viernes, 23 de agosto de 2024

EN LA VIDA DE MARIAN

En los atractivos y demandados programas de turismo social, popularmente denominados VIAJES DEL IMSERSO (Instituto de Mayores Servicios Sociales) participan normalmente parejas matrimoniales, en las que al menos uno de ellos se encuentra en situación de jubilación. En los restaurantes de los hoteles adscritos al programa, la disposición de las mesas está organizada en su mayoría para dos comensales, aunque lógicamente también se disponen mesas con cuatro sillas para esas dos parejas que desean ir a comer juntas. Hay casos también en que el viaje y estancia lo realiza una persona sola, ya sea hombre o mujer. Son participantes que desean, por las razones que sean, ir solos o no tienen quien los acompañe. En este contexto se inserta nuestra sencilla y significativa historia de esta semana.

Un voluminoso y bien dispuesto autocar, para casi setenta plazas, se desplazaba desde la estación de autobuses malacitana hacia la levantina y bella localidad de Alicante, con destino a uno de sus numerosos complejos hoteleros que pueblan la zona. En su gran mayoría, el veterano listado de pasajeros estaba compuesto por parejas matrimoniales de personas jubiladas. Sin embargo, una mujer viajaba sola. Gracias a que el autobús no iba “lleno”, pudo ocupar un asiento sin acompañante, realizando todo el trayecto con gran comodidad. Se distraía observando el paisaje, a través de los amplios ventanales del vehículo, aunque también a ratos leía un pequeño libro que llevaba en su mochila o incluso dormitaba unos minutos. Tras unas horas de desplazamiento y con un descanso intermedio, para tomar un almuerzo en un restaurante de carretera, se produjo la llegada al hotel HORIZONTE sobre las cuatro y media de la tarde.

Tras el Check in correspondiente de todos los viajeros, un amable recepcionista, DARÍO adjudicó a esta señora una habitación en la 5ª planta, con espléndidas vistas al mar. Era una habitación doble, de uso individual para esta estancia. MARIAN Avilés Cernuda, 62, la cliente Imserso individual, era una analista clínica, que llevaba poco más de un año jubilada de manera anticipada, por un problema óseo en discos intervertebrales. Como acumulaba en su vida laboral abundantes años de trabajo y cotización (en el laboratorio del Hospital Clínico Universitario, Ntra. Sra. de la Victoria de Málaga) no tuvo problemas para obtener su jubilación, teniendo previamente que pasar por el correspondiente tribunal médico.

Se trataba de una mujer que, a pesar de ser sexagenaria, mantenía con esmero el cuidado de su cuerpo, siguiendo un razonable régimen alimenticio, realizando con frecuencia ejercicios físicos de natación, deporte que bien la deleitaba. Mediana estatura, cabello castaño claro, ojos del mismo color, con las “lógicas” e indisimulables arrugas epidérmicas y algo de sobrepeso en la zona de su cintura y piernas. Desde luego su rostro destacaba por su semblante de serenidad y buen autocontrol en sus movimientos y decisiones.

De su matrimonio con ARCADIO Zaragoza vinieron al mundo dos hijas, en la actualidad ya emancipadas con sus respectivas parejas. Su exmarido era un representante de diversos artistas, que solían actuar en las ferias municipales y en algunos eventos y fiestas de contratación privada. Para algunos de sus cantantes, bailaoras y palmeros sabía conseguir pequeños contratos en televisiones privadas y de titularidad municipal. Hombre delgado, con mediana calvicie, bigote y pequeña barbilla, y ojos azulados. Destacaba por su innata simpatía y fácil apertura relacional. Lastraba su imagen con dos dependencias, a las que no sabía o quería sobreponerse en su control: gran amante de las copas y también de las “faldas”. Ambas opciones influían sobremanera en su patente débil voluntad. Por sus obligaciones profesionales se veía obligado a permanecer muchas horas fuera de casa, a veces incluso días, viajando y negociando en pro de los artistas a quienes representaba. Ese tiempo de ausencia del hogar también sabía aprovecharlo para sus “deslices” de infidelidad, “caracoleando” acariciando …a cualquier joven de buen ver que se le pusiera a tiro, todo ello en orden a saciar su desbordante ansiedad sexual.

Marian, mujer inteligente, no era ajena a estos comportamientos de su infiel esposo. Pero las quejas y discusiones de la analista sólo conducían a situaciones crispadas entre ambos, a las que seguían reconciliaciones y promesas de rectificación, pronto incumplidas por el versátil y trilero representante de artistas de “poca monta”. Pero la crisis definitiva estalló cuando, casi al unísono, dos de esas artistas, una bailaora y una cantante versionista de las canciones de Céline Dion, ambas muy jóvenes (Arcadio duplicaba ampliamente sus edades) presentaron pruebas fehacientes en sus denuncias de que Arcadio Zaragoza era el padre de los hijos que esperaban. El juez impuso al “efusivo” representante la obligación inmediata de hacerse pruebas de paternidad. Estos análisis confirmaron lo que las jóvenes denunciaban. Ese “escándalo” impulsó a Marian, asesorada por una abogada sindical, a presentar demanda de divorcio contra el que hasta ese momento era su marido.

En el momento del viaje Imserso, Marian sumaba ya dos años como mujer “soltera”. En ese período de tiempo había tratado de rehacer su vida, labor en la que persistía. La ayuda psicológica que solicitó (profesional recomendado por una compañera de laboratorio) también la impulsó a ilustrar su vida con un buen viaje, como el que ahora realizaba. También se había inscrito en un polideportivo municipal, completando este periplo rehabilitador con el desarrollo de una intensa vida cultural, en la que el cine, el teatro, las conferencias, los conciertos y las visitas a la biblioteca pública tenían un predicamento importante.

En lo más íntimo de su fuero interno no descartaba encontrar un nuevo amor que supiera borrar la dura y amarga experiencia convivencial con Arcadio. Este viaje del Imserso había despertado sus esperanzas de cambiar de aires por unos días, visitando una zona playera, alegre y vitalista, a comienzos de junio, muy cerca de la vorágine vacacional de la canícula veraniega.

Por las mañanas, después del suculente y variado desayuno, dedicaba un buen rato a tomar el sol en la playa o en las piscinas del hotel. Tuvo el acierto de concertar un par de visitas turísticas por localidades cercanas, aunque también tomaba un tren de cercanías para recorrer algunas localidades con encanto, en el radio provincial alicantino. Por las noches, después de la cena, disfrutaba recorriendo los rincones de copas y diversión nocturna de la popular y cosmopolita capital. La estancia del viaje abarcaba 10 días /9 noches.  

En la noche del segundo día de estancia, durante sus paseos por la zona de “movida”, se detuvo delante de una cafetería restaurante de tapeo y raciones, en donde percibió una abarrotada terraza adjunta, por el calor y ganas de fiesta de ese viernes de fin de semana. La cartelería del local anunciaba la actuación de un cantante que se hacía llamar ERIK IGLESIAS quien, a tenor de la información, versionaba el repertorio del cantante español de fama internacional. La densa asistencia al espectáculo lo conformaba una mayoría de personas de mediana edad, aunque también destacaba la presencia de algunos jóvenes, con ganar de beber y divertirse. Tuvo la suerte de que una pareja abandonase su mesa tras la consumición, por lo que pudo sentarse en un lateral de la bien iluminada terraza, a donde llegaban los salinos y frescos vientos marinos de la zona portuaria. Solicitó al camarero una tónica con limón u unos cacahuetes, a los que era muy aficionada.

Sobre las 22:30 salió Erik a escena. Comenzó su actuación en la que se ayudaba de un buen equipo de sonido informático que sustentaba la música, mientras que él cantaba de manera harto habilidosa las nostágicas canciones. La imitación de Julio Iglesias era verdaderamente prodigiosa. Pero a Marian, desde el primer momento, algo en el cantante llamó su atención. A pesar de lo decorado y cómicamente arreglado que estaba el juglar del micrófono, intuía que conocía a la persona que estaba bajo el maquillaje, vistiendo ese traje negro, a modo del universal cantante de melodías románticas.

“Pero si yo a esta persona la conozco de algo … ¿Dónde la he visto o tratado?”

El cantante había interpretado unas ocho canciones, largamente aplaudidas, cuando llegó el momento de unos minutos de descanso. Para mayor misterio, durante la actuación, había estado fijando su mirada, de manera repetida, en el rostro de Marian. Ésta se sintió un tanto “asustada” cuando vio que el tal Erik se dirigía hacia el asiento que ella ocupaba.

“No me reconoces, ¿verdad?” Tras tenerlo a escasos centímetros, quedó impactada y no menos sorprendida. ¡Era Darío, el simpático y atento recepcionista del hotel en el que se alojaba! Su patente calvicie, con el pelo cortado al cero, había sido disimulada con un “juvenil” peluquín. Las arrugas del rostro habían quedado “corregidas” por una buena sesión de cremas diversas, con algunas tonalidades cromáticas. El traje de smoking inglés, de color negro que vestía, no se parecía al operario recepcionista del hotel, con su camisa blanca, bien marcada con el logotipo de la cadena hotelera. En el hotel llevaba gafas. Ahora no las utilizaba. Darío/Erik se sentó junto a ella en la mesa, haciendo una señal para que le trajeran unas copas de cava. Marian no daba crédito a lo que estaba viviendo. “No vuelvo a actuar hasta dentro de una media hora. Te acompaño si me lo permites”.

Esa media hora y el diálogo que mantuvieron el sábado, pues Marian volvió al GALLO ROJO al día siguiente, sirvió para que ambos personajes, sumidos en la acre soledad, intercambiaran información y compartieran el imprescindible calor humano de sus respectivas vidas. Pero ¿quién era verdaderamente Darío?

En ese verano del 2024 había superado en dos años su medio siglo de vida. Efectivamente trabajaba en la recepción del hotel Horizonte, cumpliendo jornadas eventuales cuando era llamado por la dirección ante necesidades previstas e imprevistas. Era una persona toda bondad, que reconocía ser bisexual. Repetía con ilusión que su gran anhelo en la vida era llegar a ser un cantante famoso. Tenía ciertas habilidades para el canto melódico y seguía a su ídolo, Julio Iglesias, desde su adolescencia. Ya cerca de la treintena, hizo un curso o módulo de F.P. en la Escuela de Turismo, lo que le abrió las puertas de algunos hoteles para realizar trabajos fundamentalmente en el mostrador de recepción o incluso mozo de equipajes. No echaba raíces en los hoteles donde trabajaba, pues se encariñaba exageradamente con algunos clientes y para evitar problemas los directores lo despedían, con la indemnización correspondiente. Tuvo una larga y fogosa relación afectiva con un veterano actor argentino en decadencia, llamado CLAUDIO, quien le buscó esta plaza laboral en la cadena hotelera Horizonte, pues el americano tenía acciones en esta empresa turística. Pero un día Claudio se hartó de él (en lo personal) y buscó un compañero mucho más joven, que gozaba de un extraordinario atractivo sexual. Esta ruptura produjo al pobre Darío una profunda crisis depresiva, tan intensa que incluso intentó acabar con su vida, pero todo acabó en unos simples rasguños.

Viernes y sábado Darío acude al Gallo Rojo, con la glamurosa imagen de Erik Iglesias, actuaciones que le deparan algunos necesarios euros y sobre todo una reafirmación de su objetivo de ser un cantante melódico, afamado y querido por los aplausos y vítores del público.

Marian quedó impresionada de esta singular, y sentimental historia, con sus elementos afectivos y no exenta de esa triste soledad que ella también padecía. Se sintió animada a prestar la ayuda posible a este buen amigo que había encontrado en tierras alicantinas. Estos dos seres solitarios, en el seno abrupto de la selva social, aprovecharon esos días vacacionales de Marian, para dar largos paseos por las tardes/noches, cuando Darío no tenía obligación laboral. Intercambiaban las palabras, el cariño e incluso el contacto sexual. Habían conseguido crear una confortable y sana amistad.

Y llegó el “nublado” día en que la cliente Marian, junto al grupo de compañeros Imserso, tenían que abandonar su estancia en el complejo hotelero alicantino. Darío, persona de sentimientos fáciles, no pudo reprimir las lágrimas que brotaban de unos ojos cada día más cansados. Los dos amigos se prometieron seguir intercambiando comunicación y seguir vitalizando esa amistad que tanto bien les había reportado. El viernes noche, el previo a la despedida, Erik Iglesias cantó todo un bello repertorio de sus canciones melódicas, en el casi siempre abarrotado Gallo Rojo. Todas esas canciones estuvieron dedicadas, con los ojos y las sonrisas, a Marian, que las escuchaba halagada desde una mesa preferente, cerca del pequeño escenario.

Con el paso de los meses, Darío convive ahora con un apuesto joven dominicano, de nombre PAOLO, cuya epidermis algo cobriza contrasta con la blancura del recepcionista cantante. Marian suele escribirle, con el cariño de una amiga/madre. En la última misiva le confiesa que ha encontrado a una persona que le genera cariño y paz espiritual. Conviven, se ayudan, se quieren, con esa compañía, con esas palabras y esos afectos que tanto enriquecen y vitalizan. “Nos comprendemos apenas con sólo las miradas”. Esa compañera, tan apreciada y necesitada, se llama CELINE, una traductora de convenciones y congresos (también realiza trabajos para las editoriales, pues domina cuatro idiomas) de nacionalidad francesa.

Para el próximo verano, ya cercano en el almanaque, han acordado reunirse en el placentero y muy conocido complejo hotelero alicantino, a fin de que Celine y Paolo sean presentados por sus entrañables compañeros, dos excelentes amigos que descubrieron la amistad en una templada noche de junio, un año atrás, bajo los sonidos de las bellas melodías del veterano cantante español Julio Iglesias.

Ante la dificultad o carencia del amor, la mejor terapia es la entrega generosa, que suele siempre darnos oportunidades ilusionadas en esa búsqueda incansable de una segunda oportunidad. -

 

 

EN LA VIDA DE

MARIAN

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 23 agosto 2024




                                                             Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

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viernes, 16 de agosto de 2024

INMOBILIARIA EL LLAVERO

La fuerza económica del mercado inmobiliario se encuentra en un “exagerado” auge. Es un hecho que se intensifica en determinadas épocas, aunque en los últimos años parece que este boom se percibe de manera continua. Especialmente, el fenómeno “ladrillo” destaca en algunas ciudades, favorecidas por su crecimiento demográfico, sus atractivos turísticos, el buen tiempo climático, el haberse puesto de moda para visitarla, más los incentivos monumentales. Destacando sobre todo ese gran factor que supone el “regalo” costero de la naturaleza.

El precio de los alquileres en los estudios, apartamentos y pisos no cesa de subir y cuando hablamos de comprar inmuebles antiguos o de nueva construcción, el coste de las viviendas y locales alcanza cotas inasumibles para las rentas o sueldos medios de la ciudadanía. Obviamente, en el negocio inmobiliario tienen un competitivo y lucrativo protagonismo las numerosas agencias que se ocupan del trasiego de ventas y alquileres. En este contexto se inserta nuestra historia o relato semanal.   

HIPÓLITO Lasierra, (42) después de trabajar durante años en el negocio inmobiliario, ejerciendo diversas funciones, una vez que conocía bien el negocio, decidió fundar su propia empresa, con algunos ahorros de herencia y la unión con un copropietario también del sector. La sede de las oficinas la instalaron en un vetusto pero muy bien situado local de la Alameda Principal malacitana, espacio que vegetaba con la venta de Kebabs y comida “rápida”. Hipotecaron el local reformado y así surgió la desde el principio dinámica INMOBILIARIA EL LLAVERO. Al paso de los meses, rompió con su copropietario Eugenio, comprándole la parte que tenía en el negocio, convirtiéndose, desde entonces, en el único propietario de esta empresa.

El carácter de Hipólito destacaba por ser hábil y astuto. De fluida palabra, en otra época incluso había probado suerte con la venta ambulante, ejerciendo de “charlatán” callejero, con unos exprimidores manuales que obtenían mucho jugo de las apetecibles frutas de época. Popularmente se le podría considerar como un “trilero de la palabra”. De elevada estatura, bien parecido de rostro, con don de gentes, peluquería semanal, y vistiendo esa chaqueta y corbata, que potenciaba su figura.

El muy gentil profesional se rodeó de una servicial y trabajadora, auxiliar administrativa, llamada ADELA, (39) que se había quedado sola con un hijo adolescente, mientras su marido bebía la dulce sensualidad que le proporcionaba una pareja mucho más joven con la que convivía. Adela era la “chica multiservicios”, haciendo de todo y bien. Entregaba propaganda por los bloques de viviendas, se encargaba de la correspondencia y la contabilidad, atendía a los clientes y no le importaba traer el café caliente para el jefe, quien agradecía su amable y sonriente disponibilidad. Cuando el volumen de gestión fue incrementándose, fue contratado otro auxiliar de oficina llamado REMIGIO (36), que a pesar de tener un carácter más serio y privativo, desarrollaba una capacidad de trabajo verdaderamente encomiable. Su iniciativa era más bien escasa, pero hacía bien todo lo que le mandaban.

Uno de los principales objetivos que cada mañana emprendían era ir averiguando aquellos pisos del casco viejo de la ciudad, habitados por personas mayores, a fin de “presionarles” para que aceptaran vender su propiedad, ofreciéndoles el interesante señuelo de las buenas palabras y el atractivo capital económico con el que atender las necesidades en la etapa postrera de sus vidas. ¿Y cómo hacían estas averiguaciones?

Recorrían las manzanas de los barrios antiguos. Elegían un bloque de pisos. Hablaban amigablemente con los porteros, siempre que lo hubiera. E iban preguntando por los diferentes pisos, inquiriendo información acerca de si había algún vecino que necesitara o no le importase vender a buen precio su vivienda. Con esa habilidad que aplicaban, en un mercado “salvajemente” competitivo, en donde los “escrúpulos” brillaban por su ausencia, iban obteniendo y procesando datos para conocer aquellas viviendas habitadas por personas mayores, solitarias y de economía modesta. Estos inquilinos o propietarios eran objetivos interesantes y preferentes para ofrecerles una “negociación” acerca de los inmuebles que habitaban. Llamaban al timbre. Tras un saludo muy cordial, le entregaban información de la inmobiliaria. “¿A Vd. le interesaría vender su piso, a cambio de una poderosa oferta (la mejor del mercado) que podemos ofrecerle para la compra? En todo caso ¿sabría si en este bloque o en otro del barrio, algún propietario de avanzada edad le pudiera interesar escuchar nuestras “irresistibles” ofertas por el piso que habita?”

En este proceder conocieron, a partir de una hábil estratagema, la existencia de doña CÁNDIDA Felices. El propio Hipólito, que había obtenido el “preciado” contacto, fue quien se acercó al pequeño bloque en la Plaza de Montaño. Era un edificio de estructura y construcción bien antiguo, en el que según los buzones y los balcones (muy repletos de macetas) residían 8 familias: bajos habitados, y tres plantas. El inmueble carecía de ascensor. El hábil inmobiliario se hizo pasar por un miembro de la asistencia sanitaria. “¿Sabe si en este bloque hay vecinos mayores, es decir, aquéllos que hayan superado los 75 años? Es que me gustaría ofrecerles la oportunidad y utilidad de una ayuda sanitaria inmediata, mediante la utilización del “botón rojo”

Don Fermín, vecino del 2ºC, que estaba saliendo de su casa, quiso ser amable con el comercial que le había preguntado. “Mire, joven, aquí casi todos somos personas mayores, pero tal vez Vd. se refiera a doña Cándida, la vecina del 1º A. Ya suma muchos años y además es viuda. Como vive sola, tal vez le podría interesar esa prestación” A los pocos minutos, Hipólito estaba llamando a la puerta de esa señora.

Ya ante doña Cándida, se presentó como agente inmobiliario. La planteó su interés en adquirir el piso donde ella residía, pagándole “la mejor cantidad del mercado”, con lo que podría habitar un piso más pequeño y cómodo para la limpieza o incluso en alguna residencia para la tercera edad, en donde estaría mejor atendida. El sagaz comercial había comprado previamente unos bombones en una confitería cercana, regalo que ofreció a la desconcertada Sra. un tanto abrumada de recibir tantas muestras de amabilidad. La señora fue tomando confianza con el apuesto señor de los pisos, contándole que tenía problemas de fontanería, pero que con la pensión que cobraba no se atrevía a arreglarlos: grifos que goteaban de continuo, cisternas que no funcionaban, teniendo que evacuar las “necesidades” trayendo pesados cubos de agua. También el sistema eléctrico era muy antiguo, por lo que muchas veces los “plomillos” saltaban, yéndose la luz durante horas, Mientras comentaba sus desventuras, iba comiendo un bombón tras otro, hasta dejar la caja medio vacía.           

“Le cuento don “Hipóloto” que yo he vivido feliz con mi difunto esposo, don ZOIDO Cabrillana, que trabajó toda su vida como funcionario de penales. Dios no quiso darnos hijos, pero aquí hemos vivido los mejores momentos de nuestra modesta vida. Mi ilusión sería acabar aquí mis pasos por la existencia. Pienso que echaría mucho de menos estas cuatro paredes. ¿Quiere Vd. que le prepare un poquito de café, don Hipóloto?”

Ante la situación, el gestor inmobiliario aconsejó a la señora que lo pensase más despacio. “El piso es grande y está muy bien situado, pero los años han pasado por él y un arreglo integral nos costaría un pastón. Mi última propuesta es que nos lo venda y se lo adecentamos con esas carencias de las que me habla. Vd. doña Cándida seguiría viviendo aquí, abonando una mínima cantidad hasta los años que Dios quiera concederle. Piénselo bien, mi querida Sra. Sabe Vd. preparar el café mejor que nadie. Nunca he probado una infusión con este mágico aroma”. Se despidió de la propietaria del piso, “soltándo” a la sorprendida anciana (87 años) un par de besos que la hicieron sentirse halagada y feliz.

Tras abandonar el vetusto inmueble, reflexionó acerca de su optima situación. Muy próximo al IES Vicente Espinel, a la Iglesia de san Felipe Neri, a dos pasos la romántica Plaza de la Merced, la tradicional calle Carretería también muy cercana. Toda una ganga, para poder adaptar viviendas en apartamentos turísticos.

A partir de este momento, Hipólito tenía previsto iniciar la segunda fase de su acción: las antiguas y malas artes del “ASUSTA-VIEJAS”. Adela y Remigio elaboraron unas hojas de pegatinas en las que, con letras mayúsculas se podía leer:

 

“SE VENDE PISO, MUY BIEN SITUADO, 

PLAZA DE MONTAÑO 25. 1º A. 

PRECIO 100.000 €. TELÉFONO ----.

La publicidad de esta verdadera ganga fue colocada por “toda Málaga”, ya fuesen los muros callejeros, las paredes, los árboles, las farolas, las fuentes, zonas para la cartelería etc. Y comenzaron a hacer su efecto de inmediato. El teléfono de la anciana propietaria no cesaba de sonar o timbrar. Muchas personas interesadas se acercaron al viejo inmueble para comprobar el efecto de la publicidad. El señuelo del bajo precio y la atractiva ubicación en el plano urbano hicieron todo lo demás. Incluso llegó a formarse una cola de interesados, pidiendo nerviosamente “la vez”.

D. Marcel, hombre mayor y vecino del 3 B, cuando salió a la calle y vio tanta gente en la puerta de su casa      sufrió como un “soponcio”, teniendo que dirigirse a una botica cercana, pidiendo le vendieran un tranquilizante. La mayor implicada, doña Cándida, estaba como “enloquecida y sumida profundamente en el agobio, por las repetidas llamadas telefónicas y el timbre en su puerta. Repetía, una y otra vez, que su piso no lo vendía. Optó por no abrir la puerta, ni coger el aparato de teléfono, que no cesaba de sonar. Estaba profundamente asustada.

La buena y “desbordada” señora tuvo la lucidez de contactar con su sobrino nieto EMETERIO, que ejercía de policía local en el pueblo cordobés de Rute, explicándole por lo que estaba pasando en esos muy amargos días. Incluso para dormir tenía que prepararse una infusión de hierbas de la Santa Tasiana, que le habían recomendado y vendido en la herboristería. Su sobrino le recomendó que no abriera la puerta ni respondiera al teléfono con números desconocidos o no habituales. Y además que si la continuaban molestando, él llamaría a la jefatura de la policía local de Málaga para que intervinieran en el desagradable asunto.

En un momento de desconsuelo, doña Cándida llamó a “ese buen hombre”, que ella denominaba don “Hipóloto” y que tan amablemente la había visitado. Cada vez se sentía más confusa acerca de lo que debía hacer. Por supuesto que el propietario de la Inmobiliaria el Llavero se prestó a visitarla de inmediato, llevando como presente unos bollos de leche y hojaldre, adquiridos en la prestigiosa confitería APARICIO, “el sabor antiguo de Málaga”. Compartieron un sabroso café que Cándida había preparado, explicándole a su buen amigo los detalles de su cruel desventura.  Su interlocutor la escuchaba con suma atención.

“Querida doña Cándida, alguien le ha gastado una mala pasada o tal vez todo es producto de una confusión. Desde luego que mi oferta sigue en pie. Aunque he pensado que 100.000 euros no era una oferta justa. Mi inmobiliaria podría llegar hasta los 120.000 €. Por ser Vd. yo me encargaría también de buscarle un apartamento más pequeño y acogedor, con ascensor y en una zona donde pudiera ver los árboles de la naturaleza y a ser posible con vistas al mar. Pagaría un alquiler muy adecuado a la pensión que recibe mensualmente. Me ha comentado que cobra una pensión de 1.100 euros por la viudedad de don Zoido, que en la mejor gloria esté. Incluso de regalo, nosotros nos encargaríamos de hacerle el traslado de aquellos muebles que le gustaría conservar. Necesita descansar y sentirse bien a su edad, muy bien llevada, por supuesto. Mi buena amiga dejaría de sufrir estos acosos de algún error en el mercado inmobiliario, que tanto la están haciendo sufrir. Le voy a dejar mi teléfono particular. Vd. lo piensa tranquilamente y me llama a la hora que lo dese. Siempre atenderé la llamada de una buena amiga”.

El teléfono seguía sonando. La anciana miraba a su buen amigo y repetía con afecto: “Es Vd. un santo del Cielo, don Hipóloto”.

De vuelta a la oficina, su propietario dio orden a Remigio y Adela de que quitaran o recogieran esas pegatinas que formaban parte de su “diabólico” plan. Antes de colocarlas, les había advertido que anotaran el lugar en donde habían sido pegadas.

 

HAN PASADO LOS MESES. Doña Cándida está ingresada en una muy acomodada residencia de ancianos, que tiene preciosas vistas al mar. Se halla muy bien atendida. Los viejos muebles de su antiguo hogar (algunos de cierto valor) fueron vendidos a un anticuario. Se siente tranquila, sosegada y feliz. Es una residencia de alto coste, que la señora puede pagar con el importe de la venta de su piso en la Plaza de Montaño, en la zona céntrica de Málaga. Por la transacción de propiedad, recibió en la cuenta mancomunada con su sobrino nieto la cantidad de 130.000 €. El policía local impuso una cláusula en el contrato de venta por el que que la inmobiliaria El Llavero se haría cargo del 50% del coste de la estancia en la residencia, cuando pasaran cinco años desde la firma. Entonces doña Cándida tendría 92.

El sagaz y poco escrupuloso Hipólito Lasierra reconvirtió ese antiguo piso (tenía 140 metros cuadrados) en tres funcionales apartamentos turísticos que rentan a la inmobiliaria, cada uno de ellos, 2.200 euros al mes.

 

Y esta es la historia de un comportamiento delictivo que sustentó la Inmobiliaria el Llavero, en la persona de su propietario don Hipólito Lasierra. Estas muy dudosas formas de proceder, llevadas a cabo con más o menos discreción y consideración, pueden ser habituales, en un mercado del alquiler y de la compraventa, que genera mucho dinero y no menos ambición. El auge del “ladrillo” parece que nos enloquece, degradando penosamente nuestros valores humanitarios y la necesaria sensatez de la racionalidad. -                                                                                                                                                                                                                                                                    

 

 

 

 

 

 

INMOBILIARIA

EL LLAVERO

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

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viernes, 9 de agosto de 2024

EL VIAJERO DEL ASIENTO 17


La acción se desarrollaba a finales de los años sesenta, correspondiente al siglo precedente. El transporte suburbano se veía condicionado, en aquella época y en numerosas zonas de España, por una infraestructura viaria con importantes carencias y deficiencias. Viajar por carretera, por ejemplo, entre las capitales de Málaga y Granada (línea cubierta por la empresa Alsina Graells) en ambos sentidos, suponía una duración no menor de cuatro horas en un trayecto en gran parte montañoso, hasta que no fue construida la carretera (posteriormente reformada en autovía) de las Pedrizas, que uniría las dos ciudades en una arteria de unos 132 km. En esos ya lejanos años, finales de los sesenta e inicios de los setenta, había que “subir”, con muy trabajosas e incómodas curvas, desde Málaga por la Cuesta de la Reina, inmersa en los montes de Málaga, estribaciones de la Penibético, pasar por el municipio del Colmenar, hasta llegar a la localidad de Loja, que se atravesaba por su interior, a fin de hacer una necesaria y breve parada, para el descanso de unos 15 minutos. Finalmente se llegaba a la bella ciudad nazarí de Granada, tras haber invertido en el desplazamiento casi cuatro largas horas de viaje. Actualmente, este trayecto viario por la carretera de las Pedrizas y viajando en autobús, se realiza en unas dos horas, sumando los minutos de parada en el área de servicio de los Abades, en el exterior montañoso del municipio Lojeño. Valga esta amplia explicación para entender cómo los viajeros disponían de una amplia posibilidad temporal, a fin de intercambiar diversos comentarios de aburridos o interesantes contenidos para la socialización.

MARIO Calabria Albea, 21, estudiante de 3º de Derecho en la Universidad de Granada, viajaba con destino a Málaga, su ciudad natal, con la ilusión de disfrutar las siempre “cortas” vacaciones de la Semana Santa. El autobús perteneciente a la empresa Alsina Graells tenía fijada la hora de salida, de la histórica y romántica capital nazarí, a las 16 h. Como siempre le ocurría, cuando compraba el billete para realizar este habitual viaje, en la espaciosa estación del Camino de Ronda, se preguntaba, con juvenil interés y picardía ¡a ver quién me toca hoy de compañero de asiento!  

En sus periódicos viajes entre las dos ciudades hermanas, Mario había tenido numerosas experiencias con los compañeros que le habían tocado en suerte. La naturaleza y carácter de las personas es obviamente variada, por lo que recordaba haber tenidos compañeros dormilones, parlanchines, obsesivos de la lectura, juguetones con alguna “maquinita lúdica”, golosos, preguntones, dibujantes, fanáticos de la música con los walkie talkies permanentemente conectados a los oídos, niños especialmente traviesos, incluso “cantores” que entonaban sus canciones de cualquier música o género.  

En estas vacaciones cuaresmales, el autobús de color blanco y rojo (como todos los Alsina) estaba ya a punto de salir de la populosa estación granadina y el asiento pareado al de Mario, el nº 17, permanecía aún vacío. Esta circunstancia le hizo concebir esperanzas, al estudiante de “leyes” de poder vivir la grata experiencia de disponer de dos asientos, durante las cuatro horas de trayecto, para su mayor comodidad. Para su “desconsuelo” y con los motores del bus “rugiendo”, vio subirse, tras acelerados pasos, a una persona de mediana edad, con el cabello totalmente encanecido, que vestía un elegante traje negro, camisa gris y “tirilla” blanca alrededor del cuello. No cabía duda, era un sacerdote que vestía el clergyman o cleriman, en lugar de la tradicional sotana. Con paso diligente por el pasillo se dirigía al único asiento vacío que quedaba en el interior del autobús: el nº 17. Tenía apariencia de persona culta, muy seria, con los carrillos ya algo caídos, producto del mucho más de medio siglo de vida que se le podría suponer, hecho cronológico que también sustentaba la gran “papada” que soportaba en el cuello, producto de la edad.

Mario ocupaba el asiento de pasillo, por lo que franqueó al sacerdote su paso hacia el lugar de la ventanilla. A Mario le resultó curioso que este miembro eclesiástico, en lugar de dar las buenas tardes, pronunciara la habitual jaculatoria, tantas veces pronunciada en el confesionario o en el torno clausurar del AVE MARIA PURÍSIMA. Como el estudiante eludió responder “el sin pecado concebida” el clérigo le echó una primera mirada, severa y con rictus de reproche, sentándose de inmediato, con una gran cartera de piel negra que puso a sus pies. El académico equipaje parecía bien aprovechado pues, al sacar de la misma un dossier, el interior de la cartera se veía muy “poblado” de folios y carpetas, además de un voluminoso breviario o libros de oraciones, con las pastas negras y el borde de las hojas con “baño” de color oro.

De inmediato, el veterano sacerdote mostró su deseo indisimulable de entablar conversación. Lo primero que hizo fue “escudriñar de arriba abajo al expectante estudiante, que hacía memoria, asegurándose que nunca había viajado con un cura a su lado. Iba a vivir toda una experiencia, por lo que se mostraba entre divertido y “en guardia”.

Se presentó como el Padre CARMELO del ESPÍRITU SANTO. Tras unos comentarios insustanciales, el viajero del asiento 17 adoptó el rol investigativo a modo de un bombardero de preguntas encadenadas y con un fondo “impertinente” hacia lo personal en su joven compañero de asiento. Más que un diálogo, aquello fue tomando el cariz de un “interrogatorio”. Entre pregunta y pregunta, sabía mezclar pequeñas muecas de lo que podrían interpretarse como sonrisas que, el asombrado Mario, interpretaba como tensionadas por lo diabólico.

“¿Cómo te llamas? ¿De dónde eres? ¿Cuándo viniste al mundo? ¿Qué haces o estudias en Granada? ¿Tienes hermanos? ¿Cuál es la profesión de tu padre? ¿Tu madre se encarga sólo del hogar? ¿Eres buen estudiante? ¿Por dónde resides en Málaga? ¿Eres alumno de algún Colegio Mayor? ¿Cuál fue el motivo que tuviste para elegir la carrera de leyes? ¿Tienes novia? ¿Cuáles son tus cualidades? ¿Te avergüenzan tus defectos? ¿Hasta dónde quieres llegar en la abogacía? ¿Cómo te llevas con tus padres?” etc.

Hasta aquí ese intenso “interrogatorio” podría entenderse como el de un sacerdote mayor, habituado a ejercer su magisterio y labor pastoral con muchas horas de confesionario. Pero Mario “iba cargando sus pilas” esperando el momento oportuno para desarrollar un buen contraataque, pues era un muchacho inteligente, sarcástico, bromista, desenfadado y luchador, que sabía medir bien los tiempos y hallar las circunstancias propicias para su dinámico protagonismo,

Y llegaron, como era previsible, las preguntas espirituales. ¿Vas a misa todos los domingos? ¿Confiesas tus pecados? ¿Tomas la sagrada comunión? ¿Cómo llevas el sexto mandamiento de la ley de Dios?

Mario, un joven “moderno “, nacido en el 48, iba respondiendo con parsimonia y cautela, sopesando hasta donde se atrevería a llegar este cura “preguntón”, que desde el primer momento lo encuadró en el grupo de los ultramontanos o ultraconservadores, reaccionarios, carcas, anticuados, obsesivos con los tradicionales mandamientos religiosos.

“Señor “pater” Mis padres me bautizaron, hice la comunión, fui a colegios de curas … pero a medida que crecía me convertí en un cristiano no practicante. Le aseguro de que no tengo que acercarme a las iglesias, para estar cerca de lo que considero como divinidad. Puedo estar cerca de ese buen dios que percibo a través de los amaneceres, de las flores, del mar, de la buena amistad, de la generosidad y bondad hacia los demás, especialmente ayudando los que menos tienen. ¿Qué banal sentido tiene el encender velas o darme golpes en el pecho? Considero una nadería todo el montaje que Vds. Construyen para transmitir el mensaje de la divinidad”

El rostro enojado del P. Carmelo se iba enrojeciendo de manera paulatina, pero con una tonalidad cada vez más intensa.

“¿Y no piensas que tu vida puede cesar en cualquier momento por voluntad del Santísimo? ¡Puedes condenarte para toda la eternidad!”

“Sí, claro, entre las llamas de un infierno, permitido por un dios todo bondadoso” (sonó una sonora carcajada, emitida por un joven de 21 años, en la flor de la vida). “¿Y qué me dice Vd. de los inocentes, mujeres y niños, que mueren cruelmente en las guerras? ¿O de aquellos que sufren horribles enfermedades, hasta llegar al fin de sus días? Ahora hábleme de Lucifer y el tridente …” (nueva carcajada)

Esas inesperadas respuestas del joven Mario dejaron medio confundido al austero sacerdote que seguía sudando no solo por la tirilla blanca de su alzacuello. Disimulando la ira que le embargaba, profundamente enfadado, por el “inconsciente” (palabra que masculló) individuo que estaba sentado a su lado, extrajo de su carterón el breviario, comenzando a rezar su devota lectura, mientras le temblaban compulsivamente sus manos. Por ahora no intercambiaron más palabras.

Cuando el autobús llegó al paradero de Loja, en el centro antiguo de la localidad, Mario bajó el vehículo (al igual que otros pasajeros) y teniendo un rasgo de bondad compró un par de magdalenas (producto típico de Loja, junto a los famosos roscos blancos) y de vuelta al bus observó que sólo el cura había permanecido en el interior sentado en su asiento 17. Ofreció a su compañero de viaje una de las magdalenas “para merendar, Padre”. Con gran seriedad, el sacerdote declinó el ofrecimiento. Mientras que degustaba una de las magdalenas, Mario quiso llegar a más.

Mientras que degustaba una de las magdalenas, Mario quiso llegar a más. Cuando el bus arrancó desde Loja, reiteró a su compañero la aberración tener que decirle a gente como Vd. lo que han establecido como pecados ¿Qué les importa a los que visten sotanas lo que yo haga, piense o desee?

“Gracias, por la magdalena, pero sólo nos salvará le pureza de nuestro espíritu. Lo material envilece. El espíritu, del alma, la fe enaltece nuestra muy modesta humildad y realidad” “Pero Pater ¿Vd. no pasa hambre? El cuerpo pide alimento…” “El cuerpo es el templo del pecado, joven irrespetuoso” (Nueva carcajada de Mario, que generó un inmediato enrojecimiento facial en el cura Carmelo.

Mario degustaba su merienda y quiso llegar a más. Cuando el bus partió desde Loja camino de Málaga, el arrojo regularmente medido del estudiante en las leyes del Derecho, llegó a ese clímax, que andaba buscando desde hacía un buen rato. 

“Padre, Vd. me ha escudriñado bastante bien, con su amplia batería de preguntas. He tratado de dar respuesta a la mayoría de sus interrogantes, algunos rayando la impertinencia. Pero ahora, si me permite, quiero ser yo, con su benevolencia y comprensión, hacerle alguna pregunta. ¿Vds. Los curas, ¿cómo llegan a soportar lo del celibato?, ¿cómo pueden aguantar la tentación y la necesidad corporal del sexo?  ¿No comprenden que esa limitación orgánica va contra natura e incluso puede ser lesiva para la salud?”

Al cura Carmelo estaba a punto de darle un “soponcio”. Los colores de su rostro parecían los de un arco iris revolucionado, sudaba a destajo y los ojos, que por cierto eran algo saltones, difícilmente podían disimular la ira que encerraba detrás de sus dilatadas pupilas. El clérigo se sentía profundamente ofendido.

“¡Joven Mario, eres un desgraciado “hereje” y vas camino de la condenación eterna, junto a Lucifer entre las llamas del infierno! ¡Si por mi fuera, mandaría enclaustrarte en un monasterio en donde te metieran en cintura! ¡Tu insolente irrespetuosidad te lleva a ser un alma en poder del diablo!”

“Padre, yo he conocido curas jóvenes de mentalidad mucho más abierta que la suya. Para todos los aspectos de la vida. Me temo que Vd. por su edad, pertenece al clero más rancio y trasnochado, intolerante y obsesivo de la curia. Todo lo reducen al recurso “teatral” del “demonio” y al “fuego eterno” Su añejo mensaje ya no sirve para esta época que nos ha correspondido vivir, con modernos cambios sociales y de mentalidad, que la mayoría apetecemos y por los que luchamos”.

Entonces, ante el asombro de  muchos viajeros, que seguían el peculiar dialogo de los viajeros 16 y 17, e incluso del propio conductor que no hacía más que mirar por el espejo retrovisor interior la escena entre el cura y el muchacho, el Padre Carmelo se puso de pie y elevando los brazos hacia el cielo  comenzó a entonar una oración o jaculatoria en canto gregoriano, en la que repetía, en castellano, una estrofa, ¡Padre salvador, perdona en tu misericordia a este inconsciente pecador, alma perdida en las garras del demonio! El choteo de Mario y otros estudiantes que viajaban en el vehículo fue in crescendo, entre risas, comentarios e incluso fotos al cura de pie, al que se le había soltado la tirilla blanca del alzacuello, cantando las santas pláticas de S. Gregorio.

El conductor de la Alsina, Celestino, miembro de la todavía ilegal CC. OO, contemplando la situación, dio un vozarrón que se escuchó hasta por los ventanales exteriores del vehículo.

“Páter, siéntese en su puesto y cállese con sus cantos, que como lo vea la Guardia Civil no van a poner una buena multa. Deje sus plegarias para el púlpito. Dentro del autobús la autoridad me pertenece. Así que ¡silencio!”. Así lo hizo el P. Carmelo, poniendo su cabeza entre sus manos, tapándose la cara del sofoco. Todo ello entre el silencio y murmullo general de los viajeros. No articuló palabra alguna en todo el resto del viaje.

Entrando ya en la estación malagueña de calle Cuarteles, Mario se puso de pie y como despedida le dijo al abrumado clérigo:

“DIOS LE GUARDE, P. CARMELO. PODRÍA HABER SIDO UN PLACER”.

“Y A TI, EL BUEN DIOS TE SALVE DE TU ERRÓNEO CAMINO, DESORDENADO Y PECAMINOSO HACIA EL INFIERNO”.

Entonces Mario le ofreció su mano, sonriente, pero el cura le hizo una señal para que se quitara de delante

Ya en Málaga y en su casa, Mario pensaba que la experiencia vivida durante esa tarde la recordaría durante mucho tiempo en su vida. Cenando con sus padres, hizo algunos comentarios acerca del compañero sacerdote, carca, carroza, ultra y fanático, que le había tocado en suerte, durante este viaje para la Semana Santa.  

 

SEMANAS DESPUÉS y ya en Granada, para afrontar el tercer y último trimestre del curso, Mario paseaba una tarde, a fin de aligerar su mente tras varias horas seguidas de estudio ante los apuntes. Desde su residencia, en el Colegio Mayor Santiago, fue paseando hasta la Plaza de la Trinidad, enfiló la comercial y casi siempre poblada calle Mesones, desembocando en Puerta Real. Desde allí su propósito era avanzar hacia la Acera del Darro, hasta llegar hasta los jardines del Paseo del Salón y desde allí acompañar la trayectoria del Genil, a su paso por la ciudad, ahora con abundante caudal tras el comienzo del deshielo, desde Sierra Nevada. Antes de continuar, se detuvo unos minutos en el TEATRO ISABEL LA CATÓLICA, para echar una ojeada a la programación de las próximas semanas, por si había algo interesante a cuya representación o proyección poder asistir.

Observó en la atrayente cartelera, una obra que iba a ser representada en un par de semanas. Se titulaba DIÁLOGOS DE SACRISTÍA. Repasó los intérpretes de esta obra teatral y entre sus principales protagonistas aparecía un nombre que no le “sonaba” en el mundillo escénico: EZEQUIEL PEÑALVA. En el cartelón anunciador, aparecían seis fotografías de los intérpretes principales. Al detener su mirada en el primero de ellos, casi se le corta la respiración. El impacto fue tremendo. No cabía duda alguna. El actor Ezequiel Peñalva era …. ¡el P. Carmelo del Espíritu Santo! Precisamente aparecía en la foto con el mismo cleriman que llevaba en el viaje de la Alsina Graells y cuya aventura como compañero de asiento en modo alguno había olvidado. Permaneció largos minutos delante del expositor teatral. Se prometió volver al día siguiente con su cámara fotográfica para obtener una buena toma del “farsante” que se había hecho pasar por sacerdote, en ese viaje cuaresmal entre la ciudad de los Cármenes y la Málaga marinera. Se prometió asistir a una de las representaciones, a cuya finalización esperaría en la puerta de la salida de actores, al viajero del asiento 17. –

 

EL VIAJERO

DEL ASIENTO 17

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 09 agosto 2024

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jueves, 1 de agosto de 2024

GLORIA Y TIERRA

Es una ley que, por más que repetida, los humanos somos tozudos en no querer aprender ni aplicar. Y no es complicada su comprensión, ni difícil su adaptación a la realidad individual de cada persona. Pero son muchos a quienes les agrada vivir de espaldas a esa evidencia, lo que en su largo caminar les genera decepciones, frustraciones y sentimientos dolorosos. Definamos, al fin, esa ley para los humanos desde una forma metafórica:  después de mucho “subir”, lo más probable es que hay que “bajar”. En la juventud nos mantenemos erguidos, pero al tiempo nos alcanza la madurez y después la decadencia, que algunos denominan vejez. Entonces esa verticalidad ósea se ha tornado en una curva, cada vez más pronunciada, a lo largo de nuestra columna vertebral.  A los tiempos de arrogante soberbia, siguen las horas amargas de la inevitable humildad. A partir de estas digresiones, abordemos de plano la narración de nuestra próxima historia.

GERMÁN Gonzaga Llerena, desde su infancia siempre aficionado a los libros y al disfrute de la cultura, había finalizado su grado o licenciatura de Historia, en la facultad de Filosofía y Letras malacitana. Tras ese trascendental período en su vida, que fue su paso por el Campus de Teatinos de la UMA, con 23 años se enfrentaba a la dura realidad de unas opciones laborales que no eran muy numerosas. Tenía novia desde hacía unos años y su lógico deseo era poder formar una familia. VERÓNICA, su pareja, gozaba de trabajo “estable” en una gran cadena comercial de establecimientos dedicados a los productos para el cuidado corporal de la belleza. Germán, con el incentivo de convivir con la persona que amaba, quería y necesitaba, recorrió prácticamente la totalidad de centros educativos de titularidad privada de la capital y también muchos del área provincial. En la mayoría de estas empresas dedicadas a la educación, recibía buenas palabras, aceptación de su currículo y esa promesa amable de que “estudiarían “ su opción, para cuando hubiese alguna vacante en la plantilla de profesores o maestros.

Contactó con algunos compañeros amigos de la facultad, que llevaban tiempo preparando oposiciones. Le explicaron que el camino a recorrer era bastante duro y sacrificado. En las convocatorias anuales para la especialidad de Historia, no se ofertaban muchas plazas y en las mismas tenían clara ventaja aquéllos que ya estaban “en las listas” de profesores interinos, habiendo hecho sustituciones de compañeros titulares más o menos largas en el tiempo.

También sopesó la posibilidad de optar por alguna plaza de auxiliar de archivos y bibliotecas públicas o privadas, pero también aquí la situación era bastante “cerrada”, pues apenas había “huecos” y los concursos de méritos para la contratación eran en sumo espaciados y cerrados en ocasiones o preferentes para la promoción interna.

Así que, después de pasar meses dando vaivenes, siempre con resultados desalentadores, Vero le hizo esa sugerencia, que ya la había escuchado en boca de sus padres. “¿No has pensados en buscar “algo” aunque sea de forma provisional, en sectores ajenos a la enseñanza o vinculados con tu especialidad?” Germán tampoco era ajeno de que su expediente era más bien “normalito”, por lo que sus posibilidades de intentar quedarse en algún departamento de la facultad de letras eran también bastante improbables o remotas.

Las hojas del almanaque iban cayendo y esa anhelada boda se iba retrasando por razones obvias, siempre de naturaleza económica. Así que una mañana se levantó dispuesto a romper con esa desesperante inercia. Tras el desayuno, se echó a la calle dispuesto a poner en práctica lo que había estado “barruntando” en una noche de intermitentes insomnios. Como se veía con buen porte y fluida capacidad de palabra, intentó probar suerte en el ámbito comercial. A este fin, eligió el sector de grandes almacenes, en el que pensaba le sería más fácil luchar por un puesto de trabajo, dada la variedad y versatilidad de las ventas. Reflexionaba, con fundamento, que su novia Verónica, con un módulo de auxiliar administrativo en FP, había encontrado un “prometedor” acomodo laboral en esa prestigiosa cadena de establecimientos para el cuidado estético del cuerpo.

Hipermercados, supermercados, grandes almacenes, librerías, centros culturales, espectáculos de cualquier índole, oficinas, gestorías, etc. recibieron en un par de días los currículos de Germán, quien también iba “matando” el tiempo” perfeccionando el inglés, aunque probaba igual suerte con el alemán, idioma muy prometedor para los tiempos actuales.

En ocasiones la suerte se muestra generosa. Un día venturoso de septiembre, ya avanzando hacia los 26 años, recibió una llamada telefónica procedente del departamento de recursos humanos de unos muy conocidos y prestigiosos grandes almacenes, con sede en casi todas las provincias españolas y en algunas localidades de notable densidad poblacional. Y en esa esperanzadora entrevista, fue la primera vez que conoció a un personaje al que nunca iba a poder olvidar: don LEÓNIDAS Callejón Fonseca (53) “temible” jefe de personal de los afamados almacenes. De porte “teatralmente” elegante, con ese medio siglo de vida muy bien llevado, cabello primorosamente teñido y peinado con un marrón suave que le rejuvenecía, incisivos ojos azules, barbilla o mentón pronunciado, traje gris cortado y hecho a medida, camisa bordada blanca, portando en lugar de la cotidiana corbata una coqueta pajarita en el cuello, dándole un porte de cualificada intelectualidad, como si perteneciera al cuerpo diplomático. Calzaba unos bien lustrados zapatos negros tipo charol (con alzas evidentes, que incrementaban en unos cm la figura de la principal autoridad laboral). Excesivamente gesticulante en sus manos, que estaban primorosamente cuidadas por una experta manicura, parecía un “trilero” de alta cualificación. Expresión permanente de carácter imperativo, que reflejaba e imponía unas formas arrogantes y soberbias de carácter que en modo alguno trataba o recataba de disimular.

Más que una entrevista de carácter laboral, aquellos 25 m. de contacto tuvieron el carácter de un interrogatorio. Sólo faltaba el foco policial de intensa luz blanca, que vemos en las pantallas de cine clásico. El escénico ambiente generaba una acción despectiva del superior, humillando sin misericordia ni cortapisas al pobre solicitante de un puesto laboral para trabajar en la “gran marca”.

48 horas después, Germán recibió una comunicación electrónica en la que se le comunicaba que iba a ocupar una plaza de sustitución temporal por embarazo de una dependienta en el departamento de librería, dado su currículo al efecto. El contrato quedaba fijado en tres meses prorrogables. Plenamente feliz por la positiva comunicación, fue muy puntual el lunes siguiente, a las 8 en punto de la mañana, en las dependencias del gran centro comercial., Allí recibió las indicaciones básicas, proporcionadas por el compañero Julián, de manera especial acerca del sistema de cobro informático y el uso de las tarjetas del centro. Rodeado de libros, su felicidad era manifiesta. Desde el primer momento se dispuso a ordenar volúmenes en sus estantes correspondientes, aclarando las dudas que planteaban los clientes, consultando determinadas obras en las páginas web de las diferentes editoriales y encargándose de gestionar las peticiones de los libros que no estaban disponibles en el stock bibliográfico de su departamento.

Cada día, en horas variadas, aparecía la temida figura “majestuosa, imperativa y ejecutiva” de don Leónidas, que fiscalizaba los más pequeños detalles y asuntos. Cuando el jefe de personal observaba algún posible fallo en su opinión, la bronca era “sonada”. En realidad, cuando don Leónidas pasaba por delante de los dependientes, éstos prácticamente “se cuadraban” como si pasara un teniente general del ejército, revistando a sus disciplinadas tropas. Sólo les faltaba hacer patente el saludo castrense, ante el superior que tiene el mando de la tropa.  

Germán siempre cuidaba de ir bien enchaquetado y con corbata “por lo que pudiera pasar”. En este punto un día y de forma inesperada don Leónidas se dirigió a él con la displicencia que le caracterizaba.

“Mire Vd. Gonzaga, vaya con presteza al departamento de ropa masculina y pida que le presten una corbata como dios manda, pues con la que se ha opuesto va haciendo el ridículo, mostrando el mal gusto en la elección. No olvide que, en modo alguno, puede degradar el prestigio de la marca para la que trabaja y le paga el sueldo mensual”.

Se sintió muy “pequeñito” ante la grandeza de quien le hablaba u ordenaba. No se le pasó por la mente hacer objeción alguna, porque el sentido imperativo del Sr, Callejón Fonseca era de tal calibre que daba miedo fijar la mirada en sus ojos azulados y saltones, por lo que pudiera pasar. Él era un pobre empleado, eventual. Tocaba callar y obedecer. Tras la descortés reprimenda, Leónidas se giró y “taconeando” en el parquet beige del suelo, a modo de un oficial de la SS germana, abandonó la sección de librería.

En una nueva y desagradable ocasión, otro comportamiento “amable” del jefe de personal: “Gonzaga, tome una bayeta y limpie el bloque de manuales del premio Planeta del escaparate. Algunos “lucen” el polvo del descuido. Esos penosos detalles de suciedad no hablan de su interés por ofertar productos limpios y bien presentados”.

En todas estas ocasiones, Germán (y también el resto de los empleados) sólo acertaban a decir “sí, señor, don Leónidas. De inmediato reparo este error”. Al menos, Germán tuvo la satisfacción de ver renovado su contrato, ahora por un período de seis meses, ya que las bajas en estos centros comerciales de numerosos dependientes son muy frecuentes. Y así, el titulado en Historia fue sumando meses, hasta llegar al primer año y medio de comercial. Ello le fue facilitando que se animase a ir buscando un buen alquiler, para celebrar, en su momento, la boda con su amada Leonor. Decidieron emparejar sus vidas, antes de pasar por vicarías y registros civiles.

Pero cierto día, por cierto bien nublado en la meteorología, una mañana de septiembre, Germán, a punto de cumplir los veintisiete y ya viviendo en pareja con Verónica en un piso alquilado en el antiguo Camino de Antequera, zona Puerto de la Torre, estaba ordenando una mesa de ofertas, con obras biográficas de ilustres personajes símbolos de su tiempop. Escuchó una voz detrás suya, que reconoció de inmediato, con el consiguiente y habitual aceleramiento cardiaco cuando tenía cerca al Sr. Callejón Fonseca. “Gonzaga, pase por mi despacho a las 11 en punto. Tengo que hablar con Vd.”

Cuando Germán entró, tras pedir el subsiguiente permiso, en el despacho correspondiente al jefe de personal, don Leónidas estaba sentado detrás de su mesa. No hizo ademán alguno de levantarse ni de ofrecerle el saludo de mano. Tampoco había silla delante de la mesa del jefe, por lo que el empleado tuvo que permanecer de pie.

“Tengo que comunicarle que, a partir de mañana, va a dejar de prestar servicio en la sección de librería, por necesidades de servicio. Mariola puede llevarlo perfectamente sola. Vd. va a pasar, a partir de mañana miércoles, a la sección de bebés.”

En esta ocasión, Germán no pudo mantenerse más en silencio o responderle con el habitual “Sí señor, don Leónidas, lo que Vd. mande”. Se sentía profundamente indignado de que se le apartarse de un departamento que, por su formación académica, era el más idóneo para prestar un adecuado servicio.

“Perdone, don Leónidas. Llevo casi tres años prestando, en mi opinión, un buen servicio en el departamento de librería, que concuerda perfectamente con mi formación. Los clientes creo que salen satisfechos cuando se les atiende en sus peticiones. Comprenda que yo de ropa infantil y de bebé no entiendo casi nada. De hecho, aún no tengo descendencia en la unión que mantengo con mi pareja. Le rogaría que me mantuviera en la sección de librería”.

Los azulados y saltones ojos del jefe de personal se transformaron cromáticamente en rojos de furia. La palomita, hoy violácea, se le soltó, dado el nivel de adrenalina que le subía por el rostro.

“¡Cómo se atreve a discutir la orden de un superior! ¡Es Vd. un joven irresponsable! ¡Mañana lo quiero ver en infantil y si le escucho la más mínima objeción, ahí tiene la puerta de la calle!”

“Sólo le he rogado que reconsiderara su decisión” “Vd. no es nadie para indicarme lo que yo tengo que reconsiderar. Es Vd. un dependiente insolente” (El jefe de personal no hablaba, gritaba a cara destemplada).

En esta tesitura, Germán no pudo aguantar más. “Pues, buenas tardes, Sr. jefe de personal. Quédese con su empleo y con sus muy desafortunados e impropios modales”. De esta valiente y digna forma, dio media vuelta y abandonó el despacho del arrogante y autoritario Leónidas, Callejón Fonseca. Sólo escuchó unas voces estentóreas de ¡Está Vd. despedido!

 

Han pasado los años, algo más de tres lustros. Germán Gonzaga en la actualidad imparte clase para alumnos adultos, en un centro de actividades múltiples, dependiente del Ayuntamiento malacitano, adscrito al departamento de cultura. También colabora en la organización de eventos y ciclos culturales, en la red de bibliotecas públicas de la ciudad. Con 43 años entiende que aún es joven para seguir emprendiendo objetivos que concuerden con su amor a la cultura y su socialización entre la ciudadanía. Vive sólo, pues hace años Verónica y él comprendieron que en su relación había más de amistad, que de vínculo matrimonial. Mantiene buenas amistades e incluso relaciones temporales de convivencia, pero sin someterse a las “ataduras” de una unión estable o prolongada.

Un lunes de julio, Germán viajaba en el bus municipal nº 11, camino de la barriada de El Palo, cuando iba a vivir una inesperada e inolvidable experiencia. En la parada de la Alameda sur, recogiendo a un número elevado de viajeros (eran las 10.15) observó que el último en subir, al gran bus articulado, era un anciano, caminando con manifiesta lentitud, que ofrecía evidentes muestras de decrepitud en su organismo. El interior del vehículo iba bien densificado de viajeros. Los asientos para personas con alguna discapacidad o de edad avanzada estaban ya ocupados. Entonces Germán, que iba sentado desde Teatinos en donde residía, se levantó para cederle su asiento. Cuando el anciano bastante encorvado levantó su cabeza, para agradecerle el gesto, el gestor cultural y maestro tuvo alguna dificultad para reconocer en aquella persona muy castigada por el paso del tiempo a quien menos podía imaginar: ¡Leónidas Callejón!

Su aspecto era verdaderamente lamentable, tanto en su modesta vestimenta como en la apariencia física: se había dejado una poblada barba blanca, sufriendo al tiempo una avanzada calvicie. Las bolsas debajo de sus ojos eran muy pronunciadas. Su mirada era triste y no podía evitar el temblor en ambas manos. Germán evitó mirarlo con fijeza, temiendo que lo reconociera y así no producirle el sufrimiento del bochorno en su lamentable decrepitud. Casi dieciséis años habían pasado por aquel erguido, arrogante, engreído, presumido, altanero y temido jefe de personal. Ahora era un anciano hundido en las “miserias” físicas  de la avanzada edad. Hace años, su presencia generaba miedo. Ahora, sólo inspiraba lástima.

Llegando a la parada de la barriada de Pedregalejo, Germán tenía que apearse, a fin de resolver unos asuntos culturales en la junta de distrito municipal. Cuando se dirigía hacía una de las puertas de salida, pasó al lado del anciano “don Leónidas”. Este anciano viajero, levantó bien la cabeza y con un rostro profundamente entristecido miró al flamante funcionario municipal. Entonces Germán escuchó su voz, muy diferente de la intensa e imperativa acústica que en otros tiempos esa persona solía utilizar: “GRACIAS, GERMÁN”. Hizo como si no lo hubiera escuchado, bajándose del vehículo. Pero ya desde la acera, se sintió impulsado a volver la cabeza, observando que don Leónidas lo miraba con fijeza. Se volvió de nuevo hacia la dirección de la acera a recorrer, caminando pensativo acerca de la dura experiencia que acababa de vivir.

En distintos momentos de ese y otros días, Germán reflexionó acerca de cómo el discurrir del tiempo y el destino se encargan de “bajar” a muchas personas, del “Paraíso” a la Tierra, de la Gloria a infeliz realidad. Tras nuestro injusto comportamiento, henchido de soberbia, arrogancia, injusticia, desprecio y humillación hacia los demás, llega una etapa “justiciera” que te obliga a pagar esa estúpida maldad que has aplicado en tiempos limitados de “vacas gordas”. Leónidas Callejón lo era “todo”. Pero ahora su presencia solo generaba el sentimiento de una profunda lástima. –

 

GLORIA Y TIERRA

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 02 agosto 2024

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