viernes, 10 de julio de 2020

EL UNIFORME REGLAMENTARIO DE DON ADRIÁN

En las páginas del rico refranero popular hay frases que, en su inteligente simplificación, difunden un claro y concreto mensaje que en la mayoría de los casos resulta útil y necesario para nuestras vidas. En este momento nos acordamos de aquel refrán que dice “El hábito no hace al monje”. Estas seis palabras vienen a decir que no hay que juzgar o valorar a las personas por su apariencia externa, que los seres humanos son más complejos con respecto a la forma como se visten y se presentan ante nosotros. Sin querer llevar la contraria al mensaje expresado líneas atrás, la historia que centra la temática de este relato viene a plantear una realidad paralela, pero diferente: la importancia “desmedida” o híper valorada que para algunos posee ese traje, el uniforme, esa vestimenta que han de usar por la profesión o función que laboralmente desempeñan.


Ciertamente muchos alumnos y alumnas, matriculados en determinadas instituciones educativas, generalmente de titularidad privada, han de llevar el uniforme reglamentario establecido por la dirección escolar. A medida que van creciendo y, de manera especial, cuando llegan a la adolescencia, esos escolares rechazan el uso del uniforme, pues prefieren y gustan llevar su propia ropa en el atuendo personal de cada día. Sin embargo para otras personas, normalmente más adultas, esa típica y necesaria  vestimenta les da un grado especial de “autoridad” e identificación profesional con la que se sienten a gusto e incluso realzados en su significación social. Piénsese en los uniformes militares, con sus galones y colores correspondientes. También aquéllos que usan los policías, los médicos y sanitarios, o de cualquier otra profesión. El mecánico, el albañil, el clérigo, el deportista, el científico, el limpiador, el conductor, el comandante de vuelo, el dependiente comercial, etc, todos ellos se caracterizan a primera vista por la significación de ese traje que suelen o deben  llevar puesto en el desempeño de su actividad laboral.

La “transformación” psicológica o social que muchas de estas personas experimentan, cuando llevan a no puesto el traje reglamentario, es especialmente curiosa, pues perciben que esa vestimenta reglamentaria genera en los demás un sentimiento o valoración de respeto, admiración, autoridad o incluso de cierto “temor” derivada en principio del traje, bata o túnica que ostentan en su quehacer social. Incluso en determinados casos se sienten  con una patente orfandad cuando se despojan del uniforma y los galones que les identifican como alguien “importante” que puede ordenar, corregir, impedir, autorizar o controlar a los demás ciudadanos, que no lo llevan puesto sobre sus cuerpos respectivos. 
   
Adrián Hermosilla Fences había nacido un año después de la finalización de la Guerra Civil española, en el seno de una familia profundamente modesta. Su padre Zoilo desempeñaba eventualmente el digno oficio de albañil. Cada una de las tardes volvía a casa con el cuerpo y manos llenas de polvo, barro, yeso o cemento, emanando el comprensible  aroma de ese sudor laboral, proveniente de haber pasado muchas horas desplazando la carretilla con los sacos de cemento y arena o de haber estando golpeando con un pico y ayudándose de la pala, los cascotes y escombros propios de su abnegada labor. Normalmente cubierto con un sombrero de paja, tenía que subir a los andamios montados a diferentes alturas, soportando el intenso calor del verano o esos fríos y precipitaciones invernales, que hielan y agrietan la piel. En ocasiones, esa vuelta al hogar iba acompañada de comportamientos agrios, violentos o desordenados, provenientes de la bebida que había ingerido para “evadirse” de esa vida sin alicientes en que el destino para su suerte o el azar le había ubicado. 

La madre de Adrián era Julia, “la del Zoilo”, una señora que nunca pareció joven, descuidada en el aseo y en la modesta ropa que usaba, esforzada progenitora y esposa que echaba horas limpiando todos esos edificios que le encargaban, ya fuera un despacho, oficina, local, tienda, o casas de algunos “señores bien”. Cuando el único hijo que tuvieron cumplió los doce años, recién terminado la Primaria escolar, todo el afán de Julia era “colocarlo” de aprendiz en algún colmado o tienda del barrio, aunque también veía bien el que empezara de botones en alguna oficina o establecimiento privado. Así empezó su “cursus honorum” laboral, con la satisfacción materna de verlo alejado del yeso y del cemento, materiales que profundamente aborrecía por tener que soportarlos a diario en la epidermis, uñas y piel reseca de un marido de agriado carácter que de continuo apestaba a taberna.

Uno de los centros donde también limpiaba Julia, junto a otras compañeras, era el Ministerio de la Vivienda, en el 112 del Paseo de la Castellana madrileño. Su esforzada laboriosidad e impecable comportamiento le hizo tener cierta ascendencia con respecto a un jefe de negociado, llamada don Zenón, antiguo miembro dirigente del Frente de Juventudes en el Movimiento Nacional franquista, quien apreciaba el buen quehacer de la limpiadora y su humilde obediencia. Cierto día, en que vio asequible a su jefe, le habló de su hijo Adrián, al que quería ver como un hombre de provecho, dentro de la más estricta honradez.

“Don Zenón, por Dios se lo pido, colóquemelo donde vea conveniente, para apartarlo de las malas compañías y darle un porvenir. Vd. es un señor importante que tiene muy buena mano para buscar un hueco a mi hijo, al que no deseo verlo como al cascarrabias de su padre, que es buena persona. Pero muchas noches viene agriado y violento por el vino y por esas malas mujeres de la calle, con las que quiere olvidar ese duro trabajo a la intemperie que realiza, entre el cemento y el yeso, que están minando su salud”.

Cuando le faltaban unos meses para cumplir los dieciocho años, la poderosa mano del jefe de negociado facilitó la entrada del joven Adrián en el Ministerio. Tras ofrecerle una severa y educativa “filípica” en el más puro nacional catolicismo, le dio un puesto de ordenanza que había quedado vacante por fallecimiento de su titular. Julia, todo agradecida, con lágrimas en los ojos y en muestra de agradecimiento, preparó una gran bandeja de rosquillas de huevo fritas y espolvoreadas con canela y azúcar, que llevó personalmente al acomodado domicilio de don Zenón, entregándosela a doña Virtudes, su mujer, una obesa dirigente del Régimen vinculada a la Sección Femenina.

Para el joven Adrián, desde aquel momento persona totalmente adicta al Régimen, fue emocionante ponerse, por vez primera, el elegante uniforme de ordenanza. Verse con esa chaqueta y pantalones de color gris, zapatos negros y camisa azul celeste, luciendo corbata marrón oscura, era emocionante. Pero sobre todo destacaban en la severa vestimenta esos galones cosidos en las bocamangas, en forma de anchas líneas en zigzag color amarillo anaranjado, que daban un tono de autoridad  y prestancia que tanto valoraba, como persona procedente de los sectores más humildes de la población. Y qué decir ese aire castrense de la gorra del Ministerio y esa placa esmaltada, en donde se podía leer la palabra ORDENANZA… Todo una gozada.

¿Cuáles eran las principales obligaciones a cumplir por parte de nuevo ordenanza? Básicamente cumplir, sin el menor comentario, las órdenes recibidas de los superiores, que eran aquellos miembros del régimen y funcionarios que trabajaban en el Ministerio. Llevar esa carpeta o dossier de un departamento a otro. Ordenar, clasificar y repartir el correo a media mañana. Trasladar determinada providencia, de un despacho a otro. Regular la entrada del público e informar acerca de los distintos negociados, para ese publico que accedía al organismo a fin de llevar a cabo las gestiones propias de sus intereses. Repartir las solicitudes e impresos, entre los visitantes que las demandaban. Llevar el café encargado por el funcionario de turno, hasta la mesa del mismo  y siempre con esa actitud servicial que tanto ennoblece. Estar presto a recoger los impresos rellenados por aquellos que ansiaban poseer la ansiada vivienda (en la España de finales de los cincuenta). Y todo ello con esas palabras que tanto realzan al que las pronuncia:

“Sí señor; ¿Da Vd. su permiso?; Lo que Vd. mande; Tiene Vd. toda la razón, don Zenón; ¿Algo más que ordenar?; Siempre a su disposición; Con su autorización, no faltaría mas; Siempre a sus órdenes; ¿Tiene algo más que mandar?; Que tenga muy buen día; ¿Cómo está su agradable señora?: Vd siempre hace las cosas bien; Ese traje le sienta muy bien; Cada día le veo más joven; No tiene más que ordenar; Como cada día y momento, aquí a su servicio; No me tiene que dar explicación alguna, mi obligación es obedecer; Sus deseos son órdenes para mí”; No tiene Vd. más que decirlo y lo resuelvo; ¡Mande!”. Se sobreentiende que todas estas frases serviciales y adulatorias, expresadas con una comedida y respetuosa sonrisa, finalizaban recalcando el don “fulano o mengano” siempre con respeto e inclinando un poco la cabeza, como gesto de humildad y respetuoso acatamiento.

Adrián “entró” en el Ministerio de la Vivienda en 1958. Dos años más tarde tuvo que realizar su servicio militar. Le correspondió prestar esta obligación a la Patria en la Comandancia Naval de la Coruña, gracias a un “enchufe” de su protector don Zenón, que tenía buenos amigos en el Ministerio de Defensa. Cuando catorce meses más tarde volvió de la “mili” hecho todo un hombre, contrajo matrimonio con su novia de siempre, Lorenza. Muy pronto llegaron los niños, hasta tres, “pues es otra forma de servir a la Patria” comentaba el conserje, con el rostro bien ufano. A esa alegre descendencia supo educarla en el orden y en la honradez, aplicando cuando fue necesario mano dura, formas educativas que había aprendido y recibido cuando vivía con sus padres. A Elvira , la mayor, logró colocarla al cumplir los catorce años en una peluquería, cuya propietaria era pariente lejana de su amado jefe y protector don Zenón. Zoilo, el segundo en nacer, estudió para perito industrial, estimulado por una beca del Ministerio para a ayudar en sus estudios a los hijos de los funcionarios. En cuanto al tercero, Bruno, continúa trabajando de comercial en unos grandes almacenes de la calle Preciados.

En el año 2005, al cumplir los 65 años, le llegó la hora de la “temida” jubilación, grave trauma para una persona como él, que no se hacía a la idea de vivir sin su apreciado uniforme de ordenanza. Siempre había ido limpio de cuerpo y extremadamente aseado al trabajo. Bien rasurada su cara y cuidado su modesto pero parejo bigotito. Nada de cabello largo, sino pelado a lo militar. Uñas bien cortadas. Tanto esmero también lo aplicaba a su uniforme , que más de una noche Lorenza tuvo que pasar limpiando, por algún roce o mancha inoportuna. La botonadura amarilla de latón la lustraba cada tarde con el versátil “Sidol”, que los dejaba bien brillantes para el resplandor. Los zapatos, siempre de color negro, recibían en esas tardes también, una buena tunda de betún. “Perdóneme y muchas gracias, don Zenón, por su generosidad, pero nunca he fumado. Si lo hubiera hecho mi padre me hubiera partido las costillas. Con mi cafetito cargado soy plenamente feliz”.

Ya en los últimos años su jefe de negociado había sido don Rodrigo Villalmina, a quien don Zenón dejó la orden de que cuidara con respeto y cariño al ordenanza Adrián, buen servidor de la Patria y modelo de ciudadanía. Una mañana, Adrían pidió permiso a su jefe para transmitirle la complicada situación personal a la que se enfrentaba:

“Le ruego me disculpe, don Rodrigo, por lo que le voy a decir. De aquí a dos meses me llega la jubilación obligatoria. Se lo expreso con el corazón en la mano y con los ojos llorosos. Yo no sé vivir sin mi uniforme y sin prestar servicio en mi trabajo cada día, desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde. Le pido, si es necesario de rodillas, que me siga permitiendo venir cada día al trabajo, aunque sea gratis. A pesar de estar jubilado yo podría ayudar en todo lo que fuera posible. No sabría vivir sin esta honrada y tan apreciada función, de poder seguir prestando servicio cada día ¡Ayúdeme, don Rodrigo!”

Con muy buenas palabras, plenas de comprensión y ternura, don Rodrigo le explicó que las normas vigentes no hacían posible lo que su fiel subordinado le solicitaba. A título particular, el ordenanza Adrián podría ir a visitarlo siempre que lo desease.

“Ahora, Hermosilla, es el momento de disfrutar plenamente de todos los placeres que nos ofrece la vida, para Vd. que lo puede hacer. Dedíquese a pasear, a viajar, a gozar de las ocurrencias y juegos que tengan sus nietos, apúntese en alguna asociación de jubilados. Allí encontrará sin duda buenos amigos con los que compartir el placer de la palabra y esas cervezas o cafés que siempre sientan muy bien. Y, sobre todo, recuerde con merecido orgullo, la imagen de buen español, excelente funcionario y fiel compañero que ha dejado a lo largo de toda su trayectoria laboral, verdaderamente modélica”.

En la actualidad, Adrián se levanta de la cama cada uno de los días no más tarde de las 6:30. Se asea mientras Lorenza aún duerme y, antes de prepararse el desayuno, descuelga del armario su querido uniforme, usado durante décadas, ese entrañable traje de ordenanza que don Rodrigo le ha permitido conservar. Tras colocárselo sobre su ya ajado cuerpo, dedica largos minutos al tiempo de desayuno, ante la mirada compasiva de su mujer que también acaba ya de entrar en el grupo cronológico de los septuagenarios. Una vez finalizado el frugal ágape, procede a guardar el preciado uniforme en su bolsa de plástico para colgarlo en un lugar preferente del armario conyugal. Una vez ya vestido de calle, inicia su largo paseo matinal por el Parque del Retiro, recinto vegetal en el que contempla a esos niños pequeños que juegan ante sus madres, correteando de un lado para otro. Otros muchos jubilados como él pasean entre la arboleda, ocupando alguno de los bancos de piedra, hierro y madera que aún permanecen libres. De vuelta a casa, hace un largo recorrido por el Paseo de la Castellana para pasar delante de su añorado Ministerio, en donde se detiene y suspira con emoción y añoranza recordando esas imágenes que jalonan el historial de su vida. Por las tardes hace prácticamente lo mismo que durante las mañanas, aunque en esta fase del día tiene la alegría de que le puedan acompañar algunos de los numerosos nietos que le han dado sus tres hijos. Pero la mayoría de éstos ya van entrando en tiempos de la adolescencia, por lo que tienen otros incentivos y ocupaciones para la ocupación de su tiempo.

Cierto mañana, pasados los años, tomó la valiente decisión de volver a cruzar la puerta principal de su querido y añorado Ministerio, gesto que no había hecho desde que se jubiló. Pleno de emoción, quería saludar y dialogar con alguno de sus antiguos compañeros y conocidos. Una voz le hizo detenerse: “Qué es lo que busca, abuelo?” Quien le hablaba era un muy joven ordenanza, que llevaba puesto un uniforme igual de aquél que Adrián tenía guardado en su armario. Tras identificarse como un antiguo funcionario que había trabajado allí durante toda su vida laboral, preguntó por don Rodrigo, pero el ujier le informó que hacia algo menos de un año que había accedido a su jubilación. Se interesó por otros antiguos compañeros, pero los muy pocos que aún permanecían en el Ministerio estaban ocupados y tenían escasas ganas de hablar con una persona a la que apenas recordaban. Alguna palabra cortés y poco más. Viendo la “fría” situación o recibimiento que se le ofrecía, decidió abandonar el centro ministerial. Antes de hacerlo se dirigió al ordenanza para preguntarle si estaba feliz con su trabajo.

“Sí, abuelo, me permite tener un trabajo y poder dedicarme por las tardes a practicar todo aquello que me gusta. Pero llevar ese pesado uniforme, desde las ocho hasta las tres de la tarde, es lo que peor llevo. Parezco un fantoche con esta gorra, y esos galones en las bocamangas”. “Pues fíjate, joven, para mi era el don más apreciado que me ha dado la vida. Y siempre lo llevé con digna y satisfecha responsabilidad”.  Al poco, abandonó el vetusto edificio, con alguna lágrima emocional que nublaba la nitidez de su ya cansada visión.-

EL UNIFORME REGLAMENTARIO 
DE DON ADRIÁN


José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
10 Julio 2020

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           


sábado, 4 de julio de 2020

EN EL JUICIOSO CAMINO DE LA VERDAD.

Existen realidades, hábitos y comportamientos, paralelos y opuestos, que interactúan de manera continua en la vida de las personas. Ese paralelismo antagónico hacen que se revistan con dos etiquetas o atuendos contrapuestos, de valores y defectos, para su calificación ética: la verdad es universalmente aceptada con una cualificación positiva, admirada y merecedora de aplauso. Su antítesis, la mentira, es por el contrario considerada como defecto, con una calificación negativa, crítica y de rechazo. Ambos recursos en nuestras respuestas cotidianas son repetidamente usados, incluso por las mismas personas, según los momentos, las necesidades y las circunstancias en que nos vemos inmersos. También solemos aplicarlos en diferente porcentaje, según sea nuestro carácter, mentalidad y moralidad. Hay personas que se esfuerzan en mantener y decir casi siempre la verdad, mientras que otros hacen lo propio falseando y mintiendo casi de manera continua.

A pesar de la valoración negativa que conlleva la acción de mentir, todos caemos en ese defecto o recurso, sea cual sea nuestra condición o circunstancia. Lo practica el político, para tergiversar la realidad y ganar un puñado de votos. Lo  hace el periodista, cuando no refleja la verdad de los hechos. Lo aplica el presunto delincuente, ante la policía o ante el tribunal que lo juzga. El niño se resguarda en la falsedad ante sus padres, cuando ha cometido una travesura. También el publicista, que manipula la información para favorecer la venta de un  determinado producto. De igual manera lo hace el comerciante, a fin de incrementar sus resultados comerciales. Lo practica el vecino, cuando con maldad quiere perjudicar a otro propietario del inmueble. Y así una larga lista de infractores para con la verdad. Incluso hay religiones que, entre sus preceptos, condenan el uso de la mentira, cual es el caso de la comunidad católica con el quinto mandamiento. Pero al final llegamos a la conclusión de que mientras haya vida, habrá verdad y falsedad.

La suerte y la desgracia son dos circunstancias que se dosifican, temporalmente, en la vida de los seres humanos. La alegría y el alborozo de la primera contrasta con la tristeza y la desesperación de la segunda, de manera especial cuando los porcentaje respectivos se intensifican decisivamente a favor de una u otra realidad en las personas. Algo parecido fue lo que le sucedió a Rosendo Eslavia, responsable padre de familia  y trabajador ejemplar en una empresa que comercializaba e instalaba todo tipo de toldos, mamparas y cerramientos, tanto a clientes particulares como a instalaciones oficiales y a diversos establecimientos turísticos. A este buen hombre, en un relativamente breve marco temporal, comenzaron a sobrevenirle unas experiencias desafortunadas que pusieron en tela de juicio su resistencia y capacidad para afrontar y superar tan incómodas y desdichadas influencias, todas ellas nucleadas bajo el carácter de la mentira y la falta dolosa de verdad.

Había comenzado a trabajar en la empresa de toldos Protecciones y Cubiertas, con tan sólo 23 años de edad. Allí se fue labrando un merecido prestigio de obrero responsable y entregado felizmente a su labor, no solo entre sus compañeros de trabajo sino también por parte del propietario empresarial don Hermenegildo. Pero al paso de los añosa, este “capitán del navío” debido a su prolongada edad decidió ceder el timón del mando a sus dos hijos, Tobías y Saúl, dos jóvenes malcriados y disolutos en su comportamiento cotidiano. En muy pocos años, los gastos incontrolados de ambos para sus caprichos y ambiciones particulares y su falta de vocación y de gestión directiva acabaron por ir descapitalizando la empresa, que fue entrando en números rojos contables, cierre de las cinco filiales que tenía repartidas por Andalucía, suspensión de pagos y quiebra técnica. A pesar de que los trabajadores pidieron explicaciones en diversas oportunidades, e incluso accedieron al padre de los actuales gestores, quien desde su retiro no podía dar crédito a lo que estos operarios le informaban, los dos jefes se escudaban en la habilidosa y delictiva falsedad contable y unas promesas infundadas y carentes de verdad, con las que sólo pretendían ganar tiempo y no acabar en manos de la justicia. A sus cuarenta y nueve años de vida, Rosendo, junto a otros dieciséis compañeros de trabajo se vieron en el muy ingrato drama laboral y familiar del despido laboral.

En el contexto de este duro golpe, sobrevino otro grave asunto en la vida de Rosendo, generado en el seno de su propia unidad familiar. En realidad el problema de la infidelidad conyugal de su mujer Adelaida venía actuando desde hacía algún tiempo, sin que él tuviera conocimiento alguno de este infiel comportamiento. Esta señora había estudiado durante sus años juveniles solfeo y piano,  en el Conservatorio oficial de la ciudad. Aunque no había practicado función laboral alguna fuera del hogar, estaba vinculada con un grupo coral “Voces del Mar”, que ensayaba y actuaba en distintos eventos liricos y corales, dentro y fuera de la capital malagueña. Las relaciones afectivas que mantenía con el director de la agrupación musical, Esteban, al principio mantenidas en riguroso secreto, poco a poco fueron siendo conocidas y comentadas entre los integrantes del colectivo coral. Por cierto Esteban y Rosendo cultivaban una antigua amistad, pues ambos además eran miembros de una sociedad deportiva que practicaba el golf, durante algunos fines de semana. Precisamente cuando ya se encontraba en situación de despedido ante su empresa en quiebra, comenzó a recibir algunos mensajes en los que, de manera anónima. le denunciaban la realidad de que estaba siendo “engañado” por su esposa. Adelaida en principio negó todos los hechos, pero en las semanas siguientes asumió algún comportamiento inadecuado con Esteban, justificándolo en razón de una debilidad o juego infantil sin mayores “pretensiones”. Prometió rectificar, ante la confusión anímica que embargaba a Rosendo, en su precaria situación laboral. Pero entre ambos cónyuges ya nada volvió a ser como antes.

Un inesperado tercer vértice angular, en ese polígono de los tiempos infortunados, fue protagonizado por su hijo mayor Lucas, a quien le estaba pagando la carrera de medicina que cursaba en la provincia de Salamanca (Rosendo era natural de esa monumental ciudad castellana, manteniendo en ese entorno territorial algunos vínculos familiares que propiciaron que el joven, a pesar de su “precario” expediente, tuviera acceso a ese distrito universitario. Cursaba “oficialmente” el primer curso de la carrera doctoral, pero en realidad pasaba la mayor parte del tiempo inmerso en su verdadera vocación: la práctica teatral. A todos sus familiares engañaba, pues cuando decía ir a las aulas universitarias, en realidad acudía a la sede de un grupo experimental, en la que pronto se “lió” con una actriz, quince años mayor que el controvertido joven. Las horas de práctica en las tablas del escenario y los desahogos amorosos en las frías noches salmantinas dejaban escaso tiempo para intentar al menos leer los apuntes que compraba en el sindicato de estudiantes, ya que su presencia en el Campus claustral era más bien excepcional. Cuando llegaron los exámenes de junio, los resultados académicos fueron bastante uniformes: suspensos y no presentados. Un hábil compañero en el majeo informático le “construyó” una papeleta de notas, en la que los retoques aliviaban la realidad de un año perdido para la carrera de futuro galeno. Cuando Rosendo tuvo en sus manos las calificaciones de su hijo mayor , fue comprensivo y le animó a que en septiembre recuperara esas dos materias que, en el engaño, únicamente le habían quedado por superar.

Faltaba otro ángulo poligonal más, en las desdichas para el engaño de Rosendo. Conocía a don Remigio desde hacía años. Este persuasivo y convincente director de sucursal bancaria, le había convencido para que invirtiera prácticamente todos sus ahorros en la compra de unos fondos de inversión “garantizados” que tenían unos incentivos en cuanto a interés bastante interesantes.

“Rosendo, es una posibilidad que tengo reservada sólo para clientes selectos y especialmente a los amigos de toda la vida. Te vas a ganar un interés inusual en el mercado bancario. Son unos bonos especiales que, si no los tocas en siete años, pueden llegar al 6,5% de interés sobre el capital. Esta oportunidad no va a volver a pasar por tu puerta. Sé inteligente y valiente. Los frutos de la recompensa los vas a disfrutar en su momento. Puedes confiar en mí”.

Transcurrido el septenio correspondiente, Rosendo se pasó por la oficina, para consultar a don Remigio. En realidad lo que había hecho, bajo la endulzada mentira, era invertir en un fondo de buitres, dentro del mercado ruso, vinculado al mercado de armas, cuyo riesgo eran bastante elevado según la situación geopolítica mundial. Fue un verdadero batacazo económico, precisamente en una época de indigencia a consecuencia del despido laboral. Sintiéndose cruel e irresponsablemente engañado, sólo pudo recuperar una tercera parte del capital invertido, esos 45.000 euros ahorrados pacientemente con el trabajo de años. Don Remigio echaba “balones fuera”, por su falta de claridad y sensatez en el consejo inversor al “buen cliente y amigo”.

Pero los vientos de la suerte, en su aleatorio y caprichoso desplazamiento eólico, suelen en ocasiones cambiar de ruta y soplar a favor de algunas personas que, hasta ese momento, han estado desprovisto de la brisa  esperanzadora que tanto y bien conforta. Aunque no jugaba regularmente cada semana, en ocasiones Rosendo gustaba echar, de vez en cuando, una quiniela  “Primitiva” por si la “flauta sonara”. En todo caso, era un simple entretenimiento de modesto coste. Aquel viernes de agosto fue para el desafortunado personaje un día de inmensa alegría para lo económico, pues había tenido cinco aciertos, en los números de la suerte. Como aquel día era un sorteo con bote, la cantidad que tocó a los escasos y afortunados acertantes superaban los 135.000 euros. En principio no comentó a nadie esa inyección de capital que había ganado, pues quería pensar con el necesario sosiego el mejor partido que podría obtener con una buena administración.

Depositado el boleto ganador en otra entidad financiera, diferente que la regida por don Remigio, pudo negociar sin dificultad un préstamo bancario a fin de comprar dos bajos espaciosos, que habían funcionado como almacén de un antiguo supermercado ubicado en su barrio. Tras una conveniente reforma, esos locales se convirtieron en la sede de una nueva pequeña empresa de toldos y cerramientos que Rosendo siempre tuvo ilusión en organizar.

De inmediato contactó con dos de sus antiguos compañeros de trabajo en la empresa ya cerrada, caracterizados por su responsabilidad en las obligaciones, ofreciéndoles que trabajaran junto a él como contratados. Los tres profesionales conocían muy bien el oficio y podían contar con una cartera de clientes que oxigenaría de inmediato los primeros pedidos. En estas decisiones quiso implicar a miembros de su familia.  Como ya había descubierto la realidad estudiantil  de su tracalero hijo Lucas, le dijo a éste que el grifo del dinero de papá se había cerrado. Le ofrecía trabajo en su nueva empresa, en la que no tendría favoritismo de trato alguno.  El hijo “actor” se encargaría de llevar los portes de material en una furgoneta que había adquirido de segunda mano. Y si el joven quería seguir estudiando, ahora de verdad, pues tendría que sacar horas al sueño para ampliar sus estudios abandonados.

Aunque llevaba meses separado de su mujer, tuvo el noble gesto de contactar con Adelaida para ofrecerle un puesto de telefonista en la empresa, a fin de que atendiera las consultas y los encargos de trabajo efectuados por los clientes. Sin embargo la buena señora no quiso aceptar esta posibilidad laboral, pues vivía bastante bien con la asignación mensual que su ex marido puntualmente le pasaba. Entonces decidió que de esta función recepcionista se encargaría también Lucas, mientras los tres compañeros estaban trabajando en el montaje de los encargos correspondientes, en los pisos particulares y en los establecimientos e instituciones públicas.

La empresa de este nuevo emprendedor fue titulada con el nombre de Toldesol  y pronto se hizo con un buen puesto en el mercado, debido a los atractivos precios que ofrecía a los clientes y la seriedad y garantía en la labor profesional que tan eficazmente desarrollaba. Tal es así que uno de los dos hermanos propietarios de la antigua Protecciones y Cubiertas, Tobías, tragándose su orgullo y mala conciencia, vino precisamente a pedirle horas de trabajo a fin de conseguir ganar un sueldo con el que poder subsistir. Rosendo fue hasta cierto punto generoso con su antiguo jefe, pues aunque no le puso en nómina de inmediato, periódicamente le encargaba colaboración laboral, cuando la demanda de pedidos así lo aconsejaba.

En la vida de Rosendo Eslavia, el defecto o la debilidad en el uso de la mentira había tenido un doloroso protagonismo, ya que lo había tenido que soportar y sufrir en varias de sus muchas modalidades. Por ello no es de extrañar que, en la actualidad, toda persona que entra en su despacho ve colgado en la pared frontal que tiene ante sí, por detrás de la mesa del empresario, un gran mosaico de cerámica esmaltada. En el mismo se ve la representación de un bello paisaje con flores que rodea a una frase emblemática cuyo breve texto dice así: LA VERDAD NOS HARÁ LIBRES Y MÁS FELICES.  Muchos clientes se preguntan el sentido de esta elemental y positiva frase, en un negocios de toldos y cerramientos. Para su aclaración, bueno sería que leyeran los párrafos previos de esta humana y sencilla historia.-

EN EL JUICIOSO CAMINO
DE LA VERDAD


José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
03 Julio 2020

Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es           

domingo, 28 de junio de 2020

UN ENCUENTRO INESPERADO DE CINE.

La experiencia que vivió aquella tarde de viernes Lurio Reinada, estudiante universitario de tercer curso de Ciencias Políticas, en la Autónoma madrileña, puede considerarse inusual o imprevisible. Sin embargo. en lúcidas ocasiones, lo inesperado o insólito puede vestirse con el ropaje oportuno de la suerte, hasta convertir lo “imposible” en una interesante y divertida realidad.

Era mes de junio y castigaba un calor continentalizado procedente de la Meseta, a eso de las seis de la tarde en pleno centro de Madrid. Llevaba abundantes horas sentado ante su mesa de trabajo, rodeado de “colinas” de apuntes, carpetas desordenadas, libros manoseados y vasos sin limpiar con restos de té, esperando sin prisas ser llevados al fregadero. El cansancio y estrés por la situación de estudio y trabajo que atravesaba, movió a este joven toledano de 21 años a dejar su cuarto alquilado, en ese piso que compartía con cuatro compañeros más, en un viejo bloque del castizo barrio de Fuencarral. Antes de salir a la calle, buscando un poco de oxígeno e incentivos anímicos, se encontró por el pasillo de la vivienda a Erundio el “Rasputín” (hoy con la perilla descuidada) que se dirigía al baño con pasos vacilantes, tras haberse levantado de la cama para el nuevo día a la “temprana” hora de las 16:30 en la tarde. Este compañero de piso, todo legañoso y desaseado, iba tan colgado por el pastillaje consumido, que sólo acertó a levantar una mano como saludo, sin pronunciar palabra alguna.

Situado ya en la puerta principal del inmueble, avistó el denso “tráfico” de peatones que circulaban de un lado para otro por esa popular arteria de barrio, perpendicular a la Gran Vía. Se dejó llevar por el alegre y comercial ambiente que se respiraba a esa hora del “té anglosajón”, disponiéndose a caminar sin ruta fija, en la búsqueda de algún motivo para la distracción y la terapia de la variedad. Hizo una parada en el “Donuts Center” (café o chocolate, más un dulce anular a elegir, por dos euros) en donde pasó un agradable rato de merienda, sentado junto a la gran ventana “empolvada” y abandonada  del establecimiento, por eso del encanto y misterio que tiene lo sucio natural. Ya más relajado en su ingesta, cuando pasaban unos minutos de las siete, tuvo la feliz ocurrencia de distraer su “abarrotada” memoria de apuntes, con la opción de echar un par de horas de cine, que ayudaran a equilibrar con el alimento fílmico sus trabajados y cansados “émbolos cerebrales”.

Pensó que en los cines Callao, ubicados en la Plaza del mismo nombre, pondrían algo interesante para salvar la tarde. Esas salas le quedaban muy cerca y en pocos minutos ya tenía una entrada en su poder. Había elegido, para la sesión de las 20 horas, una película española, interpretada en su papel protagonista por una nueva estrella de la pantalla, Fanny Amores, quien, tras el sorprendente éxito de su primera y divertida película, repetía esta nueva historia de vidas y relaciones afectivas en esos jóvenes situados por la tercera década de su existencia. La crítica había sido algo rígida con esta segunda oportunidad ante la cámara de la prometedora intérprete del cine y la televisión, pero la experiencia te dice que hasta que no ves todo el metraje de una película no puedes hacer una adecuada valoración de su contenido.  

Una vez sentado en la sala 2 del vetusto pero bien cuidado complejo cinematográfico, entretuvo la espera hasta el comienzo de la proyección con uno de los numerosos juegos que tenía descargados en su móvil telefónico. Le extrañó que para esa sesión de un viernes a las 8 no hubiera mucho público en las butacas. Sin contarlos, calculaba que apenas llegarían a las dos decenas los espectadores que lo iban a acompañar en la sala. Llevaría la película apenas un cuarto de hora en su recorrido, cuando una de las escenas rodada en exteriores, provocó una intensa claridad en el patio de butacas, reflejaba por la gran pantalla. Esa oportuna y momentánea  iluminación le permitió observar que tres asientos a su derecha, en esa fila seis que ocupaba prácticamente casi vacía de público, había una joven solitaria que le llamó poderosamente la atención. La observó con curiosidad y gran sorpresa, pues no cabía duda alguna: ¡Era la actriz protagonista de la película que se proyectaba en pantalla. La mismísima Fanny Amores! ¡Qué emoción! se decía. Estar viendo su interpretación en pantalla y tenerla físicamente presente,  a sólo a tres butacas de su asiento.  La coincidencia suponía la suerte de toda una gozada.

A medida que transcurría el desarrollo de la trama argumental, percibía como esa chica, de profesión actriz, con veintitantos años de edad, iba observando al resto de espectadores desde su ubicación estratégica, en una sala de no muchos metros cuadrados para el aforo. En determinadas escenas, en las que ella puntualmente intervenía, miraba y “remiraba” a los compañeros de sala. Sin duda quería conocer, de primera mano, algunas de sus reacciones, gestos, comentarios y mímicas faciales que, posteriormente, parecía estaba escribiendo o anotando en un pequeño bloc que, a pesar de la oscuridad, llevaba consigo. En un momento concreto, la actriz abandonó su asiento durante unos minutos. Cuando volvió al mismo lugar de su perspectiva, lo hizo con un paquete de palomitas de maíz en la mano. El mimetismo que generó en los espectadores hizo que algunos de estos también salieran hasta el ambigú del cine, para comprar ese maíz inflado o “rosetas” blancas saladas y apetitosas. Resultó curioso, pues el consumo de las palomitas ayudó a generar entre los asistentes mayores expresiones de risas y comentarios entre parejas. Sin duda, el “apetito saciado” mejoraba la predisposición o química psicológica entre quienes observaban lo que estaba ocurriendo en pantalla.

Minutos antes de que finalizara la proyección, Fanny se levantó de su asiento. Lurio pensaba que abandonaba la sala, pero en realidad la actriz  se quedó de pie delante de las cortinas que cerraban la puerta. Quería así observar la reacción global y puntual de los asistentes, cuando se encendieran las luces a la finalización del “metraje” (se trataba de una video-proyección digital).

Después ocurrió lo popularmente previsible. Gran parte de los espectadores (jóvenes en su mayoría) se “abalanzaron” sobre la actriz, que mezclaba sonrisas y risas ante los gestos, las preguntas y las ocurrencias de aquellos que la rodeaban, sintiéndose sin duda famosa y agradecida. De inmediato llegó la sesión de los autógrafos, que la joven firmaba en las propias entradas que la mayoría de asistentes conservaba. Lurio, manteniendo una distancia prudente con el pequeño bullicio de la antesala, escuchaba las “ingeniosas” preguntas y observaciones que se le hacían a la actriz protagonista: “Has estado genial” “Me gustó tanto tu primera película que no podía dejar de venir a ver esta tu segunda interpretación” “¿Estas saliendo de verdad con el chico del que te enamoras en la trama?” “¿Te han pagado mucho por tu participación?” “¿Para cuando la tercera película?” ”Ese modelito tan “chuli” que luces en la peli y que tan bien te sienta ¿dónde lo encontraste? Me gustaría comprármelo” Por cierto, Fanny iba vestida con un “pichi” vaquero azul, sobre una fina camisa celeste de manga corta. Calzaba unas sandalias planas de piel de color beige. Los acomodadores y el gerente del multicines asistían también divertidos a la reacción de los espectadores que salían de la sala y la de aquellos otros que aguardaban para penetrar en la misma, para la sesión de las diez. 

La joven actriz daba las gracias a unos y otros, con esa mímica sonriente que no le abandonaba. Ante su pregunta sobre qué les había parecido la película, las respuestas también eran unánimes: “divertida; romántica; me ha hecho reír y olvidarme de los problemas; lo haces muy bien; se me saltaron algunas lágrimas cuando dejaste a Tommy por Pietro; muy verdadera; la vida tal como es; ya estoy echando en falta una segunda parte…”  Las fotos para el recuerdo se iban acumulando en las pobladas memorias de los teléfonos móviles.

Cuando ya el “clímax” de frases hechas, elogios desmesurados, banalidades y más tonterías, se iba calmando, unos y otros se iban retirando del grupo buscando la puerta de salida de las multisalas. Pero Lurio seguía allí, tomando nota visual y mental de todo ese otro espectáculo que la fortuna le había regalado en aquella tarde de junio. Como también suele ocurrir en el mundo del cine, las miradas de espectador e intérprete  se cruzaron en esos metros de distancia que les separaban. Fue precisamente Fanny  quien se le acercó. Sin abandonar su sonrisa de marketing, mostró su interés de la siguiente forma:

“Hola, te observé durante la proyección. Éramos compañeros de fila. Tu actitud me parece interesante. Es muy diferente  de aquella que muestran la mayoría de los que te acompañaban en las butacas del cine. No pides el consabido autógrafo. No sacar el móvil para el selfy.  No haces elogios gratuitos e insinceros. No preguntas lo que todos neciamente plantean. Creo que no eres el típico forofo, en donde yo no puedo encontrar lo que realmente busco y por lo que he venido esta tarde al cine, en primera persona ¿Tienes unos minutos para que podamos intercambiar palabras con más comodidad?”

En realidad, el estudiante de Políticas estaba “flipando” por dentro de su ser, pero tenía la habilidad de disimular perfectamente aquello que tenía en su interior, mostrando una frialdad facial y temperamental que “asustaba”. Esa útil capacidad la había adquirido en sus años de adolescencia, cuando su madre lo matriculó –por frustración personal- en una academia de artes escénicas, en donde no completó el curso por eso de la rebeldía contra todo lo impuesto. No lejos de Callao, en la Plaza de Santo Domingo, encontraron un garito de copas y tapas, llamado el Camino de Vuelta. Eligieron una mesa esquinera, en cuyas paredes colgaban dibujos y collages de aficionados al arte de la vanguardia y ante la sorpresa del camarero, un argentino llamado Claudio José, pidieron dos cervezas sin alcohol. Ante la sonrisa de ambos, la tapa regalada de la casa fue un pequeño cubilete de barro esmaltado que contenía un “puñado” de palomitas de maíz, por cierto con un fuerte sabor añejo, probablemente por el aceite de “barrica” usado y la antigüedad que acumulaban desde su elaboración.  

Dime la verdad, Lurio. ¿Qué es lo que no te ha gustado de la película? Te explico el porqué de esta pregunta tan directa. Verás, cuando terminamos de rodar hace dos años mi primera obra de protagonista, tras mis “correrías” televisivas, no podíamos imaginar el enorme éxito en taquilla que nos iba a deparar aquella trama de historias cruzadas. Por eso cuidamos con esmero esta segunda oportunidad ante las cámaras, ayudados por el mismo guionista de la primera. Con franqueza tengo que reconocer que la película no está funcionando como eran  nuestros deseos. Las críticas han sido muy contrastadas, pero el problema es que ahora no estamos teniendo ese efecto del boca a boca, que acaba llenado las salas de espectadores. Algo no funciona en la trama y no sabemos exactamente lo que es. Todos los colaboradores nos hemos repartido para pasar por las salas donde se exhibe, a ver si damos con esa tecla que nos está provocando muchos dolores de cabeza. Anotamos las reacciones del público, expresadas cuando contempla la proyección. De esto va la cosa. Creo o percibo que tu opinión me va a resultar bastante interesante y de utilidad”.

“Fanny, yo no soy un especialista cinematográfico. Estudio Políticas y me gusta, desde siempre, el cine. Esa maravilla que multiplica nuestras vidas, si sabemos aprovechar los argumentos e interpretaciones que las pantallas nos ofrecen. Al margen de que me ría, a veces, me divierta, en otras y reflexione, sobre determinados mensajes que el guionista ofrece, que no se quedan en lo superficial, con franqueza tengo que decirte que no te veo verdadera, suficientemente creíble, en el personaje. No sé si me paso al decírtelo. Lo interpretas, pero no lo vives, cumples con tu trabajo, pero no lo sientes. Tal vez, porque tú no eres, realmente, como la Charlotte del argumento. Y esa falta de “verosimilitud, de verdad a secas, actúa como un lastra en tu papel, que aparece como ficticio, manipulado, forzado. En modo alguno pretendo ser descortés. Pero me has pedido sinceridad y ese valor es el que prefiero ofrecerte”.

Hablaron con Claudio José quien, todo amabilidad, les sugirió un mesón, Andros y Cleo, ubicado a no más de  tres manzanas en la distancia. Estaba relativamente cerca del más antiguo Madrid. Allí preparaban unas ensaladas suculentas, y un jamón asado al licor, muy bien valorado en las guías de comidas con encanto. En efecto, la cena dio para muchos minutos, transformados en horas de comunicación e inesperada y atrayente amistad.

Y llegaron los momentos para una más sincera intimidad. Lurio le confesó a su interesada y divertida interlocutora que sus estudios de Políticas tenían, en origen, un fundamento de enfrentamiento generacional. Era hijo de un padre “facha” que trabaja en el Registro de la Propiedad. La ideología ultraconservadora y sectaria que profesaba este obsesivo personaje le enfrentaba, en repetidas ocasiones, con un hijo que quiere y tiene entre sus ideales ayudar a construir un mundo mejor. Fanny quiso también aportar un poco de luz a esa noche de identidades abiertas. Los meses del rodaje de esta su segunda cinta coincidieron con un  fuerte desengaño amoroso, en el que hubo médicos, terapeutas y fármacos de por medio.

A pesar de la insistencia de Fanny, cada uno pagó su parte de esta cena verdaderamente original e inesperada. “Te confiaré un nuevo secreto, Fanny. No fui sincero cuando te comenté que era un simple aficionado al cine. Hago colaboraciones en algunas revistas del ramo, analizando muchos de los estrenos. Algo me pagan, por supuesto. Una buena crítica lleva su tiempo. Quizá me encarguen algo sobre tu película. Prometo ser comprensivo, pero sin descartar la valentía que va en lo mío”. Se intercambiaron sus correos electrónicos respectivos y se dijeron un ¡Hasta siempre! con sendas sonrisas agradecidas.

El verano continuó su avance, con el septiembre otoñal a la vuelta de la esquina. Hasta ahora, ni Lurio ni Fanny han hecho uso de esas respectivas direcciones electrónicas. En todo caso, fue una bella e insólita oportunidad que ambos supieron disfrutar en una cálida tarde noche de Junio, cuando el estío pide permiso para tonificar y embellecer el “rodaje” argumental de nuestras vidas.-


UN ENCUENTRO INESPERADO
DE CINE



José Luis Casado Toro
Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga
26 Junio 2020
Dirección electrónica: jlcasadot@yahoo.es