viernes, 4 de octubre de 2013

DESCUBRIENDO EL MISTERIO DE UNAS LETRAS CON AMOR.




Mi afición por la literatura proviene desde aquellos años, lejanos ya, que iluminaron el periplo vital de la infancia. Desde siempre he sentido placer y emoción por ese mundo, encantador y mágico, que florece tras las páginas impresas en los libros. Leer y, también, escribir, en esa maravillosa intercomunicación que se establece entre el autor de las palabras y el lector de las historias, nutre felizmente nuestra imaginación y vitaliza esos eriales silenciosos que, más pronto o tarde, aparecen en todas las vidas. Todo ocurrió cuando una inoportuna lesión de tobillo me iba a obligar a la reclusión en casa durante algunos días, tras el necesario paso por las expertas y doctas manos del cirujano. Planificando el obligado descanso, me dirigí aquella tarde a una biblioteca pública que está situada muy cerca del piso donde resido. Hacía tiempo que no leía una de esas apasionadas novelas antiguas, repletas de personajes, argumentos, sentimientos y vivencias. Y me dispuse a rebuscar, entre los muy atestados expositores del centro cultural, algún que otro título que me pudiera agradar. En la época del libro electrónico y de la infinitud informática, a través de Internet, resultaba simpático prestar acomodo a una de esas obras en soporte papel que esperan, pacientemente y medio adormiladas, la voluntad inesperada de un nuevo lector.

Observando la sección de literatura me fijé en un grueso volumen que, próximo al suelo, reposaba sobre uno de los estantes. El libro estaba reciamente encuadernado, con pastas color verde envejecidas. El amarillento color de sus casi seiscientas páginas y el típico olor a rancio que nos hablaba del tiempo de su gestación (esa primera edición fue publicada en 1952) mostraban la antigüedad de la obra. Se trataba de la traducción de un original inglés, escrito diez años antes por Geoffrey Evans, autor que me era completamente desconocido. Pero lo que realmente me sedujo fue el título de esta densa novela: Recorriendo el agradable camino de tu amor (Walking the nice road of your love). El tiempo de préstamo iba a ser para dos semanas renovables. El previsible largo período de convalecencia me iba a permitir, con desahogo, su sosegada lectura.

Cuando los doctos galenos te “ordenan” reposar un determinado período de tiempo, en los flancos de la retaguardia, hay que obedecerles sin rechistar. Y como todo no va a ser la pantalla del ordenador, tuve tiempo más que suficiente para ir desbrozando esas páginas, anaranjadas y plenas de romanticismo, donde latían vidas, aventuras, sentimientos y algún que otro desencanto, que de todo hay en la vida. Poco a poco fui gozando de esa sutil inmersión que el atento lector realiza en los párrafos diestramente esculpidos por las palabras del autor. Me encontraba ante un cuidadoso estilo literario, reñido con las prisas estresantes que, hoy día, absurdamente nos abruman e incomodan. La sucesión de párrafos y contenidos te atrapaban y seducían. Y así llegué a la críptica apariencia del capítulo sexto.

Desde un principio observé que esas páginas estaban más trabajadas o manoseadas. Tras la lecturas de unas primeras líneas, comprobé que algún antiguo lector había ido señalando, a lápiz, una prolongada serie de letras. Busqué algún sentido a la intencionalidad del gesto, por lo que fui enlazando esas letras que formaban una curiosa serie de palabras encadenadas. Con gran paciencia, al efecto, fui escribiendo en un cuaderno el mensaje “oculto” que allí se transmitía. Tras un laborioso ejercicio de transcripción (eran cuatro hojas, las así anotadas) completé el conjunto del texto. La sorpresa fue manifiesta pues tenía ante mi una preciosa carta o misiva de amor dirigida, obviamente, a una mujer. Junto a esas confesiones tórridas del sentimiento, había algunos datos que te permitían aproximarte, siquiera lejanamente, a una posible identidad de las dos personas implicadas. Guardé cuidadosamente esa carta “viajera” entre enamorados, tan laboriosamente construida, continuando con mi placentera lectura de la novela escrita por Evans.

Pasaron unos días cuando la sorpresa volvió a renacer. Exactamente en el capítulo nueve, de nuevo aparecían las señales de lápiz anotando determinadas letras en el texto. Con toda la paciencia necesaria, logré ir conformando una nueva misiva cuyo contenido era la respuesta del destinatario al remitente de la carta anterior. En esta caso, Eva respondía a Liam con otra cariñosa comunicación, entre dos enamorados que, sin duda, sufrían la fuerte incomprensión de su entorno. He de aclarar que el paso del calendario había degradado y, en algunos casos, casi borrados las señales escritas con lápiz, de manera tan habilidosa. Por lo que el esfuerzo de transcripción me exigió una generosa dedicación en el tiempo. Pero el contenido de ambas epístolas merecía la paciencia aplicada a ese interesante ejercicio, en el que me había gustosamente implicado.  

Hay personas cuyo incivismo les mueve a garrapatear los libros de las bibliotecas. Algunos de estos ineducados arrancan, sin el mayor control, algunas hojas de los libros que les han sido prestados. Pero, en este caso, la realidad era bien distinta. Dos enamorados, en la lejanía de los tiempos que, ante el acoso y control de su entorno familiar o social, se ven obligados a comunicarse mediante este original sistema de transmisión bibliográfica. Por algún dato indirecto, deduje que esta pareja luchaba por mantener su vínculo allá por los años cincuenta de la anterior centuria. No conocía todos los detalles del caso, salvo aquella limitada información que, expresa o implícitamente,  aparecía en ambas misivas.

Una vez ya recuperado de mi lesión e intervención quirúrgica, comencé a dedicar algo del tiempo disponible (fuera de mi dedicación laboral, en seguridad) a la investigación posible de esta cálida historia de amor. Ejercicio al que me entregué con una cierta tensión obsesiva. Hice las fotocopias necesarias, antes de cumplir con los plazos para la devolución del volumen. Una joven bibliotecaria me informó que muchos de estas ediciones, con numerosos años de antigüedad, procedían de donaciones que realizaban particulares u otras entidades, publicas o privadas. Algunos portales de Internet resultaron de inestimable ayuda, a fin de ir cruzando los datos que, muy lentamente, se iban acumulando para el acervo de la memoria. La cita de un monumento concreto, en la respuesta de Eva, me condujo al territorio castellano, concretamente a la ciudad de Salamanca. Había que “jugar” con las iniciales de los apellidos de ambos jóvenes con las que, afortunadamente para mi investigación, finalizaban sus textos. Un amigo, compañero de estudio, que trabajaba en una empresa de detectives, me “echó” alguna ayuda, aconsejándome ciertos caminos o vías eficaces que me podían hacer avanzar en la búsqueda de ambas personas. Y eso contando con que aún permanecieran felizmente con vida. 
  
Pasaron los meses, con esos avances y retrocesos en el afán investigador. Aproveché parte de mi mes de vacaciones para trasladarme a esa culta ciudad castellana donde, según todos los indicios, estaban las claves explicativas de esta complicada relación afectiva. En el registro civil de esa bella ciudad recorrida por el Tormes, encontré a un ser angelical sin el cual difícilmente hubiera podido encontrar a estas personas. Vicky, una joven licenciada en Historia, directora adjunta del Registro Civil que, conociendo los detalles acumulados en el dosier que le facilité, se entregó con toda su capacidad y habilidad en la búsqueda de esos posibles nombres y apellidos. La informatización de todos los archivos de ese centro estadístico fue decisiva, a fin de ir reduciendo las posibilidades de concreción personal para nuestra búsqueda.

Una de las tardes, mientras disfrutaba con uno de esos gratos atardeceres en la Plaza Mayor de Salamanca, tomando un aromático té con canela que me supo a gloria, sonó el timbre de mi móvil. Vicky, con espíritu admirablemente incansable, estaba sobre una pista que podía ser la solución afortunada. Me lo transmitía llena de alegría y expresividad. Quedamos en vernos para cenar. La verdad es que fue una inolvidable noche de agosto que iba a marcar también nuestras vidas, pues cada vez nos sentíamos más cerca el uno del otro.

Fue un viernes bien “templado” con los treinta y nueve grados que marcaba tozudamente el termómetro. Esta linda compañera me acompañaba hacia un centro de la tercera edad, donde residían dos personas que coincidían con no poco de los datos que, con ímprobo esfuerzo, habíamos acumulado. Octogenarios ambos, pero con una aceptable lucidez mental. Se mostraron algo extrañados y, al tiempo divertidos, con nuestra inesperada visita. Tras unos cordiales saludos, me dirigí a Liam, resumiéndole parte de esta complicada historia. Este hombre, de pelo encanecido y perilla venerable, atendía a mis palabras con una mezcla de asombro e interés. Por momentos, cruzaba su mirada con Eva e intercambiaban una dulce sonrisa. El momento de más intensidad fue cuando les mostré las fotocopias, con las letras señaladas para ese impulso de amor que, en el momento de su realización, era imposible llevar a cabo de otra manera por razones que sólo ellos conocían. La emoción fue irrefrenable para dos seres que lucharon por estar juntos en la vida. No quisimos cansarles por lo que, una vez que les entregamos unos regalos, quedamos en visitarles la tarde siguiente, un día antes de que yo tuviera que volver a Madrid. Liam me prometió explicarme el trasfondo de su bella historia con Eva. 

Una vez más, aparece esa triste y repetida historia que germina para el infortunio, en todo tiempo y en cada lugar. Eran dos familias visceralmente enemistadas y enfrentadas, a causa de rancios reproches y agónicos intereses por la materialidad. Sin embargo, en el seno de ambas surgió el afecto, la comprensión y la proximidad connivente para dos jóvenes, en aquellos lejanos años de nuestra cruenta posguerra. Secretos, sospechas y amenazas, en sus progenitores, cariño, atracción y amor, en un chico, Liam y una linda muchacha, Eva, que se rebelaban por tener que renunciar a sus nobles sentimientos. Castigos, encierros, controles que ellos, con imaginación e ilusión, supieron obviar. Esa declaración irrenunciable de amor para siempre, en las páginas de una novela, fue un gesto de rebeldía ante unos padres de mentalidad decadente y anclada en los tiempos oscuros de la enemistad. Al paso de los años, por fin pudieron materializar su unión, vínculo que felizmente aún continúa ya en el anochecer de sus nobles existencias.

Esta romántica novela viajera ha permitido generar no pocas y dulces  realidades. Es una bella muestra de que la constancia y la fe en uno mismo, también en los demás, nos puede conducir a objetivos insospechados. Por cierto, en una preciosa ermita, en las afueras de Salamanca, Rubén y Vicky celebrarán su unión matrimonial. Eva y Liam han prometido ser los padrinos de boda.-


José L. Casado Toro (viernes, 4 octubre, 2013)
Profesor


viernes, 27 de septiembre de 2013

ONDAS DE MÚSICA Y AMISTAD, EN LA PROFUNDIDAD DE LA NOCHE.


Son muchos los que prolongan el día, ante la ausencia de sueño en las noches. Estas personas saben valorar, mejor que otras, la importante función social que los profesionales de la radio prestan a la sociedad comunicando, durante esas horas atípicas, con los oyentes noctámbulos. Sea con su voz dulcificada y afectiva, como cuando hablas a seres cercanos o, también, sabiendo elegir aquella melodía de los sesenta o setenta, con la que aún saben vibrar los nostálgicos arraigados. Esos locutores de los programas radiofónicos, trabajando y escenificando en la madrugada, se esfuerzan en ofrecer la mejor medicina para el desvelo de tu soledad en las horas vacías. Y, esta noche también, asómate a tu ventana, cuando la mayoría duerme. Entre esos bloques de vidas cercanas, a modo de recios gigantes que pueblan el espacio urbano, observarás que hay ventanas donde la luz interior reta a ese manto de oscuridad que se generaliza bajo la acogedora jaima de las estrellas. Y en cada de una de esas ventanas iluminadas hay, qué duda cabe, una historia donde su protagonista se rebela contra el reino de lo onírico, hacia donde la mayoría se desplaza. Puede ser un estudiante de libros y apuntes, que prepara el examen pendiente. O tal vez un comercial, que prepara sus alforjas para ese temprano viaje. Pensamos en el enfermo, que se afana en mejorar el deterioro orgánico que le aqueja. O el trabajador necesario para la salud, la seguridad o el sustento del resto de la sociedad. Pero, casi siempre concluimos, en aquél o en éste ciudadano, cuya inestabilidad insomne le abruma e impide el inexcusable descanso reparador.

En la mayoría de los casos, los oyentes no conocen el rostro, ni la restante conformación corporal de ese locutor, que cada noche les acompaña, susurrando con ternura su habla. Probablemente se cruzarán con él, a través de calles, avenidas o plazas, sin distinguir a este amigo complaciente que comparte con ellos la palabra, los sonidos de la música  o esos latidos misteriosos que anidan y vitalizan el alma. El anonimato de su figura (al margen de la difusión mediática que hoy prolifera) contrasta la familiaridad con que nos templa su voz, la artesanía de su imaginación o la fiel sencillez de su compañía. Ocurre cada noche, desde el cualificado aparataje técnico del locutorio, cuando se gesta en la naturaleza del calendario el amanecer de otro nuevo día para nuestra oportunidad.

Darrel nació en España, aunque su madre era de ascendencia británica. Desde joven, sintió el gusanillo de la radio, afición que también motivó la cercanía de un tío suyo que aún está vinculado a una cadena televisiva, en el departamento técnico. Al finalizar la enseñanza secundaria, optó por la Formación Profesional en imagen y sonido,  grado medio y superior, en la modalidad de radio. Ha trabajado en varias empresas del sector aunque, desde hace más de tres lustros, está vinculado a la cadena líder de la comunicación en España. Es un referente en la programación de madrugada, llevando diestramente el espacio “Diálogos, bajo las estrellas” (cinco temporadas ya) que se emite de lunes a viernes, entre las dos y las seis primeras horas de cada día. En su espacio tienen cabida los microrrelatos, las canciones, las noticias amables de cada jornada, los personajes del cine y, de manera muy especial, la participación activa del oyente, en diálogo abierto y sin cuestionario con el prestigioso locutor. Un aspecto curiosamente significativo, de estas horas alternativas al sueño, es la carencia de cuñas o entradas publicitarias en el programa (salvo algún caso, de índole manifiestamente benéfica).

La dicción en este buen profesional, muy próximo al medio siglo de vida, está presidida por el temple melodioso que aplica a sus palabras.. Lógicamente, esas horas de programación exigen esta modalidad expresiva, que facilita la connivencia afectiva entre quien comanda el micrófono y sus desvelados oyentes. De ahí también la música nostálgica y romántica elegida para su difusión. El rock duro o crispado de estridencias apenas tiene cabida en un contexto “familiar” donde se trata de generar sosiegos, intimidades y las mejores “imágenes” acústicas de un día. Una larga jornada inmersa entre el estrés de lo urbano y la fuerza plácida de la naturaleza. Entre el modelo de canciones de Corey Taylor (Iowa, USA, 1973) y el sentimiento expresivo de Lionel Richie (Alabama, USA, 1949) no cabría duda en la opción, a favor de éste último. Reacio al tabaco, pero amante empedernido del té y el café, este comunicador colabora en ahuyentar el pathos de la soledad en miles de oyentes.

En una entrevista reciente, publicada en uno de los medios gráficos de este grupo mediático, Darrel se prestó a comentar dos de sus mejores anécdotas, vinculadas especialmente a la intervención de los radio- oyentes en la programación.

La primera historia real, que el veterano profesional eligió, tuvo lugar en plena Cuaresma de la liturgia católica. Un sacerdote, presumiblemente de edad intermedia, llamó al programa. Pasaban unos minutos de las cuatro y media, en una noche de marzo inestable, por la lluvia y el gélido frío castellano. Obviamente, evitó la concreción de datos que facilitaran el acercamiento a su identificación. Presentándose como Tomás (nombre probablemente supuesto) confesó, matizando perfectamente la lenta cadencia agónica de sus palabras, que desde hacía años sufría una profunda y terrible crisis de fe. El conflicto personal que le atormentaba era durísimo de sobrellevar. En el ejercicio de su ministerio, se veía más como un actor que no cree en el personaje, pero que sobrelleva como puede la interpretación de aquello al que su sacerdocio le obliga. Se sentía cobarde y merecedor de un auto desprecio, por no afrontar con entereza su controvertida situación vocacional. Su temor a adoptar la decisión, valiente pero difícil, de la secularización estaba basado en dos circunstancia. De una parte, su madre, viuda y con un delicado estado de salud, quien difícilmente aceptaría (por su carácter egoísta y absorbente) esta íntegra opción por parte de un hijo que ha perdido los fundamentos para el recto ejercicio de su sacral ministerio. De otra, su temor a integrarse en un contexto socio-laboral para el que no ha sido preparado o educado. Seguía haciendo lo que demandaba su función, pero sin creer en la misma. Por supuesto que el ámbito de su sexualidad era también una temática vivencial que, en mucho, le hacía sufrir. Su comportamiento en este ámbito solía calificarlo con la vergüenza de lo innoble. Durante esos casi quince minutos de confesión ante las ondas, Darrel apenas quiso interrumpirlo. Fue, prácticamente, un largo monólogo descarnado y sincero de un hombre que sufría ante su propia conciencia. Se despidió de Tomás pidiéndole, con el afecto del amigo, que continuara con este gesto de valentía que esa noche había sabido aplicar ante todos los oyentes. Que fuera sincero ante sí mismo y ante las personas que en él confiaban. Casi un año después, tuvo una llamada telefónica fuera de onda. El supuesto Tomás le confesaba que había tomado una valiente decisión para su vida. Ahora trabajaba de cuidador para personas mayores. Su participación en aquel programa de madrugada, le dio la fuerza necesaria para sincerarse ante la realidad de su vocación. Se le invitó a una nueva conversación en la noche, pero Tomás declinó educadamente el ofrecimiento. Se despidió con unas cariñosas palabras de agradecimiento para un programa tan humano en valores. Nunca más ha vuelto a saber de esta persona.

Los tiempos de soledad no sólo anidan en las personas adultas. En otra ocasión recibió la llamada de una niña, Dania, que decía tener nueve años de edad. Había sabido anotar el número del teléfono de la emisora, entrando en directo para explicar su situación. Estaba sola en casa y sentía miedo de los sonidos que escuchaba, provocados por la agreste tormenta que, en aquel momento, afectaba al cielo de Cáceres. Darrel trató de tranquilizarla, iniciándose un sencillo y humano diálogo entre ambos. La niña no había cenado, pues apenas tenía alimentos en el frigorífico. Vivía con su madre, a quien no veía desde la mañana. No tenía claro en qué trabajaba, ni dónde se encontraría en ese momento. Sólo repetía que tenía miedo de los relámpagos y a ese cielo que tronaba. Dania no quería dar más datos sobre su dirección. Pero estaba llamando a la radio por si su mamá la pudiera escuchar. El departamento técnico de la emisora contactó rápidamente con la operadora telefónica, a fin de localizar la dirección de ese número y, a continuación, trasladaron ese valioso dato informativo al departamento de menores de la Policía Local de Cáceres. En no más de cuarenta minutos, una asistente social se había hecho cargo de esta niña, que estaba sufriendo una clara situación de abandono. Nuestro locutor aprovechó ese tiempo ante las ondas para mantener el diálogo con la cría, aportándole confianza y serenidad, mientras sus compañeros actuaban con diligencia para ayudar a esta persona, de corta edad, en trance angustioso de soledad.

Estos profesionales de la radio se van a descansar cuando las demás personas inician una nueva jornada en el día. Para el trabajo, la esperanza y la vida. Prestan una encomiable acción benefactora a miles de personas que a esas horas “de las tinieblas” necesitan comunicar sus sentimientos, experiencias y anhelos. La serenidad de la noche parece prestar mayor confianza y fuerza expresiva a muchas personas a través de las ondas. El mismo Darrel tuvo otra decisiva experiencia para su propio destino o interés familiar. Desde hace dos años, ha podido rehacer su propia vida conyugal con una joven que otra nueva noche llamó al programa, vitalmente aterrada, ante el maltrato que estaba sufriendo por parte de su pareja.

Aún quedan pequeños charcos de agua en las aceras, debido al riego purificador de cada amanecer. De aquí para allá, nuestro personaje se va cruzando con gente acelerada por el minutero alocado de sus relojes. Las mascotas y sus dueños buscan los espacios para el paseo, mientras los desayunos pueblan las cafeterías, los expositores de prensa lucen sus portadas para las noticias y muchas carteras, repletas de libros, apuntes o documentos, acompañan a sus dueños. Una chica delgada, ojos azulados y sonrisa permanente se acerca, carpeta y bolígrafo en mano, hacia Darrel.

“Discúlpeme ¿me permite un par de minutos? Es para un trabajo de comunicación. ¿Escucha Vd. algún programa de radio durante la madrugada?
¿Pero se emiten programas a esas horas del sueño, señorita?

Tras la mirada de sorpresa de la joven, este veterano locutor le sonríe y tranquiliza, entregándole una tarjeta con su número telefónico.

“Si le parece, hablamos esta noche, a partir de las dos. Pero ha de ser a través de las ondas. Y también puedo invitarla a que visite nuestra emisora. Vivirá en directo el trabajo que llevamos a cabo, durante esas horas presididas por la realeza del sueño, las palabras y la amistad”.

La chica, camiseta estampada con textos ecológicos, vaqueros piratas y sandalias planas de color beige, acertó a responderle, en medio de la sorpresa “desde luego que no faltaré….” Darrel caminaba ya, divertido y con la presteza necesaria, hacia la privacidad de su merecido descanso.-  


José L. Casado Toro (viernes, 27 septiembre, 2013)
Profesor

jueves, 19 de septiembre de 2013

PREMIO LITERARIO DE RELATOS.


Faltan apenas quince minutos para que suenen las campanadas de las siete de la tarde. Tenemos un día luminoso y agradablemente tibio, que va despidiendo a esta Primavera caracterizada por su humedad y frescura. En el departamento de marketing, cuarta planta de un edificio diseñado con la más avanzada vanguardia arquitectónica (metal y cristal, como materiales constructivos básicos) reposan sobre la mesa ovalada cinco gruesas carpetas de folios, grapados en disciplinados cuadernillos. Ya se han incorporado tres de los cuatro miembros del jurado, citados días atrás, a fin de tomar una decisión sobre el concurso de relatos convocado por una prestigiosa marca de automóviles, líder mundial en el sector del transporte. Recibe a estas personas Nazario Cordera, jefe de sección, el cual ha “coordinado” todo el proceso organizativo en una convocatoria que se hizo pública durante el otoño pasado. Nos encontramos en la segunda edición de este concurso, realizado con carácter bianual. Los incentivos para aquellos que desean participar en el mismo son agradablemente suculentos. Existe un primer premio, de doce mil euros, para el relato ganador. También hay establecido otro premio (6.000 euros) para el relato elegido de un segundo participante. Si la calidad literaria lo hace posible, según el criterio del jurado, se concederán tres accésits (sin compensación económica) a otras tantas obras, de entre todas las presentadas. A la sede de este organismo han llegado 632 sobres, con las plicas correspondientes. La extensión de estos relatos no pueden superar los ocho folios de extensión.

Los miembros del jurado han sido propuestos en base a su cualificada relevancia social, en el mundo de las letras. Ferrando Cantillana, un conocido periodista del principal diario local, experto en críticas literarias. Debido a su edad, se halla muy próximo a la jubilación profesional. Manel Lenz, profesor de literatura, ha sido propuesto por el departamento de filología de la Universidad. Vidal Lapiedra, quien dirige con éxito profesional una galería de arte, sita en el centro de la telaraña urbana. Su segunda novela fue publicada hace ya tres años y medio. Completa el equipo, Lena Santacruz, poetisa según ella desde que nació. Ahora, cumplido los ochenta y tres, es una muy veterana gloria en los círculos acomodados de la cultura local. Ha publicado diversos libros de poemas, pero nunca ha sido afortunada con destacados premios literarios. Cada uno de los miembros integrantes del jurado han recibido, a comienzos de la reunión, un sobre conteniendo 300 euros, como detalle o regalo por su docta colaboración y esfuerzo lector. 

Para el primer premio no ha existido debate alguno. Los cuatro analistas coinciden en el título elegido: “Confianza en tu pasado”. Abierta la plica, la autoría del relato corresponde a un afamado personaje de la prensa política, que también dedica su tiempo a la creatividad literaria. Hace una semana, los miembros del jurado habían recibido una llamada telefónica de Nazario, sugiriéndoles que prestaran especial atención a dicho relato. Para el segundo de los premios y los dos accésits, se alcanza también pronto el acuerdo. Se hacen tres sorteos, entre los nombres que cada uno de ellos aporta. En veinte minutos ha finalizado todo este peculiar y “complicado” debate. Se levanta el acta preceptiva de la reunión, con los firma de las cinco personas asistentes a la misma. La empresa concesionaria del premio ha reservado una cena para todos ellos, en un prestigioso restaurante de la sierra. Con este generoso gesto, quiere poner un buen final a la reunión decisoria de este último viernes de mayo. Tras los saludos y afectos, quedan en verse, sobre las 9,30, en ese suntuoso lugar encastrado en medio de la naturaleza, donde les espera una apetecible y suculenta velada gastronómica. Sólo el profesor de literatura y el galerista acudirán a la misma con sus respectivas parejas, masculina en el caso de Vidal. Nazario se excusa ante la imposibilidad de estar presente, pues tiene un hijo que ha sido intervenido precisamente esta tarde de una lesión deportiva. Pero les confiesa que ha hablado personalmente con la gerencia del restaurante, a fin de que la cena les sea lo más gozosa posible.

Con puntualidad británica, las seis personas se hallan sentadas en una espaciosa terraza, de cara a la frondosa naturaleza. Lena y Ferrando han utilizado el taxi, para recorrer esa tortuosa carretera hasta el parador. Las dos parejas restantes han conducido sus respectivos vehículos. Tres amplias bandejas con entrantes ibéricos. Consomé o gazpacho andaluz. Solomillo o lubina, con un acompañamiento digno de un cuatro tenedores. Para el postre, dulces de la zona y tarta helada. Vino, agua, cerveza y refrescos, para la sed. Al final se les sirve café y copas de champán francés. La mayoría de los asistentes son personas que gustan del buen comer y, sobre todo, del mejor beber. Las esbeltas copas del blanco y del tinto se van, una y otra vez, llenando y vaciando, en medio de una conversación que va siendo, al paso de los minutos, cada vez más relajada. Temas, más o menos intrascendentes y actuales, son puestos encima de la mesa, en una conversación fluida y agradable. Pero la densa ingesta, hermanada con el travieso néctar del dios Baco, va derribando los muros y blindajes de las privacidades y las acomodaciones. En un momento afortunado del ágape, es Ferrando quien propone un tiempo para el culto a la sinceridad. Están todos un tanto alegres y mareados con tanta comida y, sobre todo, con tanto alcohol en el organismo.

“A cada uno de nosotros, se nos ha han entregado unos ciento veintitantos relatos. Yo temía que, después de un tiempo prudencial, me fueran llegando los escritos de mis restantes compañeros de jurado. Pero, afortunadamente, esto no ha sucedido. Bastante teníamos con los ciento y pico de historias que nos habían correspondido. Propongo que, en un juego a la sinceridad, digamos cada uno la metodología que en verdad hemos seguido con todas esas páginas escritas para el concurso. Y nada de mentir eh! Sólo vale la verdad”.

La burlona propuesta de Ferrando es aceptada, con el buzón de las sonrisas, por todos los presentes. La atmósfera anímica entre ellos es ya lo suficientemente diáfana como para aventurarse por las sendas inmaculadas de una sinceridad, reveladora, saludable, pero no menos complicada. Y es el autor de la simpática propuesta a quien toca abrir el turno de las intervenciones.

“Para mí, estos meses previos a la jubilación están siendo muy atareados. Y de lo que menos ganas tengo es de leer. Lo que más me apetece es viajar y gozar del placer de la comida. Ya veis que mi talla de cintura posee un generoso diámetro. Total que, viendo el tocho que me habían enviado, llamé a dos becarios que hacen sus prácticas en el periódico. A cada uno de ellos les entregué sesenta relatos, para que me eligieran cuatro títulos. A la mañana siguiente, ya tenía encima de mi mesa un folio con los cuatro títulos escritos. Bueno, en cuanto al primer premio, supongo que vosotros, al igual que yo, habréis recibido la llamada telefónica de Nazario. Y no me preguntéis si los becarios se han leído los cien y pico de relatos en una noche. No lo sé. Pero tampoco es que me importe mucho”.
 
Los restantes integrantes de la mesa esbozan esa carcajada cómplice que llama a la transparencia de todas las conciencias. Comprenden que la cosa va en serio y que, también ellos, deben prestar culto a la verdad en esta temática puesta sobre el tapete. Ahora es Vidal quien interviene.

“Por supuesto, yo también recibí la llamada de Nazario. Estas cosas funcionan así. No vamos ahora a descubrir el mundo. A mi me ha cogido con el montaje de dos exposiciones, prácticamente sin tiempo. Y eso que Fabio está siempre cerca de mí echándome, con cariño, una mano generosa. En realidad no tiene otra cosa que hacer. Una noche, tras vaciar una botella de Jack Daniels, vaso tras vaso, nos fuimos hasta el montículo de los cuardenillos y elegimos, al azar, cuatro de ellos. Entonábamos el The blue cloud y el Amazing Grace, a toda voz y aquello resultó la mar de simpático. Estábamos como una cuba ¿Verdad, querido Fabio?. Pues así resultó “nuestro proceso selectivo”.

Fabio asiente con infantil cara angelical. Por su edad podría ser hijo de este galerista que, en una primera impresión, te hace recordar al Gary Cooper de sus mejores interpretaciones. Nuevas carcajadas y ese movimiento de copas que, otra vez, han sido llenadas por los solícitos y bien adiestrados camareros. Ha continuación, interviene el profesor Lenz.

“Mi caso es un tanto similar al vuestro. He tenido una etapa de asistencia a congresos y de participación en dos tesis doctorales, además de las clases ordinarias. El tiempo es el que hay y no se puede multiplicar. He realizado alguna lectura selectiva por las noches, pero, en realidad, ha sido mi hija, quien estudia primero en Telecomunicación, la responsable de elegir lo cuatro relatos. Es aficionada a la lectura, desde pequeña. Me facilitó un listado de cuatro títulos…. y dos más de reserva. Yo ya daba por supuesto que el primer premio estaba concedido. Incluso se le suele encargar, con antelación, al propio autor, animándole a su participación con la garantía del éxito”.

Nuevo repaso a las copas, con un cierto murmullo que desvela la realidad de estas convocatorias. Todos fijan su mirada en Lena quien asume, con una sonrisa de embriagada satisfacción, las numerosas copas de Rioja que han llegado hasta su paladar. Se le traba bastante la lengua. Utilícese el eufemismo que guste. Está completamente borracha y exultante. Su estriado y surcado semblante nos revela a una persona vuelta ya de todo y, probablemente, también de nada .

“Yo soy poetisa. Me gusta y admiro la prosa, pero no es mi especialidad. Ya que vamos de verdades, yo pongo encima de la mesa la mía. Me acordé de cuando era pequeña. Hace ya tantos años…… En aquella feliz infancia, mis compañeras y yo nos reíamos imaginando al maestro tirando por el aire nuestros trabajos y, según en qué lugar de la habitación caían, así eran calificados. Ahora, en mi madurez, he querido repetir aquella travesura que de niña imaginaba. Así que, la otra tarde, me fui al dormitorio, con el ánimo de hacer volar a los relatos. Y vaya que si volaron. Como tenía la ventana abierta, algunos cayeron en la terracita de un patio. vecino, propiedad de don Facundo. Fueron seis, los que salieron por la ventana. Anoté sus títulos. Precisamente uno de ellos era el que se va a llevar los 12.000 euros ¡Vaya coincidencia! Cuando Nazo me llamó, repasé la lista de los seis y allí estaba el preciado título”.

Pide disculpas, pues ha de acudir con urgencia al lavabo. Teme no llegar a tiempo, para la necesidad orgánica de su vientre. En su torpe desplazamiento, tropieza con la silla de Fabio, impacto que hace desplazar el coqueto peluquín con el que el joven cubre su alopecia.

12:40 de la madrugada. Los vehículos de Manel y Vidal bajan, con la lenta velocidad de la precaución, por las curvas de la sierra, camino de Madrid. La noche está limpia, luciendo en su bóveda, azul oscura, numerosas y brillantes estrellas. Mañana, los titulares culturales de la prensa informarán del resultado de este importante certamen literario. Tres de los afortunados se llevarán una gran alegría. El cuarto ya lo sabía, desde antes de escribir el relato. Otros muchos participantes lo volverán a intentar. En una nueva convocatoria o en otras similares. El alcohol y la buena mesa ha hecho posible que seis personas se sinceren ante la verdad. Pero, como decía el profesor Lenz “….. así funciona esto”.

José L. Casado Toro (viernes, 20 septiembre, 2013)
Profesor