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jueves, 20 de septiembre de 2018

EL USO INAPROPIADO DE LA EMPATÍA OBSESIVA.

Una ambivalente situación es “padecida” y/o “disfrutada” al tiempo por muchas personas en variados aspectos de su comportamiento diario. Esa peculiar experiencia consiste en que, por la naturaleza de su caracteres y temperamentos, hay mujeres y hombres que viven con demasiada u obsesiva intensidad aquellos argumentos que contemplan proyectados sobre las pantallas blancas de una sala cinematográfica, en las obras representadas sobre las tablas de un escenario teatral, en las historias narradas por hábiles y creativos escritores, en las páginas impresas de los libros, en los numerosos artículos y editoriales publicados en las columnas periodísticas e incluso a través de esas distraídas o más complicadas entrevistas, noticias y comentarios emitidos por las ondas radiofónicas.

Efectivamente, se trata de una “cualidad” que, mal usada, también puede convertirse en “defecto”, respuesta y comportamiento que no pocos ciudadanos atesoran en su específica forma de ser. Sin duda, tú mismo, aquél otro o el que escribe estas líneas, hemos visto llorar a lágrima viva a esos vecinos de butaca, cuando la escena interpretada por los actores excitaba los sentimientos de algunos espectadores, quienes se sentían incapaces de controlar su equilibrio anímico. Esos asistentes a la obra teatral o cinematográfica aplicaban la empatía con tal intensidad a la trama argumental que “se metían o introducían” dentro la obra, como si el problema, dificultad o alegría les afectase también a ellos de manera directa, tal y como les ocurría a los actores protagonistas del enredo. Hay oyentes radiofónicos que están escuchando por el transistor o visionando a través de la pantalla del televisor una competición deportiva cuando, en función de los acontecimientos o la marcha de la “contienda”, se les ve en el salón de su piso o alrededor de la mesa del bar, saltando, gritando, vitoreando, insultando, maldiciendo, riendo o llorando, respondiendo visceral, violenta o compulsivamente, a causa de las buenas o malas noticias derivadas de ese simple juego deportivo.

Las modalidades de esta inmersión psicológica (que puede llegar a convertirse en gravemente lesiva) sobre situaciones de las que eres un simple espectador, lector o radioyente son variadas en su naturaleza y de diversa intensidad según los caracteres, equilibrio y patología de quienes las padecen o “disfrutan”. Unos de esos “urbanitas” que navegan, con mejor o peor suerte, en el estresado laberinto de una gran ciudad es Viro Arranz Bernabé (hay padres que, con grave  y discutible responsabilidad ante la pila bautismal, castigan con el infeliz nombre de Viriato al vástago que han procreado). Acumula ya 42 primaveras, está casado con Alma (otros progenitores hacen gala de mayor sensatez e imaginación) que es tres años menor que su marido. Tienen una hija, que aún no ha cumplido el quinquenio existencial, a quien pusieron el nombre de Celia. Forman una familia de clase media, sociológicamente hablando, pues el hombre es agente comercial, trabajando como activo vendedor de vehículos en una concesionaria de consolidado prestigio, cuya marca y sede central radican en nórdicas e industriosas tierras germanas. También la mujer aporta importantes fondos a la necesidad familiar, ejerciendo como profesora particular de alemán para los que necesitan mejorar en dicha lengua, aunque a veces es contratada por etapas en una academia privada que enseña idiomas a muchos alumnos de todas las edades. Cuando era muy pequeña, sus padres, ante el fracaso económico del pequeño taller de reparación de electrodomésticos que poseían, decidieron emigran a ese emblemático país europeo, Alemania, posibilitando que sus hijos y ellos mismos conocieran las habilidades propias del idioma utilizado en una o la principal maquinaria de la economía europea  e incluso mundial.  

En esta etapa de su existencia, la principal afición que Viro cultiva (de manera compulsiva) consiste en pasar horas y horas “navegando” por las páginas “infinitas” de Internet, consultando la abundante lectura de la prensa periódica y usando ese transistor que, en casa, le acompaña casi de manera continua como un elemento más de la estructura familiar. Y ¿cuál es la modalidad de las noticias, informaciones y comentarios que rellenan tantas horas para el ocio de este comercial o agente de ventas? Dicho de una manera breve y determinante: el “cruel” mundo de la actividad política. Él es una persona que “comulga”, aplicando el fervor y la devoción exagerada del acólito fanatizado, con una ideología profundamente conservadora. Su cónyuge “pasa” de esa desafortunada afición, aunque su mentalidad se halla más en la línea socialdemócrata. Alma vivió durante dos largas décadas en Alemania junto a sus padres. Su cultura política es mucho más abierta y compresiva que la “intolerancia” que de una u otra forma muestra su radicalizado esposo. El caso es que Viriato, ya sea “pegado” a la radio, a la pantalla del televisor o a ese ordenador al que tanto aprecia, sigue y “vive” patológicamente (es necesario utilizar este vocablo) las noticias diarias que afectan a “su partido”, sigue con sumisión filial los movimientos y decisiones que los dirigentes nacionales y locales establecen, sufriendo (física y psicológicamente, al tiempo) los vaivenes, los éxitos y los ataques de esas otras formaciones rivales que conforman el espectro político. Para él, naturalmente y en su más que sectaria conciencia, los seguidores y dirigentes de los restantes partidos no son rivales, sino malvados enemigos del buen funcionamiento de la cosa pública (que sólo su partido sabe defender y bien administrar).

Esta situación, que consolida y agudiza al paso de los años, le provocan sentimientos inestables de alegría y profundos enfados, como se expresaba al comienzo de este escrito, contrastadas alteraciones anímicas que le hacen pasar de los sentimientos plenos de euforia a esos otros nublados momentos que le sumergen en la depresión y el desánimo. Las repentinas variaciones en su carácter repercuten, qué duda cabe, en el ambiente familiar. Alma, que bien conoce y soporta la manera de ser de la persona con quien comparte la vida, trata de ayudarle, aconsejándole que se tome las cosas con más calma y sosiego, que busque otras distracciones para su tiempo libre, pues el camino que sigue por el ámbito de la política no es nada bueno para su propia felicidad y la de aquéllos con quienes tiene relación y convivencia. En este sentido, durante los avatares cotidianos del trabajo, sus compañeros se han visto obligados a preguntarle qué es lo que le ocurría, al igual que sus jefes. El propio don Timoteo, jefe del departamento de ventas, le ha tenido que llamar alguna vez la atención pues le han llegado quejas de determinados clientes acerca de alguna respuesta o gesto que no les ha gustado, cuando han sido atendidos por este activo agente comercial, que, por otra parte, tiene unos excelentes índices de resultados en sus ventas, reconocidos y valorados por el equipo empresarial. Ciertamente, en el ámbito laboral, Viro trata de guardar las apariencias, pero cuando está enfadado, por esa u otra noticia que ha leído o escuchado la noche anterior, por más que trate de disimularlo, la información le acaba condicionando en el necesario equilibrio que ha de mantener para la salud y normalidad de su estado psicológico.

Para este primero de Noviembre, cuando Alma celebra felizmente su onomástica, el matrimonio ha decidido salir a cenar  e ir a tomar después alguna copa en algún establecimiento donde ofrezcan música en vivo. En la intimidad de esa larga y afectiva noche, Viro se ha sentido obligado a confiarle a su compañera que tiene en mente solicitar consulta a un especialista. Él mismo, en los momentos de mayor racionalidad, comprende que ha de poner remedio a una situación que enturbia su vida relacional. Particularmente ha intentado ordenar esa vorágine ideológica que le atrapa, pero es tan fuerte el incentivo de la política y del entorno mediático que le rodea que, una y otra vez, vuelve a las “andadas”. Y así se entrega al visionado de los debates radiofónicos, a las informaciones de prensa y a todos esos impactos emocionales que los líderes políticos, hábilmente “venden” para el goce y exaltación de sus seguidores, bien adiestrados por equipos de asesores, que saben aplicar en ello la mayor cualificación y “adaptabilidad moral”.

En la agenda de los alumnos que Alma atiende para sus clases particulares, se encuentra un joven médico, especialista en psiquiatría, cuyo nombre es Delfín Val de Prodolenko (su padre era un concertista español que contrajo matrimonio con una soprano, natural de Bielorrusia). Este apuesto doctor necesitaba avanzar con urgencia en el dominio básico del alemán, pues iba a realizar, durante el próximo verano, una estancia académica en la ciudad germana de Hamburgo y aunque dominaba cuatro idiomas, ninguno de ellos es el que diestramente su profesora (recomendada por una de las academias donde Alma había trabajado) puede enseñarle. Conociendo y sufriendo los cíclicos vaivenes anímicos y el comportamiento compulsivo de su marido, la profesora pidió a su amable y aventajado alumno si podría “echarle una mano”, pagándole lógicamente su cualificado esfuerzo. El Dr. Delfín, muy agradecido a la maestra que tan bien le enseñaba, no dudó en ofrecer cita en su consulta, para que el esposo de su profesora acudieran a la misma 48 horas más tarde. Cuando esa misma noche (dada la proximidad de la fecha) explicó a Viro la gestión que había realizado, éste se mostró positivamente de acuerdo con la decisión y gestión que su mujer había adoptado. Se sentía cada vez más abrumado con su obsesión por los temas políticos, los cuales le afectaban en demasía como si fueran propios, pero sobre los que no se sentía con la fuerza de voluntad necesaria para integrarlos racionalmente o abandonarlos. Incluso por las noches se despertaba y tomaba su tablet para seguir entrando en la prensa on-line, rebuscando y rebuscando en esas páginas temáticas que tanto le motivaban y al tiempo le perjudicaban.

Ese nublado viernes de Noviembre, Viro pidió permiso en la concesionaria, a fin de salir un poco antes del trabajo. Justificaba la petición con el motivo de la ineludible visita médica. Por decisión del propio facultativo, Viro acudió solo a la consulta. El especialista quería evitar cualquier condicionante que impidiera a su paciente expresarse con entera libertad acerca de los orígenes y desarrollo de ese estado compulsivo que tanto le estaba perjudicando. Durante la larga sesión, le estuvo haciendo preguntas tras preguntas, escuchando y anotando pacientemente lo más interesante o significativo de sus respuestas. El Dr. Delfín se mostró extremadamente generoso y comprensivo con el tiempo que concedió al atribulado paciente. Tras 45 minutos de diálogo y atención a lo que Viro le manifestaba, estuvo unos minutos para repasar y reflexionar acerca del contenido de las notas que había estado tomando.

“Veamos, amigo Arranz. Ante todo, debemos esforzarnos por recuperar ese sosiego que, de forma penosa, parece que nos ha abandonado. Su situación de estrés es … manifiesta. Hay que ir a los orígenes, a fin de buscar y encontrar la estrategia más adecuada e inteligente para nuestros propósitos de recuperación. Tampoco te asustes, existen muchas personas que le ocurren como a ti (permíteme el tuteo). Viven e interiorizan internamente situaciones que no protagonizan, pero que les afecta tal y como si fueran ellos los propios autores de las mismas. Les ocurre esta situación de empatía inmersiva cuando acuden a un espectáculo escénico. Interiorizan de tal forma aquello que ven, leen o escuchan, que se sienten “trasladados” a esos espacios donde transcurre la trama. Ríen, lloran, tiemblan, reflexionan, sufren y gozan, de una manera “descontrolada”, perjudicial para su equilibrio psicofísico, pues es tal su confusión que no perciben que son meros espectadores y no intervinientes directos o indirectos en la acción. Ya sea comedia, drama o cualquier otra actividad profesional, la que presencian ante la confusión de sus ojos. 

En tu caso, la actividad protagonizada por los políticos es la que te tiene a mal traer. Te pasas las horas (en que puedes hacerlo) pegado a la radio, leyendo las informaciones de prensa, o sintonizando aquellos programas emitidos por la televisión, vinculados a la información política. Gozas con los éxitos de la ideología que “profesas”, pero también te derrumbas cuando los vientos no te son favorables para tus deseos. Y en esos momentos te sientes profundamente infeliz y frustrado. Me dices que sufres del insomnio, que te enfadas con los que ninguna culpa tienen, entrando en una fase de fanatismo y sectarismo que en nada te favorece. Tienes que romper drásticamente, aplicando el valor y la ayuda de aquellos que están cerca de ti, con esa espiral ideológica que te hace vivir una existencia errónea, infeliz, banal y escasamente saludable.

Hay otros estupendos incentivos en la vida, fuera de la “viciada” dinámica que envuelve a la actividad política. Y te los estás perdiendo, con el fanatismo de tu actitud, que te tiene “virtualmente” atrapado, metafóricamente atado, quitándote esa libertad para poder gozar de otras alternativas que, sin duda, te harían mucho más feliz. Piensa en el deporte. Piensa en la naturaleza. Piensa en la amistad. Piensa en la generosidad, con los que tanto necesitan. Piensa en la buena lectura. Piensa en todos aquéllos que tanto disfrutan con sus aficiones, sea el bricolaje, los viajes, el aprendizaje de materias y habilidades, ya sean artísticas o de carácter más técnico. Tienes un buen trabajo. Tu familia necesita ese protagonismo que ahora tantas veces les hurtas. Por supuesto, te voy a prescribir unos fármacos, que te pueden ayudar a mejorar ese desequilibrio mental y físico que se encuentra horadado y enfermo con todo ese mundo hipócrita de la política, que tan poco te va a dar. Pero por encima de esa ayuda química, tienes que acudir a otra farmacia que se encuentra en la privacidad de tu voluntad y racionalidad. Sin esa ayuda interior, poco es lo que podremos hacer y alcanzar.

Intenta, prométemelo, que durante una semana ¡te pido al menos una semana! vas a retirarte de la lectura de esa prensa que tanto te absorbe. De esos programas radiofónicos que tanto te inestabilizan. De esos “telediarios” que tan escasas buenas noticias ofrecen. Busca otros sustitutivos para ese tiempo de ocio. Con la ayuda de Alma, lo vas a conseguir. Abandona el juego de la dinámica política. A buen seguro te vas a sentir un poquito, un mucho mejor. Por tu carácter obsesivo, esa “teatralización” te tiene bien atrapado. Tienes que liberarte de esas ataduras que te aprisionan y desnaturalizan. Nos vemos la semana que viene, a esta misma hora y día. Y seguiremos dialogando acerca de tus éxitos. También de las dificultades. De una forma u otra, te escucharé. Te comprenderé. Te ayudaré. Te animaré. Voy a escribir la medicación y un breve informe para tu médico de cabecera. Él te la recetará, para que no os sea muy gravoso su coste. Lo dicho, amigo Viro. Nos vemos, con mucha esperanza, la semana que viene”.

Han transcurrido quince meses, desde este fructífero diálogo mantenido entre un notable especialista de la mente y su confuso y desequilibrado paciente. Durante ese sustancial período de tiempo es perfectamente normal que las personas apliquen a sus vidas cambios, leves o profundos, en la evolución de los días. Los protagonistas de nuestra historia también han querido asumir e integrar importantes modificaciones en la forma de concebir sus respectivas existencias. Nadie hubiera podido imaginar la intensidad y novedad de las mismas.

Por ejemplo, el notable especialista en psiquiatría doctor Delfín  (que continúa ejerciendo su compleja y cualificada profesión médica) sabe reservar ahora dos tardes a la semana, para dedicarlas a las funciones propias de la secretaría de propaganda, en la agrupación política conservadora en la que ha militado  y milita su atribulado paciente Viro Arranz. En el caso de Viriato, este buen agente comercial sigue desarrollando su profesión de vendedor, pero no en la concesionaria de automóviles donde ofrecía con eficacia su capacidad para convencer a la clientela. Ahora ejerce como representante, para las provincias de Andalucía oriental, de una importante marca de lencería y ropa íntima para la mujer. Vive en pareja con el doctor Delfín, pues el destino quiso que ambos reconocieran su mutua atracción sexual aunque, eso sí, su unión la desarrollan con el recato propio exigido por el partido ultraconservador en el que ambos militan. Finalmente, Alma. Tras ese primer impacto emocional, al conocer la imprevisible realidad de las tendencias afectivas de quien había sido su esposo y padre de su única hija, supo sobreponerse con la suficiente entereza e inteligencia operativa. Además de seguir con sus clases de alemán, ahora milita en una agrupación minoritaria de ultraizquierda, de reciente formación, en la que sólo se admite la integración femenina y que ostenta, como curioso y significativo titulo, El Gineceo liberado. Su creciente y activa agrupación tiene el firme propósito de participar en las próximas elecciones, para la formación de las corporaciones locales. Alma vive en comunidad, junto a su hija Celia, con otras tres compañeras y militantes de la misma agrupación, que defiende la práctica absoluta del amor libre.

El comportamiento y evolución de estas tres personas resultó sorprendente y difícil de predecir. Pero el género humano tiene estas confusas respuestas, entre aquéllos que ejercen su protagonismo. 

Resumiendo, aplicar empatía a nuestra interpretación de lo ajeno es altamente positivo. Sin embargo, esta plausible cualidad se desvirtúa cuando se convierte en desequilibrio compulsivo y desnaturaliza nuestra propia e íntima personalidad.-


    

José L. Casado Toro  (viernes, 21 Septiembre 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga



viernes, 2 de febrero de 2018

DÚPLICE IDENTIDAD, EN UN CUALIFICADO PROFESIONAL DE LA ESCENA.

Esa siempre interesante proximidad psicológica depende, tanto del temperamento y el carácter, como también de la puntual situación anímica que mantiene cada espectador. Cuando asistes a una proyección cinematográfica, a una representación teatral o incluso a cualquier otro espectáculo, te puedes sentir más o menos motivado por los personajes, la trama narrativa o el tipo de actividad que estás compartiendo. Todos conocemos a numerosas personas que se muestran muy sensibilizadas (llegando, incluso, hasta las lágrimas) cuando asisten a una obra dramática, interiorizando o expresando también, por el contrario, su patente alegría cuando la temática que se les ofrece posee esa alegre o estimulante característica. Los especialistas en estos temas utilizan. para esta mágica identificación, la palabra EMPATÍA.

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, ese cada vez más utilizado concepto de empatía hace alusión a “la capacidad de identificación con alguien y compartir sus sentimientos”. Por oposición a esta vinculación anímica, en otras personas esta proximidad o interiorización no se produce, permaneciendo ajenas o “alejadas” de la trama argumental que están contemplando. La vinculación que comentamos no sólo se genera en el espectador, sino que también participa de la misma ¡y de qué manera! el propio intérprete. Acerquémonos a una ilustrativa e interesante historia, inserta perfectamente en este interesante contexto.

Leandro Blancas Lucía ejercía desde su juventud como funcionario de correos, en una estafeta del distrito madrileño de Moratalaz. Una afortunada tarde, por sugerencia de una compañera en la oficina, tomó la decisión de inscribirse en un curso municipal para el arte interpretativo. Soltero y con mucho tiempo libre, a partir de las tres de cada tarde, buscaba incentivos a fin de “rellenar” esas horas vespertinas que tan generosamente estaban a su disposición. Tenía entonces treinta y siete años y aunque desde pequeño había admirado a los actores que ejercía ese creativo oficio, nunca se había atrevido o gozado la oportunidad de ponerse al frente de un público. El cursillo, desarrollado dos días a la semana durante tres meses, le abrió un nuevo campo de actividad o afición, sintiéndose muy satisfecho de las enseñanzas que había recibido y de las prácticas realizadas, comprobando que poseía (según su profesor) muy buenas condiciones de base para avanzar con más ambición en la tan atractiva experiencia.

Su cuerpo presentaba una buena imagen. Estaba dotado de una elevada estatura, aunque no excesiva. Su epidermis o contextura física carecía de cualquier defecto significativo. Desde siempre había sabido controlar su ingesta, con lo que no sufría problemas de sobrepeso. Conservaba, relativamente bien, su cabello castaño y además no soportaba esas incipientes canas que aparecen hoy en edades cada vez más tempranas. Un valor muy apreciado por todos, el de la memoria, también florecía en la mente de este actor aficionado. Leandro había nacido y vivía en la capital del Estado, por lo que su pronunciación podría enmarcarse en los cánones del correcto castellano, sin esas “muletillas” que tanto entorpecen nuestra dicción. Pero, por encima de todas estas cualidades, gozaba de una excelente aptitud (tal vez innata) para la simulación. Su expresividad mímica y gesticular, era verdaderamente notable. Así que este sugestivo camino, para la práctica escénica, se abrió en su vida con unas esperanzadoras perspectivas, en principio limitadas pero que a poco se fueron acrecentado con el discurrir de los meses.

Pronto se integró en un grupo de teatro aficionado, vinculado a una institución eclesial. Esta agrupación de amigos, en la que había personas de todas las edades y condición, solía preparar e interpretar obras sencillas en muchos centros benéficos, como hospitales, residencias para la tercera edad, guarderías, colegio infantiles y también en centros para discapacitados mentales y físicos. Tras un tiempo de aprendizajes y experiencias, abandonó estos círculos clericales para vincularse con otros grupos, tanto aficionados como profesionales, lo que le permitió interpretar obras de mayor enjundia por diversas localidades, tanto en la región castellana como también en el resto territorio español. Aunque sus ingresos no eran significativamente elevados, tomó la valiente decisión de solicitar la excedencia como funcionario del servicio nacional de correos, a fin de profundizar en esta apasionante actividad del ejercicio interpretativo

Se afilió al Sindicato de Actores profesionales, institución en la que llegó a ocupar diversos cargos en los sucesivos equipos directivos, gracias a su capacidad de diálogo y para entablar relaciones de amistad. A pesar del éxito en estas habilidades sociales y a su constante esfuerzo por aprender y avanzar en su naturalidad expresiva, sus intervenciones escénicas no sobrepasaron la cota testimonial de los personajes secundarios, en las obras donde formaba plantel con el resto de los actores. Soportaba, no sin cierto pesar, que su nombre no avanzara hacia los puestos de liderazgo en el escalafón interpretativo de  las carteleras.

Madrid es una ciudad donde “florecen” numerosos teatros, positiva característica cultural que hacen posible muchas oportunidades para la actuación. Este artístico trabajo, aunque no bien retribuido (sólo se les suele pagar bien a las estrellas consagradas y a los primeros actores) permite a sus representantes “ir tirando” más o menos bien, a fin de “ir sobreviviendo”: el pago de la pensión donde cobijarse, el alimento diario, la compra de artículos de primera o subsidiaria necesidad e incluso para acumular algunos ahorrillos, como también le ocurrió a Leandro, quien ya utilizaba el nombre artístico de Isaac Leblanl, nomenclatura que una tarde de otoño recreó y que ya siempre mantuvo. Gracias a todos esos esfuerzos de ahorro y constancia en el trabajo, pudo permitirse, frisando la cincuentena en su vida, comprar un pequeño pero coqueto ático de 3ª o 4ª ocupación, en un punto urbano muy popular dentro del muy densificado callejero madrileño: el céntrico barrio de Fuencarral.

Así fueron discurriendo los años, entre giras provinciales en diversas compañías y la actuación en teatros de la capital madrileña, a donde casi siempre llegaba la obra tras haber viajado por numerosos puntos escénicos del territorio provincial. Quiso la suerte que Isaac Leblan estuviera en el momento oportuno y en el lugar adecuado, a fin de aprovechar la que iba a ser su gran oportunidad en la cartelera teatral ciudadana.

Cierto día, durante los ensayos de una obra dramática, ocho días antes de la fecha de estreno, su actor protagonista, primera figura consagrada en el listado profesional de actores, tuvo la escasa suerte de tropezar y resbalar con una madeja de cables perdidos sobre el tablado. Este consagrado profesional sufrió una incómoda lesión vertebral que le iba a mantener algunos meses alejado de la plataforma escénica. La bien preparada obra se titulaba “Tú y yo, para siempre en el recuerdo”. El elenco de intérpretes lo componían solamente cuatro profesionales: dos actores y dos actrices. Leandro, con inteligente y plausible agilidad, se ofreció a sustituir a una figura teatral de otras épocas pero que ya andaba en sus “horas bajas” en el nivel o ranking de popularidad. La obra llevaba cinco semanas de ensayos, por lo que había tenido oportunidad para conocer y aprender bien el “papel” que interpretaba el prestigioso actor lesionado. Durante tres noches apenas durmió, estudiando y profundizando en su nuevo rol, haciendo uso de su poderosa retentiva y “plástica” capacidad para la memoria. De manera afortunada, ambos actores sólo tenían una diferencia en la edad de tres años. Isaac acababa de cumplir sus cincuenta y ocho “primaveras”.

Para un buen “segundón” de las tablas, esta imprevista oportunidad suponía un premio a su esfuerzo y tenacidad. En modo alguno la iba a desaprovechar: ¡Figurar como cabeza de cartel, después de tantos años de sacrificio y saber esperar, en el listado de los espectáculos ofertados en la capital de España!¡Menuda gozada! Esta comedia-drama ofrecía también en su libreto algunos toques de humor que contrastaba, con el marco general argumental. Ese primer personaje interpretaba a un elegante y habilidoso ladrón de guante blanco, que repartía su amor entre dos muy diferentes mujeres, además de su compulsiva “afición” o necesidad enfermiza para la apropiación de lo ajeno.  

Tal fue la intensidad interpretativa del nuevo  actor protagonista que, al recuperarse (pasados unos meses) su compañero lesionado, la dirección escénica consideró mantener en el protagonismo al veterano pero ya considerado  (se lo había ganado a pulso) primer intérprete Isaac Leblanl. Madrid y algunas giras por la geografía nacional facilitó que una obra, con no muchas expectativas iniciales para la aceptación popular, fuera acumulando meses y meses de representación sobre el escenario de numerosos teatros. Ciertamente la trama argumental combinaba, con un equilibrio bastante compensado, tanto el humor, el drama, la humanidad y por supuesto, la intriga, elemento éste que siempre “vende” bien en la aceptación popular. Dicho, de manera coloquial, la gente disfrutaba con gratitud durante los noventa y tantos minutos de representación. Y en este logro tenía una importante intervención la asombrosa (actitud que no era nueva, por supuesto) empatía total de Isaac con el personaje central del “libreto”. Esta vinculación psicológica hizo posible su consagración total ante el público y, de manera especial, en las valoraciones de la crítica especializada.

Pero todos los soles llevan aparejados nublados de sombras. Esa vinculación magistral entre la persona real y el personaje de la ficción, provocó en el actor una situación enfermiza que fue generando, de manera paulatina, inquietantes problemas psicológicos y una crisis profunda de identidad, anclada en la estructura mental y en comportamiento cívico-social del actor. Había momentos en que no le resultaba fácil delimitar la parcela existencial de su persona, con respecto al ámbito vivencial del personaje creado en el plano de la ficción. Abundaban las noches,  en las que isaac se despertaba , sobresaltado y confuso, pues no sabía realmente quién era. ¿Dónde acababa su vida y comenzaba la de su personaje?

Y lo más grave fue que comenzó a aplicar en su vida relacional aquéllo que tan bien sabía hacer sobre las tablas ornamentales del escenario: primero fueron pequeños hurtos, a modo de divertidas travesuras infantiles, en grandes áreas comerciales y en ámbitos circunstanciales, como por ejemplo en hoteles y mobiliario público. Más inquietante resultó que estos comportamientos, de gravedad menor, pronto se incrementaron de escala o nivel. Tal fue que, en determinadas circunstancias anímicas, también se sintió tentado a realizarlos sobre personas diversas, eso sí, sin aplicar violencia alguna sobre las mismas, mimetizando así perfectamente al personaje protagonista de la obra que diariamente representaba. Se sentía angustiosamente mal, muy confuso y degradado en su integridad ética y equilibrio emocional. Se vio obligado, en esos ratos de lucidez que de manera afortunada nos sobrevienen, a solicitar ayuda médica, lo cual era una decisión obviamente inaplazable.

Un también preocupado director escénico, que conocía a grandes rasgos la desequilibrada situación personal en que se encontraba el cada vez más afamado actor,  le facilitó los datos de un prestigiosa clínica psicológica, para el tratamiento específico de conflictos en la personalidad. Allí se puso en manos del equipo dirigido por el Dr. Avelino Montalbán de la Cetrería, un muy experto especialista en el tratamiento de conflictos en la disyunción de personalidad, por sus estudios y experiencias durante una década en el marco excepcional del Hollywood americano.





El complejo, lento y muy costoso tratamiento, desarrollado durante las mañanas alternas (debido a la actuación del actor, cada una de las tardes) fue dando sus frutos, tras una estudiada aplicación farmacológica en escala variable, numerosas entrevistas y analíticas, junto a unos avanzados módulos de simulación, en una línea vanguardista ya aplicada en centros canadienses, pioneros en el sistema. Ciertamente, la medida más adecuada que hubiera acelerado el proceso de recuperación de Isaac Leblanl hubiera sido una etapa vacacional para el descanso prolongado, con respecto a su participación diaria sobre la escena en la susodicha obra. Pero el público, por esa influencia del boca a boca, más los comentarios elogiosos de la crítica, seguía asistiendo fielmente a las representaciones, en este momento desarrolladas en el marco incomparable del Lope de Vega, ubicado en la arteria cultural de la Gran Vía madrileña. Una vez más el condicionante de los apetecibles taquillajes, posponía la mejor terapia para un actor confundido en su mentalidad con la del personaje que llevaba interpretando desde hacia ya 14 meses, prácticamente de manera ininterrumpida.

“Amigo Isaac o Leandro. Hemos cubierto ya dos meses de “duro” tratamiento. Como director del equipo que te ha ayudado en la curación, con respecto a esa duplicidad de personalidad que te sumía en tan desagradable confusión, puedo afirmar que ya has superado esa complicada dolencia psicológica que te hizo venir a nuestra ayuda. Debes sentirte humanamente satisfecho, con todo el esfuerzo que has estado realizando por recuperar tu verdadero yo.

No se me oculta de que eres un excelente actor (la crítica y el público no deja de aplaudirte) y que te entregas (pienso que tal vez en demasía) a todos los personajes de debes interpretar. En este caso, la prolongada duración de la obra te ha ido perjudicando, qué duda cabe. Pero, desde hace semanas, has dejado afortunadamente de sufrir esa patológica  ansiedad interior por apropiarte de objetos que pertenecen a la propiedad de otras personas. Afirmo que estarás plenamente curado cuando te alejes definitivamente de la vida confusa de ese personaje cleptómano, pieza teatral de la que me dices aún tienes firmado otros cuatro meses.

Pero ya no eres, afortunadamente, un “ratero” o “ladrón”. Eres, por el contrario, un gran actor que profundizas, tal vez de manera obsesiva, con esa gran virtud que supone aplicar la empatía, sumiéndote exageradamente en el cuerpo y la mente de los demás. No te voy a prescribir más medicamentos. Dentro de seis meses, te pasas por la clínica y te renovamos unas analíticas y algunas pruebas complementarias. Decirle a un paciente que está curado me supone una gran alegría y una profesional satisfacción. Dame un abrazo y a seguir maravillando a todo ese público que tanto disfruta con tu arte”.

Isaac abandonó el vanguardista complejo clínico con el sentimiento satisfecho y con ese sosiego que tanto gratifica al percibir que nos hallamos en el camino correcto. Todo el esfuerzo clínico realizado había merecido “la pena” a pesar de su elevado costo (la factura a pagar finalizaba con un debido de cinco cifras). Caminó feliz hacia el teatro, pues esa tarde tenía una nueva interpretación.

Aquella misma noche después de la cena, cuando Daphne preguntaba a su marido, Avelino, si se iba a ir pronto a la cama o terminaría de ver la película, éste le respondió “Creo que ya es tarde. Mañana tengo que madrugar, pues tengo una agenda repleta de pacientes y el día promete ser duro”. Al entrar en su dormitorio el rostro del prestigioso especialista de la medicina evolucionó con rapidez, desde la suave palidez al sofocado rojizo epidérmico, cuando quiso comprobar la hora exacta. En su muñeca izquierda no se hallaba algo que en mucho apreciaba y nunca abandonaba: el muy valioso y espectacular rolex de oro y brillantes, regalo que había recibido de su mujer con motivo de sus bodas de plata matrimonial.-  



José L. Casado Toro (viernes, 2 Febrero 2018)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

viernes, 28 de julio de 2017

UN POSTRERO Y ENTUSIASTA HOMENAJE, INSTITUCIONAL Y POPULAR, AL "HIJO DEL CABRERO".


Se trata de una desafortunada realidad que periódicamente nos llega a través de las redes mediáticas para la comunicación. Y es que ese injusto comportamiento social se repite una y otra vez, a pesar de que surgen voces en la sensatez que denuncian su errónea realización, clamando por el inteligente y necesario cambio en nuestros hábitos y respuestas. El hecho, objeto de controversia, posee una fácil exposición: hay personas que merecerían en vida un público reconocimiento y sin embargo sólo acceden a ese elogio social cuando les llega la hora en que nos abandonan para siempre. Son ciudadanos ejemplares que sufren en vida la falta o indiferencia de reconocimiento social e incluso la acerba crítica sobre sus esfuerzos y méritos profesionales. Sin embargo, cuando les llega su último y postrero viaje, surgen voces de aquí y de allá, hermosas palabras escritas y pronunciadas que, incluso de forma exagerada, potencian y ensalzan todas esas bellas cualidades y valores que adornaban en vida a la persona, reconocimientos que ahora ya no puede lamentablemente escuchar y considerar.

Esos emocionados gestos y laudatorias se materializan a través de vibrantes discursos, cálidos homenajes, celebración de congresos para la memoria, concesión de placas, monolitos y otros elementos en las calles y plazas de nuestras ciudades. También hay recintos públicos y privados que comienzan a lucir sus nombres, convocándose premios y concursos artísticos bajo su advocación. Se publican también libros que glosan y magnifican la figura y trayectoria de estas personas, se les erigen esculturas que muestran su imagen más o menos realista o idealizada y no faltarán películas u obras teatrales argumentalmente centrados en todos estos, ahora ya, “venerados y añorados personajes”…  Pero todo ese homenaje y aplauso social casi siempre les llega tarde, cuando ellos que son los verdaderos protagonistas de los honores ya no los pueden apreciar. Sí lo harán sus familiares y descendientes, que se preguntarán con tristeza por qué ahora sí y antes no. Vayamos, hora es ya, a una significativa historia, ambientada en este realista, absurdo y teatralizado contexto.

Sandro Barcala Palanca nació en el seno de una muy humilde familia de campesinos castellanos, residentes en un pueblecito llamado VILLA ALEGRE DEL MONTE que apenas supera en la actualidad los cuatro mil habitantes. Su padre, Eusebio, que mezclaba su dedicación como pastor de cabras y ovejas con trabajos esporádicos en la agricultura, se había casado en tiempos de la posguerra civil española con Trinidad, que se ocupaba de atender las labores del hogar y la educación de su único hijo.

La infancia de Sandro estuvo centrada en la ayuda a su padre con el cuidado del rebaño, por lo que desde esa corta edad fue conocido en el pueblo como “el hijo del cabrero”. Su maestro en la escuela unitaria, don Remigio, vio desde pronto en su callado e introvertido alumno unas dotes innatas para el dibujo. Este artístico don lo expresaba en cualquier oportunidad que se le presentaba: siendo muy pequeño, pintaba figuras incluso en las paredes de su caserón (con los castigos correspondientes de su madre) y aprovechaba las libretas escolares para mezclar en sus páginas bellos e inocentes dibujos que compartían el espacio con esos ejercicios y deberes  de aritmética y caligrafía realizados en la escuela. Desde siempre Eusebio quería para su hijo un oficio seguro, haciéndole ilusión verlo vestido algún día con el uniforme de la guardia civil, pero en todo caso siempre podría seguir su propio  oficio con el que mantenía a su corta familia: el ejercicio del pastoreo por el campo.  

Con el paso a la adolescencia, las cualidades del chico para la expresión artística se iban acrecentando, mejorando los trazos y las mezclas cromáticas, que revelaban una predisposición autodidacta asombrosa, pues de nadie recibió enseñanza alguna para avanzar en su estética y plástica capacidad. A poco de cumplir la mayoría de edad y cansado de soportar la rígida disciplina paterna, decidió poner en marcha un cambio profundo en su vida, cambiando el oficio de pastor por aquello que más le satisfacía: la pintura en los lienzos y tablas. En la madrugada de una noche de enero y habiendo dejado una breve nota de despedida para sus padres sobre el aparador del comedor, salió de su casa con una modesta maleta, en la que guardaba unas prendas de ropa básica. Se dirigió con presteza hacia la estación, con la intención de tomar el tren correo que pasaba por ese punto ferroviario a las 6:45 del amanecer. Su destino era Madrid, en la estación de Chamartín, a donde llegó a las 11:45 del mediodía, con cuarenta minutos de retraso. En su cartera el ilusionado pintor guardaba unos limitados ahorros, que superaban en poco las 300 pesetas.

Fueron unos meses muy duros en el frío invierno de la capital española, donde sobrevivió trabajando de camarero en un bar de la calle de Esparteros, próximo a la Plaza Mayor. El dueño del negocio, don Ignacio, le permitió ocupar una pequeña habitación en el ático del viejo edificio, a cambio de ampliar su horario de trabajo con la inclusión en el mismo de los fines de semana. A pesar de la limitación espacial, invertía lo poco que ganaba en la compra de tubos de pintura, pinceles, lienzos y cartulinas, material utilizado para hacer aquello que más le satisfacía en sus ratos libres disponibles.

Una noche, mientras servía en el bar a unos jóvenes gallegos con los que había entablado amistad, éstos le hablaron de sus proyectos para emigrar a tierras de América, concretamente a Buenos Aires. Le animaron a que se uniera a ellos, pues pensaban embarcar en el puerto de Algeciras una semana después. Le explicaron las gestiones que habría de realizar al efecto y ya, en el mes de Marzo, tras una dura travesía, pudo pisar el suelo argentino. Allí trabajó en oficios muy diversos (limpieza, restauración, fontanería, vigilancia nocturna…) sin dejar el ejercicio de la pintura, en todos esos momentos que le dejaban libre sus obligaciones laborales.

Por esos azares de la fortuna, alguien le habló de un pintor ya muy mayor, llamado Mateo, que solía dar clases de pintura a chicos jóvenes aficionados a esta destreza. Acudió a visitarle, llevándole una gruesa carpeta repleta de láminas con dibujos, acuarelas e incluso algunas pinturas de lienzos al óleo. El veterano artista y profesor quedó entusiasmado al ver esas muestras de un autodidacta que lograba dibujar con tal estilo, perfección, e imaginación. Le permitió utilizar el local del viejo estudio de su propiedad. Allí Sandro fue puliendo su capacidad plástica, con los sabios consejos de su protector. No abandonaba los pinceles ni un solo día, aunque fuera restándole horas al descanso.

Fueron años de avance continuo en la perfección de su estilo, comenzando una prometedora trayectoria de exposiciones y muestras que le permitió comenzar a vender cuadros, grabados, acuarelas y bocetos que le reportaron esos ingresos tan necesarios para subsistir e incluso para poder adquirir un estudio propio, con mayor luminosidad, espacio y proyección social, por su céntrica ubicación. Su nombre se fue consolidando en el mundo del arte local y nacional, pues comenzó a exponer en las galerías más importantes del país e incluso viajar con este mismo fin a muchas ciudades del extranjero, actividad y estilo que acrisolaba su nombre en el mercado artístico internacional. Trabajó mucho y ello le fue reportando sustanciosos ingresos, aunque lo que más apreciaba y valoraba era el prestigio de su nombre en los circuitos del arte mundial.

Nunca le apeteció volver o visitar a su pueblo natal. La relación con sus padres era casi inexistente, pues estos progenitores, recios castellanos, nunca asumieron su “huida” aquella noche de invierno en los albores de los años sesenta. Trinidad fue algo más compresiva y de tarde en tarde cruzaba algunas misivas con su afamado hijo, mientras Eusebio prácticamente renegó de quien era parte de su sangre, entregándose en sus últimos años de vida al silencio de las mañanas y a la bebida embriagadora de los atardeceres, práctica que le ayudaba a sobrellevar su avanzada y deteriorada vejez. Sólo los más antiguos del lugar recordaban que  el Eusebio y la Trini eran los padres de aquel “callado” e introvertido joven a quien todos llamaban “el hijo del cabrero” y que hacía años había emigrado para las Américas.  

Sólo una vez decidió tomar el avión y con un coche de alquiler desplazarse a Villa Alegre del Monte. El motivo de este viaje fue el fallecimiento de Trinidad, su madre, a los casi noventa años de edad. Su padre se había ido hacía ya unos tres lustros. En el momento de volver a pisar tierra española la edad de Sandro superaba ampliamente su media centuria, siendo un afamado artista de los pinceles, reconocido y ensalzado por la más especializada crítica mundial. Ahora residía de manera permanente en un caro ático de Manhattan, en el Estado de Nueva York, con espectaculares vistas al río Hudson. Sus inversiones y cuenta corriente sumaba muchos dígitos de dólares. Sus exposiciones y conferencias eran celebradas y aplaudidas por un público que veía en él a un nuevo genio de la plástica pictórica. Sin embargo, en aquel sencillo sepelio de su madre (al que acudió un reducido número de vecinos) nadie supo reconocerle. Habían pasado ya treinta y siete años desde aquella lejana noche en que, siendo muy joven, abandonó el recinto familiar con el objetivo de tomar el tren con destino a una nueva e incierta forma de vida.  

Una mañana de julio 2015, Isaac, el joven concejal del Ayuntamiento de Villa Alegre del Monte, encargado de las áreas de cultura, fiestas, deporte y salubridad, con el grado universitario de Historia del Arte en su currículum académico, pide permiso para entrar en el despacho de su compañero de Corporación, el Ilmo. Sr. Alcalde del municipio, Bernardo Barrientos.

“Buenos días, Bernardo. Anoche, mientras “navegaba” por Internet, llegué a unas páginas de arte, en las que pude conocer el fallecimiento, a sus 75 años, de un pintor muy prestigioso en el ámbito culto del arte contemporáneo. Se llamaba Sandro Barcala y era español de nacimiento, aunque hace unos años logró la ciudadanía norteamericana. El gobierno de Washington accedió a su petición, por sus grandes  méritos en el ámbito de la pintura y a su fijada residencia en ese país. Pero, leyendo esa información e investigando al efecto, descubrí un dato que te puede asombrar. Este gran personaje, premiado por las más selectos círculos del arte mundial había nacido precisamente aquí, en nuestro pueblo, del que emigró a los diecinueve años de edad. Era hijo de unos humildes labriegos y en su infancia y juventud era conocido por el apodo de “EL HIJO DEL CABRERO”, actividad que desempeñó ayudando a su padre. Se están celebrando grandes homenajes en honor de este genio de los pinceles, por lo que he pensado que también nosotros podríamos hacer algo interesante y aprovechar el tirón y el lustre mediático que ese homenaje, en su pueblo natal, nos pueda reportar”.  
El Sr. Alcalde de la Villa, quien por cierto era el propietario de las dos panaderías /confiterías existentes en el pueblo, se mostró entusiasmado ante la “suculenta” oportunidad que le estaba transmitiendo su inteligente concejal de cultura, a fin de organizar una espectacular fiesta para su lucimiento como primer edil. Isaac dispuso desde ese preciso momento con toda la confianza del compañero alcalde, a fin de organizar unos lúdicos actos festivos en memoria del “ilustre hijo de la villa”.

Ambos políticos pensaron en la conveniencia de levantar una gran escultura que se ubicaría en la porticada plaza principal del pueblo, enfrente precisamente del edificio que ocupaba la remodelada Casa Consistorial. Habría ¡como no! que preparar la correspondiente y sentimental placa conmemorativa, los emocionados discursos, invitar a las autoridades de la capital y se escucharía el Himno Nacional bajo acordes de la Banda Municipal. “Podemos organizar toda una gran paella popular para ese día ¿no te parece compañero Barrientos? “Eres un lince, en esto de darle lustre a la corporación. No te olvides tampoco, Isaac, del  baile popular, la orquestina y el montaje de una gran gincana para el juego de los niños. Daré orden al obrador de mi pastelería, a fin de que preparen una monumental tarta, con la figura de Sandro bajo un dosel, digna de figurar en el libro Guinness de los records, que será degustada por todos los asistentes”.

Se arbitraron fondos de aquí y de allá, a fin de que todo estuviera a punto para la celebración del gran día.  Villa Alegre del Monte, ese modesto y perdido pueblecito castellano de poco más de cuatro mil habitantes, iba a tributar un cálido, merecido y festivo homenaje al preclaro hijo del pueblo, el genial artista de los pinceles Sandro Barcala, aunque hubiera fallecido siendo ciudadano del coloso norteamericano, tras haber cambiado hacía años su nacionalidad.

Aquel tórrido domingo de agosto, la gran Plaza del pueblo estaba llena “a rebozar” completamente ocupada por los lugareños del municipio y otras muchas autoridades que se habían desplazado desde la capital de la provincia. Entre estas personalidades se hallaba el propio Ministro de Cultura del Gobierno, La Presidenta Autonómica y el Consejero de Cultura, el delegado del gobierno en la Comunidad, la mayoría de alcaldes de toda la comarca, autoridades civiles y militares de la provincia, representantes de la Universidad y, ocupando un lugar destacado del protocolo en la tribuna del acto, el venerable y orondo prelado de la diócesis, luciendo el ceremonioso y caluroso atuendo representativo de su dignidad eclesiástica. Los goterones de sudor, en tan ilustre dignidad y en las demás autoridades asistentes, corrían con mesura por sus respectivos rostros, La monumental escultura del ínclito homenajeado permanecía cubierta por un gran telón de seda beige, en cuyo frontal destacaba impreso el escudo de la ciudad sobre un gran rótulo cuyo texto con letras azules decía:
“A NUESTRO MEJOR HIJO PREDILECTO: SANDRO BARCALA.
AYUNTAMIENTO DE VILLA ALEGRE DEL MONTE”.

A la hora fijada para el comienzo del acto, siete de la tarde en el cálido estío veraniego de la Castilla más profunda, el Ilmo. Sr. Alcalde de la localidad se disponía a proceder a la apertura oficial del acto. La banda Municipal aguardaba para entonar el Himno Nacional, al final de los discursos con el descubrimiento de la gran escultura (3,25 m de altura) fundida en bronce, que descansaba apoyada sobre un gran dosel del más recio granito. La expectación ante un acto de magnitud inusual en el pueblo (ni los más veteranos ciudadanos podían encontrar entre sus experimentadas memorias algún evento parecido) era por completo excepcional. Ya situado en el atril de los intervinientes, Barrientos desplegó un par de hojas que tenía guardadas en el bolsillo derecho de su chaqueta color azul plomo.

“Respetadas autoridades que nos honran con su institucional presencia…” palabras que en ese preciso momento fueron interrumpidas por una estentórea voz procedente de la primera fila de invitados, que decía “por favor, tengo que hacer una muy importante aclaración”. Quién esto manifestaba, a viva voz, era un señor de mediana edad, cabello cano, ridículo bigotillo, traje gris y zapatos negros muy brillantes, el cual se dirigió hacia la tribuna de autoridades, portando un gran sobre blanco en su mano izquierda. Los tres policías locales que se hallaban delante de la tribuna, confundidos por el inesperado y osado gesto del visitante, no hicieron ademán alguno de frenar las diligentes pisadas del espontáneo interviniente que ya subía los cuatro escalones del gran estrado de madera montado al efecto.

“Le ruego que me perdone, Sr. Alcalde, por interrumpir el inicio de su intervención. Soy miembro del ilustre Colegio de Notarios de Madrid. En calidad de mi función notarial recibí, hace exactamente catorce meses una carta, que veía firmada por la persona a la que hoy quieren tributar un institucional y popular homenaje. Se me facultaba, en dicha misiva, para que, en el ejercicio de mis responsabilidades delegadas por esta persona, le hiciera entrega de otra carta adjunta, a fin de que fuese leída públicamente, si en algún momento iba a tener lugar un evento como el que ahora nos ocupa. Esta carta está dirigida, con el visado notarial, al Ilmo. Sr. Alcalde de Villa Alegre del Monte y  remitida por  D. Alejandro Barcala”.

El Alcalde, presa de los nervios y aturdido ante lo que debía de hacer en tan confusa situación, tomó el sobre en sus manos, lo rasgó y extrajo una cuartilla manuscrita, que se dispuso a leer ante la sorpresa de todos. El silencio era absoluto entre las miradas de asombro de los presentes, intrigado auditorio que se preguntaba en su intimidad acerca del contenido de aquella tan misteriosa misiva.

“Sr. Alcalde. Si el contenido de esta carta se hace público, será una evidente muestra de que mi persona ya no estará en el mundo de los vivos. Y también de que se me va a realizar un homenaje, póstumo, en el que yo sería el principal protagonista. Antes de que dicho acto se lleve a cabo, quiero expresarle mi firme deseo de renunciar a este homenaje. En vida, mi pueblo natal nunca lo hizo. En ningún momento se ocupó de recordar a un humilde joven, que en los ya lejanos años sesenta decidió emigrar hacia el extranjero, buscando esa fortuna profesional y económica que aquí se me negaba. Con mucho sacrificio y esfuerzo, logré alcanzar mi más preciado objetivo vocacional: convertirme en un artista profesional de los pinceles que, al paso de los años, he llevado con orgullo el nombre de mi patria por todos los rincones del mundo. Pero la indiferencia y olvido de mis gentes me llevó, desanimado ya, a buscar la cobertura política, económica y social de otro gran pueblo que tuvo a bien concederme su nacionalidad.

Sr. Alcalde: los homenajes y reconocimientos han de hacerse en la vida, de quien así los hayan merecido. Ahora, en este incierto momento de la lejanía, es tarde. Personalmente no creo ya en ellos y, por consiguiente, renuncio racionalmente a los mismos. Dediquen sus esfuerzos a conseguir una ciudadanía más solidaria y generosa, con aquellas personas que se esfuerzan por llevar y difundir el nombre de sus raíces por esas otras sociedades que se han prestado generosamente a acogerles. Repito, Sr. Alcalde: los homenajes, las placas y el verdadero afecto ha de mostrarse y realizarse en vida.

Con el respeto hacia el cargo que representa, reciba el saludo de Sandro Barcala, aunque algunos tal vez me puedan recordar como “el hijo del Cabrero”.-


José L. Casado Toro (viernes, 28 de Julio 2017)
Antiguo profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga