viernes, 8 de marzo de 2013

PERSONAJES, EN LA IDENTIDAD DE SUS VIDAS.


No pocas veces, las oportunidades esperan, pacientemente, esa atrevida decisión que fluye en nuestra compleja voluntad. También, por supuesto, hay que contar con ese don mágico que denominamos suerte. Pero este valor suele venir ataviado con el “atrezo” que representa el trabajo y la imaginación, para cada uno de los días. Digo todo esto porque aún no acabo de creerme que se me haya concedido esta importante entrevista, con tan ilusionada facilidad. Sólo ha sido necesario el modesto esfuerzo de una llamada telefónica.

Desarrollo la práctica de mi profesión, aprendiendo de cada uno de los días, en el principal diario de la localidad. Aunque estudié en la Complutense madrileña, ciudad donde en la actualidad vive casi toda mi familia, cambié la residencia por esta bella ciudad mediterránea, al terminar mi grado de comunicación hace ya dos años. Mi pareja es malagueña. Este factor fue decisivo para buscar acomodo laboral por estos lares del sur peninsular. Una sustitución por horas, durante el verano, unida a una dedicación intensísima, me ha posibilitado esta siempre relativa estabilidad en un buen periódico de provincias. Y cada mañana, la “pasional” aventura de la comunicación. Con esas simas y crestas, en los resultados de cada jornada, sigo ejerciendo un trabajo que, evidentemente, me gusta e identifica.

Se trata de hablar con una actriz de leyenda, en la mejor interpretación de nuestro arte escénico. Profesional polifacética, dentro del cine, la canción, la televisión y, de manera preferente para esta etapa final de su carrera, el mundo teatral. Realiza una gira por distintas provincias españolas, antes de representar este último papel en un importante teatro de la Gran Vía madrileña. Pero esto sólo ocurrirá a partir de septiembre. Ahora la tenemos aquí en Málaga, donde actuará cinco días hasta el próximo domingo, precisamente cuando comienza el siempre apetecible verano meteorológico. Efectivamente, llamé al teatro esta mañana, día de la primera representación. Lo hice sin grandes esperanzas de obtener una entrevista con esta importante diva del espectáculo. Pero, lo que son las cosas, me pasan rápidamente con su representante artístico. Tras plantearle mi deseo de dialogar con la actriz, obtengo la confirmación de que esta tarde, a las seis, tendré quince minutos para hacer las preguntas que estime necesarias, allí en el propio camerino del teatro. Dada la significación del personaje, nunca pensé que fuera tan fácil obtener ese intercambio de palabras con una actriz  cuyo nombre está escrito con letras de oro en la memoria de nuestra cultura. Sin duda han considerado que una entrevista, publicada en el principal periódico local, puede traer público al magno coliseo municipal de esta ciudad.

Con anticipada puntualidad en mi desplazamiento, espero en la antesala del principal camerino, repasando un esquema previo que tenía preparado, con muchas tachaduras y añadidos. Me gusta escribir a lápiz (el Staedtler, número 2) cuando no estoy sentando ante el teclado del ordenador. Rellenar unas cuartillas, con ese medio de escritura tradicional, me confirma que aún no he perdido el entrañable hábito de la caligrafía personal. Me he pasado todo el resto de la mañana ante el Google y la Wikipedia, documentándome acerca del personaje con la que hoy voy a hablar, en esos quince o veinte minutos que han de ser bien aprovechados. Atiborrado de datos e interrogantes, reflexiono acerca de esta simpar oportunidad que va a tener un principiante como yo. Acercar al espectador a una singular mujer, personaje mítico de los escenarios, de la que me separan dos generaciones largas en cuanto a la cronología. Repaso, una vez más, la carga de mis dos grabadoras, pues siempre hay que venir bien preparado por si falla el soporte tecnológico. Reconozco que estoy un poco nervioso. Tal vez, a causa del café bien cargado que he tomado poco antes de desplazarme al teatro y, también, ante la oportunidad de lo que puede ser un buen trabajo para la mejor comunicación con los lectores.  

Percibo el  saludo un tanto frío y rutinario, mínimamente endulzado con una forzada y bien adiestrada sonrisa. La “diva” ha llegado con unos diez minutos de retraso, con respecto a la hora prevista y la primera función de esta tarde ha de comenzar a las siete en punto. Me indica, con esa petición de carácter imperativo, “sólo diez minutos”. Hay dos personas más en el camerino. Una asistenta, para la ropa, peinado y maquillaje, más el representante de la actriz, hombre bien entrado en kilos y muy solícito con el periodista. De forma rápida, repaso y contrasto mentalmente su imagen en pantalla, en las fotos de las revistas, en sus actuaciones ante la televisión y…… me cuesta trabajo identificar a la mujer que tengo a muy escasos centímetros de mi grabadora. La dura crueldad epidérmica de los calendarios refleja la evidente transparencia de la realidad. No parece esa misma persona que guardaba en la imagen de mi memoria. Viste de una manera muy informal (tenemos un día de terral, muy propio de la “hoya” malagueña) y aún ha de pasar por las hábiles manos de la maquilladora que también habrá de preparar el modelado de su cabello. En la obra actúa como una mujer veinte años menor, con respecto a la fecha “conocida” de su DNI. Milagros de la crema y de todos esos oportunos complementos de la vestimenta. Nunca la había visto fumar, pero ahora lo hace de una manera compulsiva. Observo, de igual forma, un cuerpo trabajosamente cansado, sobre todo por la forma como se deja caer en el pequeño sillón que tiene ante el espejo. Sin apenas dejarme margen para la primera pregunta, comienza a desahogar la necesidad de su fluida expresión.

“La verdad es que representar dos sesiones diarias no es tarea fácil. Ni mucho menos. Una verdadera locura, determinada por los intereses empresariales. Mañana y pasado serán días, afortunadamente, con una representación única. Esta dificultad se va sobrellevando. Después de todo lo que yo he vivido…… Hay muchos recursos que compensan, con habilidad, el agotamiento de dos o más horas en escena. La experiencia, bendito maná, te permite disimular ese clímax de no poder aguantar más el sobreesfuerzo de tantos minutos en pie ante los espectadores. Veo que eres muy joven ¿Cuánto tiempo llevas en esto del periodismo?

Además de dos personajes secundarios, Vd. es, prácticamente, la única protagonista de la obra. ¿No sufre problemas de memoria, para esos largos monólogos que ha de recitar? Y, en su caso, que recursos utiliza cuando aparecen los impertinentes olvidos del texto?

“Bueno, tomo algunos medicamentos, prescritos para los problemas de concentración. Pero la ayuda más útil y eficaz es….. modificar el texto del libreto original. Con la habilidad que da la experiencia, el espectador no se da cuenta de la improvisación que estoy aplicando. Simplemente me pregunto cómo actuaría mi personaje en la vida diaria real. Y, espontáneamente, lo hago. Soy otro yo. Pura empatía.”

¿Pero eso no es engañar o traicionar la credibilidad del espectador?

“No, eso es simple y necesariamente enriquecer las posibilidades de un texto que el autor siempre deja abierto, con ese margen ante la vida. El escritor nunca lo va a reconocer o aceptar. Pero esta es la verdad. Así es la realidad de como funciona esta maravillosa profesión”.

¿Tiene problemas de identidad, ante el hecho de representar al mismo personaje durante tantos meses o incluso años?

“Te respondería que no. Pero seguro que pecaría de insinceridad. Cuando lloro, río o canto, en escena, soy el otro yo. Y esa otra persona, claro que aparece en las intimidades de mi privacidad. Te voy a contar una anécdota reciente. Hace unos día estuve en un macrocentro comercial, a fin de comprar ropa. En un determinado momento, discutía con la encargada de una importante franquicia, por un problema de talla y color. Sentí, en esa precisa situación, que no era yo quien defendía una posición ante los expositores. Era ese otro yo que cada tarde me veo obligada (con gusto) a representar ente el público. Sí, son cosas del psicólogo ¿verdad? En mi anterior obra, fueron dos temporadas y media. Casi tres años es mucho tiempo para “matar” en el olvido a ese otro yo que tu también has compartido”.

Hubo un par de preguntas más, pero la tensión del cronómetro se disparó. Comprendí que la entrevista tenía que finalizar cuando, para mí, apenas estaba comenzando. Precisamente, ahora que avanzábamos por unos terrenos jugosamente interesantes, tanto en la identidad de lo humano como en lo técnicamente profesional.

Ya, en el momento de la despedida, observé como le traían un zumo de fruta natural. Dejaron la bandeja encima de la mesa y la asistenta vació dos pequeños sobres en el vaso. Sin yo preguntarle me aclaró, encogiéndose de hombros “… son vitaminas y reconstituyentes. En caso contrario no aguataría ni media sesión. Y hoy tengo para casi cuatro horas. Bueno, que te vaya bien. Y a ver lo que escribes. Espero que me trates con cariño, cuando te sientes al teclado. Disculpa que no me fotografíe contigo, pero no podría salir así en la prensa. Mario, mi representante, te dejará unas fotos, para la publicidad, por si necesitas ilustrar tu reportaje. Por cierto, tu tía Amparo te envía un beso, Fredy. Chao”.

Dio media vuelta y todas las miradas me estaban invitando a salir de aquel vetusto, pero remozado, habitáculo para el atrezo corporal. ¿Le había dicho mi nombre? ¿Cómo no me ha comentado nada, tía Amparo? La grabadora no había fallado. Seguía haciendo un sofocante calor en la calle. Me crucé con dos chicas de ensueño que reían a plenitud, ataviadas con la alegría liberal del verano. Caminaba, entre la selva anónima de los transeúntes, hacia la redacción de mi periódico. Allí me esperaban unas horas de intenso trabajo, a fin de dar forma a mi percepción del célebre personaje. Lo lógico habría sido asistir a la representación de la obra, antes de escribir el reportaje. Pero esa lógica se ausenta cuando es más que necesaria. Tenía hasta las nueve y media, para entregar mi trabajo. Pero ¿sobre cuál de los dos personajes iba a centrarme? En la protagonista de la pieza teatral o en la actriz que la representa. ¿O ambas habrían conseguido ya la misma identidad, en el mágico taller de la imaginación?



José L. Casado Toro (viernes, 8 marzo, 2013)
Profesor

viernes, 1 de marzo de 2013

BLANCANIEVES, O EL DISCURSO DE UNA DECEPCIÓN.


¿Cuáles son los motivos más importantes que nos impulsan a ir al cine, o a visionar películas en la pantalla hogareña de nuestro ordenador o televisor? Las respuestas a este puntual interrogante son fáciles y variadas de encontrar. Entre la diversidad de las mismas, podemos aludir a nuestro interés por conocer otras historias y relatos; a ese deseo por asumir o hacer empatía sobre experiencias y vivencias que protagonizan los actores; a ese goce indescriptible que nos produce el arte de la imagen en movimiento; a una praxis educativa que nos ayuda a reflexionar, opinar  y decidir sobre situaciones que aparecen en la gran  pantalla de todas las vidas; a esa apasionada escapada imaginaria que nos permite abandonar, durante noventa o más minutos, una incómoda realidad en la que estamos necesariamente insertos, etc. Todas esas y más razones se pueden fusionar en la más obvia y concluyente de todas las respuestas: vamos al cine porque….. realmente nos gusta.

Pero entre todas las funciones, con las que el “séptimo arte” nos enriquece, hay una que ocupa un lugar destacado en la apreciación jerárquica de los espectadores. Buscamos en el cine, de manera prioritaria, la distracción. Asistir a un espectáculo que nos proporcione una dosis de aburrimiento, tras haber pagado el precio en taquilla (cada vez más elevado, con la desafortunada, absurda y vergonzante subida gubernamental del IVA, en esta parcela de la cultura) no resulta una decisión inteligente ni justificada. Carecería de todo tipo de lógica, por supuesto. Sin embargo, esa apetecida e irrenunciable distracción, es frecuente que te sea ofrecida con dos ropajes muy contrastados: la alegría (comedia) y, también, la tristeza (drama). Como en la vida real, en el cine hay temáticas y tratamientos que motivan la alegría y las sonrisas. De igual modo, el discurrir cotidiano también conlleva la tristeza y el sentimiento de las lágrimas. Pero, tanto en la realidad como en la ficción, la comedia y el drama están, deben aparecer, entremezclados, compensados y equilibrados.

Y aquí llegamos al núcleo central de nuestra opinión o valoración crítica acerca de la película BLANCANIEVES (septiembre, 2012). En la mayor parte de sus 90 minutos de metraje, esas dos realidades de la vida se hallan manifiesta e intencionalmente descompensadas. Y ello provoca que, al final del visionado, le quede al espectador el regusto amargo de haber presenciado una continua sucesión de desgracias e injusticias que, aun siendo verosímiles, amargan ese irrenunciable objetivo (distracción y disfrute) que ha pretendido encontrar, cuando decidió comprar la entrada correspondiente. Por mucha brillantez artística que, sin dudarlo, atesora la cinta. Estamos hablando de una película que acaba de ganar diez premios Goya, 2013 (mejor película, actriz principal Maribel Verdú, actriz revelación Macarena García, guión original Pablo Berger, dirección fotográfica Kiko de la Rica, Música original Alfonso Vilallonga, Canción original No te puedo encontrar, dirección artística, Diseño de vestuario, Maquillaje y peluquería) de entre los dieciocho a los que había sido nominada. Ha sido la gran triunfadora, este año, de los premios Goya de la Academia del Cine en España.

Nos hallamos ante una película muda (donde interviene, de manera notable, el muy expresivo lenguaje musical), rodada en un blanco y negro, con excelente escala de grises, teniendo una cuidada dosificación en los rótulos o textos explicativos y ambientada en la España de los años 20 del pasado siglo, concretamente, en la ciudad de Sevilla. Ha sido dirigida por Pablo Berger (Bilbao, 1963) siguiendo un formato parecido a la exitosa y premiada The Artist, aunque el proyecto español, parece ser, fue diseñado o propuesto antes de rodarse la brillante cinta francesa. 

TRAMA ARGUMENTAL DE BLANCANIEVES.

Un afamado torero, Antonio Villalta (Daniel Giménez Cacho. Madrid 1961) está casado con la popular cantante folklórica, Carmen de Triana (Inma Cuesta. Valencia 1980). Ambos están esperando el nacimiento de su primer hijo. Antonio es gravemente corneado en la Colosal sevillana, quedando lisiado, de piernas y manos para el resto de sus días, en una silla de ruedas. Carmen fallece durante el parto, dejando una niña, Carmencita, que va a tener una infancia (Sofía Oria) y juventud (Macarena García. Madrid, 1988) muy desgraciada. Su propio padre la rechaza, quedando al cuidado de la abuela materna (Ángela Molina. Madrid, 1955). Una enfermera que trabaja en el hospital hispalense, Encarna (Maribel Verdú. Madrid, 1970) urde un plan para controlar el dinero de Antonio, casándose con el torero que, a duras penas ha logrado salvar su vida. Es una mujer cruel y malvada que recluye a su esposo en una habitación de la finca que éste posee, maltratándole en diversas y crudas escenas que el director nos ofrece. Al morir la abuela de Carmencita,  la niña es interesadamente recogida por Encarna, sufriendo el desprecio y la humillación constante por parte de su madrastra.

En esta constante sucesión de trágicas realidades, prácticamente la única nota simpática en la narración es ofrecida por un esbelto gallo, llamado “Pepe” por la niña, que también recibe la maldad intrínseca de esta engreída y ambiciosa mujer, que está manteniendo una relación ilícita con el que es su chófer, Genaro (Pere Ponce, 1964). El humillado y desgraciado Antonio Villalta, cuya única alegría es el cariño de Carmencita, muere en una caída mortal por la escalera. Unas manos asesinas han empujado su silla de ruedas. Nadie ha de dudar a quien pertenecen esas crueles y finas manos. Una de las escenas más tétricas de la película es la sesión fotográfica (costumbre usual en la España de esos años) que se le realiza al muerto (vestido de torero) rodeado de sus familiares y amigos.

Encarna encarga a su amante que haga desaparecer a una Carmencita, ahora ya adolescente. En ese mandato, Genaro trata de abusar de Carmencita y, al no lograr su propósito, cree haberla ahogado en el río. Sin embargo, la joven es salvada por una troupe de enanitos toreros (no son siete estos enanitos, sino seis), acogiéndola en sus carretas y bohemia forma de vida, desarrollando en ella la afición por la práctica de la tauromaquia. Fijándose en sus cualidades para el toreo, es apoderada por D Carlos (José Mª Pou. Mollet del Vallés, Barcelona. 1944) que la hace firmar un contrato leonino, aprovechándose del analfabetismo que padece la bella joven. Uno de los enanos, envidioso, cambia el novillo por un toro de lidia que Carmen va a torear en la Colosal de Sevilla, sufriendo la chica una mortal cogida por parte del astado. Ahora su interesado y ambicioso representante la exhibe en las barracas de feria, yacente en su féretro, cobrando 10 céntimos a todos aquellos que quieran besar a la muy prometedora y desgraciada torera.

VALORACIÓN GLOBAL DE ESTE PECULIAR TRABAJO CINEMATOGRÁFICO.

Son muchos los espectadores que, al visionar el film, van a compararlo con la gran triunfadora de los premios Oscar 2012 de la Academia de Hollywood, The artist, película francesa dirigida por Michel Hazanavicius. Ambas películas poseen un formato similar. Tratan de hacer un homenaje a los inicios del cine mudo, época en que los gestos y la mímica de los actores, junto a la música y la intercalación de textos explicativos, ayudaban a entender ese expresivo lenguaje sin palabras que los actores llevaban a cabo.

Pero mientras que en la cinta francesa triunfan, finalmente, la esperanza y la vida, en esta peculiar versión española del cuento de los Hermanos Grimm, Blancanieves, destaca y permanece la muerte, desde el comienzo hasta el final de la narración. Es el camino del sufrimiento en vida hasta el trágico final en la muerte: Carmen de Triana, Antonio Villalta, Carmencita o “Blancanieves” e incluso, en mi opinión, el único “personaje” simpático de toda la película, el gallo “Pepe”, mascota afectivo en la soledad de la niña. Acaba en la cazuela, cumpliendo una maldad más de la madrastra Encarna, ante el dolor de su ahijada. No, no resulta agradable “consumir” tanta sucesión de desgracias y maldades, por aquellos que asistimos al cine buscando, prioritariamente, la distracción ante un entorno social no especialmente estimulante, en los difíciles momentos actuales que nos ha correspondido vivir. Por cierto, la maldad de la madrastra y de su amante Genaro se ven condicionados por la sobreactuación, eso sí, muy propios en el cine mudo. A pesar de la imagen de persona cruel y perversa, que se quiere dar a la actriz protagonista, no resulta creíble, en absoluto, ver a Maribel Verdú en ese desagradable papel. A pesar del Goya concedido y de su indudable esfuerzo por interpretar la mala o “Cruela”  de la historia.

Hay demasiada tragedia en toda la narración. Tanta exageración en el drama provoca, a veces, el efecto contrario, probablemente no deseado, de la comicidad y el ridículo. Y para exageración, esa visión de la vida española centrada en los viejos y más añejos estereotipos de la omnipresente tauromaquia,  el folklore del cante y la tragedia inevitable, como destino inseparable para la vida de muchas personas.

Si la Academia del Cine español le ha concedido diez premios Goya, nadie ha de dudar de que esta película no posea importantes valores cinematográficos. La fotografía, los decorados, el vestuario, el maquillaje… son elementos insertos en la narración que sustentan cualitativamente el esfuerzo de sus realizadores. Pero un espectador, que busca la distracción y válidos referentes para la ilusión en la vida, difícilmente va a hallar, en esa hora y media de metraje, la compensación suficiente para su opción de asistir al visionado de este relato. A muchos les va a defraudar, por su exageración y recreación en el pesimismo trágico de la existencia. Afortunadamente, resulta poco creíble. Aun aceptando que su realización ha supuesto un gran esfuerzo, globalmente, esta película decepciona.-


José L. Casado Toro (viernes, 1 marzo, 2013)
Profesor

viernes, 22 de febrero de 2013

LAURA Y EL TREN DE LAS 20:15.


Desde hace ya un par de meses, realizo el viaje de media distancia entre dos importantes ciudades, llenas de historia, ubicadas en la meseta o planicie castellana. Conduzco una de las locomotoras del tren Avant  que cubre este trayecto (147 kilómetros) cuatro veces a la semana, con dos viajes por sentido al día entre ambas localidades. Salgo en el amanecer de esta ciudad en la que ahora, tras muchos años de ausencia, he vuelto a residir, volviendo a la misma cuando el reloj marca las 20:15 para el anochecer. Y así, un día tras otro, acomodado en esas dos vías, cuyos senderos se hallan libres de cualquier atadura para el tráfico ferroviario. Toscos y seguros raíles que nos llevan, con puntualidad y seguridad, al destino propuesto. Me corresponde hacer la primera salida, por la mañana, y la última llegada, ya en la tarde. Tanto en la partida, como a la vuelta, esta estación no suele estar muy poblada de público. Tal vez los lunes, como también los viernes (para la vuelta), el número de viajeros suele ser algo más elevado que en el resto de los días. Destaco este dato para justificar mi capacidad de observación, tanto con respecto a las personas que viajan, como para aquéllas que permanecen en los andenes de la remozada estación.

Cuando termino mi trabajo en cabina, dejo todo bien dispuesto en la misma para la mañana siguiente, en la que me tocará conducir los dos vagones de nuevo, camino de la provincia hermana. Creo que fue el segundo o tercer día, de mi nuevo destino en la línea, cuando me fijé por vez primera en su figura. Sin saber exactamente el qué, algo me “hablaba” en ella. Frágil de cuerpo, mediana estatura, con un rostro angelical de ojos celestes que dejaba caer su cabello, castaño oscuro, en una cuidada melena. Debía tener unos veintipocos años y vestía de forma deportiva. Me llamó especialmente la atención aquella mirada sobre unos vagones, ya con las puertas cerradas, semblante que expresaba una profunda decepción o tristeza. Lo que ya me intrigó es que prácticamente la misma escena volvió a repetirse a la tarde siguiente. Y casi todas las demás tardes de esa y la siguiente semana. Caminando hacia el pequeño apartamento que tengo alquilado pensaba, con intriga y curiosidad, en esa chica. Cada tarde, sentada en uno de los bancos del andén, parecía estar esperando a ese pasajero que nunca bajaba los dos escalones del vagón, cuando el reloj digital de la estación avanzaba camino ya de las ocho y media. He de reconocer que, cuando mi tren se acercaba al punto de su destino, pensaba en esa imagen que, con seguridad, iba de nuevo a encontrarme. Allí estaría, sentada en el banco situado junto al puesto de prensa y chucherías, a esa hora ya con las persianas bajadas.

La repetición de la escena me hacía sospechar en un cierto desequilibrio por parte de la joven, aunque su imagen física, junto a la cuidada forma como vestía y se comportaba, no daba ese perfil claro de enfermedad. Pero la decepción de su rostro, que no se preocupaba en disimular, enganchaba a cualquier interesado observador de las actitudes humanas. Por fin, aquella noche, mientras me preparaba algo de cena en la pequeña cocinita que tengo en el piso, tomé una decisión para el día siguiente. Me preocupaba la respuesta que podría recibir de una persona con la que nunca había intercambiado palabra alguna. Pero es que aquella situación, repetida tarde tras tarde, me estaba provocando esa natural obsesión por hallar respuestas que sosegaran mi interés y curiosidad. Tenía que hablar con esta, manifiestamente desconsolada, mujer.

Era un sábado de abril, cuando me decidí a poner en práctica lo que había decidido la noche anterior. Tras salir de la cabina de mandos, con mi bolsa colgada al hombro, me acerqué despacio hacia el lugar de la chica que allí estaba esperando, como cada una de las noches.

“Perdón, señorita, disculpe mi pregunta o atrevimiento. Creo que ya se habrá dado cuenta de que soy el conductor de este tren. Cuando bajo del mismo, tras la finalización de mi trabajo, la veo aquí sentada, un día tras otro. Me da la impresión de que se siente preocupada o tal vez decepcionada. La verdad es que no lo sé. Puede parecerle un tanto impertinente mi gesto pero, la repetición de la escena, me motiva a preguntarle si le ocurre algo. ¿Necesita algún tipo de ayuda?”

La cara de sorpresa de la joven era todo un poema. En un principio movió negativamente su cabeza, mostrando un cierto nerviosismo ante mi pregunta. Cuando se fijó en mi chaqueta de trabajo, con las siglas de la compañía ferroviaria, pareció sentirse más tranquila y entendió que hubiera centrado en ella la extrañeza de una escena tantas veces repetida.

“Sí, claro ….. es Vd. el maquinista del tren. Debo dar una imagen un poco rara, un poco loca, aquí todas las tardes sentada, Se imaginará mil cosas de una chica que parece no tener otra cosa mejor que hacer. La verdad es que ……” Bajó el centro focal de su mirada hacia las deportivas azules que calzaba y, de manera espontánea e imprevista me preguntó si le quería escuchar unos minutos. Me senté junto a ella, en esa banqueta de madera que mira a las vías, y me dispuse para atender aquello que necesitara decirme.

Mezclaba frases, de dicción pausada, con aquellas otras que denotaban la fuerza y rapidez de su juventud. ¿Cómo resumir aquella densa historia que quiso contarme, durante los más de treinta minutos en que se sintió acomodada para hablar? Laura es una chica muy modesta. Su vida ha sido complicadamente desafortunada. No ha conocido a su padre. Vive junto a su madre, a la que ayuda trabajando, desde la adolescencia, en uno de los hostales que pueblan el plano de esta ciudad que subsiste, básicamente, en la economía agraria. La infancia que recibió de su progenitora no fue “técnica” o educativamente saludable. Incluso sufrió algún que otro mal trato que su noble corazón ha sabido perdonar. Hace ya algunos meses conoció a un chico ingeniero, Norman, que se alojaba en el hostal donde ella trabaja.

Aunque su familia era de origen germánico, este apuesto joven había nacido en el sur de la península, donde residía con sus progenitores. La empresa le había enviado a esta localidad castellana, para que trabajase en la construcción de la presa, lo que le  obligó a cambiar de domicilio durante un cuatrimestre. Aunque Laura no destaca por su nivel de preparación intelectual, Norman encontró en ella la nobleza y simplicidad de su carácter, la amistosa compañía para tantos paseos en las tardes y fines de semana. Pero, sobre todo, halló en esta joven esa alegría y espontaneidad que contrasta con el más propio y adusto carácter castellano. Precisamente una inolvidable tarde, entre campos de vides y la brisa fresca que mueve y acaricia las hojas, Norman le hizo explícito sus sentimientos y promesas. La unión de sus cuerpos ahora culminaba en un proyecto de futuro que se aventuraba pleno de esperanza. Futuro ilusionado para una modesta chica que luchaba por un cambio en la suerte que había presidido, hasta el momento, los nublados y ocres de su modesta existencia.

El mundo empresarial decide que este cualificado ingeniero tenga que acudir a un nuevo destino laboral. La despedida con Laura estuvo presidida por una plasticidad romántica que ella nunca quiere olvidar. Ilusiones, proyectos, promesas que ambos intercambiaban en aquella gélida mañana de enero. Había nevado y la vieja estación florecía como un guiño simpático entre la blanca pureza de la naturaleza. “Volveré en este tren, una noche de esperanza, para que ambos vivamos unidos por siempre en un futuro gozoso que nos ha de sonreír”. Esas fueron, más o menos, sus literarias palabras. Pero los vaivenes de la vida hacen tambalear las más firmes promesas que salen de nuestros labios, entre la convicción, la emoción o el deseo.

A poco las cartas, en principio diarias, se fueron espaciando. También, el intenso cariño inicial fue perdiendo la fuerza y el vigor de su templanza. Y de ahí, el no explicado silencio. Sin embargo ella piensa, un día y otro día, venciendo la realidad de su decepción, que Norman va a bajar de ese tren de las 20:15, para la ansiedad de sus deseos, Resulta admirable la constancia de esta chica cuyo maravilloso bagaje es la fidelidad a un amor que aún permanece.
Pero la historia, en aquella tarde/noche de primavera, iba a tener un desenlace inesperado. Laura es una chica que supo valorar mi atención y respeto. Le ofrecí algunos razonables y “paternales”  consejos. Traté de hacerle ver que las personas cambiamos.

“A veces, sucede por nuestra propia forma de ser. En otras, las circunstancias y otras amistades y conocimientos, hacen que modifiquemos nuestros más firmes proyectos y promesas. Probablemente, ese joven ingeniero habrá encontrado un nuevo acomodo para su vida y considere este experiencia en Castilla como una fase hermosa y feliz, pero no consolidada para su proyecto de futuro. Es duro, pero inteligente, tratar de olvidar. Vendrán otras personas y otras oportunidades que compensarán el amargor de esa oscura infidelidad. Eres muy joven y pronto aparecerán otros chicos que te harán ver que la vida no se termina en una sola persona. No malgastes más tus tardes esperanzadas en este frio banco de la estación. No merece la pena seguir sufriendo con la decepción del deseo”.

Laura me escuchaba con respetuosa atención y confianza. Le pregunté por la relación que mantenía con su madre. ¿Te pareces a ella? dije.  Entre sonrisas, sacó una foto del bolsito que portaba. “Dicen que soy toda su cara”. Efectivamente, madre e hija estaban en la misma línea genética. Pero….. el rostro de esta mujer, madre de Laura, no me era en absoluto desconocido. A pesar de los años que habían pasado por el calendario de la memoria, esa imagen me llevó, con la inmediatez del recuerdo, a otra etapa, de mi vida, cuando yo era muy joven, en esta ciudad donde nací. ¡Quién me lo iba a decir! El mágico destino de cada persona suele depararnos estas inesperadas y maravillosas sorpresas.-


José L. Casado Toro (viernes, 22 febrero, 2013)
Profesor