viernes, 22 de enero de 2016

ESTRATEGIAS PSICOLÓGICAS, PARA UNA HABITACIÓN CON DERECHO A COCINA.

Una señora viuda, de muy ilustre apellido pero con muy limitados ingresos económicos en la postrera fase de su existencia, viene alquilando cuatro habitaciones en el piso de su propiedad a otras tantas personas, bien seleccionadas previamente por su especial condición y carácter. Efectivamente, Aurea Delcampo pertenece a una prestigiosa genealogía familiar que, en las últimas generaciones de sus miembros, ha sufrido la dura prueba de la decadencia y la austeridad monetaria. Su difunto marido, un viejo aristócrata intensamente aficionado al juego y a la embriaguez de la copa, abandonó este mundo dejando en herencia, a su relegada esposa, muchas deudas y sólo un bien material: ese amplio piso en el que residía, ubicado en el acomodado barrio madrileño de Salamanca. No tuvieron hijos en su matrimonio.

La vivienda en cuestión se halla ubicada en un gran bloque de pisos de construcción señorial pero, en la actualidad, con apariencia vetusta y necesitado de un buen “lavado de cara”.  Está habitado, de forma mayoritaria, por personas de edad avanzada que adoran mantener la acústica de sus nobles apellidos pero que, algunos de los días en el mes, apenas tienen liquidez para atender los gastos básicos y la más que ineludible alimentación. Unas y otras familias, por causas diversas, sufren ahora la estrechez material y, lo que más les afecta, el olvido o falta de relevancia social. Sin embargo una de sus propietarias, Aurea, desde hace casi un año supo enfrentarse, con plausible valentía y decisión, a ese estado carencial que soportaba, negociando con una empresa especializada el alquiler de algunas  habitaciones que ella no necesita. Por esta razón ha podido sobrevivir con dignidad, en estos últimos tiempos de dificultades materiales y afectivas.

Uno de los cuatro  inquilinos que, en la actualidad comparten su vivienda, se llama Irineo Peñalba. Es persona bien avanzada en la cincuentena de su calendario vital, de carácter agradable y culto, con una sólida formación universitaria y que, según informó a doña Aurea, trabaja como apoderado de una entidad bancaria, cuya sede está ubicada en pleno centro antiguo de la capital madrileña. Hace un mes ya que negoció, con la propietaria, el alquiler de una habitación con derecho a servicios comunes, como el baño y la cocina, prestación esta última de la que no suele hacer uso pues, usualmente, realiza sus desayunos, almuerzos y cenas en una cafetería restaurante, cercana a su domicilio. Inquilinos y propietaria suelen coincidir en las horas de la sobremesa, compartiendo la conversación y algún rato de distracción ante alguna película o programa emitido por la televisión.

Aurea se esfuerza en establecer familiaridad y comunicación con las personas que habitan en su casa, aunque comprende que estos inquilinos necesiten mantener la intimidad de sus vidas. Sin embargo, con el paso del tiempo, la convivencia diaria va facilitando que esa privacidad se vaya paulatinamente abriendo, a fin de compartir entre todos esos datos, anécdotas y experiencias que acercan al mutuo conocimiento. 

Irineo desarrolla, aparentemente, una agenda diaria bastante regular. Se levanta muy temprano y tras el aseo correspondiente suele dedicar unos minutos a repasar la información periodística, en la pantalla de su portátil. Ya arreglado y con su ajada cartera de piel marrón oscuro en la mano, baja a desayunar a esa cafetería situada a escasos metros del domicilio. Toma el metro, cuya bocana tiene en la acerca de enfrente y entra en la sede bancaria con una puntualidad que, según él, todos conocen y valoran. A eso de las tres y cuarto, realiza el almuerzo en la cafetería de siempre, dedicando el resto de la tarde a diversas actividades. Suele dedicar este tiempo vespertino entreteniéndose con el ordenador, acudiendo al cine o al gimnasio. También, los lunes y jueves, suele reunirse para merendar y conversar con algunos amigos que atesora desde sus años de juventud.  Tras la cena, le gusta irse a la cama no muy tarde, ya que ha de madrugar, aunque siempre trata de mantener un ratito de convivencia en el salón estar, junto a la propietaria y alguno de los inquilinos residentes en la vivienda.

Aurea carecía de motivo o queja con respecto a este educado inquilino, cuyo comportamiento era en todo momento “la mar” de correcto. Sin embargo mostraba su extrañeza acerca de un hábito que Irineo llevaba a cabo durante los fines de semana. Efectivamente, en la mañana del sábado este buen hombre salía temprano de la casa, no volviendo a ella hasta la tarde/noche del domingo. Y así una semana tras otra. Se preguntaba dónde pasaría esas noches del sábado, pues no lo escuchaba entrar en el piso ni tampoco deshacía la cama que ella misma cada mañana le dejaba bien ordenada. Cuando volvía el domingo, traía en su mano el mismo voluminoso trolley  con el que partía en la mañana del día anterior. Tal vez realizaría algún viaje para el fin de semana, se respondía mentalmente la curiosa señora.   

Una noche, en la que sólo ellos dos se encontraban sentados en torno a la mesa camilla, frente al monitor de televisión, fue aprovechada por Aurea para hacer explícita su curiosidad y necesidad de comunicación con Irineo. Aplicando habilidad y delicadeza en su exposición, acabó preguntando a su interlocutor acerca de las causas que le habían motivado para residir en una habitación de alquiler, no sin antes ofrecerle una taza de café. Tras agradecer esa aromática infusión, que su interlocutora le había traído con gentileza desde la cocina, Irineo se sintió motivado en desvelar y compartir con la dueña de la casa acerca de los motivos por los que había elegido residir en la misma.

“No te preocupes, en modo alguno considero improcedente o molesta tu pregunta. Ante todo, Aurea, aprecio la ubicación, orden y tranquilidad que se respira en tu domicilio. Pero, obviamente, hay otras razones que me han impulsado a desarrollar esta experiencia, muy novedosa y difícil a estas alturas de mi existencia. He de aclararte que estoy casado. Mi matrimonio dura ya tres décadas. Por razones de la genética, nosotros tampoco pudimos tener descendencia en esta unión matrimonial. Al paso de los años, la relación entre mi mujer y yo se ha ido progresivamente deteriorando. Lo que antes eran pequeños roces o discusiones, en los últimos tiempos se convirtieron en agrias relaciones, problemas a los que uno y otro no hemos sabido aportar diálogo, comprensión y tolerancia. De manera especial estas tensiones entre ambos se agudizaban en los períodos vacacionales, en los cuales yo pasaba más tiempo en casa (he de aclararte que mi mujer nunca ha desarrollado la titulación en puericultura, que obtuvo en su juventud). Durante esos días o semanas de mayor relación personal, los choques expresivos y afectivos entre ella y yo se potenciaban hasta la preocupación.

Uno y otro, en determinados momentos, barajamos la posibilidad de una ruptura civilizada, ya que la situación relacional no mejoraba, sino todo lo contrario. Pero ambos considerábamos que llegar a esa ruptura jurídica era una patente muestra de nuestro fracaso. Teníamos que tratar de mantener, al menos, la amistad y el respeto mutuo. Por esa razón, decidimos acudir a un especialista en conflictos familiares, a fin de que una persona experta nos aconsejara el mejor camino a seguir para evitar una crisis de imprevisibles resultados. Un amigo común nos sugirió la visita a un gabinete para los problemas entre parejas, que estuvo trabajando con nosotros durante varias sesiones.

El psicólogo, junto al equipo que con él colabora, analizaron nuestro caso y nos aconsejaron darle una nueva oportunidad a esa inestable relación, aplicando una valiente estrategia. Consistía ésta en llevar a cabo una separación física de carácter temporal, pero con un matiz novedoso. Conviviríamos sólo durante un día a la semana. El resto del tiempo, cada uno de nosotros tendría su propia autonomía personal. El problema de nuestra incompatibilidad relacional estaba en esa continua unión que manteníamos, desde hacía ya casi tres décadas. Necesitábamos un poco de cambio y libertad personal a fin de oxigenar y recrear una relación que hacía crisis, por motivos más que nimios. El problema, insisto, radicaba en la continua permanencia relacional entre las dos mismas personas. Por eso fui yo quien decidió abandonar el hogar familiar, de lunes a sábado, siendo éste el único día en el volvemos a reencontrarnos. Ese único día, que acordamos fuese el sábado de cada semana, yo vuelvo a mi hogar de toda la vida y puedo asegurarte que esas horas de convivencia están resultando muy positivas. Ciertamente ambos ponemos lo mejor de nuestra parte para que esas veinticuatro horas sean enriquecedoras y bien llevadas entre nosotros.

El problema básico es que estábamos cansados de una convivencia continua que había ido desvitalizándose por una unión que se hacía insoportable para los dos. Así llevamos un mes ya. No sabemos si en nosotros surgirá la necesidad de ampliar, de manera paulatina, ese único día relacional que estamos manteniendo durante el fin de semana. Tenemos esperanza de que esa posibilidad mejore nuestra vida en común”.

Aurea quedó maravillada acerca de la convincente explicación que había recibido. Y, al tiempo, asombrada al conocer los remedios psicológicos y relacionales que hoy se aplican a los matrimonios cuyas relaciones no son buenas. En su mejor época todo lo más que podía hacer era aguantar y aguantar, a un marido manirroto y “pegado” a la barra del bar. Ese había sido su triste caso.

El inquilino preferido de la casa aún permaneció un mes más residiendo en el piso de esta señora. Ya en la Primavera, Irineo le comentó una tarde que él y su mujer, dadas las buenas perspectivas, habían decido reiniciar su vida en común, pues ambos se necesitaban cada día más y se hallaban ilusionados de que su unión, tras esta etapa de separación, pudiese retomar el mejor camino para el cariño y la tolerancia recíproca.

El día de la despedida, Aurea no pudo ocultar unas lágrimas ante la marcha de esta buena persona con la que había entablado amistad y afecto, muy por encima de los intereses puramente económicos que habían posibilitado ese conocimiento. Irineo le prometió que, más adelante, él junto a Elena, su mujer, tendrían el gusto de visitarla y pasarían juntos una buena tarde de conversación y merienda.

Transcurrieron las semanas. Cierta mañana, Aurea se encontraba en la sala de ordenadores de una biblioteca pública, ubicada en los bajos de un edificio a dos manzanas de distancia. Se había apuntado a un interesante cursillo de iniciación informática para personas mayores, organizado por la Junta Municipal. Era una materia pendiente en la vida, para ella que nunca había puesto un dedo en el teclado de algún ordenador.

Tras dos semanas de cursillo, su destreza informática había avanzado bastante bien. Y esa mañana jugaba con el ratón y la pantalla, entrando ya en diversas páginas de la Web. En una de esas páginas, leyó una entrada o título que decía: Comienzan unas Jornadas en la Facultad de Psicología, acerca de las estrategias innovadoras para superar los enfrentamientos relacionales en los matrimonios. Ese tema le recordó su experiencia con el apreciado Irineo. Observó la imagen que completaba la información on-line y quedó estupefacta ante la sorpresa que le produjo la fotografía que acompañaba al texto. En ella se veía al director de esas Jornadas para la investigación. Reconoció, sin ningún género de dudas, a la persona que allí aparecía. ¡Era Irineo! Debajo de la foto se explicaba que el Catedrático de Psicología Familiar y Relacional de la Facultad, el Profesor Dr. D. Irineo Peñalba, estaba realizando la presentación de las aludidas sesiones académicas.-


José L. Casado Toro (viernes, 22 Enero 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

jueves, 14 de enero de 2016

JUEGO INCONDICIONAL DE FIDELIDADES, EN EL PODEROSO MUNDO DE LA COMUNICACIÓN.

Apenas sin reparar en el tiempo, estuve toda la tarde sentado ante el teclado del ordenador, pues me hallaba trabajando en esa nueva historia que iba a sustentar mi segunda novela. Al ser ésta una obra de encargo, tras el apetecible resultado de haber alcanzado la categoría de finalista, en los premios anuales de una gran editorial, tenía que dedicar muchas de las horas del día para construir un relato de calidad, que confirmara las expectativas y confianza depositadas en mi persona por este importante grupo empresarial.

Efectivamente, había transcurrido ya casi un año desde aquel celebrado evento y, para mi sorpresa, a las pocas semanas ese grupo editor me ofreció la posibilidad de establecer un vínculo contractual, estableciéndose un plazo de año y medio para entregarles mi nuevo trabajo. Desde ese anhelado instante, en el que las dos partes firmamos las hojas llenas de clausulas, había consumido ya unos tres meses de intensa dedicación a la elaboración de un texto que se iba haciendo cada día más complejo e interesante, a partir de la acumulación de numerosas páginas, párrafos y letras.

Escribía fundamentalmente por las tardes, ya que dedicaba las dos primeras horas de la mañana a dirigir unos talleres de construcción literaria para universitarios, como profesor asociado en la Facultad de Ciencias de la Comunicación. La compensación económica recibida por esta actividad docente no era muy elevada, aunque personalmente me sentía muy gratificado en trabajar con un personal joven y receptivo, que mostraba un gran espíritu para avanzar por  esa senda, apasionante pero difícil, de la destreza en el sugestivo arte de escribir.

Completaba esta intensa dedicación profesional colaborando con una columna, entre lunes y viernes, en un afamado periódico local. Ese artículo diario (cuya extensión tenía establecido un tope máximo de cuatrocientas palabras) era de temática libre, aunque básicamente solía estar centrado en cuestiones que afectaban a la vida malagueña, tanto en el ámbito socio-político, como a cualquier de otros aspectos protagonizados por la ciudadanía local. También, en ocasiones, superaba el perímetro provincial en mis temáticas, cuando me refería a determinados acontecimientos de la política nacional y los de la propia Comunidad Autónoma. Cada uno de esos textos solía escribirlos por la noche, antes de ir a la cama. Previamente repasaba los hechos más importantes del día, tras un buen rato de lectura de la prensa electrónica. Les hacía una breve corrección a la vuelta de la Universidad y, a eso de la media mañana, los enviaba a la redacción del periódico por correo electrónico, no más tarde de las dos de la tarde.

Esta tarea de colaboración periodística me resultaba muy estimulante, pues me permitía comunicar con los lectores sobre asuntos muy diversos, desde un plano a veces un tanto crítico, pero siempre buscando la explicación racional de los hechos. No oculto que el contenido de esa columna generaba molestias, e incluso profundos e indisimulados enfados, en muchos de los personajes locales a quienes tenía que hacer referencia, en función de las diversas temáticas analizadas en los artículos. Dicho de otro modo, el espectro ideológico conservador aplaudía, cuando los dardos de la crítica eran dirigidos hacia situaciones protagonizadas por la izquierda sociológica. Y esos aplausos se tornaban en lamentos y pataletas, cuando precisamente eran ellos el centro crítico de mis valoraciones y posicionamientos ideológicos. En general, percibía que las personas vinculadas a una mentalidad  liberal de izquierda encajaban mejor los planteamientos críticos que aquellos sectores de la sociedad “militantes” de la derecha liberal. Los sectores radicalizados, en uno y otro sector, mostraban el fanatismo propio de su mal saber encajar las discrepancias por parte de aquéllos que no comulgaban con sus acciones y forma de ver la realidad.

La tarde de un lunes “lleno de invierno” (nublado y con frío), mientras tecleaba en el ordenador un complicado capítulo de mi novela, recibí en el móvil una llamada cuyo número reconocí de inmediato. Procedía del diario donde publicaba los artículos. De inmediato pensé que tal vez habría habido algún problema informático con el envío que había realizado poco antes de comer. Quien estaba al otro lado de la línea era la secretaria del director del periódico. Vicky me citaba para la mañana del martes, pues su jefe quería hablar conmigo de manera directa. Me sugería o preguntaba a qué hora me vendría mejor la cita, entre las once y la una. Un tanto extrañado ante la urgencia de la entrevista, pues salvo algunos encuentros casuales en acontecimientos de la vida social, sólo había conversado con Cándido en su despacho una vez (cuando hacía dos años él sustituyó al antiguo director del diario) concreté a su secretaria que, al finalizar la clase en la Universidad, me trasladaría a la sede empresarial alrededor de las 12 de la mañana. 

Continué con mi trabajo ante el ordenador, pero difícilmente podía evitar el preguntarme acerca de lo que me querría transmitir el director, con esa urgencia o premura en el tiempo. No me pareció elegante que eludiera ponerse al teléfono, para indicarme que necesitaba hablar conmigo, aunque comprendía que tal vez estaría inmerso en otras ocupaciones. Mi relación con este nuevo director había sido siempre correcta, pero algo fría. Valoraba, eso sí,  que nunca había recibido observación crítica por su parte, en relación con el contenido de mis colaboraciones periodísticas. Siempre había respetado, escrito tras escrito, mi libertad expresiva, sin modificar (como era lógico) los textos que cada día enviaba a los redactores. Obviamente a veces había algunos lapsus o errores con acentos, comas o palabras, pero el texto como tal se respetaba en todos sus párrafos. Yo sabía que algunas personas habían movido los hilos, en más de una ocasión, cuando el acento de mis críticas había sido especialmente punzante. Sin embargo nunca recibí recriminación alguna, por parte de este joven director, a pesar de que previsiblemente a su teléfono llegarían determinadas llamadas de personajes un tanto molestos e irritados por las críticas de que eran objeto en mis escritos.

Decidí, al fin, no darle más importancia a la llamada telefónica desde el periódico y estuve avanzando en mi trabajo literario hasta poco antes de la cena. Tras la misma, volví al ordenador para componer el nuevo artículo que enviaría a la redacción a lo largo de la mañana siguiente.

Faltaban escasos minutos para las 11:30 del martes, cuando llegué a la sede del periódico. Unos escolares de secundaria esperaban en la puerta, ya que iban a realizar una visita guiada por las instalaciones del diario. Se les veía ilusionados ante la actividad que iban a protagonizar. Conocer la organización de un medio de prensa, recorrer la redacción, los talleres y poder efectuar todas aquellas preguntas sobre la historia, la estructura empresarial, las anécdotas y todo el proceso que se sigue en la elaboración diaria de una medio de comunicación escrita, ofrece numerosos y gratos incentivos para una muchachada ilusionada que, al fin, ha podido salir hoy del aula para mejorar su aprendizaje. Había pocos trabajadores en el medio, a esas horas del mediodía, por lo que directamente me dirigí al despacho de Cándido, el director.

Me recibió de manera cordial aunque, desde el primer momento, percibí en su rostro una cierta mezcla de incomodidad y nerviosismo ante la reunión que íbamos a mantener. Tenía sobre su mesa, toda cubierta de carpetas y papeles, una taza de café. Era el cuarto que se tomaba, ya a esas horas de la mañana, según comentó. Me preguntó si mandaba traerme alguna infusión u otro tipo de bebida, ofrecimiento que agradecí pero que decliné con una educada sonrisa. Observaba que le costaba un cierto trabajo arrancar en sus palabras, por lo que, sin más demora, le pregunté por el objeto de esta urgente entrevista o conversación. 

“Te aseguro que no me siento cómodo con la situación que he de plantearte. No me parecía elegante hacerlo vía telefónica, por lo que te he rogado te desplazaras hasta aquí, a fin de que pudiéramos hablar de forma directa y mirándonos a los ojos.

Tu colaboración con este medio informativo suma ya muchos años, con una dedicación, sin lugar a dudas, muy valiosa y esforzada. Desde que me hice cargo de la dirección del periódico, hace ya dos años, conocí que había miembros en el consejo de redacción que, por nuestra vinculación con un importante grupo editorial de carácter conservador, no estaban especialmente contentos con algunos de los contenidos y expresiones que normalmente utilizas en tus artículos. Pero, además, ha habido importantes personalidades de la vida local que se han sentido especialmente molestos, incluso insultados, con el trato y expresiones con que los definías en esos escritos. Te puedo asegurar que, en estos dos años, he tenido que “parar” no pocos intentos de plantear demandas, e incluso presiones al periódico, a causa de esos párrafos o “libertades expresivas” que utilizas en los textos y que, por supuesto yo siempre he respetado, como habrás podido comprobar en el día a día. Nunca  he quitado o modificado línea alguna en tus escritos.

Pero, el pasado viernes, se me convocó urgentemente en Madrid a fin de mantener una entrevista con el director general del grupo empresarial que nos sustenta. El motivo de esa inesperada reunión estuvo centrado en una especie de ultimátum o disyuntiva. O te hacía cambiar radicalmente ese estilo que tanto te caracteriza o tenía que poner fin a tu relación profesional con este periódico. Y todo eso, sabiendo que nos traes a diario miles de lectores. Posiblemente has debido “tocar” alguna pieza, en tus recientes escritos, de esas que llamamos intocables. Alguna línea roja has debido saltarte….. y, en ese punto, mi labor de “paraguas” o protección ya no es eficaz. Entiéndelo, manda el grupo y yo me debo totalmente a esa fidelidad empresarial y profesional”.

Tras esta larga y contundente exposición, mantuve el silencio durante unos segundos que, posiblemente también a él, resultaron eternos. Al fin me decidí en la respuesta, que se acomodó a esas previsiones que todos solemos hacer ante hechos que nos pueden afectar.

“No te voy a ocultar, Cándido, mi decepción ante esta situación que yo, de alguna forma, ya sospechaba. Todos debemos conocer las características del “corral” (disculpa la palabra) donde nos encontramos en cada momento. Y sé que tu periódico está, desde hace ya algún tiempo, vinculado a un grupo socioeconómico e ideológico eminentemente conservador. Mis análisis y críticas, a hechos  relacionados con las personas e intereses de este espectro social, tienen que escocer y molestar ¡Qué dudad cabe! No se me oculta tampoco que, entre tus propios compañeros de redacción, tampoco soy muy apreciado, tal vez por motivos de competencia ante las entradas o visitas que reciben mis artículos, en la edición on-line, con respecto a las que ellos consiguen, en ese share de aceptación popular. Ciertamente, mi licenciatura es en Filosofía y Letras pero, desde hace años, doy clase en la Facultad de Ciencias de la Comunicación. Y, por supuesto, mi calificación profesional y vocacional es la de escritor.

Y, en todo este contexto, también yo me debo a unas fidelidades irrenunciables. ¿Cuáles son? Mi formación, mi conciencia crítica, mi deber ante los lectores. Yo no te voy a discutir, porque no me corresponde hacerlo, la línea editorial que, también desde hace tiempo, está llevando el diario. Si esa línea, cada vez más sometida a la ideología conservadora, os da buenos dividendos, pues perfecto. Pero yo, por lo que te decía antes, también me siento cada vez más alejado de ese camino que considero erróneo y “añejo”, para las necesidades de una sociedad moderna, ágil, plural y laica, que debe mirar hacia el futuro liberado de tantas ataduras con un pasado que ya es Historia. La fidelidad a mi conciencia está por encima de esa línea editorial a la que estáis sometiendo o configurando el diario. Nuestros caminos obviamente divergen, Sr. director”.

“Entonces no me dejas otra alternativa. Este viernes firmarás tu última columna en la que, si lo consideras oportuno, podrás despedirte de tus lectores. Confío que lo hagas con “elegancia”. Y sí, tienes razón. Tu “share” de audiencia y seguimiento, está por encima de muchas de las firmas de este periódico. Esa realidad te debe compensar y satisfacer. Pero los intereses y presiones, ahí afuera, son muy fuertes. Sobra decirte que agradecemos tus vínculos con este órgano de comunicación e información, durante tantos años. Esa fidelidad también ha sido admirable. Confiemos que el futuro nos sea bueno, a unos y a otros”.

Tras el saludo correspondiente, mezclado de tensión y formalidad, abandoné cabizbajo el despacho de Cándido recorriendo, de manera pausada, las salas de redacción y los talleres camino de la calle. Al enviar los artículos vía “on-line” hacía muchos meses que no visitaba la sede del periódico. Percibí en ella una estructura y decoración profundamente cambiada. Ya cerca de la puerta, volví a cruzarme con ese grupo de escolares que observaban y comentaban, con su sana y vital acústica, plena de espontaneidad, la compleja “maquinaria” que hay que poner en funcionamiento para que, cada día, nos lleguen las noticias, las informaciones, los comentarios y esas imágenes que educan, ilustran y asombran. Reconozco que me embargaba un sentimiento de decepción, tras el resultado de la entrevista. Tenía que abandonar este fraternal “hogar comunicativo” que me había albergado durante años tan significados en mi vida. Pero, por encima de los intereses sociomediáticos, estaban mis clases y, por supuesto, la sugestiva creatividad de la composición literaria.-


José L. Casado Toro (viernes, 15 Enero 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 8 de enero de 2016

LUCES QUE HABLAN DESDE UN BALCÓN, EN LA NOCHE.

Suele ser frecuente esa comunicativa y plástica costumbre, en la mirada social de los edificios. Se trata de un alegre hábito decorativo que percibimos asociado a puntuales acontecimientos de la más variada naturaleza. Son muestras expresivas que aparecen vinculadas a importantes eventos deportivos, a celebraciones de signo religioso y que también reflejan cíclicos resultados electorales u otras manifestaciones de carácter político. En los balcones y terrazas de muchos edificios, sus inquilinos cuelgan banderas, pancartas, fotos y bombillas de múltiples colores, muestras solidarias que exaltan la felicidad u opinión de sus propietarios, ante determinados hechos relacionados con la religión, la política, el deporte o, incluso también, con protestas reivindicativas que afectan a colectivos ciudadanos. 

La historia que voy a narrar ocurrió durante las pasadas Navidades. Me sentía feliz viendo la generosidad de algunos vecinos de los bloques colindantes a mi apartamento, los cuales habían colgado, desde sus ventanas y terrazas, juegos y composiciones de luces. Con sus brillantes reflejos e intermitencia cromáticas, esas composiciones de leds o bombillas clásicas alegraban, durante unas cuantas horas, la placidez de la noche. Y este sencillo pero reconfortante espectáculo se mantuvo hasta la gozosa festividad del Día de los Niños, cuando los Reyes descargan, desde su siempre mágica caravana, miles y miles de juguetes y regalos que tanto satisfacen a los más pequeños de la casa y, por supuesto también, para todos aquellos que aún saben mantener el sano espíritu de la infancia.

Tras ese lúdico día, que representa el 6 de Enero, los ornatos de luces fueron paulatinamente desapareciendo, siendo previsiblemente guardados para un nuevo uso en esa otra oportunidad que llegará el próximo diciembre. Sin embargo llamó mi atención una de esas composiciones de luces, ubicado en la balconada de un bloque cercano, la cual mostraba un breve pero significativo texto: NAVIDAD ES AMOR. Ese mensaje emitía sus brillantes e intermitentes destellos en el discurrir de las noches. Las fiestas habían terminado, pero las bombillitas continuaban funcionando, un par de horas cada día, hasta el comienzo de la madrugada. Y lo más curioso del caso es que, desde la atalaya visual de mi apartamento, no percibía que hubiese personas habitando en la susodicha vivienda. Las persianas de sus ventanas estaban permanentemente bajadas y en la terracita (donde había algunas macetas y un pequeño tendedero para la ropa) tampoco se veía a persona alguna. Deduje (era la conclusión lógica) de que ese piso se encontraba vacío de residentes aunque, desde alrededor de las diez de la noche hasta las doce de la madrugada, las luces seguían desarrollando su alegre función de cromatizar ese trocito de la fachada, con su bondadoso mensaje. Y así, un día tras otro, durante las primeras semanas del nuevo Año.

He de reconocer que eran muchas las noches en que, durante algunos minutos, me quedaba observando el texto a través del ventanal de mi terraza. Pensaba en la razón de ese alegre misterio que ponía color y sonrisas a esas horas nocturnas, plenas de humedad, silencios y farolas adormecidas. A poco de que “daban las doce” en la aritmética armónica del tiempo, las bombillitas también se marchaban a dormir, apagándose la figura geométrica y el texto que conformaban. Sin duda, ellas también anhelaban un merecido descanso, tras el esfuerzo diario por difundir la alternancia rítmica de su luz y color.

El bloque en cuestión, de siete niveles sobre la planta basal, estaba situado a poco más de unos ciento cincuenta metros desde mi domicilio. Conocía de vista a muchos de los propietarios de esas treinta viviendas que constituían el inmueble, más dos espaciosos locales comerciales. Uno de los mismos estaba ocupado por una asociación de seglares, cuyo nombre era “Camino de la Verdad” la cual, entre otras finalidades tenía como misión básica la orientación y ayuda material a todas esas mujeres cuyo destino y circunstancias les había abocado a “realizar o trabajar la calle”. El otro local estaba regentado por un supermercado de barrio, al que yo periódicamente acudía a fin de completar la gran compra semanal que efectuaba en un importante centro comercial, bastante más alejado de casa. Aunque no tenía amistad directa con ninguno de los propietarios e inquilinos de ese bloque, salvo los saludos ocasionales del “buenos días” y “buenas noches”, los percibía en su mayoría como familias de una avanzada edad, aunque había también algunos matrimonios jóvenes, con hijos aún en la edad que marca la adolescencia. 

Es el caso que cierto día, mientras había bajado por unas cervezas al súper, al guardar cola ante una de las cajas para el pago, vi que me precedían dos señoras mayores a las que reconocí como residentes en el bloque de las luces (como así lo denominaba). Me atreví a hacerles el siguiente comentario.

“Discúlpenme, Sras. Soy vecino de un bloque cercano al que creo Vds, residen. Me ha llamado la atención que, tras la finalización de las fiestas navideñas (estamos casi llegando a finales de Enero) uno de los pisos que hay en su edificio, mantiene encendidas, durante un par de horas cada noche, un motivo de ornamentación navideña, que fue colocado en los primeros días de diciembre. Y sin embargo me extraña que, desde hace unas semanas, no veo luz alguna dentro de sus ventanas, las cuales permanecen con sus persianas bajadas, ni otras señales de residentes en dicha vivienda…”

Las dos señoras, muy bien trajeadas, se miraron una a la otra, con sendos gestos en sus respectivos rostros que denotaban desaprobación y un cierto contenido nervioso. A poco una de ellas, con palabras entrecortadas ante la sorpresa que le había producido mi pregunta, respondió que efectivamente esa vivienda se encontraba ahora vacía, sin residentes. Y que su propietario había dejado esa ornamentación en la terraza. La otra señora, sin poder disimular la incomodidad que le había producido mi observación, comentó que preferían no seguir hablando del tema, dando por finalizado nuestro brevísimo diálogo.

Pero mi atrevimiento explicativo con las dos inquilinas del inmueble, con su inconcreta y nerviosa respuesta, no había hecho sino incrementar ese deseo de conocer, con más detalles, el trasfondo de una historia que, a buen seguro, ellas bien conocían. Y quiso la suerte que, unos días después, alrededor del medio día, yo me encontrase almorzando en mi terraza, dada la templanza del tiempo a pesar del invierno. En un momento concreto, divisé a una mujer en el piso de las luces nocturnas, que estaba retirando las macetas que aún permanecían sobre el suelo. Al rato, esa misma mujer salió desde la puerta de su edificio llevando unos paquetes que  trasladó a un coche que había aparcado en la acera opuesta a su puerta. La misma operación fue repetida en un par de ocasiones. Era evidente que se estaba llevando algunos enseres que habían sido dejados en la que debía ser su vivienda (entre ellos, las susodichas macetas). Al terminar de comer, me desplacé con presteza a la calle dispuesto a hablar con esa señora.

Ante mí tenía a una esbelta mujer, probablemente de cuarenta y tantos años, cuyo rostro algo inconcreto me recordaba. Con las disculpas subsiguientes, le expuse prácticamente el mismo interrogante que a las dos señoras del súper. Esbozó una forzada sonrisa, no exenta de curiosidad ante el atrevimiento alocado de mi pregunta.

“No se preocupe. Aunque Vd. a mi no me reconozca, hemos sido vecinos durante un cierto tiempo. Nos hemos cruzado, en numerosas ocasiones, por estas calles del barrio. En este momento tengo mucha prisa, porque me están esperando. Pero, si le parece, concretamos una hora y día, en donde le podré explicar, con más sosiego, el motivo de esos ornatos nocturnos que tanto han movido su curiosidad.”

Una semana más tarde, alrededor de las siete (ambos fuimos puntuales) nos saludamos en la puerta de una tranquila tetería, muy próxima al Museo Picasso malacitano. Había sido ella quien eligió este lugar de encuentro, comentándome que le cogía muy cerca del que era su nuevo domicilio, en la zona antigua de la ciudad. Una vez más, intentaba rastrear en mi memoria quién era la mujer que tenía ante mí, cuyos rasgos faciales me recordaban la imagen de alguna persona conocida, pero sin saber dónde ni cuando. Desde antes que nos sirvieran las consumiciones, ella mostró su clara disposición a explicarme la que iba a ser para mi conocimiento una curiosa y sorprendente historia.

“Mi nombre es Loreto. Desde el otro día, cuando guardaba los paquetes en el coche y te presentaste ante mí, noté en tu mirada que algo recordabas en mi persona, al igual que estás haciendo en este momento. Pero hay una tiniebla que te nubla la visión y te impide clarificar o identificar esa imagen ¿verdad?”

En ese preciso instante, mi interlocutora extrajo una fotografía de su bolso, poniéndola en mis manos. Reconocí, sin lugar a duda, la imagen de un hombre cuyo rostro me era familiar por haberme cruzado en repetidas ocasiones con él por las calles y comercios del barrio. Entonces miré fijamente a Loreto y me quedé prácticamente sin voz.

“Pero… pero si… pero si es un hombre…”

“Sí, efectivamente la persona que aparece en esa foto… soy yo. He luchado mucho por ser lo que realmente me ha dado la naturaleza. Yo sentía como una mujer, pero encerrada, aprisionada en un cuerpo de hombre. Quirófanos, inversiones costosísimas, muchos sacrificios, pero al fin soy quien debo ser. Unos le llaman, en lo científico, reasignación de sexo. Otros, más coloquialmente, cambio de sexo  e incluso “transformismo”. Antes, yo era Delfín. Ahora mi cuerpo se ha reacomodado a mis sentimientos, a mi cerebro y fisiología y soy Loreto”.

“Todo este proceso de cambio lo he vivido durante los dos últimos años. Pero sufriendo, calladamente, la incomprensión de una serie de vecinos de mentalidad trasnochada, ultraconservadora y cínica. No aceptaban convivir con un Delfín que había dejado en libertad a Loreto. Lo peor fue cuando mi nueva pareja se vino a casa a convivir conmigo. También,  cuando conseguimos, mediante la ingeniería genética, tener una descendencia. En la junta de propietarios, alguna gente farisea de comunión y golpes en el pecho, consiguió que se votara mi abandono de la vivienda, por el lamentable ejemplo que estaban recibiendo sus hijos. He pasado, hemos vivido, unos meses muy amargos.

Al final, ya no pudimos más, con todos los comentarios, miradas, silencios e incluso insultos y nos hemos mudado a una vivienda de alquiler, por la zona histórica de la Merced. Precisamente, la empresa inmobiliaria ya ha puesto, en el día de hoy, un cartel con el SE VENDE en mi antigua vivienda. Pero mientras que el piso sea de mi propiedad, no quitaré esas luces, ni ese texto de NAVIDAD ES AMOR, colocado en la terraza y que todas las noches se enciende durante un par de horas. Con ello les hago ver, a mis intolerantes convecinos, su incomprensión, su hipocresía y la ausencia de amor, con letras mayúsculas, en la teatralización de eso que llaman religión”.

Verdaderamente la cirugía había obrado milagros en la imagen de una mujer que antes sufría en el cuerpo de un hombre. Ahora era ella misma. Había sabido luchar frente a la cerrazón y la deleznable hipocresía social. Al despedirnos, le expresé mi admiración y respeto. Por supuesto, le ofrecí la ayuda que en algún momento pudiera necesitar. Y aquella noche, a eso de las 10 y algún minuto, las luces de ese balcón volvieron a pestañear. El AMOR, una vez más, había sabido vencer a la ausencia de verdad.-   


José L. Casado Toro (viernes, 8 Enero 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 1 de enero de 2016

EN LA MÁGICA NOCHE DE LA INOCENCIA Y LOS JUEGOS.

Pocos son los que ponen en duda que esa Gran Noche, a comienzos de otra anualidad, como es la fiesta mágica de los juguetes, posee el dulce encanto de la ilusión y la sonrisa. Especialmente diseñada para los que  son más jóvenes en edad. Pero también para todos aquéllos que todavía no quieren dejar de serlo, a pesar de los números recorridos en el largo calendario de sus memorias. En los momentos de mayor desconsuelo, miras a la infancia. A esa etapa en la vida de todos, en la que el juego de la imaginación sabe poner una sonrisa, haciendo real lo imposible, creyendo en aquello que tildan de increíble y multiplicando el tiempo del disfrute en aquellas cosas sencillas que verdaderamente reconfortan. Y bajo un manto azulado, iluminado por las estrellas, los juguetes se van haciendo presentes en millones de hogares, a la espera de que la llegada del alba confirme la realidad de esa  mágica fiesta Reyes, para todos los niños que saben y quieren creer, jugar y disfrutar.

La mayoría de esos pequeños, o aquéllos mayores con alma de niños que aún son capaces de sentir como ellos, han hecho explícitos sus deseos a través de una carta. Otros, por el contrario, manifiestan sus anhelos mediante la palabra o esperan confiados en el signo atrayente de la suerte. Sin embargo es saludable creer que todas esas cartas sin franqueo, viajan como destino a un gran almacén de infinitas ilusiones. Allí, tres venerables ancianos atienden con benevolencia esas peticiones fundamentadas en la inocencia de la fe y que, en la mañana del 6 y en otros muchos amaneceres, permiten generar sonrisas y compartir el juego para sa ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ sutil sabidurren creer, jugar y disfrutarí y con los demás. En la proximidad de un nuevo 6 de enero, vamos a conocer el contenido de una de estas cartas que, entre millones de misivas, hizo reflexionar a SS MM, hombres sabios que, con sutil inteligencia, poseen la dulce capacidad de comprender y resolver. 

El contenido del escrito provocó el asombro de Melchor. Incluso quiso repetir su lectura, antes de pasarla a sus compañeros en sabiduría y magia, Gaspar y Baltasar. A pesar de las prisas subsiguientes, a fin de atender todo el inmenso trabajo que se les había acumulado en los días previos al Gran Viaje, por millones de hogares de los cinco continentes, hicieron una parada en su labor clasificatoria de juguetes y destinos. Era necesario hacer una nueva lectura en común del peculiar texto caligráfico que tenían en sus manos. Las tres orondas personas mostraban en su rostro confusión y perplejidad, ante una carta diferente de entre todas las que recibían.

“Queridos y añorados RR.MM. Como todos esos niños, que todavía mantienen viva su creencia en el milagro que llega a sus domicilios cada seis de enero, yo también he querido practicar su maravillosa inocencia y escribiros estas expresivas líneas. Al igual que lo hacía cuando, con pocos años en la vida, los mayores me ayudaban a redactar todas aquellas ilusiones que bullían en mi cabeza y que, de una u otra forma, habías grabado en tu visita por los escaparates de las tiendas de juguetes. Yo también deseaba tener esos objetos para el juego que muchos niños y amigos ya poseían para su alegría y disfrute. Ahora, ya de mayor, nada puede ser igual como en aquellos años de la infancia que recuerdo con especial cariño y nostalgia.

¿Y qué juguete o regalo os puedo pedir cuando, en esta época de la abundancia para tantos, casi de todo tenemos ya en casa? Repasamos, hasta el cansancio, toda esa cantidad de ropa que atiborra nuestros armarios y que apenas tenemos tiempo u oportunidad de usar; gozamos de la abundancia y versatilidad electrónica, con aparatos que realizan las prestaciones más sofisticadas e increíbles pero que, de manera acelerada, vamos sustituyendo, cuando apenas hemos obtenido el rendimiento que prometen en sus prestaciones; multitud de libros pueblan nuestras bibliotecas particulares, cuando apenas tenemos oportunidad, por el estrés aplicado a nuestras vidas, para abrir esos apetecibles manuales y gozar con sus informaciones, historias, cuentos o poemas; para quienes gustan de su ostentosa materialidad, disponemos de no pocos objetos suntuarios que, por su repetición, apenas ya nada nos dicen, como no sea para lucirlos ante los demás, en esas ocasiones de la vida social...

Y así podría continuar esta larga misiva que ejemplifica (es duro reconocerlo) esa plaga de aburrimiento que atormenta nuestras vidas. Efectivamente, es éste, uno de los grandes problemas que los mayores no hemos sabido resolver, precisamente en esta gran época de los adelantos que nos aturden, asombran y, cada vez más, menos goce nos producen. La humanidad, la gente, a pesar de toda esa plétora infinita de posibilidades que la civilización y la ciencia han puesto a nuestra disposición, sufre, con mayor o menos disimulo, el pathos de esa endemia cruel como es la del aburrimiento, para tantas horas disponibles que el destino nos confía.

En este momento de reflexión y sinceridad, me gustaría recuperar a ese niño que fui, volviendo a escenificar aquellos inolvidables momentos en que, con tan poco, tanto me distraía y disfrutaba. Vienen a mi mente aquellos Juegos Reunidos, en los que aplicaba la suerte, el ingenio o la oportunidad; aquellas pequeñas figuritas de goma, disfrazadas de vaqueros y soldados; las creativas acuarelas de colores y pinturas, con las que tantos dibujos y composiciones realizábamos; aquellas modestas pelotas de goma, que templaban nuestra desbordante energía por los rincones más insólitos para jugar, o aquel mecano de piezas tornillos y tuercas, elementos que permitían construir pequeñas y grandes obras de ingenio. Y cómo olvidar las bolas de cristal, la canicas rellenas de colores,  con las que podíamos competir con los amigos del lugar; para mí eran especiales aquellos artilugios que llamábamos cinedix, con sus cintas enceradas que nos hacían crear nuestra propia sala de proyección, llevando esas imágenes, con sus pequeños movimientos, a la paredes de nuestro hogar. Tampoco faltaban los libros de los mil y un cuentos, para leer cada noche antes de dormir… Juguetes, más o menos simples y divertidos, que ponían a prueba toda esa imaginación para el disfrute, en las tardes y mañanas de nuestra infancia. Ese disfrute, inocente y divertido, no lo he vuelto, lamentablemente,  a recuperar.

Pongo fin a esta carta, plena de sentimientos, cuya extensión os puede cansar. Al redactarla, he podido reflexionar sobre el tiempo de la abundancia que tantas veces nos aburren, por no saber recuperar y encontrar esos espacios en nuestras vidas, dedicados al juego en la amistad. Me gustaría para terminar que, a ser posible, me dejarais un juguete sobre los zapatos colocados junto al árbol de Navidad. Someto a vuestra mejor sabiduría aquél que consideréis más apropiado para mi necesidad. Alejandro”.

Los tres Magos de Oriente, tras conocer el contenido de esta curiosa misiva, intercambiaron sus respectivas consideraciones y, tras repasar el inmenso listado de juguetes que mantenían en sus almacenes, dudaban cual de ellos sería el más apropiado para las necesidades y circunstancias que planteaba el adulto y peculiar remitente. Reconocían, en base a su sabiduría, que la razón principal de ese aburrimiento, que tanto afecta y desalienta a los mayores, obedece precisamente a que han olvidado lo que supone ser niños. Son tantas las obligaciones, importantes pero superfluas, con las que agobian el tiempo de sus vidas, que apenas tienen ese espacio para el juego, actividad que pondría color, ilusión, distracción y alegría, a fin de poder superar los latidos de la rutina. Como tantos otros, Alejandro había perdido el sentido de aquellos valores de la infancia. Ese tiempo maravilloso donde el juego, compartido o en soledad, permite sentir y disfrutar la alegría como sólo lo pueden hacer los niños. Había que actuar, en consecuencia, buscando ese regalo que permitiera al remitente volver a sentirse como aquél niño que fue.

En la mañana del seis de Enero. Alejandro se despertó sobresaltado. Cuando abrió los ojos, tras el descanso nocturno, no daba crédito a lo que sus ojos veían. No se encontraba en su cuarto y aquella tampoco era su cama. Junto a él no se hallaba Loreto, su mujer, mientras que al lado de su pequeño lecho para el descanso había otra camita. Estaba ocupada por una niña, a la que pronto reconoció. Era su hermana Paula, pero con ese cuerpo infantil de los seis o siete años. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Era un sueño o una realidad lo que sus ojos percibían? Lo más impactante fue cuando, a los pocos segundos, se vio a si mismo transformado o llevado a esos nueve o diez años de su infancia. Caminó unos pasos, entre el desconcierto y la angustia, por ese cambio que estaba afectando a su vida, inexplicable para con lo racional. Abandonó esa habitación, que su memoria le hizo recordar la que había sido casa de sus padres y al llegar al saloncito de aquella entrañable vivienda, en el barrio alto de la ciudad, la claridad ya entraba por las ventanas. Observó el gran árbol de Navidad, en el que todos habían ayudado para con los adornos. Alrededor del mismo había varios paquetes, envueltos con papeles de brillantes colores. Volvió presuroso a su cuarto. Paula estaba ya sentada en la cama. Con ojos entreabiertos, su hermana le preguntó: “Alex ¿han venido ya los Reyes?”

Aquél fue un día inmensamente feliz. Trató de atarse bien los patines e hizo los primeros recorridos por el pasillo de su casa. A media mañana bajó con sus padres, a practicar por las aceras de la plaza cercana a su domicilio. Allí se encontró con su amigos del barrio, que compartían sus bicis y balones para el juego. A pesar de que mantenía muy bien el equilibrio, en su nueva patineta, una piedra perdida le hizo caer al albero. Pero su madre resolvió con presteza el problema, con un poco de mercromina y un vistoso esparadrapo. Fue un día de Reyes intensamente feliz, para el juego y la desbordante ilusión que sólo se posee a esa dulce edad de la inocencia.

Cuando despertó a la mañana siguiente, Alex comprobó que todo había vuelto a la rutina de la normalidad. Loreto aún reposaba su sueño y aquella era la habitación de la casa que poseían desde su matrimonio.  Precisamente sonó el nuevo radio-despertador con proyección en el techo, que su mujer le había regalado por la fiesta de Reyes. Era un artilugio muy sofisticado que además tenía pantalla de plasma, con la que podría tener conexión a Internet y a las cadenas de televisión. Con una sonrisa “entristecida” él seguía añorando a sus queridos patines y a esa patineta, que le provocó aquella aparatosa, pero divertida, caída. Pero ¿cómo era posible? ¡Su rodilla izquierda tenía un pequeño esparadrapo encima de la rótula…!

Y allá lejos, en el apasionante país de la magia, sus tres Majestades, Melchor, Gaspar y Baltasar, reían y disfrutaban. Habían querido, con su mágica sabiduría, conceder a Alex el mejor regalo para su cada vez más aburrida vida. Un día de vuelta a la infancia. Ahora se preguntaban si este alto ejecutivo sabría aprovechar la inteligente lección que, con su inmensa bondad y poder, habían querido ofrecerle.-  

José L. Casado Toro (viernes, 1 Enero 2016)
Antiguo profesor I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga