jueves, 16 de noviembre de 2017

LA FRÁGIL SILUETA HUMANA, EN LA AVENTURA DE CADA NUEVO AMANECER.

Desde siempre hemos aceptado que nuestro destino, un críptico “ente” al que no vemos de manera física pero que nos afecta decisivamente en el diario convivir, está dotado de un “carácter” al que podemos calificar de caprichoso, travieso, providencial, justiciero, incomprensible, generoso, lúdico o aleatorio en sus contrastadas decisiones. Esta heterogénea gama de calificativos obedece, de manera evidente, a todos esos interrogantes que a diario nos planteamos y para los que no tenemos una fácil o razonable respuesta, como no sea con esa frase, simple pero opaca al tiempo, de que todo es signo de la suerte, de la casualidad o de ese horizonte prefijado que todos llevamos en las alforjas de nuestra identidad. Sin embargo, también es verdad que muchas de las respuestas que aplicamos a nuestros actos van creando, sin ningún género de duda, ese otro futuro personal cuyo responsable último somos, en definitiva, nosotros mismos.

Iris, diecinueve años recién cumplidos, es una vital joven que acaba de empezar su ilusionada andadura universitaria en la facultad malagueña de Ciencias de la Comunicación. Vive en casa de su madre, Estrella, licenciada en leyes por la facultad de Derecho, que desde hace años ha estado vinculada laboralmente a una entidad financiera, una antigua y prestigiosa Caja de Ahorros recientemente reconvertida en banco. También habita el domicilio familiar la segunda pareja “estable” de Estrella, Jeremy, un técnico informático de origen galés, algo más joven que ella, al que conoció hace un par de años cuando el equipo profesional en el que se integra renovaba el sistema informático de la citada entidad bancaria.

A pesar de todos los esfuerzos realizados por su hija, en orden a conocer el nombre de su padre genético, esta profesional de la banca nunca ha accedido a desvelar a Iris la identidad de esa persona. En realidad, ni ella misma tiene claro quién pudo ser el compañero de promoción que procreó a su única descendiente, en aquella alocada y “bacanal” fiesta de fin de carrera que tuvo lugar hace casi dos décadas en un hotel de la costa malagueña. Fue una noche en la que se consumió mucho alcohol y algunas sustancias estupefacientes, por parte de muchos de los asistentes, todo en un ambiente desinhibido y ajeno a cualquier tipo de contención y responsabilidad. Fue una muy larga noche de julio que acabó no sólo con su embarazo sino también con el de otra compañera de promoción. Estrella sí quiso seguir adelante, semanas después de conocer su realidad, con su joven maternidad, mostrando una gran valentía ante la nueva y compleja situación que llegaba a su existencia. Evitó entrar en la drástica dinámica médica o jurídica de buscar el progenitor de su hija, pues las relaciones que se mantuvieron aquella noche fueron numerosas e intercambiables, enmarcándose todas ellas en esa experiencia con sustancias embriagadoras, ajena a toda normalidad, que muchas personas quieren protagonizar alguna vez en sus vidas. Por consiguiente, se dispuso con firmeza a criar a su preciado tesoro vital, aplicando a su comportamiento esa valentía y decisión que siempre ha caracterizado su fuerte carácter.

La convivencia de Iris con Jeremy, el compañero de su madre, tiene sus alzas y bajas, aunque los dos tratan de evitar las interferencias molestas en la “parcela” íntima del contrario. Para ella “el inglés” sólo es el compañero afectivo de su madre y en modo alguno, incluso más ahora en que es mayor de edad, va a permitir que este hombre intervenga en sus decisiones. Nunca ha considerado ni permitido que las parejas de su madre intenten ejercer esa “paternidad” sobre su persona que en modo alguno le corresponde. En este momento, ella se encuentra muy feliz, dentro de las libertades que ambos se han reservado, con un compañero de facultad, Loren, con el que mantiene relación desde comienzos de curso. Este joven, un año menor que ella, es muy aficionado a la práctica fotográfica, en cuyas técnicas resulta ya un experto a pesar de su corta edad. Durante los fines de semana suele reservar algunas horas para realizar reportajes, de muy diversa localización, originalidad y temática, algunos de cuyos materiales los ha vendido a una agencia de noticias que lo considera como un imaginativo y prometedor colaborador. En estas salidas para las tomas fotográficas suele acompañarle Iris, la cual también se está aficionando a esta creativa práctica, aunque en la universidad ella ha optado por cursar la rama de periodismo para sus estudios de comunicación.

Loren ha elegido la rama de imagen y comunicación audiovisual en la facultad donde estudia, mostrándose reacio a continuar la estable trayectoria empresarial familiar, unas bodegas de vinos y licores, actividad que ha permitido un saneado estatus económico a tres generaciones de su familia. Fue su abuelo, apodado cariñosamente por “barrilito” quien se aventuró en esta parcela vinícola, en cuya producción y comercio siempre demostró una “aguerrida” iniciativa a fin de consolidar un negocio que aún sigue dando sus frutos, desde hace ya más de cuatro décadas.

“Bueno hombre ¡ya era hora! Por fin te has animado a enseñarme el negocio de la bodega que dirige tu padre. De eso vivís ¿no? Aunque reconozco que no soy experta, me interesa conocer todo el proceso que conlleva sacar de la uva ese vino que llega a nuestras mesas. Igual elaboro un reportaje, para los ejercicios de redacción que nos mandan realizar con frecuencia la profe. Lo que me da un poco de corte es que sea tu padre, como me dices, quien va a servirnos de guía para la visita. Pero bueno, es el propietario del negocio y quién mejor para enseñarme esos detalles y curiosidades que, sin duda, han de ser muy interesantes. Por cierto ¿te importa que mi amiga Marian nos acompañe? Seguro que a tu padre no le molestará. Siempre que salimos las amigas a tomar algo, ella está  con que “los Riojas, que si los azucarados, que si los olorosos…” Una experta a quien le gusta empinar el codo. Al final acabará poniendo un bar de copas. Por eso creo que a ella también le interesará mucho esta visita de estudio aunque, no me cabe duda, que nos invitarás a un vinito dulce, de esos que siempre gustan”.

La visita a la factoría vinícola (un negocio de tamaño medio, con excelente salud económica) fue instructiva y divertida. Tiago, el propietario y padre de Loren, se mostró en todo momento muy agradable, receptivo y didáctico, ante las numerosas  preguntas de ambas jóvenes mujeres plantearon. La pareja de Iris permanecía básicamente en silencio, aunque sonriente. Difícilmente podía disimular que este negocio o actividad vitivinícola no le seducía, pero tenía que complacer a la persona de quien estaba prendado. Él había estado ya en tres ocasiones en casa de Iris, habiéndole “caído” muy bien a su madre. El propio Jeremy tenía una opinión muy positiva de este chico que, por sus modales, cultura y práctica fotográfica (tomó varias instantáneas y primeros planos de todos los miembros de la familia, para formar un interesante álbum gráfico) agradaba a las personas con las que contactaba. La “visita de estudio y merienda”, como comentaban jocosamente ambas chicas finalizó, efectivamente, con tan suculento tapeo que hizo innecesario a los tres jóvenes tener que sentarse en la mesa para cenar esa noche. Todo el pequeño “ágape” estuvo “regado” con unas botellas de tinto, rosado y vino dulce, mágico néctar que elevó “varios grados” la cordialidad y alegría de la reunión. Lógicamente Tiago sabía que esa joven era la pareja de Loren por lo que, además de depararle un trato cálidamente afectivo, se mostró vivamente interesado en los estudios que cursaba y en todos esos pequeños detalles que a los padres gusta conocer con respecto a las personas que están cerca de sus hijos. Por cierto, Marian, la “experta” en vinos acabó un tanto mareada, pues posiblemente abusó de esas copitas, una tras otra, que le eran ofrecidas con tan proverbial amabilidad.

Pasaron unas semanas en la vida cotidiana de todas estas personas cuando una tarde, al ir a poner la lavadora de ropa, Estrella tuvo conocimiento de un hecho que le desalentó de manera profunda. Un pequeño sobre abierto, olvidado en un pantalón echado en la cesta de la ropa sucia, denunciaba con meridiana claridad el doble juego que estaba manteniendo su pareja con una tercera persona. No pudo controlar su indiscreción, lo que le permitió conocer la realidad de una infidelidad que Jeremy mantenía con una compañera de trabajo. Cuando esa noche planteó a su compañero afectivo el doble juego que acaba de conocer, éste evitó negar la evidencia de los hechos con absoluta frialdad. 

“Tú conocías, Estrella, desde un principio, mi forma peculiar de ser. Yo, aquí en casa, nunca te he fallado. Mantenemos una armonía que muchos verían como ejemplar. Pero ello no impide que, como hombre que soy, tenga mis veleidades. En realidad, mi relación con esa chica es una traviesa aventurera pasajera. Tanto por parte de ella como por mi, te lo aseguro. Yo no me enfadaría si en algún momento tu mantuvieses una relación afectiva temporal con otra persona. Seguiría aquí respetando el ejercicio de tu intimidad. Así considero yo, te lo he explicado muchas veces, el ejercicio de la libertad personal. Ademn, para evitar dar e dieron un tiempo de reflexidimos como amigos, como lo han de hacer las personas adultas"ás y con toda franqueza, te confieso que  mis jugueteos con otras personas los he hecho incluso después de venirme a vivir a tu casa. Yo quiero permanecer contigo bajo estas premisas. Pero si tú no estás de acuerdo con esta forma de plantearme la vida, pues no te voy a provocar problemas. Nos despedimos como amigos, como lo han de hacer las personas adultas”.

Estrella y Jeremy se dieron un tiempo de reflexión, a fin de evitar dar un paso drástico en su relación afectiva. Uno y otro se resistían a echar por la borda esos dos años de buena armonía que habían mantenido en su convivencia. Además el “buen hacer” de Jeremy con respecto a Iris hacia que ésta aceptara tácitamente la situación de este compañero de su madre viviendo en familia. La chica era consciente de la escasa suerte que su madre había tenido en sus relaciones afectivas y era una evidencia que la permanencia de Jeremy junto a ella le había proporcionado esa estabilidad sexual que, física y psicológicamente, una mujer de 44 años puede necesitar.  

Un viernes, cerca de las 13:30, Estrella, desde su mesa laboral de Interventora, percibe que un cliente entra en la oficina y se queda durante unos segundos observándola, con fijeza. Tras unos instantes de duda, ese hombre se acerca y se dirige a ella llamándola por su nombre, con una cierta familiaridad. No cree reconocerlo como cliente. Pero, de inmediato, su interlocutor se identifica, sacándole de dudas, para su mayor asombro.

“Buenas tardes, Estrella. Veo por tu rostro que no me reconoces. Yo a ti sí, perfectamente. Observo que te mantienes muy bien. Soy Santiago. Fui uno de tus  compañeros de promoción en la facultad de Derecho. Desde hace más de veinte años no nos hemos vuelto a ver. Tengo que hablar contigo a causa de un asunto, de especial gravedad y urgencia. Si tienes tiempo, podemos comer juntos o, en caso contrario, vernos esta tarde para tomar un café y poder dialogar. Te explicaré, por supuesto cómo he llegado a localizarte, tarea que no ha sido desde luego fácil”.

La interventora bancaria no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. En pocos segundos se le agolparon en su mente recuerdos e imágenes, ya muy lejanas, de los tiempos de facultad. Difícilmente podía reconocer, en el hombre que tenía sentado delante de su mesa, a uno de sus compañeros de promoción, muy dinámico y popular en el ambiente del campus universitario, al que entonces todos llamaban “el Santi”. Reaccionó lo mejor que pudo, ante una persona de modales extremadamente correctos y educados, que le transmitía la urgencia de mantener un diálogo con su persona. Aun con la nebulosa de esas dos décadas pasadas, que no facilitaban la identificación del antiguo compañero Santi con este señor “cuarentón” y algo de sobrepeso que tenía delante, tras estrechar su mano, quedaron en verse esa misma tarde, sobre las seis, en una céntrica cafetería próxima a la Catedral. Las horas que transcurrieron hasta ese punto de encuentro, le ayudaron a ir conformando el puzle identificador del misterioso personaje, con aquel dinámico Santi de la Facultad. Pero ¿qué sería lo que con tanta urgencia necesitaba transmitirle?

“Es muy duro lo que he de confesarte, Estrella. Pero personas muy cualificadas, por mí contratadas, avalan, científicamente, el mensaje que debo transmitirte. Mi hijo Loren está manteniendo una intensa relación afectiva con tu hija Iris. La gravedad del caso es que…

 … yo soy el padre de ambos. Tenemos que ir a ese largo y desquiciado fin de semana de hace veinte años, cuando celebramos la fiesta de nuestra promoción. Aquello se desmadró, como tu bien seguro que recordarás. Tomamos “de todo” e hicimos muchas insensateces. Lo reconozco. Una especie de “bacanal” en la que no supimos llegar al necesario punto de inflexión, a fin de poner el necesario freno. Efectivamente me llegaron noticias de que estabas embarazada. Pero yo, vergonzosamente irresponsable, no quise ni supe reaccionar. Por qué iba a ser yo precisamente, cuando allí hubo e hicimos camas intercambiadas… Fue una locura y una cobardía. A muchos extrañó tu silencio. pero a muchas conciencias ese silencio tranquilizaba y facilitó tapar nuestras vergüenzas.

Ese destino que marca nuestras vidas hace diabluras. Sí, es diabólico. Cuando conocí a “nuestra” hija, algo me hizo recordar aquella descontrolada aventura de la celebración. Me llamó la atención que sus apellidos eran exactamente los tuyos. También me vi reflejado en algunos rasgos físicos de su rostro. Contraté a una agencia especializada, muy costosa pero con garantía en sus conclusiones, para que investigara mis sospechas. Comparar los ADN de Iris y el mío no fue difícil, pues Loren (al que también conoces) la trajo varias veces a casa. Por supuesto que los chicos no saben nada aún, pero a mí, con los informes científicos (muy concluyentes) en las manos, se me cayó el mundo a los pies. Soy el padre de Iris. La química lo atestigua. Y ahora debo y quiero afrontar esa responsabilidad. Pero, es obvio, la urgencia y gravedad del caso, es que dos personas, ciertamente muy jóvenes, están entregados el uno por el otro, sin saber, sin conocer, la consanguinidad que les une”.

La fecha de ese viernes otoñal nunca llegaría a borrarse de la memoria de Estrella. Tampoco, en la hasta ahora acomodada estabilidad familiar de Tiago. Iba a determinar muchas de las difíciles respuestas para afrontar en la evolución de sus vidas. Esta dramática historia es una muestra más del caprichoso, insólito y difícilmente explicable destino que marca el incierto y nebuloso libro de ruta en cada persona. Todo ello a pesar de nuestra voluntad, a pesar de nuestros errores y aciertos. Es la vida. Es la existencia.-


José L. Casado Toro (viernes, 17 Noviembre 2017)

Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


viernes, 10 de noviembre de 2017

APENAS VEINTICUATRO HORAS DE COHERENCIA, ENTRE PENSAMIENTO Y ACCIÓN.

En más de alguna ocasión nos hemos puesto a imaginar, pocos podrán negarlo, esa difícilmente creíble situación, en la que, también de una forma persistente en tiempo y lugar lugar, las personas fuésemosramos﷽﷽﷽﷽﷽lugar. en mantener lo que pensamos con aquello que decimos, en todo uéramos coherentes en mantener lo que pensamos con aquello que decimos, en nuestra vida relacional próxima. Las consecuencias de esa hipotética verosimilitud y concordancia, entre lo que manifestamos de manera cotidiana, con respecto a la realidad íntima de nuestro pensamiento, serían de tal calibre, que nos “inquieta” imaginar un mundo  en el que la verdad prevaleciera sobre cualquier otra consideración y en el que la sinceridad fuera un valor prioritario en esa jerarquía ética que percibimos tan degradada a nuestro alrededor, contexto espacial del que, obviamente, formamos parte.

La acción de esta curiosa historia transcurre en un prestigioso laboratorio de ciencias experimentales, integrado en el Polígono de Alta Tecnología ubicado en el extrarradio de la capitalidad madrileña. Este vanguardista centro experimental se encuentra situado a una distancia de 65 km. con relación a esa puntual centralidad urbana de la Puerta del Sol. Allí trabaja, desde hace ya más de cuatro años, Ramiro Coblán un químico de cuarenta y siete años que sigue manteniendo su soltería, tras una convulsa vida afectiva en la que se ha relacionado con los dos géneros que forman parte de la identidad humana. Ahora, en esta difícil y trascendental década de la cuarentena, correspondiente a su temporalidad vital, ha sosegado su azarosa y ocasional vida sentimental para centrarse en una serena y responsable actividad investigativa, que colma y satisface su verdadera vocación estudiosa y profesional. El cualificado departamento del que forma parte está dedicado, desde hace ya muchos meses, en intentar lograr la elaboración de un “revolucionario” fármaco que permita modular y transformar las voluntades intelectivas, a fin de conseguir una espectacular y futurista coherencia entre aquellos fundamentos y criterios que atesoran y anidan en nuestro pensamiento y todas esas palabras que expresamos diariamente ante nuestros semejantes. 


Este “bohemio” profesional de la química tiene alquilado, en el tradicional y castizo barrio de Fuencarral, un apartamento de 40 metros cuadrados útiles, habitáculo integrado en la sexta y última planta de un viejo caserón de viviendas, que hace dos años gozó de una urgente remodelación por deterioro, con el correspondiente “lavado de cara y esqueleto”. La vecindad, con la que apenas mantiene trato, está formada por un heterogéneo y multicolor catálogo de gente variopinta, en la que hay dos pisos para estudiantes, numerosas familias alistadas en el bloque de la tercera y veterana edad, algunas parejas de recién casados o unidos en pareja, una madre soltera que cría a su retoño, más de una viuda solitaria, con acendrado comportamiento religioso e incluso un vociferante capitán de artillería retirado, que vive junto a su mujer (limitada en su movilidad) y dos hijas solteras que subsisten vendiendo ropas y abalorios, tanto por el circuito de mercadillos semanales como también en el popular rastro dominical donde también instalan su tenderete. El único ascensor del bloque sufre constante averías, dada su prolongada y anticuada longevidad mecánica. Un elemento que refleja la originalidad del bloque aparece en los peldaños de las escaleras, construidos desde su origen en recia madera de roble. Hace años el edificio contó con los servicios de una portería, espacio que hoy hace las funciones de almacén alquilado para guardar enseres y mercancías pertenecientes a un bar de copas próximo, establecimiento de alterne cuya apertura es realizada a las nueve de la noche para cerrar cuando ya el alba comienza a clarear las mañanas.
Son frecuentes las diferencias y discusiones entre las personas que habitan el vetusto edificio, con respecto a diversas cuestiones comunitarias: falta de limpieza en las zonas comunes, pérdida de correspondencia en los buzones instalados en el portal, averías en el ascensor y en los motores del agua, la estética y abuso de la ropa tendida en la fachada y en el limitado hueco de un patio interior, las protestas de muchos vecinos por el incívico sacudir de las alfombras y manteles del comedor por parte de aquéllos que viven en los pisos superiores, el elevado volumen que modulan algunas televisiones y aparatos de radio en horas inapropiadas que perjudican el necesario descanso, las “zambras”, orgías y fiestas organizadas por los jóvenes en los pisos compartidos, el sufrimiento que muchos han de soportar por el caminar con tacones y suelas duras, comportamiento habitual en los vecinos del “piso de arriba”, las colillas y otros elementos arrojados al vacío desde los  balcones y ventanas del inmueble, las pintadas y ralladuras en los paramentos y utensilios comunes  etc.

Pero si no fuesen desgraciadamente frecuentes todos estos avatares, en la “normalidad” de ese colectivo convivencial, hay uno que focaliza sus “ataques” hacia la original figura de Ramiro. Se trata de un hombre aparentemente solitario, escasa o nulamente comunicativo con sus “acústicos” vecinos, que centra en su persona las miradas, los comentarios, los chascarrillos, las risas y sátiras inmisericordes, acerca de su forma bohemia o rara de vestir, sobre algunas “llamativas” visitas que recibe, de manera especial durante los fines de semana. También es motivo de curiosidad su peculiar forma de andar y el movimiento de algunas partes de su anatomía corporal, sus expresivas y mayoritarias compras vegetarianas, alimentos que de manera usual obviamente consume y por esa absorbente música clásica que disfruta al volver a casa, cuyo potente sonido “inunda” no pocos recovecos del bloque a través del ojo de patio interior que nuclea el vetusto edificio. De manera especial, son las bien enjoyadas, intensamente cremadas señoras del bloque, muy afanadas en la clerecía, quienes, al cruzarse con el enigmático vecino del ático, le “regalan” esas cínicas sonrisas y apenas lo ven alejarse comienzan con sus risas, los comentarios despectivos y satíricos, con los gestos mímicos subsiguientes, sin la menor contención, respeto o mesura, acerca del derecho a la privacidad y forma de vida del extraño vecino que tienen en la última planta.

Ramiro no es ajeno a todo ese crítico contexto que despierta su figura entre la “intolerante” vecindad comunitaria. Ha sopesado cambiarse de vivienda, pero tiene importantes motivaciones para desistir  a esa posible mudanza. El precio que paga por el alquiler es en sumo atractivo (con relación a otras zonas más alejadas del centro), las vistas de que disfruta desde su amplia terraza le permiten gozar con preciosas fotos urbanas y unos dulces amaneceres junto a cromáticas puestas de sol que le facilitan un valioso alimento visual y espiritual para su necesaria estabilidad anímica. Además, la ubicación en el plano urbano del bloque, donde tiene su pequeña y acogedora vivienda, le permite acceder al corazón arterial de la Gran Vía matritense en un breve caminar de escasos minutos.

Pero hoy, en este frío sábado de otoño, ha tenido dos nuevos y enojosos desencuentros con esas palurdas vecinas “acotorradas” tanto en el ascensor como en el portal del inmueble. Harto ya de tanta ignominia, decide llevar a la práctica una acción que llevaba barruntando desde hacía unas semanas: cuando el lunes vuelva a su trabajo en el laboratorio, piensa traerse para casa un frasco de ese revolucionario producto, en plena fase de investigación, que el equipo con el que colabora está perfeccionando antes de experimentar su aplicación con humanos. Es un brebaje, con fundamentos en plantas asiáticas, que parece influir y alterar decisivamente en los mecanismos inhibitorios con respecto a las voluntades y conceptos intelectivos. Explicado con otras palabras, esa “pócima” química” puede eliminar la inhibición que nuestra voluntad establece a fin de modular y cambiar lo que realmente pensamos. Expresaríamos con la sinceridad de nuestras palabras aquello que realmente sentimos o tenemos en mente.

En una lluviosa y tronadora noche de lunes, esperó a que avanzara la madrugada para llevar a cabo su perverso plan de castigo, contra una comunidad de vecinos que tan hipócrita y cruelmente se comporta con respecto a su persona. Le preocupa y agobia que la vecindad se recatan cada vez menos en depararle tan hiriente e  innobles actitudes. Revestido a causa del gélido tiempo con un chándal azul y rosa y una rebeca negra, bajó con una dosis del aludido barbitúrico hacia la dependencia del garaje sótano donde se encuentra ubicado el depósito o aljibe conteniendo el agua para el imprescindible consumo del bloque. En ese momento ya dispone de la llave que le va a permitir abrir la cerradura de tan importante dependencia para cualquier vivienda. Hace unas semanas tuvo un problema de grifos en su apartamento y el fontanero pidió la llave del cuarto de motores al Presidente de la Comunidad. Mientras el operario trabajaba, Ramiro hizo un duplicado de la misma en la ferretería que tiene tres números más allá de su inmueble. Le cuesta un extraordinario esfuerzo la operación de abrir la voluminosa tapa del aljibe subterráneo, cavidad que está casi llena de agua en dicho momento. Tras hacerlo, vierte en el gigantesco depósito el contenido químico de un frasco que contiene 500 cc del en principio eficaz brebaje. Vuelve a colocar la pesada tapadera del aljibe y sube con presteza a su vivienda sin utilizar el ascensor, pues quiere evitar por todos los medios la generación de ruidos a esas altas horas de la madrugada.

Los efectos de la revolucionaria sustancia comenzaron a percibirse ya desde el miércoles y prácticamente desaparecieron a partir del viernes. El hábil profesional de la química conocía desde luego esta limitación temporal que la ingesta producía sobre el cerebro, si dejaba de consumirse con regularidad. Precisamente el nivel investigativo estaba centrado, desde hacía meses, en tratar de prolongar la intensidad temporal esas consecuencias sin abusar de una toma continua que podría producir efectos secundarios impredecibles. Desde luego no afectó por igual a todos los vecinos, resultado lógico en función de los que sí habían usado efectivamente el agua del grifo para beber y aquellos otros que la habían tomado pero ya guisada con otros alimentos. También las variantes estuvieron condicionadas por la diferente naturaleza y resistencia de cada cual ante la ingesta del producto químico. Pero durante esos dos días de la semana, los habitantes del bloque, de manera muy desigual, sintieron en sus cuerpos esa revolucionaria sustancia, que el espíritu enojado de Ramiro había introducido, como respuesta rencorosa, en la vida de sus inamistosos vecinos.

Muchos serían los ejemplos a citar, pero entre todos ellos destacaron las “explosivas” desavenencias entre dos “maduras” recatadas y amistosas señoras, doña Jacinta y doña Aurora que, al echar ese ratito por la mañana, después del desayuno, acabaron insultándose de ventana a ventana, a través del ojo de patio, ante la expectación e incredulidad de gran parte de la vecindad. Todo fue por una cuestión de critiqueo, en ropas y edades, en la que intervinieron comentarios de terceras amigas. También don Zenón (coronel retirado de la Benemérita), tras comunicarle Valeria su mujer el por qué se había apuntado a una academia de baile a sus muchos años (un amor irrefrenable por su apuesto y juvenil profesor) se fue de la casa entre insultos a su cónyuge y dando un estruendoso portazo. Estuvo dos días sin aparecer por su domicilio, pero ya con los “papeles” judiciales de su abogado en la carpeta. A doña Serafina, numeraria del Opus Dei y habitual de las sacristíaslicos efectos sus "anifestaciones causadas por el dinamismo del flidad easar por urgencias antes de acabar en la comiser, le dio una especie de síncope cuando su hija Clara le dijo, sin pestañear, que estaba saliendo con un sindicalista trotskista de la CNT y que estaban planeando irse a vivir juntos. Y en otro de los pisos los cuatro universitarios que lo habitan llegaron a las manos tras confesar dos de ellos que estaban “liados” con las parejas de los otros dos compañeros de hábitat. La pelea fue tan violenta que la policía nacional tuvo que intervenir, pasando tres de los protagonistas  por urgencias antes de que todos ellos acabaran detenidos en la comisaría del distrito.

Hubo otras muchas manifestaciones causadas por el dinamismo del fármaco para forzar la sinceridad. Aunque sus “diabólicos efectos fueron desapareciendo en poco más de 24 horas, las desestabilizadoras consecuencias en la armonía vecinal, durante el período de su corta vigencia, provocó que en el bloque ya nada sería igual como antes. De una u otra forma, la atmósfera relacional se había deteriorado, para el regocijo egoísta y sin duda vengativo del afectado y dolido investigador, harto ya de sufrir el maltrato psicológico de la intolerancia vecinal. 

Cuando en una mañana del lunes Ramiro atravesaba el portal de su bloque, para dirigirse al metro de la Gran Vía que le conducirá a las instalaciones del laboratorio donde trabaja, abrió instintivamente el buzón de correos correspondiente a su piso apartamento, comprobando que había una carta a él dirigida. La misiva estaba remitida por la Consejería Cultura de la Comunidad Autónoma, departamento Concurso anual de relatos. Como en ese inicio de semana se había levantado bien temprano, rasgó sin dudarlo el sobre, extrayendo una cuartilla, con el membrete oficial de la Consejería.

“Estimado Sr. Coblán. Tengo el gusto de comunicarle que el relato que nos ha remitido, escrito titulado: APENAS VEINTICUATRO HORAS DE COHERENCIA, ENTRE PENSAMIENTO Y ACCIÓN, cumple todos los requisitos del concurso/convocatoria, por lo que ha sido seleccionado para optar a uno de los tres prestigiosos premios que anualmente concede esta Consejería. Los relatos serán analizados y valorados por un comité de expertos, de probada solvencia y con una titulación muy cualificada. Dicho comité propondrá los tres mejores relatos que recibirán los premios económico correspondientes y la publicación de los mismos, según consta en las bases de la convocatoria. Salúdole cordialmente.

Director General de Cultura. Comunidad de Madrid”.



José L. Casado Toro (viernes, 10 Noviembre 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga


viernes, 3 de noviembre de 2017

UNA MAGISTRAL LECCIÓN INTERPRETATIVA, EN LA SOLEDAD DEL ESPACIO ESCÉNICO.

En esta sociedad, sometida a tan densa y agresiva competitividad, parece imprescindible que la venta de cualquier producto haya de estar estimulada por unas leyes y técnicas que, en la mayor parte de las ocasiones, son ajenas al pleno conocimiento del consumidor. Sin embargo, ese “márketing oculto” permite al empresario incrementar sus ventas y continuar resistiendo frente a esa alternativa comercial que, a buen seguro, utilizará otros (o similares) caminos a fin de no perder porcentajes en la aceptación de su natural mercado clientelar. Dicho en otras palabras; cualquier producto mercantil necesita ser vendido y hay que estimular y convencer, con los medios más inverosímiles, la voluntad última de a quien van dirigidos esos hábiles mensajes: el consumidor.

Veamos algunos obvios ejemplos. Vas paseando por una calle, preferentemente comercial. Observas que un establecimiento está completamente abarrotado de personas, posibles clientes que miran, trastean, se prueban y compran los modelos de zapatos que ofrecen los expositores y el propio escaparate principal que mira hacia la calle. En el mismo espacio viario, hay otras dos cercanas zapaterías que ofrecen los mismos o similares artículos y cuyo interior está completamente vacío de clientes. Compruebas algunos precios de mercancías idénticas y para tu asombro los precios son prácticamente similares, en las tres tiendas que comparas. En una mínima reflexión te respondes que existe ahí algo que escapa a tu comprensión y que hace posible la opción o estímulo del consumidor para entrar o no en una determinada tienda. Igual ocurre en las zonas específicas de restauración. En un establecimiento hay muchas personas que incluso esperan turno de pie, a fin de poder ocupar una de las mesas. Exactamente enfrente de este restaurante está situada otra pizzería, con precios similares para sus platos, cuyas mesas se encuentran absoluta y tristemente desocupadas para la “desesperación del empresario. Incluso hay camareros que, desde la puerta, reclaman la atención de los viandantes con sus amables o incisivas palabras de ofrecimiento. Sin embargo la gente sigue su camino e incluso tratan de buscar acomodo en el vecino restaurante abarrotado.

Valga esta somera introducción para entender los inteligentes esfuerzos imaginativos y técnicos que han de arbitrar los empresarios, en cualquier sector mercantil, a fin de motivar y conseguir el interés de todos aquéllos que pueden ser clientes potenciales de la mercancía ofertada (por supuesto, muy diversificada). Productos que urgente o superfluamente la ciudadanía necesita adquirir y, lógicamente, disfrutar.

En el ámbito teatral se está representado, por toda la geografía provincial, una obra titulada: DIÁLOGO CON LA VERDAD AUSENTE, pieza escénica que podemos clasificar en la modalidad de monólogo. Durante aproximadamente hora y media, un veterano y consolidado actor domina el decorado escénico y temático, desarrollando una compleja historia en la que también hay otros importantes protagonistas, aunque éstos no aparecen “físicamente” en la representación. El esfuerzo desarrollado por este único  actor resulta admirable, pues ha de sobrellevar, sólo él, el peso temporal y argumental del drama. Al ser una obra de esta naturaleza, la asistencia del público no es mayoritaria para esos días previos al fin de semana, donde también hay representaciones diarias de una historia bien aclamada por la crítica especializada. El gerente y el propietario del establecimiento, analizando el reducido paso del público por taquilla, entre martes a jueves, piensan en algún poderoso y original incentivo para animar a que muchas familias decidan acudir a la representación durante esos días intermedios del almanaque semanal.

De mutuo acuerdo con  Gaspar Lanial. (75 años, el prestigioso y único actor protagonista) han pensado en ofrecer una curiosa motivación, para esos tres días previos al viernes en los que la asistencia del público decae de forma notoria. Antes del inicio de cada representación diaria, van a efectuar un sorteo entre el público asistente. Habrá dos afortunados espectadores que podrán compartir la cena de esa noche, a la finalización del espectáculo, con el prestigioso y único actor. La comida será llevada a cabo a cabo en un restaurante inserto en el mismo edificio donde tiene su sede el establecimiento teatral. El coste de la consumición será gratuito para esos agraciados asistentes que, lógicamente, podrán renunciar a dicho premio a favor de otros espectadores que habrán sido sacados a la suerte en calidad de reservas. Esta operación de marketing ha sido diseñada y puesta en desarrollo por un estudio de mercadotecnia publicitaria, que se ha encargado también de poner en comunicación a la propiedad del teatro con una popular cadena de comida exprés. Esta marca de restauración financiará el 60 % del coste de estas cenas, a cambio de publicitar el logotipo de la cadena en la cartelería y zonas estratégicas del teatro así como su difusión a través de los medios de comunicación.

En este caso y de manera afortunada la inteligente estrategia puesta en marcha para la recuperación del público asistente tuvo un positivo eco entre la ciudadanía aficionada a estas manifestaciones culturales. La difusión publicitaria de esta atractiva posibilidad y el boca a boca entre el público interesado estimuló notablemente a que muchas personas se acercaran a las taquillas teatro (muchos lo hacían vía Internet) antes de las 7:30 de la tarde, hora fijada para el comienzo de la representación. Podrían disfrutar con la interpretación de un maestro de la escena. Y también optar a ese atractivo premio de cenar con el personaje protagonista, que se mostraría receptivo a responder a todas aquellas preguntas que los afortunados le plantearan, ya no sólo sobre la trama argumental representada sino también sobre algunas de las peculiaridades que conlleva la profesión de actor.

Aquel jueves de octubre la suerte señaló a dos personas, hombre y mujer, que no formaban pareja. Dalia, 23 años, estudiante de arte dramático y Grego, de 27 años, licenciado en Ciencias de la Información y actualmente trabajando en una empresa de diseño digital, fueron los poseedores de las dos localidades señaladas por la siempre “caprichosa” suerte. Ambos jóvenes asistieron a la representación del monólogo, con esa nerviosa satisfacción de poder dialogar con su afamado protagonista al término de la obra, compartiendo  la mesa de la cena con tan ilustre y veterano actor. 

Tras la presentación y los saludos, se tomaron unas fotos como recuerdo de este simpático encuentro. Entre bromas, los tres comensales se dirigieron al restaurante, en donde se les había reservado una mesa ubicada junto a una gran cristalera desde donde se veía parte de la iluminada zona portuaria, luces que se reflejaban sobre un mar en calma y poblado de numerosas embarcaciones, la mayoría de las mismas dedicadas al recreo de sus propietarios. Además de unos entrantes, el menú posibilitaba dos opciones para los platos principales y el postre.

Gaspar ofrecía un amable semblante, aunque difícilmente podía disimular un patente cansancio después de estar casi noventa minutos en soledad sobre el escenario. Pronto comenzaron las preguntas de los dos invitados, que en más de una ocasión reiteraron su felicitación al actor por su magnifica y prolongada interpretación.

“Efectivamente hacer un monólogo de hora y media encierra sus grandezas y sus profundas dificultades. Exige mucho entrenamiento previo, una autodisciplina “castrense” para saber integrar en la trama a otros personajes que no se encuentran físicamente presentes en la escena. El uso del móvil telefónico es un recurso posible, aunque también se utiliza el diálogo imaginativo en voz alta que el personaje protagonista desarrolla con ese amigo de la infancia o con esa madre ausente”.

“Claro que me veo obligado a improvisar. Después os cuento algunas anécdotas sobre estas improvisaciones. Pero lo primero que un actor ha de “construir” es una conexión psicológica, ineludible, con el público asistente, Y lo ha de hacer desde que pone sus pies en escena. En unos minutos tienes que estudiar y analizar las reacciones, las respuestas de ese colectivo que te acompaña en silencio, mientras desarrollas la trama argumental. Ha de haber una conexión de empatías recíprocas entre ellos y yo. Les tengo que facilitar su acomodación a los sentimientos de alegría o tristeza que la historia plantea y, en mi caso, ponerme en su lugar para conocer si se aburren, si disfrutan, si avanzan en sus motivaciones hacia el espectáculo o si por el contrario estoy perdiendo su atención o connivencia mental con lo que les transmito. Esta vinculación armoniosa entre actor y público no la he conseguido hasta llevar muchos años metiéndome en la piel de todos esos personajes en los que debo convertirme, cada día, durante un par de horas”.

“Así es. Llevo representando esta obra más de doce años, contando las actuaciones en América (mi continente natal) y España. A veces cuando me despierto no sé si soy yo o soy él. Tengo unas divertidas “crisis” de identidad. Es como si viviera dos existencias.

“Aunque este imprevisto que os voy a narrar parezca una nimiedad, la anécdota para mi no lo fue. En cierta ocasión (no hace mucho tiempo, en realidad) olvidé pasar por el lavabo antes de entrar en escena. Y precisamente coincidió que durante esos días estaba tomando un diurético que me había recetado el doctor. Llevaba como una media hora en el escenario y sentí una necesidad imperiosa de orinar ¿Qué hacer? Cuando hacemos un monólogo (también en otras ocasiones) el actor suele llevar un pequeño artilugio electrónico, muy sofisticado, en el interior de su oreja, que te saca de apuros cuando, por ejemplo, te quedas con la mente totalmente en blanco para seguir desarrollado tu exposición oral. Otro pequeño micrófono en la solapa te permite intercomunicar con la mesa de control, para ayudarte a superar el bloqueo. Pues bien, ese día pronuncié sólo dos palabras, utilizado un movimiento gestual que pasó inadvertido para el público que llenaba la sala. El director escénico conoció de inmediato la urgencia que me afectaba e improvisó un corte de luz en el escenario, sumiéndolo en una completa oscuridad. Aproveché la circunstancia para hacer mi muy urgente necesidad, en apenas unos treinta y cinco o cuarenta segundos según me dijeron. De inmediato volví a la escena y en unos segundos “volvió la luz”. El público, divertido, entendió que había sido un momentáneo fallo o corte de electricidad. En apenas 45 o cincuenta segundos el problema había quedado resuelto. Lo que no os voy a desvelar es dónde tuve que orinar, en esos tan brevísimos momentos”.

“He de reconocer que, en mi vida privada, soy bastante despistado. Y esta forma de ser me condiciona también cuando asumo la transformación en actor. En tantos años de ejercicio podría citar no pocos olvidos y errores por ese despiste en nuestro carácter. Concretando en estos doce años de monólogo …. recuerdo que una tarde salí a escena sin haberme afeitado. En otra ocasión, había mezclado dos pares de zapatos que, aunque eran parecidos tenían una clara distinción en su colorido. Fue aún más curioso, pues nadie del equipo reparó en ello, de en que la parte trasera de mi chaqueta llevaba colgada una gran etiqueta, indicando la tintorería donde había sido llevado a lavar el traje. Observaba, durante esa actuación, que el público comenzaba a sonreír y a cuchichear entre ellos, pero a lo largo de la representación lo consideraron como algo integrado en el personaje. Curiosamente me di cuenta del fallo cuando en la parte final del espectáculo tuve que quitarme la chaqueta, por necesidades del guión. Rápidamente caí en la cuenta del error e improvisé una broma, aludiendo ficticiamente de que el día anterior había sido la festividad de los Santos Inocentes”.

“No te has equivocado Dalia. En ese mueblecito, que está situado junto al televisor del salón escénico, tenemos, tengo, un útil y socorrido kit de ayuda o urgencia. En su interior hay una serie de elementos que en momentos de necesidad puedo utilizar. Usándolos con la mayor naturalidad, por supuesto. Desde paracetamol, hasta antitusivos. Tiritas, algodón y Betadine, por si puedo sufrir algún corte. Agua, algún zumo, un par de toallitas, una de ellas húmeda…La verdad es que no es frecuente que acuda a ese kit que en broma llamamos de “supervivencia”. Pero en ocasiones resulta muy útil pues en esos casos he de permanecer más de noventa minutos sin abandonar el escenario”.

El actor, es lógico lo que os voy a decir, ha de transmitir credibilidad y naturalidad en la integración psicológica con el personaje. Y ahí influye ¡cómo no! nuestro particular estado de ánimo. Hay días (en este caso, tardes) en que te cuesta un mundo reír o llorar, aunque estés obligado a ello por necesidades del libreto o guión. Y el público no acepta fácilmente cuando haces unas risas o lamentos forzados. Se nota en demasía la irrealidad de ese sentimiento, que no late verdaderamente en tu intimidad. Para forzar un estado anímico determinado es fundamental llevar a cabo un fuerte control mental, cuyo adiestramiento debes practicar con la necesaria frecuencia. Es verdad que nuestra inteligencia puede condicionar y determinar determinadas respuestas provenientes del corazón, por decirlo de la mejor forma. Mente y corazón, por pura lógica, se hermanan”.

Hubo otras muchas preguntas planteadas por los dos atentos comensales. A eso de las 10:45 levantaron la mesa y dieron por finalizada la cena y el muy grato diálogo. Gaspar prometió a Dalia invitarla a uno de los ensayos que solían realizar algunos lunes, a fin de buscar algunos cambios o corregir algunos matices en el monólogo. El muy veterano actor añadió unos básicos consejos, desde su contrastada experiencia, para esta estudiante de arte interpretativo cuya ilusión es abrirse paso en el futuro dentro del ejercicio escénico.

De vuelta a casa, Grego y Dalia caminaban dialogando por una céntrica artería viaria, con la intención de tomar uno de esos últimos buses del día. La noche otoñal era en sumo grata y el “manto celestial” obsequiaba a toda la ciudadanía con un bordado de estrellas que gratificaba esa cálida temperatura estival en pleno otoño.

“Gracias Dalia. Siempre te agradeceré la oportunidad que me has brindado de poder estar cenando con una figura de las artes, como es Gaspar. Cuando hace dos días me regalaste una entrada para asistir al interesante monólogo, no conocía tu parentesco con el gerente del establecimiento. Pero ser sobrina de este señor nos ha permitido, además de poder disfrutar de una excepcional interpretación, tener la “suerte” de ser los elegidos para cenar con él, en este jueves que no olvidaré. Ha sido toda una gozada. Por cierto, unos amigos vamos a ir este “finde” de senderismo, por zonas de la Serranía rondeña. Sería ilusionante que me acompañaras. Anímate, que lo vamos a pasar de “gloria” …


José L. Casado Toro (viernes, 3 Noviembre 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga