jueves, 16 de julio de 2015

UN INCIERTO DESTINO, A CUALQUIER PARTE DE NUESTRA MEMORIA.


Cuando vamos construyendo el guión de un nuevo día, la sorpresa y la rutina se nos van entremezclando con ese ritmo aleatorio que, posteriormente, enriquecerá el balance multicolor de nuestros recuerdos. Pero hay ocasiones en que lo imprevisible supera ampliamente, en numérico porcentaje. a esa normalidad que apetecemos para el necesario y valioso sosiego.

Estanislao Parral, a pesar de su juventud, es un experto profesional asalariado del taxi. Comparte el trabajo diario con otros dos compañeros conductores, rotándose semanalmente los turnos de ocho horas, a fin de que el vehículo que conducen no esté parado, sino a disposición de prestar este importante servicio público, durante las veinticuatro horas que conforman el día. Hoy, un caluroso viernes de julio, le corresponde atender la franja horaria de entre las dos de la tarde hasta las diez de la noche. Aunque dedica muchos minutos a circular con la luz verde indicadora de disponibilidad, está siempre atento a recibir el mensaje de un nuevo servicio a desarrollar, desde la centralita del Radiotaxi. En otros momentos suele utilizar la densa parada de la estación de ferrocarriles y autobuses, que también goza de notable movilidad. El propietario del vehículo les abona un fijo mensual, aunque tienen un plus de rendimiento en función de la recaudación que desarrollen durante cada jornada. Él y su mujer tienen una hija pequeña y aún les queda por pagar muchos años de hipoteca para la vivienda en que habitan. En general, viven con equilibrada modestia, aunque la comida y las primeras necesidades están aseguradas pues, en ocasiones, Estanislao se presta a realizar sustituciones en los taxis de otros propietarios, obteniendo con su esfuerzo unos euros que les viene muy bien para atender esos gastos inaplazables que todas las familias deben afrontar.

En las primeras horas de su turno en el día, la recaudación realizada estaba siendo en sumo reducida. Apenas tres servicios urbanos de cortos trayectos, a lo que había tenido que aplicar la tarifa mínima establecida. Pero he aquí que, sobre las siete de la tarde, cuando ocupaba el primer puesto en la fila de espera de la Estación Málaga María Zambrano, se le acerca un hombre aseadamente bien vestido, con deportiva ropa veraniega, persona que rondaría (en su opinión) las seis décadas de edad. El viajero ofrece una constitución enjuta, manteniendo un buen nivel capilar en su ya canosa cabellera, protegiéndose sus ojos con una gafas de suave fumé. Porta una bolsa de loneta, verde militar, aparentemente llena de lo que parecen ser, por su volumen, ficheros o dosieres. Una vez dentro del Peugeot 308, color blanco aunque con la rentable y cromática publicidad en sus laterales, el usuario pronuncia una enigmáticas palabras que dejan pensativo al bueno de Estanislao.

“Buenas tardes. Por favor, le voy a pedir algo que tal vez le resulte extraño, aunque le aseguro que, en modo alguno, pretendo incomodarle. Simplemente, deseo que conduzca un buen rato a través de la ciudad, preferentemente por las zonas con más animación o vivacidad en cuanto a la densidad de personas. Desde luego, dejo el itinerario a su libre albedrío, pues no tengo un destino fijo. Le reitero que no debe preocuparse por lo que marque el taxímetro, pues afrontaré el coste de la carrera sin la menor objeción”.

Aún sin salir de su asombro, el taxista asiente con un movimiento de cabeza y arranca el vehículo. Era la primera vez, en sus ya once años de oficio, que le ocurría algo así. De todas formas, aunque la actitud del pasajero en principio no le incomodaba, se preguntaba en silencio hasta cuándo tendría que estar moviendo el taxi, de uno a otro lugar. Pensó en conceder unos minutos al viajero, esperando que esta kafkiana situación se aclarase. Se dirigió primero a la zona portuaria y, desde allí, condujo el vehículo hacia el Paseo Marítimo camino de Pedregalejo y la barriada de El Palo. Al llegar a la Playa de El Dedo, preguntó al cliente si continuaba el recorrido o detenía el vehículo en algún lugar especial. “Ahora deseo ir hacia el Paseo Marítimo del Oeste”. Cuando estaba llegando a la zona de la Torre o Chimenea Mónica, cerca de la Playa de la Misericordia, tras unos veinticinco minutos de conducción, el taxista aparca junto a la acera y, volviéndose al viajero le manifiesta, de manera abierta y clara sus dudas acerca de lo que estaba sucediendo. Le ruega con firmeza, no exenta de cortesía, que abone lo que marca el taxímetro y que se preste a bajar del vehículo.

“Señor taxista, si me permite unos minutos, le explico algo de mi situación a fin de que se tranquilice y pueda, de alguna forma, comprenderme. Mi nombre es Cristóbal. Soy un técnico electrónico jubilado. Ya casi alcanzo los setenta en edad. Desde hace unos años, la vida me va dando la espalda en razones para sonreír. Las desventuras van viniendo una tras otra, de una forma cruel y sin sentido. Perdí a mi compañera hace ya cuatro años y, desde entonces, sufro la enfermedad de la soledad. Terrible, se lo aseguro. En cuanto a los hijos, viven su existencia para la cual creo que mi persona molesta. Ya hablan incluso de buscarme un buen acomodo en algún lugar que a ellos no les moleste y así puedan lavar sus conciencias, especialmente la de mis nueras y yernos. Han querido controlar mi patrimonio financiero, pero hoy yo me he adelantado y he dejado la cuenta bancaria con un fondo meramente testimonial. Ahora el capital de mis ahorros viaja conmigo, en esta bolsa que me acompaña”.

El asombro de Estanislao alcanza ya los más altos niveles. Sobre todo cuando, en un gesto para la convicción, Cristóbal extrae de su bolsa un billete de cincuenta euros, con el que se dispone abonar la cantidad de veintiún euros y unos céntimos que, en ese momento, marca el taxímetro. Son las 8.25 de la tarde, cuando el sol del verano se halla en plena retirada. El taxista cobra la cantidad correspondiente, devolviendo el resto al pasajero. Pero en un arranque de bondad solidaria, sugiere a esta extraña persona, que se hace llamar Cristóbal, si necesita tomar un café o algo similar. Tienen un bar a  unos pasos y allí se dirigen, en medio de mucha gente que transita a esa hora de la tarde por el Paseo. Otros muchos, con sus bártulos playeros, vuelven de la arena camino de sus respectivos domicilios.

“Percibo que se siente Vd. muy solo. Pero entienda que su actitud resulta un tanto extraña. En definitiva ¿qué pretende conseguir haciendo kilómetros y kilómetros en el taxi, desde un lugar para otro? No creo que esa sea la mejor solución, para los problemas que pueda efectivamente tener. ¿Por qué no habla abiertamente con sus hijos y les expone su desazón ante la actitud que mantienen con su persona, amigo Cristóbal? Estoy completamente seguro de que ellos le comprenderían pues, sin duda, Vd. ha dedicado toda una vida pensando en lo mejor para ellos. Pero ahora les corresponde actuar con responsabilidad y ayudarle. Y no me refiero a lo material que, desde luego, es importante, sino a ese cariño que todas las personas necesitamos en el día a día”.

El peculiar viajero va asintiendo a todo lo que, con la mejor voluntad, le manifiesta su generoso interlocutor. Pero su mirada cada vez parece estar más perdida en la lejanía desordenada de su memoria. Sólo acierta a responderle, temblándole ahora la voz, como explicación básica a su comportamiento, que necesitaba estar rodeado de gente. Y que por eso eligió el medio rápido de un taxi que le trasladara a sitios diversos donde hubiera muchas personas, con sus sonrisas, con sus conversaciones, con esos niños que corren, gritan y juegan …….. Apuran sus tazas de café, antes de que la infusión se enfríe y pierda ese térmico sabor que debe acompañar su disfrute tonificador. Estanislao paga al camarero mientras la mirada de su compañero de mesa se halla cada vez más perdida por entre el erial patológico de sus pensamientos. Salen de la cafetería y el taxista ofrece llevar al viajero, ya gratis, a su domicilio. Piensa que esta persona, en el estado anímico que va alcanzando, no debe estar por ahí deambulando entre la indiferencia anónima de los transeúntes.

Cuando entra en el vehículo, escucha que por el radioteléfono están dando un aviso desde la centralita coordinadora. Informan si alguna persona, precisamente con las características físicas de Cristóbal, ha contratado un servicio de taxi. Cualquier dato al respecto debe ser comunicado de inmediato a la operadora, a fin de unificar la información trasmitida a la policía. Así lo hace de inmediato el taxista, ante la indiferencia de su pasajero, que parece haber caído en un estado de letargo o aturdimiento total. No pronuncia palabra alguna. Desde la centralita, indican a Estanislao que conduzca a su pasajero, con la mayor presteza, a la Comisaria Central de Policía. En unos siete minutos, llegan a su destino. Allí les esperan varias personas, con muestras evidentes de inquietud en sus rostros. Obviamente, reconocen de inmediato al pasajero que le ha acompañado en esa curiosa aventura profesional que no olvidará.

Tras los trámites necesarios, narrando detalladamente todos los hechos, una mujer, prácticamente de la misma edad que el taxista, se le acerca y se esfuerza en facilitar una explicación al profesional, sobre el trasfondo de toda esta extraña historia.

“Mi nombre es Lorena. Quiero agradecerle expresamente su responsabilidad y humanidad de comportamiento. Mi padre sufre un principio de la enfermedad de Alzheimer. Tiene momentos muy lúcidos y otros en que su memoria y coordinación prácticamente desaparecen. Los vaivenes mentales son incontrolados y esta tarde ha tenido uno de ellos. Hace unas semanas, también llevó a la práctica la aventura de tomar un taxi. Estuvo todo el día desaparecido, pero ya en la tarde, volvió a casa, caminando con autonomía y con un perfecto control de la situación. Por este motivo, ante su salida de casa después del almuerzo sin que nos diésemos cuenta, y la tardanza de su vuelta, tras llamar a los centros hospitalarios, acudimos a la policía, que se puso en contacto con las centralitas de los radiotaxis. Pensamos que la aventura del taxi, previsiblemente, podría haberse repetido”.

Cristóbal permanecía sentado, junto a otro de sus hijos, con la mirada puesta en algún punto indeterminado de su memoria. Abrieron la bolsa de lona verde que le acompañ en toda su aventura y ante el asombro de todos da en la lejanmos a la policia,que mi padre sufre un principio de la enfermedad ó en toda su aventura y, ante el asombro de todos, sólo contenía recortes de periódicos y revistas en su interior. Allí también había dejado la vuelta de los cincuenta euros, billete que había utilizado para pagar la carrera del taxi. “¿Tenemos que abonarle alguna cantidad más, por el tiempo que ha invertido en su trabajo? “No, nada más. Estos hechos pueden ocurrir y lo importante es la salud de su padre”

Una vez aclarados todos los hechos, Estanislao se acercó a Cristóbal a fin de darle un abrazo para la despedida. Prometió ir a visitarle en el futuro, haciendo algún hueco entre sus obligaciones de trabajo como asalariado del taxi. Recibió, como respuesta de su amigo. una sonrisa y una frase plenamente lúcida. “Gracias, amigo, serás bienvenido en casa. Juntos daremos un largo paseo, caminando por el centro de la ciudad”. Un funcionario de policía entregó al diestro conductor una copia de su declaración, muy necesaria para cuando explicara al propietario del vehículo la reducida recaudación obtenida en aquella calurosa e imprevisible tarde de Julio. La sorpresa había vuelto a entremezclarse, con traviesa agilidad, entre el normalizado mundo de la rutina-

José L. Casado Toro (viernes, 17 Julio 2015)
Profesor

viernes, 10 de julio de 2015

SONIDOS INAPROPIADOS EN LA MADRUGADA, DESDE LA HABITACIÓN 912.



La opción de viajar a Madrid, a fin de pasar unos días de descanso en esta cosmopolita ciudad, me resultaba ilusionadamente atractiva. Cómodo desplazamiento en el AVE; elección de un buen hotel, próximo a esa céntrica artería viaria de la Gran Vía; facilidad para el movimiento por la ciudad, utilizando la bien articulada malla suburbana del metro; oferta de múltiples incentivos culturales de la más variada naturaleza y, también, unas opciones gastronómicas muy suculentas, entre las que priorizaba ese cocido madrileño que tanto reconforta. Tres días expresamente dedicados a disfrutar un necesario y terapéutico cambio de ambiente, resultan siempre apetecibles. Y es que el curso escolar había sido muy denso y agotador, por lo que mi cuerpo demandaba un desplazamiento lúdico para la necesaria recuperación.

Las expectativas iniciales se fueron cumpliendo con rigurosa puntualidad. Ese primer día estuvo dedicado, básicamente, a recorrer la parte antigua de la ciudad. Los barrios más castizos, con su tradición y recuerdos, te van aportando unas vivencias que resultan enriquecedoras, especialmente porque ayudan a cambiar esa rutina que suele acompañarte en tu lugar habitual de residencia. Por la tarde hice un buen paseo por los jardines del Retiro, antes de acercarme a un señorial teatro sito en la Plaza de Jacinto Benavente, donde iba a disfrutar de la primera obra teatral, que desde Málaga había tenido la previsión de reservar. Siempre me agrada hacerlo, a fin de conseguir una buena localización en la espaciosa sala donde la pieza escénica iba a ser representada. Dada la hora en que finalizó la actuación, pensé que lo más acertado era tomar unas tapas como cena y el siempre goloso postre de un chocolate caliente, a pesar de la templaza térmica con que la llegada del verano ofrecía la ciudad. Una ducha reconfortante antes de ir a dormir y a eso de la una de la madrugada ya me encontraba en la cama, repasando las variadas noticias del día en la pantalla del iPad. Me sentía profundamente cansado, pero sin embargo feliz, en lo que había sido un bien aprovechado primer día para la actividad vacacional.

Eran las cuatro treinta de la madrugada, cuando me desperté sobresaltado. Me había quedado dormido con la luz de la mesita de noche encendida y la tablet junto a la almohada. Desde la habitación contigua, llegaban unos sonidos musicales que se escuchaban perfectamente a través del cabecero de mi cama. Miré de nuevo la esfera del reloj y, efectivamente, las manecillas marcaban esas cuatro horas y treinta minutos, para la desventura. No sabía si estaba soñando, aunque pronto reconocí las notas musicales de la marcha militar que había puesto fin a la profundidad de mi sueño. Tras unos dos minutos y medio de interpretación, de nuevo volvió el silencio. Me vi sentado a los pies de la cama, preguntándome quien sería ese insensato que ocupaba la habitación vecina. ¿A quién se le podría ocurrir poner (a buen volumen) la Marcha Radetzky a esas horas en que las personas normales tratan de conseguir el necesario descanso para su cuerpo? Mi problema, como el de muchos, es la dificultad para volver a retomar el sueño, una vez desvelado. Además, había sido un despertar eminentemente castrense, con la marcialidad propia de una marcha militar De manera afortunada, un par de horas después de “jugar” con el tablet, volví a quedarme dormido. Ya estaba amaneciendo, con las primeras luces de un nuevo día. 

Tras hacer un suculento y copioso breakfast (estos desayunos, en determinados hoteles, resultan verdaderamente pantagruélicos) me dirigí al mostrador de recepción de clientes, donde fui atendido por la Srta. Belén Arana. Le expliqué, de forma detallada, mi desagradable experiencia nocturna, en el ecuador de la pasada madrugada, a fin de que hiciera las gestiones oportunas para impedir su incómoda repetición en las noches siguientes. Mi descanso estaba en juego y yo había venido a este hotel para completar una placentera actividad vacacional. A medida que le iba narrando lo sucedido, noté una expresión de intensa extrañeza en su rostro.

“Estimado cliente. En modo alguno pretendo poner en duda la veracidad de lo que está poniendo en mi conocimiento. Pero es mi obligación explicarle unos datos, para su mejor comprensión. En estas fechas veraniegas, con todo el turismo en auge, tenemos el hotel prácticamente al completo. Sin embargo, en ese ángulo de la última planta, la habitación contigua a la suya lleva dos días sin ser ocupada. Ello es debido a que la 9/12, por ocupar precisamente un determinado angular, tiene unas vistas escasamente atractivas. Está mirando al patio interior de un edificio colindante. Su luminosidad tampoco es buena, en muchas de las horas del día. Al ser también habitación de uso individual, sólo la utilizamos en circunstancias muy concretas. Lo que pretendo decirle es que estas dos últimas noches, la 9/12 ha estado desocupada. ¿Está Vd plenamente seguro de que esos sonidos en la madrugada procedían exactamente de la habitación paralela a la suya, que es la 9/11?

Era tal la firmeza con que la Srta. Arana dotaba a sus palabras, que comencé a dudar de que la peculiar situación que había sufrido la noche anterior fuese efectivamente real. La verdad es que en la cena sólo había tomado un par de cervezas. Obviamente no estaba bebido, pero igual fue un mal sueño ….. En definitiva me disculpé de la Srta. conserje la cual, muy amable, se ofreció a prestarme toda la ayuda posible, si algo más incomodaba mi estancia en su hotel. Incluso me aseguró que ordenaría a una de las camareras, para que repasara esa habitación, que tampoco hoy tenía previsto ser ocupada, salvo que se presentara alguna necesidad de especial importancia.
    
Este segundo día vacacional, estuvo dedicado básicamente a la visita de ese gran museo, tesoro para la pintura mundial, que se halla ubicado en el Paseo del Prado. Me detuve, de manera especial, en las salas dedicadas a la época del estilo Barroco. Por la tarde, tras comprar unos regalos, a eso de las siete encaminé mis pasos al Teatro Lope de Vega, donde por fin iba a disfrutar de una obra visual y acústicamente muy hermosa, tanto para la gente joven como para aquella otra que acumula una mayor edad: The Lion King. Era una asignatura pendiente que tenía en mi vida: ver la puesta en escena de El Rey León.

Volví al hotel, ya cerca de la medianoche. No es que hubiera olvidado los avatares de la madrugada anterior pero, he de reconocerlo, cada vez tenía más dudas de que aquel despertar castrense hubiera tenido efectivamente lugar. ¿Pudo todo deberse a los efectos de una desagradable pesadilla? ¿Me habría dicho toda la verdad la Srta. Conserje? Incluso, antes de ir a la cama, salí al pasillo y acerqué mi oreja a la puerta de la habitación vecina y pude comprobar que nada se escuchaba desde el interior de la misma. Parece que tampoco ese día había sido ocupada por viajero alguno. Repetí los mecanismos habituales que siempre hacía, antes de caer sumido en el sueño. Repasé las más importantes noticias del día, además de esa entrada en Google para preguntar opciones básicas  de visita en Madrid, a fin de diseñar bien el que sería mi último día de estancia en la capital del Estado.

No, no había sido un mal sueño la incómoda experiencia musical, con su impertinencia horaria. De nuevo, a las cuatro y media exactas, me despiertan los sonidos marciales de la Marcha Radetsky. Procedían, de manera inequívoca, de la habitación contigua y se escuchaban perfectamente a través del muro donde estaba apoyado el cabecero de mi cama. La pieza musical dejó de sonar, tras los dos minutos y medio de interpretación. La noche recuperó el silencio momentáneamente perdido. Aunque estaba profundamente enfadado ante ese nuevo e incómodo despertar, controlé los nervios, tomé un zumo y encendí, durante un ratito la refrigeración. La madrugada estaba sometida a una atmósfera de bochorno térmico. Pude recuperar el sueño cuando ya apenas comenzaba a clarear en el cielo madrileño.

Esa mañana no estaba la Srta. Belén tras el mostrador de la recepción. Fui atendido por el Sr. Fermín Gredial, quien tras escuchar toda el resumen de los hechos, me indicó que ya existía un informe en manos del director del Hotel. Hizo unas llamadas y, tras comunicar telefónicamente con sus superiores, me pidió de forma encarecida que después del almuerzo, hablara con él, pues el problema que me afectaba se iba a arreglar. Aquella mañana de domingo la dediqué a visitar la lúdica escenografía comercial que ofrece el gran Rastro madrileño, donde adquirí algunos complementos de piel, tanto para regalos como para uso personal. Después del almuerzo, mi dirigí al mostrador de recepción.

“La dirección del Hotel comprende y lamenta su desazón ante los hechos que ha soportado en las dos noches anteriores. Esta mañana hemos repasado de nuevo la habitación 9/12 y seguimos sin hallar explicación lógica alguna a esa música nocturna que violenta e inestabiliza su sueño. Como aún tiene contratada una noche más, le ha sido habilitada una nueva habitación, exactamente la 7/8, donde esperamos que esta noche sí pueda descansar sin interrupciones molestas. Además, disfrutará Vd de la cena en el Hotel, con cargo a la dirección del mismo. Dos camareras están preparadas para trasladar sus pertenencias a la nueva habitación. Sólo esperan sus indicaciones, a fin de ayudarle con las maletas u otros enseres”.

Era patente la buena voluntad que estaban mostrando los responsables del establecimiento. Obviamente, agradecí a este complaciente interlocutor la deferencia que mostraba hacia mi persona. Esa última tarde vacacional quise dedicarla a recorrer, una vez más, calles y rincones típicos del más viejo y tradicional Madrid (especialmente, la zona de Fuencarral y el barrio de Chueca). Me olvidé del Metro y me sumergí por esas plazas con encanto, sus tiendas con sabor a misterio, visité numerosos bares, que lucían una decoración e iluminación que ensueña y embruja a una variopinta clientela y todo ello mezclado con el grato y habilidoso buen hacer de muchos artistas callejeros. Verdaderamente admirables estos nómadas y juglares del asfalto, que van tejiendo palabras, arte e ilusiones, mostrando sus pinturas, destrezas o entrañables canciones que saben templan el alma de tantos paseantes solitarios, en busca ansiada del afecto amigo. Tras la cena, verdaderamente muy agradable, aquella noche la famosísima Marcha Radetzky no interrumpió la continuidad de mi sueño, en el nuevo y coqueto aposento que se me había asignado.

Una semana después, de mi vuelta a Málaga, recibí un email, en mi buzón electrónico. Venía firmado por la Srta.  Belén Arana. Básicamente, su extenso contenido era, más o menos, como sigue:

“Estimado cliente. Le envío estas necesarias y merecidas líneas, a fin de explicarle una situación que nos ha dado no pocos quebraderos de cabeza y en la que Vd. se ha visto implicado de la manera más desafortunada. Dos días después de su marcha, un hotel amigo nos pidió que alojáramos a un cliente que estaba sin habitación por overbooking. Tenemos en Madrid actualmente un par de importantes Congresos, que han traído muchos viajeros a la ciudad. Este Sr. un importante ejecutivo empresarial, nos ha dado la clave para conocer el origen de esa entrometida música que estaba sonando en el ecuador de la madrugada. Un anterior cliente, de nacionalidad austriaca, parece ser que dejó olvidado un sofisticado iPod en la cama, programado para que a las cuatro y media le avisara que tenía que levantarse y prepararse para tomar el avión. Esa artilugio quedó encastrado en una oquedad de la base que sostiene al colchón. En su caída, por alguna ranura, parece ser que se potenció, aún más, el micro que tiene incorporado. El nuevo usuario también se despertó, como Vd. sobresaltado cuando, puntualmente a las cuatro y treinta de la madrugada, saltaron esas notas orquestales de Johann Strauss, desde el cabecero de su propio lecho. Ya hemos contactado con el propietario de este travieso mecanismo o gadget. Le reiteramos nuestras disculpas y confiamos verle de nuevo visitando la ciudad y, por supuesto, éste que es su hotel. Será especialmente bienvenido”.


José L. Casado Toro (viernes, 10 Julio 2015)
Profesor

jueves, 2 de julio de 2015

SENTIMIENTOS PARA NOCTÁMBULOS, EN EL CORAZÓN DE LA MADRUGADA.


Faltan apenas unos minutos, para que el reloj digital del locutorio nº 1 marque las dos primeras horas de un nuevo día. Con puntualidad castrense, entra en ese momento por antena el programa diario que dirige Silvia Láinez. Desde hace ya dos temporadas, todas las semanas entre lunes y viernes, esta prestigiosa periodista, que acaba de cumplir su medio siglo de vida, se ha hecho con un buen share o cuota nocturna de audiencia en las ondas. Al frente de su programa “Sentimientos para noctámbulos, en la madrugada” se esfuerza en liderar esas dos horas centrales del sueño popular, programando un diálogo en directo, especialmente dirigido hacia aquéllos que soportan el lastre del insomnio para su cotidiano descanso. También, entre sus numerosos oyentes y participantes, se halla esa parte de la ciudadanía cuyo trabajo y servicio público ha de realizarse en un sacrificado horario en el que la noche abre el camino a un nuevo día.

La mecánica del programa es bien sencilla y en numerosas oportunidades ensayada en la radio, aunque todo gira, como novedoso, en torno a la más o menos acertada improvisación. El oyente entra en directo a las ondas radiofónicas, exponiendo ese problema, esa angustia o ese deseo que está condicionando, de manera severa, su equilibrio vital. El primer objetivo de este espacio es posibilitar el diálogo con el radioyente, que no encuentra otro interlocutor más apropiado para compartir la desazón que le afecta. Pero aquí no hay un equipo de psicólogos o profesionales de la psiquiatría o sociología que atiendan la turbación de quien llama al programa. Es ella, sólo Silvia, quien con maestría acrisolada por largos años de ejercicio en la radiodifusión, dialoga, pregunta, sugiere y aconseja, abriendo luces, caminos y esperanzas que ayuden a ese ser solitario que reclama o suplica unos minutos de atención y algo de consuelo al desafecto que, según él, cruelmente le embarga.

Amén de la experiencia, Silvia Láinez no es una cualquiera en las ondas. Llegó a la principal cadena de radiodifusión en España, tras un curtido aprendizaje por diversas empresas mediáticas, desarrollado en esa preciosa y nostálgica región del Noroeste que la vio nacer. Licenciada en periodismo, con un currículum bien repleto de masters y reconocimientos, recaló en esta poderosa cadena que hoy  lidera la radio, la televisión y, por supuesto, la prensa escrita. Ha cumplido ya tres lustros de brillante trabajos, en esas tres atrayentes opciones de la comunicación, aunque este apasionado desvelo nocturno le ha hecho ser considerada “la reina de la luna y las estrellas”. En su vida privada, acaba de cumplir sus bodas de plata con Nando, un paciente compañero familiar, oscuro funcionario de la Administración de Justicia, que trabaja en la Comunidad madrileña. No han tenido descendencia en su ya largo matrimonio. Tal vez las leyes de la genética no han sido generosas con esta pareja aunque, en realidad, las ambiciones  y el estrés laboral de Silvia no casaban bien con las obligaciones propias de una hermosa y sosegada maternidad.

Normalmente, son cinco o seis los oyentes participantes en cada una de los programas. Este escaso número de intervinientes es debido a que su directora profundiza, más y más, en las situaciones que aquéllos plantean, enlazándose preguntas, respuestas y sugerencias que sirven para enriquecer los máximos ángulos y posibilidades de cada nueva historia.  Dada la hora de emisión, aquí no existe apenas publicidad. Los puntos vacíos que se van generando son cubiertos con una cuidada selección musical, en la que priva sobre todo la acústica de los sonidos (melodiosos, románticos, sensibles) sobre cualquier otra estrofa que traslade las palabras.

Dos y veintitrés de esa noche. Tras una primera participante, entra en antena un hombre  que evita decir su nombre al principio de la intervención. Su voz parece algo extraña, en la modulación que ofrece ante el micrófono del teléfono. La veteranía de Silvia le hace darse cuenta que esta persona trata de disimular su verdadero tono expresivo.

“Buenas noches, Silvia. He acudido a tu programa para compartir este pesar que me domina en el día a día. Aunque sería largo de contar, debo resumir. Básicamente, me siento sólo y vacío ante la realidad de mi pareja. Ella es la importante. Lo suyo es lo que verdaderamente importa. Lo mío es todo secundario, ante la magnitud de su poderío en el contexto social en que se mueve. Realmente pienso que sólo le interesa ella, su ego, su fama, su prestigio, su éxito. Mi mujer es una egocéntrica de cuidado que, día tras día, me ha ido desplazando y borrando ante el ímpetu personalista que la embarga. Sé que no soy nada para ella. Sólo una frágil silueta en su vida, para que la siga adorando y escuchando cuando vuelve a casa. Me siento anulado, confundido y eclipsado por el fulgor que irradia su figura, social y personal. ¿Que hago yo al lado de una persona sociológicamente en la cumbre de su prestigio, cuando ella lo ha organizado todo para que mi autoestima esté pisoteada por los suelos. Me siento harto, cansado y triste por mantener una convivencia ficticia con alguien que sólo se preocupa de sí misma y de sus éxitos profesionales. ¿Qué puedo, qué debo hacer, para sentirme algo, para sentirme ……. persona?”

La locutora, con una señal al técnico de sonido, hizo entrar en antena una dulce melodía, netamente acústica, para darse un respiro ante la respuesta que iba a ofrecer al atribulado oyente.

“¿Hace mucho tiempo en que esta situación se halla tal y como tu lo planteas (permíteme el tuteo, si no te molesta)? En caso afirmativo, no sé cómo has podido aguantar una convivencia de esa naturaleza, en la que no representas gran cosa, para el deslumbrante poderío social que parece tener la que es tu cónyuge. ¿Qué haces ahí entonces? ¡Huye de ese mundo! abandona una situación en la que te sientes anulado, perdido, en el marasmo del fulgor de una compañera que se alimenta de un contexto al que tu no perteneces y en el que, probablemente, sólo te utiliza para sus egos personalistas”.

Nueva fase de silencio, endulzado con otro corte melódico, aunque con un mayor ritmo que el anterior.
“Bueno, la situación no es tan fácil como parece. El mismo hecho de acudir a tu programa lo he estado meditando una y mil noches. Pero mi realidad es tan ingrata que al final no te lo puedes seguir guardando todo y consideras que debes compartirlo con otras personas, con otros oyentes y, sobre todo, contigo, ya que eres una gran experta en estas situaciones de parejas, como te vengo escuchando casi todos los días de programa. No, no lo he hablado con ella. Es tan poderosa, tan perfecta en sus planteamientos, que ni me atrevo. Acabaría por humillarme y hundirme más y más en mi capacidad para la controversia. Pero…. pero tienes razón. Que hago yo “malviviendo”, al lado de un ser de esta naturaleza?

“Lo que te decía, amigo oyente. Ten el valor de romper con ella y dile adiós. Adiós, porque tu quieres, tu necesitas vivir. Y sentir la ilusión que ella te ha arrebatado, dejando un erial de vacío en tu significación existencial. Sé valiente. Dile, con la fuerza de tu razón, adiós. Ahí te quedas, con tu prestigio, con tu fama y con tu poderío. Ese mundo no es el mío. Ya me he cansado de soportarte. Y ahora quiero escuchar, todos los demás oyentes quieren escuchar de tu boca, unas valientes palabras que, al fin, van a poner fin a una situación que es injusta y desconsiderada para tu persona. Y ¡dime, por favor, tu nombre, para que todos podamos admirar a una persona con nombre!

“¡Tienes razón, Silvia. Me has convencido. Me voy a quitar un gran peso de encima. Soy ….. soy Nando. Ahora no tengo que disimular más mi voz. Tu marido. Y quiero decirte ante las ondas, ese adiós que con tanto ímpetu me has aconsejado. Adiós, Silvia. Te he aguantado demasiado. Y esto ya se ha acabado. No sólo te vas a enterar tu, sino también todos esos oyentes que tanto te adoran cada noche. Tu marido no puede aguantarte más. Adiós, Silvia! ¡Que te vaya bien!”.

El impacto mediático fue sobrecogedor y espectacular. Los teléfonos con llamadas al programa no dejaron de sonar, dejando colapsada la centralita de la emisora. La afamada locutora trató de recomponer la situación, dando entrada a otros oyentes con nuevas historias. Pero, en el fondo, todos deseaban conocer y participar en la turbación indisimulada que ofrecía esa comunicadora que había quedado desnudada ante las miradas inquisitivas de sus fieles seguidores. Al día siguiente, casi todas las portadas de los noticiarios y medios de prensa escrita y radiofónica se hacían eco de este episodio en directo, desarrollado a esas horas lunáticas de las tres en la madrugada. Al menos, para la avergonzada y prestigiosa locutora hubo un suculento incentivo. Los shares de audiencia en su programa se multiplicaron hasta por tres. La propia dirección de la emisora se frotaba las manos, ante las peticiones de publicidad, en horas tan insospechadas, que le fueron solicitadas. Había sido todo un verdadero y espectacular “bombazo”.

Como en la mejor foto o instantánea, para tener un buen posicionamiento ante esta historia, hay que buscar el lugar adecuado para la más enriquecedora comprensión e interpretación de la imagen. Nos falta conocer qué ocurrió aquella noche en casa de Nando y Silvia, cuando ésta volvió desde la emisora.

“Lo has hecho maravillosamente bien, querido Nando ¡Las barbaridades que hay que inventar para que no quiten tu programa de la emisión! En los dos últimos meses, el programa estaba bajo mínimos en las cuotas de audiencia. El pasado lunes, como te dije, el jefe de programación me lo dijo muy claramente en su despacho. Si el share no iniciaba una subida, el programa desaparecía. Y me daban dos semanas como máximo. Me estaban pidiendo que hiciera algo espectacular para salvar un segmento horario en el que debe entrar algo de publicidad, aunque sea para noctámbulos. Creo que lo hemos conseguido, gracias a tu gran interpretación. Ahora tendremos que escenificar la ruptura, buscándome una aventura con una nueva pareja. Venderemos las fotos, las vacaciones  y otras escenitas, mas o menos comprometidas e interesantes. Así funciona esto. Mal huele pero….. ¿nos dejan otra alternativa?”.-


José L. Casado Toro (viernes, 3 Julio 2015)
Profesor