viernes, 1 de noviembre de 2013

AMBIVALENCIA. ENTRE LA ILUSIÓN Y LA NECESIDAD.


Me había agradado mucho la película. La verdad es que entré en la sala de proyección sin conocer prácticamente nada de la trama argumental. Pero este desconocimiento previo tiene, en no pocas ocasiones, sus lúdicas ventajas para el espectador. Ese ir descubriendo paso a paso, con el mágico avance del metraje, una historia que te cuentan para el disfrute, invitándote a participar con la imaginación en la atmósfera escénica que se dibuja en pantalla, resulta gozosamente apasionante. Elegí la sesión de las ocho, ya que este horario posee la ventaja de salir del cine a poco más de las 9:30, por lo que puedes cenar a una hora no excesivamente tardía. Era un sábado de esos que, ya en noviembre, se humedecen con la precipitación otoñal de los equinoccios. A pesar del intenso frío, que anunciaba el invierno, las calles del centro histórico estaban bastante animadas con gente de todas las edades que, bien abrigadas sus anatomías, buscaban algún acomodo a fin de tapear en bares y establecimientos de restauración. Decidí ir a una conocida pizzería, bastante cercana a ese único cine que nos queda en el centro antiguo, caracterizada por la calidad de los productos que oferta en su carta y por la presteza con que suelen atenderte en mesa. 

Como era de prever, dada la puntualidad de la hora, el establecimiento estaba prácticamente repleto de un  público hambriento. Predominaban los jóvenes, con respecto a las personas de una mayor edad. Como soy conocido en este restaurante, un camarero me pidió que aplicase algo de paciencia en la espera. A los pocos minutos, me habilitaron una amplia mesa, próxima a la cocina, que normalmente es utilizada para colocar los platos previos al servicio. Tras beber un sorbo de una “bendita” cerveza, me distraía repasando las ensaladas y pizzas que ofertaban en la carta. Bien pronto se acercarían a tomar nota de mi petición para cenar. Al efecto, veo aproximarse a una camarera que, muy educadamente, me plantea lo siguiente. “Como está viendo, el establecimiento está a casi rebosar. Le hemos puesto en esta amplia mesa que, normalmente no la tenemos al servicio. Hay dos chicas que podrían compartir la amplitud de la misma. A ellas no les importaría, siempre y cuando Vd también lo aceptase”. Comprendiendo la situación y la noche tan gélida que se nos había presentado, le respondí de inmediato que “por supuesto”. Había sitio para los tres, sin mayor problema.  A los pocos segundos vi a las dos jóvenes que se acercaban, con una sonrisa que no podía ocultar la duda o prevención que las embargaba. Tras darme las gracias, con el saludo de “buenas noches” le habilitaron un par de sillas para el necesario acomodo.

Su imprevisión había provocado que llegasen bastante empapadas. El día estaba metido en una lluvia fina, aunque constante. Precipitaciones que acaban dejando unos buenos litros de agua, muy necesarios para la vida, pero incómodos para aquellos que se olvidan el paraguas. La calefacción y el bullicio del local pronto mejoraría la apariencia de esas dos largas melenas mojadas, que lucían mis lindas acompañantes de mesa. La noche continuaba, con esta simpática realidad de tres personas, entre otras muchas, compartiendo este solidario y peculiar espacio de la pizzería.

Mientras yo esperaba mi bien guarnecida ensalada, Neila y Lisa (nombres que conocí a lo largo de la cena) mantenían ese semblante que difícilmente podía disimular una profunda preocupación y tristeza. Habían preferido compartir ensalada y una fuente de pasta. Junto a sus dos botellines de agua, reposaba mi jarra ya casi vacía, presta a ser sustituida por otra cerveza,  por supuesto, sin alcohol  para mi gusto. Apenas hablaban entre ellas. Yo disimulaba estar distraído, observando el bullicioso aspecto que dominaba el local. A poco llegaron los platos con las suculentas ensaladas, que adornaron de color el silencio que los tres manteníamos. Quise romper un poco el hielo personal que nos vinculaba. Por ello hice algún comentario agradable acerca de lo bien presentados que venían los platos de verduras y otros componentes adicionales. Sólo pude lograr una sonrisa amable por parte de ambas. Era evidente que, aparte de la timidez propia ante un desconocido, existía alguna cuestión importante que rompía la armonía entre una y otra mujer.

En un determinado momento pude apenas entender unas palabras de reproche que Lisa manifestaba a su compañera. Creí escuchar, en medio de esa desordenada acústica que ensordece la nitidez del mensaje, algo así como “…. No me puedes hacer eso. Y qué va a ser ahora de mí..” El plato de esa chica permanecía prácticamente lleno, mientras el de Neila y el mío propio estaban ya vacíos. Además de no haber consumido su parte de alimento, me fijé, con la necesaria discreción, que tenía sus ojos enrojecidos. Diría incluso que a punto de brotar esas lágrimas que desahogan la tensión que nos atenaza.

Después de la “ensalatona” que me había tomado, mi estómago no iba a soportar mucho más alimento. Indiqué a la señorita que nos atendía, si fuera posible que me sirvieran un poco de fruta, tipo macedonia, a modo de postre. Lisa aprovechó mi petición a la camarera para rogarle que, por favor, anulara la bandeja de pasta que en un principio habían solicitado. Deseaban cambiarla  (parece ser que les di una certera idea) por esa fruta picada y preparada, con nombre de esa bella región de la Hélade, como postre.

Antes de que nos llegaran las tres macedonias, mi sorpresa alcanzó su mayor nivel cuando Neila, mirándome directamente a los ojos, me dice la siguiente frase:

“¿De verdad que no me reconoces? La verdad es que hace muchísimos años que no nos vemos. Fuiste compañero mío de Instituto. Estuvimos juntos, en el mismo grupo, durante los años de la ESO. Después en Bachillerato, cada uno fue por unas vías diferentes. Habrán pasado como unos doce o catorce años…. o tal vez más. Pero yo te he reconocido, prácticamente, desde el principio de llegar a la pizzería. Ah, bueno, quiero presentarte a Lisa. Es….. mi compañera con la, que desde hace tiempo, convivo”.

Traté de reaccionar, de la mejor forma que supe y pude. En principio no reconocía a esta joven que aparentaba ser más o menos de mi edad. Mantenía un cuerpo notablemente delgado y el look de su peinado y atuendo corporal era muy similar al de Lisa. “Reconozco que siempre he sido algo despistado. Pero seguro que, haciendo un poco de memoria, podría localizar en el recuerdo aquellos agradables años de nuestra adolescencia en clase. ¡Qué tiempos, verdad! ¿Y como te ha ido en estos años? ¿A qué te dedicas….?

Intercambiamos algunas frases para la cortesía, mientras Lisa continuaba con su mirada perdida y muy seria. Apenas terminaron el postre, se pusieron sus abrigos y decidieron marcharse. Entre ellas la tensión no había disminuido, sino que se incrementaba por momentos. Me ofrecí a invitarlas pero, tras agradecerme el gesto, decidieron que mejor sería en otra oportunidad. Tuve la feliz ocurrencia de ofrecerle, a esta antigua y no recordada compañera de clase, los datos de mi dirección electrónica. Se comprometió a enviarme algún correo, a fin de que mantuviésemos el contacto. Las vi alejarse hacia la puerta de salida mientras. desde una mesa cercana, repleta de alegres quinceañeros, se entonaba coralmente el “cumpleaños feliz.”  Fue significativo el gesto de Lisa rechazando la mano de Neila. La relación entre ambas no pasaba, sin duda, por su mejor momento.

Durante el camino de vuelta a casa  no paraba de pensar en la curiosa experiencia que había vivido en el restaurante italiano. Tenía la convicción de que, algún día, recibiría la comunicación escrita de esta recuperada amiga. Pero lo que nunca podía suponer era que ese deseado e-mail iba a llegarme precisamente poco antes de la  primera hora ya del domingo, en el reinado solemne de la Media Noche. Suelo dejar el ordenador en estado de letargo durante el día. Pero, antes de irme a descansar, reviso los correos que hayan  podido enviarme a lo largo de las horas del día. Y allí me encontré una larga y singular carta de Neila.

“Hola, mi recuperado compañero y amigo. Lisa está descansando en este momento. Un calmante le ha ayudado a conciliar el sueño. La conocí en una despedida de soltera que hacía una amiga común. Para mi sorpresa, fue un flechazo que nos ha mantenido unidas ya para  tres años. Te aseguro que nunca podía imaginarme esta inesperada realidad entre mis sentimientos. Pero así suceden y aparecen nuestras respuestas. Para ello tuve que sacrificar una relación de convivencia con Mark (abogado que trabaja en una aseguradora) estable y cada vez más rutinaria, que había durado casi cinco años. Con Lisa recuperé la alegría, la fuerza para darle significado a cada uno de los amaneceres, en definitiva…. el placer de la sonrisa. Para mi, creo que también para este ángel de mujer, ha sido una experiencia inesperada, única y maravillosa. La incomprensión familiar ha sido durísima. Para ambas. Pero juntas formábamos ese tándem mágico que te hace descubrir realidades insospechadas que en ti permanecen en un aburrido letargo. Pero, y aquí aparece el gran problema del absurdo, hace un par de semanas, coincidí con mi antigua pareja en una feria comercial textil (me dedico a la distribución de prendas de ropa, en el ámbito del pequeño comercio). Para nuestra sorpresa, fueron dos noches que me revelaron que mis sentimientos y atracción son claramente ambivalentes. Y ahora hay una parte, muy importante en mi persona, que quiere volver con Mark. Aunque conoce perfectamente mi opción (bastante ha tenido el pobre que sufrir) desea tenderme una mano generosa para esta recuperación de la convivencia, ahora junto a él. Precisamente, este sábado, en una tarde fría y lluviosa que nunca olvidaré, he sido sincera con Lisa. Ella percibía cambios y reacciones inusuales en mi conducta. Pero el mazazo que le he propinado, con mi decisión de volver junto a este hombre, ha tenido que ser durísimo. Y el destino de esta tarde ha querido que tú aparezcas, para confiarte a estas horas de la madrugada la tesitura complicada en la que me encuentro. Tengo decidido pedir cita a una psicóloga, recomendada por Mark, a ver si me puede echar una mano en todo este laberinto en el que me encuentro. Ya te dejo. Discúlpame por todo este culebrón. Cuando necesites comunicar, ya conoces mi dirección. Tenemos que vernos. Tenemos que hablar. Besos. Neila”. 

La vida es “un pañuelo” para las más curiosas coincidencias. Ahora el sorprendido soy yo. Sabía que mi buen compañero en la aseguradora, Mark González, había tenido una relación afectiva que fracasó hace unos años. Algunas confidencias me había hecho, entre copa o café, sobre sus conquistas, más o menos temporales, con diversas chicas. Hoy he conocido quién fue el gran amor de su vida y cuyo recuerdo siempre le hacía entristecer. Ese nombre de Neila, siempre lo ha mantenido grabado en el torso de su muñeca. El lunes, cuando me lo encuentre en la oficina, será todo bien diferente. Este sí que ha sido un sábado…. de película.-  


José L. Casado Toro (viernes, 1 noviembre, 2013)
Profesor

viernes, 25 de octubre de 2013

EL ANTIGUO EDIFICIO DE LAS TRES LUCES.


Seguro que alguna vez te has fijado en esas siluetas arquitectónicas que plantean el interés de la pregunta. Están ahí, en medio de la vorágine urbana o en la mayor placidez acústica de las zonas rurales. Generalmente suelen ostentar o mostrar su misterio (ése que pone a funcionar nuestra imaginación) por las áreas más antiguas y llenas de historia de la vieja ciudad. Pueblan sus calles, plazas o avenidas….. lugares para el paseo, la sociabilidad y la vida. Son vetustos edificios que parecen, durante las horas del día y de la noche, completamente deshabitados. Apenas hay unas macetas, que sufren la indolencia del descuido o el olvido, con alguna ventana o persiana abierta, elementos que nos permiten suponer que allí late aún la privacidad personal. Pero es durante esas horas en que la tarde cede su protagonismo al manto nocturna, cuando observamos a estos bloques, mancillados por el paso del calendario donde, entre “mil” ventanas, sólo en unas pocas de las mismas anida la iluminación de la habitabilidad. Y si nos mostramos atentos a la percepción, esas escasas luces encendidas, tras los cierros, balcones o terrazas, permanecen “latiendo” un día tras otro, resistiendo impasibles, frente a la soledad o el vacío de los demás pisos que conforman los bloques.

Vivir en un edificio de doce o más plantas, en la que todas las demás viviendas están cerradas y deshabitadas debe sucitar un sentido de aislamiento o de incomunicación, verdaderamente fantasmagórico. Posiblemente, durante las horas del día. Pero con una mayor intensidad cuando aparece la noche. Una vez más, traigo a la memoria la trama argumental de la película El Resplandor (The Shining, 1980). Tres personas y, posiblemente, otros muchos fantasmas, reales o imaginarios, cohabitando en aquel gran hotel, cerrado y aislado, en la temporada invernal de nieves y silencios. El maestro Kubrick (1928-1999) retrató, con la hábil perfección del artista, la llegada de una cruel locura desestabilizadora para mentes en soledad.

Me llamaba poderosamente la atención esos lánguidos puntos de luz, que señalaban la aislada permanencia de tres únicas familias, habitando un gran y emblemático bloque, en pleno centro de la ciudad antigua. Un día tras otro, elevaba la vista para fijarme en esas señales de permanencia, frente a decenas de pisos cerrados y vacíos para la convivencia. ¿Quiénes serían esas tres familias, o personas individuales, que se habían negado a renunciar o a abandonar sus raíces de la habitabilidad? Fue mi redactor jefe, en la sección “cosas de la ciudad” quien un día me sugirió la realización de un reportaje sobre esos “valientes guerrilleros” que se resistían al abandono del bloque. Una vez pertrechado con el aval organizativo de mi superior en el periódico, encaminé mis pasos al susodicho edificio, a fin de construir un reportaje lo más humano y esclarecedor de lo que mi profesionalidad fuese capaz.

La primera impresión que obtuve, al entrar en el gran hall que nuclea la entrada, fue profundamente desoladora. La magnificencia de otras épocas de esplendor (oficinas y comercios, en la planta inferior y entresuelo) había quedado aletargada y anticuada por el abandono. El amplio mostrador del antiguo conserje, se hallaba profundamente deteriorado y olvidado al polvo de la suciedad. Previamente tuve que llamar a una de las tres viviendas  para que, desde la misma y tras mi identificación como periodista, tuviesen a bien franquearme la puerta de entrada que, por seguridad, permanece cerrada para la protección de esas tres únicas familias. En una de las mismas, planta 10ª, me atendió un señor muy mayor en edad y experiencia. Desplazándose con una cierta inseguridad, me invitó a pasar al salón de su casa, decorado con el esmero de la permanencia en la segunda mitad del siglo pasado. Antiguo militar del ejército de tierra, alcanzó su retiro hace ya más de tres décadas. Vive en la casa que fue propiedad de sus padres, desde los años de infancia. Hijo único, sus familiares más o menos directos (entre ellos su añorada mujer) viajaron al más allá o pueblan otros destinos, lejos de esta ciudad. Aunque se resiste con tenacidad, comprende que, más pronto o tarde, tendrá que vincularse, para el final de sus días, a una residencia para la tercera edad.

Me explicaba don Rosendo que también a él, como a los demás propietarios, se les hizo una oferta económica, a fin de que abandonaran sus respectivas viviendas. Al margen de que la suma ofrecida había sido en principio harto modesta, en él habían prevalecido razones de índole sentimental para negarse a aceptar, una y otra vez, las presiones de un importante grupo constructor o inmobiliario. Otros convecinos, por muy diferentes motivos, fueron paulatinamente aceptando las cantidades que se les venían ofreciendo, muy variadas según los casos y los momentos de la negociación.

“Mis padres, personas humildes originarias del ámbito rural, hicieron un gran sacrificio, allá por el comienzo de los años cuarenta, para acceder a este emblemático edificio, en pleno centro de la ciudad. Eran otros tiempos, pero he de confesarte (disculpa el tuteo, pero te veo muy joven y cordial) que yo nací en esta casa. Había madres que daban a luz en los hospitales, pero otras lo hacían en su propio domicilio, con la comadrona y los servicios médicos que cada uno podía disponer. Cuando me casé, este piso (ahora te lo mostraré en todas sus dependencias) era lo suficientemente espacioso para acoger a mis padres y también a nosotros dos. Tampoco eso es ahora usual ¿verdad? Hace ya muchos años mis padres se fueron a ese reino del que dicen existe por allá arriba. Para mi mujer y yo mismo (no hemos tenido hijos) los metros cuadrados disponibles eran entonces más que sobrados. Las vistas al puerto y a esa parte tan nuclear de la ciudad, su centralidad, su accesibilidad….. Por nada del mundo pienso desprenderme de él. Y aquí seguimos. Mis vecinos y yo somos como tres guerrilleros de la resistencia sentimental. Un gran campamento o cuartel, en el que sólo permanecen tres soldados. Pero de los que saben luchar y defender sus derechos, a pesar de nuestra elevada edad. No, no nos moverán, como dice la canción”.

La lucidez y placidez de su sonrisa era verdaderamente es conmovedora.

No pude contactar con D. Timoteo y su señora, una pareja anciana que en esos días estaba visitando a sus nietos en Segovia, según me informó doña Petra. Esta mujer, que ejerció el noble y abnegado oficio del magisterio durante cuarenta y siete años, es soltera. Ella y su hermana, ya fallecida, compraron el piso, ubicado en la quinta planta, allá en los añorados sesenta de la pasada centuria. Jubilada, hace ya casi dos décadas, es la tercera “resistente” a las presiones del grupo inmobiliario que aspira a reconvertir el edificio en un macro hotel, para la más importante arteria urbana de la ciudad.

“Soy ya muy mayor. Tengo un par de sobrinas que me aconsejan dejar esta lucha y acceda a la venta. Siempre me he negado y me negaré a ello, mientras esté con fuerzas para la vida. Éste ha sido mi hogar y aquí abandonaré la existencia, cuando Dios así lo decida. Pues claro que muchas noches, los tres vecinos que aún quedamos, pasamos miedo de vernos aquí solos, en medio de tantos pisos vacíos y cada vez más deteriorados por la falta del imprescindible cuidado. De los dos viejos ascensores sólo uno funciona, aunque pasa muchos días estropeado. Cierta noche, cuando venía de comprar unas medicinas, me encontré con dos hippies melenudos en la escalera de entrada. Estaban bebiendo y tomando sabe Dios qué. Posiblemente, no cerré bien la puerta al salir. Tuve un susto de muerte, del que tardé en recuperarme varios días. ¡Menudo sobresalto, madrecita Virgen Santa! Pero lo que me da más miedo son los ruidos por la madrugada. Siento como si el bloque comenzara a crujir y escucho, a horas que no te cuento, unas pisadas, en el sexto que me impiden conciliar el sueño. El miedo no es infundado, pues, como bien conoces, arriba de mi piso no vive nadie. Habría que subir hasta la planta 10, donde está la casa de don Rosendo. Cuando me despierto por esas pisadas, como si arrastraran los pies, todo el cuerpo me tiembla. ¡Cuánto miedo es el que paso! Me pongo a rezar el rosario, hasta que el cansancio me vence. Pero ahí siguen las pisadas. Yo no creía en los fantasmas, pero ahora no sé que decirte, hijo mío”.

Hice un buen reportaje fotográfico por las zonas comunes del bloque,  mostrando el precario estado en el que se encontraban. Deprimente espectáculo, de abandono y suciedad. Las fotos desde la balconada de don Rosendo quedaron muy bien, dada la altura visual desde donde pude tomarlas. Tras despedirme, muy afectivamente de estos dos octogenarios vecinos, ofreciéndome para la ayuda que necesitasen, traté de localizar al grupo constructor que está detrás de esta suculenta parcela. Me dieron cita para una entrevista que iba a tener lugar dos días más tarde, en las oficinas centrales de la empresa, ubicada en la zona costera occidental. Hasta allí me encaminé dispuesto a conocer la otra parte de la historia.

Puntualmente fui atendido por Mr. Rumsfeld, un alto ejecutivo de mediana edad, perteneciente al departamento de marketing, en este conocido grupo o consorcio constructor. Su empresa es, en la actualidad, la propietaria de todos los pisos del bloque, salvo los de aquellos tres propietarios que tozudamente se han negado a vender sus pertenencias. Me explicó este agradable economista (intensamente aficionado a la tauromaquia) que han llegado a ofrecerles suculentas condiciones para la compra, verdaderamente apetecibles, a fin de compensar el sacrificio (que ellos valoran) por tener que abandonar un hogar que los ha acogido durante tantas décadas. En algún caso han ofertado acogedores apartamentos de lujo en la costa, con jardines y piscina, bien orientadas al mar, sin tener que pagar un solo euro por las mismas, además de una suculenta cantidad por el cambio de sus pisos. Incluso el grupo inmobiliario les firmaría, en contrato, la garantía de afrontar parte de los costos comunitarios, en esas agradables urbanizaciones de lujo, mientras vivan (no así para sus sucesores). Pero ni aún así han logrado convencer a estas personas que, por supuesto, están protegidas por las normativas legales vigentes. Y el problema, para este grupo económico, es que han invertido muchísimo dinero en la compra de las demás viviendas, locales y negocios y poco pueden hacer sino esperar. Posiblemente los herederos de estas octogenarias personas tengan otro criterio, llegado el caso, para la decisión de vender o no.

Faltando a la modestia, he de manifestar que me salió un buen reportaje. Lo titulé, para la edición del suplemento dominical, “Romanticismo y nostalgia frente a la modernidad. Razones de una hermosa resistencia”. Damián, mi redactor jefe, elogió el trabajo, aunque por su carácter, pleno de exigencia, no es muy dado a estos reconocimientos. Cuando abandonaba su despacho, me dijo unas palabras enigmáticas, a las que aún vengo dando vueltas. “Eres un buen investigador. Pero aún tienes mucho que aprender. En todas las historias hay flecos que, por tu juventud e inexperiencia, se te pueden escapar. Te has centrado en los nombres y en la calidad humana de las personas. Pero has descuidado los apellidos. ¿No te has parado a pensar el porqué he sido yo quien te he sugerido este reportaje, con tanto interés? Ya está publicado. Investiga ahora los apellidos que nos vinculan”. Miré a Damián y le regalé una sonrisa. Este viejo zorro de la linotipia me había dado una nueva lección.-


José L. Casado Toro (viernes, 25 octubre, 2013)
Profesor


viernes, 18 de octubre de 2013

AQUELLA ILUSTRATIVA CRÓNICA, SOBRE ALGO QUE NUNCA EXISTIÓ.


Eran las seis de la tarde y el sol apenas ya calentaba. El otoño se había presentado con toda su crudeza térmica, en esta antigua y bella localidad castellana. Acostumbrado a vivir desde pequeño en otras latitudes más meridionales de la Península, se me hacía difícil soportar un septiembre que, cada día más, iba reduciendo su insolación y regalándonos, al tiempo, esos pocos grados de temperatura. Frío intenso, especialmente en las primeras horas de la mañana y, también, desde que comenzaba ese rápido atardecer que anunciaba las próximas horas del sueño. Pero me debía dar por satisfecho, pues ahora tenía un puesto de trabajo seguro y creativo. Contribuir a la formación de estos seres tan pequeños en edad,  pero  tan fuertes en alegría e inocencia, compensaba la distancia que me separaba de aquellas raíces que me iban a identificar para toda la vida.

Las tardes y noches, nubladas y gélidas, en estas tierras repletas de Historia, me resultaban un tanto aburridas y cansinas. Vivía con una familia modesta, sin hijos, que me había cedido un trocito de su casa para ayudarse en su precaria economía. La pensión de jubilación de Tomás, toda una vida trabajando las tierras ajenas, apenas les daba para cubrir los gastos más cotidianos. Eran muy buena gente, con la austeridad de carácter propia de los habitantes de esta submeseta norte. Hacía con ellos el almuerzo, a eso de las tres de la tarde. Virginia, una excelente cocinera y mejor mujer, se esmeraba en los suculentos cocidos que preparaba o en otros platos calientes que me aconsejaba consumir. “Después de una mañana de trabajo, este tipo de comida es necesario”.

La buena mujer se levantaba temprano, a fin de tener bien dispuesto en la mesa un completo desayuno, con sus rebanadas tostadas de pan, el sabor del  aceite, algún trozo de bizcocho y un cálido tazón de leche, con los sobrecitos del descafeinado. El matrimonio solía irse muy pronto a la cama, por lo que me dejaban en la cocina fiambres, frutas y una cacerola con caldo de puchero, del que yo me calentaba una tacita en un pequeño microondas que tenían junto a la alacena. Tras dejar todo bien ordenado en la cocina, corregía los ejercicios y las libretas del día, terminando mi rutinaria jornada con un buen rato para navegar por Internet. Aunque mis patronos no sabían nada de informática, accedieron a contratar una línea ADSL, tras explicarles la necesidad que yo tenía en esta vía de comunicación. Y así un día tras otro. Los fines de semana los dedicaba, básicamente, a practicar el senderismo, a fin de conocer y disfrutar los parajes naturales que adornaban toda la provincia. Por supuesto que Virginia se encargaba de organizarme una mochila bien completa de bocadillos y frutas. Admirablemente, me trataban como a un hijo, ese que el destino o la vida no les quiso conceder.

Esta curiosa anécdota que me dispongo a narrar sucedió un jueves de octubre. A final de dicho mes se celebraban elecciones generales a Cortes. Y aunque este pueblecito castellano, de apenas 1.300 habitantes, era por naturaleza bastante tranquilo, la propaganda electoral surgió desde la maquinaria partidista, con la timidez de algunos carteles, especialmente por la placita de la Iglesia, donde también se hallaba ubicado el Ayuntamiento y el café bar más importante de este pequeño núcleo de población, en medio de una naturaleza poblada de encinas. Se anunciaba, para ese día de la semana, un mitin político protagonizado por uno de los grandes partidos nacionales que concurrían a los comicios. Nos iba a visitar uno de los cabezas de lista de dicha agrupación política en la provincia. Aunque el cielo se mostraba un tanto desapacible (entoldado y con signos previsibles de lluvia) decidí cambiar la monotonía de mis tardes, asistiendo a la anunciada concentración electoral.

Un buen rato antes de la celebración política (6 de la tarde) ya me encontraba paseando por entre las galerías porticadas que encuadran a toda la placita. He comentado que la meteorología no acompañaba a participar en ese acto democrático para la comunicación de los proyectos y las ideas. Tal es así que, quince minutos antes de la iniciación del acto, sólo había dos hombres, en plena ancianidad, sentados en las numerosas sillas que se habían habilitado al efecto. Eran bien conocidos por mí, al haber compartido algún café de merienda con ambas personas. Era el tío Jonás y el señó Rogelio, antiguos trabajadores de la zona minera y vinculados a la actividad sindical, durante la época de su actividad laboral. Hoy, con más de ocho décadas acumuladas en sus curvas espaldas, permanecían silenciosos con los ojos entreabiertos en una de las esquinas de la sillería.  Y sobre el modesto tablao, que servía de escenario, un par de micrófonos más los grandes altavoces que “gritaban” consignas políticas reivindicativas. Nadie más.

Faltaban unos pocos minutos para que sonaran las seis campanadas, en la torre de la Iglesia, estilo de transición románico tardío, cuando llegó un destartalado y mediano autobús, adecentado con llamativa propaganda electoral en toda su periferia. Se bajaron cuatro hombres y dos mujeres, sin duda pertenecientes al aparato provincial del partido. El protagonista del “meeting” fumaba un cigarrillo tras otro, tratando de encontrar su sonrisa ante un auditorio tan desangelado y vacío de asistentes. Pasaron otros quince minutos y por allí no aparecieron ni militantes o simpatizantes interesados en escuchar el rosario de promesas, críticas y demás voluntades que se proponían anunciar los “teloneros” y el “actor” principal de la celebración. Continuaba la música estridente por los gigantones bafles, el cielo cada vez más encapotado y ese diálogo nervioso, mezclados de sonrisas, ante la muy incómoda situación que estaban atravesando. Ya a las 6:25, un chico joven de los del grupo, envuelto en una gruesa pelliza, con rostro marcado por la dureza de la montaña, bajó del escenario y dirigiéndose a Jonás y Rogelio, les entregó sendos llaveritos, con el logotipo del partido y un cuadernillo con el programa electoral. Atravesó el otro lateral de la sillería y a mí, viéndome más joven que los dos amigos del café, me dio expresamente las gracias por la asistencia.  Me preguntó, con cortesía, a qué me dedicaba. Le comenté acerca de mi profesión de maestro. Vivamente interesado, se dirigió hacia el bus electoral y me trajo un par de cajas, con bolígrafos marcados con el anagrama partidista, a fin de que los repartiera entre mis alumnos. Tuvo el detalle de facilitarme una gran carpeta dosier para guardar documentos, además del llavero y el programa electoral. A las 6:35, todos los componentes de la troupe se montaron en el bus y desaparecieron por la calle de la Era a los pocos segundos. Había comenzado a caer una fina lluvia que pronto hizo su transformación en una tormenta de gran aparato eléctrico, con aguaceros a “mantas”.  

A la mañana siguiente sentía mi organismo un tanto resfriado. Tomé un tazón bien caliente de leche con el descafeinado, más una mantecada como desayuno. El Frenadol me iba a propiciar algo de sueño, pero aún así entendí que era un buen remedio para cortar el incipiente constipado. Me acerqué a mi colegio, ubicado en zona que da al río, y vi a la chiquillería que disfrutaba jugando alrededor del puestecillo de caramelos, bocadillos y prensa. Compré el Correo, el diario más importante de la provincia, a fin de entretenerme con su lectura después de comer. A lo largo de la mañana me encontré algo mejor. El efervescente me había producido un pequeño letargo que compensé, durante el recreo, con otro café, esta vez intenso en cafeína, que me sirvió Pablo, en el ventorrillo ubicado junto al patio escolar. Ya en casa, tomamos un excelente almuerzo de fabada, comentándoles a Tomás y Virginia los avatares que viví en la plaza durante la tarde anterior. La buena mujer me decía, con palabras imperativas pero cariñosas ¡Cómo se te ocurre ir a escuchar a esos desalmaos que sólo echan mentiras por la boca! Yo me reía al escuchar su espontánea nobleza y mentalidad, enjuiciando a los que trabajan en el oficio de la política.

Me eché sobre la cama y tomé el periódico, a fin de conciliar algo de sueño para descansar de una ajetreada mañana. En las páginas dedicada a la provincia, observé que venía una pequeña crónica de los actos electorales, con respecto a los diferentes partidos. Me detuve en un apartado que se refería a la presencia de ese importante grupo político en mi localidad. Cuál sería mi sorpresa cuando leí la siguiente y breve crónica del acto electoral:

“Ayer jueves, la caravana electoral llegó hasta Villanueva del Río. Desde mucho antes de la hora fijada para el inicio del acto, la plaza principal estaba abarrotada de personas, pertenecientes a todas las edades y condición. Con puntualidad británica, el mitin comenzó a las seis de la tarde, llevándose a cabo dos discursos por parte del líder local y el candidato a diputado en las Cortes Generales. Tras una media hora de vibrantes discursos, muchos de los asistentes plantearon preguntas y sugerencias a los líderes políticos, que éstos respondieron y anotaron para su atrayente programa electoral. Hubo una fiesta posterior, en la que actuó un grupo de rock, integrados por chicos del pueblo. A pesar de que el día estaba encapotado, podría decirse que allí estaba casi todas las personas del pueblo, participando y disfrutando”.

Tuve que frotarme los ojos, para tratar de creerme lo que tenía delante de mi vista. Sin duda la crónica había sido ya elaborada por un periodista que no se molestó en estar presente en el acto que centraba la redacción de su trabajo. La enviaría a la redacción de su periódico y nadie se molestó en comprobar, dadas las prisas para el cierre de la edición, acerca de la veracidad de lo que allí estaba escrito. Antes de conciliar el sueño, reparador para una buena siesta, estuve pensando en Jonás y Rogelio. En el chico barbudo de la pelliza marrón. Y en ese periodista al que las prisas u otros incentivos le había hecho escribir una crónica de algo que, realmente, nunca sucedió. Esta vez yo podría dar fe de tamaña falacia pero ¿y en otras oportunidades, de mayor trascendencia o gravedad?

Me desperté a eso de las seis de la tarde. La destemplanza corporal me aconsejó ponerme el termómetro. Tenía unas décimas de fiebre. Esa tarde me quedé en casa, jugando con Tomás diversas partidas de dominó. Virginia no descansaba, esforzándose en cuidar de mi salud. Tras los cristales de las ventanas, sonaba el caer monocorde de la lluvia, orquestada en  la profundidad sentimental del Otoño.–


José L. Casado Toro (viernes, 18 octubre, 2013)
Profesor