jueves, 12 de febrero de 2015

FLORES, LIBROS Y PALABRAS, PARA UN DÍA MUY ESPECIAL


Aquella mañana, Ania había acudido muy temprano al establecimiento del que era copropietaria, situado cerca de la emblemática plaza malacitana donde Pablo R. Picasso vio la luz a la vida. Aparte de los puestecillos ubicados en ambos laterales de la Alameda principal, no abundan en nuestra ciudad los comercios dedicados, de manera específica, a la venta de flores. Siempre he pensado que existen dos tipos de tiendas significadas con nuestra gratitud y admiración, en función del delicado producto que en ellas se ofrece a la clientela. Ver en las estanterías, o en los escaparates que miran a la calle, la oferta de ese bello espectáculo representado por los libros o las flores, supone la mejor imagen que podemos hallar en nuestra búsqueda de vida y belleza. Aunque sea a través del intercambio comercial en el que estamos necesariamente inmersos. Sin embargo no resulta frecuente encontrar un comercio como el de Ania y Mara, quien sumando dos licenciaturas en Arte y en Literatura, decidieron un buen día montar este curioso y sublime negocio donde precisamente se hermanan libros y flores. Ania con Mara, su amiga de siempre, se embarcaron en una aventura financiera y mercantil que, hasta el momento les ha permitido ir afrontando, relativamente bien, los préstamos bancarios que en su momento tuvieron que negociar.

Mara suele ser más “remolona” en eso de aprovechar al máximo los minutos del descanso, arropada entre sábanas. Aunque durante el quehacer de cada jornada sabe suplir, con generosidad y eficacia, su frecuente retraso matinal con una intensa y esmerada dedicación a la tienda, más all,uple con generosidads nada, sabe suplir su retrase matinal con una intensa dedicaci ya durante el quehacer de cada jornada, ellá de la hora en que cierran la atención al público visitante. En este sábado de febrero, Ania quiere dar los últimos retoques decorativos a ese gran escaparate de que disponen con vistas al Teatro Cervantes. Sabe que este sábado va a ser un día muy intenso de paseantes en la zona, dado el espectáculo orquestal que está programado en el cercano coliseo escénico. Además es fin de semana, lo que potencia la ilusión de la gente, mayores y jóvenes, para salir y disfrutar de la calle y sus tapeos. Y es que hoy es un día muy especial. El calendario marca la fecha del 14 de febrero, San Valentín, que siempre sabe arrancar sonrisas, buenas palabras y algún regalo en la mayoría de los corazones.

Efectivamente tanta acumulación de celebraciones en los almanaques, restan magia y encanto a lo que debía ser una fecha ilusionada para renovar sonrisas y cariños, al margen de los difícilmente evitables condicionamientos y servidumbres comerciales. Por supuesto que sí. Todos. o casi todos de los días que tenemos en el año, deberían estar abiertos al amor. Amor a la vida, a la naturaleza, a los valores, a la alegría, a nuestro trabajo, a nuestros caprichos e ilusiones, a la esperanza, a nosotros mismos y, también, a  todos aquellos que comparten nuestro rol como humanos en esa existencia que nos ha sido dada. Amor a las pequeñas y grandes cosas que tratan de explicar ese misterio escénico en el que participamos colectivamente, entre cada amanecer y amanecer en los días. El día de san Valentín, patrón de los enamorados. Una fecha para renovar tantos comportamientos opacos y palabras adormecidas. Y queda bien ese regalo insignia al que nos somete la servidumbre comercial que nos hemos dado como rito, para que todo esto funcione.

Serían sobre las diez y pico, cuando un primer cliente entró en la tienda. Se trataba de un hombre que rondaría los cincuenta, en edad. Elegante abrigo, chaqueta y corbata, todo con tonalidad gris azulada, junto a unos zapatos negros de puntera redondeada, tipo británico. Este primer cliente se quitó su sombrero como gesto de respeto a las dos propietarias que, en aquel momento, ordenaban unos macetones de flores y un expositor de libros para la autoayuda, respectivamente. Se dirigió expresamente a Ania, sin ocupar más tiempo en repasar los productos que tenía a su disposición.

“Hola, buenos días. Deseaba algo especial para regalar en el día. Me he fijado, al pasar ante el escaparate, que ofrecen un servicio urgente de reparto a domicilio. Sobre todo deseo que las flores que Vd. perfectamente sabrá elegir, mucho mejor que yo, vayan cuidadosamente presentadas, pues se trata de una persona muy sensible y afectiva en mi consideración y cariño. Me permito aclararle que, a través de nuestra convivencia (va ya por cuatro años desde que enviudé) sé que siente una especial atracción por los tonos celestes y malvas. Lo digo por si puede priorizar flores con esos colores en el centro o ramo que a buen seguro tan bien sabrá prepararme. Le voy a dejar nuestra dirección para la entrega, a ver si es posible que sea a partir de las tres, hora en que mi pareja estará en casa, tras la vuelta del negociado donde trabaja. Por cierto ¿tienen tarjetas, donde pueda escribir algún bonito texto o dedicatoria, para adjuntar a las flores?”

Una vez que el ilusionado cliente escribió su larga misiva, pagando los servicios correspondientes, abandonó el establecimiento, con la apariencia de serena felicidad en el rostro. Conocía, sin duda, la alegría que su pareja recibiría por ese detalle tan sensible y afectivo. Ania reparó en que este señor había olvidado cerrar el sobre con la tarjeta. Pudo más su curiosidad sobre la necesaria prudencia o respeto acerca del contenido del texto, escrito con cuidada caligrafía en una romántica cartulina rosa que ella le había facilitado.

“Mi querido amorcito, Ramón. Nunca supe lo que era el verdadero amor, hasta que el destino quiso unirnos. Fue en aquel inolvidable verano, sobre la cubierta del barco. Desde el primer momento, tu belleza y esa mágica sonrisa me cautivó. Eres la única razón de mi vida. Hasta que te conocí, no era consciente de mis verdaderos sentimientos. Gracias por haber puesto amor y esperanza en mi existencia. Tu dinamismo e ilusiones rejuvenecen mi madurez. Nuestra atracción debe ser como el aroma y color de estas flores que alegran y ennoblecen la vida. Con todo mi amor y necesidad, tu Pablo”.

Ya a partir de las once, la mañana se fue animando con la entrada en la tienda de un público variado, en edad y género, que buscaba ese recuerdo agradable para regalar a un ser querido. Porcentualmente, la venta de libros o de flores tuvo un claro desnivel a favor de la segunda opción aunque, a lo largo de la tarde, la venta de libros con encanto, por su contenido y también formato, fue adquiriendo un nivel muy saludable, desde un punto de vista comercial.

Poco antes de las dos de la tarde, atravesó la puerta una señora mayor, muy bien arreglada en su atuendo (iba cargada de joyas y “regada” con un perfume que embriagaba) desarrollando modales y gestos escénicamente muy ceremoniosos. Se trataba de una mujer de intensa locuacidad, el típico caso de aquellas personas que buscan un público o auditorio que esté siempre presto para escucharles. Tras diseñar exactamente el tipo de ramo de flores que deseaba comprar, verdaderamente espectacular por su hermosura y su base romántica, solicitó un servicio de envío urgente, a fin de que fuese entregado entre las siete y las ocho de la tarde. No había problema con esta premura temporal, pues Ania y Mara tenían concertado este reparto urgente con una modesta empresa local pero de resultados muy satisfactorios en la gestiones de transporte que realizaban.

Lo más curioso del caso fue cuando Ania rellenó un pequeño volante con los datos de Adela, para el servicio de entrega. Al preguntarle a la clienta el nombre y dirección de la persona que iba a recibirlo, comprobó que eran los mismos datos del DNI de su interlocutora, documento que tuvo que solicitar al tratarse de un pago con tarjeta de crédito. Ante su extrañeza, Adela le explicó en voz baja (había otras personas en el establecimiento, que efectivamente era ella misma la que se enviaba el vistoso ramo de rosas, calas y lirios.

“Verá, señorita, es que esta tarde vienen a merendar a casa mis amigas de siempre. Yo soy soltera pero, desde hace unas semanas, me he creado una historia de amor ante estas amigas, diciéndoles que tengo un pretendiente. Entonces he de seguir con esta historia del admirador enamorado ante ellas. La festividad de este día me resulta perfecta, a fin de continuar la pequeña y divertida travesura que me he creado. Mis amigas están llenitas de envidia al pensar que hay por ahí un admirador oculto con el que me veo. Entonces la llegada del ramo de flores, con la dedicatoria que va en la tarjeta, servirá para demostrar que aquello que les he ido contando corresponde a la realidad. Entiéndalo como una pequeña broma, pero dos de estas señoras, que son un par de arpías, se lo merecen”.

Ania se quedó asombrada al conocer el razonamiento de la clienta. Con una gran sonrisa, le dio a entender que no tenía por qué preocuparse, que el establecimiento era muy discreto con la intimidad de los clientes. Adela agradeció estas palabras y se marchó mostrando ese porte ampuloso que le identificaba. Parecía querer aparentar una elegancia de clase, aunque los inapropiados tacones de aguja en sus zapatos dificultaban el buen equilibrio de su más que generosa y veterana humanidad. 

Y así fueron avanzando las horas de este afectivo sábado, inserto en los almanaques para corazones y sentimientos cercanos. Las anécdotas y curiosidades simpáticas no faltaron en toda la jornada. Entre todas ellas, para bien finalizar este relato, será positivo recordar a una joven pareja de adolescentes que sobre las ocho de la tarde estuvieron un buen rato curioseando entre los expositores de los libros. Al final, el pequeño ejemplar elegido, para regalar a la joven, era un poemario titulado Como mejor decir te quiero, escrito por una escritora de nacionalidad india. Fueron atendidos por Mara quien al indicarle al chico su costo, en pocos segundos se dio cuenta de que éste no llevaba el dinero suficiente. Rebuscaba y rebuscaba entre su cartera y monedero, contando los euros de que disponía. Sumaba nueve con setenta euros, cuando el precio del volumen llegaba a los doce. “Bueno, vamos a dejarlo. Voy a buscar otro librito que sea un poco más barato. Es que a ella le gustaba mucho y …..” Ania y Mara se intercambiaron una sonrisa, ante la rostros sonrojados de los adolescentes. Con un gesto rápido, Mara envolvió ese volumen y, junto a una rosa roja, lo entregó al chico que a su vez se lo dio a su compañera con un beso. Recogió los 9.70 € diciéndoles:

“es suficiente. Lo importante es que, hoy y siempre, ambos os sintáis unidos. Estoy segura que, algún día, también él sabrá hacerte muy bonitos poemas”.


José L. Casado Toro (viernes, 13 febrero, 2015)
Profesor


viernes, 6 de febrero de 2015

NUBLADOS ATARDECERES, ENTRE LA LEJANIA Y EL SILENCIO.


A eso de la media tarde, tras prepararse un descafeinado con unas gotitas de anís, volvió a marcar el número de su representante. Ese gesto mecánico, abrigado de tenaz esperanza, lo hacía día tras día, aunque pasaban las semanas y los meses, sin encontrar una respuesta positiva para sus deseos. Damián la atendía con esas palabras cariñosas que susurran aliento, pero sin tener nada sustancial que ofrecerle. Tanto en el plano laboral, como también en la inteligencia anímica. Productores y directores optaban, una y otra vez, por las nuevas hornadas de actores y actrices para el protagonismo artístico de sus películas. Las viejas glorias iban quedando lastimosamente arrinconadas y olvidadas, ante el empuje vigoroso de cuerpos más jóvenes con rostros menos ajados por la cruel impudicia del tiempo.

Mila Leina lo había sido todo, en el ámbito de la interpretación cinematográfica y escénica. Comenzó a destacar a mediados de lo sesenta, siendo muy joven en edad e ilusiones. Para muchos fue la actriz que simbolizaba el ansiado reencuentro con las pautas democráticas, tan complicadas para este contrastado país. No descartaba papel alguno afín de ponerse delante de las cámaras. Sin embargo, ella siempre priorizaba aquellos argumentos que, explicita o subliminalmente, hacían un canto a los valores que debían sustentar una sociedad necesitada, con el gozo de lo imprescindible, para los tiempos del cambio. Libertad, participación, reivindicación, lucha y, de forma especial, solidaridad para con todos. Un cuerpo bien conformado, en el que destacaba esa mirada angelical que, unos ojos celestes y una sonrisa que parecía verdadera, sabía transmitir con la convicción de la credibilidad y la inocencia. Aquellos setenta y ochenta, del siglo precedente, fueron el clímax de un currículum que se hacía prometedor para retos cada vez más ambiciosos y difíciles. Tuvo un afamado protagonismo en determinadas piezas escénicas, marco de singulares experiencias teatrales ante la dificultad de un público en directo. Pero, sin embargo, ella siempre prefirió la magia de los objetivos y el celuloide, pues esta modalidad interpretativa le provocaba menos tensión que el sentirse observada por un poblado patio de butacas, analizando sus palabras, sus gestos y la empatía con los personajes de la comedia o drama  que debía representar.

Fue también para ella una época gozosa de  premios y reconocimientos sociales, en festivales y certámenes cinematográficos. Efectivamente, no había semana en la que Mila careciera de protagonismo, tanto en las revistas especializadas de cine como en los reportajes de otras empresas mediáticas. Pero he aquí que los años fueron pasando, dejando las inevitables huellas y secuelas en un cuerpo antes idolatrado y en una epidermis que, indisimulable, comenzó a reflejar el deterioro temporal. Fue ya en los años noventa cuando avanzó ese declive que fue, más o menos solventando con apariciones aisladas, pero todavía como figura  protagonista, en las cadenas televisivas. Su entrada en el medio siglo de vida marcó una inflexión, sin vuelta atrás, en la atención de las productoras cinematográficas. Desde lo más alto del pedestal demandado, fue cayendo en el olvido y la indiferencia.
Damián, su único representante  desde que comenzó su profesión interpretativa, se movió con toda la agilidad de un buen conocedor de las mejores “teclas a tocar”.  Se esforzaba en intentar conseguir algunos trabajos que hicieran posible sobrevivir a la manifiesta decadencia de su representada. Llamadas y llamadas, visitas tras visitas pero, de una forma u otra, venían a decirle que la figura de Mila  ya no interesaba. El joven publico que acude a las salas de proyección la veían como perteneciente a una época ya muy lejana. Su imagen ya no vendía, por más que ella incluso se hizo unos arreglos quirúrgicos que tampoco sirvieron para modificar su readaptación al cine del año 2000. Le decían que el publico dicta sus gustos y apetencias. La época de Mila Leina había pasado ya para el interés general de los espectadores.

En un principio, las necesidades económicas no fueron especialmente perentorias para la actriz. En su mejor época había sabido administrar bien sus ingresos, comprando alguna propiedad inmobiliaria (un buen piso y un garaje) a partir de los cuales iba recibiendo la correspondiente compensación por sus alquileres. Sin embargo, cuando ves pasar meses y meses sin poder ejercer tu profesión, el saldo de cualquier ahorro, comienza a flaquear. El conjunto de todas las obligaciones tributarias y de la comunidad en la que residía, junto a los gastos de alimentación, las exigencias de peluquería, gimnasio y ropa atractiva, iban mermando su disponibilidad dineraria, situación que se iba agudizando porque llevaba prácticamente dos años y medio sin recibir ingresos por el ejercicio de su profesión. El propio Damián le aconsejó, en repetidas ocasiones, sobre la necesidad de poner en venta alguna de esas dos propiedades, a lo que finalmente nuestra actriz accedió. Vendió el piso y el garaje, lo que le reportó la oxigenación económica necesaria para seguir resistiendo en esta época de crisis y decadencia personal.

Decidió no tener hijos en su época más gloriosa, a pesar que estuvo casada hasta en dos ocasiones (Jason y Omar). Un divorcio bien llevado y un inesperado accidente de tráfico, le hacen convivir, en estos duros momentos, con la más incómoda soledad. A pesar de todas estas dificultades, lo que más le cuesta sobrellevar es el olvido de ese público que en otra hora le fue tan fiel. Ver que su nombre ha ido desapareciendo, paulatina e inexorablemente, de las carteleras que anuncian las ofertas cinematográficas, con todo el glamour que ello reporta, la ha ido sumiendo en un estado de nostalgia y tristeza.

“Dami ¿has tanteado el mundo de la publicidad?  Yo estoy dispuesta a realizar cualquier spot publicitario que me pongan por delante. Otros grandes actores y actrices trabajan ese campo que, sin duda, debe reportar unos ingresos suculentos. Además, mis antiguos seguidores verían que sigo siendo la misma, que no he cambiado y que ahora, con la llegada de la madurez, mi imagen continúa siendo todavía muy atractiva”.

Ante comentarios o sugerencias como éste, el bueno de Damián (curiosamente, es coetáneo de la actriz) esboza una sonrisa, al otro lado de la línea, buscando las palabras más suaves que eviten herir la sensibilidad de su representada y amiga de tantos años. No ahora, sino desde hace algún tiempo este profesional ha llamado a las puertas del mundo publicitario, tratando de buscar acomodo para Mila en ese ámbito. Pero también ha recibido “calabazas” en esta parcela artística, porque la imagen de la actriz sólo sería asumible, en ese exigente campo del marketing, para muy específicos y limitados trabajos o anuncios. Sin embargo una mañana, poco después del desayuno, una llamada telefónica alteró la depresiva rutina de la actriz.

“Mila, no te lo vas a creer, pero tengo una excelente noticia que darte. No te quise llamar anoche, ya que pensé estarías descansando dada la hora. Ayer, a eso de las siete de la tarde, se puso en contacto conmigo un representante de la Comunidad de Madrid para plantearme un proyecto que están elaborando desde el departamento de servicios sociales. Quieren organizar un grupo escénico que actúe en centros específicos como residencias de la tercera edad, hospitales, hogares de acogida, centros penitenciarios, etc, representando piezas pequeñas, sainetes, obras clásicas y modernas, a modo de los cortos en el cine, en la plataforma de lo que denominamos el microteatro.  Me pedía nombres de actores y actrices que estarían interesados en participar en este proyecto. En el aspecto económico el tema ya no es tan boyante. Pagarían una cantidad fija, no muy elevada, por cada sesión teatral desarrollada en esos espacios, a repartir entre los miembros del grupo. Entre los nombres que varios representantes les ofreciéramos, ellos seleccionarían aquéllos más idóneos. Quien decidiría esta selección de aspirantes es una persona que tu conoces muy bien. Tu ex marido Jason Robards. Ya sabes como es. Han pasado los años, pero vuestra separación fue modélica y él sin duda aún te aprecia. ¿Qué te parece esta posibilidad? Tengo en mi cartera una larga lista de actores en paro. Pero tú irías en lugar preferente, en la relación que les voy a enviar”.

Cuando se llevan meses y años, esperando día tras día la atención de alguien que te ofrezca las posibilidad de poder ejercer tu profesión, esta llamada de Damián fue un  soplo de aire fresco para vencer el desánimo por la indiferencia del empresariado artístico. Ella, que lo había sido todo en pantalla, tendría que esforzarse a fin ser seleccionada entre muchos actores en paro. No habría cámaras, clásicas o digitales, ni su nombre aparecería en las carteleras de la Gran Vía o en otros ámbitos de la geografía peninsular. El público no pasaría por taquilla para pagar la entrada de su localidad. Tampoco su nombre ocuparía lugar en las revistas especializadas del séptimo arte. No habría premios Oscar, David de Donatello, Goya, Bafta, César ….  Sería una labor de dinamización cultural y distracción, para personas en situación específica de enfermedad, reclusión, protección o asistencia geriátrica. Pero ¿se puede decir no, en una situación de bloqueo profesional como el que ella atravesaba?

Una semana más tarde, Mila Leina atendió una llamada. Al otro lado de la línea se encontraba su primer ex marido, Jason.

“¿Cómo te encuentras, Mila? He tenido una gran alegría al ver tu nombre en el listado de actores disponibles para este proyecto de acción social ¡Cuántos recuerdos han llegado a mi mente! Éramos muy jóvenes entonces. La inmadurez te hace cometer muchos errores. Y tu estabas en la cima del estrellato. Cada uno siguió su camino, pero sin un mal gesto ni una desafortunada palabra. Han pasado ya muchos años, sumando vivencias de las más insospechadas en mi caso. También he seguido tu carrera y me parece injusto este olvido para una actriz que tanto ha significado en la cinematografía española. Este proyecto es muy humilde, en lo económico. Sin embargo tiene incentivos muy gratos en lo profesional y en lo social, por la humanidad que conlleva, aportando la sonrisa, el pensamiento y la distracción a quienes más lo necesitan. Por mi parte, ya has quedado seleccionada…….”

La sorpresa y alegría de Mila era manifiesta, ante esta cariñosa comunicación. Ella nunca supo que una conversación privada entre Damian y Jason, realizada en una terraza del Parque del Retiro madrileño, mes y medio atrás, había sido el origen de este proyecto. Aunque  el trabajo suponía una modesta actividad, para los oropeles y el glamour que esta actriz había protagonizado, sembraba al menos un poco de luz en el oscuro erial profesional de una estrella del cine que lo fue todo, pero que ahora vive olvidada en esos nublados y serenos atardeceres que generan lejanías y silencios.-


José L. Casado Toro (viernes, 6 febrero, 2015)
Profesor


viernes, 30 de enero de 2015

TENSIÓN Y OPORTUNIDAD. EL AUTOCONTROL EN TIEMPOS DIFÍCILES.


En la mayoría de los días, nuestro equilibrio anímico se ve sometido a una poderosa serie de impactos, elementos de muy heterogénea naturaleza, que acaban por desestabilizarnos, provocando respuestas muy contrastadas e imprevisibles en nuestro comportamiento. Esas inesperadas y descontroladas acciones pueden generar asombro en el circulo social de nuestro entorno. Pero también nosotros sentimos y sufrimos el triste desaliento al no haberlas podido frenar o encauzar. Tal vez los demás desconozcan el origen de aquello que nos ha inducido a esas desacomodadas acciones, sin embargo nosotros sí somos partícipes en el  todo o parte del proceso que las ha ido originando.

Normalmente el proceso de su configuración puede resumirse en el siguiente esquema. Iniciamos, cada amanecer, la construcción de un nuevo día, con la renovación mental y física que las horas de descanso nos han proporcionado. Pasan las horas, con el ejercicio de todas esas actividades, simples o complejas, que nos identifican e individualizan como personas. En el transcurso de ese proceso, nuestro cuerpo y, de manera específica, nuestra mente van soportando esos pequeños o grandes impactos que, con fuerza acumulativa, van tensionando el sosiego y la serenidad que, racionalmente, anhelamos conservar. En la mayoría de los casos podemos controlar esa tensión in crescendo, pero en otros desafortunados momentos perdemos la riendas del equilibrio y estallamos con respuestas crispadas o violentas. No hemos llegado a tiempo a ese nuevo descanso que, de manera normalizada, restablece el equilibrio perdido. Vayamos pues a una historia que sustenta el espíritu básico de esta reflexión inicial.

Aunque en la pila eclesial sus padres le bautizaron como Teodoro, desde pequeño fue llamado Teo por sus familiares y amigos. Tras una infancia muy normalizada, desde su adolescencia se sintió especialmente atraído por el mundo de la informática. Al llegar a la fase universitaria, optó por matricularse en la Facultad de Económicas, gracias al esfuerzo de unos padres de naturaleza modesta que se entregaron con sacrificio a que su único hijo pudiera ejercer profesionalmente en aquello que más le agradaba. Tras la licenciatura correspondiente, tuvo la suerte y oportunidad de entrar a formar parte de una macroempresa comercial, con sede en todas las provincias españolas y que opera también en la capital lisboeta. Dada la estabilidad laboral de que disponían, Teo y su pareja de siempre, Rosa, decidieron contraer matrimonio, con la lógicas buenas expectativas de dos jóvenes profundamente enamorados.

En este proceso vivencial, la ilusionada pareja se embarcó en la compra de un piso de nueva construcción, ubicado en la zona de expansión urbana por el oeste malacitano, en el entorno de la Universidad y la barriada del Cónsul. Era la época del “boom del ladrillo”, por lo que tuvieron que firmar una gravosa hipoteca, que pensaban afrontar con el producto de sus respectivas ocupaciones. Rosa precisamente trabajaba como comercial en una inmobiliaria de las muchas que habían poblado la ciudad, dada la intensa oferta y demanda constructiva, allá por los inicios de este última centuria.

A los años de bonanza económica sucedieron otros en los que las estructuras económicas se fueron penosamente debilitando, hasta generarse una terrible crisis económica que afectó a la mayor parte de la geografía mundial. El efecto positivo de la globalización tiene, a la par, otras derivaciones que también difunden la generalización de la pobreza por las regiones más contrastadas de nuestro planeta. Y en el caso concreto de esta joven familia (incrementada con el nacimiento de un niño y una niña, en un corto espacio de tiempo) la crisis global del mundo capitalista repercutió de manera irremediable en su estabilidad. Rosa acabó perdiendo el trabajo inmobiliario, mientras que Teo se mantuvo en la misma empresa, donde trabajaba en la sección de informática, pero ya con una situación laboral más degradada, por la temporalidad contractual que finalmente hubo de aceptar. Con un solo sueldo familiar, severamente debilitado por la reducción horaria que le fue impuesta, la dificultad para hacer frente al pago de la fuerte hipoteca del piso, junto a los gastos propios de una familia con hijos, generó tensiones, crispaciones y desencuentros en la armonía convivencial de estas cuatro personas.

Era un sábado de enero, en plena época de rebajas. Teo había tenido un día especialmente complicado, por la continua atención a esa clientela nerviosa, exigente y, a ratos, impertinente, que agota hasta lo imposible. Tuvo que ayudar en una sección que no era la de su especialidad. Uno de los jefes le indicó que ese día habría de desplazarse a la planta de ropa de señoras, mucho más visitada que el departamento de informática y telefonía, donde usualmente trabajaba como vendedor. Su horario comenzó a las dos de la tarde y cuando el reloj marcaba las nueve y quince de la noche se sentía profundamente agotado, dada la continuidad en la atención a una populosa clientela. Además, llevaba durmiendo mal desde hacía semanas. Rosa le había aconsejado la visita a su médico de cabecera, para que le prescribiera algún relajante que facilitara el necesario descanso en las horas del sueño. En un determinado momento, el jefe de la sección, hombre de fuerte carácter, se dirigió hacia él con modales imperativos, llamándole la atención por no preparar unos expositores de rebecas femeninas, profundamente desordenadas, dado el manoseo de mil y unas manos. Para mayor inri lo hizo usando formas desabridas, delante de unas clientas que miraban otro expositor de complementos.

En ese crítico momento, el autocontrol de Teo lastimosamente se desbordó. Había ido acumulando tensión, día tras día, hasta llegar a un nivel de evidente crispación explosiva. El trato despectivo e inapropiado del jefe de planta le hizo finalmente estallar, respondiendo también a este señor con exagerada rigidez, tanto en lo acústico como en lo conceptual. Pudo más en este joven la fuerza de la tensión que el aguante táctico de la racionalidad. Fue una situación violenta, ante los todavía muchos clientes que contemplaban atónitos la desagradable escena. Aunque, tras unos segundos, intentó arreglar en lo posible su reacción, su superior comercial le indicó con calculada frialdad que abandonara la planta y se fuera a su domicilio. Y que no dudara que daría parte a la dirección de este grave gesto de indisciplina. Y que no volviera al centro comercial hasta recibir la comunicación correspondiente.

Fue un domingo verdaderamente duro para una familia en situación de evidente inestabilidad. El único sueldo que entraba en la casa, probablemente iba a perderse. Y el asunto de la deuda bancaría permanecía sin resolver. Todos estos factores habían ensombrecido un panorama que se había teñido de gravedad y desaliento. Mientras los niños jugaban en su cuarto, la joven pareja se miraban en silencio, sentados frente a un televisor que hablaba y participaba, sin  que ninguno de ambos cónyuges le hiciera el menor caso.

“Cómo he podido ser tan inconsciente. En la delicada realidad económica en que nos hallamos, lo peor que podía haber hecho es tirar por la borda un comportamiento ejemplar de casi cuatro años ya en la empresa. Y este trabajo nos permitía seguir tirando, a duras penas, ahora que perdimos el sueldo que tú conseguías en la inmobiliaria. Sé que estoy despedido. Por muy cansado, por muy nervioso, por muy abrumado que uno se encuentre, hay que saber mantener el equilibrio. Enfrentarte, como yo lo hice, a tu jefe, ha sido una reacción inconsecuente, infantil y terriblemente equivocada ¡Como unos segundos de error …. Puede hacerte cambiar tan desafortunadamente la vida! Pero la botella se va llenando de presión y al fin acaba por estallar. No sabes lo arrepentido que estoy. Lo que os he hecho no tiene nombre. He sido un irresponsable ante la tensión … ¿y que puedo hacer ahora? Ponte ahora a buscar un trabajo  …. Con el terrible y árido panorama que tenemos ahí afuera…..”

Rosa le escuchaba en silencio. Tomó las manos de su marido y las apretó con fuerza. Con la mirada y una sonrisa, trataba de animarle y transmitirle esas palabras de confianza y cariño que tanto su marido necesitaba.
“No te preocupes. Deja ya de sufrir. Saldremos de ésta. Lo importante es que estamos juntos”·
Lunes y martes pasaron, sin que Teo recibiera esa llamada de su empresa, comunicación anhelada pero, al tiempo, también temida. Fue el miércoles, cuando a eso de las cuatro de la tarde, la secretaria del jefe de personal, se puso en contacto con este empleado, temporalmente suspendido de empleo. Se le citaba para que, en la mañana del jueves, a las nueve en punto, acudiera al despacho del jefe de recursos humanos, a fin de informarle de la decisión que la empresa había acordado con respecto a su caso. Cual sería la sorpresa de Teo cuando, puntual a su cita, se le comunica que debe acudir al despacho del director general. El Sr. Montera, un hombre que rondaba la sexta década de su vida, le indica con un gesto, serio pero elegante, que tome asiento.

“Mire, Agüera, yo también tuve sus veintinueve años. Soy de León. Comencé en esta gran empresa, como mozo de almacén, en Madrid. Este dato no es muy conocido, pero yo se lo quiero transmitir. Con lealtad, esfuerzo, trabajo, paciencia y muchísima ilusión, dejé el trasiego de los paquetes y hoy he llegado a ocupar un puesto de jefatura, dirigiendo todo el proyecto comercial del grupo en esta gran ciudad. En Málaga he pasado los veinte, posiblemente, más felices años de mi vida. Quiero decirle que yo también he cometido errores. Alguno, tal vez parecido al suyo. Y, de manera afortunada, pude gozar de la comprensión y generosidad de mis superiores, que fueron puliendo mis defectos para hacerme un buen profesional, en este complicado sector del comercio.

Tengo aquí, encima de la mesa, el informe del conflicto que protagonizó. En noche del sábado último, no supo controlar los nervios. El día había sido muy duro, lo comprendo, pero tenemos que estar preparados para reconducir y encauzar nuestro estado anímico.

La decisión, con respecto a su despido, estaba tomada desde el mismo lunes por la mañana. Pero ese mismo día, a eso de las doce, una mujer, una valiente y gran mujer, solicitó hablar con el director general en Málaga. Quiso la casualidad que yo había bajado a la sección de personal. Cuando esta joven se identificó, me pareció de gran interés quise hablar con ella. Y mantuvimos una entrevista de superó los treinta minutos en mi despacho. Pude conocer datos importantes de su vida, a fin de enriquecer y completar el contenido de este informe. Me he tomado casi dos días de reflexión y al fin he decidido darle una nueva oportunidad. Sin duda, Vd. es un buen profesional. Hasta esa infausta noche, ejemplar con su desempeño laboral. Dentro de unos minutos vamos abrir las puertas al público. Vd volverá a su puesto en la sección de telefonía e informática. Aprenda esta lección y no la desaproveche.
En cuanto al grave problema que tiene con su hipoteca, la empresa le va a ayudar a renegociar las condiciones contractuales con la entidad bancaria. Fíjese, algo así también hicieron conmigo, en mis años de juventud.

Por cierto. Quiero felicitarle por la suerte que tiene, al contar con una mujer tan admirable como es su señora. Puedo dar fe de ello”.  


José L. Casado Toro (viernes, 30 enero, 2015)
Profesor