viernes, 1 de mayo de 2026

LA DUPLICIDAD DE LA IMAGEN, EN LA REALIDAD DE LO HUMANO.


     

Casi siempre, por razones más o menos justificadas, hay personas que nos caen muy bien, mientras que a otras tratamos, en lo posible, de evitarlas. Los ejemplos para citar serían muy numerosos. Una cajera del hipermercado, el vecino que encontramos casualmente en la cabina del ascensor comunal, el conductor de una línea de bus municipal, un compañero de departamento o claustro escolar, uno de los sacerdotes que confiesan en la parroquia, y así un largo etc. Cuando podemos, tratamos de que nos atienda otro dependiente, o nos situamos en otra línea de caja al pagar en el supermercado o también evitamos coincidir con ese vecino que nos resulta incómodo, aunque a veces no nos queda más remedio que “tragar saliva” y “enfrentarnos” a esa persona que no nos cae bien, aplicando las reglas básicas de la educación en las relaciones sociales. Tras este comentario inicial, vayamos con presteza e interés al desarrollo de nuestra historia.

Tenemos la percepción cierta de que hay personas que parecen gozar provocando la intimidación, el recelo o incluso el miedo en su interlocutor. Se llamaba don TANCREDO Abolafio Baltanás. Debería andar por los 50 y era un funcionario del departamento de abastecimiento de agua, en un ayuntamiento importante de una localidad andaluza. Parece que la naturaleza no había sido generosa y la genética había puesto en su rostro cara de “malas pulgas”. Grandes entradas en su canosa cabellera, ojos pequeños y saltones, para los que tenía que usas lentes de lejos y de cerca con notables dioptrías. Cuidaba un bigote prolongado en sus extremos, que hacía recordar al mítico asiático Fu Manchú. Tenía una mella antigua en su dentadura (algunos bromeaban aclarando su origen en un buen y merecido puñetazo que había recibido por su carácter altanero y despreciativo) que ahora disimulaba con un diente cubierto de oro que potenciaba su siniestra apariencia. La escasa longitud de su cuello hacía que elevara sus hombros para tratar de incrementar la corta estatura. Su voz ronca y taciturna potenciaba el clímax de temor o desazón en quienes tenían que resolver alguna cuestión administrativa referente al agua en su ventanilla (corte de suministro sin razón alguna, permisos para contadores individuales, turbiedad del agua que manaba por los grifos, disconformidad con los niveles de consumo marcados por el contador, recibos impagados, etc.)

El gran problema de este desagradable funcionario municipal era la altanería, brusquedad y malos modos que mostraba ante el paciente ciudadano que tenía que acercarse a su ventanilla. Muchos de los asistentes a la oficina de aguas, lo llamaban Tancredo “el tiburón 5” siguiendo el orden de la saga cinematográfica. Resultaba temerario llevarle la contraria, pues entonces enseñaba sus colmillos incisivos (existía la leyenda popular de que se los afilaba). En ocasiones, por necesidades del servicio, el ínclito personaje no estaba detrás de su ventanilla, lo cual se reflejaba en la alegría y tranquilidad de los usuarios que iban a pagar sus recibos o realizar alguna gestión, consulta o reclamación, respecto al consumo de agua en sus contadores. 

Algunos usuarios, conociendo como se las gastaba el personaje, se acercaban a la oficina con humildad y servilismo. “Don Tancredo, es una “alegría” verle. Venía a rogar de su generosidad, con estos recibos que tengo impagados, por mi grave situación de paro y con hijos a los que mantener. El aviso de que me van a cortar el agua nos tiene sin poder dormir. Le ruego por caridad que nos dé un poco más de tiempo para hacer frente al impago que hemos acumulado”. La respuesta que recibía el solicitante era fría y contundente: “déjese de lisonjas, Cercedilla, tiene dos meses impagados. Haga frente a los mismos y no me haga perder el tiempo ¡he dicho!” dando un golpetazo en el tablero de la ventanilla ¡El siguiente!” Así era el sentido caritativo del insensible y severo funcionario de la administración municipal. 

Esta imperativa y desagradable imagen de Tancredo se tornaba como el día y la noche, cuando volvía a su domicilio y se encontraba con su mujer, doña HELIODORA Campillo Alacrán. Esta señora avanzaba hacia el medio siglo de vida, tenía un cuerpo generoso en kilos y trabajaba como matrona del gran Hospital local. Madre de dos hijos, Fermín y César, era una mujer de “armas tomar”. Al igual que hacía en su puesto sanitario, también actuaba en casa con la energía propia del ámbito castrense (sus vecinas solían apodarla como “la coronela”, por su genio y dotes de mando). Era temida por sus “bufidos” acústicos y por esas palabras viradas de imperativos en la gramática española.

Cuando el funcionario de aguas llegaba a su domicilio, todos sus oropeles que lucía en su puesto laboral desaparecían por completo, a modo de encanto o magia. Más bien “necesidad”. Su agrio carácter se transformaba en un corderillo, doblegado a los caprichos y exigencias de su fornida cónyuge. Imponía a su esposo una serie de ordenanzas “innegociables”. Tancredo las aceptaba, a fin de evitar males mayores. Hacer la compra semanal en los sábados. Traer el pan a diario de la panadería. Bajar los residuos en bolsas al contenedor. Hacer “su” cama (dormían separados) y servir la mesa. Limpieza del hogar por zonas, según día de semana. Prioridad de Heliodora, en la visión de los programas televisivos. Se repartían las quincenas, para poner la lavadora, tender la ropa y el necesario paso por la plancha.

Don Tancredo no osaba rechistar o polemizar, porque las veces en que lo había intentado obtenía sin reparos la iracundia de su mujer, escénicamente violenta y agresiva. Gritos, gesticulación, espavientos e incluso manotazos, en la sumisa y temerosa actitud de su pusilánime marido en casa.  ¡Quién lo iba a imaginar! El temido “tiburón 5” de la ventanilla, se convertía en un pelele para los antojos y exigencias de su autoritaria señora, la “coronela” de los servicios hospitalarios de ginecología. 

Los vecinos, que estaban al tanto de la situación, mostraban reacciones contrastadas, como suele ocurrir en la mayoría de los conflictos. Unos u otros se posicionaban en favor del hombre humillado o defendían la autoridad de la muy contundente mujer. Pero todos comentaban, con los chascarrillos correspondientes, la contrastada imagen del vecino del 7º A en su puesto laboral y en la intimidad de su hogar. En las trifulcas más violentas (golpes y salida de algunos enseres por la ventana) alguien reclamaba la presencia de la policía local, temiendo que el enfrentamiento acabase en una tremenda desgracia. Un marido magullado, con chichones y algún que otro cardenal, les habría la puerta, recibiendo el comentario de los agentes, con la guasa propia andaluza “¿Otra vez, don Tancredo? vamos a tener que llevarle a la casa de socorro, para que le curen “las caricias” que ha recibido de su ofendida y respetada señora. Tiene que mostrar más empeño en el diálogo con doña Heliodora”.    

Las apariencias suelen resultar falseadas por la intra-historia de la realidad. La vergonzante humillación y pasividad como persona, que mostraba en su hogar, la “fogaba” compensatoria y cruelmente en su puesto de trabajo, en donde podía sentirse como rey y señor, ante los modestos ciudadanos.  Cobarde en casa y miserable tras la muralla funcionarial de la ventanilla del negociado. Patética figura en el hogar y en la oficina municipal. Pero así son algunas personas, que ofrecen dos imágenes antitéticas, según los escenarios. Con distintas modalidades, son “pobres personajes” con los que nos cruzamos por las calles y plazas de nuestro pequeño mundo. “Figuras” crueles y desgraciadas, que muestran esa esquizofrenia moral en su dúplice carácter. 

Tancredo, al paso del tiempo, tomó residencia en una pequeña buhardilla reformada, cerca de la plaza de la Iglesia. Ahora ejerce como aburrido jubilado, caminando cada mañana y tarde por la vereda del gran río que atraviesa la localidad. Descansando en los recios bancos adosados al paseo, se distrae observando el caminar de las parejas que por allí frecuentan y gozan su idilio juvenil, mientras que los niños pequeños juegan persiguiendo a las palomas que buscan su alimento, alegrando las mañanas y las tardes de una ciudad tranquila, pausada y llena de Historia. Nadie hace esfuerzo por conocerle o saludarle y al alejarse murmuran punzantes comentarios, que ridiculizan su memoria y nublan con acritud la soledad de sus recuerdos. –

 

 

LA DUPLICIDAD DE LA IMAGEN, EN LA REALIDAD DE LO HUMANO


José L. Casado Toro

Antiguo Profesor del I.E.S. Ntra. Sra. de la Victoria. Málaga

Viernes 1 mayo 2026

                                                                                                                                                                                                                  

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