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viernes, 28 de junio de 2019

ANOTACIONES SOCIOLÓGICAS, EN UNA OSADA TARDE DE FIESTA.

Una insólita situación, que el relato articula narrativamente, resulta sin embargo bastante usual en nuestros hábitos, de manera especial en aquellos acontecimientos sociales a los que acuden un importante número de personas. El hecho puede ocurrir en celebraciones o reuniones de la más variada naturaleza, tal sea el caso de un bautizo, una boda, un cumpleaños, una onomástica, una mayoría de edad, una graduación, un homenaje o incluso en alguna reunión sentidamente luctuosa, como vemos en un duelo o sepelio. Por supuesto hay que referirse de manera específica (volvemos a reiterarlo) a esas reuniones sociales “densamente pobladas”, ya sean por asistentes especialmente invitados u otras personas que voluntariamente desean estar presentes en tan congregados encuentros. El espacio físico donde se desarrollan estos eventos suele ser también muy variado, aunque la propia exigencia de la amplitud “territorial” hace que sean elegidos los grandes salones de un hotel, restaurante, cortijo, complejo educativo, club social, teatro o institución empresarial o locales pertenecientes a la misma administración pública.

Cuando nos desplazamos a uno de estos populares o más “académicos” eventos, observamos que comparten el lugar un número importante de imágenes faciales que nos resultan más o menos allegadas o conocidas. Sin embargo también hay otras muchas anónimas, acerca de las cuales no poseemos la menor información sobre sus nombres e incluso en nuestra memoria no aparecen referentes que nos indiquen si alguna vez las hemos visto o hemos coincidido con su presencia. En estos casos, nos prestamos a intercambiar con ellas el necesario y educado saludo o esas sonrisas amables que siempre suelen ser bien acogidas, como habilidades sociales para el contacto relacional. En este contexto va a desarrollarse la trama argumental de nuestro relato.

La populosa celebración iba a tener lugar en uno de los señoriales, suntuosos y bien decorados salones del hotel más señero de la capitalidad malacitana, aquél cuyo nombre deriva de su atractiva y poética ubicación ante las aguas serenas de la bahía de Málaga, en el Mediterráneo norte. El histórico y emblemático Hotel Miramar. Este histórico establecimiento se encontraba en aquella cálida tarde/noche de Junio “completamente” repleto de personas. La inmensa mayoría de estos invitados se presentaba exquisitamente trajeada, con sus mejores galas y atuendos pues, en sus dependencias cubiertas y jardines al aire libre, iba a celebrarse una espléndida cena, con fiesta de bailes incluida. Toda la ceremonia social se realizaba con motivo de la boda de la hija menor de un prestigioso, veterano y acaudalado constructor, afincado en la capital de la Costa del Sol desde hacía más de dos décadas, con un conocido periodista que publica sus textos en la principal cabecera de la prensa escrita madrileña.

Una caravana de taxis y automóviles de lujo particulares había prácticamente colapsado la zona, aunque muchos de los asistentes tuvieron la sensata inteligencia de acudir a la celebración utilizando el transporte municipal de autobuses, servicio público económico, cómodo, versátil  y, en función de la densidad en el tráfico, aceptablemente rápido. La cena de celebración estaba fijada en su comienzo para las 21 horas aunque, desde muchos minutos antes, la presencia de invitados a la misma era verdaderamente espectacular y numerosa. “Toda” la sociedad malagueña, incluyendo personajes importantes de otras muchas provincias hermanas o lejanas, se encontraba presente entre los más de quinientos invitados a la tan atrayente y deslumbrante gala social.

Entre todos esos asistentes se encontraba la presencia de un señor mayor, a quien aparentemente nadie conocía pero al que todos evitaban preguntarle por su identidad, a fin de no importunarle con tan indelicado y puntual interrogante. En realidad, unos y otros pensaban que a buen seguro “sería amigo, familiar allegado, pariente pobre, conocido, compañero, vecino o profesional vinculado a uno de los dos contrayentes. En todo caso era como ese abuelo al que nadie hace un especial caso. Este señor figuraba en la tarjeta de visita, que entregó en los  abigarrados y desordenados controles de entrada, como Telesforo del Cantal Capitán, datos que antecedían a la frase “Técnico Sociología Universidad Central.” Lo cierto es que a este venerable señor mayor se le ubicó en una de las mesas que en el argot de los servicios de catering y restauración se denominan como “la de los invitados de última hora”. Algunas que otras personas se le acercaron para “regalarle” algunas palabras amables o relacionales, e incluso para ofrecerle alguna copa de vino en el refrigerio inicial de bienvenida. Pero el “anónimo” invitado siempre respondía con una apacible sonrisa, tratando de evitar o reducir al mínimo la expresión oral como respuesta. Parecía que “sobreactuaba” aparentando que sufría una profunda sordera, aunque desde luego escuchaba todo lo que le interesaba y no perdía detalle alguno de todas esas imágenes o escenas que fluían ante su retina.

¿Qué apariencia física ofrecía este venerable señor mayor? Se trataba de una persona probablemente sexagenaria avanzada o incluso en la primera fase de su ya séptima década vital. Tenía estatura medio/baja, con un evidente sobrepeso, especialmente en su circulo ventral. Lucía bigote encanecido y muy bien cuidado, aunque el resto de su cabeza denotaba una alopecia progresiva. El color de sus ojos era celeste plomizo, con mirada y semblante apacible, aunque en determinados momentos claramente incisiva. Cubría su vista con unas gafas académicas de montura metálica cromada, lentes tradicionales pues en determinados momentos solía inclinar su voluminosa cabeza para mirar por encima de sus lentes. El grueso cuello corporal finalizaba en una voluminosa y generosa papada, que le daba curiosamente un signo de respetabilidad a su sosegada y señorial figura. Se esforzaba de disimular un tic nervioso que le hacía temblar de manera intermitente el ojo izquierdo, control que apenas conseguía. Vestía con un traje beige de mezclilla, adornándose para la respetabilidad con una corbata marrón anaranjado, estampada con tenues rallas blancas, rojas y moradas. Calzaba zapatos de  piel beige, con suela también de material, cuyas pisadas provocaban un agudo sonido al pisar sobre el suelo de mármol, percusión acústica apenas inapreciable para un ambiente muy densificado en personas y el intercambio de palabras cada vez con mayor contaminación de volumen.

Telesforo fue ubicado en una gran mesa circular que, como las restantes preparadas en los salones A y B del suntuoso recinto, estaban habilitadas cada una de ellas para 10 comensales. A su derecha tenía sentada a una señora, doña Fuensanta, acompañada de su marido Celio, presidente de la Asociación de Peñas de la capital. A su izquierda estaba un matrimonio argentino integrado por Pascual, jefe de personal de la gran constructora propiedad de los padres de la novia, junto a su mujer Evelinda. Una y otra vez, con las intermitencias propias de la que sería una muy larga cena, el misterioso y veterano comensal sacaba del bolsillo de su chaqueta una pequeña libreta de alambre helicoidal, en la que hacía breves anotaciones con un tradicional, modesto pero muy útil bolígrafo bic, ante las miradas curiosas y comprensivas, también divertidas, del resto de los compañeros que integraban su mesa.

El nivel acústico en los dos espaciosos salones continuaba en un paulatino pero creciente aumento. Como es usual en todas estas celebraciones, los asistentes suelen elevar el volumen de su voz con el equivocado objetivo de hacerse escuchar. Pero como la comunicación se hace difusa en el entendimiento, con tan “educado” pero irresponsable escándalo, unos y otros van intensificando sus “voces” lo que provoca inevitablemente jocosas situaciones, una de las cuales afectó de manera directa al silencioso comensal, vecino de doña Fuensanta.

Esta enjoyada, “teatral” y bien pintada señora, con años indefinibles (en base a los laboriosos e intensos cuidados aplicados a su ya muy gastada y reseca epidermis) se despojó de sus zapatos de fiesta, acabados en un alargado pico y apoyados en tacones de potente y fina aguja. La parlanchina señora se excusó diciendo que no podía aguantar más el dolor que soportaba en sus dedos, en el tobillo y en el empeine del pie, a causa de esos zapatos de marca exclusivos. Como su marido Celio no le prestaba el más leve caso, ella continuaba con  su protagonismo charlatán, incidiendo  en su verborrea sobre el sonriente señor mayor que estaba sentado a su izquierda. Telesforo seguía practicando esa aquiescencia silenciosa y complaciente (moviendo la cabeza de arriba abajo, como inequívoca muestra afirmativa) gesto que aplicaba a todos aquellos que a lo largo de la noche y por “caritativa amabilidad” a él se dirigían. Entre su limitada audición orgánica y a que el ruido en la sala alcanzaba ya niveles de exageración, creyó lo más oportuno seguir manteniendo esa práctica afirmativa, fuera cual fuere el comentario que recibía de la comunicativa señora o de otro comensal. En un momento concreto la “acotorrada” señora le expresó, haciendo alarde arrogante de su buena conservación física “¿Vd. cree o percibe que yo aparento más edad de la que realmente tengo, acabo de cumplir los ¡¡cuarenta y nueve!!?” Como Telesforo ya había perdido noción de la verborrea emitida de continuo por su “imaginativa” vecina de cena, respondió afirmativamente con la cabeza, lo que provocó que la mujer cambiase de color, sintiéndose indelicadamente tratada, provocando una ridícula y divertida tensión en la mesa que los demás (aguantando y disimulando las risas) achacaron a la avanzada veteranía del silencioso comensal. 

La duración aplicada a la opípara cena fue insoportablemente prolongada. Por poner un ejemplo, el servicio de mesa repartió el plato central del menú cincuenta y cuatro minutos después de haber dispuesto las tres bandejas con los entremeses ibéricos en la mesa de Foro (así le llamaban familiarmente sus íntimos y allegados). Y el trozo de tarta nupcial llegó a su plato un hora y siete minutos después de la lubina asada con setas y queso de Cabrales al licor, plato central elegido por el reflexivo comensal, tal y como dejó anotado en su siempre recurrente pequeña libreta azul.

Aquella misma noche, ya en la madrugada, Telesforo resumía y ordenaba en frases cortas una serie de curiosas anotaciones que había ido realizando durante la traviesa y osada experiencia por él protagonizada. Entre otras muchas, merecer ser citadas las siguientes. Recordaba a dos comensales que en su propia mesa intercambiaban comentarios en clave acerca de sus habilidades por conseguir concesiones de obra por parte de algunos destacados miembros de las  administraciones públicas. Tomó también nota acerca de algunos invitados que, sin el menor recato, guardaban en sus bolsos recuerdos de la tan señalada velada: por ejemplo, cubiertos grabados con el nombre del prestigioso hotel e incluso alguna servilleta bordada con tan insigne emblema. No sólo fue destacado en la libreta el insoportable nivel acústico, al que ya se ha hecho mención en líneas previas, sino también el grado etílico que alcanzaron determinados y señalados comensales, que les hacía interrumpir o repetir hasta la saciedad, los mismos comentarios insustanciales con los que “castigaban” a los sufridos oyentes en sus respectivas mesas. A pesar de su “algo teatralizada sordera”, el sagaz observador había sabido captar una “comidilla general” que circulaba de boca en boca, siempre entre cómplices y socarronas sonrisas: el “bien conservado” patriarca familiar y empresarial no sólo tenía a su lado a su bien “adornada” cónyugue, madre de la novia, sino que tenía repartidas por entre los dos salones a un par de las “amigas íntimas”  que sabían complacerle para sus carencias y caprichos, en tantas noches de desvelo, desvarío y sensualidad. Y cómo olvidar, en esa parte festiva posterior a los postres, cuando comenzaron sonar las notas del pentagrama para la danza y los bailes, un hecho de sainete que enturbió la microatmósfera de la mesa en donde se ubicaba Foro. Es el caso de que con tan copiosa y heterogénea ingesta, además del abuso etílico, junto a esos movimientos en armoniosa sincronía con los sonidos de la orquestina, alguno de los integrantes de la mesa no supo o pudo controlar bien sus respuestas orgánicas. Como consecuencia, unos y otros se vieron acariciados y embargados en un fétido aroma que les obligó a intercalar los rojizos colores de sus rostros, con el torpe disimulo en sus hablas nerviosas y ese recurso a los pañuelos impregnados en colonia que “enturbió” aún más ese olor “confuso” del escasamente oportuno descontrol estomacal de alguno de los integrantes de la mesa. Todo muy natural, cremosamente aromático pero, sin embargo, entrañablemente humano.

Pero la anotación más significativa y singular, que estaba en la base de la audaz y osada experiencia que Telesforo se había atrevido protagonizar, era su propia presencia en tan festivo y emblemático acto. Su reflexión práctica, sociológica y organizativa, acerca de cómo un perfecto desconocido, para los rectores de la tan suntuosa ceremonia,  había podido estar presente en la misma, sin haber sido naturalmente invitado, le llenaba de comprensible y académica satisfacción. Había compartido las vivencias, pobrezas y grandezas, desarrolladas por un variopinto y numeroso grupo social, en un evento organizado y protagonizado por unos destacados personajes del dinero, vinculados a la más cuidada y señera élite económica, en una provincia marítima del sur peninsular. El veterano profesor del Cantal Capitán, es catedrático emérito de sociología de la Universidad central. Desde hace años se halla inmerso en la redacción de una obra capital, en el terreno investigativo de la sociología relacional. Su título provisional es GRANDEZAS Y SERVIDUMBRES DE LAS ÉLITES SOCIALES, EN TIEMPO PARA LAS APARIENCIAS, magno estudio de un sector de nuestra jerarquía sociológica, que lidera la esfera política, ideológica y económica en estas primeras década del siglo XXI español. Con esta obra “testamentaria” en la creatividad y el esfuerzo intelectual pondrá digno colofón a una admirable trayectoria docente e investigativa, en el marco solemne de las aulas universitarias.


ANOTACIONES SOCIOLÓGICAS,
EN UNA OSADA TARDE DE FIESTA


José L. Casado Toro  (viernes, 28 JUNIO 2019)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

http://www.jlcasadot.blogspot.com/                      jlcasadot@yahoo.es



sábado, 21 de abril de 2018

EL RINCÓN DE LOS SUEÑOS, EN EL DIFÍCIL PUZZLE DE LA REALIDAD.

Podemos ser receptivos en el aprendizaje, a través de una de tantas historias sencillas que laten, como tantas otras, en un mundo que nos esforzamos, con absurda impericia, en teñirlo con tonalidades de sombras y dificultades. Sin embargo, en el seno de la más depresiva confusión siempre se generan actitudes, ideas y propósitos que, de forma esperanzada, nos hablan de ese voluntarismo positivista que bien nos enaltece como personas.

Efraín (28) y Neira (25) forman una pareja convivencial desde hace cinco años. Viven, junto a su pequeña hija Ainoa que tiene año y medio de edad, en el domicilio de la madre de Neira, viuda de un trabajador cartelista que tuvo un infortunado accidente en el ejercicio de su labor profesional. Efraín se lleva aceptablemente bien con Amanda, que aporta su pequeña pensión a los gastos de la casa y que atiende con gusto el cuidado de su nieta, cuando sus padres pueden acumular horas de trabajo en esta época de oportunidades escasas.

Neira cursó estudios de empresariales. Su embarazo, no deseado o buscado, le hizo extremar sus esfuerzos, tras el nacimiento de su hija, en la búsqueda de ese empleo que sustentara y ayudara a sostener las necesidades familiares. En la actualidad despacha dulces y productos del horno en una panadería cercana al mercado municipal. Ahí ha de cumplir un horario de ocho horas diarias, entre lunes y viernes, atendiendo de pie a una continua clientela que demanda los artesanos y apetitosos productos que su jefe bien elabora. Carece de un contrato laboral fijo o permanente, como también le ocurre a miles de trabajadores. Alterna con otra compañera los contratos mensuales que el propietario se presta bien a firmar para su necesidad.

Por su parte Efraín tiene en su currículo académico la titulación de un ciclo formativo como ayudante en cocina y hostelería. A pesar de esta interesante cualificación, ha tenido que aceptar esa labor diaria de ir repartiendo, cada mañana desde bien temprano, la prensa gratuita del día, tarea que completa algunas tardes distribuyendo también la publicidad comercial en los buzones de los edificios. Al igual que su compañera (sólo han pasado por el Registro Civil para inscribir el nacimiento de Ainoa) no tiene estabilidad laboral en las dos funciones que realiza, práctica habitual en la estructura empresarial que evita, siempre que puede, compromisos laborales prolongados.

La ilusión que ambos jóvenes mantienen es poder montar una cafetería-tetería, en la que haya otros incentivos para la clientela bajo la forma de música, encuentros culturales y libros. En este atractivo proyecto, ella se encargaría de preparar las infusiones y los zumos, mientras que su compañero elaboraría las pastas, las galletas  y las tartas, además de los sándwiches y platos rápidos, para esos desayunos y meriendas que puedan demandar y exigir los usuarios del establecimiento. Obviamente es un proyecto ambiciosamente complejo, sustentado en la fuerza admirable de sus jóvenes edades, pero que carece del imprescindible y gravoso soporte económico que su puesta en marcha inexcusablemente conlleva.

Se les ha presentado la oportunidad de un interesante local, de 55 metros cuadrados de superficie, situado en la zona antigua de la capital. El inmueble, aunque inserto en una urbanística un tanto degradada, se halla a “dos pasos” del centro de la ciudad en la que ambos nacieron y residen. Ese espacio para alquiler, ahora vacío, fue durante muchos años un negocio o servicio funerario, adaptándose después a un comercio de productos esotéricos. Hasta hace tres meses, funcionó en él una tienda de ropa y calzado de segunda mano, que tampoco pudo mantener un régimen económico de estabilidad o rentabilidad. En su ubicación, ocupa el fondo del denominado Callejón de la luz, aunque esa calle sin salida no goza precisamente de muchas horas de sol dada la altura y proximidad de las edificaciones próximas a esa “relativamente amplia” planta baja. El lugar no goza del paso continuado del público peatonal, por lo que sus inquilinos habrán de extremar su imaginación ofertando servicios verdaderamente atractivos o necesarios que atraigan personas a su interior.

La propiedad del inmueble pertenece a Tobías Teruel Ana, un hábil rentista que también posee diversas plazas de garaje para alquiler, repartidas por distintos sótanos y bajos de la ciudad. Solicita 1000 euros mensuales de renta (comenzó pidiendo 1600) por el alquiler ese viejo pero bien ubicado local que acumula ya su cuarto mes de cierre, esperando a un nuevo inquilino. Los dos jóvenes piensan que tal vez podrían bajar algún “pellizco” de esa cantidad a pagar, pues en su interior la estructura y paredes ofrecen una clara percepción de abandono, con humedades en diversos puntos de los tabiques y techumbres, problemas con los inodoros y, por supuesto, deterioros en la muy gastada solería. El comerciante hindú que llevaba el negocio “esotérico” decidió poner moquetas en el suelo, que ofrecen hoy una imagen de abandono y suciedad bastante evidente.

Como expresivamente comenta Neira, este bajo huele a rayos y a cañerías por todos los lados, habría que realizar un profundo trabajo de restauración y saneamiento: limpieza integral, repasar la instalación eléctrica, hacer unos nuevos servicios y lavabos, montar una cocina idónea para un establecimiento de restauración, encalar las paredes, pintando y redecorando los paramentos, eliminar la moqueta que cubre gran parte del suelo … todo ello pensando en ese negocio tan especial y atractivo que desean ofrecer al publico que les visite. En definitiva, mucho tiempo, esfuerzo, dedicación y capital.

Pero aun manteniendo ese admirable voluntarismo, lo más grave del proyecto era la gestión económica del mismo. Faltaba esa imprescindible liquidez dineraria, que permitiera efectuar las ineludibles reformas de albañilería, fontanería y pintura en el local, la compra del material mobiliario y también un remanente económico para sobrellevar los primeros meses de imprevisible funcionamiento. Tampoco era ajena la pareja acerca del coste que también conllevaría toda la tramitación administrativa, con relación a los tributos, tasas y diversos impuestos al Ayuntamiento. Diseñaron una estrategia de acción diversificada para el objetivo de conseguir financiación.

En primer lugar se dirigieron a determinadas ENTIDADES BANCARIAS, aquéllas que consideraron (a través de informaciones facilitadas por amigos y compañeros de trabajo) como algo más fluidas que las demás, a fin de acceder a la concesión de un préstamo. El resultado de las gestiones resultó en todas ellas verdaderamente desalentador.

En cuanto los dos jóvenes exponían sus básicas pretensiones a los responsables bancarios, les demandaban una serie de garantías imposibles de satisfacer para su propia realidad. Tenían que presentar contratos de trabajo, con el carácter de fijos o indefinidos, las dos últimas nóminas y, por supuesto, un avalista económico que sustentara con su garantía el préstamo que necesitaban recibir. En otras entidades financieras les respondían, con mejores o “frías” palabras, sencillamente que no. Las entidades financieras no apreciaban en sus ilusionados sueños emprendedores la garantía suficiente con que poder devolver las cantidades pretendidas. Les perjudicaba la frágil o inexistente estabilidad laboral que ambos podían ofrecer. El pisito en el que vivían con Amanda era una vivienda de alquiler con renta antigua, que impedía, obviamente, plantear una hipoteca que “sostuviera” el volumen del préstamo.

La cantidad pretendida para poner el marcha el imaginativo negocio de la tetería, la fijaban en 9.000 euros (aunque se hubiesen conformado con obtener al menos 6.000). El plazo para su devolución en 10 años soportaba un interés entre el 6,5 y el 7 %. A todo ello habría que añadir el diálogo mantenido con los interventores bancarios: aquél se veía presidido, en general, por una actitud no siempre “comprensiva” y un tanto “altanera” por parte de sus interlocutores, muchos de ellos aportando respuestas bruscas, desconfiadas y con ese aire despectivo que podríamos imaginar en uno de los guiones cinematográficos escritos por el genial Rafael Azcona (Logroño 1926- Madrid 2008) películas después dirigidas por el no menos cualificado Luis García Berlanga (Valencia 1921- Madrid 2010).

Efraín y Neira decidieron probar suerte “llamando” a otras puertas. Sabían que EL AYUNTAMIENTO de su ciudad tenía un programa de ayuda para nuevos y jóvenes emprendedores. A llegar a sus ventanillas se toparon con la poderosa y anímicamente disuasoria maquinaria administrativa. Tenían que presentar un abigarrado papeleo y ponerse en cola para que las diversas comisiones preparadas al efecto analizaran las decenas de solicitudes que también aguardaban la correspondiente respuesta del ente municipal. La maquinaria administrativa no suele caminar precisamente con la necesaria rapidez, anhelada por parte de los solicitantes que ven pasar los días, las semanas y los meses sin recibir un no pero tampoco un sí. Y en ocasiones esa carta, recibida con justificada ilusión por conocer su contenido, tras su nerviosa apertura, desalienta aún más pues dentro solo aparece la exigencia de un nuevo papel o certificado o la rectificación de un impreso que estaba mal rellenado. El tiempo seguía avanzando poniendo a prueba la paciencia del valiente matrimonio en su ilusionado pero nada fácil proyecto.

En una nueva conversación con Tobías, EL PROPIETARIO DEL LOCAL pareció interesarse por la viabilidad de ese sugestivo negocio que Efrain le confió querían montar. En un momento del diálogo, surgió una nueva posibilidad: el dueño del inmueble se ofrecía a financiar las reparaciones necesarias y el nuevo montaje de la tetería, exigiendo a cambio de que, además de la renta mensual que se establecería por el alquiler, él “formaría” parte del negocio. Pedía un 40 % limpio de los beneficios que generara el funcionamiento del nuevo establecimiento. Evidentemente, el ambicioso casero había visto mucha iniciativa y ganas de hacer bien las cosas en estos jóvenes y quería “sacar tajada” de un negocio que podría ir muy bien, dada la ubicación en donde iba a ser instalado. Percibiendo la avaricia del propietario, desecharon pronto esta posibilidad que tan sibilinamente se les estaba ofertando.

“¡Fíjate, Efra, en este anuncio de Internet! Sé que por aquí, en la Red, aparece siempre mucha basura y “engañifa”. Pero esto que estoy leyendo …  no sé… me parece interesante. Ya el encabezamiento resulta motivador. ¿Eres joven? ¿Tienes proyectos? ¿Careces de medios para empezar a desarrollarlos?  Aquí puedes tener una posibilidad. Sigue leyendo. Resulta que es UNA FUNDACIÓN promovida por un escocés que testamentó todo su patrimonio, antes de fallecer, para la ayuda a personas jóvenes y emprendedoras. Resume básicamente su historia, en la que narra las carencias que este hombre sufrió en su juventud, pero a las que se supo sobreponer para ir poco a poco formando una pequeña empresa electrónica. Con el paso del tiempo y gracias a su imaginación, trabajo e iniciativa, se convirtió en uno de los más importantes proveedores mundiales de los circuitos electrónicos para las fábricas de automóviles. No llegó a casarse y al final de sus días, viendo la avaricia de sus parientes cercanos, les dio una buena lección al legar todos sus bienes para esta función de ayuda a personas jóvenes emprendedoras”.

Hay que enviarles el proyecto, bien explicado con todos los detalles y una comisión evaluadora jerarquizará, priorizará, o desechará, unas y otras solicitudes. La sede de la fundación reside en Glasgow, la ciudad natal de Mr Pillgrin. Podríamos ver más detenidamente las condiciones y enviarles nuestro proyecto. Mi inglés es muy regularcito, el tuyo … casi nada, pero tenemos al nuevo vecino del 2º, Blasco. Es profe de inglés en un Instituto de Secundaria, según me comentó el otro día en el ascensor. Me pareció una persona muy amable y receptiva. Nos podría ayudar en esa redacción argumentada que tendríamos que presentar. Vamos a ver, una vez más, los requisitos…”

La hipotética y variable suerte les había llegado a través de la pantalla del ordenador. No eran unos requisitos especialmente complicados de cumplir. Los concurrentes no debían superar los treinta y cinco años de edad, la cuantía del préstamo podría llegar hasta los 6.000 € y sólo habría que devolver el 50% de la cantidad concedida, con un interés del 0%, en un plazo de 8 años. En EL PROYECTO habría que especificar el nombre y tipo de negocio o actividad, la ubicación geográfica del establecimiento, además de todos los detalles organizativos y de funcionamiento. La idea de Efrain y Neira era habilitar un lugar de grata reunión para personas de todas las edades y condición. En ese local, además de las apetecibles consumiciones (una amplia variedad de tipos de tés, cafés, batidos naturales, postres y meriendas, bebidas sin alcohol, diferentes estilos de tartas y dulces de variados países) existirían estanterías con libros (en diversos idiomas) para el disfrute lector de los clientes. La música que ambientaría el local sería de estilo vitalista natural, que facilitara el sosiego, el relax y ese sentirse a gusto en los cómodos sillones que estarían bien servidos de mullidos cojines en colores alegres. También el perfume ambiental estaría bien escogido con ese aroma embriagador de las flores que nos acerca a la naturaleza. Unas luces indirectas con tonos cálidos, ps selectosura alternativa a la oficialista de los ctautores y escritores, que recitarcsto en los cálidos, azulados, rosas y violetas, en absoluto estridentes, sería generada por numerosas bombillas que “caerían” del techo a través de largos cordones sobre las coquetas mesas ocupadas por una bien tratada clientela, usuarios que reposarían su cansancio en cómodos cojines o asientos de anea con heterogéneas tintadas.

El RINCÓN DE LA LUZ Y EL SABOR también contaría, durante todos los fines de semana, con la sugestiva presencia de cantautores, escritores y artistas de las artes plásticas, como pintores y ceramistas, que comentarían y explicarían su trayectoria profesional, acompañados por esa taza de infusión para el sabor y el aroma, preparada por las expertas manos de Neira. Esta presencia de diálogo e intercambio cultural sería posible  gracias a eficaz la colaboración de un dinámico amigo de Efraín, Saúl Jordán, que gustaba y sabía moverse con admirable destreza por todos esos círculos de la creatividad popular, alternativa a la oficialista incardinada en los círculos más selectos del mundo de las letras y las artes.

Como dato significativo, los clientes también podrían adquirir distintas muestras de la amplia gama de tés que se ofertaban en la muy detallada y completa carta. De igual forma, aquellos utensilios más usuales para la preparación y servicio de las infusiones también estarían a disposición de todos aquellos aficionados al consumo de estas bebidas, para su venta a precios muy interesantes a fin de motivar las correspondientes adquisiciones.


El caminar del tiempo siempre es presuroso y nunca ofrece síntomas de cansancio en su aritmética tenacidad. Han pasado esos fríos invernales, antecesores de una nueva primavera. Hoy viernes, al igual como otros que también pueblan el calendario, este rincón urbano que late en el top viario del Callejón de la Luz, se halla una vez más repleto de público. Hay numerosas mesas en las que alguien sonriente juguetea con el tablet, máquinas  informáticas que tienen a su disposición en préstamo por la iniciativa del local, que goza de una excelente y gratuita señal de WI-FI. Hay dos jóvenes que aprenden nuevas mezclas para la infusión, gracias a las expertas manos de Neira. Ese protagonismo para prepararse el propio té que vas a consumir es un novedoso servicio muy bien aceptado por aquéllos que visitan este local de ensueño para la memoria y la amistad. En esta noche de un nuevo “finde” un premiado literato, autor de su primera novela de impacto, dialoga con un grupo de interesados oyentes acerca de esos bloqueos que traviesamente se generan en la composición de las letras, las palabras y los sentimientos escritos. Y, mientras Efraín se afana en responder al buen y consolidado servicio que todos los asistentes demandan, puebla el ambiente la acústica melodiosa y relajada del Old and wise (viejo y sabio) de Alan Parson´s Project, que también habla del paso del tiempo, la amistad y los buenos recuerdos.

El Rincón de los sueños es la feliz consecuencia de aquella fe que esta pareja ilusionada siempre tuvo y que hoy reluce en el complicado puzzle de la realidad. Y, a pesar de todas las dificultades y sinsabores, para ellos dos y también para otros muchos, nos queda el inigualable valor de la vida.-



José L. Casado Toro (viernes, 20 Abril 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

jlcasadot@yahoo.es



viernes, 9 de septiembre de 2016

SEPTIEMBRE, UNA ATRAYENTE POSIBILIDAD EN LA REVITALIZACIÓN DE PROYECTOS.

Entre las numerosas personas que aguardaban la apertura de puertas, en un moderno centro comercial ubicado en la zona oeste de la ciudad, se encontraba Israel, uno de tantos trabajadores afectados por la prejubilación laboral en los años de crisis. Con cincuenta y siete de edad, este técnico en optometría tuvo que afrontar los graves problemas financieros de una importante empresa de óptica, donde había estado prestando sus servicios durante casi tres décadas, dificultades financieras que finalmente llevaron al cierre de la entidad. En aquel duro trance de su vida, pudo acogerse a la jubilación laboral anticipada que le ofrecieron los propietarios de la cadena, obteniendo una limitada pensión económica que le ha permitido seguir viviendo con modestia, gracias también a los trabajos de arreglo de ropa que continúa realizando su mujer, desde el propio domicilio familiar. El hecho de no tener hijos u otras cargas en su matrimonio hizo más llevadera la nueva situación a la que tuvieron que irse adaptando, especialmente en lo relativo al control de los gastos del día a día.  

Muy de mañana, Israel ha acudido, con su viejo portátil bajo el brazo, a un servicio informático ubicado en las galerías multicolores del centro comercial. Tras exponer al técnico de recepción los problemas de funcionamiento de su “viejo” ordenador, el especialista informático llevó a cabo unas pruebas a fin de verificar el estado de la preciada máquina electrónica.

“Efectivamente, he estado comprobando de que el funcionamiento de su aparato es demasiado lento y se bloquea de manera continua. Su ordenador tiene instalado un sistema operativo muy obsoleto y la propia antigüedad de su estructura no le permite alcanzar un rendimiento mayor. Habría que proceder a un profundo formateo del disco duro, a fin de eliminar los virus y otras “suciedades” que ha ido acumulando, por la navegación aventurera en las redes de Internet. Supongo que tendrá hecha copia de seguridad, para todos aquellos archivos y aplicaciones más importantes y que desee, lógicamente, conservar. Le aclaro que esta marca de ordenadores necesita revisiones continuas, al menos una al año, si pretende seguir manteniendo y gozando de rendimientos aceptables”.

El presupuesto que le hicieron no era excesivamente gravoso como para renunciar a la reparación necesaria (se le tarifaría sólo hora y media de trabajo), especialmente tratándose de un material informático. Una vez que recibió el recibo de entrega abandonó el populoso edificio, dispuesto a dar un largo paseo por la ciudad. La mañana otoñal hacía apetecible ese deambular por calles y plazas, pues la climatología regalaba un tiempo agradable de sol y fresca brisa de levante. Tras caminar durante un buen rato por los latidos acústicos y plásticos de la estructura urbana se encontró con Damián, un antiguo compañero de instituto que había ejercido profesionalmente como policía  nacional, ya también jubilado desde hacía unos cinco años. Como ambos amigos se encontraban en las proximidades del Parque malacitano, decidieron sentarse en uno de sus austeros bancos de madera con el saludable objetivo de compartir un rato agradable de conversación.

Era usual que los dos antiguos amigos, en estos cíclicos encuentros, comenzaran su tiempo dedicando unos minutos para comentar acerca de los últimos achaques de salud intercambiando, entre bromas, esos consejos y sugerencias que siempre resultan útiles. A continuación llegaban los recuerdos del pasado, fluyendo afectivamente aquellas lejanas vivencias escolares, poniéndose también al día acerca de la situación de otros compañeros y amigos del pupitre o trabajo. Pero, esa mañana, a Damián se le notaba una cierta preocupación en su semblante. Aunque se esforzaba en disimularlo, algo importante le ocurría en su estado de ánimo. Israel, que conocía bien el carácter de su amigo, percibió esta situación de inmediato. Y se lo planteó abiertamente: “Algo te ocurre hoy. ¿Puedo ayudarte en algo? No olvides que siempre es un alivio compartir aquello que nos preocupa”.

“No te equivocas, Isra. Nos conocemos desde hace ya muchos años y eres un excelente amigo. Verás, llevo un tiempo en el que no llevo bien la jubilación. En no pocas ocasiones te he comentado acerca de mi vida como policía: aquella continua aventura, casi las veinticuatro horas del día, con la densidad del trabajo y el estrés de tantas vivencias profesionales, me hacían estar en una permanente tensión, que no daba oportunidad alguna al aburrimiento. Pero de pronto llega un día (tú bien lo conoces) en el que te dicen que has de parar, que has de frenar, que has de salir de esa intensidad acelerada que presidía tu agenda.

En un principio incluso me alegré de la nueva situación. Iba a tener mucho tiempo libre a mi disposición para hacer lo que quisiera o más me gustara. Y de hecho experimenté nuevas experiencias en campos diversos como la cultura, los deportes y, por supuesto, el turismo con sus viajes. Pero, desde hace unos meses, los días me van pareciendo todos muy iguales, desde la mañana a la noche. La rutina de no saber qué hacer cuando me levanto se me hace insoportable y añoras aquella otra vida de continua tensión, que soportaba cuando vestía el uniforme. No, no es tan fácil adaptarse a esas horas sin obligación y sin reloj en el que se convierte nuestra aburrida existencia en la reserva, por llamarla de alguna manera”.  

El antiguo técnico en optometría, con una edad similar a la de su amigo el policía, escuchaba con atención y respeto esas palabras que mostraban un evidente desconcierto o desazón anímica. Asentía con la cabeza algunos de los matices que argumentaba su interlocutor. Tras unos segundos de silencio, decidió responder a su antiguo compañero de aula, hoy también jubilado como él.

“Claro que te entiendo, Damián. Hay días que tampoco yo los llevo bien. Pero, normalmente siempre encuentro alguna solución o pretexto que me ayuda a llenar y vitalizar las horas. Si te lo planteas con humildad, imaginación y paciencia, verás que la palabra “aburrirse” hay que desterrarla de nuestro diccionario. Precisamente te digo esto, ahora que ha llegado Septiembre. Después de esa “locura” colectiva en la que estamos convirtiendo los veranos, con las fiestas, las playas y todos esos viajes, en muchas ocasiones sin sentido o carentes de una adecuada planificación, aparece este ansiado mes en el que, de manera afortunada, todo parece volver a la normalidad, a la sensatez perdida.

Te comentaba que la llegada del otoño es una estación propicia para cambiar muchos hábitos y emprender nuevas experiencia, que den un poco de color a la rutina o a la desmotivación en el que hemos situado a nuestras vidas. Tal vez sea necesario, incluso urgente, pasar por una “ITV” personal, médica y anímica, en nuestras vidas. Precisamente ahora vengo de hacerlo, también, con mi viejo ordenador, que ya no daba mucho más de sí. Veamos algunas de estas posibilidades, abiertas a cualquier persona, pero mucho más para nosotros, ciudadanos libres de obligaciones o cargas profesionales.

Empecemos con la opción idiomas. Aprender y practicar los rudimentos de una nueva lengua encierra no pocos incentivos. Tal vez, uno de  los más importantes beneficios de esta actividad sea ejercitar nuestra memoria y cerebro. A nadie se le oculta que no resulta fácil, ni mucho menos, en nuestra avanzada edad, realizar este aprendizaje, tarea más apropiada para los niños de primaria o los chicos y jóvenes adolescentes. Pero la ilusión por avanzar en la comprensión, aunque sólo sea de manera limitada, de una lengua foránea puede enriquecernos, tanto en el plano anímico como en lo intelectual. Y aportarnos distracción, valor que en nosotros tiene una importante y cualificada significación.

El ejercicio físico. La máquina corporal siempre lo necesita pues, en caso de no hacerlo, los “mecanismos” acaban por anquilosarse. Y existen muchas posibilidades para practicar ese ejercicio, sin demasiados sacrificios. Simplemente con caminar, por la ciudad o por el campo, es más que suficiente ¿Recuerdas aquel conocido dicho de “Menos comida en el plato y más suela en los zapatos”? Pues hay que aplicarlo a nuestros extensos y libres horarios. Es obvio que resulta bueno para nuestra salud. Y no grava nuestros bolsillos. Por supuesto, existen otras interesantes posibilidades. El nadar, de manera periódica, nos favorece. Además, ya sabes, conoces a muchas personas, haces amigos …

Y llegamos, en tercer lugar, a la alimentación. Pero desde el plano lúdico del “laboratorio”. Cada día está más en boga, la afición para practicar experiencias en la cocina. Incluso hay escuelas populares, en las que te enseñan a “moverte” mejor por estos divertidos y suculentos vericuetos. El hecho de tener que desplazarte para ir a comprar los muy atractivos y apetitosos materiales y después dedicar el tiempo necesario a su preparación y cocina, ya supone un alegre y motivador incentivo para ponerle color a esos “nublados” que, muchas veces, nosotros mismos provocamos. Recorrer un centro comercial siempre es distraído, especialmente cuando lo hacemos en horas tempranas en las que no hay tanto bullicio o masificación.

No me podrás negar de que todos tenemos en casa espacios o necesidades pendientes para ordenar o arreglar. Y que las vamos posponiendo, de un día para otro. Esos armarios en los que ya nada cabe, las bien pobladas estanterías, las carpetas con centenares de papeles, incluso el mismo disco duro de nuestros ordenadores. Tenemos arraigado el conservador hábito de guardar y guardar cosas que, en la mayoría de los casos, resultan innecesarias y están ocupando espacio en unos pisos y apartamentos que no se caracterizan especialmente por su amplitud. Ahora, en Septiembre, sería bueno repasar toda esa ropa que, temporada tras temporada, dejamos de utilizar, ya sea porque no nos gusta o porque tenemos demasiadas prendas acumuladas. Hay organismos asistenciales donde pueden entregarse esas bolsas llenas de aquello que nos sobra y, al tiempo, prestamos una ayuda estimable que a otros puede beneficiar.

Viajar, en los meses del Otoño inicial, es mucho más agradable que hacerlo durante la agobiante densificación veraniega. Son mejores los precios y las ofertas disponibles, la atención que recibes en los establecimientos es más cuidada y, además, la meteorología acompaña, especialmente por estas latitudes meridionales.

Tampoco puedo olvidarme de las ofertas culturales, que tenemos a nuestra disposición en la mayoría de los días. Además de ser variadas, en su naturaleza, podemos hallar y gozar de su gratuidad en un número muy elevado de casos. Cine, teatro, exposiciones, museos, conferencias, danza, conciertos, deporte, etc, son modalidades apetecibles y distraídas para el intelecto y el alimento de nuestro espíritu.
Damián escuchaba esta larga y convincente relación de posibilidades, para el ocio, la cultura o la inteligencia anímica, expuesta por un buen amigo que se esforzaba en ayudarle para sus tiempos opacos de confusión.

“Tienes razón, amigo Isra. Y aprecio la buena voluntad que estás aplicando en toda esa relación de comentarios sensatos. No puedo discutir, sino agradecerte, la disponibilidad que siempre sabes regalarme con tus fáciles y lógicas sugerencias.

Tal vez lo que me ocurre,  también a otros por supuesto, es que nuestro tiempo va “corriendo” de manera acelerada y no siempre sabemos adaptarnos con agilidad y eficacia a los cambios que el destino, inevitablemente, nos depara. Nos esforzamos inútilmente, un tanto con mentalidad infantil, en mantener épocas y vivencias que ya han pasado, que supimos protagonizar, pero que hoy ya pertenecen a otras generaciones. Puede ser positivo mirar hacia atrás, siempre y cuando apliquemos el control necesario para que ese pasado no nos atrape. Pero aún lo es más vivir en el hoy, asumiendo todos esos cambios que la naturaleza y el calendario nos impone sin “misericordia”.

Créeme. Me ha hecho mucho bien este ratito de conversación. Te invito a una cerveza. Me hablaron de un bar, por aquí cerca, donde ponen unas tapas que …”


José L. Casado Toro (viernes, 9 de Septiembre 2016)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga