viernes, 11 de octubre de 2019

CIELOS DE TORMENTA, EN LA CASTILLA PROFUNDA.


Un joven malagueño licenciado en medicina se está preparando con tenacidad en el estudio, pues quiere presentarse a las exigentes pruebas del M.I.R (médico interno residente) que se desarrollarán en el transcurso del año próximo. Desde hace ya tres meses, viene asistiendo diariamente a las clases teórico-prácticas que dirige un afamado “preparador de oposiciones” en la ciudad asturiana de Oviedo. Dicho especialista, a pesar del elevado coste mensual que supone el intenso entrenamiento que realiza, está avalado por los excelentes resultados que obtienen sus alumnos (hasta un 82 % de aprobados, en la última convocatoria) esfuerzo económico al que hay que unir la propia estancia en una pensión y el mantenimiento alimenticio en una localidad bien alejada de la capital malacitana.

Eran ya inminentes las fechas navideñas, por lo que Ramio Lence Marial decidió volver a su ciudad natal, a fin de celebrar junto a su familia estos entrañables eventos de Pascua. A tal fin preparó su “sufrido” utilitario, un modesto coche Citröen 2 CV de segunda mano, que pudo comprarse con gran esfuerzo para su disponibilidad económica. Se trataba de un vehículo muy bien cuidado y con excelentes servicios en el kilometraje recorrido, durante los 16 años de rodadura que ya acumulaba en su prolongado historial. Aquellos años 70, de la centuria pasada, eran tiempos en que los aparatos GPS apenas estaban comenzando en su difusión, por lo que los conductores tenían que utilizar necesariamente para su desplazamiento los mapas de carreteras, junto a la señalización física vertical  que visualmente podían controlar en las arterias para el tráfico viario. Así lo hizo este joven opositor, partiendo muy de mañana desde el domicilio de la pensión en que residía (habitación con derecho a cocina y aseos) ubicado en la calle de las Tenderinas, con dirección sur peninsular, a la añorada casa de sus padres.

Después de “devorar” muchos kilómetros, durante la mañana del 21 de diciembre, Ramio llegó un tanto cansado a Palencia. Allí hizo un frugal almuerzo en un vetusto, pero no excesivamente caro, restaurante de carretera, reposando después un buen rato durante la sobremesa a fin de no dormirse peligrosamente con las manos al volante. El cielo estaba en su totalidad “encapotado” al norte del territorio español, aunque todavía sus limpiaparabrisas no habían tenido de arrastrar gota alguna de agua sobre el cristal delantero de su coche. Se detuvo unos minutos para echar gasolina, hasta llenar el limitado depósito del utilitario en una estación de servicio de la Campsa. El operario que dispensó el combustible le advirtió que sopesara la posibilidad de no continuar el viaje, pues el servicio meteorológico estaba anunciando una tromba de tormenta y lluvia para el resto de la jornada. Aunque agradeció el buen consejo que le estaban dando, prefirió continuar su camino. El cielo estaba bastante plomizo y oscurecido, aunque todavía no había llovido ni se escuchaban tormentas o aparato eléctrico a una media distancia. Eso sí, había una “calma tensa” en la atmósfera, situación  que suele anteceder a la descarga de intensos aguaceros, con mayor o menor intensidad en el aparato eléctrico subsiguiente. 

No habían transcurrido más de 15 minutos, desde su paso por la gasolinera palentina, cuando desde ese cielo cada vez más ennegrecido comenzó a descargar el previsto y denso aguacero. La tormenta fue aumentando en intensidad y riesgo de manera acelerada, debido a esas inquietantes chispas eléctricas que tronaban y que dejaban el firmamento cromatizado de color blanco por los espectaculares resplandores de rayos y relámpagos. Era de tal calibre la “nube o manta de agua” que caía por la zona, que apenas se podía ver casi nada a unos metros de distancia.  Paradójicamente el continuo relampaguear del cielo “ayudaba” a visionar algo de las líneas blancas trazadas sobre el asfalto de la carretera provincial, por la que circulaba nuestro aguerrido conductor. El voluntarioso utilitario de Ramio no se cruzaba con otros coches, circulando por una carreterita cada vez más estrecha y sinuosa, probablemente porque en algún momento Ramio había tomado alguna dirección errada y la grave inestabilidad de la tarde había aconsejado desistir de la circulación a otros más prudentes conductores.

Ese “diluvio” de agua y granizos que estaba cayendo y el progresivo oscurecer a poco más de las seis de la tarde, hacía verdaderamente inviable distinguir con un mínimo de seguridad la dirección correcta a tomar. Especialmente en los cruces o bifurcaciones de caminos, cuya señalización era además muy deficiente por estas pequeñas y vacías carreteritas locales de la “Castilla profunda” abiertas a la imaginación de los misterios y los porqués.

Era natural que Ramio sintiera una mezcla de preocupación, dudas e incluso miedo, ante la experiencia que estaba protagonizando. Su primer objetivo, en estos no fáciles momentos, era llegar a algún núcleo poblacional o vivienda diseminada, en donde dejar pasar la tormenta y descansar durante la inminente noche, hasta que en la mañana siguiente pudiera reemprender el camino (siempre que el estado del tiempo mejorase). En esas peligrosas circunstancias la seguridad personal era perentoria, pues el modesto 2CV hacía lo que podía pero desde luego no era el vehículo más idóneo para realizar un desplazamiento con el complicado estado que ofrecía la atmósfera. El techo de su Citröen beige era una muy gastada capota de lona plastificada que por algunas rendijas dejaba pasar gruesos goterones que añadían más frío, humedad y suspense al “peligroso” viaje de vuelta a casa.

Ya sobre las 20 horas la plomiza y tormentosa oscuridad se había enseñoreado totalmente del paisaje, haciendo muy patético el avance del “bien intencionado” pero “débil” vehículo utilizado para el trayecto. Miraba y buscaba, pero no encontraba, núcleo habitado alguno donde poder detenerse y cobijarse. Sólo arbolado, grandes masas vegetales y algunas pequeñas colinas eran semivisibles y eso gracias a los dos faros delanteros del coche que aportaban algo de luz a la pantalla vegetal circundante. El “telón hídrico” por supuesto provocaba una peculiar percusión sobre la capota y el capot delantero del utilitario. Pensaba su ansiado conductor que la humedad relativa exterior no se alejara﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ 40 kms por hora.  de "crucero" que no superarconductor que la humedad relativa exterior no se alejars del coche que aía en mucho del 100% mientras avanzaba a una velocidad de "crucero" que no superaría los 30 o 40 km. por hora.

Al salir de una curva bastante cerrada, las ruedas derraparon por el barro acumulado en la zona y el agua-planing que se había formado sobre un firme muy deteriorado. Cada vez estaba más convencido de que se había equivocado de camino, pues la carreterita por la que con dificultad circulaba (a tenor de su cada vez más reducida anchura) se había convertido en un camino o vía local. Sin embargo esa parada o frenada tuvo sus frutos, pues permitió que Ramio avistara a lo lejos algo de luz. Sin dudarlo un momento se dirigió con la mayor presteza que podía hacia ese foco “mortecinamente” luminoso, con el ansiado ánimo de encontrar alguna vivienda habitada en donde poder detenerse, pues las condiciones de marcha eran, de forma evidente, peligrosamente arriesgadas. Tomando una línea vertical hacia la zona desde donde provenía esa pálida luz, tardó unos 10-12 minutos en acercarse a la misma circulando por un suelo enfangado y horadado de baches.

La luz “somnolienta” provenía de un farol colgado encima de la puerta de un gran caserón, construido en madera y piedra, que sobre la planta basal sumaba otra, cubierta por una enlazado de tejas a dos aguas que dejaba bajo la zona más triangular de la techumbre una buhardilla, todo ello en función de las ventanas que aparecían en la muy descuidada fachada. Tras detener la conducción, Ramio dio una rápida carrera hasta llegar al zaguán de la entrada, porque la lluvia seguía cayendo con intensidad y en esos escasos segundos no pudo evitar de empapar su cuerpo y abrigo. Golpeó con los nudillos de la mano sobre la recia puerta de madera, pero nadie respondía.  Al fin escuchó algún movimiento desde el interior, lentas pisadas que se aproximaban a la puerta. Una vez abierta, ante él apareció un hombre de robusta fortaleza, que rondaría el medio siglo de vida. Su denso cabello (le cubría incluso parte de la frente) era de color negro, al igual que el iris de sus ojos resguardados por dos poderosas cejas, nariz algo aguileña y un muy descuidado bigote. Dos grandes orejas completaban la arquitectura facial. A esas avanzadas horas del día, su rostro mostraba una incipiente barba, como de no haberse rasurado la cara en el espacio de un día o más.

“Buenas noches. Mi nombre es Ramio y le ruego me perdone por molestarle en estas horas de descanso. Sé que por estas tierras castellanas, los vecinos suelen irse pronto a la cama. Llevo conduciendo ya varias horas, dirigiéndome hacia el sur, exactamente a Málaga, en donde viven mis padres. Pero me temo que he perdido la ruta, con estas extremas condiciones atmosféricas que estamos soportando. Ir por la carretera, con lo que está cayendo, es verdaderamente peligroso y asusta. Le confieso que no sé exactamente donde me hallo. No me atrevo a seguir al volante, pues se me ha echado la noche encima y la tormenta arrecia. Si me permitiera descansar aquí algunas horas, se lo agradecería en el alma. Por supuesto, me indica lo que tengo que pagarle por esta hospitalidad. O en todo caso, le rogaría me indicara por favor si por aquí cerca hay algún hostal o motel en donde me pueda resguardar”.

El fornido propietario del caserón, parecía ser un agricultor, leñador o criador de animales. Tras un rictus de duda inicial, hizo una señal al joven para que entrara en la vivienda. Desde luego era persona de no muy abundantes palabras, de arraigada austeridad comunicativa y que en ocasiones utilizaba la mímica de sus manos.

“Joven, en varios km. a la redonda no vas a encontrar vivienda alguna. Has tenido mucha suerte. Moverse con ese “buen trasto” en medio de la tormenta supone jugarse el pellejo. La carretera comarcal está a una hora de carro. Bueno, no te vamos a dejar en la estacada, aunque estábamos acostados desde hacía un rato. Tendrás hambre y estás empapado. Mi mujer Alfonsa te calentará unas gachas que sobraron anoche. No te faltará una hogaza de pan con cecina de vaca. Y un buen vaso de vino te quitará ese frio que te está haciendo temblar el esqueleto. Acércate al fuego, que aún quedan rescoldos para templar la casa. Pondré algún leño más”.

Clamio mostraba ser buena gente, con la austeridad propia del castellano, pero ofreciendo una generosa hospitalidad al inesperado viajero que había llamado a su puerta. A los pocos segundos entró su mujer en la gran habitación de la chimenea, acomodándose la toquilla gris perla que llevaba sobre los hombros, acompañada de una chica joven, que no llegaría a los treinta años y que tenía por nombre Lena. Sin duda era la hija del matrimonio. Era también morena, pero con los ojos celestes. Ramio se fijó de inmediato en las manos tan desarrolladas y mal cuidadas de esta chica. Dedujo que estaría habituada a desarrollar un exigente trabajo agropecuario, desde su adolescencia o incluso desde la niñez. Mientras Alfonsa le calentaba algo de alimento, Lena ponía un tapete sobre la mesa, sin quitarle los ojos de encima a ese apuesto y mojado muchacho que había llegado a su casa. Parecía que esta familia de campesinos estaba compuesta por tres personas, pero había un cuarto miembro. Era un niño pequeño, que aún no llegaría a los cinco o seis años de edad y que se ocultaba con cara asustada tras los barrotes de la escalera que subía al piso de los dormitorios. Cuando al fin superó su vergüenza inicial y entró en el salón juntando su mano a la de su madre Lena, Clamio lo presentó como Defín, su único nieto.

Pasaban algunos minutos de las 22 horas cuando el opositor Ramio, una vez que templó su cuerpo y secó junto al fuego del hogar las prendas mojadas que llevaba, comenzó a dar buena cuenta de las gachas y otros alimentos que le había servido Alfonsa, ante la mirada seria pero tranquila de Clamio, que había encendido su pipa de tabaco y pacientemente “disfrutaba” de la misma. Lena había vuelto a acostar al pequeño Delfín y se sentó junto a los leños ardientes, observando todos los movimientos que hacía el hambriento invitado. Un vaso de leche caliente fue el postre que puso colofón a una estupenda cena, en palabras agradecidas del satisfecho comensal. De inmediato, Alfonsa dispuso unas mantas y cojines, habilitando un destartalado sofá como lecho, en el que iba a pasar la noche un cada vez más cansado Ramio. En pocos minutos, el matrimonio y su hija dieron las buenas noches y el joven, cada vez más adormilado por la cena y el calor de los leños, alcanzó ese sueño reparador que tanto necesitaba.

No sabría concretar la hora de la madrugada en que se despertó sobresaltado. Dudaba, totalmente somnoliento si era un sueño o realidad. Lo cierto es que una mano le había movido su hombro, rompiendo la continuidad onírica de su descanso. Fuera del caserón continuaba el tronar y los juegos de luces de una noche tempestuosa, pero al lado de su improvisado camastro estaba la figura de Lena, sentada en un taburete y abrigada con una bata de franela a cuadros. Quien le había despertado, moviéndole su hombro, ahora le hacía una señal, llevándose el dedo índice a su boca para pedirle que no hablara en voz alta y despertara a los otros miembros de la familia.

“¿Ocurre algo, Lena? Me has despertado en pleno sueño. Debes de tener una motivación importante para hacerlo ¿Qué es lo que me quieres decir, chiquilla?”

En voz baja y recuperándose del susto inicial, Ramio trataba de razonar qué estaba haciendo junto a él aquella joven, para despertarle a las 4:25 de la madrugada (ahora ya había mirado su reloj de pulsera, a fin de concretar la hora que marcaba). Los leños aún estaban incandescentes y ello le permitía ver los cambios de rostro que hacía Lena, en los que mezclaba las sonrisas con los rictus de seriedad y un perceptible temor. Al fin y en voz baja, para evitar despertar a sus familiares que estarían sumidos en un profundo sueño, se atrevió a explicar el motivo de su extraña o insólita actitud.

“Sr. Ramiro, por estos parajes no pasa casi nadie. Vivimos como aislados, en medio de esta zona boscosa. Nos autoabastecemos con lo que podemos criar y plantar. Yo quiero salir de esta forma de prisión, a que nos tiene sometidos Clamio. Necesito huir de aquí, llevándome a mi hijo. Antes de que amanezca y se despierten, podemos alejarnos en tu coche. Yo te enseñaría caminos para poder llegar pronto a la carretera. Una vez a salvos, mi padre no nos perseguirá, pues él bien sabe que tengo pruebas de su acción continuamente vergonzosa sobre mi persona. Es un depravado. Eso no se le hace a una hija. Delfín es mi hijo y quiero alejarlo de una malvada persona que no es su abuelo, sino su padre”.

En ese preciso momento rompió a llorar, poniendo su descuidada cabeza entre sus rudas y grandes manos.

Profundamente confundido en un mar de desconcierto, por todas las revelaciones que le estaba transmitiendo la desgraciada muchacha, Ramio trató de poner un poco en orden sus ideas.

“Lena, aunque eres mayor de edad, por lo que me estás contando, cuya gravedad es indudable, no me atrevo a pensar cuál sería la reacción de tu padre si decidieras venirte conmigo y huir de esta prisión a la que me dices te tiene sometida. La prudencia aconseja que cuando amanezca, confiemos en que el tiempo ya haya mejorado, prosiga yo mi camino y en el primer pueblo o localidad que encuentre, ponga en conocimiento de la Guardia Civil la dura confidencia que acabas de hacerme y tu firme propósito de alejarte con tu hijo de la persona que te esclaviza y ensucia de una forma tan repugnante tu intimidad. Le daré a la guardia civil todos los datos que poseo y ellos actuarán en consecuencia. No debes tener miedo en declarar contra el hombre, por muy padre que sea, que se comporta de una forma tan deleznable e incestuosa contra su propia hija de sangre”.  

Ya en la mañana siguiente el cielo, aún densamente nublado, había frenado la lluvia y el aparato eléctrico que le acompañaba la tempestuosa tarde-noche anterior. Aunque no tenía mucho apetito, Ramio aceptó tomar como desayuno un vaso de leche y una loncha de pan con aceite que le ofreció Alfonsa. Repasó a su 2CV comprobó que no tenía daños importantes. Entonces se despidió del matrimonio, agradeciendo la hospitalidad recibida, poniendo en las manos de Clamio una pequeña compensación económica que éste no rehusó. Ni Lena ni Delfín estuvieron presentes en su “fría” despedida de unos seres tan extraños y misteriosos en su aislamiento.

Tras conducir durante casi cincuenta minutos, por una abigarrada zona de árboles que le había señalado el propietario del caserón, accedió al fin a la carretera nacional, por la que siguió su camino hacia el sur. Pocos minutos más tarde, atravesaba la vía principal de un pueblo calle denominado Gamonal de la Yegua. En una placita, para su suerte, vio un puesto de la Benemérita, en donde explicó a un miembro con uniforme de la misma la experiencia que había tenido durante la noche anterior. El cabo de la guardia civil, llamado Pitán, tomó todos los datos que le transmitía el joven licenciado en medicina, detalles necesarias para la mejor localización e investigación de ese caserón perdido y aislado en la Castilla profunda. Firmó la denuncia o declaración que había realizado y prosiguió su azaroso desplazamiento. Precisamente ese día era 22 de diciembre, sábado: la fecha del sorteo de la lotería anual de Navidad. ¿Habría en el futuro un poco de suerte, en el sorteo de la vida, para la tan desgraciada Lena?





CIELOS DE TORMENTA,
EN LA CASTILLA PROFUNDA



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
11 Octubre 2019



viernes, 4 de octubre de 2019

UN VERSÁTIL SERVICIO DE DINAMIZADOR O ACOMPAÑANTE CULTURAL.


La normalidad de una vida puede verse afectada, de la forma más imprevisible, por vientos de borrasca que alteran la plácida rutina familiar o laboral, provocando ese desosegado desconcierto que tanto y mal nos afecta. Lamentablemente no todas las personas saben o intentan enfrentarse a esos “tiempos nublados” que ocupan un incómodo lugar en nuestras modestas biografías. Por ello es bueno conocer esta historia que, en sus parámetros generales, puede ser de útil ejemplaridad para aquellos que se abruman, absurdamente, en tiempos de desilusión. Cierto es que no todos tenemos la suficiente capacidad de lucha necesaria para asimilar y actuar ante los contratiempos que nos sobrevienen, pero conocer un modelo de reacción siempre puede ser interesante como recurso a utilizar en circunstancias carenciales.

La rumorología siempre es una realidad patente en nuestra actividad cotidiana. En el caso de Abilio Oliver Baltanás, trabajador empleado en una entidad bancaria, esas preocupantes informaciones, rumores y comentarios no eran ajenos al quehacer contable que desarrollaba, tras una mesa de atención al público, durante los cinco días laborables de cada semana. Los datos inconexos que venían sobrevolando la atmósfera de la sucursal financiera se fueron paulatina y lamentablemente confirmando. Su marca bancaria se fusionaba (en realidad, era absorbida) con un poderoso grupo bancario, afectando al personal laboral un importante número de despidos, lógicamente indemnizados. Un numero importante de sucursales eran literalmente cerradas, afectando la reconversión al 40 % de la plantilla global.  Esos despidos incidían de manera imperativa en los mayores de 55 años, aunque aquéllos que superaban el medio siglo de vida también eran presionados para que negociaran su desvinculación laboral  voluntaria.

La antigüedad de Abilio en la empresa era amplia, pues ingresó en la misma con tan solo 24 años. Hacía unas semanas que había cumplido los 51, por lo que se planteó una profunda reflexión analizando cuál sería la mejor solución que debería adoptar. Si “resistía” (a pesar de las presiones e incentivos) en seguir trabajando,  hasta esa imperativa ruptura forzosa, las condiciones del despido (negociado con los sindicatos) iban a ser menos generosas  en cuanto a la indemnización que tuviera derecho a recibir. La triste realidad es que lo iban a poder de “patitas en la calle” y con una compensación notablemente menos de la que recibiría si aceptaba marcharse voluntariamente en ese momento. Sopesaba, con razonable sensatez que, aun con ímprobas dificultades, no sería lo mismo buscar un nuevo puesto de trabajo con 51 años que con 55.

Tras exponer serenamente la situación a su mujer Melania y a su única hija Minerva, de 17 años, tomó la muy difícil decisión de aceptar la oferta de la patronal bancaria, desvinculándose finalmente de la entidad de forma conciliada. De esa forma ponía fin a una relación laboral que había durado, de manera ininterrumpida casi tres décadas. No dudaba de que su postura era bastante arriesgada, pero entendía con razonable esperanza que sus conocimientos en el terreno contable constituían un importante aval a fin de poder acceder a un nuevo puesto de trabajo, a pesar de su edad un tanto avanzada. Desde luego que se sentía aún “joven” para no quedarse sentado en casa, perdiendo el tiempo, un día tras otro, sin salir a la lucha callejera para conseguir una nueva reubicación profesional. No olvidaba tampoco que Minerva estaba en puertas para iniciar su andadura universitaria. La joven quería matricularse en Madrid, pues quería cursar los grados de Ciencias Políticas y Ciencias de la Información. Ese desplazamiento residencial a la capital del Estado conllevaba una serie de importantes gastos mensuales, muy difíciles de sobrellevar para una persona en situación de paro (en realidad su puesto administrativo en la entidad no había conllevado un salario elevado,  como para poder afrontar un régimen de vida de cierto nivel, anejo a las exigencias universitarias de su hija). Todos esos elementos los había sopesado, una y otra vez, para afrontar con diligencia ese nuevo rumbo que pensaba dar a su vida.

En el carácter de este diplomado en Ciencias Empresariales arraigaba una muy positiva cualidad, cual era la del dinamismo y fe en su innata capacidad de reacción. Tras desvincularse de la empresa en la que había trabajado durante veintisiete años, consideraba  que no era persona que le apeteciera quedarse en casa cada día, sentado ante el monitor de televisión o distrayéndose con la navegación por las redes de Internet. Por el contrario le agradaba integrar la permanente actividad en su existencia, cualidad que había ya demostrado desde sus tiempos lejanos de escolaridad en secundaria y posteriormente en las aulas universitarias. Por consiguiente emprendió, sin dudarlo conceptualmente y a la mayor premura, la búsqueda de un nuevo puesto laboral, dentro de los perfiles formativos y de experiencia que su currículum avalaba. No era tarea fácil conseguirlo, habiendo cumplido ya el medio siglo de vida, pero rechazaba (a pesar de las puertas que a su pesar se le cerraban) quedar atrapado en la dinámica de la abulia, el desánimo, la rutina jubilatoria anticipada o, lo que era desde luego mucho más grave, la depresión anímica, patología que deteriorara gravemente su salud. 

Un vecino del bloque en el que residía, llamado Amadeo, una de esas personas amables y generosas con las que te relacionas bien en la vida, fue el que conociendo su situación de “despido” laboral, le dio una información que podía serle interesante, en orden a encontrar lo antes posible una actividad remunerada.

“Ya sé, Abilio, todo el asunto de tu banco. De verdad que lamento que os haya tenido que tocar “la china”. Te conozco y no eres persona de las que se cruzan de brazos, entre lamentos. Además, no debes confiarte con esa indemnización que habrán tenido que concederte. Pues, casi sin que te des cuenta, en poco tiempo desaparece, con todos los gastos que la vida a la que estamos habituados hoy nos exige. Mas pronto que tarde ves un día que el saldo de tu cuenta corriente se ha volatizado. Literalmente, compruebas con estupor que te has “comido” los ahorros sin apenas haberte dado cuenta. Por todo esto te voy a contar una interesante posibilidad, para que la estudies. Creo que das el perfil adecuado para la misma.

En mi agencia de viajes van a sacar un nuevo y curioso producto, servicio que ya se trabaja en otros muchos países extranjeros. Se trata de la figura profesional del ACOMPAÑANTE CULTURAL para actividades turísticas. En las próximas semanas, la empresa va a ir seleccionando a un conjunto de dinamizadores turísticos, que serán lógicamente retribuidos en función de los días de servicio que presten a los clientes que les sean asignados.  Se trata, en esta primera fase del programa, de ayudar a la persona que contrata el servicio para facilitarle una mejor gestión y más grata estancia en la ciudad. Una vez que llega hasta el aeropuerto o a la estación de ferrocarriles, se le tiene preparado un transporte adecuado que le traslade al hotel en el que va a residir. A partir de ahí y en cada uno de los días. Su acompañante, dinamizador turístico, le va a ir mostrando de manera personalizada lo más interesante de la ciudad o aquello que de manera expresa haya solicitado para disfrutar o resolver sus intereses, sean éstos monumentales, culinarios, deportivos, administrativos o de otra naturaleza.

Tu eres un hombre de cierta cultura y con solventes conocimientos, por lo que no vas a tener dificultad alguna para afrontar las ofertas o las necesidades que te planteen esos clientes que, obviamente, van a ser personas de un cierto nivel o solvencia económica. Te pagarán bien por los días trabajados, liquidez económica que te vendría muy bien para completar esos ingresos que ahora se han drásticamente reducido. Además te sentirías útil en ayudar a otros visitantes mostrándoles lo mejor de tu ciudad, con lo que evitarías ese peligroso aburrimiento que les sobreviene a muchos que están en paro o han entrado en su fase de jubilación. Creo que el programa está enfocado para clientes individuales, aunque se estudiaría el caso de atender a una pareja, por razones obvias. Por supuesto, a los dinamizadores seleccionados se les va a impartir un cursillo intensivo, para que integren y dispongan las mejores habilidades y conocimientos en orden a su trabajo, que puede ser de uno, dos o más días. No te asustes, porque nunca este programa VIP contempla que el dinamizador tenga más de dos personas a su cargo.

Te repito que este servicio es solicitado por clientes de alto standing que quieren evitar quebraderos de cabeza cuando llegan a un determinado lugar, del que nada o poco conocen. Pagan y bastante bien, para que se les ayude y poder gozar de una más grata y completa estancia. Debes pensártelo con tranquilidad y no dejar pasar esta oportunidad que te puede dar muy buenos y diversos réditos, en esta etapa de tu vida en la que te enfrentas a un “forzado” e importante cambio de actividad”.

No tuvo que dedicar mucho tiempo a sopesar esta atractiva propuesta. Abilio se mostró vivamente interesado para afrontar este distraído y curioso servicio, básicamente cultural, después de haber recibido, durante varias semanas, no pocos “portazos” en aquellos lugares a donde había acudido inútilmente para solicitar un puesto de trabajo. La empresa turística LA AVENTURA VIAJERA seleccionó de inmediato a este candidato, hombre de cultura y con un currículum laboral muy completo. Junto a otros candidatos, el antiguo contable bancario se aplicó en un intenso cursillo de cinco días, desarrollado en un hotel de la cadena y lógicamente con todos los gastos pagados.

¿Y cuál fue la primera experiencia que Abilio tuvo que desarrollar, para este original servicio de dinamizador cultural individual?

El incierto destino quiso que el primer cliente que le fue asignado era un monje benedictino exclaustrado, cuyo nombre era Cirineo Octavio Laviana, quien había pertenecido a la orden silense durante 31 años.  Al cumplir la sexta década de su existencia este clérigo, de generosa humanidad corporal,  tomó conciencia de que había perdido la fe y la convicción para el sacrificado ejercicio monacal. Tras larga y azarosa meditación, decidió dar un giro de 180 grados a su vida, e incluso sopesar la posibilidad de formar una familia. El controvertido monje ya no encontraba los incentivos suficientes para seguir permaneciendo y cumpliendo los votos exigidos por la austera vida monacal. En lo más íntimo de su persona, el orgánico ardor sexual había sido un duro campo de batalla en el que nunca había hallado la paz, sino un estado carencial insufrible y limitativo para su gozar de un sosegado equilibrio personal.

El hermano Cirino había estado destinado, durante los primeros años de profesión religiosa, en una comunidad cántabra, pero pronto fue trasladado al monasterio burgalés de Silos, con sus rezos, cantos gregorianos, estudio y trabajo, en los plácidos huertos claustrales. La pérdida de la fe, en su caso, era cada vez más evidente como para seguir manteniendo esa austera y sacrificada vida contemplativa con firmeza y responsabilidad, tanto consigo mismo como con sus hermanos de monacato. Tras afrontar un complicado proceso de exclaustración, con la renuncia a sus votos, comenzó otra difícil andadura buscando la integración y el caminar por un mundo donde el laicismo se había enseñoreado y dominaba las mentalidades y los comportamientos ciudadanos. Se puso como objetivo inmediato abrirse a la sociedad  terrenal, para conocerla mejor y en lo posible disfrutarla. En esos parámetros y objetivos se hallaba la visita a una ciudad del sur peninsular que destacaba por su alegría y vitalismo, como era el caso de Málaga.

A este fin, giró visita a una prestigiosa agencia de viajes, con sede en la capital burgalesa, en donde le informaron del innovador servicio turístico personalizado. Realmente la metodología y el contenido del mismo era lo que él precisamente necesitaba, por lo que le planificaron un denso programa de actividades que comprendían dos semanas. La primera de ellas estaría centrada en la capital de la Costa del Sol, tanto en la zona costera como en los pueblos más importantes de la provincia. Ya en la segunda semana pasaría dos días en Granada, otros dos en Sevilla y también visitaría durante una jornada y media la capital cordobesa, con su afamada Mezquita. El tour programado llevaba por nombre DESCUBRIENDO EL SUR. Verdaderamente era un  objetivo sugestivo para el antiguo monje benedictino, quien hasta entonces apenas había salido de los espacios claustrales durante las tres décadas que había profesado como miembro de la sacral orden.

Sería innecesario añadir que el monitor acompañante de Cirino Octavio en Málaga fue Abilio, cuyos servicios fueron tan bien valorados por el antiguo monje que reclamó a la empresa turística que fuera este cualificado dinamizador turístico quien le acompañara en sus desplazamientos por las restantes provincias andaluzas, reguladas en el atractivo circuito viajero.

Visitaron significados e importantes monumentos, vinculados a distintas etapas históricas de nuestro pasado regional. Degustaron una muy  apetitosa y diversificada gastronomía, que sin la menos dificultad Abilio fue seleccionando según las peculiaridades de las localidades que recorrían. Asistieron a muchos espectáculos musicales y teatrales. Realizaron saludables excursiones por las ricas sendas naturales de que goza una región tan diversificada como la andaluza. En algunos momentos, Cirino le rogaba a su diestro acompañante que redujera la oferta museística, pues con tanta pintura, escultura y piezas arqueológicas, se sentía verdaderamente saturado, como para asimilar tanta belleza y testimonios artísticos. Este polifacético servicio de compañía le vino no solo bien al antiguo monje (entusiasmado con tan gratas, culturales y suculentas experiencias) sino también a su monitor o dinamizador Abilio, que consiguió dos semanas de retribución que le vinieron muy bien, a fin de solucionar la gravosa matrícula universitaria y la adecuada estancia de su hija Minerva en Madrid.

Una tarde, reposando del ajetreo viajero en una cafetería no lejos de la Alhambra, el grandioso monumento nazarí de la capital granadina, Cirino le confesó a su acompañante y ya buen amigo Abilio que hacía unos meses había recibido una importante herencia, procedente del único tío soltero que tenía, fallecido a muy elevada edad. Aparte de bienes bancarios, en el contenido testamentario había una casita de campo, con tierras de cereales anejas, en las proximidades de la capital abulense. “Quiero conservarla y desarrollar su actividad agraria, amigo Abilio, pues aunque valoro y me entusiasma el avance de la modernidad, no descarto pasar largas temporadas en una ambiente donde la naturaleza me enriquezca, no en lo económico, por supuesto, sino en lo que es más importante, en ese ánimo al que tanto conforta el hermanamiento con los árboles, las plantas, los amaneceres y esos atardeceres pintados de oro y naranja”. 

Tras asistir una noche a una alegre y ruidosa zambra flamenca, en el Albaycín granadino, Cirino le hizo una pregunta a su fiel asesor cultural y acompañante permanente, en los siguientes sinceros, humildes y fraternales términos:   

“Mi apreciado y buen amigo ¿crees que podré formar una familia, a mis 61 años de edad? ¿Podrías ayudarme, con tu extensa experiencia mundana, al respecto? Necesitaría que me pusieras en contacto con una buena mujer, por supuesto que fuera más joven que yo, a fin de poder convencerla de mis buenas intenciones y necesidades afectivas. El procrear una descendencia, en quien verme reflejado, sería la ilusión más grande que la vida terrenal podría concederme. Te confieso, sin ningún rubor “hermano “Abilio, que nunca “he estado” con ninguna mujer, a pesar de las “terribles” necesidades orgánicas que me han atormentado, hasta la desesperación, en distintas fases de mis vivencias claustrales. Tú, que conoces mucho mejor que yo el mundo terrenal, podrías enseñarme en esta faceta sexual que nos sublima y enriquece sobre nuestra íntima y realista animalidad”.

¡Cómo no! También Abilio supo estar en el justo y oportuno lugar, ante la ayuda (muy humana y existencial) demandada por el “cliente” Octavio Laviana. Con sencillez e inteligencia supo moverse, aún después de las dos semanas contratadas de tour cultural, para hacer más asequible al que ya era su amigo Cirino, en este complicado terreno, vedado hasta entonces para el ansioso ex monje, de la vida sexual y familiar.

Al paso del tiempo y en cada una de las épocas navideñas, el antiguo contable recibe puntualmente una cariñosa misiva del antiguo monje silense, para felicitarle y adjuntarle, desde el castellano enclave natal de santa Teresa de Jesús, unas entrañables fotografías. En las mismas, un veterano y feliz padre de familia, posa junto a su mujer Luciana , de nacionalidad argentina y sus tres retoños, Mario, Darío y Esmeralda,  todos sonrientes y en apariencia “rebozando” felicidad.

“Me tienes que prometer, “hermano” Abilio, que esta primavera al fin nos vas a visitar, junto a tu bella mujer Melania y vuestra hija Minerva.  Os podréis quedar con nosotros, en nuestra casita de campo, que tiene por nombre LUZ VEGETAL, todo el tiempo que deseéis y podáis. Para nosotros será un motivo de profunda alegría y felicidad contar con vuestra cariñosa presencia”.

Abilio sigue actualmente desempeñando, con manifiesta eficacia y honda satisfacción, esta nueva etapa laboral, que el destino, su voluntad o la suerte le tenía asignada, en la segunda parte del ecuador que articula su existencia. Quiso y supo luchar, superando desconciertos, dificultades y desánimos,  con proverbial inteligencia y adaptable disposición.-



UN VERSÁTIL SERVICIO DE DINAMIZADOR 
O ACOMPAÑANTE CULTURAL


José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
04 Octubre 2019