriquecer sus aspiraciones en la vida. No se sentía feliz trabajando en un pequeño trozo de tierra de donde obtenían el sustento necesario para el día a día. Milagros enviudó siendo aún relativamente joven, por lo que nieta y abuela convivían entre la humildad de unos animales a quienes cuidar y unos cultivos que sustentaban la modestia de su alimentación. Aun sin haber cumplido la mayoría de edad, quiso dejar esta realidad campesina que en poco le gratificaba, buscando otros horizontes. Primero, en Madrid y más tarde viajando al sur peninsular, donde al fin conoció a quien iba a ser su maestro profesional y buen compañero afectivo. Aunque en los primeros años, desde su partida del pueblo, mantuvo correspondencia frecuente con su abuela, incluso haciendo esa visita vacacional por la Navidad, posteriormente la comunicación se fue enfriando, hasta hacerse ocasional, muy espaciada y a la postre inexistente, en los últimos años. 

Hace cuatro días que recibió una carta, remitida por el cura del pueblo donde ella desarrolló su infancia y adolescencia, en la que le explicaba la triste noticia del fallecimiento de Milagros, por motivos básicamente naturales. En realidad esta señora aún no había cumplido los setenta pero su corazón, un tanto gastado en sus engranajes, dejó de funcionar para la vida. Al fin la guardia civil localizó la dirección de su nieta en Granada, a donde el párroco de esa localidad de no más de trescientos habitantes dirigió la necesaria y sentida misiva. Matías no la ha podido acompañar, pues el negocio que ambos tienen abierto exige una presencia continuada, en tiempos económicamente difíciles. Le ha prometido no obstante que aprovechará el puente festivo de Todos los Santos, para viajar a ese pueblo donde nunca él ha estado y ayudarla en las necesidades propias del caso.

Lucía va dormitando sentada en la austeridad de su asiento. Recuerda, en los anaqueles de su memoria, aquellos gratos años de su niñez. Qué felices eran aquellas horas cuando jugaba con su mejor amiga de la escuela, Almudena, en la parte trasera del caserón, junto a los corrales y granero, con las risas y actividades propias de una niñez que se dibujaba sencillamente feliz. Son imágenes que la hacen sonreír con nostalgia y cariño. Aunque también esas instantáneas se mezclan con los avatares que tuvo que afrontar tras abandonar sus raíces familiares, desoyendo los consejos y ruegos que le hacía su “baba” advirtiéndole del duro porvenir que le podía aguardar por esos complicados mundos de dios. ¿Cómo era su abuela? Podríamos definirla como una mujer de su casa, no muy abierta a la relación con la vecindad pero muy laboriosa para con sus obligaciones. Fuerte de cuerpo y bella de rostro, ofreciendo un típico modelo de carácter castellano, un tanto adusto y frío, pero no exento de nobleza y bondad.

Le despertaron esas campanadas que marcaban las 11 de una mañana gélida, nublada y que ya dejaba caer las primeras gotitas de agua, sobre el parabrisas y cristales del bus. Habían llegado al pueblo y pronto alcanzaron la plaza del vetusto Ayuntamiento, donde se hallaba situada la parada final del viaje. En aquel preciso momento, sólo había en ese lugar tres ancianos lugareños, sentados bajo el soportal de piedra que encuadra a toda la plaza. El paisaje convivencial que la recibió ofrecía una imagen dantesca de silencio, olvido y soledad. Se dirigió directamente a la Iglesia, un templo de raíces góticas puesto bajo la advocación de San Benito, donde esperaba contactar con la persona del cura. Don Aurelio, un orondo sacerdote, bonachón y amigable, vestido a la antigua con una raída sotana, atendió a Lucía con prontitud y delicadeza. Se acomodaron en un pequeño despacho, falto de luz y rezumando humedad, situado detrás de la sacristía.

“Lamento, hija mía, no haber podido localizarte antes. Dos vecinas vinieron a comentarme que no veían a la señora Milagros desde hacía unos tres días. Habían llamado a su puerta, pero nadie respondió desde el interior de la casa. Junto fuimos al puesto de la Guardia Civil donde una pareja de la benemérita pudo forzar una ventana, a fin de penetrar en el caserón. Posteriormente, el médico certificó que llevaba sin vida al menos cuatro días. Su corazón había dejado de latir. La última persona con la que habló fue con don Rosendo, el boticario, quien le aconsejó fuera al médico, para esa gripe que sin duda le estaba aquejando. Las llaves de la casa están en poder de la Guardia Civil. Vamos al puesto de mando y ellos te la entregarán. Tu eres, lógicamente, la única heredera de esa propiedad. En un pueblo cercano tenemos un notario que atiende todos los lunes del mes. El te puede ayudar a resolver todo el papeleo relativo a la transmisión de bienes. Estos son más bien modestos, pero tu ya debes conocer lo que ella poseía. Las tierras las vendió hace ya unos años, a fin de atender las necesidades de cada día. No tenía otros ingresos. Queda la casa y sus enseres. Tendrás que decidir qué hacer con todo ello. ¿No te gustaría venirte a vivir por estas tierras….? Por cierto, no te preocupes con los gastos del sepelio. La buena señora lo tenía todo más que bien controlado”.

Lucía explicó a don Aurelio, a grandes rasgos, sus circunstancias personales y de trabajo. En un principio no quería deshacerse de la casa que la vio nacer y donde transcurrieron los años más felices de su infancia. Aunque ella conservaba una copia, las llaves originales le fueron entregadas por el teniente de la Guardia Civil. Junto con el sacerdote, entraron en el viejo caserón cuando más arreciaba la lluvia. Comprobaron que todo estaba en buen orden. Dado lo incómodo del tiempo, la joven preparó un buen café que los tres compartieron, continuando la conversación iniciada en el despacho del párroco. Mientras hablaban, sonó una llamada en la puerta. Era una de las vecinas que tras saludar a Lucía, se ofreció a todo lo que la chica necesitase.

Dos días más tarde, sábado, Matías pudo llegar al pueblo de su compañera. Rápidamente dio con la casa, encontrando a Lucía en un estado de profundo aturdimiento y shock emocional. ¿Qué había podido ocurrir? ¿Tanto le había afectado el fallecimiento de un familiar, ciertamente alejado en los últimos años de un afecto directo?

“Ayer por la mañana estuve rebuscando entre las pertenecías personales de mi “baba”. La verdad es que no esperaba encontrar nada de especial valor, pues mi….. abuela era una persona en extremo modesta. Alguna joya, fotos familiares, documentos relativos a la propiedad de la casa, mi vieja muñeca que ella supo conservar con ese amor que tanto le caracterizaba… pero en el último cajón de la vieja cómoda localicé una caja de madera lacada con su cerradura bien echada. Me intrigó bastante qué podía contener aquel cofrecito tan bien conservado y cerrado. Al final me decidí a forzar su apertura, no sin gran esfuerzo, pues tenía un engranaje muy bien construido. Tras abrirlo, observé las fotos de un hombre al que nunca he conocido. No era mi abuelo de joven, ya que de él tengo alguna fotografía en Granada. Un par de cartas, escritas en un papel muy amarillento por la antigüedad, sin duda remitidas por esa persona a Milagros. También había una carta dirigida a mi. Había sido escrita en fecha reciente. Concretamente este verano. Probablemente mi abuela se sentía mal y decidió dejarme esta terrible confidencia en forma epistolar. Está aquí. Léela tu mismo. Yo aún no me he podido recuperar, tras conocer su contenido. Esta noche apenas he podido dormir, por efecto de la emoción que me embarga.”

La carta no era muy extensa, pero extremadamente profunda en su exposición.

“Mi querida Lucía. Aunque hace tiempo que no sé nada de ti, quiero hablar contigo a través de esta hoja de papel. Siento que mi salud se va deteriorando, día a día, y no quiero marcharme de este mundo sin que tú conozcas la verdad de un  secreto, que he mantenido oculto casi tres décadas. No, no ha sido fácil guardarlo en una comunidad tan pequeña y donde al final todo se sabe o se malinterpreta. He de confesarte que tuve un gran amor. Ocurrió en una época en la que la relación con tu abuelo se había completamente marchitado. Sí fue una relación pecaminosa. Mientras mi marido vivía su vida, esta persona y yo sabíamos encontrar los momentos para compartir nuestra mutua atracción. Él también estaba casado. Fueron un par de meses, en los que me sentí verdaderamente feliz por primera vez en la vida. Mi alocada hija ya vivía las desventuras por esas tierras de todos. Nunca quiso volver por aquí y nunca he sabido nada de ella. Lo grave ocurrió cuando me quede embarazada de este amor ilícito. Mi cuerpo superaba ya los cuarenta años de edad. La sorpresa fue que cuando al fin se lo tuve que contar a tu abuelo, él supo reaccionar con una frialdad que yo nunca entendí. Decidió que nos alejáramos del pueblo. Entonces naciste tú. Y a la vuelta, urdimos esa historia de una madre que abandona a su hija, teniendo la abuela que ejercer el oficio de madre. Tú eres …. mi hija. Y esa supuesta madre, a la que no conociste, en realidad es tu hermana. En vida, nunca me atreví a confiártelo. Ahora, cuando leas esta carta, conocerás toda la verdad. Le he pedido muchas veces perdón a Dios. También te ruego sepas perdonarme. En el pueblo nunca habrían entendido mis razones. Sentí ese miedo a la condena social, insufrible, muy cruel y despiadada. En realidad, siempre te traté como a una hija. Con todo mi cariño y amor. Tu “baba”. Tu madre.”

El viento racheado continúa golpeando con gruesas gotas de lluvia los ventanales somnolientos del envejecido caserón. En su interior, Lucía y Matías permanecen sumidos en ese desconcierto crítico generado por la verdad. Los rojizos leños del hogar templan la temperatura de una estancia donde los recuerdos prevalecen y en el que una joven mujer, abrumada por la confusión, trata de reconstruir y aceptar el nuevo sentido de su realidad.-


José L. Casado Toro (viernes, 21 noviembre, 2014)
Profesor