viernes, 1 de diciembre de 2023

EN UNA TARDE DE ERRORES Y REALIDADES.

Abrió la puerta de la habitación, habitáculo que con bastante esfuerzo al fin había conseguido alquilar. No había sido fácil convencer a un veterano y algo desaliñado recepcionista quien, tras un deteriorado y no muy aseado mostrador, mantenía que la única habitación que tenía libre la había reservado para alguien que había llamado minutos antes. Una buena propina hizo cambiar de criterio al “interesado” encargado de la modesta pensión. Era una vieja estratagema, aplicada por el hábil recepcionista, a fin de obtener unos “bien recibidos y necesitados” euros de interesante compensación, para su sueldo algo “escuálido”.

La PENSIÓN IMPERIAL estaba ubicada en uno de los barrios obreros de la localidad. El “cincuentenario” edificio constaba de tres plantas, más bajo. Era conocido por los precios baratos que aplicaba a los clientes que decidían allí hospedarse. Su fachada daba a una estrecha y no bien iluminada calle, con patentes muestras de suciedad e indisimulable abandono. Los servicios municipales no tenían entre sus prioridades limpiar aquel callejón, que desembocaba en una zona más diáfana para el paso y la actividad comercial. Incluso la llave del 206, que había utilizado para la apertura y cierre de la puerta este nuevo cliente, no era la típica tarjeta magnética que aplican la mayoría de los establecimientos hoteleros en sus instalaciones. Se trataba de una “antigua” llave con signos de oxidación, por el “rudo” metal con que estaba construida y “mil” veces usada por los huéspedes que la habían utilizado.  

La habitación que tenía ante sus ojos era pequeña, con una cama doble de matrimonio que ocupaba gran parte del espacio disponible. Tenía en uno de sus lados un cuarto de aseo, con lavabo e inodoro. En esa segunda planta, había dos habitaciones sin cuarto de baño, cuyos usuarios tenían que acudir al baño común, situado al final del pasillo, cuando deseaban ducharse. El mobiliario lo completaba una muy pequeña mesa y una silla con el asiento de recia madera. Al otro lado de la cama y en la esquina de la ventana había un silloncito, tapizado con tela de pana marrón, sin reposabrazos. En unos apliques de la pared frontal a la cama, estaba colgado un antiguo televisor, que funcionaba a través de un mando “engrasado” por el mucho uso de manos no bien limpiadas y cuyo compartimento de las pilas estaba cerrado por una cinta aislante de electricista, ya que la tapadera había “desaparecido”.

TORCUATO Biempica Aleñá dejó la maleta que llevaba encima de la colcha que cubría el colchón de la cama, a fin de que se fuera secando del agua de lluvia que había recibido, desde su domicilio familiar hasta llegar a la pensión. También él se encontraba mojado, debido a que el viento racheado hacía prácticamente inútil el uso del paraguas. Se estuvo secando con una toalla la cabeza y la gabardina que llevaba y a continuación se sentó unos minutos en el borde del colchón para recuperar fuerzas y también para tratar de equilibrar su bajo estado de ánimo, bien bajo en toda la tarde y que lo tenía intensamente apesadumbrado.

Comprobó en la esfera de su reloj que habían pasado diez minutos sobre las 20 horas y no se sentía con ganas o fuerzas para salir a tomar algo de cena. Sólo había comprado un botellín de agua mineral al recepcionista Amaro, profesional que también se ganaba la vida vendiendo esos botellines, refrescos, frutos secos y chocolates, en un pequeño expositor adosado a la mesa de atención a los clientes.

La tarde había sido inesperadamente durísima para la vida de este hombre que estaba muy cercano de cumplir los 50. Todo había “estallado” cuando su mujer ELOISA, 45, se ocupaba en ir ordenando las prendas colgadas en el armario del dormitorio, colgándolas bien en las perchas o guardando en la cajonera otra ropa y complementos de uso personal. Se dio el caso que desde la chaqueta de su marido habían caído al suelo dos terribles muestras difíciles de explicar para la sorprendida ama de clasa. Los dos significativos elementos eran unas pequeñas bragas rojas, estampadas con blancos corazoncitos, además de una fervorosa y apasionada carta de amor, que había escrito su marido Torcuato a una persona que ella no conocía, llamada ESTRELLITA. 

El trasfondo del asunto era fácil de suponer, dadas las evidencias. La relación de Torcuato, 49, auxiliar administrativo en el museo de la localidad, con esta muy joven limpiadora, 19, que prestaba servicio en el mismo organismo público cultural, había comenzado hacía ya unos dos meses. Primero fueron las miradas afectivas que se cruzaron a diario. Después vinieron las meriendas o desayunos, compartiendo las palabras e intimidades. Las ocurrencias y vitalismo de la joven se complementaban con el carácter más sosegado y reflexivo del auxiliar del Museo (que también funcionaba como Casa de la Cultura). Así se vincularon esa “locura” por lo nuevo, en un intento de recuperar la juventud perdida, por parte de Torcuato, con la inexperiencia y el deslumbramiento por la madurez de su compañero de trabajo, en el caso de Estrella.

Esta peculiar relación intergeneracional suponía para Torcuato unos buenos gastos, sustanciados en regalos, meriendas y sobre todo esas promesas para el futuro, que se manifiestan de una forma inconsciente, infantil e irreal, construyendo ese castillo de naipes que en cualquier momento puede caer, por su básica inestabilidad. En cuanto a la vinculación matrimonial de Torcuato con Elo, desde hacía tiempo era bien gris. La cónyuge, 45, centraba su vida en los vínculos afectivos que desarrolla con sus amigas “de toda la vida” (salidas de compras, cafeterías, cine, paseos, etc.). Los dos hijos que habían gestado, en su cada vez más aburrido y desvitalizado matrimonio, Marian y José Antonio, estaban ya completamente emancipados, integrados en sus respectivas familias.  

La lectura de la misiva que Torcuato pensaba entregar a Estrellita hizo montar en cólera a su mujer quien, con la carta en una mano y las bragas rojas en la otra (el auxiliar había pedido a su compañera de trabajo que le entregara alguna de sus prendas, para recordarla y tenerla felizmente presente, cuando no la tenía su lado) organizó una gran trifulca, tras la cual bajó una vieja maleta de un altillo, introduciendo un par de mudas y ropa básica de su marido, en su interior y colocándola delante de la puerta del domicilio que habitaban y con un fuerte grito de ¡A LA CALLE! echó literalmente de casa a su todavía esposo, añadiendo algunas lindezas, como “viejo putero”, sinvergüenza, ¡viejo verde…! con una fuerte excitación de rabia, ira y desconsuelo anímico.

La carta reveladora de la continua infidelidad, escrita por Torcuato, para entregársela a su joven amante, expresaba su deseo o insistencia en mantener la “infiel” relación, a pesar de que la joven ya se sentía cansada de tener que soportar la libido casi permanente y obsesiva de un “viejales”, a pesar de la gratitud en regalos que este veterano amante le entregaba, para merecer sus “favores”.

Ya más seco de la lluvia que su cuerpo había recibido, se sentó en el borde de la cama, cubriéndose en rostro con ambas manos. Se sentía cansado, abrumado, aturdido y para colmo fuera de su hogar, de donde había sido “expulsado”. Dentro de su comprensible confusión, intentó pensar acerca de cómo había llegado a ser protagonista de la desastrosa situación que padecía. Era consciente de que su relación con Elo, se manera especial cuando sus dos hijos dejaron el hogar familiar, había caído de una manera progresiva en una continua y aburrida rutina. Desde hacía tiempo, los objetivos de uno y otro se habían centrado en sus afanes personales. Ella, con sus amigas de siempre. Él, con su también antiguo compañero de escuela TADEO, operario de un taller protésico dental. Este amigo íntimo, había enviudado hacia más de un lustro, con lo que la amistad entre ambos fue creciendo de una forma muy gratificante. Compartían muchos ratos de café por las tardes, se distraían jugando al dominó y también con la baraja de cartas y cuando el tiempo era bueno, se echaban unas buenas caminatas por los campos cercanos durante los fines de semana.

Pero un infortunado día se cruzó en el camino de su vida la juventud, la belleza, la simpatía, los caprichos, las miradas insinuosas y sensuales de esta muy joven compañera en el trabajo, llamada ESTRELLA. A la chica, por su inmadurez, le gustaba el trato con las personas mayores, de quienes decía aprendía mucho, por “la cultura” que le aportaban. Torcuato, además de ese cuerpo y alegría “adolescente” le agradaba y complacía mucho, para equilibrar su autoestima, que la chica le escuchase de manera continua y receptiva.

Lo que había comenzado como un simple juego infantil, se le había ido de las manos, con esa necesidad imperiosa de sexualidad, para una persona en los albores de su medio siglo de existencia. También había perdido el control en el gasto, pues para mantenerla contenta había echado mano de la tarjeta bancaria de crédito. Era cierto que ella pronto de hartó de aguantarlo, pero él insistía, regalo tras regalo. Llegó un momento en que la joven fue poniendo trabas a las necesidades imperiosas de sexo que él le demandaba. En este contexto, Torcuato había redactado esa carta de amor y necesidad que pensaba entregarle, en donde explicitaba que se sentía “esclavo” de su amor. Misiva que el azar, el destino o la suerte quisieron que cayera precisamente en manos de quien menos debía conocer su contenido, con las drásticas y dramáticas consecuencias que ya conocemos.   

En un momento de intenso desconsuelo, sumido en aquel cuartucho de una modesta pensión de hospedajes dudosos y parejas “anónimas”, sólo tenía cerca, como medio relacional, el móvil telefónico. Hizo una primera y segunda llamada a Estrella, pero una y otra no fueron atendidas. La joven estaba, a pesar de sus regalos e insistencias, bastante harta de este compañero “pegajoso”, del que incluso podía ser nieta por la edad. En un momento determinado, Torcuato se sintió superado emocionalmente y lágrimas “amargas” brotaron de sus ojos. Esa creciente excitación que le embargaba despertó sin embargo en algo su apetito. Comprobó por la ventana de su habitación que había dejado de llover, tras la “tromba” y ventisca de toda la tarde. Bajó al hall de la pensión y saludó al recepcionista Amaro, quien apenas despegó los ojos del periódico MARCA que leía tras el mostrador.

Caminó hacia una tienda cercana, que estaba a dos calles de distancia y que mantenía su apertura hasta las 21:30. Allí le prepararon un bocadillo de queso y jamón cocido, con el que subió a su habitación 206 de la pensión. Le dio un par de bocados, pero el supuesto apetito pronto le abandonó. Todo ello generado por el estadio nervioso depresivo que le afectaba, cada vez con mayor intensidad. Se sentaba en el borde de la cama y se levantaba, dando repetidos pasos, por ese reducido espacio de la habitación. Todo ello en silencio, pues no tenía a nadie con quien hablar. Recordaba algunos gratos momentos de su vida matrimonial, momentos inmersos en la ilusión, el cariño, la atracción y el diálogo fraternal: su noviazgo, el enlace matrimonial, el nacimiento de su hija Marian, los veraneos en las localidades costeras … En un instante de patente excitación, decidió marcar el número de su mujer. El reloj marcaba las 22:05. Eloisa atendió la llamada, pero permaneció totalmente en silencio durante los minutos en que su denostado marido hablaba. Torcuato reconoció que había sido un irresponsable, que se avergonzaba profundamente de su alocado comportamiento y que le pedía “de rodillas” perdón, una y otra vez. Que le rogaba, por los 23 años de su matrimonio, que le diera una oportunidad para reparar todo el daño que le había hecho. Que estaba dispuesto rectificar y le pedía, con humildad, una oportunidad para demostrárselo.

Pero tras esos seis u ocho minutos de continuo monólogo, entre sollozos como un niño pequeño, y sin que su mujer pronunciara palabra alguna, escuchó como la comunicación se cortaba. Su “muda interlocutora había “colgado” el teléfono. Entendió que Eloisa no aceptaba sus disculpas y ruegos. Esta mujer, engañada por la infidelidad de su marido, no estaba dispuesta a darle otra oportunidad. Al menos, en la noche de una tarde muy amarga y terrible para ella. También para él.  

Sintiéndose profundamente cansado y sumido en una profunda soledad, no pudo por menos que echarse en la cama, tratando de conciliar el sueño durante esa inolvidable noche. Sólo pudo dormir a breves trozos de tiempo, durante una madrugada tormentosa, en lo meteorológico y anímico.

Al despertar de un nuevo día, el abrumado auxiliar del museo se aseó en el cuarto de baño común. Se preguntaba en qué estado se iba a presentar esa mañana en el trabajo. El aturdimiento y el dolor de cabeza se mezclaban en un organismo que apenas había podido “pegar ojo” durante la madrugada. Una vez vestido, salió de la pensión para buscar un bar en donde poder tomar algo como desayuno. Eran las 7:30 y su entrada al trabajo comenzaba media hora más tarde (tenía horario continuo, hasta las tres de la tarde). Con suerte pudo encontrar una cafetería abierta, cerca de la estación de autobuses, en donde pidió un café con leche bien caliente (hacía bastante frío) pues con el disgusto que soportaba había perdido el apetito. Tenía el cuerpo como “cortado”. La verdad es que no iba bien abrigado, pues Elo había metido en la maleta básicamente ropa de muda y calcetines, junto a un par de camisas y un jersey.

Durante la mañana, mientras cumplía con sus obligaciones administrativas, vio pasar a Estrella, que estaba con sus tareas de limpieza. La chica evitó mirarlo a los ojos y él tuvo la prudencia de sólo decirle el saludo de buenos días, que no fue contestado por su temporal amante. En la media hora de descanso, para el “desayuno”, mientras tomaba un sándwich y otro café, en una cafetería situada enfrente del museo, se acordó de su amigo Tadeo. Pensó que debía haberlo llamado en la noche anterior, para pedirle consejo acerca de la grave desventura que estaba atravesando. De inmediato, le envió un mensaje hablado por WhatsApp.

“Amigo Tadeo, necesito poder hablar contigo, si es posible esta misma tarde. He cometido una grave falta de infidelidad, de la que nadie sabía dato alguno, sólo yo y otra persona. No me atreví a contarte lo que estaba haciendo de espaldas a mi mujer. Pero Elo se ha enterado y me ha echado de casa. A ver si podemos vernos esta tarde y me aconsejas, en esta terrible situación que yo me he buscado. Espero ansioso tu respuesta”.

En unos minutos sonó el pitido típico en su móvil, indicando la entrada de un mensaje, como respuesta.

“Amigo Torcuato, procura mantenerte entero de ánimo. No pierdas la calma. Me tenías que haber llamado ayer tarde o noche. Déjame pensar, sobre lo que mejor podemos hacer, a fin de superar esa grave situación en la que te hayas inmerso. Hay soluciones para casi todo. No dudes que estaré a tu lado, para apoyarte como siempre. Cuenta con mi ayuda”.

Cuando a las 15:00 horas el museo cerraba sus puertas y Torcuato abandonaba la institución cultural, junto a otros compañeros, vio en la sala de entrada, sentado en uno de sus bancos, a su buen amigo Tadeo. Se abrazaron sumidos en la emoción.

“Lo primero que vamos a hacer es llegarnos a ese hotel o pensión, en donde tienes la maleta. Recoge tus enseres, pagas la factura y te vienes a mi casa. Desde que Fátima se me fue, al ignoto reino de las estrellas, está muy vacía. Terriblemente vacía. Allí vas a encontrar no sólo habitación y alimento, sino también ese calor de amistad que necesitas en estos tan amargos momentos. Juntos hablamos y pensamos cuáles son las mejores decisiones que te vendrán bien adoptar. Si has cometido un error, buscamos cómo mejor repararlo. Rectificar es de sabios. Tengo preparado un buen potaje de garbanzos con verduras, que nos vendrá bien para este día en el que el frío arrecia”.

De nuevo comenzó a llover. Las finas gotas de agua se iban mezclando, un tanto “juguetonas y traviesas” con las lágrimas que brotaban de los ojos de una persona aturdida, emocionada y agradecida. El valor de la amistad era la mejor medicina que Torcuato necesitaba, para buscar luces entre las tinieblas de nuestra débil humanidad. –

 

EN UNA TARDE

DE ERRORES Y REALIDADES

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 01 DICIEMBRE 2023

                                                                                Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

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viernes, 24 de noviembre de 2023

GRATOS ENCUENTROS EN EL AMANECER.

No siempre se valora en su justa medida el importante y positivo valor de la vecindad. La proximidad física y afectiva de esas personas que comparten nuestra vivencia es un recurso imprescindible para nuestro equilibrio emocional. No sólo por el calor humano que podemos encontrar en esas personas durante la acción cotidiana, sino sobre todo por la ayuda que también podemos prestarles en esos momentos carenciales de cualquier signo, que a todos nos llegan casi sin avisar. Ese amplio colectivo de familias que conforman la barriada supone un microcosmos relacional que, de alguna forma, ayuda a paliar, aplicando equilibrio y generosidad, esa ingrata realidad humana como es la soledad, referente innegociable de los seres humanos que no favorece, en absoluto, la alegría existencial. En este fraternal contexto se inserta nuestro relato de esta semana.

Desde hace unos meses, NATALIA Coral, una joven viuda de 31 años, es la encargada de sacar, en su primer paseo diario, a la mascota Lili, una perrita que le regalaron hace tres años cuando apenas tenía unos días de vida. Este recorrido por las calles del barrio al amanecer, hasta llegar a la zona arenosa de la playa, lo realiza muy de mañana, pues pronto ha de volver a casa para preparar a su hija LUCIA, seis años, el desayuno y acompañarla al Colegio público MALAKA, en donde la pequeña estudia el primer curso de la Enseñanza Primaria.

La vida de estas dos mujeres se vio trastornada, cruelmente, con esos acontecimientos para los que no se encuentras respuestas racionales. Tato (RENATO), su difunto marido trabajaba como repartidor de mensajería urgente. Tuvo un infortunado y drático accidente con la moto que conducía, en un cruce no bien señalizado, a consecuencia del cual dejó viuda y huérfana a las dos personas con las que formaba una modesta pero bien unida familia. Su hijita alcanzaba entonces los tres años de vida. Lucía almuerza en el colegio, cuyo horario diario finaliza a las 17 horas, recogiéndola a la salida del centro escolar su abuelo CARMELO o su abuela MARIANA para acompañarla a su domicilio. Esa ayuda familiar tiene una lógica explicación.

Natalia ha conseguido un “vital” puesto de trabajo, en la misma empresa en donde trabajaba su difunto esposo. Está al frente de uno de los dos teléfonos que atienden las llamadas, para la recogida, consulta y entrega de los diferentes productos de envío. Su horario laboral transcurre desde las 13 hasta las 19 horas, entre lunes y viernes. Ese puesto de trabajo le resulta imprescindible para el mantenimiento de su “corta” familia. Fue una muy humana deferencia de la empresa CARAVAN, en donde prestaba servicio Renato, antes de su fallecimiento.

El recorrido que realiza cada día al amanecer, por el laberinto o puzzle urbano de las casas y calles del barrio, con el simpático “pretexto” de la perrita, le ayuda a tonificar el ánimo, después del durísimo golpe que sufrió al perder al que era su compañero de vida. Y en ese largo paseo siempre encuentra el imprescindible valor de la socialización, intercambiando con los convecinos de la proximidad la necesaria fuerza anímica para justificar los pasos, las miradas y las palabras.

Aunque el almanaque marca ya la estación meteorológica primaveral, con esa atmósfera más templada y lustrada con el dulce aroma de los azahares, sublime regalo de los arboles cítricos, el frescor mañanero le aconseja todavía ponerse algo de abrigo a fin de no castigar su garganta por las molestas faringitis a la que es muy receptiva. Durante esas primeras horas de la mañana, como dice el popular dicho de que “las calles parecen no estar aún puestas” se encuentra con un barrio algo vacío (para lo que es inhabitual en la mayoría de las horas diurnas) de viandantes, aunque esta zona de Málaga (la carretera de Cádiz o avenida de Velázquez) comienza a “despertarse” con esos peatones que van sustentando la vida relacional. Son esos trabajadores que han de desplazarse a su puesto laboral, cuyo horario comienza bien temprano, cuando la mayoría de los convecinos aún duermen. Cruza con algunos de ellos los “buenos días” y algún “chascarrillo”. A muchos de esos viandantes ya los conoce, por ser tradicionales residentes en la zona.

Unos de los habituales operarios con los que Natalia se cruza es IVAN, un joven estudiante universitario de telecomunicaciones que, al quedar su novia Martina embarazada, tuvo que buscar de inmediato un trabajo, escogiendo el primero que se le presentó. Fue contratado en el departamento municipal de la concejalía de Parques y Jardines. Ejerce como jardinero en el Parque del Lago, perteneciente al distrito de Huelin, realizando labores de limpieza, tanto en el suelo como vaciando las papeleras, eliminación de “malas hierbas” y por supuesto ese regadío tan necesario para la vida vegetal. Iván es un joven de proverbial simpatía y muy comunicativo. Residente en el barrio, Natalia suele preguntarle, con un interés de buena vecindad, cómo se encuentra su bebé recién nacido, que él y su pareja están criando con la mayor ilusión.

Más adelante pasa por la panadería de un lógico nombre: LA TAHONA, cuyo propietario ARMANDO (que reside en el primer piso del inmueble) ya tiene encendidas las luces del establecimiento, cuyas puertas están abiertas desde las 7:30 del día. Este “campechano” panadero ha pasado toda la noche trabajando, con su compañero Fermín, amasando la harina de los distintos tipos de panes (blanco, integral, con muesli, cateto, con fruta, con centeno, etc). A esa hora de la apertura, ya tiene las primeras hornadas cocidas, prestas para la venta. Esta premura para la oferta de estos suculentos productos obedece también a la preparación de los sabrosos bocadillos y que son comprados para el desayuno del día por muchos obreros que marchan a su trabajo y que valoran su razonable precio y buena calidad de su sabroso contenido. Mas tarde llegan los clientes “escolares”, a los que sus madres les compran el bocadillo para el recreo de la media mañana en el colegio. Natalia también será una de sus primeras clientas, pues se lleva para su casa la barra de Viena y los piquitos, cuando vuelve de su primer paseo matinal con la pequeña mascota. También con Armando echará un ratito, intercambiando esas palabras que tan bien sientan para iniciar el día. Sobre las nueve, este servicial panadero contará con la ayuda de Ademi, una joven dependienta, que ya se encargará, con gran diligencia, de controlar tras el mostrador las peticiones de la numerosa y habitual clientela. Es el momento en que Fermín y Armando comienzan a elaborar esos pasteles y tortas de “algarrobo” que tienen tan fácil salida por su sabor y gran calidad en sus ingredientes.

Cuando vuelve de la zona playera, paralela al parque Huelin, sigue abierta o “disponible a través de la ventana de seguridad la “botica” o farmacia de Don ELISEO, que precisamente esta noche le ha correspondido permanecer de guardia. Este veterano farmacéutico es persona entrañable y cariñosa (aunque también, a veces, un poco “cascarrabias). Tiene habilitada, en una habitación trasera, dos pequeñas camas, con sus colchones, sabanas y colchas correspondientes, para que tanto él, como el mancebo Daniel puedan descansar “a trozos”, en función de la llegada intermitente de clientes, que llaman a través de un timbre con iluminación, para adquirir esos fármacos urgentes necesarios para la enfermedad. Como don Eliseo está ya algo mayor, normalmente es Daniel quien está al tanto de las llamadas a través de la ventanilla de seguridad, sunque cuando mira hacia atrás ya está la oronda figura del farmacéutico presto a colaborar en el trabajo. Durante el día, dada la gran demanda de clientes, viene una manceba, llamada Irina, una joven madre soltera, que realizó un grado profesional de auxiliar de farmacia y que deja a su pequeña hija en la guardería, mientras ella atiende al trabajo.

Natalia se sorprende al ver a don Eliseo en la puerta, a esa hora matinal y tras una noche “en vela”. “Sí hija, es que el insomnio, desde que se me fue Marieva, no me deja dormir. La echo mucho de menos, pero Dios así lo ha decidido. No puedo, por mis achaques, tomar somníferos fuertes, ya que me está contraindicados. Me ayuda mucho un pequeño transistor que me traigo para distraerme y ayudo a Daniel que es un trabajador muy servicial. Y ti ¿cómo te va? Eres persona fuerte y seguro que con el tiempo sobrellevarás mejor esos recuerdos que nunca se olvidan. A pesar de lo que te digan los médicos, te pasas por aquí y me lo cuentas, que yo sabré darte la medicina idónea. Son muchos años de experiencia los que tengo a mis espaldas. Sobra decirte lo mucho que yo apreciaba al bueno de Tato”.

Habitualmente, la mamá de Lucia se encuentra a MARIO, un repartidos de mercancías para muchas tiendas, el cual está preparando su furgoneta para trasladarse a Mercamálaga o la Pescadería, para comenzar a realizar los portes y encargos de los distintos establecimientos. Tato y Mario eran muy amigos pues ambos, de la misma edad, se habían conocido en la escuela. Ya en su adolescencia, los dos compañeros estuvieron “compitiendo” por ese “amor joven” hacia Natalia con gran fulgor. La elección de la joven por uno de ellos dejó al otro compañero un tanto afectado. Pero son realidades juveniles que se viven con “deportividad. En realidad, Mario nunca la ha olvidado y aunque en la actualidad forma familia con Nerea, sigue “amando” a esa joven que él no pudo “conseguir”.  En alguna ocasión Tato le había comentado a su mujer acerca de la amargura que tenía que soportar su amigo con la compañera que “le había tocado en suerte”. Recordaba las palabras de su marido sobre ese amigo desafortunado “Es que son dos caracteres muy diferentes. El pobre no es feliz, pero “aguanta” con responsabilidad, pues no quiere que su hijo Santi pase por el trance de ser hijo de padres separados”. En esta ocasión, tras saludar a Natalia le comentó que durante la mañana le iba a traer un poco de pescado fresco y algo de fruta. “Ya sabes, cuando hago los portes, los comerciantes me dejan coger un poco de la mercancía, pues le cobro poco por el servicio”.  Natalia siempre ha considerado a Mario como una persona muy cercana y sabe que, en caso de dificultad, acudiría a él para solicitarle ayuda. Ambos amigos echan un ratito de conversación, con el calor afectivo que proporcionan las palabras y las miradas.

Tras dar una breve vuelta por el Parque del lago “Huelin” y ya de vuelta para su hogar, también suele encontrarse con la maestra ANGELINES. Es una joven de 29 años, que tiene a su cargo la clase y tutoría de 1º A, en el centro escolar LITORAL, precisamente el grupo al que asiste la pequeña Lucía. Se da el caso de que esta profesional de la enseñanza, que está casada con otro docente, profesor de secundaria, perdió recientemente a la hija que esperaba, después de siete meses de embarazo, por complicaciones orgánicas. Ya reincorporada a sus tareas escolares, tras una intensa fase depresiva, hizo gran amistad con Natalia y de manera especial con su hija Lucia, a la que trata con el cariño de una madre y con la que trata de superar su frustración por no haber podido todavía alcanzar la maternidad. Todo ello con el agravante de que los médicos no le aseguran un futuro y positivo embarazo, por malformaciones congénitas. Por todo ello Natalia entiende, con generosidad, el amor y la alegría que la docente siente por Lucia, con las “ocurrencias” y salidas expresivas de la pequeña. También esta mañana Natalia le desea a la maestra y amiga que tenga un buen día, agradeciéndole el esfuerzo que realiza por educar a los hijos de tan numerosas familias. En su caminar observa como hoy, un operario municipal, está baldeando las aceras con una manguera a presión. En este, como en otros barrios, el incivismo de algunos perjudica a los muchos que desean una ciudad limpia. 

Ya en casa, Natalia prepara con dedicación de madre a su hija Lucia para llevarla al colegio. No se le olvida darle el bocadillo de pan blandito de Viena, con mortadela boloñesa, que tanto le gusta a la pequeña, para que se lo tome en el recreo.  El almuerzo en el centro público comienzan a servirlo alrededor de las 14 horas. Como a las 17:30, hora en que finalizan las clases, ella está trabajando, atendiendo las llamadas telefónicas en la empresa Caravan, son los abuelos quienes recogen a Lucía y así disfrutan también de un buen rato con su nieta.

De esta forma transcurre la vida diaria en esta sencilla mujer, a la que el destino ha sometido a una dura prueba. Pero con la fuerza de su relativa juventud, gozando del fundamento vital de una preciosa y dinámica hija y el incondicional cariño de unos padres siempre prestos a la ayuda, sabe ganar ese impulso responsable para seguir luchando, cuidando con especial cuidado de que su hijita no se sienta dañada por la ausencia de ese padre que perdió, cuando apenas alcanzaba los tres años.

El entorno social en el que se desenvuelve esta corta familia es un populoso barrio de personas humildes, modestas, trabajadoras, solidarias y generalmente afectivas. En esta densa vecindad, Natalia y los demás residentes encuentran muchas de las respuestas e incentivos para ir resolviendo sus dudas, los comprensibles desánimos y las naturales carencias. Y siempre, esas pequeñas y grandes ilusiones que nos ayudan a mirar el horizonte con la mejor confianza y decisión. La dureza del destino, con esa dura prueba de perder a un padre y esposo, se va paulatinamente compensando con ese “calor y amor social” que encuentra en muchos de los vecinos y profesionales con los que se relaciona en el quehacer de cada jornada. Esta buena mujer entiende, con una plausible sensatez, que ha de rehacer su existencia, en los meses y los días. La vida genera suertes y desgracias, como esas rachas de viento que acaricia un paisaje que sustenta y gratifica la presencia de las personas que acuden a visitarlo, sin establecer diferencias o distinciones. Los proyectos de vida de cualquier vecino del barrio, como es el caso de Natalia, se van desarrollando en un sencillo ambiente en donde nunca faltan valiosos y ejemplares elementos solidarios. Mañana puede ser igual que ayer, pero tal vez se generen esas diferencias o novedades que ayuden a germinar esa ilusión inalienable que siempre justifica y alimenta nuestro recorrido existencial.

Cuando el buen amigo Mario, excelente persona, le trae a casa una bolsa con fruta y algo de pescado, ella con simpático agradecimiento le prepara una infusión de té frio, añadiéndole una bolsita de Roibós, pues el día se ha metido en calor. Intercambian esas palabras amigas y algunos chascarrillos y anécdotas que el repartidor ha vivido durante la mañana. Este joven trabajador aún no cree llegado el momento de decirle que Lucía y Santi se llevarían muy bien como “hermanos”. Sabe perfectamente que su coexistencia con Nerea no tiene futuro y que su vida y la de Natalia están llamadas a emparejarse. El tiempo y la buena voluntad hará justicia a dos amores que se necesitan. –

 

 

GRATOS ENCUENTROS

EN EL AMANECER

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 24 NOVIEMBRE 2023

                                                                                Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

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jueves, 16 de noviembre de 2023

CUENTOS PARA ANTES DE DORMIR.

La mayoría de las personas, al margen de su titulación o desarrollo personal, poseen determinadas habilidades o capacidades para ser “creativos” en actividades bien diversas. Muchas de estas destrezas las han ido aprendiendo de sus mayores, en el régimen familiar, aunque también es cierto que muchas otras proceden de los misterios de su estructura genética. El porqué de esa admirable capacidad para la composición musical, para la expresión pictórica o para el manejo de los mecanismos electrónicos, resulta también en ocasiones difícil de comprender, cuando en sus familias no ha habido ejemplos o influencias para el desarrollo o mimetismo que germinen esos positivos valores. Es estos casos se trata de personas “providencialmente” dotadas para desarrollar diferentes creatividades, sin que ellas mismas puedan fijar unos claros referentes para esa “genética” y gozosa habilidad. En este contexto insertamos nuestra historia de esta semana.

IRANIO Puntilla Tierrallana, natural de la localidad malagueña de Casabermeja, era hijo único de unos modestos vecinos del pueblo, Heliodoro y Gonzala, artesanos de los dulces (estaban especializados en la elaboración familiar de unas suculentas tortas de aceite, que semanalmente llevaban a la tradicional confitería del pueblo, La Dulzura, para su venta) aunque también se ayudaban con el trabajo que el cabeza de familia realizaba como peón agrícola contratado cuando había trabajo. Este joven, cuando cumplió la veintena, reflexionó con sensatez que por su formación (estudios primarios, sin llegar a completar el bachillerato) y el lugar donde residía, las principales salidas laborales eran la de continuar la labor que sus padres realizaban con los dulces caseros o ponerse a trabajar en la dureza de la tierra. Otra actividad que los jóvenes de la localidad ponían en práctica era la albañilería, tarea que no le agradaba por su débil contextura física. Así que una noche, al finalizar la cena, les dijo con juvenil  firmeza a sus “desconsolados padres” que había decidido emigrar a la capital, en busca de un mejor porvenir para sus deseos.

Se fue informando acerca de una pensión barata donde podría residir (la ayuda de don Andrés, el cura párroco del pueblo, fue importante por su recomendación) fijando el día de la partida para un lunes de septiembre, año 1970, con la ilusión de abrirse un porvenir entre los incentivos que siempre suele ofrecer la economía de una gran ciudad. En la fría mañana para su partida, antes de subirse al autobús de la empresa Casado que lo iba a trasladar a Málaga, abrazó a sus padres, quiénes con las lágrimas en sus ojos no cesaban de darla lo mejores y repetitivos consejos. En un determinado momento don Heliodoro entregó a su hijo un sobre que contenía 1500 pesetas. “Esto es lo poco que te puedo dar, mi querido hijo. Son unos sufridos ahorros que he podido ir reuniendo, ganados con el esfuerzo y el sacrificio de muchas horas de trabajo. Este dinero te será útil para esas primeras semanas de aventura en la capital. Si tus proyectos no se cumplen, no dudes que aquí tienes a tus padres, con el cariño que te profesan y una casa donde nada te va a faltar”. El vetusto autobús de línea partió a las nueve de la mañana, para realizar un trayecto de poco más de veinte kilómetros, hasta la parada final situada en la zona de Hoyo Espartero, muy cercana al Mercado municipal de Atarazanas. Mientras viajaba, sentado al lado de un poco comunicativo seminarista, Iranio repasaba en una pequeña libreta varias direcciones de personas amigas que podrían ayudarle, datos que le había facilitado el cura don Andrés.

Al llegar a su destino, sobre las 9:45 de la mañana, preguntó a una pareja de guardias de la Policía Armada por dónde podría llegar más fácilmente a la PENSIÓN OLIMPIA, quienes le indicaron que la tenía muy cerca, a no demasiados metros de donde se encontraban. Concretamente ese barato alojamiento estaba ubicado en una esquina de la calle Camas, zona muy conocida por sus vínculos con la prostitución. Cuando localizó este establecimiento, situado en una primera planta de un “gastado” y poco limpio en su apariencia edificio sin ascensor, saludó a su propietaria, doña Fuensanta, una repintada señora, según ella antigua intérprete de “variedades” que estaba recorriendo su cincuentena. Le ofreció poder alquilarle un cuarto compartido, con derecho a usar el cuarto de aseo con una ducha, por 450 pesetas mensuales. Si pagaba 250 pesetas más, podía darle el almuerzo y la cena del día (generalmente un plato de potaje por la mañana y unos huevos o pescado frito con ensalada o patatas fritas por la noche. Agua y postre, con una fruta de temporada o flan). La electricidad no se la iba a cobrar (solo había en la habitación una lámpara en el techo con dos bombillas de 15 watios que ofrecían por la tarde/noche una luz “mortecina” y entristecida) siempre y cuando el recibo del contador no tuviera saltos muy importantes en cuanto al gasto. (en realidad, la bien dispuesta casera tenía conectada su casa a una “trampa” eléctrica, que de vez en cuando activaba, de manera que los gastos eléctricos eran mínimos).  

Quiso la suerte que su compañero de cuarto fuera D. Séptimo de la Aldaba, un hombre mayor, soltero y sufriente por no poder “salir del armario”, que trabajaba como oficial escribiente en el Registro Civil de la Audiencia Provincial (entonces ubicada en el edificio de Muelle de Heredia). Un verdadero bonachón y paternal compañero, que acogió con cariño al joven de 22 años, natural de Casabermeja. Aquella tarde /noche la pasaron hablando, de manera especial Iranio, quien se mostró expresivo y amistoso con el buen compañero que le había correspondido, a quien veía como a un padre para su edad. Cuando le explicó los motivos de su venida a la capital, Séptimo no dudó un instante en tratar de ayudarle.

“Me dices que se te dan muy bien las letras y los números, y que disfrutas con la lectura y la escritura. En mi negociado faltan auxiliares porque tenemos mucho trabajo, ya que estamos en una época de muchos nacimientos. Mañana te presentas en el Registro, me buscas y vamos a hablar con don Servando, persona muy recta y autoritaria (fue antiguo miembro del ejército. Le concedieron medalla de guerra. Es mutilado en batalla, por lo que sufre una cojera de por vida, que el antiguo soldado trata con dificultad de disimular, por eso siempre lleva un recio bastón). Te aseguro que es persona de buen corazón. Me debe algunos favores, por lo que es fácil que te puede colocar como auxiliar eventual. Pero lo importante es meter “la pezuña”, porque una vez dentro ya puedes hacer carrera. Yo seré tu maestro tutor, para enseñarte en cuanto a tus obligaciones en el Registro. Aprenderás lo básico que nunca debes olvidar de hacer. Cuando hables con don Servando te aconsejo repitas esas palabras que a estas personas gustan mucho, como “servidor”, “siempre a sus órdenes”, “lo que Vd. mande, don Servando”. Y si puedes ponerte en posición de firme cuando te hable, ya te lo has ganado. Como anécdota te diré que nuestro jefe tiene tres hijos: uno es jesuita, otro fraile dominico y la tercera profesa como monja de la Presentación. Es familia harto religiosa y practicante”.

“Muchas gracias don Séptimo, por tratarme como a un hijo. Ahora me acuerdo de una bella persona, una gran maestra, doña Petra, quien supo encauzarme muy bien por el terreno de las letras. Me enseñó a leer y a escribir. Y supo motivarme para que escribiera todo aquello que sintiera y necesitara comunicar. Tengo muchos cuentos escritos. Ya le daré alguno para que me dé su opinión. Mañana no faltaré en el Registro. Iré con la ilusión de que, gracias a sus buenas amistades, puedan abrirme un hueco para empezar a ganarme la vida”.

Como doña Fuensanta le aseguraba el almuerzo y la cena, para desayunar Iranio se compró, en un colmado próximo, una botella de leche, que mezclaba con Nescafé. El desayuno lo acompañaba con alguna de las tortas BERMEJAS, que su madre le había metido en la maleta, Aquellas suculentas tortas que el joven había visto elaborar desde su infancia.

Fue admitido, gracias a las buenas artes de Séptimo, como auxiliar eventual, en periodo de prueba. Desde ese primer día de trabajo demostró muy buena disposición para todo lo que le ordenaban. El compañero de cuarto y Registro estaba siempre atento para aconsejar y orientar a su “ahijado” profesional todo aquello que estuviera entre las obligaciones del ilusionado Iranio, que en modo alguno pasaba por su cabeza que pudiera encontrar colocación al día siguiente de llegar a la capital. Con su buen hacer, a los dos meses de trabajo, lo ascendieron a auxiliar de plantilla, con un sueldo fijo de 1.100 pts. al mes. Iranio no dudó ni un instante en mantenerse en la Pensión Olimpia, por lo céntrica que se encontraba y lo barata que le resultaba con el sueldo que percibía para poder pagarla. Ciertamente eran muchas las noches en que lo despertaban las voces, risas, gritos y enfados de los “disfrutones de la noche” llenos de alcohol en el cuerpo, y sus negociaciones con las “señoras de compañía”, que vendían sus favores sexuales por unos pocos billetes. El fulgor ambiental de calle Camas se multiplicaba en esas horas del cielo pintado de estrellas.

Cuando Iranio volvía del trabajo, tras el almuerzo echaba un buen rato de descanso y algunas tardes paseaba por la ciudad, recorriendo sus rincones más pintorescos y populares. Tenía un pequeño transistor que lo encendía por las noches, después de cenar, pero siempre a un volumen bastante bajo de sonido, a fin de no molestar a su compañero de habitación, quien tenía un sueño un tanto difícil e inestable, debido posiblemente a su avanzada edad (estaba a punto de cumplir los sesenta) a lo que se unía sus frustraciones y ansiedades sexuales, en aquellos años del tardofranquismo, en el que había que aparentar lo que no se sentía. En ese pequeño transistor National le gustaba escuchar las noticias del día y los relatos radiados que algunas emisoras emitían.

Pero fundamentalmente Iranio dedicaba su tiempo libre a escribir. Esa práctica era la distracción que más le agradaba. De niño, como en Casabermeja sólo ponían cine algunos fines de semana, se distraía dibujando historietas y algunos cuentos que doña Petra, su apreciada maestra sabía estimular, ayudándole y corrigiéndole.  También, solía acudir a la biblioteca pública, parta buscar en las estanterías libros de cuentos e historias, con las que distraía y enriquecía la imaginación. Ahora en estos inicios de los 70, su horario de trabajo (de ocho de la mañana a las tres de la tarde) le permitía desarrollar esta creativa afición dedicando horas de las tardes. El joven Iranio era un tanto tímido con las chicas y todavía no había podido hacer muchos amigos, salvo ese gran “padre” que tanto lo cuidaba y lo apreciaba.

Su tarea creativa la realizaba a mano, rellenando gruesas libretas con muchas hojas. Pero con los ahorros que iba acumulando, a lo largo de los meses, pudo al fin comprarse una máquina de escribir. La máquina era de “segunda mano”, pero estaba a un buen uso para poder teclear (con los dos dedos) muchas páginas “rellenas” de cuentos. Esa providencial máquina era de la prestigiosa marca Olivetti, una léttera 36. De esta forma, iba pasando a los folios algunos de los mejores cuentos (en su opinión) que escribía o “componía”. Muchas de esas historias eran básicamente infantiles, pero las mezclaba con narraciones de la vida real, contenidos que elaboraba en su mente “soñadora” a partir de la observación e imaginación del entorno en el que estaba viviendo. Era frecuente que se inspirase, para la construcción de las historias o cuentos en algunas de las personas que acudían al Registro Civil, a fin de hacer las gestiones propias de ese importante lugar de la Administración que existe en todas las ciudades: anotar los nacimientos, los enlaces matrimoniales y, por supuesto, las defunciones. Siempre que podía, solía echar un ratito, con algunas de las personas que acudían a hacer las gestiones propias del centro administrativo. Estos diálogos le daban pie para conocer problemas, circunstancias, anécdotas, objetivo y proyectos, avatares en suma de personas vinculadas a toda la estructura social de la ciudad, algunas acomodadas y muchas pobres y en sumo necesitadas.  

Don Séptimo, su afable y servicial compañero, cuando se levantaba por las tardes después de echar una corta siesta, era frecuente que saliera a la calle, a partir de las 17 h. Nunca decía a dónde iba. Iranio pensaba que tal vez tendría algún “plan”, algún amigo con el que compartir los ratos que regalaba la tarde. Cuando el bonachón de don Séptimo volvía por la noche, su rostro mostraba alegría o tristeza, según le hubieran ido sus andanzas por los arrabales oscuros y ocultos de la ciudad.

Este buen compañero, que era como un padre para Iranio, en absoluto se molestaba con el repetitivo acústico tecleo de la Olivetti, cuando el joven escritor iba pasando algunos de sus cuentos a esos folios que iba guardando con especial esmero, en una gran carpeta de cartón, color marrón. En diversas ocasiones, Iranio daba a leer a su compañero de cuarto algunas de esas bien pensadas y elaboradas historias, a fin de conocer su opinión acerca de sus pequeñas creaciones literarias.

“Creo, amigo, que son en general, interesantes. Muy humanas y bien escritas. Tienes madera y condiciones para poder llegar a ser un buen escritor. Pienso que deberías seleccionar algunas de estas historias, que casi siempre tienen un positivo o buen final, para tratar de que fueran publicadas por algún editor local o alguna asociación amante y practicante de las letras”.

Pero Iranio era una persona bastante modesta. Respondía a los buenos deseos de Séptimo que él las escribía, fundamentalmente para entretenerse. No ocultaba, sin embargo, que le agradaría que fueran conocidas por otras muchas personas.

“El escritor, en realidad, amigo Séptimo, no compone narrativas sólo para él, sino para comunicar y compartir la creatividad de su imaginación con otras personas. Esa es la verdad. Cualquiera que diga lo contrario, no expresa lo que siente. En mi caso es como si fuera al cine y no me gustara la película que nos estuvieran proyectando. Entonces trato de construir historias que sean más agradables. Ya te he contado que cuando era pequeño y no tenía dinero para ir al cine, tenía que inventarme “mis propias películas”. Volviendo a lo anterior, la función de escritor carece de sentido, si no tiene la suerte de tener lectores que lean sus historias y escritos”.

Así transcurría la vida de estos dos inquilinos de la Pensión Olimpia, a quienes el destino había unido en aquella España del tardo franquismo, a mediados de los 70.

Una “aburrida” tarde, don Séptimo, que cada noche después de cenar pedía a su compañero Iranio algunos de sus cuentos para mejor conciliar el sueño, viendo que su compañero de cuarto había salido con la intención de ir a comprar alguna ropa para mandar a sus padres (pensaba regalarles algún abrigo o gabán) que eran personas modestas en su necesidad, tuvo la oportunidad de rebuscar en la gran carpeta marrón de las creatividades literarias, algunos cuentos que en su opinión estaban mejor escritos y eran más interesantes. Seleccionó tres de ellos, que sumaban unas 7 cuartillas por ambas caras. Se dirigió a la calle con ese material y las fotocopió en una copistería de la calle Especerías. Ya en casa, devolvió los originales a la carpeta de los cuentos e introdujo las fotocopias en un gran sobre beige, que había franqueado para enviarlo al diario SUR: Añadió una nota explicativa, con los datos de Iranio, planteando si ese material tenía la calidad necesaria para ser utilizado en el suplemento dominical del periódico, o en las páginas de los pasatiempos. Echó de inmediato el gran sobre, con su contenido narrativo, en un buzón que había a final de la popular y comercial calle San Juan.

No dijo nada a Iranio acerca de lo que había hecho.  Todo consistía en esperar la respuesta del representante del diario malagueño. Pasaban los días y la respuesta no llegaba. Séptimo pensaba que la tardanza en responder pudiera ser debida a la falta de interés del periódico, en su departamento de redacción, con respecto a los materiales facilitados para su consulta. Sin embargo, una tarde después del almuerzo, doña Fuensanta vino con un sobre timbrado en la mano, cuyo destinatario era Iranio Puntilla Tierrallana, comensal que aún estaba tomando la manzana que se le había puesto de postre. Don Séptimo ya se había marchado del comedor, a echar unos minutos de siesta. Como el joven estaba algo resfriado, en ese noviembre lluvioso que humedecía toda la ciudad, la dueña de la pensión traía junto al sobre una taza de café con leche para su inquilino. El corazón de Fuensanta era generoso, con las buenas personas que tenía realquiladas.

El gran sobre, con el logotipo de DIARIO SUR, venía dirigido a D. Iranio Puntiella Tierrallana. Un tanto extrañado por este correo, el sorprendido joven abrió el sobre y comenzó a leer su contenido:

 

“Sr. D. Iranio Puntilla, hemos analizado la calidad literaria y argumental de los tres materiales, cuentos o narraciones, que a tenido a bien enviarnos. Tras su lectura, hemos apreciado una valiosa narrativa, sustentada en unos argumentos muy próximos a nuestro entorno existencial. En base a todo ello, tenemos el placer de comunicarle nuestro interés para publicar estas historias. Le citamos en la sede de nuestro diario, en Alameda de Colón, el miércoles próximo, para mantener una entrevista personal y sentar las bases de contenidos, periodicidad y compensación económicas de su futura colaboración.  

Salúdole Dimas Gallego Revillán. Redactor jefe, y encargado del suplemento dominical PERSONAS.

 

Iranio fue a su habitación “más contento que unas pascuas”. Sonriente y mirándolo a los ojos, entrego la misiva del diario SUR a don Séptimo, quien al leerla “estalló de sincera alegría. Ambos compañeros de cuarto se fundieron en un afectuoso abrazo.

“Muchas gracias, don Séptimo. Para mí es Vd. como un padre. Me ha ayudado a hacer lo que yo dudaba si sería conveniente o no y si podría tener alguna esperanza de que en el periódico acogieran mis materiales para su posible publicación. Pues esta gratísima noticia hay que celebrarla. Esta noche nos vamos a ir a cenar e invitaremos a doña Fuensanta, que bien sabe cuidarnos. Elegiremos un lugar agradable, a ser posible cerca del mar, en donde podamos tomar unas buenas tapas y una gran paella, Nos haremos una foto para el recuerdo”

Dado que la noche se había presentado bien húmeda y hacía algo de frío, decidieron acudir a un restaurante gallego: el Mesón Candamil, que en aquellos momentos estaba ubicado en calle Vendeja, precisamente muy cerca de la rotativa del diario que pretendía contratar a Iranio Puntilla. En aquel buen ambiente, los tres comensales (Doña Fuensanta estaba encantadísima) tomaron una taza de exquisito caldo gallego; compartieron una tabla de pulpo muy bien aliñado y como tenían buen apetito pidieron también para compartir un gran plato de lacón con grelos. De postre degustaron sendas manzanas al horno, con esa barrita de canela y miel tan peculiar de los mejores restaurantes. Aunque Iranio pidió la cuenta, una vez más don Séptimo se mostró generoso y se hizo cargo del coste de la cena, explicando con mucha simpatía que había sido él quien había enviado la carta con los tres cuentos de prueba, revelación de la qye era consciente el joven escritor.    

Pasaron dos semanas y el domingo siguiente apareció el primer cuento breve firmado por Iranio, en las páginas de PERSONAS, el suplemento dominical del diario malacitano. La sección la titularon CUENTOS PARA ANTES DE DORMIR. Durante las siguientes semanas, la aceptación popular para estas sencillas y distraídas historias, cuya autoría correspondía a un desconocido escritor novel, fue bien positiva. El auxiliar del Registro se siente en la actualidad muy contento de poder comunicar con los lectores, a través de esa lettera 36 que ya nunca ha dejado de acompañarle en su trabajo. Cada lunes envía por correo un ejemplar de la Revista Personas, al domicilio de sus padres, que se sienten legítimamente orgullosos de ver estampado el nombre de su querido hijo al final de cada cuento o relato. Además de esas pesetas que le vienen muy bien para los gastos, se siente feliz porque está realizando aquello que verdaderamente le gusta y vitaliza. –

 

CUENTOS

PARA ANTES DE DORMIR

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 17 NOVIEMBRE 2023

                                                                                Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

                 Blog personal: http://www.jlcasadot.blogspot.com/ 

 


 

viernes, 10 de noviembre de 2023

DOS AMIGOS

En nuestro discurrir existencial suelen darse situaciones de difícil comprensión, derivadas de la peculiar naturaleza que afecta a los seres humanos. La vinculación entre dos amigos puede llegar a ser tan fraternalmente intensa, que su relación se asemeja a la que mantienen dos hermanos de sangre e incluso la supera en determinados casos y momentos. Con ese amigo íntimo se comparten todas las complicidades, se le pide cualquier tipo de consejo, antes de hacerlo incluso con los progenitores o familiares de diferente nivel o proximidad. Sin embargo, también suele ocurrir que esa profunda amistad “de toda la vida” se resquebraje, se rompa por causas muy diversas o incluso difíciles de entender. En este caso resulta extremadamente difícil arreglar o reparar esa muy dolorosa fractura, entre dos seres que hasta ese momento era como “uña y carne”. En este contexto se inserta el argumento de nuestra historia semanal.

La entrañable amistad entre SERGIO Celaya y MARCO Román se generó en los años de estudios universitarios. Generacionalmente ambos jóvenes eran coetáneos. Habían nacido en el año 1980, por lo que iniciaron el primer curso del grado de derecho en 1998, centenario de importantes hechos históricos y literarios para la nación española. En los primeros días de las clases, se sentaron juntos en las aulas que les correspondían, intercambiaron diversos comentarios propios de jóvenes que llegan a la universidad y fueron cimentando y sellando una hermosa amistad que los dos estudiantes pronto iban a considerar “indestructible”.

Sergio era hijo de un honrado dependiente de panadería y confitería, que con admirable esfuerzo (y la ayuda de una beca de la administración educativa) había logrado dar “buenos estudios” a sus dos hijos (varón y hembra). Don Simón, el panadero, se sentía el hombre más orgulloso del mundo al ver a su primogénito matriculado en la facultad de derecho, en el campus de Teatinos malacitano. Por su parte Marco era hijo del cuerpo de la Guardia Civil. Su padre estaba destinado a los servicios de vigilancia del puerto de Málaga. Este joven siempre había sentido “atracción” o vocación por el mundo jurídico, tal vez influido por su abuelo materno, que había llegado a ser notario en la importante localidad malagueña de Antequera. No tenía hermanos en su unidad familiar. En resumen, uno y otro amigo pertenecían, sociológicamente a dos familias de clase media, que residían en barrios señeros de la capital malagueña: Sergio vivía en la barriada de Ciudad Jardín, en la salida norte de la ciudad, mientras que Marco lo hacía en una barriada muy próxima a la de su amigo, el también popular barrio de Martiricos, los dos muy cerca del cauce del Guadalmedina, el “rio de la ciudad”.   

Los dos íntimos compañeros de clase estudiaban y preparaban sus ejercicios en los domicilios de uno u otro. Intercambiaban cordialmente los apuntes y era frecuente que merendasen y cenasen en el domicilio del respectivo amigo. También compartían el tiempo de ocio, realizando atractivos recorridos senderistas y asistiendo a sesiones de cine o a conciertos de música clásica, a la que ambos eran aficionados. Precisamente el destino quiso que se vincularan a dos jóvenes universitarias: MAYA, estudiaba magisterio, en la rama de educación especial, mientras que EUSEBIA, cursaba el grado de turismo. Ambos noviazgos se iniciaron durante la celebración de una fiesta de fin de curso, en junio del 2000 a la que asistieron los cuatro jóvenes. A partir de estas dos vinculaciones afectivas, las dos parejas compartían igualmente tanto el estudio como las actividades de ocio para la distracción. Salían al campo con cierta frecuencia durante los fines de semana. En la época del buen tiempo también disfrutaban desplazándose a las playas malacitana, Su gran afición a la gran pantalla les hacía pasar gozosas tardes de merienda y cine, mientras sus respectivas familias veían con natural comprensión la buena relación que unía a las dos parejas. 

Algunos compañeros de clase, con ganas de guasa y el propio “cachondeo” de los cuerpos juveniles, les habían adjudicado el “mote cariñoso” del “cuarteto de la música feliz”. A pesar de todo ello, las dos parejas trataban de evitar la separación con los demás compañeros de sus clase o vecindad, pues consideraban negativo encerrarse entre ellos cuatro, lo que perjudicaría la imprescindible y saludable socialización.

Sergio y Marco finalizaron sus estudios de grado en el año 2002. Uno y otro tenían un “estupendo” expediente académico, con calificaciones brillantes, para satisfacción de ellos mismos y sus respectivas familias. Podían presentar un buen “currículo” escolar a cualquier empresa que necesitaran licenciados o graduados en derecho. Ambos necesitaban y apetecían ponerse a trabajar lo antes posible.  Hicieron varios intentos para este fin, siempre de manera “mancomunada” y los dos amigos fueron pronto captados por una importante empresa de seguros multirriesgo, que detectaron con buen ojo esa fuerza y entusiasmo de una joven generación que podía ser muy útil a la entidad, SEGUROS UNIVERSAL, que operaba no sólo en Andalucía sino en las provincias más importantes del territorio español. La sede central se encontraba en la capital de Cataluña.  Sergio y Marco fueron destinados a la nueva filial inaugurada en Estepona, localidad de la costa occidental provincial, que en aquel momento permitía controlar toda la “milla de oro”, trabajando con gran entusiasmo y colaboración, obteniendo muy buenos resultados de importante clientela.

Con una diferencia de medio año, los dos amigos se unieron matrimonialmente con sus novias de “siempre”, Maya y Eusebia. Tomaron residencia, en régimen de alquiler, en dos urbanizaciones cercanas de la localidad esteponera. En realidad, las dos parejas semejaban como ser familiares. Cada sábado noche, preparaban una bien organizada cena, alternando en los domicilios respectivos. Tras los suculentos platos preparados, disfrutaban de alguna película bien seleccionada descargada de las plataformas cinematográficas a las que se habían asociado. También se entretenían practicando tradicionales juegos de mesa (parchís, la Oca, monopoly etc.). Cuando llegaban las vacaciones de Navidad, Semana Santa o veraniegas, los proyectos de viajes eran “negociados” de manera hermanada, para compartir las experiencias, ya fuese en espacio nevados, o emblemáticos por su belleza, como Galicia, San Sebastián o Cantabria, aunque también elegían ciudades tan significadas por su romanticismo, riqueza monumental e historia, como París, Roma, Atenas o Estambul. 

En el aspecto laboral, tanto Sergio como Marco eran diestros y aguerridos profesionales, para la captación de “carteras” suculentas que beneficiaban lógicamente a la entidad aseguradora. Cuando firmaban contratos muy “sustanciosos, eran compensados con interesantes incentivos, comisiones que iban sustentando esos ahorros que les permitían disfrutar gozosamente de la vida. Al ser matrimonios jóvenes, tanto Maya como Eusebia consideraron oportuno, acordando con sus respectivos maridos, postergar la llegada de los embarazos. Entendían que no era perentoria la maternidad en esa época tan sugerente y vitalista para el disfrute de sus prometedoras existencias.

La competitividad de los dos íntimos amigos era manifiesta y saludable, aunque ambos consideraban prioritario que la empresa estuviese satisfecha de los resultados al final de cada mensualidad. Precisamente la entidad estaba a punto de abrir una nueva sede en el corazón de la “milla aúrea”, la bella ciudad marbellí. Tanto Marco como Sergio percibían que, entre otros candidatos, los dos estaban en la lista de “propuestos” para optar al apetitoso y reconocido puesto de director de la oficina central de Marbella.

Sus caracteres personales no eran idénticos. Quizá por eso la complementación entre ambos había acrisolado tan intensa amistad. Sergio era de temperamento más sosegado y sereno para las respuestas en el día a día, mientras que Marco, por el contrario, era más nervioso e incluso “impetuoso”. En ocasiones tenía que dejarse aconsejar y “frenar” ante las convicciones y racionamientos de ese “hermano” amigo que el destino le había deparado. Por primera vez, en su admirable vinculación, el asunto de la dirección en Marbella puso a prueba su extraordinaria “complicidad”. Los superiores decidieron, tras analizarlo muy detenidamente, que Marco fuera el elegido para dirigir la nueva y muy importante sede marbellí.

Tras el lógico “impacto inicial, Sergio supo reaccionar con admirable entereza. Aceptó sin problema y grandeza personal la decisión de los jefes, que habían decidido en favor de su amigo. Incluso se prestó, a nivel laboral, a organizar la cena homenaje para su siempre amigo “del alma”, a la que asistieron prácticamente el resto de los compañeros de la zona. La grata velada tuvo lugar en una “elitista” y afamada sala de fiestas” en el entorno de Puerto Banús. Sin embargo, también tenía momentos reflexivos y de auto análisis, para ver en que había “fallado” para no ganar el codiciado puesto. Tenía la percepción de que su “gran hermano” se había sabido mover mejor entre las bambalinas del tejido empresarial. Por primera vez, sospechaba que la coordinación que ambos siempre habían mantenido no había funcionado en este episodio de competitividad laboral. Sospechaba, en las brumas de su intimidad, que tal vez no conocía bastante bien a esa persona tan vinculada a su vida.

Estas dudas y lógicas tribulaciones se incrementaron cuando una tarde fue a tomar el café de la merienda con un veterano compañero, Salomón, persona íntegra, valorada y apreciada por todos los trabajadores de la empresa. Entre sorbo y sorbo, este apacible compañero, curtido en mil y una batallas y ya cercano a su muy merecida jubilación, se le quedó mirando a sus ojos y le confió de forma escénicamente plena de sinceridad, algo sorprendente que en modo alguno podía imaginar:

“Compañero Sergio, siempre he admirado tu juventud y tu buen hacer. No he olvidado, nunca lo haré, tu generoso y admirable comportamiento en el duro mes, cuando operaron a mi mujer. Te prestaste a hacer horas extraordinarias, para compensar mis ausencias del trabajo ya que tenía que estar en el hospital. Y nunca me pediste nada cambio por esa generosa ayuda. En realidad, fuiste el único que sin pedírtelo me echaste esa mano que lo recordaré mientras viva. Te debo decir algo que sólo por mi veteranía (ya voy por los 63) y por el trato subsiguiente con toda clase de personas, puedo trasmitirte. Y no creo que me esté equivocando. Ten cuidado, mucho cuidado, con tu amigo íntimo Marco. Quizá tenga méritos suficientes para ese puesto de director en Marbella. Pero, con toda honradez, afirmo que no te supera en currículum y capacidad. Sólo pretendo que este consejo te sea útil y que no te hagan sufrir la “ruindades de la vida”. No lo mereces. Seguro que estarás pensando en qué datos me baso. En los datos de una larga vida de luchas, zancadillas y malas artes por esos egos que nos degradan y envilecen”.

Las serenas palabras del compañero Salomón, una buena persona, en todos los órdenes, lastimosamente “baqueteado” por la enfermedad de su mujer, le dejaron muy pensativo. Sólo acertó a responder con una cariñosa frase: “Gracias amigo. Sé que me aprecias”.

Con el nuevo y espectacular puesto de Marco, los dos amigos/hermanos, como ellos proclamaban, se esforzaron en que no perjudicara su tradicional relación, con 15 años ya de ejemplar “antigüedad” Pero su relación se fue “enfriando” y su comunicación fue entrando en fase de declive. Desde luego que las cenas de fines de semana continuaron, aunque bastante más espaciadas. Por primera vez, las vacaciones no fueron ya planificadas entre los cuatro, aduciendo uno y otro amigo nimias justificaciones. Desde luego que, de cara a la galería, aclaraban acerca de ese supuesto distanciamiento: “es todo consecuencia de la tensión del trabajo”.

Y así fueron pasando los meses y los días.

Una tarde otoñal, Sergio llamó a su mujer Maya, para comentarle que esa noche llegaría tarde a casa. “No me esperes para la cena”. Se le habían presentado unos clientes suecos que deseaban asegurar unas propiedades en el litoral de Manilva, zona de Las Gaviotas. También deseaban consejo acerca de unas inversiones a realizar en los Altos de Cabo Pino/Elviria. Por lo tanto, se vería obligado ir a cenar con esos acaudalados inversores.  La noche prometía ser “larga”. Pero sobre las 20 h, los suecos se excusaron, por imprevistos que afectaban a los dos más importantes capitalistas. Aplazaron, de común acuerdo, cuatro días la reunión/cena que deseaban mantener. Era un frio viernes, en noviembre. Tras una semana muy ajetreada, Sergio se sintió feliz de poder cenar tranquilamente con su mujer, como gustaba hacer cada noche. Pero no le comunicó el cambio de planes. Prefería darle una simpática sorpresa. Cuando dejó las oficinas, pasó por la Confitería/panadería La Canasta, comprando unos hojaldres rellenos de cabello de ángel, pasteles que gustaban mucho a Maya.

Al llegar a su urbanización, aparcó el coche. Le extrañó un tanto ver el vehículo de Marco, también aparcado en las inmediaciones. Subió a casa y al entrar encontró a su mujer y a su amigo que ya estaban cenando. La súbita presencia de Sergio provocó en los dos comensales una situación harto nerviosa, por lo inesperado de la “aparición”. Maya trató de controlar la incómoda situación indicando que Eusebia había ido a visitar a su madre, que residía en Fuengirola, por lo que había decidido invitar al “amigo” Marco a cenar, para que no estuviera solo en casa, al igual que ella por el asunto de los suecos. Sergio los miraba, un tanto aturdido y presa de un patente desconcierto, aunque trataba de no “perder” los papeles. En su aturdimiento, apenas escuchaba las palabras de Marco que no cesaba de repetir “Amigo Sergio, no es lo que puedes estar pensando. No ha pasado nada. Únete a nosotros y compartamos la cena con fraternal hermandad”.

Viendo como la tensión ambiental se incrementaba, el director de la sucursal marbellí decidió abandonar la vivienda. “Es lo mejor. Mañana estarás más tranquilo y podremos hablar como siempre lo hemos hecho”. Aquella noche, serían las doce, más o menos, Sergio, inusualmente presa de los nervios, marcó el número de su amigo y compañero: “Desde hoy no quiero saber nada de ti. Nuestra relación se limitará a campos estrictamente profesionales”. La respuesta de Marco tampoco arregló en mucho la patente ruptura entre ambos. “Me estás ofendiendo y equivocando gravemente. Pero acepto tu drástica decisión. Consideraba que eras mucho más reflexivo que yo. Pensaba que nos conocíamos mejor”.

Desde aquel infausto día de noviembre, la ruptura entre los dos inseparables amigos, desde hacía casi dos décadas, fue definitiva. Y las hojas del almanaque fueron avanzando, a ritmo matemático. Marco pidió destino en Madrid, tras su separación con Eusebia. Sergio y Maya supieron, con inteligencia y buena voluntad, reconducir su relación, tratando de olvidar aquel “confuso” episodio. Desde luego la preciosa historia, de los dos amigos unidos en la intimidad, había finalizado de una forma brusca, absurda y con falta absoluta de intercambio de razones y palabras.

CASI TRES AÑOS DESPUÉS, también en esos meses violáceos del otoño estacional, Sergio recibió un mensaje, precisamente de la persona que menos esperaba. El remitente era Marco.

“Buenas noches, Sergio. Entiendo que este correo pueda provocar tu extrañeza e incluso tu incomodidad. Han transcurrido muchos meses, desde que nuestra vital amistad quedó rota, situación que al menos yo no he superado. Quiero, necesito, hablar contigo. Debo explicarte, aportante datos que no conoces y que te harían cambiar con respecto a la intransigencia que sigues manteniendo. Estaré en Málaga este viernes próximo. Te estaré esperando, en el hall del hotel Málaga Palacio, sobre las 21 h. Si decides asistir serás participe de una información que quizá te haga replantear nuestra desafortunada relación actual. No faltes”.

Sergio no pudo apenas conciliar el sueño aquella noche de lunes. Pensaba que Marco había desaparecido de su vida y ahora de nuevo aparecía. Precisamente en un grato momento en que su relación con Maya iba “viento en popa”, sobre todo después que ella le confirmara de que estaba embarazada. Sin embargo y tras mucho pensarlo, decidió acudir a esa extraña propuesta de cita que Marco le había hecho. Sin embargo, para su sorpresa, su antiguo amigo no apareció. Tampoco dio señales durante el fin de semana.

El lunes, cuando acudió a su oficina, se encontró con un cierto “alboroto”. Los compañeros hablaban entre sí, con un patente estado de excitación. “¿Qué ocurre, Salomón?”. Entonces el veterano    compañero le puso la mano sobre el hombro, manteniendo un gesto muy serio. “Un terrible accidente de coche. Marco conducía desde Madrid y a la altura de Puertollano un tráiler perdió los frenos, invadió la calzada contraria y se llevó por delante el coche y la vida del compañero”.  

Sergio Celaya ya no podría conocer aquello tan importante que su antiguo amigo quería transmitirle. Cuando le dio la triste noticia a su mujer, Maya bajó la mirada diciendo “lo mejor, cariño, es olvidar ese tiempo pasado. Vivamos felices a la espera de esa hija que viene a nuestras vidas”.

En la privacidad de su pensamiento, Maya era consciente de su principal y desleal protagonismo, en la “infiel” relación que había mantenido, durante unos meses, con Marco. Todo había ocurrido en una mala época, de inseguridad en sus propias necesitades. Fue su propio ego y descontrol sexual quien la condujo a esas acciones que acabaron rompiendo con brusquedad una amistad entre dos amigos, vinculación acrisolada en años. Pero ese su secreto lo iba a mantener en lo más privado de su conciencia. Sergio nunca llegaría a conocer el verdadero iceberg de aquella desagradable noche, en la que los suecos cambiaron la fecha de la reunión que con él pensaban mantener. –

 

 

DOS AMIGOS

 

 

 

 

 

José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 10 NOVIEMBRE 2023

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