viernes, 11 de octubre de 2013

AFECTOS PARA LO ÍNTIMO, EN LAS NOCHES CON VIDA.


Puede ser cosa de la magia. O tal vez de ese misterio imaginativo, siempre presto a aparecer en los lugares y momentos más insospechados. Lo cierto es que, durante las horas del día, ambos adoptaban ese buen quehacer laboral entre compañeros, pero no llegaban a más. Eran dos disciplinados trabajadores, entre los otros muchos que prestan sus servicios en “las mil y una empresas” que pueblan este macrocentro, para lo comercial. Sí, ya sé que es un número exagerado pero, entre luces, colores y ofertas, a veces es inevitable hablar en superlativo, dibujando esa gran oferta de tiendas y bazares que, a tantos, nos agrada visitar. Decía que, desde la mañana, cuando se elevan persianas y las puertas permiten la entrada a todo cual, ellos dos cumplían ordenadamente sus roles para el trabajo y apenas se les permitía intercambiar esas palabras de intensidad cariñosa, al margen de la necesaria cordialidad. Lo importante a esas horas tempraneras es el público, más o menos compulsivo para las compras, a los que hay que atender en sus necesidades o caprichos, que de todo hay en los comportamientos mercantiles, durante el horario para vender, preguntar o cambiar. Allí las ofertas, otra vez rebajadas, mueven voluntades, para que la mercancía no se aletargue y duerma aburrida en los estantes y expositores. Tentaciones atrayentes en lo lúdico, para la fantasía de cada cual. Así un día tras otro menos los domingos, que son jornadas establecidas para sosegar nuestra tranquilidad.

Pero, en las horas nocturnas, todo cambia para ellos dos. Cuando se cierra la jornada laboral, ella y él aprovechan todos los minutos posibles, a modo de segundos ansiosos, a fin de calmar su necesidad de diálogo, de acercamiento y, también, de esa atracción para la sexualidad. Y sus miradas, dibujadas de una extremada corrección ante los clientes, adquieren la intensidad de dos seres que profundizan y avanzan en su tierna y limpia amistad. Ingrid y Rubén, son los nombres que otros eligieron y que ellos asumen con gusto y respeto, pues así ha de ser la norma y costumbre, desde todos aquellos tiempos lejanos que llaman antigüedad.

No poseen la misma antigüedad en la empresa. Rubén presta sus servicios en esta cadena de ropa prêt-à-porter (una expresión que en francés hace alusión a un tipo de prendas, producidos en serie y sometida a los dictámenes de la moda, “lista para llevar”) desde unos meses antes que ella. Este género de ropa ofrece distintas calidades y precios, aunque predominan las ofertas a buen coste, especialmente demandadas por el sector más juvenil de la mujer). Es delgado de cuerpo aunque luce una poderosa musculatura, tensada por la práctica deportiva, especialmente conseguida en abundantes horas de gimnasio. Procedía de otra franquicia de una conocida marca para vestir dirigida, básicamente, al dinámico sector de la gente joven. Llegó, junto a otros compañeros de trabajo, cuando esta firma se instaló en uno de los grandes locales que pueblan el macro espacio comercial. Físicamente, es de los más atractivos miembros de la plantilla, aunque  sabe dosificar la intensidad estética de su físico con varoniles actitudes y gestos que “enloquecen”, por la fuerza propia de los años, a toda esa legiones de jovencitas que visitan, día a día, estos nuevos templos para el culto devoto a la imagen física. A sus veintipocos años ha aprendido a soportar, con sumisa paciencia, la realidad, cada vez más frecuente, de su alopecia. Imagen que él trata de disimular (como otros tantos jóvenes de su edad) con un corte de pelo prácticamente al cero que, incluso, aumenta su atractivo y potencia el look de su persona.

Aunque Ingrid es, más o menos, de su misma generación, posee una atractiva y equilibrada forma de ser que la hace parecer algo mayor. Su rostro simula estar esculpido como el de una deidad clásica, con rasgos finos y angulosos que atraen desde el primer instante. Cubre su cabeza con una extensa y lisa melena de color rubio intenso, ganando en belleza por ese extenso flequillo que apenas deja entrever unos ojos preciosos, bien teñidos con el verde esmeralda de la aventura en el mar. Es aconsejada, por sus jefes y amigos, sobre la necesidad de potenciar el uso de prendas deportivas, a lo que ella accede con gusto ya que es consciente que este tipo de ropa facilita el don siempre atractivo de esa juvenil cronología en la devoción para las compras. Su timidez acrisolada no está exenta de la mímica siempre amable para con todas las personas que, durante las horas del día, no dejan de observar, imaginar y….. comprar, a fin de llenar ese ropero,  tantas veces renovado, del laico culto a la imagen. 

¿Qué tal Ingrid? Ahora ya podemos hablar con un poco de sosiego. Estos días, en el final de las rebajas, suelen ser la mar de estresantes. Viene mucha gente para ver si pueden llevarse algo a casa, con esos precios irresistibles de saldo. Te miran y remiran, quedan pensativos y al fin deciden coger alguna de las faldas, blusas, chaquetas o zapatos, que estamos ofreciendo, desde los bien surtidos expositores y escaparates. Después, la misma cantinela de las tallas y los colores. Pero es que este negocio así funciona. Y no podemos quejarnos. Vivimos del culto devocionario al cuerpo, ya que el ropaje hace que lo vulgar se transforme en ese ideal que la naturaleza no ha querido regalarnos. Por cierto, me ha llegado la onda de que, para este otoño, hay otra renovación en la estructura de la tienda. Piensan aprovechar un fin de semana, con el lunes festivo de octubre, para darle otro aire al local. Son las servidumbres del marketing y de esa primera vista que tanto nos conmueve e impulsa para las compras. Se me olvidaba decirte que con esa cazadora, símil piel, estás muy atractiva ¡Verdaderamente, tienes un cuerpazo de ensueño!”.

Sonrisas de la chica, que se siente adulada y cortejada por el atlético joven.

“Eres muy zalamero, Rubén. Tú tampoco estás nada mal….. Es broma, hombre. Ya me doy cuenta de cómo se te quedan mirando las quinceañeras. Tienes razón en lo que comentas. Estos días, en el final de las rebajas, son también alocados para las visitas a la tienda. Pero de eso se trata. Hay que vender mercancía, sea como sea. Incluso a precio de costo. De pronto llegan los fríos y tener los almacenes atestados, con la mercancía de verano, lleva su coste. Me han comentado que van a enviar unas partidas a Sudamérica. Ellos entran pronto en la Primavera. Pero no hablemos más de camisetas, blusas o sandalias. Te quiero contar una anécdota, a ver qué te parece. Creo que a ti también va a impresionarte, al igual que me ha pasado a mí. Se trata de un hombre, bastante joven, que esta semana ha venido, acompañado de una niña, hasta tres veces a la tienda. Entonces, se me queda mirando en silencio, durante unos minutos. En su rostro hay una mezcla de tristeza y dulzura para la sonrisa. Ayer le oí comentar a su hijita (debe tener unos nueve o diez años) mientras una vez más me observaba, las siguientes palabras: “Beli, es que esta señorita me recuerda mucho a tu madre. Es como si la estuviera viendo en persona. Tu tenías apenas cuatro añitos, cuando ella viajó hasta el Cielo. La echo mucho de menos, mi amor”. Después, dándose cuenta que la cría se había puesto triste, quiso animarla. Ambos eligieron alguna ropita linda para la niña”.

Pero aquella mañana de lunes, cuando de nuevo abrieron la tienda al sonar las diez en punto, todo fue ya muy diferente para el buen Rubén. Habían llegado nuevos compañeros de trabajo, a fin de sustituir a otros que, ahora, ya no estaban. Entre los ausentes, faltaba su gran amor, Ingrid ¿Qué habría podido suceder? En el mundo empresarial son bastante normales estos cambios entre el personal de plantilla. Sin embargo, para él, tener que realizar el trabajo sin la proximidad, física y anímica, de su afecta compañera, era muy duro y complicado de sobrellevar. Y más, sin conocer los motivos para este cambio entre el personal de la tienda. Trató de preguntar, a unos y a otros, si poseían alguna información acerca de estas modificaciones, para la mayoría inesperadas. Pasaban los minutos y el local se fue poblando de todas esas chicas y chicos, devotos de la imagen. También, de compradoras compulsivas y  de esos ritmos de estridente sonido, con sabor a metálico, que estimulan la fuerza de la actividad.  El neón motivador de las luces, regaba de rosa, azul y crema, el lienzo rutinario de cuerpos jóvenes, profesos de la delgadez y de los atrevidos diseños. Pronto se uniformaron las  colas de tarjetas ante las cajas y, por todo el espacio fluía ese desorden bien controlado en los expositores. sugerentes para la calidad de la oferta.

Al fin Chari, una diligente encargada de sección, hizo un breve y coloquial comentario que atendía a esas preguntas que Rubén se planteaba desde el comienzo de la jornada.

 “Los trasiegos de maniquíes, entre las tiendas del Vialia y el Carrefour, me ponen frenética. Y es que intercambian los modelos sin avisar. Llegas una mañana y te encuentras que falta tal o cual figura que te era de lo más familiar”.

Mientras, el buen Rubén, camisa blanca y ajustado pantalón beige, seguía dirigiendo la mirada hacia su derecha, como buscando a esa compañera, ahora ausente, que llenaba de sosiego su pose para la actividad. ¿Cómo iba a soportar la soledad de las noches, cuando lo mejor de su corazón estaba luciendo nuevas prendas, en la distancia de otro gran local?. Y es que estas, aparentemente inmóviles, figuras que actúan en los escaparates y expositores suelen cobrar vida, sonrisas y diálogos, cuando la tienda descansa. Todo ello ocurre en la misteriosa acústica de la noche, a esas horas en que los clientes fijan sus ojos en otros objetivos y destinos que, tal vez, puedan saciar las necesidades, banales o sublimes, de sus complicadas o ilusionadas vivencias.-



José L. Casado Toro (viernes, 11 octubre, 2013)
Profesor


viernes, 4 de octubre de 2013

DESCUBRIENDO EL MISTERIO DE UNAS LETRAS CON AMOR.




Mi afición por la literatura proviene desde aquellos años, lejanos ya, que iluminaron el periplo vital de la infancia. Desde siempre he sentido placer y emoción por ese mundo, encantador y mágico, que florece tras las páginas impresas en los libros. Leer y, también, escribir, en esa maravillosa intercomunicación que se establece entre el autor de las palabras y el lector de las historias, nutre felizmente nuestra imaginación y vitaliza esos eriales silenciosos que, más pronto o tarde, aparecen en todas las vidas. Todo ocurrió cuando una inoportuna lesión de tobillo me iba a obligar a la reclusión en casa durante algunos días, tras el necesario paso por las expertas y doctas manos del cirujano. Planificando el obligado descanso, me dirigí aquella tarde a una biblioteca pública que está situada muy cerca del piso donde resido. Hacía tiempo que no leía una de esas apasionadas novelas antiguas, repletas de personajes, argumentos, sentimientos y vivencias. Y me dispuse a rebuscar, entre los muy atestados expositores del centro cultural, algún que otro título que me pudiera agradar. En la época del libro electrónico y de la infinitud informática, a través de Internet, resultaba simpático prestar acomodo a una de esas obras en soporte papel que esperan, pacientemente y medio adormiladas, la voluntad inesperada de un nuevo lector.

Observando la sección de literatura me fijé en un grueso volumen que, próximo al suelo, reposaba sobre uno de los estantes. El libro estaba reciamente encuadernado, con pastas color verde envejecidas. El amarillento color de sus casi seiscientas páginas y el típico olor a rancio que nos hablaba del tiempo de su gestación (esa primera edición fue publicada en 1952) mostraban la antigüedad de la obra. Se trataba de la traducción de un original inglés, escrito diez años antes por Geoffrey Evans, autor que me era completamente desconocido. Pero lo que realmente me sedujo fue el título de esta densa novela: Recorriendo el agradable camino de tu amor (Walking the nice road of your love). El tiempo de préstamo iba a ser para dos semanas renovables. El previsible largo período de convalecencia me iba a permitir, con desahogo, su sosegada lectura.

Cuando los doctos galenos te “ordenan” reposar un determinado período de tiempo, en los flancos de la retaguardia, hay que obedecerles sin rechistar. Y como todo no va a ser la pantalla del ordenador, tuve tiempo más que suficiente para ir desbrozando esas páginas, anaranjadas y plenas de romanticismo, donde latían vidas, aventuras, sentimientos y algún que otro desencanto, que de todo hay en la vida. Poco a poco fui gozando de esa sutil inmersión que el atento lector realiza en los párrafos diestramente esculpidos por las palabras del autor. Me encontraba ante un cuidadoso estilo literario, reñido con las prisas estresantes que, hoy día, absurdamente nos abruman e incomodan. La sucesión de párrafos y contenidos te atrapaban y seducían. Y así llegué a la críptica apariencia del capítulo sexto.

Desde un principio observé que esas páginas estaban más trabajadas o manoseadas. Tras la lecturas de unas primeras líneas, comprobé que algún antiguo lector había ido señalando, a lápiz, una prolongada serie de letras. Busqué algún sentido a la intencionalidad del gesto, por lo que fui enlazando esas letras que formaban una curiosa serie de palabras encadenadas. Con gran paciencia, al efecto, fui escribiendo en un cuaderno el mensaje “oculto” que allí se transmitía. Tras un laborioso ejercicio de transcripción (eran cuatro hojas, las así anotadas) completé el conjunto del texto. La sorpresa fue manifiesta pues tenía ante mi una preciosa carta o misiva de amor dirigida, obviamente, a una mujer. Junto a esas confesiones tórridas del sentimiento, había algunos datos que te permitían aproximarte, siquiera lejanamente, a una posible identidad de las dos personas implicadas. Guardé cuidadosamente esa carta “viajera” entre enamorados, tan laboriosamente construida, continuando con mi placentera lectura de la novela escrita por Evans.

Pasaron unos días cuando la sorpresa volvió a renacer. Exactamente en el capítulo nueve, de nuevo aparecían las señales de lápiz anotando determinadas letras en el texto. Con toda la paciencia necesaria, logré ir conformando una nueva misiva cuyo contenido era la respuesta del destinatario al remitente de la carta anterior. En esta caso, Eva respondía a Liam con otra cariñosa comunicación, entre dos enamorados que, sin duda, sufrían la fuerte incomprensión de su entorno. He de aclarar que el paso del calendario había degradado y, en algunos casos, casi borrados las señales escritas con lápiz, de manera tan habilidosa. Por lo que el esfuerzo de transcripción me exigió una generosa dedicación en el tiempo. Pero el contenido de ambas epístolas merecía la paciencia aplicada a ese interesante ejercicio, en el que me había gustosamente implicado.  

Hay personas cuyo incivismo les mueve a garrapatear los libros de las bibliotecas. Algunos de estos ineducados arrancan, sin el mayor control, algunas hojas de los libros que les han sido prestados. Pero, en este caso, la realidad era bien distinta. Dos enamorados, en la lejanía de los tiempos que, ante el acoso y control de su entorno familiar o social, se ven obligados a comunicarse mediante este original sistema de transmisión bibliográfica. Por algún dato indirecto, deduje que esta pareja luchaba por mantener su vínculo allá por los años cincuenta de la anterior centuria. No conocía todos los detalles del caso, salvo aquella limitada información que, expresa o implícitamente,  aparecía en ambas misivas.

Una vez ya recuperado de mi lesión e intervención quirúrgica, comencé a dedicar algo del tiempo disponible (fuera de mi dedicación laboral, en seguridad) a la investigación posible de esta cálida historia de amor. Ejercicio al que me entregué con una cierta tensión obsesiva. Hice las fotocopias necesarias, antes de cumplir con los plazos para la devolución del volumen. Una joven bibliotecaria me informó que muchos de estas ediciones, con numerosos años de antigüedad, procedían de donaciones que realizaban particulares u otras entidades, publicas o privadas. Algunos portales de Internet resultaron de inestimable ayuda, a fin de ir cruzando los datos que, muy lentamente, se iban acumulando para el acervo de la memoria. La cita de un monumento concreto, en la respuesta de Eva, me condujo al territorio castellano, concretamente a la ciudad de Salamanca. Había que “jugar” con las iniciales de los apellidos de ambos jóvenes con las que, afortunadamente para mi investigación, finalizaban sus textos. Un amigo, compañero de estudio, que trabajaba en una empresa de detectives, me “echó” alguna ayuda, aconsejándome ciertos caminos o vías eficaces que me podían hacer avanzar en la búsqueda de ambas personas. Y eso contando con que aún permanecieran felizmente con vida. 
  
Pasaron los meses, con esos avances y retrocesos en el afán investigador. Aproveché parte de mi mes de vacaciones para trasladarme a esa culta ciudad castellana donde, según todos los indicios, estaban las claves explicativas de esta complicada relación afectiva. En el registro civil de esa bella ciudad recorrida por el Tormes, encontré a un ser angelical sin el cual difícilmente hubiera podido encontrar a estas personas. Vicky, una joven licenciada en Historia, directora adjunta del Registro Civil que, conociendo los detalles acumulados en el dosier que le facilité, se entregó con toda su capacidad y habilidad en la búsqueda de esos posibles nombres y apellidos. La informatización de todos los archivos de ese centro estadístico fue decisiva, a fin de ir reduciendo las posibilidades de concreción personal para nuestra búsqueda.

Una de las tardes, mientras disfrutaba con uno de esos gratos atardeceres en la Plaza Mayor de Salamanca, tomando un aromático té con canela que me supo a gloria, sonó el timbre de mi móvil. Vicky, con espíritu admirablemente incansable, estaba sobre una pista que podía ser la solución afortunada. Me lo transmitía llena de alegría y expresividad. Quedamos en vernos para cenar. La verdad es que fue una inolvidable noche de agosto que iba a marcar también nuestras vidas, pues cada vez nos sentíamos más cerca el uno del otro.

Fue un viernes bien “templado” con los treinta y nueve grados que marcaba tozudamente el termómetro. Esta linda compañera me acompañaba hacia un centro de la tercera edad, donde residían dos personas que coincidían con no poco de los datos que, con ímprobo esfuerzo, habíamos acumulado. Octogenarios ambos, pero con una aceptable lucidez mental. Se mostraron algo extrañados y, al tiempo divertidos, con nuestra inesperada visita. Tras unos cordiales saludos, me dirigí a Liam, resumiéndole parte de esta complicada historia. Este hombre, de pelo encanecido y perilla venerable, atendía a mis palabras con una mezcla de asombro e interés. Por momentos, cruzaba su mirada con Eva e intercambiaban una dulce sonrisa. El momento de más intensidad fue cuando les mostré las fotocopias, con las letras señaladas para ese impulso de amor que, en el momento de su realización, era imposible llevar a cabo de otra manera por razones que sólo ellos conocían. La emoción fue irrefrenable para dos seres que lucharon por estar juntos en la vida. No quisimos cansarles por lo que, una vez que les entregamos unos regalos, quedamos en visitarles la tarde siguiente, un día antes de que yo tuviera que volver a Madrid. Liam me prometió explicarme el trasfondo de su bella historia con Eva. 

Una vez más, aparece esa triste y repetida historia que germina para el infortunio, en todo tiempo y en cada lugar. Eran dos familias visceralmente enemistadas y enfrentadas, a causa de rancios reproches y agónicos intereses por la materialidad. Sin embargo, en el seno de ambas surgió el afecto, la comprensión y la proximidad connivente para dos jóvenes, en aquellos lejanos años de nuestra cruenta posguerra. Secretos, sospechas y amenazas, en sus progenitores, cariño, atracción y amor, en un chico, Liam y una linda muchacha, Eva, que se rebelaban por tener que renunciar a sus nobles sentimientos. Castigos, encierros, controles que ellos, con imaginación e ilusión, supieron obviar. Esa declaración irrenunciable de amor para siempre, en las páginas de una novela, fue un gesto de rebeldía ante unos padres de mentalidad decadente y anclada en los tiempos oscuros de la enemistad. Al paso de los años, por fin pudieron materializar su unión, vínculo que felizmente aún continúa ya en el anochecer de sus nobles existencias.

Esta romántica novela viajera ha permitido generar no pocas y dulces  realidades. Es una bella muestra de que la constancia y la fe en uno mismo, también en los demás, nos puede conducir a objetivos insospechados. Por cierto, en una preciosa ermita, en las afueras de Salamanca, Rubén y Vicky celebrarán su unión matrimonial. Eva y Liam han prometido ser los padrinos de boda.-


José L. Casado Toro (viernes, 4 octubre, 2013)
Profesor


viernes, 27 de septiembre de 2013

ONDAS DE MÚSICA Y AMISTAD, EN LA PROFUNDIDAD DE LA NOCHE.


Son muchos los que prolongan el día, ante la ausencia de sueño en las noches. Estas personas saben valorar, mejor que otras, la importante función social que los profesionales de la radio prestan a la sociedad comunicando, durante esas horas atípicas, con los oyentes noctámbulos. Sea con su voz dulcificada y afectiva, como cuando hablas a seres cercanos o, también, sabiendo elegir aquella melodía de los sesenta o setenta, con la que aún saben vibrar los nostálgicos arraigados. Esos locutores de los programas radiofónicos, trabajando y escenificando en la madrugada, se esfuerzan en ofrecer la mejor medicina para el desvelo de tu soledad en las horas vacías. Y, esta noche también, asómate a tu ventana, cuando la mayoría duerme. Entre esos bloques de vidas cercanas, a modo de recios gigantes que pueblan el espacio urbano, observarás que hay ventanas donde la luz interior reta a ese manto de oscuridad que se generaliza bajo la acogedora jaima de las estrellas. Y en cada de una de esas ventanas iluminadas hay, qué duda cabe, una historia donde su protagonista se rebela contra el reino de lo onírico, hacia donde la mayoría se desplaza. Puede ser un estudiante de libros y apuntes, que prepara el examen pendiente. O tal vez un comercial, que prepara sus alforjas para ese temprano viaje. Pensamos en el enfermo, que se afana en mejorar el deterioro orgánico que le aqueja. O el trabajador necesario para la salud, la seguridad o el sustento del resto de la sociedad. Pero, casi siempre concluimos, en aquél o en éste ciudadano, cuya inestabilidad insomne le abruma e impide el inexcusable descanso reparador.

En la mayoría de los casos, los oyentes no conocen el rostro, ni la restante conformación corporal de ese locutor, que cada noche les acompaña, susurrando con ternura su habla. Probablemente se cruzarán con él, a través de calles, avenidas o plazas, sin distinguir a este amigo complaciente que comparte con ellos la palabra, los sonidos de la música  o esos latidos misteriosos que anidan y vitalizan el alma. El anonimato de su figura (al margen de la difusión mediática que hoy prolifera) contrasta la familiaridad con que nos templa su voz, la artesanía de su imaginación o la fiel sencillez de su compañía. Ocurre cada noche, desde el cualificado aparataje técnico del locutorio, cuando se gesta en la naturaleza del calendario el amanecer de otro nuevo día para nuestra oportunidad.

Darrel nació en España, aunque su madre era de ascendencia británica. Desde joven, sintió el gusanillo de la radio, afición que también motivó la cercanía de un tío suyo que aún está vinculado a una cadena televisiva, en el departamento técnico. Al finalizar la enseñanza secundaria, optó por la Formación Profesional en imagen y sonido,  grado medio y superior, en la modalidad de radio. Ha trabajado en varias empresas del sector aunque, desde hace más de tres lustros, está vinculado a la cadena líder de la comunicación en España. Es un referente en la programación de madrugada, llevando diestramente el espacio “Diálogos, bajo las estrellas” (cinco temporadas ya) que se emite de lunes a viernes, entre las dos y las seis primeras horas de cada día. En su espacio tienen cabida los microrrelatos, las canciones, las noticias amables de cada jornada, los personajes del cine y, de manera muy especial, la participación activa del oyente, en diálogo abierto y sin cuestionario con el prestigioso locutor. Un aspecto curiosamente significativo, de estas horas alternativas al sueño, es la carencia de cuñas o entradas publicitarias en el programa (salvo algún caso, de índole manifiestamente benéfica).

La dicción en este buen profesional, muy próximo al medio siglo de vida, está presidida por el temple melodioso que aplica a sus palabras.. Lógicamente, esas horas de programación exigen esta modalidad expresiva, que facilita la connivencia afectiva entre quien comanda el micrófono y sus desvelados oyentes. De ahí también la música nostálgica y romántica elegida para su difusión. El rock duro o crispado de estridencias apenas tiene cabida en un contexto “familiar” donde se trata de generar sosiegos, intimidades y las mejores “imágenes” acústicas de un día. Una larga jornada inmersa entre el estrés de lo urbano y la fuerza plácida de la naturaleza. Entre el modelo de canciones de Corey Taylor (Iowa, USA, 1973) y el sentimiento expresivo de Lionel Richie (Alabama, USA, 1949) no cabría duda en la opción, a favor de éste último. Reacio al tabaco, pero amante empedernido del té y el café, este comunicador colabora en ahuyentar el pathos de la soledad en miles de oyentes.

En una entrevista reciente, publicada en uno de los medios gráficos de este grupo mediático, Darrel se prestó a comentar dos de sus mejores anécdotas, vinculadas especialmente a la intervención de los radio- oyentes en la programación.

La primera historia real, que el veterano profesional eligió, tuvo lugar en plena Cuaresma de la liturgia católica. Un sacerdote, presumiblemente de edad intermedia, llamó al programa. Pasaban unos minutos de las cuatro y media, en una noche de marzo inestable, por la lluvia y el gélido frío castellano. Obviamente, evitó la concreción de datos que facilitaran el acercamiento a su identificación. Presentándose como Tomás (nombre probablemente supuesto) confesó, matizando perfectamente la lenta cadencia agónica de sus palabras, que desde hacía años sufría una profunda y terrible crisis de fe. El conflicto personal que le atormentaba era durísimo de sobrellevar. En el ejercicio de su ministerio, se veía más como un actor que no cree en el personaje, pero que sobrelleva como puede la interpretación de aquello al que su sacerdocio le obliga. Se sentía cobarde y merecedor de un auto desprecio, por no afrontar con entereza su controvertida situación vocacional. Su temor a adoptar la decisión, valiente pero difícil, de la secularización estaba basado en dos circunstancia. De una parte, su madre, viuda y con un delicado estado de salud, quien difícilmente aceptaría (por su carácter egoísta y absorbente) esta íntegra opción por parte de un hijo que ha perdido los fundamentos para el recto ejercicio de su sacral ministerio. De otra, su temor a integrarse en un contexto socio-laboral para el que no ha sido preparado o educado. Seguía haciendo lo que demandaba su función, pero sin creer en la misma. Por supuesto que el ámbito de su sexualidad era también una temática vivencial que, en mucho, le hacía sufrir. Su comportamiento en este ámbito solía calificarlo con la vergüenza de lo innoble. Durante esos casi quince minutos de confesión ante las ondas, Darrel apenas quiso interrumpirlo. Fue, prácticamente, un largo monólogo descarnado y sincero de un hombre que sufría ante su propia conciencia. Se despidió de Tomás pidiéndole, con el afecto del amigo, que continuara con este gesto de valentía que esa noche había sabido aplicar ante todos los oyentes. Que fuera sincero ante sí mismo y ante las personas que en él confiaban. Casi un año después, tuvo una llamada telefónica fuera de onda. El supuesto Tomás le confesaba que había tomado una valiente decisión para su vida. Ahora trabajaba de cuidador para personas mayores. Su participación en aquel programa de madrugada, le dio la fuerza necesaria para sincerarse ante la realidad de su vocación. Se le invitó a una nueva conversación en la noche, pero Tomás declinó educadamente el ofrecimiento. Se despidió con unas cariñosas palabras de agradecimiento para un programa tan humano en valores. Nunca más ha vuelto a saber de esta persona.

Los tiempos de soledad no sólo anidan en las personas adultas. En otra ocasión recibió la llamada de una niña, Dania, que decía tener nueve años de edad. Había sabido anotar el número del teléfono de la emisora, entrando en directo para explicar su situación. Estaba sola en casa y sentía miedo de los sonidos que escuchaba, provocados por la agreste tormenta que, en aquel momento, afectaba al cielo de Cáceres. Darrel trató de tranquilizarla, iniciándose un sencillo y humano diálogo entre ambos. La niña no había cenado, pues apenas tenía alimentos en el frigorífico. Vivía con su madre, a quien no veía desde la mañana. No tenía claro en qué trabajaba, ni dónde se encontraría en ese momento. Sólo repetía que tenía miedo de los relámpagos y a ese cielo que tronaba. Dania no quería dar más datos sobre su dirección. Pero estaba llamando a la radio por si su mamá la pudiera escuchar. El departamento técnico de la emisora contactó rápidamente con la operadora telefónica, a fin de localizar la dirección de ese número y, a continuación, trasladaron ese valioso dato informativo al departamento de menores de la Policía Local de Cáceres. En no más de cuarenta minutos, una asistente social se había hecho cargo de esta niña, que estaba sufriendo una clara situación de abandono. Nuestro locutor aprovechó ese tiempo ante las ondas para mantener el diálogo con la cría, aportándole confianza y serenidad, mientras sus compañeros actuaban con diligencia para ayudar a esta persona, de corta edad, en trance angustioso de soledad.

Estos profesionales de la radio se van a descansar cuando las demás personas inician una nueva jornada en el día. Para el trabajo, la esperanza y la vida. Prestan una encomiable acción benefactora a miles de personas que a esas horas “de las tinieblas” necesitan comunicar sus sentimientos, experiencias y anhelos. La serenidad de la noche parece prestar mayor confianza y fuerza expresiva a muchas personas a través de las ondas. El mismo Darrel tuvo otra decisiva experiencia para su propio destino o interés familiar. Desde hace dos años, ha podido rehacer su propia vida conyugal con una joven que otra nueva noche llamó al programa, vitalmente aterrada, ante el maltrato que estaba sufriendo por parte de su pareja.

Aún quedan pequeños charcos de agua en las aceras, debido al riego purificador de cada amanecer. De aquí para allá, nuestro personaje se va cruzando con gente acelerada por el minutero alocado de sus relojes. Las mascotas y sus dueños buscan los espacios para el paseo, mientras los desayunos pueblan las cafeterías, los expositores de prensa lucen sus portadas para las noticias y muchas carteras, repletas de libros, apuntes o documentos, acompañan a sus dueños. Una chica delgada, ojos azulados y sonrisa permanente se acerca, carpeta y bolígrafo en mano, hacia Darrel.

“Discúlpeme ¿me permite un par de minutos? Es para un trabajo de comunicación. ¿Escucha Vd. algún programa de radio durante la madrugada?
¿Pero se emiten programas a esas horas del sueño, señorita?

Tras la mirada de sorpresa de la joven, este veterano locutor le sonríe y tranquiliza, entregándole una tarjeta con su número telefónico.

“Si le parece, hablamos esta noche, a partir de las dos. Pero ha de ser a través de las ondas. Y también puedo invitarla a que visite nuestra emisora. Vivirá en directo el trabajo que llevamos a cabo, durante esas horas presididas por la realeza del sueño, las palabras y la amistad”.

La chica, camiseta estampada con textos ecológicos, vaqueros piratas y sandalias planas de color beige, acertó a responderle, en medio de la sorpresa “desde luego que no faltaré….” Darrel caminaba ya, divertido y con la presteza necesaria, hacia la privacidad de su merecido descanso.-  


José L. Casado Toro (viernes, 27 septiembre, 2013)
Profesor